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Año I - Nº 10

20070929164721-ano-i-n-10.jpgHomenaje de Gaceta Literaria Virtual a Salvador Dali
Obra: Descubrimiento de América

GACETA LITERARIA Nº 10 – OCTUBRE de 2007
PÁGINA EDITORIAL

Balance de primavera.

Por Norma Segades – Manias

Quienes insistimos en continuar ejercitando el estéril oficio de la palabra poética ante una sociedad globalizada, inarmónica, distanciada de nuestros principios éticos y estéticos, no podemos dejar de reflexionar acerca de la utilidad o inutilidad de la tarea emprendida.
Sabemos que resulta ocioso cuestionarnos tanto sobre los desencuentros entre poetas y lectores o encender la nostalgia atizando aquel antiguo concepto de alimento, redención, continente salvífico en donde refugiábamos soledades, tristezas, temores, esperanzas.
Porque de nada vale continuar denunciando la indiferencia que nos rodea cuando, en definitiva, no vivimos otra vida que esta adictiva búsqueda interior donde acontece la palabra que conmueve, que provoca, que sorprende, que impresiona… la palabra que nos pone en contacto con nosotros mismos o con los demás. Esa cualidad vital de comunión que la torna eminentemente peligrosa y a la que se debe silenciar de una u otra manera.
Continuar en el oficio es una opción, una elección de vida, el libre ejercicio de la voluntad. Porque el espacio de encuentro con los otros que somos no se alcanza merced a lamentaciones, demandas o indulgencias; se conquista luchando, persistiendo, fundando, proponiendo, edificando convicciones, aunque debamos hacerlo desde estas apremiantes coordenadas de la pasividad y los despojos.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Era el tiempo


Era el tiempo
en que la luna caía
degollada en los brocales
cuando guardé mi llanto
en aquel cuarto
que olía a azahares, a naftalina
y a cáscaras de naranjas secas.
Era el tiempo
en que los niños
existían como ángeles
o fantasmas quietos
o dormidos
y los grandes se secaban el vino
de los labios con la manga del saco
y cantaban esas canciones
donde siempre una novia italiana esperaba
y sin embargo sonreían sin llanto
aunque la voz se les quebrara
como una rama seca.

Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

Oigo cantar al mar

oigo cantar al mar
y lo acompaño

el mar habla de luz del sol
y yo soy un acorde hecho de sombras

máscara y máscaras
no tengo rostro no dejo rastro

voy donde quiere el mar
en la noche sin alma

no tengo clave de sol para abrir
pero acompaño

soy lo que quiere la muerte
en el fondo


Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

La abuela en Salta
(San Luis 766)

La trenza en la nuca
inclina la frente, las pestañas;
un sillón veneciano
hamaca sus faldones
con flecos en la espalda.

Mira, con párpados pesados,
la semiluz del vidrio de la sala.
A veces...,
entre paredes estrechas
teje escarpines celestes
con telarañas blandas.
Luego...
camina descalza, en dirección a la penumbra,
(deja mecer el horizonte de sus sueños).

Las sandalias ya no suenan;
el gato blanco enreda sus tejidos.
¡El grito es tan fuerte...,
se asustan los cangrejos!
Los pasos ya no pesan
ni pisan las alfombras.
Los postigos se entreabren.
¡En el jardín de los naranjos,
vuelan las gaviotas!

Fanny Trainer (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Del respeto

Porque soy parte de la espiga y la nube,
No puedo no respetarte...
Porque soy parte del silencio y la estrella,
No puedo no respetarte...
Porque soy parte de la sangre y del tiempo,
No puedo no respetarte...

Parte del conocimiento y del cansancio,
Parte de los días y de los ríos,
Parte del amor y de las glicinas,
Parte de las tierras y los esfuerzos,
Parte del clima y de los nombres...

De la mudanza y de los cuerpos,
De las piedras y la sinceridad,
Del trabajo y de los insectos,
Del mar y las claridades,
De la pasión y de los árboles...

Y de los tejidos y de las palabras,
Y de los pensamientos y del sudor,
Y de paisajes y del llanto,
Y de la línea...

Porque soy parte
De la vida...

No puedo
No respetarte.-

Horacio Rossi (Santa Fe/Argentina)

La tarde y yo

la tarde apoya su voz sangrienta y moribunda en mi espalda que se arquea
y me prodiga maldiciones
me amenaza con no poder olvidar
jamás los siglos de vida que me encadenan
a esta tierra
donde también ella esta encadenada.
Los recuerdos se amontonan
en los ojos y los oídos
la voz de mi madre
y de mi hijo
las voces de todos
los que me rozaron apenas
sin dejarme al menos una caricia
y a quienes
no pude acariciar siquiera
y menos aun
retener conmigo.
La tarde desolada
maldice mi vientre
y mi inocencia
me censura
y me expulsa fuera
de la primera madrugada
ajena al mediodía vital y enfurecido
me presume cobarde ya
después de tantas valentías vanas.
Las dos morimos
cada día
después de intentar
en un esfuerzo último y repetido
abarcar el cielo
ser luz
desaparecer las sombras
desquiciar la noche
sin esperanzas de permanencia
con la absoluta certidumbre
de volver a morir
después de cada intento,
para ser sombra
noche
grillo solo
perdido en la inmensidad de una llanura vacía
con la voz sostenida en grito monótono
que nadie entiende.
La tarde me aprieta la garganta
con sus rayos agónicos
vomita sortilegios
para que no volvamos
a nacer mañana
para
de una vez por todas
no vernos más.

Mabel Zimmermann (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

PAGINA 3 – Narrativa

Fotos

Por Orlando Van Bredan (El Colorado-Formosa/Argentina)

In memoriam de M.

Ella es la primera de la fila, la más flaquita. En esta otra es la tercera de abajo, puro cristal sonriente. Lo mejor es la sonrisa decimos con Babi y Babi se cae, se hunde, nos hundimos en la infancia, el barrio, los amigos comunes que no eran tan comunes y yo como hermano mayor de Babi recuerdo aquel día en que él la corrió, la corriste, hasta la misma puerta de su casa. Cosa de chicos dijo mamá ante el padre de ella, tan enojado, tan curiosamente furibundo. Entonces cuando Babi se pone así, nos ponemos así y le acerco el vaso de cerveza y le pregunto si el asado no se va a pasar y él se ríe y me dice que desde cuándo le voy yo a enseñar a hacer asado, que él es un especialista, cualquier cosa dice con tal de salir de esto que lo aprieta por todos lados, que nos aprieta y que es algo más que el sudor por la cercanía intensa del fuego. Terminamos otra cerveza y otra y la historia de ella queda en el aire, flotando para otra vez, otra vez, otra vez, como una garza inocente que no deja de planear jamás, todas las veces que sea posible volver a ella, siempre hay una manera de encontrar la punta, de comenzar a desovillar esa triste-estúpida- desgraciada historia de Michela, la flaquita de la esquina como decían los muchachos que se juntaban, nos juntábamos, en la alcantarilla cuando todavía, cuando entonces no había asfalto. El asfalto vino después, cuando ya, cuando cada uno comenzó a irse del barrio. ¿Qué cosa el barrio, no? Qué Paraíso entonces me dice Babi y me muestra una con los Peceo, el Quito Alvarez y mi primo Raúl. Qué pinta de camorreros dice Babi. Claro que sí y a mucha honra le digo y empezamos otro día, otro sábado, otro domingo acordándonos de Michela, la vez que la corriste para tirarle una piedra, sos loco vos, si ella era un ángel, puro sonrisas como en esta foto que Babi deja caer sobre la mesa y en la que se la ve con el pelo mojado y las piernas flacas con minifalda y en la azotea del Colegio Nacional cuando terminamos quinto.
Yo estaba en Formosa cuando ocurrió, digo, y yo en Gualeguaychú, dice Babi, ya tenía la disquería. Abre otra cerveza. Será que la cerveza siempre nos pone tristones, le digo. No, che, ya somos borrachos de alma, se ríe Babi, nos reímos, mientras mi cuñada y mi mujer preparan la ensalada en este verano de Entre Ríos y nuestros hijos andan por ahí peleándose, escuchando a Luis Miguel o hablando de amorcitos lejanos o posibles porque ya tienen edad; entonces le digo a Babi que Michela ya tendría como treinta y cinco. Claro, me dice, tenía mi edad. Todavía falta mucho para el asado cuando suelta que para él todo estuvo preparado, le fueron creando la escenografía, si no, no se explica, no se entiende, no sé, dice y se sirve cerveza y yo aprovecho para preguntarle por qué asegura lo que asegura, y me dice que hace unos días lo vio a él con otra en un restaurant de Gualeguaychú, una mucho más joven, una rubia muy fuerte. Un minón, le digo. Sí, bueno, un minón, reconoce, nada que ver con Michela, dice Babi, una relación que seguro la tenía de antes, cuando vivía con Michela, cuando la llevó a vivir donde la llevó a vivir, fijate vos, al lado del cementerio, en los suburbios de la ciudad, casi campo. Cuando se casó con Michela eran jovencitos, unos pendejos, yo estuve en la fiesta de bodas, por ahí anda una foto, ella puro sonrisas, puro dulzura, como siempre fue, a vos te consta porque nos criamos juntos. Él, con el cuento de que quería vivir más cerca del frigorífico porque es veterinario a los pocos meses compró esa casita al lado del cementerio, y dejaron el departamento que tenían aquí sobre la Urquiza, pleno centro, te imaginás, qué cambio, del día a la noche. Ella, según supe, se quejó pero poco, ya sabés cómo era, pura sumisión, y se fue a vivir ahí, tejido por medio con las últimas tumbas, condenada a salir al patio y encontrarlas siempre, siempre, siempre. A ella le gusta esa tranquilidad, comentaba él en todas partes, porque él no se privó de salir, salía más que nunca, nunca estaba, desaparecía por dos o tres días y ella se bancaba, con la panza grande, desafiante, pura vida entre esas cruces mal paradas, dice Babi inspirado por la cerveza, de la última parcela del cementerio donde van a parar los más pobres, insiste Babi patético, los más tirados, donde aún es más triste la muerte. Exagera, pienso, exagera siempre que se habla de Michela. ¿Por qué no se separó? Pregunto. No es fácil, de afuera todo se ve fácil, dice Babi y llena el vaso y llena mi vaso y sigue, ahí tuvo el primer hijo, después una nena y enseguida nomás quedo embarazada del tercero; le faltó carácter para enfrentarlo dice mi cuñada que se acerca a la charla, a mí no me hace un tipo una cosa así dice mi mujer y yo no puedo evitar la indirecta y contesto que cada hogar es un mundo, que no hay experiencias iguales y todo lo que puedo argumentar para intentar ponerme un minuto en el cuero de Michela. La madre, el padre, a veces la hermana, iban a visitarla pero según dicen por poco tiempo, el lugar era tan triste, tan feo que se me parte el alma decía el padre, uno no aguanta, decía la madre, yo también tengo una familia que atender decía la hermana, y Michela prometía ir a Concepción pero no iba nunca, simplemente sonreía y decía que estaba bien, que no se hagan problemas, pero siempre estás sola, insistía la madre, pero estoy bien, mamá, pero estoy bien, papá, pero estoy bien. Y sonreía porque Miche siempre sonreía dice Babi y mi cuñada pregunta ¿Miche?, sí, Michela, dice Babi y revuelve las brasas y grita a la mesa que el asado ya está.
Otra vez, otro día, otro sábado, otro domingo, de este verano de Gualeguaychú que invita a destapar cervezas y a ponernos melancólicos porque a pesar de que todavía no pasamos los cuarenta, pobre de vos, dice mi mujer, vos pasaste hace rato. A pesar de que no pasamos los cuarenta, insisto, recordar el barrio, la infancia, todo eso, se ha vuelto una costumbre. Yo era peleador, digo, muy peleador, me acuerdo cuando lo golpeé al judío Weibel, antisemita me dice mi cuñada, no, nada de eso, ese día nos hicimos grandes amigos, después de que la maestra me dio una flor de lección; yo también tuve mis peleítas, dice Babi, sí, dice Silvia, mi cuñada, la vez que la corriste con una piedra a Michela y otra vez, otra vez la punta del ovillo y Michela que aparece con toda su sonrisa y sus piernas flaquitas, insignificante, con sus tres hijos viviendo al lado del cementerio. Mucha gente vive al lado del cementerio y no les pasa nada dice mi mujer; sí, es cierto, aclaro, pero no todos somos iguales. Michela era la alegría de vivir, era como plantar un rosal en un chiquero dice Babi y sirve cerveza. El se abusó porque Miche era fácil de agredir, como cuando yo tenía cinco años y la corrí con una piedra, porque ella no se iba a defender, porque invitaba a someterla, a golpearla, porque siempre respondía con una sonrisa y él no pudo soportar esa sonrisa y la llevó a vivir al lado del cementerio, la condenó a mirar la muerte hasta que perdiera la sonrisa; estás exagerando dice mi cuñada, cuántos tipos hacen lo mismo dice mi mujer, para mí que la sonrisa de ella era una máscara, argumento, en el fondo era muy triste. Puede ser, dice Babi, puede ser, y se sirve cerveza y se pone de pie y sigue diciendo puede ser, pero el asado se pasa, a la mesa, gurises, a la mesa.
Esta es del casamiento. Fijate que no había cambiado mucho, dice Babi. Nosotros estuvimos esa noche. La familia de él, tan fría, tan distante; no parecía un casamiento, más bien un velorio; se casaron apurados pregunto; no, cosa de gurises, dice mi cuñada. Entonces él la quería, interviene mi mujer. Sí, seguro que la quería, era fácil querer a Michela dice Babi. Seguro que él se calentó después con la rubia y se arrepintió, dice mi cuñada. Entonces le creó la escenografía, dice Babi, la llevó a vivir al lado del cementerio, la abandonaba durante días y días, jamás la llevaba a ningún lado y ella no se atrevía a dejar solos a los chicos, no tenía con quien hablar, con quien reírse, sola, allí, al lado de las tumbas, y él como quien no quiere la cosa, como si en realidad le interesara coleccionarlas, fue trayendo armas de fuego a la casa, una escopeta de caza, un calibre 22 por si los ladrones, como vivimos tan lejos de la ciudad, en fin, seguramente esa tarde discutieron y mucho y él cargó los tres chicos en la camioneta y los llevó a la casa de los abuelos y la dejó sola sola sola y Babi no puede seguir hablando y yo no quiero escuchar, menos mi cuñada, ni mi mujer y los chicos discuten y escuchan “El día que me quieras” por Luis Miguel y la cerveza se calienta, se calienta, se calienta en los vasos.

Esta otra es aquí, en la disquería. Entonces, te veías con ella, pregunto. Fue una casualidad, aclara Babi y me esquiva los ojos. Miche espléndida, puro sonrisas como siempre, contra la sección Música de Grandes Orquestas. Con el pelo llovido, casi como mojado, y esa mirada que le nacía en un lugar impreciso del corazón, aclara Babi y yo también lo siento así. La foto aparece junto a la PC en la sala de grabaciones, un lugar al que sólo llega Babi, una penumbra clandestina que está al final de un pasillo que anticipa otro pasillo que baja tres escalones y tiene una pequeña puerta. No la volviste a ver, pregunto impertinente, a un hermano que ahora, recién ahora, empieza a sentirse molesto, o al menos a mí me parece, como si las confidencias sólo fueran posibles después de una cerveza en un patio de verano junto al calor de una parrilla. ¿No la volviste a ver?, insisto ahora como una pregunta, como un tiro de ballesta, como un disparo en la oscuridad de este atardecer de invierno en una cueva donde se graban CD a pedido y uno huele en el aire la húmeda presencia de cuerpos que alguna vez estuvieron aquí y han dejado sus señales. Sí, claro, nos volvimos a ver, ella necesitaba salir, no me lo decía pero yo me daba cuenta, dice Babi sin mirarme, como buscando algo en el monitor, siempre aquí en la disquería. ¿En este lugar?, pregunto como un detective que necesita otros datos. Sí, claro, en este lugar también. Lo dice y es fácil, entonces, imaginar a Miche entre estos anaqueles, contra esta pared también oscura, donde un Lennon en blanco y negro esboza una sonrisa y una luz roja obliga a esforzar la vista.
Esta es la última foto, dice Babi ahora sonriente, como si el pico de la tormenta ya hubiera pasado, lo dice mientras nos acomodamos en su auto, lo dice cuando saca del bolsillo la billetera y quita la foto carnet de ella que aparece entre algunos papeles de diez pesos, lo dice ahora casi deseoso de que pregunte por qué guarda esa foto y en ese lugar tan visitado, me obliga a preguntarle o a pensar por qué esta necesidad de tenerla tan cotidianamente, tan alcance de sus manos o de sus besos. En realidad, me obliga a callarme, a no seguir preguntando, a mirar la hondura de una herida después de haberse quitado la camisa. La foto no es más que esas fotos que nos hacemos para cumplimentar un trámite, siempre con un gesto estereotipado y seco, sin embargo, es la última, es el último ademán de una mujer querida y eso la hace distinta. Babi lo sabe y sonríe y conduce y no deja de sonreír y seguramente de pensar que por encima de todo, por encima de las lágrimas tapadas con esfuerzo, él tuvo este raro privilegio de tener su último gesto vivo, perpetuado en un papel.
Soy cruel, siempre tuve fama de cruel, de no tenerle miedo ni asco a la sangre y de faltarle el respeto al dolor. Mi madre siempre me lo dijo, Babi no me dijo pero lo ha pensado, es más fuerte que yo este deseo, tengo la frialdad del científico que antepone sus objetivos a sus sentimientos. Y lo que es peor, golpeo a traición. Cuando el auto se detiene ante la casa de Babi, pregunto, sin mirarlo le pregunto: ¿por qué se mató, Michela, realmente por qué? Recibe el golpe pero no lo devuelve, hubiera podido decir ya te lo dije, ya lo hemos hablado tantas noches de tantos veranos junto al fuego de una parrilla, no es suficiente acaso, él tuvo la culpa, él la llevó a vivir detrás del cementerio, todo eso me hubiera podido decir, pero no lo dice, deja la guardia muy baja, dispuesto a esperar todos los golpes que mi curiosidad, mi malsana, mi cruel curiosidad quieran asestarle, como si en realidad hace mucho que los esperara, hace mucho que los necesitara, sólo se vuelve para mirarme con la cara desdibujada por un llanto que se asoma limpio, purificador y largo largo largo.

PÁGINA 4 – Artículo ensayístico

¿Mujer global? La ’Evita’ del musical


Por Marta Raquel Zabaleta (Londres/Gran Bretaña)

Para el público del Reino Unido, María Eva Duarte de Perón es la Argie del musical Evita, una prostituta ambiciosa e inescrupulosa, ridiculizada por un cómico sudafricano, u objeto de un episodio de Los Simpson, o una artista de última categoría, como lo mostró el film de Parker en que Madonna malamente la representara. Y es a esa imagen a la que llamo ’Evita’, la mujer global. Una vez estuvo siete años en cartelera, actualmente se la puede ver en acción en el West End de Londres, en una producción que costó aproximadamente 8.000.000 millones de dólares, y cuyos asientos se venden hasta casi 100 dólares cada uno, y que contiene algunas canciones nuevas y otros arreglos orquestales, y que será presentado próximamente en Broadway.
La historia oficial
De acuerdo con las versiones popularizadas por el mundo del espectáculo y reforzadas por la medios de comunicación de masas, tanto Evita como Lady Diana se casaron con el soltero de sus sueños. Y debieron haber sido felices y comido perdices por el resto de sus vidas. Pero en cambio, estuvieron sometidas a fuertes hostilidades, siendo intensamente criticadas por grandes sectores de sus respectivos países.
Es que los cuentos de hadas de ’la aldea global’ no terminan siempre, como en los buenos viejos tiempos del Imperio Británico, con un final feliz. Bien por el contrario, en el presente beligerante clima político internacional, la media necesita alimentar hora a hora a un público que sufre de ’depresión del aburrimiento’, esa particularidad de las sociedades necrófilas que ha sido bien explicada por Erich Fromm. Consecuentemente, cada gota de sangre, proveniente de cualquier tipo de violencia, y/o una perversión de cualquier clase es aparentemente bienvenida, y exagerada, reproducida minuto a minuto por la prensa, los canales de televisión y las radios. Es que el monstruo de 24 horas necesita ser alimentado, como dice la ex corresponsal de guerra Kate Adie, quien fuera también jefa por años de la sección de Noticias de la BBC (British Broadcasting Corporation), así que sabe bien lo que dice.
Y si la tragedia no existe, se la construye: en base a ciertas hechos reales se crean los mitos. En este caso, según Parker, el musical reencarna el mito de Blancanieves: una pobre niña argentina abandonada por su padre quien devino en protegida de un militar 25 años mayor que ella, y que se aprovechó para llegar hasta él, de una escalera de hombres, (¿como antes los hombres habían abusado de ella, habría que agregar?), y que llegó a ser Primera Dama de Argentina durante escasos años, antes de morir joven de cáncer.
Eso es lo que ve el público del musical Evita. Sin darse cuenta, tal vez, de que la verdadera Eva Duarte, nieta de una soldadera de origen vasco, nació como hija natural de un Duarte ya casado y conviviente de su madre, en Argentina el 7 de mayo de 1919, y tendría ahora 88 años si estuviera viva. Ni que llegó a ser considerada ya antes de su muerte (1952), y más aun poco después, uno de las figuras más poderosas de la política latinoamericana del Siglo XX. Ni se recuerda en el musical que ella contaba con el apoyo irrestricto de varios millones de hombres y mujeres organizados en torno a su fuente de trabajo, (incluido para muchas mujeres el hogar), gozando así de un apoyo popular sólo comparable al de algunos otros políticos del continente, tales como Fidel Castro, Salvador Allende, o Juan Perón.
Pero muy lejos de eso, ’Evita’ global es un icono sexual, junto por ejemplo con otras mujeres con una vida signada por la tragedia, como Diana Spencer, Marilyn Monroe, Jackie Kennedy, Grace Kelly, y/o Maria Callas, entre otras. Y como tal, es parte de la cultura popular que se nos impone en la vida cotidiana.
O sea, que es ’Evita’ quien se mete en los bolsillos de los consumidores del extendido mercado libre, a lo que vulgarmente se ha dado en llamar ’globalización’.
Un tipo de mercado que necesita metáforas de mujeres que han sido muy poderosas en la vida real, pero están muertas, y a quienes se las representa casi etéreas, como hadas víctimas de vidas quebradas por la tragedia. Reinas del melodrama. Producto de una fusión entre la realidad y la ficción. Mujeres- ilusión, en el sentido usado por Lacan, es decir, intocables pero al mismo tiempo, accesibles a través de los lentes de lágrimas mórbidas, lo que facilita el proceso de identificación de las mujeres ordinarias con aquellas diosas de la blancura, al tiempo que generan en los hombres heterosexuales nuevos bríos masculinos, y baratos: una mujer que pueden desear, tenerle pena y finalmente, consumir: un acto de virtual posesión.
Un tanto irónicamente, artistas famosas han querido imitar en la pantalla a esos iconos, pretendiendo quizás gozar del poder que confiere este juego de representaciones en política sexual. O aún peor, tal vez quieran profitar financieramente de una popularidad y vulgaridad prestadas. Los nombres de Madonna, Faye Dunaway, Meryl Streep, vienen a la mente.
Al igual que la Eva real quería parecerse a la actriz Norma Shearer e imitar a la fanática Juana de Arco, y así siguiendo. Porque ella fue una actriz de cine menor, con el talento adecuado para imbuirse de conductas prestadas en la radio: una competente actriz de radioteatro que, inspirada en las series escritas a su pedido, y basadas en la vida de varias grandes mujeres de la historia universal, fue transformándose y creando una figura y un lenguaje propio, que plasmó en escritos y discursos únicos, y que legó a la historia del populismo peronista burgués, algo a lo que abundantemente me he referido en varios otros lugares. Así, cuando el 3 de agosto de 1943 la Asociación Argentina de Radio fue fundada, Eva Duarte fue nombrada su presidenta, y fue siempre su mensajera. Esa era la Eva Duarte que conoció Perón, y nunca más se separó de ella, excepto cuando ella viajó sola a Europa.
Blancanieves va al mercado…
La imagen de la ’Evita’ mercantil reapareció otra vez en las noticias culturales del Reino Unido el año pasado, 2006. Si bien no con la misma fuerza que en los años setenta, ni en filmes especialmente comisionados por Channel 4, ni mucho en las revistas de los diarios del domingo, ni en Top Of the Pops como fue el caso en 1996-97, cuando estaba detrás el poderío comercial de Madonna, actriz principal del film basado en el musical Evita.
Como es sabido, este musical inglés que ha ganado casi todas las competencias, pues se ha mantenido muy largamente en cartel alrededor del mundo, está basado en los libretos elaborados por la derecha para la campaña por la segunda elección del Gral. Perón para la presidencia de la Republica, Argentina. O sea, que el hilo argumental del musical Evita sigue la biografía estándar por entonces de María Eva Duarte de Perón, escrita por una británica que vivía en Buenos Aires, quien lo firmó con el pseudónimo de María Flores. El libro, que se cree fue comisionado originariamente por el Departamento de Estado de EEUU, fue titulado Evita: The Woman with the Whip (Evita, la mujer del látigo), y publicado primero en Nueva York. El mismo ha sido usado desde entonces, como una Biblia de los grupos más antiperonistas, para desacreditar a Eva Perón, a pesar de que esta estaba ya bajo el peso del cáncer terminal...
Todo lo anterior nos da una vaga idea de la importancia que tenia Evita en el escenario de la política internacional. Su segunda edición se vendió muy bien en el Reino Unido, en 1977, profitando también así, del enorme éxito de público del deplorable musical Evita. El musical luego se presentó por años, aquí en GB y en el extranjero, e incluso en la cima de su popularidad, fue puesto en escena en el verano de 1998 como un musical abierto y al aire libre, en un gigantazo parque en Colchester, Essex, Reino Unido.
La obsesión con Eva Duarte prosiguió, y como ha sido explicado por Fraser y Navarro, coautores de un libro serio sobre la Evita local, en 1982 Faye Dunaway fue la principal actriz de una película hecha por NBC para la televisión, la que, aunque basada en parte en su libro, no oculta según ellos el hecho de que sus productores prefirieron apoyarse en las más conocidas manifestaciones de que llaman ’el mito negro’ —la prostitución, tan gráficamente descrita como fuera posible, dada la carencia total de datos reales, los submarinos cargando oro nazi para los Perón, etc.
Ya por entonces se comenzó a rumorear que había planes para hacer una versión fílmica de la primera producción británica importante que logró quebrar la barrera de Broadway, imponiendo con ello un nuevo estilo internacional de musical. Y así, una película basada libremente en el argumento del musical, pero un poco más pimientosa, con ideas de Stone y Parker fue estrenada. Como sabemos, Madonna hizo el papel de Evita. Che es otro de los dos personajes más importantes en ambos, musical y película de Parker. El otro es el esposo de Eva Duarte, el general Juan Perón.
Este Che, que en la vida real fuera el legendario Ministro de Industria de Cuba, el revolucionario cubano/argentino Ernesto Guevara Lynch, es quien narra el film. En la película él aparece como un comerciante que vende pesticidas, y se aduce que lo pusieron para añadirle glamour a la película. A mi juicio, él aquí representa a los hombres antiperonistas argentinos de distintos sectores y clases sociales. Hombres que, en general y sobre todo, deploraron y deploran la carismática relación de Evita con los hombres y mujeres de las clases trabajadoras; su amistad con hombres homosexuales como su principal peluquero, y /o con poderosos judíos tales como Yankelevich, tanto como sus amoríos con oficiales del ejército, y/o del servicio secreto de la presidencia, o su solidaridad con hombres claves de la cultura tanguera, como Magaldi y Discépolo.
Pero por encima de todo, en la Argentina de aquel entonces muchos hombres, especialmente de las clases medias, estaban realmente asustados del nuevo estatus que Eva Duarte había adquirido luego de convertirse en la esposa de Perón, un oficial, como ella, inteligente, disciplinado, carismático y muy ambicioso; un matrimonio que debió realizar debido a que la constitución nacional del país, que provenía del siglo XIX, exigía que el Presidente fuera casado y católico. Del día a la noche, entonces, Evita pasaría de ser una locutora muy exitosa a ser la atractiva, vivaz, joven Primera Dama, por entonces hasta bendita por la jerarquía de la iglesia católica con el sacramento matrimonial.
La posición que se le otorga al Che en el musical es absolutamente improcedente, pues si bien es verdad que ambos, Evita y Ernesto, fueron contemporáneos, sus destinos de clase, género e ideología no se cruzaron nunca. Él era completamente desconocido en su país, como cualquiera que vio la película El diario de una motocicleta lo sabe, y no había desarrollado todavía una conciencia social compatible con su posterior rol de intelectual orgánico, cuando ella estaba ya en la cima de su corta y meteórica carrera política. Che Guevara salió la primera vez del país poco antes de la muerte de Evita, siendo todavía un típico exponente de su clase: un joven estudiante de clase media alta, ávido de conocer el mundo como lo hacían o querían hacerlo tantos otros estudiantes de su edad, en lo que entonces se conocía con el nombre de ’viaje de estudios’. Evita, en cambio, por entonces ya había comisionado a través del Príncipe de Holanda 5000 ametralladoras con las que deseaba armar a un contingente popular en caso de que hubiera un levantamiento armado contra la presidencia de su marido. Por entonces, el Che ni siquiera se planteaba la lucha armada, pues pertenecía al sector de estudiantes que se llamaban a sí mismos/as reformistas, generalmente hijos/as de familias antiperonistas, y no atraídos/as por las ideas del populismo burgués de su marido y de ella, sino más bien por la larga tradición de los discursos de derecha o de izquierda de distintos matices, que existían en Argentina al final de los 40 y a los cuales adherían los estudiantes más rebeldes y acomodados, de ambos lados del espectro político. Por entonces estos no se planteaban, como lo harían muchos desde el final de los sesenta, entrenarse en los principios de la lucha armada, idea que florecería con fuerza recién a la luz del triunfo popular encabezado por grupos guerrilleros de avanzada y que tomaron el poder en Cuba en 1959. Pero claro que la realidad histórica es, para los vulgares vendedores de fantasías, como los rices, parkers, madonnas y compañía, solamente algo ’marginal’ a sus historias centrales de cuentos de hadas, brujas y trabajadoras del sexo.
Típico ejemplo, entonces, representación de la carrera política de tres de los más influyentes políticos del siglo XX en América Latina, a saber: una locutora radial, un médico cirujano y un coronel autoascendido a general. Es también ejemplo de la de la errónea interesada distorsión y ocultamiento de los conflictos de género y de raza que existían en la Argentina de la época de Evita, que ocurren tanto en la película como en el musical que nos ocupa. Que por ende son en suma, dos invenciones antojadizas pero interesadas, de la real, dramática y valiente lucha de clases del pueblo argentino por obtener como fruto de su trabajo una vida decente. Y por tanto, una verdadera burla a los esfuerzos de ese pueblo por alcanzar los beneficios sociales que se merecía: casa, comida, educación y servicios de salud para todas y todos, entre otros.
Durante la primera mitad del siglo XX se vieron en nuestro continente esfuerzos parecidos de las clases proletaria y campesina, que se movía el péndulo de la historia entre el populismo burgués y el populismo de los trabajadores y las trabajadoras en varios países de América Latina. Pero sus lúmpenes burguesías, contando con el apoyo irrestricto y la fuerza arrasante de la inversión del imperialismo norteamericano usaron su aparato represivo, las fuerzas armadas y las policías, derrotando así en 1955 al gobierno peronista legítimamente elegido por el pueblo en las urnas, como lo hicieran antes en Guatemala y luego en Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y nuevamente Argentina, en 1976 en la más sangrienta acción insurreccional del terrorismo de estado que hasta ahora conoce la historia nacional.
No es por tanto tampoco de extrañar que el musical y el film aludidos ridiculicen, deformen y fragmenten la presencia y el rol jugado por la más importante y numerosa movilización de mujeres que se haya visto hasta ahora, en América Latina, la del Partido Peronista Femenino, de quien Evita era la Presidenta, en cierto grado de alianza táctica con la columna vertebral de los gremios de Argentina; mujeres, en suma, que ni se parecían siquiera físicamente a esas patéticas lloronas con que las presentan estos inescrupulosos del entretenimiento barato que se inventaron a ’Evita’ la global.
¿Y qué función —aparte de acrecentar la riqueza de sus empresarios, cumple aún hoy día la reencarnación del musical Evita, ahora hasta con una cantante argentina? Veamos lo que dice un científico social argentino al respecto, al ser interrogado acerca de qué piensa acerca del musical en cuestión:
—¿Que qué pienso de la obra de teatro Evita? La odio, es un engendro machista-imperialista, hecho por dos resentidos que odian a una pareja (Eva y Juan) que le paró el carro al colonialismo británico, y se acordó del pueblo, tan odiado por los ’tories’ que escribieron esa opereta. La música es excelente, el guión "merde". (Ricardo Ferrera, entrevistado por la autora)
Una opinión que compartimos y que sintetiza nuestra valoración de la Evita real, la local. Esa mujer fuerte, inteligente y emprendedora. La que sí influenció nuestras vidas con la fuerza de los cambios favorables que ella impulsó en la sociedad que nos vio nacer, Argentina, e inspiró en muchas mujeres un cambio en su feminidad. Una de las tantas mujeres del pueblo de Argentina dispuestas a dar hasta sus vidas por un poco más de libertad y una vida con dignidad.

Este artículo fue escrito para ser publicado en el No 17 de El Coloquio de los Perros, España.


PÁGINA 5 – Narrativa

Solo

Por Rolando Revagliatti

Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni cognac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.

PÁGINA 6 – Página de maestros: Álvaro Mutis (Bogotá/Colombia – 25 de agosto de 1923)

Premios: Reina Sofía de Poesía (1997), Príncipe de Asturias (1997), Cervantes (2001), Neustadt (2002)

Breve poema de viaje

Desde la plataforma del último vagón
has venido absorta en la huida del paisaje.
Si al pasar por una avenida de eucaliptos
advertiste cómo el tren parecía entrar
en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;
si llevas una blusa que abriste
a causa del calor,
dejando una parte de tus pechos descubierta;
si el tren ha ido descendiendo
hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda
detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,
que denuncia su extrema quietud
y la inutilidad de su presencia;
si sueñas en la estación final
como un gran recinto de cristales opacos
en donde los ruidos tienen
el eco desvelado de las clínicas;
si has arrojado a lo largo de la vía
la piel marchita de frutos de alba pulpa;
si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto
la huella de una humedad fugaz
lamida por los gusanos de la luz;
si el viaje persiste por días y semanas,
si nadie te habla y, adentro,
en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos
te llaman por todos los nombres de la tierra,
si es así,
no habré esperado en vano
en el breve dintel del cloroformo
y entraré amparado por una cierta esperanza.

Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de las páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llagar hasta el fin de cada día.

Razón del exiliado

Para Alastair Reid

Vengo del norte,
donde forjan el hierro, trabajan las rejas,
hacen las cerraduras, los arados,
las armas incansables,
donde las grandes pieles de oso
cubren paredes y lechos,
donde la leche espera la señal de los astros,
del norte donde toda voz es una orden,
donde los trineos se detienen
bajo el cielo sin sombra de tormenta.
Voy hacia el este,
hacia los más tibios cauces,
de la arcilla y el limo
hacia el insomnio vegetal y paciente
que alimentan las lluvias sin medida;
hacia los esteros voy, hacia el delta
donde la luz descansa absorta
en las magnolias de la muerte
y el calor inaugura vastas regiones
donde los frutos se descomponen
en una densa siesta
mecida por los élitros
de insectos incansables.
Y sin embargo, aún me inclinaría
por las tiendas de piel, la parca arena,
por el frío reptando por las dunas
donde canta el cristal
su atónita agonía
que arrastra el viento
entre túmulos y signos
y desvía el rumbo de las caravanas.
Vine del norte,
el hielo canceló los laberintos
donde el acero cumple
la señal de su aventura.
Hablo del viaje, no de sus etapas.
En el este la luna vela
sobre el clima que mis llagas
solicitan como alivio
de un espanto tenaz y sin remedio.

Como espadas en desorden

Mínimo Homenaje a Stéphane Mallarmé

Como espadas en desorden
la luz recorre los campos.
Islas de sombra se desvanecen
e intentan, en vano, sobrevivir más lejos.
Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor
del mediodía que ordena sus huestes
y establece sus dominios.
El hombre nada sabe de estos callados combates.
Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido,
sus hábitos, en fin, y sus lacerías,
le niegan el goce de esa fiesta imprevista
que sucede por caprichoso designio
de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados
cuya cifra jamás conoceremos.
Los sabios, entretanto, predican la conformidad.
Sólo los dioses saben que esta virtud incierta
es otro vano intento de abolir el azar.

Cada poema

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.

PÁGINA 7 – Narrativa

El portatoldos

Por Adrián N. Escudero (Santa Fe/Argentina)

"Portatoldos": palabra que en Argentina se refiere a una suerte de caño soporte donde concluye la cobertura de lona que los comerciantes de las ciudades suelen desplegar -por un sistema de enrollamiento- para proteger del sol la exhibición de sus vidrieras (sobre todo en primavera y verano, donde en Santa Fe las temperaturas alcanzan los 45º). Con ese caño, gente como el autor, de 1.94 m. de altura y a instantes distraída, suele pegarse algunos golpes durísimos. Y en Santa Fe abunda la gente alta. Así que fue después de uno de esos golpes se me ocurrió el relato que comparto con ustedes.

Al Compromiso.
En especial, para el amigo Alfredo Di Bernardo,
militante de sueños y verdades...


Sucedió hace unos días.
Venía de formalizar una gestión para la oficina pública donde trabajaba, cuando aquello llegó.
Con la mente difuminada en la exégesis de sus (habituales) pensamientos (místicos) quijotescos (cada vez más obsesivos, hasta un cierto grado de paranoia leve si se quiere, pensarían ellos), estaba parado –o creyó estarlo- en esa esquina céntrica, revisando papeles de trabajo mientras oraba (sí, claro, oraba) mecánicamente, cuando aquello llegó.
Y lo golpeó.
Tal vez una alucinación de ese mediodía mesopotámico argentino (santafesino, quiero decir), enfermo de calor y de gentes nerviosas que flotaban como nubes eléctricas de sudor, maquinando ansiosas tormentas de negocios con destino de frustración, o, simplemente, apresurando el paso en busca de un ambiente hogareño acogedor, donde hacer realidad la promesa de saciedad asegurada por un energizante jugo de fruto estrujado (exprimido), o entonada por el rojo elixir de un vino tinto fresco (más bien helado y embriagador), que les madurara cansinamente la resignada expectación de las últimas malas noticias radiales por escuchar (la de las 13:00 horas, por supuesto) –porque las buenas, las buenas noticias siempre se archivan en las oficinas de la Redacción-, y rodeados (algunos de ellos, de esas gentes, al menos) por la atrevida locuacidad de sus hijos todavía en vacaciones, disputándoles sin querer a ellos (a algunos de ellos, de esas gentes, al menos) sus más íntimos espacios de atención frente al egoísta, necesario y ácido comentario de otra sufrida jornada laboral, sólo morigerada por la atenta cocina de ellas (para ellos, para esas gentes, al menos) con sus ensaladas y hamburguesas Mac Donald’s al paso (todo un lujo, porque algo es algo, carajo, y es que el juguete pone contento a los chicos, y muchos de ellos todavía -en el fondo- lo son), carne embutida con papas fritadas en aceite viejo, o microondeadas al seco, y servidas en una ruda mesa sin mantel, a todo vapor (porque no hay tiempo, ¿no hay?, no hay tiempo que perder, no hay…)…
Es que son tiempos difíciles. Como siempre y, para ellos, más aún; esas gentes nerviosas, flotantes y rumiadoras, apresuradas y ansiosas, insatisfechas y casi (casi) resentidas, como él... (No, como él no, se dijo).
Hasta que llegó.
Llegó y lo golpeó. Eso sí, brutalmente, lo golpeó.
Vino volando y agitándose quién sabe desde qué manos invisibles desenredadas por el karma siniestro del Urbano Caos Municipal, y lo golpeó con dureza ahuecándole la frente en todo el diámetro de su tubo blandido y amenazante...
“Un portatoldos, carajo (volvió a repetir como exabrupto probado y gustado). ¡Un portatoldos! Común y corriente. ¿Pero cómo no lo vi?”. Y el ruido feroz de los automóviles se acalló por un instante en su mente embotada por el dolor...
Y fue entonces cuando el portatoldos erecto, con aquella sangre distraída goteándolo como una baba sanguinolenta por su boca de hierro macizo, no dejó que reaccionara; y, en seguida del golpe, con igual contundencia y el eco de una voz ronca reflejada en la vitrina del negocio de ropas custodiado de la húmeda torridez del ambiente, le espetó sin vueltas que dejara de ser rebelde y de protestar contra cualquier cosa y de luchar contra todo el mundo y de pelearse con el mundo. ¿Qué? Que era un reverendo cabeza dura y que golpes como ese iba a recibir de aquí en más todos los días si no cesaba con su ingenua prédica en favor de la Verdad, la Rectitud, el Compromiso y la Honestidad, y en contra de la mentira, lo indebido, la mezquindad y el oportunismo de los que viven -a causa de su mediocre existencia inimputable (a veces, y sólo a veces)-, usando como trapo sucio a los demás… Eso, entre otras cosas que el Portatoldos juzgaba fuera de moda o de una lógica trasnochada propia de un perfeccionista (idiota) -como él-, de un nimbado moralista e insano intelectual -como él-, perdido en la extravagancia revolucionaria e ignorado de plano por el exitismo concupiscente de un orbe impío y mercantilista... Sí, que Dios, y la Justicia, y la Solidaridad, y la Paz, y la Responsabilidad y la Responsabilidad; sí, y la Reponsabilidad, la Responsabilidad, la Responsabilidad... Y que la Fe, y la Esperanza, y la Caridad, y que... ahora, ahora (no después, no mañana, no nunca) era la Hora Que Había Sido Anunciada, el momento de comenzar a edificar la Nueva Sociedad...
¡Que a vino nuevo, odres nuevos!, se escuchó gritarle, de pronto, a la desafiante mirada de aquellos rostros de gente estupefacta (de aquella gente, al menos), que por allí pasaba, y que le perforara otra vez, a pura indiferencia nomás, su cabeza partida, como desorbitada... Henchidos como sapos barrosos y plenificados en la inconsciencia de sus pecados capitales, fueron como una turba ciega que no pudo o supo verlo arrojado impunemente al piso, sin prestarle la más mínima atención…
Después, no sabe qué pasó.
Pero algo debe haber pasado. “Primero”, porque los que criticaban su conducta (demasiado) idealista y poco práctica, al verlo tan cambiado y parecido a ellos, se desorientaron.
No podían criticarlo más. ¡No podrían criticarlo más! Y lo que es peor, es decir, “Segundo”, ahora, ahora le pedían -¡por favor!- que no exagerara, que en realidad eran ellos los que se habían ensañado con él, que en verdad era un buen tipo y que no pasaba nada, que por favor -¡por favor!- volviera a ser como antes, que no se fuera al otro extremo, que personas como él eran necesarias para la humanidad, que etcétera, etcétera, y etcétera...
Pero no puede. Roto el encanto, por el hueco de su cabeza deben habérsele ido todos los ideales de nobleza y perfección. Su alma; eso. Y ahora es -¡por fin!-, íntegramente de este mundo, de este maravilloso, inaudito, impío y mercantilista orbe planetario: y sólo de carne y hueso. Tan sólo de carne y hueso. Como la de ellos. Tan de carne y hueso como la de aquellas gentes (como la de ellos), que seguirían nerviosas, flotantes y rumiadoras, apresuradas y ansiosas, insatisfechas y resentidas, ahora, ahora también como él...

Por eso se ha permitido advertirles a sus amigos, que dejen de pensar sobre él como lo hacían hasta ahora. Ahora, que no traten de hacerle sentir y actuar como antes...
No sea que el Portatoldos se enfade con ellos ahora, y venga, y los golpee y, al revés de su caso, por el hueco de sus cabezas aturdidas penetre y se estacione (enroscado en la dura cerviz que los corona) el nimbo de la Santidad.
Sería terrible.

PÁGINA 8 - Artículo ensayístico

Alvaro Mutis

Por Harold Alvarado Tenorio (Cali/Colombia)

Álvaro Mutis nació en Bogotá. Hijo de un abogado que había sido secretario de un presidente y luego ingresó a la diplomacia, en 1925 viajó a Bélgica con su familia, como ministro consejero de la Embajada en Bruselas, donde el futuro poeta viviría hasta los nueve años, cuando su padre murió, de repente, a la edad de 33. Pero el personaje que mas intervino en su formación de niño fue su madre, un ser muy especial. Según García Márquez,
“Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la Sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macys, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo: ’No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va’.”
La temprana muerte de su padre les hizo regresar a Colombia donde ocuparon una hacienda en Coello, parte de la herencia que habían recibido del difunto. Allí, en ese lugar del trópico, parece haber surgido buena parte de la materia que nutre sus escritos.

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el zinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.


Aún cuando nunca terminó el bachillerato, Mutis frecuentó en Bogotá al poeta de derechas Eduardo Carranza, cuando era profesor de literatura en el Colegio del Rosario, regido por jesuitas, pero los billares de los cafés cercanos, el Europa y París, pudieron más que las altisonantes declamatorias del joven maestro del piedracielismo, fanático admirador de Primo de Rivera y Mussolini. A los 18 años ya trabajaba como director de la Radio Nacional de Colombia y para 1948, según dice todo el mundo, publicó un libro que nadie ha visto nunca, porque habría desaparecido entre las batallas del 9 de Abril, La balanza, en compañía de Carlos Patillo Roselli y con supuestas ilustraciones de Hernando Tejada. Luego ingresaría a la Compañía Colombiana de Seguros y la empresa de aviación Lansa. Debido al manejo caprichoso de unos dineros de la multinacional imperialista Esso, donde era jefe de relaciones públicas, se vio obligado a dejar Colombia y viajó a México en 1956, donde reside hasta nuestros días. A los tres años de su arribo a México, se hicieron efectivas las demandas en su contra y Mutis fue detenido en la cárcel de Lecumberri, durante 15 meses, acusado de sobornar a los miembros de la Constituyente de Rojas Pinilla contra una eventual nacionalización del petróleo, expediente que sería borrado, literalmente, del mapa, gracias a la intervención de su amigo, el entonces canciller y futuro presidente de Colombia, Alfonso López Michelsen. A los pocos años de salir de la cárcel, se convirtió en gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox, y luego de la Columbia Pictures , y así continuó durante 23 años, hasta que en 1988 se jubiló. Porque como ha dicho alguien recientemente, Mutis sólo en estos lustros postreros ha vivido de los libros, pues durante años gozó de las canonjías de sus numerosos empleos de publicista, desde locutor de noticias y actor de radionovelas, director de la Radio Nacional y la emisora Nuevo Mundo; vendedor de publicidad para televisión; director de un programa de Encuentros de Televisa; o de la publicidad de la cervecería Bavaria y la corporación de doblajes Cinsa, donde prestaba su voz para narrar las persecuciones de la policía de Chicago a los amigos de Al Capone.
Mutis es el escritor colombiano que mas premios ha recibido en la historia de su nación: Comendador de la Orden del Águila Azteca, Doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle, Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, Gran Cruz de la Orden de Boyacá, Orden al Mérito, Orden de las Artes y las Letras del gobierno de Francia, Premio Cervantes, Ciudad de Trieste de Poesía, de la Crítica "Los Abriles", del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma, Grinzane-Cavour, Médicis, Nacional de las Letras, Nacional de Poesía, Nonino, Príncipe de Asturias de las Letras, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Roger Caillois, Rossone d’Oro y Xavier Villaurrutia,
Tanto la llamada “poesía” como la “prosa” de Mutis son ejemplos flagrantes del arte de la sociedad de consumo. Un “arte” que vende el mejor de sus productos: el rechazo ramplón de lo que conocemos como modernidad, con sus ofertas de igualdad, libertad y fraternidad, consideradas por Mutis otras supersticiones de nuestro tiempo. Para él la literatura fue mera entonación o estilo, no comunicación. Heredero de la voz radial de Jorge Zalamea en sus traducciones de Perse, Mutis hizo de sus monodias presagio de la vacuidad, o como él prefiere llamarla: desesperanza.
Desde Los elementos del desastre (1952), Reseña de los hospitales de ultramar (1959) y Los trabajos perdidos (1964) el asunto es lo mismo. Según José Miguel Oviedo "todos sus poemas revelan la misma actitud" pues animados por una idea fija, "todas las palabras empleadas en el fondo son iguales ya que es uno mismo el sentido que se les otorga..." Y agrega: “Mutis es uno de esos poetas que, a cualquier edad, escriban lo que escriban, dicen siempre lo mismo...” Cobo Borda ha descubierto, además, que “Un libro de Enrique Molina, Costumbres errantes o la redondez de la tierra, aparecido en 1951, manejaba los mismos tópicos de Mutis.”
Decadencia, soledad, ruina física y moral, trivia, abulia, pocilgas, camastros, mendrugos, trapos y errancia son las rutas y geografías que recorre sin descanso, y sin que importe al lector, Maqroll El gaviero, sosías y único pretexto literario de Mutis. Todo ello singularizado en cafetales, techos metálicos donde retumban las lluvias, catres desvencijados que resisten la angustia de quien descansa en ellos, hoteles de puerto de mar o de tierra, trapiches, quebradas murmurantes, mujeres opulentas de baja o dilapidada condición, socavones de minas, frutas descomponiéndose por el horrendo calor que nos acosa por todas partes, viejos combatientes desamparados y perdidos, colegios, hospitales, etc.
Y como en las óperas de magia, el cambio de telón apenas deja sospechar un cambio de escenografía: Bengala, Riga, Lisboa, Nueva Orleáns, Tashkent, Akaba, Caucasia, Alaska, Trinidad, Jamaica, Spira, Amberes, Cocora, Paramaribo, Hamburgo, Cádiz, Belem do Pará, etc., todos los caminos llevan a lo mismo. Quien maneja los hilos del místico aventurero Maqroll, y el aventurero mismo, nunca conocieron las gratificaciones de la salud corporal, el diálogo y el entendimiento, sólo la peste del cuerpo y el monólogo. Para ellos, avezados forajidos, acaso apenas importe reflejar en los Otros y ¿el lector? su chorro de voz y la miseria de sus recuerdos. Octavio Paz, reseñando Los elementos del desastre, resumió lucidamente ese mundo:
“El paisaje espiritual y físico del Gaviero es insoportable de varias maneras. Enumeraré algunas: la precisión en el horror chabacano, la alianza del esplendor verbal y la descomposición de la materia, la descripción de una realidad anodina que desemboca en la revelación, apenas insinuada, de algo repugnante; la familiaridad con las imágenes desordenadas de la fiebre y, también, con las repeticiones del tedio y del aburrimiento; el gusto por las cosas concretas e insignificantes que, a fuerza de realidad, se vuelven misteriosas; la predilección por el encuentro de objetos cotidianos y vulgares en un escenario extraño, presencias que no dejan de producir escalofrío….”

