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Año I - Nº 10

20070929164721-ano-i-n-10.jpgHomenaje de Gaceta Literaria Virtual a Salvador Dali
Obra: Descubrimiento de América

GACETA LITERARIA Nº 10 – OCTUBRE de 2007
PÁGINA EDITORIAL

Balance de primavera.

Por Norma Segades – Manias

Quienes insistimos en continuar ejercitando el estéril oficio de la palabra poética ante una sociedad globalizada, inarmónica, distanciada de nuestros principios éticos y estéticos, no podemos dejar de reflexionar acerca de la utilidad o inutilidad de la tarea emprendida.
Sabemos que resulta ocioso cuestionarnos tanto sobre los desencuentros entre poetas y lectores o encender la nostalgia atizando aquel antiguo concepto de alimento, redención, continente salvífico en donde refugiábamos soledades, tristezas, temores, esperanzas.
Porque de nada vale continuar denunciando la indiferencia que nos rodea cuando, en definitiva, no vivimos otra vida que esta adictiva búsqueda interior donde acontece la palabra que conmueve, que provoca, que sorprende, que impresiona… la palabra que nos pone en contacto con nosotros mismos o con los demás. Esa cualidad vital de comunión que la torna eminentemente peligrosa y a la que se debe silenciar de una u otra manera.
Continuar en el oficio es una opción, una elección de vida, el libre ejercicio de la voluntad. Porque el espacio de encuentro con los otros que somos no se alcanza merced a lamentaciones, demandas o indulgencias; se conquista luchando, persistiendo, fundando, proponiendo, edificando convicciones, aunque debamos hacerlo desde estas apremiantes coordenadas de la pasividad y los despojos.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Era el tiempo


Era el tiempo
en que la luna caía
degollada en los brocales
cuando guardé mi llanto
en aquel cuarto
que olía a azahares, a naftalina
y a cáscaras de naranjas secas.
Era el tiempo
en que los niños
existían como ángeles
o fantasmas quietos
o dormidos
y los grandes se secaban el vino
de los labios con la manga del saco
y cantaban esas canciones
donde siempre una novia italiana esperaba
y sin embargo sonreían sin llanto
aunque la voz se les quebrara
como una rama seca.

Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

Oigo cantar al mar

oigo cantar al mar
y lo acompaño

el mar habla de luz del sol
y yo soy un acorde hecho de sombras

máscara y máscaras
no tengo rostro no dejo rastro

voy donde quiere el mar
en la noche sin alma

no tengo clave de sol para abrir
pero acompaño

soy lo que quiere la muerte
en el fondo


Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

La abuela en Salta
(San Luis 766)

La trenza en la nuca
inclina la frente, las pestañas;
un sillón veneciano
hamaca sus faldones
con flecos en la espalda.

Mira, con párpados pesados,
la semiluz del vidrio de la sala.
A veces...,
entre paredes estrechas
teje escarpines celestes
con telarañas blandas.
Luego...
camina descalza, en dirección a la penumbra,
(deja mecer el horizonte de sus sueños).

Las sandalias ya no suenan;
el gato blanco enreda sus tejidos.
¡El grito es tan fuerte...,
se asustan los cangrejos!
Los pasos ya no pesan
ni pisan las alfombras.
Los postigos se entreabren.
¡En el jardín de los naranjos,
vuelan las gaviotas!

Fanny Trainer (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Del respeto

Porque soy parte de la espiga y la nube,
No puedo no respetarte...
Porque soy parte del silencio y la estrella,
No puedo no respetarte...
Porque soy parte de la sangre y del tiempo,
No puedo no respetarte...

Parte del conocimiento y del cansancio,
Parte de los días y de los ríos,
Parte del amor y de las glicinas,
Parte de las tierras y los esfuerzos,
Parte del clima y de los nombres...

De la mudanza y de los cuerpos,
De las piedras y la sinceridad,
Del trabajo y de los insectos,
Del mar y las claridades,
De la pasión y de los árboles...

Y de los tejidos y de las palabras,
Y de los pensamientos y del sudor,
Y de paisajes y del llanto,
Y de la línea...

Porque soy parte
De la vida...

No puedo
No respetarte.-

Horacio Rossi (Santa Fe/Argentina)

La tarde y yo

la tarde apoya su voz sangrienta y moribunda en mi espalda que se arquea
y me prodiga maldiciones
me amenaza con no poder olvidar
jamás los siglos de vida que me encadenan
a esta tierra
donde también ella esta encadenada.
Los recuerdos se amontonan
en los ojos y los oídos
la voz de mi madre
y de mi hijo
las voces de todos
los que me rozaron apenas
sin dejarme al menos una caricia
y a quienes
no pude acariciar siquiera
y menos aun
retener conmigo.
La tarde desolada
maldice mi vientre
y mi inocencia
me censura
y me expulsa fuera
de la primera madrugada
ajena al mediodía vital y enfurecido
me presume cobarde ya
después de tantas valentías vanas.
Las dos morimos
cada día
después de intentar
en un esfuerzo último y repetido
abarcar el cielo
ser luz
desaparecer las sombras
desquiciar la noche
sin esperanzas de permanencia
con la absoluta certidumbre
de volver a morir
después de cada intento,
para ser sombra
noche
grillo solo
perdido en la inmensidad de una llanura vacía
con la voz sostenida en grito monótono
que nadie entiende.
La tarde me aprieta la garganta
con sus rayos agónicos
vomita sortilegios
para que no volvamos
a nacer mañana
para
de una vez por todas
no vernos más.

Mabel Zimmermann (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

PAGINA 3 – Narrativa

Fotos

Por Orlando Van Bredan (El Colorado-Formosa/Argentina)

In memoriam de M.

Ella es la primera de la fila, la más flaquita. En esta otra es la tercera de abajo, puro cristal sonriente. Lo mejor es la sonrisa decimos con Babi y Babi se cae, se hunde, nos hundimos en la infancia, el barrio, los amigos comunes que no eran tan comunes y yo como hermano mayor de Babi recuerdo aquel día en que él la corrió, la corriste, hasta la misma puerta de su casa. Cosa de chicos dijo mamá ante el padre de ella, tan enojado, tan curiosamente furibundo. Entonces cuando Babi se pone así, nos ponemos así y le acerco el vaso de cerveza y le pregunto si el asado no se va a pasar y él se ríe y me dice que desde cuándo le voy yo a enseñar a hacer asado, que él es un especialista, cualquier cosa dice con tal de salir de esto que lo aprieta por todos lados, que nos aprieta y que es algo más que el sudor por la cercanía intensa del fuego. Terminamos otra cerveza y otra y la historia de ella queda en el aire, flotando para otra vez, otra vez, otra vez, como una garza inocente que no deja de planear jamás, todas las veces que sea posible volver a ella, siempre hay una manera de encontrar la punta, de comenzar a desovillar esa triste-estúpida- desgraciada historia de Michela, la flaquita de la esquina como decían los muchachos que se juntaban, nos juntábamos, en la alcantarilla cuando todavía, cuando entonces no había asfalto. El asfalto vino después, cuando ya, cuando cada uno comenzó a irse del barrio. ¿Qué cosa el barrio, no? Qué Paraíso entonces me dice Babi y me muestra una con los Peceo, el Quito Alvarez y mi primo Raúl. Qué pinta de camorreros dice Babi. Claro que sí y a mucha honra le digo y empezamos otro día, otro sábado, otro domingo acordándonos de Michela, la vez que la corriste para tirarle una piedra, sos loco vos, si ella era un ángel, puro sonrisas como en esta foto que Babi deja caer sobre la mesa y en la que se la ve con el pelo mojado y las piernas flacas con minifalda y en la azotea del Colegio Nacional cuando terminamos quinto.
Yo estaba en Formosa cuando ocurrió, digo, y yo en Gualeguaychú, dice Babi, ya tenía la disquería. Abre otra cerveza. Será que la cerveza siempre nos pone tristones, le digo. No, che, ya somos borrachos de alma, se ríe Babi, nos reímos, mientras mi cuñada y mi mujer preparan la ensalada en este verano de Entre Ríos y nuestros hijos andan por ahí peleándose, escuchando a Luis Miguel o hablando de amorcitos lejanos o posibles porque ya tienen edad; entonces le digo a Babi que Michela ya tendría como treinta y cinco. Claro, me dice, tenía mi edad. Todavía falta mucho para el asado cuando suelta que para él todo estuvo preparado, le fueron creando la escenografía, si no, no se explica, no se entiende, no sé, dice y se sirve cerveza y yo aprovecho para preguntarle por qué asegura lo que asegura, y me dice que hace unos días lo vio a él con otra en un restaurant de Gualeguaychú, una mucho más joven, una rubia muy fuerte. Un minón, le digo. Sí, bueno, un minón, reconoce, nada que ver con Michela, dice Babi, una relación que seguro la tenía de antes, cuando vivía con Michela, cuando la llevó a vivir donde la llevó a vivir, fijate vos, al lado del cementerio, en los suburbios de la ciudad, casi campo. Cuando se casó con Michela eran jovencitos, unos pendejos, yo estuve en la fiesta de bodas, por ahí anda una foto, ella puro sonrisas, puro dulzura, como siempre fue, a vos te consta porque nos criamos juntos. Él, con el cuento de que quería vivir más cerca del frigorífico porque es veterinario a los pocos meses compró esa casita al lado del cementerio, y dejaron el departamento que tenían aquí sobre la Urquiza, pleno centro, te imaginás, qué cambio, del día a la noche. Ella, según supe, se quejó pero poco, ya sabés cómo era, pura sumisión, y se fue a vivir ahí, tejido por medio con las últimas tumbas, condenada a salir al patio y encontrarlas siempre, siempre, siempre. A ella le gusta esa tranquilidad, comentaba él en todas partes, porque él no se privó de salir, salía más que nunca, nunca estaba, desaparecía por dos o tres días y ella se bancaba, con la panza grande, desafiante, pura vida entre esas cruces mal paradas, dice Babi inspirado por la cerveza, de la última parcela del cementerio donde van a parar los más pobres, insiste Babi patético, los más tirados, donde aún es más triste la muerte. Exagera, pienso, exagera siempre que se habla de Michela. ¿Por qué no se separó? Pregunto. No es fácil, de afuera todo se ve fácil, dice Babi y llena el vaso y llena mi vaso y sigue, ahí tuvo el primer hijo, después una nena y enseguida nomás quedo embarazada del tercero; le faltó carácter para enfrentarlo dice mi cuñada que se acerca a la charla, a mí no me hace un tipo una cosa así dice mi mujer y yo no puedo evitar la indirecta y contesto que cada hogar es un mundo, que no hay experiencias iguales y todo lo que puedo argumentar para intentar ponerme un minuto en el cuero de Michela. La madre, el padre, a veces la hermana, iban a visitarla pero según dicen por poco tiempo, el lugar era tan triste, tan feo que se me parte el alma decía el padre, uno no aguanta, decía la madre, yo también tengo una familia que atender decía la hermana, y Michela prometía ir a Concepción pero no iba nunca, simplemente sonreía y decía que estaba bien, que no se hagan problemas, pero siempre estás sola, insistía la madre, pero estoy bien, mamá, pero estoy bien, papá, pero estoy bien. Y sonreía porque Miche siempre sonreía dice Babi y mi cuñada pregunta ¿Miche?, sí, Michela, dice Babi y revuelve las brasas y grita a la mesa que el asado ya está.
Otra vez, otro día, otro sábado, otro domingo, de este verano de Gualeguaychú que invita a destapar cervezas y a ponernos melancólicos porque a pesar de que todavía no pasamos los cuarenta, pobre de vos, dice mi mujer, vos pasaste hace rato. A pesar de que no pasamos los cuarenta, insisto, recordar el barrio, la infancia, todo eso, se ha vuelto una costumbre. Yo era peleador, digo, muy peleador, me acuerdo cuando lo golpeé al judío Weibel, antisemita me dice mi cuñada, no, nada de eso, ese día nos hicimos grandes amigos, después de que la maestra me dio una flor de lección; yo también tuve mis peleítas, dice Babi, sí, dice Silvia, mi cuñada, la vez que la corriste con una piedra a Michela y otra vez, otra vez la punta del ovillo y Michela que aparece con toda su sonrisa y sus piernas flaquitas, insignificante, con sus tres hijos viviendo al lado del cementerio. Mucha gente vive al lado del cementerio y no les pasa nada dice mi mujer; sí, es cierto, aclaro, pero no todos somos iguales. Michela era la alegría de vivir, era como plantar un rosal en un chiquero dice Babi y sirve cerveza. El se abusó porque Miche era fácil de agredir, como cuando yo tenía cinco años y la corrí con una piedra, porque ella no se iba a defender, porque invitaba a someterla, a golpearla, porque siempre respondía con una sonrisa y él no pudo soportar esa sonrisa y la llevó a vivir al lado del cementerio, la condenó a mirar la muerte hasta que perdiera la sonrisa; estás exagerando dice mi cuñada, cuántos tipos hacen lo mismo dice mi mujer, para mí que la sonrisa de ella era una máscara, argumento, en el fondo era muy triste. Puede ser, dice Babi, puede ser, y se sirve cerveza y se pone de pie y sigue diciendo puede ser, pero el asado se pasa, a la mesa, gurises, a la mesa.
Esta es del casamiento. Fijate que no había cambiado mucho, dice Babi. Nosotros estuvimos esa noche. La familia de él, tan fría, tan distante; no parecía un casamiento, más bien un velorio; se casaron apurados pregunto; no, cosa de gurises, dice mi cuñada. Entonces él la quería, interviene mi mujer. Sí, seguro que la quería, era fácil querer a Michela dice Babi. Seguro que él se calentó después con la rubia y se arrepintió, dice mi cuñada. Entonces le creó la escenografía, dice Babi, la llevó a vivir al lado del cementerio, la abandonaba durante días y días, jamás la llevaba a ningún lado y ella no se atrevía a dejar solos a los chicos, no tenía con quien hablar, con quien reírse, sola, allí, al lado de las tumbas, y él como quien no quiere la cosa, como si en realidad le interesara coleccionarlas, fue trayendo armas de fuego a la casa, una escopeta de caza, un calibre 22 por si los ladrones, como vivimos tan lejos de la ciudad, en fin, seguramente esa tarde discutieron y mucho y él cargó los tres chicos en la camioneta y los llevó a la casa de los abuelos y la dejó sola sola sola y Babi no puede seguir hablando y yo no quiero escuchar, menos mi cuñada, ni mi mujer y los chicos discuten y escuchan “El día que me quieras” por Luis Miguel y la cerveza se calienta, se calienta, se calienta en los vasos.

Esta otra es aquí, en la disquería. Entonces, te veías con ella, pregunto. Fue una casualidad, aclara Babi y me esquiva los ojos. Miche espléndida, puro sonrisas como siempre, contra la sección Música de Grandes Orquestas. Con el pelo llovido, casi como mojado, y esa mirada que le nacía en un lugar impreciso del corazón, aclara Babi y yo también lo siento así. La foto aparece junto a la PC en la sala de grabaciones, un lugar al que sólo llega Babi, una penumbra clandestina que está al final de un pasillo que anticipa otro pasillo que baja tres escalones y tiene una pequeña puerta. No la volviste a ver, pregunto impertinente, a un hermano que ahora, recién ahora, empieza a sentirse molesto, o al menos a mí me parece, como si las confidencias sólo fueran posibles después de una cerveza en un patio de verano junto al calor de una parrilla. ¿No la volviste a ver?, insisto ahora como una pregunta, como un tiro de ballesta, como un disparo en la oscuridad de este atardecer de invierno en una cueva donde se graban CD a pedido y uno huele en el aire la húmeda presencia de cuerpos que alguna vez estuvieron aquí y han dejado sus señales. Sí, claro, nos volvimos a ver, ella necesitaba salir, no me lo decía pero yo me daba cuenta, dice Babi sin mirarme, como buscando algo en el monitor, siempre aquí en la disquería. ¿En este lugar?, pregunto como un detective que necesita otros datos. Sí, claro, en este lugar también. Lo dice y es fácil, entonces, imaginar a Miche entre estos anaqueles, contra esta pared también oscura, donde un Lennon en blanco y negro esboza una sonrisa y una luz roja obliga a esforzar la vista.
Esta es la última foto, dice Babi ahora sonriente, como si el pico de la tormenta ya hubiera pasado, lo dice mientras nos acomodamos en su auto, lo dice cuando saca del bolsillo la billetera y quita la foto carnet de ella que aparece entre algunos papeles de diez pesos, lo dice ahora casi deseoso de que pregunte por qué guarda esa foto y en ese lugar tan visitado, me obliga a preguntarle o a pensar por qué esta necesidad de tenerla tan cotidianamente, tan alcance de sus manos o de sus besos. En realidad, me obliga a callarme, a no seguir preguntando, a mirar la hondura de una herida después de haberse quitado la camisa. La foto no es más que esas fotos que nos hacemos para cumplimentar un trámite, siempre con un gesto estereotipado y seco, sin embargo, es la última, es el último ademán de una mujer querida y eso la hace distinta. Babi lo sabe y sonríe y conduce y no deja de sonreír y seguramente de pensar que por encima de todo, por encima de las lágrimas tapadas con esfuerzo, él tuvo este raro privilegio de tener su último gesto vivo, perpetuado en un papel.
Soy cruel, siempre tuve fama de cruel, de no tenerle miedo ni asco a la sangre y de faltarle el respeto al dolor. Mi madre siempre me lo dijo, Babi no me dijo pero lo ha pensado, es más fuerte que yo este deseo, tengo la frialdad del científico que antepone sus objetivos a sus sentimientos. Y lo que es peor, golpeo a traición. Cuando el auto se detiene ante la casa de Babi, pregunto, sin mirarlo le pregunto: ¿por qué se mató, Michela, realmente por qué? Recibe el golpe pero no lo devuelve, hubiera podido decir ya te lo dije, ya lo hemos hablado tantas noches de tantos veranos junto al fuego de una parrilla, no es suficiente acaso, él tuvo la culpa, él la llevó a vivir detrás del cementerio, todo eso me hubiera podido decir, pero no lo dice, deja la guardia muy baja, dispuesto a esperar todos los golpes que mi curiosidad, mi malsana, mi cruel curiosidad quieran asestarle, como si en realidad hace mucho que los esperara, hace mucho que los necesitara, sólo se vuelve para mirarme con la cara desdibujada por un llanto que se asoma limpio, purificador y largo largo largo.

PÁGINA 4 – Artículo ensayístico

¿Mujer global? La ’Evita’ del musical


Por Marta Raquel Zabaleta (Londres/Gran Bretaña)

Para el público del Reino Unido, María Eva Duarte de Perón es la Argie del musical Evita, una prostituta ambiciosa e inescrupulosa, ridiculizada por un cómico sudafricano, u objeto de un episodio de Los Simpson, o una artista de última categoría, como lo mostró el film de Parker en que Madonna malamente la representara. Y es a esa imagen a la que llamo ’Evita’, la mujer global. Una vez estuvo siete años en cartelera, actualmente se la puede ver en acción en el West End de Londres, en una producción que costó aproximadamente 8.000.000 millones de dólares, y cuyos asientos se venden hasta casi 100 dólares cada uno, y que contiene algunas canciones nuevas y otros arreglos orquestales, y que será presentado próximamente en Broadway.
La historia oficial
De acuerdo con las versiones popularizadas por el mundo del espectáculo y reforzadas por la medios de comunicación de masas, tanto Evita como Lady Diana se casaron con el soltero de sus sueños. Y debieron haber sido felices y comido perdices por el resto de sus vidas. Pero en cambio, estuvieron sometidas a fuertes hostilidades, siendo intensamente criticadas por grandes sectores de sus respectivos países.
Es que los cuentos de hadas de ’la aldea global’ no terminan siempre, como en los buenos viejos tiempos del Imperio Británico, con un final feliz. Bien por el contrario, en el presente beligerante clima político internacional, la media necesita alimentar hora a hora a un público que sufre de ’depresión del aburrimiento’, esa particularidad de las sociedades necrófilas que ha sido bien explicada por Erich Fromm. Consecuentemente, cada gota de sangre, proveniente de cualquier tipo de violencia, y/o una perversión de cualquier clase es aparentemente bienvenida, y exagerada, reproducida minuto a minuto por la prensa, los canales de televisión y las radios. Es que el monstruo de 24 horas necesita ser alimentado, como dice la ex corresponsal de guerra Kate Adie, quien fuera también jefa por años de la sección de Noticias de la BBC (British Broadcasting Corporation), así que sabe bien lo que dice.
Y si la tragedia no existe, se la construye: en base a ciertas hechos reales se crean los mitos. En este caso, según Parker, el musical reencarna el mito de Blancanieves: una pobre niña argentina abandonada por su padre quien devino en protegida de un militar 25 años mayor que ella, y que se aprovechó para llegar hasta él, de una escalera de hombres, (¿como antes los hombres habían abusado de ella, habría que agregar?), y que llegó a ser Primera Dama de Argentina durante escasos años, antes de morir joven de cáncer.
Eso es lo que ve el público del musical Evita. Sin darse cuenta, tal vez, de que la verdadera Eva Duarte, nieta de una soldadera de origen vasco, nació como hija natural de un Duarte ya casado y conviviente de su madre, en Argentina el 7 de mayo de 1919, y tendría ahora 88 años si estuviera viva. Ni que llegó a ser considerada ya antes de su muerte (1952), y más aun poco después, uno de las figuras más poderosas de la política latinoamericana del Siglo XX. Ni se recuerda en el musical que ella contaba con el apoyo irrestricto de varios millones de hombres y mujeres organizados en torno a su fuente de trabajo, (incluido para muchas mujeres el hogar), gozando así de un apoyo popular sólo comparable al de algunos otros políticos del continente, tales como Fidel Castro, Salvador Allende, o Juan Perón.
Pero muy lejos de eso, ’Evita’ global es un icono sexual, junto por ejemplo con otras mujeres con una vida signada por la tragedia, como Diana Spencer, Marilyn Monroe, Jackie Kennedy, Grace Kelly, y/o Maria Callas, entre otras. Y como tal, es parte de la cultura popular que se nos impone en la vida cotidiana.
O sea, que es ’Evita’ quien se mete en los bolsillos de los consumidores del extendido mercado libre, a lo que vulgarmente se ha dado en llamar ’globalización’.
Un tipo de mercado que necesita metáforas de mujeres que han sido muy poderosas en la vida real, pero están muertas, y a quienes se las representa casi etéreas, como hadas víctimas de vidas quebradas por la tragedia. Reinas del melodrama. Producto de una fusión entre la realidad y la ficción. Mujeres- ilusión, en el sentido usado por Lacan, es decir, intocables pero al mismo tiempo, accesibles a través de los lentes de lágrimas mórbidas, lo que facilita el proceso de identificación de las mujeres ordinarias con aquellas diosas de la blancura, al tiempo que generan en los hombres heterosexuales nuevos bríos masculinos, y baratos: una mujer que pueden desear, tenerle pena y finalmente, consumir: un acto de virtual posesión.
Un tanto irónicamente, artistas famosas han querido imitar en la pantalla a esos iconos, pretendiendo quizás gozar del poder que confiere este juego de representaciones en política sexual. O aún peor, tal vez quieran profitar financieramente de una popularidad y vulgaridad prestadas. Los nombres de Madonna, Faye Dunaway, Meryl Streep, vienen a la mente.
Al igual que la Eva real quería parecerse a la actriz Norma Shearer e imitar a la fanática Juana de Arco, y así siguiendo. Porque ella fue una actriz de cine menor, con el talento adecuado para imbuirse de conductas prestadas en la radio: una competente actriz de radioteatro que, inspirada en las series escritas a su pedido, y basadas en la vida de varias grandes mujeres de la historia universal, fue transformándose y creando una figura y un lenguaje propio, que plasmó en escritos y discursos únicos, y que legó a la historia del populismo peronista burgués, algo a lo que abundantemente me he referido en varios otros lugares. Así, cuando el 3 de agosto de 1943 la Asociación Argentina de Radio fue fundada, Eva Duarte fue nombrada su presidenta, y fue siempre su mensajera. Esa era la Eva Duarte que conoció Perón, y nunca más se separó de ella, excepto cuando ella viajó sola a Europa.
Blancanieves va al mercado…
La imagen de la ’Evita’ mercantil reapareció otra vez en las noticias culturales del Reino Unido el año pasado, 2006. Si bien no con la misma fuerza que en los años setenta, ni en filmes especialmente comisionados por Channel 4, ni mucho en las revistas de los diarios del domingo, ni en Top Of the Pops como fue el caso en 1996-97, cuando estaba detrás el poderío comercial de Madonna, actriz principal del film basado en el musical Evita.
Como es sabido, este musical inglés que ha ganado casi todas las competencias, pues se ha mantenido muy largamente en cartel alrededor del mundo, está basado en los libretos elaborados por la derecha para la campaña por la segunda elección del Gral. Perón para la presidencia de la Republica, Argentina. O sea, que el hilo argumental del musical Evita sigue la biografía estándar por entonces de María Eva Duarte de Perón, escrita por una británica que vivía en Buenos Aires, quien lo firmó con el pseudónimo de María Flores. El libro, que se cree fue comisionado originariamente por el Departamento de Estado de EEUU, fue titulado Evita: The Woman with the Whip (Evita, la mujer del látigo), y publicado primero en Nueva York. El mismo ha sido usado desde entonces, como una Biblia de los grupos más antiperonistas, para desacreditar a Eva Perón, a pesar de que esta estaba ya bajo el peso del cáncer terminal...
Todo lo anterior nos da una vaga idea de la importancia que tenia Evita en el escenario de la política internacional. Su segunda edición se vendió muy bien en el Reino Unido, en 1977, profitando también así, del enorme éxito de público del deplorable musical Evita. El musical luego se presentó por años, aquí en GB y en el extranjero, e incluso en la cima de su popularidad, fue puesto en escena en el verano de 1998 como un musical abierto y al aire libre, en un gigantazo parque en Colchester, Essex, Reino Unido.
La obsesión con Eva Duarte prosiguió, y como ha sido explicado por Fraser y Navarro, coautores de un libro serio sobre la Evita local, en 1982 Faye Dunaway fue la principal actriz de una película hecha por NBC para la televisión, la que, aunque basada en parte en su libro, no oculta según ellos el hecho de que sus productores prefirieron apoyarse en las más conocidas manifestaciones de que llaman ’el mito negro’ —la prostitución, tan gráficamente descrita como fuera posible, dada la carencia total de datos reales, los submarinos cargando oro nazi para los Perón, etc.
Ya por entonces se comenzó a rumorear que había planes para hacer una versión fílmica de la primera producción británica importante que logró quebrar la barrera de Broadway, imponiendo con ello un nuevo estilo internacional de musical. Y así, una película basada libremente en el argumento del musical, pero un poco más pimientosa, con ideas de Stone y Parker fue estrenada. Como sabemos, Madonna hizo el papel de Evita. Che es otro de los dos personajes más importantes en ambos, musical y película de Parker. El otro es el esposo de Eva Duarte, el general Juan Perón.
Este Che, que en la vida real fuera el legendario Ministro de Industria de Cuba, el revolucionario cubano/argentino Ernesto Guevara Lynch, es quien narra el film. En la película él aparece como un comerciante que vende pesticidas, y se aduce que lo pusieron para añadirle glamour a la película. A mi juicio, él aquí representa a los hombres antiperonistas argentinos de distintos sectores y clases sociales. Hombres que, en general y sobre todo, deploraron y deploran la carismática relación de Evita con los hombres y mujeres de las clases trabajadoras; su amistad con hombres homosexuales como su principal peluquero, y /o con poderosos judíos tales como Yankelevich, tanto como sus amoríos con oficiales del ejército, y/o del servicio secreto de la presidencia, o su solidaridad con hombres claves de la cultura tanguera, como Magaldi y Discépolo.
Pero por encima de todo, en la Argentina de aquel entonces muchos hombres, especialmente de las clases medias, estaban realmente asustados del nuevo estatus que Eva Duarte había adquirido luego de convertirse en la esposa de Perón, un oficial, como ella, inteligente, disciplinado, carismático y muy ambicioso; un matrimonio que debió realizar debido a que la constitución nacional del país, que provenía del siglo XIX, exigía que el Presidente fuera casado y católico. Del día a la noche, entonces, Evita pasaría de ser una locutora muy exitosa a ser la atractiva, vivaz, joven Primera Dama, por entonces hasta bendita por la jerarquía de la iglesia católica con el sacramento matrimonial.
La posición que se le otorga al Che en el musical es absolutamente improcedente, pues si bien es verdad que ambos, Evita y Ernesto, fueron contemporáneos, sus destinos de clase, género e ideología no se cruzaron nunca. Él era completamente desconocido en su país, como cualquiera que vio la película El diario de una motocicleta lo sabe, y no había desarrollado todavía una conciencia social compatible con su posterior rol de intelectual orgánico, cuando ella estaba ya en la cima de su corta y meteórica carrera política. Che Guevara salió la primera vez del país poco antes de la muerte de Evita, siendo todavía un típico exponente de su clase: un joven estudiante de clase media alta, ávido de conocer el mundo como lo hacían o querían hacerlo tantos otros estudiantes de su edad, en lo que entonces se conocía con el nombre de ’viaje de estudios’. Evita, en cambio, por entonces ya había comisionado a través del Príncipe de Holanda 5000 ametralladoras con las que deseaba armar a un contingente popular en caso de que hubiera un levantamiento armado contra la presidencia de su marido. Por entonces, el Che ni siquiera se planteaba la lucha armada, pues pertenecía al sector de estudiantes que se llamaban a sí mismos/as reformistas, generalmente hijos/as de familias antiperonistas, y no atraídos/as por las ideas del populismo burgués de su marido y de ella, sino más bien por la larga tradición de los discursos de derecha o de izquierda de distintos matices, que existían en Argentina al final de los 40 y a los cuales adherían los estudiantes más rebeldes y acomodados, de ambos lados del espectro político. Por entonces estos no se planteaban, como lo harían muchos desde el final de los sesenta, entrenarse en los principios de la lucha armada, idea que florecería con fuerza recién a la luz del triunfo popular encabezado por grupos guerrilleros de avanzada y que tomaron el poder en Cuba en 1959. Pero claro que la realidad histórica es, para los vulgares vendedores de fantasías, como los rices, parkers, madonnas y compañía, solamente algo ’marginal’ a sus historias centrales de cuentos de hadas, brujas y trabajadoras del sexo.
Típico ejemplo, entonces, representación de la carrera política de tres de los más influyentes políticos del siglo XX en América Latina, a saber: una locutora radial, un médico cirujano y un coronel autoascendido a general. Es también ejemplo de la de la errónea interesada distorsión y ocultamiento de los conflictos de género y de raza que existían en la Argentina de la época de Evita, que ocurren tanto en la película como en el musical que nos ocupa. Que por ende son en suma, dos invenciones antojadizas pero interesadas, de la real, dramática y valiente lucha de clases del pueblo argentino por obtener como fruto de su trabajo una vida decente. Y por tanto, una verdadera burla a los esfuerzos de ese pueblo por alcanzar los beneficios sociales que se merecía: casa, comida, educación y servicios de salud para todas y todos, entre otros.
Durante la primera mitad del siglo XX se vieron en nuestro continente esfuerzos parecidos de las clases proletaria y campesina, que se movía el péndulo de la historia entre el populismo burgués y el populismo de los trabajadores y las trabajadoras en varios países de América Latina. Pero sus lúmpenes burguesías, contando con el apoyo irrestricto y la fuerza arrasante de la inversión del imperialismo norteamericano usaron su aparato represivo, las fuerzas armadas y las policías, derrotando así en 1955 al gobierno peronista legítimamente elegido por el pueblo en las urnas, como lo hicieran antes en Guatemala y luego en Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y nuevamente Argentina, en 1976 en la más sangrienta acción insurreccional del terrorismo de estado que hasta ahora conoce la historia nacional.
No es por tanto tampoco de extrañar que el musical y el film aludidos ridiculicen, deformen y fragmenten la presencia y el rol jugado por la más importante y numerosa movilización de mujeres que se haya visto hasta ahora, en América Latina, la del Partido Peronista Femenino, de quien Evita era la Presidenta, en cierto grado de alianza táctica con la columna vertebral de los gremios de Argentina; mujeres, en suma, que ni se parecían siquiera físicamente a esas patéticas lloronas con que las presentan estos inescrupulosos del entretenimiento barato que se inventaron a ’Evita’ la global.
¿Y qué función —aparte de acrecentar la riqueza de sus empresarios, cumple aún hoy día la reencarnación del musical Evita, ahora hasta con una cantante argentina? Veamos lo que dice un científico social argentino al respecto, al ser interrogado acerca de qué piensa acerca del musical en cuestión:
—¿Que qué pienso de la obra de teatro Evita? La odio, es un engendro machista-imperialista, hecho por dos resentidos que odian a una pareja (Eva y Juan) que le paró el carro al colonialismo británico, y se acordó del pueblo, tan odiado por los ’tories’ que escribieron esa opereta. La música es excelente, el guión "merde". (Ricardo Ferrera, entrevistado por la autora)
Una opinión que compartimos y que sintetiza nuestra valoración de la Evita real, la local. Esa mujer fuerte, inteligente y emprendedora. La que sí influenció nuestras vidas con la fuerza de los cambios favorables que ella impulsó en la sociedad que nos vio nacer, Argentina, e inspiró en muchas mujeres un cambio en su feminidad. Una de las tantas mujeres del pueblo de Argentina dispuestas a dar hasta sus vidas por un poco más de libertad y una vida con dignidad.

Este artículo fue escrito para ser publicado en el No 17 de El Coloquio de los Perros, España.


PÁGINA 5 – Narrativa

Solo

Por Rolando Revagliatti

Desde que me quedé solo decreció mi optimismo. (Riego malvones a la madrugada. Volveré al lecho. Hasta que aburrido me dejaré caer, y lograré así reaccionar, sobreponerme y encarar el día, si no laborable para mí, que eso nunca, al menos...) Los que ya no están, con cariño y con resignación, me instaban a la diurna vigilia.
¿Han contemplado a pájaros muriendo?... Yo los he contemplado. Corbatitas, jilgueros, chingolos..., despidiéndose a través de sonidos broncos y aislados, o de un piar chillón y sostenido.
Ya no me afeito ni me peino, no recito églogas en el salón principal ni ensayo formas de saludo frente al gran espejo del vestíbulo. No hay artilugio ni práctica conspicua que pudiera adquirir o conservar. Duermo ahora con los pies envueltos en una bufanda y bebo el té amargo, sin limón ni cognac. Claro está, no espero ser visitado ni socorrido, aun en circunstancias extremas. Desde que me quedé solo, soy, a simple vista, un hombre infeliz.

PÁGINA 6 – Página de maestros: Álvaro Mutis (Bogotá/Colombia – 25 de agosto de 1923)

Premios: Reina Sofía de Poesía (1997), Príncipe de Asturias (1997), Cervantes (2001), Neustadt (2002)

Breve poema de viaje

Desde la plataforma del último vagón
has venido absorta en la huida del paisaje.
Si al pasar por una avenida de eucaliptos
advertiste cómo el tren parecía entrar
en una catedral olorosa a tisana y a fiebre;
si llevas una blusa que abriste
a causa del calor,
dejando una parte de tus pechos descubierta;
si el tren ha ido descendiendo
hacia las ardientes sabanas en donde el aire se queda
detenido y las aguas exhiben una nata verdinosa,
que denuncia su extrema quietud
y la inutilidad de su presencia;
si sueñas en la estación final
como un gran recinto de cristales opacos
en donde los ruidos tienen
el eco desvelado de las clínicas;
si has arrojado a lo largo de la vía
la piel marchita de frutos de alba pulpa;
si al orinar dejaste sobre el rojizo balasto
la huella de una humedad fugaz
lamida por los gusanos de la luz;
si el viaje persiste por días y semanas,
si nadie te habla y, adentro,
en los vagones atestados de comerciantes y peregrinos
te llaman por todos los nombres de la tierra,
si es así,
no habré esperado en vano
en el breve dintel del cloroformo
y entraré amparado por una cierta esperanza.

Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de las páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llagar hasta el fin de cada día.

Razón del exiliado

Para Alastair Reid

Vengo del norte,
donde forjan el hierro, trabajan las rejas,
hacen las cerraduras, los arados,
las armas incansables,
donde las grandes pieles de oso
cubren paredes y lechos,
donde la leche espera la señal de los astros,
del norte donde toda voz es una orden,
donde los trineos se detienen
bajo el cielo sin sombra de tormenta.
Voy hacia el este,
hacia los más tibios cauces,
de la arcilla y el limo
hacia el insomnio vegetal y paciente
que alimentan las lluvias sin medida;
hacia los esteros voy, hacia el delta
donde la luz descansa absorta
en las magnolias de la muerte
y el calor inaugura vastas regiones
donde los frutos se descomponen
en una densa siesta
mecida por los élitros
de insectos incansables.
Y sin embargo, aún me inclinaría
por las tiendas de piel, la parca arena,
por el frío reptando por las dunas
donde canta el cristal
su atónita agonía
que arrastra el viento
entre túmulos y signos
y desvía el rumbo de las caravanas.
Vine del norte,
el hielo canceló los laberintos
donde el acero cumple
la señal de su aventura.
Hablo del viaje, no de sus etapas.
En el este la luna vela
sobre el clima que mis llagas
solicitan como alivio
de un espanto tenaz y sin remedio.

Como espadas en desorden

Mínimo Homenaje a Stéphane Mallarmé

Como espadas en desorden
la luz recorre los campos.
Islas de sombra se desvanecen
e intentan, en vano, sobrevivir más lejos.
Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor
del mediodía que ordena sus huestes
y establece sus dominios.
El hombre nada sabe de estos callados combates.
Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido,
sus hábitos, en fin, y sus lacerías,
le niegan el goce de esa fiesta imprevista
que sucede por caprichoso designio
de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados
cuya cifra jamás conoceremos.
Los sabios, entretanto, predican la conformidad.
Sólo los dioses saben que esta virtud incierta
es otro vano intento de abolir el azar.

Cada poema

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.

PÁGINA 7 – Narrativa

El portatoldos

Por Adrián N. Escudero (Santa Fe/Argentina)

"Portatoldos": palabra que en Argentina se refiere a una suerte de caño soporte donde concluye la cobertura de lona que los comerciantes de las ciudades suelen desplegar -por un sistema de enrollamiento- para proteger del sol la exhibición de sus vidrieras (sobre todo en primavera y verano, donde en Santa Fe las temperaturas alcanzan los 45º). Con ese caño, gente como el autor, de 1.94 m. de altura y a instantes distraída, suele pegarse algunos golpes durísimos. Y en Santa Fe abunda la gente alta. Así que fue después de uno de esos golpes se me ocurrió el relato que comparto con ustedes.

Al Compromiso.
En especial, para el amigo Alfredo Di Bernardo,
militante de sueños y verdades...


Sucedió hace unos días.
Venía de formalizar una gestión para la oficina pública donde trabajaba, cuando aquello llegó.
Con la mente difuminada en la exégesis de sus (habituales) pensamientos (místicos) quijotescos (cada vez más obsesivos, hasta un cierto grado de paranoia leve si se quiere, pensarían ellos), estaba parado –o creyó estarlo- en esa esquina céntrica, revisando papeles de trabajo mientras oraba (sí, claro, oraba) mecánicamente, cuando aquello llegó.
Y lo golpeó.
Tal vez una alucinación de ese mediodía mesopotámico argentino (santafesino, quiero decir), enfermo de calor y de gentes nerviosas que flotaban como nubes eléctricas de sudor, maquinando ansiosas tormentas de negocios con destino de frustración, o, simplemente, apresurando el paso en busca de un ambiente hogareño acogedor, donde hacer realidad la promesa de saciedad asegurada por un energizante jugo de fruto estrujado (exprimido), o entonada por el rojo elixir de un vino tinto fresco (más bien helado y embriagador), que les madurara cansinamente la resignada expectación de las últimas malas noticias radiales por escuchar (la de las 13:00 horas, por supuesto) –porque las buenas, las buenas noticias siempre se archivan en las oficinas de la Redacción-, y rodeados (algunos de ellos, de esas gentes, al menos) por la atrevida locuacidad de sus hijos todavía en vacaciones, disputándoles sin querer a ellos (a algunos de ellos, de esas gentes, al menos) sus más íntimos espacios de atención frente al egoísta, necesario y ácido comentario de otra sufrida jornada laboral, sólo morigerada por la atenta cocina de ellas (para ellos, para esas gentes, al menos) con sus ensaladas y hamburguesas Mac Donald’s al paso (todo un lujo, porque algo es algo, carajo, y es que el juguete pone contento a los chicos, y muchos de ellos todavía -en el fondo- lo son), carne embutida con papas fritadas en aceite viejo, o microondeadas al seco, y servidas en una ruda mesa sin mantel, a todo vapor (porque no hay tiempo, ¿no hay?, no hay tiempo que perder, no hay…)…
Es que son tiempos difíciles. Como siempre y, para ellos, más aún; esas gentes nerviosas, flotantes y rumiadoras, apresuradas y ansiosas, insatisfechas y casi (casi) resentidas, como él... (No, como él no, se dijo).
Hasta que llegó.
Llegó y lo golpeó. Eso sí, brutalmente, lo golpeó.
Vino volando y agitándose quién sabe desde qué manos invisibles desenredadas por el karma siniestro del Urbano Caos Municipal, y lo golpeó con dureza ahuecándole la frente en todo el diámetro de su tubo blandido y amenazante...
“Un portatoldos, carajo (volvió a repetir como exabrupto probado y gustado). ¡Un portatoldos! Común y corriente. ¿Pero cómo no lo vi?”. Y el ruido feroz de los automóviles se acalló por un instante en su mente embotada por el dolor...
Y fue entonces cuando el portatoldos erecto, con aquella sangre distraída goteándolo como una baba sanguinolenta por su boca de hierro macizo, no dejó que reaccionara; y, en seguida del golpe, con igual contundencia y el eco de una voz ronca reflejada en la vitrina del negocio de ropas custodiado de la húmeda torridez del ambiente, le espetó sin vueltas que dejara de ser rebelde y de protestar contra cualquier cosa y de luchar contra todo el mundo y de pelearse con el mundo. ¿Qué? Que era un reverendo cabeza dura y que golpes como ese iba a recibir de aquí en más todos los días si no cesaba con su ingenua prédica en favor de la Verdad, la Rectitud, el Compromiso y la Honestidad, y en contra de la mentira, lo indebido, la mezquindad y el oportunismo de los que viven -a causa de su mediocre existencia inimputable (a veces, y sólo a veces)-, usando como trapo sucio a los demás… Eso, entre otras cosas que el Portatoldos juzgaba fuera de moda o de una lógica trasnochada propia de un perfeccionista (idiota) -como él-, de un nimbado moralista e insano intelectual -como él-, perdido en la extravagancia revolucionaria e ignorado de plano por el exitismo concupiscente de un orbe impío y mercantilista... Sí, que Dios, y la Justicia, y la Solidaridad, y la Paz, y la Responsabilidad y la Responsabilidad; sí, y la Reponsabilidad, la Responsabilidad, la Responsabilidad... Y que la Fe, y la Esperanza, y la Caridad, y que... ahora, ahora (no después, no mañana, no nunca) era la Hora Que Había Sido Anunciada, el momento de comenzar a edificar la Nueva Sociedad...
¡Que a vino nuevo, odres nuevos!, se escuchó gritarle, de pronto, a la desafiante mirada de aquellos rostros de gente estupefacta (de aquella gente, al menos), que por allí pasaba, y que le perforara otra vez, a pura indiferencia nomás, su cabeza partida, como desorbitada... Henchidos como sapos barrosos y plenificados en la inconsciencia de sus pecados capitales, fueron como una turba ciega que no pudo o supo verlo arrojado impunemente al piso, sin prestarle la más mínima atención…
Después, no sabe qué pasó.
Pero algo debe haber pasado. “Primero”, porque los que criticaban su conducta (demasiado) idealista y poco práctica, al verlo tan cambiado y parecido a ellos, se desorientaron.
No podían criticarlo más. ¡No podrían criticarlo más! Y lo que es peor, es decir, “Segundo”, ahora, ahora le pedían -¡por favor!- que no exagerara, que en realidad eran ellos los que se habían ensañado con él, que en verdad era un buen tipo y que no pasaba nada, que por favor -¡por favor!- volviera a ser como antes, que no se fuera al otro extremo, que personas como él eran necesarias para la humanidad, que etcétera, etcétera, y etcétera...
Pero no puede. Roto el encanto, por el hueco de su cabeza deben habérsele ido todos los ideales de nobleza y perfección. Su alma; eso. Y ahora es -¡por fin!-, íntegramente de este mundo, de este maravilloso, inaudito, impío y mercantilista orbe planetario: y sólo de carne y hueso. Tan sólo de carne y hueso. Como la de ellos. Tan de carne y hueso como la de aquellas gentes (como la de ellos), que seguirían nerviosas, flotantes y rumiadoras, apresuradas y ansiosas, insatisfechas y resentidas, ahora, ahora también como él...

Por eso se ha permitido advertirles a sus amigos, que dejen de pensar sobre él como lo hacían hasta ahora. Ahora, que no traten de hacerle sentir y actuar como antes...
No sea que el Portatoldos se enfade con ellos ahora, y venga, y los golpee y, al revés de su caso, por el hueco de sus cabezas aturdidas penetre y se estacione (enroscado en la dura cerviz que los corona) el nimbo de la Santidad.
Sería terrible.

PÁGINA 8 - Artículo ensayístico

Alvaro Mutis

Por Harold Alvarado Tenorio (Cali/Colombia)

Álvaro Mutis nació en Bogotá. Hijo de un abogado que había sido secretario de un presidente y luego ingresó a la diplomacia, en 1925 viajó a Bélgica con su familia, como ministro consejero de la Embajada en Bruselas, donde el futuro poeta viviría hasta los nueve años, cuando su padre murió, de repente, a la edad de 33. Pero el personaje que mas intervino en su formación de niño fue su madre, un ser muy especial. Según García Márquez,
“Estos exabruptos de Álvaro nos sorprenden menos a quienes conocimos y padecimos a su madre, Carolina Jaramillo, una mujer hermosa y alucinada que no volvió a mirarse en un espejo desde los 20 años porque empezó a verse distinta de como se sentía. Siendo ya una abuela avanzada andaba en bicicleta y vestida de cazador, poniendo inyecciones gratis en las fincas de la Sabana. En Nueva York le pedí una noche que se quedara cuidando a mi hijo de 14 meses mientras íbamos al cine. Ella nos advirtió con toda seriedad que tuviéramos cuidado, porque en Manizales había hecho el mismo favor con un niño que no paraba de llorar, y tuvo que callarlo con un dulce de moras envenenadas. A pesar de eso se lo encomendamos otro día en los almacenes Macys, y cuando regresamos la encontramos sola. Mientras los servicios de seguridad buscaban al niño, ella trató de consolarnos con la misma serenidad tenebrosa de su hijo: ’No se preocupen. También Alvarito se me perdió en Bruselas cuando tenía siete años, y ahora vean lo bien que le va’.”
La temprana muerte de su padre les hizo regresar a Colombia donde ocuparon una hacienda en Coello, parte de la herencia que habían recibido del difunto. Allí, en ese lugar del trópico, parece haber surgido buena parte de la materia que nutre sus escritos.

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el zinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.


Aún cuando nunca terminó el bachillerato, Mutis frecuentó en Bogotá al poeta de derechas Eduardo Carranza, cuando era profesor de literatura en el Colegio del Rosario, regido por jesuitas, pero los billares de los cafés cercanos, el Europa y París, pudieron más que las altisonantes declamatorias del joven maestro del piedracielismo, fanático admirador de Primo de Rivera y Mussolini. A los 18 años ya trabajaba como director de la Radio Nacional de Colombia y para 1948, según dice todo el mundo, publicó un libro que nadie ha visto nunca, porque habría desaparecido entre las batallas del 9 de Abril, La balanza, en compañía de Carlos Patillo Roselli y con supuestas ilustraciones de Hernando Tejada. Luego ingresaría a la Compañía Colombiana de Seguros y la empresa de aviación Lansa. Debido al manejo caprichoso de unos dineros de la multinacional imperialista Esso, donde era jefe de relaciones públicas, se vio obligado a dejar Colombia y viajó a México en 1956, donde reside hasta nuestros días. A los tres años de su arribo a México, se hicieron efectivas las demandas en su contra y Mutis fue detenido en la cárcel de Lecumberri, durante 15 meses, acusado de sobornar a los miembros de la Constituyente de Rojas Pinilla contra una eventual nacionalización del petróleo, expediente que sería borrado, literalmente, del mapa, gracias a la intervención de su amigo, el entonces canciller y futuro presidente de Colombia, Alfonso López Michelsen. A los pocos años de salir de la cárcel, se convirtió en gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox, y luego de la Columbia Pictures , y así continuó durante 23 años, hasta que en 1988 se jubiló. Porque como ha dicho alguien recientemente, Mutis sólo en estos lustros postreros ha vivido de los libros, pues durante años gozó de las canonjías de sus numerosos empleos de publicista, desde locutor de noticias y actor de radionovelas, director de la Radio Nacional y la emisora Nuevo Mundo; vendedor de publicidad para televisión; director de un programa de Encuentros de Televisa; o de la publicidad de la cervecería Bavaria y la corporación de doblajes Cinsa, donde prestaba su voz para narrar las persecuciones de la policía de Chicago a los amigos de Al Capone.
Mutis es el escritor colombiano que mas premios ha recibido en la historia de su nación: Comendador de la Orden del Águila Azteca, Doctor Honoris Causa por la Universidad del Valle, Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, Gran Cruz de la Orden de Boyacá, Orden al Mérito, Orden de las Artes y las Letras del gobierno de Francia, Premio Cervantes, Ciudad de Trieste de Poesía, de la Crítica "Los Abriles", del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma, Grinzane-Cavour, Médicis, Nacional de las Letras, Nacional de Poesía, Nonino, Príncipe de Asturias de las Letras, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Roger Caillois, Rossone d’Oro y Xavier Villaurrutia,
Tanto la llamada “poesía” como la “prosa” de Mutis son ejemplos flagrantes del arte de la sociedad de consumo. Un “arte” que vende el mejor de sus productos: el rechazo ramplón de lo que conocemos como modernidad, con sus ofertas de igualdad, libertad y fraternidad, consideradas por Mutis otras supersticiones de nuestro tiempo. Para él la literatura fue mera entonación o estilo, no comunicación. Heredero de la voz radial de Jorge Zalamea en sus traducciones de Perse, Mutis hizo de sus monodias presagio de la vacuidad, o como él prefiere llamarla: desesperanza.
Desde Los elementos del desastre (1952), Reseña de los hospitales de ultramar (1959) y Los trabajos perdidos (1964) el asunto es lo mismo. Según José Miguel Oviedo "todos sus poemas revelan la misma actitud" pues animados por una idea fija, "todas las palabras empleadas en el fondo son iguales ya que es uno mismo el sentido que se les otorga..." Y agrega: “Mutis es uno de esos poetas que, a cualquier edad, escriban lo que escriban, dicen siempre lo mismo...” Cobo Borda ha descubierto, además, que “Un libro de Enrique Molina, Costumbres errantes o la redondez de la tierra, aparecido en 1951, manejaba los mismos tópicos de Mutis.”
Decadencia, soledad, ruina física y moral, trivia, abulia, pocilgas, camastros, mendrugos, trapos y errancia son las rutas y geografías que recorre sin descanso, y sin que importe al lector, Maqroll El gaviero, sosías y único pretexto literario de Mutis. Todo ello singularizado en cafetales, techos metálicos donde retumban las lluvias, catres desvencijados que resisten la angustia de quien descansa en ellos, hoteles de puerto de mar o de tierra, trapiches, quebradas murmurantes, mujeres opulentas de baja o dilapidada condición, socavones de minas, frutas descomponiéndose por el horrendo calor que nos acosa por todas partes, viejos combatientes desamparados y perdidos, colegios, hospitales, etc.
Y como en las óperas de magia, el cambio de telón apenas deja sospechar un cambio de escenografía: Bengala, Riga, Lisboa, Nueva Orleáns, Tashkent, Akaba, Caucasia, Alaska, Trinidad, Jamaica, Spira, Amberes, Cocora, Paramaribo, Hamburgo, Cádiz, Belem do Pará, etc., todos los caminos llevan a lo mismo. Quien maneja los hilos del místico aventurero Maqroll, y el aventurero mismo, nunca conocieron las gratificaciones de la salud corporal, el diálogo y el entendimiento, sólo la peste del cuerpo y el monólogo. Para ellos, avezados forajidos, acaso apenas importe reflejar en los Otros y ¿el lector? su chorro de voz y la miseria de sus recuerdos. Octavio Paz, reseñando Los elementos del desastre, resumió lucidamente ese mundo:
“El paisaje espiritual y físico del Gaviero es insoportable de varias maneras. Enumeraré algunas: la precisión en el horror chabacano, la alianza del esplendor verbal y la descomposición de la materia, la descripción de una realidad anodina que desemboca en la revelación, apenas insinuada, de algo repugnante; la familiaridad con las imágenes desordenadas de la fiebre y, también, con las repeticiones del tedio y del aburrimiento; el gusto por las cosas concretas e insignificantes que, a fuerza de realidad, se vuelven misteriosas; la predilección por el encuentro de objetos cotidianos y vulgares en un escenario extraño, presencias que no dejan de producir escalofrío….”

PÁGINA 9 – Poesía argentina

Chroma key


Por la ranura del día anaranjado
entreví
al pájaro azul, complementario
escudriñando sus ramas
escrutando el leitmotiv
la antigua canción de cuna
el telar vertical
el edredón de patch work
bueno para el nido.

¿Atrás? nada quedó
ni un sólo vestigio del pasado
ni siquiera el esmalte molusco de las tardes.
Como si hubiera roto el cascarón
hundió su cabeza en la zona más herida
encontró el ala derecha, la avería
el pico, el pecho campanudo
y atravesó con su trino
el tímpano enhiesto de las luces.

Por la hendija de sus ojos
noté que la Palabra
asomaba irrefutable sus fulgores
cual aguacero de enero abarrotando
los aciagos deseos
las fosas seductoras del averno.

En el credo verde de la selva
percibí tu rostro enardecido
posado en su apogeo, floreciendo
en el tronco mismo de la vida.
¿Atrás? nada quedó
ni un sólo vestigio del pasado
ni siquiera el afán
de la vigilia.

Graciela Malagrida (Posadas-Misiones/Argentina)

Genealogía de crímenes espléndidos

Nada me asusta más que la falsa serenidad
de un rostro que duerme...
Jean Cocteau, Plain-Chant



No el regreso de un porvenir abandonado
sin sosiego en los lechos terrestres.
No el verano con un palpable resplandor entre invasores,
y otra herida creciendo como lenta enredadera
en la piel del delirio.
No el pequeño cadáver de mi infancia
flotando (con su boca abierta) en la inmensa laguna.
No el arcángel quemado, entre las maquinaciones del espanto
y la obstinada majestad del ruego.
No las elementales maravillas del amor en la hierba.
No la profanada canción, la hoguera luminosa.
No los párpados fatídicos que devoran y resisten
la desesperación de los otros.
No el balbuceo de aquel dios en su cruz.
No la incertísima tempestad del reposo.
No las madrigueras de la piedad,
la hambrienta cueva que empolla toda angustia.
No la precariedad del ojo en la distancia.
No verdades habitables bajo el musgo de sospechas,
ajenas a mi carne y al olor diferente.
No el alarido devastado.
No las mansiones de razón: su más pura palabra.
No un laberinto de alacranes en cautiverio.
No el letárgico aroma de mis muertos mendigos.
No las hembras de chacal junto al sudario.
No este archipiélago hundido en mi memoria.
No la implacable codicia del vicario.
No la torpe desnudez entre las piedras,
aquélla que no cava el deseo.
No quien se inclina ante las jaulas
y duerme según la herrumbre de cuerpos mutilados.
No el que nunca oyó a los ojos.
No el visible matorral; siempre el oculto.
No la fiebre que no sana.
No el perverso matarife en este país de brumas.
No la boca sin cesar del desterrado.
No el estremecido inquisidor de los huesos
Golpea la puerta.
¿Quién permanece en el desierto heroico
con las manos calientes?
¿Por qué fui hijastro y huésped del infierno?

Te hablo con la sangre deshecha de los hombres.

Manuel Lozano (Córdoba/Argentina)

El alma era una orquídea sin raíces
enredada en los muros del jardín.
Abandoné mis torres
para mezclarme con otros náufragos
hasta que comprendí
que sólo podía darles
una moneda de sangre
una mortaja
tejida con hilachas de mi propio corazón.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Alguien muerde un basta

desmembrado
que le salpica el cuerpo.

En el silencio
cómplice
el mundo es un funeral a cuenta.

Será muy tarde entonces.
Impune oscuridad
de piedra eterna.

La humanidad arrasada
por una epidemia de yonosabía.

©Gabriel Impaglione (Luján-Buenos Aires/Argentina)

Cuántos rocíos ...

A Paula Micaela y Ma. Emilia González, a Verónica Villar

Cuál fue el rocío que no mojó los cuerpos
ni las mil caras
de la indiferencia y el despegue.

Cuál de los vientos pudo enredar las voces,
anudar remolinos
enlentecer olvidos.

No es el dolor, nuestro dolor sin público,
nuestro egoísmo
el que a ustedes las nombra
es ser mujer
la vieja herida abierta
no encajar en demandas
no vender
ni acaparar los múltiplos.

Es que no hacemos
ni hemos hecho más peces ni más pan
ni ha surgido más agua de las fuentes.

Mujeres
buscadoras de vida
mecedoras de cunas y mortajas
pupilares de abrazos.
Apenas paridoras.

El amor es tan corto, cantó en la canción Pablo.

La esperanza se tuerce entre las grietas.
(Cuerpos, piel, manos, lenguas
que no ríen al sol
ni sueltan barriletes).
La voz en los coirones
el olor de la tarde aquella tarde
el secreto incansable rumoreando la acequia
ellas
en los ojos de los árboles.

Lilí Muñoz (Victoria-Entre Ríos/Argentina)

PÁGINA 10 – Narrativa

Brevería


Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Un hombre entra a un comedor y el mozo le pregunta:
-¿Qué se va a servir?
-Un revólver bien cargado, por favor.
El mozo le trae el revólver en un plato, el hombre destraba el arma
se pone el caño en la boca y vacía el cargador. Pide la adición, paga, se levanta de su mesa y se retira.
Al otro día va el mismo hombre al mismo comedor, entra y se sienta a la misma mesa.
-¿Qué se va a servir esta vez?-pregunta el mozo.
-Hoy quisiera un cuchillo filoso y calado.
El mozo le trae un cuchillo de matadero en un plato. El hombre se propina varias puñaladas hasta el mango, pide la cuenta, paga, se levanta y se retira dejando hilos de sangre.
Al tercer día el mozo no lo quiere dejar entrar. El comensal insiste:
-Déjeme pasar, que hoy no tengo apetito.
El mozo lo deja entrar. Se sienta a su mesa y pide solamente un vaso de agua.
El mozo, suspirando aliviado, le sirve el vaso de agua.
El hombre toma el vaso y se ahoga. El mozo es despedido de su trabajo.
En casa su mujer le pregunta:¿Y ahora qué vas a hacer?
-El ex mozo se pone un cuchillo entre las ropas, se enfunda un revólver bien cargado bajo el saco y dice:
Buscaré otro empleo, en fin... ¡No hay que ahogarse en un vaso de agua!

PÁGINA 11 – Reseña de libros

“No nos une el amor sino el espanto”.

Acerca de Eva en el espejo, de María del Carmen Suárez.

Las novelas escritas por poetas tienen su propia identidad. Sin dejar de ser novelas, transparentan una percepción del mundo que no es la del que narra sino la del que ve. Pienso en “Adán Buenosayres” de Leopoldo Marechal, o en “Los viernes de la eternidad” de María Granata, o en “Una sombra donde duerme Camila O’Gorman” de Enrique Molina. Novelas visionarias donde se
cuentan historias, pero donde lo otro- la chispa del instante- ya no es mero relato sino puro esplendor de la lengua y puro placer. O puro dolor.
La novela de la poeta María del Carmen Suárez no escapa a la regla.
En primer lugar, por el corte particular de cada una de sus frases y por el modo de hilvanarlas sin rellenar los huecos, como si la autora admitiera que esas palabras surgidas del vacío deben quedar rodeadas por el mismo vacío que las ha visto nacer. Y en segundo lugar, porque lo que aquí se cuenta –la relación de amor y de odio entre una madre vieja y una hija que ya no es joven-cabría en dos líneas si no estuviera inmersa en una trama compleja de sensaciones intensas y contradictorias de una agobiante oscuridad.
Agobiante pero no irrespirable, puesto que la belleza la rescata.
En su libro “Lo sagrado”, Rudolf Otto nos ha dejado una curiosa observación sobre nuestro contacto con esa raíz de lo viviente a la que también denomina “lo numinoso”. Para Otto, una de las maneras de relacionarnos con lo sagrado, lo numinoso o lo divino, vale decir, con el amor, es la repugnancia. Sentir asco ante una manifestación del ser o de los seres en los que late el absoluto de la vida sería un modo invertido y equivalente de la plegaria. Una novela de poeta en la que se palpa este sentimiento es “La pasión según G.H.” de la brasileña Clarice Lispector, donde una mujer se inclina a besar la inmunda materia blanduzca que mana de una gigantesca cucaracha a la que, antes de adorarla, ha intentado aplastar.
La otra novela de poeta que se basa en la repulsión ante lo que se ama es “Eva ante el espejo”.
María del Carmen Suárez se ha animado a enfrentar el asco por el cuerpo de la madre. Un asco que surge en la mujer durante la adolescencia y a veces se intensifica cuando la madre envejece, y cuando no hay un niño que actúe de intermediario. En este libro no hay niño (único ser capaz de observar la decrepitud con un cariño alegre). Tampoco hay hombre. Sólo ellas dos, madre e hija, enfrentadas en una lucha sorda cuyo final, tristemente, ambas conocen.
Dos escenas inolvidables muestran los celos feroces de la más vieja.
En una de ellas, la hija descubre a su madre probándose ante el espejo el vestido verde con el que ella ha conocido sus mejores momentos, los más felices, los más libres, esos que la madre hubiera deseado para sí, esos que nunca ha tenido y cuya ausencia le provoca una envidia encubierta, de pronto revelada. La impresión de la tela brillante, como cargada de caricias, sobre la piel desnuda y ajada de la mujer que sólo espera la muerte, impregna esta página memorable que se complementa con otra revelación, esta vez verbal: el resentido discurso de la madre que, creyéndose sola, expresa en alta voz lo que jamás ha dicho de frente. Una vida entera de frustraciones, rivalidades y rencores, donde la hija de piel todavía tersa juega el papel de la enemiga.
Y sin embargo se aman. La muerte de la madre es un momento de paz.
La despedida ha aventado los miasmas. Las dos mujeres están unidas frente al instante en que las dos, en cierto modo, mueren. Una red sutilísima les envuelve en ese instante, tal como siempre las ha envuelto y tal como nunca dejará de envolver a la que queda viva. A partir de ese tránsito, el recuerdo ya puede volverse dulce.
María del Carmen Suárez confiesa haber escrito este libro “sobre la marcha”, mientras su madre declinaba y moría. “Fue mi manera de salvarme- dice- Mi exorcismo”. También aquí la poeta es fiel a sí misma: toda su poesía se ha centrado siempre alrededor del misterio, la magia, la visión deslumbrada; antiguos rituales de feminidad a los que estas otras ceremonias no son ajenas. Pero “Eva ante el espejo” posee la fuerza de la inmediatez.
Son notas al pie de un lecho de muerte, rápidas, duras, brutales, arrancadas al horror casi a tirones, todavía goteantes. Notas en las que el salvaje deseo de sobrevivir coincide con la infinita piedad, y en las que ninguna mujer con suficiente valentía como para aceptar el espejo que esta Eva nos tiende dejará de reconocerse a sí misma.
¿Qué mujer no ha sentido que su rostro se alisa y se marchita junto al de la madre, en un sitio del tiempo donde las dos son niñas y las dos, ancianas? ¿No ha ansiado desprenderse de una caricia tan insoportablemente suave que desgarra la carne, y de una mano que arrastra hacia el final? ¿Y no ha amado a su madre hasta el espanto? Felicitémonos de que una poeta de ojos alucinados se haya atrevido a decirlo, al fin, con las palabras justas.

Alicia Dujovne Ortiz

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

La eternidad efímera del ángel renegado
(Sobre una lectura de John Milton)

Por Alejandro Bovino Maciel (Buenos Aires/Argentina)

Pensemos en la Inglaterra de Cromwell donde pierde la vista un hombre a los 44 años de edad creyendo con la sinceridad de un puritano practicante que las tinieblas son el precio de una vida disipada en los placeres terrenales como escribir literatura que es hacer belleza y eso está destinado exclusivamente a Dios. La arrogancia del poeta que quiere instalar la luz en la oscura conciencia humana se castiga con la oscuridad perpetua en la tierra. La lectura de Virgilio y Horacio serán desde entonces las teas que guiarán la turbidez del sendero perdido y recuperado de la poesía como sus "Paraísos"; la égloga pagana transcripta en tono sagrado y bucólico se convierte al puritanismo del hombre ciego que dicta palabras a su hija a la luz de una alcuza en la doble noche que lo envuelve. Antes de la ceguera que lo atacó por 1950 había redactado demandas, oficios y documentos diplomáticos como Secretario del Consejo de Estado. En 1660 la Restauración lo envía a prisión y ordena la quema de sus escritos. Podemos imaginar la decepción, el amargo sabor de la injusticia, el desencanto del puritano que había entregado todo a la política, que es nada. Hasta entonces había creído que su talento no debía desperdiciarse en fantasías literarias. Redactando una defensa de la Causa Anglicana descubrió su ceguera; en ese tenebroso mundo de vacío azul recuperó de la memoria los ecos de aquellos sonidos amados de la poesía y detrás de ese encanto decidió salvarse recuperando el pasado. La muerte de un amigo durante una travesía marina en el arisco Mar del Norte sirvió de acicate y en un doble homenaje a su maestro Virgilio cambió el nombre de Edgard King, su amigo fallecido, por el del pastor Lycidas de la égloga virgiliana tal vez pensando que el homenaje no necesita nombres propios ya que todos vamos a morir. Plugo a los dioses no tener que reiterarlo pero nuevamente advierto a quien está leyendo que soy un apéndice de un aracnoidoma. Nunca tuve la menor capacidad de aprender lenguas y he fracasado tanto con el inglés como con el valón y el chino mandarín. Pero esta discapacidad no ha sido obstáculo para tratar de reconstruir en estos tiempos de la deconstrucción la elegía de Milton. Recurrí a tres traducciones en español y una en italiano. Con temeraria tenacidad emprendo esta descarada tarea de presentarles mi versión libre de prejuicios:
LYCIDAS
Nuevamente oh, laureles, nuevamente,
turbio mirto, hiedra verdecida,
debo arrancar la fruta áspera y cruda
y, con mis manos duras,
estrujar el follaje, antes que el tiempo
le dé la madurez henchida.
Amarga es la ocasión, y dolorida
que me incita a quebrar vuestro verdor.
¡Ha muerto Lycidas, se hundió en el esplendor
un hombre que un igual no deja en vida!
¿Quién dejaría de cantarle? Así como
sus versos soberanos cantó con tal pasión
como su sombra que ahora flota
sobre el sepulcro acuoso.

En la profunda oscuridad de la ceguera John Milton se reencontró con la belleza de la que había huido durante toda su vida animado por la iconoclastia de la Reforma que veía en la estética un reflejo de la idolatría de Satanás cuyo mayor crimen había sido la soberbia de querer imitar a su Creador. Idolatría detestable a Lucero, intolerable en Calvino y herética para Ulrico Zwinglio. En Milton luchan el puritano de Cromwell que intuye la profanación y el humanista pagano que no olvida la música de Virgilio, como Dante que la persigue hasta el trasmundo de la muerte. Extrae del tesoro de los clásicos la forma pero sabe que la exaltación mitológica y panteísta ha cambiado de religión y debe buscar entre los toscos símbolos judeocristianos el andamiaje que necesita para levantar la catedral de palabras. ¿Qué verbos, qué adjetivos, qué sintaxis le servirán de materia? La Versión Autorizada de la Biblia de 1611 oficia de diccionario y devocionario de inglés para Milton, Melville y Faulkner. En algún escrito, Milton llama a la ceguera "cárcel del alma"; no olvidemos por favor que Milton ha vivido la vejación del calabozo y entonces surge la comparación implícita: el cuerpo del ciego inundado de penumbras es para el espíritu (que siempre busca la luz) una carencia, como lo es la cárcel (carencia de libertad) para el cuerpo

PÁGINA 13 – Poesía americana

Diosa de los vientos


Me dispongo a alinear mis dolores,
festejar la mortaja
donde acueste cada vivencia,
desde la más ofensiva
hasta la más penosa.
Olvidaré por un momento
que soy mujer de partos.
Retomaré bienestares
bajo la cobija
de mis logros.
Seré yo misma.
Despuntaré de la tierra
como diosa de los vientos,
Abriré mis alas
Al costado de los ángeles
Mientras en una maroma
de circo,
construiré nuevamente
una carpa donde alojar
mis votos de alegría.
Haré la balanza,
De izquierda a derecha
Y me quedaré en medio,
Soy equilibrio,
Diosa de los vientos.

©Bella Clara Ventura (Bogotá/Colombia)

Una casa en llamas

¿Por qué se mete en los sueños
y me arrebata lo íntimo?

Como un océano brutal
que puede llevarte en un instante,
mi niñez,
como si estuviera acechándome por las ventanas,
es la única vida que me queda.
La belleza de esos años
es una casa en llamas en donde no puedes
salvar a nadie.
Acaba y comienza de nuevo.
Es un lugar en donde ya no siento miedo o tristeza.
Es un árbol que siempre tiene los brazos abiertos
para las aves.

Pero desde mi niñez para hoy
mi corazón se ha convertido
en una extraña planta en harapos,
y solo canciones antiguas y rimas íntimas
hacen que mi corazón viva como mi niñez:
con el fuego carmesí de la existencia espiritual,
como una llama de fuego en la masa obscura
de la noche,
como los caracoles
repitiendo el infinito del mar.