PÁGINA 9 – Poesía argentina

Chroma key


Por la ranura del día anaranjado
entreví
al pájaro azul, complementario
escudriñando sus ramas
escrutando el leitmotiv
la antigua canción de cuna
el telar vertical
el edredón de patch work
bueno para el nido.

¿Atrás? nada quedó
ni un sólo vestigio del pasado
ni siquiera el esmalte molusco de las tardes.
Como si hubiera roto el cascarón
hundió su cabeza en la zona más herida
encontró el ala derecha, la avería
el pico, el pecho campanudo
y atravesó con su trino
el tímpano enhiesto de las luces.

Por la hendija de sus ojos
noté que la Palabra
asomaba irrefutable sus fulgores
cual aguacero de enero abarrotando
los aciagos deseos
las fosas seductoras del averno.

En el credo verde de la selva
percibí tu rostro enardecido
posado en su apogeo, floreciendo
en el tronco mismo de la vida.
¿Atrás? nada quedó
ni un sólo vestigio del pasado
ni siquiera el afán
de la vigilia.

Graciela Malagrida (Posadas-Misiones/Argentina)

Genealogía de crímenes espléndidos

Nada me asusta más que la falsa serenidad
de un rostro que duerme...
Jean Cocteau, Plain-Chant



No el regreso de un porvenir abandonado
sin sosiego en los lechos terrestres.
No el verano con un palpable resplandor entre invasores,
y otra herida creciendo como lenta enredadera
en la piel del delirio.
No el pequeño cadáver de mi infancia
flotando (con su boca abierta) en la inmensa laguna.
No el arcángel quemado, entre las maquinaciones del espanto
y la obstinada majestad del ruego.
No las elementales maravillas del amor en la hierba.
No la profanada canción, la hoguera luminosa.
No los párpados fatídicos que devoran y resisten
la desesperación de los otros.
No el balbuceo de aquel dios en su cruz.
No la incertísima tempestad del reposo.
No las madrigueras de la piedad,
la hambrienta cueva que empolla toda angustia.
No la precariedad del ojo en la distancia.
No verdades habitables bajo el musgo de sospechas,
ajenas a mi carne y al olor diferente.
No el alarido devastado.
No las mansiones de razón: su más pura palabra.
No un laberinto de alacranes en cautiverio.
No el letárgico aroma de mis muertos mendigos.
No las hembras de chacal junto al sudario.
No este archipiélago hundido en mi memoria.
No la implacable codicia del vicario.
No la torpe desnudez entre las piedras,
aquélla que no cava el deseo.
No quien se inclina ante las jaulas
y duerme según la herrumbre de cuerpos mutilados.
No el que nunca oyó a los ojos.
No el visible matorral; siempre el oculto.
No la fiebre que no sana.
No el perverso matarife en este país de brumas.
No la boca sin cesar del desterrado.
No el estremecido inquisidor de los huesos
Golpea la puerta.
¿Quién permanece en el desierto heroico
con las manos calientes?
¿Por qué fui hijastro y huésped del infierno?

Te hablo con la sangre deshecha de los hombres.

Manuel Lozano (Córdoba/Argentina)

El alma era una orquídea sin raíces
enredada en los muros del jardín.
Abandoné mis torres
para mezclarme con otros náufragos
hasta que comprendí
que sólo podía darles
una moneda de sangre
una mortaja
tejida con hilachas de mi propio corazón.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Alguien muerde un basta

desmembrado
que le salpica el cuerpo.

En el silencio
cómplice
el mundo es un funeral a cuenta.

Será muy tarde entonces.
Impune oscuridad
de piedra eterna.

La humanidad arrasada
por una epidemia de yonosabía.

©Gabriel Impaglione (Luján-Buenos Aires/Argentina)

Cuántos rocíos ...

A Paula Micaela y Ma. Emilia González, a Verónica Villar

Cuál fue el rocío que no mojó los cuerpos
ni las mil caras
de la indiferencia y el despegue.

Cuál de los vientos pudo enredar las voces,
anudar remolinos
enlentecer olvidos.

No es el dolor, nuestro dolor sin público,
nuestro egoísmo
el que a ustedes las nombra
es ser mujer
la vieja herida abierta
no encajar en demandas
no vender
ni acaparar los múltiplos.

Es que no hacemos
ni hemos hecho más peces ni más pan
ni ha surgido más agua de las fuentes.

Mujeres
buscadoras de vida
mecedoras de cunas y mortajas
pupilares de abrazos.
Apenas paridoras.

El amor es tan corto, cantó en la canción Pablo.

La esperanza se tuerce entre las grietas.
(Cuerpos, piel, manos, lenguas
que no ríen al sol
ni sueltan barriletes).
La voz en los coirones
el olor de la tarde aquella tarde
el secreto incansable rumoreando la acequia
ellas
en los ojos de los árboles.

Lilí Muñoz (Victoria-Entre Ríos/Argentina)

PÁGINA 10 – Narrativa

Brevería


Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Un hombre entra a un comedor y el mozo le pregunta:
-¿Qué se va a servir?
-Un revólver bien cargado, por favor.
El mozo le trae el revólver en un plato, el hombre destraba el arma
se pone el caño en la boca y vacía el cargador. Pide la adición, paga, se levanta de su mesa y se retira.
Al otro día va el mismo hombre al mismo comedor, entra y se sienta a la misma mesa.
-¿Qué se va a servir esta vez?-pregunta el mozo.
-Hoy quisiera un cuchillo filoso y calado.
El mozo le trae un cuchillo de matadero en un plato. El hombre se propina varias puñaladas hasta el mango, pide la cuenta, paga, se levanta y se retira dejando hilos de sangre.
Al tercer día el mozo no lo quiere dejar entrar. El comensal insiste:
-Déjeme pasar, que hoy no tengo apetito.
El mozo lo deja entrar. Se sienta a su mesa y pide solamente un vaso de agua.
El mozo, suspirando aliviado, le sirve el vaso de agua.
El hombre toma el vaso y se ahoga. El mozo es despedido de su trabajo.
En casa su mujer le pregunta:¿Y ahora qué vas a hacer?
-El ex mozo se pone un cuchillo entre las ropas, se enfunda un revólver bien cargado bajo el saco y dice:
Buscaré otro empleo, en fin... ¡No hay que ahogarse en un vaso de agua!

PÁGINA 11 – Reseña de libros

“No nos une el amor sino el espanto”.

Acerca de Eva en el espejo, de María del Carmen Suárez.

Las novelas escritas por poetas tienen su propia identidad. Sin dejar de ser novelas, transparentan una percepción del mundo que no es la del que narra sino la del que ve. Pienso en “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal, o en “Los viernes de la eternidad” de María Granata, o en “Una sombra donde duerme Camila O’Gorman” de Enrique Molina. Novelas visionarias donde se
cuentan historias, pero donde lo otro- la chispa del instante- ya no es mero relato sino puro esplendor de la lengua y puro placer. O puro dolor.
La novela de la poeta María del Carmen Suárez no escapa a la regla.
En primer lugar, por el corte particular de cada una de sus frases y por el modo de hilvanarlas sin rellenar los huecos, como si la autora admitiera que esas palabras surgidas del vacío deben quedar rodeadas por el mismo vacío que las ha visto nacer. Y en segundo lugar, porque lo que aquí se cuenta –la relación de amor y de odio entre una madre vieja y una hija que ya no es joven-cabría en dos líneas si no estuviera inmersa en una trama compleja de sensaciones intensas y contradictorias de una agobiante oscuridad.
Agobiante pero no irrespirable, puesto que la belleza la rescata.
En su libro “Lo sagrado”, Rudolf Otto nos ha dejado una curiosa observación sobre nuestro contacto con esa raíz de lo viviente a la que también denomina “lo numinoso”. Para Otto, una de las maneras de relacionarnos con lo sagrado, lo numinoso o lo divino, vale decir, con el amor, es la repugnancia. Sentir asco ante una manifestación del ser o de los seres en los que late el absoluto de la vida sería un modo invertido y equivalente de la plegaria. Una novela de poeta en la que se palpa este sentimiento es “La pasión según G.H.” de la brasileña Clarice Lispector, donde una mujer se inclina a besar la inmunda materia blanduzca que mana de una gigantesca cucaracha a la que, antes de adorarla, ha intentado aplastar.
La otra novela de poeta que se basa en la repulsión ante lo que se ama es “Eva ante el espejo”.
María del Carmen Suárez se ha animado a enfrentar el asco por el cuerpo de la madre. Un asco que surge en la mujer durante la adolescencia y a veces se intensifica cuando la madre envejece, y cuando no hay un niño que actúe de intermediario. En este libro no hay niño (único ser capaz de observar la decrepitud con un cariño alegre). Tampoco hay hombre. Sólo ellas dos, madre e hija, enfrentadas en una lucha sorda cuyo final, tristemente, ambas conocen.
Dos escenas inolvidables muestran los celos feroces de la más vieja.
En una de ellas, la hija descubre a su madre probándose ante el espejo el vestido verde con el que ella ha conocido sus mejores momentos, los más felices, los más libres, esos que la madre hubiera deseado para sí, esos que nunca ha tenido y cuya ausencia le provoca una envidia encubierta, de pronto revelada. La impresión de la tela brillante, como cargada de caricias, sobre la piel desnuda y ajada de la mujer que sólo espera la muerte, impregna esta página memorable que se complementa con otra revelación, esta vez verbal: el resentido discurso de la madre que, creyéndose sola, expresa en alta voz lo que jamás ha dicho de frente. Una vida entera de frustraciones, rivalidades y rencores, donde la hija de piel todavía tersa juega el papel de la enemiga.
Y sin embargo se aman. La muerte de la madre es un momento de paz.
La despedida ha aventado los miasmas. Las dos mujeres están unidas frente al instante en que las dos, en cierto modo, mueren. Una red sutilísima les envuelve en ese instante, tal como siempre las ha envuelto y tal como nunca dejará de envolver a la que queda viva. A partir de ese tránsito, el recuerdo ya puede volverse dulce.
María del Carmen Suárez confiesa haber escrito este libro “sobre la marcha”, mientras su madre declinaba y moría. “Fue mi manera de salvarme- dice- Mi exorcismo”. También aquí la poeta es fiel a sí misma: toda su poesía se ha centrado siempre alrededor del misterio, la magia, la visión deslumbrada; antiguos rituales de feminidad a los que estas otras ceremonias no son ajenas. Pero “Eva ante el espejo” posee la fuerza de la inmediatez.
Son notas al pie de un lecho de muerte, rápidas, duras, brutales, arrancadas al horror casi a tirones, todavía goteantes. Notas en las que el salvaje deseo de sobrevivir coincide con la infinita piedad, y en las que ninguna mujer con suficiente valentía como para aceptar el espejo que esta Eva nos tiende dejará de reconocerse a sí misma.
¿Qué mujer no ha sentido que su rostro se alisa y se marchita junto al de la madre, en un sitio del tiempo donde las dos son niñas y las dos, ancianas? ¿No ha ansiado desprenderse de una caricia tan insoportablemente suave que desgarra la carne, y de una mano que arrastra hacia el final? ¿Y no ha amado a su madre hasta el espanto? Felicitémonos de que una poeta de ojos alucinados se haya atrevido a decirlo, al fin, con las palabras justas.

Alicia Dujovne Ortiz

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

La eternidad efímera del ángel renegado
(Sobre una lectura de John Milton)

Por Alejandro Bovino Maciel (Buenos Aires/Argentina)

Pensemos en la Inglaterra de Cromwell donde pierde la vista un hombre a los 44 años de edad creyendo con la sinceridad de un puritano practicante que las tinieblas son el precio de una vida disipada en los placeres terrenales como escribir literatura que es hacer belleza y eso está destinado exclusivamente a Dios. La arrogancia del poeta que quiere instalar la luz en la oscura conciencia humana se castiga con la oscuridad perpetua en la tierra. La lectura de Virgilio y Horacio serán desde entonces las teas que guiarán la turbidez del sendero perdido y recuperado de la poesía como sus "Paraísos"; la égloga pagana transcripta en tono sagrado y bucólico se convierte al puritanismo del hombre ciego que dicta palabras a su hija a la luz de una alcuza en la doble noche que lo envuelve. Antes de la ceguera que lo atacó por 1950 había redactado demandas, oficios y documentos diplomáticos como Secretario del Consejo de Estado. En 1660 la Restauración lo envía a prisión y ordena la quema de sus escritos. Podemos imaginar la decepción, el amargo sabor de la injusticia, el desencanto del puritano que había entregado todo a la política, que es nada. Hasta entonces había creído que su talento no debía desperdiciarse en fantasías literarias. Redactando una defensa de la Causa Anglicana descubrió su ceguera; en ese tenebroso mundo de vacío azul recuperó de la memoria los ecos de aquellos sonidos amados de la poesía y detrás de ese encanto decidió salvarse recuperando el pasado. La muerte de un amigo durante una travesía marina en el arisco Mar del Norte sirvió de acicate y en un doble homenaje a su maestro Virgilio cambió el nombre de Edgard King, su amigo fallecido, por el del pastor Lycidas de la égloga virgiliana tal vez pensando que el homenaje no necesita nombres propios ya que todos vamos a morir. Plugo a los dioses no tener que reiterarlo pero nuevamente advierto a quien está leyendo que soy un apéndice de un aracnoidoma. Nunca tuve la menor capacidad de aprender lenguas y he fracasado tanto con el inglés como con el valón y el chino mandarín. Pero esta discapacidad no ha sido obstáculo para tratar de reconstruir en estos tiempos de la deconstrucción la elegía de Milton. Recurrí a tres traducciones en español y una en italiano. Con temeraria tenacidad emprendo esta descarada tarea de presentarles mi versión libre de prejuicios:
LYCIDAS
Nuevamente oh, laureles, nuevamente,
turbio mirto, hiedra verdecida,
debo arrancar la fruta áspera y cruda
y, con mis manos duras,
estrujar el follaje, antes que el tiempo
le dé la madurez henchida.
Amarga es la ocasión, y dolorida
que me incita a quebrar vuestro verdor.
¡Ha muerto Lycidas, se hundió en el esplendor
un hombre que un igual no deja en vida!
¿Quién dejaría de cantarle? Así como
sus versos soberanos cantó con tal pasión
como su sombra que ahora flota
sobre el sepulcro acuoso.

En la profunda oscuridad de la ceguera John Milton se reencontró con la belleza de la que había huido durante toda su vida animado por la iconoclastia de la Reforma que veía en la estética un reflejo de la idolatría de Satanás cuyo mayor crimen había sido la soberbia de querer imitar a su Creador. Idolatría detestable a Lucero, intolerable en Calvino y herética para Ulrico Zwinglio. En Milton luchan el puritano de Cromwell que intuye la profanación y el humanista pagano que no olvida la música de Virgilio, como Dante que la persigue hasta el trasmundo de la muerte. Extrae del tesoro de los clásicos la forma pero sabe que la exaltación mitológica y panteísta ha cambiado de religión y debe buscar entre los toscos símbolos judeocristianos el andamiaje que necesita para levantar la catedral de palabras. ¿Qué verbos, qué adjetivos, qué sintaxis le servirán de materia? La Versión Autorizada de la Biblia de 1611 oficia de diccionario y devocionario de inglés para Milton, Melville y Faulkner. En algún escrito, Milton llama a la ceguera "cárcel del alma"; no olvidemos por favor que Milton ha vivido la vejación del calabozo y entonces surge la comparación implícita: el cuerpo del ciego inundado de penumbras es para el espíritu (que siempre busca la luz) una carencia, como lo es la cárcel (carencia de libertad) para el cuerpo

PÁGINA 13 – Poesía americana

Diosa de los vientos


Me dispongo a alinear mis dolores,
festejar la mortaja
donde acueste cada vivencia,
desde la más ofensiva
hasta la más penosa.
Olvidaré por un momento
que soy mujer de partos.
Retomaré bienestares
bajo la cobija
de mis logros.
Seré yo misma.
Despuntaré de la tierra
como diosa de los vientos,
Abriré mis alas
Al costado de los ángeles
Mientras en una maroma
de circo,
construiré nuevamente
una carpa donde alojar
mis votos de alegría.
Haré la balanza,
De izquierda a derecha
Y me quedaré en medio,
Soy equilibrio,
Diosa de los vientos.

©Bella Clara Ventura (Bogotá/Colombia)

Una casa en llamas

¿Por qué se mete en los sueños
y me arrebata lo íntimo?

Como un océano brutal
que puede llevarte en un instante,
mi niñez,
como si estuviera acechándome por las ventanas,
es la única vida que me queda.
La belleza de esos años
es una casa en llamas en donde no puedes
salvar a nadie.
Acaba y comienza de nuevo.
Es un lugar en donde ya no siento miedo o tristeza.
Es un árbol que siempre tiene los brazos abiertos
para las aves.

Pero desde mi niñez para hoy
mi corazón se ha convertido
en una extraña planta en harapos,
y solo canciones antiguas y rimas íntimas
hacen que mi corazón viva como mi niñez:
con el fuego carmesí de la existencia espiritual,
como una llama de fuego en la masa obscura
de la noche,
como los caracoles
repitiendo el infinito del mar.

Francisco de Asís Fernández (Granada/Nicaragua)

Este país está en el sueño
(fragmentos)

que digan yo lo admito que no existe
pondré no importa mi piel por territorio
este país no es nada no hubo nunca
este país no ocurre
está en el sueño
mi boca se desangra
no es nada nunca y es todo cuanto tengo
si no de dónde vengo
si no es de este asterisco
y este país no existe
estoy por tanto un tanto consternada
yo no inventé la lluvia sin embargo
que nadie me la arranque
es el agua quien define esta frontera
este glóbulo de luz
este barquito mísero y amado
donde el cielo deviene catarata
me importa un pito
yo nada tengo contra octubre
muy al contrario
yo sé que no hubo historia
si acaso fuimos un rumor maledicencias
un trillo nebuloso la huérfana del mundo
no tuvimos virrey qué pretensiones
tuvimos eso sí
me reconforta
a Juan don Juan y don Juanito
( Santamaría por supuesto y Mora y Mora)
pero somos pocos en saberlo
me alegra tanto decir que nuestro héroe
el único por cierto
era moreno descalzo pobre campesino
para colmo era un chiquillo
luchó qué novedad contra los yankis
podría besarlo
con tanto hollín se atoran las palabras
quiero llorar zurcirle las heridas
esto está hecho y consumado
tenemos héroe para rato
y qué carajo a ver quién me lo quita

este país no es
y qué me importa
puedo tomar mis venas tejerle un barrilete
que digan yo lo admito que no existe
yo no inventé la lluvia y sin embargo
yo sé que no hubo historia
estamos entre tanto por hacerla

estoy un poco triste
puedo donar mi traje hacer las velas
amar con un amor inenarrable
este terrón del aire adonde vine
pondré no importa mi piel por territorio
este país está en el sueño que nos toca
sobre la faz del mundo
que nadie me lo arranque
es todo cuanto tengo
más este corazón para simiente

y qué carajo a ver
con tanto amor
quién me lo quita

Ana Istarú (San José/Costa Rica)

Postulado de un oficio

Me declaro en rebeldía por el duelo de las horas.
Protesto por el silencio de los verbos.
Aquí se terminaron los escupitajos.
Esta sangre bullendo;
esta bandera que es mi insignia;
este crepitar desde el relámpago;
esta fosforescencia en pleno vuelo
es flecha con la que no quiero herir a nadie.
No soy el demonio ni cosa que se le parezca.
Soy heredero del verbo de Cervantes.
He encendido los fusibles
en las tinieblas del sobresalto.
No me considero profeta,
ni amante del hormiguero.
Mi oficio es palabrear los prismas de la luz;
prestar aguaceros al que desama;
escupir y guardar luto.
Mi oficio es declararme en rebeldía
por los aguijones del cancel donde me escondo.
Mi trabajo es transitar el laberinto de la insanidad,
sabiendo que en algún planeta
encontraré el eco para suicidar
a los que traicionan la palabra.

©Eleazar Rivera (Santo Domingo-San Vicente/El Salvador)

Reencarnaciones

Vengo desde el ayer,
desde el pasado oscuro y olvidado
con las manos atadas por el tiempo,
con la boca sellada desde épocas remotas.
Vengo cargada de dolores antiguos recogidos por siglos,
arrastrando cadenas largas e indestructibles.
Vengo desde la oscuridad del pozo del olvido
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.
Vengo de ser esclava por milenios,
esclava de maneras diferentes,
sometida al deseo de mi raptor en Persia,
esclavizada en Grecia, bajo el poder romano.
Convertida en vestal, en las tierras de Egipto,
ofrecida a los dioses de ritos milenarios,
vendida en el desierto o canjeada como una mercancía.
Vengo de ser apedreada por adúltera en las calles de Jerusalén,
por una turba de hipócritas, pecadores de todas las especies,
que clamaban al cielo mi castigo.
He sido mutilada en muchos pueblos para privar mi cuerpo de placeres
y convertida en animal de carga,
trabajadora y paridora de la especie.
Me han violado sin límite, en todos los rincones del planeta,
sin que cuente mi edad madura o tierna o importe mi color o mi estatura.

Debí servir ayer a los señores, prestarme a sus deseos,
entregarme, donarme, destruirme,
olvidarme de ser una entre miles.
He sido barragana de un señor de Castilla,
esposa de un Marqués y concubina de un comerciante griego,
prostituta en Bombay y Filipinas
y siempre ha sido igual mi tratamiento.
De unos y de otros siempre esclava,
de unos y de otros dependiente,
menor de edad en todos los asuntos,
invisible en la historia más lejana,
olvidada en la historia más reciente.
Yo no tuve la luz del alfabeto durante largos siglos.
Aboné con mis lágrimas la tierra
que debí cultivar desde mi infancia.
He recorrido el mundo en millares de vidas
que me han sido entregadas una a una
y he conocido a todos los hombres del planeta:
los grandes y pequeños,
los bravos y cobardes,
los viles,
los honestos,
los buenos,
los terribles.
Mas casi todos llevan la marca de los tiempos.
Unos manejan vidas como amos y señores:
asfixian, aprisionan,
succionan y aniquilan.
Otros manejan almas: comercian con ideas,
asustan o seducen, manipulan y oprimen.
Unos cuentan las horas con el filo del hambre,
atravesado en medio de la angustia.
Otros viajan desnudos por su propio desierto
y duermen con la muerte en la mitad del día.
Yo los conozco a todos.
Estuve cerca de unos y de otros
sirviendo cada día,
recogiendo las migajas,
bajando la cerviz a cada paso,
cumpliendo con mi karma.
He recorrido todos los caminos.
he arañado paredes y ensayado cilicios,
tratando de cumplir con el mandato de ser como ellos quieren,
mas no lo he conseguido.
jamás se permitió que yo escogiera el rumbo de mi vida.
He caminado siempre en una disyuntiva,
ser santa o prostituta.
He conocido el odio de los inquisidores
que a nombre de "la Santa Madre Iglesia" condenaron mi cuerpo a su sevicia
o a las infames llamas de la hoguera.
Me han llamado de múltiples maneras:
bruja, loca, adivina, pervertida,
aliada de Satán,
esclava de la carne,
seductora, ninfómana,
culpable de los males de la tierra.
Pero seguí viviendo, arando, cosechando,
cosiendo, construyendo, cocinando, tejiendo,
curando, protegiendo, pariendo, criando,
amamantando, cuidando,
y sobre todo amando.
He poblado la tierra de amos y de esclavos,
de ricos y mendigos, de genios y de idiotas,
pero todos tuvieron el calor de mi vientre,
mi sangre y mi aliento, y se llevaron un poco de mi vida.
Logré sobrevivir a la conquista brutal y despiadada de Castilla
en las tierras de América,
pero perdí mis dioses y mi tierra
y mi vientre parió a gente mestiza,
después de que el castellano me tomara por la fuerza.
Y en este continente mancillado proseguí mi existencia,
cargada de dolores cotidianos.
Negra y esclava en medio de la hacienda,
me vi obligada a recibir al amo cuantas veces quisiera,
sin poder expresar ninguna queja.
Después fui costurera,
campesina, sirvienta, labradora,
madre de muchos hijos miserables.
Vendedora ambulante, curandera,
cuidadora de niños y de ancianos,
artesana de manos prodigiosas,
tejedora, bordadora, obrera,
maestra, secretaria o enfermera.
Siempre sirviendo a todos,
convertida en abeja o sementera,
cumpliendo las tareas más ingratas,
moldeada como cántaro por las manos ajenas.
Y un día me dolí de mis angustias.
Un día me cansé de mis trajines,
abandoné el desierto y el océano, bajé de la montaña,
atravesé las selvas y confines
y convertí mi voz dulce y tranquila en bocina del viento,
en grito universal y enloquecido.
Y convoqué a la viuda, a la casada,
a la mujer del pueblo, a la soltera,
a la madre angustiada,
a la fea,
a la recién parida,
a la violada, a la triste, a la callada,
a la hermosa, a la pobre, a la afligida,
a la ignorante, a la fiel, a la engañada,
a la prostituta.
Vinieron miles de mujeres, juntas, a escuchar mis arengas.
se habló de los dolores milenarios, de las largas cadenas
que los siglos nos cargaron a cuestas.
Y formamos con todas nuestras quejas un caudaloso río
que empezó a recorrer el universo,
ahogando la injusticia y el olvido.
El mundo se quedó paralizado.
¡Los hombres sin mujeres no caminan!
Se pararon las máquinas, los tornos,
los grandes edificios y las fábricas,
ministerios y hoteles,
talleres y oficinas,
hospitales y tiendas,
hogares y cocinas.
Las mujeres, por fin, lo descubrimos.
¡Somos tan poderosas como ellos
y somos muchas más sobre la tierra !
¡ Más que el silencio y más que el sufrimiento !
¡ Más que la infamia y más que la miseria !
Que este canto resuene en las lejanas tierras de Indochina,
en las arenas cálidas del África,
en Alaska o en América latina,
llamando a la igualdad entre los géneros,
a construir un mundo solidario
-distinto, horizontal, sin poderíos-
a conjugar ternura, paz y vida,
a beber de la ciencia sin distingos.
A derrotar el odio y los prejuicios,
el poder de unos pocos, las mezquinas fronteras.
A amasar con las manos de ambos sexos el pan de la existencia.

Jenny Londoño (Guayaquil/Ecuador)

PÁGINA 14 - Narrativa

Alarmas


Por Jorge Gómez Jiménez (Cagua/Venezuela)

Había llorado tanto que tenía corrido el maquillaje, así que cuando pasaba algún carro bajaba la mirada para no ver mi reflejo en el retrovisor. Pero claro que lo ví: los labios descoloridos y los ríos negros que bajaban desde mis ojos. Recordé a mi tía cuando me decía: las niñas que lloran se ponen feas. Y sonreí, y quizás sonreír me hizo sentir culpable, pues se supone que cuando estás deprimida no sonríes: lloré otro poco.
Mik quiso que me bajara pero me negué, me sentía muy mal y sabía que el bullicio de Los Picadores y la alegría ajena (debí escribir tan ajena) me harían sentir peor. Así que les dije: vayan ustedes y bailen y diviértanse que yo los espero. Mi tía trató de convencerme: a lo mejor aquí está el hombre de tu vida y tú aquí muriéndote por dentro. Pero tales argumentos sólo logran incomodarme, pues me hacen pensar que la gente piensa que soy estúpida. A veces estoy de acuerdo: soy estúpida. Mik se impacientaba y le dijo a mi tía: no hay caso, que entre luego si quiere. Me dejaron las llaves del carro para que lo asegurara si cambiaba de idea, y entraron sin mí.
Reconozco que cuando decidí quedarme sola en el carro incurrí en un acto de franca vanidad. Las depresiones, de alguna retorcida manera, suelen revestirse de elegancia. Claudia se deprime: Claudia es profunda. E indudablemente ser profundo es elegante. Una siente ese ardor en el pecho y llora, pero la gente muestra respeto hacia el estado en que una se encuentra: eso en el fondo hace que una se sienta un poco bien. Dentro de lo que cabe.
Supongo que el culpable de todo es Mik. Por los días en que el Beto me dejó yo hacía esfuerzos por no llorar. Tenía ganas de llorar (y de saltar de una azotea y de cortarme las venas), pero me contenía: una no anda por ahí llorando delante de todo el mundo. Entonces una noche mi tía me invitó a salir con ella y Mik. Estábamos también en Los Picadores y mi tía le contó todo a Mik, y Mik me dijo: es preciso llorar las penas para que no nos ahoguen. Y me puse a llorar y tuvimos que irnos a casa.
Desde entonces lloro. Me levanto en la mañana llorando. Me acuesto en la noche llorando. Veo televisión: lloro. En el almuerzo: lloro. Ya no sé hacer nada si no estoy llorando mientras. Y mi tía a veces se ríe y me dice: Claudia, necesito que vayas a comprar papel higiénico pero no llores. Y yo río con ella, pero luego de regreso a casa tengo que abrir el paquete del papel para secarme las lágrimas.
Me acurruqué en el fondo del asiento para llorar en absoluta intimidad. Nunca falta un hombre inoportuno que se acerca a preguntar: le ocurre algo, puedo ayudarla. Y ni siquiera el Beto podía ayudarme: hacía falta una máquina del tiempo que borrara lo ocurrido, no sólo el recuerdo de lo ocurrido sino que lo borrara todo, todo. Que lo ocurrido no hubiera ocurrido nunca: sólo así estaría bien. Mientras tanto, me bastaba con acurrucarme para evitar la inoportuna visita del hombre inoportuno que, es de suponer, nunca falta en el estacionamiento de Los Picadores a las dos de la mañana.
Creo que me quedé dormida y de pronto me sentí extraña: no estaba llorando. Un acto reflejo me hizo abrir el bolso y sacar el celular para revisar si tenía mensajes del Beto: no tenía, y volví a llorar. Habría llorado igual si hubiera tenido. Disfruté el regreso al llanto y aquello me pareció enfermizo, así que encendí un Marlboro y traté de asfixiar las lágrimas con humo.
Entonces me asaltó el hastío o quizás la sensatez: aunque tenga el maquillaje muy llorado iré a buscar a Mik y a mi tía para que me lleven a casa. Siempre he tenido como norma: las tareas rápidas duran menos que un cigarrillo. Puse el Marlboro en el cenicero del carro y me bajé imponiéndome el desafío de estar de vuelta antes de que se apagara. Pero cuando ya estaba a punto de entrar a Los Picadores volví a sentir vergüenza de mis lágrimas y regresé al carro.
Recuperé el Marlboro y terminé de fumarlo. Cuando dejé la colilla muerta en el cenicero sentí: derrota. Tuve una idea: haré sonar la alarma del carro. Oprimí el botón del control remoto y tras el breve silbido de la activación abrí y cerré la puerta: la alarma sonó. Pensaba que pronto aparecerían Mik y mi tía alarmados, pues para qué otra cosa puede servir una alarma. Pero no: los minutos tenían de todo menos apariciones salvadoras, y la alarma se hacía insoportable.
En algún momento dejó de sonar: volví a llorar. El Beto me dejó, mi tía y Mik estaban en Los Picadores, yo quería estar en casa: todo eso me hacía llorar. Me dije: si no busco ahora mismo a mi tía y a Mik amaneceré aquí llorando. Encendí otro Marlboro y lo puse en el cenicero. Abrí la puerta olvidando que la alarma estaba activada y empezó de nuevo. Me detuve a un metro del carro esperando por última vez que salieran, pero pronto comprendí que tendría que ir a buscarlos o moriría: llorando o sorda.
Me acerqué al gran ventanal de Los Picadores y busqué con la vista a mi tía y a Mik. Los ví en medio de la batahola bailando sobre litros de alcohol y pensé: es incómodo que vaya a buscarlos, pero mi desgracia lo vale. Sé bien que mi tía me aprecia y supongo que también Mik: quien me aprecie le dará su justo valor a esto que me ocurre y reconocerá sin duda que es vital para mí regresar a casa: aunque sea sólo para llorar.
La luz de un carro pasó a mi través y me di vuelta. En el lugar en que estaba era sencillo hacerse invisible, pues había arbustos y carros y noche. Saberlo me resultó muy útil: del carro que llegó se bajó el Beto. Dos amigos lo esperaban. Empezó a caminar en dirección a la puerta de Los Picadores y sentí pánico: mi manto de invisibilidad dejaría de funcionar si él se acercaba.
Pero entonces notó el carro de Mik: más propiamente, notó que sonaba la alarma del carro de Mik y fue hacia allá. Supongo que quiso ostentar sus cualidades cívicas revisando que todo estuviera bien. Aunque sentí el impulso de lanzarme a sus brazos, recordé los ribetes humillantes de lo ocurrido y decidí mantenerme oculta. Rápidamente repasé el lugar con la mirada: mi única escapatoria era que me tragara la tierra o que me subiera a un taxi aburrido que esperaba pasajeros en el flanco derecho del estacionamiento.
Caminé hacia el taxi con prisa pero sin hacer ruido: no sabía quiénes eran los que esperaban al Beto y si alguno me conocía quizás le diría que yo estaba allí. Mis senos, sin ser grandes, atraen a los hombres: me aseguré, desbordando el escote, de que se ofreciera una vista regular de sus formas, y le pregunté al taxista si podía ayudarme. Me subí al asiento trasero y le expliqué mi problema: lloré otro poquito y el taxista me dio un pañuelo y eso me enterneció: sonreí.
El Beto fisgoneó alrededor del carro de Mik. Quizás vio el Marlboro que aún debía de estar consumiéndose en la soledad del cenicero y pensó: Claudia y sus marlboros. Después de lanzar una mirada exploratoria por el estacionamiento se sumergió en la multitud que bailaba en Los Picadores. Más tarde salió seguido por Mik: me buscaban. Me agazapé en el asiento del taxi y los ví hablar.
Mik es un hombre inteligente y sé que supo de inmediato que yo estaba cerca. Además aún tenía sus llaves conmigo y sé que supo que no me iría sin devolvérselas. Debió decirle cualquier cosa al Beto para disuadirlo de buscarme y pronto se despidió y regresó al bullicio. El Beto miró la noche (y su gesto me pareció tan teatral) y sacó su celular: puse el mío en silencio para evitar que me denunciara si se le ocurría llamarme: me llamó. Todavía tenía identificado el número del Beto con la palabra amor: sollocé mientras el celular me gritaba en silencio.
Volvió con sus amigos y arrancaron. Sentí curiosidad: ¿qué camino toma un hombre cuando una se extravía? Sospecho que al taxista no le sorprendió mi medida desesperada: encendió el taxi y aceleró hasta que se ubicó a una distancia prudente del otro carro.
Nos internamos en la ciudad. Pregunté al taxista si podía fumar: me pidió un Marlboro. Unas calles más adelante perdí de vista el carro, pero el taxista me tranquilizó: fume, yo manejo. Me eché hacia atrás y no pude contener uno de esos suspiros accidentados que sobrevienen después de haber llorado mucho.
Mientras esperábamos que cambiara la luz de un semáforo ví en la acera a una pareja que discutía. Alcancé a entender algunas palabras: desconsiderado, necia, nunca. De pronto él se dio la vuelta y se alejó tras la esquina, y ella me miró: por un instante me pareció que nuestras miradas encontradas se apoyaban mutuamente. Lloré. El taxista también me miraba por el espejo retrovisor, pero su mirada era escurridiza y no se enfocaba en mis ojos.
Habíamos hecho un rodeo innecesario por el centro: finalmente el carro donde iba el Beto se detuvo ante la puerta del Mirador. El taxista se estacionó unos metros más atrás, en el lado opuesto de la calle, y pensé: soy una estúpida. Desde su ceño fruncido el Beto me había dicho semanas antes: no quiero volver a saber de ti. Por mi parte lloraba y le gritaba: te odio. Y ahora él iba a buscarme y yo me escondía sólo para seguirlo en secreto.
El taxista salió de pronto de su burbuja de discreción profesional y me dio un golpe de realidad: no se bajan. En efecto, los dos amigos del Beto que iban en el asiento delantero estaban vueltos sobre el respaldo y parecían hablar con él. Luego se bajaron y entraron al Mirador, dejándolo solo. Tenía la cabeza gacha y creí percibir un débil destello: me estaba llamando. Con la yema de mi pulgar acaricié la palabra amor en la pantalla de mi celular y volví a llorar. Me dije: estúpida. El taxista me pidió otro Marlboro.
La música que salía del Mirador se confundía con los ruidos de la calle: el taxista y yo sólo esperábamos. Al principio pensé que los amigos del Beto saldrían en unos minutos, pero no fue así. Había gente en la calle y algunos miraban al Beto en el asiento trasero del carro: lo miraban con recelo o compasión o al menos yo lo habría mirado con compasión, pues soy estúpida.
Recordé algo que me había dicho el Beto poco después de conocernos: Claudia, tú y yo somos tan parecidos. Cuando me lo dijo supuse que se trataba de alguna de las estratagemas de seducción del legado que el género masculino se transmite de generación en generación. Recuerdo que pensé: el Beto piensa que soy estúpida.
Fue entonces cuando escuché el portazo y la alarma. El Beto estaba sentado de manera que podía verlo de perfil y comprendí que por alguna razón no quería entrar a buscar a sus amigos. La pantalla de mi celular se encendió una vez más: habría querido responder para decirle: es en vano, Beto, no van a salir. El ruido monótono de la alarma se hacía insoportable. El taxista me miró inquisidor y la noche se tornó grande y cruel. Le pasé un Marlboro y le dije: regresemos a Los Picadores, si es tan amable.

PÁGINA 15 – Narrativa

Tía Florida y la noche final.


Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Y tía Florida llegó como llovida del cielo. Nada pudieron contra ella ni la guerra ni el tiempo transcurrido ni la distancia. Era la tarde y a través de los ventanales de vidrios amarillos y escarlatas se filtraba esa luz melancólica en la que se diluye el devenir. Vino envuelta en un hálito entre familiar, pacífico y abrumadoramente sensato, aunque por ello intensamente irreal, y las balas que sonaban en la calle ni siquiera la rozaron.
Había atravesado espesura de tiempo, muertes innumerables. A su alrededor el mundo se había derrumbado en asesinatos, vejaciones, delirios, pesadillas y aquí estaba intacta, increíble como todo lo inocente, como un niño indemne luego de un terremoto o como el arca de Noé.
-Queridos- dijo derramando una ternura sobria, con armónicas de gallos siesteros y de naranjos en flor, de huevos tibios debajo de la gallina clueca y de comidas cocinándose entre salsas olorosas- ¡Cuánto tiempo sin verlos¡.
Y era verdad: más que tiempo, la eternidad estaba de por medio. Tía Florida había prometido volver, pero ello era imposible. La creíamos muerta como nuestra infancia. Nos era tan ajena como el útero materno. El mundo que había creado ella o que la había creado estaba enterrado debajo de los paraísos en el fondo de casas amplias y lejanas, que ya no existían.
¿Por dónde viniste? -preguntó Ernesto, que acababa de ponerle tranca de hierro a la puerta principal, luego de eludir algunos disparos de fusil, uno de los cuales se incrustó en la pared del vestíbulo.
No le respondió; cumplida su promesa de volver, aquí estaba, robusta como siempre, tranquila, maternal con sus años a cuesta y pronta a conversar lenta, interminablemente de temas parecidos a las chacras cultivadas con tomate, papa o lechuga o, tal vez, a no conversar, a quedarse allí, como un árbol cargado de frutos, moviéndose para cocinar, limpiar un patio o un dormitorio.
-¿No tuviste miedo? La batalla es feroz en la calle. Además, ha pasado mucho tiempo, el mundo ha cambiado. Aventurarse entre balas y noches es muy riesgoso- intervine.
Les prometí que iba a volver y cumplí. En cuanto a las balas, nada me pueden hacer, parece mentira que lo ignoren- rezongó que las guerras atómicas o los asesinatos no pueden más que yo con una escoba o cocinando una buena sopa? Era necesario que nos reuniéramos: Él va a llegar en cualquier momento. Debemos terminar con las distancias y las pequeñeces... ¿Quieren que les prepare algo de comer?... ¿Dónde está el gallinero?
Ah, tía Florida, todos nos miramos. Mamá, tu hermana, te abrazó. Lloraron, era de rigor. Lágrimas tibias rodaron lentamente desde el mar recóndito, abriéndole rumbo a la fecundidad.
Quedábamos muy pocos: Julio había muerto en la lucha, Graciela estaba en Europa, los amigos habían partido hacia la montaña o el campo.
Si tía era un fantasma, se parecía demasiado a una mujer de carne y hueso, con mejillas muy coloreadas y la corpulencia que siempre la había caracterizado. La última noticia recibida de ella, la daba como viviendo en la frontera con Chile. Luego el caos lo había ganado todo y resultó imposible obtener cualquier información.
La aparición de tía Florida provocó un olvido momentáneo del presente. Como si de pronto hubiéramos hallado agua en el desierto. ¿O, tal vez, nos estaba sucediendo lo que al desierto que confunde un espejismo con un oasis?
En cualquier momento los combatientes golpearían la puerta de calle. Nadie estaba a salvo de la lucha sin sentido y sin cuartel que se libraba. Casa por casa, los del bando “Progreso” o los de “Espíritu” irrumpían violentamente como dinosaurios civilizados para la guerra y se llevaban a cuanto joven, hombre o mujer consideraban apto para combatir y lo obligaban a sumarse al combate. Hasta ese momento nosotros nos habíamos salvado por puro azar. Los muertos se acumulaban en las calles. Nadie sabía para qué luchaba, la destrucción era un fin en sí misma. Mucho tiempo atrás se había hablado de que los progresistas querían acabar con el mundo antiguo y la tradición. Anhelaban una sociedad altamente tecnológica y científica, sin religión. Los espirituales proponían la muerte de las concepciones positivistas y especulativas. Sin embargo, tras la rápida tercera guerra mundial, que produjo millones de muertos y terminó rápidamente ahogada por su propio horror, quedó la guerra de guerrillas, en cada región, y las propuestas se esfumaron y se convirtieron en un vago recuerdo. Tenían ahora la categoría del pretexto, para un suicidio general de la especie humana, una suerte de autojuicio final.
El mundo se desangraba, enloquecido. Pero la escena que ahora protagonizábamos íntimamente ¿no era también, acaso, una locura?: una reunión en la galería, pacífica, nostálgica, centrada en la presencia insólita de tía Florida.
Ernesto, que siempre se había sentido culpable por huir de la contienda, poco tardó en retornar al nerviosismo que le era habitual. Comenzó a pasearse o obsesivamente de un lugar a otro.
-No ha cambiado nada- comentó tía- cuando chico cada vez que se angustiaba por algo, emprendía un desgaste del piso.
-Pe-pero tía- tartamudeó él ¿no te das cuenta de lo que ocurre? El mundo se viene abajo y nosotros, aquí, lo más tranquilos, de tertulia familiar.
Ella, con el mate en la mano, sorbió la bombilla y con sonrisa de siesta fecunda, replicó:
Lo que tenemos que evitar es sumarnos a la destrucción. Como ves, casi todo el mundo está combatiendo allí afuera, en esta ciudad y en todo el planeta. Seríamos estúpidos si nos dejáramos contagiar, si nos sumáramos al suicidio general.
Mamá escuchaba silenciosa, con la cabeza entre las manos. Tal vez había ingresado en la penumbra de los recuerdos, resucitando voces que eran las nuestras cuando niños en un mundo y una realidad irrecuperables.
- ¿Qué proponés? Cruzarnos de brazos hasta que lleguen y nos fusilen?- preguntó furioso Ernesto, más enojado con la situación que con tía Florida.
- No te apurés, ya vas a ver, ya vas a ver...
Había hablado como una matrona enigmática, sofrenando la impaciencia de un adolescente poco entrenado para la vida. Y Ernesto, como si hubiera sido el adolescente de los viejos tiempos, guardó un silencio resignado.
Entonces apareció papá por el fondo de la casa, en chinelas, con ese aspecto de niño abrumado por las o obligaciones, que los años se habían encargado de acentuar. Pareció no reconocer a tía, algo encandilado, pero sobre todo no predispuesto a nada desacostumbrado, hecho a la idea de que toda modificación era para peor. Nunca había esperado mucho de la suerte, concentrando sus esfuerzos en aportar para la seguridad familiar, primero como electricista y luego como dueño de un taller de radio y televisión, el trabajo había doblegado sus espaldas y la realidad esfumado sus previsiones. Ahora hacía injertos en lasa plantas del pequeño jardín del fondo y leía a Shakespeare. Cuando, tras parpadear unos instantes pareció reconocerla, por fin, sonaron varios golpes violentos en la puerta de calle.
Nos miramos angustiados. Salíamos del sueño quizás para introducirnos en la pesadilla. Tía, aparentemente no comprendiendo lo que ocurría, conminó:
-¿Qué hacen que no abren la puerta?
Cinco jóvenes barbudos y una muchacha algo gordita, vestidos con ropa de fajina, ingresaron no sé si viéndonos, pero mirándonos en forma poco tranquilizadora. Uno de ellos, tal vez el menor, procuraba aparentar agresividad, tenía la ropa manchada con sangre y una mirada de hastío que acentuaba la angulosidad de su rostro descarnad o. Todos denotaban esa terrible indiferencia que trae el contacto permanente con la muerte y la violencia, salvo un joven de lentes con apariencia tímida que apenas si podía disimular la repugnancia que le causaba lo que estaba haciendo.
El de la ropa manchada con sangre gritó con voz infantil, dirigiéndose a Ernesto y a mí.
- ¿Por qué no están combatiendo. Ustedes deben ser “espirituales”.
No sé si es exacto decir que creíamos llegada nuestra hora. Tal vez Ernesto y yo no sentíamos como real lo que ocurría. Nos habíamos angustiado tanto previamente, que llegado el momento largamente temido se producía algo así como una desrealización de los hechos. Además, la inopinada vuelta de tía Florida le infundía un nuevo sentido a todas las cosas, también a la irrupción de estos muchachos amenazantes.
Lo cierto es que nada respondimos. Entonces el flaco que parecía dirigirlos, el de la mirada de hastío, miró a sus compañeros y señalándonos con la cabeza a Ernesto y a mí, preguntó.
- ¿Los matamos?
La mujer gesticuló aprobatoriamente. Los demás callaron. Las ejecuciones eran de rutina. Cosa rara, yo había creído que mamá se desesperaría, pero no se inmutó. Papá, en cambio, se mostró más agobiado, aunque tampoco perdió la calma.
- ¿Cuántos años tienen?- preguntó abruptamente tía. Y luego, con la misma incongruencia, agregó: ¿Ustedes creen que el asesinato lleva hacia algo?
El flaco ni parpadeó, la joven la observó como si tía hubiera invitado a bailar a un muerto. El único que parecía dispuesto a escucharla era el de anteojos. Los demás nos tomaron de los brazos a Ernesto y a mí y nos condujeron al fondo de la casa. La ejecución iba a ser rápida.
-Claro- gritó, pero sin perder la serenidad, tía- ustedes necesitan convencerse matando, de que no están muertos, pero no lo consiguen. Son muñecos vacíos. Quién sabe si nacieron de una madre o de un siniestro taller cibernético,
Ahora, no solamente el flaco se volvió para fulminarla con la mirada sino que hasta nosotros, los condenados, nos preguntamos si era ella u otra persona la que había hablado.
El reflejo de los cristales amarillos y escarlatas en el rostro de tía le otorgaban el aspecto de una actriz, enfocada por luces de reflectores.
-La vieja está loca- dijo la gordita-. Si no se calla la matamos ahora mismo.
Los disparos continuaban en la calle. Un grito de dolor anunció que alguien había sido alcanzado por una bala.
- No van a matar a nadie -dijo tía- Ustedes no son más que unos chicos desorientados, jugando a la guerra. No pueden destruir lo que no construyeron. Están locos, enfermos por un mundo que se desintegra; merecerían lástima si no fueran tan estúpidamente crueles.
-Mamá trató de hacerla callar, saliendo de su inmovilidad, pero ya era tarde; la joven levantó su fusil -ametralladora y le descerrajó tres balazos.
Paralizados, aguardamos que tía cayera... pero no cayó. Tras las sacudidas provocadas por los impactos, se quedó observando a los combatientes, irrealizados por los reflejos de los ventanales, sonriente y hasta compadecida.
Y de pronto, empezó a avanzar hacia los jóvenes, pero no alcanzó a desplazarse mucho porque los combatientes emprendieron una veloz huida.
Papá no sabía si saludar a tía o sentarse o desaparecer él también. Quizás hubiera querido hacerlo todo a la vez, pero no hizo nada. Alelado, esperó inútilmente que alguien reaccionara. Todos inmóviles, ni siquiera habíamos acudido en auxilio de tía, quien fue la primera en decir algo;
- ¿Qué fue lo que ocurrió?
Se miró el cuerpo; los orificios de las balas se advertían nítidamente en su vestido a la altura del lado derecho de su tórax, pero no había manchas de sangre. La llevamos a la cama, con mucho esfuerzo porque ella se resistía. “Es un milagro de la fe- dijo- Cristo me ha ayudado”
No le ocurrió nada. A la media hora estaba otra vez de pie. Lo cierto es que no hubiéramos podido contar con un médico. Los heridos y muertos se acumulaban en las calles sin que nadie se preocupara por ellos. Eran demasiados y atenderlos, imposible. Cada veinticuatro horas, cuando se producía un respiro en la lucha los cargaban en camiones y los incineraban en algún terreno baldío.
La matanza era ritual, con breves intervalos de descanso. Tenía el ritmo de un feroz juego organizado. Todos participaban de él, en procura del placer frenético del asesinato o del suicidio.
Inútilmente intentamos explicarnos la indemnidad de tía. Pensé que probablemente se había quebrado la continuidad de lo real y comenzaban a ocurrir hechos milagrosos.
Mamá cubrió las heridas con gasas, aunque no sangraban, mientras papá recordó la trillada frase de Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que conoce tu filosofía” y cabeceó con aire fatalista.
Tía, como si estuviera viviendo en la más absoluta normalidad, sentenció:
- “Las gallinas ponen huevos, pero tendremos que proveernos de otros alimentos. No hay nada en la alacena”.
Interrumpido desde un mes atrás el servicio eléctrico, no nos quedaba casi nada. Las provisiones íbamos a buscarlas en los lugares menos frecuentados por los combatientes. Era una incursión de sumo riesgo y para conseguirlas hacíamos canje con objetos que podían interesar a los proveedores, ya que el dinero no servía para nada, con todas las actividades suspendidas. La crisis que ya era grave antes de la guerra, ahora se había transformado en un caos generalizado y la ciudad sólo era recorrida por los combatientes o por sobrevivientes como nosotros, esporádicamente. Los pocos habitantes que quedaban o estaban escondidos o habían huido al campo. Años atrás yo había leído algunas novelas en que lo cotidiano era invadido por lo prodigioso; lo temporal por lo intemporal. Novelas proféticas, apocalípticas, que anticipaban el mundo que ahora nos tocaba enfrentar.
Ernesto, más impresionable que yo, mostraba signos de agotamiento. Pensaba en Elsa, seguramente como yo en Irene. En Elsa, asesinada una tarde cuando venía a casa, acompañada por su hermano Jorge, que logró escapar, aunque al día siguiente, fue sorprendido por otros combatientes que, al resistirse, lo ultimaron.
Irene vivía pero era como si hubiera muerto, porque, deprimida por lo que ocurría estaba congelada en un mutismo del que pocas veces regresaba. La veía una vez por semana y era como contemplar una fotografía de alguien a quien se quiere mucho, pero que ya no volverá nunca del todo a nuestro lado. Era desgarrador comprobar cada vez, que se había convertido en una estatua tan bella como sutil, con el alma vagando quién sabe dónde. Pero inclusive esa belleza comenzaba a deteriorarse porque la iba ganado un progresivo abandono. Sólo quedaba el recuerdo del mundo íntimo que nos había unido.
De pronto, los disparos cesaron en la calle y el siniestro silencio que sigue a los combates invadió los ámbitos.
Salimos con tía Florida y con Ernesto en busca de víveres. La marmórea claridad de la luna iluminaba la calle y algunos cadáveres diseminados, que pasarían a recoger en la absurda tregua. Una escena infernal, monstruosa.
Algún herido, olvidado por sus compañeros, gritaba su dolor en algún sitio que no alcanzábamos a precisar, no muy distante de nuestros pasos. Detenerse para auxiliarlo hubiera sido suicida. Durante la tregua no se ejecutaba, pero se hacían prisioneros, a los que se fusilaba al día siguiente, al amanecer.
Cadáveres caídos en posturas grotescas, a veces con los rostros vueltos hacia el cielo y los ojos desmesuradamente abiertos, denunciaban la atmósfera de espanto a la que nadie escapaba.
La luz muerta de la luna, despojada para nosotros de todo tono romántico, acentuaba el horror de la escena, aunque no dejé de advertir la paradoja que constituía la cadenciosa belleza de los plátanos movidos por la brisa y sumergidos en la lechosa claridad lunar.
Caminábamos lentamente; tía se mostraba tan extraña a la tragedia como la propia luna. Yo tenía la sensación de quien atraviesa un terreno, bajo el que yacen sepultados centenares de cadáveres y del que surgen tímidas flores. Era como sentir que una alucinante transmutación se concretaba ante nuestros ojos y en nosotros mismos.
Seiscientos metros nos separaban, aproximadamente, de la casa de un amigo, el viejo Mirelli, que había tenido un supermercado del que conservaba todavía algunas provisiones, a las que canjeaba con dos o tres familias sobrevivientes en una casa adonde se escondía solitario, ya que todos sus parientes habían sido asesinados o muertos en la batalla.
- ¿Adónde van, inocentes corderos...no saben que la hora ha llegado?... Encomiéndense a Cristo y prepárense para el juicio... A mí nadie me toca... yo también soy un cordero de Dios... he perdido a mi familia y a mis amigos y ellos ahora gozan de la paz... El infierno es éste... nada hay peor en el más allá... hemos convocado a los demonios y ellos han ganado la tierra... pero escuchen la música de los ángeles sobre el fragor de la batalla...
Nos detuvimos. El discurso venía desde nuestras espaldas. Reconocí la voz: era Tito Méndez, nuestro amigo de la infancia. Había surgido desde un baldío, con la ropa andrajosa, consumido y sucio. En su rostro demacrado, brillaba el extravío de su mirada, la fiebre de la locura. No sé si nos reconoció. Parecía absorbido por la visión de una realidad aún más tremenda que la que vivíamos. Caminando con torpeza se aproximó y sus ojos se suavizaron cuando sonriendo con ternura nos dijo:
- Cuando Él llegue a ustedes los llevará consigo... por ahora debemos seguir nuestros caminos separados…
- El tiene fe- comentó tía, emocionada.
Al oírla, Tito salió de su ensimismamiento por un instante, jubiloso como un chico que ha encontrado un compañero de juego:
- Ella tiene razón. La tiene y los ángeles son testigos... no me importa la muerte... miren, la luna es un ojo sin pupila, pero tiene una mirada. Una mirada de mujer... a ella no la alcanzan los asesinatos de aquí; hace sonar su coro de fantasmas y ternuras del otro mundo, nos acompaña bailando en torno nuestro y morirá con la Tierra, se unirá con ella. Pocos escuchan su coro que llega junto con la música de los ángeles... mi familia y mis amigos cantan ahora desde allá.
Y Tito comenzó a cantar suavemente una canción nostálgica, probablemente improvisada por él, mientras se alejaba con torpes pasos de danza. Era difícil reconocer en él a nuestro compañero de interminables partidos de fútbol o de tardes de natación en la laguna o de largas conversaciones sobre trivialidades entretejidas de pronto con los profundos descubrimientos de la inocencia, en esos momentos de aparente intrascendencia, serenos, confiados, cuando, sin saberlo, tocamos la tela misma con que está tejida nuestra vida.
El clima que vivíamos me recordaba la escena de algunas obras de ficción que había leído: una novela de Kafka, un cuento de Felisberto Hernández o de Bruno Schulz. Y esa impresión se confirmó cuando comprobé que el rumbo hacia la casa de Mirelli se hacía interminable, como si nuestros pasos no consumieran distancia.
- ¿No tienen la sensación de que el espacio se reproduce con cada paso que damos?
Por toda respuesta tía me dedicó una de sus misteriosas miradas. Ernesto, aparentemente sin oírme, siguió su marcha imperturbable como un poseso.
A nuestro alrededor se advertían los estragos causados por los combates. Sólo nos acompañaba la doble hilera de paraísos sombrilla, una de las pocas arboledas todavía en pie, aunque presentaba visibles deterioros. Desde las casas llegaba el maullido de algún gato hambriento. Trozos de mampostería caídos por aquí y por allá dificultaban el paso. El barrio había sido muy frecuentado por nosotros, pero ahora, despoblado, regresaba a una realidad ambigua. La luz y la sombra, sin encontrar el reflejo de las creaciones humanas retornaban a su pura condición cósmica.
Y entonces todo cobró para mí una dimensión absoluta. Cada árbol, cada baldosa, cada cosa se agigantaron como si el universo entero se insumiera en ellos. Y aunque nosotros continuábamos nuestro rumbo fue como si nos deslizáramos en un espacio de goma, extremadamente moroso.
La luz de la luna, jugando con claridades y sombras en el frente y en el jardín de un chalé de estilo americano asumió la proyección de un lenguaje total que devoraba al contorno y a nosotros mismos. La casa deshabitada, a través de cuyos ventanales manchados por el polvo y las gotas de la última lluvia, se colaba la oscuridad de los cuartos vacíos, era un símbolo de olvido y de muerte. Allí se precipitaban la noche, el tiempo, los reflejos sin dueño, sin ojos, sin palabras. Y en el jardín, los grillos escondidos humedecían las sombras con su latido chirriante. Desde allí, desde los jazmines y rosales y el yuyal con su invasión salvaje, crecía la vida innominable, inédita. Igual que en el momento de un parto gigantesco, nada importaba ahora sino esa casa, su puerta barnizada color sepia, con un llamador de bronce; su techo a dos aguas, bajo cuyos salientes se alojaban palomas. En sus paredes circulaba la savia de la creación entera; amenazas y alegrías, con algo de la ternura y el furor del acto amoroso.
Si avanzábamos en nuestra marcha a mí me resultaba imperceptible. Mover los pies, la sensibilidad de la propia piel, la presencia de tía, de Ernesto, todo se intensificaba y confluía a las formas de la casa, a la vida que surgía desde los rosales y los jazmines, a la muerte que separaba los latidos de cada instante… Y fue como si la sucesión se hubiera roto, como si ya nunca pudiéramos salir de ese instante. Todo ahora era cielo e infierno, una atmósfera bíblica que desnudaba la eternidad de todo lo viviente, se posesionaba de los ámbitos y los hacía palabra de un lenguaje a descifrar.
Entonces acudió a mi memoria aquel pasaje bíblico: “Y oí una voz procedente del cielo como el estruendo de muchas aguas y como el estruendo de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tañían sus arpas y cantaban como si fuera un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos y nadie podía comprender aquel cántico, sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron remontados sobre la tierra”

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

Ilusos los Ulises


Siempre, después de un viaje,
una mirada terca se aferra a lo que busca,
y es un hueco sombrío, una luz pavorosa
tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.
Fidelidad, afán inútil.
¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte?
Nadie ha sido capaz
—ni aún los que han muerto—
de destejer la trama
de los días.

© Ángel González (Oviedo-España)

Envejecida:

El fracaso constante me sacó de la cama
(o tanta claridad llenando los rincones),
el espejo me muestra una imagen más ancha,
encuentro entre esas cejas la que una vez he sido
(he nacido, he luchado para obtener la nada)
y no puedo encontrar la que quisiera ser.
Creía en un poder escrito con palabras
o con letras capaces de cambiar este mundo.
Creía al ser humano con misión prefijada
no pensé que la regla se pudiera romper.

Marta Roldán (Codroipo-Italia)

Desde el principio vivir

Dices, difícil es vivir,
piensa entonces cómo sería empezar de nuevo
desde el punto más sutil,
vivir todo aquello que ya fue
con los brazos abiertos,
presentir que será ese mismo techo
y un algo de humo en la infinita transparencia del aire
podría lograrse todo aquello
que ocultos fisgonearon en ti,
no anunciándose con tu aliento
ni acordándote cómo te presentas entre ellos,
tampoco fueron necesarios
en ese instante de entonces.
Imagínate si los muertos te llaman
por teléfono,
todos los que vivieron antes
con una risa redonda como canicas
y más aún, tantas aves desde las bandejas
levantando el vuelo
¿quién contendrá sus inútiles cacareos?
¿cuántas flores deberían abrirse
recordando curiosos paracaídas?
cúpulas inexistentes de aire
arrastrando hacia abajo torsos parecidos
a las raíces de los muertos;
oh, ese perpetuo juego del aire que entre nosotros
empuja hacia atrás los corazones,
hacia adelante
abriendo al azar un paso a las así llamadas
puertas del tiempo,
como puntos blancos en los cubos de los dados;
pero no hay razón para enojarse
es difícil vivir desde por la mañana, hombre,
es difícil en las heladas de la noche.
Hasta tanto el verso no horade la tierra
con su muela solar,
todos estos aparentes muertos
aparentemente duermen
de todos modos el hombre convive con ellos,
hace su trabajo en la tierra
y conquista el cielo escalón tras escalón.

Moma Dimic (Serbia-Montenegro)

Dueto

-Tus ojos han tejido una luz extraña en mi mirada.
-Es que has despertado el bosque y los marinos del bosque.
-Hace azul, ¿Dónde estoy?
-En mis brazos. Allí donde tu río se incendia.
-¿Y esta luna sobre mi cuello?
-Es mi noche que quiere sellar tu piel.
-¿Comienzo?
-Comienzos.
-¿Y por qué te abres los párpados cerrados?
-Para mejor ver tu prisa salpicar mi espera. Par oír a nuestros labios despegar.
-Tú y yo, vuelo de gritos.
-Tú y yo, alas migratorias del poema.
-Seré para ti el pájaro y el cazador.
-No me vencerás: yo me ofreceré a tu fusil.
-Lo plantaré en tu corazón hasta la conquista.
-No es más que perdiendo que se merece el viaje.
-¿Cómo llegar? Tú tienes el cuerpo numeroso de la ilusión.
-¿Por qué llegar? Sé la mano duradera de los fantasmas.
-Tus caderas, pórticos del purgatorio de los perezosos.
- Mis caderas, barrotes de la prisión que libera.
-Mujer tengo sed, viértete.
-Que tus nombres te abreven: ellos perlan sobre mis labios.
-Dejaré a los pecadores llegar hasta ti.
-Pero el violín queda cerrado. ¿Sabrás desbotonarlo?
-Aprenderé. Lo sacudiré como a un árbol hasta hacer fluir todas sus músicas sobre mi lengua. Lo trabajaré como un artesano su oro, como el depravado su condena.
Lo aprenderé.
-¿Y me harás tuya, bandido?
-Sin cesar y nunca.
-Amo el estremecimiento que arrancarás de mi garganta.
-Entonces ven. El vino retrocede sin ti.

© Joumana Haddad (Beirut-Líbano)
Traducido por José Luís Reina Palazon

Sexual

Ella penetra en él,
es agua entre las hojas.
Inerme se resiste el árbol
cuando la tierra se estimula.
Sólo el aire, desde el sudor o el llanto,
descubre que morir dura un instante.

En su abandono
él derrama íntimas verdades
sobre la seda amante.

Solamente a ella le duele
el cuerpo de simplicidad desnuda,
y, con los ojos, regresa a la noche
en busca de un viaje más extenso.

Celmiro Koryto (Ashdod-Israel)

PÁGINA 17 - Artículo ensayístico.

J’accuse!


a Emile Zola,
que conoció otros tiempos


Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

¿Tiene sentido, todavía, una pregunta tonta, una simple pregunta? ¿Tienen todavía sentido las preguntas? ¿De dónde fluye la poesía, de dónde venía, como un agua de todos, cuando manaba con rabiosa inocencia?
En lo alto de la infancia, mientras las tardes eran tardes, y sobre el cielo abierto de las plazas que no habían cegado aún de cemento podía esperarse que madurara lerdamente, con tiempo de dejarlo crecer, un atisbo de crepúsculo, en la mágica intimidad que horadaba el autismo ya creciente de la urbe, las niñas saltaban sobre sí mismas a la cuerda y, como derviches danzarines en el momento justo, dejaban oír las mismas rondas infantiles que habían venido viviendo en el idioma desde siglos atrás, nacidas en un tiempo y en un lugar preciso aunque desconocido, pero esparcidas por los vientos del mundo sobre los más diferentes rincones del planeta y de los años. Y en el atardecer que volvían sagrado, la moneda corriente del lenguaje, el canto rodado que era flor de la lengua, más humana que nunca, en cada una y en todas esas niñas madres de las canciones, alumbraban el fuego secreto, dejaban flamear sin proponérselo y a fondo el fénix restaurador de la poesía.
Nadie se daba cuenta, quizás, pero eso ocurría, entonces. Y era tan esencial y nutritivo como el oxígeno que desprendían las hojas de los árboles, también sagrados en su vida fecunda y generosa.
Cuando un hombre nacía, cuando era echado al mundo, por más pobre que fuera, su primer refugio en la desnudez desolada de lo abierto eran los brazos de una madre, y su primer contacto con la vida, todavía instintivo, era el olor, el calor, el amor animal de la hembra que le llegaban por la piel, por el instinto, por la nariz, por los oídos, por los ojos, por el tacto y contacto de una voz que sin propósitos de lucro, de industria o de mensaje le transmitía el contagio feliz de la empatía, la tibieza de un rescoldo lejano, el calor de la tribu junto a los fuegos de la especie, la materia del mundo y de la vida, el terror y el temblor de la palabra humana, el sonido sentido, el sonido del sentido, de los sentidos, flagrante y contagioso, puro sonido aún, puro sentido, contagio de lo tibio y lo turbio y lo vivo y lo caliente, de un puro seno vivo de mujer, de una voz que acunaba, contra el terror del mundo, para civilizarnos, con salvaje inocencia, para traspasarnos de lenguaje y el lenguaje no apenas como un instrumento, una herramienta, un útil, sino como un mar que nos envuelve y que nos constituye.
Yo acuso. Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han hecho sofocar la canción de las hojas de los árboles del mundo y a los pájaros que había en ellos.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han desacralizado el cuerpo del planeta, que han convertido el aire en mercancía, la luz en precio, el ocio en industria.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han entronizado contra natura una imagen anafrodisíaca de la hembra, que han envilecido el misterio del sexo, el milagro del tiempo y del espacio.
Yo los acuso de haber impedido el desarrollo normal de la poesía, que no fluye de las academias ni de las bibliotecas ni de ningún estrado de marfil (¡oh Dylan!), sino casi seguramente de las rondas infantiles y las canciones de cuna que mantenían encendida y encendían en cada cachorro humano la posibilidad de la música del mundo.
Y me acuso sobre todo a mí mismo de no haber hecho nada para impedirlo, de no haber sido capaz, en absoluto, de impedirlo, de impedir ese maldito crimen de lesa poesía.
Quieran los dioses tenérnoslo en cuenta, cuando llegue el momento, si es que llega.

PÁGINA 18 – Narrativa

Tocata y fuga.


Por Esther Andradi (Ataliva-Santa Fe-Argentina//Berlín-Alemania)

Es 14 de Febrero, invierno en el hemisferio norte, un aniversario más de la muerte de su padre, un día 14, en el hemisferio sur. Está en una habitación. Hay mucha gente allí. Un hombre le toma de la mano, le dice “qué bien se te ve así, fría”. Ella siente frío, sólo eso. El hombre sostiene su mano y la mira, le parece un tiempo interminable, la gente se mueve en la habitación, entra y sale. De pronto, él desaparece. Ella, que hasta ese momento ha permanecido inmóvil –o acaso ha sido inválida- se levanta y corre a buscarlo.
Ahí comienza la pesadilla. Ve rostros y más rostros, amenazantes, perturbados, todos enloquecidos. Rostros que parecen máscaras. Al comienzo, una máscara con los contornos y rasgos definidos, pero siente que desciende más y más, siente el peso de su cuerpo en el descenso y la máscara se va tornando imprecisa, hasta quedar reducida a un óvalo blanco con tres puntos: los ojos y la boca.
Ahí es donde comienza la historia del guerrillero heroico que murió pero no está tranquilo y entonces –dicen los que viven en la zona donde el caso ocurrió- retorna todos los días a gemir. No sabe cómo se llama el “guerrillero heroico”, no le conoce el rostro, no sabe si murió en una batalla o cómo, es decir, no sabe nada, sólo que regresa a ese sitio a llorar. A gemir. Y está curiosa. Decide ir a ver qué pasa. Es un sitio en el descampado, lleno de espinillos, matas secas y arbustos pequeños. Hay florecillas amarillas en el suelo y ella camina buscando algo. ¿Qué? ¿Tal vez el gemido? ¿La cara del guerrillero? Nadie sabe qué busca y ella tampoco. Y está sola.
De pronto está otra vez en la habitación. Varias mujeres están haciendo música. Se siente atraída por ésa, que está de espaldas ejecutando el violín. Está allí –ahora lo sabe- porque las muchachas tienen información sobre el asunto del “guerrillero heroico”. Pregunta. Recién en ese momento ellas se percatan de su presencia. La que toca el violín se da vuelta. Tiene una casaca blanca, como una túnica. Quizá de seda. Cabellera castaña con una que otra tonalidad ceniza. La piel blanca, casi de porcelana y aparenta unos 35 a 40 años. Aunque en el fondo, es un rostro sin edad. Ojos de pescado, donde no hay profundidad a la vista, puro hielo. Boca carnosa, pero sin exagerar. Finalmente bella, muy bella. Sólo le ve la túnica blanca y el rostro, nada más. Y la oye diciendo algo como “Así quería encontrarte, ahora te mato”. Se le acerca más. “Te mato ahora”. Y entonces descubre que su cuerpo no es de carne, sino de metal, acaso hierro cromado, brillante, de varias piezas, y ella ya no sabe qué hace, pierde todo control sobre sí misma, siente la seguridad de la muerte, no quiere ver, no quiere mirar, y cuando la violinista ya no levanta la vara, cuando la vara fría roza contra su cuello aterido, se despierta.

Metálicos, estridentes, en cascada le llegan los sonidos de la habitación contigua, donde su madre ensaya todas las mañanas con el violín. Y suda frío.

PÁGINA 19 – Artículo ensayístico

Villa Ocampo en la cultura.


Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

La Revista Sur, compañera de la Editorial Sur, fue testigo y escenario privilegiado entre 1933 y 1971 (fecha en la que dejó de publicarse regularmente) de los avatares intelectuales más notables del siglo XX y permanece como un ilustre ejemplo de la esperanza y la visión denodada de una criolla de talento y olfato portentoso que supo detectar y plasmar algunas de las corrientes y las preguntas más significativas de su tiempo.
Ayudada por un equipo de literatos que ella supo elegir entre muchos desconocidos, Victoria Ocampo desplegó a Sur como una aventura del pensamiento liberal en épocas tempestuosas que precedieron y siguieron a la segunda guerra mundial. Contrariamente a una falsa tradición que la rodea, no sólo fue la generosa anfitriona y traductora del pensamiento europeo y norteamericano en la Argentina, sino una potente emisaria de las letras argentinas y latinoamericanas en un mundo que ya era global mucho antes de su catalogación bajo este nombre.
Sur fue, ante todo, un lugar de encuentro internacional y un foro de escrituras y lecturas de excelente nivel, destinadas a descifrar “el aire de los tiempos.” Desde Rabindranath Tagore a André Malraux, desde Graham Greene a André Gide pasando por Aldous Huxley, desde Jules Supervielle a Alfonso Reyes pasando por Dylan Thomas, toda una constelación de nombres imprescindibles ilumina las páginas de la revista, excepcionalmente longeva. Es con todo fundamento y justicia que Gabriela Mistral le escribe a Victoria: “Ud. ha cambiado la dirección de lectura de varios países en Sudamérica”.
Aún cuando la labor de Sur ha sido y es representada a veces, erróneamente, como "una empresa de traducción", no cabe olvidar, por ejemplo, que la mayor parte de los cuentos de Ficciones, de Borges, aparecieron primero en Sur —ciertamente, no como traducciones. No solamente Borges, sino Paz, Lorca, Alberti, Mistral, Neruda, Cortázar escriben en Sur— nombres que, por cierto, no se reunían frecuentemente en otras publicaciones de la época. Sur no fue solamente receptor: fue emisor, del mismo modo que Victoria no fue solo lectora y escuchante, sino hablante y escritora.
Otro prejuicio corriente presenta a Sur como la fácil tribuna oficial de los valores ya establecidos, contra toda evidencia. Cuando llegan a Sur, Sábato y Bianco son dos desconocidos; lo mismo cabe decir de Murena y Pezzoni; Borges, exagerando, dice que él mismo lo era; pero lo irrefutable es que si el nombre de Borges llega a la arena internacional es por intermedio de Caillois y Drieu La Rochelle, ambos colaboradores de Sur y amigos de Victoria, que dan a conocer a Borges en Francia. Lo mismo ocurre con escritores de otras procedencias: Michaux prácticamente no existía cuando Victoria lo publica en Sur; el mismo Caillois era uno de los tantos jóvenes brillantes de París cuando Victoria lo conoce y al cabo de muchos años hace de él el editor cuyos libros serán lanzados por los aviones de la liberación en territorio francés, al final de la Segunda Guerra Mundial.
La verdad es que Sur nació tambaleante, entre el escepticismo de los escritores que la rodeaban, sin adherir totalmente a su riesgosa empresa. Fue sólo cuando el barco empezó a navegar airosamente, habiendo sorteado toda clase de escollos y cosechado inesperados aplausos desde los horizontes más diversos y prestigiosos, cuando la aventura se convirtió en fervoroso proyecto: los más reticentes saltaron ágilmente a cubierta y se incorporaron a la estela rutilante del éxito nacional e internacional duramente sembrado y cosechado por Victoria. Con razón pudo decir Octavio Paz que Sur representó la libertad de la literatura frente al poder.
Sin embargo, la estela de Sur persiste justificadamente en nuestros días, como una parte de su irrenunciable testamento. Es una puerta única, entreabierta a las riquezas y contradicciones al siglo XX, y una clave cierta para “inscribir nuestro enigma en el universo y entrar en comunicación con él". Ojalá que sea también una clave preciosa que ayude a descifrar el enigma Victoria Ocampo —como lo dijo Paz, no una figura mitológica sino una mujer dotada de generosidad, cólera e imaginación— y a prolongar su misteriosa energía por el universo.


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29/09/2007 12:47 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO No hay comentarios. Comentar.

AÑO I - Nº 9

20070924002255-ano-1-n-9.jpgGACETA LITERARIA Nº 9 – SEPTIEMBRE de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la trayectoria del artista plástico
Osmar Sorbellini (Santa Fe/Argentina)

Obra: Sensual

PÁGINA EDITORIAL

Las malas palabras (1)

Por Roberto Fontanarrosa (Rosario-Santa Fe/Argentina)

No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer.
La pregunta es por qué son malas las malas palabras,¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?
Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras... no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras, algunas me gustan, igual que las palabras de uso natural.
Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando.
Era otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: “Vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.
Ahora, yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”.
Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece. Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física.
No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo.Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo”–que no sé si está en el Diccionario de Dudas- está en la letra “t”. Analicémoslo. Anoten las maestras. Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra “carajo”.Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra.
Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir “caracho“, que es de una debilidad y de una hipocresía…
Cuando algún periódico dice “El senador fulano de tal envió a la m… a su par”, la triste función de esos puntos suspensivos merecería también una discusión en este congreso.
Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable, cuyo secreto está en la “r”, que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso está el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva.
Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar.

1 Fragmentos de la ponencia del escritor, dibujante y humorista rosarino en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en noviembre de 2004 en Rosario, provincia de Santa Fe.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Hoy

El cielo se abrió a mis ojos
y nací a este momento,
el momento con fe de sangre
y he visto derramarme.

Desde la primera letra
en posición de punto
que se hace siglo,
del invento de alegrías,
de puentes hacia el llanto,
de transformación de esquemas,
siento el mismo cansancio
en mis pies viejos.

Del reflejo introvertido
de la perfecta rutina.

Del caos de la luz
y del invierno,
del silencio, la guerra y la arruga.

Nací mi muerte con la extrañeza
del tarado y tal como antes
me estoy llamando.

El cielo se cerró en mis párpados
y recién entonces, pensando
me sentí esperado.

Ya no había negación en el silencio
ni oscuridad en la luz del día.

Tanto tiempo transcurrí, soñaba.

Pesado minuto caído de la nada y
ya vuelto.

Ayer observé detenidamente
mi terraza en el espejo del agua
y la sabía con el deseo de ahogarse.

Ayer estuve recordando;
nadie tiene azotea,
sólo algo así como una sonrisa,
dientes de brillante, ojos de vidrio
y lengua de gigante.

Manos de nene, pies de tambor,
dedos de sentencia,

Hoy amanecí temblando:
el miedo era mi llanto.

Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Haikus de la vida y de la muerte

Bajo los robles,
la muerte se recoge:
musgo tardío.

En la memoria
de muertes cotidianas
resurrecciones.

Escapo a tiempo:
¡engañarme la muerte
trenzando vidas!

Me perteneces,
vida de mis entrañas.
Puñal sin sangre.

En mis sandalias
los caminos de vida
de pies cansados.

La vida es día
que se transforma en noche.
El doble espejo.

¿Qué me susurras
ajena vida ajena?
No te conozco.

Alguien me llama
para vivir la muerte
como tal cosa.

La mano de Dios
me toca y me suspende.
Vencida muerte.

Sabia, la muerte
espera los cortejos
de la memoria.

J.M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Del Setenta y Seis

I

Ladraron los perros
sobresalto y presagio
en su vigilia

miró a su compañero
escondió a su hijo

ya se habían enroscado en los tallos de la muerte

-Perros- pensó
ladran
o persiguen

tembló de frío

cuando arrrancaron
la puerta a patadas
no vaciló

vació su cargador
mientras caía

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

Última aventura del furtivo ladrón

una noche volveré
furtivamente
a mi vieja escuela;
violaré la ventana de mi aula
y entraré para robar
uno
no más que uno de aquellos
dónde estarán aquellos
blancos tinteros de porcelana que
el señor director
guardapolvo blanco
bigotito entrecano
y acento jujeño en la temida voz
cargaba cada mañana
personalmente
botella de un litro de tinta en mano
lo recuerdo
aula por aula
pupitre por pupitre

Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Segunda Certeza

tal vez nadie en el universo piensa en mí
Roberto Juarroz

I

Se ha hecho rutina esto del insomnio
quedarse con el corazón haciendo agua
en mitad de la noche
las manos
hundidas en la tinta

se me han terminado las certezas

saco un poema a medio hacer
:las certezas son también una fuerza de voluntad

las certezas que apretamos para sentirnos poderosos
para agitar al aire pensamientos/ideas/vanos dogmas/
yo soy/yo creo/yo hago
certezas que van delante de una
:como paredón y coraza
:como antorcha y vuelo

como en un juego de naipes
si una cae
(sólo una)
caen las otras

tomo una al azar
yo soy fiel
y la recorro en penumbras como a una habitación II

Ya no tengo respuestas
(para eso sirven también las certezas)
quisiera decirle
(las teorías son otro tipo de certezas)
que todo andará bien
(aunque de verdad no lo sepa)
que todo esta en su sitio
(aunque de verdad no lo esté)
que podemos recorrer el amor y salir indemnes
(aunque no sea cierto)

sólo decirle
que hoy /ahora/

en este largo instante que precede al amanecer

alguien en el mundo esta pensando en él

Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Debo confesarte
que no he escrito
ningún otro poema,
después de aquel
que garabateé en tu piel
con mis caricias y besos.
puedo confesártelo
porque sé
que nada mejor saldría de mi pluma
o de mis sentimientos.
Debo confesarte, amor
que perezoso mi corazón
se quedó apretujado en tus brazos
la última vez
que descansé en tus abrazos,
ya no ha latido desde entonces
tan solo intentando retener
su mejor son.
Por eso amor, te confieso
que no he podido seguir adelante
esperando ansioso
retomar la senda de tu piel
y tu calor
que es el camino por el cual
tu vida
me lleva a la vida...

Fernando Vaschetto (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Artículo ensayístico

Sincretismo

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

La gente que se vino trajo mucho en los barcos, no sólo la vajilla que se fue transformando en pedazos, no sólo las maletas de cartón que murieron en las humedades de esta tierra oscura surcada de ríos marrones. No trajeron sólo la piel extranjera, el hambre de allá lejos, no trajeron sólo santos que sacar en procesión bajo los cielos de otros. Trajeron la lengua amaestrada para palabras extrañas, y el ritmo que las hace danzar codo con codo, brazo con brazo. Trajeron su canto.
El 18 de agosto varios coros de italianos vinieron a Santa Fe desde Humberto 1º, de Sunchales, de Buenos Aires, de Córdoba.
Y venían los viejitos por la peatonal. Los precedía una murga de tambores, una murga de muchachos con rostro de aborigen, y tres hombres con trompetas. Ellos les abrían la calle y les daban el alto para que se formara el coro y surgieran las antiguas canciones de las antiguas gargantas.
Las mujeres de voces agudas, las respuestas picarescas. Esas canciones de tierra y montaña y vides y olivos allá en la Italia que se transforma en Suiza, en Francia, en la Italia que se desdibuja en las montañas o se baña en el mar azul. Y los viejitos que llevan prendido el dialecto debajo de las cejas, debajo de los abrigos, muy adentro, muy adentro, y que dejan salir las viejas palabras para que revoloteen entre la gente como pendones festivos.
La música es la resistencia cultural de los pueblos, es la directa flecha que surca los años y los mares, que atraviesa generaciones y hace centro en cualquier oyente abierto al fenómeno de la emoción.
Un perro callejero iba con la murga y ladraba. El perro ladraba y ladraba como un heraldo, ladraba a cualquier parte pero a nosotros, “oíd, oíd” “escuchad las voces de vuestros ancestros”. Y los nenes lustrabotas se fascinaban bien cerquita de los acordeones, como para desentrañar el misterio de la historia devenida en instrumento popular.
Un muchacho de los tambores, rostro cetrino, ojos pequeños, daba en perfil la moneda, la esfinge de los que vieron llegar a los italianos a las colonias, y ya estaban allí, y todavía no se acostumbran.
Surgían entonces las canciones de la Italia bajo el sol de Santa Fe, y uno de los coros tradujo una cumbia que explotó en dialecto, y los muchachos hicieron la percusión con las manos morenas, y el que se animó bailoteó un poco.
Puede ser que se realicen congresos y simposios, que se organicen actividades y se fijen planes de acción. La verdadera hermandad surge, espontánea y reluciente, cuando la felicidad agranda las sonrisas y la música nos impulsa al festejo.
Esos coros de jubilados demostraron, también, que el canto salva la alegría de sentirse parte, de compartir, de regalar. Ese es el único requisito para que la canción sea verdad, belleza, ofrenda. Cantaron para nosotros, si, pero eso era circunstancial, lo necesario era cantar para ellos mismos y dibujar el país de la infancia sutilmente en el aire, a pura voz. Aquí. Aquí, en el país de su descendencia.

PÁGINA 4 – Narrativa

El peñasco y la enredadera

Por Mabel Pedrozo (Asunción/Paraguay)

Fue difícil al principio, cuando no sabía que bastaba con encaramarse a sus hombros afilados para que él la deje quedarse.
Pasó noches larguísimas imaginando que él desenredaba sus dedos de los suyos, que apartaba las flores de su pelo y la miraba como un desconocido. Ése sería el día del fin. Después estaba la muerte.
Jamás lo quiso para sí. Le bastaba con acurrucarse en su espalda prestando oídos al rumor agresivo de su pecho. Lo llamaba "el susurro de Luciano Both". Él no se llamaba Luciano, claro, pero dado que en su situación un roce de pelo bastaba para reconocerse, los nombres pasaron a cumplir funciones hasta si se quiere disparatadas.
Muchas veces le preguntó de dónde vino, a quien amó antes que a ella, qué ojos muertos dentro suyo lo veían desde sus lugares eternos. "Nunca fui el que soy ahora. No hay nada que decir, puesto que no me reconozco en esos que ya no soy", decía él. De manera que nunca supo nada que ya no le conociese.
Él la subió a sus hombros una noche y le mostró el universo. Una boca invisible soplaba las luces hundidas en una nada ilimitada y negra. "Se llaman estrellas", le dijo. Estremecidas en su tintineo de puntas de hielo, las luces resistían, giraban sobre sí y volvían a recobrar su brillo de lámparas eternas.
Nada había más hermoso, sin embargo, que estar en él cuando esa negrura se diluía en el caldo liláceo que antecedía al amanecer. Ella dormía revuelta en su espalda, con el pelo echado al vacío que se abría a partir de ellos. Los hombros cuadrados de él custodiaban su sueño. Ella, todavía somnolienta, metía los ojos en la esquina que formaban esos hombros con el cielo, metía el mentón, se sostenía como si fuese a caer y entonces se ahogaba en los paneles rosas y aguamarinas, en los grises azulados, en los celestes terrosos que velaban el firmamento traspasando el espacio con sus tonos sucesivos.
La roca, que jamás dormía (su condición eterna no le dejaba), se sentía verdaderamente triste en aquellas ocasiones. Pobre enramada, decía. ¿Cuánto tiempo le queda? ¿Hasta la próxima tempestad, hasta el retorno de los vientos fríos, hasta que sol de enero le derrita el alma? Lo único que le consolaba era saber que la pobre, mortal como era, vivía en una ignorancia absoluta de su naturaleza y de la naturaleza de las cosas que la rodeaban. Era lo único.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Pedro Salinas - 1891-1951 - Madrid/España

El poema

Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
Él queda, y en él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos, los del principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!
Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
En esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.

La memoria en las manos

Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.
Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.
También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
—¿nuestra frente o la suya?—
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

¿Qué pájaros?

¿El pájaro? ¿Los pájaros?
¿Hay sólo un solo pájaro en el mundo
que vuela con mil alas, y que canta
con incontables trinos, siempre solo?
¿Son tierra y cielo espejos? ¿Es el aire
espejeo del aire, y el gran pájaro
único multiplica
su soledad en apariencias miles?
(¿Y por eso
le llamamos los pájaros?)
¿O quizá no hay un pájaro?
¿Y son ellos,
fatal plural inmenso, como el mar,
bandada innúmera, oleaje de alas,
donde la vista busca y quiere el alma
distinguir la verdad del solo pájaro,
de su esencia sin fin, del uno hermoso?

Respuesta a la luz

Sí, sí, dijo el niño, sí.
Y nadie le preguntaba.
¿Qué le ofrecías, la noche,
tú, silencio, qué le dabas
para que él dijera a voces,
tanto sí, que sí, que sí?
Nadie le ofrecía nada.
Un gran mundo sin preguntas,
vacías las negras manos
—ámbitos de madrugada—,
alrededor enmudece.
Los síes —¡qué golpetazos
de querer en el silencio!—,
las últimas negativas
a la noche le quebraban.
Sí, sí a todo, a todo sí,
a la nada sí, por nada.
Allá por los horizontes
sin que nadie —el sólo: nadie—
la escuchara, sigilosa
de albor, rosa y brisa tierna,
iba la pregunta muda,
naciendo ya, la mañana.

Razón de amor

Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios y agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmóviles
el alta mar. La turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.

PÁGINA 6 – Narrativa

Sujeto.

Por Adolfo Vaccaro (Buenos Aires/Argentina)

Bajo un cielo gris, rebasado por el espesor de la vida, Sujeto camina todas las mañanas las mismas sendas programadas. Y aunque no quisiera, bien sabe que Rubén Parada jamás responde a sus deseos, prefiriendo encallecer sus pasos antes que aceptar una orden suya.
Sujeto, entra al bar de siempre. Solicita el cortado acostumbrado, mientras la ventana muestra el transcurso de cada instante del pasado. Aquel escaparate conoce que lo que es testimonio de curiosidad ingresa velozmente a ser tragado por el consumo irremediable de lo que termina de suceder. Sujeto, sorbiendo el primer trago del humeante pocillo, lleva su palma a la derecha de su cintura sabiendo que Pepe Vesícula le entrega el primer saludo jugando malabares con las piedras. La frase repetida en silencio no se hace esperar y otra promesa volverá a disipar la solución urgente. Total, Pepe, es uno de los pocos referentes honestos que le permite seguir aceptando su existencia.
Jorge Mirada, sosteniendo el pesgo de sus bolsas, lo incita a contemplar el irreal accionar de la indiferencia donde el álgido movimiento lo aparta de su insistente coalescencia. Solamente, cuando las márgenes del proscenio iluminan hacia dentro, el deambular de las ideas interrumpe la parodia actoral tangible. Lo mismo ocurre cuando, dejando los espejuelos enmarcados sobre la mesa de luz, penetra al plasma onírico, otorgándole a la rutina insoportable un remanso de piedad y fantasía. Y aunque la memoria lo traicione al siguiente día, no interesa. Él intuye que algo de bueno debe haber acontecido.
Recuperando la taza a medio beber, un punzante malestar le da la bienvenida a Jacinto Cuore, amigo permanente de batallas inconclusas, flameante expositor de trapos blancos entre fracaso y resuello. Fiel mentor de tropiezos recurrentes y hacedor del compendio ineluctable. Y otra promesa volverá a disipar la solución urgente.
Alberto Manos le sugiere abrir su agenda de todo lo que allí figura como negado. Algunas anotaciones y números telefónicos le comentan anécdotas de ausencia. Una visión de gotas sin sentido van diluyéndose sigilosamente en el marco inferior de la húmeda ventana. La reacción despabila a Manuel Conciencia, advirtiéndole que está lloviendo fuera del entorno, aunque Sujeto siga percibiendo el frío del aguacero en su piel. Él conoce muy bien a Manuel, es como una gran parte de su entender pragmático y, a veces, emocional. Recuerda que en varias oportunidades le dio prioridad, confianza, haciéndolo depositario del tiempo de la ética, de la paciencia, de la justicia, de la tolerancia, del sentido común y del amor, sí, también del amor, a pesar que Ramón Inconciencia, su hermano invertido, siempre habitó en las antípodas trasgrediendo principios, objetos y fundamentos. Será por eso que Sujeto transcurrió la vida en intermitencia.
Alberto Manos cerró la agenda. Sacó el billete de un bolsillo. Sumergió a Sujeto en su piloto. Despidió al mozo con saludo desganado. Abrió la puerta del bar y dejándose llevar por el pluvial torrente, ingresó a la alcantarilla de otra muerte repetida.

PÁGINA 7 - Artículo ensayístico

La igualdad del caos: la eternidad del tango
Variedades de la eternidad según la medida que adoptamos, como ya lo sospechaba el finado Protágoras, primer postulante del homo mensura según mis seguimientos. Nunca dejaré de recomendar en este mundo u otro la deliciosa lectura de Diógenes Laercio: “Vida de los filósofos más ilustres de la antigüedad” les juro por mí mismo que disfrutarán el humor que alfombra la lectura de los cruzados pensamientos de los hombres y mujeres más relevantes de la Grecia Clásica.

La indigencia literaria del chamamé.

Por Alejandro Bovino Maciel (Buenos Aires/Argentina)

Hemos estado planeando por encima de lo cotidiano. Reconozcamos que no vivimos entre ángeles, metafísicos, ontólogos y teólogos. Nuestro mundo se acomoda más a las trivialidades de una taza de café por las mañanas, el periódico donde se nos puede engañar descaradamente (y conste que pagamos por ello), el trabajo, los domingos por la tarde y las medialunas. Antes de proseguir me gustaría detenerme un momento en la eternidad verbal del tango en contraste con la penuria intelectual de las letras del chamamé que vendría a ser mi identidad geográfica. Nunca alcancé a entender del todo qué es ser correntino y las diferencias intrínsecas que debería exhibir respecto de un afgano, un maorí, un marsellés o un canadiense. Si dejásemos en suspenso fenomenológico el color de la piel, la estatura o el arte culinario poco queda de esa diferencia intrínseca: todos comemos, dormimos, trabajamos para vivir, soñamos y tal vez canturreemos alguna melodía cuando nos sentimos píos o desdichados. Se me opondrá el idioma y allí reconozco que deberíamos detenernos; más allá de los accidentes fonéticos, la construcción cultural del idioma delimita y determina el campo semántico que es el continente del universo simbólico; pero entonces, al ser el español mi idioma materno, paterno, el de mi cuñado, tías y parientes en nada debería diferenciarse un correntino de un valenciano, mejicano, dominicano, madrileño o filipino.
Considerando la dimensión del mundo que delimita el lenguaje, quiero recordar una observación que recientemente me vino en sueños. Alguien, entre la bruma de imágenes confusas de una pesadilla me maltrató porque “siendo correntino, escuchaba tangos”. Al despertar, la supuesta traición musical seguía dándome vueltas en la cabeza y como hago siempre en estos casos busco la salida racional para escapar de la prisión de la culpa. ¿Por qué siempre recelé del chamamé, el rasguido doble y el valseado que fueron las músicas que acunaron mi feliz niñez? Me detuve a pensar que salvo excepciones que no hacen sino confirmar la regla, (Teresa Parodi es una de ellas) ¿qué puedo encontrar en el chamamé que proclame y retenga mi débil atención aturdida por el tumor? Repasemos algunas letras de conocidos temas. Una de ellas dice “La vestido celeste todas la llaman y para ella va mi canción” obviamente despierta un nulo interés en mí estas cuestiones cromáticas del vecindario. “En Bañado Norte tengo el rancho que te ofrecí, allí juntos los dos, en mi Taragüi, volverá a renacer el cariño que te di”, ahora la ubicación del inmueble parece determinar la felicidad de los enamorados, cosa que me parece estupenda aunque en nada me implica, quieran los dioses que sigan felices en cualquier bañado pero honestamente poco me interesan los domicilios de las parejas. Otro tema clásico “en el Puente Pexoa, querida del alma no existe el dolor”. Ignoro qué virtudes analgésicas tendrá el famoso puente pero no conmueve mis sentimientos esta preposición afirmativa de la que por otra parte dudo. Tal vez no exista para el inspirado enamorado pero si alguien con una artritis reumatoidea cruza el Puente Pexoa no creo que deje de sufrir. Por otra parte, según José Carlos, ni jazmineros ni orquídeas en flor, el polvoriento camino rumbo al Puente Pexoa está plagado de malezas y maleantes. Ni el archifamoso Kilómetro 11 se salva de mi iconoclastia correntina. “Sólo hay tristeza y dolor al hallarme lejos de ti, culpable tan solo soy de todo lo que he sufrido por eso es que ahora he venido a implorar tu perdón” es una traducción algo precaria pero que no trastorna del todo el fondo de la misión masoquista que predica el autor. ¿Alguien puede encontrar atractivas estas puerilidades? Tal vez la música se salve a sí misma pero entonces habría que silenciar a los cantantes, lo que no es tan mala idea considerando que uno escuchó alguna vez esos lamentos caninos de las siestas en el programa “Pampa y cielo” que desde su origen traiciona la tradición ya que Corrientes no está en La Pampa. Los letristas del chamamé no parecen haber conocido la poesía y como si fuese en un juego de naipes marcadas, la sortean a cambio de versificaciones visiblemente impostadas como las que acechan detrás del Homenaje a las Malvinas: “la estepa cubre la superficie de este terruño”, nos insta a preguntarnos, ¿entenderá doña Celia, que está sentada bajo un lapacho tomando mate el significado de “estepa”, “terruño” “pendón” y otras bravuconadas de diccionario Peuser que asesta el autor de estos malogrados versos? Cuando se quiere parecer ingenioso, se recurre a terminología rimbombante porque lo desconocido sirve de ocultación. Para decirlo en otros términos, los malos autores se esconden detrás de palabras difíciles lo que difícilmente los salve de ser malos autores. Por alguna razón que ignoro pero convendría indagar, las letras del chamamé (salvo escasa excepciones) no pasan de ser simples descripciones geográficas, rurales o costumbristas. Veamos la letra de Pedro Di Ciervi “El sancosmeño”. “Señores yo soy / el sancosmeño / un hombre formal / a carta cabal / también servicial / y sin interés” ignoro por qué usar ese lenguaje financiero y crediticio para contarnos algo tan intrascendente pero debo reconocer que E. Duarte lo superó con “El mapa de mi Corrientes” especie de cartografía musical a escala: “Qué cosas lindas tiene mi provincia / Corrientes, Caseros, Goya, Curuzú, / Libres, Virasoro, Loreto, Mercedes, / Concepción, San Cosme, Cofre, Yapeyú…” en esta enumeración agota el mapa de Corrientes en una lección de geografía inesperada para una peña. En “El dominguero” Oscar Valles reitera el recurso pero esta vez describiendo minuciosamente la indumentaria del hombre de campo como en una propaganda de los viejos almacenes de ramos generales: “Me voy pal pueblo con mi pilcha dominguera / camisa blanca, bombacha negra, / de alpargatas (sic), faja roja corralera / haciendo juego con mi cinto e´yacaré. / Allí me espera mi guainita enamorada / pollera verde, blusa floreada” y para no seguir martirizando al lector con estas proezas geográficas, textiles y castrenses (demasiados chamamés glorifican nuestras malogradas militadas comparándolas con las campañas de la Independencia) me limito a citar algunos títulos de letras que desaconsejan el resto de la cantata:
1) Quiero casarme con vos. 2) Retorno chamamecero. 3) Quiero calmar mis antojos. 4) Si te digo que no te extraño, te miento. 5) Tenés otro dueño pero igual te quiero. 6) Te deseo mucho y eres mi amiga 7) Te quiero mucho pero no te perdono. ¿No nos recuerdan estas frases los mensajes que nuestros adolescentes envían a través del chat o el celular? ¿No soy igualmente anodinas, simplificadas, convencionales y vacías? ¿No suenan a impostura? Con razón don Isaco Abitbol recelaba de las letras y se dedicaba a fondo a la música, igual que don Tránsito, E. Montiel y los grandes fundadores del chamamé. Pocas veces cometieron la imprudencia de hacer lo que sospechaban que no sabrían resolver con la misma solvencia con la que componían sus músicas. Desgraciadamente delegaban el trabajo de escribir en amanuenses alquilados, y es sintomático que poesía y música pocas veces se hayan dado la mano en Corrientes. No he escuchado temas de David Martínez, Gordiola Niella, Francisco Madariaga, Marta Quiles, Jorge Sánchez Aguilar y tantos otros poetas con oficio que tuvieren músicas de los grandes maestros del chamamé. Miro el Brasil y el panorama es totalmente diferente; de hecho, en los bares de Río se juntaban músicos y poetas y de allí nació la bossa nova. Que con palabras simples va más allá de los atuendos, los puentes milagrosos y la toponimia. Plugo a los dioses que ese milagro se produzca de una vez en Corrientes para bien de la música, de la poesía y del pensamiento de la gente que de la trivialización se invite a pensar con profundidad el sitio que ocupa en el universo.
 