Francisco de Asís Fernández (Granada/Nicaragua)

Este país está en el sueño
(fragmentos)

que digan yo lo admito que no existe
pondré no importa mi piel por territorio
este país no es nada no hubo nunca
este país no ocurre
está en el sueño
mi boca se desangra
no es nada nunca y es todo cuanto tengo
si no de dónde vengo
si no es de este asterisco
y este país no existe
estoy por tanto un tanto consternada
yo no inventé la lluvia sin embargo
que nadie me la arranque
es el agua quien define esta frontera
este glóbulo de luz
este barquito mísero y amado
donde el cielo deviene catarata
me importa un pito
yo nada tengo contra octubre
muy al contrario
yo sé que no hubo historia
si acaso fuimos un rumor maledicencias
un trillo nebuloso la huérfana del mundo
no tuvimos virrey qué pretensiones
tuvimos eso sí
me reconforta
a Juan don Juan y don Juanito
( Santamaría por supuesto y Mora y Mora)
pero somos pocos en saberlo
me alegra tanto decir que nuestro héroe
el único por cierto
era moreno descalzo pobre campesino
para colmo era un chiquillo
luchó qué novedad contra los yankis
podría besarlo
con tanto hollín se atoran las palabras
quiero llorar zurcirle las heridas
esto está hecho y consumado
tenemos héroe para rato
y qué carajo a ver quién me lo quita

este país no es
y qué me importa
puedo tomar mis venas tejerle un barrilete
que digan yo lo admito que no existe
yo no inventé la lluvia y sin embargo
yo sé que no hubo historia
estamos entre tanto por hacerla

estoy un poco triste
puedo donar mi traje hacer las velas
amar con un amor inenarrable
este terrón del aire adonde vine
pondré no importa mi piel por territorio
este país está en el sueño que nos toca
sobre la faz del mundo
que nadie me lo arranque
es todo cuanto tengo
más este corazón para simiente

y qué carajo a ver
con tanto amor
quién me lo quita

Ana Istarú (San José/Costa Rica)

Postulado de un oficio

Me declaro en rebeldía por el duelo de las horas.
Protesto por el silencio de los verbos.
Aquí se terminaron los escupitajos.
Esta sangre bullendo;
esta bandera que es mi insignia;
este crepitar desde el relámpago;
esta fosforescencia en pleno vuelo
es flecha con la que no quiero herir a nadie.
No soy el demonio ni cosa que se le parezca.
Soy heredero del verbo de Cervantes.
He encendido los fusibles
en las tinieblas del sobresalto.
No me considero profeta,
ni amante del hormiguero.
Mi oficio es palabrear los prismas de la luz;
prestar aguaceros al que desama;
escupir y guardar luto.
Mi oficio es declararme en rebeldía
por los aguijones del cancel donde me escondo.
Mi trabajo es transitar el laberinto de la insanidad,
sabiendo que en algún planeta
encontraré el eco para suicidar
a los que traicionan la palabra.

©Eleazar Rivera (Santo Domingo-San Vicente/El Salvador)

Reencarnaciones

Vengo desde el ayer,
desde el pasado oscuro y olvidado
con las manos atadas por el tiempo,
con la boca sellada desde épocas remotas.
Vengo cargada de dolores antiguos recogidos por siglos,
arrastrando cadenas largas e indestructibles.
Vengo desde la oscuridad del pozo del olvido
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.
Vengo de ser esclava por milenios,
esclava de maneras diferentes,
sometida al deseo de mi raptor en Persia,
esclavizada en Grecia, bajo el poder romano.
Convertida en vestal, en las tierras de Egipto,
ofrecida a los dioses de ritos milenarios,
vendida en el desierto o canjeada como una mercancía.
Vengo de ser apedreada por adúltera en las calles de Jerusalén,
por una turba de hipócritas, pecadores de todas las especies,
que clamaban al cielo mi castigo.
He sido mutilada en muchos pueblos para privar mi cuerpo de placeres
y convertida en animal de carga,
trabajadora y paridora de la especie.
Me han violado sin límite, en todos los rincones del planeta,
sin que cuente mi edad madura o tierna o importe mi color o mi estatura.

Debí servir ayer a los señores, prestarme a sus deseos,
entregarme, donarme, destruirme,
olvidarme de ser una entre miles.
He sido barragana de un señor de Castilla,
esposa de un Marqués y concubina de un comerciante griego,
prostituta en Bombay y Filipinas
y siempre ha sido igual mi tratamiento.
De unos y de otros siempre esclava,
de unos y de otros dependiente,
menor de edad en todos los asuntos,
invisible en la historia más lejana,
olvidada en la historia más reciente.
Yo no tuve la luz del alfabeto durante largos siglos.
Aboné con mis lágrimas la tierra
que debí cultivar desde mi infancia.
He recorrido el mundo en millares de vidas
que me han sido entregadas una a una
y he conocido a todos los hombres del planeta:
los grandes y pequeños,
los bravos y cobardes,
los viles,
los honestos,
los buenos,
los terribles.
Mas casi todos llevan la marca de los tiempos.
Unos manejan vidas como amos y señores:
asfixian, aprisionan,
succionan y aniquilan.
Otros manejan almas: comercian con ideas,
asustan o seducen, manipulan y oprimen.
Unos cuentan las horas con el filo del hambre,
atravesado en medio de la angustia.
Otros viajan desnudos por su propio desierto
y duermen con la muerte en la mitad del día.
Yo los conozco a todos.
Estuve cerca de unos y de otros
sirviendo cada día,
recogiendo las migajas,
bajando la cerviz a cada paso,
cumpliendo con mi karma.
He recorrido todos los caminos.
he arañado paredes y ensayado cilicios,
tratando de cumplir con el mandato de ser como ellos quieren,
mas no lo he conseguido.
jamás se permitió que yo escogiera el rumbo de mi vida.
He caminado siempre en una disyuntiva,
ser santa o prostituta.
He conocido el odio de los inquisidores
que a nombre de "la Santa Madre Iglesia" condenaron mi cuerpo a su sevicia
o a las infames llamas de la hoguera.
Me han llamado de múltiples maneras:
bruja, loca, adivina, pervertida,
aliada de Satán,
esclava de la carne,
seductora, ninfómana,
culpable de los males de la tierra.
Pero seguí viviendo, arando, cosechando,
cosiendo, construyendo, cocinando, tejiendo,
curando, protegiendo, pariendo, criando,
amamantando, cuidando,
y sobre todo amando.
He poblado la tierra de amos y de esclavos,
de ricos y mendigos, de genios y de idiotas,
pero todos tuvieron el calor de mi vientre,
mi sangre y mi aliento, y se llevaron un poco de mi vida.
Logré sobrevivir a la conquista brutal y despiadada de Castilla
en las tierras de América,
pero perdí mis dioses y mi tierra
y mi vientre parió a gente mestiza,
después de que el castellano me tomara por la fuerza.
Y en este continente mancillado proseguí mi existencia,
cargada de dolores cotidianos.
Negra y esclava en medio de la hacienda,
me vi obligada a recibir al amo cuantas veces quisiera,
sin poder expresar ninguna queja.
Después fui costurera,
campesina, sirvienta, labradora,
madre de muchos hijos miserables.
Vendedora ambulante, curandera,
cuidadora de niños y de ancianos,
artesana de manos prodigiosas,
tejedora, bordadora, obrera,
maestra, secretaria o enfermera.
Siempre sirviendo a todos,
convertida en abeja o sementera,
cumpliendo las tareas más ingratas,
moldeada como cántaro por las manos ajenas.
Y un día me dolí de mis angustias.
Un día me cansé de mis trajines,
abandoné el desierto y el océano, bajé de la montaña,
atravesé las selvas y confines
y convertí mi voz dulce y tranquila en bocina del viento,
en grito universal y enloquecido.
Y convoqué a la viuda, a la casada,
a la mujer del pueblo, a la soltera,
a la madre angustiada,
a la fea,
a la recién parida,
a la violada, a la triste, a la callada,
a la hermosa, a la pobre, a la afligida,
a la ignorante, a la fiel, a la engañada,
a la prostituta.
Vinieron miles de mujeres, juntas, a escuchar mis arengas.
se habló de los dolores milenarios, de las largas cadenas
que los siglos nos cargaron a cuestas.
Y formamos con todas nuestras quejas un caudaloso río
que empezó a recorrer el universo,
ahogando la injusticia y el olvido.
El mundo se quedó paralizado.
¡Los hombres sin mujeres no caminan!
Se pararon las máquinas, los tornos,
los grandes edificios y las fábricas,
ministerios y hoteles,
talleres y oficinas,
hospitales y tiendas,
hogares y cocinas.
Las mujeres, por fin, lo descubrimos.
¡Somos tan poderosas como ellos
y somos muchas más sobre la tierra !
¡ Más que el silencio y más que el sufrimiento !
¡ Más que la infamia y más que la miseria !
Que este canto resuene en las lejanas tierras de Indochina,
en las arenas cálidas del África,
en Alaska o en América latina,
llamando a la igualdad entre los géneros,
a construir un mundo solidario
-distinto, horizontal, sin poderíos-
a conjugar ternura, paz y vida,
a beber de la ciencia sin distingos.
A derrotar el odio y los prejuicios,
el poder de unos pocos, las mezquinas fronteras.
A amasar con las manos de ambos sexos el pan de la existencia.

Jenny Londoño (Guayaquil/Ecuador)

PÁGINA 14 - Narrativa

Alarmas


Por Jorge Gómez Jiménez (Cagua/Venezuela)

Había llorado tanto que tenía corrido el maquillaje, así que cuando pasaba algún carro bajaba la mirada para no ver mi reflejo en el retrovisor. Pero claro que lo ví: los labios descoloridos y los ríos negros que bajaban desde mis ojos. Recordé a mi tía cuando me decía: las niñas que lloran se ponen feas. Y sonreí, y quizás sonreír me hizo sentir culpable, pues se supone que cuando estás deprimida no sonríes: lloré otro poco.
Mik quiso que me bajara pero me negué, me sentía muy mal y sabía que el bullicio de Los Picadores y la alegría ajena (debí escribir tan ajena) me harían sentir peor. Así que les dije: vayan ustedes y bailen y diviértanse que yo los espero. Mi tía trató de convencerme: a lo mejor aquí está el hombre de tu vida y tú aquí muriéndote por dentro. Pero tales argumentos sólo logran incomodarme, pues me hacen pensar que la gente piensa que soy estúpida. A veces estoy de acuerdo: soy estúpida. Mik se impacientaba y le dijo a mi tía: no hay caso, que entre luego si quiere. Me dejaron las llaves del carro para que lo asegurara si cambiaba de idea, y entraron sin mí.
Reconozco que cuando decidí quedarme sola en el carro incurrí en un acto de franca vanidad. Las depresiones, de alguna retorcida manera, suelen revestirse de elegancia. Claudia se deprime: Claudia es profunda. E indudablemente ser profundo es elegante. Una siente ese ardor en el pecho y llora, pero la gente muestra respeto hacia el estado en que una se encuentra: eso en el fondo hace que una se sienta un poco bien. Dentro de lo que cabe.
Supongo que el culpable de todo es Mik. Por los días en que el Beto me dejó yo hacía esfuerzos por no llorar. Tenía ganas de llorar (y de saltar de una azotea y de cortarme las venas), pero me contenía: una no anda por ahí llorando delante de todo el mundo. Entonces una noche mi tía me invitó a salir con ella y Mik. Estábamos también en Los Picadores y mi tía le contó todo a Mik, y Mik me dijo: es preciso llorar las penas para que no nos ahoguen. Y me puse a llorar y tuvimos que irnos a casa.
Desde entonces lloro. Me levanto en la mañana llorando. Me acuesto en la noche llorando. Veo televisión: lloro. En el almuerzo: lloro. Ya no sé hacer nada si no estoy llorando mientras. Y mi tía a veces se ríe y me dice: Claudia, necesito que vayas a comprar papel higiénico pero no llores. Y yo río con ella, pero luego de regreso a casa tengo que abrir el paquete del papel para secarme las lágrimas.
Me acurruqué en el fondo del asiento para llorar en absoluta intimidad. Nunca falta un hombre inoportuno que se acerca a preguntar: le ocurre algo, puedo ayudarla. Y ni siquiera el Beto podía ayudarme: hacía falta una máquina del tiempo que borrara lo ocurrido, no sólo el recuerdo de lo ocurrido sino que lo borrara todo, todo. Que lo ocurrido no hubiera ocurrido nunca: sólo así estaría bien. Mientras tanto, me bastaba con acurrucarme para evitar la inoportuna visita del hombre inoportuno que, es de suponer, nunca falta en el estacionamiento de Los Picadores a las dos de la mañana.
Creo que me quedé dormida y de pronto me sentí extraña: no estaba llorando. Un acto reflejo me hizo abrir el bolso y sacar el celular para revisar si tenía mensajes del Beto: no tenía, y volví a llorar. Habría llorado igual si hubiera tenido. Disfruté el regreso al llanto y aquello me pareció enfermizo, así que encendí un Marlboro y traté de asfixiar las lágrimas con humo.
Entonces me asaltó el hastío o quizás la sensatez: aunque tenga el maquillaje muy llorado iré a buscar a Mik y a mi tía para que me lleven a casa. Siempre he tenido como norma: las tareas rápidas duran menos que un cigarrillo. Puse el Marlboro en el cenicero del carro y me bajé imponiéndome el desafío de estar de vuelta antes de que se apagara. Pero cuando ya estaba a punto de entrar a Los Picadores volví a sentir vergüenza de mis lágrimas y regresé al carro.
Recuperé el Marlboro y terminé de fumarlo. Cuando dejé la colilla muerta en el cenicero sentí: derrota. Tuve una idea: haré sonar la alarma del carro. Oprimí el botón del control remoto y tras el breve silbido de la activación abrí y cerré la puerta: la alarma sonó. Pensaba que pronto aparecerían Mik y mi tía alarmados, pues para qué otra cosa puede servir una alarma. Pero no: los minutos tenían de todo menos apariciones salvadoras, y la alarma se hacía insoportable.
En algún momento dejó de sonar: volví a llorar. El Beto me dejó, mi tía y Mik estaban en Los Picadores, yo quería estar en casa: todo eso me hacía llorar. Me dije: si no busco ahora mismo a mi tía y a Mik amaneceré aquí llorando. Encendí otro Marlboro y lo puse en el cenicero. Abrí la puerta olvidando que la alarma estaba activada y empezó de nuevo. Me detuve a un metro del carro esperando por última vez que salieran, pero pronto comprendí que tendría que ir a buscarlos o moriría: llorando o sorda.
Me acerqué al gran ventanal de Los Picadores y busqué con la vista a mi tía y a Mik. Los ví en medio de la batahola bailando sobre litros de alcohol y pensé: es incómodo que vaya a buscarlos, pero mi desgracia lo vale. Sé bien que mi tía me aprecia y supongo que también Mik: quien me aprecie le dará su justo valor a esto que me ocurre y reconocerá sin duda que es vital para mí regresar a casa: aunque sea sólo para llorar.
La luz de un carro pasó a mi través y me di vuelta. En el lugar en que estaba era sencillo hacerse invisible, pues había arbustos y carros y noche. Saberlo me resultó muy útil: del carro que llegó se bajó el Beto. Dos amigos lo esperaban. Empezó a caminar en dirección a la puerta de Los Picadores y sentí pánico: mi manto de invisibilidad dejaría de funcionar si él se acercaba.
Pero entonces notó el carro de Mik: más propiamente, notó que sonaba la alarma del carro de Mik y fue hacia allá. Supongo que quiso ostentar sus cualidades cívicas revisando que todo estuviera bien. Aunque sentí el impulso de lanzarme a sus brazos, recordé los ribetes humillantes de lo ocurrido y decidí mantenerme oculta. Rápidamente repasé el lugar con la mirada: mi única escapatoria era que me tragara la tierra o que me subiera a un taxi aburrido que esperaba pasajeros en el flanco derecho del estacionamiento.
Caminé hacia el taxi con prisa pero sin hacer ruido: no sabía quiénes eran los que esperaban al Beto y si alguno me conocía quizás le diría que yo estaba allí. Mis senos, sin ser grandes, atraen a los hombres: me aseguré, desbordando el escote, de que se ofreciera una vista regular de sus formas, y le pregunté al taxista si podía ayudarme. Me subí al asiento trasero y le expliqué mi problema: lloré otro poquito y el taxista me dio un pañuelo y eso me enterneció: sonreí.
El Beto fisgoneó alrededor del carro de Mik. Quizás vio el Marlboro que aún debía de estar consumiéndose en la soledad del cenicero y pensó: Claudia y sus marlboros. Después de lanzar una mirada exploratoria por el estacionamiento se sumergió en la multitud que bailaba en Los Picadores. Más tarde salió seguido por Mik: me buscaban. Me agazapé en el asiento del taxi y los ví hablar.
Mik es un hombre inteligente y sé que supo de inmediato que yo estaba cerca. Además aún tenía sus llaves conmigo y sé que supo que no me iría sin devolvérselas. Debió decirle cualquier cosa al Beto para disuadirlo de buscarme y pronto se despidió y regresó al bullicio. El Beto miró la noche (y su gesto me pareció tan teatral) y sacó su celular: puse el mío en silencio para evitar que me denunciara si se le ocurría llamarme: me llamó. Todavía tenía identificado el número del Beto con la palabra amor: sollocé mientras el celular me gritaba en silencio.
Volvió con sus amigos y arrancaron. Sentí curiosidad: ¿qué camino toma un hombre cuando una se extravía? Sospecho que al taxista no le sorprendió mi medida desesperada: encendió el taxi y aceleró hasta que se ubicó a una distancia prudente del otro carro.
Nos internamos en la ciudad. Pregunté al taxista si podía fumar: me pidió un Marlboro. Unas calles más adelante perdí de vista el carro, pero el taxista me tranquilizó: fume, yo manejo. Me eché hacia atrás y no pude contener uno de esos suspiros accidentados que sobrevienen después de haber llorado mucho.
Mientras esperábamos que cambiara la luz de un semáforo ví en la acera a una pareja que discutía. Alcancé a entender algunas palabras: desconsiderado, necia, nunca. De pronto él se dio la vuelta y se alejó tras la esquina, y ella me miró: por un instante me pareció que nuestras miradas encontradas se apoyaban mutuamente. Lloré. El taxista también me miraba por el espejo retrovisor, pero su mirada era escurridiza y no se enfocaba en mis ojos.
Habíamos hecho un rodeo innecesario por el centro: finalmente el carro donde iba el Beto se detuvo ante la puerta del Mirador. El taxista se estacionó unos metros más atrás, en el lado opuesto de la calle, y pensé: soy una estúpida. Desde su ceño fruncido el Beto me había dicho semanas antes: no quiero volver a saber de ti. Por mi parte lloraba y le gritaba: te odio. Y ahora él iba a buscarme y yo me escondía sólo para seguirlo en secreto.
El taxista salió de pronto de su burbuja de discreción profesional y me dio un golpe de realidad: no se bajan. En efecto, los dos amigos del Beto que iban en el asiento delantero estaban vueltos sobre el respaldo y parecían hablar con él. Luego se bajaron y entraron al Mirador, dejándolo solo. Tenía la cabeza gacha y creí percibir un débil destello: me estaba llamando. Con la yema de mi pulgar acaricié la palabra amor en la pantalla de mi celular y volví a llorar. Me dije: estúpida. El taxista me pidió otro Marlboro.
La música que salía del Mirador se confundía con los ruidos de la calle: el taxista y yo sólo esperábamos. Al principio pensé que los amigos del Beto saldrían en unos minutos, pero no fue así. Había gente en la calle y algunos miraban al Beto en el asiento trasero del carro: lo miraban con recelo o compasión o al menos yo lo habría mirado con compasión, pues soy estúpida.
Recordé algo que me había dicho el Beto poco después de conocernos: Claudia, tú y yo somos tan parecidos. Cuando me lo dijo supuse que se trataba de alguna de las estratagemas de seducción del legado que el género masculino se transmite de generación en generación. Recuerdo que pensé: el Beto piensa que soy estúpida.
Fue entonces cuando escuché el portazo y la alarma. El Beto estaba sentado de manera que podía verlo de perfil y comprendí que por alguna razón no quería entrar a buscar a sus amigos. La pantalla de mi celular se encendió una vez más: habría querido responder para decirle: es en vano, Beto, no van a salir. El ruido monótono de la alarma se hacía insoportable. El taxista me miró inquisidor y la noche se tornó grande y cruel. Le pasé un Marlboro y le dije: regresemos a Los Picadores, si es tan amable.

PÁGINA 15 – Narrativa

Tía Florida y la noche final.


Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Y tía Florida llegó como llovida del cielo. Nada pudieron contra ella ni la guerra ni el tiempo transcurrido ni la distancia. Era la tarde y a través de los ventanales de vidrios amarillos y escarlatas se filtraba esa luz melancólica en la que se diluye el devenir. Vino envuelta en un hálito entre familiar, pacífico y abrumadoramente sensato, aunque por ello intensamente irreal, y las balas que sonaban en la calle ni siquiera la rozaron.
Había atravesado espesura de tiempo, muertes innumerables. A su alrededor el mundo se había derrumbado en asesinatos, vejaciones, delirios, pesadillas y aquí estaba intacta, increíble como todo lo inocente, como un niño indemne luego de un terremoto o como el arca de Noé.
-Queridos- dijo derramando una ternura sobria, con armónicas de gallos siesteros y de naranjos en flor, de huevos tibios debajo de la gallina clueca y de comidas cocinándose entre salsas olorosas- ¡Cuánto tiempo sin verlos¡.
Y era verdad: más que tiempo, la eternidad estaba de por medio. Tía Florida había prometido volver, pero ello era imposible. La creíamos muerta como nuestra infancia. Nos era tan ajena como el útero materno. El mundo que había creado ella o que la había creado estaba enterrado debajo de los paraísos en el fondo de casas amplias y lejanas, que ya no existían.
¿Por dónde viniste? -preguntó Ernesto, que acababa de ponerle tranca de hierro a la puerta principal, luego de eludir algunos disparos de fusil, uno de los cuales se incrustó en la pared del vestíbulo.
No le respondió; cumplida su promesa de volver, aquí estaba, robusta como siempre, tranquila, maternal con sus años a cuesta y pronta a conversar lenta, interminablemente de temas parecidos a las chacras cultivadas con tomate, papa o lechuga o, tal vez, a no conversar, a quedarse allí, como un árbol cargado de frutos, moviéndose para cocinar, limpiar un patio o un dormitorio.
-¿No tuviste miedo? La batalla es feroz en la calle. Además, ha pasado mucho tiempo, el mundo ha cambiado. Aventurarse entre balas y noches es muy riesgoso- intervine.
Les prometí que iba a volver y cumplí. En cuanto a las balas, nada me pueden hacer, parece mentira que lo ignoren- rezongó que las guerras atómicas o los asesinatos no pueden más que yo con una escoba o cocinando una buena sopa? Era necesario que nos reuniéramos: Él va a llegar en cualquier momento. Debemos terminar con las distancias y las pequeñeces... ¿Quieren que les prepare algo de comer?... ¿Dónde está el gallinero?
Ah, tía Florida, todos nos miramos. Mamá, tu hermana, te abrazó. Lloraron, era de rigor. Lágrimas tibias rodaron lentamente desde el mar recóndito, abriéndole rumbo a la fecundidad.
Quedábamos muy pocos: Julio había muerto en la lucha, Graciela estaba en Europa, los amigos habían partido hacia la montaña o el campo.
Si tía era un fantasma, se parecía demasiado a una mujer de carne y hueso, con mejillas muy coloreadas y la corpulencia que siempre la había caracterizado. La última noticia recibida de ella, la daba como viviendo en la frontera con Chile. Luego el caos lo había ganado todo y resultó imposible obtener cualquier información.
La aparición de tía Florida provocó un olvido momentáneo del presente. Como si de pronto hubiéramos hallado agua en el desierto. ¿O, tal vez, nos estaba sucediendo lo que al desierto que confunde un espejismo con un oasis?
En cualquier momento los combatientes golpearían la puerta de calle. Nadie estaba a salvo de la lucha sin sentido y sin cuartel que se libraba. Casa por casa, los del bando “Progreso” o los de “Espíritu” irrumpían violentamente como dinosaurios civilizados para la guerra y se llevaban a cuanto joven, hombre o mujer consideraban apto para combatir y lo obligaban a sumarse al combate. Hasta ese momento nosotros nos habíamos salvado por puro azar. Los muertos se acumulaban en las calles. Nadie sabía para qué luchaba, la destrucción era un fin en sí misma. Mucho tiempo atrás se había hablado de que los progresistas querían acabar con el mundo antiguo y la tradición. Anhelaban una sociedad altamente tecnológica y científica, sin religión. Los espirituales proponían la muerte de las concepciones positivistas y especulativas. Sin embargo, tras la rápida tercera guerra mundial, que produjo millones de muertos y terminó rápidamente ahogada por su propio horror, quedó la guerra de guerrillas, en cada región, y las propuestas se esfumaron y se convirtieron en un vago recuerdo. Tenían ahora la categoría del pretexto, para un suicidio general de la especie humana, una suerte de autojuicio final.
El mundo se desangraba, enloquecido. Pero la escena que ahora protagonizábamos íntimamente ¿no era también, acaso, una locura?: una reunión en la galería, pacífica, nostálgica, centrada en la presencia insólita de tía Florida.
Ernesto, que siempre se había sentido culpable por huir de la contienda, poco tardó en retornar al nerviosismo que le era habitual. Comenzó a pasearse o obsesivamente de un lugar a otro.
-No ha cambiado nada- comentó tía- cuando chico cada vez que se angustiaba por algo, emprendía un desgaste del piso.
-Pe-pero tía- tartamudeó él ¿no te das cuenta de lo que ocurre? El mundo se viene abajo y nosotros, aquí, lo más tranquilos, de tertulia familiar.
Ella, con el mate en la mano, sorbió la bombilla y con sonrisa de siesta fecunda, replicó:
Lo que tenemos que evitar es sumarnos a la destrucción. Como ves, casi todo el mundo está combatiendo allí afuera, en esta ciudad y en todo el planeta. Seríamos estúpidos si nos dejáramos contagiar, si nos sumáramos al suicidio general.
Mamá escuchaba silenciosa, con la cabeza entre las manos. Tal vez había ingresado en la penumbra de los recuerdos, resucitando voces que eran las nuestras cuando niños en un mundo y una realidad irrecuperables.
- ¿Qué proponés? Cruzarnos de brazos hasta que lleguen y nos fusilen?- preguntó furioso Ernesto, más enojado con la situación que con tía Florida.
- No te apurés, ya vas a ver, ya vas a ver...
Había hablado como una matrona enigmática, sofrenando la impaciencia de un adolescente poco entrenado para la vida. Y Ernesto, como si hubiera sido el adolescente de los viejos tiempos, guardó un silencio resignado.
Entonces apareció papá por el fondo de la casa, en chinelas, con ese aspecto de niño abrumado por las o obligaciones, que los años se habían encargado de acentuar. Pareció no reconocer a tía, algo encandilado, pero sobre todo no predispuesto a nada desacostumbrado, hecho a la idea de que toda modificación era para peor. Nunca había esperado mucho de la suerte, concentrando sus esfuerzos en aportar para la seguridad familiar, primero como electricista y luego como dueño de un taller de radio y televisión, el trabajo había doblegado sus espaldas y la realidad esfumado sus previsiones. Ahora hacía injertos en lasa plantas del pequeño jardín del fondo y leía a Shakespeare. Cuando, tras parpadear unos instantes pareció reconocerla, por fin, sonaron varios golpes violentos en la puerta de calle.
Nos miramos angustiados. Salíamos del sueño quizás para introducirnos en la pesadilla. Tía, aparentemente no comprendiendo lo que ocurría, conminó:
-¿Qué hacen que no abren la puerta?
Cinco jóvenes barbudos y una muchacha algo gordita, vestidos con ropa de fajina, ingresaron no sé si viéndonos, pero mirándonos en forma poco tranquilizadora. Uno de ellos, tal vez el menor, procuraba aparentar agresividad, tenía la ropa manchada con sangre y una mirada de hastío que acentuaba la angulosidad de su rostro descarnad o. Todos denotaban esa terrible indiferencia que trae el contacto permanente con la muerte y la violencia, salvo un joven de lentes con apariencia tímida que apenas si podía disimular la repugnancia que le causaba lo que estaba haciendo.
El de la ropa manchada con sangre gritó con voz infantil, dirigiéndose a Ernesto y a mí.
- ¿Por qué no están combatiendo. Ustedes deben ser “espirituales”.
No sé si es exacto decir que creíamos llegada nuestra hora. Tal vez Ernesto y yo no sentíamos como real lo que ocurría. Nos habíamos angustiado tanto previamente, que llegado el momento largamente temido se producía algo así como una desrealización de los hechos. Además, la inopinada vuelta de tía Florida le infundía un nuevo sentido a todas las cosas, también a la irrupción de estos muchachos amenazantes.
Lo cierto es que nada respondimos. Entonces el flaco que parecía dirigirlos, el de la mirada de hastío, miró a sus compañeros y señalándonos con la cabeza a Ernesto y a mí, preguntó.
- ¿Los matamos?
La mujer gesticuló aprobatoriamente. Los demás callaron. Las ejecuciones eran de rutina. Cosa rara, yo había creído que mamá se desesperaría, pero no se inmutó. Papá, en cambio, se mostró más agobiado, aunque tampoco perdió la calma.
- ¿Cuántos años tienen?- preguntó abruptamente tía. Y luego, con la misma incongruencia, agregó: ¿Ustedes creen que el asesinato lleva hacia algo?
El flaco ni parpadeó, la joven la observó como si tía hubiera invitado a bailar a un muerto. El único que parecía dispuesto a escucharla era el de anteojos. Los demás nos tomaron de los brazos a Ernesto y a mí y nos condujeron al fondo de la casa. La ejecución iba a ser rápida.
-Claro- gritó, pero sin perder la serenidad, tía- ustedes necesitan convencerse matando, de que no están muertos, pero no lo consiguen. Son muñecos vacíos. Quién sabe si nacieron de una madre o de un siniestro taller cibernético,
Ahora, no solamente el flaco se volvió para fulminarla con la mirada sino que hasta nosotros, los condenados, nos preguntamos si era ella u otra persona la que había hablado.
El reflejo de los cristales amarillos y escarlatas en el rostro de tía le otorgaban el aspecto de una actriz, enfocada por luces de reflectores.
-La vieja está loca- dijo la gordita-. Si no se calla la matamos ahora mismo.
Los disparos continuaban en la calle. Un grito de dolor anunció que alguien había sido alcanzado por una bala.
- No van a matar a nadie -dijo tía- Ustedes no son más que unos chicos desorientados, jugando a la guerra. No pueden destruir lo que no construyeron. Están locos, enfermos por un mundo que se desintegra; merecerían lástima si no fueran tan estúpidamente crueles.
-Mamá trató de hacerla callar, saliendo de su inmovilidad, pero ya era tarde; la joven levantó su fusil -ametralladora y le descerrajó tres balazos.
Paralizados, aguardamos que tía cayera... pero no cayó. Tras las sacudidas provocadas por los impactos, se quedó observando a los combatientes, irrealizados por los reflejos de los ventanales, sonriente y hasta compadecida.
Y de pronto, empezó a avanzar hacia los jóvenes, pero no alcanzó a desplazarse mucho porque los combatientes emprendieron una veloz huida.
Papá no sabía si saludar a tía o sentarse o desaparecer él también. Quizás hubiera querido hacerlo todo a la vez, pero no hizo nada. Alelado, esperó inútilmente que alguien reaccionara. Todos inmóviles, ni siquiera habíamos acudido en auxilio de tía, quien fue la primera en decir algo;
- ¿Qué fue lo que ocurrió?
Se miró el cuerpo; los orificios de las balas se advertían nítidamente en su vestido a la altura del lado derecho de su tórax, pero no había manchas de sangre. La llevamos a la cama, con mucho esfuerzo porque ella se resistía. “Es un milagro de la fe- dijo- Cristo me ha ayudado”
No le ocurrió nada. A la media hora estaba otra vez de pie. Lo cierto es que no hubiéramos podido contar con un médico. Los heridos y muertos se acumulaban en las calles sin que nadie se preocupara por ellos. Eran demasiados y atenderlos, imposible. Cada veinticuatro horas, cuando se producía un respiro en la lucha los cargaban en camiones y los incineraban en algún terreno baldío.
La matanza era ritual, con breves intervalos de descanso. Tenía el ritmo de un feroz juego organizado. Todos participaban de él, en procura del placer frenético del asesinato o del suicidio.
Inútilmente intentamos explicarnos la indemnidad de tía. Pensé que probablemente se había quebrado la continuidad de lo real y comenzaban a ocurrir hechos milagrosos.
Mamá cubrió las heridas con gasas, aunque no sangraban, mientras papá recordó la trillada frase de Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que conoce tu filosofía” y cabeceó con aire fatalista.
Tía, como si estuviera viviendo en la más absoluta normalidad, sentenció:
- “Las gallinas ponen huevos, pero tendremos que proveernos de otros alimentos. No hay nada en la alacena”.
Interrumpido desde un mes atrás el servicio eléctrico, no nos quedaba casi nada. Las provisiones íbamos a buscarlas en los lugares menos frecuentados por los combatientes. Era una incursión de sumo riesgo y para conseguirlas hacíamos canje con objetos que podían interesar a los proveedores, ya que el dinero no servía para nada, con todas las actividades suspendidas. La crisis que ya era grave antes de la guerra, ahora se había transformado en un caos generalizado y la ciudad sólo era recorrida por los combatientes o por sobrevivientes como nosotros, esporádicamente. Los pocos habitantes que quedaban o estaban escondidos o habían huido al campo. Años atrás yo había leído algunas novelas en que lo cotidiano era invadido por lo prodigioso; lo temporal por lo intemporal. Novelas proféticas, apocalípticas, que anticipaban el mundo que ahora nos tocaba enfrentar.
Ernesto, más impresionable que yo, mostraba signos de agotamiento. Pensaba en Elsa, seguramente como yo en Irene. En Elsa, asesinada una tarde cuando venía a casa, acompañada por su hermano Jorge, que logró escapar, aunque al día siguiente, fue sorprendido por otros combatientes que, al resistirse, lo ultimaron.
Irene vivía pero era como si hubiera muerto, porque, deprimida por lo que ocurría estaba congelada en un mutismo del que pocas veces regresaba. La veía una vez por semana y era como contemplar una fotografía de alguien a quien se quiere mucho, pero que ya no volverá nunca del todo a nuestro lado. Era desgarrador comprobar cada vez, que se había convertido en una estatua tan bella como sutil, con el alma vagando quién sabe dónde. Pero inclusive esa belleza comenzaba a deteriorarse porque la iba ganado un progresivo abandono. Sólo quedaba el recuerdo del mundo íntimo que nos había unido.
De pronto, los disparos cesaron en la calle y el siniestro silencio que sigue a los combates invadió los ámbitos.
Salimos con tía Florida y con Ernesto en busca de víveres. La marmórea claridad de la luna iluminaba la calle y algunos cadáveres diseminados, que pasarían a recoger en la absurda tregua. Una escena infernal, monstruosa.
Algún herido, olvidado por sus compañeros, gritaba su dolor en algún sitio que no alcanzábamos a precisar, no muy distante de nuestros pasos. Detenerse para auxiliarlo hubiera sido suicida. Durante la tregua no se ejecutaba, pero se hacían prisioneros, a los que se fusilaba al día siguiente, al amanecer.
Cadáveres caídos en posturas grotescas, a veces con los rostros vueltos hacia el cielo y los ojos desmesuradamente abiertos, denunciaban la atmósfera de espanto a la que nadie escapaba.
La luz muerta de la luna, despojada para nosotros de todo tono romántico, acentuaba el horror de la escena, aunque no dejé de advertir la paradoja que constituía la cadenciosa belleza de los plátanos movidos por la brisa y sumergidos en la lechosa claridad lunar.
Caminábamos lentamente; tía se mostraba tan extraña a la tragedia como la propia luna. Yo tenía la sensación de quien atraviesa un terreno, bajo el que yacen sepultados centenares de cadáveres y del que surgen tímidas flores. Era como sentir que una alucinante transmutación se concretaba ante nuestros ojos y en nosotros mismos.
Seiscientos metros nos separaban, aproximadamente, de la casa de un amigo, el viejo Mirelli, que había tenido un supermercado del que conservaba todavía algunas provisiones, a las que canjeaba con dos o tres familias sobrevivientes en una casa adonde se escondía solitario, ya que todos sus parientes habían sido asesinados o muertos en la batalla.
- ¿Adónde van, inocentes corderos...no saben que la hora ha llegado?... Encomiéndense a Cristo y prepárense para el juicio... A mí nadie me toca... yo también soy un cordero de Dios... he perdido a mi familia y a mis amigos y ellos ahora gozan de la paz... El infierno es éste... nada hay peor en el más allá... hemos convocado a los demonios y ellos han ganado la tierra... pero escuchen la música de los ángeles sobre el fragor de la batalla...
Nos detuvimos. El discurso venía desde nuestras espaldas. Reconocí la voz: era Tito Méndez, nuestro amigo de la infancia. Había surgido desde un baldío, con la ropa andrajosa, consumido y sucio. En su rostro demacrado, brillaba el extravío de su mirada, la fiebre de la locura. No sé si nos reconoció. Parecía absorbido por la visión de una realidad aún más tremenda que la que vivíamos. Caminando con torpeza se aproximó y sus ojos se suavizaron cuando sonriendo con ternura nos dijo:
- Cuando Él llegue a ustedes los llevará consigo... por ahora debemos seguir nuestros caminos separados…
- El tiene fe- comentó tía, emocionada.
Al oírla, Tito salió de su ensimismamiento por un instante, jubiloso como un chico que ha encontrado un compañero de juego:
- Ella tiene razón. La tiene y los ángeles son testigos... no me importa la muerte... miren, la luna es un ojo sin pupila, pero tiene una mirada. Una mirada de mujer... a ella no la alcanzan los asesinatos de aquí; hace sonar su coro de fantasmas y ternuras del otro mundo, nos acompaña bailando en torno nuestro y morirá con la Tierra, se unirá con ella. Pocos escuchan su coro que llega junto con la música de los ángeles... mi familia y mis amigos cantan ahora desde allá.
Y Tito comenzó a cantar suavemente una canción nostálgica, probablemente improvisada por él, mientras se alejaba con torpes pasos de danza. Era difícil reconocer en él a nuestro compañero de interminables partidos de fútbol o de tardes de natación en la laguna o de largas conversaciones sobre trivialidades entretejidas de pronto con los profundos descubrimientos de la inocencia, en esos momentos de aparente intrascendencia, serenos, confiados, cuando, sin saberlo, tocamos la tela misma con que está tejida nuestra vida.
El clima que vivíamos me recordaba la escena de algunas obras de ficción que había leído: una novela de Kafka, un cuento de Felisberto Hernández o de Bruno Schulz. Y esa impresión se confirmó cuando comprobé que el rumbo hacia la casa de Mirelli se hacía interminable, como si nuestros pasos no consumieran distancia.
- ¿No tienen la sensación de que el espacio se reproduce con cada paso que damos?
Por toda respuesta tía me dedicó una de sus misteriosas miradas. Ernesto, aparentemente sin oírme, siguió su marcha imperturbable como un poseso.
A nuestro alrededor se advertían los estragos causados por los combates. Sólo nos acompañaba la doble hilera de paraísos sombrilla, una de las pocas arboledas todavía en pie, aunque presentaba visibles deterioros. Desde las casas llegaba el maullido de algún gato hambriento. Trozos de mampostería caídos por aquí y por allá dificultaban el paso. El barrio había sido muy frecuentado por nosotros, pero ahora, despoblado, regresaba a una realidad ambigua. La luz y la sombra, sin encontrar el reflejo de las creaciones humanas retornaban a su pura condición cósmica.
Y entonces todo cobró para mí una dimensión absoluta. Cada árbol, cada baldosa, cada cosa se agigantaron como si el universo entero se insumiera en ellos. Y aunque nosotros continuábamos nuestro rumbo fue como si nos deslizáramos en un espacio de goma, extremadamente moroso.
La luz de la luna, jugando con claridades y sombras en el frente y en el jardín de un chalé de estilo americano asumió la proyección de un lenguaje total que devoraba al contorno y a nosotros mismos. La casa deshabitada, a través de cuyos ventanales manchados por el polvo y las gotas de la última lluvia, se colaba la oscuridad de los cuartos vacíos, era un símbolo de olvido y de muerte. Allí se precipitaban la noche, el tiempo, los reflejos sin dueño, sin ojos, sin palabras. Y en el jardín, los grillos escondidos humedecían las sombras con su latido chirriante. Desde allí, desde los jazmines y rosales y el yuyal con su invasión salvaje, crecía la vida innominable, inédita. Igual que en el momento de un parto gigantesco, nada importaba ahora sino esa casa, su puerta barnizada color sepia, con un llamador de bronce; su techo a dos aguas, bajo cuyos salientes se alojaban palomas. En sus paredes circulaba la savia de la creación entera; amenazas y alegrías, con algo de la ternura y el furor del acto amoroso.
Si avanzábamos en nuestra marcha a mí me resultaba imperceptible. Mover los pies, la sensibilidad de la propia piel, la presencia de tía, de Ernesto, todo se intensificaba y confluía a las formas de la casa, a la vida que surgía desde los rosales y los jazmines, a la muerte que separaba los latidos de cada instante… Y fue como si la sucesión se hubiera roto, como si ya nunca pudiéramos salir de ese instante. Todo ahora era cielo e infierno, una atmósfera bíblica que desnudaba la eternidad de todo lo viviente, se posesionaba de los ámbitos y los hacía palabra de un lenguaje a descifrar.
Entonces acudió a mi memoria aquel pasaje bíblico: “Y oí una voz procedente del cielo como el estruendo de muchas aguas y como el estruendo de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tañían sus arpas y cantaban como si fuera un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos y nadie podía comprender aquel cántico, sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron remontados sobre la tierra”

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

Ilusos los Ulises


Siempre, después de un viaje,
una mirada terca se aferra a lo que busca,
y es un hueco sombrío, una luz pavorosa
tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.
Fidelidad, afán inútil.
¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte?
Nadie ha sido capaz
—ni aún los que han muerto—
de destejer la trama
de los días.

© Ángel González (Oviedo-España)

Envejecida:

El fracaso constante me sacó de la cama
(o tanta claridad llenando los rincones),
el espejo me muestra una imagen más ancha,
encuentro entre esas cejas la que una vez he sido
(he nacido, he luchado para obtener la nada)
y no puedo encontrar la que quisiera ser.
Creía en un poder escrito con palabras
o con letras capaces de cambiar este mundo.
Creía al ser humano con misión prefijada
no pensé que la regla se pudiera romper.

Marta Roldán (Codroipo-Italia)

Desde el principio vivir

Dices, difícil es vivir,
piensa entonces cómo sería empezar de nuevo
desde el punto más sutil,
vivir todo aquello que ya fue
con los brazos abiertos,
presentir que será ese mismo techo
y un algo de humo en la infinita transparencia del aire
podría lograrse todo aquello
que ocultos fisgonearon en ti,
no anunciándose con tu aliento
ni acordándote cómo te presentas entre ellos,
tampoco fueron necesarios
en ese instante de entonces.
Imagínate si los muertos te llaman
por teléfono,
todos los que vivieron antes
con una risa redonda como canicas
y más aún, tantas aves desde las bandejas
levantando el vuelo
¿quién contendrá sus inútiles cacareos?
¿cuántas flores deberían abrirse
recordando curiosos paracaídas?
cúpulas inexistentes de aire
arrastrando hacia abajo torsos parecidos
a las raíces de los muertos;
oh, ese perpetuo juego del aire que entre nosotros
empuja hacia atrás los corazones,
hacia adelante
abriendo al azar un paso a las así llamadas
puertas del tiempo,
como puntos blancos en los cubos de los dados;
pero no hay razón para enojarse
es difícil vivir desde por la mañana, hombre,
es difícil en las heladas de la noche.
Hasta tanto el verso no horade la tierra
con su muela solar,
todos estos aparentes muertos
aparentemente duermen
de todos modos el hombre convive con ellos,
hace su trabajo en la tierra
y conquista el cielo escalón tras escalón.

Moma Dimic (Serbia-Montenegro)

Dueto

-Tus ojos han tejido una luz extraña en mi mirada.
-Es que has despertado el bosque y los marinos del bosque.
-Hace azul, ¿Dónde estoy?
-En mis brazos. Allí donde tu río se incendia.
-¿Y esta luna sobre mi cuello?
-Es mi noche que quiere sellar tu piel.
-¿Comienzo?
-Comienzos.
-¿Y por qué te abres los párpados cerrados?
-Para mejor ver tu prisa salpicar mi espera. Par oír a nuestros labios despegar.
-Tú y yo, vuelo de gritos.
-Tú y yo, alas migratorias del poema.
-Seré para ti el pájaro y el cazador.
-No me vencerás: yo me ofreceré a tu fusil.
-Lo plantaré en tu corazón hasta la conquista.
-No es más que perdiendo que se merece el viaje.
-¿Cómo llegar? Tú tienes el cuerpo numeroso de la ilusión.
-¿Por qué llegar? Sé la mano duradera de los fantasmas.
-Tus caderas, pórticos del purgatorio de los perezosos.
- Mis caderas, barrotes de la prisión que libera.
-Mujer tengo sed, viértete.
-Que tus nombres te abreven: ellos perlan sobre mis labios.
-Dejaré a los pecadores llegar hasta ti.
-Pero el violín queda cerrado. ¿Sabrás desbotonarlo?
-Aprenderé. Lo sacudiré como a un árbol hasta hacer fluir todas sus músicas sobre mi lengua. Lo trabajaré como un artesano su oro, como el depravado su condena.
Lo aprenderé.
-¿Y me harás tuya, bandido?
-Sin cesar y nunca.
-Amo el estremecimiento que arrancarás de mi garganta.
-Entonces ven. El vino retrocede sin ti.

© Joumana Haddad (Beirut-Líbano)
Traducido por José Luís Reina Palazon

Sexual

Ella penetra en él,
es agua entre las hojas.
Inerme se resiste el árbol
cuando la tierra se estimula.
Sólo el aire, desde el sudor o el llanto,
descubre que morir dura un instante.

En su abandono
él derrama íntimas verdades
sobre la seda amante.

Solamente a ella le duele
el cuerpo de simplicidad desnuda,
y, con los ojos, regresa a la noche
en busca de un viaje más extenso.

Celmiro Koryto (Ashdod-Israel)

PÁGINA 17 - Artículo ensayístico.

J’accuse!


a Emile Zola,
que conoció otros tiempos


Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

¿Tiene sentido, todavía, una pregunta tonta, una simple pregunta? ¿Tienen todavía sentido las preguntas? ¿De dónde fluye la poesía, de dónde venía, como un agua de todos, cuando manaba con rabiosa inocencia?
En lo alto de la infancia, mientras las tardes eran tardes, y sobre el cielo abierto de las plazas que no habían cegado aún de cemento podía esperarse que madurara lerdamente, con tiempo de dejarlo crecer, un atisbo de crepúsculo, en la mágica intimidad que horadaba el autismo ya creciente de la urbe, las niñas saltaban sobre sí mismas a la cuerda y, como derviches danzarines en el momento justo, dejaban oír las mismas rondas infantiles que habían venido viviendo en el idioma desde siglos atrás, nacidas en un tiempo y en un lugar preciso aunque desconocido, pero esparcidas por los vientos del mundo sobre los más diferentes rincones del planeta y de los años. Y en el atardecer que volvían sagrado, la moneda corriente del lenguaje, el canto rodado que era flor de la lengua, más humana que nunca, en cada una y en todas esas niñas madres de las canciones, alumbraban el fuego secreto, dejaban flamear sin proponérselo y a fondo el fénix restaurador de la poesía.
Nadie se daba cuenta, quizás, pero eso ocurría, entonces. Y era tan esencial y nutritivo como el oxígeno que desprendían las hojas de los árboles, también sagrados en su vida fecunda y generosa.
Cuando un hombre nacía, cuando era echado al mundo, por más pobre que fuera, su primer refugio en la desnudez desolada de lo abierto eran los brazos de una madre, y su primer contacto con la vida, todavía instintivo, era el olor, el calor, el amor animal de la hembra que le llegaban por la piel, por el instinto, por la nariz, por los oídos, por los ojos, por el tacto y contacto de una voz que sin propósitos de lucro, de industria o de mensaje le transmitía el contagio feliz de la empatía, la tibieza de un rescoldo lejano, el calor de la tribu junto a los fuegos de la especie, la materia del mundo y de la vida, el terror y el temblor de la palabra humana, el sonido sentido, el sonido del sentido, de los sentidos, flagrante y contagioso, puro sonido aún, puro sentido, contagio de lo tibio y lo turbio y lo vivo y lo caliente, de un puro seno vivo de mujer, de una voz que acunaba, contra el terror del mundo, para civilizarnos, con salvaje inocencia, para traspasarnos de lenguaje y el lenguaje no apenas como un instrumento, una herramienta, un útil, sino como un mar que nos envuelve y que nos constituye.
Yo acuso. Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han hecho sofocar la canción de las hojas de los árboles del mundo y a los pájaros que había en ellos.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han desacralizado el cuerpo del planeta, que han convertido el aire en mercancía, la luz en precio, el ocio en industria.
Yo acuso a los presidentes de las multinacionales que han entronizado contra natura una imagen anafrodisíaca de la hembra, que han envilecido el misterio del sexo, el milagro del tiempo y del espacio.
Yo los acuso de haber impedido el desarrollo normal de la poesía, que no fluye de las academias ni de las bibliotecas ni de ningún estrado de marfil (¡oh Dylan!), sino casi seguramente de las rondas infantiles y las canciones de cuna que mantenían encendida y encendían en cada cachorro humano la posibilidad de la música del mundo.
Y me acuso sobre todo a mí mismo de no haber hecho nada para impedirlo, de no haber sido capaz, en absoluto, de impedirlo, de impedir ese maldito crimen de lesa poesía.
Quieran los dioses tenérnoslo en cuenta, cuando llegue el momento, si es que llega.

PÁGINA 18 – Narrativa

Tocata y fuga.


Por Esther Andradi (Ataliva-Santa Fe-Argentina//Berlín-Alemania)

Es 14 de Febrero, invierno en el hemisferio norte, un aniversario más de la muerte de su padre, un día 14, en el hemisferio sur. Está en una habitación. Hay mucha gente allí. Un hombre le toma de la mano, le dice “qué bien se te ve así, fría”. Ella siente frío, sólo eso. El hombre sostiene su mano y la mira, le parece un tiempo interminable, la gente se mueve en la habitación, entra y sale. De pronto, él desaparece. Ella, que hasta ese momento ha permanecido inmóvil –o acaso ha sido inválida- se levanta y corre a buscarlo.
Ahí comienza la pesadilla. Ve rostros y más rostros, amenazantes, perturbados, todos enloquecidos. Rostros que parecen máscaras. Al comienzo, una máscara con los contornos y rasgos definidos, pero siente que desciende más y más, siente el peso de su cuerpo en el descenso y la máscara se va tornando imprecisa, hasta quedar reducida a un óvalo blanco con tres puntos: los ojos y la boca.
Ahí es donde comienza la historia del guerrillero heroico que murió pero no está tranquilo y entonces –dicen los que viven en la zona donde el caso ocurrió- retorna todos los días a gemir. No sabe cómo se llama el “guerrillero heroico”, no le conoce el rostro, no sabe si murió en una batalla o cómo, es decir, no sabe nada, sólo que regresa a ese sitio a llorar. A gemir. Y está curiosa. Decide ir a ver qué pasa. Es un sitio en el descampado, lleno de espinillos, matas secas y arbustos pequeños. Hay florecillas amarillas en el suelo y ella camina buscando algo. ¿Qué? ¿Tal vez el gemido? ¿La cara del guerrillero? Nadie sabe qué busca y ella tampoco. Y está sola.
De pronto está otra vez en la habitación. Varias mujeres están haciendo música. Se siente atraída por ésa, que está de espaldas ejecutando el violín. Está allí –ahora lo sabe- porque las muchachas tienen información sobre el asunto del “guerrillero heroico”. Pregunta. Recién en ese momento ellas se percatan de su presencia. La que toca el violín se da vuelta. Tiene una casaca blanca, como una túnica. Quizá de seda. Cabellera castaña con una que otra tonalidad ceniza. La piel blanca, casi de porcelana y aparenta unos 35 a 40 años. Aunque en el fondo, es un rostro sin edad. Ojos de pescado, donde no hay profundidad a la vista, puro hielo. Boca carnosa, pero sin exagerar. Finalmente bella, muy bella. Sólo le ve la túnica blanca y el rostro, nada más. Y la oye diciendo algo como “Así quería encontrarte, ahora te mato”. Se le acerca más. “Te mato ahora”. Y entonces descubre que su cuerpo no es de carne, sino de metal, acaso hierro cromado, brillante, de varias piezas, y ella ya no sabe qué hace, pierde todo control sobre sí misma, siente la seguridad de la muerte, no quiere ver, no quiere mirar, y cuando la violinista ya no levanta la vara, cuando la vara fría roza contra su cuello aterido, se despierta.

Metálicos, estridentes, en cascada le llegan los sonidos de la habitación contigua, donde su madre ensaya todas las mañanas con el violín. Y suda frío.

PÁGINA 19 – Artículo ensayístico

Villa Ocampo en la cultura.


Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

La Revista Sur, compañera de la Editorial Sur, fue testigo y escenario privilegiado entre 1933 y 1971 (fecha en la que dejó de publicarse regularmente) de los avatares intelectuales más notables del siglo XX y permanece como un ilustre ejemplo de la esperanza y la visión denodada de una criolla de talento y olfato portentoso que supo detectar y plasmar algunas de las corrientes y las preguntas más significativas de su tiempo.
Ayudada por un equipo de literatos que ella supo elegir entre muchos desconocidos, Victoria Ocampo desplegó a Sur como una aventura del pensamiento liberal en épocas tempestuosas que precedieron y siguieron a la segunda guerra mundial. Contrariamente a una falsa tradición que la rodea, no sólo fue la generosa anfitriona y traductora del pensamiento europeo y norteamericano en la Argentina, sino una potente emisaria de las letras argentinas y latinoamericanas en un mundo que ya era global mucho antes de su catalogación bajo este nombre.
Sur fue, ante todo, un lugar de encuentro internacional y un foro de escrituras y lecturas de excelente nivel, destinadas a descifrar “el aire de los tiempos.” Desde Rabindranath Tagore a André Malraux, desde Graham Greene a André Gide pasando por Aldous Huxley, desde Jules Supervielle a Alfonso Reyes pasando por Dylan Thomas, toda una constelación de nombres imprescindibles ilumina las páginas de la revista, excepcionalmente longeva. Es con todo fundamento y justicia que Gabriela Mistral le escribe a Victoria: “Ud. ha cambiado la dirección de lectura de varios países en Sudamérica”.
Aún cuando la labor de Sur ha sido y es representada a veces, erróneamente, como "una empresa de traducción", no cabe olvidar, por ejemplo, que la mayor parte de los cuentos de Ficciones, de Borges, aparecieron primero en Sur —ciertamente, no como traducciones. No solamente Borges, sino Paz, Lorca, Alberti, Mistral, Neruda, Cortázar escriben en Sur— nombres que, por cierto, no se reunían frecuentemente en otras publicaciones de la época. Sur no fue solamente receptor: fue emisor, del mismo modo que Victoria no fue solo lectora y escuchante, sino hablante y escritora.
Otro prejuicio corriente presenta a Sur como la fácil tribuna oficial de los valores ya establecidos, contra toda evidencia. Cuando llegan a Sur, Sábato y Bianco son dos desconocidos; lo mismo cabe decir de Murena y Pezzoni; Borges, exagerando, dice que él mismo lo era; pero lo irrefutable es que si el nombre de Borges llega a la arena internacional es por intermedio de Caillois y Drieu La Rochelle, ambos colaboradores de Sur y amigos de Victoria, que dan a conocer a Borges en Francia. Lo mismo ocurre con escritores de otras procedencias: Michaux prácticamente no existía cuando Victoria lo publica en Sur; el mismo Caillois era uno de los tantos jóvenes brillantes de París cuando Victoria lo conoce y al cabo de muchos años hace de él el editor cuyos libros serán lanzados por los aviones de la liberación en territorio francés, al final de la Segunda Guerra Mundial.
La verdad es que Sur nació tambaleante, entre el escepticismo de los escritores que la rodeaban, sin adherir totalmente a su riesgosa empresa. Fue sólo cuando el barco empezó a navegar airosamente, habiendo sorteado toda clase de escollos y cosechado inesperados aplausos desde los horizontes más diversos y prestigiosos, cuando la aventura se convirtió en fervoroso proyecto: los más reticentes saltaron ágilmente a cubierta y se incorporaron a la estela rutilante del éxito nacional e internacional duramente sembrado y cosechado por Victoria. Con razón pudo decir Octavio Paz que Sur representó la libertad de la literatura frente al poder.
Sin embargo, la estela de Sur persiste justificadamente en nuestros días, como una parte de su irrenunciable testamento. Es una puerta única, entreabierta a las riquezas y contradicciones al siglo XX, y una clave cierta para “inscribir nuestro enigma en el universo y entrar en comunicación con él". Ojalá que sea también una clave preciosa que ayude a descifrar el enigma Victoria Ocampo —como lo dijo Paz, no una figura mitológica sino una mujer dotada de generosidad, cólera e imaginación— y a prolongar su misteriosa energía por el universo.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

29/09/2007 12:47 La Dirección Enlace permanente. ARCHIVO No hay comentarios. Comentar.

AÑO I - Nº 9

20070924002255-ano-1-n-9.jpgGACETA LITERARIA Nº 9 – SEPTIEMBRE de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la trayectoria del artista plástico
Osmar Sorbellini (Santa Fe/Argentina)

Obra: Sensual

PÁGINA EDITORIAL

Las malas palabras (1)

Por Roberto Fontanarrosa (Rosario-Santa Fe/Argentina)

No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer.
La pregunta es por qué son malas las malas palabras,¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas, ¿no es cierto?
Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras... no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras, algunas me gustan, igual que las palabras de uso natural.
Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando.
Era otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: “Vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.
Ahora, yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: “Había un coso, que tenía un coso y acá le salía un coso más largo”. Y uno dice: “¡Qué cosa!”.
Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y hablan como les parece. Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: por sonoridad, por fuerza y por contextura física.
No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo.Tonto puede incluir un problema de disminución neurológico, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo”–que no sé si está en el Diccionario de Dudas- está en la letra “t”. Analicémoslo. Anoten las maestras. Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra “carajo”.Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar a una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra.
Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir “caracho“, que es de una debilidad y de una hipocresía…
Cuando algún periódico dice “El senador fulano de tal envió a la m… a su par”, la triste función de esos puntos suspensivos merecería también una discusión en este congreso.
Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable, cuyo secreto está en la “r”, que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso está el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva.
Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras. Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar.

1 Fragmentos de la ponencia del escritor, dibujante y humorista rosarino en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, llevado a cabo en noviembre de 2004 en Rosario, provincia de Santa Fe.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Hoy

El cielo se abrió a mis ojos
y nací a este momento,
el momento con fe de sangre
y he visto derramarme.

Desde la primera letra
en posición de punto
que se hace siglo,
del invento de alegrías,
de puentes hacia el llanto,
de transformación de esquemas,
siento el mismo cansancio
en mis pies viejos.

Del reflejo introvertido
de la perfecta rutina.

Del caos de la luz
y del invierno,
del silencio, la guerra y la arruga.

Nací mi muerte con la extrañeza
del tarado y tal como antes
me estoy llamando.

El cielo se cerró en mis párpados
y recién entonces, pensando
me sentí esperado.

Ya no había negación en el silencio
ni oscuridad en la luz del día.

Tanto tiempo transcurrí, soñaba.

Pesado minuto caído de la nada y
ya vuelto.

Ayer observé detenidamente
mi terraza en el espejo del agua
y la sabía con el deseo de ahogarse.

Ayer estuve recordando;
nadie tiene azotea,
sólo algo así como una sonrisa,
dientes de brillante, ojos de vidrio
y lengua de gigante.

Manos de nene, pies de tambor,
dedos de sentencia,

Hoy amanecí temblando:
el miedo era mi llanto.

Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Haikus de la vida y de la muerte

Bajo los robles,
la muerte se recoge:
musgo tardío.

En la memoria
de muertes cotidianas
resurrecciones.

Escapo a tiempo:
¡engañarme la muerte
trenzando vidas!

Me perteneces,
vida de mis entrañas.
Puñal sin sangre.

En mis sandalias
los caminos de vida
de pies cansados.

La vida es día
que se transforma en noche.
El doble espejo.

¿Qué me susurras
ajena vida ajena?
No te conozco.

Alguien me llama
para vivir la muerte
como tal cosa.

La mano de Dios
me toca y me suspende.
Vencida muerte.

Sabia, la muerte
espera los cortejos
de la memoria.

J.M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Del Setenta y Seis

I

Ladraron los perros
sobresalto y presagio
en su vigilia

miró a su compañero
escondió a su hijo

ya se habían enroscado en los tallos de la muerte

-Perros- pensó
ladran
o persiguen

tembló de frío

cuando arrrancaron
la puerta a patadas
no vaciló

vació su cargador
mientras caía

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

Última aventura del furtivo ladrón

una noche volveré
furtivamente
a mi vieja escuela;
violaré la ventana de mi aula
y entraré para robar
uno
no más que uno de aquellos
dónde estarán aquellos
blancos tinteros de porcelana que
el señor director
guardapolvo blanco
bigotito entrecano
y acento jujeño en la temida voz
cargaba cada mañana
personalmente
botella de un litro de tinta en mano
lo recuerdo
aula por aula
pupitre por pupitre

Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Segunda Certeza

tal vez nadie en el universo piensa en mí
Roberto Juarroz

I

Se ha hecho rutina esto del insomnio
quedarse con el corazón haciendo agua
en mitad de la noche
las manos
hundidas en la tinta

se me han terminado las certezas

saco un poema a medio hacer
:las certezas son también una fuerza de voluntad

las certezas que apretamos para sentirnos poderosos
para agitar al aire pensamientos/ideas/vanos dogmas/
yo soy/yo creo/yo hago
certezas que van delante de una
:como paredón y coraza
:como antorcha y vuelo

como en un juego de naipes
si una cae
(sólo una)
caen las otras

tomo una al azar
yo soy fiel
y la recorro en penumbras como a una habitación II

Ya no tengo respuestas
(para eso sirven también las certezas)
quisiera decirle
(las teorías son otro tipo de certezas)
que todo andará bien
(aunque de verdad no lo sepa)
que todo esta en su sitio
(aunque de verdad no lo esté)
que podemos recorrer el amor y salir indemnes
(aunque no sea cierto)

sólo decirle
que hoy /ahora/

en este largo instante que precede al amanecer

alguien en el mundo esta pensando en él

Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Debo confesarte
que no he escrito
ningún otro poema,
después de aquel
que garabateé en tu piel
con mis caricias y besos.
puedo confesártelo
porque sé
que nada mejor saldría de mi pluma
o de mis sentimientos.
Debo confesarte, amor
que perezoso mi corazón
se quedó apretujado en tus brazos
la última vez
que descansé en tus abrazos,
ya no ha latido desde entonces
tan solo intentando retener
su mejor son.
Por eso amor, te confieso
que no he podido seguir adelante
esperando ansioso
retomar la senda de tu piel
y tu calor
que es el camino por el cual
tu vida
me lleva a la vida...

Fernando Vaschetto (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Artículo ensayístico

Sincretismo

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

La gente que se vino trajo mucho en los barcos, no sólo la vajilla que se fue transformando en pedazos, no sólo las maletas de cartón que murieron en las humedades de esta tierra oscura surcada de ríos marrones. No trajeron sólo la piel extranjera, el hambre de allá lejos, no trajeron sólo santos que sacar en procesión bajo los cielos de otros. Trajeron la lengua amaestrada para palabras extrañas, y el ritmo que las hace danzar codo con codo, brazo con brazo. Trajeron su canto.
El 18 de agosto varios coros de italianos vinieron a Santa Fe desde Humberto 1º, de Sunchales, de Buenos Aires, de Córdoba.
Y venían los viejitos por la peatonal. Los precedía una murga de tambores, una murga de muchachos con rostro de aborigen, y tres hombres con trompetas. Ellos les abrían la calle y les daban el alto para que se formara el coro y surgieran las antiguas canciones de las antiguas gargantas.
Las mujeres de voces agudas, las respuestas picarescas. Esas canciones de tierra y montaña y vides y olivos allá en la Italia que se transforma en Suiza, en Francia, en la Italia que se desdibuja en las montañas o se baña en el mar azul. Y los viejitos que llevan prendido el dialecto debajo de las cejas, debajo de los abrigos, muy adentro, muy adentro, y que dejan salir las viejas palabras para que revoloteen entre la gente como pendones festivos.
La música es la resistencia cultural de los pueblos, es la directa flecha que surca los años y los mares, que atraviesa generaciones y hace centro en cualquier oyente abierto al fenómeno de la emoción.
Un perro callejero iba con la murga y ladraba. El perro ladraba y ladraba como un heraldo, ladraba a cualquier parte pero a nosotros, “oíd, oíd” “escuchad las voces de vuestros ancestros”. Y los nenes lustrabotas se fascinaban bien cerquita de los acordeones, como para desentrañar el misterio de la historia devenida en instrumento popular.
Un muchacho de los tambores, rostro cetrino, ojos pequeños, daba en perfil la moneda, la esfinge de los que vieron llegar a los italianos a las colonias, y ya estaban allí, y todavía no se acostumbran.
Surgían entonces las canciones de la Italia bajo el sol de Santa Fe, y uno de los coros tradujo una cumbia que explotó en dialecto, y los muchachos hicieron la percusión con las manos morenas, y el que se animó bailoteó un poco.
Puede ser que se realicen congresos y simposios, que se organicen actividades y se fijen planes de acción. La verdadera hermandad surge, espontánea y reluciente, cuando la felicidad agranda las sonrisas y la música nos impulsa al festejo.
Esos coros de jubilados demostraron, también, que el canto salva la alegría de sentirse parte, de compartir, de regalar. Ese es el único requisito para que la canción sea verdad, belleza, ofrenda. Cantaron para nosotros, si, pero eso era circunstancial, lo necesario era cantar para ellos mismos y dibujar el país de la infancia sutilmente en el aire, a pura voz. Aquí. Aquí, en el país de su descendencia.

PÁGINA 4 – Narrativa

El peñasco y la enredadera

Por Mabel Pedrozo (Asunción/Paraguay)

Fue difícil al principio, cuando no sabía que bastaba con encaramarse a sus hombros afilados para que él la deje quedarse.
Pasó noches larguísimas imaginando que él desenredaba sus dedos de los suyos, que apartaba las flores de su pelo y la miraba como un desconocido. Ése sería el día del fin. Después estaba la muerte.
Jamás lo quiso para sí. Le bastaba con acurrucarse en su espalda prestando oídos al rumor agresivo de su pecho. Lo llamaba "el susurro de Luciano Both". Él no se llamaba Luciano, claro, pero dado que en su situación un roce de pelo bastaba para reconocerse, los nombres pasaron a cumplir funciones hasta si se quiere disparatadas.
Muchas veces le preguntó de dónde vino, a quien amó antes que a ella, qué ojos muertos dentro suyo lo veían desde sus lugares eternos. "Nunca fui el que soy ahora. No hay nada que decir, puesto que no me reconozco en esos que ya no soy", decía él. De manera que nunca supo nada que ya no le conociese.
Él la subió a sus hombros una noche y le mostró el universo. Una boca invisible soplaba las luces hundidas en una nada ilimitada y negra. "Se llaman estrellas", le dijo. Estremecidas en su tintineo de puntas de hielo, las luces resistían, giraban sobre sí y volvían a recobrar su brillo de lámparas eternas.
Nada había más hermoso, sin embargo, que estar en él cuando esa negrura se diluía en el caldo liláceo que antecedía al amanecer. Ella dormía revuelta en su espalda, con el pelo echado al vacío que se abría a partir de ellos. Los hombros cuadrados de él custodiaban su sueño. Ella, todavía somnolienta, metía los ojos en la esquina que formaban esos hombros con el cielo, metía el mentón, se sostenía como si fuese a caer y entonces se ahogaba en los paneles rosas y aguamarinas, en los grises azulados, en los celestes terrosos que velaban el firmamento traspasando el espacio con sus tonos sucesivos.
La roca, que jamás dormía (su condición eterna no le dejaba), se sentía verdaderamente triste en aquellas ocasiones. Pobre enramada, decía. ¿Cuánto tiempo le queda? ¿Hasta la próxima tempestad, hasta el retorno de los vientos fríos, hasta que sol de enero le derrita el alma? Lo único que le consolaba era saber que la pobre, mortal como era, vivía en una ignorancia absoluta de su naturaleza y de la naturaleza de las cosas que la rodeaban. Era lo único.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Pedro Salinas - 1891-1951 - Madrid/España

El poema

Y ahora, aquí está frente a mí.
Tantas luchas que ha costado,
tantos afanes en vela,
tantos bordes de fracaso
junto a este esplendor sereno
ya son nada, se olvidaron.
Él queda, y en él, el mundo,
la rosa, la piedra, el pájaro,
aquéllos, los del principio,
de este final asombrados.
¡Tan claros que se veían,
y aún se podía aclararlos!
Están mejor; una luz
que el sol no sabe, unos rayos
los iluminan, sin noche,
para siempre revelados.
Las claridades de ahora
lucen más que las de mayo.
Si allí estaban, ahora aquí;
a más transparencia alzados.
¡Qué naturales parecen,
qué sencillo el gran milagro!
En esta luz del poema,
todo,
desde el más nocturno beso
al cenital esplendor,
todo está mucho más claro.

La memoria en las manos

Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.
Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.
También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
—¿nuestra frente o la suya?—
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

¿Qué pájaros?

¿El pájaro? ¿Los pájaros?
¿Hay sólo un solo pájaro en el mundo
que vuela con mil alas, y que canta
con incontables trinos, siempre solo?
¿Son tierra y cielo espejos? ¿Es el aire
espejeo del aire, y el gran pájaro
único multiplica
su soledad en apariencias miles?
(¿Y por eso
le llamamos los pájaros?)
¿O quizá no hay un pájaro?
¿Y son ellos,
fatal plural inmenso, como el mar,
bandada innúmera, oleaje de alas,
donde la vista busca y quiere el alma
distinguir la verdad del solo pájaro,
de su esencia sin fin, del uno hermoso?

Respuesta a la luz

Sí, sí, dijo el niño, sí.
Y nadie le preguntaba.
¿Qué le ofrecías, la noche,
tú, silencio, qué le dabas
para que él dijera a voces,
tanto sí, que sí, que sí?
Nadie le ofrecía nada.
Un gran mundo sin preguntas,
vacías las negras manos
—ámbitos de madrugada—,
alrededor enmudece.
Los síes —¡qué golpetazos
de querer en el silencio!—,
las últimas negativas
a la noche le quebraban.
Sí, sí a todo, a todo sí,
a la nada sí, por nada.
Allá por los horizontes
sin que nadie —el sólo: nadie—
la escuchara, sigilosa
de albor, rosa y brisa tierna,
iba la pregunta muda,
naciendo ya, la mañana.