PÁGINA 8 – Poesía argentina

Soy el concreto

Como lágrimas sanguíneas se retuercen las vivencias
sorbidas.
Soy el concreto
donde no hay luz.
Imperio inexistente de las casas pintadas en un mismo color.
Yo , Cemento, tengo historia.
Me atrapan en dolor, intensidad,
mi presencia fuerte y la relación sagrada que mantengo con la gente,
que me pisa, que me habita.
Toda su mente se concentra en un pequeño punto oscuro.
Interior restaurado, impregnado en memorias,
desgrana recuerdos.
Soy hormigón que perfumo curiosidades,
anécdotas trágicas, correrías perras,
mortales enojos.
Transpiro el material por la carga que llevo.
Observo en la urbe lúgubres columnas, poca luz,
y el aro ardiente por donde pasa el león de la pasión.
Me encuentro allí.
Arrastro insultos. Lanzallamas mediocres
me han hincado sus clavos.

Susana Rodrigues Tuegols (Avellaneda-Buenos Aires/Argentina)

Poema a Baltasar

Nadie supo tu nombre.
Tampoco yo que por amor te nombré Baltasar.
No sé cuándo te fuiste de mi balcón,
de este planeta confuso,
ni en qué espacio de lo infinitamente abierto
mora tu alma de felino silencioso y bello.
Me falta hoy tu pecho de carbón
el fulgor de las brasas amarillas de tus ojos
y el ondulante andar de tu cuerpo
sobre la reja.
Me falta tu mirar desde lo alto del muro
tan cotidiano como el café y el pan de las mañanas.
Tu compañía irónica y distante
tu presencia a un lado y otro de mi casa
consuelo secreto de mis días.
Estabas allí,
durmiendo sobre la frescura del trébol
o velando en el techo con tu pelaje negro
y leonado bajo el sol.
Adiós hermoso amigo.
No pudimos despedirnos.
Acaso abierto al viento de la eternidad
puedas escuchar la voz de esta amiga extraña,
esquiva,
sola.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Humo petrificado

Es bueno conocer el alma del poeta
y luego encontrarse con el diablo
con la garganta del diablo
con el paso del indio y su cabeza
con la pesquisa hablante del sueño.

Muertas cortezas / crucificadas /
confiesan
la milenaria historia de las rocas.

Temblores
millones de años extraviados.

Roberto Goijman (Chubut/Argentina)

Erosiones

Cuando la vida de los otros duerme blanda y muscular
sobre cáscaras de azúcar que imitan cráneos
se me clava en la sien la duda que erosiona tímpanos,
el vinagre que escupen las astillas de mis inquisiciones.
Y por un instante suspendido entre dos eras
se me aleja del cuerpo todo lo amado.
Nada distingue al poema de la fórmula numérica.
En la hora funesta, las balas no se conmueven
ante el ritmo del soneto
ni se detiene el misil, arrobado por los versos.
La locura y el amor son siameses separados.
¿Quién sostiene el cáliz milenario
que saciará esta angustia interminable?
¿Quién evita que muerda mi propio corazón hasta matarlo?

Romina Carla Cinquemani (Buenos Aires/Argentina)

Diario de abril

Atardece, el viento penetra por debajo de las puertas
y, en las terrazas, las ropas danzan la triste música del otoño.
Veo a dos adolescentes acariciarse en un banco de estación,
ella tiene los ojos azules y él la aprieta contra su pecho.
Después, ¿buscarán una habitación
y se desnudarán el uno al otro y en silencio, la luz de una lámpara?

¿Qué es el viento? ¿Quién es que me llama por mi nombre de viajero?
¿Qué soy, quién soy que me miro en el espejo y no me reconozco?
Y la respuesta que tarda en llegar,
y mi hijo que duerme su sueño de invertebrado en el vientre de la desconocida,
ahora que estoy solo, en otoño, y ningún pájaro me sobrevuela.

Carlos Barbarito (Pergamino-Buenos Aires/Argentina)

En la pequeña lucha
del trébol parpadeante
reconozco tu senda y te imagino
aquí estuviste
en la presencia ínfima
recurrente huellar de algún cabello
paquete a medio abrir en la alacena
miraste mar y luna en plenilunio
amaneciste arena
te sentaste en la playa
no conmigo
la vertiente habrá bebido tu risa en las restingas
en ardor de verano habías escrito
“ el sueño más recurrente está en Las Grutas
los dos
con el Atlántico testigo”

Aquí aún puedo sentirte
en este azul abril desoled@des
en el mar que ha llegado y se retira
en los dones que borra sin respiro
el lucero que mengua acantilados.

Soy vos en soledad este domingo
incertidumbre y más
perplejidades
zumban nombres-recuerdo por las rutas
y la tiza con sangre
atiza
telas de grana
al viento patagónico.

Lily Muñoz (Neuquén/Argentina)

PÁGINA 9 – Narrativa

La canción que no dice nada

Por Alfredo Di Bernardo (Santa Fe/Argentina)

"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no.
Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo:
"Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".
Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.
Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.
La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial.
"Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas?
¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?
El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco
vacíos. Aplaudimos.
"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.
Es curioso. Yo siento que lo dice todo.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

Mudas las garzas - Selfa Chef
- Edic. Eón, Méx., 2007, 163 pp.

Mudas las garzas. La mirada sensible y delicada del “otro”
El título del libro me remite a los trazos rápidos de una pintura china o japonesa que generan los espacios donde confluyen los silencios. Estática, la garza reproduce la grácil libertad contemplativa; en vuelo, simula un albo espejo que se desliza lentamente. Emblema de primavera, es un temblor que cruza los márgenes del alba. En su levedad se advierte un frágil impulso, sí, pero su majestuosidad llega a revelar recogimiento. Como la grulla, es símbolo de longevidad, de inmortalidad incluso. También puede ser agorera, infausta, aunque su presagio casi siempre va en función de lo que se pretende establecer. Su blancura personifica la pureza. Y su imagen nos remite a la gravedad silenciosa del oriental, al mutismo admirable del sabio. Mudas las garzas , de Selfa Chew, abarca todas esas vertientes, con un lenguaje equilibrado, donde la enunciación lírica se combina con atributos y conceptos botánicos: “la flor estalla en los colores que tu amor le haya pintado”, dice al inicio del libro (pp. 15-16). Con profundidad sensible, la autora visualiza voces y reflejos, sonidos temblorosos que determinan la existencia, la hostilidad del mundo.
Memoria detenida, sí. Instantes que se alargan y detienen, petrificando la melancolía, como un cristal que se derrama en densas gotas. Entrevistas, documentos legales, reportes policíacos, reminiscencias, historias y testimonios orales, así como cuentos y poemas, se conjuntan y conjugan en estas páginas para integrar “leves trazos de memorias”, desbordando las dimensiones del corazón humano. Mudas las garzas sería, desde esta circunstancia, un volumen delicioso, aunque desafortunadamente su basamento es real, pues rescata las vivencias de la comunidad japonesa mexicana, después del ataque del imperio nipón a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. En los Estados Unidos de Norteamérica se abrieron campos de concentración. Y en México ocurrió algo similar, en virtud de que esta nación se vinculaba a los aliados: incluso participó en la Segunda Guerra Mundial con el legendario escuadrón 201. La hacienda en Temixco, Morelos, donde en la actualidad es un balneario, fue el territorio donde los súbditos del emperador fueron concentrados, al igual que en un rancho de Villa Aldama, Chihuahua. En la ciudad de México y en Guadalajara también hubo esos sitios de detención. (Por supuesto que las vejaciones y acoso no la han padecido sólo los japoneses: en tiempos de la revolución de 1910, muchos chinos fueron masacrados en el norte de México. Torreón es un caso terrible de xenofobia y genocidio: más de cuatrocientas familias chinas fueron abatidas por las facciones rebeldes).
¿Racismo?, ¿miedo al otro, al diferente? Por supuesto. Todos los que pertenecemos a la comunidad china de México hemos padecido de uno u otro modo discriminación, hostilidad, el arbitrario despotismo que atenaza a más de uno de los nacionales. Si esto ocurre en tiempos “normales”, imaginen a las familias japonesas en esa devastadora guerra que, en cierta forma, concluyó con los bombazos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Revisar la historia es capital, para no repetir los errores, los estigmas, la ignominia. La condición del distinto, del otro –el judío durante la Edad Media, la bruja durante el Renacimiento- es difícil e incómoda. El fantasma del mal, encarna en el diferente, en el opuesto, y se proyecta en el orden social, en el ámbito cotidiano.
Las fronteras son imprecisas: a veces la exaltación mística se confunde con el arrebato demoníaco. O el fervor patrio con el desasosiego y la seguridad; xenofobia y terrorismo, violencia y animosidad, corresponden a la vertiente que explota la sombría naturaleza humana. Por eso se persigue y encarcela y asesina al inmigrante mexicano, al negro –o al comunista- en su momento o al amarillo –y al judío, agregaría- en todos los tiempos. Los defectos físicos, las preferencias sexuales, por ejemplo, son otros rasgos distintivos; aunque los estereotipos se tornan actuales, vejatorios. Por eso vale la pena recuperar los anales, la memoria histórica. Por eso el libro de Selfa Chew se vuelve relevante. El individuo, precisa Bachelard en El agua y los sueños (p. 17), no es la suma de sus impresiones generales, sino “la suma de sus impresiones singulares”. Y aquí, justamente, en Mudas las garzas, advertimos esa singularidad que perturba y conmociona. Los documentos están vivos, actuantes. El Archivo General de la Nación, así como los Archivos Nacionales de los Estados Unidos de Norteamérica guardan testimonios aberrantes de esa jornada, de esos afanes persecutorios contra el adversario. Y más vale no cerrar los ojos ante la realidad, ante los sucesos que conforman la vulnerabilidad del individuo.
Siempre existen los “estereotipos del mal”, con diferentes rostros, pero que son duplicados de ellos mismos: el ser humano “que tiene miedo de él mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos”, como indica Esther Cohen cuando analiza la persecución y quema de brujas en el Renacimiento . Y vuelvo a citar a la investigadora: “El miedo es ciertamente un móvil perturbador, pero son las formas que va adquiriendo a lo largo de la historia las que diseñan en cada época las siluetas específicas sobre las que se dejará caer la represión y la tortura. La historia habla, a través de innumerables chivos expiatorios, del miedo, pero éste se transforma, nunca muestra el mismo rostro” .
Y el rostro que muestra Selfa Chew en este libro es amarillento, con ojos rasgados; pero de maneras refinadas, suaves y actitudes enigmáticas. El legado de una cultura antiquísima, se advierte de inmediato en el comportamiento de estos seres, quienes arrastran un estigma terrible: atacaron una base norteamericana sin previo aviso, llevaron la intranquilidad, el desasosiego, a los blancos norteamericanos. El rostro japonés –ante los norteamericanos- muestra su perfil sombrío, ignominioso, pese a la delicadeza de la mujer, de la joven Sadako que busca el corazón del amor y se entrega a las pinceladas rítmicas de su amante poeta. Amor y muerte, luminosidad espiritual frente a la violencia y hostilidad social. En esos extremos oscila el libro de Selfa Chew, originaria de México, D. F., aunque avecindada en los Estados Unidos.

Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

De la lectura del silencio

“La vida me aclaró los libros”
Marguerite Yourcenar (*)

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe/Argentina).

I
Lector, respondió cuando, de niño, le preguntaron qué quería ser. Ha pasado una vida. Hoy, ahora mismo, el hombre ingresa en la inmensa construcción de mármol que alguna vez refrendó nuestra estirpe de imaginaria potencia austral, supera sin mirar pequeñas muchedumbres de alumnos y camina con paso decidido hacia el antro. Se lo saluda u observa con veneración: su fama de extraordinario disertante precede sus pasos, como un eco o una estela. Sólo justicia hay en ese reconocimiento que proviene, por convicción de los mayores, por difusos datos de los jóvenes, desde la más honda tradición del agradecimiento a los maestros.
Él, empero, está nervioso. Ha notado que progresivamente, en sus apariciones públicas, otrora ocasiones de lucimiento, se suceden -se agravan- pequeños incidentes eternos, grandes momentos mínimos de vacilación. No se deben ya a la búsqueda de un adjetivo perfecto; sí a una suerte de extravío o ausencia de insólita raigambre. Los ha disimulado, con destreza y vergüenza intransferible. Lejos de ser un signo de impostada reflexión, esta atemorizante novedad, ese silencio seco, reiterado, transforma su discurso en un torpe y desarticulado trajín. Justo a él, a quien le gusta pensar que sus clases son como un río, que fluye naturalmente y -rítmico, cadencioso, voluminoso- inunda y atraviesa los recintos.

II
Para peor, ha sorteado esos problemas mecánicamente. Por primera vez, ha hablado sin pasión. Y lo ha hecho porque él, que ama las palabras, en esos instantes de turbación, se halla absorto frente a un mar de signos yuxtapuestos e ilegibles, como un borrador sobre el que se escribe una y otra vez. Y lo ha hecho porque él, temeroso, ha dado más importancia a su fama que a lo que le sale de las entrañas. En su mirada no hay temor, hay la preocupación de quien intenta descifrar un código imposible. Hay en él, además, una íntima y turbia convicción: no es amnesia, es -trata de definirlo- un problema opuesto, de sobreabundancia, de elección. Mejor dicho: de la explosión simultánea de posibilidades ante un estímulo o una requisitoria, y la imposibilidad de una resolución acertada en pocos segundos. Calla, no por ausencia; por exceso. Nunca ha mirado a sus alumnos: ahora lo hace. Busca descifrar la demanda en esos ojos que lo admiran o lo ignoran, a la vez que trata de elegir en el menú rebalsado de su mente.

III
Recuerda cuando empezó. Se discutía y él, antes de hablar, vio un horizonte que se expandía y multiplicaba. Presagió esta figura: los objetos y las cosas se descomponen y, como están formados de palabras, éstas caen, se liberan y se ofrecen. Aquel ejercicio de elección que no pudo llevar a cabo fue el mismo que durante su vida, quizás, se resolvía apelando a mecanismos inconscientes, o era veloz como un acto reflejo. Intentó manifestarse linealmente en un sintagma: a cada proposición las posibilidades se multiplicaban al infinito; intentó escribir, las ideas de una oración se involucraban con las otras; intentó explicarlo: fragmentos inconexos de un discurso sobre otro se sobreponían sin lógica.
No fue mejor en otras circunstancias. Le hacían una pregunta: inmediatamente aparecían 5, 8, 12 respuestas. Todas importantes, todas seductoras. Cuál elegir. Por qué. Esa interrogación, como nunca antes, lo detenía, lo asfixiaba, lo paralizaba, antes de la primera sílaba. Es memoria simultánea, es un problema ético (nadie busca la respuesta perfecta), es stress, es genialidad, le dijeron.
Ahora mismo, el profesor mira hacia algún sitio y no sabe que hace 25 minutos que se encuentra inmóvil, mudo, frente a cien jóvenes que lo miran absortos. Sólo él ve un océano interno de palabras que van y vienen. Son tan hermosas, piensa, que es imposible elegir una para empezar. ¿Para qué querés ser un lector? , le preguntaron, cuando niño. Ahora tiene respuesta: para escuchar ese inexpresable rumor propio.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Que no se diga Pedro Ángel
por aquí te queremos
deja tranquila esa brizna de la adolescencia
su cojera sus mojados sobresaltos
ponte la suela
ábrete la menuda ventana del amor
entra al mundo que pasa fraterno ante tus ojos
véndele a la angustia
y endereza de una vez tu corazón
te llaman desde algún sitio feliz
responde tú
no tristes tanto ven y canta un poco

©Alex Pausides (Manzanillo/Cuba)

Derrumbe

Se acumulan los días, los años
la erosión de la vida
nos echa encima su balandra y vamos
hacia el despeñadero.
Pasa la sombra... pasa y mira
y vuelve a acomodarse.
Una luz de farol bordea la penumbra.
Es la ciudad: me digo.
La sombra se adelanta
no quiere compartir mis pensamientos
pero lee la esquina, los escombros
los pasos solitarios y el eco de esos pasos
mucho antes que sorprendan a mi cuerpo.
El funerario pájaro del tiempo
aletea en el aire.
Las ruinas del amor se precipitan.
Quiero cerrar los ojos.
Quiero
que sólo el viento pase
y nos lea el poema de la errancia,
que nos diga al oído
sobre la honda pena que hoy irrumpe
en el alma del saxo.
que el viento,
sólo el viento...

Amparo Osorio (Bogotá/Colombia)

Negación de la tierra

(Allende su patria, Laura cae en el vacío)

Cuando la cordillera se ha cubierto
de alambradas y las espinas ocultan
al océano
y mallas de papeles y metales cierran
el aire del territorio amurallado
cuando
todas las puertas son candados
y las verdades son mentiras
y las mentiras se hacen leyes
y todas las leyes nos castigan
cuando las palabras son aire
envenenado y los signos escritos
falsas esperanzas y el aire extranjero
no llena los pulmones
y el ahogo natal obstruye la garganta
y el regreso es voz al desayuno
llanto al almuerzo
alarido impotente en la comida
pesadilla asfixiante entre los sueños
obsesión de estampilla
y sobre aéreo

Bruno Serrano Ilabaca (Chillán/Chile)

El Cuarto Rojo

I

Ella que por alguna vereda
había venido
con la sonrisa que le asiste,
aún guarda en sus ojos la noche.
Ella que se estremeció de besos
y se llenó de hombre,
ese que ama ella,
el que llegó como llega el recuerdo,
de repente y la inundó como
la mansa
y ciega caída de las hojas.

Carmen Parra (Santo Domingo/República Dominicana)

6

La vida hace que los silencios se acostumbren a su propio destino,
porque los silencios también tienen derecho a la benevolencia del refugio,
a los patéticos silencios que no respiran
hay que darles auxilio boca a boca,
a los silencios encumbrados en las torres gemelas de la razón
hay que enviarles el correo platónico de las palomas mensajeras,
a los silencios que rasguñan el ventanal sin atreverse a pedir permiso para pernoctar
hay que ofrecerles la hamaca en el corredor de las begonias vírgenes,
a los silencios que se arropan del frío de ser con la frazada metafísica
hay que hacerles reconocer los poderes conciliatorios del jardín,
en fin: la vida provee soluciones honorables para cada silencio,
el único silencio que ya está salvado es el silencio del amor.

David Escobar Galindo (Santa Ana-El Salvador)

Autojuicio

A juicio propio
quiero entregarte las murallas ondulantes de mis ventanas
donde los sicarios se asoman para ahuyentar
la ceguera que ya no cuenta
con fiestas de vandalismos entre envejecidas carcajadas.
No quiero más murallas, me aburrí de saltar.

A juicio propio
te regalo el eco de mi calle
que quiere vivir en los horizontes abismales
de las tiesas venas
que esperan despertar con música de trompetas.
El eco me tiene cansada, no sirvo para la repetición.

Mi esperanza ha cambiado de domicilio,
ahora vive en el laberinto de un pecho abierto
y mi valentía a cada segundo practica la danza de tiritar.
A ellas también te las doy.

Me quedo conforme con el aire que sopla mi nuca
con el columpio de los besos
con los calcetines de la dicha
con la satisfacción de haber encontrado respuestas
pues, no es lo mismo sólo querer que querer solo.

Esthela Calderón (León/Nicaragua)

PÁGINA 13 - Narrativa

Sólo tengo jengibre

Por Saúl Álvarez Lara (Antioquia/Colombia)

El despertador sonó sin programarlo, por iniciativa propia, a las cuatro de la mañana. Lo apagó. Sonó de nuevo a las seis y lo volvió a apagar. Hasta las nueve y media de la mañana sonó cuatro veces más. Era una especie de encarnizamiento entre la mecánica de las horas y la mano que cada vez golpeaba con más fuerza el aparato. Nunca se levantó antes de las diez a menos que fuera a salir de viaje. Cuando le hablaban de ir a alguna parte lo primero que venía a su mente era despertarse aun de noche, la chaqueta con el cuello hasta la orejas para protegerse del sereno y el café humeante entre las manos, cerca de la cara, para que el vapor y el aroma calentaran por dentro, hasta los pies, que es por donde se entra el frío, sobre todo, al amanecer.
Se levantó a las diez y media cuando ya no fue capaz de luchar más contra la mecánica del tiempo. Apenas puso el pie derecho en el piso sintió, por la sensación que subió hasta su cerebro, que la jornada no iba a ser la mejor. Estaba perdido, pero no se extrañó porque cada mañana era igual. Nunca sabía en que día estaba y para identificarlo debía comenzar por recordar el anterior. Mientras iba hasta la cocina integrada al salón por un mesón móvil recordó un compromiso, pero como todavía no estaba despierto, le era difícil concretarlo. A tientas buscó la llave del agua. No había agua. A tientas buscó el teléfono y llamó al portero. Toda la semana, le respondió, anunciamos que hoy no había servicio. El compromiso volvió a su memoria aun sin definición. Algo más despierto buscó el espejo del baño y lo que vio no le dejó dudas. Estaba dormido. Su cara borrosa le recordó el compromiso. Un almuerzo ¿dónde, con quién?
Cada vez que se encontraba en esta situación, es decir, a diario, escuchaba la voz de su profesora, la que no tenía cara, solo piernas muy largas o faldas muy cortas. El que no tiene memoria compra lápiz, le decía. Era su karma. ¿Sabes lo que es un karma? Hazte esa pregunta a diario a ver si no se te olvida. Se sentó en el salón que también era dormitorio y cocina separada por el mesón sobre ruedas, con la voz de su profesora en los oídos. Para ahuyentarla activó el equipo de sonido y escuchó un piano desconocido que tuvo la virtud de sobreponerse a la voz sin cara y con piernas que le taladraba el cerebro. ¿O será una comida? dudó con los ojos fijos en el techo.
Entonces hizo lo de siempre cuando se encontraba en situación de perdida total de la memoria por falta o exceso de sueño. Calculó. De lunes a viernes nunca tenía tiempo de hacer compromisos. Si tenía uno debía ser sábado o domingo. Si fuera sábado ya habría recibido el llamado de su madre recordándole sacar los perros de los tíos que no podían hacerlo en fin de semana. Su madre no había llamado. Por lo menos el teléfono no había sonado, no lo recordaba. Entonces era domingo. ¿Qué hacía los domingos? No lo recordaba tampoco, por lo menos a esa hora. Debía esperar una o dos horas más para saber exactamente cuáles eran sus actividades de ese día.
En general los domingos amanecía con Margarita en su cama, no desayunaban, se quedaban entre cobijas hasta cuando el hambre los levantaba y se comían lo que encontraran, casi siempre pastas con lo que hubiera. Una vez mezclaron jengibre, del que sobraba de la tisana para la voz que consumía en semana, en la salsa y les gustó. Lo único invariable eran los tomates, el resto podía cambiar. A veces más de esto que de aquello o viceversa. Pero Margarita no estaba y no sabía porqué. Fue a la cocina para constatar que por lo menos tenía pastas y se encontró con que no había nada, ni pastas, ni albahaca, ni aceite de oliva, nada. Y tampoco Margarita. Sólo había jengibre. Por primera vez sintió el calor sofocante. Miró por la ventana del salón que también era habitación y cocina y vio un resplandor. Pensó en el fin del mundo. En el resplandor de Hiroshima el día de la bomba. A pesar del calor sintió un corrientazo frío atravesarlo de par en par. Con el jengibre en las manos descolgó el teléfono que no paraba de sonar. Hola, ¿te desperté?¿olvidaste lo que íbamos a hacer hoy? dijo la voz al otro lado. Él sólo atinó a preguntar ¿Margarita? Te olvidaste hasta de mi nombre, respondió la voz con desgano y colgó. Miró el resplandor con la raíz en la mano y se preguntó ¿Y ahora qué hago con este jengibre?

PÁGINA 14 – Narrativa

Las cuatro estrellas

Por Estela Parodi (Funes-Santa Fe/Argentina)

Adela llegó a la ciudad al atardecer de un caluroso día de fines de agosto. Había viajado 700 kilómetros en colectivo y estaba agotada. Sus sesenta años le dolían todos juntos en las articulaciones y sentía la ropa pegajosa, sobretodo por el primer trayecto en el camino de tierra. No veía la hora de tomar un baño y descansar un poco. Pero a pesar de todo, cuando pisó la primera vereda de Buenos Aires, se sintió feliz de saber que al fin cumpliría un viejo deseo. Ni las nubes tormentosas que se agolpaban en el fondo del horizonte, ni el gentío que ajeno a su propósito caminaba apurado por Retiro, ni siquiera la molestia de los huesos o de la ropa chapuceada, podrían haberla hecho desistir de su propósito. Había esperado casi veinte años ese viaje y sólo la enfermedad de su Alfonso lo había hecho postergar. Pero ya Alfonso no estaba más. Ahora quedaban ella y el Guaco, que podía extrañarla un poco pero la Romilda seguro le daría cobijo y algo de comida. Unos pocos días de ausencia no iban a matarlo. Él no estaba como había estado Alfonso; él estaba fuerte y más robusto cada día.
Cruzó la calle y tomó un taxi directo al Hotel. El Julio había estado meses buscando en Internet el lugar que ella le había pedido, hasta que al fin estuvo satisfecha: “Hospedaje Las Cuatro Estrellas”. Sin lujos, pero bien ubicado, justo frente a ese departamento. ¿Qué estaría haciendo él a esas horas? Sonrió mientras le pagaba al taxista. Seguramente no pensaba en ella, un ser anónimo, cualquiera de las tantas personas que caminan por ahí, ignorante a su vida y sin embargo tan emparentado. Ya sabría de ella en su momento. Todos sabrían. Muchas cosas se decían en los diarios, aunque nadie había tomado su determinación.
Apenas instalada en la pieza, pidió al conserje que le enviara un té de manzanilla. A su Alfonso también le gustaba el té de manzanilla, que en paz descanse. A Ricardito, no, que va, le gustaba el café fuerte. Seguro allá ni lo habría probado. ¿Qué le iban a dar café caliente allá? Gracias que le habrían tirado un poco de mate cocido en el jarro y algún trozo de pan duro. Ya le había contado en las cartas. Esos hijos de mala madre, qué café caliente ni ocho cuartos, toma esto si querés y si no, aguantate.
Le pareció ver los ojos de Ricardito cuando se acercó a la ventana y paladeó por primera vez la visión del departamento. Grandes las ventanas, grandes seguro los ambientes, maldito perro, tendría que haberse muerto allá él también.
Comenzó a desempacar la ropa y acomodó todo en el placard. También el bolso alargado, el bolso especial, el bolso que había esperado tanto tiempo para llegar hasta allí. Después se dio un baño y se recostó en silencio. Miró el techo unos segundos y apenas le trajeron el té, se acomodó en la ventana para tomarlo. Sintió las gotas calientes bajarle despacio por la garganta. También, el rencor.
Después se acostó otra vez e intentó dormirse un rato hasta que fuera la hora de cenar, pero no pudo. Había siempre una imagen delante de ella que no la dejaba en paz. ¿Cómo olvidar los ojos llorosos de Ricardito?
Al otro día se levantó temprano y fue al bar de la Esquina. Buscó una ventana que le diera la posibilidad de no perder detalles de la entrada al edificio. Quería ver todos los movimientos. Quería saber de él. Quería estar segura de que lograría su propósito. Si era necesario se quedaría una semana, un mes o toda la vida, pero sin hacerlo, no se iba. Muchas veces pensó que ese hombre merecía otra cosa, más bochornosa, menos rápida, pero no estaba a su alcance. Tenía que conformarse con sus limitaciones, al menos algo era algo. Y en esos pensamientos estaba cuando lo vio. Salía apoyándose en un bastón pero a pesar de eso, su andar era bastante bueno. Lo vio ir hasta la esquina y luego perderse entre la gente. Sintió como una puñalada en el pecho. Siempre lo había visto en fotos, o en la televisión, pero ahora aparecía así, casi frente a ella, con la única distancia del odio y apenas unas veredas separándolos. Era poco. Pronto, muy pronto, esas distancias se acortarían.
Adela se mantuvo seis días sentada en ese bar mirando cada aparición del hombre del bastón por la puerta del edificio. Durante ese tiempo, atravesó miles de sensaciones diferentes. El dolor en la boca del estómago, los puños apretados por antiguas impotencias, la angustia aprisionándole el pecho, el desprecio por ese ser gris mostrando una imagen decente, casi cándida para el que no sabía, para aquel que podría engañar, para el que acaso desconocía ese otro perfil fuerte y lleno de soberbia del antes. Y otra vez los ojos de Ricardito y el frío sentido entre la carne a pesar de que agosto seguía pesado, ardiente, amenazado por tormentosas nubes. Sintió una vez más que debía llegar hasta el fin porque si no, jamás lograría que en su interior la paz se le quedara quieta. Y entonces supo que ya había mirado bastante, que era hora.
Al otro día no bajó. Pidió el desayuno en la habitación y cuando el mozo se hubo ido, sacó el bolso alargado del placard. De allí extrajo el rifle y armó la mirilla. Se colocó delante de la ventana y esperó. Calculó distancias y sin quererlo, se le cruzaron por los ojos algunas otras muertes, muchas, demasiadas. Prensó el gatillo con su dedo y cuando el hombre del bastón salió a dar su acostumbrado paseo matutino, apuntó y sin siquiera pestañear, disparó tres tiros. Desde la ventana lo vio derrumbarse en un manto de sangre. Algunas personas escaparon al escuchar los estampidos. Otras se acercaron. Pero ella ya no miró para afuera. Guardó todo en el bolso, juntó las ropas y bajó para pagar su hospedaje. El conserje, desencajado, le contó que desde alguna ventana habían baleado a un hombre afuera, a un famoso General, que había muerto. Pero nadie podía sospechar nada de esa mujer de ropas humildes, cabellos canosos y manos tan arrugadas seguro menos por el tiempo que por la espera.
Salió enseguida después de pagar sin siquiera hacer un solo comentario. Tomó un taxi en la esquina mientras la policía comenzaba a llegar en varios móviles. Dio una última mirada, cargó los bolsos y le pidió al taxista que la llevara a Retiro.
Adela llegó al pueblo de noche. Tarde para retirar al Guaco, que la olió seguro en el viento y no paró de ladrar hasta la madrugada. A la mañana siguiente preparó el mate y fue a juntar unas rosas al jardín. Ya el perro andaba husmeado la puerta cuando la abrió y apenas le movió la cola le dijo que lo había extrañado. Vamos, Guaco, vamos a poner unas flores al lado de las fotos. El Alfonso ya descansa en paz seguro y Ricardito... Ahora puedo estar tranquila. Mirá, Guaco, qué lindo que está con ese uniforme. Fue el día que se fue a las Malvinas. Sus ojos están más tranquilos ahora. Sí, ya sé que me extrañaste. Yo también. Ahora me voy a tomar unos mates, y bueno, la vida sigue. Tenemos que llegar al final. Nos llega a todos sin remedio.
Mientras acomodaba el bolso alargado en el ropero, pensó que todo lo que uno aprende en la vida, sirve alguna vez. Con cierta nostalgia recordó a su padre poniéndole la escopeta en la mano y ordenándole que tirara. Seis meses la tuvo así hasta que dio en el blanco. “Toda persona que vive en el campo, debe saber tirar, Adelita, cualquier día de estos lo podés necesitar”.
Una lágrima se le derramó del ojo. La secó y cerró el ropero con doble llave. Iría a comprar el diario. En un rato llovería. Sería una buena mañana para tomar mate y leer noticias.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

araña del alba

emergió la cigüeña de su sueño de aire
leve en la espesura

la palabra herida
desangrándose en el pantano del frío

la criatura desvalida
sorbió el instante
mientras reptaba entre las páginas
de una miniatura iluminada

con sus fauces abiertas
un perro abandonado
hambriento
merodeó por la oscuridad del siglo

en la morada de la sabiduría
las viandas fueron servidas
en bandeja de plata
por el Hada de las Migajas

una mujer de ojos de agua
regresó a la casa paterna
ataviada con su túnica sonámbula

traía la muerte entre las uñas

muerte de la tierra
crotoraba en lo alto de la torre
sobre una pata roja

el vacío fue levedad
pluma de Maat en la espesura
pétalo del aire
hilo invisible de la araña del alba

Marina Aoiz Monreal (Navarra-España)

Plaza Preneste

para Armando Romero

Hanno cicatrici ovunque e lo sguardo che si dilata
incastrato tra le dita nude dei piedi e delle mani
lumache uscite fuori per via di questo panorama
di baracche e cartoni che circondano la marana.
Non gemano i muri crepati della vecchia fabbrica
i cadaveri nascosti qui sotto la rendono necessaria
in qualche modo si lavora ancora, si sopravvive
trovi persino i panni stesi su fili di ferro arrugginito
i fuochi con la zuppa di verdure o würstel o legumi.
molti dell’est con in faccia gli schiaffi del sole
pochi gli africani: stanno tre giorni poi scappano
perché i loro corpi
umiliati non ce la fanno a restare immobili
per via di quel sogno che ancora persiste…

Qui nell’inferno rimangono quelli che tutto
hanno perduto e nulla hanno trovato
se non le lamiere i rifiuti le porte d’aria
la marana di via Prenestina sepolta dai ruderi
dell’ex fabbrica e lì d’estate salgono su tralicci
in bilico sfidano la morte tuffandosi nell’acqua
attenti a non sbattere la testa nel basso fondale.
Sono attori poi nel tornare a galla e nel mostrare
i pochi denti cariati e sporgenti la bocca che saluta
stretta sbieca e la lingua loro mischiata a frammenti
– che Dante certo amerebbe – della lingua italiana.

Tienen cicatrices por todas partes y la mirada que se dilata
clavada entre los dedos desnudos de los pies y las manos
caracoles asomados a ver este panorama
de barracas y chozas de cartón en torno al riachuelo.
Que no se quejen las paredes con grietas de la vieja fábrica
porque los cadáveres escondidos aquí abajo la vuelven útil
de alguna manera se trabaja todavía, se sobrevive
hay incluso ropa tendida en las hileras de alambre ya oxidado
hornillos encendidos con sopa de verdura salchichas o frijoles.
casi todos son del este con las caras castigadas por los rayos del sol
pocos los africanos: están tres días, después desaparecen
porque sus cuerpos humillados no logran detenerse
yendo trás un sueño que todavía persiste…

Aquí en el infierno permanecen aquellos que todo
han perdido sin encontrar nada
sólo planchas de latón y basura y puertas de aire
el riachuelo de la calle Prenestina cubierta con las ruinas
de la antigua fábrica y allí, en verano, se trepan a los postes
en equilibrio desafiando la muerte y se zambullen en el agua
teniendo cuidado de no golpearse la cabeza contra el fondo bajo.
Verdaderos actores, luego, al regresar a la superficie y mostrar
los pocos dientes cariados y abultados y la boca que saluda
apretada y torcida y sus voces que se mezclan con fragmentos
- que Dante por cierto apreciaría – de la lengua italiana.

Alessio Brandolini (Roma/Italia)

Caravana

A mi hermana

Campos de hielo, bosques de nieve
helada ardiendo bajo la piel
No hay senderos que seguir
sólo llanuras que cruzamos solitarios
y distantes uno detrás del otro
Apenas si levantamos los pies
es la tierra la que nos transporta

Vivimos -
lo que significa:
Luchar contra la muerte
en todas sus formas
Todo lo que decimos será usado en nuestra contra
pero lo mismo pasa con lo que no decimos

Campos de hielo, bosques de nieve
un cielo que oscuro se adensa
como un muro de lamentos
Cielo de nieve, un cementerio judío
piedras blancas por kilómetros
en los pinares de las afueras de Kiev

Por cada copo que contemplo
sueño que lentamente estoy aquí:
alma en la sangre en la nieve en el mundo
Adentro
arder sin escrúpulos
y así, en lo blanco, desaparecer.

Pía Tafdrup (Copenhague/Dinamarca)

Más allá de la Biblia

Hay un misterio más grande
que la conciencia humana,
más grande que el carisma milenario
de Aristóteles o Jesucristo;
más grande que el orgullo de poseer
ante la muerte inevitable.

Hay un misterio más grande:
es el del hombre detrás de mí en el bus mascando chicle,
porque no hay nada más absurdo
que rumiar sin sentido,
sin tener ni siquiera conciencia de vaca,
ni lenguaje, ni usufructo, ni ideal,
ni siquiera estupidez:
hay genios que mascan chicle,
hay santos y filósofos que mascan chicle.

¡ No hay misterio más grande !
El hombre detrás de mí en el bus
lanza su sombra
sobre todos los misterios de la tierra.
Los vence los anula.
Triunfa sobre Cristo y Aristóteles
y sobre mí.
Me doy por vencido
y me bajo del bus.

Mario Markus (Dortmund/Alemania)

Cristales.

Circular en los principios detenidos
marchan las horas,
entre ramas de sueños
con vínculos maniatados a un futuro,
de flores imaginarias
y besos próximos al gobierno del sentir.

Dime donde...
cerca de los ojos de la tierra,
en la brisa que deslumbra mis mañanas?

Paseo de silencio,
bajo la lluvia, cristalizando ideas,
victoreando melodías sustanciales;

Vale el verso en los espasmos de la vida,
la palabra,
vale a esta hora la tierra
con un vals espacial de ojos colgando de la luna.

Equilibrio recostado en lo no visto,

desde una ventana en el tiempo.

Mónica Haprichkov [Matchornicova] (Viena/Austria)

PÁGINA 16 – Narrativa

La noche en la ventana abierta

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

El tiempo había pasado de esa manera rara en que pasan las cosas sobre el tiempo que pasa, como deslizándose, como arrastrándose a veces, como quién sabe, vaya una a entender de qué forma estrafalaria, porque el tiempo y la vida están tan unidos que es imposible descifrar por dónde anda uno y en qué superficie se apoya el otro. La cuestión es que gracias al tiempo, el mundo había dado vueltas y vueltas para terminar tropezando con sus propios acontecimientos, hasta que, por mucho tropezarse con lo mismo, un día, las tres hermanas quisieron encontrarse.
El hecho no fue premeditado, surgió de repente. Una de las hermanas escribió una carta con letra temblorosa y cuando mojó con la lengua la estampilla, el corazón se le sobresaltó. Y lo consideró una buena señal. Otra, llamó por teléfono. Merodeó y merodeó la manzana del centro telefónico hasta que por fin se animó a entrar en una de esas cabinas trasparentes por fuera y acolchadas por dentro; su voz sonó lejanísima en la oreja lejanamente sorda de su hermana. En cambio a ella el sonido le llegó intacto y hasta peligroso cuando oyó: “¿Hola? ¡Hola!”. Todavía seguía sorprendiéndose de que, desde un lugar impreciso, saliera una voz, una voz cualquiera o, como en este caso, la de su propia hermana. Para ella los aparatos de teléfono se comportaban igual que una varita mágica: dejaban suelta a la voz, sin boca ni persona que la sujetara.
La última de las tres hermanas hubiese deseado comunicarse telepáticamente para evitar gastos y complicaciones. Lo intentó con sinceridad y esfuerzo, sin el menor éxito, así que se dio por vencida y envió un telegrama, porque al fin y al cabo un telegrama iba a ser escrito por un desconocido con esa clásica letra tenue que suelen tener los empleados de correo, una letra que ella no vería, de modo que, como el telegrama tenía algo de impersonal y de antiguo a la vez, se asemejaba considerablemente a un pensamiento. Fue hasta la oficina postal meditando en todo eso y en su incapacidad para enviar señales telepáticas. Cuando vio la cara del empleado de correos que la atendió, anodina y con anteojos, envió el telegrama convencida de haber hecho lo correcto.
Desde dos puntos diferentes, relativamente distantes, las hermanas iban a ser atraídas hacia la casa de la mayor. Un movimiento de cuerpos que describía algunas líneas invisibles, evanescentes para ojos ordinarios, pero que quedarían impresas con firmeza en el tiempo o en la memoria del tiempo, hecha con un fuego que no quema, deshecha para rehacerse constantemente.
Eligieron la casa de la más vieja casi por azar. Claro que el azar no existe, pero en el caso que exista se regiría por la voluntad del tiempo que en esta ocasión sintió pena por las piernas flojas de las tres hermanas y por la flojedad de sus recuerdos, que mezclaban rostros y palabras en una confusión absurda.
La casa de la hermana mayor era un departamento bastante moderno con una verdosa y ya gastada alfombra y muebles que, a decir verdad, no eran antiguos ni modernos. Aunque si había que considerarlos de una forma ecuánime eran un poquitín más pasaditos de moda que modernos. Todo lo nuevo seguía siendo apenas nuevo, pero ya se había percudido, se había avejentado antes de alcanzar el esplendor, casi queriendo no dejar sola a su habitante en el trance de la ancianidad. A las paredes les faltaba pintura, a las puertas, limpieza. Todo era un poco opaco, un poco venido a menos, bastante triste sin llegar a serlo completamente. En fin: se trataba de la casa de una mujer sola. Eso sí, la ventana del living era enorme y mostraba la ciudad al desnudo, mostraba sus techos y las pinturas estridentes con que habían sellado grietas en terrazas y tejas. Mirar una ventana tan ancha que se abría hacia ninguna parte o asomarse a ella equivalía a trastabillar en el abismo. De cualquier modo la dueña de casa estaba orgullosa de su ventana, aquel espacio de la casa que se tragaba el movimiento y las luces. A veces ella, cuando no podía dormir durante la noche, a fuerza de terquedad y de bastón, se iba acercando a ese agujero brilloso y se quedaba allí, detenida ante un borde resbaladizo, se quedaba sin saber qué hacer, de pie y tambaleante frente al misterio, frente a eso que sin ser su casa formaba parte de ella.
Una de las hermanas llegó desde otra ciudad no muy distante en un micro con baño y cafetería y la otra se tomó un taxi desde el barrio cercano. El tiempo, tan indescifrable y confuso como de costumbre, las había desmejorado en ciertas partes de sus cuerpos a la vez que las había emparentado en una familiaridad de rasgos que las convertía inconfundiblemente en hermanas para quien, al mirarlas de sopetón, descubriera ese inesperado aire de familia. La que llegó desde la ciudad cercana hizo oscilar su bolsito liviano con el movimiento nervioso que la caracterizaba desde sus años juveniles, no lo hizo para parecer más joven; no, de ninguna manera ya que de las tres era, en efecto, la menos vieja, sino porque el cuerpo tendía a repetir sus consabidos movimientos. Las piernas flacas y las manos nudosas y llenas de pecas. Abrazó a la dueña de casa y apretó los ojos sujetando las lágrimas. La otra hermana, la que había venido en taxi, se paró en medio de la habitación, tensa, esperando que le llegara a ella el turno del abrazo. Alta, quieta, marmórea, como dispuesta a recibir una condecoración. Cuando la hermana se desató de los brazos de la dueña de casa y fue hasta ella, tropezó y casi la tiró al suelo. Después ninguna de las tres se miró a los ojos, en realidad evitaban mirarse casi con pudor. Avergonzadas y nerviosas decían cualquier cosa, todas al mismo tiempo mientras pretendían ordenar lo que necesitaba orden, un florero en la punta de la mesa, el dichoso bolsito que iba y venía sin sentido, o las tazas de café que bailoteaban en las manos crispadas. Y también se ocuparon de desordenar lo que estaba bien puesto, posiblemente para rebelarse contra alguna clase de designio.
El tiempo colaboró con las hermanas, ayudándolas a distenderse, no hacía frío ni hacía calor y se avecinaba el momento de los recuerdos. Recuerdos de épocas remotas, de días singulares, de eso que no quedaba aprisionado en un presente tan encerrado y compungido, tan incómodo para ser vivido, tan extraño. Y el momento de los recuerdos desató las primeras lágrimas. Pañuelos apretujados, pies que se movían alrededor de la pata de una silla, frases entrecortadas, hondas respiraciones y aquel dichoso ruido del ascensor, que venía desde el pasillo y hacía sobresaltar a la hermana que había dejado su ciudad unas horas antes.
Cuando el tiempo pasó sobre la vida o la vida y sus hechos se deslizaron sobre la superficie translúcida del tiempo, el momento mostró su revés, su opacidad de cosa conocida, cercana, ordinaria. La inminencia del encuentro extravió su brillo y hasta los ojos de las tres hermanas se apagaron de pronto. Únicamente la ventana abierta a la ciudad nocturna se encendió y en ese chisporroteo que marcó el comienzo de la noche, algo dio un salto al vacío, algo se perdió en el trance, fue en ese momento en el que las tres hermanas decidieron echar un mantel sobre la mesa y desparramar comida. Se sentaron, abrieron sus bocas y la cena inauguró otro instante de fugaz esplendor. Las palabras de recordación vinieron y se apagaron enseguida con el sonsonete de la cuchara raspando la loza o el chiflido del sifón.
Las fotos de antes, de las épocas aquellas en las que aún no se habían separado, estaban fuera del alcance de sus ojitos viejos, nada que ver. Nada que contar. Llegó el silencio. Silencio de agua quieta contra la ventana fulminante de la noche. Noche de piernas abiertas hacia la brusquedad del mundo. Y las tres mujeres allí, de este lado de los acontecimientos sin entender qué estaba sucediendo en ellas, entre esas paredes, tres paredes compactas y agrisadas rodeándolas y un agujero iluminado, esa dichosa ventana siempre allí, como si hubiese sido el respaldo de una silla donde los ojos se dejaban estar para escabullirse de una lista desordenada de imágenes, que tal vez fuesen capaces de componer, con buena voluntad y empeño, una memoria más o menos decente, más o menos colectiva.
De nuevo, igual que ayer, el sonido de la sirena del Cuartel de Bomberos se dispersó por el aire, venía desde ese cuadrado de la noche que se dibujaba en la ventana y entraba allí, casi a propósito obligando a las tres mujeres a dejar de comer. Dejaron de comer y se sentaron en ronda, parecían dispuestas a iniciar un ritual. Los cuerpos y las imágenes de la memoria estaban disgustados, no había nada en común entre las palabras que se decían unas a otras y esos chisporroteos que iban y venían por sus cabezas. Así, de la misma forma en que la vida y los hechos del mundo siempre terminan por encontrar su acomodamiento, así exactamente al revés ocurría con las imágenes que rondaban sus cabezas y las palabras pronunciadas. Había comenzado una noche larguísima. El tiempo se había desquiciado en la cabeza de cada una de las tres hermanas. “Aquella casa -decía la mayor- no era así, la describís muy mal, era más ancha y chata” y “aquel pulóver tejido por las tías era de otro color y no de ese que estás diciendo”, “tu novio se fue por motivos diferentes de nuestro pueblo esa tarde”. Inesperadamente la realidad se había vuelto tan irreal, tan irreconocible que nadie, ninguna de las tres, quiso decir una sola palabra más. Y las palabras sin pronunciar languidecieron en el interior de sus cabezas torciendo la compostura de las imágenes que, distorsionadas, fueron como los relojes blandos de Dalí. Era preciso irse a dormir cuanto antes. Los cuerpos se alejaron de esa ventana nocturna y descomunal hacia la habitación de la cama grande. Una cama con una cabecera excesivamente ornamentada, construida para un matrimonio sólido que se mantuvo en pie hasta la muerte del marido, ocurrida apenas un año atrás. La cama tenía una prestancia que contradecía el silencio de las palabras y las ya deformadas imágenes que continuaban naufragando en sus morosas cabezas. El tiempo necesitaba alguna especie de orden para instalarse junto a ellas y fue a buscar a tientas nuevamente la sirena del Cuartel de Bomberos que se incrustó en la noche y atravesó una dimensión compacta, penumbrosa, honda, muy compacta. Entonces la hermana del medio estornudó: una simetría se estableció entre el adentro y el afuera donde la sirena del Cuartel de Bomberos ya había dejado de sonar. Tendrían que dormir. Eso es, cerrar los ojos, dejar que nada interfiriera con el lugar donde se arracimaban las palabras y las imágenes intentaban recomponer sus propias formas. Primero quitaron la colcha con flores estampadas, luego se pusieron camisones rigurosamente semejantes y por fin se tendieron a lo largo de esa cama de dos plazas: las tres cabezas formando hilera, bordeadas por el listón blanco de la sábana. Los cuerpos apenas cabían, apenas se soportaban a sí mismos. Eran cuerpos desvanecidos sobre el mundo, cuerpos de mujeres viejas. Las horas empezaron a pasar para que el tiempo estuviera a sus anchas. Las horas fueron recortes de algo incomprensible. Y aunque ellas creyeran que las horas trastabillaban sobre la noche, las horas y el mundo se entendían a las mil maravillas. Sólo sus vidas estaban en profundo desacuerdo, como sus cuerpos, demasiado rechonchos o demasiado huesudos en relación a la memoria o a lo que mostraban esas fotos archivadas ahora vaya a saberse dónde. La noche se alargaba ante sus ojos abiertos, ojos que no se achicaban y menos que menos se cerraban frente a la enorme oscuridad. Y así, de buenas a primeras, una de ellas lloró a los gritos y las otras dos, de inmediato, se largaron a llorar para acompañarla o quizá para no contradecir un suceso digno de mención. Llorar se convirtió en un paliativo. Lloraron hasta cansarse o desahogarse o agotarse. Cuando llegó la mañana tenían los ojos tan hinchados que no podían ver la realidad, una realidad menos engañosa y confusa que el tiempo que siguió pasando a lo largo del día y a lo largo del mundo, un tiempo que las rozó cuando se despidieron y dos de ellas, allá abajo, entraron en la ventana, ese rectángulo desproporcionado hecho a la medida de dos ojos que no saben mirar.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

El cíclope que no puede morir
Miguel de Unamuno en el siglo XXI

Por Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

A José Blanco Albores

Voy a escribir algunas - pocas líneas sobre don Miguel de Unamuno .
¿Cómo hacerlo cuando ya (aunque no suficientes) sutiles ingenios se han adentrado en los laberintos atormentados de la obra del genio más Universal que ha dado la lengua castellana - sangre de la raza hispana- en las primeras décadas del siniestro y apocalíptico siglo que dejamos?
¿Cómo me atrevería empero a dejar de escuchar los llamados de un corazón, que se forjó a golpes de martillos con la recia prosa del inmenso pensador-artista, visionando sus sueños dramáticos - (El Otro, Fedra), sus "nivolas", ("La tía Tula"), sus ensayos nerviosos y encrespados (ver: "Qué es la fe"), sus inmortales y solo poéticos (por ello visionarios) "El sentimiento trágico de la vida", "La agonía del Cristianismo", "Vida de Don Quijote y Sancho" y sobre todo, - antes que nada - como lo presintió Rubén Darío sus poemas que arden aún como vivas en el desierto y desprecian los preciosismos literarios- sin que por ello don Miguel se negara a dialogar y dejarse influir por los más jóvenes, tal el caso de Jorge Guillen y la recepción de su obra en su años maduros que nos traen las vibraciones de su alma en estado de desnudes trágica?.
Qué es la fe se dice - ¿creer lo que no vimos? No. Crear lo que no vemos y recrearlo y volverlo a crear" (cito de memoria).
Y ya esta todo dicho. No hay reposo para quien juega a los dados de la vida. Y por si fuera poco, el heterodoxo repite:
"Dios, ayuda mi incredulidad!", herencia herética de Port Royal, Pascal y Loyola. Pronto Claudel se dirige a Gide para declararlo fuera de ley. Es que Don Miguel pertenecía - y esto no podía intuirlo Claudel - que si dudaba como lo demuestra sutilmente Blanchot- al primitivo cristianismo.
A aquel cristianismo que se debatía en la agonía de "ser o no ser".
"¿Qué es tu vida alma mía?/ ¿cuál tu pago? / ¡Lluvia en el lago! / ¿Qué es tu vida alma mía?, ¿tu costumbre? /¡Viento en la cumbre!/ ¿Cómo tu vida, mi alma, se renueva?/ ¡Sombra en la cueva!/ ¡Lluvia en el lago!/¡Viento en la cumbre! / ¡Sombra en la cueva!/ Lágrimas es la lluvia desde el cielo, / y él es el viento sollozo sin partida,/ pesar la sombra sin ningún consuelo,/ y lluvia y viento, y sombra hacen la vida". (Hendaya 1926)
Ni elegía ni oda a pesar de su formación clásica. Don Miguel no tenía tiempo para los estados mediúnicos que permiten al poeta esbozar grandes cantos, llevado por las imágenes a las grandes idealizaciones poéticas. Proeza sí y en esto abunda Don Miguel, al definir su concepto agónico del "pneuma" que nos anima, en forma seca, escueta, y magnífica.
¿Debíamos esperar acaso que Sartre nos dijera que la vida era tan sólo una pasión inútil?
Paradojal, Don Miguel diría, inútil no mientras la tea de una voz agonizante le permita al hombre crear: poeta civil como Dante, como Carducci - a quien mucho quería- no poeta o menos literato comprometido, su lid por la "intrahistoria contra la simple corriente de la historia", lo llevó al exilio y la cárcel en dos oportunidades.
No importaba, no importaba perder hijos que ya eran hijos de la Eternidad porque al lado estaba su Concha - su mujer- que todo soportaba.
"¿¡España!? ¿A alzar su voz nadie se atreve? / Va a arrastrarte el alud de la mentira; /Tu voz presta a mi voz ardores de ira.../ "Sacúdete mi España".../ No se mueve.../ ¡España, España! / Blanca, fría, nieve.../ Tenebrosos los ojos más no mira.../Un espejo a la boca... No respira/ ¿No oís el vuelo de su sombra leve?/ Pero han de henchirte la pupila leve / Aquí, con tu cabeza en mi regazo, / mis lágrimas de hastío y de rechazo/ regar la mano que te cuelga yerta, / mientras te abre la mía de un portazo/ el bronce cruel de la visión desierta".
También en esto se distancia Don Miguel de otros grandes de la época, los militantes políticos a la manera de Aragón, Neruda, Hernández, Maiakovsky, entre otros y aquellos que se mantienen distantes y adoptan ante la realidad sólo una actitud de "religatio" a través de la imagen poética tal el caso de Eliot, Rilke, George, Molinari.
No para quien responde "que no soy partido, que soy entero". A él le estaba reservada una bala en acto oficial y público (caso Millan de Astray) y no secreto como el frío asesinato de Lorca.
Don Miguel enfrentaba de igual a igual - léanse sus discursos- a quienes desde el poder pretendían regir los destinos de España.
¡Enorme Don Miguel de Unamuno y Jugo de la Raza, permitídmelo!
Una vez más sus modelos eran el Dante perseguido y más cerca nuestro su amado Carducci.

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31/08/2007 18:54 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO No hay comentarios. Comentar.

Año I - Nº 8

20070730174558-ilu-saul-alvarez-lara.jpgGACETA LITERARIA Nº 8 – AGOSTO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual al pintor colombiano Saúl Álvarez Lara

PÁGINA EDITORIAL

Las palabras y el sentido.

Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Las palabras, mas allá del significado que se le da a una obra literaria, tienen una trascendencia inagotable si las remitimos a un sentido de la vida. Por eso, las grandes creaciones de la literatura nos otorgan constantemente nuevas revelaciones que superan las intenciones de quienes las plasmaron. Tal es, por ejemplo, el caso de La Odisea, o el de La Ilíada de Homero; la Divina Comedia de Dante; El Quijote de Cervantes; los múltiples dramas de Shakespeare y, entre muchas otras, el Fausto de Goethe.
Cada relectura de cualquiera de las obras mencionadas nos permite un nuevo descubrimiento, porque no son solamente la creación de una mente humana, sino que el autor ha recibido la inspiración que viene de lo alto. Rubén Darío llamaba a los poetas “pararrayos celestes”, acertada metáfora que la cultura inmanentista en boga contradice abiertamente. Sin embargo, los hechos, con sus contundencias incontrastables evidencian, a quien tiene ojos para ver, que existe un sentido por encima de la fragilidad individual.
Mircea Eliade, en sus ensayos, nos dice que, en un principio, todo oficio humano fue considerado sagrado y vinculado con la totalidad viviente. Esta sacralidad se fue diluyendo cuando el centro de la tensión humana se ancló en el propio hombre y, por ende, se diluyó en la imagen limitada de lo inmanente. Pese a la amputación del sentido trascendente, es inevitable que aparezca, aun en obras contemporáneas que no pretenden una vinculación con la totalidad, signo de una presencia concreta omniabarcante. Es que, por más que estemos distraídos, la totalidad actúa en todo momento, ya que no es una teoría ni una concepción sino un acontecimiento.
Si la inspiración que viene de lo alto no es reconocida, deja de actuar por aquello de “que no hay peor sordo que el que no quiere oír y no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Es curioso comprobar cuanta tinta se ha utilizado y se utiliza para demostrarnos que la vida no tiene sentido y que las palabras adquieren un significado limitado que convencionalmente es creado por nosotros. Esta actitud revela, por si misma, su absurdo, ya que pretende persuadirnos, por el sentido de un pensamiento, que pensar no puede llevarnos a encontrar el significado de los hechos.
Las reflexiones que venimos desarrollando nos llevan a la conclusión de que negar que las palabras tienen un origen y un sentido trascendente es demostrar una soberbia que es, a la vez, extremada pobreza, porque pretender que la realidad queda reducida al alcance del hombre es una suerte de suicidio ontológico, ya que veda para siempre toda perspectiva de profundización de lo real convirtiéndonos en marginales de la existencia.
Hay que comentar que las palabras no se originaron, en cada idioma, por ocurrencias azarosas, sino que obedecieron a características propias de cada pueblo, de cada región, de cada clima, de cada historia, y se han ido plasmando por la conjunción creativa de la inspiración y la materia ambiental, del mismo modo que un escultor plasma la belleza con la materia de que dispone.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Sucede alguna tarde.

Sucede alguna tarde
que el reloj marca el tiempo de la sombra
sucede que los días van cayendo amarillos
anunciando un otoño.
Y las hojas se mueren y nos dejan desnudos
y las ramas nos duelen.
Sucede que la vida nos pide un inventario
y las arcas contienen sólo sueños marchitos.
¿De qué antiguas palmeras
los viejos calendarios me hablarán al olvido?
¿Qué palabras volaron, en qué vientos
y qué fuente sació la sed aquella
en aquél tiempo ido?
Nunca llevo la cuenta del guijarro pisado,
de la luna cantada
ni el andado camino.
No recuerdo qué hice de aquel día.
Se me fue de las manos como arena del río.

Hugo Mataloni (Santa Fe/Argentina)

Fotografías

Dejé nacer el amor
misteriosamente
sin escuchar
la polémica inteligente
que el corazón no entiende.
Como no entienden mis tiempos
que debo sentarme
pasivamente
en la tregua que establecen
mis abrazos y tus dedos.
Renacer el amor
intensamente
y vivirlo en cuentagotas
o de un trago
como sea.

María Dolores Foschiatti (Avellaneda-Santa Fe/Argentina)

La noche junto a mi madre

Y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo
Qué decir en este sitio sin fronteras
sin relojes que atrasen tu hora
y mi dolor, oh hacedora de vida.
Qué recordar de ti y por ti
entre pálidas rosas de invierno.

Un río de silencio habita la noche.
La canoa sin remos se demora
en busca de amores que no regresan.

Eternos navegan el poema y la muerte.

César Bisso (Coronda-Santa Fe/Argentina)

Metamorfosis de un recuerdo

I

La vastedad nocturnal vuelca su cántaro
invadiendo las sombras de pájaros silentes
con un disfraz de esperanzas y centellas.
Sangra el atardecer las incontables muertes
de hojas oxidadas en un tiempo feliz y adormilado
cuando los árboles aún gimen su savia decadente.

Un súbito mar se ahoga en la arena del recuerdo…
Ya nada ni nadie podrá detener este manantial
que hoy exhumo en trasnochados sueños,
hasta que un nuevo amanecer agite alas
con las manos implorantes del deseo
sobre la mentida libertad de un nuevo día.

Liana Friedrich (Rafaela-Santa Fe/Argentina

Para habitar

en un poema cerrado
con una puerta de acceso
nos reunimos los solitarios
los sensibles
y los amantes del placer
ingresamos con los ojos cerrados
a pesar de la oscuridad
nos pisamos
nos empujamos
pero despacio
pero pidiendo siempre perdón
sabemos recibir a otros
y nos preocupamos por tener las manos libres
para abrazarnos
para mirarnos
para aprender a habitar el silencio
para aprender a habitar el final

Hernán Salcedo (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Comparsa increible

Por Arturo Lomello (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

¡Qué poderosos nos sentíamos, Pepe tocando el saxo, Mingo y Rosendo repiqueteando los tambores y yo soplando el trombón! Nos habíamos adueñado de los espacios que atravesábamos ligeramente, entre los paraísos y los jacarandáes , arrancándole a las sombras, al suelo,, al aire, a las luces de los faroles el ritmo de la savia que sentíamos descender de las estrellas, inundando la atmósfera de la ciudad en un carnaval sin corsos, solitario, al que únicamente le quedaba el nombre. Era un mundo transfigurado por nuestra fiesta y al son de la comparsa, con ritmo de música danzarina creábamos un camino que transformaba cada paso, cada persona, cada objeto en partícipe de nuestra magia.
No teníamos las palabras para decirlo, pero nos sentíamos dioses, capaces de cualquier encantamiento, con la varita mágica de nuestro instrumento musical. Mingo era muy feo, algo tartamudo, pero con su tambor se sentía redimido, Rosendo olvidaba las continuas disputas de sus padres, golpeando el parche. Pepe tendía sus sueños en el espacio, colgándolos de la música que producía mediante el sexo. Yo , que había perdido a mi madres pocos días antes, colmaba el vacío con las algo bromistas reconvenciones del trombón.
Todas las ausencias y las presencias se amalgamaban por el conjuro de esa combinación de sonidos que imponíamos en la noche de verano.
Y así llegamos a una esquina, donde los parroquianos de una confitería ocupaban mesitas instaladas en la vereda. Algunas parejas, uno que otro solitario, grupos de hombres o de mujeres, apenas si advirtieron nuestra llegada. Nadie esperaba mucho de nosotros para divertirse, pero es noche no podíamos darnos cuenta: éramos actores, artistas insuperables, el alma misma del mundo.
Sabíamos solamente tres o cuatro piezas “Muchacha de Ipanema”, un carnavalito y una o dos más que se pierden en mi memoria. Algunos muchachones nos tomaban el pelo. Un vozarrón nos pidió que tocáramos “La cumparsita”. No la sabíamos; además, a mí no me gustaba: le faltaba la magia, la alegría para conducir la noche hacia las estrellas.
Ejecutamos “Muchacha de Ipanema”, desafinando, pero qué importaba. Los jacarandáes y paraísos tenían que ver con nuestro ritmo, nada ni nadie escapaba de él. Terminada nuestra interpretación, contamos algunos chistes que habíamos aprendido. Mingo arrancó risas más por su tartamudez que por la gracia de su relato. Nos entregaron algunos pesos y todos nos miramos: el encanto que habíamos creado corría el peligro de quebrarse.
-Qué hacemos? preguntó Pepe- tenemos que seguir.
-¿A dónde vamos, ahora? preguntó Rosendo, siempre el más indeciso
Comprendí que necesitábamos volver a la música, si no lo que le habíamos ganado al universo iba a esfumarse irremediablemente. La noche era inmensa y nosotros viajábamos a través de ella, pero silenciada la música, estábamos atrapados en un hueco donde el tiempo envejecía y ya no se renovaba, a tal punto que Rosendo, aprovechando otra ocasión que se le presentaba para exhibir su reloj dijo:
-Son las diez. En casa me estarán esperando.
Nos habíamos olvidado: a todos nos esperaban. A mí, alguien no me esperaba más: un rostro cuya imagen iluminó el horizonte de la noche. Entonces, Mingo comenzó a marcar con su tambor el ritmo de “Muchacha de Ipanema”. De emplear igual fervor para estudiar matemáticas, seguramente no la hubiera debido para marzo. Pepe lo siguió con el saxo y en seguida me sumé yo con el trombón y Rosendo, finalmente, con el otro trombón.
Seguimos por la calle solitaria, creadores de un carnaval propio, increíble; soldados de una batalla contra la muerte. Algunas casas estaban a oscuras ya y con nuestra música les encendimos las luces. Las manos que oprimieron las llaves fueron nada más que nuestras intermediarias. También oímos que alguien nos insultaba.
Era como si hubiéramos construido una nave y flotáramos con ella. Rosendo reconciliaba sus padres con el repiquetear de su tambor. Mingo era un apuesto atleta, que hacía hablar a su parche sin tropiezos. Pepe viajaba a la Luna o a Marte o más allá del sistema solar. Yo recuperaba a mi madre, si hasta sentía ese perfume a cítricos que ella usaba, acompañándome. Mucho más que todo eso: estábamos creando, un mundo donde los relojes no existían, donde la vida era un constante descubrir la gracia de todo lo que existe.
Y de pronto sentí que volábamos, literalmente: volábamos a través de la ciudad. Los sueños se habían convertido en realidad. Allí, delante de mí, iba Rosendo con su tambor. Me volví y divisé a Pepe esgrimiendo su sexo y a Mingo, a su lado con el otro tambor. Y tuve miedo, mucho miedo, después del primer instante de entusiasta asombro. Y al sentir miedo, comprobé que inmediatamente perdía altura. Traté de recuperar mi alegría porque de lo contrario caería irremediablemente. No me costó mucho volar era hacerse uno con el cielo, con el espacio de la noche y sentirse hermano de las estrellas. Cada vez alcanzábamos más altura y ahora nos hallábamos a unos cincuenta metros del suelo. La plaza se veía allá abajo como una guirnalda de luces. Habíamos ganado el alto aire, el suave aire, que se abría a todos los rumbos, densidad de los perfumes de la tierra, aliento sutil que desciende de las lejanías estelares.
No obstante, me pregunté con angustia, qué nos ocurriría de continuar nuestro ascenso. No me podía convencer de que realmente estábamos volando. Por eso volví a perder altura. Allá abajo, las luces de la plaza se agrandaron y también los bultos negros de los árboles quietos.
Muy pocas personas circulaban por las calles y aquellas que lo hacían no miraban hacia el cielo. De descubrir a la comparsa voladora se había producido un escandaloso revuelo.
El asombro había detenido la ejecución de “Muchacha de Ipanema”. Entonces todo el grupo inició un descenso que en pocos segundos más nos llevaría de regreso a la tierra. Les grité que reanudáramos la música. Pepe fue el primero, arrancando vacilantes sonidos a su saxo. Luego Rosendo y Mingo golpearon torpemente sus parches y yo traté de entenderme con mi trombòn. Después el ritmo nos condujo al cauce de “Muchacha de Ipanema” y pronto la banda se restituyó a pleno, recuperando el ascenso hacia el cielo.
Eran las diez y media de la noche. En las calles casi no había nadie, sólo alguno que otro ómnibus y jóvenes que iban a los bailes de carnaval. Probablemente alguien habrá oído la insólita música pero no creo que haya alcanzado a distinguirnos entre las sombras.
Seguíamos ascendiendo y yo sentía un poco de vértigo, más por la impresión de volar que por la altura. Por eso retornó el miedo y mis labios se negaron a continuar soplando en el trombón.
¿Dónde iríamos a parar en nuestro ascenso que intuía inacabable, si persistíamos en ejecutar nuestro escaso repertorio? ¿Qué fuerza extraña nos impulsaba o, tal vez, nos succionaba lentamente desde el cielo?.
Nuevamente perdí altura y mis amigos se esfumaron poco a poco en la distancia nocturna. Mi caída, merced al equilibrio entre mi fe y mi angustia, se produjo sin mayores problemas y llegué al suelo sin sufrir daños.
Aterricé en una vereda, junto a un gran portón de una fábrica de acero. Siempre recordaré los dos letreros que todavía están allí: “Prohibido estacionar” y el nombre de los dueños del establecimiento: Levinson y Fernández. Me costó ubicarme, aunque por supuesto conocía el sitio: estaba a unos quinientos metros al oeste de la plaza en que se iniciara nuestra aventura.
Levanté los ojos hacia el cielo. Únicamente la frialdad pulsante de las estrellas, que contrastaba con el aire denso del verano, recibió mi mirada. Ningún indicio de Mingo, Pepe y Rosendo. Me estremecí: era como si la noche los hubiera devorado. Dos horas estuve procurando hallarlos. Agucé los oídos, corrí por las calles en diversas direcciones. Todo en vano. Finalmente, regresé a casa maltrecho, empapado en sudor, con un gusto amargo en la boca. Me aguardaba mi padre, furioso, y no quiso atender mis explicaciones.
Nunca supe nada de la suerte corrida por mis amigos. Los dieron por desaparecidos. El cielo los había devorado para siempre; pero, naturalmente, esa no fue la explicación que se hizo pública.
Cuando recuerdo la felicidad que sentíamos esa noche y nuestra musical ascensión, no puedo menos que pensar que ellos llegaron a una maravillosa región y que allí me esperan. Y no me perdono la cobardía.

PÁGINA 4 – Narrativa

Asuntos con Trini

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe/Argentina)

En casi todos los lugares donde habíamos estado quedaban fragmentos de Trini.
Tan sólo recorrer un parque, cruzar alguna avenida, algún que otro zaguán, el vano de una reja, el banco frente a la estatua de Perseo y Trini volvía con su mirada lenta sobre los objetos y su tos breve remarcando lo suave de su presencia.
Trini, sin más.
Fue así desde el día en que la vi en la sala de espera, con su enfermedad de años y de días, plegando y volviendo a plegar, estrujando un pañuelo y llevándoselo a los ojos, como una costumbre igual a esa otra de apoyar la palma de su mano derecha en la rodilla, sacando fuerzas para respirar hondo.
Trini siempre.
Desde ese diálogo cansado, de extraños que nos interrumpió los apuros y las miradas cuando la enfermera le dijo que entrara, que el Doctor Jijena la atendería.
Entonces se levantó mirándome y entró dejando su abrigo en el respaldo del asiento junto con la tibieza opaca de su cuerpo en reposo, esa continuamente poca, débil, enfriando la silla.
Incluso fue únicamente Trini cuando salió llorando de la sala y yo, sin querer, sin saber verdaderamente porqué quise, la acompañé unas cuadras.
Ese trayecto se caracterizó por un silencio entrecortado. A veces la miraba. Otras hacía todo lo posible para que pensara que no la seguía viendo, dudosamente, como se observa un objeto raro. Entonces ella se detenía en un banco y lloraba. O tosía con el pañuelo a la altura de los labios.
En uno de esos momentos me preguntó el nombre. “Francisco”, le dije mientras en los adoquines de la calle retumbaban pasos.
Después, como si la confianza nos hubiera tomado por sorpresa nos encontramos sentados en una placita hablando de enfermedades y de parientes.
Me dijo que vivía cerca de allí, con su madre y una tía viuda. Habló de su asma como de una casualidad del destino y dijo no tener apuro por llegar.
Eso fue todo lo que me unió a Trini. Esa falta de apuro por llegar a algún lado, ese quedarnos en el mismo lugar como haciéndole honor a la inercia que nos cruzó en la vida. Un reposo compartido que nos guiaba.
Esa tarde llegué por primera vez a su casa. Se despidió con un beso en la mejilla y cerró la puerta. A partir de ese gesto supe que éramos novios, que todo estaba dispuesto para que fuera así. Como quien traza en el borde del mar un mapa que se devoran los vientos.
El noviazgo quedó confirmado un tiempo después, con las salidas y los paseos mudos. Porque todas las tardes que siguieron a esa primera comenzaban y terminaban con unos besos en la mejilla. En el medio se extendía una gigantesca planicie de silencios impetuosos solo interrumpida por la tos de Trini y por largos comentarios referidos al progreso de su mal.
Sin embargo, ahora que recuerdo prolijamente los actos, no puedo decir que no hayamos sido felices.
Por ejemplo ese verano en que fuimos al parque y vimos a un grupo de chicos jugando a la pelota. Ella sonrió y me tomó de la mano. No sé que fue, si la tibieza, si los chicos y sus ruidos, si la carencia de palabras que sellaran ese inesperado contacto nuestro, pero yo también sonreí.
Tal vez fuimos felices al tomar el té en la galería de su casa junto a las olvidables presencias de su madre y de su tía. Sé que nos miraban, hablando despacio, hipnóticamente, sin que yo alcanzara a oírles la compasión que sentían hacia mí por ser el novio de una enferma. Trini, quizás escuchando, quizás sabiendo verdaderamente qué decían, bebía lentos sorbos mientras me relataba su encuentro con el Doctor Jijena.
“Lo conocí cuando me dieron las radiografías de pulmón”; cada palabra estallaba en el ambiente con el fragor de una lágrima.
A esas alturas yo conocía de memoria su enfermedad. Cada parte, cada síntoma, sus avances y recaídas, cada fragmento de su mal vibraba en mi memoria como si estuviera viendo esas láminas de anatomía que consultábamos en la escuela con orgullo de científicos.
Porque era singular: nos encontrábamos y la enfermedad nos unía, como si fuera una desolada anfitriona que nos tenía de invitados todos los días.
Una vez quise abordar otros temas.
Invité a Trini a dar un paseo en lancha y allí le hablé de mi trabajo, de mis dibujos, de lo simple que sería restaurar la estatua de cierto parque. Le dije que sería hermoso tener una casa frente al río y poder criar perros o loros y tener una quinta donde veranear. Mientras hablaba, ella levantaba los ojos y volvía a bajarlos, quizás escuchando lo que yo decía, quizás pensando que lo escuchaba. Me acuerdo que el agua del río me salpicó la cara cuando hablé de los hijos.
Pero fue inútil. Cuando terminé de hablar, de relatar lo que nunca tendríamos, ella suspiró y me pidió volver agregando, con esa forma suave, tan de Trini para que no estorbe, para que no se sepa que ella lo dijo, interrumpiendo la calma, volviéndola identificable, análoga a un pulmón podrido, a un respirar desacompasado: ”el médico me dijo que no me hace bien la humedad de la costa. Volvamos”.
Y ya no tuvimos tiempo de hablar de esas cosas.
La acompañaba a sus consultas médicas que se hacían más frecuentes conforme se aceleraba su enfermedad. De ser mensuales, pasaron a ser semanales.
Todos los martes la enfermedad de Trini nos convocaba a los tres. Era siempre la misma ceremonia. Saludábamos al Doctor Jijena al entrar en el gabinete y nos sentábamos. Mientras yo me servía un caramelo de menta de la cajita sobre el escritorio, ella lo ponía al tanto de las últimas, irrefrenables novedades.
Había detalles precisos y atroces que yo conocía y que por eso no me hacían mella. Eran los ahogos nocturnos, “como una bolsa en al cara, Doctor”, lentas descripciones sintetizadas al final por esa frase.
Y las flemas sanguinolentas escupidas al despertar. El color, la cantidad de sangre, la fluidez, todo diseccionado por Trini, con cierto placer o frivolidad al detenerse en la descripción.
Y mientras ella hablaba y le pedía calmantes para la tos y la angustia, el Doctor Jijena me miraba sin comprender como yo podía involucrarme, siendo tan joven, tan libre, en los asuntos de aquella mujer.
Al concluir, Trini permanecía en silencio y comenzaba a llorar.
Entonces yo le palmeaba el hombro mientras tragaba el ultimo pedazo de menta. Ella buscaba el pañuelo rosa en su cartera y el Doctor Jijena redactaba una receta repetida, reflexionando sobre la posibilidad de una nueva droga, “sólo una prueba, no le aseguro nada”, que fulminara el mal que nos estaba consumiendo. Seguidamente anotaba algo en su recetario y nos despedía, dándonos un aliento que no le creíamos.
Ahora que vuelve todo eso en forma de fragmentos, escenas vividas por mí y no vividas, me acuerdo de la tarde en que la despedí en la puerta de su casa, dándole un último beso en la mejilla.
No sé por qué pero tengo la idea de que Trini supo que allí terminaba ese noviazgo insólito. Por eso después de besarla me acarició el mentón y me miró unos momentos. Su mano, me acuerdo, dejaba en la piel una marca tibia, tan pequeña que ni se sentía.
“Gracias”, me dijo de pronto y cerró la puerta.
Aunque la enfermedad se alejó de mi vida como se alejan las sombras, durante el tiempo en el que se intenta estructurar un olvido, como resabios de andar con Trini, me quedaron los lugares en donde estuvimos, algún paseo en lancha o a pie, el juego de otros.
Lejano y blando, comenzó por ser el lugar común de recordarla.
Después, cuando se aplaca la rutina y todo es memoria sepultada, sobreviene el intento por recuperar el pasado a través de los ritos. Siempre es así: tras los adioses queda la costumbre de recordar un único adiós.
Los martes paso por la clínica a la hora de su consulta y me asomo para ver.
Es curioso no saber qué se busca hasta que se encuentra el objeto esperado.
Entonces aparece ella, Trini en el sofá.
A veces está sola con su frecuencia de pañuelos arrugados entre los dedos, aguardando que la enfermera la anuncie.
Otras, la acompaña un muchacho joven, como de mi edad, que la toma de la mano, para darle fuerza.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Pablo Neruda - 1904/1973 – (Parral/Chile)

A mis obligaciones

Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo sustituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.

No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.

A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.

Tengo rocío para todos.

Agua sexual

Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma
en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro al mundo.

y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

La pregunta

Amor, una pregunta te ha destrozado.
Yo he regresado a ti desde la incertidumbre con espinas.

Te quiero recta como la espada o el camino.
Pero te empeñas en guardar un recodo de sombra que no quiero.

Amor mío, compréndeme, te quiero toda, de ojos a pies, a uñas, por dentro, toda la claridad, la que guardabas.

Soy yo, amor mío, quien golpea tu puerta.
No es el fantasma, no es el que antes se detuvo en tu ventana.
Yo echo la puerta abajo: yo entro en toda tu vida: vengo a vivir en tu alma:tú no puedes conmigo.

Tienes que abrir puerta a puerta, tienes que obedecerme, tienes que abrir los ojos para que busque en ellos, tienes que ver cómo ando con pasos pesados por todos los caminos que, ciegos, me esperaban.

No me temas, soy tuyo, pero no soy el pasajero ni el mendigo, soy tu dueño, el que tú esperabas, y ahora entro en tu vida, para no salir más,
amor, amor, amor, para quedarme.

Poema 1

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

Al pie desde su niño

El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.

Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.

Aquellas suaves uñas
de cuarzo, de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y los pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.

Pero este ciego anduvo
sin tregua, sin parar
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.

Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si lo enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.

La mamadre

La mamadre viene por ahí,
con zuecos de madera. Anoche
sopló el viento del polo, se rompieron
los tejados, se cayeron
los muros y los puentes,
aulló la noche entera con sus pumas,
y ahora, en la mañana
de sol helado, llega
mi mamadre, doña
Trinidad Marverde,
dulce como la tímida frescura
del sol en las regiones tempestuosas,
lamparita
menuda y apagándose,
encendiéndose
para que todos vean el camino.

Oh dulce mamadre
—nunca pude
decir madrastra—,
ahora
mi boca tiembla para definirte,
porque apenas
abrí el entendimiento
vi la bondad vestida de pobre trapo oscuro,
la santidad más útil:
la del agua y la harina,
y eso fuiste: la vida te hizo pan
y allí te consumimos,
invierno largo a invierno desolado
con las goteras dentro
de la casa
y tu humildad ubicua
desgranando
el áspero
cereal de la pobreza
como si hubieras ido
repartiendo
un río de diamantes.

Ay mamá, ¿cómo pude
vivir sin recordarte
cada minuto mío?
No es posible. Yo llevo
tu Marverde en mi sangre,
el apellido
del pan que se reparte,
de aquellas
dulces manos
que cortaron del saco de la harina
los calzoncillos de mi infancia,
de la que cocinó, planchó, lavó,
sembró, calmó la fiebre,
y cuando todo estuvo hecho,
y ya podía
yo sostenerme con los pies seguros,
se fue, cumplida, oscura,
al pequeño ataúd
donde por primera vez estuvo ociosa
bajo la dura lluvia de Temuco.

Pido silencio

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

¿Tres caras máscaras en la escritura de El lago, novela de Paola Kaufmann [1]?

Por Lilí Muñoz (Neuquén/Argentina)

La máscara tiene diferentes ropajes semánticos en la literatura. Entre sus connotaciones suelen aparecer las ideas asociadas a la transgresión, la provocación, la risa, lo fáustico, lo carnavalesco y lo prohibido. En el uso que se atribuye a la Commedia dell’Arte, por otra parte, la máscara asume una acepción más tradicional, la de lo fijo, de los rasgos repetidos, de la generalización y ocultamiento a la vez de características propias del personaje, a través del “tipo”: el vejete burlado, el doctor sabelotodo, el soldado fanfarrón infatuado, el criado “bobo”, el criado “avispado”. La máscara también suele presentarse como reversible y ambivalente, con dos o más caras como la Luna o el dios Jano.
Es en ese sentido de pluralidad de semas, de no inscripción en un mismo campo semántico, que se me ocurren algunos interrogantes acerca de lo mítico, de los géneros que se imbrican y de las relaciones no convencionales entre los personajes, entendiéndolos desde lo esperado institucionalmente, en tanto entradas de sentido como posibilidad de abordar la lectura de la obra.

Lo mítico.

Ya en el inicio del libro Víktor nos dice acerca de “la Bestia”, mientras que otro de los hombres involucrados en la expedición se refiere asimismo a que “son cuentos de fogón”, “de noches de luz mala”. Desde el lenguaje de las primeras páginas de la novela aparece la referencia explícita a lo mítico, a la palabra que evoca otra palabra, otra atmósfera distinta a la que se escribe, la palabra que enmascara a otra.
Utilizo mito y mítico en una acepción amplia. Si bien la delimitación entre leyenda y mito cada vez se va volviendo más imprecisa, aún se suele identificar a la leyenda con un relato más localizado, en un tiempo y espacio determinados.
Mitos y leyendas tienen proyección cosmogónica: se refieren al nacimiento, a la vida y acciones de dioses, semidioses y seres de la naturaleza que dieron origen al mundo y a quienes lo habitan. No sólo es forma, es también la fuerza y energía de una idea. Un mito sirve para vivir. La palabra conserva, pese a su racionalidad, presencia de esa realidad mítica: las cosas y los seres que son nombradas aparecen como actuando o sufriendo, se mueven según una ley propia y a la medida del ambiente o situación en que se encuentran, tienen también un género. Héctor Tizón, escritor jujeño contemporáneo, ha escrito que “… el mito es vivido con inocencia; el mito no es un conjunto de signos oscuros, anfibológicos y esotéricos, sólo les parece oscuro o enigmático a los extraños”.[Tizón Héctor. Tierras de frontera, Alfaguara, Bs.As.2000, p.30]
En esta vertiente mítica, la escritura de El lago plantea asimismo lo estacional y lo cíclico como indicio. El libro comienza con la referencia a una expedición científica que está ya en marcha en el sur argentino antes de que se cumpla el 20 de abril. Por otro lado, Pedro, cuyo nombre también es una máscara, pues es asignado a partir del nombre de una calle encontrado en su camisa ensangrentada, a la vez que es un nombre que se reencuentra y repite en el de La Pedrera, la casa del lago, cuya construcción fue uno de los dos aciertos que Ana atribuye a su padre, es sepultado en el agua pocos días antes del equinoccio de marzo, al iniciarse el otoño en nuestro sur. Hay estaciones míticas y hay una escritura que da cuenta materialmente de ese dar la vuelta la naturaleza sobre sí misma ¿como la letanía del Leviatán que repite Lanz, el viejo, otro de los personajes? (p.108).
Así como Pedro es un nombre-máscara para el hombre que sólo tiene cuerpo, Sashenka es un nombre sin cuerpo, o al menos sin cuerpo escrito para el lector, que Lanz suele decir en presencia de Ana o de Mutti-Ilse, pero que Ilse sabe que no es a ella a quien su hombre llama.(p.69).
Otra impostación, otro juego de máscaras, otro itinerario mítico y caótico, lo representa la secuencia narrativa acerca de la carta que recibió Ana Mullin en el Colegio, la carta en sobre antiguo que venía del Uruguay, dirigida a Ana M...., un apellido que resultaba indescifrable en el momento de la recepción porque la lluvia ¿el azar? había corrido la tinta y en una rápida lectura se podía pensar en Mullin, cuando en realidad se trataba de Ana Migues. (P. 147 y 148).

Géneros que se mixturan:

La novela presenta no sólo el relato como género literario, otros géneros sirven al desarrollo y productividad de la narración. La trama ensayística por ejemplo, imbricada en el monólogo interior del Ingeniero, (...) ¿No creía la gente en la Ciudad de los Césares, en los tesoros escondidos por Foyel, el gran cacique indio (...)? ¿Dónde terminaba la realidad que indicaba la lógica, las teorías evolutivas hasta los límites físicos de lo posible y dónde empezaban los deseos más atávicos del hombre? (p. 24).
Los interrogantes que surgen desde el personaje terminan por confundirse con la voz del narrador, sin marcas que los diferencien. Lo mítico se mezcla y tensiona en agon con lo científico en el pensamiento y la dicción del personaje como a lo largo de la escritura de la novela. La carta de Víktor al Ingeniero, después de la tragedia de Futaleufú, p. 29, carta que a su vez es indicio de una teoría enunciada como científica pero que puede leerse de otra manera, como descabellada o demasiado fabulosa. Y nuevamente, del monólogo interior del Ingeniero devienen reflexiones con enunciados de trama ensayística que, en esta escritura, se orientan hacia la problemática de los pueblos originarios mapuche y tehuelche y su desaparición, p. 30. Otra vez el lector puede sorprenderse y confundir las dos voces, la del personaje y la del narrador, pues ambas se imbrican en reflexiones y aseveraciones sin huellas distintivas de uno y otro.
La reflexión de tipo ensayístico, tan cara a los argentinos según la poeta y académica Ivonne Bordelois, vuelve con interrogantes y citas de autores y protagonistas de sucesos históricos, en las páginas que se refieren a Mary Anning, la juntadora de huesos de animales prehistóricos, y Linneo, el clasificador, p. 91 a 95. De nuevo, sin embargo, llama la atención en la escritura del texto la constancia de la contraposición, esta vez entre personajes y actitudes. Es como si los guiños del pacto de ficción se quisieran poner constantemente y a primera vista en evidencia, y es precisamente el contraste notorio, demasiado evidente como procedimiento de escritura en este texto ficcional, lo que llama la atención como posible enmascaramiento, como si esos contrastes fuesen pistas falsas, obvias, para el lector: ¿agotamiento de la escritura? ¿la escritura no puede pasar más allá? ¿la escritura solo rasga algunas superficies de lo humano? ¿está presente de algún modo lo didáctico en ese trabajar por contrastes?, ¿un narrador proselitista se encubre tras los aditamentos de la novela?
La mixtura de géneros involucraría la metáfora de la máscara: el mundo de la narración se mezcla con la poesía, la trama ensayística, la crónica de vida y la reflexión y datos científicos, entre otros, produciendo el efecto magma, lo elusivo, lo dinámico, en un planteo oblicuo, tangencial, no directo y ni aparentemente armado como tal. La imbricación de los géneros se liga a los otros dos tópicos-interrogantes aquí esbozados, el de las relaciones por el no entre los personajes y el de lo mítico como –arriesgo- una forma de conocimiento no convencional, tal vez caótica y enmascarada, pero que en el mundo escritural de El lago significa búsquedas estéticas y de contenidos que pueden llegar a inquietar al lector en tanto puntas no resueltas.

Las relaciones no convencionales entre los personajes.

Las relaciones de los principales personajes de la novela se definen por el no, por la deformación en espejo: uno habla del otro, pero el otro no escucha o no está; por la negativa a aquello que se espera institucionalmente de esas relaciones en la sociedad:
Las de amantes entre Ana y Nando no son las convencionales entre amantes, dice la voz de Ana “porque nosotros éramos dos conquistadores, no dos amantes; terratenientes delimitando la tierra recién comprada...” “(...) no defendemos lo que poseemos, sino aquello que nos posee (...)” (p.75 y 76).
Las dos “hermanitas” Ana y Klara tampoco lo son. “A ella la habían rescatado en el barco (Ana se refiere a Klara), a mí quién sabe si me habían rescatado...” (p.59). “La abracé: Klara me trae un recuerdo invisible, uno que probablemente no tengo, sino que usurpo, de familia (...)” (p.60).
La relación de amor desde Nando a Klara no es recíproca y no ha tenido consumación física ni la tendrá.
La relación de amor desde Ana a Pedro tampoco tiene consumación y es unilateral, sin idea y vuelta, solo en el sueño Ana consuma su amor por Pedro y en la realidad es con Nando con quien ha concretado el suceso (P.160-161).
Mutti es la mujer de Lanz, pero Lanz nombra otro nombre, Sashenka, en los momentos en que sus ojos se vuelven transparentes.
La relación de Ana con su padre no es la convencional entre hija y padre. Menos aún lo es la de Ana con su madre, a la que no conoció, o la de Víktor, el padre, con la madre de Ana.
Los detalles aquí esbozados como un acercamiento a la lectura de El lago recurren a lo elusivo, lo no lineal, lo especular y sus profundidades no exploradas, como las de ese lago espectral que da nombre a la novela, rasgos que posibilitarían el surgimiento de lo monstruoso, lo diferente, en la escritura como punta de iceberg, en formas oblicuas, sesgadas, ¿como la mirada de Pedro?, “su mirada bajo los párpados (…)” “una mirada torcida” , una mirada distinta, que inquieta, que no cierra, que desde el indicio se asimila a los contenidos que propone la escritura de esta novela.

[1] Paola Kaufmann, Bióloga y Dra. en Neurociencias, nació en Gral. Roca, Río Negro, el 8 de marzo de 1969 y murió en la Ciudad Autónoma de Bs.As, el 23 de setiembre del 2006. Obtuvo el Premio Planeta Argentina de novela, por El Lago, 2005, y el Premio Casa de las Américas, por La hermana, 2003. Antes había obtenido distinciones del Fondo Nacional de las Artes por sus libros de cuentos La noche descalza (1998) y El campo de golf del diablo (2002).

Bibliografía.

Bajtín, Mijail, l992, Los Géneros Discursivos, en Estética de la Creación Verbal, S.XXI Editores, 5ª.edición en español, México.
Gusmán, Luis, s/f., El ensayo de los escritores, en Sitio, 4/5
Kaufmann, Paola, 2005, El lago, Planeta, Bs. As.
Ledri, Marta, 2003, La máscara: el mayor rasgo semiótico del personaje, en La boca descosida, retazos de literatura y arte, año 1, número 3, Gualeguaychú, Entre Ríos.
Muñoz, Lilí, 2004, Mitos y leyendas de la comarca, ¿hijos de un dios menor? Algunas consideraciones sobre la enseñanza de la literatura en la escuela, Edit. Rojo, Bs.As.
Pavis, Patrice, 1990, Diccionario de Teatro. Dramaturgia. Estética. Semiología, Paidós, Bs. As

PÁGINA 7 – Poesía argentina

El beso nos redime

A Gustav Klimt

Quiero ir al encuentro
y con un cántaro de vino
esperarte en la pradera del agua.

Porque sé que en ese viaje alucinado
estaré cerca del cielo

quiero situarme desnuda ante la isla de mi espejo
en ese instante
cuando tus ojos persuadan a mi cuerpo.

Hay una amenaza en el enigma
que aniquila aquella muerte impenetrable

El eco es un canto de erotismo

El beso se transforma en aleluya.

María Cristina Pizarro (Buenos Aires/Argentina)

Casa

Mi casa está llena de silencio.

Al caer de la tarde
escucho allí el recuerdo
de tu voz.

David Lagmanovich (Tucumán/Argentina)

Invierno

Mientras empujan a los niños al exilio
y los locos mueren de hambre
la "cordura" se alimenta de impunidad

Imbéciles retrógados
añoran la Ley del Talión

La sangre no alcanza...

Una cruz solitaria se yergue
inconclusa
contra el cielo gris.

Miguel Ángel de Boer (Comodoro Rivadavia-Chubut/Argentina)

Los perros son otros

pero aparecen/cada tanto,
fragmento de alguna historia.
Extraño, no creí pertenecer a alguna. Los días fueron
sucediendo/
como las nubes.
Todavía no entiendo qué hice con las horas.
¿Hasta cuándo hay inocencia?

No puedo recordar mi infancia.
¿Quién era mi padre

borracho por las noches,
refugiado,
el nazi,
un polaco
un
alemán
el que salvo a la niña del campo minado
quien amaba a mi madre
quien amaba a la madre de mi hermana
quien castigaba a mi hermano

el ateo

el nazi
el que hace que no tenga memoria?

Marta Cwielong (Temperley/Buenos Aires)

Donde se da cuenta de la presencia de los bárbaros.

"Ha caído la noche y no llegan los bárbaros.
Y desde la frontera viene gente diciendo
que ya los bárbaros no existen."
Konstantin Kavafis

La historia golpea a tu puerta, Ilustrísima:
-¿Ya han pasado los bárbaros por aquí?
-Sí. Y se han quedado en el lugar modernizando la usura
en el computer...
En secreto los oradores se disponen en la Plaza.
El senado se congrega en los baños públicos
y las mujeres en las terrazas del Emperador.
Los payasos ocupan el lugar de los poetas.
Los bárbaros están aquí y pusieron todo al revés,
todo al revés.
Homero, Shakespeare, Cervantes, han sido desalojados
del panteón de los ilustres.
La Señora Corrupción sentó sus posaderas en el altar
del templo,
y el Poder burló toda elocuencia.
Guerreros y extraños ya han pasado por aquí.
Difamados están los antiguos dioses.
Y se cubren de miseria los muros de la ciudad.
¿No habrá himnos ni loas para los bárbaros?
¿No habrá un poco de agua para lavar su decadencia?

No. La historia golpea a tu puerta, Ilustrísima.
Y no hay tiempo para corregir nuestros errores...