Razón de amor

Dame tu libertad.
No quiero tu fatiga,
no, ni tus hojas secas,
tu sueño, ojos cerrados.
Ven a mí desde ti,
no desde tu cansancio
de ti. Quiero sentirla.
Tu libertad me trae,
igual que un viento universal,
un olor de maderas
remotas de tus muebles,
una bandada de visiones
que tú veías
cuando en el colmo de tu libertad
cerrabas ya los ojos.
¡Qué hermosa tú libre y en pie!
Si tú me das tu libertad me das tus años
blancos, limpios y agudos como dientes,
me das el tiempo en que tú la gozabas.
Quiero sentirla como siente el agua
del puerto, pensativa,
en las quillas inmóviles
el alta mar. La turbulencia sacra.
Sentirla,
vuelo parado,
igual que en sosegado soto
siente la rama
donde el ave se posa
el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul.
Descánsala hoy en mí: la gozaré
con un temblor de hoja en que se paran
gotas del cielo al suelo.
La quiero
para soltarla, solamente.
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.

PÁGINA 6 – Narrativa

Sujeto.

Por Adolfo Vaccaro (Buenos Aires/Argentina)

Bajo un cielo gris, rebasado por el espesor de la vida, Sujeto camina todas las mañanas las mismas sendas programadas. Y aunque no quisiera, bien sabe que Rubén Parada jamás responde a sus deseos, prefiriendo encallecer sus pasos antes que aceptar una orden suya.
Sujeto, entra al bar de siempre. Solicita el cortado acostumbrado, mientras la ventana muestra el transcurso de cada instante del pasado. Aquel escaparate conoce que lo que es testimonio de curiosidad ingresa velozmente a ser tragado por el consumo irremediable de lo que termina de suceder. Sujeto, sorbiendo el primer trago del humeante pocillo, lleva su palma a la derecha de su cintura sabiendo que Pepe Vesícula le entrega el primer saludo jugando malabares con las piedras. La frase repetida en silencio no se hace esperar y otra promesa volverá a disipar la solución urgente. Total, Pepe, es uno de los pocos referentes honestos que le permite seguir aceptando su existencia.
Jorge Mirada, sosteniendo el pesgo de sus bolsas, lo incita a contemplar el irreal accionar de la indiferencia donde el álgido movimiento lo aparta de su insistente coalescencia. Solamente, cuando las márgenes del proscenio iluminan hacia dentro, el deambular de las ideas interrumpe la parodia actoral tangible. Lo mismo ocurre cuando, dejando los espejuelos enmarcados sobre la mesa de luz, penetra al plasma onírico, otorgándole a la rutina insoportable un remanso de piedad y fantasía. Y aunque la memoria lo traicione al siguiente día, no interesa. Él intuye que algo de bueno debe haber acontecido.
Recuperando la taza a medio beber, un punzante malestar le da la bienvenida a Jacinto Cuore, amigo permanente de batallas inconclusas, flameante expositor de trapos blancos entre fracaso y resuello. Fiel mentor de tropiezos recurrentes y hacedor del compendio ineluctable. Y otra promesa volverá a disipar la solución urgente.
Alberto Manos le sugiere abrir su agenda de todo lo que allí figura como negado. Algunas anotaciones y números telefónicos le comentan anécdotas de ausencia. Una visión de gotas sin sentido van diluyéndose sigilosamente en el marco inferior de la húmeda ventana. La reacción despabila a Manuel Conciencia, advirtiéndole que está lloviendo fuera del entorno, aunque Sujeto siga percibiendo el frío del aguacero en su piel. Él conoce muy bien a Manuel, es como una gran parte de su entender pragmático y, a veces, emocional. Recuerda que en varias oportunidades le dio prioridad, confianza, haciéndolo depositario del tiempo de la ética, de la paciencia, de la justicia, de la tolerancia, del sentido común y del amor, sí, también del amor, a pesar que Ramón Inconciencia, su hermano invertido, siempre habitó en las antípodas trasgrediendo principios, objetos y fundamentos. Será por eso que Sujeto transcurrió la vida en intermitencia.
Alberto Manos cerró la agenda. Sacó el billete de un bolsillo. Sumergió a Sujeto en su piloto. Despidió al mozo con saludo desganado. Abrió la puerta del bar y dejándose llevar por el pluvial torrente, ingresó a la alcantarilla de otra muerte repetida.

PÁGINA 7 - Artículo ensayístico

La igualdad del caos: la eternidad del tango
Variedades de la eternidad según la medida que adoptamos, como ya lo sospechaba el finado Protágoras, primer postulante del homo mensura según mis seguimientos. Nunca dejaré de recomendar en este mundo u otro la deliciosa lectura de Diógenes Laercio: “Vida de los filósofos más ilustres de la antigüedad” les juro por mí mismo que disfrutarán el humor que alfombra la lectura de los cruzados pensamientos de los hombres y mujeres más relevantes de la Grecia Clásica.

La indigencia literaria del chamamé.

Por Alejandro Bovino Maciel (Buenos Aires/Argentina)

Hemos estado planeando por encima de lo cotidiano. Reconozcamos que no vivimos entre ángeles, metafísicos, ontólogos y teólogos. Nuestro mundo se acomoda más a las trivialidades de una taza de café por las mañanas, el periódico donde se nos puede engañar descaradamente (y conste que pagamos por ello), el trabajo, los domingos por la tarde y las medialunas. Antes de proseguir me gustaría detenerme un momento en la eternidad verbal del tango en contraste con la penuria intelectual de las letras del chamamé que vendría a ser mi identidad geográfica. Nunca alcancé a entender del todo qué es ser correntino y las diferencias intrínsecas que debería exhibir respecto de un afgano, un maorí, un marsellés o un canadiense. Si dejásemos en suspenso fenomenológico el color de la piel, la estatura o el arte culinario poco queda de esa diferencia intrínseca: todos comemos, dormimos, trabajamos para vivir, soñamos y tal vez canturreemos alguna melodía cuando nos sentimos píos o desdichados. Se me opondrá el idioma y allí reconozco que deberíamos detenernos; más allá de los accidentes fonéticos, la construcción cultural del idioma delimita y determina el campo semántico que es el continente del universo simbólico; pero entonces, al ser el español mi idioma materno, paterno, el de mi cuñado, tías y parientes en nada debería diferenciarse un correntino de un valenciano, mejicano, dominicano, madrileño o filipino.
Considerando la dimensión del mundo que delimita el lenguaje, quiero recordar una observación que recientemente me vino en sueños. Alguien, entre la bruma de imágenes confusas de una pesadilla me maltrató porque “siendo correntino, escuchaba tangos”. Al despertar, la supuesta traición musical seguía dándome vueltas en la cabeza y como hago siempre en estos casos busco la salida racional para escapar de la prisión de la culpa. ¿Por qué siempre recelé del chamamé, el rasguido doble y el valseado que fueron las músicas que acunaron mi feliz niñez? Me detuve a pensar que salvo excepciones que no hacen sino confirmar la regla, (Teresa Parodi es una de ellas) ¿qué puedo encontrar en el chamamé que proclame y retenga mi débil atención aturdida por el tumor? Repasemos algunas letras de conocidos temas. Una de ellas dice “La vestido celeste todas la llaman y para ella va mi canción” obviamente despierta un nulo interés en mí estas cuestiones cromáticas del vecindario. “En Bañado Norte tengo el rancho que te ofrecí, allí juntos los dos, en mi Taragüi, volverá a renacer el cariño que te di”, ahora la ubicación del inmueble parece determinar la felicidad de los enamorados, cosa que me parece estupenda aunque en nada me implica, quieran los dioses que sigan felices en cualquier bañado pero honestamente poco me interesan los domicilios de las parejas. Otro tema clásico “en el Puente Pexoa, querida del alma no existe el dolor”. Ignoro qué virtudes analgésicas tendrá el famoso puente pero no conmueve mis sentimientos esta preposición afirmativa de la que por otra parte dudo. Tal vez no exista para el inspirado enamorado pero si alguien con una artritis reumatoidea cruza el Puente Pexoa no creo que deje de sufrir. Por otra parte, según José Carlos, ni jazmineros ni orquídeas en flor, el polvoriento camino rumbo al Puente Pexoa está plagado de malezas y maleantes. Ni el archifamoso Kilómetro 11 se salva de mi iconoclastia correntina. “Sólo hay tristeza y dolor al hallarme lejos de ti, culpable tan solo soy de todo lo que he sufrido por eso es que ahora he venido a implorar tu perdón” es una traducción algo precaria pero que no trastorna del todo el fondo de la misión masoquista que predica el autor. ¿Alguien puede encontrar atractivas estas puerilidades? Tal vez la música se salve a sí misma pero entonces habría que silenciar a los cantantes, lo que no es tan mala idea considerando que uno escuchó alguna vez esos lamentos caninos de las siestas en el programa “Pampa y cielo” que desde su origen traiciona la tradición ya que Corrientes no está en La Pampa. Los letristas del chamamé no parecen haber conocido la poesía y como si fuese en un juego de naipes marcadas, la sortean a cambio de versificaciones visiblemente impostadas como las que acechan detrás del Homenaje a las Malvinas: “la estepa cubre la superficie de este terruño”, nos insta a preguntarnos, ¿entenderá doña Celia, que está sentada bajo un lapacho tomando mate el significado de “estepa”, “terruño” “pendón” y otras bravuconadas de diccionario Peuser que asesta el autor de estos malogrados versos? Cuando se quiere parecer ingenioso, se recurre a terminología rimbombante porque lo desconocido sirve de ocultación. Para decirlo en otros términos, los malos autores se esconden detrás de palabras difíciles lo que difícilmente los salve de ser malos autores. Por alguna razón que ignoro pero convendría indagar, las letras del chamamé (salvo escasa excepciones) no pasan de ser simples descripciones geográficas, rurales o costumbristas. Veamos la letra de Pedro Di Ciervi “El sancosmeño”. “Señores yo soy / el sancosmeño / un hombre formal / a carta cabal / también servicial / y sin interés” ignoro por qué usar ese lenguaje financiero y crediticio para contarnos algo tan intrascendente pero debo reconocer que E. Duarte lo superó con “El mapa de mi Corrientes” especie de cartografía musical a escala: “Qué cosas lindas tiene mi provincia / Corrientes, Caseros, Goya, Curuzú, / Libres, Virasoro, Loreto, Mercedes, / Concepción, San Cosme, Cofre, Yapeyú…” en esta enumeración agota el mapa de Corrientes en una lección de geografía inesperada para una peña. En “El dominguero” Oscar Valles reitera el recurso pero esta vez describiendo minuciosamente la indumentaria del hombre de campo como en una propaganda de los viejos almacenes de ramos generales: “Me voy pal pueblo con mi pilcha dominguera / camisa blanca, bombacha negra, / de alpargatas (sic), faja roja corralera / haciendo juego con mi cinto e´yacaré. / Allí me espera mi guainita enamorada / pollera verde, blusa floreada” y para no seguir martirizando al lector con estas proezas geográficas, textiles y castrenses (demasiados chamamés glorifican nuestras malogradas militadas comparándolas con las campañas de la Independencia) me limito a citar algunos títulos de letras que desaconsejan el resto de la cantata:
1) Quiero casarme con vos. 2) Retorno chamamecero. 3) Quiero calmar mis antojos. 4) Si te digo que no te extraño, te miento. 5) Tenés otro dueño pero igual te quiero. 6) Te deseo mucho y eres mi amiga 7) Te quiero mucho pero no te perdono. ¿No nos recuerdan estas frases los mensajes que nuestros adolescentes envían a través del chat o el celular? ¿No soy igualmente anodinas, simplificadas, convencionales y vacías? ¿No suenan a impostura? Con razón don Isaco Abitbol recelaba de las letras y se dedicaba a fondo a la música, igual que don Tránsito, E. Montiel y los grandes fundadores del chamamé. Pocas veces cometieron la imprudencia de hacer lo que sospechaban que no sabrían resolver con la misma solvencia con la que componían sus músicas. Desgraciadamente delegaban el trabajo de escribir en amanuenses alquilados, y es sintomático que poesía y música pocas veces se hayan dado la mano en Corrientes. No he escuchado temas de David Martínez, Gordiola Niella, Francisco Madariaga, Marta Quiles, Jorge Sánchez Aguilar y tantos otros poetas con oficio que tuvieren músicas de los grandes maestros del chamamé. Miro el Brasil y el panorama es totalmente diferente; de hecho, en los bares de Río se juntaban músicos y poetas y de allí nació la bossa nova. Que con palabras simples va más allá de los atuendos, los puentes milagrosos y la toponimia. Plugo a los dioses que ese milagro se produzca de una vez en Corrientes para bien de la música, de la poesía y del pensamiento de la gente que de la trivialización se invite a pensar con profundidad el sitio que ocupa en el universo.
 
PÁGINA 8 – Poesía argentina

Soy el concreto

Como lágrimas sanguíneas se retuercen las vivencias
sorbidas.
Soy el concreto
donde no hay luz.
Imperio inexistente de las casas pintadas en un mismo color.
Yo , Cemento, tengo historia.
Me atrapan en dolor, intensidad,
mi presencia fuerte y la relación sagrada que mantengo con la gente,
que me pisa, que me habita.
Toda su mente se concentra en un pequeño punto oscuro.
Interior restaurado, impregnado en memorias,
desgrana recuerdos.
Soy hormigón que perfumo curiosidades,
anécdotas trágicas, correrías perras,
mortales enojos.
Transpiro el material por la carga que llevo.
Observo en la urbe lúgubres columnas, poca luz,
y el aro ardiente por donde pasa el león de la pasión.
Me encuentro allí.
Arrastro insultos. Lanzallamas mediocres
me han hincado sus clavos.

Susana Rodrigues Tuegols (Avellaneda-Buenos Aires/Argentina)

Poema a Baltasar

Nadie supo tu nombre.
Tampoco yo que por amor te nombré Baltasar.
No sé cuándo te fuiste de mi balcón,
de este planeta confuso,
ni en qué espacio de lo infinitamente abierto
mora tu alma de felino silencioso y bello.
Me falta hoy tu pecho de carbón
el fulgor de las brasas amarillas de tus ojos
y el ondulante andar de tu cuerpo
sobre la reja.
Me falta tu mirar desde lo alto del muro
tan cotidiano como el café y el pan de las mañanas.
Tu compañía irónica y distante
tu presencia a un lado y otro de mi casa
consuelo secreto de mis días.
Estabas allí,
durmiendo sobre la frescura del trébol
o velando en el techo con tu pelaje negro
y leonado bajo el sol.
Adiós hermoso amigo.
No pudimos despedirnos.
Acaso abierto al viento de la eternidad
puedas escuchar la voz de esta amiga extraña,
esquiva,
sola.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Humo petrificado

Es bueno conocer el alma del poeta
y luego encontrarse con el diablo
con la garganta del diablo
con el paso del indio y su cabeza
con la pesquisa hablante del sueño.

Muertas cortezas / crucificadas /
confiesan
la milenaria historia de las rocas.

Temblores
millones de años extraviados.

Roberto Goijman (Chubut/Argentina)

Erosiones

Cuando la vida de los otros duerme blanda y muscular
sobre cáscaras de azúcar que imitan cráneos
se me clava en la sien la duda que erosiona tímpanos,
el vinagre que escupen las astillas de mis inquisiciones.
Y por un instante suspendido entre dos eras
se me aleja del cuerpo todo lo amado.
Nada distingue al poema de la fórmula numérica.
En la hora funesta, las balas no se conmueven
ante el ritmo del soneto
ni se detiene el misil, arrobado por los versos.
La locura y el amor son siameses separados.
¿Quién sostiene el cáliz milenario
que saciará esta angustia interminable?
¿Quién evita que muerda mi propio corazón hasta matarlo?

Romina Carla Cinquemani (Buenos Aires/Argentina)

Diario de abril

Atardece, el viento penetra por debajo de las puertas
y, en las terrazas, las ropas danzan la triste música del otoño.
Veo a dos adolescentes acariciarse en un banco de estación,
ella tiene los ojos azules y él la aprieta contra su pecho.
Después, ¿buscarán una habitación
y se desnudarán el uno al otro y en silencio, la luz de una lámpara?

¿Qué es el viento? ¿Quién es que me llama por mi nombre de viajero?
¿Qué soy, quién soy que me miro en el espejo y no me reconozco?
Y la respuesta que tarda en llegar,
y mi hijo que duerme su sueño de invertebrado en el vientre de la desconocida,
ahora que estoy solo, en otoño, y ningún pájaro me sobrevuela.

Carlos Barbarito (Pergamino-Buenos Aires/Argentina)

En la pequeña lucha
del trébol parpadeante
reconozco tu senda y te imagino
aquí estuviste
en la presencia ínfima
recurrente huellar de algún cabello
paquete a medio abrir en la alacena
miraste mar y luna en plenilunio
amaneciste arena
te sentaste en la playa
no conmigo
la vertiente habrá bebido tu risa en las restingas
en ardor de verano habías escrito
“ el sueño más recurrente está en Las Grutas
los dos
con el Atlántico testigo”

Aquí aún puedo sentirte
en este azul abril desoled@des
en el mar que ha llegado y se retira
en los dones que borra sin respiro
el lucero que mengua acantilados.

Soy vos en soledad este domingo
incertidumbre y más
perplejidades
zumban nombres-recuerdo por las rutas
y la tiza con sangre
atiza
telas de grana
al viento patagónico.

Lily Muñoz (Neuquén/Argentina)

PÁGINA 9 – Narrativa

La canción que no dice nada

Por Alfredo Di Bernardo (Santa Fe/Argentina)

"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no.
Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo:
"Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".
Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.
Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.
La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial.
"Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas?
¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?
El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco
vacíos. Aplaudimos.
"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.
Es curioso. Yo siento que lo dice todo.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

Mudas las garzas - Selfa Chef
- Edic. Eón, Méx., 2007, 163 pp.

Mudas las garzas. La mirada sensible y delicada del “otro”
El título del libro me remite a los trazos rápidos de una pintura china o japonesa que generan los espacios donde confluyen los silencios. Estática, la garza reproduce la grácil libertad contemplativa; en vuelo, simula un albo espejo que se desliza lentamente. Emblema de primavera, es un temblor que cruza los márgenes del alba. En su levedad se advierte un frágil impulso, sí, pero su majestuosidad llega a revelar recogimiento. Como la grulla, es símbolo de longevidad, de inmortalidad incluso. También puede ser agorera, infausta, aunque su presagio casi siempre va en función de lo que se pretende establecer. Su blancura personifica la pureza. Y su imagen nos remite a la gravedad silenciosa del oriental, al mutismo admirable del sabio. Mudas las garzas , de Selfa Chew, abarca todas esas vertientes, con un lenguaje equilibrado, donde la enunciación lírica se combina con atributos y conceptos botánicos: “la flor estalla en los colores que tu amor le haya pintado”, dice al inicio del libro (pp. 15-16). Con profundidad sensible, la autora visualiza voces y reflejos, sonidos temblorosos que determinan la existencia, la hostilidad del mundo.
Memoria detenida, sí. Instantes que se alargan y detienen, petrificando la melancolía, como un cristal que se derrama en densas gotas. Entrevistas, documentos legales, reportes policíacos, reminiscencias, historias y testimonios orales, así como cuentos y poemas, se conjuntan y conjugan en estas páginas para integrar “leves trazos de memorias”, desbordando las dimensiones del corazón humano. Mudas las garzas sería, desde esta circunstancia, un volumen delicioso, aunque desafortunadamente su basamento es real, pues rescata las vivencias de la comunidad japonesa mexicana, después del ataque del imperio nipón a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. En los Estados Unidos de Norteamérica se abrieron campos de concentración. Y en México ocurrió algo similar, en virtud de que esta nación se vinculaba a los aliados: incluso participó en la Segunda Guerra Mundial con el legendario escuadrón 201. La hacienda en Temixco, Morelos, donde en la actualidad es un balneario, fue el territorio donde los súbditos del emperador fueron concentrados, al igual que en un rancho de Villa Aldama, Chihuahua. En la ciudad de México y en Guadalajara también hubo esos sitios de detención. (Por supuesto que las vejaciones y acoso no la han padecido sólo los japoneses: en tiempos de la revolución de 1910, muchos chinos fueron masacrados en el norte de México. Torreón es un caso terrible de xenofobia y genocidio: más de cuatrocientas familias chinas fueron abatidas por las facciones rebeldes).
¿Racismo?, ¿miedo al otro, al diferente? Por supuesto. Todos los que pertenecemos a la comunidad china de México hemos padecido de uno u otro modo discriminación, hostilidad, el arbitrario despotismo que atenaza a más de uno de los nacionales. Si esto ocurre en tiempos “normales”, imaginen a las familias japonesas en esa devastadora guerra que, en cierta forma, concluyó con los bombazos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Revisar la historia es capital, para no repetir los errores, los estigmas, la ignominia. La condición del distinto, del otro –el judío durante la Edad Media, la bruja durante el Renacimiento- es difícil e incómoda. El fantasma del mal, encarna en el diferente, en el opuesto, y se proyecta en el orden social, en el ámbito cotidiano.
Las fronteras son imprecisas: a veces la exaltación mística se confunde con el arrebato demoníaco. O el fervor patrio con el desasosiego y la seguridad; xenofobia y terrorismo, violencia y animosidad, corresponden a la vertiente que explota la sombría naturaleza humana. Por eso se persigue y encarcela y asesina al inmigrante mexicano, al negro –o al comunista- en su momento o al amarillo –y al judío, agregaría- en todos los tiempos. Los defectos físicos, las preferencias sexuales, por ejemplo, son otros rasgos distintivos; aunque los estereotipos se tornan actuales, vejatorios. Por eso vale la pena recuperar los anales, la memoria histórica. Por eso el libro de Selfa Chew se vuelve relevante. El individuo, precisa Bachelard en El agua y los sueños (p. 17), no es la suma de sus impresiones generales, sino “la suma de sus impresiones singulares”. Y aquí, justamente, en Mudas las garzas, advertimos esa singularidad que perturba y conmociona. Los documentos están vivos, actuantes. El Archivo General de la Nación, así como los Archivos Nacionales de los Estados Unidos de Norteamérica guardan testimonios aberrantes de esa jornada, de esos afanes persecutorios contra el adversario. Y más vale no cerrar los ojos ante la realidad, ante los sucesos que conforman la vulnerabilidad del individuo.
Siempre existen los “estereotipos del mal”, con diferentes rostros, pero que son duplicados de ellos mismos: el ser humano “que tiene miedo de él mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos”, como indica Esther Cohen cuando analiza la persecución y quema de brujas en el Renacimiento . Y vuelvo a citar a la investigadora: “El miedo es ciertamente un móvil perturbador, pero son las formas que va adquiriendo a lo largo de la historia las que diseñan en cada época las siluetas específicas sobre las que se dejará caer la represión y la tortura. La historia habla, a través de innumerables chivos expiatorios, del miedo, pero éste se transforma, nunca muestra el mismo rostro” .
Y el rostro que muestra Selfa Chew en este libro es amarillento, con ojos rasgados; pero de maneras refinadas, suaves y actitudes enigmáticas. El legado de una cultura antiquísima, se advierte de inmediato en el comportamiento de estos seres, quienes arrastran un estigma terrible: atacaron una base norteamericana sin previo aviso, llevaron la intranquilidad, el desasosiego, a los blancos norteamericanos. El rostro japonés –ante los norteamericanos- muestra su perfil sombrío, ignominioso, pese a la delicadeza de la mujer, de la joven Sadako que busca el corazón del amor y se entrega a las pinceladas rítmicas de su amante poeta. Amor y muerte, luminosidad espiritual frente a la violencia y hostilidad social. En esos extremos oscila el libro de Selfa Chew, originaria de México, D. F., aunque avecindada en los Estados Unidos.

Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

De la lectura del silencio

“La vida me aclaró los libros”
Marguerite Yourcenar (*)

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe/Argentina).

I
Lector, respondió cuando, de niño, le preguntaron qué quería ser. Ha pasado una vida. Hoy, ahora mismo, el hombre ingresa en la inmensa construcción de mármol que alguna vez refrendó nuestra estirpe de imaginaria potencia austral, supera sin mirar pequeñas muchedumbres de alumnos y camina con paso decidido hacia el antro. Se lo saluda u observa con veneración: su fama de extraordinario disertante precede sus pasos, como un eco o una estela. Sólo justicia hay en ese reconocimiento que proviene, por convicción de los mayores, por difusos datos de los jóvenes, desde la más honda tradición del agradecimiento a los maestros.
Él, empero, está nervioso. Ha notado que progresivamente, en sus apariciones públicas, otrora ocasiones de lucimiento, se suceden -se agravan- pequeños incidentes eternos, grandes momentos mínimos de vacilación. No se deben ya a la búsqueda de un adjetivo perfecto; sí a una suerte de extravío o ausencia de insólita raigambre. Los ha disimulado, con destreza y vergüenza intransferible. Lejos de ser un signo de impostada reflexión, esta atemorizante novedad, ese silencio seco, reiterado, transforma su discurso en un torpe y desarticulado trajín. Justo a él, a quien le gusta pensar que sus clases son como un río, que fluye naturalmente y -rítmico, cadencioso, voluminoso- inunda y atraviesa los recintos.

II
Para peor, ha sorteado esos problemas mecánicamente. Por primera vez, ha hablado sin pasión. Y lo ha hecho porque él, que ama las palabras, en esos instantes de turbación, se halla absorto frente a un mar de signos yuxtapuestos e ilegibles, como un borrador sobre el que se escribe una y otra vez. Y lo ha hecho porque él, temeroso, ha dado más importancia a su fama que a lo que le sale de las entrañas. En su mirada no hay temor, hay la preocupación de quien intenta descifrar un código imposible. Hay en él, además, una íntima y turbia convicción: no es amnesia, es -trata de definirlo- un problema opuesto, de sobreabundancia, de elección. Mejor dicho: de la explosión simultánea de posibilidades ante un estímulo o una requisitoria, y la imposibilidad de una resolución acertada en pocos segundos. Calla, no por ausencia; por exceso. Nunca ha mirado a sus alumnos: ahora lo hace. Busca descifrar la demanda en esos ojos que lo admiran o lo ignoran, a la vez que trata de elegir en el menú rebalsado de su mente.

III
Recuerda cuando empezó. Se discutía y él, antes de hablar, vio un horizonte que se expandía y multiplicaba. Presagió esta figura: los objetos y las cosas se descomponen y, como están formados de palabras, éstas caen, se liberan y se ofrecen. Aquel ejercicio de elección que no pudo llevar a cabo fue el mismo que durante su vida, quizás, se resolvía apelando a mecanismos inconscientes, o era veloz como un acto reflejo. Intentó manifestarse linealmente en un sintagma: a cada proposición las posibilidades se multiplicaban al infinito; intentó escribir, las ideas de una oración se involucraban con las otras; intentó explicarlo: fragmentos inconexos de un discurso sobre otro se sobreponían sin lógica.
No fue mejor en otras circunstancias. Le hacían una pregunta: inmediatamente aparecían 5, 8, 12 respuestas. Todas importantes, todas seductoras. Cuál elegir. Por qué. Esa interrogación, como nunca antes, lo detenía, lo asfixiaba, lo paralizaba, antes de la primera sílaba. Es memoria simultánea, es un problema ético (nadie busca la respuesta perfecta), es stress, es genialidad, le dijeron.
Ahora mismo, el profesor mira hacia algún sitio y no sabe que hace 25 minutos que se encuentra inmóvil, mudo, frente a cien jóvenes que lo miran absortos. Sólo él ve un océano interno de palabras que van y vienen. Son tan hermosas, piensa, que es imposible elegir una para empezar. ¿Para qué querés ser un lector? , le preguntaron, cuando niño. Ahora tiene respuesta: para escuchar ese inexpresable rumor propio.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Que no se diga Pedro Ángel
por aquí te queremos
deja tranquila esa brizna de la adolescencia
su cojera sus mojados sobresaltos
ponte la suela
ábrete la menuda ventana del amor
entra al mundo que pasa fraterno ante tus ojos
véndele a la angustia
y endereza de una vez tu corazón
te llaman desde algún sitio feliz
responde tú
no tristes tanto ven y canta un poco

©Alex Pausides (Manzanillo/Cuba)

Derrumbe

Se acumulan los días, los años
la erosión de la vida
nos echa encima su balandra y vamos
hacia el despeñadero.
Pasa la sombra... pasa y mira
y vuelve a acomodarse.
Una luz de farol bordea la penumbra.
Es la ciudad: me digo.
La sombra se adelanta
no quiere compartir mis pensamientos
pero lee la esquina, los escombros
los pasos solitarios y el eco de esos pasos
mucho antes que sorprendan a mi cuerpo.
El funerario pájaro del tiempo
aletea en el aire.
Las ruinas del amor se precipitan.
Quiero cerrar los ojos.
Quiero
que sólo el viento pase
y nos lea el poema de la errancia,
que nos diga al oído
sobre la honda pena que hoy irrumpe
en el alma del saxo.
que el viento,
sólo el viento...

Amparo Osorio (Bogotá/Colombia)

Negación de la tierra

(Allende su patria, Laura cae en el vacío)

Cuando la cordillera se ha cubierto
de alambradas y las espinas ocultan
al océano
y mallas de papeles y metales cierran
el aire del territorio amurallado
cuando
todas las puertas son candados
y las verdades son mentiras
y las mentiras se hacen leyes
y todas las leyes nos castigan
cuando las palabras son aire
envenenado y los signos escritos
falsas esperanzas y el aire extranjero
no llena los pulmones
y el ahogo natal obstruye la garganta
y el regreso es voz al desayuno
llanto al almuerzo
alarido impotente en la comida
pesadilla asfixiante entre los sueños
obsesión de estampilla
y sobre aéreo

Bruno Serrano Ilabaca (Chillán/Chile)

El Cuarto Rojo

I

Ella que por alguna vereda
había venido
con la sonrisa que le asiste,
aún guarda en sus ojos la noche.
Ella que se estremeció de besos
y se llenó de hombre,
ese que ama ella,
el que llegó como llega el recuerdo,
de repente y la inundó como
la mansa
y ciega caída de las hojas.

Carmen Parra (Santo Domingo/República Dominicana)

6

La vida hace que los silencios se acostumbren a su propio destino,
porque los silencios también tienen derecho a la benevolencia del refugio,
a los patéticos silencios que no respiran
hay que darles auxilio boca a boca,
a los silencios encumbrados en las torres gemelas de la razón
hay que enviarles el correo platónico de las palomas mensajeras,
a los silencios que rasguñan el ventanal sin atreverse a pedir permiso para pernoctar
hay que ofrecerles la hamaca en el corredor de las begonias vírgenes,
a los silencios que se arropan del frío de ser con la frazada metafísica
hay que hacerles reconocer los poderes conciliatorios del jardín,
en fin: la vida provee soluciones honorables para cada silencio,
el único silencio que ya está salvado es el silencio del amor.

David Escobar Galindo (Santa Ana-El Salvador)

Autojuicio

A juicio propio
quiero entregarte las murallas ondulantes de mis ventanas
donde los sicarios se asoman para ahuyentar
la ceguera que ya no cuenta
con fiestas de vandalismos entre envejecidas carcajadas.
No quiero más murallas, me aburrí de saltar.

A juicio propio
te regalo el eco de mi calle
que quiere vivir en los horizontes abismales
de las tiesas venas
que esperan despertar con música de trompetas.
El eco me tiene cansada, no sirvo para la repetición.

Mi esperanza ha cambiado de domicilio,
ahora vive en el laberinto de un pecho abierto
y mi valentía a cada segundo practica la danza de tiritar.
A ellas también te las doy.

Me quedo conforme con el aire que sopla mi nuca
con el columpio de los besos
con los calcetines de la dicha
con la satisfacción de haber encontrado respuestas
pues, no es lo mismo sólo querer que querer solo.

Esthela Calderón (León/Nicaragua)

PÁGINA 13 - Narrativa

Sólo tengo jengibre

Por Saúl Álvarez Lara (Antioquia/Colombia)

El despertador sonó sin programarlo, por iniciativa propia, a las cuatro de la mañana. Lo apagó. Sonó de nuevo a las seis y lo volvió a apagar. Hasta las nueve y media de la mañana sonó cuatro veces más. Era una especie de encarnizamiento entre la mecánica de las horas y la mano que cada vez golpeaba con más fuerza el aparato. Nunca se levantó antes de las diez a menos que fuera a salir de viaje. Cuando le hablaban de ir a alguna parte lo primero que venía a su mente era despertarse aun de noche, la chaqueta con el cuello hasta la orejas para protegerse del sereno y el café humeante entre las manos, cerca de la cara, para que el vapor y el aroma calentaran por dentro, hasta los pies, que es por donde se entra el frío, sobre todo, al amanecer.
Se levantó a las diez y media cuando ya no fue capaz de luchar más contra la mecánica del tiempo. Apenas puso el pie derecho en el piso sintió, por la sensación que subió hasta su cerebro, que la jornada no iba a ser la mejor. Estaba perdido, pero no se extrañó porque cada mañana era igual. Nunca sabía en que día estaba y para identificarlo debía comenzar por recordar el anterior. Mientras iba hasta la cocina integrada al salón por un mesón móvil recordó un compromiso, pero como todavía no estaba despierto, le era difícil concretarlo. A tientas buscó la llave del agua. No había agua. A tientas buscó el teléfono y llamó al portero. Toda la semana, le respondió, anunciamos que hoy no había servicio. El compromiso volvió a su memoria aun sin definición. Algo más despierto buscó el espejo del baño y lo que vio no le dejó dudas. Estaba dormido. Su cara borrosa le recordó el compromiso. Un almuerzo ¿dónde, con quién?
Cada vez que se encontraba en esta situación, es decir, a diario, escuchaba la voz de su profesora, la que no tenía cara, solo piernas muy largas o faldas muy cortas. El que no tiene memoria compra lápiz, le decía. Era su karma. ¿Sabes lo que es un karma? Hazte esa pregunta a diario a ver si no se te olvida. Se sentó en el salón que también era dormitorio y cocina separada por el mesón sobre ruedas, con la voz de su profesora en los oídos. Para ahuyentarla activó el equipo de sonido y escuchó un piano desconocido que tuvo la virtud de sobreponerse a la voz sin cara y con piernas que le taladraba el cerebro. ¿O será una comida? dudó con los ojos fijos en el techo.
Entonces hizo lo de siempre cuando se encontraba en situación de perdida total de la memoria por falta o exceso de sueño. Calculó. De lunes a viernes nunca tenía tiempo de hacer compromisos. Si tenía uno debía ser sábado o domingo. Si fuera sábado ya habría recibido el llamado de su madre recordándole sacar los perros de los tíos que no podían hacerlo en fin de semana. Su madre no había llamado. Por lo menos el teléfono no había sonado, no lo recordaba. Entonces era domingo. ¿Qué hacía los domingos? No lo recordaba tampoco, por lo menos a esa hora. Debía esperar una o dos horas más para saber exactamente cuáles eran sus actividades de ese día.
En general los domingos amanecía con Margarita en su cama, no desayunaban, se quedaban entre cobijas hasta cuando el hambre los levantaba y se comían lo que encontraran, casi siempre pastas con lo que hubiera. Una vez mezclaron jengibre, del que sobraba de la tisana para la voz que consumía en semana, en la salsa y les gustó. Lo único invariable eran los tomates, el resto podía cambiar. A veces más de esto que de aquello o viceversa. Pero Margarita no estaba y no sabía porqué. Fue a la cocina para constatar que por lo menos tenía pastas y se encontró con que no había nada, ni pastas, ni albahaca, ni aceite de oliva, nada. Y tampoco Margarita. Sólo había jengibre. Por primera vez sintió el calor sofocante. Miró por la ventana del salón que también era habitación y cocina y vio un resplandor. Pensó en el fin del mundo. En el resplandor de Hiroshima el día de la bomba. A pesar del calor sintió un corrientazo frío atravesarlo de par en par. Con el jengibre en las manos descolgó el teléfono que no paraba de sonar. Hola, ¿te desperté?¿olvidaste lo que íbamos a hacer hoy? dijo la voz al otro lado. Él sólo atinó a preguntar ¿Margarita? Te olvidaste hasta de mi nombre, respondió la voz con desgano y colgó. Miró el resplandor con la raíz en la mano y se preguntó ¿Y ahora qué hago con este jengibre?

PÁGINA 14 – Narrativa

Las cuatro estrellas

Por Estela Parodi (Funes-Santa Fe/Argentina)

Adela llegó a la ciudad al atardecer de un caluroso día de fines de agosto. Había viajado 700 kilómetros en colectivo y estaba agotada. Sus sesenta años le dolían todos juntos en las articulaciones y sentía la ropa pegajosa, sobretodo por el primer trayecto en el camino de tierra. No veía la hora de tomar un baño y descansar un poco. Pero a pesar de todo, cuando pisó la primera vereda de Buenos Aires, se sintió feliz de saber que al fin cumpliría un viejo deseo. Ni las nubes tormentosas que se agolpaban en el fondo del horizonte, ni el gentío que ajeno a su propósito caminaba apurado por Retiro, ni siquiera la molestia de los huesos o de la ropa chapuceada, podrían haberla hecho desistir de su propósito. Había esperado casi veinte años ese viaje y sólo la enfermedad de su Alfonso lo había hecho postergar. Pero ya Alfonso no estaba más. Ahora quedaban ella y el Guaco, que podía extrañarla un poco pero la Romilda seguro le daría cobijo y algo de comida. Unos pocos días de ausencia no iban a matarlo. Él no estaba como había estado Alfonso; él estaba fuerte y más robusto cada día.
Cruzó la calle y tomó un taxi directo al Hotel. El Julio había estado meses buscando en Internet el lugar que ella le había pedido, hasta que al fin estuvo satisfecha: “Hospedaje Las Cuatro Estrellas”. Sin lujos, pero bien ubicado, justo frente a ese departamento. ¿Qué estaría haciendo él a esas horas? Sonrió mientras le pagaba al taxista. Seguramente no pensaba en ella, un ser anónimo, cualquiera de las tantas personas que caminan por ahí, ignorante a su vida y sin embargo tan emparentado. Ya sabría de ella en su momento. Todos sabrían. Muchas cosas se decían en los diarios, aunque nadie había tomado su determinación.
Apenas instalada en la pieza, pidió al conserje que le enviara un té de manzanilla. A su Alfonso también le gustaba el té de manzanilla, que en paz descanse. A Ricardito, no, que va, le gustaba el café fuerte. Seguro allá ni lo habría probado. ¿Qué le iban a dar café caliente allá? Gracias que le habrían tirado un poco de mate cocido en el jarro y algún trozo de pan duro. Ya le había contado en las cartas. Esos hijos de mala madre, qué café caliente ni ocho cuartos, toma esto si querés y si no, aguantate.
Le pareció ver los ojos de Ricardito cuando se acercó a la ventana y paladeó por primera vez la visión del departamento. Grandes las ventanas, grandes seguro los ambientes, maldito perro, tendría que haberse muerto allá él también.
Comenzó a desempacar la ropa y acomodó todo en el placard. También el bolso alargado, el bolso especial, el bolso que había esperado tanto tiempo para llegar hasta allí. Después se dio un baño y se recostó en silencio. Miró el techo unos segundos y apenas le trajeron el té, se acomodó en la ventana para tomarlo. Sintió las gotas calientes bajarle despacio por la garganta. También, el rencor.
Después se acostó otra vez e intentó dormirse un rato hasta que fuera la hora de cenar, pero no pudo. Había siempre una imagen delante de ella que no la dejaba en paz. ¿Cómo olvidar los ojos llorosos de Ricardito?
Al otro día se levantó temprano y fue al bar de la Esquina. Buscó una ventana que le diera la posibilidad de no perder detalles de la entrada al edificio. Quería ver todos los movimientos. Quería saber de él. Quería estar segura de que lograría su propósito. Si era necesario se quedaría una semana, un mes o toda la vida, pero sin hacerlo, no se iba. Muchas veces pensó que ese hombre merecía otra cosa, más bochornosa, menos rápida, pero no estaba a su alcance. Tenía que conformarse con sus limitaciones, al menos algo era algo. Y en esos pensamientos estaba cuando lo vio. Salía apoyándose en un bastón pero a pesar de eso, su andar era bastante bueno. Lo vio ir hasta la esquina y luego perderse entre la gente. Sintió como una puñalada en el pecho. Siempre lo había visto en fotos, o en la televisión, pero ahora aparecía así, casi frente a ella, con la única distancia del odio y apenas unas veredas separándolos. Era poco. Pronto, muy pronto, esas distancias se acortarían.
Adela se mantuvo seis días sentada en ese bar mirando cada aparición del hombre del bastón por la puerta del edificio. Durante ese tiempo, atravesó miles de sensaciones diferentes. El dolor en la boca del estómago, los puños apretados por antiguas impotencias, la angustia aprisionándole el pecho, el desprecio por ese ser gris mostrando una imagen decente, casi cándida para el que no sabía, para aquel que podría engañar, para el que acaso desconocía ese otro perfil fuerte y lleno de soberbia del antes. Y otra vez los ojos de Ricardito y el frío sentido entre la carne a pesar de que agosto seguía pesado, ardiente, amenazado por tormentosas nubes. Sintió una vez más que debía llegar hasta el fin porque si no, jamás lograría que en su interior la paz se le quedara quieta. Y entonces supo que ya había mirado bastante, que era hora.
Al otro día no bajó. Pidió el desayuno en la habitación y cuando el mozo se hubo ido, sacó el bolso alargado del placard. De allí extrajo el rifle y armó la mirilla. Se colocó delante de la ventana y esperó. Calculó distancias y sin quererlo, se le cruzaron por los ojos algunas otras muertes, muchas, demasiadas. Prensó el gatillo con su dedo y cuando el hombre del bastón salió a dar su acostumbrado paseo matutino, apuntó y sin siquiera pestañear, disparó tres tiros. Desde la ventana lo vio derrumbarse en un manto de sangre. Algunas personas escaparon al escuchar los estampidos. Otras se acercaron. Pero ella ya no miró para afuera. Guardó todo en el bolso, juntó las ropas y bajó para pagar su hospedaje. El conserje, desencajado, le contó que desde alguna ventana habían baleado a un hombre afuera, a un famoso General, que había muerto. Pero nadie podía sospechar nada de esa mujer de ropas humildes, cabellos canosos y manos tan arrugadas seguro menos por el tiempo que por la espera.
Salió enseguida después de pagar sin siquiera hacer un solo comentario. Tomó un taxi en la esquina mientras la policía comenzaba a llegar en varios móviles. Dio una última mirada, cargó los bolsos y le pidió al taxista que la llevara a Retiro.
Adela llegó al pueblo de noche. Tarde para retirar al Guaco, que la olió seguro en el viento y no paró de ladrar hasta la madrugada. A la mañana siguiente preparó el mate y fue a juntar unas rosas al jardín. Ya el perro andaba husmeado la puerta cuando la abrió y apenas le movió la cola le dijo que lo había extrañado. Vamos, Guaco, vamos a poner unas flores al lado de las fotos. El Alfonso ya descansa en paz seguro y Ricardito... Ahora puedo estar tranquila. Mirá, Guaco, qué lindo que está con ese uniforme. Fue el día que se fue a las Malvinas. Sus ojos están más tranquilos ahora. Sí, ya sé que me extrañaste. Yo también. Ahora me voy a tomar unos mates, y bueno, la vida sigue. Tenemos que llegar al final. Nos llega a todos sin remedio.
Mientras acomodaba el bolso alargado en el ropero, pensó que todo lo que uno aprende en la vida, sirve alguna vez. Con cierta nostalgia recordó a su padre poniéndole la escopeta en la mano y ordenándole que tirara. Seis meses la tuvo así hasta que dio en el blanco. “Toda persona que vive en el campo, debe saber tirar, Adelita, cualquier día de estos lo podés necesitar”.
Una lágrima se le derramó del ojo. La secó y cerró el ropero con doble llave. Iría a comprar el diario. En un rato llovería. Sería una buena mañana para tomar mate y leer noticias.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

araña del alba

emergió la cigüeña de su sueño de aire
leve en la espesura

la palabra herida
desangrándose en el pantano del frío

la criatura desvalida
sorbió el instante
mientras reptaba entre las páginas
de una miniatura iluminada

con sus fauces abiertas
un perro abandonado
hambriento
merodeó por la oscuridad del siglo

en la morada de la sabiduría
las viandas fueron servidas
en bandeja de plata
por el Hada de las Migajas

una mujer de ojos de agua
regresó a la casa paterna
ataviada con su túnica sonámbula

traía la muerte entre las uñas

muerte de la tierra
crotoraba en lo alto de la torre
sobre una pata roja

el vacío fue levedad
pluma de Maat en la espesura
pétalo del aire
hilo invisible de la araña del alba

Marina Aoiz Monreal (Navarra-España)

Plaza Preneste

para Armando Romero

Hanno cicatrici ovunque e lo sguardo che si dilata
incastrato tra le dita nude dei piedi e delle mani
lumache uscite fuori per via di questo panorama
di baracche e cartoni che circondano la marana.
Non gemano i muri crepati della vecchia fabbrica
i cadaveri nascosti qui sotto la rendono necessaria
in qualche modo si lavora ancora, si sopravvive
trovi persino i panni stesi su fili di ferro arrugginito
i fuochi con la zuppa di verdure o würstel o legumi.
molti dell’est con in faccia gli schiaffi del sole
pochi gli africani: stanno tre giorni poi scappano
perché i loro corpi
umiliati non ce la fanno a restare immobili
per via di quel sogno che ancora persiste…

Qui nell’inferno rimangono quelli che tutto
hanno perduto e nulla hanno trovato
se non le lamiere i rifiuti le porte d’aria
la marana di via Prenestina sepolta dai ruderi
dell’ex fabbrica e lì d’estate salgono su tralicci
in bilico sfidano la morte tuffandosi nell’acqua
attenti a non sbattere la testa nel basso fondale.
Sono attori poi nel tornare a galla e nel mostrare
i pochi denti cariati e sporgenti la bocca che saluta
stretta sbieca e la lingua loro mischiata a frammenti
– che Dante certo amerebbe – della lingua italiana.

Tienen cicatrices por todas partes y la mirada que se dilata
clavada entre los dedos desnudos de los pies y las manos
caracoles asomados a ver este panorama
de barracas y chozas de cartón en torno al riachuelo.
Que no se quejen las paredes con grietas de la vieja fábrica
porque los cadáveres escondidos aquí abajo la vuelven útil
de alguna manera se trabaja todavía, se sobrevive
hay incluso ropa tendida en las hileras de alambre ya oxidado
hornillos encendidos con sopa de verdura salchichas o frijoles.
casi todos son del este con las caras castigadas por los rayos del sol
pocos los africanos: están tres días, después desaparecen
porque sus cuerpos humillados no logran detenerse
yendo trás un sueño que todavía persiste…

Aquí en el infierno permanecen aquellos que todo
han perdido sin encontrar nada
sólo planchas de latón y basura y puertas de aire
el riachuelo de la calle Prenestina cubierta con las ruinas
de la antigua fábrica y allí, en verano, se trepan a los postes
en equilibrio desafiando la muerte y se zambullen en el agua
teniendo cuidado de no golpearse la cabeza contra el fondo bajo.
Verdaderos actores, luego, al regresar a la superficie y mostrar
los pocos dientes cariados y abultados y la boca que saluda
apretada y torcida y sus voces que se mezclan con fragmentos
- que Dante por cierto apreciaría – de la lengua italiana.

Alessio Brandolini (Roma/Italia)

Caravana

A mi hermana

Campos de hielo, bosques de nieve
helada ardiendo bajo la piel
No hay senderos que seguir
sólo llanuras que cruzamos solitarios
y distantes uno detrás del otro
Apenas si levantamos los pies
es la tierra la que nos transporta

Vivimos -
lo que significa:
Luchar contra la muerte
en todas sus formas
Todo lo que decimos será usado en nuestra contra
pero lo mismo pasa con lo que no decimos

Campos de hielo, bosques de nieve
un cielo que oscuro se adensa
como un muro de lamentos
Cielo de nieve, un cementerio judío
piedras blancas por kilómetros
en los pinares de las afueras de Kiev

Por cada copo que contemplo
sueño que lentamente estoy aquí:
alma en la sangre en la nieve en el mundo
Adentro
arder sin escrúpulos
y así, en lo blanco, desaparecer.

Pía Tafdrup (Copenhague/Dinamarca)

Más allá de la Biblia

Hay un misterio más grande
que la conciencia humana,
más grande que el carisma milenario
de Aristóteles o Jesucristo;
más grande que el orgullo de poseer
ante la muerte inevitable.

Hay un misterio más grande:
es el del hombre detrás de mí en el bus mascando chicle,
porque no hay nada más absurdo
que rumiar sin sentido,
sin tener ni siquiera conciencia de vaca,
ni lenguaje, ni usufructo, ni ideal,
ni siquiera estupidez:
hay genios que mascan chicle,
hay santos y filósofos que mascan chicle.

¡ No hay misterio más grande !
El hombre detrás de mí en el bus
lanza su sombra
sobre todos los misterios de la tierra.
Los vence los anula.
Triunfa sobre Cristo y Aristóteles
y sobre mí.
Me doy por vencido
y me bajo del bus.

Mario Markus (Dortmund/Alemania)

Cristales.

Circular en los principios detenidos
marchan las horas,
entre ramas de sueños
con vínculos maniatados a un futuro,
de flores imaginarias
y besos próximos al gobierno del sentir.

Dime donde...
cerca de los ojos de la tierra,
en la brisa que deslumbra mis mañanas?

Paseo de silencio,
bajo la lluvia, cristalizando ideas,
victoreando melodías sustanciales;

Vale el verso en los espasmos de la vida,
la palabra,
vale a esta hora la tierra
con un vals espacial de ojos colgando de la luna.

Equilibrio recostado en lo no visto,

desde una ventana en el tiempo.

Mónica Haprichkov [Matchornicova] (Viena/Austria)

PÁGINA 16 – Narrativa

La noche en la ventana abierta

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

El tiempo había pasado de esa manera rara en que pasan las cosas sobre el tiempo que pasa, como deslizándose, como arrastrándose a veces, como quién sabe, vaya una a entender de qué forma estrafalaria, porque el tiempo y la vida están tan unidos que es imposible descifrar por dónde anda uno y en qué superficie se apoya el otro. La cuestión es que gracias al tiempo, el mundo había dado vueltas y vueltas para terminar tropezando con sus propios acontecimientos, hasta que, por mucho tropezarse con lo mismo, un día, las tres hermanas quisieron encontrarse.
El hecho no fue premeditado, surgió de repente. Una de las hermanas escribió una carta con letra temblorosa y cuando mojó con la lengua la estampilla, el corazón se le sobresaltó. Y lo consideró una buena señal. Otra, llamó por teléfono. Merodeó y merodeó la manzana del centro telefónico hasta que por fin se animó a entrar en una de esas cabinas trasparentes por fuera y acolchadas por dentro; su voz sonó lejanísima en la oreja lejanamente sorda de su hermana. En cambio a ella el sonido le llegó intacto y hasta peligroso cuando oyó: “¿Hola? ¡Hola!”. Todavía seguía sorprendiéndose de que, desde un lugar impreciso, saliera una voz, una voz cualquiera o, como en este caso, la de su propia hermana. Para ella los aparatos de teléfono se comportaban igual que una varita mágica: dejaban suelta a la voz, sin boca ni persona que la sujetara.
La última de las tres hermanas hubiese deseado comunicarse telepáticamente para evitar gastos y complicaciones. Lo intentó con sinceridad y esfuerzo, sin el menor éxito, así que se dio por vencida y envió un telegrama, porque al fin y al cabo un telegrama iba a ser escrito por un desconocido con esa clásica letra tenue que suelen tener los empleados de correo, una letra que ella no vería, de modo que, como el telegrama tenía algo de impersonal y de antiguo a la vez, se asemejaba considerablemente a un pensamiento. Fue hasta la oficina postal meditando en todo eso y en su incapacidad para enviar señales telepáticas. Cuando vio la cara del empleado de correos que la atendió, anodina y con anteojos, envió el telegrama convencida de haber hecho lo correcto.
Desde dos puntos diferentes, relativamente distantes, las hermanas iban a ser atraídas hacia la casa de la mayor. Un movimiento de cuerpos que describía algunas líneas invisibles, evanescentes para ojos ordinarios, pero que quedarían impresas con firmeza en el tiempo o en la memoria del tiempo, hecha con un fuego que no quema, deshecha para rehacerse constantemente.
Eligieron la casa de la más vieja casi por azar. Claro que el azar no existe, pero en el caso que exista se regiría por la voluntad del tiempo que en esta ocasión sintió pena por las piernas flojas de las tres hermanas y por la flojedad de sus recuerdos, que mezclaban rostros y palabras en una confusión absurda.
La casa de la hermana mayor era un departamento bastante moderno con una verdosa y ya gastada alfombra y muebles que, a decir verdad, no eran antiguos ni modernos. Aunque si había que considerarlos de una forma ecuánime eran un poquitín más pasaditos de moda que modernos. Todo lo nuevo seguía siendo apenas nuevo, pero ya se había percudido, se había avejentado antes de alcanzar el esplendor, casi queriendo no dejar sola a su habitante en el trance de la ancianidad. A las paredes les faltaba pintura, a las puertas, limpieza. Todo era un poco opaco, un poco venido a menos, bastante triste sin llegar a serlo completamente. En fin: se trataba de la casa de una mujer sola. Eso sí, la ventana del living era enorme y mostraba la ciudad al desnudo, mostraba sus techos y las pinturas estridentes con que habían sellado grietas en terrazas y tejas. Mirar una ventana tan ancha que se abría hacia ninguna parte o asomarse a ella equivalía a trastabillar en el abismo. De cualquier modo la dueña de casa estaba orgullosa de su ventana, aquel espacio de la casa que se tragaba el movimiento y las luces. A veces ella, cuando no podía dormir durante la noche, a fuerza de terquedad y de bastón, se iba acercando a ese agujero brilloso y se quedaba allí, detenida ante un borde resbaladizo, se quedaba sin saber qué hacer, de pie y tambaleante frente al misterio, frente a eso que sin ser su casa formaba parte de ella.
Una de las hermanas llegó desde otra ciudad no muy distante en un micro con baño y cafetería y la otra se tomó un taxi desde el barrio cercano. El tiempo, tan indescifrable y confuso como de costumbre, las había desmejorado en ciertas partes de sus cuerpos a la vez que las había emparentado en una familiaridad de rasgos que las convertía inconfundiblemente en hermanas para quien, al mirarlas de sopetón, descubriera ese inesperado aire de familia. La que llegó desde la ciudad cercana hizo oscilar su bolsito liviano con el movimiento nervioso que la caracterizaba desde sus años juveniles, no lo hizo para parecer más joven; no, de ninguna manera ya que de las tres era, en efecto, la menos vieja, sino porque el cuerpo tendía a repetir sus consabidos movimientos. Las piernas flacas y las manos nudosas y llenas de pecas. Abrazó a la dueña de casa y apretó los ojos sujetando las lágrimas. La otra hermana, la que había venido en taxi, se paró en medio de la habitación, tensa, esperando que le llegara a ella el turno del abrazo. Alta, quieta, marmórea, como dispuesta a recibir una condecoración. Cuando la hermana se desató de los brazos de la dueña de casa y fue hasta ella, tropezó y casi la tiró al suelo. Después ninguna de las tres se miró a los ojos, en realidad evitaban mirarse casi con pudor. Avergonzadas y nerviosas decían cualquier cosa, todas al mismo tiempo mientras pretendían ordenar lo que necesitaba orden, un florero en la punta de la mesa, el dichoso bolsito que iba y venía sin sentido, o las tazas de café que bailoteaban en las manos crispadas. Y también se ocuparon de desordenar lo que estaba bien puesto, posiblemente para rebelarse contra alguna clase de designio.
El tiempo colaboró con las hermanas, ayudándolas a distenderse, no hacía frío ni hacía calor y se avecinaba el momento de los recuerdos. Recuerdos de épocas remotas, de días singulares, de eso que no quedaba aprisionado en un presente tan encerrado y compungido, tan incómodo para ser vivido, tan extraño. Y el momento de los recuerdos desató las primeras lágrimas. Pañuelos apretujados, pies que se movían alrededor de la pata de una silla, frases entrecortadas, hondas respiraciones y aquel dichoso ruido del ascensor, que venía desde el pasillo y hacía sobresaltar a la hermana que había dejado su ciudad unas horas antes.
Cuando el tiempo pasó sobre la vida o la vida y sus hechos se deslizaron sobre la superficie translúcida del tiempo, el momento mostró su revés, su opacidad de cosa conocida, cercana, ordinaria. La inminencia del encuentro extravió su brillo y hasta los ojos de las tres hermanas se apagaron de pronto. Únicamente la ventana abierta a la ciudad nocturna se encendió y en ese chisporroteo que marcó el comienzo de la noche, algo dio un salto al vacío, algo se perdió en el trance, fue en ese momento en el que las tres hermanas decidieron echar un mantel sobre la mesa y desparramar comida. Se sentaron, abrieron sus bocas y la cena inauguró otro instante de fugaz esplendor. Las palabras de recordación vinieron y se apagaron enseguida con el sonsonete de la cuchara raspando la loza o el chiflido del sifón.
Las fotos de antes, de las épocas aquellas en las que aún no se habían separado, estaban fuera del alcance de sus ojitos viejos, nada que ver. Nada que contar. Llegó el silencio. Silencio de agua quieta contra la ventana fulminante de la noche. Noche de piernas abiertas hacia la brusquedad del mundo. Y las tres mujeres allí, de este lado de los acontecimientos sin entender qué estaba sucediendo en ellas, entre esas paredes, tres paredes compactas y agrisadas rodeándolas y un agujero iluminado, esa dichosa ventana siempre allí, como si hubiese sido el respaldo de una silla donde los ojos se dejaban estar para escabullirse de una lista desordenada de imágenes, que tal vez fuesen capaces de componer, con buena voluntad y empeño, una memoria más o menos decente, más o menos colectiva.
De nuevo, igual que ayer, el sonido de la sirena del Cuartel de Bomberos se dispersó por el aire, venía desde ese cuadrado de la noche que se dibujaba en la ventana y entraba allí, casi a propósito obligando a las tres mujeres a dejar de comer. Dejaron de comer y se sentaron en ronda, parecían dispuestas a iniciar un ritual. Los cuerpos y las imágenes de la memoria estaban disgustados, no había nada en común entre las palabras que se decían unas a otras y esos chisporroteos que iban y venían por sus cabezas. Así, de la misma forma en que la vida y los hechos del mundo siempre terminan por encontrar su acomodamiento, así exactamente al revés ocurría con las imágenes que rondaban sus cabezas y las palabras pronunciadas. Había comenzado una noche larguísima. El tiempo se había desquiciado en la cabeza de cada una de las tres hermanas. “Aquella casa -decía la mayor- no era así, la describís muy mal, era más ancha y chata” y “aquel pulóver tejido por las tías era de otro color y no de ese que estás diciendo”, “tu novio se fue por motivos diferentes de nuestro pueblo esa tarde”. Inesperadamente la realidad se había vuelto tan irreal, tan irreconocible que nadie, ninguna de las tres, quiso decir una sola palabra más. Y las palabras sin pronunciar languidecieron en el interior de sus cabezas torciendo la compostura de las imágenes que, distorsionadas, fueron como los relojes blandos de Dalí. Era preciso irse a dormir cuanto antes. Los cuerpos se alejaron de esa ventana nocturna y descomunal hacia la habitación de la cama grande. Una cama con una cabecera excesivamente ornamentada, construida para un matrimonio sólido que se mantuvo en pie hasta la muerte del marido, ocurrida apenas un año atrás. La cama tenía una prestancia que contradecía el silencio de las palabras y las ya deformadas imágenes que continuaban naufragando en sus morosas cabezas. El tiempo necesitaba alguna especie de orden para instalarse junto a ellas y fue a buscar a tientas nuevamente la sirena del Cuartel de Bomberos que se incrustó en la noche y atravesó una dimensión compacta, penumbrosa, honda, muy compacta. Entonces la hermana del medio estornudó: una simetría se estableció entre el adentro y el afuera donde la sirena del Cuartel de Bomberos ya había dejado de sonar. Tendrían que dormir. Eso es, cerrar los ojos, dejar que nada interfiriera con el lugar donde se arracimaban las palabras y las imágenes intentaban recomponer sus propias formas. Primero quitaron la colcha con flores estampadas, luego se pusieron camisones rigurosamente semejantes y por fin se tendieron a lo largo de esa cama de dos plazas: las tres cabezas formando hilera, bordeadas por el listón blanco de la sábana. Los cuerpos apenas cabían, apenas se soportaban a sí mismos. Eran cuerpos desvanecidos sobre el mundo, cuerpos de mujeres viejas. Las horas empezaron a pasar para que el tiempo estuviera a sus anchas. Las horas fueron recortes de algo incomprensible. Y aunque ellas creyeran que las horas trastabillaban sobre la noche, las horas y el mundo se entendían a las mil maravillas. Sólo sus vidas estaban en profundo desacuerdo, como sus cuerpos, demasiado rechonchos o demasiado huesudos en relación a la memoria o a lo que mostraban esas fotos archivadas ahora vaya a saberse dónde. La noche se alargaba ante sus ojos abiertos, ojos que no se achicaban y menos que menos se cerraban frente a la enorme oscuridad. Y así, de buenas a primeras, una de ellas lloró a los gritos y las otras dos, de inmediato, se largaron a llorar para acompañarla o quizá para no contradecir un suceso digno de mención. Llorar se convirtió en un paliativo. Lloraron hasta cansarse o desahogarse o agotarse. Cuando llegó la mañana tenían los ojos tan hinchados que no podían ver la realidad, una realidad menos engañosa y confusa que el tiempo que siguió pasando a lo largo del día y a lo largo del mundo, un tiempo que las rozó cuando se despidieron y dos de ellas, allá abajo, entraron en la ventana, ese rectángulo desproporcionado hecho a la medida de dos ojos que no saben mirar.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

El cíclope que no puede morir
Miguel de Unamuno en el siglo XXI

Por Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

A José Blanco Albores

Voy a escribir algunas - pocas líneas sobre don Miguel de Unamuno .
¿Cómo hacerlo cuando ya (aunque no suficientes) sutiles ingenios se han adentrado en los laberintos atormentados de la obra del genio más Universal que ha dado la lengua castellana - sangre de la raza hispana- en las primeras décadas del siniestro y apocalíptico siglo que dejamos?
¿Cómo me atrevería empero a dejar de escuchar los llamados de un corazón, que se forjó a golpes de martillos con la recia prosa del inmenso pensador-artista, visionando sus sueños dramáticos - (El Otro, Fedra), sus "nivolas", ("La tía Tula"), sus ensayos nerviosos y encrespados (ver: "Qué es la fe"), sus inmortales y solo poéticos (por ello visionarios) "El sentimiento trágico de la vida", "La agonía del Cristianismo", "Vida de Don Quijote y Sancho" y sobre todo, - antes que nada - como lo presintió Rubén Darío sus poemas que arden aún como vivas en el desierto y desprecian los preciosismos literarios- sin que por ello don Miguel se negara a dialogar y dejarse influir por los más jóvenes, tal el caso de Jorge Guillen y la recepción de su obra en su años maduros que nos traen las vibraciones de su alma en estado de desnudes trágica?.
Qué es la fe se dice - ¿creer lo que no vimos? No. Crear lo que no vemos y recrearlo y volverlo a crear" (cito de memoria).
Y ya esta todo dicho. No hay reposo para quien juega a los dados de la vida. Y por si fuera poco, el heterodoxo repite:
"Dios, ayuda mi incredulidad!", herencia herética de Port Royal, Pascal y Loyola. Pronto Claudel se dirige a Gide para declararlo fuera de ley. Es que Don Miguel pertenecía - y esto no podía intuirlo Claudel - que si dudaba como lo demuestra sutilmente Blanchot- al primitivo cristianismo.
A aquel cristianismo que se debatía en la agonía de "ser o no ser".
"¿Qué es tu vida alma mía?/ ¿cuál tu pago? / ¡Lluvia en el lago! / ¿Qué es tu vida alma mía?, ¿tu costumbre? /¡Viento en la cumbre!/ ¿Cómo tu vida, mi alma, se renueva?/ ¡Sombra en la cueva!/ ¡Lluvia en el lago!/¡Viento en la cumbre! / ¡Sombra en la cueva!/ Lágrimas es la lluvia desde el cielo, / y él es el viento sollozo sin partida,/ pesar la sombra sin ningún consuelo,/ y lluvia y viento, y sombra hacen la vida". (Hendaya 1926)
Ni elegía ni oda a pesar de su formación clásica. Don Miguel no tenía tiempo para los estados mediúnicos que permiten al poeta esbozar grandes cantos, llevado por las imágenes a las grandes idealizaciones poéticas. Proeza sí y en esto abunda Don Miguel, al definir su concepto agónico del "pneuma" que nos anima, en forma seca, escueta, y magnífica.
¿Debíamos esperar acaso que Sartre nos dijera que la vida era tan sólo una pasión inútil?
Paradojal, Don Miguel diría, inútil no mientras la tea de una voz agonizante le permita al hombre crear: poeta civil como Dante, como Carducci - a quien mucho quería- no poeta o menos literato comprometido, su lid por la "intrahistoria contra la simple corriente de la historia", lo llevó al exilio y la cárcel en dos oportunidades.
No importaba, no importaba perder hijos que ya eran hijos de la Eternidad porque al lado estaba su Concha - su mujer- que todo soportaba.
"¿¡España!? ¿A alzar su voz nadie se atreve? / Va a arrastrarte el alud de la mentira; /Tu voz presta a mi voz ardores de ira.../ "Sacúdete mi España".../ No se mueve.../ ¡España, España! / Blanca, fría, nieve.../ Tenebrosos los ojos más no mira.../Un espejo a la boca... No respira/ ¿No oís el vuelo de su sombra leve?/ Pero han de henchirte la pupila leve / Aquí, con tu cabeza en mi regazo, / mis lágrimas de hastío y de rechazo/ regar la mano que te cuelga yerta, / mientras te abre la mía de un portazo/ el bronce cruel de la visión desierta".
También en esto se distancia Don Miguel de otros grandes de la época, los militantes políticos a la manera de Aragón, Neruda, Hernández, Maiakovsky, entre otros y aquellos que se mantienen distantes y adoptan ante la realidad sólo una actitud de "religatio" a través de la imagen poética tal el caso de Eliot, Rilke, George, Molinari.
No para quien responde "que no soy partido, que soy entero". A él le estaba reservada una bala en acto oficial y público (caso Millan de Astray) y no secreto como el frío asesinato de Lorca.
Don Miguel enfrentaba de igual a igual - léanse sus discursos- a quienes desde el poder pretendían regir los destinos de España.
¡Enorme Don Miguel de Unamuno y Jugo de la Raza, permitídmelo!
Una vez más sus modelos eran el Dante perseguido y más cerca nuestro su amado Carducci.

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Año I - Nº 8

20070730174558-ilu-saul-alvarez-lara.jpgGACETA LITERARIA Nº 8 – AGOSTO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual al pintor colombiano Saúl Álvarez Lara

PÁGINA EDITORIAL

Las palabras y el sentido.

Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Las palabras, mas allá del significado que se le da a una obra literaria, tienen una trascendencia inagotable si las remitimos a un sentido de la vida. Por eso, las grandes creaciones de la literatura nos otorgan constantemente nuevas revelaciones que superan las intenciones de quienes las plasmaron. Tal es, por ejemplo, el caso de La Odisea, o el de La Ilíada de Homero; la Divina Comedia de Dante; El Quijote de Cervantes; los múltiples dramas de Shakespeare y, entre muchas otras, el Fausto de Goethe.
Cada relectura de cualquiera de las obras mencionadas nos permite un nuevo descubrimiento, porque no son solamente la creación de una mente humana, sino que el autor ha recibido la inspiración que viene de lo alto. Rubén Darío llamaba a los poetas “pararrayos celestes”, acertada metáfora que la cultura inmanentista en boga contradice abiertamente. Sin embargo, los hechos, con sus contundencias incontrastables evidencian, a quien tiene ojos para ver, que existe un sentido por encima de la fragilidad individual.
Mircea Eliade, en sus ensayos, nos dice que, en un principio, todo oficio humano fue considerado sagrado y vinculado con la totalidad viviente. Esta sacralidad se fue diluyendo cuando el centro de la tensión humana se ancló en el propio hombre y, por ende, se diluyó en la imagen limitada de lo inmanente. Pese a la amputación del sentido trascendente, es inevitable que aparezca, aun en obras contemporáneas que no pretenden una vinculación con la totalidad, signo de una presencia concreta omniabarcante. Es que, por más que estemos distraídos, la totalidad actúa en todo momento, ya que no es una teoría ni una concepción sino un acontecimiento.
Si la inspiración que viene de lo alto no es reconocida, deja de actuar por aquello de “que no hay peor sordo que el que no quiere oír y no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
Es curioso comprobar cuanta tinta se ha utilizado y se utiliza para demostrarnos que la vida no tiene sentido y que las palabras adquieren un significado limitado que convencionalmente es creado por nosotros. Esta actitud revela, por si misma, su absurdo, ya que pretende persuadirnos, por el sentido de un pensamiento, que pensar no puede llevarnos a encontrar el significado de los hechos.
Las reflexiones que venimos desarrollando nos llevan a la conclusión de que negar que las palabras tienen un origen y un sentido trascendente es demostrar una soberbia que es, a la vez, extremada pobreza, porque pretender que la realidad queda reducida al alcance del hombre es una suerte de suicidio ontológico, ya que veda para siempre toda perspectiva de profundización de lo real convirtiéndonos en marginales de la existencia.
Hay que comentar que las palabras no se originaron, en cada idioma, por ocurrencias azarosas, sino que obedecieron a características propias de cada pueblo, de cada región, de cada clima, de cada historia, y se han ido plasmando por la conjunción creativa de la inspiración y la materia ambiental, del mismo modo que un escultor plasma la belleza con la materia de que dispone.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Sucede alguna tarde.

Sucede alguna tarde
que el reloj marca el tiempo de la sombra
sucede que los días van cayendo amarillos
anunciando un otoño.
Y las hojas se mueren y nos dejan desnudos
y las ramas nos duelen.
Sucede que la vida nos pide un inventario
y las arcas contienen sólo sueños marchitos.
¿De qué antiguas palmeras
los viejos calendarios me hablarán al olvido?
¿Qué palabras volaron, en qué vientos
y qué fuente sació la sed aquella
en aquél tiempo ido?
Nunca llevo la cuenta del guijarro pisado,
de la luna cantada
ni el andado camino.
No recuerdo qué hice de aquel día.
Se me fue de las manos como arena del río.