Manuel Ruano (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

El militar

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

En su camastro, el general sueña. Sueña con un mapa cubierto por un territorio verde. El territorio, con la forma de su país, se menea, carnal. Lo mueven poblaciones y pobladores, quienes se multiplican. Uno de los habitantes se recorta y agranda, de espaldas; lee algo que el militar no alcanza a distinguir.
El general sueña; es la jornada siguiente. Por detrás del hombre de espaldas, espía su lectura; el texto relata y condena los crímenes de un dictador. A los muertos se los llama víctimas y se los califica de mártires inocentes. El dictador es él. El general sueña. Su arma lo escolta en la mesa de luz contigua. Al lado de la pistola refulge un encendedor aderezado con cierta leyenda patriótica. Todas las noches el general dispara contra el hombre que lee, y luego le prende fuego al libro.

PÁGINA 9 – Artículo ensayístico

Literatura y soledad

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

El célebre poeta Paul Valéry, autor de Le cimetière marin, escribirá una serie de reflexiones, aforismos y enunciados durante parte de su vida. Los Cahiers, publicados póstumamente, son los atomizados pensamientos de Valéry inconexos y azarosos como si se tratase de los restos de un naufragio. Uno de estos cuadernos, Los principios de Anarquía, pura y aplicada, constituye un legado intelectual de verdadero análisis. Dice por ejemplo: “Anarquía es el intento de cada cual por rechazar toda sumisión a la imposición de lo inverificable”. También llegó a escribir: “dos grandes peligros amenazan al mundo, el orden y el desorden”.
Hay escritores y pensadores que han quedado en el olvido. Entre los escritores podemos citar a Ramón Sender, Henry Barbusse, Rafael Barrett, Aldous Huxley. De los pensadores recordamos a Dejacque, Coeuderoy, Bakunin, Proudhon, Stirner, Simondon, Comfort… En ellos hay una complejidad y dignidad filosófica que indica coherencia conceptual en un ideal de pensamiento. Esta visión del mundo fue subestimada durante décadas pero continúan iluminando la historia intelectual, donde se pueden convocar a autores que en apariencia le son ajenas. Hay una renovación teórica durante la segunda mitad del siglo XX que se anuda con sus orígenes y nos hace visibles las afinidades secretas que unen a teóricos aparentemente diferentes. Estos autores, entre otros, contribuyen a actualizar, a dar una percepción del mundo. Hay una condición interior y subjetiva en el anarquismo- extraña unidad que se reclama de lo múltiple, según Mille Plateaux - pues lo fundamental es que no tiene ni cátedra, ni papa, ni sacerdotes, ni comité central, ni academia, ni bandera.
El poema siempre es emocionante y la Historia lo desmiente. Parecería que hubiese una patología de la cultura, en éste sentido el determinismo político es inexorable. Parecería que el hombre estuviera condenado a la opresión, al despojo, a la guerra. Después de las creencias y los idilios, de los césares y los tiranos, del populismo y la demagogia, inevitablemente se derrumban las ilusiones, los deseos imaginarios. Crece la imagen de la fatalidad. Se proyecta la depresión, la reticencia, el silencio. Es cuando desde el arte, desde la literatura, en el poema, crece la soledad en forma de carácter inquisitivo, la riesgosa exploración – insurrecta – de la denuncia, del engaño, de la apariencia del mundo. La desesperada y terca búsqueda de lo verdadero y lo bello en una trama de mentiras. De allí la creación: la vida y la muerte, lo bello y el horror. Y en esas páginas donde el poeta descubre la realidad, vana e ilusoria, la inevitable amargura. Pero también lo espontáneo, el delirio de lo utópico, la percepción de una realidad fragmentada.
Parecería que el ser humano tiene la necesidad de engañarse continuamente. Y casi sin advertirlo su individualidad desaparece en la masificación. Thomas Paine afirma que “la sociedad es el resultado de nuestras necesidades; el gobierno el resultado de nuestra corrupción…” Ese hombre no advierte que en la existencia es imposible aferrarse a una sola verdad, a una sola certeza de lo cotidiano y de lo infinito. Hablamos del problema de la identidad pero también de apeirón, noción griega que significa infinito, empleada por Anaximandro para pensar el fondo indefinido e indeterminado a partir del cual nace incesantemente la infinidad de los seres. La noción de apeirón se encuentra muy cercana a la noción de anarquía.
Esta mirada en medio de la hipocresía y la rapacidad, de la corrupción y la ineptitud. Y de la hojarasca retórica. La fugacidad de la vida, la pérdida de la verdad a cambio de ilusiones insostenibles. Intentamos hablar de la verosimilitud de la vida. “La verdadera soledad está en un lugar que vive por sí mismo y que para nosotros no tiene huellas ni voz, y donde por lo tanto el extraño eres tú”, escribe el genial Pirandello.
Las vidas se determinan por el orgullo, el rencor y la codicia. A los hombres lo que los mueve en buena parte son las ideas preconcebidas. Y así vivimos, en una sociedad a la deriva, rodeados de significaciones imaginarias. La estructura del Poder es alienante, atomizante. Por eso la violencia en lo económico, en lo político, en lo social. Y las estructuras partidarias, las modas intelectuales, en un diálogo sin convicciones que vuelve impreciso los bordes, seduce desde la debilidad, la blandura del espíritu, la seducción de lo aterciopelado. Si prescindimos de la dignidad humana, que involucra el de la libertad en su amplio sentido, perdemos contacto con el verdadero sentido de lo universal, que nos remite a la libertad de uno mismo.
Una vez más la voz de Shakespeare, en Macbeth: “La vida es un cuento contado por un loco, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

“El guerrero” en la obra poética de Jorge Arbeleche


Cada nuevo libro que Arbeleche publica, suele ir acompañado por una selección de textos anteriores. Este modo de presentación es significativo. El publicado en 2006 no es una excepción. En él, los libros más recientes abren y cierran el conjunto, lo enmarcan. El primero es “El guerrero” de 2005 y el último “El bosque de las cosas”, de 2006. En el medio, una antología de cada uno desde “Sangre de la luz” de 1968, hasta “El oficiante” de 2004, pero en orden decreciente, de lo más reciente a lo más lejano.
Esta estructuración, quizá de filiación machadiana, ha sido una marca del autor. Los libros anteriores se suman, se actualizan, en diálogo con el más reciente y cobran un nuevo sentido además del propio, el de antecedentes, de surcos sobre los que se asienta el último, el nuevo. El caminante es la suma del camino.
Así los libros se presentan –expresamente- como parte de una obra mayor, se inscriben en una suerte de continuidad de ciertas líneas de pensamiento, que se han ido ahondando, matizando progresivamente.
“Si en todo final está el comienzo”, como empieza el poema “alfa y omega” del libro homónimo de 1996, cada nuevo libro de Arbeleche reúne esta doble condición de permitirnos la sorpresa de lo nuevo a la vez que el reencuentro con la voz conocida del poeta. Característica que se destaca y contrasta con una de las tendencias postmodernas actuales a evadirse de la historicidad y de la introspección profunda. Volver a publicar parte de lo anterior junto con lo nuevo, es un re-conocimiento, una confirmación. Señala y propone un modo de leerse y de verse en el tiempo. Re-cordarse, hacerle frente al olvido, saber que se carga con uno mismo, hacerse cargo.
Forma parte de la cosmovisión del autor. Todo está unido, conectado, en el espacio y en el tiempo; cada nueva capa se sedimenta en la anterior.
Por otro lado, los versos de Arbeleche tienden a un ritmo caudaloso, sostenido. La métrica no es estricta, pero junto a versos libres, abundan endecasílabos y alejandrinos. Aparecen formas clásicas como el soneto, series en prosa poética y otras más irregulares, con presencia de espacios en blanco, versos fraccionados y con distribución graduada, un corte encabalgado de los versos, más frecuente en los libros recientes.

Actitud entusiasta
El Prof. Hebert Benítez, quien participó en la selección de los textos junto con el autor, escribió el prólogo y lo tituló “Eucaristía de los tiempos”, subrayando así el sentimiento de agradecimiento y la religiosidad cristiana que anima esta voz. Uno de los tonos básicos de la obra de Arbeleche, es el entusiasmo, palabra que deriva del griego “Theós”, y significa precisamente estar o sentirse inspirado por los dioses.
La antología pone de manifiesto un estado entusiasta, un espíritu de celebración, central en el último libro, pero existente desde mucho antes, y que fue creciendo a la par que crecían también el dolor, la pérdida. Es propia de esta voz poética una actitud estoica, trabajada, un temple, una fortaleza que encuentra o se impone encontrar lo luminoso, lo positivo, aún cuando se presiente la vejez, cuando quedamos ante “la desdentada faz de la intemperie”. Aún en sus libros más sombríos, en los que la ruptura, o la enfermedad y la muerte ocupan un lugar central, siempre hay agradecimiento, el sentimiento de la vida como un don. Esta poesía celebra con profundidad, porque no es ajena a nada, porque no desconoce sino que implica aún lo más doloroso, lo incomprensible, y la noción misma de imperfección, ya que como dice en su último libro, las cosas sólo “(a)lguna vez –alguna- forman un círculo / el círculo del bosque”.
El poeta es fiel con el deber impuesto en el poema “Tarea” del libro “Las vísperas” de 1974: “Hacer lo hermoso sobre todo lo muerto. / Sobre lo oscuro edificar la luz. / Jugarse al fin el todo por el todo./ Jugar la vida y todo por el hombre”. No es negar ni tapar la realidad adversa, sino encontrar la energía para construir otra sobre aquélla, modificarla a través de una sublimación que no siempre se logrará: los verbos utilizados son hacer, edificar; y apostar a ello, por eso el verbo jugar, jugarse. Tanto en su poesía como en sus trabajos teóricos, advertimos, si se me permite el oxímoron, una tendencia a una idealización realista y consciente, que forma parte de su visión y de su compromiso consigo y con los demás. En el poema “Agüeros” de “alfa y omega” usa un epígrafe del poeta griego Odiseo Elytis que coincide con su postura: “¿Cuál es el deber del poeta? / Poner gotas de luz en la oscuridad”. Es la concepción de la poesía no sólo como expresión solitaria. Se le atribuye también una función, incluso un deber. En el discurso que pronunciara en 1997, al ingresar a La Academia Nacional de Letras, Arbeleche decía: “Esa será entonces la responsabilidad de la poesía y la misión del poeta: develar ese velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y de la vida”.
Así, en el poema “Agua” del mismo libro, describe “un arroyo campesino / sin cascadas ni rápidos ni deltas.” que “(n)o conocerá el mar.” Sin embargo, a él “cada mañana bajan a pacer los unicornios”. Ya no las vacas ni los animales comunes, sino los fabulosos de la mitología; o los comunes, pero en plena vitalidad y creación: “y a la tarde los peces irán a desovar.”
En el poema “Monte vide eu” de “Para hacer una pradera”, evoca la calle Sarandí, y la tarde de agosto en que sus padres se conocieron, y dice “decreto entonces:/y vivieron felices/ destierro/las arrugas el reuma el hospital .../Los fundo y fijo/cuando por esa calle Sarandí/setenta años después una pareja/ adolescente pasee de nuevo/su belleza y vuelvan a ser otra vez / Paris y Helena /partiendo hacia su Troya /desde la bahía de agosto de /Monte vide eu.”. En ese mismo texto formula algunos aspectos de su arte poética: “limitaré con las palabras un perímetro/donde el hedor de la huesa no penetre.” La poesía como lugar donde el poeta se instala e invita a instalarse para desde allí modificar, idealizar, corregir la visión de la realidad, más que la realidad misma, porque como dice en el libro “Para hacer una pradera”: para hacerla, hay que “edificar con los ojos la pradera/ hay que verla/ antes que escape/ hay que aprender/ a oírla”. También en “El bosque de las cosas” dice: “Es una fuente/un surtidor oculto una vertiente un río. /O acaso nada más un caño roto./Aquí/lo nombro fuente /pues necesito soñar el manantial.” Aquí probablemente los ojos no lograron construir el surtidor, pero vino en su auxilio el poder convocante y creador de la palabra. El verbo es antes. Dios dijo e hizo.
En el texto “Vaivén”, en contrapunto intertextual con el soneto “Rebelión” de Juana de Ibarbourou, le escribe a Caronte, el barquero mitológico que trasladaba las almas de la vida a la muerte: “Entre orilla y orilla, de vaivén a vaivén,/ me iré apoyando una vez en la fiesta, / otra vez en el miedo, / una vez en la fiesta. Otra vez / en el eco. Y otra vez en el eco / Y otra vez... / Y después”. En “Los ángeles oscuros” de 1976, “el miedo no es oscuro/ni aparece de noche /estalla de pronto/ mitad del aire”. La fiesta y el miedo, el eco de la fiesta y el miedo parecen haber sido –desde esta mirada anticipadamente retrospectiva- dos polos esenciales, en permanente tensión.
El poema titulado ambiguamente “Partida”, de un libro anterior “El hilo de la lumbre” es testimonio de esa tensión y de aquel vaivén. La partida de la vida y la del juego que “se renueva /en cada madrugada hasta dar/ el jaque mate final el ganador”.
Podríamos seguir ejemplificando con varios textos, pero vamos a referirnos en especial al libro “El guerrero” de 2005, donde asistimos al proceso generativo de esta actitud, que podríamos catalogar como estoicamente celebratoria, intuida por el lector como una obligación vital autoimpuesta.
En consonancia con su título, se destaca una particular disposición de los textos en tres secuencias: 1-El combate, 2- La trinchera, 3- El armisticio, (aparece también una cuarta parte titulada “Palabras a El guerrero”, con reflexiones de poetas amigos.
El libro se inicia con un tono cuestionador, por momentos elegíaco. Ha muerto el amigo (“se te resbaló el alma/y no alcanzaron tus manos para agarrarla”) y se suceden fuertes y complejas imágenes, en las que se agolpan dramáticamente el dolor, el extrañamiento, el vacío, la ausencia. “Una ausencia/ así/ como una zanja como una quebradura como el terreno/ cercano al precipicio que se abriera un poco/ cada vez que el paso o la huella a su borde/ o filo se acercara. Una ausencia como/ un mar de aceite de intemperie oscura.” La ausencia del cuerpo, de la voz, del aire, del paisaje, del sostén vital, se da también en un plano cósmico: “se le quebraron al aire las rodillas”, “enmudeció la crin de los pamperos”.
Es entonces cuando se hace necesario ponerse en guardia, entrar en combate, transformarse verdaderamente en guerrero, hasta que “una rama/ una sola aunque sea una sola/ aprenda a florecer después del huracán/ de viento a brisa y de la brisa al aire.”
Aquí encontramos cierta reminiscencia de la épica, no sólo en la retórica guerrera, sino también en una cadencia suave, del que se va aproximando a la expresión de la idea con cautela, por ensayo y error, rodeándola a través de diversos flancos, al tiempo que la descubre, y devela nuevas dimensiones. Es épica la intensidad del texto, la intensidad de la voz poética, y es épica la decidida fuerza del guerrero que herido, no se rinde y batalla hasta lograr si no el triunfo, por lo menos, un armisticio oblicuo o provisorio. Se combate contra la muerte, contra el olvido, contra la renuncia.
Zanja, biblioteca, estante, escalera, a veces ofrecen protección al guerrero, acaso consuelo, pero sobre todo, ofrecen el lugar o sitio desde donde poder explorar, procesar, tratar de entender ; lugar o sitio desde el que se escribe, desde el que se busca, desde el que se pregunta y acaso se responda. En “Armisticio” la voz poética vuelve a la segunda persona de la primera parte, pero de una manera más personal, directa, coloquial. Se asoma el autor. Se repasan momentos, vivencias, vínculos, estrategias para templar el dolor. La escritura, la poesía, la palabra, “este pentagrama de sonidos y letras” se instauran como formas de salvación.
La grandeza del guerrero se mide por la altura de su enemigo, la densidad de sus armas, la trinchera desde la que se posiciona, y se confirma porque en su duelo, procesa, batalla, escribe, hasta celebrar la vida.
A este libro tan doloroso, le sigue “El bosque de las cosas”, que como adelantáramos, es una celebración de la vida, lo que supone una sublimación titánica, una búsqueda de superación del caso propio.

Temas y motivos recurrentes
En esta poesía que transcurre entre “la guitarra de Gabino /y el arpa del Rey David” (de “Ágape” 1993) se superponen o se amalgaman diferentes tiempos y espacios. Nuestro campo (reconocible con sus charabones, la mulita, el chajá, el coronilla, el tala, el ombú, que también hospeda centauros; y al que se le superpone el creado por otros escritores “los repollos de diamante y azúcar /brotados bajo el ojo de Marosa”.) La ciudad, especialmente Montevideo recreada afectuosamente y elegida para morir”; otras ciudades del mundo, especialmente Florencia, evocada en emotivos poemas asociada a su amiga, la escritora Martha Canfield. La casa ocupa un lugar privilegiado. También se atisba el espacio del más allá: “si en una vuelta de por ahí/ acaso te encontraras con Roberto, mi hermano...” (De “El guerrero”)
Su obra está habitada por figuras familiares, vivos y muertos, por poetas contemporáneos y antiguos, nacionales y extranjeros, por seres de ficción como Alicia, Odiseo, Dulcinea, etc.
El poema “Ágape” del libro homónimo, es una síntesis perfecta de varios de los elementos recién anotados, una visión prismática, (en cuatro o más dimensiones) de la historia de un hombre : es el anticipo de la reunión nocturna que habrá en la casa del poeta, la celebración simbólica entre vivos y muertos, los padres, el hermano, amigos , personajes de las obras de los amigos, vecinos, ángeles de la guarda: “Esta noche vendrán a compartir mi cena/aquellos que poblaron y nutren/los silencios sonoros de esta casa/ verán esta ventana por donde el mundo entra/ por donde dialogamos mañana tras mañana/ con el perfil del aire/ que a este alféizar se allega.” Los muertos queridos entenderán y compartirán la alegría del poeta y comulgarán con él y con sus vivos queridos: “-dialogaremos-/ en la anchura compartida del tiempo.”
El amor y el ejercicio de amar (para citar el título de uno de sus libros) en tensión con la amenaza constante de la muerte a la que muy frecuentemente no se la nombra de manera directa, es el tema central de varios libros, pero está presente prácticamente en todos.
El recuerdo de los muertos, su presencia en ausencia, el amor, el desamor, la fidelidad a los amigos, a la literatura y sus escritores, el sentirse partícipe de la fiesta de la vida en sus diferentes matices, el gusto por lo cotidiano, la conciencia de la muerte acechando a la vez que acicateando, la intuición de Dios; la tendencia al símil extenso, el ir abordando la idea sin prisa y sin contundencias, como queriendo entender y convencerse, el esfuerzo diario, la concepción de la poesía como una tarea transformadora del mundo y del hombre, son algunas de las líneas que atraviesan la obra de Arbeleche.

Sylvia Riestra (Montevideo/Uruguay)

PÁGINA 11 - Desde el olvido: Oreste Abiatte – 1921/1999 – (Zenón Pereyra-Santa Fe/Argentina)

Ya no habrá nuevas lunas

en los fríos de las noches
de los negros caballos.
Ya no habrá otros luceros
en el río
espejando las lágrimas
que callo.
Aterido de ausencias
de tibiezas
sólo habrá la intemperie
donde me hallo
y ayeres agrisados
de tristezas
en las noches
de los negros caballos.
Atrapada
de pájaros en vuelo
como flor que arrancaron
de su tallo,
yo la vi subir de blanco
hasta el cielo
esa noche
de los negros caballos.

I

La tierra
arada
estaba grávida
de pan.

II

Vivir
es la distancia
entre dos
puntos
de partida.

III

Como un islote
ermitaño
inserto
en las verdes
oceanías
entre un silencio
y otro silencio
absurdamente
yo

IV

Y aprendí
que a la entereza
sólo se llega
por el camino
de la herida

V

Si te vas
de mí
me mueres
amor
que mis días
sin ti
son días
sin mí

VI

Dentro
del teatro
unos
personificando
la farsa
y otros
espectadores
de la farsa.

Fuera del teatro
todos
protagonistas
de la farsa.

VII

Preguntas
qué ciega
mis retinas
que no advierten
las babas del lobo,
la espiral
de la serpiente
y la malla sutil
de la araña.

Son mis ojos
tardos,
confieso;
ellos
no han crecido

desde niños.

VIII

…y, entonces,
habrá un día
en que yo no vendré
por mí,
como todas
las mañanas

IX

Después
del árbol y la sierpe
el hombre,
desnudo,
hollando ausencias.

X

De la grupa
del tiempo
se apeó
el viajero
en el andén
de la noche

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

El arte, los premios y los simulacros

Por Óscar Portela (Corrientes/Argentina)

El frenesí, casi el delirio de obtener premios como sea, porque «ser es circular» y sin circulación no hay fama. La fama a toda costa. ¿Adónde lleva la fama? ¿Al poder, al dinero? En el caso de los poetas de lo trivial se pasa a lo infame —y de lo sagrado de una misión—, al terror de la vacuidad de los fines. Los medios se prestan a eso. Están «a la mano». Rudolf Eucken y Winston Churchill fueron premios Nobel: Joyce y Proust, no. En todos los ámbitos la posesión demoníaca está dominada por el vértigo de la velocidad.
Realizar una obra lleva tiempo, más que el tiempo de «una vida», pero «Los Premios» acortan el camino. La hoja en blanco de Mallarmé ya no causa «angustias»: las computadoras se llenan de palabras —las aún vigentes— y los «escritores» surgen por generación espontánea e inauguran nuevos tiempos: los tiempos de «la producción a gran escala del producto literario».
Un ejemplo plausible: los premios literarios instaurados por los multimedios en Argentina: ejemplo el Premio Clarín, que permite saltar de la noche oscura del alma a las marquesinas de los suplementos literarios, la TV y con más suerte a una adaptación cinematográfica, tratándose de una novela: a la humanidad le gusta verse reflejada en el arte se afirma: habría que preguntarse entonces por qué la condena de los grandes creadores de todos los tiempos a la locura, las enfermedades incurables o el suicidio, desde Rembrandt a Van Gogh o Modigliani, hasta los casos extremos de Holderling, Kleist, hasta Artaud, Fijman, Celan o los desamparos de Beethoven anciano suplicando préstamos bancarios para terminar La Décima —la gran ilusión—, hasta Schubert, Schuman y Dvorack y tantísimos otros.

¿De qué arte se habla aquí?

Aclaremos: desde Dostoievky a Kafka, desde Conrad a Celine nadie quiere verse reflejado en estos espejos. ¿A qué narcisos nos referimos entonces?
Y cuando las Editoriales tienen lectores que son gerentes de las multinacionales de la industria del libro, no debemos hablar: ¿qué es Alfaguara sino un dispositivo de marketing para buscar más lectores en Latinoamérica? Hoy nadie recuerda a escritores argentinos como María Granata, Marco Denevi, Eduardo Gudiño Kieffer, preferidos de los suplementos Culturales y las Editoriales Argentinas, cuando éstas lo eran. A partir del boom de Isabel Allende, la Argentina ha entrado a una zona oscura. Y si Andáhazi existe es porque se le otorgó un premio Fundación. Duele decir la verdad, pero lo otro es sólo camelo. Y el arte en verdad no admite simulacros.

Y sin embargo

Sin embargo los escritores de hoy —con fama y prestigio de elite— jamás estuvieron tan lejos del poder y la tierra a pesar de la defensa de los «humanismos», de los «manifiestos» y de las «internacionales» mundanas de escritura testimonial.
¿Adónde se intenta o se quiere llegar? El pasado está ocluido y también sus poderes, sobre quien intenta renovar el tiempo presente. El olvido a que está sometida la fama es terrible en la sociedad mediatizada donde todo objeto de «culto» es sólo un fetiche.
Y sin embargo proliferan los «concursos» y los Premios nadan en una pecera color Hollywood. Desde Dante, la poesía y el pensamiento son por esencia «civiles» y por ello los que escribieron lo hicieron para «hacer vida» —para luchar por y contra sí— en el sentido de desenterrar los tesoros de la memoria ocultos en los misterios del lenguaje.
Hoy se trata de las «marquesinas», del show business, de un tiempo paralizado que cree moverse como un rayo. Ya llegamos, ya llegamos. ¿Adónde? A derrotar a los moros con un jinete muerto en el caballo.

PÁGINA 13 – Poesía americana

La vida...

"La vida tiene burlas,
hermanito,
muy trágicas.
Si hay espacios oscuros
de esta mujer hecha y derecha,
desabrochados,
desmaquillados,
desamparados,
tembladerales de aire enrarecido
y hervores fatigados,
lastimados de tanto sueño inútil,
que solamente vos
alcanzarás a ver...

Esa mirada no se apiada
no tiene una migaja de ternura
para esta mujer hecha y deshecha."

Susy Delgado (San Lorenzo/Paraguay)

Anhelo

Con dulce voz, la hada dijo:
“pide un deseo, sopla las velas
y cierra los ojos para cumplirlo”.

Cerró los ojos, sopló las velas,
pidió el deseo y no había hada,
después de abrirlos.

Aymer Waldir Zuluaga (Medellín/Colombia)

El juego de hoy

Esta desesperación por ser completo
alguien que se note,
alguien que aparezca,
una flama brillante o sustanciosa,
una huella en el cemento,
una estampa del libro de los dioses,
un diamante descrito por la historia,
una fecha permanente;

esta angustia jugosa y perceptible
en las ganas abiertas de mostrarse
y decir: “yo soy ése, ése, ése”,
el que pintó en el cielo los lunares,
el que se inflamó el bolsillo con la idea,
el único patriarca del tesoro,
el colector del público admirado,
el que le ha cortado al tigre la cabeza;

esta oscura fiebre,
la alegría
por ganar la partida a los vecinos,
por llegar antes y primero
a ostentar galardones y laureles
para empaparse de triunfo y de peldaños
el corazón y la sangre.

Esta bestia feroz que nos habita
y se incrusta como una garrapata,
nos amarra de los pies hasta los párpados
y se ríe con traiciones en la boca:
olvidamos quienes son nuestros hermanos,
desoímos los lamentos de la tierra,
y decimos: “he crecido”, “soy enorme”,
aunque estén petrificados nuestros cuerpos.

Este juego de hoy que nos desgaja
y nos deja las manos sin espuma,
nos arroja a perseguir lo inalcanzable
con un péndulo de acero sobre el cuello:
si no llegas, si no tienes;
si no alcanzas, si no puedes,
el castigo tenebroso será sombra
y una letra sin voz por epitafio.

María Caracol Rojas (Playa del Carmen-Quintana Roo/México)

Yo soy la última…

la última curda y la primera
la cuerda de la rama la cabeza aún colgada
la silla del escritor la silla eléctrica del asesino
la silla del papa de oro el trono inmune a todo
yo soy la necesidad de comer y de sentir
de sentirse y hasta de matar el tiempo o al miserable jefe
la necesidad de ser de trascender y de conocer mi dios
la necesidad de ser dios y decir hasta aquí llego esto
yo soy la miseria pero no el político que la procrea
yo soy el niño que pide la moneda para el vino de alguien
yo soy el niño que duerme tranquilo sobre monedas de oro
la necedad también porque no
yo soy ese que a sabiendas igual equivoca el camino
el que ama hasta morir el que ama hasta matar
yo soy el sin-límites conocidos irresponsable irrespetuoso
yo soy la última palabra la primera y ninguna
yo soy mi sombra y ella no quiere ser yo
mi sombra dice que no tiene cuerpo que la engendre
se detesta y siente asco de existir y se niega
yo soy la última verdad o mentira silencio o eco
de un desierto de pecados
…tengo dentro de mí un desierto depósito de todos los pecados
me pesa me dobla me hace de acero y nieve me supera el alma…
soy todos los pecados
la mentira de la manzana y la fusión inventada
la cruz de oro y las panzas de hambre
soy los ojos de mi hija
soy el aire que respira
yo soy el último
el último animal y el primero
soy un gran animal y me rasco solo…

Oscar Marchesín (Montevideo/Uruguay)

Mujer todos los días

Una madre puede hacer
todo lo que hace,
no por ser mamá
sino por ser mujer.

Mamá es una mujer como las otras:
es alegre, tiene canas, se enoja
trata de adelgazar aunque no de a de veras
está enferma
casi no se cuida

mi madre se equivoca
mi mami alguna vez ha sido injusta
lleva sus cuantos errores a la espalda
sus pecadillos por allí escondidos
o deseados

pero mami crió a sus hijos ella sola
y a tres hijos más como a sus propios hijos ella sola
mas era yo tan joven cuando madre quedó sola
que nunca pregunté cómo comimos siempre
y ahora todavía no lo sé
pero tiene que ver con la multiplicación de los pesares.

Ya que es una mujer como las otras
mi madre quiso más de alguna vez
reflorecer su amor
pero los que idolatran el estéril espejo
no entienden
el prodigio
de la transformación del oro en sueños
y si no derrotó en esta batalla
por lo menos a la rabiosa soledad
ya la tiene enjaulada como la bestia horrenda que es
por el claro milagro de los nietos.

Mi mamá nos recibe cuando estamos cansados
y caídos
pero no nos convierte las espinas en flores
porque nos enseñó a quitarlas solos
y no es la más clara imagen de Dios sobre la Tierra
no alcanza requisitos para Santa
ni se parece en algo a la Virgen María

sin embargo

mamá puede reír aunque esté triste
madre puede amar aunque ella no sea retribuida
mami puede ayudar aunque ella
esté también necesitada
madre puede trabajar aunque haya trabajado
hasta la madrugada
mamá puede aguantar aunque ya no aguante más.

por eso

mamá es una mujer como las otras
una mujer, sencillamente un ser humano,
le dan derecho a serlo
sus cuidados su ternura su amor por los demás
su aguante en aguantar que ya me habría muerto
y por tanto que es esa mujer
me asombro
me inclino
me acorazo
y no sé cuánto decir
cómo la quiero.

Waldina Mejía (Tegucigalpa/Honduras)

PÁGINA 14 - Narrativa

Karai Simó

Por Amanda Pedrozo (Asunción / Paraguay)

Por vigésima vez iba a pasar solo el Año Nuevo desde que su mujer lo dejó y para dejarlo tuvo que bajar corriendo el tape po’i que lleva al arroyo de las ánimas en pena antes de que el amor la hiciera volver a los brazos atormentados de su hombre. Karai Simó se quedó mirando las piernas secas de la ingrata y caprichosa Vicenta Encarnación y la cabecita negra de su hijo Juan que se iban de su vida hacia el rancho de la abuela. Para aguantar el golpe y aguantar la vida tuvo que pasarse los meses y después los años que seguían, mirando el florecer colorado de las batatas desde donde podía espiar de costado el viejo camino por donde podía haber venido Vicenta de nuevo a su vida, si no hubiera sido tan burra.
Karai Simó remediaba un poco su desgracia haciendo todas las cosas como las hacía en el tiempo de bonanza en que su mujer todavía estaba en la casa y Juancito era un gozo lleno de hoyuelos que no lo dejaba ni dormir ni estar despierto. Juntó sobre la mesa en el patio todas las frutas que precisaba, aspiró un rato el olor de tierra nueva del cántaro y un rato después iba alzando con el jarro el clericó de vino dulce que sabía casi a Vicenta, casi a la piel quemada y generosa de Vicenta, casi a sus senos resbalosos.
Por vigésima vez Simó se puso su camisa almidonada de aopo’i después de bañarse con el agua fresca del pozo bajo la parralera doblada de racimos jugosos. Colocó sobre su catre una sábana blanca que olía a pachulí, se sentó a esperar no sabía qué, llenándose la boca y el alma del clericó que iba sorbiendo con ayuda del jarro y cuando llegó las once de la noche estaba definitivamente llorando, él solo en la casa, él solo en medio de las bombitas que sonaban lejanas, él solo por vigésimo año.
Cuando comenzó a divisar el bulto que venía llegando por el tape po’i desde el arroyo de las ánimas en pena, apartó apurado lágrimas y resignación y por un momento volvió a creer que era Vicenta Encarnación que venía a pasar con él el Año Nuevo. Era para ese momento que había estado mirando fijamente el florecer colorado de las batatas por tantos años. Era para trenzar con adoración sus cabellos oscuros, para apretar sus senos resbalosos, aspirar su olor a madreselvas y naranjas, tumbarla sobre el catre y quererla como antes, morderla despacito en la mejilla derecha hasta llevarla a la orilla del dolor, ponerle con la boca una dalia morada entre los dedos.
Después se durmió con el cuerpo apaciguado entre los brazos lánguidos de su amada y caprichosa Vicenta. Despertó estironeado por Juan que le decía lo imposible: su madre había muerto de repente esa medianoche.
Cruzó corriendo el arroyo de las ánimas en pena, hasta que estuvo mirando cómo su Vicenta reposaba quieta y sorda y muda para siempre, con una dalia morada entre los dedos y una huella de mordisco en la mejilla derecha.

PÁGINA 15 – Narrativa

Ojos amarillos.

Por José Luis Pagés (Santa Fe/Argentina)

A los ojos del menor de los Vergara se atribuían hechos prodigiosos, quizás porque eran tan amarillos y relucientes como los de un gato. Fue por eso que no me sorprendió que su nombre apareciera a la cabeza de una lista de sospechosos, cuando comenzaban a investigarse los crímenes del abominable fisgón. Para entonces todo el vecindario sabía que el chico dominaba la voluntad de los pájaros, que a su antojo se juntaban las nubes para formar las tormentas, que las bestias más feroces caían sumisas a sus pies y que para él no había secretos cuando con la mirada podía atravesar las más gruesas paredes. Y ni hablar de los vestidos de las inocentes y las faldas de las damas de la parroquia.
Como el menor de los Vergara era con su boca y con sus gestos tan parco y reservado como atrevido con su modo de mirar, se había vuelto odioso y su proximidad siempre era inquietante. Así, no faltaba oportunidad para que algún marido ofendido se lanzara tras él, arma en mano, o sin más lo golpeara, preferentemente en la cabeza. Pero el chico era tan ágil como resistente y, aunque maltrecho y recién resucitado, regresaba a las calles con esos ojos tan turbios y recelosos que hacían temer males mayores. Como que se pudrieran las primicias de todos los frutales, que descarrilara el expreso de las seis o que se cortara la leche de las madres primerizas.
Yo, como la mayoría, me enteré que la muerte se había llevado a Dorita Jurado cuando lo leí en las páginas del diario. Ahí nada se decía del Vergara chico, pero como al descuido el canillita, detrás de sus anteojos de ciego de nacimiento, al tiempo que me entregaba el periódico me había inquietado con una primera sospecha.
Según este Víctor de los lentes oscuros, el infortunio que sobrevino a la noche de bodas de los esposos Beleno –con ese pacto secreto que un día después se los llevó a la tumba-, o el derrumbe de la familia Mayoraz que sucedió a la desaparición de la pequeña Leonor, eran otros asuntos tenebrosos que involucraban al innombrable, el más joven de los Vergara. También me lo había recordado alguna vez con esa voz suya en la que por momentos parecía agitarse un turbio resentimiento.
En todos los relatos que desvelaban al vecindario por aquellos días, siempre aparecían ciertos detalles en común: así se hablaba de las ranuras de una ventana, de las hendijas de una puerta, de una perforación en la persiana, a través de las cuales, como una enfermedad desconocida, se filtraba aquella luminosidad amarilla que desnudaba y corrompía cuanto tocaba.
Un día me sorprendieron estas historias en el bar. En torno a la mesa nadie dudaba siquiera que los ojos del menor de los Vergara se habían paseado como repugnantes babosas por sobre el cuerpo desnudo de Dorita Jurado antes de que ella se partiera el cráneo con el borde de la bañera, o que los Beleno se arrebataran las propias vidas cuando creyeron que era luz de los ojos del Señor la que los descubría gozando pecaminosamente del nuevo paraíso.
Los hombres referían estas historias, exaltados por sus propios desbordes imaginativos y a la hora en que en la semipenumbra del bar flota ese tufo inconfundible de tabaco y alcohol exudado, llegaron al colmo del delirio cuando Víctor se acercó a ellos precedido por aquel bastón que empuñaba con esa mano tan amarillenta como huesuda.
Con el ejemplar del diario, que incluía alguna noticia sobre la búsqueda de Leonorcita Mayoraz por los bajos del Salado, Víctor descargó brutalmente lo que para él era de una certeza indiscutible: aquella mujercita y el repulsivo mirón se habían atraído mutuamente, ella con ese olor salvaje que enloquecía hasta los monaguillos de La Merced y él con sus ojos malvados de basilisco insaciable.
Así, las responsabilidades serían compartidas, pero no había que olvidar que ella era menor, que el abominable había ejercido sobre la niña una fuerza hipnótica tan irresistible que había anulado su voluntad y que finalmente la había rebajado a nivel de un pobre animalito indefenso para sustraerla al cuidado de sus padres.
Los hombres golpearon la mesa cuando Víctor, con tono patético, aseguró que aquel tipo asqueroso la había llevado con él no sólo para abusar de su cuerpo, sino también para robarle el alma con los ojos, así como un vampiro le hubiera chupado la sangre en el cuello. “La vida a cualquiera se le va, pero el alma es otra cosa”, afirmó ante aquella asamblea donde de pronto se hio un silencio insoportable.
Unos días después cuatro uniformados del destacamento de La Bajada se lo llevaron al menor de los Vergara para espanto de su madre y regocijo de todos los vecinos. A la mañana siguiente, cuando Víctor me llevó el diario, no se distrajo en mayores explicaciones. Ahí estaba para él la verdad revelada. “acá está”, fue todo cuanto dijo, mientras señalaba con el índice sucio de nicotina un lugar impreciso en la primera plana.
La crónica hacía mención a su condición de sospechoso y aludía, aunque muy superficialmente, a las monstruosas facultades que lo distinguían, pero sobre todo anticipaba la pronta liberación del detenido porque la justicia no había encontrado una sola prueba en su contra. “Está claro –aseguró Víctor- que este Vergara no es el único corrupto. El secretario del Juzgado atiende con salto de cama y los ruleros puestos”.
Cuando volvimos a verlo ya ni siquiera parpadeaba. Los ojos desorbitados y descompuestos parecían empeñados en ver mucho más allá de la materialidad de los seres y las cosas y ni siquiera pestañeó –dicen- cuando algunos días después una tía de Leonorcita le gritó en el oído cómo habían encontrado lo que quedaba de la niña, en un costado del camino que lleva al cementerio viejo.
Tenía que ser de noche, cuando más refulgían aquellos ojos entre las hojas de los arbustos, por sobre los tapiales ruinosos o detrás de las más seguras de las rejas, que los hombres salieron a buscarlo y para su eterna desgracia lo encontraron pitando un cigarrillo tras otro, con fruición incontrolada, bajo los negros cipreses del parque.
La luz de la mañana lo descubrió boca arriba sobre el húmedo empedrado. Ahí estaba el más chico de los Vergara en la cortada del mercado. Alguien había puesto una moneda de un peso sobre cada uno de los párpados que se negaran a cubrir esas pupilas morbosamente dilatadas; esos ojos suyos que habían insistido en permanecer abiertos, aún tiesos y opacos como los de un pescado en la ganchera.
Yo fui uno entre muchos que se distrajo de su recorrido para ver al ajusticiado, que ahí estaba, en todo su largo, con las ropas destrozadas, descalzo de su pie derecho, con ese aire de muñeco caprichosamente desarticulado, como un espantapájaros alcanzado por la patada de una mula.
Estábamos todos en el lugar, entre silenciosos y cariacontecidos, cuando aún sin haberlo visto presentimos la llegada de Víctor. El golpe del bastón precedía su aparición, por eso sabíamos de él un poco antes, así como ocurre con una cascabel.
Confieso ahora que cuando di por seguro que el ciego se iba a detener junto a nosotros me equivoqué, mucho más todavía cuando lo imaginé interesado en conocer los detalles que escapaban a su sentido.
Con ese agresivo golpetear contra las piedras, emergió de entre la bruma, se abrió camino entre la gente sin torcer el rumbo ni acortar los pasos y de pronto estuvo allí, con su estampa diminuta aunque solemne, todo de negro el abrigo, la bufanda y el sombrero.
Le hizo lugar la rueda de curiosos y él siguió adelante arrastrando levemente los pies, siempre golpeando el empedrado, cuando para asombro de todos la puntera de su bastón dio en un costado del yacente y de allí saltó y rodó, hasta detenerse junto a mis pies, ese punzón con mango de madera negra en el que podía leerse el nombre del menor de los Vergara. “Esa es la chuza que usaba” –dijo alguien a mis espaldas- . con eso perforaba las puertas y las ventanas para meterse en la vida del prójimo”.
Un policía arrebató de mis manos esa pieza, la miró detenidamente y después la entregó a un compañero. Para entonces Víctor ya era una sombra que nuevamente se diluía en la bruma.
Con los primeros gritos que anunciaban la llegada de tdos los Vergara, verdaderos aullidos que erizaban la piel, gemidos de dolor que se mezclaban con destemplados interrogantes y airados juramentos de venganza, me aparté del lugar con la garganta cerrada y, al borde de la asfixia, bajé algunas cuadras en dirección al río, en busca de un sitio apartado, un rincón entre sauces al que suelo acudir cuando me siento abrumado por alguna desgracia. En eso estaba cuando me encontré confundido en medio de un corrillo que se había formado ante las puertas del bar Los Vascos. Estaban casi todos los notabes, que enmudecieron al verme, como obligados a chequear la confiabilidad del recién llegado.
- Cualquiera diría que lo atropelló un camión –dijo el maestro Artigues, sólo cuando con algún esfuerzo logró despegar sus labios sellados por la saliva reseca.
- ¿Pero, está realmente muerto? –preguntó Arias.
- Yo asentí con un involuntario movimiento de cabeza.
- Está y se lo había buscado –sentenció uno de los hermanos Astudillo.
- No sé –dijo Artigues. La justicia no había podido probar nada, así que yo tengo derecho de pensar y decir que ese pobre infeliz no merecía esto.
- Que no merecía ¿qué? –preguntó Arias- Ni siquiera se sabe si está muerto y mucho menos de qué murió.
- Es verdad –aseguró el Pulga. Ni siquiera se sabe. Todavía no salió en el diario.
Un ramalazo de aire fresco me recordó el remanso entre los sauces y tan impensadamente como me había sentado, me puse de pie, saludé en silencio y volví al camino. Me alcanzó antes de llegar a la esquina el maestro Artigues. En silencio caminamos uno junto al otro algunas cuadras en dirección al río y yo empezaba a sentir que alguno de los dos estaba obligado a decir algo, cuando escuché su voz calma y persuasiva:
- ¿Ha visto a Víctor? Yo estaba al lado suyo cuando hizo aparecer el arma con su bastón. Fue un golpe preciso, como si el hombre hubiera sentido la necesidad de reafirmar algo. La culpabilidad del chico Vergara, por ejemplo.
- ¿Pero, cómo podría… ¿ -pregunté, desconcertado.
- Puede que fuera un golpe casual –me concedió-. Que casualmente la puntera se encontrara con el punzón. Pero era la puntera del bastón de Víctor, que desde que pasó lo que pasó con Leonorcita Mayoraz no ha hecho otra cosa que levantar sospechas en cada esquina de la ciudad.
- Es cierto, pudo actuar por resentimiento –arriesgué, aunque ya no tan seguro.
Algunos días después volví a Los Vascos. Estaban todos, discutían apasionadamente. Se vivía un clima de campaña política y Víctor, que envuelto en el humo del cigarrillo parecía ajeno a todo, estaba al alcance de mis ojos. Me detuve en su figura. Lo observé a lo largo de los próximos diez minutos, hasta que de pronto ví cómo giraba la cabeza en dirección a la boca de la alcantarilla próxima –la colilla del pucho entre el índice y el pulgar de la mano derecha- y la brasa salió despedida, trazó una parábola en el aire y desapareció en ese pozo oscuro.
Las voces de los hombres se mezclaban en mis oídos y comprendí que nadie nunca antes, ni ahora, había reparado en aquel hecho. Me puse de pie y caminé hacia Víctor, deteniéndose un instante ante él, que distraídamente acariciaba con las yemas de los dedos la tapa de una revista porno y tal como si sólo hubiera advertido por el ruido de los pasos la proximidad de una persona, me dedicó una sonrisa torcida. Entre los arcos de los anteojos y sus pobladas cejas negras, entreví una luminosidad amarillenta.
Apenas una semana después, la desaparición de otra criatura sacudió al vecindario. Era como si el ajusticiado hubiera vuelto en cuerpo y alma –se decía y Víctor lo voceaba- para tomarse la más terrible de las venganzas.

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

Untitled

Para Romina

El séptimo sello, la séptima partida del amor,
y cuando éramos chico, esas pupilas vacías sin escombros
cabeceando cielos, recobrando nubes, cayéndose en el potro que atardecía la sierra,
porque se nace así, niña triste
cobijada bajo las telas menstruales de los dueños de estancias, se prepara el puchero,
se juega a la soldadera, se escucha
la violación como parte de la limpieza cotidiana, para el
patrón, un espumarajo más largo de su orinal caliente, para ella
la puerta
cerrada
a la comida
al salario
a la familia
solo a veces entreabierta
a la cosecha
con cuentos nocturnales de fantasmas, sin parir del todo el hijo nuevo porque
quedo
colgado
de la pata de su hermana
nacida para ser otra niña
triste
con las piernas abiertas
para hacer más sencillo su pasaje.

nació como una niña triste, navegó por los aires sin ser nada
y su violín se acaba
entre la lava y el hastío, nada la planta venenosa, la tentación de la muerte profunda
que nunca llega para hacer de ella
nunca?
una vieja alegre.

Un barco sin arpas ni piratas. Sin proa y sin mapas, una fusión de té con yerba santa.

Martha Zabaleta (Londres/Inglaterra)

1

Traigo una patria entre mis brazos,
una patria sucia de pólvora y ceniza,
una patria llena de fantasmas.

Traigo una patria entre mis brazos,
no lavéis su sangre con azufre,
si vais a esconder el crimen
dejadme llorar junto a las larvas,
dejadme llorar con ella y sin sus pájaros.
Con ella,
sí.
Con ella hasta la muerte.

Traigo una patria entre mis brazos,
traigo toda su hambre y sus puñales,
su llanto de estepa,
sus cadáveres tatuados.
Traigo a un dios ahorcado
entre los senos de esta tierra desahuciada,
antes de arrebatarme los cadáveres
dejadme llorar.
Dejadme.

Silvia Delgado Fuentes (Sopelana-Vizcaya/Euskal Herría)

Nombre

Me hubiera gustado ser otro.
No aquél a quien se conoce
e incluso a veces se reconoce.

Ser Bosquet o Sabatier.
Alberti o Neruda.
Louis Aragon o Paul Eluard.
O bien
tantos otros que ríen en sus barbas…

Pero yo sólo quiero ser
—disculpen si me ufano—
aquél que todos llaman Couffon.

Claude Couffon (París/Francia)

Sorpresa:

Cada noche infalible
estudio tus detalles
y escuchas incansable
el último te amo.
No lo dejo pendiente.
Previsora.
Es probable que me muera inconsciente.

Entonces cuando este volcán de nervio puro
amenaza estallar a través de mis venas,
subiendo pulsaciones y presión arterial,
me defino despierta.
Firmo al pie de la hora oscura y controlada.
La muerte, sorprendida,
no me encuentra durmiendo.

Marta Roldán (Venecia/Italia)

Canon de rosas, el erupto

La lengua de la patrona me deja un círculo resbaladizo
en el cuello, en el ombligo, en los muslos:
un hierro de marcar potros para la posesión extemporánea,
ella, el ama de la corona y del cerco,
la presumidilla del anillo refulgente de las humedades,
la humillada corola de la disipación
abandonada al deseo del tornillo y la arandela.
La lengua de tulipán a ras de mis pechos
bajel de camuflaje con el escarlata;
la verdadera naturaleza de la violeta, pura.
La flor de la vida,
agua ardiente tan lejos del campo a través,
empapada rosa negra para una segunda oportunidad,
para la otra cara del creciente obscuro,
para el envés, la sesgadura y la sorpresa.
De nuevo un acto de luz y excesivo.
Tus labios me atraviesan la carne salada de los hombros
como un dolor de vientre,
suben a la cumbre presurosa de mi tozuelo.
Me horadas con todos los clavos,
los pétalos ardientes del aliento que me profana
la llave de los sentidos,
la varilla de un parasol de papel de duraznos
en la boca que me anuncia el descubrimiento,
a la manera del grito,
la chispa del ápice que se sale del círculo,
el incendio en las nalgas.

Canon de roses, l’erupte

La llengua de la patrona em deixa un cercle lliscadís
al coll, al melic, a les cuixes:
un ferro de marcar poltres per a la possessió extemporània,
ella, l’ama de la corona i del cèrcol,
la mestressa de l’anell refulgent de les humitats,
la humiliada corol•la de la dissipació
abandonada al desig del vis i la virolla.
La llengua de tulipa arran dels meus pits
vaixell de camuflatge amb l’escarlata;
la vertadera natura de la violeta, pura.
La flor de la vida,
aigua ardent tan lluny del camp a través,
amerada rosa negra per a una segona oportunitat,
per a l’altra cara del creixent fosc,
per al revers, l’esbiaxament i la sorpresa.
Un acte de llum i excessiu de bell nou.
Els teus llavis em travessen la carn salada dels muscles
com un dolor de ventre,
pugen al cimall freturós del meu bescoll.
Em forades amb tots els claus,
els pètals cremants de l’alé que em profana
la clau dels sentits,
la vareta d’un para-sol de paper de préssecs
en la boca que m’anuncia el descobriment,
a la manera del crit,
la guspira de l’àpex que se surt del cercle,
l’incendi a les natges.

Pere Bessó González (Mislata-Valencia/España)

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Por una ecología de la condición humana
¿Dónde está la poesía?

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

Alberto Luis Ponzo me invitó a opinar sobre la “Situación de la poesía en el mundo actual”. Más allá de las bellas intenciones pensé, de inmediato, que proponernos reflejar un panorama tan vasto puede llegar a hacernos parecer, al mismo tiempo, irrisorios y utópicos. Desde un punto de vista apenas estadístico, resulta absolutamente imposible. En cuanto a una presumible conceptualización, si queremos que no se convierta en un mero divagar, tendríamos que precisar el significado de algunos términos. Por ejemplo: ¿de qué estamos hablando cuando decimos “poesía”?, ¿a qué se puede aplicar, hoy, con cierta exactitud, el concepto “mundo actual”?
Para no caer --por lo menos en forma desprevenida-- dentro de esas redes casi inexorables, aclaro que intentaré referirme a lo que podríamos definir como poesía escrita, tal como ella se ha venido desarrollando a lo largo de varias centurias en la llamada cultura occidental. Y que el marco dentro del cual pretendo imaginármelo no ha de ser otro sino el contraste, por eludido no menos evidente, entre un sector del planeta ultradesarrollado tecnológicamente, dueño del poder (que hoy incluye la información y la inventiva), y otro espacio mucho más amplio donde conviven --es un decir-- vastos sectores directamente por debajo de los niveles elementales de subsistencia, junto con distintos grados de semi, sub o cuasi desarrollo.
Desde un punto de vista cultural (si es que eso tiene todavía algún sentido), lo que aparenta haberse impuesto sobre el planeta, desde aquel denominado Primer Mundo, no es sólo la sociedad de consumo sino, por vía de los omnipotentes y seductores medios masivos de comunicación, una civilización del espectáculo, una seudocultura light, donde hasta el dolor más íntimo o la tragedia más flagrante terminan por volverse show. En ese contexto, que no es sólo el de la nueva religión del shopping sino también el del auge atronadoramente ensordecedor de los hits del audio y del video, me temo que sin habernos dado cuenta se ha ido produciendo ante nuestros ojos, en las últimas décadas, primero lentamente y luego en forma cada vez más acelerada, una verdadera y profunda mutación cultural: la desaparición del lenguaje como centro de la civilización. Y esa visceral conmoción no se manifiesta tan sólo en los estratos más elevados, donde anida el poder, que ya no es sólo político-económico sino directamente tecno-idolátrico, y donde la publicidad ha sustituido al orador, el videoclip al creador de imágenes, el marketing a la aventura incluso comercial, la ingeniería genética al milagro espontáneo de la vida. Sino que ha alcanzado --aquella grave mutación cultural regresiva de que hablábamos-- a las fuentes del lenguaje humano que, por serlo, es la fuente misma de la hominidad. Y me estoy refiriendo a la devaluación más deletérea: la del lenguaje, que es el umbral mismo de la condición humana.
Hoy, incluso en las grandes ciudades del mundo hiperdesarrollado, cada vez son menos los vocablos con que se maneja una persona. Y, por otro lado, quizás como causa o consecuencia, ya no es por lo general el pueblo, una comunidad con su uso cotidiano la que renueva y da vida (como debería ser, como fue siempre), a un idioma, a una lengua.
Si tal fuera la situación, como creo que lo es, la crisis actual de la poesía --que no es sólo de consumo o difusión sino de esencia y de forma--, no podría entenderse con claridad y hondura sino en función de esta violencia prácticamente universal sobre el lenguaje humano. Nunca, ni aún en los momentos más exquisitos y más alquitarados, pudo haber una gran poesía que no tuviera siempre su raíz, así fuera secretamente, por oscuros meandros y aún sin huellas patentes a la vista, en su contacto con una lengua viva. Es decir con un idioma orgánicamente hablado por un pueblo, orgánicamente empleado para su vida cotidiana por una comunidad. La crisis cada vez más agudizada que hoy va asediando a la poesía en sus aspectos estéticos y socioculturales, no es (a mi modesto entender) por supuesto apenas el problema de un género literario o de un tipo de artista en particular. Eso ya ha ocurrido otras veces, y ha habido momentos de esplendor y otros de repliegue, ha habido especies desaparecidas y también rejuvenecimientos y hasta renacimientos. Pero nunca se había afectado de raíz, en sus mismos orígenes, al lenguaje humano como se lo está afectando en estos tiempos.
Por eso, no es la primera vez que me pregunto: ¿no habrá llegado el momento de plantearse también una ecología del espíritu, de la condición humana? ¿No será precisamente a consecuencia de los mismos defectos de esta civilización llamada occidental, en la práctica apenas tecnocrática y consumista, que estamos enfocando los daños ecológicos que ella produce solamente en sus aspectos geográficos, económicos, materiales, y no estamos tomando en consideración cuánto le cuesta, qué precio ha tenido todo este maravilloso y a la vez devastador proceso, donde el conflicto no es por supuesto con la mera inventiva científico-técnica sino con su manipulación, en relación con el espíritu del hombre? ¿Qué poesía puede haber, entonces, si se secan las fuentes del lenguaje vivo?

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01/08/2007 07:22 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 1 comentario.

Año I - Nº 7

20070701041232-tres-ninos-cubiertos-con-sabanas-sebastian-salgado-brasil.jpgGACETA LITERARIA Nº 7 – JULIO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la trayectoria del fotógrafo Sebastiao Salgado (Aimorés-Minas Gerais/Brasil)
Obra
: Tres niños cubiertos con sábanas. Zaire, 1994

PÁGINA EDITORIAL

La riqueza interior.

Por Norma Segades - Manias

Existen personas excepcionalmente privilegiadas, que llegan a la vida signadas por la providencia. Y por ello deben dar gracias. Yo soy una de ellas.
Nací en la Maternidad de un Hospital Público, de madre soltera, en el seno de una familia pobre. En mi adolescencia alquilábamos una vivienda con techo de paja, con paredes de adobe, madera y lata, con goteras y patio de tierra. Nos vestíamos con ropas heredadas y asistíamos becadas a colegios privados.
A cambio de todo eso, me fue concedido el privilegio de la lectura.
En aquellos tiempos de mi infancia, no se obsequiaban libros en las canchas de fútbol, había que ganarlos compitiendo en certámenes intra y extra-escolares de lectura, ortografía o redacción. Así aprendíamos acerca del auténtico valor del idioma y de esos volúmenes escritos por grandes maestros de la literatura universal que ya comenzaban a integrar nuestro propio legado cultural, nuestra textoteca personal.
Un título repetido en esas incipientes bibliotecas era Corazón, de Edmundo D´Amicis. Indudablemente seleccionado por los organizadores con la finalidad de fortalecer el desarrollo de virtudes morales similares a las que, por aquel entonces, transmitía la familia. Y los libros amarillos con tapa dura de la clásica colección Robin Hood acercándonos a Mark Twain, Harold Foster, Louise May Alcote, Fenimore Cooper, Julio Verne, Ridder Haggard, Jack London, Lucio Mansilla, Charles Dickens, Lewis Carroll, Stevenson y Salgari
Martina, mi bisabuela, solía sentarse en los atardeceres bajo la protección lilazul de las glicinas y, mientras dejaba secar su larga cabellera entrecana, me pedía que le leyera las páginas del diario, algunos poemas o antiguas cartas familiares que atesoraba en una ajada caja de zapatos. Así me fue revelado, sin lema publicitario alguno, que la prohibición del alfabeto tiene un significado altamente esclavizante y que, a través de la lectura comenzamos a conquistar la libertad más genuina, la libertad del pensamiento.
Ninguno de mis padres o maestros se detuvo a hacerme objeto de interminables e insistentes retóricas destacando los beneficios que aporta la lectura a la ilustración esclarecida de los pueblos. Alcanzaba con mirar a mi madre en la cocina leyendo a los Dumas, las hermanas Bronté, Flaubert, Conan Doyle, Poe, Víctor Hugo, Oscar Wilde o Julio Verne antes de comenzar su jornada de rutinas cotidianas. Bastaba con observar a mi padre compartiendo con nosotras poemas de Pedro B. Palacios, Belisario Roldán, Federico García Lorca, Homero, José Hernández, mientras aguardaba a que la cena estuviera servida. Así entendí que la lectura no solamente instruye sino que ayuda a crear hábitos de reflexión, favorece el siempre necesario esparcimiento y contribuye a la felicidad.
Así, con la lectura como único salvoconducto, burlamos estadísticas que reservaban el conocimiento para determinadas jerarquías sociales. Así cruzamos páginas memorables, frecuentamos las costumbres, el pensamiento, la historia y la geografía de regiones que quizá ya nunca visitaremos, pero cuyo recuerdo se mantiene tan real dentro del alma que, en ocasiones, hasta dudamos del verdadero alcance de nuestra memoria.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Insomnio.

En la noche sin sueño
la tensión del poema crece.
Sólo la palabra sin tregua
puede cubrir piadosa
ese silencio que orilla
lo absoluto.

Margarita Oliva (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Que sea la última vez

Que sea la última vez
que ocultas adrede la noche
en el cajón de la mesa de luz.
Que demoras en venir
más de la cuenta hasta mi sed
y recurras a pretextos vanos
como que dormiste sin sueños.
No quieras justificarte
ante mi espíritu con delicias
que lo distraen de luna llena.
Que sea la última vez
que desperdicias las horas
del día con tanta ignorancia
por hallar asilo en mi edad,
puesto que mis años
no te devolverán el tiempo
de las ausencias rotas.
No quieras fingir una muerte
ni pretendas juzgar al destino.
Nadie, ninguno desconfía
con tanta pasión de la nada
como mi fe en este momento.

Raúl A. Viale (Santa Fe/Argentina)

Aleteo marino.

El sol se ahoga en el perfil del mar
Ya no hay reflejos rojos,
amarillos, dorados…
Las gaviotas rompen el viento
y navegan el tiempo del silencio
en el aleteo del ocaso.

Juan Carlos Gruski (Avellaneda-Santa Fe/Argentina)

Automóviles

Guardo la fotografía
en que mi abuela
conduce un Buick sedan
y lleva a su madre en el asiento trasero.
A menudo pienso
que quise hacer lo mismo:
conducir un automóvil
y llevar a mi madre a donde ella quisiera,
quizás hacia la escena lejana en que la abuela
condujo el viejo Buick.
Mi madre
nunca tuvo automóvil ni manejó ninguno,
mi abuela fue algo serio:
condujo como en sueños,
lo que no existió nunca.

Celia Fontán (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El rebaño

¿Quién cuidará el rebaño?
¿Quién –azadas, cubos, hachas, ladrillos,
verdades de metal, sudor y oficio-
traerá la ley, la nueva ley que nace del descanso?
Desde que son los bueyes
con sus mugidos espesos, su corazón de trébol;
desde que la vida es inapelable
en sus madres; desde que agosto
trae sus vientos, sus vientos de sonido;
desde que el tiempo es este olor a resina
esta sed
este cansancio que no encuentra párpados;
desde que la voluntad
vuela en el aire circular de los azadones;
desde que los obstinados vecinos
(porque este nogal da más nueces,
porque su tierra no tiene más sangre)
mueven la lengua de discordia
bajo el viejo cielo;
desde que las muertes inocentes crecen sobre linares
absolutos, y ya nada más es exactamente recto
ni duro el cemento
ni blancura de antes la cal,
la pregunta
melancólicamente la pregunta
gira. La pregunta gira:
¿Quién cuidará el rebaño?

Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Luna, espejo del tiempo (Sentencia persa)

Por María Guadalupe Allassia (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Sobre los álamos blancos / de la dormida ribera, /una luna rosa y triste / va subiendo entre la niebla. - Juan Ramón Jiménez -

El Árbol de la Caoba, por las noches, respira aire de luna, con lo cual, conoce el secreto de antiguas piedras galácticas, y las leyendas que flotan ingrávidas, entre las constelaciones, como redes de luz que encienden el pensamiento.
Entre sus ramas laten pulsos cósmicos y almanaques que cuentan las miles de lunas que ha visto. Y ha besado.
Los hombres creen en sus historias, porque siendo un árbol sagrado, cura ensueños y males de sombras y penas. De su boca se oyó el relato que cuenta, cómo la Luna bajó a la Tierra, por culpa de los Espíritus de Sortilegio de la Noche. De ellos se decía que extraviaban los viajeros y desataban el miedo, el cual hablaba con la voz de los lobos.
La Luna, viendo cómo sucedían tales cosas a los hombres, quiso intervenir.
Se envolvió en una capa oscura que la tornaba invisible y descendió hasta las tierras húmedas, donde los senderos se cruzaban para la confusión y la pesadilla.
Ay, luna translúcida, luna de nada, luna que guardas la liebre de jade y el hombre con espinas. Ay. Olorosa a anís silvestre. Ay.
Un camino de aliento frío se deslizó a sus pies. Sus delicados pies que se enredaron en raíces espinosas que laceran. Cayó entonces en el agua profunda. Ay, luna oscurita, qué temblor grande el del río.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan. Tan. Entre estremecimientos de escarabajos y lombrices que medían el tiempo debajo de la tierra. Tan. Vibraron los pececitos que le bebían los pies.
Ay, Luna de cabellos celestes y llovidos. Cómo hundiste tu cuerpo en el agua oscura, mientras los Sortilegios de la Noche te sumergían más y más y te ahogaban en el silencio redondo de antiguos llantos.
Ay, Luna de oro que iluminaste tanto siglos, perdida entre luciérnagas dormidas.
Los Espíritus de Sortilegio obraron con libertad durante todo el tiempo de noche - noche que la Luna no brilló en el cielo... Crecieron los males, los hechizos, y las palabras que invocan la oscuridad avanzaron hasta la vivienda de los hombres.
¿Cuántas lunas calladas pasaron?
¿Cuántas lunas muertas pasaron?
El Tiempo, piedra misteriosa, cayó sobre la Tierra, sin medir las sombras, lo que se convirtió para todos en tiempo peligroso y de enigmáticos designios.
Los espejos sellaron la entrada de las cosas y dejaron salir el rumor de batallas.

El búho de ojos amarillos avisó a los pescadores, que acudieron rápidamente a liberar a la Luna ahogada en oscuridad.
¿Pero, cómo romper el encantamiento de los devoradores de luz?
Los hombres del río sabían de ríos y de estrellas, porque siempre obedecían la palabra de los astros. También sabían de lunas aguadas que anunciaban lluvias, o de lunas rojas que anunciaban calor. Conocían de peces alunados y de lunarios poéticos acumulados en la orilla.
Por eso, alguien dibujó un barco en la arena, un barco pequeño, de velas suaves y ondeantes.
Otro hombre pronunció la palabra adecuada que rompió el encantamiento.
¿Palabra de lágrima?
¿Palabra de estrella?
¿Palabra de boca enamorada?
¿Palabra soplo de poesía?
Los peces, cientos de ellos, levantaron a la Luna y la subieron al barco. Barquito de ensueño que se movió y buscó el espacio azul.
Ay, Luna rota que en añicos de luz cayó sobre el lomo de los peces y el agua asustada.
Ay, lágrimas de plata que los siglos no borraron.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan, los sueños que la elevaron con suavidad.
La Luna flotó en el cielo, en su barca, libre como el pensamiento de los hombres que buscan peces en el agua.
Así volvió a la serena dulzura de su casa y a los ocultos ecos del espacio. Así brilló otra vez. Ritual. Inmensa. Naturalmente, como quien no sabe hacer otra cosa.
Expulsó después los Sortilegios de la Noche que huyeron ante la luz, fuego blanco, sin uso, como en los orígenes.
Nadie recuerda la palabra pronunciada contra el hechizo. Pero es conveniente, que por generaciones, alguien la imagine, la repita, la triture, la mastique, la lave, la pula, la respire, la exalte, la ilumine y la pronuncie en las noches.
Por qué si no, ¿qué haremos vos y yo, lunautas eternos, sin el espejo del tiempo, sin la medida de la eternidad?
“¿De qué metal está hecho/ ese broche, ese temblor, /para prenderse en qué pecho/ como un alfiler de amor?” (Nicolás Guillén).

PÁGINA 4 – Narrativa

En la bruma.

Por Osvaldo Barbieri (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Desde hace un año, León es recolector. Antes, cuando changueaba por encargo, solía decirle a su mujer que Dios, seguramente, le reservaba algo distinto, definitivo. Vivía casi en indigencia, pero el nervio tenso de la incertidumbre era embotado por su fe. Tal vez alguien había observado en él esa plástica mesura de movimiento, un escaso pestañeo emotivo, o su rigor para cumplir la tarea. Pues, sin que León se ofreciera, una noche, impensadamente, llegó a su vivienda un desconocido con la propuesta de empleo. Y fue imaginar que Dios había obrado su milagro.
El camión compactador regula el ritmo de León, que lo sigue con un trote de perro sulkynero, jadeando la dicha de quien se sabe guiado y protegido. De tanto en tanto, le agrada volverse para contemplar el aspecto de la calle, impecable bajo espigadas farolas de luces amarillas. En alguna ocasión es solidario con el compañero de la izquierda, cuando deja sin recoger un bulto velado por la bruma. Entonces manda detener el camión, comunicándose con un transmisor que desengancha del cinto. Esto le ufana. En cada intervención se redescubre perteneciendo al poderoso mecanismo. Aún atesora aquella emoción, cuando le entregaron el uniforme color mostaza. Fue como recibir título de persona. Hasta ese momento lo vestían colgajos de compasiones y desprecios. Paulatinamente comenzó a notar el cambio que se operaba en Gloria: su guiso favorito, el vino en la mesa, la ropa planchada, el amor a su gusto. Y en el pequeño hijo. Había dejado de protestar, y los “sí, pa” eran monedas de pago a sus demandas.
¡Cómo había cambiado su vida! En cada resuello surge el rostro de la familia, en trance de respeto y admiración, renovando energías para el esfuerzo. No creo ser un mero colaborador en la eliminación de bultos, sino que se pondera como signado por el destino; una especie de ungido con el óleo sagrado.
Las noches son noches invernales desde que hubo comprometido, tranco a tranco, su aliento; desde la primera bolsa de plástico donde metió su pasado, arrojándolo a las fauces de acero. Ahora transpira serenidad de camposanto. Se ve pulcro como el pavimento y los edificios de piel nicotinada. Sin automóviles junto al cordón y sin gente que transita, lo pulsa la sensación del amo cuando recorre su comarca. Pero siempre hay televisores encendidos, música, voces, risas, programas de entretenimiento que filtran las persianas; espuma volátil acrecentando la niebla. Entonces vuelve a la conciencia responsable, y torna a ser brazo del animal rebufante y chirrioso, que engulle los restos.
Los pulmones de León transmutan el aire húmedo en vaho tibio, en bruma encubridora. Así corre, aspirando el relente, respirando lo respirado, sabiendo lo sabido, con la figura de Gloria y de su hijo en las pupilas gratificadas, estampa de un presente secular como su ritmo.
Con el de la izquierda rivalizan en orgullo y eficiencia. Sin odios. Cada uno recoge lo suyo. Al cabo, los motivan similares ilusiones.
Es noche tranquila, de poca faena. Alza el último bulto. Casi no pesan. Se trata tan sólo de sueños masacrados.
En el final de la calle, un visaje al recorrido. Bajo los arbolitos alineados y desnudos, todo limpio. Sobre el horizonte hay una luna enrarecida por nubecillas. Luna nueva, sanguinolenta. No es nueva –piensa-, es siempre la misma.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Amado Nervo – 1870/1919 – (Tepic-Nayarit/México)

Me besaba mucho

Me besaba mucho, como si temiera
irse muy temprano... Su cariño era
inquieto, nervioso. Yo no comprendía
tan febril premura. Mi intención grosera
nunca vio muy lejos
¡Ella presentía!
Ella presentía que era corto el plazo,
que la vela herida por el latigazo
del viento, aguardaba ya..., y en su ansiedad
quería dejarme su alma en cada abrazo,
poner en sus besos una eternidad.

Si una espina me hiere...

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
...pero no la aborrezco!
Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:

si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,
se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

Cobardía

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...!
Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!
Quedé como en éxtasis...
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
...Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

El primer beso

Yo ya me despedía.... y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí... Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

En paz

Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Que trata sobre la dificultad de leer


Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

En la desnudez del recién nacido - aun no arropado por leyes, arneses sociológicos y culturales, constituciones, edictos, religiones y otros dogmas – se construye y se vuelve a construir perpetuamente la imagen del Estado. Antes de gatear es sometido a atavíos, vestiduras y prendas para ser excluido de la desnudez libertaria. Un significado social lo cubre en un mundo fraccionado, en una organización prolijamente loteada, en una sociedad indiferente, sumergida. En este mundo de categorías y sutiles diferencias llega a ser un ciudadano con derechos. La expropiación ya fue realizada desde el poder, será uno más que hablará de civilización, que se adaptará a la búsqueda de la felicidad, a la solidaridad en el mercado de consumo. En el Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito por Étienne de La Boétie, (1530-1563) éste se preocupa por aquellos que obedecen y aquellos que imparten órdenes, y también de aquellos que se resisten a ellas. Estaba interesado en dilucidar por qué obedece la gente. Se preguntaba: “Si un tirano es un solo hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?”. Nos acerca a lo dicho de la misma manera que en 1976 Michel Foucault expone que “…la función del poder no es esencialmente prohibir, sino producir, producir placer, en ese momento se puede comprender, al mismo tiempo, cómo se puede obedecer al poder y encontrar en el hecho de la obediencia placer, que no es masoquista necesariamente”. Estas son, en parte, las redes del poder.
María Elena Walsh escribió en uno de sus poemas: “el que dice que todo tiempo pasado fue mejor; / nunca fue mujer / ni trabajador”. En Antígona dice Sófocles: “Mas yo no hubiera hecho lo prohibido / Por ningún esposo y por ningún hijo, / ¿Para qué? Podría haber tenido otro esposos / Y con él otros hijos, de haber perdido alguno; / Pero, perdidos padre y madre, ¿dónde encontraría yo / Otro hermano?” La perdida de los padres es irrevocable. Y también nos dice Antígona para siempre: “y nadie puede predecir que será de lo que es”. En 1944, en medio de la guerra, Ludwig Wittgenstein pudo señalar: “Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre. O mejor, ningún tormento puede ser mayor que el que puede sufrir un solo ser humano. Todo un planeta no puede sufrir un tormento mayor que una sola alma”. Medio siglo después leemos y escuchamos: “pensamos que valió la pena pagar este precio”. Esto se escribió después de haber bombardeado miles de seres indefensos en Irak, Palestina y otros lugares del mundo. Sin piedad, sin anestesia, sin pudor.
La idea libertaria es, entre otras cosas, luchar por el conocimiento como elemento emancipador. Y compartir ese saber. Esto significa una construcción cotidiana, un acto si se quiere para cuestionar la disciplina ortodoxa, para liberar nuestra imaginación, nuestro poder creador. De otra manera: una forma de existencia contra la dominación desde lo vital, desde lo heterogéneo. John Berger, uno de los escritores anglosajones contemporáneos más originales, señalo: “El misterio no está en las palabras sino en la página escrita”. Y también: “La perversidad imperdonable de nuestro fin de siglo radica en su inocencia”.
Caro lector, seguramente usted ya se enteró que expulsaron del sistema solar – científicos del cielo y del más allá – a Plutón. La noticia me dejó perplejo. Hace unos días leí un graffiti en una de las calles porteñas: “Queremos que vuelva Plutón”. Otrosí digo. El capo mafia siciliano, Bernardo Provenzano, detenido en Corleone hace unos años, ordenaba sus crímenes utilizando, de modo cifrado, versículos de su Biblia personal.
Se trata de abordar la conciencia, liberarse de las convenciones, de la historia, de la retórica. El poema ya no es mediación sino acción, no hay una búsqueda sino un punto de llegada. El equivalente al silencio, a la voz, al deseo. La complejidad de todo parece vibrar en ese clima, en ese mundo. La obra de arte nos hace romper con el hábito, nos educa en el coraje de no cerrar los ojos. El poema es la única promesa que se cumple.
Harold Rosenberg, pensando en Jackson Pollock, en su pintura metafísica y violenta, elogiando su obra, escribió: “El pintor moderno comienza con la nada. Es lo único que copia. El resto es pura invención”.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

boby dogy

abrí la puerta y encontré un animal
lamía sobras del amor
subí a la compasión y traje leche tibia
busqué una tienda en medio de la noche
compré alimento para perros
una correa hermosa
salimos a pasear y volví con el cuello lastimado
busqué algo abierto en medio de lo mismo
conseguí una curita y aspirinas
él seguía con hambre de ese plato
le ofrecí restos de otra carne
hubo mordida astillas y sutura
busqué pañuelos en medio del cansancio
busqué en el beso y en las habitaciones
el nido de esos ojos el lazo la medida
busqué en la permanencia en la postergación

él me vio arrodillada buscando su alimento

Laura Yasán (Buenos Aires/Argentina)

Ars poética

Quemarme con las criaturas de la arena
/de sangre de su manto.
El viajero vuela sobre el bosque.
Habíamos despertado las puertas nocturnas.

Manuel Lozano (Córdoba/Argentina)

Mujeres

Era la tarde
cuando las mujeres de la calle se atornillaban de frío en las veredas.
Cuando el viento del sur entorpecía
las claridades azules del invierno.
Qué malo fue mirarlas simplemente.
Ellas que inventan risas a la noche para amortajar angustias.
Eran ellas, sí.
las mismas que encendían en la memoria
diseños de brujas desveladas
o antiguas muñecas de loza, decoradas con el whisky o con el rhum.
Ellas, las que las niñas soñaban de mentira
porque no creían que fueran de verdad, de carne y hueso.
Botas y medias atrayentes, minifaldas abiertas
y remotos secretos.
Cómo nos sorprendimos esa tarde
cuando advertimos que eran ciertas.
No lisa cartulina en las veredas
Un jazmín en el pecho para intentar pudores inconclusos.
Ellas, pobres, mujeres a la venta,
con una gota azul
en el corazón zurcido de tristezas.

Y el ruido de un balcón con otras que miraban
la ironía alquilada cada noche.
Autos que iban y venían. Bigotes o caras rasuradas, de risas y colores.
Y una extranjera blanca, casi azul, que las miraba absorta,
como si tuvieran que salir corriendo
o espantarlas del mundo..

Ellas, las pobres mujeres de la calle.
A la venta.

No fue preciso, no, irse hasta Amsterdan
o a cualquier lugar lejano de la tierra.
No precisan vidrieras.
Están allí, al alcance de la mano,
con un desvalimiento en andas
en medio del tibio desamparo.

No existen más extrañas vibraciones, sino sólo la espera.

Una moneda o un billete se extravían en su canto.

Un pan para los hijos, desdibuja la noche del verano.

Rosa María Sobrón (Entre Ríos/Argentina)

Dos veces el amor

Hacer dos veces el amor
en una hora
no es cualquier cosa
y menos a los cincuenta
te lo dije
amor,
pero usted, nada
mejor dicho,
usted todo
y más
sin cansancio
ni heridas de trabajo
ni mujer que se ha ido
por un rato.

Usted sí y sí
en el despeje
tal vez
sólo pensó en usted
o en los dos
siquiera un poco
entonces
yo le doy las gracias.

Cuando crucé la esquina
- a contrapelo del adiós que no dijimos -
un hombre joven me pidió monedas.
Supe que habíamos hecho pedazos cualquier quantum
cuatro eran dos
y por instantes uno
el cuadrado rodaba
refutando la síntesis
... y sin embargo
la realidad virtual
usted lo sabe
venía de agonizar
aquí
en noviembre
el hambre y el aroma de los tilos.

Lili Muñoz (Neuquén/Argentina)

De mis manos

No le creas a mis manos.
Dicen que sueltan palomas desde las cornisas
y apenas si dibujan
arrebatos de alas trashumantes.

Te prometen espasmos de tibieza
jugando en la comba de tu blusa
y apenas si trazan arabescos
en el aire empañado de la célula.

No le creas a mis manos

cuando buscan la intimidad de tu cintura
cuando recorren los pliegues de tu piel
cuando cortan la flor en los jardines.

En realidad son dos muñones de la ráfaga
dos caparazones sin sonido
anclados al fondo del océano.

No le creas a mis manos
cuando en tu nuca enredan
la nostalgia.

Míralas a contraluz
desde la palma al dorso
y hallarás laberintos en sus líneas
enmarañadas venas por donde surca
una vieja sangre
marcada por el fuego de otros días.

Si acaso en la concavidad cansada
de mi pulso
hiciera un alto tu ternura
déjalas descubrir el sitio
para que alguna chispa baje por la espalda,
hazles un hueco pequeñito
en tu soplido
para que vuelvan a empuñar
la fragua.

Horacio Goslino (Bahía Blanca/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La ventana de papá

Por Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Mi papá fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle, mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.
Mi papá miraba la gente que pasaba, desde arriba, porque mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garajes y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña: se dice bañeras) y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: “Sevlo”. Nosotros alquilamos ese local y uno de los garajes, para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.
Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa.
En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar, porque en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación, habían bajado los precios del trigo y nunca alcanzaba para nada.
Una siesta, mi papá dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar y otro, antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle. Después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto, y otras veces no volvía por muchos días.
Entonces mamá decía: este hombre me va a volver loca. Y cuando papá regresaba, en realidad parecía una loca que gritaba. Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.
Un día le dijo a mi mamá “No puedo respirar”. Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo: no puedo respirar.
Mi mamá, mientras tanto, hablaba de posibles negocios que debían hacer para tener más entradas, de todo lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida porque siempre le andaba faltando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.
Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá, que estaba acostado sobre el sillón rojo. Yo fui a darle un beso, pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca mientras repetía: qué nos espera, qué nos espera. Fui a sacudir a mi papá para que se levantara, pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá dijo, ya basta, ya basta, y me llevó hacia la puerta: te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Cuando algunas salieron con el café yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.
Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas y me pongo a contarlas.
Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

PÁGINA 9 – Artículo ensayístico

La Sorda Vagina

Maritza Luza Castillo (Lima-Perú)

Las acusaban de escasa capacidad intelectual, debilidad, avaricia o infidelidad; de causarles placer la violación y de hacer insoportable el matrimonio con su amargura y rencor. El Estudio corrompía sus costumbres cuyas obligaciones eran no pensar y obedecer ciegamente al marido. Esa tarea de ganado ausente y sorda a los gritos lucidos de una mente propia se le reducía al animal con una sorda vagina que camina por detrás del hombre
La obra de Cristina de Pizan la primera escritora del siglo XV emplea la pluma como instrumento de venganza y se lanza contra todo pronóstico a la guerra culta. Aquella que no necesita acercarse para propinar un golpe letal al opositor. Hija del físico real, el sabio Tommaso da Pizzano, procedente de la Universidad de Bolonia aquella diminuta mujer formada en la corte renacentista de Carlos V de Valois, descubrió la pluma como arma de defensa y ofensiva; y genero mediante sus publicaciones una corriente de Dignidad a la mujer que hace evidente en su obra: “Querella de las mujeres"
Fue la primera en atreverse a sustentar de frente y sin tapujos que la sociedad era la piedra depositada en sus espaldas y las circunstancias, las responsables de su minusvalía
De hecho, la identificación y valoración de la mujer no es más la argamasa cuyos cimientos virtuosos debe afincar. Sin embargo, cabe señalar que en pleno siglo 21 aún a la mujer se le ve como una vagina parlante, pese a la superación constante en el área de la cultura, arte, y ciencia la mujer de hoy sensible pero firme, subsiste en un ambiente de relegación disimulada. Todavía la condición femenina con todo el avance científico y tecnológico no ha superado las fronteras lingüísticas culturales económicas del mundo turbulento e industrializado dominado por el hombre, como el que tenemos.
Los dueños de los medios de producción aún chantajean a la mujer sexualmente para permanecer en un puesto de trabajo. A propósito mantienen las conversaciones con la vagina inevitablemente.
En la antigua Grecia, Lisístrata empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fina a la guerra; en la Revolución Francesa, las parisienses que pedían “libertad, igualdad y fraternidad” marcharon hacia Versalles para exigir el sufragio femenino.
De manera que desde siempre la moneda de cambio es el intercambio sexual. Los asientos de adopción de decisiones no deben pasar por ese tamiz del cuerpo. Es decisivo para el adelanto de la mujer en todo el mundo y para el progreso de la humanidad en su conjunto, la participación de la mujer en condiciones de igualdad de facto y no de letra muerta en declaraciones que todos los años se hacen para las cámaras de televisión
La comunidad internacional debe comprender el principio fundamental de la mujer en la práctica y no con buenos propósitos en el papel. Las mujeres siguen siendo las más afectadas en todo orden de desigualdades en las diferentes capas sociales. Queda mucho por hacer y mucho por demostrar. Demostrar entre otros que la mujer es más que una vagina y un objeto de comercio. La movilización de sus derechos parte de ellas mismas y el valor que empleen en hacerlos cumplir
El resultado mas concreto es el equilibrio entre la vida personal y laboral de la mujer pensando que ser feminista no implica lograr conquistar derechos alejados de la realidad sino la realidad de navegar en el mundo como un ser individual y pensante dueño de derechos y voluntad, mas no como un artefacto equipado para el comercio.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

Ripio – Laura Yasan – Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano – Buenos Aires - 58 pgs.


Uno de los métodos usuales para presentar un libro en pocas líneas, consiste en citar versos sueltos, fragmentos acertados, trozos elegidos de un espejo roto capaces de prismar la luz para que el posible lector se obnubile con matices, con juegos de colores. En el caso de Ripio se podrían elegir tantos versos precisos, tantas metáforas inéditas, tantos descubrimientos, que sería una injusticia con un libro que no acepta la lectura dispersa, ni la atomización. Se trata de un todo, un texto único que por más que se encuentre dividido en poemas, merece una lectura unitaria, agregaría despaciosa y reiterada, porque cada nueva lectura descubre nuevas capas, nuevas cadencias. No suelo hacerlo, pero he leído este volumen varias veces, y en cada inmersión he encontrado distintos puntos de vista, sorprendentes, escondidas desgarraduras que pueden palparse, corporizarse en el lector en poemas sin caídas ni golpes bajos. Laura Yasan ha alcanzado su madurez creadora.
Si como afirmaba T. S. Eliot el mejor crítico es el que logra convencer a un lector para que lea un libro, ojalá pudiese lograr que el desconocido que tiene Ripio en sus manos me creyera cuando afirmo que está ante una obra que no habrá de desilusionarlo. Y que estas palabras no son de circunstancias. Vería que se trata de una poesía que desborda los chisporroteos y las modas: es pura persistencia.

Horacio Salas (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 11 - Desde el olvido: Lina Macho Vidal – 1930/2004 – (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El exilio

Ya no ve la exiliada
los pueblos de la tierra
ni al padre de las bestias
ni a las bellas muchachas
bailando en la margen del río.
Va perdiendo la sombra
y eso es asunto serio.
La busca con sigilo,
la va leyendo en la hierba
pero la sombra no está.
Se ha ido alejando en silencio
desde un punto de luz
que es el centro del mundo
que es un mantram
en el centro del mundo.

Como un vino.

Ella bebía la vida como un vino
un vino subterráneo
un vino maduro de uvas crecidas
sobre hogueras y nieves,
lo llevaba en cuclillas a la boca,
a veces caía bajo un sueño y volaba
hacia un antiguo amante
pero existían
altas bóvedas perversas
puertas baldías
muros sinuosos
recovas inhumanas
que doblaban
sus pies y las señales.
Se perdía en un país paralelo
sin idea de su linaje
sin indagar el territorio del otro
siempre hermético
en aparente contradicción con su sonrisa
porque ésta era también
un fraude,
tal vez sólo era
una sonrisa pintada
allá a lo lejos
en el rostro dibujado
sobre aquellos muros.

La casa de la solitaria

A quién llama la prisionera desde su jaula verde
apoyada en el muro
contra la enredadera?
La solitaria mete su lengua hasta las vísceras
y de pronto sopla y mueve corolas de jacintos
quiebra reinos del mundo
y vuela con su alfombra enajenada.
Señora, despierte ya, mucho sitio en el mundo y éste
tan solitario para usted. El que espera no está pero estará,
algún día tu crónica del desvelo
tu larga lágrima
caerá por las combas del planeta
vaya a saber dónde.
Esta noche el que esperas llegará
exiliado del día
refugiado en el país de tus sábanas.
Comienza el viento, sopla y apaga la maravilla de tu dolor.
Más allá del delirio que la desvaría a punto de locura,
más allá de una apariencia que desgarrará para nunca,
¿qué hará con su saga inmóvil, ahí sentada sobre la hierba
y el rocío y las lombrices del humus
y alguna raicilla de la enredadera
su enamorada del muro?
¿qué hará con su cuento de nieve
que se está contando a sí misma?
Ella es también una enamorada
y su amante un pretil sombrío sin luciérnagas ni ángeles.
El huerto va acallando las cigarras
va doblando las hojas del amaranto
va escondiendo la oruga bajo las piedras.
Los duendes se acuestan junto a la solitaria
y ella murmura al fin...
Emanuel, éste es mi canto secreto.

Los ojos de piedra
1
En estas prisiones nace el vacío de la soledad.
Aquí se confrontan las soledades más extrañas
y cada soledad es un hueco lleno de ignorancia gimiente.
Cuando una necia soledad cree tomar por la cola
a la anciana serpiente de las plumas de diosa
de pronto estalla: es mucho para una simple soledad.
Es mucho para una simple soledad
el atroz incienso de la sabiduría.
Entonces la soledad muere de sed, su sed es muerte,
su sed le sacude los hombros
y extiende torpes brazos hacia el gran cuenco vacío.
La sed es más que la roja cuchilla lanzada al viento,
es más que ese muro en tomo de átomos primordiales.
Casi concupiscente, vuelve miope mi oído, rasga mis voces
y adormece en largos humos rituales la conciencia.

Pájaros ardientes

La hechizada abre en las calles
su libro secreto
de alegrías perdidas para nunca;
placentas perturbadoras
flotan en el aire.
Un cardumen de brujas
sella con cenizas
su lengua y sus párpados.
Al margen de la vida
entre sombras azules
recuerda el bosque escondido
de los siete ángeles
y aquellos oscuros escorpiones
sobre el sol.
Sus palabras son pájaros ardientes
que huyen espantados.

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

La querella de los gustos
Otras posibilidades en la búsqueda lírica

Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Desde el pasado siglo XX, con Huidobro en 1911 y, posteriormente con César Vallejo, se han cuestionado los diversos modos de poetizar, partiendo de cánones rígidos, como son la métrica y la rima (sin soslayar la discusión planteada por el autor del Creacionismo con los preceptistas españoles. ¿Verso libre o verso blanco?, se interrogaba el chileno, determinando al verso como un código rítmico, como un aspecto donde la respiración y la tensión interna jugaban un papel predominante). Lo que después se concibió como vanguardia –y que yo denomino simplemente como “experimentación”- parte de las posibilidades que el lenguaje ofrece para entregar, de otra manera, el contenido lírico. Centro y Sudamérica se han caracterizado por estas exploraciones, estas posibilidades lingüísticas de abordar el poema, partiendo del tono conversacional, prosaico, o buscando resaltar en el discurso no sólo el aspecto tropológico sino la condición social. Muchas “poéticas” han surgido, desde la famosa antipoesía con Nicanor Parra, el Movimiento Zero en Perú, y por supuesto con las expresiones de los poetas cubanos de la revolución del 56. Hubo, desde luego, tendencias en Ecuador y en Nicaragua y en otras latitudes de Hispanoamérica.
En México no es posible hablar de indagaciones ni tentativas. Los Contemporáneos –excepto Salvador Novo-, los del grupo Taller y más tarde los seguidores de Paz, circularon con una proposición formal en tono y contenidos; aunque Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco y Félix Suárez van de la tradición bárdica, del cantor sagrado, al poeta satírico. Muy escasos autores mexicanos han pretendido arriesgarse. Los nombres son mínimos: Sergio Mondragón, Gerardo Deniz, Orlando Guillén y párese de contar. La famosa “tradición de la ruptura”, concebida por Octavio Paz en el siglo pasado, simplemente ha quedado en “tradición de la mesura”. Por supuesto que habría que aclarar qué se considera en tanto búsqueda, en tanto vanguardia. En Zacatecas, hace dos años, el poeta Antonio Cisneros, comentaba conmigo y con Rodolfo Hinostroza sobre Ramón López Velarde. No se explicaba el porqué de la alharaca que se realiza en junio de cada año por el poeta de Jerez, cuando en Sudamérica hubo, por esos años (1911 a 1921, un Vicente Huidobro). Mi respuesta fue sencilla: López Velarde aportó, a partir del soneto alejandrino, la novedad del encabalgamiento, por lo cual la composición poética semeja a verso libre. Por la forma, desde luego, el autor de Zozobra es muy tradicional (“poeta menor” le llama Octavio Paz), aunque la adjetivación y la creación de atmósferas provienen, ya lo sabemos, de Herrera y Reissig y de Leopoldo Lugones.
En el presente, con tristeza se percibe que en México cualquiera se abroga el derecho de hablar mal de quienes obtienen premios y galardones. Así, se acusa de que alguna poeta se acuesta con los jurados para alcanzar el triunfo (lo cual es una soberana mentira, una infamia); se divulga de manera soterrada, y en ocasiones a los cuatro vientos, de que aquella escritora es amiga de los “conjurados” o que labora en la Casa del Poeta o de que su esposo trabaja en tal o cual editorial. Los triunfos ajenos, reitero, se vuelven un estigma... cuando los malquerientes, resentidos y difamadores debían ponerse a revisar sus propios textos, dejarlos que cuajen, rescribirlos, y reflexionar, en principio, sobre el concepto de verso, el manejo de la preceptiva, su conocimiento de las diversas poéticas que en el mundo han sido y procurar mejorar su obra. La “república de las letras” nacionales es, desde la óptica literaria, el país de la ignominia, el territorio de los frustrados, donde habitan quienes pertenecen a la “tradición de la impostura”.
Pero dejo atrás estas disquisiciones y paso a lo que en verdad importa en esta ocasión: La querella de los gustos, de Jorge Santiago Perednik (Bs. As., Argentina, 1952), donde se advierte que la poesía no es un acto de reflexión, como equivocadamente se plantea en el prólogo de este volumen, puesto que aquí no intervienen los factores del pensar; tampoco, desde la perspectiva señalada, se piensa sobre lo pensado, como se concibe al acto de reflexionar. La poesía es, ciertamente, un acto de comunicación, si se parte de que para entender se parte del hecho de descifrar, ya que atender al significado significa traducir, aunque también es maniobrar la codificación rítmica, estructural y considerar la emisión y recepción del significado, partiendo de la “indagación intuitiva” del autor. A lo largo de La querella del gusto, principalmente del primer poema, se cuestiona la substanciabilidad de la palabra, a partir del sonido y de su repercusión significante, como sucede en un poemario anterior: El todo por la parte, una recopilación de 15 poemas procedentes de cuatro volúmenes: El fin del no (1955), El gran derrapador (2001), Retrato de poeta y Tres tragedias shakesperianas, estos dos últimos inéditos. En esta obra, previa a La querella de los gustos, el autor utiliza términos más adecuados a su ámbito expresivo: anemoran, por ejemplo, o enarbolando la (p. 6), tartamudenado (p. 7); con este sentido intencional, el significado se vuelve inconcluso a propósito, como balbuceos, como una propensión marcada para interrumpir el verso, la expresión. A veces el ritmo se vuelve divergente, con apoyaturas del enclítico: “hágase, acumúlese, multiplíquese, llámase con un nombre” (p. 9). También hay juegos de sentido y de sonido: “o quedades”, “o ído”. El poema “Breve historia de los poetas contemporáneos” marca el proyecto de Perednik: desacralizar a la poesía, ahondar en la dimensión lingüística, buscar las posibilidades del lenguaje, partiendo de la relación siguiente: expresión-contenido-intención-resolución. El razonamiento va, según Jorge Santiago, desde la manera en que los poetas del siglo XIX concebían, metafóricamente, al océano, que:
que era el espejo cóncavo de un cielo no / convexo / cóncavo / y que una piedra lanzada por un niño / desde una escollera / jamás dejaría caer / (p. 11)
Pero si el autor aborda el espacio escritural, sin llegar a lo que Octavio Paz determina como “artefactos líricos”, también la relación humana se marca, no de manera categórica, estética, sino desde la perspectiva sonora. “Hambre” (pp. 17-19) asume el verso libre “tradicional”, al menos en su disposición versicular, respetando las pausas, cesuras y encabalgamientos, aunque sigue determinando el enunciado rítmico, casi prosódico, eludiendo de manera recurrente los recursos de la preceptiva correspondiente (figuras de dicción y de repetición: anáforas, epítomes, etc.). Una constante: Jorge Santiago Perednik analiza lírica, fonológicamente, el lenguaje, el sonido significante, a través de prefijos y sufijos:
la definición diabólica dice / derrapar es quitar la rapa y la rapa es / el delirio burgués sobre las manzanas podridas del gran derrapador / el infierno es lo contrario del fierno y el fierno es / el sueño de todas las banderas con la eternidad del despertar / la arena es la negación de la rena y la rena es / ese mamífero lumpen que nunca llegará a existir / más acá de los delirios y los sueños... / (p. 22)
Es evidente que lo anterior no es gratuito. Como traductor y poeta, Perednik sabe descomponer las palabras, puesto que desde sus inicios, el lenguaje forma parte de la gran distribución de similitudes y signaturas, como precisa Michel Foucault . Hay analogías obligadas, “propiedades” intrínsecas de las letras, de las sílabas, de las palabras; conoce, y asume, el aspecto sintáctico, su contenido representativo, etc. El lenguaje, además, se ancla en la realidad, en los procesos sociales, en la hostilidad del mundo:
Ahora / el ave metálica bombardea los huertos / es un a-ve / riega lluvia que no moja lo sembrado / el que la ve no la avé / grita que sabe o que es ave / para que el piloto lave lave todo el tiempo / un polvo interminable / tras la risa y el horror está el colaboracionismo / los amantes deciden terminar / tercamente minar / todo posible aterrizaje / y donde se leía “un poblado” se lee “destrucción” / y donde se lee “destrucción” se leerá “limpieza” (p. 27)
El poema continúa exteriorizando lo que el autor visualiza: el espacio, el contorno de las aves que permite el vuelo. Esta representación, en la lectura, advierte:
ojos bombardean manchas blancas que dicen[ ] / el vacío ahora soñará el sentido del sueño y / el sueño vaciará el sentido del vacío / O los adentros de una / o herida donde las aves picotean / (También las esquirlas tallan la forma del mundo / Y donde había desesperación hay desesperación / Y donde no se leía ahora se lee: ( ) (p. 27)
“Balada de la oveja fuera del rebaño” (pp. 30-32) es un claro ejemplo de la propuesta estética del escritor y traductor argentino, el conocimiento que tiene de la tradición lírica, de la historia del lenguaje, de la arqueología del nombre. En El todo la parte, al igual que en La querella de los gustos, se advierte el fraseo prosódico, la oralidad que se entroniza en la grafía, la intertextualidad misma. Hay una constante en este último poemario, un reclamo a las palabras, una pendencia a la expresión lírica. Por algo “querellarse” es manifestar resentimiento contra algo o contra alguien. Así, disgregar conceptos, fragmentar sílabas, fonemas, no sólo es primordial, sino que la deconstrucción lingüística va más allá del simple significante, ya que el nombre establece la substancia (se sustrae el contenido y se hurga en el significado). Nombrar, formulan los hebreos, es sustituir el vacío, llenarlo, aunque atrás de la palabra, arguye perversamente Cioram, el abismo acecha. Paronomasia, sí, en muchas expresiones versiculares de Perednik, y de cuando en cuando sonidos aliterantes; pero siempre en virtud de la busca significativa en tanto coyuntura lingüística con una intención no sólo fonética: / formas hormas ramos de moras / palabras que él me ordena escribir / la receta pide mezclar, revolver con la cuchara / demorar con giros el tiempo que no llega a tiempo la leche de la vejez, agria / pero más dulce que la leche de la bondad / mezclada en jirones con azúcar ¿cuánto tiempo? / disimula, di si muy tarde aceptas la trampa / el tiempo que mora en el destiempo... (p. 29)
Cierto: la oralidad frente a la indagación del emisor/receptor, tal vez porque arqueológica y míticamente el lenguaje, la palabra misma extravió su primera substancia, su transparencia, según la dispersión que ocurrió en la Torre de Babel. Hay que buscar ese secreto que la palabra contiene en sí misma, no en la superficie. Los nombres designaban aquello que designaban. Hay un fragmento silencioso, un saber que tiene esas propiedades inmóviles que subyacen en ese espacio que la similitud, la analogía, dejó en la nada, en el vacío. La semejanza de las cosas se ha extraviado. Y más de una lengua a otra, revela Foucault. Y esto se advierte en el libro de Jorge Santiago.
En “El suicida” (pp.43-44), por citar otro ejemplo, el signo gráfico, la tilde, juega un papel relevante: atiende a la sílaba acentuada; el aspecto prosódico contraponiéndose a la representación del signo para determinar el significado; el juego de las posibilidades, el sentido de la ambigüedad va de la mano de esta propuesta que libera el tiempo verbal y que, consecuentemente, acciona y reacciona. La grafía recupera su valor deliberado: presente o pretérito entremezclándose. Y lo que parece errata tipográfica, descuido editorial, describe la contingencia de representar planos simultáneos de significados. “Exvoto a la tormenta” (pp. 47-49), busca, otra vez, la deconstrucción; semas y fonemas, recorrido gráfico que va del español al inglés: tormenta se trastoca en mentas para el dios Tor y los hombres (men, en inglés), mientras la partícula tas se vincula a tormenta y ornamenta. La composición “Un nuevo poeta crea una nueva poética” (pp. 56-57), por su particular planteamiento recuerda el inicio del Canto III de Altazor al manejar pareados; pero el tono es juguetón, chispeante, muy bien aprovechado a la manera del impar Jaime Sabines (“La cojita está embarazada”, por ejemplo, o “El diablo y yo nos parecemos”).
Eduardo Lizalde, en México, se ha ocupado del Tractatus de Wittgenstein. Jorge Santiago, en el poema con que cierra su libro, aborda estos postulados: demostración y contrapropuesta en la poética de Perednik. ¿Callar ante lo que no se puede articular? La respuesta, válida en Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar/ mejor es callar”, se invalida con Jorge Santiago:
El poema si calla / jamás hace silencio / calla de manera estruendosa / calla por la vía elocuente / el silencio no existe en poesía / el que lee un poema y vive un silencio / es un sordo a la vista (p. 59)
La querella de los gustos husmea y hurga en la sonoridad, en los vectores direccionales de las palabras. No busca plantear las categorías estéticas –lo bello, lo sublime, etc.- del poema tradicional, sino que va más allá de la disociación del signo y de sus semejanzas. Paronomasias y combinaciones rítmicas aliterantes, designación articulada, sin eludir el campo de la representación. Un marcado ejemplo de discurso lingüístico, donde la cadencia silábica, el enunciado sonoro, también es requerida para su realización, incluso teleológica, sin descuidar el marco humano, real, de la poesía.