Hugo Mataloni (Santa Fe/Argentina)

Fotografías

Dejé nacer el amor
misteriosamente
sin escuchar
la polémica inteligente
que el corazón no entiende.
Como no entienden mis tiempos
que debo sentarme
pasivamente
en la tregua que establecen
mis abrazos y tus dedos.
Renacer el amor
intensamente
y vivirlo en cuentagotas
o de un trago
como sea.

María Dolores Foschiatti (Avellaneda-Santa Fe/Argentina)

La noche junto a mi madre

Y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo
Qué decir en este sitio sin fronteras
sin relojes que atrasen tu hora
y mi dolor, oh hacedora de vida.
Qué recordar de ti y por ti
entre pálidas rosas de invierno.

Un río de silencio habita la noche.
La canoa sin remos se demora
en busca de amores que no regresan.

Eternos navegan el poema y la muerte.

César Bisso (Coronda-Santa Fe/Argentina)

Metamorfosis de un recuerdo

I

La vastedad nocturnal vuelca su cántaro
invadiendo las sombras de pájaros silentes
con un disfraz de esperanzas y centellas.
Sangra el atardecer las incontables muertes
de hojas oxidadas en un tiempo feliz y adormilado
cuando los árboles aún gimen su savia decadente.

Un súbito mar se ahoga en la arena del recuerdo…
Ya nada ni nadie podrá detener este manantial
que hoy exhumo en trasnochados sueños,
hasta que un nuevo amanecer agite alas
con las manos implorantes del deseo
sobre la mentida libertad de un nuevo día.

Liana Friedrich (Rafaela-Santa Fe/Argentina

Para habitar

en un poema cerrado
con una puerta de acceso
nos reunimos los solitarios
los sensibles
y los amantes del placer
ingresamos con los ojos cerrados
a pesar de la oscuridad
nos pisamos
nos empujamos
pero despacio
pero pidiendo siempre perdón
sabemos recibir a otros
y nos preocupamos por tener las manos libres
para abrazarnos
para mirarnos
para aprender a habitar el silencio
para aprender a habitar el final

Hernán Salcedo (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Comparsa increible

Por Arturo Lomello (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

¡Qué poderosos nos sentíamos, Pepe tocando el saxo, Mingo y Rosendo repiqueteando los tambores y yo soplando el trombón! Nos habíamos adueñado de los espacios que atravesábamos ligeramente, entre los paraísos y los jacarandáes , arrancándole a las sombras, al suelo,, al aire, a las luces de los faroles el ritmo de la savia que sentíamos descender de las estrellas, inundando la atmósfera de la ciudad en un carnaval sin corsos, solitario, al que únicamente le quedaba el nombre. Era un mundo transfigurado por nuestra fiesta y al son de la comparsa, con ritmo de música danzarina creábamos un camino que transformaba cada paso, cada persona, cada objeto en partícipe de nuestra magia.
No teníamos las palabras para decirlo, pero nos sentíamos dioses, capaces de cualquier encantamiento, con la varita mágica de nuestro instrumento musical. Mingo era muy feo, algo tartamudo, pero con su tambor se sentía redimido, Rosendo olvidaba las continuas disputas de sus padres, golpeando el parche. Pepe tendía sus sueños en el espacio, colgándolos de la música que producía mediante el sexo. Yo , que había perdido a mi madres pocos días antes, colmaba el vacío con las algo bromistas reconvenciones del trombón.
Todas las ausencias y las presencias se amalgamaban por el conjuro de esa combinación de sonidos que imponíamos en la noche de verano.
Y así llegamos a una esquina, donde los parroquianos de una confitería ocupaban mesitas instaladas en la vereda. Algunas parejas, uno que otro solitario, grupos de hombres o de mujeres, apenas si advirtieron nuestra llegada. Nadie esperaba mucho de nosotros para divertirse, pero es noche no podíamos darnos cuenta: éramos actores, artistas insuperables, el alma misma del mundo.
Sabíamos solamente tres o cuatro piezas “Muchacha de Ipanema”, un carnavalito y una o dos más que se pierden en mi memoria. Algunos muchachones nos tomaban el pelo. Un vozarrón nos pidió que tocáramos “La cumparsita”. No la sabíamos; además, a mí no me gustaba: le faltaba la magia, la alegría para conducir la noche hacia las estrellas.
Ejecutamos “Muchacha de Ipanema”, desafinando, pero qué importaba. Los jacarandáes y paraísos tenían que ver con nuestro ritmo, nada ni nadie escapaba de él. Terminada nuestra interpretación, contamos algunos chistes que habíamos aprendido. Mingo arrancó risas más por su tartamudez que por la gracia de su relato. Nos entregaron algunos pesos y todos nos miramos: el encanto que habíamos creado corría el peligro de quebrarse.
-Qué hacemos? preguntó Pepe- tenemos que seguir.
-¿A dónde vamos, ahora? preguntó Rosendo, siempre el más indeciso
Comprendí que necesitábamos volver a la música, si no lo que le habíamos ganado al universo iba a esfumarse irremediablemente. La noche era inmensa y nosotros viajábamos a través de ella, pero silenciada la música, estábamos atrapados en un hueco donde el tiempo envejecía y ya no se renovaba, a tal punto que Rosendo, aprovechando otra ocasión que se le presentaba para exhibir su reloj dijo:
-Son las diez. En casa me estarán esperando.
Nos habíamos olvidado: a todos nos esperaban. A mí, alguien no me esperaba más: un rostro cuya imagen iluminó el horizonte de la noche. Entonces, Mingo comenzó a marcar con su tambor el ritmo de “Muchacha de Ipanema”. De emplear igual fervor para estudiar matemáticas, seguramente no la hubiera debido para marzo. Pepe lo siguió con el saxo y en seguida me sumé yo con el trombón y Rosendo, finalmente, con el otro trombón.
Seguimos por la calle solitaria, creadores de un carnaval propio, increíble; soldados de una batalla contra la muerte. Algunas casas estaban a oscuras ya y con nuestra música les encendimos las luces. Las manos que oprimieron las llaves fueron nada más que nuestras intermediarias. También oímos que alguien nos insultaba.
Era como si hubiéramos construido una nave y flotáramos con ella. Rosendo reconciliaba sus padres con el repiquetear de su tambor. Mingo era un apuesto atleta, que hacía hablar a su parche sin tropiezos. Pepe viajaba a la Luna o a Marte o más allá del sistema solar. Yo recuperaba a mi madre, si hasta sentía ese perfume a cítricos que ella usaba, acompañándome. Mucho más que todo eso: estábamos creando, un mundo donde los relojes no existían, donde la vida era un constante descubrir la gracia de todo lo que existe.
Y de pronto sentí que volábamos, literalmente: volábamos a través de la ciudad. Los sueños se habían convertido en realidad. Allí, delante de mí, iba Rosendo con su tambor. Me volví y divisé a Pepe esgrimiendo su sexo y a Mingo, a su lado con el otro tambor. Y tuve miedo, mucho miedo, después del primer instante de entusiasta asombro. Y al sentir miedo, comprobé que inmediatamente perdía altura. Traté de recuperar mi alegría porque de lo contrario caería irremediablemente. No me costó mucho volar era hacerse uno con el cielo, con el espacio de la noche y sentirse hermano de las estrellas. Cada vez alcanzábamos más altura y ahora nos hallábamos a unos cincuenta metros del suelo. La plaza se veía allá abajo como una guirnalda de luces. Habíamos ganado el alto aire, el suave aire, que se abría a todos los rumbos, densidad de los perfumes de la tierra, aliento sutil que desciende de las lejanías estelares.
No obstante, me pregunté con angustia, qué nos ocurriría de continuar nuestro ascenso. No me podía convencer de que realmente estábamos volando. Por eso volví a perder altura. Allá abajo, las luces de la plaza se agrandaron y también los bultos negros de los árboles quietos.
Muy pocas personas circulaban por las calles y aquellas que lo hacían no miraban hacia el cielo. De descubrir a la comparsa voladora se había producido un escandaloso revuelo.
El asombro había detenido la ejecución de “Muchacha de Ipanema”. Entonces todo el grupo inició un descenso que en pocos segundos más nos llevaría de regreso a la tierra. Les grité que reanudáramos la música. Pepe fue el primero, arrancando vacilantes sonidos a su saxo. Luego Rosendo y Mingo golpearon torpemente sus parches y yo traté de entenderme con mi trombòn. Después el ritmo nos condujo al cauce de “Muchacha de Ipanema” y pronto la banda se restituyó a pleno, recuperando el ascenso hacia el cielo.
Eran las diez y media de la noche. En las calles casi no había nadie, sólo alguno que otro ómnibus y jóvenes que iban a los bailes de carnaval. Probablemente alguien habrá oído la insólita música pero no creo que haya alcanzado a distinguirnos entre las sombras.
Seguíamos ascendiendo y yo sentía un poco de vértigo, más por la impresión de volar que por la altura. Por eso retornó el miedo y mis labios se negaron a continuar soplando en el trombón.
¿Dónde iríamos a parar en nuestro ascenso que intuía inacabable, si persistíamos en ejecutar nuestro escaso repertorio? ¿Qué fuerza extraña nos impulsaba o, tal vez, nos succionaba lentamente desde el cielo?.
Nuevamente perdí altura y mis amigos se esfumaron poco a poco en la distancia nocturna. Mi caída, merced al equilibrio entre mi fe y mi angustia, se produjo sin mayores problemas y llegué al suelo sin sufrir daños.
Aterricé en una vereda, junto a un gran portón de una fábrica de acero. Siempre recordaré los dos letreros que todavía están allí: “Prohibido estacionar” y el nombre de los dueños del establecimiento: Levinson y Fernández. Me costó ubicarme, aunque por supuesto conocía el sitio: estaba a unos quinientos metros al oeste de la plaza en que se iniciara nuestra aventura.
Levanté los ojos hacia el cielo. Únicamente la frialdad pulsante de las estrellas, que contrastaba con el aire denso del verano, recibió mi mirada. Ningún indicio de Mingo, Pepe y Rosendo. Me estremecí: era como si la noche los hubiera devorado. Dos horas estuve procurando hallarlos. Agucé los oídos, corrí por las calles en diversas direcciones. Todo en vano. Finalmente, regresé a casa maltrecho, empapado en sudor, con un gusto amargo en la boca. Me aguardaba mi padre, furioso, y no quiso atender mis explicaciones.
Nunca supe nada de la suerte corrida por mis amigos. Los dieron por desaparecidos. El cielo los había devorado para siempre; pero, naturalmente, esa no fue la explicación que se hizo pública.
Cuando recuerdo la felicidad que sentíamos esa noche y nuestra musical ascensión, no puedo menos que pensar que ellos llegaron a una maravillosa región y que allí me esperan. Y no me perdono la cobardía.

PÁGINA 4 – Narrativa

Asuntos con Trini

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe/Argentina)

En casi todos los lugares donde habíamos estado quedaban fragmentos de Trini.
Tan sólo recorrer un parque, cruzar alguna avenida, algún que otro zaguán, el vano de una reja, el banco frente a la estatua de Perseo y Trini volvía con su mirada lenta sobre los objetos y su tos breve remarcando lo suave de su presencia.
Trini, sin más.
Fue así desde el día en que la vi en la sala de espera, con su enfermedad de años y de días, plegando y volviendo a plegar, estrujando un pañuelo y llevándoselo a los ojos, como una costumbre igual a esa otra de apoyar la palma de su mano derecha en la rodilla, sacando fuerzas para respirar hondo.
Trini siempre.
Desde ese diálogo cansado, de extraños que nos interrumpió los apuros y las miradas cuando la enfermera le dijo que entrara, que el Doctor Jijena la atendería.
Entonces se levantó mirándome y entró dejando su abrigo en el respaldo del asiento junto con la tibieza opaca de su cuerpo en reposo, esa continuamente poca, débil, enfriando la silla.
Incluso fue únicamente Trini cuando salió llorando de la sala y yo, sin querer, sin saber verdaderamente porqué quise, la acompañé unas cuadras.
Ese trayecto se caracterizó por un silencio entrecortado. A veces la miraba. Otras hacía todo lo posible para que pensara que no la seguía viendo, dudosamente, como se observa un objeto raro. Entonces ella se detenía en un banco y lloraba. O tosía con el pañuelo a la altura de los labios.
En uno de esos momentos me preguntó el nombre. “Francisco”, le dije mientras en los adoquines de la calle retumbaban pasos.
Después, como si la confianza nos hubiera tomado por sorpresa nos encontramos sentados en una placita hablando de enfermedades y de parientes.
Me dijo que vivía cerca de allí, con su madre y una tía viuda. Habló de su asma como de una casualidad del destino y dijo no tener apuro por llegar.
Eso fue todo lo que me unió a Trini. Esa falta de apuro por llegar a algún lado, ese quedarnos en el mismo lugar como haciéndole honor a la inercia que nos cruzó en la vida. Un reposo compartido que nos guiaba.
Esa tarde llegué por primera vez a su casa. Se despidió con un beso en la mejilla y cerró la puerta. A partir de ese gesto supe que éramos novios, que todo estaba dispuesto para que fuera así. Como quien traza en el borde del mar un mapa que se devoran los vientos.
El noviazgo quedó confirmado un tiempo después, con las salidas y los paseos mudos. Porque todas las tardes que siguieron a esa primera comenzaban y terminaban con unos besos en la mejilla. En el medio se extendía una gigantesca planicie de silencios impetuosos solo interrumpida por la tos de Trini y por largos comentarios referidos al progreso de su mal.
Sin embargo, ahora que recuerdo prolijamente los actos, no puedo decir que no hayamos sido felices.
Por ejemplo ese verano en que fuimos al parque y vimos a un grupo de chicos jugando a la pelota. Ella sonrió y me tomó de la mano. No sé que fue, si la tibieza, si los chicos y sus ruidos, si la carencia de palabras que sellaran ese inesperado contacto nuestro, pero yo también sonreí.
Tal vez fuimos felices al tomar el té en la galería de su casa junto a las olvidables presencias de su madre y de su tía. Sé que nos miraban, hablando despacio, hipnóticamente, sin que yo alcanzara a oírles la compasión que sentían hacia mí por ser el novio de una enferma. Trini, quizás escuchando, quizás sabiendo verdaderamente qué decían, bebía lentos sorbos mientras me relataba su encuentro con el Doctor Jijena.
“Lo conocí cuando me dieron las radiografías de pulmón”; cada palabra estallaba en el ambiente con el fragor de una lágrima.
A esas alturas yo conocía de memoria su enfermedad. Cada parte, cada síntoma, sus avances y recaídas, cada fragmento de su mal vibraba en mi memoria como si estuviera viendo esas láminas de anatomía que consultábamos en la escuela con orgullo de científicos.
Porque era singular: nos encontrábamos y la enfermedad nos unía, como si fuera una desolada anfitriona que nos tenía de invitados todos los días.
Una vez quise abordar otros temas.
Invité a Trini a dar un paseo en lancha y allí le hablé de mi trabajo, de mis dibujos, de lo simple que sería restaurar la estatua de cierto parque. Le dije que sería hermoso tener una casa frente al río y poder criar perros o loros y tener una quinta donde veranear. Mientras hablaba, ella levantaba los ojos y volvía a bajarlos, quizás escuchando lo que yo decía, quizás pensando que lo escuchaba. Me acuerdo que el agua del río me salpicó la cara cuando hablé de los hijos.
Pero fue inútil. Cuando terminé de hablar, de relatar lo que nunca tendríamos, ella suspiró y me pidió volver agregando, con esa forma suave, tan de Trini para que no estorbe, para que no se sepa que ella lo dijo, interrumpiendo la calma, volviéndola identificable, análoga a un pulmón podrido, a un respirar desacompasado: ”el médico me dijo que no me hace bien la humedad de la costa. Volvamos”.
Y ya no tuvimos tiempo de hablar de esas cosas.
La acompañaba a sus consultas médicas que se hacían más frecuentes conforme se aceleraba su enfermedad. De ser mensuales, pasaron a ser semanales.
Todos los martes la enfermedad de Trini nos convocaba a los tres. Era siempre la misma ceremonia. Saludábamos al Doctor Jijena al entrar en el gabinete y nos sentábamos. Mientras yo me servía un caramelo de menta de la cajita sobre el escritorio, ella lo ponía al tanto de las últimas, irrefrenables novedades.
Había detalles precisos y atroces que yo conocía y que por eso no me hacían mella. Eran los ahogos nocturnos, “como una bolsa en al cara, Doctor”, lentas descripciones sintetizadas al final por esa frase.
Y las flemas sanguinolentas escupidas al despertar. El color, la cantidad de sangre, la fluidez, todo diseccionado por Trini, con cierto placer o frivolidad al detenerse en la descripción.
Y mientras ella hablaba y le pedía calmantes para la tos y la angustia, el Doctor Jijena me miraba sin comprender como yo podía involucrarme, siendo tan joven, tan libre, en los asuntos de aquella mujer.
Al concluir, Trini permanecía en silencio y comenzaba a llorar.
Entonces yo le palmeaba el hombro mientras tragaba el ultimo pedazo de menta. Ella buscaba el pañuelo rosa en su cartera y el Doctor Jijena redactaba una receta repetida, reflexionando sobre la posibilidad de una nueva droga, “sólo una prueba, no le aseguro nada”, que fulminara el mal que nos estaba consumiendo. Seguidamente anotaba algo en su recetario y nos despedía, dándonos un aliento que no le creíamos.
Ahora que vuelve todo eso en forma de fragmentos, escenas vividas por mí y no vividas, me acuerdo de la tarde en que la despedí en la puerta de su casa, dándole un último beso en la mejilla.
No sé por qué pero tengo la idea de que Trini supo que allí terminaba ese noviazgo insólito. Por eso después de besarla me acarició el mentón y me miró unos momentos. Su mano, me acuerdo, dejaba en la piel una marca tibia, tan pequeña que ni se sentía.
“Gracias”, me dijo de pronto y cerró la puerta.
Aunque la enfermedad se alejó de mi vida como se alejan las sombras, durante el tiempo en el que se intenta estructurar un olvido, como resabios de andar con Trini, me quedaron los lugares en donde estuvimos, algún paseo en lancha o a pie, el juego de otros.
Lejano y blando, comenzó por ser el lugar común de recordarla.
Después, cuando se aplaca la rutina y todo es memoria sepultada, sobreviene el intento por recuperar el pasado a través de los ritos. Siempre es así: tras los adioses queda la costumbre de recordar un único adiós.
Los martes paso por la clínica a la hora de su consulta y me asomo para ver.
Es curioso no saber qué se busca hasta que se encuentra el objeto esperado.
Entonces aparece ella, Trini en el sofá.
A veces está sola con su frecuencia de pañuelos arrugados entre los dedos, aguardando que la enfermera la anuncie.
Otras, la acompaña un muchacho joven, como de mi edad, que la toma de la mano, para darle fuerza.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Pablo Neruda - 1904/1973 – (Parral/Chile)

A mis obligaciones

Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo sustituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.

No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.

A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.

Tengo rocío para todos.

Agua sexual

Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones,
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del
alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma
en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro al mundo.

y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer un agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

La pregunta

Amor, una pregunta te ha destrozado.
Yo he regresado a ti desde la incertidumbre con espinas.

Te quiero recta como la espada o el camino.
Pero te empeñas en guardar un recodo de sombra que no quiero.

Amor mío, compréndeme, te quiero toda, de ojos a pies, a uñas, por dentro, toda la claridad, la que guardabas.

Soy yo, amor mío, quien golpea tu puerta.
No es el fantasma, no es el que antes se detuvo en tu ventana.
Yo echo la puerta abajo: yo entro en toda tu vida: vengo a vivir en tu alma:tú no puedes conmigo.

Tienes que abrir puerta a puerta, tienes que obedecerme, tienes que abrir los ojos para que busque en ellos, tienes que ver cómo ando con pasos pesados por todos los caminos que, ciegos, me esperaban.

No me temas, soy tuyo, pero no soy el pasajero ni el mendigo, soy tu dueño, el que tú esperabas, y ahora entro en tu vida, para no salir más,
amor, amor, amor, para quedarme.

Poema 1

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te forjé como un arma,
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

Al pie desde su niño

El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.

Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.

Aquellas suaves uñas
de cuarzo, de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y los pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.

Pero este ciego anduvo
sin tregua, sin parar
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.

Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si lo enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.

La mamadre

La mamadre viene por ahí,
con zuecos de madera. Anoche
sopló el viento del polo, se rompieron
los tejados, se cayeron
los muros y los puentes,
aulló la noche entera con sus pumas,
y ahora, en la mañana
de sol helado, llega
mi mamadre, doña
Trinidad Marverde,
dulce como la tímida frescura
del sol en las regiones tempestuosas,
lamparita
menuda y apagándose,
encendiéndose
para que todos vean el camino.

Oh dulce mamadre
—nunca pude
decir madrastra—,
ahora
mi boca tiembla para definirte,
porque apenas
abrí el entendimiento
vi la bondad vestida de pobre trapo oscuro,
la santidad más útil:
la del agua y la harina,
y eso fuiste: la vida te hizo pan
y allí te consumimos,
invierno largo a invierno desolado
con las goteras dentro
de la casa
y tu humildad ubicua
desgranando
el áspero
cereal de la pobreza
como si hubieras ido
repartiendo
un río de diamantes.

Ay mamá, ¿cómo pude
vivir sin recordarte
cada minuto mío?
No es posible. Yo llevo
tu Marverde en mi sangre,
el apellido
del pan que se reparte,
de aquellas
dulces manos
que cortaron del saco de la harina
los calzoncillos de mi infancia,
de la que cocinó, planchó, lavó,
sembró, calmó la fiebre,
y cuando todo estuvo hecho,
y ya podía
yo sostenerme con los pies seguros,
se fue, cumplida, oscura,
al pequeño ataúd
donde por primera vez estuvo ociosa
bajo la dura lluvia de Temuco.

Pido silencio

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

¿Tres caras máscaras en la escritura de El lago, novela de Paola Kaufmann [1]?

Por Lilí Muñoz (Neuquén/Argentina)

La máscara tiene diferentes ropajes semánticos en la literatura. Entre sus connotaciones suelen aparecer las ideas asociadas a la transgresión, la provocación, la risa, lo fáustico, lo carnavalesco y lo prohibido. En el uso que se atribuye a la Commedia dell’Arte, por otra parte, la máscara asume una acepción más tradicional, la de lo fijo, de los rasgos repetidos, de la generalización y ocultamiento a la vez de características propias del personaje, a través del “tipo”: el vejete burlado, el doctor sabelotodo, el soldado fanfarrón infatuado, el criado “bobo”, el criado “avispado”. La máscara también suele presentarse como reversible y ambivalente, con dos o más caras como la Luna o el dios Jano.
Es en ese sentido de pluralidad de semas, de no inscripción en un mismo campo semántico, que se me ocurren algunos interrogantes acerca de lo mítico, de los géneros que se imbrican y de las relaciones no convencionales entre los personajes, entendiéndolos desde lo esperado institucionalmente, en tanto entradas de sentido como posibilidad de abordar la lectura de la obra.

Lo mítico.

Ya en el inicio del libro Víktor nos dice acerca de “la Bestia”, mientras que otro de los hombres involucrados en la expedición se refiere asimismo a que “son cuentos de fogón”, “de noches de luz mala”. Desde el lenguaje de las primeras páginas de la novela aparece la referencia explícita a lo mítico, a la palabra que evoca otra palabra, otra atmósfera distinta a la que se escribe, la palabra que enmascara a otra.
Utilizo mito y mítico en una acepción amplia. Si bien la delimitación entre leyenda y mito cada vez se va volviendo más imprecisa, aún se suele identificar a la leyenda con un relato más localizado, en un tiempo y espacio determinados.
Mitos y leyendas tienen proyección cosmogónica: se refieren al nacimiento, a la vida y acciones de dioses, semidioses y seres de la naturaleza que dieron origen al mundo y a quienes lo habitan. No sólo es forma, es también la fuerza y energía de una idea. Un mito sirve para vivir. La palabra conserva, pese a su racionalidad, presencia de esa realidad mítica: las cosas y los seres que son nombradas aparecen como actuando o sufriendo, se mueven según una ley propia y a la medida del ambiente o situación en que se encuentran, tienen también un género. Héctor Tizón, escritor jujeño contemporáneo, ha escrito que “… el mito es vivido con inocencia; el mito no es un conjunto de signos oscuros, anfibológicos y esotéricos, sólo les parece oscuro o enigmático a los extraños”.[Tizón Héctor. Tierras de frontera, Alfaguara, Bs.As.2000, p.30]
En esta vertiente mítica, la escritura de El lago plantea asimismo lo estacional y lo cíclico como indicio. El libro comienza con la referencia a una expedición científica que está ya en marcha en el sur argentino antes de que se cumpla el 20 de abril. Por otro lado, Pedro, cuyo nombre también es una máscara, pues es asignado a partir del nombre de una calle encontrado en su camisa ensangrentada, a la vez que es un nombre que se reencuentra y repite en el de La Pedrera, la casa del lago, cuya construcción fue uno de los dos aciertos que Ana atribuye a su padre, es sepultado en el agua pocos días antes del equinoccio de marzo, al iniciarse el otoño en nuestro sur. Hay estaciones míticas y hay una escritura que da cuenta materialmente de ese dar la vuelta la naturaleza sobre sí misma ¿como la letanía del Leviatán que repite Lanz, el viejo, otro de los personajes? (p.108).
Así como Pedro es un nombre-máscara para el hombre que sólo tiene cuerpo, Sashenka es un nombre sin cuerpo, o al menos sin cuerpo escrito para el lector, que Lanz suele decir en presencia de Ana o de Mutti-Ilse, pero que Ilse sabe que no es a ella a quien su hombre llama.(p.69).
Otra impostación, otro juego de máscaras, otro itinerario mítico y caótico, lo representa la secuencia narrativa acerca de la carta que recibió Ana Mullin en el Colegio, la carta en sobre antiguo que venía del Uruguay, dirigida a Ana M...., un apellido que resultaba indescifrable en el momento de la recepción porque la lluvia ¿el azar? había corrido la tinta y en una rápida lectura se podía pensar en Mullin, cuando en realidad se trataba de Ana Migues. (P. 147 y 148).

Géneros que se mixturan:

La novela presenta no sólo el relato como género literario, otros géneros sirven al desarrollo y productividad de la narración. La trama ensayística por ejemplo, imbricada en el monólogo interior del Ingeniero, (...) ¿No creía la gente en la Ciudad de los Césares, en los tesoros escondidos por Foyel, el gran cacique indio (...)? ¿Dónde terminaba la realidad que indicaba la lógica, las teorías evolutivas hasta los límites físicos de lo posible y dónde empezaban los deseos más atávicos del hombre? (p. 24).
Los interrogantes que surgen desde el personaje terminan por confundirse con la voz del narrador, sin marcas que los diferencien. Lo mítico se mezcla y tensiona en agon con lo científico en el pensamiento y la dicción del personaje como a lo largo de la escritura de la novela. La carta de Víktor al Ingeniero, después de la tragedia de Futaleufú, p. 29, carta que a su vez es indicio de una teoría enunciada como científica pero que puede leerse de otra manera, como descabellada o demasiado fabulosa. Y nuevamente, del monólogo interior del Ingeniero devienen reflexiones con enunciados de trama ensayística que, en esta escritura, se orientan hacia la problemática de los pueblos originarios mapuche y tehuelche y su desaparición, p. 30. Otra vez el lector puede sorprenderse y confundir las dos voces, la del personaje y la del narrador, pues ambas se imbrican en reflexiones y aseveraciones sin huellas distintivas de uno y otro.
La reflexión de tipo ensayístico, tan cara a los argentinos según la poeta y académica Ivonne Bordelois, vuelve con interrogantes y citas de autores y protagonistas de sucesos históricos, en las páginas que se refieren a Mary Anning, la juntadora de huesos de animales prehistóricos, y Linneo, el clasificador, p. 91 a 95. De nuevo, sin embargo, llama la atención en la escritura del texto la constancia de la contraposición, esta vez entre personajes y actitudes. Es como si los guiños del pacto de ficción se quisieran poner constantemente y a primera vista en evidencia, y es precisamente el contraste notorio, demasiado evidente como procedimiento de escritura en este texto ficcional, lo que llama la atención como posible enmascaramiento, como si esos contrastes fuesen pistas falsas, obvias, para el lector: ¿agotamiento de la escritura? ¿la escritura no puede pasar más allá? ¿la escritura solo rasga algunas superficies de lo humano? ¿está presente de algún modo lo didáctico en ese trabajar por contrastes?, ¿un narrador proselitista se encubre tras los aditamentos de la novela?
La mixtura de géneros involucraría la metáfora de la máscara: el mundo de la narración se mezcla con la poesía, la trama ensayística, la crónica de vida y la reflexión y datos científicos, entre otros, produciendo el efecto magma, lo elusivo, lo dinámico, en un planteo oblicuo, tangencial, no directo y ni aparentemente armado como tal. La imbricación de los géneros se liga a los otros dos tópicos-interrogantes aquí esbozados, el de las relaciones por el no entre los personajes y el de lo mítico como –arriesgo- una forma de conocimiento no convencional, tal vez caótica y enmascarada, pero que en el mundo escritural de El lago significa búsquedas estéticas y de contenidos que pueden llegar a inquietar al lector en tanto puntas no resueltas.

Las relaciones no convencionales entre los personajes.

Las relaciones de los principales personajes de la novela se definen por el no, por la deformación en espejo: uno habla del otro, pero el otro no escucha o no está; por la negativa a aquello que se espera institucionalmente de esas relaciones en la sociedad:
Las de amantes entre Ana y Nando no son las convencionales entre amantes, dice la voz de Ana “porque nosotros éramos dos conquistadores, no dos amantes; terratenientes delimitando la tierra recién comprada...” “(...) no defendemos lo que poseemos, sino aquello que nos posee (...)” (p.75 y 76).
Las dos “hermanitas” Ana y Klara tampoco lo son. “A ella la habían rescatado en el barco (Ana se refiere a Klara), a mí quién sabe si me habían rescatado...” (p.59). “La abracé: Klara me trae un recuerdo invisible, uno que probablemente no tengo, sino que usurpo, de familia (...)” (p.60).
La relación de amor desde Nando a Klara no es recíproca y no ha tenido consumación física ni la tendrá.
La relación de amor desde Ana a Pedro tampoco tiene consumación y es unilateral, sin idea y vuelta, solo en el sueño Ana consuma su amor por Pedro y en la realidad es con Nando con quien ha concretado el suceso (P.160-161).
Mutti es la mujer de Lanz, pero Lanz nombra otro nombre, Sashenka, en los momentos en que sus ojos se vuelven transparentes.
La relación de Ana con su padre no es la convencional entre hija y padre. Menos aún lo es la de Ana con su madre, a la que no conoció, o la de Víktor, el padre, con la madre de Ana.
Los detalles aquí esbozados como un acercamiento a la lectura de El lago recurren a lo elusivo, lo no lineal, lo especular y sus profundidades no exploradas, como las de ese lago espectral que da nombre a la novela, rasgos que posibilitarían el surgimiento de lo monstruoso, lo diferente, en la escritura como punta de iceberg, en formas oblicuas, sesgadas, ¿como la mirada de Pedro?, “su mirada bajo los párpados (…)” “una mirada torcida” , una mirada distinta, que inquieta, que no cierra, que desde el indicio se asimila a los contenidos que propone la escritura de esta novela.

[1] Paola Kaufmann, Bióloga y Dra. en Neurociencias, nació en Gral. Roca, Río Negro, el 8 de marzo de 1969 y murió en la Ciudad Autónoma de Bs.As, el 23 de setiembre del 2006. Obtuvo el Premio Planeta Argentina de novela, por El Lago, 2005, y el Premio Casa de las Américas, por La hermana, 2003. Antes había obtenido distinciones del Fondo Nacional de las Artes por sus libros de cuentos La noche descalza (1998) y El campo de golf del diablo (2002).

Bibliografía.

Bajtín, Mijail, l992, Los Géneros Discursivos, en Estética de la Creación Verbal, S.XXI Editores, 5ª.edición en español, México.
Gusmán, Luis, s/f., El ensayo de los escritores, en Sitio, 4/5
Kaufmann, Paola, 2005, El lago, Planeta, Bs. As.
Ledri, Marta, 2003, La máscara: el mayor rasgo semiótico del personaje, en La boca descosida, retazos de literatura y arte, año 1, número 3, Gualeguaychú, Entre Ríos.
Muñoz, Lilí, 2004, Mitos y leyendas de la comarca, ¿hijos de un dios menor? Algunas consideraciones sobre la enseñanza de la literatura en la escuela, Edit. Rojo, Bs.As.
Pavis, Patrice, 1990, Diccionario de Teatro. Dramaturgia. Estética. Semiología, Paidós, Bs. As

PÁGINA 7 – Poesía argentina

El beso nos redime

A Gustav Klimt

Quiero ir al encuentro
y con un cántaro de vino
esperarte en la pradera del agua.

Porque sé que en ese viaje alucinado
estaré cerca del cielo

quiero situarme desnuda ante la isla de mi espejo
en ese instante
cuando tus ojos persuadan a mi cuerpo.

Hay una amenaza en el enigma
que aniquila aquella muerte impenetrable

El eco es un canto de erotismo

El beso se transforma en aleluya.

María Cristina Pizarro (Buenos Aires/Argentina)

Casa

Mi casa está llena de silencio.

Al caer de la tarde
escucho allí el recuerdo
de tu voz.

David Lagmanovich (Tucumán/Argentina)

Invierno

Mientras empujan a los niños al exilio
y los locos mueren de hambre
la "cordura" se alimenta de impunidad

Imbéciles retrógados
añoran la Ley del Talión

La sangre no alcanza...

Una cruz solitaria se yergue
inconclusa
contra el cielo gris.

Miguel Ángel de Boer (Comodoro Rivadavia-Chubut/Argentina)

Los perros son otros

pero aparecen/cada tanto,
fragmento de alguna historia.
Extraño, no creí pertenecer a alguna. Los días fueron
sucediendo/
como las nubes.
Todavía no entiendo qué hice con las horas.
¿Hasta cuándo hay inocencia?

No puedo recordar mi infancia.
¿Quién era mi padre

borracho por las noches,
refugiado,
el nazi,
un polaco
un
alemán
el que salvo a la niña del campo minado
quien amaba a mi madre
quien amaba a la madre de mi hermana
quien castigaba a mi hermano

el ateo

el nazi
el que hace que no tenga memoria?

Marta Cwielong (Temperley/Buenos Aires)

Donde se da cuenta de la presencia de los bárbaros.

"Ha caído la noche y no llegan los bárbaros.
Y desde la frontera viene gente diciendo
que ya los bárbaros no existen."
Konstantin Kavafis

La historia golpea a tu puerta, Ilustrísima:
-¿Ya han pasado los bárbaros por aquí?
-Sí. Y se han quedado en el lugar modernizando la usura
en el computer...
En secreto los oradores se disponen en la Plaza.
El senado se congrega en los baños públicos
y las mujeres en las terrazas del Emperador.
Los payasos ocupan el lugar de los poetas.
Los bárbaros están aquí y pusieron todo al revés,
todo al revés.
Homero, Shakespeare, Cervantes, han sido desalojados
del panteón de los ilustres.
La Señora Corrupción sentó sus posaderas en el altar
del templo,
y el Poder burló toda elocuencia.
Guerreros y extraños ya han pasado por aquí.
Difamados están los antiguos dioses.
Y se cubren de miseria los muros de la ciudad.
¿No habrá himnos ni loas para los bárbaros?
¿No habrá un poco de agua para lavar su decadencia?

No. La historia golpea a tu puerta, Ilustrísima.
Y no hay tiempo para corregir nuestros errores...

Manuel Ruano (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

El militar

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

En su camastro, el general sueña. Sueña con un mapa cubierto por un territorio verde. El territorio, con la forma de su país, se menea, carnal. Lo mueven poblaciones y pobladores, quienes se multiplican. Uno de los habitantes se recorta y agranda, de espaldas; lee algo que el militar no alcanza a distinguir.
El general sueña; es la jornada siguiente. Por detrás del hombre de espaldas, espía su lectura; el texto relata y condena los crímenes de un dictador. A los muertos se los llama víctimas y se los califica de mártires inocentes. El dictador es él. El general sueña. Su arma lo escolta en la mesa de luz contigua. Al lado de la pistola refulge un encendedor aderezado con cierta leyenda patriótica. Todas las noches el general dispara contra el hombre que lee, y luego le prende fuego al libro.

PÁGINA 9 – Artículo ensayístico

Literatura y soledad

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

El célebre poeta Paul Valéry, autor de Le cimetière marin, escribirá una serie de reflexiones, aforismos y enunciados durante parte de su vida. Los Cahiers, publicados póstumamente, son los atomizados pensamientos de Valéry inconexos y azarosos como si se tratase de los restos de un naufragio. Uno de estos cuadernos, Los principios de Anarquía, pura y aplicada, constituye un legado intelectual de verdadero análisis. Dice por ejemplo: “Anarquía es el intento de cada cual por rechazar toda sumisión a la imposición de lo inverificable”. También llegó a escribir: “dos grandes peligros amenazan al mundo, el orden y el desorden”.
Hay escritores y pensadores que han quedado en el olvido. Entre los escritores podemos citar a Ramón Sender, Henry Barbusse, Rafael Barrett, Aldous Huxley. De los pensadores recordamos a Dejacque, Coeuderoy, Bakunin, Proudhon, Stirner, Simondon, Comfort… En ellos hay una complejidad y dignidad filosófica que indica coherencia conceptual en un ideal de pensamiento. Esta visión del mundo fue subestimada durante décadas pero continúan iluminando la historia intelectual, donde se pueden convocar a autores que en apariencia le son ajenas. Hay una renovación teórica durante la segunda mitad del siglo XX que se anuda con sus orígenes y nos hace visibles las afinidades secretas que unen a teóricos aparentemente diferentes. Estos autores, entre otros, contribuyen a actualizar, a dar una percepción del mundo. Hay una condición interior y subjetiva en el anarquismo- extraña unidad que se reclama de lo múltiple, según Mille Plateaux - pues lo fundamental es que no tiene ni cátedra, ni papa, ni sacerdotes, ni comité central, ni academia, ni bandera.
El poema siempre es emocionante y la Historia lo desmiente. Parecería que hubiese una patología de la cultura, en éste sentido el determinismo político es inexorable. Parecería que el hombre estuviera condenado a la opresión, al despojo, a la guerra. Después de las creencias y los idilios, de los césares y los tiranos, del populismo y la demagogia, inevitablemente se derrumban las ilusiones, los deseos imaginarios. Crece la imagen de la fatalidad. Se proyecta la depresión, la reticencia, el silencio. Es cuando desde el arte, desde la literatura, en el poema, crece la soledad en forma de carácter inquisitivo, la riesgosa exploración – insurrecta – de la denuncia, del engaño, de la apariencia del mundo. La desesperada y terca búsqueda de lo verdadero y lo bello en una trama de mentiras. De allí la creación: la vida y la muerte, lo bello y el horror. Y en esas páginas donde el poeta descubre la realidad, vana e ilusoria, la inevitable amargura. Pero también lo espontáneo, el delirio de lo utópico, la percepción de una realidad fragmentada.
Parecería que el ser humano tiene la necesidad de engañarse continuamente. Y casi sin advertirlo su individualidad desaparece en la masificación. Thomas Paine afirma que “la sociedad es el resultado de nuestras necesidades; el gobierno el resultado de nuestra corrupción…” Ese hombre no advierte que en la existencia es imposible aferrarse a una sola verdad, a una sola certeza de lo cotidiano y de lo infinito. Hablamos del problema de la identidad pero también de apeirón, noción griega que significa infinito, empleada por Anaximandro para pensar el fondo indefinido e indeterminado a partir del cual nace incesantemente la infinidad de los seres. La noción de apeirón se encuentra muy cercana a la noción de anarquía.
Esta mirada en medio de la hipocresía y la rapacidad, de la corrupción y la ineptitud. Y de la hojarasca retórica. La fugacidad de la vida, la pérdida de la verdad a cambio de ilusiones insostenibles. Intentamos hablar de la verosimilitud de la vida. “La verdadera soledad está en un lugar que vive por sí mismo y que para nosotros no tiene huellas ni voz, y donde por lo tanto el extraño eres tú”, escribe el genial Pirandello.
Las vidas se determinan por el orgullo, el rencor y la codicia. A los hombres lo que los mueve en buena parte son las ideas preconcebidas. Y así vivimos, en una sociedad a la deriva, rodeados de significaciones imaginarias. La estructura del Poder es alienante, atomizante. Por eso la violencia en lo económico, en lo político, en lo social. Y las estructuras partidarias, las modas intelectuales, en un diálogo sin convicciones que vuelve impreciso los bordes, seduce desde la debilidad, la blandura del espíritu, la seducción de lo aterciopelado. Si prescindimos de la dignidad humana, que involucra el de la libertad en su amplio sentido, perdemos contacto con el verdadero sentido de lo universal, que nos remite a la libertad de uno mismo.
Una vez más la voz de Shakespeare, en Macbeth: “La vida es un cuento contado por un loco, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

“El guerrero” en la obra poética de Jorge Arbeleche


Cada nuevo libro que Arbeleche publica, suele ir acompañado por una selección de textos anteriores. Este modo de presentación es significativo. El publicado en 2006 no es una excepción. En él, los libros más recientes abren y cierran el conjunto, lo enmarcan. El primero es “El guerrero” de 2005 y el último “El bosque de las cosas”, de 2006. En el medio, una antología de cada uno desde “Sangre de la luz” de 1968, hasta “El oficiante” de 2004, pero en orden decreciente, de lo más reciente a lo más lejano.
Esta estructuración, quizá de filiación machadiana, ha sido una marca del autor. Los libros anteriores se suman, se actualizan, en diálogo con el más reciente y cobran un nuevo sentido además del propio, el de antecedentes, de surcos sobre los que se asienta el último, el nuevo. El caminante es la suma del camino.
Así los libros se presentan –expresamente- como parte de una obra mayor, se inscriben en una suerte de continuidad de ciertas líneas de pensamiento, que se han ido ahondando, matizando progresivamente.
“Si en todo final está el comienzo”, como empieza el poema “alfa y omega” del libro homónimo de 1996, cada nuevo libro de Arbeleche reúne esta doble condición de permitirnos la sorpresa de lo nuevo a la vez que el reencuentro con la voz conocida del poeta. Característica que se destaca y contrasta con una de las tendencias postmodernas actuales a evadirse de la historicidad y de la introspección profunda. Volver a publicar parte de lo anterior junto con lo nuevo, es un re-conocimiento, una confirmación. Señala y propone un modo de leerse y de verse en el tiempo. Re-cordarse, hacerle frente al olvido, saber que se carga con uno mismo, hacerse cargo.
Forma parte de la cosmovisión del autor. Todo está unido, conectado, en el espacio y en el tiempo; cada nueva capa se sedimenta en la anterior.
Por otro lado, los versos de Arbeleche tienden a un ritmo caudaloso, sostenido. La métrica no es estricta, pero junto a versos libres, abundan endecasílabos y alejandrinos. Aparecen formas clásicas como el soneto, series en prosa poética y otras más irregulares, con presencia de espacios en blanco, versos fraccionados y con distribución graduada, un corte encabalgado de los versos, más frecuente en los libros recientes.

Actitud entusiasta
El Prof. Hebert Benítez, quien participó en la selección de los textos junto con el autor, escribió el prólogo y lo tituló “Eucaristía de los tiempos”, subrayando así el sentimiento de agradecimiento y la religiosidad cristiana que anima esta voz. Uno de los tonos básicos de la obra de Arbeleche, es el entusiasmo, palabra que deriva del griego “Theós”, y significa precisamente estar o sentirse inspirado por los dioses.
La antología pone de manifiesto un estado entusiasta, un espíritu de celebración, central en el último libro, pero existente desde mucho antes, y que fue creciendo a la par que crecían también el dolor, la pérdida. Es propia de esta voz poética una actitud estoica, trabajada, un temple, una fortaleza que encuentra o se impone encontrar lo luminoso, lo positivo, aún cuando se presiente la vejez, cuando quedamos ante “la desdentada faz de la intemperie”. Aún en sus libros más sombríos, en los que la ruptura, o la enfermedad y la muerte ocupan un lugar central, siempre hay agradecimiento, el sentimiento de la vida como un don. Esta poesía celebra con profundidad, porque no es ajena a nada, porque no desconoce sino que implica aún lo más doloroso, lo incomprensible, y la noción misma de imperfección, ya que como dice en su último libro, las cosas sólo “(a)lguna vez –alguna- forman un círculo / el círculo del bosque”.
El poeta es fiel con el deber impuesto en el poema “Tarea” del libro “Las vísperas” de 1974: “Hacer lo hermoso sobre todo lo muerto. / Sobre lo oscuro edificar la luz. / Jugarse al fin el todo por el todo./ Jugar la vida y todo por el hombre”. No es negar ni tapar la realidad adversa, sino encontrar la energía para construir otra sobre aquélla, modificarla a través de una sublimación que no siempre se logrará: los verbos utilizados son hacer, edificar; y apostar a ello, por eso el verbo jugar, jugarse. Tanto en su poesía como en sus trabajos teóricos, advertimos, si se me permite el oxímoron, una tendencia a una idealización realista y consciente, que forma parte de su visión y de su compromiso consigo y con los demás. En el poema “Agüeros” de “alfa y omega” usa un epígrafe del poeta griego Odiseo Elytis que coincide con su postura: “¿Cuál es el deber del poeta? / Poner gotas de luz en la oscuridad”. Es la concepción de la poesía no sólo como expresión solitaria. Se le atribuye también una función, incluso un deber. En el discurso que pronunciara en 1997, al ingresar a La Academia Nacional de Letras, Arbeleche decía: “Esa será entonces la responsabilidad de la poesía y la misión del poeta: develar ese velo que nos impide el acceso a la zona milagrosa de la existencia, esa que confirma la condición sagrada del hombre y de la vida”.
Así, en el poema “Agua” del mismo libro, describe “un arroyo campesino / sin cascadas ni rápidos ni deltas.” que “(n)o conocerá el mar.” Sin embargo, a él “cada mañana bajan a pacer los unicornios”. Ya no las vacas ni los animales comunes, sino los fabulosos de la mitología; o los comunes, pero en plena vitalidad y creación: “y a la tarde los peces irán a desovar.”
En el poema “Monte vide eu” de “Para hacer una pradera”, evoca la calle Sarandí, y la tarde de agosto en que sus padres se conocieron, y dice “decreto entonces:/y vivieron felices/ destierro/las arrugas el reuma el hospital .../Los fundo y fijo/cuando por esa calle Sarandí/setenta años después una pareja/ adolescente pasee de nuevo/su belleza y vuelvan a ser otra vez / Paris y Helena /partiendo hacia su Troya /desde la bahía de agosto de /Monte vide eu.”. En ese mismo texto formula algunos aspectos de su arte poética: “limitaré con las palabras un perímetro/donde el hedor de la huesa no penetre.” La poesía como lugar donde el poeta se instala e invita a instalarse para desde allí modificar, idealizar, corregir la visión de la realidad, más que la realidad misma, porque como dice en el libro “Para hacer una pradera”: para hacerla, hay que “edificar con los ojos la pradera/ hay que verla/ antes que escape/ hay que aprender/ a oírla”. También en “El bosque de las cosas” dice: “Es una fuente/un surtidor oculto una vertiente un río. /O acaso nada más un caño roto./Aquí/lo nombro fuente /pues necesito soñar el manantial.” Aquí probablemente los ojos no lograron construir el surtidor, pero vino en su auxilio el poder convocante y creador de la palabra. El verbo es antes. Dios dijo e hizo.
En el texto “Vaivén”, en contrapunto intertextual con el soneto “Rebelión” de Juana de Ibarbourou, le escribe a Caronte, el barquero mitológico que trasladaba las almas de la vida a la muerte: “Entre orilla y orilla, de vaivén a vaivén,/ me iré apoyando una vez en la fiesta, / otra vez en el miedo, / una vez en la fiesta. Otra vez / en el eco. Y otra vez en el eco / Y otra vez... / Y después”. En “Los ángeles oscuros” de 1976, “el miedo no es oscuro/ni aparece de noche /estalla de pronto/ mitad del aire”. La fiesta y el miedo, el eco de la fiesta y el miedo parecen haber sido –desde esta mirada anticipadamente retrospectiva- dos polos esenciales, en permanente tensión.
El poema titulado ambiguamente “Partida”, de un libro anterior “El hilo de la lumbre” es testimonio de esa tensión y de aquel vaivén. La partida de la vida y la del juego que “se renueva /en cada madrugada hasta dar/ el jaque mate final el ganador”.
Podríamos seguir ejemplificando con varios textos, pero vamos a referirnos en especial al libro “El guerrero” de 2005, donde asistimos al proceso generativo de esta actitud, que podríamos catalogar como estoicamente celebratoria, intuida por el lector como una obligación vital autoimpuesta.
En consonancia con su título, se destaca una particular disposición de los textos en tres secuencias: 1-El combate, 2- La trinchera, 3- El armisticio, (aparece también una cuarta parte titulada “Palabras a El guerrero”, con reflexiones de poetas amigos.
El libro se inicia con un tono cuestionador, por momentos elegíaco. Ha muerto el amigo (“se te resbaló el alma/y no alcanzaron tus manos para agarrarla”) y se suceden fuertes y complejas imágenes, en las que se agolpan dramáticamente el dolor, el extrañamiento, el vacío, la ausencia. “Una ausencia/ así/ como una zanja como una quebradura como el terreno/ cercano al precipicio que se abriera un poco/ cada vez que el paso o la huella a su borde/ o filo se acercara. Una ausencia como/ un mar de aceite de intemperie oscura.” La ausencia del cuerpo, de la voz, del aire, del paisaje, del sostén vital, se da también en un plano cósmico: “se le quebraron al aire las rodillas”, “enmudeció la crin de los pamperos”.
Es entonces cuando se hace necesario ponerse en guardia, entrar en combate, transformarse verdaderamente en guerrero, hasta que “una rama/ una sola aunque sea una sola/ aprenda a florecer después del huracán/ de viento a brisa y de la brisa al aire.”
Aquí encontramos cierta reminiscencia de la épica, no sólo en la retórica guerrera, sino también en una cadencia suave, del que se va aproximando a la expresión de la idea con cautela, por ensayo y error, rodeándola a través de diversos flancos, al tiempo que la descubre, y devela nuevas dimensiones. Es épica la intensidad del texto, la intensidad de la voz poética, y es épica la decidida fuerza del guerrero que herido, no se rinde y batalla hasta lograr si no el triunfo, por lo menos, un armisticio oblicuo o provisorio. Se combate contra la muerte, contra el olvido, contra la renuncia.
Zanja, biblioteca, estante, escalera, a veces ofrecen protección al guerrero, acaso consuelo, pero sobre todo, ofrecen el lugar o sitio desde donde poder explorar, procesar, tratar de entender ; lugar o sitio desde el que se escribe, desde el que se busca, desde el que se pregunta y acaso se responda. En “Armisticio” la voz poética vuelve a la segunda persona de la primera parte, pero de una manera más personal, directa, coloquial. Se asoma el autor. Se repasan momentos, vivencias, vínculos, estrategias para templar el dolor. La escritura, la poesía, la palabra, “este pentagrama de sonidos y letras” se instauran como formas de salvación.
La grandeza del guerrero se mide por la altura de su enemigo, la densidad de sus armas, la trinchera desde la que se posiciona, y se confirma porque en su duelo, procesa, batalla, escribe, hasta celebrar la vida.
A este libro tan doloroso, le sigue “El bosque de las cosas”, que como adelantáramos, es una celebración de la vida, lo que supone una sublimación titánica, una búsqueda de superación del caso propio.

Temas y motivos recurrentes
En esta poesía que transcurre entre “la guitarra de Gabino /y el arpa del Rey David” (de “Ágape” 1993) se superponen o se amalgaman diferentes tiempos y espacios. Nuestro campo (reconocible con sus charabones, la mulita, el chajá, el coronilla, el tala, el ombú, que también hospeda centauros; y al que se le superpone el creado por otros escritores “los repollos de diamante y azúcar /brotados bajo el ojo de Marosa”.) La ciudad, especialmente Montevideo recreada afectuosamente y elegida para morir”; otras ciudades del mundo, especialmente Florencia, evocada en emotivos poemas asociada a su amiga, la escritora Martha Canfield. La casa ocupa un lugar privilegiado. También se atisba el espacio del más allá: “si en una vuelta de por ahí/ acaso te encontraras con Roberto, mi hermano...” (De “El guerrero”)
Su obra está habitada por figuras familiares, vivos y muertos, por poetas contemporáneos y antiguos, nacionales y extranjeros, por seres de ficción como Alicia, Odiseo, Dulcinea, etc.
El poema “Ágape” del libro homónimo, es una síntesis perfecta de varios de los elementos recién anotados, una visión prismática, (en cuatro o más dimensiones) de la historia de un hombre : es el anticipo de la reunión nocturna que habrá en la casa del poeta, la celebración simbólica entre vivos y muertos, los padres, el hermano, amigos , personajes de las obras de los amigos, vecinos, ángeles de la guarda: “Esta noche vendrán a compartir mi cena/aquellos que poblaron y nutren/los silencios sonoros de esta casa/ verán esta ventana por donde el mundo entra/ por donde dialogamos mañana tras mañana/ con el perfil del aire/ que a este alféizar se allega.” Los muertos queridos entenderán y compartirán la alegría del poeta y comulgarán con él y con sus vivos queridos: “-dialogaremos-/ en la anchura compartida del tiempo.”
El amor y el ejercicio de amar (para citar el título de uno de sus libros) en tensión con la amenaza constante de la muerte a la que muy frecuentemente no se la nombra de manera directa, es el tema central de varios libros, pero está presente prácticamente en todos.
El recuerdo de los muertos, su presencia en ausencia, el amor, el desamor, la fidelidad a los amigos, a la literatura y sus escritores, el sentirse partícipe de la fiesta de la vida en sus diferentes matices, el gusto por lo cotidiano, la conciencia de la muerte acechando a la vez que acicateando, la intuición de Dios; la tendencia al símil extenso, el ir abordando la idea sin prisa y sin contundencias, como queriendo entender y convencerse, el esfuerzo diario, la concepción de la poesía como una tarea transformadora del mundo y del hombre, son algunas de las líneas que atraviesan la obra de Arbeleche.

Sylvia Riestra (Montevideo/Uruguay)

PÁGINA 11 - Desde el olvido: Oreste Abiatte – 1921/1999 – (Zenón Pereyra-Santa Fe/Argentina)

Ya no habrá nuevas lunas

en los fríos de las noches
de los negros caballos.
Ya no habrá otros luceros
en el río
espejando las lágrimas
que callo.
Aterido de ausencias
de tibiezas
sólo habrá la intemperie
donde me hallo
y ayeres agrisados
de tristezas
en las noches
de los negros caballos.
Atrapada
de pájaros en vuelo
como flor que arrancaron
de su tallo,
yo la vi subir de blanco
hasta el cielo
esa noche
de los negros caballos.

I

La tierra
arada
estaba grávida
de pan.

II

Vivir
es la distancia
entre dos
puntos
de partida.

III

Como un islote
ermitaño
inserto
en las verdes
oceanías
entre un silencio
y otro silencio
absurdamente
yo

IV

Y aprendí
que a la entereza
sólo se llega
por el camino
de la herida

V

Si te vas
de mí
me mueres
amor
que mis días
sin ti
son días
sin mí

VI

Dentro
del teatro
unos
personificando
la farsa
y otros
espectadores
de la farsa.

Fuera del teatro
todos
protagonistas
de la farsa.

VII

Preguntas
qué ciega
mis retinas
que no advierten
las babas del lobo,
la espiral
de la serpiente
y la malla sutil
de la araña.

Son mis ojos
tardos,
confieso;
ellos
no han crecido

desde niños.

VIII

…y, entonces,
habrá un día
en que yo no vendré
por mí,
como todas
las mañanas

IX

Después
del árbol y la sierpe
el hombre,
desnudo,
hollando ausencias.

X

De la grupa
del tiempo
se apeó
el viajero
en el andén
de la noche

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

El arte, los premios y los simulacros

Por Óscar Portela (Corrientes/Argentina)

El frenesí, casi el delirio de obtener premios como sea, porque «ser es circular» y sin circulación no hay fama. La fama a toda costa. ¿Adónde lleva la fama? ¿Al poder, al dinero? En el caso de los poetas de lo trivial se pasa a lo infame —y de lo sagrado de una misión—, al terror de la vacuidad de los fines. Los medios se prestan a eso. Están «a la mano». Rudolf Eucken y Winston Churchill fueron premios Nobel: Joyce y Proust, no. En todos los ámbitos la posesión demoníaca está dominada por el vértigo de la velocidad.
Realizar una obra lleva tiempo, más que el tiempo de «una vida», pero «Los Premios» acortan el camino. La hoja en blanco de Mallarmé ya no causa «angustias»: las computadoras se llenan de palabras —las aún vigentes— y los «escritores» surgen por generación espontánea e inauguran nuevos tiempos: los tiempos de «la producción a gran escala del producto literario».
Un ejemplo plausible: los premios literarios instaurados por los multimedios en Argentina: ejemplo el Premio Clarín, que permite saltar de la noche oscura del alma a las marquesinas de los suplementos literarios, la TV y con más suerte a una adaptación cinematográfica, tratándose de una novela: a la humanidad le gusta verse reflejada en el arte se afirma: habría que preguntarse entonces por qué la condena de los grandes creadores de todos los tiempos a la locura, las enfermedades incurables o el suicidio, desde Rembrandt a Van Gogh o Modigliani, hasta los casos extremos de Holderling, Kleist, hasta Artaud, Fijman, Celan o los desamparos de Beethoven anciano suplicando préstamos bancarios para terminar La Décima —la gran ilusión—, hasta Schubert, Schuman y Dvorack y tantísimos otros.

¿De qué arte se habla aquí?

Aclaremos: desde Dostoievky a Kafka, desde Conrad a Celine nadie quiere verse reflejado en estos espejos. ¿A qué narcisos nos referimos entonces?
Y cuando las Editoriales tienen lectores que son gerentes de las multinacionales de la industria del libro, no debemos hablar: ¿qué es Alfaguara sino un dispositivo de marketing para buscar más lectores en Latinoamérica? Hoy nadie recuerda a escritores argentinos como María Granata, Marco Denevi, Eduardo Gudiño Kieffer, preferidos de los suplementos Culturales y las Editoriales Argentinas, cuando éstas lo eran. A partir del boom de Isabel Allende, la Argentina ha entrado a una zona oscura. Y si Andáhazi existe es porque se le otorgó un premio Fundación. Duele decir la verdad, pero lo otro es sólo camelo. Y el arte en verdad no admite simulacros.

Y sin embargo

Sin embargo los escritores de hoy —con fama y prestigio de elite— jamás estuvieron tan lejos del poder y la tierra a pesar de la defensa de los «humanismos», de los «manifiestos» y de las «internacionales» mundanas de escritura testimonial.
¿Adónde se intenta o se quiere llegar? El pasado está ocluido y también sus poderes, sobre quien intenta renovar el tiempo presente. El olvido a que está sometida la fama es terrible en la sociedad mediatizada donde todo objeto de «culto» es sólo un fetiche.
Y sin embargo proliferan los «concursos» y los Premios nadan en una pecera color Hollywood. Desde Dante, la poesía y el pensamiento son por esencia «civiles» y por ello los que escribieron lo hicieron para «hacer vida» —para luchar por y contra sí— en el sentido de desenterrar los tesoros de la memoria ocultos en los misterios del lenguaje.
Hoy se trata de las «marquesinas», del show business, de un tiempo paralizado que cree moverse como un rayo. Ya llegamos, ya llegamos. ¿Adónde? A derrotar a los moros con un jinete muerto en el caballo.

PÁGINA 13 – Poesía americana

La vida...

"La vida tiene burlas,
hermanito,
muy trágicas.
Si hay espacios oscuros
de esta mujer hecha y derecha,
desabrochados,
desmaquillados,
desamparados,
tembladerales de aire enrarecido
y hervores fatigados,
lastimados de tanto sueño inútil,
que solamente vos
alcanzarás a ver...

Esa mirada no se apiada
no tiene una migaja de ternura
para esta mujer hecha y deshecha."

Susy Delgado (San Lorenzo/Paraguay)

Anhelo

Con dulce voz, la hada dijo:
“pide un deseo, sopla las velas
y cierra los ojos para cumplirlo”.

Cerró los ojos, sopló las velas,
pidió el deseo y no había hada,
después de abrirlos.

Aymer Waldir Zuluaga (Medellín/Colombia)

El juego de hoy

Esta desesperación por ser completo
alguien que se note,
alguien que aparezca,
una flama brillante o sustanciosa,
una huella en el cemento,
una estampa del libro de los dioses,
un diamante descrito por la historia,
una fecha permanente;

esta angustia jugosa y perceptible
en las ganas abiertas de mostrarse
y decir: “yo soy ése, ése, ése”,
el que pintó en el cielo los lunares,
el que se inflamó el bolsillo con la idea,
el único patriarca del tesoro,
el colector del público admirado,
el que le ha cortado al tigre la cabeza;

esta oscura fiebre,
la alegría
por ganar la partida a los vecinos,
por llegar antes y primero
a ostentar galardones y laureles
para empaparse de triunfo y de peldaños
el corazón y la sangre.

Esta bestia feroz que nos habita
y se incrusta como una garrapata,
nos amarra de los pies hasta los párpados
y se ríe con traiciones en la boca:
olvidamos quienes son nuestros hermanos,
desoímos los lamentos de la tierra,
y decimos: “he crecido”, “soy enorme”,
aunque estén petrificados nuestros cuerpos.

Este juego de hoy que nos desgaja
y nos deja las manos sin espuma,
nos arroja a perseguir lo inalcanzable
con un péndulo de acero sobre el cuello:
si no llegas, si no tienes;
si no alcanzas, si no puedes,
el castigo tenebroso será sombra
y una letra sin voz por epitafio.

María Caracol Rojas (Playa del Carmen-Quintana Roo/México)

Yo soy la última…

la última curda y la primera
la cuerda de la rama la cabeza aún colgada
la silla del escritor la silla eléctrica del asesino
la silla del papa de oro el trono inmune a todo
yo soy la necesidad de comer y de sentir
de sentirse y hasta de matar el tiempo o al miserable jefe
la necesidad de ser de trascender y de conocer mi dios
la necesidad de ser dios y decir hasta aquí llego esto
yo soy la miseria pero no el político que la procrea
yo soy el niño que pide la moneda para el vino de alguien
yo soy el niño que duerme tranquilo sobre monedas de oro
la necedad también porque no
yo soy ese que a sabiendas igual equivoca el camino
el que ama hasta morir el que ama hasta matar
yo soy el sin-límites conocidos irresponsable irrespetuoso
yo soy la última palabra la primera y ninguna
yo soy mi sombra y ella no quiere ser yo
mi sombra dice que no tiene cuerpo que la engendre
se detesta y siente asco de existir y se niega
yo soy la última verdad o mentira silencio o eco
de un desierto de pecados
…tengo dentro de mí un desierto depósito de todos los pecados
me pesa me dobla me hace de acero y nieve me supera el alma…
soy todos los pecados
la mentira de la manzana y la fusión inventada
la cruz de oro y las panzas de hambre
soy los ojos de mi hija
soy el aire que respira
yo soy el último
el último animal y el primero
soy un gran animal y me rasco solo…

Oscar Marchesín (Montevideo/Uruguay)

Mujer todos los días

Una madre puede hacer
todo lo que hace,
no por ser mamá
sino por ser mujer.

Mamá es una mujer como las otras:
es alegre, tiene canas, se enoja
trata de adelgazar aunque no de a de veras
está enferma
casi no se cuida

mi madre se equivoca
mi mami alguna vez ha sido injusta
lleva sus cuantos errores a la espalda
sus pecadillos por allí escondidos
o deseados

pero mami crió a sus hijos ella sola
y a tres hijos más como a sus propios hijos ella sola
mas era yo tan joven cuando madre quedó sola
que nunca pregunté cómo comimos siempre
y ahora todavía no lo sé
pero tiene que ver con la multiplicación de los pesares.

Ya que es una mujer como las otras
mi madre quiso más de alguna vez
reflorecer su amor
pero los que idolatran el estéril espejo
no entienden
el prodigio
de la transformación del oro en sueños
y si no derrotó en esta batalla
por lo menos a la rabiosa soledad
ya la tiene enjaulada como la bestia horrenda que es
por el claro milagro de los nietos.

Mi mamá nos recibe cuando estamos cansados
y caídos
pero no nos convierte las espinas en flores
porque nos enseñó a quitarlas solos
y no es la más clara imagen de Dios sobre la Tierra
no alcanza requisitos para Santa
ni se parece en algo a la Virgen María

sin embargo

mamá puede reír aunque esté triste
madre puede amar aunque ella no sea retribuida
mami puede ayudar aunque ella
esté también necesitada
madre puede trabajar aunque haya trabajado
hasta la madrugada
mamá puede aguantar aunque ya no aguante más.

por eso

mamá es una mujer como las otras
una mujer, sencillamente un ser humano,
le dan derecho a serlo
sus cuidados su ternura su amor por los demás
su aguante en aguantar que ya me habría muerto
y por tanto que es esa mujer
me asombro
me inclino
me acorazo
y no sé cuánto decir
cómo la quiero.

Waldina Mejía (Tegucigalpa/Honduras)

PÁGINA 14 - Narrativa

Karai Simó

Por Amanda Pedrozo (Asunción / Paraguay)

Por vigésima vez iba a pasar solo el Año Nuevo desde que su mujer lo dejó y para dejarlo tuvo que bajar corriendo el tape po’i que lleva al arroyo de las ánimas en pena antes de que el amor la hiciera volver a los brazos atormentados de su hombre. Karai Simó se quedó mirando las piernas secas de la ingrata y caprichosa Vicenta Encarnación y la cabecita negra de su hijo Juan que se iban de su vida hacia el rancho de la abuela. Para aguantar el golpe y aguantar la vida tuvo que pasarse los meses y después los años que seguían, mirando el florecer colorado de las batatas desde donde podía espiar de costado el viejo camino por donde podía haber venido Vicenta de nuevo a su vida, si no hubiera sido tan burra.
Karai Simó remediaba un poco su desgracia haciendo todas las cosas como las hacía en el tiempo de bonanza en que su mujer todavía estaba en la casa y Juancito era un gozo lleno de hoyuelos que no lo dejaba ni dormir ni estar despierto. Juntó sobre la mesa en el patio todas las frutas que precisaba, aspiró un rato el olor de tierra nueva del cántaro y un rato después iba alzando con el jarro el clericó de vino dulce que sabía casi a Vicenta, casi a la piel quemada y generosa de Vicenta, casi a sus senos resbalosos.
Por vigésima vez Simó se puso su camisa almidonada de aopo’i después de bañarse con el agua fresca del pozo bajo la parralera doblada de racimos jugosos. Colocó sobre su catre una sábana blanca que olía a pachulí, se sentó a esperar no sabía qué, llenándose la boca y el alma del clericó que iba sorbiendo con ayuda del jarro y cuando llegó las once de la noche estaba definitivamente llorando, él solo en la casa, él solo en medio de las bombitas que sonaban lejanas, él solo por vigésimo año.
Cuando comenzó a divisar el bulto que venía llegando por el tape po’i desde el arroyo de las ánimas en pena, apartó apurado lágrimas y resignación y por un momento volvió a creer que era Vicenta Encarnación que venía a pasar con él el Año Nuevo. Era para ese momento que había estado mirando fijamente el florecer colorado de las batatas por tantos años. Era para trenzar con adoración sus cabellos oscuros, para apretar sus senos resbalosos, aspirar su olor a madreselvas y naranjas, tumbarla sobre el catre y quererla como antes, morderla despacito en la mejilla derecha hasta llevarla a la orilla del dolor, ponerle con la boca una dalia morada entre los dedos.
Después se durmió con el cuerpo apaciguado entre los brazos lánguidos de su amada y caprichosa Vicenta. Despertó estironeado por Juan que le decía lo imposible: su madre había muerto de repente esa medianoche.
Cruzó corriendo el arroyo de las ánimas en pena, hasta que estuvo mirando cómo su Vicenta reposaba quieta y sorda y muda para siempre, con una dalia morada entre los dedos y una huella de mordisco en la mejilla derecha.

PÁGINA 15 – Narrativa

Ojos amarillos.

Por José Luis Pagés (Santa Fe/Argentina)

A los ojos del menor de los Vergara se atribuían hechos prodigiosos, quizás porque eran tan amarillos y relucientes como los de un gato. Fue por eso que no me sorprendió que su nombre apareciera a la cabeza de una lista de sospechosos, cuando comenzaban a investigarse los crímenes del abominable fisgón. Para entonces todo el vecindario sabía que el chico dominaba la voluntad de los pájaros, que a su antojo se juntaban las nubes para formar las tormentas, que las bestias más feroces caían sumisas a sus pies y que para él no había secretos cuando con la mirada podía atravesar las más gruesas paredes. Y ni hablar de los vestidos de las inocentes y las faldas de las damas de la parroquia.
Como el menor de los Vergara era con su boca y con sus gestos tan parco y reservado como atrevido con su modo de mirar, se había vuelto odioso y su proximidad siempre era inquietante. Así, no faltaba oportunidad para que algún marido ofendido se lanzara tras él, arma en mano, o sin más lo golpeara, preferentemente en la cabeza. Pero el chico era tan ágil como resistente y, aunque maltrecho y recién resucitado, regresaba a las calles con esos ojos tan turbios y recelosos que hacían temer males mayores. Como que se pudrieran las primicias de todos los frutales, que descarrilara el expreso de las seis o que se cortara la leche de las madres primerizas.
Yo, como la mayoría, me enteré que la muerte se había llevado a Dorita Jurado cuando lo leí en las páginas del diario. Ahí nada se decía del Vergara chico, pero como al descuido el canillita, detrás de sus anteojos de ciego de nacimiento, al tiempo que me entregaba el periódico me había inquietado con una primera sospecha.
Según este Víctor de los lentes oscuros, el infortunio que sobrevino a la noche de bodas de los esposos Beleno –con ese pacto secreto que un día después se los llevó a la tumba-, o el derrumbe de la familia Mayoraz que sucedió a la desaparición de la pequeña Leonor, eran otros asuntos tenebrosos que involucraban al innombrable, el más joven de los Vergara. También me lo había recordado alguna vez con esa voz suya en la que por momentos parecía agitarse un turbio resentimiento.
En todos los relatos que desvelaban al vecindario por aquellos días, siempre aparecían ciertos detalles en común: así se hablaba de las ranuras de una ventana, de las hendijas de una puerta, de una perforación en la persiana, a través de las cuales, como una enfermedad desconocida, se filtraba aquella luminosidad amarilla que desnudaba y corrompía cuanto tocaba.
Un día me sorprendieron estas historias en el bar. En torno a la mesa nadie dudaba siquiera que los ojos del menor de los Vergara se habían paseado como repugnantes babosas por sobre el cuerpo desnudo de Dorita Jurado antes de que ella se partiera el cráneo con el borde de la bañera, o que los Beleno se arrebataran las propias vidas cuando creyeron que era luz de los ojos del Señor la que los descubría gozando pecaminosamente del nuevo paraíso.
Los hombres referían estas historias, exaltados por sus propios desbordes imaginativos y a la hora en que en la semipenumbra del bar flota ese tufo inconfundible de tabaco y alcohol exudado, llegaron al colmo del delirio cuando Víctor se acercó a ellos precedido por aquel bastón que empuñaba con esa mano tan amarillenta como huesuda.
Con el ejemplar del diario, que incluía alguna noticia sobre la búsqueda de Leonorcita Mayoraz por los bajos del Salado, Víctor descargó brutalmente lo que para él era de una certeza indiscutible: aquella mujercita y el repulsivo mirón se habían atraído mutuamente, ella con ese olor salvaje que enloquecía hasta los monaguillos de La Merced y él con sus ojos malvados de basilisco insaciable.
Así, las responsabilidades serían compartidas, pero no había que olvidar que ella era menor, que el abominable había ejercido sobre la niña una fuerza hipnótica tan irresistible que había anulado su voluntad y que finalmente la había rebajado a nivel de un pobre animalito indefenso para sustraerla al cuidado de sus padres.
Los hombres golpearon la mesa cuando Víctor, con tono patético, aseguró que aquel tipo asqueroso la había llevado con él no sólo para abusar de su cuerpo, sino también para robarle el alma con los ojos, así como un vampiro le hubiera chupado la sangre en el cuello. “La vida a cualquiera se le va, pero el alma es otra cosa”, afirmó ante aquella asamblea donde de pronto se hio un silencio insoportable.
Unos días después cuatro uniformados del destacamento de La Bajada se lo llevaron al menor de los Vergara para espanto de su madre y regocijo de todos los vecinos. A la mañana siguiente, cuando Víctor me llevó el diario, no se distrajo en mayores explicaciones. Ahí estaba para él la verdad revelada. “acá está”, fue todo cuanto dijo, mientras señalaba con el índice sucio de nicotina un lugar impreciso en la primera plana.
La crónica hacía mención a su condición de sospechoso y aludía, aunque muy superficialmente, a las monstruosas facultades que lo distinguían, pero sobre todo anticipaba la pronta liberación del detenido porque la justicia no había encontrado una sola prueba en su contra. “Está claro –aseguró Víctor- que este Vergara no es el único corrupto. El secretario del Juzgado atiende con salto de cama y los ruleros puestos”.
Cuando volvimos a verlo ya ni siquiera parpadeaba. Los ojos desorbitados y descompuestos parecían empeñados en ver mucho más allá de la materialidad de los seres y las cosas y ni siquiera pestañeó –dicen- cuando algunos días después una tía de Leonorcita le gritó en el oído cómo habían encontrado lo que quedaba de la niña, en un costado del camino que lleva al cementerio viejo.
Tenía que ser de noche, cuando más refulgían aquellos ojos entre las hojas de los arbustos, por sobre los tapiales ruinosos o detrás de las más seguras de las rejas, que los hombres salieron a buscarlo y para su eterna desgracia lo encontraron pitando un cigarrillo tras otro, con fruición incontrolada, bajo los negros cipreses del parque.
La luz de la mañana lo descubrió boca arriba sobre el húmedo empedrado. Ahí estaba el más chico de los Vergara en la cortada del mercado. Alguien había puesto una moneda de un peso sobre cada uno de los párpados que se negaran a cubrir esas pupilas morbosamente dilatadas; esos ojos suyos que habían insistido en permanecer abiertos, aún tiesos y opacos como los de un pescado en la ganchera.
Yo fui uno entre muchos que se distrajo de su recorrido para ver al ajusticiado, que ahí estaba, en todo su largo, con las ropas destrozadas, descalzo de su pie derecho, con ese aire de muñeco caprichosamente desarticulado, como un espantapájaros alcanzado por la patada de una mula.
Estábamos todos en el lugar, entre silenciosos y cariacontecidos, cuando aún sin haberlo visto presentimos la llegada de Víctor. El golpe del bastón precedía su aparición, por eso sabíamos de él un poco antes, así como ocurre con una cascabel.
Confieso ahora que cuando di por seguro que el ciego se iba a detener junto a nosotros me equivoqué, mucho más todavía cuando lo imaginé interesado en conocer los detalles que escapaban a su sentido.
Con ese agresivo golpetear contra las piedras, emergió de entre la bruma, se abrió camino entre la gente sin torcer el rumbo ni acortar los pasos y de pronto estuvo allí, con su estampa diminuta aunque solemne, todo de negro el abrigo, la bufanda y el sombrero.
Le hizo lugar la rueda de curiosos y él siguió adelante arrastrando levemente los pies, siempre golpeando el empedrado, cuando para asombro de todos la puntera de su bastón dio en un costado del yacente y de allí saltó y rodó, hasta detenerse junto a mis pies, ese punzón con mango de madera negra en el que podía leerse el nombre del menor de los Vergara. “Esa es la chuza que usaba” –dijo alguien a mis espaldas- . con eso perforaba las puertas y las ventanas para meterse en la vida del prójimo”.
Un policía arrebató de mis manos esa pieza, la miró detenidamente y después la entregó a un compañero. Para entonces Víctor ya era una sombra que nuevamente se diluía en la bruma.
Con los primeros gritos que anunciaban la llegada de tdos los Vergara, verdaderos aullidos que erizaban la piel, gemidos de dolor que se mezclaban con destemplados interrogantes y airados juramentos de venganza, me aparté del lugar con la garganta cerrada y, al borde de la asfixia, bajé algunas cuadras en dirección al río, en busca de un sitio apartado, un rincón entre sauces al que suelo acudir cuando me siento abrumado por alguna desgracia. En eso estaba cuando me encontré confundido en medio de un corrillo que se había formado ante las puertas del bar Los Vascos. Estaban casi todos los notabes, que enmudecieron al verme, como obligados a chequear la confiabilidad del recién llegado.
- Cualquiera diría que lo atropelló un camión –dijo el maestro Artigues, sólo cuando con algún esfuerzo logró despegar sus labios sellados por la saliva reseca.
- ¿Pero, está realmente muerto? –preguntó Arias.
- Yo asentí con un involuntario movimiento de cabeza.
- Está y se lo había buscado –sentenció uno de los hermanos Astudillo.
- No sé –dijo Artigues. La justicia no había podido probar nada, así que yo tengo derecho de pensar y decir que ese pobre infeliz no merecía esto.
- Que no merecía ¿qué? –preguntó Arias- Ni siquiera se sabe si está muerto y mucho menos de qué murió.
- Es verdad –aseguró el Pulga. Ni siquiera se sabe. Todavía no salió en el diario.
Un ramalazo de aire fresco me recordó el remanso entre los sauces y tan impensadamente como me había sentado, me puse de pie, saludé en silencio y volví al camino. Me alcanzó antes de llegar a la esquina el maestro Artigues. En silencio caminamos uno junto al otro algunas cuadras en dirección al río y yo empezaba a sentir que alguno de los dos estaba obligado a decir algo, cuando escuché su voz calma y persuasiva:
- ¿Ha visto a Víctor? Yo estaba al lado suyo cuando hizo aparecer el arma con su bastón. Fue un golpe preciso, como si el hombre hubiera sentido la necesidad de reafirmar algo. La culpabilidad del chico Vergara, por ejemplo.
- ¿Pero, cómo podría… ¿ -pregunté, desconcertado.
- Puede que fuera un golpe casual –me concedió-. Que casualmente la puntera se encontrara con el punzón. Pero era la puntera del bastón de Víctor, que desde que pasó lo que pasó con Leonorcita Mayoraz no ha hecho otra cosa que levantar sospechas en cada esquina de la ciudad.
- Es cierto, pudo actuar por resentimiento –arriesgué, aunque ya no tan seguro.
Algunos días después volví a Los Vascos. Estaban todos, discutían apasionadamente. Se vivía un clima de campaña política y Víctor, que envuelto en el humo del cigarrillo parecía ajeno a todo, estaba al alcance de mis ojos. Me detuve en su figura. Lo observé a lo largo de los próximos diez minutos, hasta que de pronto ví cómo giraba la cabeza en dirección a la boca de la alcantarilla próxima –la colilla del pucho entre el índice y el pulgar de la mano derecha- y la brasa salió despedida, trazó una parábola en el aire y desapareció en ese pozo oscuro.
Las voces de los hombres se mezclaban en mis oídos y comprendí que nadie nunca antes, ni ahora, había reparado en aquel hecho. Me puse de pie y caminé hacia Víctor, deteniéndose un instante ante él, que distraídamente acariciaba con las yemas de los dedos la tapa de una revista porno y tal como si sólo hubiera advertido por el ruido de los pasos la proximidad de una persona, me dedicó una sonrisa torcida. Entre los arcos de los anteojos y sus pobladas cejas negras, entreví una luminosidad amarillenta.
Apenas una semana después, la desaparición de otra criatura sacudió al vecindario. Era como si el ajusticiado hubiera vuelto en cuerpo y alma –se decía y Víctor lo voceaba- para tomarse la más terrible de las venganzas.

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

Untitled

Para Romina

El séptimo sello, la séptima partida del amor,
y cuando éramos chico, esas pupilas vacías sin escombros
cabeceando cielos, recobrando nubes, cayéndose en el potro que atardecía la sierra,
porque se nace así, niña triste
cobijada bajo las telas menstruales de los dueños de estancias, se prepara el puchero,
se juega a la soldadera, se escucha
la violación como parte de la limpieza cotidiana, para el
patrón, un espumarajo más largo de su orinal caliente, para ella
la puerta
cerrada
a la comida
al salario
a la familia
solo a veces entreabierta
a la cosecha
con cuentos nocturnales de fantasmas, sin parir del todo el hijo nuevo porque
quedo
colgado
de la pata de su hermana
nacida para ser otra niña
triste
con las piernas abiertas
para hacer más sencillo su pasaje.

nació como una niña triste, navegó por los aires sin ser nada
y su violín se acaba
entre la lava y el hastío, nada la planta venenosa, la tentación de la muerte profunda
que nunca llega para hacer de ella
nunca?
una vieja alegre.

Un barco sin arpas ni piratas. Sin proa y sin mapas, una fusión de té con yerba santa.

Martha Zabaleta (Londres/Inglaterra)

1

Traigo una patria entre mis brazos,
una patria sucia de pólvora y ceniza,
una patria llena de fantasmas.

Traigo una patria entre mis brazos,
no lavéis su sangre con azufre,
si vais a esconder el crimen
dejadme llorar junto a las larvas,
dejadme llorar con ella y sin sus pájaros.
Con ella,
sí.
Con ella hasta la muerte.

Traigo una patria entre mis brazos,
traigo toda su hambre y sus puñales,
su llanto de estepa,
sus cadáveres tatuados.
Traigo a un dios ahorcado
entre los senos de esta tierra desahuciada,
antes de arrebatarme los cadáveres
dejadme llorar.
Dejadme.

Silvia Delgado Fuentes (Sopelana-Vizcaya/Euskal Herría)

Nombre

Me hubiera gustado ser otro.
No aquél a quien se conoce
e incluso a veces se reconoce.

Ser Bosquet o Sabatier.
Alberti o Neruda.
Louis Aragon o Paul Eluard.
O bien
tantos otros que ríen en sus barbas…

Pero yo sólo quiero ser
—disculpen si me ufano—
aquél que todos llaman Couffon.

Claude Couffon (París/Francia)

Sorpresa:

Cada noche infalible
estudio tus detalles
y escuchas incansable
el último te amo.
No lo dejo pendiente.
Previsora.
Es probable que me muera inconsciente.

Entonces cuando este volcán de nervio puro
amenaza estallar a través de mis venas,
subiendo pulsaciones y presión arterial,
me defino despierta.
Firmo al pie de la hora oscura y controlada.
La muerte, sorprendida,
no me encuentra durmiendo.

Marta Roldán (Venecia/Italia)

Canon de rosas, el erupto

La lengua de la patrona me deja un círculo resbaladizo
en el cuello, en el ombligo, en los muslos:
un hierro de marcar potros para la posesión extemporánea,
ella, el ama de la corona y del cerco,
la presumidilla del anillo refulgente de las humedades,
la humillada corola de la disipación
abandonada al deseo del tornillo y la arandela.
La lengua de tulipán a ras de mis pechos
bajel de camuflaje con el escarlata;
la verdadera naturaleza de la violeta, pura.
La flor de la vida,
agua ardiente tan lejos del campo a través,
empapada rosa negra para una segunda oportunidad,
para la otra cara del creciente obscuro,
para el envés, la sesgadura y la sorpresa.
De nuevo un acto de luz y excesivo.
Tus labios me atraviesan la carne salada de los hombros
como un dolor de vientre,
suben a la cumbre presurosa de mi tozuelo.
Me horadas con todos los clavos,
los pétalos ardientes del aliento que me profana
la llave de los sentidos,
la varilla de un parasol de papel de duraznos
en la boca que me anuncia el descubrimiento,
a la manera del grito,
la chispa del ápice que se sale del círculo,
el incendio en las nalgas.

Canon de roses, l’erupte

La llengua de la patrona em deixa un cercle lliscadís
al coll, al melic, a les cuixes:
un ferro de marcar poltres per a la possessió extemporània,
ella, l’ama de la corona i del cèrcol,
la mestressa de l’anell refulgent de les humitats,
la humiliada corol•la de la dissipació
abandonada al desig del vis i la virolla.
La llengua de tulipa arran dels meus pits
vaixell de camuflatge amb l’escarlata;
la vertadera natura de la violeta, pura.
La flor de la vida,
aigua ardent tan lluny del camp a través,
amerada rosa negra per a una segona oportunitat,
per a l’altra cara del creixent fosc,
per al revers, l’esbiaxament i la sorpresa.
Un acte de llum i excessiu de bell nou.
Els teus llavis em travessen la carn salada dels muscles
com un dolor de ventre,
pugen al cimall freturós del meu bescoll.
Em forades amb tots els claus,
els pètals cremants de l’alé que em profana
la clau dels sentits,
la vareta d’un para-sol de paper de préssecs
en la boca que m’anuncia el descobriment,
a la manera del crit,
la guspira de l’àpex que se surt del cercle,
l’incendi a les natges.

Pere Bessó González (Mislata-Valencia/España)

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Por una ecología de la condición humana
¿Dónde está la poesía?

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

Alberto Luis Ponzo me invitó a opinar sobre la “Situación de la poesía en el mundo actual”. Más allá de las bellas intenciones pensé, de inmediato, que proponernos reflejar un panorama tan vasto puede llegar a hacernos parecer, al mismo tiempo, irrisorios y utópicos. Desde un punto de vista apenas estadístico, resulta absolutamente imposible. En cuanto a una presumible conceptualización, si queremos que no se convierta en un mero divagar, tendríamos que precisar el significado de algunos términos. Por ejemplo: ¿de qué estamos hablando cuando decimos “poesía”?, ¿a qué se puede aplicar, hoy, con cierta exactitud, el concepto “mundo actual”?
Para no caer --por lo menos en forma desprevenida-- dentro de esas redes casi inexorables, aclaro que intentaré referirme a lo que podríamos definir como poesía escrita, tal como ella se ha venido desarrollando a lo largo de varias centurias en la llamada cultura occidental. Y que el marco dentro del cual pretendo imaginármelo no ha de ser otro sino el contraste, por eludido no menos evidente, entre un sector del planeta ultradesarrollado tecnológicamente, dueño del poder (que hoy incluye la información y la inventiva), y otro espacio mucho más amplio donde conviven --es un decir-- vastos sectores directamente por debajo de los niveles elementales de subsistencia, junto con distintos grados de semi, sub o cuasi desarrollo.
Desde un punto de vista cultural (si es que eso tiene todavía algún sentido), lo que aparenta haberse impuesto sobre el planeta, desde aquel denominado Primer Mundo, no es sólo la sociedad de consumo sino, por vía de los omnipotentes y seductores medios masivos de comunicación, una civilización del espectáculo, una seudocultura light, donde hasta el dolor más íntimo o la tragedia más flagrante terminan por volverse show. En ese contexto, que no es sólo el de la nueva religión del shopping sino también el del auge atronadoramente ensordecedor de los hits del audio y del video, me temo que sin habernos dado cuenta se ha ido produciendo ante nuestros ojos, en las últimas décadas, primero lentamente y luego en forma cada vez más acelerada, una verdadera y profunda mutación cultural: la desaparición del lenguaje como centro de la civilización. Y esa visceral conmoción no se manifiesta tan sólo en los estratos más elevados, donde anida el poder, que ya no es sólo político-económico sino directamente tecno-idolátrico, y donde la publicidad ha sustituido al orador, el videoclip al creador de imágenes, el marketing a la aventura incluso comercial, la ingeniería genética al milagro espontáneo de la vida. Sino que ha alcanzado --aquella grave mutación cultural regresiva de que hablábamos-- a las fuentes del lenguaje humano que, por serlo, es la fuente misma de la hominidad. Y me estoy refiriendo a la devaluación más deletérea: la del lenguaje, que es el umbral mismo de la condición humana.
Hoy, incluso en las grandes ciudades del mundo hiperdesarrollado, cada vez son menos los vocablos con que se maneja una persona. Y, por otro lado, quizás como causa o consecuencia, ya no es por lo general el pueblo, una comunidad con su uso cotidiano la que renueva y da vida (como debería ser, como fue siempre), a un idioma, a una lengua.
Si tal fuera la situación, como creo que lo es, la crisis actual de la poesía --que no es sólo de consumo o difusión sino de esencia y de forma--, no podría entenderse con claridad y hondura sino en función de esta violencia prácticamente universal sobre el lenguaje humano. Nunca, ni aún en los momentos más exquisitos y más alquitarados, pudo haber una gran poesía que no tuviera siempre su raíz, así fuera secretamente, por oscuros meandros y aún sin huellas patentes a la vista, en su contacto con una lengua viva. Es decir con un idioma orgánicamente hablado por un pueblo, orgánicamente empleado para su vida cotidiana por una comunidad. La crisis cada vez más agudizada que hoy va asediando a la poesía en sus aspectos estéticos y socioculturales, no es (a mi modesto entender) por supuesto apenas el problema de un género literario o de un tipo de artista en particular. Eso ya ha ocurrido otras veces, y ha habido momentos de esplendor y otros de repliegue, ha habido especies desaparecidas y también rejuvenecimientos y hasta renacimientos. Pero nunca se había afectado de raíz, en sus mismos orígenes, al lenguaje humano como se lo está afectando en estos tiempos.
Por eso, no es la primera vez que me pregunto: ¿no habrá llegado el momento de plantearse también una ecología del espíritu, de la condición humana? ¿No será precisamente a consecuencia de los mismos defectos de esta civilización llamada occidental, en la práctica apenas tecnocrática y consumista, que estamos enfocando los daños ecológicos que ella produce solamente en sus aspectos geográficos, económicos, materiales, y no estamos tomando en consideración cuánto le cuesta, qué precio ha tenido todo este maravilloso y a la vez devastador proceso, donde el conflicto no es por supuesto con la mera inventiva científico-técnica sino con su manipulación, en relación con el espíritu del hombre? ¿Qué poesía puede haber, entonces, si se secan las fuentes del lenguaje vivo?

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

Año I - Nº 7

20070701041232-tres-ninos-cubiertos-con-sabanas-sebastian-salgado-brasil.jpgGACETA LITERARIA Nº 7 – JULIO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la trayectoria del fotógrafo Sebastiao Salgado (Aimorés-Minas Gerais/Brasil)
Obra
: Tres niños cubiertos con sábanas. Zaire, 1994

PÁGINA EDITORIAL

La riqueza interior.

Por Norma Segades - Manias

Existen personas excepcionalmente privilegiadas, que llegan a la vida signadas por la providencia. Y por ello deben dar gracias. Yo soy una de ellas.
Nací en la Maternidad de un Hospital Público, de madre soltera, en el seno de una familia pobre. En mi adolescencia alquilábamos una vivienda con techo de paja, con paredes de adobe, madera y lata, con goteras y patio de tierra. Nos vestíamos con ropas heredadas y asistíamos becadas a colegios privados.
A cambio de todo eso, me fue concedido el privilegio de la lectura.
En aquellos tiempos de mi infancia, no se obsequiaban libros en las canchas de fútbol, había que ganarlos compitiendo en certámenes intra y extra-escolares de lectura, ortografía o redacción. Así aprendíamos acerca del auténtico valor del idioma y de esos volúmenes escritos por grandes maestros de la literatura universal que ya comenzaban a integrar nuestro propio legado cultural, nuestra textoteca personal.
Un título repetido en esas incipientes bibliotecas era Corazón, de Edmundo D´Amicis. Indudablemente seleccionado por los organizadores con la finalidad de fortalecer el desarrollo de virtudes morales similares a las que, por aquel entonces, transmitía la familia. Y los libros amarillos con tapa dura de la clásica colección Robin Hood acercándonos a Mark Twain, Harold Foster, Louise May Alcote, Fenimore Cooper, Julio Verne, Ridder Haggard, Jack London, Lucio Mansilla, Charles Dickens, Lewis Carroll, Stevenson y Salgari
Martina, mi bisabuela, solía sentarse en los atardeceres bajo la protección lilazul de las glicinas y, mientras dejaba secar su larga cabellera entrecana, me pedía que le leyera las páginas del diario, algunos poemas o antiguas cartas familiares que atesoraba en una ajada caja de zapatos. Así me fue revelado, sin lema publicitario alguno, que la prohibición del alfabeto tiene un significado altamente esclavizante y que, a través de la lectura comenzamos a conquistar la libertad más genuina, la libertad del pensamiento.
Ninguno de mis padres o maestros se detuvo a hacerme objeto de interminables e insistentes retóricas destacando los beneficios que aporta la lectura a la ilustración esclarecida de los pueblos. Alcanzaba con mirar a mi madre en la cocina leyendo a los Dumas, las hermanas Bronté, Flaubert, Conan Doyle, Poe, Víctor Hugo, Oscar Wilde o Julio Verne antes de comenzar su jornada de rutinas cotidianas. Bastaba con observar a mi padre compartiendo con nosotras poemas de Pedro B. Palacios, Belisario Roldán, Federico García Lorca, Homero, José Hernández, mientras aguardaba a que la cena estuviera servida. Así entendí que la lectura no solamente instruye sino que ayuda a crear hábitos de reflexión, favorece el siempre necesario esparcimiento y contribuye a la felicidad.
Así, con la lectura como único salvoconducto, burlamos estadísticas que reservaban el conocimiento para determinadas jerarquías sociales. Así cruzamos páginas memorables, frecuentamos las costumbres, el pensamiento, la historia y la geografía de regiones que quizá ya nunca visitaremos, pero cuyo recuerdo se mantiene tan real dentro del alma que, en ocasiones, hasta dudamos del verdadero alcance de nuestra memoria.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Insomnio.

En la noche sin sueño
la tensión del poema crece.
Sólo la palabra sin tregua
puede cubrir piadosa
ese silencio que orilla
lo absoluto.

Margarita Oliva (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Que sea la última vez

Que sea la última vez
que ocultas adrede la noche
en el cajón de la mesa de luz.
Que demoras en venir
más de la cuenta hasta mi sed
y recurras a pretextos vanos
como que dormiste sin sueños.
No quieras justificarte
ante mi espíritu con delicias
que lo distraen de luna llena.
Que sea la última vez
que desperdicias las horas
del día con tanta ignorancia
por hallar asilo en mi edad,
puesto que mis años
no te devolverán el tiempo
de las ausencias rotas.
No quieras fingir una muerte
ni pretendas juzgar al destino.
Nadie, ninguno desconfía
con tanta pasión de la nada
como mi fe en este momento.

Raúl A. Viale (Santa Fe/Argentina)

Aleteo marino.

El sol se ahoga en el perfil del mar
Ya no hay reflejos rojos,
amarillos, dorados…
Las gaviotas rompen el viento
y navegan el tiempo del silencio
en el aleteo del ocaso.

Juan Carlos Gruski (Avellaneda-Santa Fe/Argentina)

Automóviles

Guardo la fotografía
en que mi abuela
conduce un Buick sedan
y lleva a su madre en el asiento trasero.
A menudo pienso
que quise hacer lo mismo:
conducir un automóvil
y llevar a mi madre a donde ella quisiera,
quizás hacia la escena lejana en que la abuela
condujo el viejo Buick.
Mi madre
nunca tuvo automóvil ni manejó ninguno,
mi abuela fue algo serio:
condujo como en sueños,
lo que no existió nunca.

Celia Fontán (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El rebaño

¿Quién cuidará el rebaño?
¿Quién –azadas, cubos, hachas, ladrillos,
verdades de metal, sudor y oficio-
traerá la ley, la nueva ley que nace del descanso?
Desde que son los bueyes
con sus mugidos espesos, su corazón de trébol;
desde que la vida es inapelable
en sus madres; desde que agosto
trae sus vientos, sus vientos de sonido;
desde que el tiempo es este olor a resina
esta sed
este cansancio que no encuentra párpados;
desde que la voluntad
vuela en el aire circular de los azadones;
desde que los obstinados vecinos
(porque este nogal da más nueces,
porque su tierra no tiene más sangre)
mueven la lengua de discordia
bajo el viejo cielo;
desde que las muertes inocentes crecen sobre linares
absolutos, y ya nada más es exactamente recto
ni duro el cemento
ni blancura de antes la cal,
la pregunta
melancólicamente la pregunta
gira. La pregunta gira:
¿Quién cuidará el rebaño?

Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Luna, espejo del tiempo (Sentencia persa)

Por María Guadalupe Allassia (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Sobre los álamos blancos / de la dormida ribera, /una luna rosa y triste / va subiendo entre la niebla. - Juan Ramón Jiménez -

El Árbol de la Caoba, por las noches, respira aire de luna, con lo cual, conoce el secreto de antiguas piedras galácticas, y las leyendas que flotan ingrávidas, entre las constelaciones, como redes de luz que encienden el pensamiento.
Entre sus ramas laten pulsos cósmicos y almanaques que cuentan las miles de lunas que ha visto. Y ha besado.
Los hombres creen en sus historias, porque siendo un árbol sagrado, cura ensueños y males de sombras y penas. De su boca se oyó el relato que cuenta, cómo la Luna bajó a la Tierra, por culpa de los Espíritus de Sortilegio de la Noche. De ellos se decía que extraviaban los viajeros y desataban el miedo, el cual hablaba con la voz de los lobos.
La Luna, viendo cómo sucedían tales cosas a los hombres, quiso intervenir.
Se envolvió en una capa oscura que la tornaba invisible y descendió hasta las tierras húmedas, donde los senderos se cruzaban para la confusión y la pesadilla.
Ay, luna translúcida, luna de nada, luna que guardas la liebre de jade y el hombre con espinas. Ay. Olorosa a anís silvestre. Ay.
Un camino de aliento frío se deslizó a sus pies. Sus delicados pies que se enredaron en raíces espinosas que laceran. Cayó entonces en el agua profunda. Ay, luna oscurita, qué temblor grande el del río.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan. Tan. Entre estremecimientos de escarabajos y lombrices que medían el tiempo debajo de la tierra. Tan. Vibraron los pececitos que le bebían los pies.
Ay, Luna de cabellos celestes y llovidos. Cómo hundiste tu cuerpo en el agua oscura, mientras los Sortilegios de la Noche te sumergían más y más y te ahogaban en el silencio redondo de antiguos llantos.
Ay, Luna de oro que iluminaste tanto siglos, perdida entre luciérnagas dormidas.
Los Espíritus de Sortilegio obraron con libertad durante todo el tiempo de noche - noche que la Luna no brilló en el cielo... Crecieron los males, los hechizos, y las palabras que invocan la oscuridad avanzaron hasta la vivienda de los hombres.
¿Cuántas lunas calladas pasaron?
¿Cuántas lunas muertas pasaron?
El Tiempo, piedra misteriosa, cayó sobre la Tierra, sin medir las sombras, lo que se convirtió para todos en tiempo peligroso y de enigmáticos designios.
Los espejos sellaron la entrada de las cosas y dejaron salir el rumor de batallas.

El búho de ojos amarillos avisó a los pescadores, que acudieron rápidamente a liberar a la Luna ahogada en oscuridad.
¿Pero, cómo romper el encantamiento de los devoradores de luz?
Los hombres del río sabían de ríos y de estrellas, porque siempre obedecían la palabra de los astros. También sabían de lunas aguadas que anunciaban lluvias, o de lunas rojas que anunciaban calor. Conocían de peces alunados y de lunarios poéticos acumulados en la orilla.
Por eso, alguien dibujó un barco en la arena, un barco pequeño, de velas suaves y ondeantes.
Otro hombre pronunció la palabra adecuada que rompió el encantamiento.
¿Palabra de lágrima?
¿Palabra de estrella?
¿Palabra de boca enamorada?
¿Palabra soplo de poesía?
Los peces, cientos de ellos, levantaron a la Luna y la subieron al barco. Barquito de ensueño que se movió y buscó el espacio azul.
Ay, Luna rota que en añicos de luz cayó sobre el lomo de los peces y el agua asustada.
Ay, lágrimas de plata que los siglos no borraron.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan, los sueños que la elevaron con suavidad.
La Luna flotó en el cielo, en su barca, libre como el pensamiento de los hombres que buscan peces en el agua.
Así volvió a la serena dulzura de su casa y a los ocultos ecos del espacio. Así brilló otra vez. Ritual. Inmensa. Naturalmente, como quien no sabe hacer otra cosa.
Expulsó después los Sortilegios de la Noche que huyeron ante la luz, fuego blanco, sin uso, como en los orígenes.
Nadie recuerda la palabra pronunciada contra el hechizo. Pero es conveniente, que por generaciones, alguien la imagine, la repita, la triture, la mastique, la lave, la pula, la respire, la exalte, la ilumine y la pronuncie en las noches.
Por qué si no, ¿qué haremos vos y yo, lunautas eternos, sin el espejo del tiempo, sin la medida de la eternidad?
“¿De qué metal está hecho/ ese broche, ese temblor, /para prenderse en qué pecho/ como un alfiler de amor?” (Nicolás Guillén).

PÁGINA 4 – Narrativa

En la bruma.

Por Osvaldo Barbieri (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Desde hace un año, León es recolector. Antes, cuando changueaba por encargo, solía decirle a su mujer que Dios, seguramente, le reservaba algo distinto, definitivo. Vivía casi en indigencia, pero el nervio tenso de la incertidumbre era embotado por su fe. Tal vez alguien había observado en él esa plástica mesura de movimiento, un escaso pestañeo emotivo, o su rigor para cumplir la tarea. Pues, sin que León se ofreciera, una noche, impensadamente, llegó a su vivienda un desconocido con la propuesta de empleo. Y fue imaginar que Dios había obrado su milagro.
El camión compactador regula el ritmo de León, que lo sigue con un trote de perro sulkynero, jadeando la dicha de quien se sabe guiado y protegido. De tanto en tanto, le agrada volverse para contemplar el aspecto de la calle, impecable bajo espigadas farolas de luces amarillas. En alguna ocasión es solidario con el compañero de la izquierda, cuando deja sin recoger un bulto velado por la bruma. Entonces manda detener el camión, comunicándose con un transmisor que desengancha del cinto. Esto le ufana. En cada intervención se redescubre perteneciendo al poderoso mecanismo. Aún atesora aquella emoción, cuando le entregaron el uniforme color mostaza. Fue como recibir título de persona. Hasta ese momento lo vestían colgajos de compasiones y desprecios. Paulatinamente comenzó a notar el cambio que se operaba en Gloria: su guiso favorito, el vino en la mesa, la ropa planchada, el amor a su gusto. Y en el pequeño hijo. Había dejado de protestar, y los “sí, pa” eran monedas de pago a sus demandas.
¡Cómo había cambiado su vida! En cada resuello surge el rostro de la familia, en trance de respeto y admiración, renovando energías para el esfuerzo. No creo ser un mero colaborador en la eliminación de bultos, sino que se pondera como signado por el destino; una especie de ungido con el óleo sagrado.
Las noches son noches invernales desde que hubo comprometido, tranco a tranco, su aliento; desde la primera bolsa de plástico donde metió su pasado, arrojándolo a las fauces de acero. Ahora transpira serenidad de camposanto. Se ve pulcro como el pavimento y los edificios de piel nicotinada. Sin automóviles junto al cordón y sin gente que transita, lo pulsa la sensación del amo cuando recorre su comarca. Pero siempre hay televisores encendidos, música, voces, risas, programas de entretenimiento que filtran las persianas; espuma volátil acrecentando la niebla. Entonces vuelve a la conciencia responsable, y torna a ser brazo del animal rebufante y chirrioso, que engulle los restos.
Los pulmones de León transmutan el aire húmedo en vaho tibio, en bruma encubridora. Así corre, aspirando el relente, respirando lo respirado, sabiendo lo sabido, con la figura de Gloria y de su hijo en las pupilas gratificadas, estampa de un presente secular como su ritmo.
Con el de la izquierda rivalizan en orgullo y eficiencia. Sin odios. Cada uno recoge lo suyo. Al cabo, los motivan similares ilusiones.
Es noche tranquila, de poca faena. Alza el último bulto. Casi no pesan. Se trata tan sólo de sueños masacrados.
En el final de la calle, un visaje al recorrido. Bajo los arbolitos alineados y desnudos, todo limpio. Sobre el horizonte hay una luna enrarecida por nubecillas. Luna nueva, sanguinolenta. No es nueva –piensa-, es siempre la misma.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Amado Nervo – 1870/1919 – (Tepic-Nayarit/México)

Me besaba mucho

Me besaba mucho, como si temiera
irse muy temprano... Su cariño era
inquieto, nervioso. Yo no comprendía
tan febril premura. Mi intención grosera
nunca vio muy lejos
¡Ella presentía!
Ella presentía que era corto el plazo,
que la vela herida por el latigazo
del viento, aguardaba ya..., y en su ansiedad
quería dejarme su alma en cada abrazo,
poner en sus besos una eternidad.

Si una espina me hiere...

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
...pero no la aborrezco!
Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:

si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,
se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

Cobardía

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...!
Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!
Quedé como en éxtasis...
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
...Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

El primer beso

Yo ya me despedía.... y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí... Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

En paz

Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Que trata sobre la dificultad de leer


Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

En la desnudez del recién nacido - aun no arropado por leyes, arneses sociológicos y culturales, constituciones, edictos, religiones y otros dogmas – se construye y se vuelve a construir perpetuamente la imagen del Estado. Antes de gatear es sometido a atavíos, vestiduras y prendas para ser excluido de la desnudez libertaria. Un significado social lo cubre en un mundo fraccionado, en una organización prolijamente loteada, en una sociedad indiferente, sumergida. En este mundo de categorías y sutiles diferencias llega a ser un ciudadano con derechos. La expropiación ya fue realizada desde el poder, será uno más que hablará de civilización, que se adaptará a la búsqueda de la felicidad, a la solidaridad en el mercado de consumo. En el Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito por Étienne de La Boétie, (1530-1563) éste se preocupa por aquellos que obedecen y aquellos que imparten órdenes, y también de aquellos que se resisten a ellas. Estaba interesado en dilucidar por qué obedece la gente. Se preguntaba: “Si un tirano es un solo hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?”. Nos acerca a lo dicho de la misma manera que en 1976 Michel Foucault expone que “…la función del poder no es esencialmente prohibir, sino producir, producir placer, en ese momento se puede comprender, al mismo tiempo, cómo se puede obedecer al poder y encontrar en el hecho de la obediencia placer, que no es masoquista necesariamente”. Estas son, en parte, las redes del poder.
María Elena Walsh escribió en uno de sus poemas: “el que dice que todo tiempo pasado fue mejor; / nunca fue mujer / ni trabajador”. En Antígona dice Sófocles: “Mas yo no hubiera hecho lo prohibido / Por ningún esposo y por ningún hijo, / ¿Para qué? Podría haber tenido otro esposos / Y con él otros hijos, de haber perdido alguno; / Pero, perdidos padre y madre, ¿dónde encontraría yo / Otro hermano?” La perdida de los padres es irrevocable. Y también nos dice Antígona para siempre: “y nadie puede predecir que será de lo que es”. En 1944, en medio de la guerra, Ludwig Wittgenstein pudo señalar: “Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre. O mejor, ningún tormento puede ser mayor que el que puede sufrir un solo ser humano. Todo un planeta no puede sufrir un tormento mayor que una sola alma”. Medio siglo después leemos y escuchamos: “pensamos que valió la pena pagar este precio”. Esto se escribió después de haber bombardeado miles de seres indefensos en Irak, Palestina y otros lugares del mundo. Sin piedad, sin anestesia, sin pudor.
La idea libertaria es, entre otras cosas, luchar por el conocimiento como elemento emancipador. Y compartir ese saber. Esto significa una construcción cotidiana, un acto si se quiere para cuestionar la disciplina ortodoxa, para liberar nuestra imaginación, nuestro poder creador. De otra manera: una forma de existencia contra la dominación desde lo vital, desde lo heterogéneo. John Berger, uno de los escritores anglosajones contemporáneos más originales, señalo: “El misterio no está en las palabras sino en la página escrita”. Y también: “La perversidad imperdonable de nuestro fin de siglo radica en su inocencia”.
Caro lector, seguramente usted ya se enteró que expulsaron del sistema solar – científicos del cielo y del más allá – a Plutón. La noticia me dejó perplejo. Hace unos días leí un graffiti en una de las calles porteñas: “Queremos que vuelva Plutón”. Otrosí digo. El capo mafia siciliano, Bernardo Provenzano, detenido en Corleone hace unos años, ordenaba sus crímenes utilizando, de modo cifrado, versículos de su Biblia personal.
Se trata de abordar la conciencia, liberarse de las convenciones, de la historia, de la retórica. El poema ya no es mediación sino acción, no hay una búsqueda sino un punto de llegada. El equivalente al silencio, a la voz, al deseo. La complejidad de todo parece vibrar en ese clima, en ese mundo. La obra de arte nos hace romper con el hábito, nos educa en el coraje de no cerrar los ojos. El poema es la única promesa que se cumple.
Harold Rosenberg, pensando en Jackson Pollock, en su pintura metafísica y violenta, elogiando su obra, escribió: “El pintor moderno comienza con la nada. Es lo único que copia. El resto es pura invención”.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

boby dogy

abrí la puerta y encontré un animal
lamía sobras del amor
subí a la compasión y traje leche tibia
busqué una tienda en medio de la noche
compré alimento para perros
una correa hermosa
salimos a pasear y volví con el cuello lastimado
busqué algo abierto en medio de lo mismo
conseguí una curita y aspirinas
él seguía con hambre de ese plato
le ofrecí restos de otra carne
hubo mordida astillas y sutura
busqué pañuelos en medio del cansancio
busqué en el beso y en las habitaciones
el nido de esos ojos el lazo la medida
busqué en la permanencia en la postergación

él me vio arrodillada buscando su alimento

Laura Yasán (Buenos Aires/Argentina)

Ars poética

Quemarme con las criaturas de la arena
/de sangre de su manto.
El viajero vuela sobre el bosque.
Habíamos despertado las puertas nocturnas.

Manuel Lozano (Córdoba/Argentina)

Mujeres

Era la tarde
cuando las mujeres de la calle se atornillaban de frío en las veredas.
Cuando el viento del sur entorpecía
las claridades azules del invierno.
Qué malo fue mirarlas simplemente.
Ellas que inventan risas a la noche para amortajar angustias.
Eran ellas, sí.
las mismas que encendían en la memoria
diseños de brujas desveladas
o antiguas muñecas de loza, decoradas con el whisky o con el rhum.
Ellas, las que las niñas soñaban de mentira
porque no creían que fueran de verdad, de carne y hueso.
Botas y medias atrayentes, minifaldas abiertas
y remotos secretos.
Cómo nos sorprendimos esa tarde
cuando advertimos que eran ciertas.
No lisa cartulina en las veredas
Un jazmín en el pecho para intentar pudores inconclusos.
Ellas, pobres, mujeres a la venta,
con una gota azul
en el corazón zurcido de tristezas.

Y el ruido de un balcón con otras que miraban
la ironía alquilada cada noche.
Autos que iban y venían. Bigotes o caras rasuradas, de risas y colores.
Y una extranjera blanca, casi azul, que las miraba absorta,
como si tuvieran que salir corriendo
o espantarlas del mundo..

Ellas, las pobres mujeres de la calle.
A la venta.

No fue preciso, no, irse hasta Amsterdan
o a cualquier lugar lejano de la tierra.
No precisan vidrieras.
Están allí, al alcance de la mano,
con un desvalimiento en andas
en medio del tibio desamparo.

No existen más extrañas vibraciones, sino sólo la espera.

Una moneda o un billete se extravían en su canto.

Un pan para los hijos, desdibuja la noche del verano.

Rosa María Sobrón (Entre Ríos/Argentina)

Dos veces el amor

Hacer dos veces el amor
en una hora
no es cualquier cosa
y menos a los cincuenta
te lo dije
amor,
pero usted, nada
mejor dicho,
usted todo
y más
sin cansancio
ni heridas de trabajo
ni mujer que se ha ido
por un rato.

Usted sí y sí
en el despeje
tal vez
sólo pensó en usted
o en los dos
siquiera un poco
entonces
yo le doy las gracias.

Cuando crucé la esquina
- a contrapelo del adiós que no dijimos -
un hombre joven me pidió monedas.
Supe que habíamos hecho pedazos cualquier quantum
cuatro eran dos
y por instantes uno
el cuadrado rodaba
refutando la síntesis
... y sin embargo
la realidad virtual
usted lo sabe
venía de agonizar
aquí
en noviembre
el hambre y el aroma de los tilos.

Lili Muñoz (Neuquén/Argentina)

De mis manos

No le creas a mis manos.
Dicen que sueltan palomas desde las cornisas
y apenas si dibujan
arrebatos de alas trashumantes.

Te prometen espasmos de tibieza
jugando en la comba de tu blusa
y apenas si trazan arabescos
en el aire empañado de la célula.

No le creas a mis manos

cuando buscan la intimidad de tu cintura
cuando recorren los pliegues de tu piel
cuando cortan la flor en los jardines.

En realidad son dos muñones de la ráfaga
dos caparazones sin sonido
anclados al fondo del océano.

No le creas a mis manos
cuando en tu nuca enredan
la nostalgia.

Míralas a contraluz
desde la palma al dorso
y hallarás laberintos en sus líneas
enmarañadas venas por donde surca
una vieja sangre
marcada por el fuego de otros días.

Si acaso en la concavidad cansada
de mi pulso
hiciera un alto tu ternura
déjalas descubrir el sitio
para que alguna chispa baje por la espalda,
hazles un hueco pequeñito
en tu soplido
para que vuelvan a empuñar
la fragua.

Horacio Goslino (Bahía Blanca/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La ventana de papá

Por Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Mi papá fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle, mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.
Mi papá miraba la gente que pasaba, desde arriba, porque mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garajes y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña: se dice bañeras) y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: “Sevlo”. Nosotros alquilamos ese local y uno de los garajes, para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.
Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa.
En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar, porque en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación, habían bajado los precios del trigo y nunca alcanzaba para nada.
Una siesta, mi papá dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar y otro, antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle. Después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto, y otras veces no volvía por muchos días.
Entonces mamá decía: este hombre me va a volver loca. Y cuando papá regresaba, en realidad parecía una loca que gritaba. Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.
Un día le dijo a mi mamá “No puedo respirar”. Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo: no puedo respirar.
Mi mamá, mientras tanto, hablaba de posibles negocios que debían hacer para tener más entradas, de todo lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida porque siempre le andaba faltando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.
Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá, que estaba acostado sobre el sillón rojo. Yo fui a darle un beso, pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca mientras repetía: qué nos espera, qué nos espera. Fui a sacudir a mi papá para que se levantara, pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá dijo, ya basta, ya basta, y me llevó hacia la puerta: te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Cuando algunas salieron con el café yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.
Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas y me pongo a contarlas.
Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

PÁGINA 9 – Artículo ensayístico

La Sorda Vagina

Maritza Luza Castillo (Lima-Perú)

Las acusaban de escasa capacidad intelectual, debilidad, avaricia o infidelidad; de causarles placer la violación y de hacer insoportable el matrimonio con su amargura y rencor. El Estudio corrompía sus costumbres cuyas obligaciones eran no pensar y obedecer ciegamente al marido. Esa tarea de ganado ausente y sorda a los gritos lucidos de una mente propia se le reducía al animal con una sorda vagina que camina por detrás del hombre
La obra de Cristina de Pizan la primera escritora del siglo XV emplea la pluma como instrumento de venganza y se lanza contra todo pronóstico a la guerra culta. Aquella que no necesita acercarse para propinar un golpe letal al opositor. Hija del físico real, el sabio Tommaso da Pizzano, procedente de la Universidad de Bolonia aquella diminuta mujer formada en la corte renacentista de Carlos V de Valois, descubrió la pluma como arma de defensa y ofensiva; y genero mediante sus publicaciones una corriente de Dignidad a la mujer que hace evidente en su obra: “Querella de las mujeres"
Fue la primera en atreverse a sustentar de frente y sin tapujos que la sociedad era la piedra depositada en sus espaldas y las circunstancias, las responsables de su minusvalía
De hecho, la identificación y valoración de la mujer no es más la argamasa cuyos cimientos virtuosos debe afincar. Sin embargo, cabe señalar que en pleno siglo 21 aún a la mujer se le ve como una vagina parlante, pese a la superación constante en el área de la cultura, arte, y ciencia la mujer de hoy sensible pero firme, subsiste en un ambiente de relegación disimulada. Todavía la condición femenina con todo el avance científico y tecnológico no ha superado las fronteras lingüísticas culturales económicas del mundo turbulento e industrializado dominado por el hombre, como el que tenemos.
Los dueños de los medios de producción aún chantajean a la mujer sexualmente para permanecer en un puesto de trabajo. A propósito mantienen las conversaciones con la vagina inevitablemente.
En la antigua Grecia, Lisístrata empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fina a la guerra; en la Revolución Francesa, las parisienses que pedían “libertad, igualdad y fraternidad” marcharon hacia Versalles para exigir el sufragio femenino.
De manera que desde siempre la moneda de cambio es el intercambio sexual. Los asientos de adopción de decisiones no deben pasar por ese tamiz del cuerpo. Es decisivo para el adelanto de la mujer en todo el mundo y para el progreso de la humanidad en su conjunto, la participación de la mujer en condiciones de igualdad de facto y no de letra muerta en declaraciones que todos los años se hacen para las cámaras de televisión
La comunidad internacional debe comprender el principio fundamental de la mujer en la práctica y no con buenos propósitos en el papel. Las mujeres siguen siendo las más afectadas en todo orden de desigualdades en las diferentes capas sociales. Queda mucho por hacer y mucho por demostrar. Demostrar entre otros que la mujer es más que una vagina y un objeto de comercio. La movilización de sus derechos parte de ellas mismas y el valor que empleen en hacerlos cumplir
El resultado mas concreto es el equilibrio entre la vida personal y laboral de la mujer pensando que ser feminista no implica lograr conquistar derechos alejados de la realidad sino la realidad de navegar en el mundo como un ser individual y pensante dueño de derechos y voluntad, mas no como un artefacto equipado para el comercio.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

Ripio – Laura Yasan – Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano – Buenos Aires - 58 pgs.


Uno de los métodos usuales para presentar un libro en pocas líneas, consiste en citar versos sueltos, fragmentos acertados, trozos elegidos de un espejo roto capaces de prismar la luz para que el posible lector se obnubile con matices, con juegos de colores. En el caso de Ripio se podrían elegir tantos versos precisos, tantas metáforas inéditas, tantos descubrimientos, que sería una injusticia con un libro que no acepta la lectura dispersa, ni la atomización. Se trata de un todo, un texto único que por más que se encuentre dividido en poemas, merece una lectura unitaria, agregaría despaciosa y reiterada, porque cada nueva lectura descubre nuevas capas, nuevas cadencias. No suelo hacerlo, pero he leído este volumen varias veces, y en cada inmersión he encontrado distintos puntos de vista, sorprendentes, escondidas desgarraduras que pueden palparse, corporizarse en el lector en poemas sin caídas ni golpes bajos. Laura Yasan ha alcanzado su madurez creadora.
Si como afirmaba T. S. Eliot el mejor crítico es el que logra convencer a un lector para que lea un libro, ojalá pudiese lograr que el desconocido que tiene Ripio en sus manos me creyera cuando afirmo que está ante una obra que no habrá de desilusionarlo. Y que estas palabras no son de circunstancias. Vería que se trata de una poesía que desborda los chisporroteos y las modas: es pura persistencia.

Horacio Salas (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 11 - Desde el olvido: Lina Macho Vidal – 1930/2004 – (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El exilio

Ya no ve la exiliada
los pueblos de la tierra
ni al padre de las bestias
ni a las bellas muchachas
bailando en la margen del río.
Va perdiendo la sombra
y eso es asunto serio.
La busca con sigilo,
la va leyendo en la hierba
pero la sombra no está.
Se ha ido alejando en silencio
desde un punto de luz
que es el centro del mundo
que es un mantram
en el centro del mundo.

Como un vino.

Ella bebía la vida como un vino
un vino subterráneo
un vino maduro de uvas crecidas
sobre hogueras y nieves,
lo llevaba en cuclillas a la boca,
a veces caía bajo un sueño y volaba
hacia un antiguo amante
pero existían
altas bóvedas perversas
puertas baldías
muros sinuosos
recovas inhumanas
que doblaban
sus pies y las señales.
Se perdía en un país paralelo
sin idea de su linaje
sin indagar el territorio del otro
siempre hermético
en aparente contradicción con su sonrisa
porque ésta era también
un fraude,
tal vez sólo era
una sonrisa pintada
allá a lo lejos
en el rostro dibujado
sobre aquellos muros.

La casa de la solitaria

A quién llama la prisionera desde su jaula verde
apoyada en el muro
contra la enredadera?
La solitaria mete su lengua hasta las vísceras
y de pronto sopla y mueve corolas de jacintos
quiebra reinos del mundo
y vuela con su alfombra enajenada.
Señora, despierte ya, mucho sitio en el mundo y éste
tan solitario para usted. El que espera no está pero estará,
algún día tu crónica del desvelo
tu larga lágrima
caerá por las combas del planeta
vaya a saber dónde.
Esta noche el que esperas llegará
exiliado del día
refugiado en el país de tus sábanas.
Comienza el viento, sopla y apaga la maravilla de tu dolor.
Más allá del delirio que la desvaría a punto de locura,
más allá de una apariencia que desgarrará para nunca,
¿qué hará con su saga inmóvil, ahí sentada sobre la hierba
y el rocío y las lombrices del humus
y alguna raicilla de la enredadera
su enamorada del muro?
¿qué hará con su cuento de nieve
que se está contando a sí misma?
Ella es también una enamorada
y su amante un pretil sombrío sin luciérnagas ni ángeles.
El huerto va acallando las cigarras
va doblando las hojas del amaranto
va escondiendo la oruga bajo las piedras.
Los duendes se acuestan junto a la solitaria
y ella murmura al fin...
Emanuel, éste es mi canto secreto.

Los ojos de piedra
1
En estas prisiones nace el vacío de la soledad.
Aquí se confrontan las soledades más extrañas
y cada soledad es un hueco lleno de ignorancia gimiente.
Cuando una necia soledad cree tomar por la cola
a la anciana serpiente de las plumas de diosa
de pronto estalla: es mucho para una simple soledad.
Es mucho para una simple soledad
el atroz incienso de la sabiduría.
Entonces la soledad muere de sed, su sed es muerte,
su sed le sacude los hombros
y extiende torpes brazos hacia el gran cuenco vacío.
La sed es más que la roja cuchilla lanzada al viento,
es más que ese muro en tomo de átomos primordiales.
Casi concupiscente, vuelve miope mi oído, rasga mis voces
y adormece en largos humos rituales la conciencia.

Pájaros ardientes

La hechizada abre en las calles
su libro secreto
de alegrías perdidas para nunca;
placentas perturbadoras
flotan en el aire.
Un cardumen de brujas
sella con cenizas
su lengua y sus párpados.
Al margen de la vida
entre sombras azules
recuerda el bosque escondido
de los siete ángeles
y aquellos oscuros escorpiones
sobre el sol.
Sus palabras son pájaros ardientes
que huyen espantados.

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

La querella de los gustos
Otras posibilidades en la búsqueda lírica

Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Desde el pasado siglo XX, con Huidobro en 1911 y, posteriormente con César Vallejo, se han cuestionado los diversos modos de poetizar, partiendo de cánones rígidos, como son la métrica y la rima (sin soslayar la discusión planteada por el autor del Creacionismo con los preceptistas españoles. ¿Verso libre o verso blanco?, se interrogaba el chileno, determinando al verso como un código rítmico, como un aspecto donde la respiración y la tensión interna jugaban un papel predominante). Lo que después se concibió como vanguardia –y que yo denomino simplemente como “experimentación”- parte de las posibilidades que el lenguaje ofrece para entregar, de otra manera, el contenido lírico. Centro y Sudamérica se han caracterizado por estas exploraciones, estas posibilidades lingüísticas de abordar el poema, partiendo del tono conversacional, prosaico, o buscando resaltar en el discurso no sólo el aspecto tropológico sino la condición social. Muchas “poéticas” han surgido, desde la famosa antipoesía con Nicanor Parra, el Movimiento Zero en Perú, y por supuesto con las expresiones de los poetas cubanos de la revolución del 56. Hubo, desde luego, tendencias en Ecuador y en Nicaragua y en otras latitudes de Hispanoamérica.
En México no es posible hablar de indagaciones ni tentativas. Los Contemporáneos –excepto Salvador Novo-, los del grupo Taller y más tarde los seguidores de Paz, circularon con una proposición formal en tono y contenidos; aunque Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco y Félix Suárez van de la tradición bárdica, del cantor sagrado, al poeta satírico. Muy escasos autores mexicanos han pretendido arriesgarse. Los nombres son mínimos: Sergio Mondragón, Gerardo Deniz, Orlando Guillén y párese de contar. La famosa “tradición de la ruptura”, concebida por Octavio Paz en el siglo pasado, simplemente ha quedado en “tradición de la mesura”. Por supuesto que habría que aclarar qué se considera en tanto búsqueda, en tanto vanguardia. En Zacatecas, hace dos años, el poeta Antonio Cisneros, comentaba conmigo y con Rodolfo Hinostroza sobre Ramón López Velarde. No se explicaba el porqué de la alharaca que se realiza en junio de cada año por el poeta de Jerez, cuando en Sudamérica hubo, por esos años (1911 a 1921, un Vicente Huidobro). Mi respuesta fue sencilla: López Velarde aportó, a partir del soneto alejandrino, la novedad del encabalgamiento, por lo cual la composición poética semeja a verso libre. Por la forma, desde luego, el autor de Zozobra es muy tradicional (“poeta menor” le llama Octavio Paz), aunque la adjetivación y la creación de atmósferas provienen, ya lo sabemos, de Herrera y Reissig y de Leopoldo Lugones.
En el presente, con tristeza se percibe que en México cualquiera se abroga el derecho de hablar mal de quienes obtienen premios y galardones. Así, se acusa de que alguna poeta se acuesta con los jurados para alcanzar el triunfo (lo cual es una soberana mentira, una infamia); se divulga de manera soterrada, y en ocasiones a los cuatro vientos, de que aquella escritora es amiga de los “conjurados” o que labora en la Casa del Poeta o de que su esposo trabaja en tal o cual editorial. Los triunfos ajenos, reitero, se vuelven un estigma... cuando los malquerientes, resentidos y difamadores debían ponerse a revisar sus propios textos, dejarlos que cuajen, rescribirlos, y reflexionar, en principio, sobre el concepto de verso, el manejo de la preceptiva, su conocimiento de las diversas poéticas que en el mundo han sido y procurar mejorar su obra. La “república de las letras” nacionales es, desde la óptica literaria, el país de la ignominia, el territorio de los frustrados, donde habitan quienes pertenecen a la “tradición de la impostura”.
Pero dejo atrás estas disquisiciones y paso a lo que en verdad importa en esta ocasión: La querella de los gustos, de Jorge Santiago Perednik (Bs. As., Argentina, 1952), donde se advierte que la poesía no es un acto de reflexión, como equivocadamente se plantea en el prólogo de este volumen, puesto que aquí no intervienen los factores del pensar; tampoco, desde la perspectiva señalada, se piensa sobre lo pensado, como se concibe al acto de reflexionar. La poesía es, ciertamente, un acto de comunicación, si se parte de que para entender se parte del hecho de descifrar, ya que atender al significado significa traducir, aunque también es maniobrar la codificación rítmica, estructural y considerar la emisión y recepción del significado, partiendo de la “indagación intuitiva” del autor. A lo largo de La querella del gusto, principalmente del primer poema, se cuestiona la substanciabilidad de la palabra, a partir del sonido y de su repercusión significante, como sucede en un poemario anterior: El todo por la parte, una recopilación de 15 poemas procedentes de cuatro volúmenes: El fin del no (1955), El gran derrapador (2001), Retrato de poeta y Tres tragedias shakesperianas, estos dos últimos inéditos. En esta obra, previa a La querella de los gustos, el autor utiliza términos más adecuados a su ámbito expresivo: anemoran, por ejemplo, o enarbolando la (p. 6), tartamudenado (p. 7); con este sentido intencional, el significado se vuelve inconcluso a propósito, como balbuceos, como una propensión marcada para interrumpir el verso, la expresión. A veces el ritmo se vuelve divergente, con apoyaturas del enclítico: “hágase, acumúlese, multiplíquese, llámase con un nombre” (p. 9). También hay juegos de sentido y de sonido: “o quedades”, “o ído”. El poema “Breve historia de los poetas contemporáneos” marca el proyecto de Perednik: desacralizar a la poesía, ahondar en la dimensión lingüística, buscar las posibilidades del lenguaje, partiendo de la relación siguiente: expresión-contenido-intención-resolución. El razonamiento va, según Jorge Santiago, desde la manera en que los poetas del siglo XIX concebían, metafóricamente, al océano, que:
que era el espejo cóncavo de un cielo no / convexo / cóncavo / y que una piedra lanzada por un niño / desde una escollera / jamás dejaría caer / (p. 11)
Pero si el autor aborda el espacio escritural, sin llegar a lo que Octavio Paz determina como “artefactos líricos”, también la relación humana se marca, no de manera categórica, estética, sino desde la perspectiva sonora. “Hambre” (pp. 17-19) asume el verso libre “tradicional”, al menos en su disposición versicular, respetando las pausas, cesuras y encabalgamientos, aunque sigue determinando el enunciado rítmico, casi prosódico, eludiendo de manera recurrente los recursos de la preceptiva correspondiente (figuras de dicción y de repetición: anáforas, epítomes, etc.). Una constante: Jorge Santiago Perednik analiza lírica, fonológicamente, el lenguaje, el sonido significante, a través de prefijos y sufijos:
la definición diabólica dice / derrapar es quitar la rapa y la rapa es / el delirio burgués sobre las manzanas podridas del gran derrapador / el infierno es lo contrario del fierno y el fierno es / el sueño de todas las banderas con la eternidad del despertar / la arena es la negación de la rena y la rena es / ese mamífero lumpen que nunca llegará a existir / más acá de los delirios y los sueños... / (p. 22)
Es evidente que lo anterior no es gratuito. Como traductor y poeta, Perednik sabe descomponer las palabras, puesto que desde sus inicios, el lenguaje forma parte de la gran distribución de similitudes y signaturas, como precisa Michel Foucault . Hay analogías obligadas, “propiedades” intrínsecas de las letras, de las sílabas, de las palabras; conoce, y asume, el aspecto sintáctico, su contenido representativo, etc. El lenguaje, además, se ancla en la realidad, en los procesos sociales, en la hostilidad del mundo:
Ahora / el ave metálica bombardea los huertos / es un a-ve / riega lluvia que no moja lo sembrado / el que la ve no la avé / grita que sabe o que es ave / para que el piloto lave lave todo el tiempo / un polvo interminable / tras la risa y el horror está el colaboracionismo / los amantes deciden terminar / tercamente minar / todo posible aterrizaje / y donde se leía “un poblado” se lee “destrucción” / y donde se lee “destrucción” se leerá “limpieza” (p. 27)
El poema continúa exteriorizando lo que el autor visualiza: el espacio, el contorno de las aves que permite el vuelo. Esta representación, en la lectura, advierte:
ojos bombardean manchas blancas que dicen[ ] / el vacío ahora soñará el sentido del sueño y / el sueño vaciará el sentido del vacío / O los adentros de una / o herida donde las aves picotean / (También las esquirlas tallan la forma del mundo / Y donde había desesperación hay desesperación / Y donde no se leía ahora se lee: ( ) (p. 27)
“Balada de la oveja fuera del rebaño” (pp. 30-32) es un claro ejemplo de la propuesta estética del escritor y traductor argentino, el conocimiento que tiene de la tradición lírica, de la historia del lenguaje, de la arqueología del nombre. En El todo la parte, al igual que en La querella de los gustos, se advierte el fraseo prosódico, la oralidad que se entroniza en la grafía, la intertextualidad misma. Hay una constante en este último poemario, un reclamo a las palabras, una pendencia a la expresión lírica. Por algo “querellarse” es manifestar resentimiento contra algo o contra alguien. Así, disgregar conceptos, fragmentar sílabas, fonemas, no sólo es primordial, sino que la deconstrucción lingüística va más allá del simple significante, ya que el nombre establece la substancia (se sustrae el contenido y se hurga en el significado). Nombrar, formulan los hebreos, es sustituir el vacío, llenarlo, aunque atrás de la palabra, arguye perversamente Cioram, el abismo acecha. Paronomasia, sí, en muchas expresiones versiculares de Perednik, y de cuando en cuando sonidos aliterantes; pero siempre en virtud de la busca significativa en tanto coyuntura lingüística con una intención no sólo fonética: / formas hormas ramos de moras / palabras que él me ordena escribir / la receta pide mezclar, revolver con la cuchara / demorar con giros el tiempo que no llega a tiempo la leche de la vejez, agria / pero más dulce que la leche de la bondad / mezclada en jirones con azúcar ¿cuánto tiempo? / disimula, di si muy tarde aceptas la trampa / el tiempo que mora en el destiempo... (p. 29)
Cierto: la oralidad frente a la indagación del emisor/receptor, tal vez porque arqueológica y míticamente el lenguaje, la palabra misma extravió su primera substancia, su transparencia, según la dispersión que ocurrió en la Torre de Babel. Hay que buscar ese secreto que la palabra contiene en sí misma, no en la superficie. Los nombres designaban aquello que designaban. Hay un fragmento silencioso, un saber que tiene esas propiedades inmóviles que subyacen en ese espacio que la similitud, la analogía, dejó en la nada, en el vacío. La semejanza de las cosas se ha extraviado. Y más de una lengua a otra, revela Foucault. Y esto se advierte en el libro de Jorge Santiago.
En “El suicida” (pp.43-44), por citar otro ejemplo, el signo gráfico, la tilde, juega un papel relevante: atiende a la sílaba acentuada; el aspecto prosódico contraponiéndose a la representación del signo para determinar el significado; el juego de las posibilidades, el sentido de la ambigüedad va de la mano de esta propuesta que libera el tiempo verbal y que, consecuentemente, acciona y reacciona. La grafía recupera su valor deliberado: presente o pretérito entremezclándose. Y lo que parece errata tipográfica, descuido editorial, describe la contingencia de representar planos simultáneos de significados. “Exvoto a la tormenta” (pp. 47-49), busca, otra vez, la deconstrucción; semas y fonemas, recorrido gráfico que va del español al inglés: tormenta se trastoca en mentas para el dios Tor y los hombres (men, en inglés), mientras la partícula tas se vincula a tormenta y ornamenta. La composición “Un nuevo poeta crea una nueva poética” (pp. 56-57), por su particular planteamiento recuerda el inicio del Canto III de Altazor al manejar pareados; pero el tono es juguetón, chispeante, muy bien aprovechado a la manera del impar Jaime Sabines (“La cojita está embarazada”, por ejemplo, o “El diablo y yo nos parecemos”).
Eduardo Lizalde, en México, se ha ocupado del Tractatus de Wittgenstein. Jorge Santiago, en el poema con que cierra su libro, aborda estos postulados: demostración y contrapropuesta en la poética de Perednik. ¿Callar ante lo que no se puede articular? La respuesta, válida en Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar/ mejor es callar”, se invalida con Jorge Santiago:
El poema si calla / jamás hace silencio / calla de manera estruendosa / calla por la vía elocuente / el silencio no existe en poesía / el que lee un poema y vive un silencio / es un sordo a la vista (p. 59)
La querella de los gustos husmea y hurga en la sonoridad, en los vectores direccionales de las palabras. No busca plantear las categorías estéticas –lo bello, lo sublime, etc.- del poema tradicional, sino que va más allá de la disociación del signo y de sus semejanzas. Paronomasias y combinaciones rítmicas aliterantes, designación articulada, sin eludir el campo de la representación. Un marcado ejemplo de discurso lingüístico, donde la cadencia silábica, el enunciado sonoro, también es requerida para su realización, incluso teleológica, sin descuidar el marco humano, real, de la poesía.

PÁGINA 13 – Poesía americana

Confesión última

Yo Confieso
que maté al padre. Freud
que le copié todo a Freud. Lacan
haber quemado vuestra memoria. Obispo de Landa
que todos los fuegos son fatuos. Juana de Arco
que no tuve nada que ver con la guerra. Elena de Troya
que amo a Elena. Paris
no sentir ninguna culpa. Simone de Beauvoir
que soy la peor de todas. Sor Juana Inés de la Cruz
haber descubierto que el hombre viene del mono. Darwin
haber descubierto que Dios no existe. Nietzsche
que hice al hombre a mi imagen y semejanza. Dios

Caro Escobar Sartí (Guatemala)


Tania en la bruma

Alguien queda llorando sobre briznas de sueños cuando ellos alucinan,
cuando se evaden voluptuosamente de tantas orfandades
Norma Segades - Manias (Argentina)

Mira Tania, cómo quedan tristes las lunas y las ventanas
los caracoles y la brisa, los tejados, los caballos de los carruseles
los calendarios, las campanas, las hojas, los niños, las estrellas de mar
quedan tristes, como si la lluvia fuera para siempre
quedan tristes, como amantes expulsados del amanecer por un Dios castigador
quedan tristes cuando en silencio te marchas con la bruma y la ceniza
y vuelves con nuevas y feroces mordeduras en el alma
con grietas en la mirada, sin pájaros en la risa
avergonzada de respirar

Yo también subí a la cruz casi todos mis cuerpos, también mis almas
y tuve miedo al reloj, a los tréboles, a los dedos
Me hice niño y me hice viejo bebiendo a sorbos largos la leche negra del crepúsculo
el agua cruda que baja por los párpados hacia ninguna parte
y oculté piedras en el ombligo, piedras mudas, piedras de olvido
Atravesé a nado un océano entero de espejos rotos
un océano donde los barcos naufragaban sin necesidad de tormenta, sin que nadie los viera
y es extraño, muy extraño, pero tuve dolor de saliva

Mira Tania, mira cómo todo está dispuesto a nacer ante tus ojos
a la espera de una palabra sin esquinas, de un latir sin bordes
Es hora ya de regresar a donde nunca has estado antes
a esos lugares sin tiempo y sin tiniebla, sin paredes, sin cruces en el camino
a esos lugares que no están en ningún lugar, que no existen
porque nacen sólo cuando te quedas en ellos
y les pones un nombre, un silencio, un amar
y les clavas una bandera azul o verde o roja
Allí te esperan los que en verdad te esperan; te esperas tú misma
Tienes una cita con la mañana, no quiero que faltes
no quiero que te hagas la dormida, no quiero que tomes un atajo

Derrámate, amiga mía, derrámate luminosa
sobre los surcos húmedos que dejan tus propias lágrimas
como si llorar fuera sembrar, enterrar la grana en el consuelo
para que en el sitio del espanto broten árboles frutales
Déjate moldear por el rocío, por las olas
por los últimos silencios del silencio
Es hora de regresar a esos lugares sin bruma y sin ceniza
esos lugares que deberás fundar con tus pisadas
y que sólo existen cuando tu aliento les da forma, les da nombre
cuando te das cuenta que ya no hay dónde ni de qué escapar
cuando decides apartar el corazón de la bruma y serle fiel a tus rodillas, a tus venas, a tu risa

Mauricio Feller (Santiago de Chile/Chile)

Hoy no es un buen día para pedir

la lluvia se ha llevado todo
hasta la misericordia de los transeúntes
su tornado arrastra la sonrisa de los niños
tras la ventanilla de los autos
y ya no puedo mostrarles
el espanto de mis manos vacías

hoy no es un buen día
para extender la mano
y tocar la esperanza
porque hasta el sol me abandona
cuando nada más pareciera quedarse
ni siquiera el paso del invierno
detiene su afán / en medio de la autopista
donde solo la lluvia y yo envejecemos

Marta Sepúlveda (Bogotá/Colombia)

Misterio Gozoso

Nunca temió mi sangre
jamás borró las lunas
de nuestro calendario
minucioso construyó alas
en la cima de mis nervios
y ahí
regocijado
colocó espejos en las puntas
de todas mis mujeres
él y solo él
supo encontrar
el animal gozoso
de mis días siniestros

Nora Méndez (San Salvador/El Salvador)

Polvo negro

Camino con un agujero
en el pecho y en el bolsillo
más grave, siento mi piel quemada
una carta desgarrada, una llave fría
una estampilla burbujeante.

Recorro un pasillo de hambre
una penumbra que inventa
con fría lógica
siete puertas blancas condenadas.

Medianoche en las uñas
y en los ojos hollín
pelusas de carbón, polvo negro
que mi puño apretado advierte
que mi cuello áspero, que mi camisa
que mi nariz cerrada advierte.

Advierto el polvo negro
que burla el aire espeso
el verano fugitivo
en tumbos de campana
círculos de relojero
espirales de agua pesada.
Desde una torre blanca aún
se me cae encima sin remedio
el polvo negro que mi pecho advierte.

Alfonso Gumucio (La Paz/Bolivia)

PÁGINA 14 - Narrativa

Chau Pinela.