PÁGINA 13 – Poesía americana

Confesión última

Yo Confieso
que maté al padre. Freud
que le copié todo a Freud. Lacan
haber quemado vuestra memoria. Obispo de Landa
que todos los fuegos son fatuos. Juana de Arco
que no tuve nada que ver con la guerra. Elena de Troya
que amo a Elena. Paris
no sentir ninguna culpa. Simone de Beauvoir
que soy la peor de todas. Sor Juana Inés de la Cruz
haber descubierto que el hombre viene del mono. Darwin
haber descubierto que Dios no existe. Nietzsche
que hice al hombre a mi imagen y semejanza. Dios

Caro Escobar Sartí (Guatemala)


Tania en la bruma

Alguien queda llorando sobre briznas de sueños cuando ellos alucinan,
cuando se evaden voluptuosamente de tantas orfandades
Norma Segades - Manias (Argentina)

Mira Tania, cómo quedan tristes las lunas y las ventanas
los caracoles y la brisa, los tejados, los caballos de los carruseles
los calendarios, las campanas, las hojas, los niños, las estrellas de mar
quedan tristes, como si la lluvia fuera para siempre
quedan tristes, como amantes expulsados del amanecer por un Dios castigador
quedan tristes cuando en silencio te marchas con la bruma y la ceniza
y vuelves con nuevas y feroces mordeduras en el alma
con grietas en la mirada, sin pájaros en la risa
avergonzada de respirar

Yo también subí a la cruz casi todos mis cuerpos, también mis almas
y tuve miedo al reloj, a los tréboles, a los dedos
Me hice niño y me hice viejo bebiendo a sorbos largos la leche negra del crepúsculo
el agua cruda que baja por los párpados hacia ninguna parte
y oculté piedras en el ombligo, piedras mudas, piedras de olvido
Atravesé a nado un océano entero de espejos rotos
un océano donde los barcos naufragaban sin necesidad de tormenta, sin que nadie los viera
y es extraño, muy extraño, pero tuve dolor de saliva

Mira Tania, mira cómo todo está dispuesto a nacer ante tus ojos
a la espera de una palabra sin esquinas, de un latir sin bordes
Es hora ya de regresar a donde nunca has estado antes
a esos lugares sin tiempo y sin tiniebla, sin paredes, sin cruces en el camino
a esos lugares que no están en ningún lugar, que no existen
porque nacen sólo cuando te quedas en ellos
y les pones un nombre, un silencio, un amar
y les clavas una bandera azul o verde o roja
Allí te esperan los que en verdad te esperan; te esperas tú misma
Tienes una cita con la mañana, no quiero que faltes
no quiero que te hagas la dormida, no quiero que tomes un atajo

Derrámate, amiga mía, derrámate luminosa
sobre los surcos húmedos que dejan tus propias lágrimas
como si llorar fuera sembrar, enterrar la grana en el consuelo
para que en el sitio del espanto broten árboles frutales
Déjate moldear por el rocío, por las olas
por los últimos silencios del silencio
Es hora de regresar a esos lugares sin bruma y sin ceniza
esos lugares que deberás fundar con tus pisadas
y que sólo existen cuando tu aliento les da forma, les da nombre
cuando te das cuenta que ya no hay dónde ni de qué escapar
cuando decides apartar el corazón de la bruma y serle fiel a tus rodillas, a tus venas, a tu risa

Mauricio Feller (Santiago de Chile/Chile)

Hoy no es un buen día para pedir

la lluvia se ha llevado todo
hasta la misericordia de los transeúntes
su tornado arrastra la sonrisa de los niños
tras la ventanilla de los autos
y ya no puedo mostrarles
el espanto de mis manos vacías

hoy no es un buen día
para extender la mano
y tocar la esperanza
porque hasta el sol me abandona
cuando nada más pareciera quedarse
ni siquiera el paso del invierno
detiene su afán / en medio de la autopista
donde solo la lluvia y yo envejecemos

Marta Sepúlveda (Bogotá/Colombia)

Misterio Gozoso

Nunca temió mi sangre
jamás borró las lunas
de nuestro calendario
minucioso construyó alas
en la cima de mis nervios
y ahí
regocijado
colocó espejos en las puntas
de todas mis mujeres
él y solo él
supo encontrar
el animal gozoso
de mis días siniestros

Nora Méndez (San Salvador/El Salvador)

Polvo negro

Camino con un agujero
en el pecho y en el bolsillo
más grave, siento mi piel quemada
una carta desgarrada, una llave fría
una estampilla burbujeante.

Recorro un pasillo de hambre
una penumbra que inventa
con fría lógica
siete puertas blancas condenadas.

Medianoche en las uñas
y en los ojos hollín
pelusas de carbón, polvo negro
que mi puño apretado advierte
que mi cuello áspero, que mi camisa
que mi nariz cerrada advierte.

Advierto el polvo negro
que burla el aire espeso
el verano fugitivo
en tumbos de campana
círculos de relojero
espirales de agua pesada.
Desde una torre blanca aún
se me cae encima sin remedio
el polvo negro que mi pecho advierte.

Alfonso Gumucio (La Paz/Bolivia)

PÁGINA 14 - Narrativa

Chau Pinela.

Por Esther Andradi (Ataliva-Santa Fe-Argentina/Berlín-Alemania)

Te ofrecí mis fantasmas, mis muñecos de cera, mi muselina líquida. Te invité a recorrer el camino que hacen los magos, mitad brujos, mitad hombres, en las lagunas blancas que nacen al pie de los abismos. Te prometí construir un desierto grande grande, con arena líquida que vive en las alturas, donde no hay dios, ni hombres, ni nada.
Te invité a caminar el interior de nuestros secretos, las fantasías inmensas que guardamos en el rincón, volvamos a la panza de mamá, te dije, y yo presentaré mis animales de lujo: serpientes aladas, chanchos verdes, elefantes niñas. Y a lo mejor también algunos zorros, pero te lo advertí: Esto es más difícil.
Te invité a presenciar los aluviones, los que tienen un padre poderoso, violento y cadavérico, que un día entran en cólera, se resbalan por sus faldas, y le dicen “chau” al padrecito, en un acto de liberación y de muerte.
Te invité a los senderos de mentiras y trampas, siempre tan elocuentes y misteriosos, derritiéndose en las tierras de Camaná, donde sólo crece la hierba buena.
Te invité a todas las islas, incluso aquella que está a un costado del barranco, mitad cielo, un cuarto de luna y otro tercio de jazmín.
Te invité al agua, al azul, a la magia. Estaba dispuesta a descubrir todos los ritos para ti. A regalarte mis años buenos y comprar tus días malos, a entregarte los capullos de algodón del que crece junto a las colinas y escalinatas del templo después del maremoto. Te prometí alimentar con aceite de sésamo y cacao del Alto Camerún, ensaladas rociadas con uvas de Marcapasos y alumbradas con velas de Oriente. Te ofrecí todo el sueño, la esperanza, el color del sol en los crepúsculos, las nubes diminutas que desaparecen si se habla de ellas, el miedo, la inseguridad, elegir las constelaciones a la intemperie de un camión que recorre las montañas en invierno, proteger las espigas de trigo y algunas otras cosas más.
Y tú dijiste: No, gracias.
¿Qué será de ti, pedacito de albahaca, corazón de espejos, río de zumo de limón? ¿Qué será de ti, concha de nácar, caracol de betún, musgo de otoño? ¿Qué será de ti sin mí? ¿Qué será de ti sin la esperanza en mí? ¿A quién entregaré mis animales, mis pasos, mis caminos de caracoles, mis sombreros?
Así triste me quedaré, payasito sin circo, calavera de verano, maldito el mundo, mi corazón de espejos. Malo eres tú, pedacito de hierba buena, se terminó mi ternura, me creció una ortiga en la oreja. Y ahora debo pagar a las diosas por haberme equivocado.
Tengo una deuda grande con mis diosas ahora. La eternidad capaz me castigue. Pero no podrás, corazón de vidrio, yo me voy a lavar tu imagen de mi cara, y tendré que rescatar todos los tiempos para entregárselos a los duendes que habitan en las cuevas de Chapín, mientras los hombres duermen en Berlín. Sí, mi querido, mi sueño de dieciséis milímetros. Nunca más, mi amor. Nunca más.
Y bien. Podría decir que no me importa, que total soy libre, que fue mi decisión, que cualquiera podrá amarme más que tú, pero no. Esta tarde me voy al monumento a la guerra. Me quedaré allí por un minuto, oliendo el orín de los muchachos que beben alcohol por las mañanas, y el semen contra las mujeres que no se preñaron en la noche. Y allí voy a parir mi hijo. Un gusano de veintinueve piernas y una muleta, a quien le crecerán alas para ir a la escuela en otoño, y se educará como corresponde en las escalinatas del Foro, en Roma, donde conozco a alguien con experiencia en la educación de gusanos con muletas. Y seré feliz, con mi hijo de piel arrugadita y pechugona, de poros delgados y cataratas internas; que yo cuidaré de sus sudores y evitaré que otros intenten hacerle bromas pesadas echándole sal para disolverlo; que le compraré zapatos de lona en la KDW y un chupete de seda de Ceilán para las noches de pesadillas.

Vámonos, gusanito precioso, ya no tenemos nada más que hacer por aquí.

PÁGINA 15 – Narrativa

Cerca del río, cerca del camino

Por Carlos Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Cerca del río, cerca del camino, donde Oscar casi atropella a Ángela.
Sarita, que cada vez lo estaba sintiendo como a un extraño, interrumpió el bordado cuando le escuchó reprimir un insulto y golpear, como golpeó, la mesa donde estaba ubicada la Notebook. “¿Qué pasa?”, él negó con un golpe de cabeza y sin contestarle pareció revisar el archivo mientras murmuraba.
El viento acentuado de marzo llevaba frío en la montaña. Había un silencio extendido que sólo cortaban el ladrido de un perro y el piar de muchos pájaros. Los turistas finalmente se habían terminado marchando, como una enfermedad que se extinguiera dejando pocas huellas (escritos en las rocas, bolsas de plástico, alguna zapatilla perdida) y muchas de las viviendas que los rodeaban se encontraban cerradas a cal y canto. Un cuidador algo viejo y no demasiado eficaz alejaba a ladrones y presuntos intrusos.
Se estaba bien ahí y en todos esos días lo había visto escribir con entusiasmo, tecleo y tecleo, mientras las llamadas de España se reiteraban, perentorias, porque Conce no era tan agradable como fingía serlo: detrás de sus palabras amables -el “bonito” no se le caía nunca de la boca- había una innegable dureza. Conce confiaba en él, lo dijo de ese modo: “Confío mucho en ti”, pero era exigente, autoritaria, catalana, dueña de vidas y haciendas ajenas. Del confort que los acompañaba en el último tiempo, también.
Había expectativas. Él convenció a Conce cuando le envió el resumen de la novela y algunas de sus primeras páginas. Con todo, el trabajo era arduo dado que no podía ser un libro de cien páginas. “No quiero simple literatura, tiene que tener acción y sexo, aventura, de lo contrario no me serviría”. Había un premio nuevo, lustroso y con fuerte recompensa en euros. Ese era el objetivo. “Lo vas a lograr”, alentaba Conce a la distancia y alguna vez, como si hubiera tomado de más, hizo una ligera alusión al Cervantes. No se dio por aludido, pero las palabras de Conce llegaron justo, en un momento en que él se sentía seguro como nunca e íntimamente convencido de que iba por el buen camino.
El Cervantes… ¿por qué no? Pero por ahora antes de intentar la grande, apuntarle al premio en euros, a seguir acercando a Moisés y Virginia hasta ese final que imaginaba pero que aún no había terminado de perfilar, totalizador y un tanto apocalíptico, después que pudieran salir de la ciudad destruida, en lo alto de la montaña, cuando el coche se detuviera, ellos se amaran y él comprendiera que no había un paso más para ninguno de los dos.
Estaba bebiendo considerablemente menos y eso le daba esperanzas a Sarita, que siempre temía por el exceso de vino y las consecuencias: sus arranques, sus rabias demoledoras. Ahora se contenía y mientras tomaba gaseosas sin azúcar tecleaba y tecleaba y cada tanto enviaba sus páginas a Conce, para que le diera eficaces y comerciales consejos, porque él venía de la poesía y a veces desbarrancaba, se metía en meandros literarios, nada permitidos. “Al premio lo tienes ahí”, le dijo Conce luego de haber leído nuevas y recientes páginas que le envió por el correo electrónico.
La noche anterior había sido sorpresiva para Sarita, que se vio gratamente asaltada luego de varias semanas de abstinencia. Él estuvo fuerte y agradable al mismo tiempo, la besó, le hizo caricias, la llamó como la llamaba antes, tan antes que Sarita había perdido (casi) los recuerdos. Después, mientras los cuerpos descansaban de la gimnasia inesperada le contó, parecía una confesión, que estaba muy cerca del final. “Lo tengo ahí”, dijo remendando a Conce quizás sin darse cuenta y pareció César a punto de conseguir el Imperio.
Conce dio la voz de alarma, aunque cuando llamó no parecía que fuera así, al comunicarse cuando en Madrid era cerca del mediodía pero acá no pasaba de las seis de la mañana. Estaban muy dormidos y el llamado los alteró, como si alguien terminara de sacar un cuadro de su ubicación habitual. Conce contó que se le habían perdido parte de los archivos enviados por el e mail. “No te preocupés, ya te los repito”.
No lo hizo de inmediato. Se volvió a dormir y sólo después de la ducha y el desayuno caliente y abundante, en la montaña el frío se hacía sentir a pesar del comienzo del otoño, se dirigió a su Notebook y fue al rato, mientras Sarita retomaba el bordado y se quedaba todavía pegada a las sábanas y a lo que había pasado sobre ellas, que él golpeó en la mesa y comenzó a murmurar.
Desde ese momento empezó el desasosiego, la irritación y el enojo por nada. Sarita temió que volviera a beber y debió imaginar qué le estaba ocurriendo, porque cuando se enojaba se volvía un tanto irracional y lo mejor –la experiencia a veces es buena consejera- era no preguntar. El problema radicaba en el escrito, pero ella ignoraba de qué se trataba.
Estaba cambiado, demasiado para su gusto, pero vivían distinto y mejor desde que Conce tocó a sus puertas. Ellos, por ejemplo, jamás se hubieran podido permitir la compra de la carísima Notebook ni el ocio de los meses en la montaña en una casa amplia y también cara. Él debió cambiar la perspectiva de sus textos, ajustarlos a lo que Conce, a la distancia, iba más ordenando que sugiriendo.
Sarita no era ducha en informática pero, igual, aunque lo fuera, no hubiera podido acceder a sus archivos porque estaban todos protegidos, encriptados, a ellos se accedía sólo por claves. Debió limitarse entonces a observar su creciente crispación, comprobar que no seguía con el tecleo y que, cuando lo llamó Conce porque no había recibido el prometido correo, comprendió que le contestaba con evasivas, aludiendo a problemas técnicos que -era evidente-, iba inventando sobre la marcha.
No escribía, pero revisaba la Notebook y se enredó en varias y extensas, y tensas, llamadas telefónicas a larga distancia, a su ciudad, donde vivía Jorge, el único técnico en el confiaba. De las llamadas, fue también evidente, no sacó nada en limpio. Lo sorprendió varias veces despierto en la madrugada, dando vueltas o bien revisando su computadora de escritorio, ese ordenador, como lo llamaba Conce.
En el último tiempo dejó mucho tras de sí, en sus obras ajustó y volvió más mundanos a sus personajes. A Sarita le gustaban más sus primeros libros, menos sujetos a las Conce y a las disposiciones del mercado, pero nunca se lo dijo. Tampoco entendía lo del premio. Si iba a participar con seudónimo, uno entre cientos, ¿cómo Conce estaba tan segura del triunfo? Un triunfo que iba a tener que ser compartido: “De lo que saques, la mitad se queda acá”, le dijo sin tapujos.
Claro que no podían pagar la casa en la montaña, que tenía precio de oro a pesar de la baja de la temporada. De eso se encargaba Conce, “confío en ti”, pero sin duda cambiaría rápidamente de opinión si se enterara que él había suspendido el tecleo, que había entrado en una peligrosa etapa de frustración y furia. Que había fuerte tormenta en ese refugio de la montaña, mientras la fecha del cierre del concurso estaba esperándolo a la vuelta de la esquina.
Le escuchó decir “de la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”, después bajó la voz pero siguió leyendo el papel en el que había escrito varias veces y a medida que revisaba, al parecer, el archivo de la Notebook. Después se levantó y pasó al patio, desabrigado a pesar del frío, pero nada le dijo. Su mayor temor no era tanto que se enojara, sino que se intentara buscar la respuesta en la botella. Ella se había cuidado de que no quedara ninguna en la casa, pero el autoservicio estaba a pocas cuadras y permanecía abierto a pesar de la ausencia de turistas.
La inercia siguió y Sarita casi se descompuso cuando él dejó de atender el teléfono y se negó a hablar con Conce. “Decile que viajé”. Conce no se lo creyó y la conversación terminó abruptamente cuando la española cortó con violencia y sin escuchar sus explicaciones.
A las cuatro de la tarde lo sorprendió empacando un bolso con rabia y consultando su reloj. Lo del viaje era un misterio. “No me digas que pasa si no querés, pero al menos necesito saber adónde te vas”. Él refunfuñó, pero terminó diciendo “a Salta” y no quiso agregar ninguna palabra más.
Le dio un beso convencional mientras el taxi del pueblo esperaba en la puerta. “Te llamo”, se limitó a decirle. “¿Y qué le digo a Conce?”. Vaciló un poco antes de subirse al auto. “Que ya la voy a llamar”, dijo. Su cara revelaba fastidio. Y un notable abatimiento.
Sin ningún interés lo vio partir y se sintió despidiendo al que va a morir.
De Salta, varios días más tarde, recibió la primera llamada. Estaba obligada a atender al primer timbrazo del teléfono pero temía que fuera Conce, expeditiva y seca, mandona y distante: “No entiendo lo de este viaje, ¿no habrá vuelto a beber?”. Ella le aseguró que no, le dijo que la Notebook al parecer presentaba problemas. A lo mejor, se animó a suponer, viaja para tener más claro el final de la historia. A veces, se arriesgó a decir, es difícil.
“No se trata de una cosa de chavales, dile eso a tu marido y recuérdale que no soy paciente. Y que hay otros a los que también les interesa el premio”. Conce no le dio la oportunidad de cortar.
La voz que llegaba de Salta, si es que estaba en Salta, no develaba al borracho, pero sí y en cambio al deprimido, al que había vuelto a perder. “Acá no encontré nada”, dijo pero no fue más allá. “Te volveré a llamar”. Colgó. La dejó con la pregunta de por qué Salta, por qué interrumpir el trabajo. Se había llevado la Notebook. Se sentía sola, abandonada, comprendía que para él, en la actual vida, ella no tenía la menor significación.
El segundo llamado la sorprendió todavía más, porque después de cierta reticencia terminó confesándole que estaba en Misiones. Fue breve la conversación en la que hubo total ausencia de aclaraciones. “¿Tenés plata suficiente?”, se animó a preguntarle y él asintió con un “sí” escueto. Le mandó un beso y cortó la comunicación.
La tercera vez, cuando le contó que se encontraba en Merlo, en San Luis, tuvo la visión del viejo algarrobo, 800 años de antigüedad y un retorcimiento de ramas que le dio espanto. Tuvo la visión de la plaza con su antigua iglesia y sintió una fuerte angustia.
Cuando a la cuarta vez llamó desde Mar del Plata supo, pero no lo quiso saber, el porqué de los viajes apresurados y aparentemente absurdos.
Está loco, se dijo. Y decidió no atender más llamadas de Conce mientras se preguntaba cómo haría para ubicarlo, para volver a reunirse con él antes de que su cordura terminara desintegrándose.
- Me costó ubicarte.
Es un grupo de árboles que se recorta contra el estrecho río. Más allá están las islas. En este lugar el calor todavía persiste, como persisten los pájaros con sus estridencias. Hay gente en la playa, hay pescadores, pero nadie se baña porque es baja la temperatura del agua. Por ese camino anduvo Ángela. Y por ese camino apareció Oscar, “alto y flaco y de poco hablar”, como lo describió. ¿Cuánto hacía? Un mundo, una vida entera.
Le habla al aire, le habla al exacto lugar libre que dejan el paraíso y el eucalipto, añosos, enormes como no lo eran cuando pasó por allí con Sarita. Eran las primeras salidas, eran jóvenes, él se estaba alejando de la poesía y escribía sus primeros, tímidos, relatos. Oscar le dio una cachetada limpia y certera a Ángela, que cayó desmayada en ese mismo camino. Después la salvó.
- Aquí estoy.
Dice una voz. A lo mejor lo dice.
- Creí que era un virus, pero Jorge me hizo hacer varias pruebas, hasta me mandó por mail un antivirus potente, actualizado. Bajé otro de Internet. No era un virus. Perdí páginas, perdí un montón de tiempo. Me estás haciendo perder la razón-, le dice al aire.
- No lo voy a hacer.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Una parejita de novios pasa frente a él mirándolo en forma insistente. Advierte que ha estado hablando en voz alta y eso lo perturba, ¿pero qué no lo hace? Sin saber que Sarita también lo piensa cree que ha enloquecido.
- Cuando me convencí, sigue diciendo o imaginando que lo dice, pensé que en Salta podría encontrar una explicación. Yo no conocía Salta, para escribir la novela me manejé con planos e información turística, era suficiente para mis intenciones. Me pasó lo mismo con Misiones, con la casa de Horacio Quiroga y las ruinas jesuíticas.
Por donde anduvo Julián buscando noticias de un hermano que había sido guerrillero y que después terminó perdiéndose en la selva.
- No tenía sentido, por supuesto. Estuve también en Mar del Plata.
En las mismas playas donde Abel armó, con retazos de lo que había pasado en su vida y en la vida de los demás, con lo imaginado y con lo vivido con Miranda, esa mujer de edad madura, su libro de poesías. “Un libro que no vendió nada, un fracaso”. Conce no había querido saber nada con una posible reedición. “Ni con tu nombre puedes levantar semejante error”.
- Pensé y pensé. Demasiado. He vuelto a tomar. No sé qué me hace hablar de estas cosas. Supongo que el vino.
No se lo ve bien, barbudo, desaliñado, incoherente con su arrugada ropa de calle en ese lugar de descanso donde los hombres andan con bermudas y las mujeres con mallas mínimas. Posiblemente no comiera desde varios días atrás, no es algo que le importe.
- Entonces me acordé del cuento, el camino, Ángela.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Oscar es alto y de tez oscura, un muchacho aindiado, telúrico, como lo llamó. Julián, bajo y de anteojos, en Misiones, tuvo que superar las dificultades que le presentaba su cuerpo enfermo. El tercero, Abel, el que anda por Mar del Plata, usa bigotes, le gustan las pizzas y la cerveza, tiene tendencia a engordar. El de Merlo escribió también poesía y con él no llegó a nada, a punto tal de que no le encontró ningún nombre.
El que buscó al general en Salta y se vio metido, Conce mediante, en una intriga de desaparecidos de la dictadura y de espías internacionales, se llama a veces Daniel y a veces Raúl, pero de él no vale la pena hablar. De Salta, piensa, es de lo que no vale la pena hablar.
Sintió mucha vergüenza al recorrerla, nada se parecía a la Salta de su novela, una Salta que inventó a instancias de Conce, porque él deseaba una geografía más conocida. Pero pese a todo, hasta en Salta vio su libro y en otra librería, donde preguntó por él, le dijeron que se había agotado, “pero si vuelve mañana se lo conseguimos”.
Siente vergüenza ahora, al hablar al aire.
Saca un papel arrugado y lee: “De la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”. Y agrega: “Todo eso me falta, ha desaparecido”. Y después de una pausa: “Te necesito, debés volver”.
Dice o piensa, da lo mismo, que debe terminar el trabajo, que está lo del premio, que está Conce. No lo piensa, pero debajo de su pensamiento aletea el Cervantes.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Está bien, tirémonos al mar: Explica el plan de obra, habla de las vicisitudes que afronta Virginia, la hija del terrateniente (cuando dice estas palabras de nuevo lo cubre la vergüenza), comenta lo de la polución, el smog, el efecto invernadero (“eso sirve -lo alentó Conce- te da la pátina de progre que aún no tienes”), de los negocios turbios de la ciudad –que no es ninguna ciudad, que puede ser cualquiera-, que todo conduce al desideratum, al final de las cosas. Que quedan solos. Que Moisés lo comprende. Y que no habiendo más, corresponde que termine con Ángela, para que deje de sufrir.
- No la voy a matar.
Insiste la voz. A lo mejor lo dice.
Lo buscó en Salta, cuando sólo quedaban restos de lo que fue, y con mayor entusiasmo en Misiones y en Merlo, después en Mar del Plata, porque ahí –creía- había sido el comienzo. En la soledad del hotel, cuando iba por la segunda copa de la segunda botella, aceptó que en la intriga marplatense, en ese viaje por la poesía y en ese encuentro de esa mujer mayor con el muchacho, había mucho de él. Después fue el encuentro con Conce, el éxito de la novela salteña, lo que de inmediato ocurriría no bien obtuviera el premio internacional.
Pero, lo entendió de súbito en una madrugada atroz, el verdadero estaba en otra parte, en las poesías que escribió y que nadie publicaba, en las copias que repartió entre amigos, en las lecturas que le hacía a Sarita. En ese primer cuento, que tanto la conmovió, donde Oscar se jugaba la vida por Ángela, cuatro paginitas, su primera historia.
Lo convocó para la historia marplatense y haciéndolo un poco más grande y más robusto trocó el Oscar por Abel. Fue el de Misiones y a pesar de estar tan cambiado, fue también el que resolvió los misterios salteños. Fue durante mucho tiempo, casi hasta el final, Moisés.
Pero Moisés no va a matar a Virginia. Porque Virginia es Ángela y todas las demás.
Lo ha encontrado, es una manera de decir, en medio del eucalipto y el paraíso, cerca del río, cerca del camino donde Oscar casi atropella a Ángela. Está ahí, férreamente ahí, no se va a mover.
Le sigue hablando al aire, sus palabras vacilan como su cuerpo vacila a causa del alcohol, el premio, Conce, la casa en la montaña, Sarita (ah, sí, Sarita), las cuentas y la Notebook, el inminente viaje a España, el plazo inexorable. ¡El Cervantes!
- Todo perdido. Todo, absolutamente todo.
Le responde el silencio.
Está destrozado. “Estoy destrozado, destruido. Me arruinaste para siempre”.
El silencio se prolonga hasta, en un momento, parece que el aire algo mueve.
- Quizás te terminé salvando.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

La Vía Mística
Para Latif Bolat

No tienes que deberme
para conocerme.
No tienes que tenerme
para amarme.

No tienes que verme
para estar conmigo.
No tienes que abrazarme
para tocarme.

No tienes que desearme
para acariciarme.
No tienes que callarme
para escucharme.

No tienes que poseerme
para dejarme libre.
No tienes que preguntarme qué
quiero que seas.

No tienes que hacer nada.
Yo no tengo que ser nadie.

Sólo hay un encuentro, un saludo:
El cielo, los campos, la puerta abierta.

Ron Ridell (Wellington/Nueva Zelanda)

Guatemala/Lluvia

Serbare (in memoriam)

Vivo la vita
ricordata dalla mia bisnonna.
Lei in me amò e deluse,
appese le viscere al vento,
spazzò il pavimento con i capelli.
I suoi piaceri tolsero la polvere dalla cassapanca,
si mise a letto con la mia stirpe.
Io, invece,
viaggerò con valige cariche dei suoi sogni,
sussurrerò all’orecchio
dei suoi amanti,
farò il bagno nell’acqua calda
che lei tanto desiderò,
mi laverò la sua faccia con mani
inschiumate di sapone prezioso,
mi metterò la crema sulle sue gambe
per idratarle dopo questi
cent’anni d’oltretomba,
mi dipingerò le sue unghie di
smalto scarlatto
e andrò a letto con i suoi progenitori.

Verrà il passato e
mi troverà morta
con i capelli sparsi nella polvere
e le dita dei piedi
smaltate di rosso.
E contenta, Dio mio,
contenta.

Guatemala/Lluvia

Guardar (in memoriam)

Vivo la vida
recordada por mi bisabuela.
Ella en mí quiso y defraudó.
Sacó las entrañas a colgar al viento,
barrió el piso con su pelo.
Sus placeres quitaron el polvo de la cómoda.
Ella se acostó con mi estirpe.
Yo, en cambio,
viajaré con la maleta cargada de sus sueños,
soplaré en el oído de
sus amantes,
me bañaré en el agua caliente
que tanto añoró
me limpiaré su cara con manos
espumosas de jabón fino,
me pondré crema en sus piernas
para hidratarlas después de estos
100 años de ultratumba,
me pintaré sus uñas con
esmalte escarlata
y me encamaré con sus progenitores.

Vendrá el pasado y
me encontrará muerta
con el pelo enmarañado en el polvo
y los dedos de los pies
esmaltados de rojo.
Y contenta, por Dios,
contenta.

Silvia Favaretto (Venecia/Italia)

Accidente

Apoyó su elegante portafolios
sobre una mesa impecable
de cristal.
Lo abrió despacio,
exhibiendo sus manos de pianista,
sacó su contenido lentamente
y lo puso sobre la mesa con pulcritud.
Dejó los excrementos secos
a un lado,
los pañuelos usados al otro,
separándole los mocos.
Todo ordenado.
Luego,
sacudió con fuerza el maletín
y tiró a la basura las virutas muertas
del último raspillado doloroso.
Finalmente,
volvió a colocar las cosas en su lugar,
cada una en su sitio.
Hizo sonar el clic del maletín
y salió dignamente a la calle.

Jesús Quiroga (Vigo/España)

Mentiras piadosas

Te mentí cuando te dije
que buscaba sexo sin complejos
cuando dije
“no te quiero”
Cuando cerré los ojos
para que no vieras
mis sentimientos
Cuando casualmente
recogí mi ropa
y aspiré muy hondo
tu perfume para
llevarlo muy dentro
Cuando dije no a las ataduras
y sin embargo por dentro
temblaba con tus besos
Cuando me despedí
con un beso ligero
cuando quería aferrarme
a tus labios
y acariciar tu lengua
sin soltarte jamás
hasta el próximo encuentro
Te mentí cuando dije
que no era nada
que el sexo era sólo eso
Sexo
Te mentí cuando la realidad
es que ya formabas parte
de mi universo
Te mentí
con descaro
con todos mis miedos
Te mentí
Te mentí cuando te dije
que quería sexo sin complejos

Silvia Cuevas (Sydney/Australia)

La guitarra
Homenaje a Víctor Jara

Igual como
un caracol roto en la orilla,
fragmento
de sonido y brillo
en septiembre
bajo los cardos
del recuerdo –

Un cántaro
lleno
de la oscuridad
del silencio definitivo –

Esa guitarra
una muralla
de orgullo y canto,
construido contra el sufrimiento,
contra la soledad,
contra el olvido.

Esa guitarra
que nadie más sabe tocar
sin que toque
la cuerda del dolor.

Ulrich Grasnick (Berlín/Alemania)

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Tradición cultural e identidad lingüística

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

Mi primera observación es que el tema de este encuentro, identidad y tradición, ambas nociones referidas al español, se inclina peligrosamente a un tratamiento retórico de lo obvio, que procuraré soslayar. Una lengua hablada por 400 millones de personas, una lengua en donde no se pone el sol, desde las Filipinas hasta México, desde La Cruña hasta Tierra del Fuego, no necesita documentos de identidad. Y en cuanto a nuestra tradición, nuestra tradición se llama el Arcipreste de Hita y se llama Jorge Manrique, se llama Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, se llama García Lorca y se llama García Márquez, se llama Gabriela Mistral y se llama Violeta Parra, se llama Jorge Luis Borges. Vaya si tenemos tradición y si nos sobra identidad.
Dos objeciones se pueden alzar contra esta afirmación tan contundente: una falsa y otra cierta. La falsa se refiere al hecho de que el español de nuestro de estos días vive amenazado en su identidad bajo una avalancha de términos tecnológicos y financieros que vienen del hemisferio norte. Contra las voces alarmistas que se levantan en este sentido, entiendo que la identidad del español no sufre en este trance mayor peligro, del mismo modo que la identidad del inglés no corrió riesgos con la enorme proporción de términos románicos que se incorporaron a su léxico. Antes bien, el inglés se enriqueció, se matizó y flexibilizó con estas influencias, para su propio brillo y ventaja.
Por el contrario, creo que la identidad se construye en el diálogo con lo otro, y que en ese sentido tenemos una ventaja sobre el inglés, que es, por su volumen y expansión, nuestro interlocutor natural en occidente. Esa ventaja consiste en que la mayoría de los hispanohablantes “cultos” de esta generación conocen el inglés, es decir, lo hablan o lo entienden, mientras que el anglohablante nativo no conoce el español, por regla general.
Ésta es la ventaja con que cuentan los invadidos frente a los invasores, la misma ventaja que hizo del territorio romance un semillero de lenguas magníficas frente al latín imperial.
El monolingüismo es una suerte de monoteísmo fundamentalista que no favorece a sus creyentes.
Y como entiendo que la pregunta fundamental para asentar nuestra identidad debe ser, no ¿Cuántas lenguas habla Ud.? sino ¿Cuántas lenguas escucha Ud.? pienso que nuestro oído es más rico y más fino, del mismo modo que una persona adquiere mayor conciencia de su identidad cuando descubre y acepta en ella misma los componentes del otro sexo que también la habitan.
Lo que sí preocupa es que detrás de la cortina de humo de la discusión sobre purismo y bastardía en el léxico, se soslaya una discusión más importante acerca del verdadero receso que estamos experimentando en manos de los mercaderes de la cultura y de esos poderosos almaceneros que son los dueños de la publicidad, los mandarines de las grandes firmas discogáficas que ensordecen al mundo y los ejecutivos de las grandes editoriales en toda la extensión del mundo alfabetizado. Más grave que el que nuestros adolescentes digan chatear es que crean que la Coca-Cola es una bebida imprescindible, el popocorn un alimento nutricio y Titanic una gran película. Más importante que el número de anglicismos que se infiltan en el español es la desproporción entre la venta de bestsellers anglosajones impuestos por una maquinaria de publicidad abrumadora y el número de libros en español que se traducen y publican en inglés. Hay en este sentido una iniquidad permanente, un lavaje de cerebro planetario sumamente eficaz que nos está barriendo en nuestra capacidad perceptiva crítica, no ya como hispanohablantes, sino como seres humanos sensibles y pensantes: y esto sí es grave y denunciable, y urge abocarnos con toda nuestra fuerza y lucidez a esa denuncia.
No es la tradición ni la identidad del español la que está en causa en estos momentos. Lo que está en causa en todos los rincones del planeta es la sobrevivencia de la palabra humana: la palabra bantú, la palabra guaraní, la palabra china, la palabra irakí, la palabra vasca, la palabra francesa, la palabra catalana. Lo que está en causa es la subsistencia de la mera palabra, la que todos los días debe levantarse y lavarse la cara ante las innumerables toneladas de basura que le arroja la televisión chatarra, la prensa cipaya, la radio obscena, la música ensordecedora, la propaganda letal. Los medios son los artífices ciegos y eficaces de un mundo en que un lenguaje sordo y pertrechado de frases hechas y mentiras, nos quiere obligar a ser esclavos del trabajo a destajo, autómatas de la información planificada y consumidores incondicionales de bienes superfluos.
El brillo de la palabra verdadera, la palabra gratuita, inagotable, la palabra poesía, la palabra creativa, la palabra humor, la palabra solidaria, la palabra placentera, ese brillo es insoportable a los ojos de los fabricantes de muerte que nos rodean y acorralan. Por eso han desaparecido los fogones del cuento nocturno, por eso se ha desarrollado la monstruosa industria del entertainment, por eso las letras de las canciones más hermosas se ven arrasadas y remplazadas por los alaridos de una lírica metálica y despiadada que sólo ensordece y aturde el corazón de nuestros chicos. Por eso y porque los traficantes de estrépito temen que de los fuegos de la palabra resucitada se vaya encendiendo la crítica implacable que merecen.
Si la primera objeción resultaba irrelevante pero ocultaba una amenaza cierta, de carácter más general, la segunda objeción se refiere a un peligro verdadero en cuanto a la tradición e identidad particular del español. Se trata del destierro de los poemas aprendidos de memoria en la escuela, un olvido que atenta en verdad contra nuestra identidad y nuestra tradición más profundas. Los mismos que dicen que los niños no deben aprender de memoria y han desterrado la enseñanza de la poesía en las escuelas –en primer lugar, porque son incapaces de enseñarla- son los que imaginan que la memoria es una propiedad de la computadora, sin entender que la computadora es sólo una simulación de la maravillosa memoria humana. Son los mercaderes de la electrónica y también los empresarios de las fúnebres pompas del lenguaje, los enterradores oficiales del verbo. Hay que denunciarlos, hay que hostigarlos, hay que remplazarlos. Hay que rescatar la poesía, nuestra espléndida poesía, de las mazmorras a las que la somete una mal llamada cultura sin imaginación y sin amor. Hay que reimplantarla no sólo en los programas escolares sino en los medios masivos de comunicación y en la mente y el corazón de todos los hispanohablantes.
La lengua española, única en crear un romancero popular e inmortal que todavía en la Argentina nos alumbra, así como nos sonríe en los cantos de nuestros payadores, la lengua española, única en las posibilidades inmensas de sus hermosas y fluídas rimas asonantadas, tiene mucho que decir en esta batalla. Desde su tradición deslumbrante, incuestionable, y de su identidad en permanente recreación, desde su vigencia planetaria y su vitalidad poética formidable, desde la gloria de sus escritores famosos y la originalidad de sus escritores y hablantes desconocidos, el español debe llegar a ser una lengua consciente de sus poderes, a la altura del desafío que nos amenaza. Por algo en ella flamea, vecina etimológica de la espiga y del esperma, la preciosa palabra esperanza.

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01/07/2007 01:15 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 4 comentarios.

NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL ESCRITOR

20070617003038-quim-fabregas-tapa.jpgGACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL – JUNIO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la obra fotográfica de
QUIM FÁBREGAS (Barcelona/España)
Fotografía: Serie Visión de Gambia

PÁGINA EDITORIAL

A manera de recordatorio por el Día del Escritor

"Cada día del año es un regalo que se ofrece a un sólo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de éste para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué nadería va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada."

Vladimir Navokov "El Elfo Patata"

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Sonata en Mí menor

si logro plasmar lo más querido
y sacro ante todo, la poesía,
entonces sonreiré satisfecho a las feroces
sombras, aunque debiera dejar
en el umbral mi voz. Un solo día
habré vivido como los dioses. Y eso basta.
Friedrich Hölderlin

Me gustaría pensar que
tantos ensueños podrían ser verdad
el fascinante hechizo de la luna allá
viajando sobre el agua
pero estoy siempre de pie aquí
sirviendo carne asada y
verduras frescas.

Domingo al mediodía ahí
mar verde veteado de bolero el mar
con gris marrón y otra lomada gris
por la soberbia libertad del sol
durmiendo entre las nubes.

Y así otra vez salto de rana en
verde sereno rumba mar el mar
y yo moviéndome de acá a allá
sin otro medio para ser que ser
cuaderno y lapicera.

Las letras se acomodan con
ruidosa, impaciente soledad
por un ruidoso auto que pasó y se fue
apenas hace un rato y ya es ausencia
mientras la blanca luna es una barca
en el dulce mar
dónde quisiera estar no sé pero seguro no aquí
salando y pimentando.

A lo mejor me gustaría ver un bello ser
un bello ser que esfume mucha luz
bajando de lo alto
si cierta es que bella y esencial y alta es
la luz que busco.

No tengo mazapán para poder comer
poder comer llenar la boca de
estrellas dulces
a cambio un rubí caliente y leve es
el breve vino tinto que también se va
como la vida.

Y pienso que me aliviaría ver la luz
no sé si fuera o si dentro en mí
pero enraizada en algo
para no odiar sentir que no interesa ya
si estoy sujeta día a día aquí
lavando la vajilla.

O a lo mejor quisiera un ser que me hable a mí de mí
que yo le hable a él de sí
que diga qué hago yo aquí
los brazos inmersos en lejía
si es un misterio la belleza del cristal de sal
si es un misterio el calor del sol
si mi presencia inútil banal
pero única en el mundo.

Quisiera hacer de mí un ser con ser
saber cómo se armó y por qué
mi código genético
alzar bajo la voz hasta por fin hallar
el cántaro y su ollero y así entender
causa y efecto.

Abrir sin más mi corazón
gritar
aunque no fuerte
no
gritar despacio y preguntar por qué
por qué razón existe el mar
un mar sin verde mar y con
esta rutina
de andar de un lado para otro
ir
andar y hacer las compras

de levantarme y acostarme hoy
sin esperanzas de saber ningún por qué
si existo realmente en algún lado o soy
si existo realmente en este sitio y soy
dónde el comienzo de la historia
dónde el final si es que hay algún final
si espera andén y tren en la estación
porque no puedo creer que cerca o lejos no esté Dios
para poder hablar con él
porque seguro ha de saber por qué
por qué yo estoy buscando aquí
buscando al ser que duele en mí
bajando hasta sellar la voz
sacando el corazón de un cajón con miel
callando y no saber por qué
por qué razón existe el mar
el mar verde veteado gris
la luna hechizo arriba allá
mirándose Narciso en sí
el sol cambiando el agua de color
el tiempo huyendo con o sin reloj
Mozart y la Sonata en Mi menor
y la rutina
de hoy igual que ayer andar
de un lado para otro sin
que entienda nada
si el mundo se parece a nuestra cárcel sí
celdas individuales sin color rubí
en un entorno de mar sin coral
ni espumas blancas.

Quizá los Andes sean de papel
las flores todas nazcan en abril
y el viento Norte sea helado
porque no sé qué es la libertad
aún no sé qué es morir
pero a consciente lucidez
amo la vida
no importa si en el inicio está anidado el fin
si suena inútil preguntar por qué
por qué esta vida
de andar sin rumbo de acá para allá
atroz rutina levantarme y acostarme hoy
no sé mañana
si toda infancia ya lució y se fue
dónde mis padres han de estar no sé
dónde el jardín con el damasco aquel
por qué razón se esconde de dolor
el corazón en un panal sin miel

Si las montañas nacen en abril
las flores frescas se hacen de papel
si está veteado de bolero y rumba mar el mar
si el día de hoy es más igual que ayer
mañana es nunca y también es hoy
si es un misterio el fin en el comienzo de
si en el inicio está marcado el fin
por qué la vida.

Ketty Alejandrina Lis (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Otro destino.

La luna corrompió los cuerpos
y después de muchos años,
el fuego brilló, fatuo,
en la fosforescencia de los huesos.

Sólo el páramo fue testigo de aquel duelo,
de aquellas mutuas muertes de los dos hermanos.
El páramo y una mujer, la intrusa,
que supo desviar a tiempo su destino.

Borges no llegó a enterarse.

Marta Rodil (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

creo que ya no amo, pero siento
y lo admito sobrio de edad y tiempo

aunque nada seguro
pues todo cae inerte

vivo esperando la contraorden que diga:
“Te equivocas, y pagarás caro tu resentimiento”

qué difícil es amar sin vendarse los ojos

sin escupir verdades falsas
que luego harán de los años sacos rotos

qué difícil es el camino si se camina

tan difícil como darse cuenta del amor
cuando falta todo

Diego Ferrero (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

En Lanzarote

Este círculo de hierro
forma perfecta de ausencia
es límite del vacío tolerable
que atrapa e inmoviliza
como espejeantes ojos
de serpiente.
Más allá el sol cubre encalado paredes rugosas.
Otros evadieron bordes
crearon juguetes con el viento,
inundaron de luz ,encapsularon cascadas
convirtieron en paisaje la dura piedra que evidencia
que aquí hay un volcán.

Quedará para nosotros
crecer en huecos como estas vides
esperando que una boca nos reconozca e instale
en nuestra lengua el cráter
que libera montañas de su fuego.

Antonia Taleti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Desde la otra ventana… el sol

Entonces,
era nada más que una pequeña voz
acallada hacia el alma,
morada y temblor de un grito amargo,
casi desconocido;
y mis manos,
altares de ceniza inconfesada,
se apretaban en repetido intento
de plegaria.
Era un sollozo leve,
desovillando tramos de mi infancia,
lenta angustia otoñal de un tiempo
desierto,
reiterándose en tantos sueños descalzos
lágrima en lágrima.
Entonces me buscaba honda y mansamente,
y mansamente,
murmullo de follajes ausentes,
con soles desgastados y una lejana heredad de alas.
En el territorio del viento y la nostalgia
la urgencia solemne
de caricias adormecidas.
Pero aún me quedan raíces,
y un lento olor a savia,
y una ventana azul en el camino
y quizás generosa,
una mañana.
Y algún hilo de luz
y eternidades,
volviéndome a una osadía nueva y desbordada,
en la tarde de marzo,
apenas detenida.
Desde la otra ventana… el sol,
otro sol
y la amarga dulzura de la espera.

Teresita Testa (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

El segador

Por Adrián N. Escudero (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

A la Esperanza. En especial, al Poeta y Diácono, Amílcar Torre, in memoriam...

Ayer vino a visitarme. Pero, ciertamente, me costó reconocerlo.
Por supuesto, tocó timbre, esperó que alguno de nosotros atendiera, y luego dijo: “¿Está el dueño de casa?”.
Es decir, yo. O lo que yo representara en aquel momento.
Había elegido un día especial para la visita. No había lluvias ni relámpagos eviscerando la penumbra de la noche, o acortando la tarde, u oscureciendo la ma&n