Por Esther Andradi (Ataliva-Santa Fe-Argentina/Berlín-Alemania)

Te ofrecí mis fantasmas, mis muñecos de cera, mi muselina líquida. Te invité a recorrer el camino que hacen los magos, mitad brujos, mitad hombres, en las lagunas blancas que nacen al pie de los abismos. Te prometí construir un desierto grande grande, con arena líquida que vive en las alturas, donde no hay dios, ni hombres, ni nada.
Te invité a caminar el interior de nuestros secretos, las fantasías inmensas que guardamos en el rincón, volvamos a la panza de mamá, te dije, y yo presentaré mis animales de lujo: serpientes aladas, chanchos verdes, elefantes niñas. Y a lo mejor también algunos zorros, pero te lo advertí: Esto es más difícil.
Te invité a presenciar los aluviones, los que tienen un padre poderoso, violento y cadavérico, que un día entran en cólera, se resbalan por sus faldas, y le dicen “chau” al padrecito, en un acto de liberación y de muerte.
Te invité a los senderos de mentiras y trampas, siempre tan elocuentes y misteriosos, derritiéndose en las tierras de Camaná, donde sólo crece la hierba buena.
Te invité a todas las islas, incluso aquella que está a un costado del barranco, mitad cielo, un cuarto de luna y otro tercio de jazmín.
Te invité al agua, al azul, a la magia. Estaba dispuesta a descubrir todos los ritos para ti. A regalarte mis años buenos y comprar tus días malos, a entregarte los capullos de algodón del que crece junto a las colinas y escalinatas del templo después del maremoto. Te prometí alimentar con aceite de sésamo y cacao del Alto Camerún, ensaladas rociadas con uvas de Marcapasos y alumbradas con velas de Oriente. Te ofrecí todo el sueño, la esperanza, el color del sol en los crepúsculos, las nubes diminutas que desaparecen si se habla de ellas, el miedo, la inseguridad, elegir las constelaciones a la intemperie de un camión que recorre las montañas en invierno, proteger las espigas de trigo y algunas otras cosas más.
Y tú dijiste: No, gracias.
¿Qué será de ti, pedacito de albahaca, corazón de espejos, río de zumo de limón? ¿Qué será de ti, concha de nácar, caracol de betún, musgo de otoño? ¿Qué será de ti sin mí? ¿Qué será de ti sin la esperanza en mí? ¿A quién entregaré mis animales, mis pasos, mis caminos de caracoles, mis sombreros?
Así triste me quedaré, payasito sin circo, calavera de verano, maldito el mundo, mi corazón de espejos. Malo eres tú, pedacito de hierba buena, se terminó mi ternura, me creció una ortiga en la oreja. Y ahora debo pagar a las diosas por haberme equivocado.
Tengo una deuda grande con mis diosas ahora. La eternidad capaz me castigue. Pero no podrás, corazón de vidrio, yo me voy a lavar tu imagen de mi cara, y tendré que rescatar todos los tiempos para entregárselos a los duendes que habitan en las cuevas de Chapín, mientras los hombres duermen en Berlín. Sí, mi querido, mi sueño de dieciséis milímetros. Nunca más, mi amor. Nunca más.
Y bien. Podría decir que no me importa, que total soy libre, que fue mi decisión, que cualquiera podrá amarme más que tú, pero no. Esta tarde me voy al monumento a la guerra. Me quedaré allí por un minuto, oliendo el orín de los muchachos que beben alcohol por las mañanas, y el semen contra las mujeres que no se preñaron en la noche. Y allí voy a parir mi hijo. Un gusano de veintinueve piernas y una muleta, a quien le crecerán alas para ir a la escuela en otoño, y se educará como corresponde en las escalinatas del Foro, en Roma, donde conozco a alguien con experiencia en la educación de gusanos con muletas. Y seré feliz, con mi hijo de piel arrugadita y pechugona, de poros delgados y cataratas internas; que yo cuidaré de sus sudores y evitaré que otros intenten hacerle bromas pesadas echándole sal para disolverlo; que le compraré zapatos de lona en la KDW y un chupete de seda de Ceilán para las noches de pesadillas.

Vámonos, gusanito precioso, ya no tenemos nada más que hacer por aquí.

PÁGINA 15 – Narrativa

Cerca del río, cerca del camino

Por Carlos Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Cerca del río, cerca del camino, donde Oscar casi atropella a Ángela.
Sarita, que cada vez lo estaba sintiendo como a un extraño, interrumpió el bordado cuando le escuchó reprimir un insulto y golpear, como golpeó, la mesa donde estaba ubicada la Notebook. “¿Qué pasa?”, él negó con un golpe de cabeza y sin contestarle pareció revisar el archivo mientras murmuraba.
El viento acentuado de marzo llevaba frío en la montaña. Había un silencio extendido que sólo cortaban el ladrido de un perro y el piar de muchos pájaros. Los turistas finalmente se habían terminado marchando, como una enfermedad que se extinguiera dejando pocas huellas (escritos en las rocas, bolsas de plástico, alguna zapatilla perdida) y muchas de las viviendas que los rodeaban se encontraban cerradas a cal y canto. Un cuidador algo viejo y no demasiado eficaz alejaba a ladrones y presuntos intrusos.
Se estaba bien ahí y en todos esos días lo había visto escribir con entusiasmo, tecleo y tecleo, mientras las llamadas de España se reiteraban, perentorias, porque Conce no era tan agradable como fingía serlo: detrás de sus palabras amables -el “bonito” no se le caía nunca de la boca- había una innegable dureza. Conce confiaba en él, lo dijo de ese modo: “Confío mucho en ti”, pero era exigente, autoritaria, catalana, dueña de vidas y haciendas ajenas. Del confort que los acompañaba en el último tiempo, también.
Había expectativas. Él convenció a Conce cuando le envió el resumen de la novela y algunas de sus primeras páginas. Con todo, el trabajo era arduo dado que no podía ser un libro de cien páginas. “No quiero simple literatura, tiene que tener acción y sexo, aventura, de lo contrario no me serviría”. Había un premio nuevo, lustroso y con fuerte recompensa en euros. Ese era el objetivo. “Lo vas a lograr”, alentaba Conce a la distancia y alguna vez, como si hubiera tomado de más, hizo una ligera alusión al Cervantes. No se dio por aludido, pero las palabras de Conce llegaron justo, en un momento en que él se sentía seguro como nunca e íntimamente convencido de que iba por el buen camino.
El Cervantes… ¿por qué no? Pero por ahora antes de intentar la grande, apuntarle al premio en euros, a seguir acercando a Moisés y Virginia hasta ese final que imaginaba pero que aún no había terminado de perfilar, totalizador y un tanto apocalíptico, después que pudieran salir de la ciudad destruida, en lo alto de la montaña, cuando el coche se detuviera, ellos se amaran y él comprendiera que no había un paso más para ninguno de los dos.
Estaba bebiendo considerablemente menos y eso le daba esperanzas a Sarita, que siempre temía por el exceso de vino y las consecuencias: sus arranques, sus rabias demoledoras. Ahora se contenía y mientras tomaba gaseosas sin azúcar tecleaba y tecleaba y cada tanto enviaba sus páginas a Conce, para que le diera eficaces y comerciales consejos, porque él venía de la poesía y a veces desbarrancaba, se metía en meandros literarios, nada permitidos. “Al premio lo tienes ahí”, le dijo Conce luego de haber leído nuevas y recientes páginas que le envió por el correo electrónico.
La noche anterior había sido sorpresiva para Sarita, que se vio gratamente asaltada luego de varias semanas de abstinencia. Él estuvo fuerte y agradable al mismo tiempo, la besó, le hizo caricias, la llamó como la llamaba antes, tan antes que Sarita había perdido (casi) los recuerdos. Después, mientras los cuerpos descansaban de la gimnasia inesperada le contó, parecía una confesión, que estaba muy cerca del final. “Lo tengo ahí”, dijo remendando a Conce quizás sin darse cuenta y pareció César a punto de conseguir el Imperio.
Conce dio la voz de alarma, aunque cuando llamó no parecía que fuera así, al comunicarse cuando en Madrid era cerca del mediodía pero acá no pasaba de las seis de la mañana. Estaban muy dormidos y el llamado los alteró, como si alguien terminara de sacar un cuadro de su ubicación habitual. Conce contó que se le habían perdido parte de los archivos enviados por el e mail. “No te preocupés, ya te los repito”.
No lo hizo de inmediato. Se volvió a dormir y sólo después de la ducha y el desayuno caliente y abundante, en la montaña el frío se hacía sentir a pesar del comienzo del otoño, se dirigió a su Notebook y fue al rato, mientras Sarita retomaba el bordado y se quedaba todavía pegada a las sábanas y a lo que había pasado sobre ellas, que él golpeó en la mesa y comenzó a murmurar.
Desde ese momento empezó el desasosiego, la irritación y el enojo por nada. Sarita temió que volviera a beber y debió imaginar qué le estaba ocurriendo, porque cuando se enojaba se volvía un tanto irracional y lo mejor –la experiencia a veces es buena consejera- era no preguntar. El problema radicaba en el escrito, pero ella ignoraba de qué se trataba.
Estaba cambiado, demasiado para su gusto, pero vivían distinto y mejor desde que Conce tocó a sus puertas. Ellos, por ejemplo, jamás se hubieran podido permitir la compra de la carísima Notebook ni el ocio de los meses en la montaña en una casa amplia y también cara. Él debió cambiar la perspectiva de sus textos, ajustarlos a lo que Conce, a la distancia, iba más ordenando que sugiriendo.
Sarita no era ducha en informática pero, igual, aunque lo fuera, no hubiera podido acceder a sus archivos porque estaban todos protegidos, encriptados, a ellos se accedía sólo por claves. Debió limitarse entonces a observar su creciente crispación, comprobar que no seguía con el tecleo y que, cuando lo llamó Conce porque no había recibido el prometido correo, comprendió que le contestaba con evasivas, aludiendo a problemas técnicos que -era evidente-, iba inventando sobre la marcha.
No escribía, pero revisaba la Notebook y se enredó en varias y extensas, y tensas, llamadas telefónicas a larga distancia, a su ciudad, donde vivía Jorge, el único técnico en el confiaba. De las llamadas, fue también evidente, no sacó nada en limpio. Lo sorprendió varias veces despierto en la madrugada, dando vueltas o bien revisando su computadora de escritorio, ese ordenador, como lo llamaba Conce.
En el último tiempo dejó mucho tras de sí, en sus obras ajustó y volvió más mundanos a sus personajes. A Sarita le gustaban más sus primeros libros, menos sujetos a las Conce y a las disposiciones del mercado, pero nunca se lo dijo. Tampoco entendía lo del premio. Si iba a participar con seudónimo, uno entre cientos, ¿cómo Conce estaba tan segura del triunfo? Un triunfo que iba a tener que ser compartido: “De lo que saques, la mitad se queda acá”, le dijo sin tapujos.
Claro que no podían pagar la casa en la montaña, que tenía precio de oro a pesar de la baja de la temporada. De eso se encargaba Conce, “confío en ti”, pero sin duda cambiaría rápidamente de opinión si se enterara que él había suspendido el tecleo, que había entrado en una peligrosa etapa de frustración y furia. Que había fuerte tormenta en ese refugio de la montaña, mientras la fecha del cierre del concurso estaba esperándolo a la vuelta de la esquina.
Le escuchó decir “de la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”, después bajó la voz pero siguió leyendo el papel en el que había escrito varias veces y a medida que revisaba, al parecer, el archivo de la Notebook. Después se levantó y pasó al patio, desabrigado a pesar del frío, pero nada le dijo. Su mayor temor no era tanto que se enojara, sino que se intentara buscar la respuesta en la botella. Ella se había cuidado de que no quedara ninguna en la casa, pero el autoservicio estaba a pocas cuadras y permanecía abierto a pesar de la ausencia de turistas.
La inercia siguió y Sarita casi se descompuso cuando él dejó de atender el teléfono y se negó a hablar con Conce. “Decile que viajé”. Conce no se lo creyó y la conversación terminó abruptamente cuando la española cortó con violencia y sin escuchar sus explicaciones.
A las cuatro de la tarde lo sorprendió empacando un bolso con rabia y consultando su reloj. Lo del viaje era un misterio. “No me digas que pasa si no querés, pero al menos necesito saber adónde te vas”. Él refunfuñó, pero terminó diciendo “a Salta” y no quiso agregar ninguna palabra más.
Le dio un beso convencional mientras el taxi del pueblo esperaba en la puerta. “Te llamo”, se limitó a decirle. “¿Y qué le digo a Conce?”. Vaciló un poco antes de subirse al auto. “Que ya la voy a llamar”, dijo. Su cara revelaba fastidio. Y un notable abatimiento.
Sin ningún interés lo vio partir y se sintió despidiendo al que va a morir.
De Salta, varios días más tarde, recibió la primera llamada. Estaba obligada a atender al primer timbrazo del teléfono pero temía que fuera Conce, expeditiva y seca, mandona y distante: “No entiendo lo de este viaje, ¿no habrá vuelto a beber?”. Ella le aseguró que no, le dijo que la Notebook al parecer presentaba problemas. A lo mejor, se animó a suponer, viaja para tener más claro el final de la historia. A veces, se arriesgó a decir, es difícil.
“No se trata de una cosa de chavales, dile eso a tu marido y recuérdale que no soy paciente. Y que hay otros a los que también les interesa el premio”. Conce no le dio la oportunidad de cortar.
La voz que llegaba de Salta, si es que estaba en Salta, no develaba al borracho, pero sí y en cambio al deprimido, al que había vuelto a perder. “Acá no encontré nada”, dijo pero no fue más allá. “Te volveré a llamar”. Colgó. La dejó con la pregunta de por qué Salta, por qué interrumpir el trabajo. Se había llevado la Notebook. Se sentía sola, abandonada, comprendía que para él, en la actual vida, ella no tenía la menor significación.
El segundo llamado la sorprendió todavía más, porque después de cierta reticencia terminó confesándole que estaba en Misiones. Fue breve la conversación en la que hubo total ausencia de aclaraciones. “¿Tenés plata suficiente?”, se animó a preguntarle y él asintió con un “sí” escueto. Le mandó un beso y cortó la comunicación.
La tercera vez, cuando le contó que se encontraba en Merlo, en San Luis, tuvo la visión del viejo algarrobo, 800 años de antigüedad y un retorcimiento de ramas que le dio espanto. Tuvo la visión de la plaza con su antigua iglesia y sintió una fuerte angustia.
Cuando a la cuarta vez llamó desde Mar del Plata supo, pero no lo quiso saber, el porqué de los viajes apresurados y aparentemente absurdos.
Está loco, se dijo. Y decidió no atender más llamadas de Conce mientras se preguntaba cómo haría para ubicarlo, para volver a reunirse con él antes de que su cordura terminara desintegrándose.
- Me costó ubicarte.
Es un grupo de árboles que se recorta contra el estrecho río. Más allá están las islas. En este lugar el calor todavía persiste, como persisten los pájaros con sus estridencias. Hay gente en la playa, hay pescadores, pero nadie se baña porque es baja la temperatura del agua. Por ese camino anduvo Ángela. Y por ese camino apareció Oscar, “alto y flaco y de poco hablar”, como lo describió. ¿Cuánto hacía? Un mundo, una vida entera.
Le habla al aire, le habla al exacto lugar libre que dejan el paraíso y el eucalipto, añosos, enormes como no lo eran cuando pasó por allí con Sarita. Eran las primeras salidas, eran jóvenes, él se estaba alejando de la poesía y escribía sus primeros, tímidos, relatos. Oscar le dio una cachetada limpia y certera a Ángela, que cayó desmayada en ese mismo camino. Después la salvó.
- Aquí estoy.
Dice una voz. A lo mejor lo dice.
- Creí que era un virus, pero Jorge me hizo hacer varias pruebas, hasta me mandó por mail un antivirus potente, actualizado. Bajé otro de Internet. No era un virus. Perdí páginas, perdí un montón de tiempo. Me estás haciendo perder la razón-, le dice al aire.
- No lo voy a hacer.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Una parejita de novios pasa frente a él mirándolo en forma insistente. Advierte que ha estado hablando en voz alta y eso lo perturba, ¿pero qué no lo hace? Sin saber que Sarita también lo piensa cree que ha enloquecido.
- Cuando me convencí, sigue diciendo o imaginando que lo dice, pensé que en Salta podría encontrar una explicación. Yo no conocía Salta, para escribir la novela me manejé con planos e información turística, era suficiente para mis intenciones. Me pasó lo mismo con Misiones, con la casa de Horacio Quiroga y las ruinas jesuíticas.
Por donde anduvo Julián buscando noticias de un hermano que había sido guerrillero y que después terminó perdiéndose en la selva.
- No tenía sentido, por supuesto. Estuve también en Mar del Plata.
En las mismas playas donde Abel armó, con retazos de lo que había pasado en su vida y en la vida de los demás, con lo imaginado y con lo vivido con Miranda, esa mujer de edad madura, su libro de poesías. “Un libro que no vendió nada, un fracaso”. Conce no había querido saber nada con una posible reedición. “Ni con tu nombre puedes levantar semejante error”.
- Pensé y pensé. Demasiado. He vuelto a tomar. No sé qué me hace hablar de estas cosas. Supongo que el vino.
No se lo ve bien, barbudo, desaliñado, incoherente con su arrugada ropa de calle en ese lugar de descanso donde los hombres andan con bermudas y las mujeres con mallas mínimas. Posiblemente no comiera desde varios días atrás, no es algo que le importe.
- Entonces me acordé del cuento, el camino, Ángela.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Oscar es alto y de tez oscura, un muchacho aindiado, telúrico, como lo llamó. Julián, bajo y de anteojos, en Misiones, tuvo que superar las dificultades que le presentaba su cuerpo enfermo. El tercero, Abel, el que anda por Mar del Plata, usa bigotes, le gustan las pizzas y la cerveza, tiene tendencia a engordar. El de Merlo escribió también poesía y con él no llegó a nada, a punto tal de que no le encontró ningún nombre.
El que buscó al general en Salta y se vio metido, Conce mediante, en una intriga de desaparecidos de la dictadura y de espías internacionales, se llama a veces Daniel y a veces Raúl, pero de él no vale la pena hablar. De Salta, piensa, es de lo que no vale la pena hablar.
Sintió mucha vergüenza al recorrerla, nada se parecía a la Salta de su novela, una Salta que inventó a instancias de Conce, porque él deseaba una geografía más conocida. Pero pese a todo, hasta en Salta vio su libro y en otra librería, donde preguntó por él, le dijeron que se había agotado, “pero si vuelve mañana se lo conseguimos”.
Siente vergüenza ahora, al hablar al aire.
Saca un papel arrugado y lee: “De la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”. Y agrega: “Todo eso me falta, ha desaparecido”. Y después de una pausa: “Te necesito, debés volver”.
Dice o piensa, da lo mismo, que debe terminar el trabajo, que está lo del premio, que está Conce. No lo piensa, pero debajo de su pensamiento aletea el Cervantes.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Está bien, tirémonos al mar: Explica el plan de obra, habla de las vicisitudes que afronta Virginia, la hija del terrateniente (cuando dice estas palabras de nuevo lo cubre la vergüenza), comenta lo de la polución, el smog, el efecto invernadero (“eso sirve -lo alentó Conce- te da la pátina de progre que aún no tienes”), de los negocios turbios de la ciudad –que no es ninguna ciudad, que puede ser cualquiera-, que todo conduce al desideratum, al final de las cosas. Que quedan solos. Que Moisés lo comprende. Y que no habiendo más, corresponde que termine con Ángela, para que deje de sufrir.
- No la voy a matar.
Insiste la voz. A lo mejor lo dice.
Lo buscó en Salta, cuando sólo quedaban restos de lo que fue, y con mayor entusiasmo en Misiones y en Merlo, después en Mar del Plata, porque ahí –creía- había sido el comienzo. En la soledad del hotel, cuando iba por la segunda copa de la segunda botella, aceptó que en la intriga marplatense, en ese viaje por la poesía y en ese encuentro de esa mujer mayor con el muchacho, había mucho de él. Después fue el encuentro con Conce, el éxito de la novela salteña, lo que de inmediato ocurriría no bien obtuviera el premio internacional.
Pero, lo entendió de súbito en una madrugada atroz, el verdadero estaba en otra parte, en las poesías que escribió y que nadie publicaba, en las copias que repartió entre amigos, en las lecturas que le hacía a Sarita. En ese primer cuento, que tanto la conmovió, donde Oscar se jugaba la vida por Ángela, cuatro paginitas, su primera historia.
Lo convocó para la historia marplatense y haciéndolo un poco más grande y más robusto trocó el Oscar por Abel. Fue el de Misiones y a pesar de estar tan cambiado, fue también el que resolvió los misterios salteños. Fue durante mucho tiempo, casi hasta el final, Moisés.
Pero Moisés no va a matar a Virginia. Porque Virginia es Ángela y todas las demás.
Lo ha encontrado, es una manera de decir, en medio del eucalipto y el paraíso, cerca del río, cerca del camino donde Oscar casi atropella a Ángela. Está ahí, férreamente ahí, no se va a mover.
Le sigue hablando al aire, sus palabras vacilan como su cuerpo vacila a causa del alcohol, el premio, Conce, la casa en la montaña, Sarita (ah, sí, Sarita), las cuentas y la Notebook, el inminente viaje a España, el plazo inexorable. ¡El Cervantes!
- Todo perdido. Todo, absolutamente todo.
Le responde el silencio.
Está destrozado. “Estoy destrozado, destruido. Me arruinaste para siempre”.
El silencio se prolonga hasta, en un momento, parece que el aire algo mueve.
- Quizás te terminé salvando.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

La Vía Mística
Para Latif Bolat

No tienes que deberme
para conocerme.
No tienes que tenerme
para amarme.

No tienes que verme
para estar conmigo.
No tienes que abrazarme
para tocarme.

No tienes que desearme
para acariciarme.
No tienes que callarme
para escucharme.

No tienes que poseerme
para dejarme libre.
No tienes que preguntarme qué
quiero que seas.

No tienes que hacer nada.
Yo no tengo que ser nadie.

Sólo hay un encuentro, un saludo:
El cielo, los campos, la puerta abierta.

Ron Ridell (Wellington/Nueva Zelanda)

Guatemala/Lluvia

Serbare (in memoriam)

Vivo la vita
ricordata dalla mia bisnonna.
Lei in me amò e deluse,
appese le viscere al vento,
spazzò il pavimento con i capelli.
I suoi piaceri tolsero la polvere dalla cassapanca,
si mise a letto con la mia stirpe.
Io, invece,
viaggerò con valige cariche dei suoi sogni,
sussurrerò all’orecchio
dei suoi amanti,
farò il bagno nell’acqua calda
che lei tanto desiderò,
mi laverò la sua faccia con mani
inschiumate di sapone prezioso,
mi metterò la crema sulle sue gambe
per idratarle dopo questi
cent’anni d’oltretomba,
mi dipingerò le sue unghie di
smalto scarlatto
e andrò a letto con i suoi progenitori.

Verrà il passato e
mi troverà morta
con i capelli sparsi nella polvere
e le dita dei piedi
smaltate di rosso.
E contenta, Dio mio,
contenta.

Guatemala/Lluvia

Guardar (in memoriam)

Vivo la vida
recordada por mi bisabuela.
Ella en mí quiso y defraudó.
Sacó las entrañas a colgar al viento,
barrió el piso con su pelo.
Sus placeres quitaron el polvo de la cómoda.
Ella se acostó con mi estirpe.
Yo, en cambio,
viajaré con la maleta cargada de sus sueños,
soplaré en el oído de
sus amantes,
me bañaré en el agua caliente
que tanto añoró
me limpiaré su cara con manos
espumosas de jabón fino,
me pondré crema en sus piernas
para hidratarlas después de estos
100 años de ultratumba,
me pintaré sus uñas con
esmalte escarlata
y me encamaré con sus progenitores.

Vendrá el pasado y
me encontrará muerta
con el pelo enmarañado en el polvo
y los dedos de los pies
esmaltados de rojo.
Y contenta, por Dios,
contenta.

Silvia Favaretto (Venecia/Italia)

Accidente

Apoyó su elegante portafolios
sobre una mesa impecable
de cristal.
Lo abrió despacio,
exhibiendo sus manos de pianista,
sacó su contenido lentamente
y lo puso sobre la mesa con pulcritud.
Dejó los excrementos secos
a un lado,
los pañuelos usados al otro,
separándole los mocos.
Todo ordenado.
Luego,
sacudió con fuerza el maletín
y tiró a la basura las virutas muertas
del último raspillado doloroso.
Finalmente,
volvió a colocar las cosas en su lugar,
cada una en su sitio.
Hizo sonar el clic del maletín
y salió dignamente a la calle.

Jesús Quiroga (Vigo/España)

Mentiras piadosas

Te mentí cuando te dije
que buscaba sexo sin complejos
cuando dije
“no te quiero”
Cuando cerré los ojos
para que no vieras
mis sentimientos
Cuando casualmente
recogí mi ropa
y aspiré muy hondo
tu perfume para
llevarlo muy dentro
Cuando dije no a las ataduras
y sin embargo por dentro
temblaba con tus besos
Cuando me despedí
con un beso ligero
cuando quería aferrarme
a tus labios
y acariciar tu lengua
sin soltarte jamás
hasta el próximo encuentro
Te mentí cuando dije
que no era nada
que el sexo era sólo eso
Sexo
Te mentí cuando la realidad
es que ya formabas parte
de mi universo
Te mentí
con descaro
con todos mis miedos
Te mentí
Te mentí cuando te dije
que quería sexo sin complejos

Silvia Cuevas (Sydney/Australia)

La guitarra
Homenaje a Víctor Jara

Igual como
un caracol roto en la orilla,
fragmento
de sonido y brillo
en septiembre
bajo los cardos
del recuerdo –

Un cántaro
lleno
de la oscuridad
del silencio definitivo –

Esa guitarra
una muralla
de orgullo y canto,
construido contra el sufrimiento,
contra la soledad,
contra el olvido.

Esa guitarra
que nadie más sabe tocar
sin que toque
la cuerda del dolor.

Ulrich Grasnick (Berlín/Alemania)

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Tradición cultural e identidad lingüística

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

Mi primera observación es que el tema de este encuentro, identidad y tradición, ambas nociones referidas al español, se inclina peligrosamente a un tratamiento retórico de lo obvio, que procuraré soslayar. Una lengua hablada por 400 millones de personas, una lengua en donde no se pone el sol, desde las Filipinas hasta México, desde La Cruña hasta Tierra del Fuego, no necesita documentos de identidad. Y en cuanto a nuestra tradición, nuestra tradición se llama el Arcipreste de Hita y se llama Jorge Manrique, se llama Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, se llama García Lorca y se llama García Márquez, se llama Gabriela Mistral y se llama Violeta Parra, se llama Jorge Luis Borges. Vaya si tenemos tradición y si nos sobra identidad.
Dos objeciones se pueden alzar contra esta afirmación tan contundente: una falsa y otra cierta. La falsa se refiere al hecho de que el español de nuestro de estos días vive amenazado en su identidad bajo una avalancha de términos tecnológicos y financieros que vienen del hemisferio norte. Contra las voces alarmistas que se levantan en este sentido, entiendo que la identidad del español no sufre en este trance mayor peligro, del mismo modo que la identidad del inglés no corrió riesgos con la enorme proporción de términos románicos que se incorporaron a su léxico. Antes bien, el inglés se enriqueció, se matizó y flexibilizó con estas influencias, para su propio brillo y ventaja.
Por el contrario, creo que la identidad se construye en el diálogo con lo otro, y que en ese sentido tenemos una ventaja sobre el inglés, que es, por su volumen y expansión, nuestro interlocutor natural en occidente. Esa ventaja consiste en que la mayoría de los hispanohablantes “cultos” de esta generación conocen el inglés, es decir, lo hablan o lo entienden, mientras que el anglohablante nativo no conoce el español, por regla general.
Ésta es la ventaja con que cuentan los invadidos frente a los invasores, la misma ventaja que hizo del territorio romance un semillero de lenguas magníficas frente al latín imperial.
El monolingüismo es una suerte de monoteísmo fundamentalista que no favorece a sus creyentes.
Y como entiendo que la pregunta fundamental para asentar nuestra identidad debe ser, no ¿Cuántas lenguas habla Ud.? sino ¿Cuántas lenguas escucha Ud.? pienso que nuestro oído es más rico y más fino, del mismo modo que una persona adquiere mayor conciencia de su identidad cuando descubre y acepta en ella misma los componentes del otro sexo que también la habitan.
Lo que sí preocupa es que detrás de la cortina de humo de la discusión sobre purismo y bastardía en el léxico, se soslaya una discusión más importante acerca del verdadero receso que estamos experimentando en manos de los mercaderes de la cultura y de esos poderosos almaceneros que son los dueños de la publicidad, los mandarines de las grandes firmas discogáficas que ensordecen al mundo y los ejecutivos de las grandes editoriales en toda la extensión del mundo alfabetizado. Más grave que el que nuestros adolescentes digan chatear es que crean que la Coca-Cola es una bebida imprescindible, el popocorn un alimento nutricio y Titanic una gran película. Más importante que el número de anglicismos que se infiltan en el español es la desproporción entre la venta de bestsellers anglosajones impuestos por una maquinaria de publicidad abrumadora y el número de libros en español que se traducen y publican en inglés. Hay en este sentido una iniquidad permanente, un lavaje de cerebro planetario sumamente eficaz que nos está barriendo en nuestra capacidad perceptiva crítica, no ya como hispanohablantes, sino como seres humanos sensibles y pensantes: y esto sí es grave y denunciable, y urge abocarnos con toda nuestra fuerza y lucidez a esa denuncia.
No es la tradición ni la identidad del español la que está en causa en estos momentos. Lo que está en causa en todos los rincones del planeta es la sobrevivencia de la palabra humana: la palabra bantú, la palabra guaraní, la palabra china, la palabra irakí, la palabra vasca, la palabra francesa, la palabra catalana. Lo que está en causa es la subsistencia de la mera palabra, la que todos los días debe levantarse y lavarse la cara ante las innumerables toneladas de basura que le arroja la televisión chatarra, la prensa cipaya, la radio obscena, la música ensordecedora, la propaganda letal. Los medios son los artífices ciegos y eficaces de un mundo en que un lenguaje sordo y pertrechado de frases hechas y mentiras, nos quiere obligar a ser esclavos del trabajo a destajo, autómatas de la información planificada y consumidores incondicionales de bienes superfluos.
El brillo de la palabra verdadera, la palabra gratuita, inagotable, la palabra poesía, la palabra creativa, la palabra humor, la palabra solidaria, la palabra placentera, ese brillo es insoportable a los ojos de los fabricantes de muerte que nos rodean y acorralan. Por eso han desaparecido los fogones del cuento nocturno, por eso se ha desarrollado la monstruosa industria del entertainment, por eso las letras de las canciones más hermosas se ven arrasadas y remplazadas por los alaridos de una lírica metálica y despiadada que sólo ensordece y aturde el corazón de nuestros chicos. Por eso y porque los traficantes de estrépito temen que de los fuegos de la palabra resucitada se vaya encendiendo la crítica implacable que merecen.
Si la primera objeción resultaba irrelevante pero ocultaba una amenaza cierta, de carácter más general, la segunda objeción se refiere a un peligro verdadero en cuanto a la tradición e identidad particular del español. Se trata del destierro de los poemas aprendidos de memoria en la escuela, un olvido que atenta en verdad contra nuestra identidad y nuestra tradición más profundas. Los mismos que dicen que los niños no deben aprender de memoria y han desterrado la enseñanza de la poesía en las escuelas –en primer lugar, porque son incapaces de enseñarla- son los que imaginan que la memoria es una propiedad de la computadora, sin entender que la computadora es sólo una simulación de la maravillosa memoria humana. Son los mercaderes de la electrónica y también los empresarios de las fúnebres pompas del lenguaje, los enterradores oficiales del verbo. Hay que denunciarlos, hay que hostigarlos, hay que remplazarlos. Hay que rescatar la poesía, nuestra espléndida poesía, de las mazmorras a las que la somete una mal llamada cultura sin imaginación y sin amor. Hay que reimplantarla no sólo en los programas escolares sino en los medios masivos de comunicación y en la mente y el corazón de todos los hispanohablantes.
La lengua española, única en crear un romancero popular e inmortal que todavía en la Argentina nos alumbra, así como nos sonríe en los cantos de nuestros payadores, la lengua española, única en las posibilidades inmensas de sus hermosas y fluídas rimas asonantadas, tiene mucho que decir en esta batalla. Desde su tradición deslumbrante, incuestionable, y de su identidad en permanente recreación, desde su vigencia planetaria y su vitalidad poética formidable, desde la gloria de sus escritores famosos y la originalidad de sus escritores y hablantes desconocidos, el español debe llegar a ser una lengua consciente de sus poderes, a la altura del desafío que nos amenaza. Por algo en ella flamea, vecina etimológica de la espiga y del esperma, la preciosa palabra esperanza.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL ESCRITOR

20070617003038-quim-fabregas-tapa.jpgGACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL – JUNIO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la obra fotográfica de
QUIM FÁBREGAS (Barcelona/España)
Fotografía: Serie Visión de Gambia

PÁGINA EDITORIAL

A manera de recordatorio por el Día del Escritor

"Cada día del año es un regalo que se ofrece a un sólo hombre: el más feliz de todos. Todas las demás personas utilizan el día de éste para disfrutar del sol o reprender a la lluvia sin llegar a saber nunca a quién pertenece en realidad ese día, y a su afortunado propietario le complace y divierte tal ignorancia. Una persona no puede saber de antemano qué día exactamente le va a tocar, qué nadería va a recordar siempre: las ondas que formaba el reflejo de la luz del sol sobre un muro al borde del agua o la caída en espiral de una hoja de arce; y sucede con frecuencia que reconoce su día sólo de forma retrospectiva, mucho tiempo después de que haya arrancado, estrujado y echado debajo de su escritorio la hoja de calendario con la cifra olvidada."

Vladimir Navokov "El Elfo Patata"

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Sonata en Mí menor

si logro plasmar lo más querido
y sacro ante todo, la poesía,
entonces sonreiré satisfecho a las feroces
sombras, aunque debiera dejar
en el umbral mi voz. Un solo día
habré vivido como los dioses. Y eso basta.
Friedrich Hölderlin

Me gustaría pensar que
tantos ensueños podrían ser verdad
el fascinante hechizo de la luna allá
viajando sobre el agua
pero estoy siempre de pie aquí
sirviendo carne asada y
verduras frescas.

Domingo al mediodía ahí
mar verde veteado de bolero el mar
con gris marrón y otra lomada gris
por la soberbia libertad del sol
durmiendo entre las nubes.

Y así otra vez salto de rana en
verde sereno rumba mar el mar
y yo moviéndome de acá a allá
sin otro medio para ser que ser
cuaderno y lapicera.

Las letras se acomodan con
ruidosa, impaciente soledad
por un ruidoso auto que pasó y se fue
apenas hace un rato y ya es ausencia
mientras la blanca luna es una barca
en el dulce mar
dónde quisiera estar no sé pero seguro no aquí
salando y pimentando.

A lo mejor me gustaría ver un bello ser
un bello ser que esfume mucha luz
bajando de lo alto
si cierta es que bella y esencial y alta es
la luz que busco.

No tengo mazapán para poder comer
poder comer llenar la boca de
estrellas dulces
a cambio un rubí caliente y leve es
el breve vino tinto que también se va
como la vida.

Y pienso que me aliviaría ver la luz
no sé si fuera o si dentro en mí
pero enraizada en algo
para no odiar sentir que no interesa ya
si estoy sujeta día a día aquí
lavando la vajilla.

O a lo mejor quisiera un ser que me hable a mí de mí
que yo le hable a él de sí
que diga qué hago yo aquí
los brazos inmersos en lejía
si es un misterio la belleza del cristal de sal
si es un misterio el calor del sol
si mi presencia inútil banal
pero única en el mundo.

Quisiera hacer de mí un ser con ser
saber cómo se armó y por qué
mi código genético
alzar bajo la voz hasta por fin hallar
el cántaro y su ollero y así entender
causa y efecto.

Abrir sin más mi corazón
gritar
aunque no fuerte
no
gritar despacio y preguntar por qué
por qué razón existe el mar
un mar sin verde mar y con
esta rutina
de andar de un lado para otro
ir
andar y hacer las compras

de levantarme y acostarme hoy
sin esperanzas de saber ningún por qué
si existo realmente en algún lado o soy
si existo realmente en este sitio y soy
dónde el comienzo de la historia
dónde el final si es que hay algún final
si espera andén y tren en la estación
porque no puedo creer que cerca o lejos no esté Dios
para poder hablar con él
porque seguro ha de saber por qué
por qué yo estoy buscando aquí
buscando al ser que duele en mí
bajando hasta sellar la voz
sacando el corazón de un cajón con miel
callando y no saber por qué
por qué razón existe el mar
el mar verde veteado gris
la luna hechizo arriba allá
mirándose Narciso en sí
el sol cambiando el agua de color
el tiempo huyendo con o sin reloj
Mozart y la Sonata en Mi menor
y la rutina
de hoy igual que ayer andar
de un lado para otro sin
que entienda nada
si el mundo se parece a nuestra cárcel sí
celdas individuales sin color rubí
en un entorno de mar sin coral
ni espumas blancas.

Quizá los Andes sean de papel
las flores todas nazcan en abril
y el viento Norte sea helado
porque no sé qué es la libertad
aún no sé qué es morir
pero a consciente lucidez
amo la vida
no importa si en el inicio está anidado el fin
si suena inútil preguntar por qué
por qué esta vida
de andar sin rumbo de acá para allá
atroz rutina levantarme y acostarme hoy
no sé mañana
si toda infancia ya lució y se fue
dónde mis padres han de estar no sé
dónde el jardín con el damasco aquel
por qué razón se esconde de dolor
el corazón en un panal sin miel

Si las montañas nacen en abril
las flores frescas se hacen de papel
si está veteado de bolero y rumba mar el mar
si el día de hoy es más igual que ayer
mañana es nunca y también es hoy
si es un misterio el fin en el comienzo de
si en el inicio está marcado el fin
por qué la vida.

Ketty Alejandrina Lis (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Otro destino.

La luna corrompió los cuerpos
y después de muchos años,
el fuego brilló, fatuo,
en la fosforescencia de los huesos.

Sólo el páramo fue testigo de aquel duelo,
de aquellas mutuas muertes de los dos hermanos.
El páramo y una mujer, la intrusa,
que supo desviar a tiempo su destino.

Borges no llegó a enterarse.

Marta Rodil (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

creo que ya no amo, pero siento
y lo admito sobrio de edad y tiempo

aunque nada seguro
pues todo cae inerte

vivo esperando la contraorden que diga:
“Te equivocas, y pagarás caro tu resentimiento”

qué difícil es amar sin vendarse los ojos

sin escupir verdades falsas
que luego harán de los años sacos rotos

qué difícil es el camino si se camina

tan difícil como darse cuenta del amor
cuando falta todo

Diego Ferrero (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

En Lanzarote

Este círculo de hierro
forma perfecta de ausencia
es límite del vacío tolerable
que atrapa e inmoviliza
como espejeantes ojos
de serpiente.
Más allá el sol cubre encalado paredes rugosas.
Otros evadieron bordes
crearon juguetes con el viento,
inundaron de luz ,encapsularon cascadas
convirtieron en paisaje la dura piedra que evidencia
que aquí hay un volcán.

Quedará para nosotros
crecer en huecos como estas vides
esperando que una boca nos reconozca e instale
en nuestra lengua el cráter
que libera montañas de su fuego.

Antonia Taleti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Desde la otra ventana… el sol

Entonces,
era nada más que una pequeña voz
acallada hacia el alma,
morada y temblor de un grito amargo,
casi desconocido;
y mis manos,
altares de ceniza inconfesada,
se apretaban en repetido intento
de plegaria.
Era un sollozo leve,
desovillando tramos de mi infancia,
lenta angustia otoñal de un tiempo
desierto,
reiterándose en tantos sueños descalzos
lágrima en lágrima.
Entonces me buscaba honda y mansamente,
y mansamente,
murmullo de follajes ausentes,
con soles desgastados y una lejana heredad de alas.
En el territorio del viento y la nostalgia
la urgencia solemne
de caricias adormecidas.
Pero aún me quedan raíces,
y un lento olor a savia,
y una ventana azul en el camino
y quizás generosa,
una mañana.
Y algún hilo de luz
y eternidades,
volviéndome a una osadía nueva y desbordada,
en la tarde de marzo,
apenas detenida.
Desde la otra ventana… el sol,
otro sol
y la amarga dulzura de la espera.

Teresita Testa (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

El segador

Por Adrián N. Escudero (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

A la Esperanza. En especial, al Poeta y Diácono, Amílcar Torre, in memoriam...

Ayer vino a visitarme. Pero, ciertamente, me costó reconocerlo.
Por supuesto, tocó timbre, esperó que alguno de nosotros atendiera, y luego dijo: “¿Está el dueño de casa?”.
Es decir, yo. O lo que yo representara en aquel momento.
Había elegido un día especial para la visita. No había lluvias ni relámpagos eviscerando la penumbra de la noche, o acortando la tarde, u oscureciendo la mañana, como uno hubiera podido imaginar.
Era, en cambio, un día de brillos luminosos, de una humedad pulposa que enrojecía nuestras pálidas ventanas, abiertas o clausuradas a los cuerpos vivos de las otras gentes que circundaban la zona brotada de verde, apenas desviado el sol de su cenit, con las casitas blancas y más blancas del barrio Las Flores II, con árboles de sombras apenas asomadas, y el bullicio jocoso (también apenas), ingenuamente vituperado por la alegría redonda de una pelota de fútbol maltratada, o injustamente interrumpido por la norma culinaria del mediodía que, por los domingos, adelanta su orgía de olores carnívoros y sabrosos.
Porque la protesta a los padres que llaman siempre se da; aunque luego no queden ni rastros de rito milenario del almuerzo amasado por las manos de mamá.
Vino a visitarme, dije. Abrió el más chico, después atendió ella, y, al final de un pequeño introito en que las mujeres adelantan a los esposos el quién es, el qué quiere, el que si viene o no viene mañana, o nunca, el que si se hace tal o cual trabajo, o si se puede o no prestar el diario de la noche, o cosas por el estilo, atendí yo. Insisto: de inmediato no habría de advertir su verdadera identidad. Pero...
... Me estremeció su aspecto. Parecía haber bebido mucho; quizás hasta algunos instantes antes de llamar a mi puerta. Después pensé que era por necesidad. Necesidad de evadirse de una realidad que lo oprimía, a la que no pertenecía, y contra la cual luchaba desesperadamente. Y todo aquello que correspondiera a esa realidad debía segarlo...
El cabello, hirsuto; revuelto como un mar de tormentas o un nido de cuervos. Endurecido, grasoso y maloliente. Hedía desde cada hilo de sus vestiduras desgajadas. Un cristo deshecho. Marginado. O un arquetipo de hombre soslayado por la vida. Menudo y fláccido; un manojo de venas mudas y secas, alargadas en un gesto gris violáceo, fulminante. Colgando de esas venas sin savia, dos garras ciñendo “aquello”. Largo y afilado. Amenazante y curvo.
“¿Puedo cortar el cesped?”, dijo. Y entendí que mi hora no había llegado todavía.
Es que ante mis ojos, el pobre cristo se debatía por una limosna misericordiosa, y el corazón de mi familia se había estrujado por aquella semblanza pordiosera. Humillada.
¡Hermano!, dije para mis adentros. Y una lágrima me recorrió voraz la intimidad del alma, marchitándola. Secó mi garganta al abandonar el lugar donde moraba, y apagó mi voz cuando le dije: “Sí; puede”.
Mis chicos (que son cuatro, o cuatrocientos, de cómo juegan y gozan de la vida) lo rodearon, y luego comenzaron a tocarlo y a azuzarlo sin percatarse del peligro que guiñaba desde “aquello”, con cada movimiento del brazo nervudo que, feroz, cumplía su tarea. Mientras tanto, el Segador forzaba una sonrisa complaciente, como esperando su oportunidad, esta vez, por alguna razón postergada...
Como hojas de otoño, incómodas y amarillas, caían rendidas a sus plantas de arpillera unas pisadas leves festejando (chas) la audacia del bastón de mando (chas), que oscilaba (chas) y oscilaba (chas), yendo y viniendo (chas), y haciendo florecer como claveles del aire suspendidos a centímetros del suelo, aquellos ramilletes de brotes muertos de carne verde destrozada, con alguno que otro yuyo de mala fama entremezclado.
Sudaba doblemente. Por el trabajo en sí y sus escasas fuerzas de existencia desnutrida -desvaídas bajo el sol de enero mortificando a pleno a la ciudad toda-, y por ellos. Mis chicos. Tontamente perversos. Brincándole al borde justo de aquel filo de navaja enardecido, que cepillaba sobras de malezas jerarquizadas por la estética de moda en los countries de fin de semana.
Un llamado de ella (mi esposa) lo alivió. Corrieron los críos a devorar el almuerzo, y, con el último jadeo, concluyó la tarea. A medidas, eso sí.
“Después, con la tijera, termino de pulirlo yo”, le digo con honesta ternura. Demasiado presuroso su trabajo, había prácticamente desmantelado el –hasta ayer- cuidado solar. Por el vino, por la edad, el hambre o los chicos. Desmantelado.
Sonrió de nuevo, e insistió con la voz grave y gangosa de su inocultable beodez: “No. No; deje patrón, que yo se lo termino bien, Va a ver. Me gusta terminar bien lo que empiezo”.
Iba a decirle: “Salud”, por aquel costado irónico o perverso al que nos tiene acostumbrado, de improviso, la criolla picardía. Pero no. Le sonreí también, y lo dejé seguir mientras yo porfiaba en mi escritorio profesional con cifras y normas legales, especulando matrices y recortando diarios o clasificando artículos relacionados con mi árida, matemática y racionalista –pero humana, al fin- profesión de Contador...
Al cabo, se recortó por segunda vez como un fantasma frente a la puerta entreabierta de la casa; pero no en seguida. Unos minutos después de su postrero “chas”, en los que hubo recuperado el aliento...
“Ya está, patrón”, me dice. Y me observa con la triste melancolía del que no tiene nada que perder. “Bien”, le respondo. “Muy bien”, exagero.
Abandono el escritorio, salgo al jardín, le doy un rápido vistazo eludiendo al sol desviado ya pronunciadamente hacia el oeste, y apruebo su trabajo con serena benevolencia, no exenta de preocupación. “Aquí tiene, don. Y muchas gracias”, le digo. “A sus órdenes, patrón”, me dice.
Y se va.
Como intuyendo mi secreto enojo por su labor ineficiente, el Segador, sin embargo, se va; acompañado en una sombra por su prima, la Muerte, y con el sol prendido tercamente a sus espaldas, dando lugar a la Esperanza, se va...
Al margen de toda imaginación de mi parte.-

PÁGINA 4 – Narrativa

El ahorcado del desierto

Por Ariel Puyelli (Esquel-Chubut/Argentina)

Quienes conocen el desierto patagónico, dicen que no es así. Que no es desierto. O mejor dicho: que no está desierto.
Ellos aseguran que la mayoría de las personas que afirman que “en la meseta patagónica no hay nada más que viento y llanura”, no sabe mirar. Que esa zona del país es más misteriosa y mágica que la cordillera o la costa. Que basta con recorrer sus increíbles dimensiones para toparse, cuando uno menos lo espera, con una hondonada, un descenso abrupto en el camino o la vuelta de una loma en los que podrá descubrir un paisaje único, extraordinario.
Con las casas y las personas sucede lo mismo. A esos que no saben mirar, cuando van por la ruta a más de cien kilómetros por hora, las siluetas de la gente y las casas, se les escapan como la cola de un zorro en contramano. Los que no saben mirar no saben nada. Nada de nada.
Por eso tampoco creen lo que cuentan los paisanos y en muchas oportunidades arriesgan sus vidas al no hacer caso de sus prevenciones. Aunque a veces, convengamos, para poner en peligro la vida hay que conocer y creer en los cuentos que se cuentan por ahí. Porque en estos temas, el que no sabe, a veces se salva por ignorante.
¿Por conocer la historia del ahorcado es que Ramón Cuestas murió? Eso nunca se sabrá. Este tipo de respuestas pasan por la vida como las casas del costado de la ruta. Pasan y no se pueden agarrar ni siquiera con los ojos.
A Ramón se le paró la camioneta. Un pozo de la ruta le rompió el tren delantero y ahí quedó, en el medio del desierto, a veinte kilómetros del pueblo más cercano. Ramón se alegró, porque veinte kilómetros en el desierto patagónico equivalen a dos cuadras de cualquier ciudad. Miró el cielo. Limpio, casi como la tierra a su alrededor. Debían ser las cuatro de la tarde. Había tiempo más que suficiente para esperar que alguien lo arrimara hasta el pueblo. Si podía arrastrar la chata, mejor. No necesitó armarse de paciencia. Él era un hombre paciente. Vaya si son pacientes los paisanos.
“Hasta mañana no la podré arreglar”. Así de simple y terminante fue el dictamen del mecánico del único taller en el pueblito. “Qué macana”, dijo Ramón y miró hacia la calle. Los chicos, con sus guardapolvos blancos, demoraban la llegada a las casitas bajas. “Sí”, concluyó el mecánico y se limpió las manos con un trapo que parecía más que sucio.
A Ramón le dijeron que el bolichero alquilaba cuartos a los viajantes. Allí fue, arremolinado de viento ahora. Por la ruta pasaban veloces los autos, los camiones, otras chatas. Ramón ni miró. Con la vista baja llegó al boliche y arregló todo con el dueño. Diez pesos la noche. Quince con comida. “Quince, con comida”, dijo Ramón y se sentó junto a la ventana a esperar después de llamar desde el público a su mujer y avisarle que llegaría al día siguiente. “Capaz”, advirtió.
Como en cámara lenta empezaron a llegar los vecinos para compartir naipes, aperitivos y chismes. El bolichero se encargó de que lo integraran enseguida.
“Falta envido”, dijo Ramón. “Quiero treinta y uno”, dijo el otro. “Treinta y tres son mejores”, replicó y su compañero lo abrazó como si lo conociera de toda la vida. Risas, más barajas, cerveza, maníes de quién sabe cuándo y la hora que trajo la comida para él y los otros tres parroquianos, que se quedaron como escapándole al viento, que ahora zapateaba en el techo de chapas del boliche.
La sobremesa trajo el cigarro, el cigarro la caña, la caña el calor en la charla y la charla en la meseta, a la hora del cigarro y la caña, trae los cuentos.
Ramón sabe que los cuentos son eso: cuentos. Que no los tiene que creer. Pero la caña lo embota, el cigarro lo marea, la charla lo envuelve y el calor se le mete en la sangre. A lo mejor ya había escuchado la historia del ahorcado. A lo mejor no. Pero esa noche fue distinta: la escuchó y la creyó.
Creyó cuando le dijeron que ocurrió ahí mismo, en las piezas del fondo del boliche. Creyó cuando le pusieron nombre y apellido al muerto: Rufino Sánchez. Y creyó cuando le dieron un motivo. Pero la caña emborracha la razón y el motivo se fue chiflando con el viento que se colaba por las hendijas.
“Por ese pasillito, la anteúltima”, le dijo el bolichero entregándole la llave de la habitación. Ramón fue otra vez con la vista baja, como queriendo evitar la cara del viento malo, ése que le mete cosas raras a la caña cuando la caña anda de vueltas por las tripas, por las venas.
La habitación parecía un cajón de muertos, de tan angosta. Ramón se echó vestido sobre la cama. Dejó la luz prendida. No por miedo. Ramón no era un hombre de miedos. La dejó, nomás.
Él, de tan pocas palabras, ahora era un ventarrón de frases sueltas en la cabeza. Se las quiso sacar con la almohada, pero no había caso. Daba vueltas inútilmente en la cama de ese tal Rufino que silbaba afuera la canción del viento.
“¡Váyase, hombre!”, se escuchó gritar y entonces abrió los ojos. Ahí lo vio. Al pie de la cama, bien juntito contra la puerta. Prolijo, con sus bombachas limpitas y su camisa celeste como recién planchada. Rufino lo miraba pero no. Tenía los ojos como esos que no saben nada, que van a más de cien por la ruta y creen ver las casas y las personas pero no miran. Así estaba Rufino. A medio metro del suelo estaba.
Saltó de la cama en dirección al viento. Le dio un manotazo al muerto para que lo dejara salir, pero el hombre era pesado. No se movió. No importaba tampoco. Igual Ramón no hubiera llegado al viento.
Tuvo que entrar el chico de doce por la ventanita del baño y correrlo a Ramón para poder abrir la puerta. Esa mañana el viento no dijo nada. Tenía cola de paja.
Si Ramón no hubiera creído, a lo mejor se iba a dormir derechito, no pensaba y no abría los ojos.
Pero quién sabe.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Raúl Gustavo Aguirre -1927 / 1983 (Buenos Aires/Argentina)

Strip tease

Ella es toda alegría.
Danza
su canción
desnuda
para ella.
Los demás ven un cuerpo
se balancean en la magia
conocen una rara
libertad.
Aúllan porque temen
temen esa alegría
de pronto
tan pura entre los muertos
tan parecida a dios
o a un poema.

Eres, ahora eres...

Eres, ahora eres, nostalgia de lo ido,
ausencia de la ausencia, olvido del olvido.
Te busco en otros seres: eres, ahora eres,
aquello que no eres.
¿Te he de encontrar un día? No hay día por delante.
Sólo esta noche, con el agravante
de la continuidad en la pregunta.
Estamos atrapados. La eternidad se agota.
La recta infinitud está doblada y rota.
Eres, ahora eres, toda la nada junta

La reina

Desde la playa de mi sexo
yo te saludo, reina
de la noche y del día.
Sin ti mis fuegos nada queman
Sin ti mis signos nada indican
Sin ti mis construcciones me ahogarían.
Yo te saludo, reina
de lo absurdo. Y te hablo
Y te amo y te asesino.

Mejor aquí

Mejor aquí, en el medio
de un día como otro,
bien comenzado, con lugares
y personas precisos,
con relojes, con ropas
y zapatos bien puestos,
con buenas perspectivas.

Mejor aquí, en el medio
de un día que se irá
sin nadie.

Crúzate en mi camino,
hazme una zancadilla:
que yo caiga y comprenda.

El que no aprende nunca

El que no aprende nunca toca el fuego
el que no aprende nunca da una mano
el que no aprende nunca vuelve a andar.
El que no aprende nunca se golpea
contra una pared y con la otra
y después con la otra y con la otra
y sigue caminando

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

La idea de región: desde el suelo lugar al cosmos globalizado
(Apuntes en torno a las múltiples posibilidades del espacio cultural )

Por Osvaldo Raúl Valli (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Lamentablemente, hoy debemos ridiculizar utopías que a veces fueron fecundas. La cultura es ingrata: necesita profanar sus mitos para renovarlos.
Ticio Escobar

Notas Introductorias
Nada está como era entonces
Son múltiples y al mismo tiempo significativos los intentos tendientes a despejar equívocos, desmontar certezas y, en todo caso, proponer nuevas vías de investigación en distintas áreas del conocimiento que, a poco de profundizadas, revelan zonas poco claras, costados porosos, texturas lábiles cuya permeabilidad abren expectativas a nuevas búsquedas y encuentros . Pasa con la ciencias de la naturaleza y los múltiples saberes que la integran (en relación con el lento recambio de paradigmas que desde hace tiempo vienen sufriendo) pero sobre todo se manifiesta en el ámbito de las disciplinas sociales y humanas que por propia dinámica epistémica experimentan remezones cuyos alcances y proyecciones resulta prematuro aventurar.
Desde este punto de vista resulta llamativo, en el último de los rubros aludidos, el modo en que son revisados relatos, idearios y nociones que no sólo han conformado “mitos ordenadores” de gran poder hegemónico en lo que hace a identidades y proyectos comunes de los grupos humanos, sino que a fuerza de arraigarse en modos de ser y en mentalidades han llegado a tomar la consistencia de la realidad misma.
Si analizamos la cuestión desde un plano más abarcativo resulta difícil comprender dicha actitud estos conceptos, sin ubicarlos como consecuencia de esta encrucijada histórica de comienzos de siglo, colmada de paradojas, que nos toca vivir, suerte de zona de transición con sus relatos viejos que aún no se fueron del todo y los nuevos que tardan en instalarse. Es desde esta “zona de transición” donde me interesaría subrayar la intensidad de la dinámica manifestada en diversos campos del saber, generadora de “profundos movimientos del pensamiento” [ ] o lo que con cargas ideológicas diferentes se ha dado en llamar “teoría poscolonial”, postestructuralismo, o lisa y llanamente “pensamiento posmoderno”. Toda una actitud intelectual preocupada por dotar “de nuevos fundamentos al pensar y al hacer” en un mundo cuya diversidad requiere menos ratificación de verdades que resultados de reflexiones dirigidas a imaginarlo de manera diferente. Diversidad de cambios, en suma, que han descalabrado las demarcaciones disciplinares, provocando el surgimiento de un estado crítico abierto al diálogo multi o interdisciplinario que impulsa a los estudiosos a dar sucesivas vueltas de tuerca en sus propias competencias cognitivas efectos de adaptarlas, como se verá más adelante, a mecanismos especulativos impensables décadas atrás.
No viene al caso abundar en referencias a las múltiples posturas y modalidades de análisis que se abren a partir de aquí, sólo basta con pensar en aquellas que, desde la crítica cultural, reactualizan un pensamiento resistente a las líneas trazadas por la cultura oficial y aquellos que desde posturas “constructivistas” rechazan centralismos y reniegan de esencialismos paralizantes; los que pugnan por incorporar en los discursos académicos las expresiones simbólicas desde siempre soterradas por la cultura letrada, a las variadas formas de proponer lecturas alternativas tendientes a interpretar las contradicciones de mundos complejos en los que –como dice Manuel Carretón a modo de ejemplo – “hay globalización y lo contrario a la vez”[ ]
Dicho de otra manera estamos apuntando a una actitud crítica que, en el afán de superar viejos resabios, se inscribe, por un lado, en una línea de conocimiento desconfiada de las verdades absolutas y, por tanto, alejada de cualquier riesgo de cristalización en lo pretendidamente único y valedero. Y por otro, responde al hábito intelectual y vital de superar la “conformidad pasiva” de adhesión a direcciones de pensamiento peligrosamente únicas, ensayando nuevas posibilidades de búsqueda a menudo ubicadas en las márgenes de saberes instituidos en verdades absolutas y como tales aceptados. Un “aire de familia” epistémico , en suma, manifestado en visiones de mundo compartidas entre quienes, desde distintas laderas del conocimiento, han optado por ir construyendo no sólo nuevas condiciones de reflexión y mecanismos actualizados para trabajar sobre dinámicas socioculturales inéditas (como venimos considerando), sino también el no siempre fácil “arte” de revitalizar viejas líneas y dotarlas de un nuevo sentido

El espacio regional como hecho conflictivo
Sobre estas bases se asientan los aspectos que pretendemos dejar trazados en virtud, fundamentalmente, de pensar juntos aspectos sustantivos de la realidad sociocultural actual. La necesidad de replantear categorías instrumentales [ ] portadoras de sentido cuya interpretación no siempre se adecua a la dinámica cambiante de las sociedades contemporáneas. Nos referimos concretamente a las posturas generadas en torno al espacio regional, y a las distintas posibilidades que se abren en diferentes campos del saber (geografía humana o social , antropología y con especial énfasis en los llamados con criterio amplio Estudios Culturales) respecto a una amplia gama de términos y sus respectivas implicancias significativas : desde suelo/ lugar a pago, desde piso a territorio, desde comarca a zona, hasta llegar al controvertido y abarcante término de región, sus complicadas formas de insertarse en el universo globalizado y los innumerables interrogantes que pueden surgir al momento de integración regional. .
No hace falta de demasiada suspicacia para advertir, en primer lugar, que región es fenómeno observable y vivible (cada cual de alguna manera “sabe” lo que es una región, la “define” según sus ecuaciones personales, la experimenta existencialmente según su sistema de relaciones con el mundo, vive en última instancia un estado de “conciencia regional”), pero esto es sólo un primer paso. Requiere también de miradas “objetivas” capaces de analizar el hecho regional desde su polivalencia, su ambigüedad y sus dimensiones sujetas a múltiples y hasta erráticas interpretaciones, que obligan a extendernos un poco más en el tema.
Se ha intentado desde antaño clausurar su semántica en el reducido predio del tipicismo costumbrista o en el santuario de valores imperecederos con la misma soltura con que se la considera, en el rediseño de poder del planeta como “lugar funcional del Todo y espacio de conveniencia” donde pesa más la decisión estratégica globalizada que las instituciones tradicionales. Suele ser ponderada como instancia indispensable al momento de ubicar a los seres como sujetos culturales pertenecientes a un espacio determinado, y al mismo tiempo sirve de comodín para designar territorios geopolíticamente pensados, a menudo de modo impreciso y con vagos marcos de referencia • En procura de morigerar resabios esencialistas de añejo arraigo, desde la geografía social y con más razón desde los Estudios Culturales se prefiere poner el acento en la multiplicidad de etnias, sectores, intereses, clases, niveles de pertenencia, grados de movilidad social que le otorgan una particular “coherencia dinámica ” basada, precisamente, en la diversidad de identidades que la recorren. Y simultáneamente -esto en literatura alcanzó a ser patético – se utilizó el término para establecer cuestionables distinciones entre espacios centrales y espacios periféricos, entre una escritura “nacional” y otra “regional”.
En resumidas cuentas, todo un campo a investigar cuya complejidad significativa abre no sólo expectativas de permanente reajuste en lo que hace a la razón y sentido de los estudios regionales, sino también a la posibilidad de encararlos –como decía al principio, desde perspectivas flexibles y abiertas en las que se entrecruzan posturas teóricas distantes a veces entre sí aunque unidas en el proyecto común de hallar soportes teóricos a partir de los cuales comprender procesos histórico-sociales, biológico, étnico – culturales, geográficos, éticos , simbólicos , políticos y hasta discursivos

Región y globalización (en torno a algunas preguntas inevitables)
Ahora bien ¿existe una perspectiva teórica en condiciones de atravesar a todas las demás y condensar de esa manera el elemento base de lo regional? Si se tiene en cuenta que en sus circuitos interiores la idea de región (tal como ocurre también con identidad) “necesita” de un núcleo de cohesión, de un eje, un eje unificador de sentido, no resulta desatinado que tratemos de ubicarlo en las categorías de suelo- lugar. Ambas son sumamente significativas no sólo las múltiples miradas del espacio regional sino también al universo discursivo instaurado en torno a sus alternativas semánticas: suelo- lugar en cuanto dimensión profunda del arraigo sin el cual “no tiene sentido la vida” (Kusch) , suelo-lugar en su condición de objeto de estudio disciplinar o transdisciplinar, suelo en cuanto espacio dialogante con otros espacios hasta llegar al suelo- lugar movedizo del territorio global en el que las patrias y las regiones se reconfiguran en función del desplazamiento, la movilidad, la desterritorialización y la diáspora. Hasta podría decirse que el proceso histórico de la cultura se puede representa como un movimiento que transita desde la plena identificación con el suelo-lugar (ese horizonte de comprensión a partir del cual todo cobra sentido) hasta la exasperada sensación de vivir cambios de fondo en los modos de estar juntos, de “experimentar la pertenencia a un territorio y de vivir la identidad” [ ]
Es precisamente en esa zona de confluencia entre lo universal y lo situado, lo general y lo particular, lo natural y lo histórico, donde puede hallarse una vía de entrada pertinente a los efectos de considerar a la región en su carácter de espacio geocultural inestable heterogéneo, dinámico, siempre igual a sí mismo y siempre diferente. Producto del impulso creador de la modernidad, el hecho regional – lejos de constituirse en fenómeno meramente paisajístico o espacial es fruto del accionar humano sobre un ámbito espacial determinado. Generado a través de largos y negociados procesos de ocupación del espacio (en este caso la referencia a Estado – Nación es imprescindible), y al mismo tiempo el ámbito “que puedo recorrer sin sentirme todavía un extraño” (según una expresión casi anónima), la región sigue siendo un término cargado de interrogantes y de tensiones. Sobre todo si se lo enfoca desde una dimensión globalizadora y se atienden a algunos aspectos sin resolver. ¿Constituye un fenómeno –tanto en el plano de de lo conceptual como en el de la práctica geopolítica- a partir del cual podrían manifestarse hechos contraculturales destinados a acotar o a relativizar los efectos de la globalización o, por el contrario, la regionalización ha pasado a ser “un aspecto” y “una parte” que contribuye al desarrollo de aquel proceso? Desde la visión histórico - cultural el dilema pareciera resolverse teóricamente en la medida en que entran en juego cuestiones profundas que van de los valores culturales a los impactos que las políticas globalizadoras tienen sobre usos y costumbres, desde vivencias de imaginarios comunes a la siempre abierta cuestión de la identidad. Fundamentos que si bien forman parte en muchos casos de los “mitos profanados” del epígrafe, siguen siendo fundamentales en el devenir de las culturas, en la medida que tocan centros neurálgicos inherentes a la condición humana
Ahora bien, si prestamos atención a algunos de los tantos textos escritos sobre el tema veremos en ellos discordancias, dignas de consideración: “no pienso que la opción central sea defender la identidad o globalizarnos dice García Canclini. [ ]“Los estudios más esclarecedores del proceso globalizador no son los que conducen a revisar cuestiones identitarias aisladas (….) sino a saber qué podemos hacer y ser con los otros, cómo encarar la heterogeneidad, la diferencia, la desigualdad”- Edmundo Heredia [ ] prefiere establecer distinciones, para su análisis, entre los campos económicos e históricos culturales: - Desde esta última perspectiva las regiones se constituyen decididamente en factores de moderación y de limitación a las pretensiones intrusivas de la globalización. No está claro, dice, si en términos de economía, de políticas y relaciones internacionales los procesos regionalizadores son funcionales a la globalización o por el contrario tienden a “neutralizar ciertos aspectos de la globalización que amenazan con ser perturbadores para el desarrollo armónico de las regiones”. No obstante puede decirse que las regiones y los procesos de regionalización en cuanto “cultivo” del suelo-lugar visto (como escenarios donde se despliegan identidades) constituyen en gran medida una de las pocas formas de comprensión y resistencia a la anomia desplegada por globalización. Noción en todo caso, también localizada (por aquello de la globalización): este fenómeno podría ser impugnado por expandir a lo largo y ancho del planeta un solo sistema económico tendiente a la generación de una nueva forma de dominación colonial – definitiva tal vez -: la pérdida de sentido y valor de lo humano. Y esto nace del contacto con los otros, los próximos, los que habitan la misma región no necesariamente geofísica sino de sentido, de valores, de encuentro profundo con la trascendencia [ ]
Lejos de ser un asunto menor, se trata, por lo que venimos tratando, de propuestas sumamente movilizadoras en las que por un lado se juega la imperiosa necesidad de las culturas de conservar su centro desde el cual irradiar sus potencias creadoras y por otro el hecho irreversible de las culturas de ir descentrándose a través del derrumbe de sus propios mitos “profanados” (necesidad de roturarse a sí mismas para que en su interior comience a gestarse lo nuevo).

Lo que vendrá: ¿Neoregionalismo y nuevas identidades?
¿Qué es lo que se juega a partir de aquí? ¿Qué elementos coadyuvan a la tarea de imaginar un enfoque regional partiendo de la idea anterior de permanente reconstrucción de centros generadores de vida? ¿Cómo construir un sistema conceptual e imaginativo que permita pensar la globalización desde un sentido “regional” y viceversa leer a estos últimos desde una perspectiva globalizadora y acorde a los señalados cambios en los campos de la sociedad y del conocimiento? No caben dudas de la necesidad de pensar - en una idea de región diferente basada, a su vez, en una nueva conciencia de espacio y de cultura que dé cuenta, sobre todo, de las contradicciones que subyacen en las prácticas culturales que ocupan el territorio.
Un paso clave en este sentido sería volver a la idea de suelo/ lugar y todas las implicancias reales y simbólicas que el término conlleva. “El suelo que se pisa”. “el lugar” que se deja o al que se vuelve - (“Es triste dejar sus pagos/ y largarse a tierra ajena” manifiesta amargamente Fierro) constituyen la metáfora del arraigo que toda cultura debe tener al decir de Rodolfo Kusch- Los tres casos son expresiones de identidad honda, vigorosa, fuertemente arraigada al suelo regional manifestada en sociología, antropología y sobre todo en el arte con el nombre de regionalismo. Pero también dejamos traslucir que a esta altura del conocimiento y de los cambios sociales resulta imposible hablar de una identidad monolítica y cerrada en su propio reducto interior. Diferentes modos de ocupación del territorio y cambios sustanciales en los modos de estar juntos nos están indicando que un enfoque teórico serio sobre identidad que se pretenda comprehensivo de los fenómenos sociales, no es una supra idea platónica sino un hecho real y concreto que se construye históricamente (suerte de “huellas mentales” [ ], siguiendo a Giddens, marcadas en las subjetividades de los sujetos culturales que –en este caso- habitan el espacio regional.
La idea de región, en clave globalizada (para decirlo de algún modo) en el fragor de sociedades que viven la emergencia de nuevos sujetos, fragmentaciones a todo nivel, irrupción de tipos variados de géneros y conformaciones étnicas múltiples, requiere de códigos interpretativos acordes a estas demandas : las nuevas metáforas en términos de movilidad –la desterritorialización, el desplazamiento, la diáspora, la migración, los viajes, el cruce de fronteras, nos han hecho más conscientes del hecho de que la dinámica principal de la cultura y la economía han sido alteradas significativamente por procesos globales inéditos.[ ]
Manifestado de modo diferente se podría decir que el suelo/lugar exige ser reinterpretado desde formaciones de identidad nuevas que paulatinamente van desplazando a las anteriores. Como bien apunta Iam Chambers todo el bagaje heredado por una comunidad como fenómeno identitario nuevo (historia, lengua, tradición) no se destruye ni desaparece sino que se desplaza al cuestionamiento, a la reescritura, al reencauzamiento. En última instancia, el precio histórico a pagar , el tributo requerido por las culturas regionales que tarde o temprano – vale la pena repetirlo- necesitan para seguir avanzando-. De la ingratitud de profanar algunos de los mitos que otrora le fueron útiles.

A modo de conclusión permanentemente inconclusa
Volvamos a aquella frase de Carretón citada anteriormente “hay globalización y lo contrario a la vez”. Para decirlo de otra manera región es lo que alguna vez aprendimos a considerar como tal, pero a la vez “lo contrario” (o por lo menos lo diferente). Puede significar en algunos casos y según el lugar teórico desde donde se parta, la noción multisémica de suelo configurada en torno a valores, memoria y proyectos compartidos. En otros, el emergente de la división territorial impulsada dentro de la planificación económico política moderna, y en orden a lo estético, (si se considera la mirada provocativa de Juan José Saer) hasta un producto de la pura imaginación y por ende carente de entidad “real”.
De un modo u otro, lo que se trata aquí es de volver sobre “viejos” problemas y mirarlos con ojos diferentes, quizá menos prejuiciosos pero siempre marcados por la intención de que sigan siendo nada más que eso, cuestiones abiertas sobre las que siempre habrá alguien que aporte una nueva lucecita, obligue a desandar lo andado o a vislumbrar una oportunidad diferente. En todo esto podría encontrarse no sólo la posibilidad de plantear dudas o de revisar criterios sobre los que apoyamos probables “certezas”, sino también la adecuación de los saberes a las demandas de estados culturales en creciente complejidad. Dicho de otra manera, reiterar el rechazo a visiones que de tan esencialistas lleguen a ser paralizantes, marcar la puesta en distancia ante posturas hegemónicas autoritarias, y reafirmarnos en la idea de que la toma de partido por una perspectiva crítica frente al orden instituido no sólo se llevan a cabo con una actitud intelectual que implica de una manera u otra una opción ética frente al conocimiento. Significa también en muchos casos lidiar con condicionamientos epistémicos que impidan la creación de espacios teóricos más amplios y fecundos. Algo así como entrar en un ámbito siempre en movimiento cuyas características específicas (como ocurre con las regiones -globalizadas o no-) requieren ser encaradas a través de la búsqueda de márgenes liminares, sitios de confluencia, zonas porosas a la contaminación y al diálogo, miradas abiertas a lo trascendente. A lo mejor desde ese lugar enunciativo podríamos preguntarnos con Ighina [ ]¿Por qué cuando hablamos de integración con Chile, Brasil y Uruguay o en el marco del Cono Sur hablamos de integración regional? ¿Por qué integración regional? ¿Por qué concebimos un conjunto de países como una región? ¿Qué nos permite pensar en la región y no integración internacional ? Quizá en otro lugar y quién sabe cuándo podamos seguir conversando sobre cuestiones que, más allá de las buenas intenciones al respecto nunca lograremos “responder” del todo.

Bibliografía General
Chambers, Iain: Migración, cultura , identidad, Amorrortu - Bs.As - 1995
Heredia, Edmundo: Espacios regionales y etnicidad - Alción, Córdoba, 2000
Heredia, Pablo: “¿Existen las regiones culturales? - Silabario - Nro. 7 - Córdoba 2004
Ighina, Domingo “A nuevo país, nuevo clima” - Silabario - Nro. 7 - Córdoba , 2004
Kaliman, Ricardo: “La palabra que produce regiones”, Cuaderno de Cultura, Departamento de Cultura-Banco Credicoop - Salta - 1993 - y Alhajita es tu canto - Comunicarte – Córdoba - 2004
Kusch, Rodolfo: Geocultura del Hombre Americano - García Cambeiro - Bs. As - 1976
Palermo, Zulma: “Los estudios regionales, un debate necesario” - Ponencia presentada en el Congreso de Literatura Argentina - 2005
Santos, Milton: De la totalidad al lugar - Oikos-Tau - Barcelona - 1996
Soja, Edward : La espacialidad de la vida social - Structures Londres - 1985 (incluido en “Procesos Sociales y Organización del Espacio” - Carrera de Especialización en Problemáticas Sociales de la Geografía - Universidad Nacional del Litoral – 1999)
Torres Roggero, Jorge: Elogio del Pensamiento Plebeyo – Silabario – Córdoba - 2002
Víttori, José Luis: Literatura y Región – Colmegna - Santa Fe - 1986

PÁGINA 7 – Poesía argentina

El rumor de la piedra

Canta tu nombre
aunque no sé, bien
cómo leerte
esa piedra ahora me conmueve
dice tu nombre
durante el viaje en pleno día
no pensé en ella.

Sólo después, a solas,
de regreso,
pensé en vos, en esa piedra, en ese nombre
y me di cuenta: faltaron palabras, tal vez muchas palabras
no se pronunciaron,
por eso, quizás, este poema.

Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

oración de gracias

en los lugares más inhóspitos del planeta
en el limbo de los cerros
los glaciares azules más inaccesibles
donde las sombras se calcinan
donde van a morir los cisnes
y nadie lo sabe

en el fondo más bajo de los más bajos fondos
en la penumbra infinita de los océanos
donde el tiempo no sucede
y todo es

en Neptuno
Júpiter
Plutón
Venus
Saturno
Mercurio
Marte ya no tanto
la Luna está perdida

en el centro exacto de cualquier agujero negro
en los más lejanos enjambres de luz del cosmos
y en todas las Vías Lácteas conocidas
y por conocer más allá del Sol

en el trasluz de cualquier nebulosa
y de toda porción de algo más o menos habitable
vagando en el Gran Vacío del Cielo

allí donde haya algo que valga la pena
alguien
sea lo que quiera que sea
debería agradecer a Dios Todopoderoso
a Buda
Mahoma
Alá
y a todos los santos
que el hombre aún no haya pasado por allí

Sergio Rigazio (Junín-Buenos Aires/Argentina)

Hay un velero anclado.

Pesa la angustia,
la palabra en el desierto,
el dinero que arrastra sombra,
tapa horizonte
regula caminos.

Pasa gente,
pasa,
sólo pasa

Decir ,
repetir,
gritar.
Dar amor en panfletos
sonrisas dibujadas
sonrisas...

Me detengo, los ojos se agigantan.
Frente a mí
muchas manos,
muchas bocas,
muchos ojos,
muchos cerebros amplios, vacíos,
muchos cerebros condicionados.

Decir,
repetir,
gritar.

No, no basta
hoy no basta
y me aprieto.

Hay un velero anclado
en el río de mis sueños
que se tiñe de rosa con el alba.
Y comienzo a decir,
a repetir,
a gritar
...es lo que tengo
¡Ah! ésta mi palabra.

María Esther Robledo (San Juan/Argentina)

Desde lo alto

Tanto que me importaba
ya pasó…

desnuda verdad
llama de amor

¿la viste?

ni gigante o meteoro
la habría visto yo

tiempo que se rendía
al miedo
o al reloj

ojo sobre los libros
mano en otro dios

si algún día me voy
dilo sencillamente
ya pasó…

no mires a los lejos
a lo hondo
no.

Alejandro Schmidt (Córdoba/Argentina)

IV

...vendrá la muerte y tendrá tus ojos
C.Pavese

Después
la memoria será una inmensa piedad desparramada en la tarde.
Y alguien
Llenará un hueco del aire con tu nombre.

Después de después
vendrá la muerte y tendrá
también los ojos de la memoria.

Carlos Levy (Tunuyán-Mendoza/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

El idioma perdido

Por David Lagmanovich (Tucumán/Argentina)

Despertó sobresaltado. Quería llamar a su mujer, convocar a alguien, explicar lo que había soñado, pero no recordaba ninguna expresión. Las palabras y las frases no acudían. Al parecer podía pensar, pero no encontraba la forma de expresarse. Abría la boca y rápidamente la cerraba al no poder articular sonido alguno. Caminó por la casa, mirando todos los muebles y rincones para que, al reconocerlos, se le ocurriera algo; pero no había nada, su capacidad de expresión verbal había desaparecido. ¿Su mente? No, su mente estaba bien: era su voz la que no reaccionaba, ni en su propio idioma (y él ignoraba cuál era) ni en otro, porque seguramente debía existir más de uno. De pronto creyó encontrar una salida: se dirigió a la biblioteca y hojeó un libro, luego varios más, pero miraba las líneas de tipografía y éstas no le decían nada, estaban tan mudas como él mismo. Cuando su mujer, extrañada por su ausencia de la alcoba, vino en su busca y le dijo algo, él no entendió sus palabras y las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Río de paso - Antonia Taleti - Nuevohacer
(Grupo Editor Latinoamericano) - Buenos Aires – 2007 - 77 páginas

Aquella poeta que en su primer poemario “La voz que nunca alcanzo” (Ciudad Gótica, 2004) expresaba una búsqueda tenaz y preocupada de la palabra poética: porque no alcanzo completa la oración / porque solo balbuceo y pregunto, la misma que apoyaba el pie inseguro/sobre el verso así como una trapecista recorre el vacío a pesar del riesgo que entraña frecuentar la altura y el abismo a cada lado, parece haber alcanzado en “Río de paso”, la seguridad de una voz que se reconoce madura, firme, fundada precisamente en el impostergable ejercicio que el uso del trapecio-poesía exige.
Ordenado en dos partes, De río y de mar y Gente de paso, desde el acápite tomado del poeta andalusí Ibn Zaydún: Y todo cuanto siento y cuanto veo / flor, aura, luz, perfume, / enciende, aviva más este deseo, / que el alma me consume, hay una apelación a los sentidos como forma privilegiada de la percepción.
La imagen del río, tan connotada por cierto en la literatura y en la vida diaria aquí, en la ciudad recostada sobre el río, ese río-entidad tan real como metafórico, da lugar a múltiples asociaciones: se puede pensar tanto en las célebres Coplas de Jorge Manrique (la vida como tránsito fugaz, lugar de paso: Nuestras vidas son los ríos /que van a dar a la mar), como en el cambiante río de Heráclito que recrea Borges, por remitirnos solo a dos ejemplos emblemáticos. Pero también es el río de los desbordes trágicos, el río de los barcos y los naufragios, el río crecido que arrastra tanto camalotes como peces y pecios, el río nuestro de cada día. Este espacio sacraliza cada fragmento capturado y da lugar al uno y múltiple decir poético de Antonia Taleti.
La poeta invita al lector a ingresar, a sumarse al Templo donde se celebran ritos misteriosos de los cuales la poesía intenta dar cuenta: Ven, descalzo / al espacio sagrado. Despojados de lastres, abiertos, esponjas, iniciamos con ella el recorrido desde ese lugar de escritura, lugar donde es posible intuir tanto la belleza como el peligro, la huída, el acecho, lugar selvático que admite la convivencia con el otro, ya sea hombre o bestia, hay lugar para todos. Ella, pasajera deslumbrada, mediadora, oficiante de la trama que se hila en el silencio, entre el follaje y la soledad, espera y se prepara a compartir ese río y mar que le fueron dados, para que soñara siempre. Pero existe un límite que como poeta, debe respetar: un umbral en sombras la retuvo en el límite, y aunque es posible asociar modalidades varias en torno a la idea de límite, pienso aquí en el límite preciso para el poeta, el de lo inefable, el de la poesía entrevista y apenas apresable y expresable, como si sólo fuera posible captar su reflejo y por eso mismo el deseo quedara siempre intacto. Sabia, anclará donde se le permite: En lenta despedida de bordes lamidos/ se quedó en la orilla, del festín maravilloso sólo tocará las sobras, Y porque estaba hambrienta/comió las sobras de la mesa.
Hay un poema en la primera parte, “La sonrisa del ignoto marinero”, que jugando con el título del libro homónimo del escritor siciliano Vincenzo Consolo, se revela como marca de origen, mandato que ha fijado la bella tierra rodeada de mar y la travesía emprendida, el hilo de agua que soñaron los ancestros de Antonia en la Trinacria natal (nombre antiguo de Sicilia, y aquí se advierte un nuevo cruce, esta vez el diálogo se establece con Góngora que nombra a Trinacria en la Fábula de Polifemo y Galatea). El mar que empujó la deriva al río y los condujo a esta orilla. La poeta registra y dice: De la esencial Trinacria / guarda el sello enigmático. Sello fuerte en Taleti que marca una poesía que, aludiendo, elide, que devuelve lo entrevisto en esenciales ropajes de imágenes, símiles, metáfora a descifrar. La poeta ha heredado la sonriente obstinación del marinero, y como él, contempla restos de naufragios, como también peces y naranjas. La palabra se señala en los dos últimos versos como el instrumento óptimo, labio que intercepta la afasia, tabla de salvación, puerta de sentido.
Y entonces sí, una vez remados los orígenes ligados al mar siciliano, la autora rema ahora el río de su propia vida como una pasajera más, y asistimos al despliegue de una poesía cotidiana que ejerce el don de nombrar: el río que abraza islas, el puente, la niebla: telones de gasa, las barcazas que se cruzan, los peligros, los vidrios en la arena, algún cauce seco, el sueño del navegante.
El segundo apartado, “Gente de paso”, se ocupa, en los primeros poemas, de chicos. Chicos protegidos por la sociedad y chicos a la intemperie que esa misma sociedad imperfecta aparta y descarta. El contraste dibuja los trueques de rutina que derivan en silencios oscuros ahondando aún más la brecha entre la desesperanza que conlleva la miseria: Lo no dicho / se ahoga mugriento en el balde y la impotencia que acompaña la caridad que se sabe insuficiente: Lo no dicho trepa al auto y parte.
Conversaciones fortuitas con gente de paso en espacios familiares: el terraplén, la esquina, el vecindario, un semáforo, la playa, el cementerio. Compañeros ocasionales de ruta, el breve espacio poético refleja instantáneas: alguna vecina, el vendedor de platines, las muchachas bajo el puente, la mujer que juega y escribe, los amigos, todos en el medio doméstico que los contiene y que asimismo incluye lo mínimo: las hormigas, la mata de amapolas, el geranio, la bolsita de supermercado.
Poesía caudalosa, inquieta marca de agua, quienquiera que enuncie en el poema el yo poético, Antonia Taleti estará allí para señalar la grieta que descubre la belleza o el peligro en el lugar impensado, para valorar esos pecios (palabra reincidente, quizá lo único que el festín terreno nos permita rescatar), para invitarnos al viaje por el curso de esa agua viva a pesar de la amenaza de su fondo oscuro, indescifrable. Ni más ni menos, una invitación a vivir vida y poesía, y ésa quizá sea la clave que convierte a este libro, como se ha dicho en la contratapa, en un deliberado pretexto para la celebración.

Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: José Rafael López Rosas – 1920/2000 (Santa Fe/Argentina)

Ardo de soledad por mi costado

Ardo de soledad por mi costado
y un río mineral se hunde en mis venas,
y de mi soledad hasta mis penas
voy cayendo de un lado hacia otro lado.

Me acerco al universo enamorado
y el desamor me abate en sus arenas,
y de toda mi voz me queda apenas
un eco solitario y destemplado.

Pero escuchado al silbo de partida,
ya vueltas mis espaldas a la vida,
cuando muere la flor y todo es vano…

Aunque aquí no aprendí más que a perderte,
llevaré cuando marche hacia la muerte
tu corazón latiendo entre mis manos.

Soneto XXIII

Si ya no estás ni en ti. Si en la procura
del aire que te envuelve permanece
sólo lo que se fue. Si perteneces
al desamor, a la mirada oscura.

Si ya perdió su esencia la aventura,
ya no es alma la tarde, ni establece
su fundación el goce, y envejece
el íntimo sabor, la imagen pura.

Qué resta de la flor amurallada,
de la raíz frutal, de aquella ardiente
sangre que transitó la piel, la nada.

Todo se fue mezclado en la corriente,
como se fue la tarde, demorada
en la lluvia de abril desde tu frente.

Soneto XXVI

Negada para mí, pero ganada
hacia un tiempo de otoño, para el lento
corazón del verano y su argumento
y esta lluvia frutal y sosegada.

Desierta en derredor, pero asomada
al rostro de la hiedra, en seguimiento
de la melancolía y su avariento
impulso de diluirse hacia la nada.

Sólo mi voz te alcanza y te procura,
y austral el toro en mi existencia crece
para quebrar la sombra que madura,

sobre tu soledad. Y cuando a veces
te destierras de mí, liviana y pura,
siguiéndote mi noche permanece.

Y una tarde me iré.

Y una tarde me iré. Sombra liviana
penetraré en la noche neblinosa,
el alma en soledad avariciosa
y la muerte más muerte y más humana.

Me quedaré en el viento, en la lejana
penumbra, en la nostalgia de las cosas,
en este olvido y esta misteriosa
sobrevivencia de la arcilla humana.

Me quedaré en las sombras, junto al río,
en las hojas del árbol, murmurando
muy cerca de tu voz y de tu brío.

Así, cuando me vayas recordando
no sientas como todos ese frío
y dudes si me fui o estoy llegando.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Poesía, lenguaje calcinado

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

No una sino varias veces me tocó aludir últimamente, ocupándome de versiones al castellano de poesía extranjera, a ese doble círculo de ansiedad en que dicha labor se inscribe, y al que me vi tentado de intentar definir como la utopía traductora. Porque, si por un lado resulta casi absolutamente imposible pretender trasladar a otra lengua un poema logrado que, para serlo, ha de estar precisamente fundido en forma inescindible (y dichosa) con la suya, hecho un solo cuerpo con ella, por el otro resulta también altamente deseable, casi atávica y en muchos sentidos sumamente fecunda la recurrente tentación de traducirlo.
En nada de ello pensaba cuando me topé, no hace mucho tiempo, mientras me daba el gustazo de releer –con enorme felicidad, con infinito placer-- el Quijote, con un inesperado, por olvidadizo, argumento de peso a mi favor. En el memorable capítulo sexto donde se trata del meticuloso escrutinio que de la biblioteca del protagonista hacen dos amigos de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada, ingeniosa y poco complaciente crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”. Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: “Quod erat demostrandum.”
Se me ocurrió que esa mención vendría a cuento al referirme a ese breve y singularísimo libro de Juan Gelman: Dibaxu (Seix Barral, Buenos Aires, 1994), escrito directamente en ladino (es decir, el mismísimo idioma milagrosamente conservado tal cual durante siglos por los judíos sefaradíes después de su expulsión de España), y que se acompaña allí con una versión del mismo autor a nuestro hablar de hoy. Si bien la cuestión –a mi modesto entender-- tiene mucho que ver con lo que hablábamos al comienzo, no se trata en absoluto del caso de una traducción desde lengua extranjera al propio idioma pero sí de una experiencia, vuelta en este caso evidencia merced al arte de Gelman, de las ineludibles y poderosas vinculaciones que la poesía tiene, precisamente para serlo, con el lenguaje.
No es la primera vez que algo por el estilo, más bien similar que idéntico, ocurre a lo largo de la obra poética del autor de Cólera buey. Sin llegar al extremo de los heterónimos, es decir el caso de poetas diferentes al mismo autor y que se presentan por separado, con firma y personalidad propias, de los cuales Pessoa y, en menor medida, también Machado podrían dar altos ejemplos, nuestro Gelman nos ha ofrecido por el contrario muchas veces libros suyos como si fueran versiones de otros autores acaso imaginarios (Sydney West, John Wendell, Dom Pero Goncalvez, Yamanokuchi Ando), inclusive presentados bajo el título de “Traducciones” pero sin negarles nunca, abiertamente, su propia paternidad.
Que yo sepa, hasta el momento, y bien que todas estas vivencias anteriores hayan rondado más o menos cerca de los límites posibles del asunto, nunca había asumido el autor tan hondamente la creación en un idioma directamente distinto. Claro que, en esta ocasión, viajando en el tiempo, trasladándose a unos cuantos siglos atrás del propio. La ocasión, además de presentarse como poéticamente lograda, no deja de rozar –al menos para mí-- múltiples y ricas dimensiones.
En primer lugar, y no es casual que ello ocurra en estos tiempos que se quisieran posmodernos, donde (erróneamente a mi criterio) se suele adjudicar en estas lides más trascendencia al concepto que a su encarnación en un idioma vivo, Dibaxu vuelve a poner el acento en el lenguaje. Y lo hace demostrando que la poesía continúa siendo, como quería el agudo Wallace Stevens, “la alegría (la dicha) del lenguaje”. En lo cual no dejaba de coincidir, acaso sin proponérselo, acaso inconscientemente, nada menos que con Dante Alighieri quien, no por casualidad, supo también aludir en su obra cumbre a la poesía como “gloria de la lengua”.
Con la modestia que lo caracteriza, y desde una casi mínima introducción a estas páginas tan tocantes como indelebles, el mismo autor reivindica con precisión no exenta de ternura algunos de los caminos mediante los cuales puede accederse con provecho a textos tan misteriosamente bellos y entrañables: no sólo el “candor”, sino también la sensación de la poesía como “lenguaje calcinado”, vivo en la historia y desde la historia de los hombres que lo hablaron y lo hablan, pero capaz también de la más temblorosa intimidad. La poesía que no es quizá otra cosa que lengua soberana y autónoma pero, a la vez, indisolublemente, también lengua que otros hablaron e hicieron, al hablar, con su vivir. Y que debería hoy, también, volverse legítimamente lengua viva, individual y general, de uno y de la especie. Así sea.

PÁGINA 12 – Poesía americana

te preguntas para qué has de escribir

te preguntas para qué has de escribir
si ante el libro de poemas predilecto
todas las palabras nombran lo que
tus sueños dibujaron

y estas pleno de imágenes ajenas

te conmueves con un mínimo sonido
el soplo de las cosas persistiendo
mientras entras en la tarde
y ya es imperativa tu renuncia
entonces entiendes que callar
es el poema

Eleonora Requena (Caracas/Venezuela)

Canta, Madre.

El que enturbia los mares,
el que usurpa la tierra,
el que priva del fruto,
el que quema los bosques y maltrata al indígena,
descuartiza, desconoce,
el que ordena las bombas
mastica malamente un idioma enlutecido.

Canta, Madre, alumbra y canta.
No nos abandones a las serpientes que amenazan
con engullir nuestras cabezas
mientras dormimos el sueño de los siglos y las
cadenas.
Canta y bésanos y devuélvenos
a Dios, el que parece olvidarse.

Etnairis Rivera (San Juan/Puerto Rico)

El poeta escribe todo de un solo impulso

El tiempo es breve, la lucha eterna.
Los siglos se resumen en un latido.
Debaten los antepasados únicos de todos:
y no hay un acuerdo secreto todavía en la sangre.
Cada hora es para la decisión.
El instante, para develar.
El relámpago abriga la dulce intemperie.
Despertamos: el sueño flota en su elemento.
En olor de multitud, también somos del viento; como el agua, del sueño.
El viaje está en la atmósfera.
Aguarda el emprendimiento final:
No está solo en los libros lo que no nos imaginamos saber o poder alcanzar.
La poesía está allí, en plenitud: el poeta -en todos, para todos-
escribe con el cuerpo, de un tirón.
Las grandes mutaciones abarcan a la más pequeña brizna de hierba.
Todo vale mucho, y el resto vale tanto.
No hay fórmulas ni dogmas, siempre evanescentes.
Es mejor el abrazo -revolucionario- que la matanza;
superior el porvenir incandescente al pasado fósil.
Pero con principios: la ola llega.
El infinito no es un concepto. Somos todo.
Triunfo de la vida y justicia plena para todos, para que la ruina no nos devore.

Fernando Rendón (Medellín/Colombia)

El poema se niega a sí mismo

El poema se niega a sí mismo
se encierra
se vuelve un ovillo
llora inconsolable la pérdida de alguna letra
tirita de frío bajo un alud de memoria
recuerda callado sus errores
no se pone de pie porque el título le pesa
no se escribe completo
duerme con los ojos abiertos para no soñar ser un poema
no muere porque no está vivo
no puede salir de la noche en la que está encarcelado
fragua su propio patíbulo de rimas
se vuelve un blanco y mediocre poema
que se niega a sí mismo.

Jorge Gómez Jiménez (Cagua/Venezuela)

Brindis

Toma la copa de mi corazón
y bebe.

De su cuenco de sombra
paladea
las centellas airosas que me cruzan,
desde el rojo voltaje de sus nervios,
el sabor de mi centro.

Toma mi corazón,
y sorbe
su resentimiento en las rocas,
la espumosa alegría de la mañana,
el dulzor sentencioso de las despedidas,
al atardecer.

Entre tus labios
toma el borde de mi corazón
y saborea
el astringente bouquet de mi secreto.

Si tan siquiera hubiese algo que beber
yo te diría:
toma la copa de mi corazón,
y bebe.

Renée Ferrer (Asunción/Paraguay)

PÁGINA 13 - Narrativa

Historias de gente sin importancia

Por Jorge Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Siciliano.
El titulo nobiliario le venia como anillo al dedo. Anillo al dedo que llevaba en su anular, con escudo de oro y esmalte. De Palermo a Siracusa, todas las puertas se le abrían. Y todas las ventanas de doncellas y amancebadas. Todas las mesas tendidas, las mejor provistas, tenían puesto siempre un plato para él. Y un palco del Teatro Statale le estaba reservado para todas las óperas: asistiera o no. Casi diariamente repetía me aguardan en Roma, como garantizando un predicamento político y social inexcusable. Un día (o una noche, más bien) lo atajó la muerte con la triste certeza que corrió de boca en boca: el conde, nunca había salido de su Sicilia natal.

Hermanos.
Se separaron a los dieciocho años. A uno le tocó la marina; al otro, el ejército. Uno, se fue en un barco que nunca regresó a puerto. El otro, hubo de luchar contra un país que casi ni figuraba en el mapa. (Un día, sólo su gorra a la pobre madre). Ellos se juntaron en el más allá, naturalmente. Ninguno de los dos recordaba su sino absurdo. Quizá por ello, sin reconocerse, les pareció intuir que algo los ligaba a la otra vida.

La Gioconda.
Viajar a París y visitar el Louvre y extasiarse frente a la Gioconda fue todo uno. Es verdad que la cola interminable lo empujaba y empujaba, pero a él no le faltó ingenio para volver rápido a la boletería y sacar otro boleto y otro. Y otro más. Al salir finalmente (triunfal, sí), alguien le manifestó que con una sola entrada bastaba. Pero él, sin responder, repitió el rito al día siguiente. Y al tercero y al cuarto día de su estadía parisina. Sin una sola duda, tomó el avión de regreso con la convicción de que todo París no alcanzaba para conocer a la Gioconda en su esplendor.

Ciclo.
Las aguas del río envuelven su cuerpo, lo acarician, le dan suave cobijo. Busca que esa piel tersa y frágil descubra el roce sensual y límpido de los camalotes, el beso de escamas fugitivas, el toque de algún rayo de luz que se filtra de la superficie. Se sumerge y flota. Y navega con la lentitud de un tiempo suspendido. Viaja hacia el mar. Hacia el mar infinito de las caracolas. Cuando llegue, su ciclo de sirena extraviada estará cumplido.


Mala suerte
El barrio se encargó que la historia corriera. Carmen López comía gatos. Y fue natural que, a medida que algún micifuz desaparecía de la escena urbana, todas las miradas se fijaran acusatoriamente en su pobre figura. Un día se enteró cuál era la causa por la que el almacenero dejara de fiarle. Tomó sus bártulos y temprano se mudó a una casita más al norte de la ciudad. Con tan mala suerte, con tan mala, que al lado construyeron un refugio de la Sociedad Protectora de Animales.

Hasta los gansos
Volví a ver a tía Lucienne después de varios años. Llegué a Alba la Romaine y la encontré lejos del castillo, con marido nuevo. En una viña hermosa, el muchacho podía pasar por su hijo menor. Pero tia Lucienne se mostró natural, feliz, contenta de nuestro reencuentro. Volví a París y pensé en ese amor tan fresco, casi salvaje, con el cual ella había logrado trocar su viudez de años. Al día siguiente, la noticia de Le Monde.. En Alba la Romaine, una anciana había matado a su marido, a una joven vecina y después, en un rapto de locura, degollado todos los gansos de la granja.

Amalia
Aunque ustedes no conocen a Amalia, han oído hablar de ella. Sí: es la enana más armónica de la región, las más rubia y de ojos más azules. Han oído hablar de Amalia, porque todos tienen algo que decir de ella. Con cariño, por supuesto. Salvo los músicos, que la observan con miradas torvas. Los músicos, que no soportan su vicio. Que al principio tocan y tocan, mientras ella hace piruetas y se desliza por la pista como una gacela. Pero que a la madrugada, cuando ya las gargantas están secas de tanto soplar y los dedos acalambrados de pulsar las cuerdas, ella pide más y más música y todos, todos los del pueblo se quedan en sus sillas para seguir viéndola girar...

Quiromancia
Primero la borra del café, después la quiromancia, fueron sus armas para no desfallecer en la viudez. Miró las manos de miles de mortales y a cada una le buscó una historia más o menos creíble. Todo anduvo bien hasta que un desprendimiento de retina la dejó ciega. Entonces, pensó que sólo le quedaba convertirse en médium. Y ahí vino el escarmiento: en la primera sesión, en la primera, se apareció Luis, su difunto, que con dos gritos agónicos la llevó de susto al otro mundo.

Otra de quiromancia
Hoy voy a hacerme leer las líneas de las manos, para decidir si hago o no el viaje. Al regresar, estoy en las mismas: puedo viajar, pero por un viaje perderé mi identidad. Pregunto si se refiere al pasaporte. Aquí la línea se corta, no puedo responder. Preparo valijas, llego al puerto, el barco ha zarpado hace cinco minutos. Siento un golpe violento en ambas sienes. Me sostienen dos brazos fuertes. Miro al vacío. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy?

Madame Bovary.
Cuando conocí a Madame Bovary las ideas que me asaltaron fueron las que Ud. imagina. Al irse papá y mamá de viaje, la invité a casa. (Su esposo también había viajado). Tomó un licor. Me pidió una segunda copa. Me deslicé entonces a su lado con el ímpetu de mis veinte años. Me rechazó. Una, diez veces. Ella era virgen. Se conservaba intacta, Sólo le pertenecería a Monsieur Flaubert. Y de eso, faltaba aún algún tiempo.

Bovarismo
Una vez que entendió lo que era el bovarismo, Andrés bajo los ímpetus. Compró un perrito lanudo, se lo regaló a Madame, y desde ahí entró todas las noches a su casa, después que el marido se sumía en sueño. Flaubert sí, pero quién sabe lo que puede un perrito lanudo.

Faneras fantásticas
Como Felipe V, Arturo López no se dejaba cortar las uñas por temor a que su sección le restara vida. Las de los pies le crecieron tanto, que al año no podía caminar. A los dos años, se le ulceraron los talones y las nalgas, de tanto estar sentado o acostado. Finalmente, Arturo López resolvió el entuerto: se arrancó una a una las veinte uñas de raíz, y tanto sangraron sus dedos, que en veinticuatro horas lo acomodaron en el camposanto.

Monedas
Su calderillo de monedas tintineaba tanto, que todos los mendigos de Brujas le seguían por las calles. Al final, llegaba por las noches a su casa sin un solo cobre. Un mal día en que los mendigos hicieron huelga, en una esquina subrepticia una mano asesina le vació el corazón por vaciarle el calderillo.

Buen oficio
Aprendió el oficio de un tio abuelo, que a su vez lo había heredado de su padre. Lo hacía con limpieza de manos y tranquilidad de corazón. Carterista, para unos, descuidista, para otros, nunca faltó el pan en su mesa. Hoy llegó un poco triste a su casa. Casi lo quisieron linchar, en el ómnibus. Y si no hubiera por esa rubia, la bajita, quizá lo habrían logrado. Al descender, ella le confesó en un susurro: somos colegas, amigo. No te aflijas. En peores me he visto yo, y aquí me tienes. Pero te diré algo: nunca robes a un ladrón. Hoy te salió bien.

Elecciones
Me levanté temprano y fui a votar. Por primera vez. Al mediodía, Mamá mató a Papá, después de una fuerte discusión. Juez, policías, vecinos curiosos, ocuparon el resto del día. Me desplomé exhausto hacia la medianoche. El lunes, la noticia llegó vertical como fiel de balanza: Papá sería el nuevo intendente.

Gioconda Sánchez
A Gioconda Sánchez todos en el pueblo la soñaban con las piernas entreabiertas. Cuando se fue a Mérida, cambió de nombre. Judy Smith. Y todos la soñaron actriz de cine. Aunque fuera de reparto. Cierto día, alguien viajó a la ciudad y la encontró en el Holliday Inn. Vendiendo cigarrillos.

Fastidio
Si tal vez aguanta su sombra, se tiene decididamente un fastidio inmenso que ni los psicólogos logran menguar. Hoy, sin preámbulos, ha decidido solucionarlo todo: toma un tranvía sin destino y al final del trayecto baja y se cruza sobre las vías. (En minutos, con una oreja menos y bastante sangre sobre los hombros, es subido nuevamente por el motorman: hombre de menor aguante, aún).

Problema vocal
A Doudou la conocen por su voz chillona. Y aunque recita a Verlaine, y a veces hasta se le anima a Shelley, en pocos cenáculos literarios es aceptada. Doudou no se da cuenta (o hace como que) y su vida transcurre entre recitales y actuaciones teatrales. Teatralería que le queda como mano al guante. Hasta que alguien la propone para el papel de Desdémona. Virtuosa e inocente, nadie mejor que ella para entrar en la tragedia shakespereana y descubrirlo a Otelo. Pero la voz...Quiere el azar(¿o la fortuna?) que en el primer ensayo sus cuerdas vocales, tensas de emoción, se conviertan en una laringe de terciopelo. Y desde ahí, La Gran Doudou

Anamnesis
El día menos pensado, Pedro abrió la puerta de su casa y comprobó que daba a un precipicio. El día menos pensado, al abrir las llaves del gas, salió un chorro de agua. El día menos pensado, al destapar una botella de vino, saltaron del interior dos pececitos rojos. El día menos pensado, abrirá la canilla del agua y...

Azar traspapelado
El médico razonó así: nadie le preguntó nada a Pedro, por lo que Pedro no respondió a sus dudas. Su desconcierto empezó y terminó en si mismo. Si alguien hubiera compartido su copa de vino, quizá habría venido a cuentas lo de los pececitos. Pero nadie dialogó con Pedro. ¿Diagnóstico? Un azar traspapelado.

Astrólogo
Trocó el oficio de astrólogo por el de jardinero. Conocía todo el sistema de los astros y de los menguantes de la luna, de modo que plantó sus primeras semillas con confianza. Observó, sí, que los rosales –después de la poda- comenzaron a sacar brotes en invierno y que las floraciones se retrasaban. De los almácigos, sólo salieron escuálidos yuyos, como una protesta. Y el jazmín azórico se fue secando, por más que agua no le faltaba. Al final, el jardín se convirtió en un páramo de tierra removida. Se convenció que mejor eran los hombres que las plantas: se conforman con su destino. Por más inventado que fuere...

La niña bruja
Anne nació en Douville, pero antes de sus tres años los padres se mudaron a Rouen. Allí comenzó la cosa. En la casa se sucedieron episodios extraños: las cucharas se torcían, los cuadros caían de sus clavos, las puertas se abrían solas. Un día que Anne pidió que la llevaran a la calesita y no fue escuchada, todas las monedas del saco de su padre volaron por el aire hasta el bolsillo del delantal de la niña. Ahí sí que sus progenitores montaron en cólera. ¿Otra Jean D¨Arc? ¡Por Dios! Y la metieron en el Asilo de las Siervas de María, que era más oscuro que la boca de un lobo. Allí la niña creció en la más pura inocencia. Al cumplir los veinte, cuando comenzó a levitar, tomó los hábitos con resignación.

La niña santa
Desde que entró, pobrecita, fue mi protegida. La cuidé como a una hija no parida, y le enseñé los rezos más hermosos, los cánticos más elevados. Jamás me dio un disgusto o tuve que salir a defenderla frente a las otras hermanas. Era pura como una azucena. Una noche, al entrar a su celda para dejarle el misal olvidado, la vi, desorbitada, tocando el techo con la cabeza, los pies suspendidos. No lloró. Lloré yo por ella. Y al día siguiente propuse que entrara a la congregación, como novicia. Estuvo con nosotras exactamente un año. Entonces fue cuando comenzaron a volar, día a día, todos los platos en el refectorio...

Una historia normanda
Pocos recuerdan hoy en toda Normandía la historia de la Hna.Anne. Hay un sacerdote que le reza siempre, rogando por su alma. Alguna vez lo confesó a Arlette, que es la vecina más chismosa del pueblo. Y ella se encargó de divulgarlo con la menor discreción posible. Nadie imaginó nada. Todos callaron El padre Pierre, nacido en Douville, fue a vivir a Rouen cuando tenía diez años...

La escuela de Martina
Su vida estaba consagrada a enseñar. Y enseñó años y años, hasta llegar a los nietos de sus primeros alumnos. Un día, las aguas se embravecieron y Martina comprobó con dolor que su escuelita había quedado aislada, entre un proceloso mar. Entonces se le ocurrió lo de la escuela flotante. Le prestaron una barcaza y ella sola salió a recorrer, semana a semana, toda la región de islas. Así, volvió a enseñar con alegría y la barcaza se llenó de risas y de tiza. Una mañana, despertó anclada en el barro. Las aguas se habían ido. Y así pasaron varias lunas. Martina sola, sin tiza y sin risas. La hallaron, exánime, aferrada a una pequeña pizarra.

La nieve, la nieve
Los cinco cuerpos congelados son depositados en una fosa común, por tratarse de la misma familia. Más de veinte mil cadáveres en la región, provocan un problema que la comuna no logra coordinar y resolver a un mismo tiempo. No hay caminos. El tren hace casi un mes que no arriba a la estación. Demitrio Poliakoff se arma de paciencia y razona: si espero a que deje de nevar para que todo entre en orden, me echarán por inepto. Entonces, sigilosamente y sin que sus pocos empleados lo adviertan, toma un trineo, ata seis perros y marcha hacia la ventisca blanca hasta desaparecer. Al día siguiente, por disposición del Zar, sale un gran sol.

PÁGINA 14 – Narrativa

Luna, espejo del tiempo
(Sentencia persa)

Por María Guadalupe Allassia (Santa Fe/Argentina)

Sobre los álamos blancos
de la dormida ribera,
una luna rosa y triste
va subiendo entre la niebla.
- Juan Ramón Jiménez -

El Árbol de la Caoba, por las noches, respira aire de luna, con lo cual, conoce el secreto de antiguas piedras galácticas, y las leyendas que flotan ingrávidas, entre las constelaciones, como redes de luz que encienden el pensamiento.
Entre sus ramas laten pulsos cósmicos y almanaques que cuentan las miles de lunas que ha visto. Y ha besado.
Los hombres creen en sus historias, porque siendo un árbol sagrado, cura ensueños y males de sombras y penas. De su boca se oyó el relato que cuenta, cómo la Luna bajó a la Tierra, por culpa de los Espíritus de Sortilegio de la Noche. De ellos se decía que extraviaban los viajeros y desataban el miedo, el cual hablaba con la voz de los lobos.
La Luna, viendo cómo sucedían tales cosas a los hombres, quiso intervenir.
Se envolvió en una capa oscura que la tornaba invisible y descendió hasta las tierras húmedas, donde los senderos se cruzaban para la confusión y la pesadilla.
Ay, luna translúcida, luna de nada, luna que guardas la liebre de jade y el hombre con espinas. Ay. Olorosa a anís silvestre. Ay.
Un camino de aliento frío se deslizó a sus pies. Sus delicados pies que se enredaron en raíces espinosas que laceran. Cayó entonces en el agua profunda. Ay, luna oscurita, qué temblor grande el del río.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan. Tan. Entre estremecimientos de escarabajos y lombrices que medían el tiempo debajo de la tierra. Tan. Vibraron los pececitos que le bebían los pies.
Ay, Luna de cabellos celestes y llovidos. Cómo hundiste tu cuerpo en el agua oscura, mientras los Sortilegios de la Noche te sumergían más y más y te ahogaban en el silencio redondo de antiguos llantos.
Ay, Luna de oro que iluminaste tanto siglos, perdida entre luciérnagas dormidas.
Los Espíritus de Sortilegio obraron con libertad durante todo el tiempo de noche - noche que la Luna no brilló en el cielo... Crecieron los males, los hechizos, y las palabras que invocan la oscuridad avanzaron hasta la vivienda de los hombres.
¿Cuántas lunas calladas pasaron?
¿Cuántas lunas muertas pasaron?
El Tiempo, piedra misteriosa, cayó sobre la Tierra, sin medir las sombras, lo que se convirtió para todos en tiempo peligroso y de enigmáticos designios.
Los espejos sellaron la entrada de las cosas y dejaron salir el rumor de batallas.

El búho de ojos amarillos avisó a los pescadores, que acudieron rápidamente a liberar a la Luna ahogada en oscuridad.
Pero, ¿cómo romper el encantamiento de los devoradores de luz?
Los hombres del río sabían de ríos y de estrellas, porque siempre obedecían la palabra de los astros. También sabían de lunas aguadas que anunciaban lluvias, o de lunas rojas que anunciaban calor. Conocían de peces alunados y de lunarios poéticos acumulados en la orilla.
Por eso, alguien dibujó un barco en la arena, un barco pequeño, de velas suaves y ondeantes.
Otro hombre pronunció la palabra adecuada que rompió el encantamiento.
¿Palabra de lágrima?
¿Palabra de estrella?
¿Palabra de boca enamorada?
¿Palabra soplo de poesía?
Los peces, cientos de ellos, levantaron a la Luna y la subieron al barco. Barquito de ensueño que se movió y buscó el espacio azul.
Ay, Luna rota que en añicos de luz cayó sobre el lomo de los peces y el agua asustada.
Ay, lágrimas de plata que los siglos no borraron.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan, los sueños que la elevaron con suavidad.
La Luna flotó en el cielo, en su barca, libre como el pensamiento de los hombres que buscan peces en el agua.
Así volvió a la serena dulzura de su casa y a los ocultos ecos del espacio. Así brilló otra vez. Ritual. Inmensa. Naturalmente, como quien no sabe hacer otra cosa.
Expulsó después los Sortilegios de la Noche que huyeron ante la luz, fuego blanco, sin uso, como en los orígenes.
Nadie recuerda la palabra pronunciada contra el hechizo. Pero es conveniente, que por generaciones, alguien la imagine, la repita, la triture, la mastique, la lave, la pula, la respire, la exalte, la ilumine y la pronuncie en las noches.
Por qué si no, qué haremos vos y yo, lunautas eternos, sin el espejo del tiempo, sin la medida de la eternidad?
“De qué metal está hecho/ ese broche, ese temblor,/ para prenderse en qué pecho/ como un alfiler de amor ?” (Nicolás Guillén).

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

Ángel de bruma

Vestido como en el mundo
ya no se me ven las alas
Rafael Alberti

Yo he visto los reflejos que la niebla
esparce en las cunetas y en el cielo;
fui testigo del fuego y de la escarcha;
vi la rebelión del alba en los tejados,
las danzas de los gatos, la partida
de esas nómadas aves que no vuelven,
el verde resplandor del horizonte
perdido entre montañas y jilgueros.

Yo vi caer la nieve sobre la tarde agonizante;
también anochecer en las orillas
de un arroyo que fluye hacia el olvido,
y el fleco de la lluvia en la distancia.

Pero los delirantes dioses me cegaron
por no acatar la fe de los horarios.

Fantasma de mí mismo, vago
por los interminables pasillos
de una realidad que no es la mía.

Sobrevivo
en este invierno largo
contra viento y arena sobrevivo
sin dios ni arma ni salvoconducto.

Sobrevivo
letra a letra, incoloro
epitafio, paredes desconchadas,
alas ensangrentadas, vertederos
de palabras antiguas, sobrevivo,
superviviente apenas, sobrevivo
como la sombra leve de un naufragio.

Sergio Borao Llop (Zaragoza-España)

Gacela entregada

Tu risa es una desbandada de aves azules.

Tu cuerpo es la selva del universo,
y en tu vientre duerme un pájaro blanco.
Por tu espalda está bajando
una bandada tierna de palomas.

Eres todo de espuma
como los niños muertos a las orillas del mar.

Te pertenezco tanto
que en mi pecho tu ausencia es sólo herida.

Carmen Díaz Margarit (París-Francia)

Ta Alandig

Si tus besos tienen
una nota de la oscuridad
eso me tiene sin sombra
porque los árboles caminan
en ajena copa
forjando hueso en soles de arroz
tribu ta alandig del elefante volador
38 dientes de flauta
cantando el miedo del canto
sonrisa ayudando al ratón
colgado de una trenza de abril

Roberto Marranillo (Bruselas-Bélgica)

Cuando me hice fruta

Hombre y mujer fui concebida bajo la sombra de la luna,
pero Adán fue sacrificado en mi nacimiento,
inmolado a los mercenarios de la noche.
Y para colmar el vacío de mi otra esencia
madre me bañó en aguas del misterio,
me instaló en la orilla de cada montaña,
moldeó la luz y la penumbra
para hacer de mí mujer-centro y mujer-lanza,
traspasada y gloriosa,
ángel de los placeres innominados.

Extranjera crecí y ninguno cosechó mi trigo.
Diseñé mi vida en una hoja blanca,
manzana a la que ningún árbol dio a luz.
Y la horadé y salí,
en parte vestida de rojo y en parte de blanco.
No solo estuve en el tiempo o fuera de él
porque maduré en los dos bosques
y recordé antes de nacer
que soy un tumulto de cuerpos,
que dormí largo tiempo,
que viví largo tiempo,
y cuando me hice fruta
supe
lo
que
me
esperaba.

Pedí a los magos que cuidaran de mí,
y entonces me llevaron consigo.
Dulce era mi risa
azul mi desnudez
tímido mi pecado.
Volaba sobre la pluma de un ave
y me hacía almohada a la hora del delirio.
Cubrieron mi cuerpo de amuletos,
y untaron mi corazón con la miel de la demencia.
Protegieron mis tesoros
y los ladrones de mis tesoros,
me obsequiaron historias y silencios,
desataron mis raíces.

Y desde aquel día me voy
me hago nube de cada noche
y viajo.
Soy la única en decirme adiós
la única en acogerme.
El deseo es mi camino y la tormenta mi compás.
En el amor no echo anclas.
Gemela de las mareas,
de la ola y de la arena
del candor y de los vicios de la luna,
del amor
y de la muerte del amor.
Durante el día mi risa es de los otros
y la cena solo a mí me pertenece. .
Quien sabe mi ritmo me conoce
me sigue
no me alcanza.

Joumana Haddad (Beirut-Líbano)

esquelas

mi abuela
tiene la manía
de sentarse a leer
las esquelas del periódico
todos los días
después de fregar
los cacharros de la comida.
las repasa una y otra vez,
como si estuviera estudiando
para un examen,
y hay veces
que no puede evitar
que se le escape
un suspiro de alivio
al comprobar
que ni su nombre
ni sus apellidos
están escritos
en ninguna de ellas,
aunque luego
siempre te diga:

llegar a esta edad
no se lo deseo
ni a mi peor enemigo.

David González (Barcelona-España)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

“Quisiera contar cómo nacían las cosas”.

Por Sylvia Riestra (Montevideo/Uruguay)

En la semana del 15 al 19 de agosto de 2005, se cumplía definitivamente el vaticinio que hiciera Wilfredo Penco veintiseis años antes, en el prólogo de “Clavel y tenebrario” de que “(e)n los años venideros, más tarde o más temprano, una aureola mítica rodear(ía) el prestigio literario de Marosa di Giorgio Médicis.” En esa semana, en la Biblioteca Nacional, la necesidad de recordarla y de compartir ese recuerdo, congregó tarde a tarde, desde las 18 hs. hasta la noche, a escritores, profesores, psicoanalistas, videístas, actores, editores, amigos, familiares, músicos, pintores, fotógrafos, y sobre todo, lectores. Fueron jornadas académicas, donde se expusieron estudios sobre su obra, se exhibieron películas, fotografías, pinturas, manuscritos, se hicieron representaciones teatrales, y se oyeron emotivos testimonios.
El 17 de agosto se cumplía un año de su muerte.
La obra de Marosa es vastísima, compleja, apasionante, asombrosa. Empieza a publicar en 19541 y muere pocos días antes de que se publicara su último libro. No se parece a nadie. Se han buscado referentes literarios. Lautreámont, Delmira, los surrealistas, pero acaso sólo se encuentre algún matiz, alguna hermandad poderosa. Su obra asombra y desconcierta donde vaya, pero particularmente en nuestro país, donde aún hasta la literatura fantástica, tiene un corte racionalista, intelectual. Es rara la naturalidad de lo fantástico de esta escritura, una falta de lógica sin culpas, sin necesidad de explicarse; raro el mundo que muestra, el modo en que lo hace, las perspectivas que asume; esa visión a veces microscópica y panteísta de todo lo existente: “no pasa nadie, sólo, de vez en vez, cruza el aire alguna guinda, un santo pequeñísimo” (De La mesa de esmeralda).
Sus textos son híbridos, como los califica Echavarren. Es incómodo encontrarles el género literario justo. No lo hay. Cuentan historias como los cuentos, van conformando un universo como las novelas, y tienen el poder primitivo, conmovedor de la poesía.
A partir de la recreación de las chacras de Salto donde vivió su infancia y adolescencia, se ingresa a un espacio y un tiempo míticos. Desde el primero hasta el último de sus libros, se ahonda, se hurga, se explora un mundo que se puebla de “cosas desconcertantes: azúcar, diamelas, vino blanco, vino negro, la escuela misteriosa [...], asesinatos, casamientos en los azahares, relaciones incestuosas” (De Historial de las violetas).
Historias sagradas, situaciones extrañas y extremadamente naturales se suceden. Todo es terrible, extraordinario, extraordinariamente real, y revelador de algo. “Y cuando nos mudamos a otra vivienda, tampoco nadie comentó nada. Lo cuento, ahora, que, ya, parece un cuento” (De Clavel y tenebrario). Aunque a veces pueda no entenderse bien de qué tratan sus textos, no hay duda de que son verdaderos, de que están animados por
una fuerza brutal, por una pulsión incontenible. “Estaba sentada delante de la viña, y podía aparecer el monstruo delante de esas viñas. Su edad era la que, justamente, atraía a los monstruos, según decían siempre” (De Camino de las pedrerías). Todo es lo que es y es símbolo. La nube, la huerta, la mariposa, la liebre, la boda, el miosotis. Todo parece reproducirse permanentemente, todo es creación continua, inspiración, partenogénesis, mitosis, como se llame. Leer un poema de Marosa es asistir al día en que se creó el mundo: “Entonces, era el alba de la vida” (De Clavel y tenebrario) .
Es difícil saber si el sujeto poético, referido muchas veces como Marosa, es una persona, un hada, una flor, una liebre. Tampoco importa. Es todo eso. Hay un animismo primitivo. Muchachas que se enamoran de caballos desdeñosos, murciélagos que fuman y copulan con la dueña de casa, los animales que hablaban, los hongos de carne levísima que eran parientes de la familia. “En las noches de enero, las diablas daban a luz, aquí cerca, y allá lejos, bajo sus negras melenas, sus largas pestañas”. (De Clavel y tenebrario). “La luna cayó sobre mí; la pasé a Nidia, que me la vovió, hasta que se fue al suelo, trizándose como un plato”. “De todas partes, surgen animales entrelazados” (De La mesa de esmeralda).
Escritura donde cada cosa es y no es. Rural y urbana. Profundamente antigua y absolutamente contemporánea, futura, extemporánea. Poemas paradigmáticos, a la vez que fragmentos de una novela, de una historia de la creación. Profundamente católica, sus páginas están habitadas de ángeles y vírgenes, pero sobre todo, de diablos “Dentro del espejo está el Diablo. El que aparece, de tanto en tanto, por la casa” (De Mesa de esmeralda). Son varios libros y uno nuevo y el mismo cada vez.
Multifacética, multiforme, Marosa también incursionó en las performances. En realidad su voz, su lectura, ya eran naturalmente performáticas. Con sólo leer en voz alta, generaba un mundo, una atmósfera fascinante de comunión, de ceremonia de iniciación, de nacimiento del verbo.
Hasta su aspecto era de otro mundo, su voz honda, su presencia. Su cabellera intensa, larga, pelirroja, la asemejaba a un cardenal del campo; sus ojos inquisitivos, sus lentes punzantes, a una lechuza de la noche o de la Acrópolis. Destellaba, irradiaba, hasta atemorizaba, como sus textos.

[1] Marosa nació en Salto, Uruguay, en 1932, y murió en Montevideo en 2004. Publicó: Poemas, 1954. Humo, 1955. Druida, 1959. Historial de las violetas, Magnolia, 1965. La guerra de los huertos, 1971. Clavel y tenebrario, 1979. La liebre de marzo, 1981. Mesa de esmeralda, 1985. La falena, 1987. Está en llamas el jardín natal, Membrillo de Lusana, 1989. Misales, 1993. Camino de las pedrerías, 1997. Reina Amelia, 1999. Diamelas de Clementina Médicis, 2000. Rosa mística, 2003. Flor de lis, 2004. Bajo el título de Papeles salvajes se recopilaron en dos tomos, casi todos sus libros .


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Año I - Nº 6

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Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de Edith Goel (Argentina/Israel)

PÁGINA EDITORIAL

La deuda del escritor genial.

Los escritores clásicos fueron aquellos que representaron más fielmente los rasgos del ámbito en que vivieron, crecieron y murieron y, profundizando en ellos, mostraron la presencia de lo trascendente a lo que solamente se llega a través de lo concreto y singular. Ni siquiera los autores de narraciones fantásticas valiosas dejaron de mostrar su pertenencia a un medio y a una época.
Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, son representantes cabales del pueblo al que pertenecieron, con sus contradicciones y toda su riqueza. Vale decir que, de algún modo, aflora en ellos no solamente la presencia de la inspiración que viene de lo alto sino la carnadura que le han otorgado la tradición, el paisaje y la manera de ser de su gente.
Digamos que si esos grandes artistas llegaron a la cumbre desde donde se vislumbra la eternidad fue por su deuda con la savia que le prestó su experiencia con la llanura fecunda de su pueblo. Esos nombres son más que individuales, porque en ellos se funde la inspiración divina con el aporte anónimo extraído de anécdotas, rasgos, gracia, decires, vivencias de los seres que los rodeaban.
El creador auténtico no es el narcicista que vive para ser un ídolo.
¡Cuánto representa de la humanidad de todos los tiempos un personaje que solamente podría haber sido creado en España: el Quijote de la Mancha! Ese pobre personaje que quiere ser héroe para desfacer entuertos y vengar agravios, es tan humano en su debilidad y extravío que nos involucra a todos, ya que no hay nadie que no haya soñado con la grandeza y que no aspire a destacarse de algún modo. Y no todos aprenden como él a comprender sus límites, a recuperar la objetividad que viene a ser el comienzo de otra historia, donde quizás Alonso Quijano entienda que para llegar a la verdad hay que someterse a la voluntad de Dios.
En el Quijote se da la tragicomedia humana, la del individuo común que lucha contra el poder sin otras armas que sus sueños. Y Cervantes, cuando creó su obra, estaba unido al destino de todos los hombres de su pueblo. Tanto es así que Sancho termina por convertirse también en el Quijote.
Cervantes le debe a sus andanzas su contacto con lo popular y, por supuesto, encontrar allí la presencia de Dios, la inspiración para su obra máxima.
Los ejemplos pueden multiplicarse con Shakespeare, Dante, Goethe y sus personajes. Ninguno ha surgido del narcicismo o del subjetivismo. Allí desfilan tipos humanos que han nacido de la observación amorosa de personas anónimas y de paisajes concretos.
Hay que comprender que cuando decimos esos nombres de la literatura clásica universal estamos reconociendo en ellos la tradición, el genio, la identidad.
¿Qué conclusión extraemos de estas reflexiones? Que un artista genial recibe su don desde el cielo y a través del aporte de personas y circunstancias que lo rodean. Y que su genialidad la demuestra, precisamente, por devolverle a todos esos factores lo que ellos le han dado. Deja su individualidad aislada para fundirse en el amor universal que siempre actúa a través de las circunstancias concretas.
Hay muchos artistas geniales que no dejaron sus nombres inscriptos en la historia de la literatura.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

El condenado

El rostro que moja con aliento el espejo
no es el rostro verdadero.
El que se halla dentro sí.
El que está afuera vive de las sensaciones
de una vida que no es la suya:
una vida prestada.
El que está dentro es el de aquel niño
acosado por sombras,
que le clava leznas para que no descansen
los recuerdos,
para que regresen las pesadillas de la infancia

Florentino Hernández (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

A cambio

Nos fue dado un día
a un paso del sol,
casi nada.

Nos fue quitado un día
a un paso del sol,
casi todo.

Beatriz Vallejos (San José del Rincón-Santa Fe/Argentina)

Consagración de la primavera

Me cuesta precisar
cuando fue que este cuerpo
dejó de ser mío.
Cuando se pobló de hiedras y de gusanos,
y quedó en los caminos
de los fusiles.

No sé en que tiempo sin metáforas
lo besó Proteo.
Le acarició el perfil
la mano brumosa de la pena,
o lo torturaron
los desahogados de la vida.

No sé tampoco en que film
quedaron los ojos que miraban limpio,
las mejillas barnizadas de inocencia,
los viejos Talmudes
que hablaban de la mañana
como de una promesa.

De pronto,
me fueron arrancadas las muselinas.
Se me gritó "cobarde" en las plazas;
y hubo niños que escupieron en mi contra.
Hubo también fuegos
que no alcanzaron a colmarme.
Máscaras de faunos
y mujeres vestidas de celeste
riendo en mis oídos.

Y "La consagración de la primavera",
bailada por Nijinski
fue un pozo en mitad del corazón.

No puedo saber cuándo fue el tiempo
de dejar los jacintos a un lado,
igual al que deja una sangre que no sangra más,
en una isla,
en una calle oscura.

No.
No puedo saber cuándo me robaron de mí.
Dejándome la piel
tan conocida por los otros,
tan adherida a la lengua
de una tarde perpetua.

Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe/Argentina)

El temor en la soga

poner en remojo el temor
preparar una palangana azul
llenarla de agua y jabón
dejar el temor en remojo una tarde
y cuando cae el sol
tomar el temor con las dos manos y estrujarlo
ver cómo chorrea miedo enjabonado
sumergirlo en agua limpia y estrujarlo
y cuando cae el sol
salir desnudo a la terraza
llevando el temor en una mano
colgarlo en la soga junto con los otros trapos
y esperar a la luna
para que lo seque

Hernán Salcedo (Rosario-Santa Fe/Argentina)

La hambrienta.

“¿Qué será de la criatura
entre la mañana y el silbido?”
Bella Clara Ventura (Colombia)

Ella es un logaritmo, un índice en las sombras,
la cifra que no cierra.
Ella no es más que un gesto remendado
incrementando el censo de cucharas vacías y vacunas urgentes
con que el dedo asesino contabiliza cada pesadilla,
cada cruento final de esos delitos que no admiten condena...
hasta que los abismos se derramen por calles pulcramente sumisas,
clamando por su angustia silenciosa,
aullando desde el fondo
con las voces del fuego crepitando tragedias.

Ella no vale nada ante el álgebra estricta.
Es sólo una molestia,
la piedra en el zapato de un ministro
que disimula todas las huellas del naufragio, los rastros del mendrugo,
con sus uñas pulidas, con sus calculadoras implacables,
con su intimidatorio veredicto de ilícita hipoteca.
Ella es un porcentaje inscripto en los tratados que fraccionan el agua,
devalúan la vida a pura fiebre,
subarriendan los sueños,
mientras el mundo instaura murallas y compuertas.

Ella sólo es un número, el guarismo descalzo,
la estadística seca.
Ella sólo es un punto en el diagrama.
Nunca tuvo una hogaza de pan hospitalario que calmara el sollozo
ni un manantial de avena donde saciar el hambre combativa
ni un perfil de alfabeto sedicioso excavando trincheras
ni un horario prudente donde alzar barricadas ante tanto exterminio
ni un silbo señalándole el regreso
al refugio en andrajos
donde muerden su cuerpo las muertes verdaderas.

Norma Segades – Manias (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

No saber

Por Ernesto Iancilevich (Buenos Aires/Argentina)

-¿Llegamos? –preguntó el que tenía la pala, aferrada como un espadón entre sus manos huesudas y grandes.
-Parece –respondió el otro, hundiendo el pico en la tierra disgregada, yerta.

“Cómo podría avisarles, señor. Los que llegan no pueden imaginar el fondo de tristeza que surte nuestras vidas, aunque, por momentos, me parece recordar, pero estoy grande, y ellos no me hacen caso: mueven la cabeza de lado, sonríen y dicen“sí, viejo”. A veces, no sé, siento que es pura zonzera de la fantasía. Claro, con los años le va quedando a uno menos tiento para saber. Todavía veo la llegada de los últimos, esperando un milagro, cuando el arroyito ya se había secado y el único manantial era el de los cacharros con pedidos, guijarros empapelados de voces que la ventisca daba vuelta, mareada ella también por vaya uno a descubrir qué cosa rara. Se fueron acostumbrando a esperar, primero; a olvidar, después; y, al final, a no estar. Nada es más difícil: duele mucho el corazón, parece una piedra a la que le han tocado el alma. Los más hasta creyeron que esto era el infierno. Creían que era el infierno y se reían, mostrando los dientes rotos y manchados, gastados de tanto mascar hambre. Todos acá se andan con hambre y, cuando están tristes, el hambre se les confunde con el frío. He visto a hombrones preguntar que cómo se reza; yo mismo lo hice, mucho atrás. Se pregunta, pero nadie le sabe decir a uno; será porque da miedo, no vaya a pasar que el otro lo oiga a uno y se le aparezca a litigarlo, y uno está tan cansado que no quiere peleas, y menos con el dueño del pedregal, ¿ve?, el que por todas partes anda tragándose la tierra. El más terco fue un solitario; hablaba poco y miraba mucho: se diría que buscaba un sitio donde plantar. Le sangraron las manos empujando sílice contra el cielo sin pájaros. En un canto de mica creyó ver reflejado un rostro y gritó de miedo; aún hoy parece oírse, así de hondo fue su espanto, como un peso que nunca terminara de caer. Y ahora, esos dos, ahí los tiene, cavando y destapando recuerdos. Yo se los diría, pero ellos también van a ladear la cabeza.
¿Cuánto más? No, no le pregunto a usted, al otro le pregunto, pero él no quiere contestar. Se me ocurre que un día..., pero no sé, me olvidé cómo se cuentan los días. A lo mejor, el viento... Si hasta me siento con ganas de llamarlos a esos dos y gritarles que a lo mejor el viento nos dice dónde estamos.”

Por detrás del terraplén alzado, al arbitrio de la tarea que los dos hombres habían llevado a cabo, desparramadas en asimétrica exposición, aquellas soledades declaraban su majestuoso escándalo.
-¿Escuchaste? -preguntó el de las manos grandes y huesudas.
-No –respondió el otro, con esa contundencia que confiere un largo cansancio, mientras apoyaba pesadamente su pie sobre una pila de granito.
-Habrá sido el viento –se dijo el palador.
-Habrá sido -asintió el más callado.
-Como si éstos pudieran hablar –completó el otro, riéndose, mientras hamacaba graciosamente la carretilla.

PÁGINA 4 – Narrativa

Una bala equivocada

Por Martín Orell (Santa Fe/Argentina)

La abeja de plomo comenzó a silbar en un aire revuelto con olor a pólvora, sangre, miedo en un día del año 1831.
La mirada de Dulcinea flotaba en los restos de un aire similar, hacía dos noches, cuando una leve expresión deshizo tanta mierda de días y días, mierda de cobardías, mierda de derrotas, mierda de recuerdos de Dorrego.
Lavalle comprendió que la abeja de plomo lo buscaba pero no, no podía ser. A los cuarenta y siete años se sabía inmortal y lo era.
Bolivia quedaba lejos, Pedernera aún no sabía de su macabro paso a los libros de historia.

Dulcinea lo esperó desnuda, fumando un cigarro, vestida solamente con una mirada y una sonrisa y una lujuria.
Lavalle dejó su espada, su uniforme, sus cáscaras en un lento ceremonial. Ella lo derribó en la cama y él le estrelló su palma en la cara.
Sonrió.
Le volvió a pegar.
Volvió a sonreír.
La penetró salvajemente.
- Tengo miedo.
Él no contestó y siguió embistiendo sus nalgas como un animal en celo.
- En serio. Dijo ella en el medio de un orgasmo.
Él la agarró de los pelos y le susurró al oído sin detenerse:
- ¿De qué?
- De que no seas inmortal como decís.
- Lo soy.
Y continuó sin permitirse siquiera la duda.

Pedernera no estaba lejos de Lavalle cuando un leve suspiro de plomo besó su oído.
El apuntado tenía sangre en las manos al igual que su caballo que sólo pisaba cadáveres.
Giró la cabeza y comprendió que el proyectil buscaba a su pecho, no dudó, no se inquietó, no sospechó a la Parca. Le bastaba su certeza.
No iba a morir.
Y no murió en esa batalla.

Ella lo contempló desnudo en su cama, aplacado, vanidoso, ufano, exhalando humo.
- Te lo dije en serio
- No voy a morir. Fue toda la respuesta.

Sombra como reflejo que no alcanza a describir la totalidad del todo que significa la proyección.
Reflejo que dibuja los contornos del mundo y que no alcanza a abarcarlo,
por razones obvias, claras, precisas, los detalles escapan y se pierden en la distancia entre lo que proyecta y la proyección. Hasta puede convertirse en un símbolo de aquello, pero no puede más que eso, queda en la representación, al igual que el lenguaje es perfil del mundo, pero encontramos siempre que hay más mundo que las posibilidades que nos muestran los signos, las palabras, las sombras.

La bala que lo encontró no era para él, era para una puerta, más tarde museo, sobre la que se proyectaba una sombra que, en un pueblo cerca de Jujuy, buscaba un albergue.
Él, Lavalle, el inmortal, él, temido y adorado por propios y extraños, él, el Gran Lavalle, estaba en el medio.
El mazorquero que disparó esa bala nunca supo a quién mató. Sólo disparó a una sombra.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Juan L. Ortiz – 1896/1978 - (Entre Ríos / Argentina)

Gualeguay
(fragmento)

Allí más en contacto con el doloroso rostro de la orilla:
con esos silencios de harapos que me llenaban de vergüenza
en el atardecer destacado:
yo, con animales “heráldicos” asomándome a los ranchitos
sobre el agua
y a sus camas de bolsas y a sus chicos hacinados contra las
pobres lanas vivas...
y el desdén de ese cielo como si todo fuera ya sin mancha. ..
Ah, la mujer de Martín flotaba en su voz pura, en su sonrisa
pura,
y parecía que nada la hubiese tocado, nada, increíble sobre
el drama...
—en tu pureza vencedora, sí, pueblo mío, yo encuentro
siempre las razones de mi fe.
Y llovía a veces sobre el drama, y todavía a veces llovía sobre
el drama...
Y yo se los aclaraba en ocasiones y ellos solían mirar por
encima de él, allá. ..
Y una mañana el río medio seco allí recuperó por un canal su
cielo errátil
y los vi a todos sonreír como si el día, el mismo día, ya corriese
a sus pies...

No, no es posible...

No, no es posible.
Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,
y el paisaje alejado como una melodía
bajo la llovizna
en el atardecer perdido del campo!

Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!

No, la muerte mágica de la música,
ni la turbadora sutileza,
mientras bajo la lluvia
hombres sin techo y sin pan
parados en los campos,
vacilan al entrar a la noche mojada!

Fui al río...

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Ah, mis amigos, habláis de rimas...

Ah, mis amigos, habláis de rimas
y habláis finamente de los crecimientos libres...
en la seda fantástica que os dan las hadas de los leños
con sus suplicios de tísicas
sobresaltadas
de alas...

¿Pero habéis pensado
que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida.
desnudo casi bajo las aguas del cielo?

¿Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo
del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde “la división”,
despedido del “espíritu”, él, que sostiene oscuramente sus juegos
con el pan que él amasa y que debe recibir a veces,
en un insulto de piedra?

¿Habéis pensado, mis amigos,
que es una red de sangre la que os salva del vacío,
en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,
de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,
a no ser una escritura de vidrio?

Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,
y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto...
Y sé que a veces halláis la melodía más difícil
que duerme en aquéllos que mueren de silencio,
corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento...
Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía
igual que en un capullo...
No olvidéis que la poesía,
si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,
es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,
cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin
y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor...

A la orilla del río...

A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
A la orilla del río
dos soledades
tímidas,
que se abrazan.

¿Qué mar oscuro,
qué mar oscuro,
los rodea,
cuando el agua es de cielo
que llega danzando
hasta las gramillas?
A la orilla del río
dos vidas solas,
que se abrazan.
Solos, solos, quedaron
cerca del rancho.
La madre fue por algo.
El mundo era una crecida
nocturna.
¿Por qué el hambre y las piedras
y las palabras duras?
Y había enredaderas
que se miraban,
y sombras de sauces,
que se iban,
y ramas que quedaban...

Solos de pronto, solos,
ante la extraña noche
que subía, y los rodeaba:
del vago, del profundo
terror igual,
surgió el desesperado
anhelo de un calor
que los flotara.

A la orilla del río
dos soledades puras
confundidas
sobre una isla efímera
de amor desesperado.

El animal temblaba.
¿De qué alegría
temblaba?
El niño casi lloraba.
¿De qué alegría
casi lloraba?

A la orilla del río
un niño solo
con su perro.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

El simple y a la vez complejo arte de escribir.

Por Francisco Méndez (Chile)

Escribir, suena como que fuera simplemente eso. Como que no tuviera nada detrás, como que no existiera ninguna esencia. Eso es lo que vengo a atacar. Escribir no es fácil, no quiero decir con esto que haya que tomar cursos o ser un teórico, sino que el arte de escribir viene de algo más profundo que la simple conexión “cerebro-mano-lápiz”, o para ser más actuales, “cerebro-mano-teclado”.
Cuando te enfrentas a un papel en blanco, te estás enfrentado a un gran universo de situaciones. Te enfrentas a un gran desierto el cual espera que lo llenes con tus ideas, reflexiones o historias.
En un papel puedes crear vidas, una ciudad con diversas personas y diversos pensamientos que tal vez estén al margen de lo que uno piensa. Te vas convirtiendo en otras vidas, en otras apreciaciones de lo que significa vivir la vida. Tal vez estas apreciaciones pueden ser muy subjetivas debido a que eres tú mismo quien las escribe. Pero de alguna manera estás creando nuevas apreciaciones de las cuales tú mismo te sorprendes. Te sorprendes de la manera como existen personajes en ti que florecen mientras vas creando la historia. Sientes que en el papel se crean personas que nunca viste, pero que tus manos están creando y dándole vida, como si esto fuera parte de todos los días. Cosa que no es.
La inspiración no llega de la nada, no toca a tu puerta todos los días. Al contrario, la mayoría de los días toca a tu puerta una cosa rara que no tiene nada que decirte, que lo único que hace es distraerte de tu espera. ¿Qué espera? La de la tan preciada y buscada inspiración. Aquella que un día está junto a ti y el otro se encuentra lejos, imperceptible, tanto que tu búsqueda es parecida a la búsqueda en una habitación oscura y gigante, del interruptor de la luz. Una búsqueda de días o meses de este interruptor.
Es por todo esto, que creo que hay que tener una cierta paciencia y un cierto espíritu literario para someterse en esa página llena de nada. Esa página que, de una u otra manera, debes hacer florecer con palabras e ideas que no sólo demuestren a los demás tus diferentes capacidades al momento de enfrentarte, sino que también te demuestren a ti mismo, lo que eres capaz de crear con tu cerebro y todo tu ser.
Cuando estás frente al computador y tu ánimo tiene que ver con conflictos internos, las grandes preguntas que tienen que ver con dónde te encuentras y en qué estado de tu vida. Ahí, justamente ahí, se abren esas grandes hojas que con el transcurso de las horas se van convirtiendo en páginas llenas de razonamientos que tienen que ver, obviamente, contigo y con todo lo que representa tu vida y lo que has reflexionado acerca de esta no en el pasar del tiempo, sino desde el momento en que has querido sentarte y encender el computador, o para que suene más romántico, desde que abriste ese cuaderno y sacaste ese lápiz de tu bolsillo.
Por todo esto y mucho más es que quiero decir que el hecho de plantearse escribir un texto es algo que, dentro de la simpleza misma de los pensamientos y la espontaneidad del poeta o el escritor, es igualmente de una gran complejidad.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Domadora de poetas

No alcanza el alma imperfecta
para inflamar el cúmulo de amores ignorados.
Ni las venas, ni los Cristos caídos
ni las manchas robadas a los crímenes.
Estos ímpetus de minotauro y heroína
agazapados en la grupa de Pegaso
se acercan a lamer la desnudez de mi nuca,
son el premio y la condena de otros dioses menores.
Son el párpado rojo del aullido
la derrota de mi carne amedrentada
y lo humano y lo gris y lo prohibido
que destila su savia entre mis labios.
En el curso del olvido insensato
donde el hambre se herrumbra
y se arrodilla, domesticado, el instinto
bebo el sacramento amurallado de esas lágrimas
que me ofrece el dulce cáliz de tus manos.

Romina Carla Cinquemani (Buenos Aires/Argentina)

Mi vestido Tú

Tu cuerpo desnudo
es mi mejor vestido
en esta noche.
Tu piel me viste
como la naturaleza sabia
viste a los jazmines,
a las rosas rojas, aterciopeladas.
Tu mano se desliza
por mi cintura
hacen arder Gomorra
en mis entrañas
mientras reposa mi cabeza
sobre tu hombro,
que es mi almohada.
Ansias de amar me invaden
tus ansias me las sacien.

Clara Burzac (Tucumán/Argentina)

1

Hubo un poema con tu nombre una vez.
Y hubo muchos desamparos
entre infinitos espacios llenados precariamente.
Intuimos que, si nos rodeamos del momento apropiado, nuestros ojos
pueden pintar paz a las cataratas y
entre los huecos del coraje, ubicar estratégicas palabras de silencios.
Pero no sabemos cómo empezar. Nunca supimos cómo.

Mabel Bellante (Carlos Casares-Buenos Aires/Argentina)

El Otro País

Son las mismas marcas en los mismos productos
son las mismas señas en las mismas señales.
Es el mismo habla en las mismas habladurías
es el mismo asfalto, en distintas calles
con los mismos nombres.
Pero en la Patagonia no hubo trolebuses, ni tranvías,
ni mucho menos adoquines.
Sin embargo a pesar de la distancia
siempre dijeron que las leyes y derechos
eran los mismos
que teníamos los mismos colores y monedas
y que por eso nos descontaban la misma
deuda externa.

Roberto Goijman (Chubut)

En carne viva

“Tanto penar para morirse uno”
Miguel Hernández

¿Conocéis vosotros las grandes ardentías
de las vastas llanuras
cuando el fuego que purifica
se propaga para volver ceniza
las antiguas pasturas y así dejar
crecer lo verde bajo la ciega
luz de la canícula? ¿Conocéis vosotros
el corazón atormentado presa
de los incendios del amor? ¿El corazón
que sangra en las noches
de insomnio abandonado a la
intemperie de la ira del Dios de la
pasión?

Trémula, trémula, vibra
la pregunta para vosotros que sabéis
de la nieve y de la cárcel de la nieve.
Del paso de los años y la incuria
de saber extinguirse en brazos de una
pasión inútil. Si, vosotros sabéis.

¡Ah, vosotros, los grandes llanurales
donde el amor corría hacia
nocturnos astros para llenar de luz
el corazón de las tinieblas!

En carne viva el corazón
ahora solamente esperamos
música de las grandes esferas.
Y solitarios sabemos que el goce
es el minuto efímero y que el cielo
jamás se funde con la mar.

Ah, vosotros frágiles en vuestra
osadía de ser la luz
castigada por las manos del hombre.

Dejar crecer las hierbas nuevamente
en vuestros corazones.
Que no importen la penuria
del tiempo. Los duelos ni la muerte.
La vejez y el exilio.

Nosotros no pasamos.
Es el amor quien pasa. Y es su
sombra quien huye en pos de otros veranos.

Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La flor de la higuera

Por Trudy Pocoví (Santa Fe/Argentina)

- Es este viernes, dijo el Juanchi, sosteniendo la hoja del almanaque entre sus manos.
Y todos lo miramos, entendiendo a qué se refería, aunque yo hubiera preferido no comprender nada ni nunca haberlo sabido.
- ¿El viernes de esta semana? ¿Ya?- agregó Tito con esa particular expresión de asombro, tan similar al miedo, que ponía cuando no quería creer algo, esperando, tal vez como yo, que la respuesta fuera otra. Otra y no: Sí, boludo, dije este viernes.
- ¿Seguro, no? deslizó el Mate Cosido, intentando corroborar la información que tan tranquilamente había soltado el Juanchi, sacándole de entre las manos el almanaque y rediseñando con su grueso índice los delgados dibujitos de las lunas. Pero la cicatriz que ostentaba su occipital izquierdo, resultado de una bravía disputa con la barra del otro lado de la vía y razón de su apodo, imponía, todavía, suficiente reverencial respeto, como para que pudiera preguntar lo obvio o cuestionarle cosas al Juanchi.
- Así es, nomás...- aseveró gravemente el Mate después de un minucioso estudio de la hoja- Este viernes es luna llena.
No sé si filtró un poco de viento por alguna de las hendijas del vagón abandonado en que la patota se reunía o fue otra cosa. Pero un escalofrío me recorrió la espalda de punta a punta con sólo recordar el sentido de aquella fecha astronómica. Luna llena, este viernes... Y las palabras de la gitana.
Fue la tarde en que llegó el circo. Sí, la primera tarde, la siesta de su escandaloso arribo, cuando el estruendo multicolor de la caravana se filtró por resumideros y banderolas, por teléfonos y agujeros, por cortinados y galponcitos de chapas estallando como dinamita por todo el barrio. Con desenfreno, con desparpajo, con sombrero de flecos y batir de palmas, con colores, con olores, un Circo.
Hacía no sé cuánto tiempo que no llegaba un Circo a ocupar el triángulo entre la Avenida y el terraplén del ferrocarril. Así que apenas aquietado el paso de los elefantes y de las fieras, nos convocamos sobre aquella altura de durmientes dormidos para contemplar, desde las vías muertas, la bulliciosa vida de aquella irregular toldería. Luego, sin necesidad de orden o acuerdo previo, nos fuimos deslizando por los caminitos abiertos en la pendiente, tal vez siguiendo al Juanchi, tal vez no siguiendo a nadie, sino por propia curiosidad o instinto; y así comenzamos a deambular entre las lonas y los parantes, los cartelones de medias palabras gigantescas que esperaban acoplarse, las sogas y los bultos, los rostros sudorosos y extraños, los músculos dilatados y las callosidades, de manos y de almas... Hasta escurrirnos, atrevidos, en el mismísimo campamento de los cirqueros.
Y fue allí cuando la escuchamos.
La gitana tenía montada ya una carpa pequeña, circular y alta, como de película de beduinos, sobre una base de madera que la aislaba del polvoroso suelo, ahumada con inciensos de fragancias penetrantes y voluptuosas; creo que fueron esos aromas tan intensos y excitantes lo que en realidad nos atrajo, y lo que nos retuvo allí, inertes, imantados, prisioneros de un encanto que hasta hoy nos domina.
Las cortinas de la entrada estaban levemente descorridas. Aunque el sol nos partía el marote en esta siesta, el interior de carpa permanecía en penumbras. Entre tules y brocatos rojo carmesí y oro, entrevimos la figura de una mujer morena, robusta, enfundada en una prieta blusa de color azul intenso, azul que lastimaba casi, si se lo miraba fijamente por cierto tiempo.
En el centro de la espalda, una gruesa, negra y brillosa trenza resaltaba como una protuberancia, como una serpiente encarnada. Y la voz, la voz grave y profunda, cavernosa, de la imponente gitana, sólo voz, sin rostro, que hablaba sin mirar al pobre iluso que esperaba, sentado frente a ella, se le develara un destino venturoso.
Pero no hablaban de cartas, ni de números ni de astros. Algo le explicaba de la flor de la higuera, algo que nos retuvo a los seis, absortos, escuchando inmóviles, no sé cuánto tiempo, pegados a la puerta de la tienda, como un adorno más de la fantasmagórica escenografía.
-¿Qué flor tiene la higuera? preguntó el Balín siempre tan descolgado. Y el quinteto de “¡Shhht!” adrenalinosos que se descargó sobre él fue tan rabioso y determinante, que el pobre se puso pálido y no volvió a abrir la boca hasta después del regreso.
- ... Ha de ser un viernes de luna llena... – continuó ronroneando la oscura sibila-Sólo cuando coinciden tales fechas se produce el encanto, y en el extremo más alto de la higuera, verá nacer una flor nacarada, prístina, refulgente de luna y firmamento, la poderosa Flor del Diablo...
¡Diablo...! fue la última palabra que escuchamos. El Balín quiso estornudar. Le apretamos la nariz, el cuello, le tapamos la boca, los oídos, pero igual el gordo descolgó un ¡Achúuuuu! que hizo trepidar el suelo de tablones, la mesita redonda cubierta de terciopelo escarlata donde adivina y cliente apoyaban sus manos, los jarrones con dibujos de elefantes de porte asiático, hasta un angelote batió sus alas ante el mocoso escándalo.
Salimos disparados ante la certeza de recibir un maleficio que nos convirtiera en sapos. Atropellamos obreros y peones trenzando la estructura de la carpa, zancudos ensayando, el bostezo soñoliento de los animales en su siesta, hasta desaparecer, por arriba, por abajo, por la calle, por el terraplén, en un rastro de polvo y culpa, de tierra y miedo. Pero aquella palabra no dejó de retumbar contra la huida, diablo... diablo. La Flor del Diablo.
* * * * * * *
Había ido al cementerio muchas veces. Con mi mamá, acompañando a la abuela, el Día de Todos los Muertos. Cuando falleció la abuela, no recuerdo qué día...
Me gustaba ir al cementerio, admirar esas figuras de ángeles detenidos al inicio del vuelo, los pliegues de los mantos, los dedos finos, alargados hacia un cielo de ojos cóncavos y fijos. Me gustaban los destellos de oro del bronce de algunas placas, el dibujo errático y misterioso de los mármoles y ese olor a santidad que combinaban el incienso y las flores.
Pero hoy, ahora, con la noche desfigurando los contornos, las estatuas parecían seguir nuestros pasos con la mirada vacía y el viento, arrancar aullidos de entre las fantasmagóricas tumbas. Esta noche, el cementerio era otra cosa, despojado de todo encanto y toda paz.
El muro del contrafrente, por donde pensábamos entrar, se nos presentaba inexpugnable. Pero el Juanchi había venido munido de una soga y el Raúl trajo unos ganchos de la carnicería de su padre. Arrojamos la improvisada escala cuatro o cinco veces, hasta que al fin se trabó en una de las ramas de la robusta tipa que asomaba del otro lado del muro. En silencio, comenzamos, uno a uno, a escalarlo.
La vieja higuera se encontraba en el extremo oeste, al final de todos los panteones, en el lugar de los inhumados bajo tierra.
Bajo la refulgente luz de la luna, sola en todo el cielo, las lápidas parecían revestidas de nácar. Andábamos en zig-zag entre ellas, hundiendo nuestros pies en un suelo cartilaginoso que intentaba absorber nuestros pasos hacia las fauces de los que yacían por debajo.
Una vez ante el árbol, permanecimos inmóviles.
El primero en reaccionar fue el Juanchi, por supuesto, era el jefe. Dijo que había visto la flor, la única flor de la higuera, en el extremo más alto de la copa. Yo, yo no veía nada más allá de mi recelo.
- Bueno... ¿quién sube?- preguntó con firmeza.
Nos miramos en silencio, como petrificados por la inquisitoria, sin respuesta.
- ¿Qué? ¿Se cagaron los gallinas?
- No, che, no es eso... pero... ¿por qué no subís vos Juanchi?... Al final, fue tu idea... - se aventuró a decir el Mate Cosido.
-¿Yo?- replicó el Juanchi sin hesitar- ¡Sos loco! Yo soy el jefe. Me tengo que quedar abajo por si pasa algo.
Su respuesta sonó segura y firme pero, no sé, me pareció percibir cierto temblor en su voz, cierto dejo de miedo. Porque él también podía sentir miedo ¿o no?
-¿Y qué puede pasar? tartamudeó el Balín, ahora sí, más pálido que la luna.
- Y... no se sabe... Mejor prevenir.
- El Diablo... recordó sordamente Raúl. Y sus palabras agoreras helaron aún más el aire, la luna, los mármoles, nuestros corazones en carrera.
- Y... no se sabe- atinó apenas a repetir el Juanchi desdibujado entre las sombras.
- Bueno, que sea a sorteo- determinó el Mate Cosido- Ta-te-ti-suer-te-pa-ra-ti-Si-la-ga-no-la-ga-ne-Si-la-pier-do-la-per-dí-por-que-soy-un-in-fe-liz-te-to-ca-a... ¡ti!
Y los dedos gordos del Mate Cosido se quedaron allí, contra mi pecho. ¿A mí? Sí, a vos. Me tocaba a mí...
Mi destino estaba echado.
Quise decir algo pero todo el pánico se me atoró en la garganta, en un grueso, espeso nudo que no dejaba tampoco pasar el aire, ácido el aire, amarga la saliva.
Y así, cabizbajo, sin pronunciar palabra ni discutir el fallo, me arrimé al árbol. La higuera parecía regocijarse en mi miedo; sus ramas crujían carcajadas espeluznantes y un rumor de hojas pardas alborotabas por el viento, susurraban mi nombre que se elevaba por entre la negrura extrema de la tupida copa.
Raúl, que era el más fuerte, me hizo un escalón entrelazando los dedos para ayudarme a subir hasta la primera rama. Luego, me tocaba seguir solo.
La corteza rugosa de la añosa higuera me permitía sostenerme con bastante facilidad. Con prudencia, lenta y trabajosamente, ascendí hasta la cima, hasta la flor fulgurante y mágica que aún no divisaba, hasta ese remedo de doncella encantada que esperaba silente que algún valiente desafiara todos los pavores y todos los conjuros para rescatarla.
Y casi finalizaba ni ascenso. Las ramas se volvían más delgadas y casi no soportaban mi peso. El follaje, menos espeso, filtraba cierta claridad lunar. Aunque no lograba ver mucho. De repente, un destello sobrenatural quebró mi respirar agitado, fulminándome.
Allí, a centímetros, estaba la Flor de la Higuera. Sola. Única.
Era hermosa, de una hermosura irreal, etérea. Blanca, más que blanca... tan blanca que dolía mirarla.
Alargué mi brazo izquierdo mientras que con el derecho me aferraba a la rama que aparentaba ser la más resistente; extendí la punta de los dedos, extendí todo mi ser tambaleante en aquella altura de pájaros, hasta rozar los pétalos gélidos. ¡Ya casi la tenía! Así contra mi mano parecía tan desguarnecida... cuando de pronto, súbitamente, descubrí aquellos ojos, ojos de mirada centellante, profunda, maligna. Unos ojos... unos ojos como de gato gigante, como de...
No sé qué fue primero. Si el alarido incontrolable, si el corazón detenido en un latido, si ese ardor comprimiendo el pecho, la garganta, la boca del estómago. Y las ramas no me detuvieron, ya no me detenían. Sé que voy cayendo y no puedo sacarme de encima esa mirada fosforescente y siniestra y mis brazos manotean hojas, aullidos, nervaduras, alas de murciélagos, desesperación y espanto... Hasta que todo es silencio. Hasta que todo es negro.
Juanchi, Balín, Tito, Raúl, el Mate Cosido... todos huyeron veloces, disparados por mi grito, aterrados por aquellos ojos, hechizados tal vez por la gitana o por el mismo Diablo que reclamaba su flor desde lo alto.
No sé más. Solo guardo un lejano sabor terroso en la boca y en los ojos, en los míos. Mi destino, desde siempre estuvo echado; aún antes de la gitana y su fatídico pronóstico. Yo ya había soñado con ella, sin comprender de qué se trataba.
Y ella, aquella flor inmaculada, se desprendió del cielo para yacer conmigo, entre otros muertos.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Viajes y viajeros en la literatura del Río de la Plata – José Luis Víttori
- Editorial Vinciguerra - 2 tomos

La colosal aventura iniciada por el discutido y real encuentro de pueblos en nuestro continente, y el corpus textual que hizo perdurar esa gesta, han inspirado lo más importante de la literatura hispanoamericana de estas décadas, y aún de los inicios del siglo, tanto en el ensayo como en la novela. A una espléndida floración cuyo censo podría abarcar los nombres ilustres de Larreta, Lugones, Carpentier, Uslar Pietri, Arciniegas, Fuentes, Di Benedetto, Posse, Aridjis, Baccino - quienes nos han mostrado lo novelesco de la historia misma y la fascinación de nuestras escrituras liminares - viene a agregarse el de nuestro escritor José Luis Víttori, cuya vasta trayectoria incluye una valiosa obra narrativa, su labor al frente del Centro de Estudios Americanos y las publicaciones que en él se radican, así como una reflexión teórica y cultural sobre la misión del escritor, las relaciones de literatura y región, la identidad cultural, la historia de América.
Dos densos y enjundiosos volúmenes conforman su obra Viajes y viajeros en la literatura del Río de la Plata, que acaba de publicar Lidia Vinciguerra, en pulcra edición enriquecida con ilustraciones del campo de la plástica, grato al autor. Víttori ofreció ya una apasionada indagación y reflexión sobre los textos del descubrimiento y la conquista, a través de dos libros admirables: Del Barco Centenera y la Argentina, 1993, y Exageraciones y quimeras en la Conquista de América, 1997. Ellos abrieron el camino de esta obra fundamental en la lectura de textos rioplatenses, que revisa un amplio número de cartas, diarios de viaje, trabajos de historiografía, memorias, informes, poesía, cuentos y novelas, todos ellos ligados en la modalidad de un vasto relato que lleva el sello del escritor. La voraz y juiciosa lectura de Víttori se nutre de esa amplia serie de textos escritos entre los siglos XVI y XX en la región rioplatense, a partir de los cuales presenta a sus personajes, elige prolijamente las citas de su implícita antología, e invita al lector a compartir su fruición de lector e intérprete.
Cinco siglos de historia desfilan ante nuestros ojos a través de la doble mirada de los autores elegidos y del agudo lector que los interpela. Muchos son también los juicios autorizados a los que Víttori apela para carearlos entre sí, reforzar su propio juicio, o asentar alguna disidencia.
Estamos pues ante un amplio examen de las fuentes primarias de la historiografía rioplatense y de buena parte de la tradición narrativa que la prolonga. El corpus, aunque sin pretensión de exhaustivo, es en verdad rico y minucioso.
Los propios escritores, en especial aquellos que el autor ha estudiado con más detenimiento y devoción, como es el caso de Centenera, Ruy Díaz de Guzmán o Félix de Azara en el primer tomo, sirven de fuente a Víttori para un friso que alterna los testimonios y juicios iniciales con otros más próximos de sus mentores, los siempre citados historiadores santafesinos Cervera, Zapata Gollan, Busaniche, y también Ricardo Rojas, Madero, Gandía, Levillier, Alberto M. Salas, José Luis Molinari, Atilio Cornejo y muchos más, en vasta compulsa que incluye la visión de viajeros y escritores actuales. Víttori ha sabido captar el sentido viviente de una tradición que se lee y reinterpreta a sí misma en distintas vías o géneros. En su conjunto, los cronistas del siglo XVI son nuestros primeros historiadores, lingüistas, antropólogos, colectores de símbolos, leyendas y mitos que conforman una identidad cultural; también son portadores de críticas o cuestionamientos que todavía nos inquietan. Nuestro escritor destaca la pluma de aquellos autores que se descubren tales en el acto de fijar sus recuerdos o manifiestan su auténtica vocación literaria como es el caso de Núñez y Lizárraga, y la calidad intrínseca de las obras de Centenera, injustamente subestimado por la crítica, o el mestizo asunceño Ruy Díaz de Guzmán. Se detiene con particular interés en aquellos actores del pasado que escribieron en forma más testimonial o más objetiva los sucesos vividos, y abrieron con conciencia realmente histórica el recuento de aconteceres fundantes, ciudades y gobernaciones que serían estados, descubrimientos, batallas, viajes y expediciones en los cuales se fue gestando nuestro ser histórico y cultural. Exhibe la imagen de conquistadores de distinto jaez, predicadores, soldados y funcionarios que en muchos casos vienen a instalarse en un lugar por muchos años, y luego vuelven a su tierra, o bien de los que se entrañan en América, y de sus descendientes los mancebos de la tierra. A todos cuadra de un modo u otro el nombre de viajeros por el impulso continuo del andar, en barco, a pie o a lomo de mula por las desiertas leguas del territorio americano, sus mares y sus ríos. El Paraná es innegable protagonista de este devenir, ya sea en pos de quimeras como el país del Rey Blanco o la mitológica ciudad de los Césares, o en busca de enlaces políticos, ampliación de territorios conquistados, obtención de riquezas, predicación.
Desfilan por estas páginas los primeros viajeros, que llegan a las tierras del Plata y entran por la boca del argentino río al continente para internarse en riesgosas peripecias, perder la vida o impulsar fundaciones, pasar hambrunas, librar combates, instalarse en la tierra, volver a su origen. Juan Díaz de Solís, Sebastián Gaboto, Alejo García, Luis Ramírez, Pedro de Mendoza, Utz Schmidl, Rodrigo de Cepeda y Ahumada, Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Interpretando lo novelesco de la historia misma, acepta Víttori la existencia de Francisco César, e incluye a Pero Hernández como escritor y no como amanuense.
Como hoy lo reclaman Pupo-Walker y los más eminentes estudiosos de las letras coloniales, atiende José Luis Víttori a los aspectos literarios de los cronistas, antes leídos como historiadores fantasiosos. Es Alvar Núñez quien le hace entrar de lleno en lo propiamente literario, al presentar su viaje como transformación de la conciencia y comienzo de una nueva vida, hecho conmocionante que lo relaciona con viajeros y novelistas posteriores.
Evitando el catálogo informativo, el autor prodiga evaluaciones personales sobre el mestizaje que ha conformado la cepa rioplatense, la creación del ethos americano, la presencia mítica, el protagonismo de la mujer, creciente en América. A doña Isabel de Guevara la acompañan en estas páginas Mencía Calderón, Elvira de Angulo y aquella Ana Díaz evocada por Centenera, así como algunas mujeres que más tarde viajaron por el territorio - Lucy Dowling - o hicieron viajes literarios por el pasado, tales Josefina Cruz y Libertad Demitrópulos. En una de las informantes de su comprovinciana Marta Rodil el escritor vuelve a escuchar la voz fuerte y quejumbrosa de Isabel de Guevara.
Las obras localizadas en larga búsqueda son objeto de una meditada selección textual acompañada de su comentario, glosa, crítica o discusión siempre enriquecedora. El autor se muestra como avizor y preparado exégeta de los textos que elige. Transmite información suficiente sobre ellos sin detenerse en consideraciones eruditas, pues su propósito no es plantear problemas filológicos o cotejar ediciones sino la lectura sabrosa, la recreación e incorporación vital, la presentación de personajes, ambientes y paisajes mediados por escritores a los que se acerca con ánimo fraternal, comunicando ese trato a sus lectores. Se halla en este sentido más próximo de la lectura humanista de Alfonso Reyes o Lezama, también escritores, que del estudio analítico de críticos actuales, prejuiciados por la deconstrucción del texto o la contrastación ideológica. Víttori selecciona, informa, cita, subraya, expande. Prodiga juicios admirativos o adversos (en el caso de Schmidl muestra su poca simpatía), adopta la modalidad narrativa de sus predilectos, penetra en lo propiamente creativo del texto estudiado. Doy como ejemplos su comentario crítico de la carta de Luis Ramírez, o sus apreciaciones sobre la Descripción de Lizárraga: "La prosa de Fray Reginaldo es fluida, serena, curiosa, despojada de efusiones retóricas, como si en una ensoñada recapitulación se dirigiese a un interlocutor presente cuatro siglos después, tal es la fuerza comunicativa de sus vivencias." Vossler llamaba "crítica de simpatía" a esta suerte de compenetración afectiva con el texto (algo desprestigiada después por su mala aplicación y abuso) lo cual nos ha llevado a algunos de nosotros a valorar especialmente la crítica del escritor.
Incluye también ricas observaciones lingüísticas y asimila en su propio texto voces aprendidas en sus lecturas: derrota por camino, poblar por fundar, poblarse como volver, sertón, urca, etc.. Intercala igualmente su reflexión sobre las relaciones entre historia y novela, advirtiendo la fuerte vigencia de la creación literaria en la conformación del imaginario colectivo.
Sólo un escritor podría haber establecido tan amplio relacionamiento de fuentes diversas con la libertad y la responsabilidad con que lo hace Víttori. Su programa se centra en el viaje y los viajeros, pero en ambos tomos rebasa esta intención al ocuparse de viajes al interior del continente y asimismo de viajes metafóricos, interiores, míticos, de búsquedas del paraíso, la felicidad o el futuro. Su primer tomo llega a constituirse, entre otros méritos, en una crónica abarcadora del pasado rioplatense, apoyada en los primeros cronistas que le sirven de fuente, y en viajeros del siglo XVIII, geógrafos, naturalistas, historiadores, conducidos por intereses científicos. En el segundo tomo la "trama" se hace más compleja, ya que a los viajeros ingleses, franceses o de otras nacionalidades que exploran nuestro territorio se les suman los escritores mismos, motivados por incursionar en tierra adentro descubriendo su propia patria, su gente, sus costumbres, descubriéndose a sí mismos en la aventura emprendida. Buen ejemplo de ello es Lucio V. Mansilla al internarse tierra adentro en su llamada Excursión - que es más bien una incursión - en los orígenes de la patria, sus pobladores primitivos, sus costumbres, su lengua, su racionalidad propia y distinta.
Primero se pintaba el viaje del europeo a nuestras tierras, las migraciones fundadoras internas al territorio, la lucha entre naturales e invasores. Luego se dibuja como un segundo tiempo, que es el redescubrimiento de la Argentina por viajeros modernos y por sus escritores de los dos últimos siglos: Sarmiento, Mansilla, Quiroga, Lugones, Güiraldes...
Mucho habría que decir del tono y el estilo de Víttori. Hace gala en muchos momentos de una narración vivaz y entusiasta, vuelve a implementar la modalidad narrativa ya expuesta en su libro sobre la Argentina, transmite una visión integrada de la evolución nacional - y eso es en realidad hacer historia, no simplemente acumular datos sino otorgarles una legibilidad y un carácter unificador, como lo afirma Ricoeur - El tono unificante de estas páginas, cuyo debido análisis podría mostrar la frecuencia de interpolaciones reflexivas, pasajes líricos, y permanentes recurrencias al motivo del viaje, al país, a su región natal, es el de un cronista épico, el mismo que ha sabido poner en prosa novelesca algunas páginas del olvidado Arcediano. A quienes aman la taxonomía literaria les será difícil clasificar este libro en el género histórico o bien en la exégesis textual, pues se mueve entre ambas disciplinas sin ceñirse estrictamente a sus métodos específicos. El humanismo de Víttori le ha permitido transgredir los límites modernos de la ciencia historiográfica y la crítica literaria, para volver a enlazar en un discurso innegablemente literario los distintos aspectos de su labor como historiador, narrador y lector, razón por la cual me permito llamarlo cronista, prolongando en él esa mezcla de géneros que ha sido característica de los cronistas que estudia.
Al leer esta obra no he podido dejar de tener en mi memoria la narrativa de Víttori, los memorables Cuentos del Sol y del Río, y sus novelas donde vive el amor de su tierra y de su gente. Se lo siente pertenecer a esta saga con su talento creador y su pasión de estudioso y americanista.
Ha captado profundamente la simbólica del viaje que es en la antropología judeocristiana la esencia del hombre: homo viator, en marcha hacia su realización plena en la vida o en la trascendencia, dimensión que queda insinuada en las páginas de este libro. En el fondo la metáfora del viaje caracteriza también la expansión del hombre occidental, y su descendencia, como hombre caminante, indagador, fundador de civilizaciones, curioso de otros pueblos a los que sojuzga, ilustra y enseña en un viaje cultural avasallante que también queda abierto finalmente a la anagnórisis de que hablaron los antiguos: el reconocimiento, la transformación. El autor santafesino aplica esta visión a los actores españoles, criollos y extranjeros de la gesta colonizadora, y a los que en siglos posteriores continúan su impulso descubridor, su interés descriptivo e historiográfico, a veces su veta literaria. El viaje, en ciertos casos cerrado en sí mismo, es de suyo aventura, (adventure, adviento), viaje interior, peripecia de crecimiento espiritual que conduce en ciertos casos a la obtención de la sabiduría. ¿Se habría escrito el Quijote sin el antecedente de la concreta epopeya americana? Este es el trasfondo filosófico del viaje que a su turno emprende Víttori por el frondoso patrimonio de la historia y las letras rioplatenses. Un viaje de reconocimiento y pertenencia, un viaje de revelación. Víttori realiza también su periplo, que tiene por centro a Santa Fe.
Por esta razón no es éste el libro de un historiador - sin restarle sus méritos en este aspecto - ni tampoco un trabajo de crítica literaria que podría haber analizado sistemáticamente una serie de textos, si bien cuando lo hace muestra Víttori su fino sentido crítico y exegético. Por mi parte veo moverse en el libro una línea sutil y menos evidente que le proporciona una coherencia de ensayo, y casi de novela. Se trata de haber mostrado un recorrido en el tiempo que es a la vez un recorrido espiritual: el devenir histórico evocado dibuja la circularidad de una aventura vivida y narrada por sus propios actores, y releída por el escritor en actitud de intérprete cultural. Este recorrido por la trama escrituraria, superpuesta a la trama de la historia viva, comporta también - como lo sugieren las evaluaciones y comentarios del autor - una fascinante aventura espiritual vivida por el escritor y generosamente compartida con sus lectores.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Edit Caliani de Villordo – 1935/2001 –(Progreso-Santa Fe/Argentina)

Jazmín del aire

Cuando voy a recoger la noche
apenas el jazmín del aire
es un temblor de voces
en silencio
espero que llegue la luna
mansamente dulce
hasta hacerse esta gota de agua
cómplice de penumbras.
La dejo en la ventana del asombro
esparciendo esa fragancia misteriosa
que justo anochece de flores
cuando cierro todas las puertas
y empiezo a zurcir calcetines
y recuerdos
con el finísimo hilo
de la memoria.

Jauría de luz

Sueño abrir las selladas puertas
para que tus pies de viajero
aprendan otra vez a fundar el fuego.
¿Nadie ha oído
el eco de mi voz anclado
en otros tallos menos ásperos
que la nada?
Atesorar el grito de dos manos
encender nuevos trinos
en las ramas del silencio.
Vaciar insomnios
hasta la borra de las nostalgias.
Hay ese temblor debajo de las hojas
y un eco de alas que tocan a vuelo
a la misma desmesura
de tu cielo quieto.
Si mañana atinaras a decir otra cosa
que esta luna de ausencia
cerrada sobre mi boca
sería menos violenta la vigilia
que atestigua

Umbral del canto.

Mirar el naranjo
los azahares recién despiertos
el estambre de trinos
y el riguroso acecho
que un día
que todos los días
hilvana el hueco de una sombra.

Las palabras blancas de la memoria
golpean
el agua de mi sed
que no te alcanza.
Girar. Girar
en el asombro de una mariposa
que sube
que sube hasta atravesar
el leve parpadeo
de la tarde.
Buscarte. Siempre buscarte
en la acequia del tiempo
sin apuro
ni renuncia
ni temores.
En esta primavera
con repique de ramas
y pájaros soñolientos
en el umbral del canto.

Por ese río.

Por ese río que no sabes donde muere
un rostro te contempla
y al encanecer en los espejos habita
la dulce cicatriz que eres.
¿Quién sino él devoró
tu ser frágil y misterioso
cuando tu sola contienda ha sido
acontecer y hollar las máscaras
en los denodados conjuros del gozo?
¿Quién sino él te devuelve
los rostros desvanecidos en la niebla
apenas sopla el esquivo sentido
de la memoria?
¿Acaso no sólo él refleja
la ardiente soledad
del paraíso de dos cuerpos
a tientas el ritual de quebrar en dos
la misma hoguera?

Para testimoniar los espectros
de la lágrima
siempre queda un cáliz de luz
en la sombra.

Esta piedra donde te palpas.

Ese corazón piadoso y las manos áridas
buscan otras grietas hondonadas distintas
después olvidan la claridad imposible
arena sin hollar
las estrellas escurridas en la cintura sin luz
esa soledad está humedeciendo la piel de ahora
no de siempre y no es lo mismo
buey fatigado de ese andar sin regreso
tan hambriento como avizor sabes
que la espuma de la oscuridad se ha derrumbado
y en el traje de todos los días
ya no puedes alzar
la forma de dos alas
seguro no has de sorprenderte en la espesura
con el arte de las trampas ni con el instinto del lobo
quebrado los goznes del miedo en la astucia
si has andado tanto
nombrando cada uno de los rostros que se extinguieron
ya no esperas nada excepto
la costumbre de resonar latidos de cobren en las ojeras
no llega a la cruz de tu pecho el lagrimal ángel
pero de la lejanía que pierdes de vista algo te transporta
a la alegría, como dueño pasajero
o te detiene a golpe de alas ante la piedra
siempre has de levantar el gajo de sangre
no importa si aún con sus espinas
después de cada desollar a gritos el silencio
alguien detrás de ti
beberá el sonido de las sombras
no puedes detener el mundo y la mirada ardiente
siempre gira es un círculo esa tenaz raíz
solamente un círculo.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Miguel Hernández, rayo que no cesa

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

Sin duda para la relativa indiferencia posmoderna resultaría ahora inimaginable. Pero las pasiones que encendió la guerra civil española continuaron vigentes durante muchas décadas y en todo el mundo. Es que la heroica y espontánea resistencia del pueblo español contra una de las primeras agresiones del fascismo, y la concomitante ilusión de estar construyendo un mundo mejor (que parecía literalmente al alcance de la mano en aquella segunda mitad de la década de los treinta), asociadas con las originales y emocionantes características peculiares del caso, convirtieron a ese acontecimiento no sólo en legendario sino directamente en mitológico.
Dentro de esas peculiares circunstancias, el decidido y casi unánime alineamiento de una más que brillante generación de escritores, artistas e intelectuales en defensa de la legalidad republicana fue otro dato significativo, que también tuvo su resonancia favorable prácticamente en el mundo entero. Que no pocos de ellos hayan pagado con su vida y muchos más con el exilio aquella ejemplar decisión, no dejó de agregar buena leña al gran fuego. Y que lo digan si no el sacrificado García Lorca, tronchado en mitad del camino de su vida, o Antonio Machado agonizando desterrado, en Collioure, a pocos pasos de la recién traspasada frontera francesa.
Pero quizás nadie como Miguel Hernández encarna --a mi modesto entender--, en vida y obra, la profunda relevancia de aquellos hechos. Auténtico hijo del pueblo, humilde pastor en su Orihuela natal (1910), sin ninguna premeditación ni posibilidad alguna de preparación previa sintió crecer en su interior la riqueza entonces todavía viva, corriente, saludable e irresistible de la lengua de todos, tan de uno, y así pudo ofrecernos unas primicias donde se vuelve a respirar el temple y el esplendor del Siglo de Oro, devolver al soneto su frescura abrumada por antiguas glorias y reavivar el auto sacramental que querían congelar en venerable.
Cuando llegó la hora, sin pensarlo dos veces, instintivamente, se colocó del lado del pueblo, pero no se limitó (como tantos) a las declaraciones y eligió --como muchos, y no sólo españoles-- la primera línea de fuego. Pagó su precio, y después de haberse salvado casi milagrosamente de la pena de muerte ya dictada y tras haber sido paseado por todas las prisiones del régimen, su breve existencia fue finalmente apagada por la tuberculosis, el 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante.
Una vida tan limpiamente entrelazada con su época, con su gente y con su tierra hasta el punto de correr el riesgo de volverse emblemática, e integrada a la vez como vimos en un mito mayor, no podía evitar que su alta voz pareciera quedar presa de las circunstancias. Algo similar le ocurrió a César Vallejo, ese indoamericano que también murió prácticamente de amor a la España desangrada, y en uno y otro caso muchos fueron los que de ambas obras sólo alcanzaron a percibir (desde uno u otro enfoque) apenas su vertiente digamos exterior o la forma en que ello condicionaba su propia percepción, sin lograr advertir que --conservando por supuesto su autenticidad y sus razones-- había allí también vertientes más fecundas y no menos nutrititvas.
“Yo no quiero más bienes / que tu persona”, me dice repetidamente uno de los grandes cantaores del flamenco. Y en la hondura del cante alto la palabra, sin dejar de ser auténticamente popular, se hace sentimiento vivo, que se transmite más por empatía que por mero concepto. De idéntica manera, pero a un nivel que se me hace acaso superior, por belleza y dominio, el pobre Miguel Hernández internado en la cárcel franquista, derrotado, separado de su mujer y de su primer hijo muerto y que no conoce al nuevo hijo recién nacido (al que dedicará las imborrables, indelebles Nanas de la cebolla, como casi todo lo suyo también ligado con una circunstancia significativa, la de sólo tener eso para comer) pudo decir, magníficamente: “Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío”, logrando así hacer relampaguear en esos papeles escritos a escondidas de sus guardianes, entre 1938 y 1941 --y que la Argentina tuvo el honor de ver editados por primera vez, en 1958, por la editorial Lautaro y al cuidado del poeta paraguayo Elvio Romero-- aquellos intensísimos momentos de lenguaje encarnado que constituyen el Cancionero y Romancero de Ausencias.
No era la primera ocasión en que Miguel Hernández, prohibido en su patria por la censura franquista, alcanzaba a ser publicado en Buenos Aires. Recuerdo la milagrosa edición de El rayo que no cesa, incluyendo su primigenio El silbo vulnerado, que en 1949 su amigo y protector José María de Cossío logró hacer publicar por Espasa-Calpe Argentina, y la segunda pero en realidad primera versión circulante del sintomático Viento del pueblo (cuya tirada original, de 1937, se distribuyó en el frente), que también Lautaro lanzó aquí en 1956.
Entre el resplandor de sus primeros poemas como labrados intuitiva pero certeramente en el cuerpo del idioma, y la evidencia flagrante y comunicativa de los textos encendidos por el aire de su época, esos papeles que constituyen su Cancionero y Romancero de Ausencias, rescatados del presidio, reconcentrados quizá por ello en su deslumbrante e intensa brevedad, pero en realidad probablemente enfrentados de forma ineludible y por lo tanto escueta con la dimensión trágicamente deslumbradora de su destino, resuenan todavía con lumbre inextinguible. Desde Quevedo, no recuerdo haber experimentado intensidad ni identidad mayor de sonido y sentido, de lenguaje y perspectiva, a la vez decididamente carnal y hondamente metafísica, que la de ese sucinto texto que comienza “Menos tu vientre / todo es confuso”, que en términos de poesía me animaría a defender como uno de los de mayor alcance de la lengua. Y que no hacen sino certificar la deslumbrante claridad que irradia por lo general todo el conjunto.
Es como si desde el fondo de las cárceles que pretendieron negarlo, enmudecerlo, y más allá de las legítimas pasiones de los hombres de su tiempo, en las que supo tomar partido decididamente por los desheredados, un resplandor generoso y general se hubiera hecho carne finalmente en la voz de este “hijo de la luz y de la sombra”. Y si así fuera, ¿seremos capaces de estar a su altura, de encendernos en su luz contagiosa, o preferiremos quedarnos apenas con tan sólo una u otra porción de su enorme transparencia?

PÁGINA 12 – Poesía americana

II

Destapo la caja de Pandora, te busco, te rebusco, pero me ignoras y te escurres por las rendijas del pensamiento.
Te invoco cuando el cansancio en la pupila de tanto mirar huérfanos de pan que caminan por mis sueños se convierten en reales pesadillas.
Sé que llegará un día, no sé cuándo, no sé cómo, diferente a estos negros días.
Sé que llegará un día en que el sol brillará más fuerte, ya no habrá oscuridad sobre las almas.
Reverdecerán los campos, crecerán los trigales, cantarán en armonía los recuerdos.
Sé que llegará un día que habremos de alcanzarte, Esperanza.

Mariana Falconi Samaniego (Ecuador)

Tejido

Penélope tejía y destejía la misma tela
yo escribo y corrijo los mismos apuntes
el tejido le devolvía su imagen
la mantenía unida a su historia
a su familia a su casa
a la que había llegado muy joven
y de la cual se figuraba
que habría de acordarse aun en sueños
si la abandonase
el tejido le permitía confirmar el pasado
mantenerlo presente
las palabras también retienen lo vivido
- no sólo como memoria -
a veces
la escritura se hace destino
se anticipa
como esa tela sutil
acaso engañosa
que tejía Penélope
para detener el pasado
o quizá
anunciar los derroteros del futuro

Sylvia Riestra (Montevideo/Uruguay)

De palabras

La palabra, tu palabra
es un barco certero hacia el deseo.
Lanza tan primitiva,
caricia tan urgente,
lindando casi con el rojo
mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,
me desata, me incita.
De repente, plenamente verbal,
me humedezco de esencias germinales,
y se activan mis manos,
mi cuerpo, mi palabra también
para domar el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,
antiguo moscardón malicioso,
me cosquillea el instinto.
Si la escucho, subleva mis silencios
y, emparedada de penumbras
nos acerca y nos une
en esa vieja danza
de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voz y mi voz se están amando
entrecortadas, susurrantes,
plenas de excitaciones, de turgencias,
de alientos agresivos o ternísimos,
entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan, se muerden, se estremecen
en esa enredadera de deseos
que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.

Julieta Dobles (San José/Costa Rica)

Sueño de la vida. Sangre de la muerte.

El aire turba los pensamientos ante el sonido de las piedras,
Mientras lianas de fantasmas nos asisten
Con abrazos de ciegos brebajes.
Las epifanías transcurren oscuramente
Donde el musgo germina sus andrajos.
Entre tanta imagen de la vida:
Imágenes esféricas, atribuladas,
Sombras a la deriva aleteando en la esperanza,
La vida le debe a la vigilia
Y a las leyes del mundo.
En la zozobra salta la altitud de la fe;
Los fieles dibujan un amor invicto,
Pero la carne tañe otros destinos otra luz que se apaga.

Sacrificial es este fuego de todos los días:
Agónico estertor de la demencia humana,
Frágil sueño entre la ceniza de la noche,
Dios ahí como luz errante,
Envuelto en silencio, sobreviviente también,
Del clamor de la vida, viendo los golpes
Desde la transparencia de su omnipotencia.
Estamos expuestos a la congoja,
Sombra del sueño;
Nada es la luz en la doliente herida,
Si no es para desvelarla,
Fragua de un himno desgarrado,
Luto de obstinado terror.
Hay salmos y proverbios para enaltecer la noche:
Huracanes de buitres, ebrias líneas de papel
Profanando las ventanas
Como cadáver oculto en la caverna
De las manos.

Debajo de la vida, la muerte renace cada día,
Con su borrosa porcelana de quebrados vientos:
Sepia es el zarpazo, horrible el tizne
De los tabancos, la presencia desnuda
De las aceras.
Debajo de la piel nombres destejidos,
Demasiada ceniza en las barbas,
Las banderas y el nombre de los santos desteñidos.
Dentro de los poros, los pájaros,
La herida genésica debatiendo
Entre antiguos sonidos, negros soles
Sobre el sonido de glaciales estupefactos.
Aquí la muerte presente en los nombres,
Aquí la muerte entre los dedos de la madera:
Olvida nombres, ruge, martilla como el mar.
Muerde con sus dientes de ballena,
Corta los cabellos con su silenciosa
Lengua de azufre.
La vida pierde sus zapatos. Como tantas cosas,
La cubre un puñado ligero de polvo,
Una losa y, después,
Sólo el silencio del abismo
Y las flores ateridas de la noche…

André Cruchaga (El Salvador)

1

La vocación de la muerte persiste
como espejismo tras mis ojos,
me habla con palabras que vienen de lejos.

Bajo esta piel transfigurada

¿Cuántas soy?

Sabina Sarmiento (México)

PÁGINA 13 - Narrativa

Para que quede constancia

Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

El primero en entrar fue don Pedro, cliente habitual. Nos saludó con su acostumbrado comentario sobre el estado del tiempo: “Sigue haciendo calor”... “va a llover otra vez” , “no se compone nunca”, “se va a perjudicar la cosecha”. Yo estaba preparando la planilla de gastos y lo observé, aguardando que completara su repertorio de gestos habituales. Y lo completó: Se puso a leer el diario en la mesita rústica de forma circular, de madera de quebracho, cerca del acondicionador de aire.
A los diez minutos, ,más o menos, llegó Rosa, mi compañera de trabajo; una mujer madura, muy buena amiga, que no ve la hora de jubilarse y con la que, por supuesto, conversamos mucho, nos lamentamos de la rutina y también festejamos las bromas con que humanizamos nuestra permanencia cotidiana en el diario. En seguida apareció Diego, que venía a rendir la cuenta semanal de los ejemplares colocados por la distribuidora. Quiero aclararles que trabajamos en una corresponsalía, en una oficina de cinco metros de ancho por diez de fondo. Un moderno mostrador revestido con laminado plástico separa la zona de trabajo de un espacio que obra de sala de lectura y de recibo y que tiene más o menos tres metros de extensión.
Diego inició su conversación con Rosa, ya entregada a sus cálculos de todos los días, y yo continué con la planilla de gastos. Fue en el instante en que irrumpió, muy sonriente, Pablo, el publicitario, que venía de pregunta por el jefe y gerente, de vacaciones en las sierras de Córdoba. Pareció dispuesto a irse en seguida, pero prefirió emprender un comentario sobre el último discurso presidencial con don Pedro: “La situación es cada vez más difícil” “La crisis no la debe pagar el pueblo” “Los políticos son unos charlatanes”. “Menos cháchara y más sacrificio”. Don Pedro la lectura y se sonó la nariz con fuerza. Entonces irrumpió en el local el senador Pinotti, con un bigote que le daba a su aspecto reminiscencias de Alfredo Palacios. Traía su colaboración periódica que nosotros -sobre mediante- enviamos a la central en un camión del diario. Pinotti es un hombre campechano, aunque bastante astuto, y habla a los gritos, por lo que la situación comenzó a complicarse, ya que inició un análisis del tema de su colaboración. La conversación entre don Pedro y don Pablo continuaba, mientras Rosa no levantaba la vista de las planillas. Como Pinotti también mantenía su vociferante exposición, se produjo una confusa masa sonora en la que se mezclaban conceptos de los oradores y el resultado era algo así como: “Una tormenta de nieve en Estados Unidos... yo analizo los últimos años de la vida política...en el interior del vehículo encontraron tres cadáveres....y muestro como los factores de poder.... con picos y palas tenían que abrirse camino a través de cincuenta centímetros de nieve”
Después ya no presté atención y todo quedó como una molesta letanía de fondo. Entretanto Diego aguardaba con aire impaciente que Rosa le entregara unas facturas. Fue en ese momento cuando entraron dos estudiantes para pedirnos la colección del diario del mes de agosto de 1970. Los atendí. Querían consultar una nota sobre la Antártida Argentina que había salido en una de las veinte páginas de promedio que tiene cada número del diario, de uno de los treinta y un días de agosto. Por supuesto, si se me traslucía el fastidio, pensarían que yo era un infame burócrata, etc. Y no se equivocarían mucho, porque probablemente no soy un infame, pero en ese momento me sentía muy burócrata. De cualquier manera fui a buscar al archivo; una piecita bastante pequeña e incómoda ubicada en el fondo del local, el tomo correspondiente a agosto de 1970. Afuera el sol resplandecía en un glorioso día de septiembre y algunas hermosas muchachas desparramaban gracia a su paso, mezclándola en una eficaz combinación con la luz solar. Cuando me introducía en la piecita y se producía un desagradable, un repugnante desbande de cucarachas y arañas, oí que la puerta de calle volvía a abrirse (no sé por qué la habían cerrado: hacía calor) y entraban otras personas, alegremente, porque una de ellas cantaba una canción de moda y otra charlaba animosamente. Desde allá, desde la piecita se oía como el ensayo de un coro desafinado, un verdadero desconcierto de voces, entre las que se destacaban, tal vez por resultarme conocidas, las de Pinotti, siempre a los gritos, o el tono ronco de don Pedro. De vez en cuando se insertaba algún monosílabo de Rosa. Ya empezaba a ser dificultoso tener en cuenta todo lo que ocurría en el local.
Volví con el tomo, puse la mejor cara de amabilidad de que era capaz y me salió una mueca, que me recordó a un adocenado actor cómico de la televisión. La conversación continuaba tan ininteligible y caótica como antes o tal vez un poco peor. Pinotti se había puesto rojo, don Pablo se reía, no sé de qué. Rosa mostraba s signos incipientes de impaciencia; Diego leía el diario, quizás para disimular su impaciencia, ya intervalos se agregaba a la conversación de Pedro y Pablo. Y por la puerta apareció ahora un viejito que por su aspecto desamparado y su ropa rotosa me hizo presumir que venía a pedir limosna. Se abrió paso como pudo, se apoyó en el mostrador y allí quedó, aguardando su turno. La cosa era con nosotros, evidentemente. Le pregunté al que cantaba en que podía servirlo; me dijo que quería publicar un aviso clasificado, “de qué medidas señor?”; no sabía bien; ensayé mi sonrisa-mueca; me habló de la venta de un terreno, sí - le señalé , la palabra cuesta tanto; “es muy caro”, observó; “es la nueva tarifa, señor” “ya no se puede vivir”; “claro, la situación es muy difícil” Una pausa. “Piense usted en el texto, por favor”. Continuamos un largo rato, sin entendernos del todo, mientras no se interrumpía el acceso de más y más personas, sin que saliera ninguna. Parecíamos ya un colectivo atestado de pasajeros. El viejito proseguía en su posición, imperturbable, con una mirada que me recordaba la de un juez. No sé como encontré un resquicio para preguntarle qué quería. Su voz era muy débil y había que adivinar lo que decía. Interpreté que pedía diarios viejos; le alcancé ejemplares del mes pasado, me dijo que no con la cabeza; entonces sonó el teléfono; Rosa suspiró, pero nadie dejó de hablar y tuvo que atender mientras Pinotti atronaba con su vozarrón y los estudiantes se ubicaban como podían en torno de la mesita redonda y saturaban la oficina con el humo de sus cigarrillos. En ese mismo instante entraron dos jóvenes norteamericanos, los típicos mormones, con camisa blanca y pantalón oscuro. Se dirigieron, empujando aquí y allá, hacia el mostrador, exhibiendo una peculiar habilidad para conseguir espacio, y nos contemplaron atónitos. Pinotti, por primera vez en muchos minutos, interrumpió su maratónico discurso y los observó con cierta desconfianza, haciéndole un comentario por lo bajo a don Pablo. Rosa no escuchaba bien lo que le decían desde la central y hacía señas nerviosas a la multitud para que bajara el tono. Los mormones emprendieron su previsible solicitud de un reportaje y me endilgaron comentarios bíblicos, la referencia consabida a Joseph Smith. Claro, traté de hacerles entender que ese no era el momento, que observaran en su derredor y que volvieran en otra oportunidad, cuando estuviera nuestro redactor que los escucharía con atención y pasaría alguna información por la teletipo. Y ya se estaban por ir, pero don Pablo se despachó con un comentario despectivo sobre las religiones y a partir de allí se inició una discusión con los jóvenes, que le citaban pasajes bíblicos. Entretanto, el viejito continuaba esperando que yo lo atendiera y lo entendiera y el del aviso clasificado que le entregáramos el recibo. A esa altura, como se desprende del relato, el desconcierto se incrementaba progresivamente, más todavía cuando pocos minutos después ingresaron tres boy scouts, que se quedaron cerca de la vidriera aguardando una probable descongestión. Ya no era posible arrimarse al mostrador. Rosa seguía al teléfono sin oír nada y sin poder hacerse oír. Pinotti, con signos de desaliento porque nadie lo escuchaba, no dejaba, sin embargo, de hablar. Diego, el de la distribuidora, por si alguno se olvidó, miraba a uno y otro lado con espanto. A todo esto, era ya el mediodía, hora que marcaba el tope matutino de nuestra tarea, pero cómo haríamos para irnos: quien iba a lograr siquiera que lo escucharan. Yo ya tenía mis sospechas de que toda la ciudad se encaminaba hacia la corresponsalía. Parece broma, pero no lo es, uno lee demasiados cuentos fantásticos y de pronto la realidad desnuda su condición fantástica. Algo estaba pasando, como siempre pasa en lo fantástico, pero nos tocaba de verdad y nadie nos creería después si sobrevivíamos. Tres viejos jubilados fueron los últimos que pudieron entrar. Se formaron grupos, núcleos que respiraban con dificultad y alguien desde afuera forcejeaba pretendiendo todavía meterse, pero no pudo. Entonces, tocó el timbre. Eran las doce y treinta; faltaba oxígeno; le hice señas a Rosa para que llamara a la policía, a los bomberos, a cualquiera que pudiera auxiliarnos, indicándole la lista que tenemos adherida a un armario con los teléfonos de los servicios de urgencia; pero no me entendió; no sé cómo me las ingenié p ara lograr encontrar un espacio y escribirle una notita. Ella colgó el teléfono, resignada a renunciar al diálogo con la central y trató de discar el número de la policía, supongo. Respirábamos con dificultad. En la calle, según pude comprobar subiéndome a una silla, había más gente esperando. Nadie me creerá, estoy seguro. No sé cómo haremos para salir. Dejo estas líneas para que quede constancia....

PÁGINA 14 – Narrativa

Puente sobre el Paraná

Por Darío Schvetz (Corrientes/Argentina)

Todos los días, Hugo frena y detiene su automóvil en la esquina de la farmacia. Subo y me acomodo junto a él, en el asiento adelante. "Todo bien", pregunta. "Todo bien", respondo.

Salvo por enfermedades o feriados, hace tres años hacemos el mismo viaje. Compartimos códigos similares. Si tiene algún problema, me avisa la noche anterior, para que yo me levante media hora antes y tome el autobús. Diez minutos es el tiempo que demoramos para cruzar el puente si está despejado. Si nos ubicamos atrás de algún camión de esos que van a cuarenta y no podemos pasar; todo se complica. Trabajamos en la misma agencia y nos pusimos de acuerdo para compartir los gastos de combustible y peaje. Luego de tanto tiempo, uno conoce bastante a su compañero de ruta. Y como en el matrimonio, se acostumbra a un determinado aliento, que malo o agradable, termina siendo familiar. Reconoce enseguida el mal humor de su acompañante, su ansiedad o su excitación. Hugo se pone insoportable cuando anda con poco dinero. En la agencia no tenemos contacto. Trabajamos en oficinas que están en pisos diferentes. Pero entre la ida y la vuelta compartimos casi una hora. El tiempo ideal del psicólogo y su paciente; y como dos cómplices hacemos nuestra terapia gratuita.

Recuerdo el primer mes de nuestro convenio viajero. Cada uno fingiendo sus éxitos y su felicidad. Ahora ya las caretas se han evaporado y nuestros rostros de rutina y hastío han quedado a la intemperie. Nuestro placer, putear juntos por cualquier cosa.

"Mirá acá abajo", me dijo ayer, mientras cruzábamos el puente con una mañana invernal. Toqué lo que me señalaba. Era algo frío y duro. Lo saqué de su lugar y me encontré sosteniendo un revólver. "La gorda que me tiró las cartas dijo que voy a matar a alguien, un día de estos", comentó con su voz aflautada. Continuamos nuestro camino y yo me concentré en las noticias de la radio. No hablamos más hasta detenernos en el puesto de peaje. Avanzó unos pocos metros y detuvo el automóvil a un costado de la ruta. Tomó el revólver y se dirigió a la cabina recaudadora. Miré por el espejo retrovisor, lo vi discutir y gesticular exasperadamente. Levantó el revólver y apuntó. Pensé en ese momento que la gorda que le tiró las cartas había acertado. Subí el volumen de la radio para no escuchar el ruido del disparo. Cuando regresó se sentó nuevamente al volante y me gritó "Hubieras visto la cara del pendejo cuando le puse el caño en la cabeza, como temblaba el muy cagón. El hijo de puta no quería reconocer que me dio mal el vuelto, te juro que la próxima lo mato ¡Seguro, lo mato!

La radio anunció que los sueldos se seguirían pagando recién la semana que viene. Anoté en mi agenda "avisar a mi esposa lo que dijo la radio".

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

Extraña piensa

Ella lloró todos sus ojos.
Más tarde los guardará en el estuche.

Ahora su mirada es un fuego
que expide cada brasa
en el suelo de un crudo mes de hielo.

Antes, saltando como una loca por la vida,
atravesaba jardines de dueños extraños
y dormía entre manojos de manos.

El paso del tiempo, devorador
de los paneles de su vida,
le hizo amar círculos
de único centro.

Celmiro Koryto (Israel)

Buenos días Libertad.

En tu nombre
ondean banderas,
suenan
tambores y trompetas.
Pero tú
bien discreta,
alcanzas los corazones
de quienes de veras
te respetan.
Humilde te instalas,
y suave,
aleccionas con tu esencia.
A nosotros
ignorantes humanos
que tanto hablamos,
y tan poco sabemos de ella.
Con paso firme y generoso,
te expandes
entre todos los seres
creciendo y madurando,
en este prisionero planeta.

María Eugenia Lizeaga (Euskal Herria)

Poesía

A veces me pregunto
que será de ti
ave pasajera
ojos de luz
quizás junto a la monotonía
que trae la vejez
encuentres un orificio
en el tiempo
para ver los detalles
de mi letra
que juega con mi mente
por escapar
de los inviernos
y
encontrar mi mentón neurótico
con pensamientos
frescos como el verano
de
hoy.

Roberto Marranillo (Bélgica)

Bustarviejo

I

El cielo azul-carmín de la sierra
silencio y soledad de féretro
El cansancio pesa en los huesos
y en los ojos sangrientos
El corazón triste
sin poder dar con el sosiego
La lágrima solitaria
se desliza en silencio
Mientras la araña maldita
urde su red de trampas -
agazapada en un rincón
esperando la hora de su venganza

II

El viento se revuelca enloquecido
agotado de la soledad de la sierra,
intenta penetrar los cálidos hogares,
interrumpe el sueño de los amantes
y ruge ferozmente.
Mete su lengua de hielo en cada rendija
y vuelan las vacas,
las puertas, los corazones.
Apagando llamas, alborotando flores...
La noche es su capa
y las estrellas su sombrero de caballero errante
que enloquecido como el hijo de Cervantes
ataca molinos de niebla.

Silvia Cuevas-Morales (Australia)

Árbol azul

Cuando tus ojos se encuentran con mi soledad
El silencio se convierte en frutas
Y el sueño en temporal
Se entreabren puertas prohibidas
Y el agua aprende a sufrir.

Cuando mi soledad se encuentra con tus ojos
El deseo sube y se derrama
A veces marea insolente
Ola que corre sin fin
O savia cayendo gota a gota
Savia más ardiente que un tormento
Comienzo que nunca se cumple.

Cuando tus ojos y mi soledad se encuentran
Me entrego desnuda como la lluvia
Generosa como un seno soñado
Tierna como la viña que madura el sol
Múltiple me entrego
Hasta que nazca el árbol de tu amor
Tan alto y rebelde
Tan rebelde y tan mío
Flecha que vuelve al arco
Palmera azul clavada en mis nubes
Cielo creciente que nada detendré.

Joumana Haddad (Beirut/Líbano)

PÁGINA 16 – Narrativa

Crónicas prohibidas

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe/Argentina)

Ella se fue desnudando con la lentitud del pecado. Era ese caer de prendas. Era ese no volver de muselinas. En el contorno del aire, se dibujaba la silueta del calor porque era verano en aquellas tierras donde las miradas poseían la costumbre de perderse. Tierras que llegaban del mar al monte, sin permitir la piedad de las fronteras. La estación de los frutos se batía a duelo con los muros y las formas. Todo, en percutiente asonancia de moscardones contra los vidrios; en aséptica presencia de mimbres en el salón.
El dormitorio de la mujer abría y cerraba su abanico de oscuridades forzadas en plena siesta cuando se trataba de descansar. No era correcto que la fatiga impidiera que las señoras visitaran las iglesias o los sitios de esparcimiento donde se mostraban, entre otras cosas, las novedades traídas de España. Se escuchaban, no tan lejos, los golpes breves del martillito de los plateros, formando, a puro repique, vasijas de metales nobles. Los artesanos, ocultos por la sombra fresca de la galería del convento, hablaban poco y golpeaban con un ritmo suavemente violento, como una oración. Ella los oía. Pero el hombre que tenía delante parecía ausente a estos ruidos. Él, se limitaba a reclinar sus ojos sobre ella, sobre su piel oscura de española joven, tan reconocida en esa ciudad como la flor que trajeron los barcos.
Era oriunda de Sevilla pero el acento de sus palabras se había diluido detrás de muchas siestas, en los brazos de muchos hombres. Aún conservaba el gusto por los colores rojos y por esa música que se atrevía a tocar ni bien el mal sabor de la nostalgia le jugaba una mala pasada. Su padre la había dejado en esa tierra porque contrabandeaba plata y reemplazó a su hija por unas cuantas piezas para la reina, sin dejar de prometer el regreso en su busca. Su madre la lloró al despedirla en la playa. Ahora, a aquellas alturas de su abandono, de esos dos seres subiendo en el barco quedaba una imagen perdida como las gaviotas.
El hombre, sentado en el sillón bordado con crin de caballo, cargaba con el peso de unos ojos vidriosos. Era joven. Quizás, si la costumbre del baño hubiera calado hondo en la cotidianeidad de sus placeres, habría olido mejor. Le habían dicho que era conde, que solía llevar una espada hecha con el mejor acero de Toledo, y que su trabajo consistía en buscar esclavos indios para las cortes europeas. Algunos lo llamaban "el turco". Otros, se tiraban a sus pies, buscando limpiar el suelo que pisaba.
Se habían visto esa mañana en el mercado. Ella iba con su esclava a comprar lo necesario para la fiesta que daría la noche después. Detrás de los duraznos y de los membrillos frescos y pintones, la figura bizarra de aquél hombre ocupó toda la inmediatez de su mirada.
Albergados por la soledad de la alcoba tan llena de olores vencidos, ellos asistían a una ceremonia de seducción y abandono lo mismo que los pájaros. Ese país del calor era propicio para los encuentros que no podían demorarse. Las casas bajas, los barcos irrumpiendo cada día como un aguacero en el puerto, las tierras y los hombres que cultivaban lo que fuera para satisfacer a los españoles, eran algunos de los acontecimientos que conformaban el rutinario panorama del lugar. Pero además existían las mujeres de la vida. Algunas, ricas muchachas de frente sedienta y mirada rebuscadora de brocatos y manos fuertes, se entregaban por la posición que daban los blasones y las espadas, los terciopelos y la estatura del mando.
Algunas se lo describieron golpeando mujeres. Hubo una mulata con la mejilla abierta y una criadita de quince años con el himen partido y la espalda surcada por los latigazos. Por otra parte ese era su oficio. A un hombre acostumbrado a tratar con indios rebeldes, era lógico que los golpes le brotaran de las manos como los frutos de un limonero. No debía sentirse sorprendida. ¿O acaso ella no había recibido comentarios de sus sirvientes, cuando comenzó a fijarse en el turco, respecto a las cacerías de indios para comerciar, o a la llegada de los barcos negreros en cuyos vientres, aterrados como animales, se congregaban seres de piel negra, amontonándose contra la madera podrida, contra los excrementos, contra la voz maloliente del guardia que los llamaba igual que a corderos? Claro que lo sabía. Había oído hablar también del látigo hilando atrevidos diseños en cada espalda como en un telar siempre nuevo para ser tatuado. El turco tenía olor a viejo en el cuello y a bebida con gusto fuerte. Tenía también los brazos firmes al apretar y los dedos dispuestos a buscar debajo de las enaguas.
Ellos dos. Un rumor de paños que se codician. Una piel y los ojos de vidrio. El aceite en las lámparas y los murmullos que se amontonan detrás de alguna pared. En tanto, su boca intuía que los besos serían de cera y que las manos, aferradas a otro cuerpo, no podrían contener la inmensidad de aquella tarea corrosiva de ser una mujer permeable a las cuestiones del amor. Las prendas caídas emanaban un olor a perfumes caros, a ceremonia maldecida por muchos.
A veces, por aquellas tierras donde el sol pega de pronto como una mordida, la esclavitud era otra forma de hablar de libertades. Nadie era libre después de todo. Ella, sin ir más lejos, se sometía a aquellos amores de feria como a una última esperanza.
Cuando el velo cayó sobre la cama, el látigo de cuerdas emitió un chasquido quebrado, de algo que golpea suavemente el torso de las cosas. El hombre, de pie frente a ella, dibujó una sonrisa seca entre las mejillas de su cara. Las enaguas dispersas en el lecho simulaban las cuentas de un collar, conservando un silencio manso.
Para ella, fue verlo atroz, con los puños cerrados en torno al látigo. Fue casi lo mismo que probar, en ese mismo instante en el que se olvidan los miedos y las lujurias pasan a ser un pliegue en el pliegue de la realidad, que el turco ya no era el turco sino un escalón que seguir hasta donde concluye la esclavitud misma de perseguir esa forma tan vulnerable de la riqueza.
La masa de cabellos negros, sostenida intrépidamente por un alfiler de hueso, se insinuó en la semioscuridad del cuarto. El turco veía los cabellos de la española y hasta parecía que los espíritus, que por esas horas moraban la siesta, surgían de las paredes ante sus parpadeos.
El látigo inició su litigio con la carne de la mujer. Algo similar al rencor se suspendió de los cordeles del cortinado inaugurando un vacío de gemidos y gritos de hombre. El turco abría una manera nueva de muerte en eso de esperar al amor a golpes de cuero sobre carnes oscuras. O de otras que habían terminado sus días en la cama del negrero. Muchos hijos de éste recorrían las playas de esas tierras. Como una casta sin nombre, como un adefesio de honra, pasaban cada día sin que la española lo supiera, frente a la ventana de su casa y hasta puede que la hubieran saludado.
La mujer recibió los golpes con cierta fiereza en el mentón y cierto ahínco en la forma de poner los brazos en cruz sobre las colchas. Los recibió sin asustarse demasiado porque había algo en los ojos del turco que le hacían tener confianza. A pesar de los latigazos que sonaban iracundos en las dimensiones soporíferas del cuarto, ella notaba en él la seguridad que le faltaba. Que podía confiar su cuerpo a los deseos del turco sin que corriera ningún peligro. Esas manos golpeadoras la defenderían contra los otros, tal vez porque ellas querían guardarse el privilegio de ser las únicas implicadas en la tarea de lastimar el cuerpo de la española.
Un hilo de sangre brotó de los encajes que aún no se habían distanciado de ella. Su espalda, sus brazos y sus hombros, serían un camino de estrías ensangrentadas. Pero eso no le importó a la mujer. Le pareció más propio de atención el pensamiento que le dedicó a su padre. Lo vio delante de ella, despidiéndose en el barco, con las manos levantadas y los dedos jugueteando en el aire, animándola a quedarse. Lo vio tan de ella entre los golpes y los gemidos, frente a todos los improperios que le dedicara al verse sola en ese Perú donde el fuego no deja de ajustar su cuerda alrededor de la gente. Su padre, para siempre irreparable, tocado sólo por su memoria y por algún accidentado rencor de los que le conocieron otras traiciones. Prohibido a pesar del dolor. Hermoso a pesar de la lejanía.
El chirrido de la cama contra la pared le sonaba dentro de la cabeza como un garrote. El turco, desnudo igual que ella, extendía el cuerpo entre sus piernas y suspiraba con los labios morados y la lengua entre los dientes. Empujaba. Irrumpía en ella con el mismo tesón y la misma rabia con que la había castigado antes.
Los cabellos, sostenidos por el alfiler, se desprendían del sujetador y enarbolaban toda su victoria entre las manos ya agresivas del negrero. Este decía algo sobre su silueta de bruja inocente, de diablo traído de España. Y no era su padre pero tenía los ojos igualmente verdes, igualmente pacíficos y cobardes. Lo vio subir y bajar sobre ella en un balanceo que hacia crujir los miembros y el perfil de los frascos sobre la mesa de noche. Ese era el ritmo. Subir y bajar. Arriba y abajo en un sinfín de agitaciones, de roces, de sabores agrios y dulces desprendiéndose de la piel y de las sábanas.
Y la española pensó que a ese hombre ya no se le conocía el hechizo, la dulzura posible, el furor escondido que le vio en el mercado o en la calle del paseo. Ahora era una barba raspándole el cuello seguida de intrépidas salivaciones formando lazadas en la humedad de sus axilas. Pensó también en aquella cercanía con su padre. En los parecidos, en el odio aglutinándose durante muchos veranos adentro del pecho hasta quitar el aire. Ese odio vestido con ropas de viaje, con casacas de partida sin retorno.
Sacó la pieza de hueso. Como quien toma unas tijeras y corta las hebras de un bordado, ella desechó la última dulce posibilidad de sufrimiento. Aguardó una nueva agitación del turco, un próximo jadeo, quizás un hilo de saliva rodando por su hombro.
Al ir empujando el alfiler hubo una convulsión, un echarse hacia atrás sin medir la caída. Había muerto. Mientras la española lo apartaba de ella con la fuerza minúscula de sus brazos y de sus piernas pensó que los golpes, ese acicate ferozmente tierno, no volverían. Su padre se había llevado con él, otra vez, ese sufrimiento gozoso de posesión y abandono, de amor y batallada censura.
Cuentan los cronistas que después de varias noches sin encontrarla, la vieron caminando cerca de la casa de los mineros. Vestía las ropas del turco. La armadura lustrosa, el casco sobre el cabello abierto en la mitad, cayendo en bucles a los costados del rostro. En la mano derecha, el látigo trenzado chasqueaba sobre las piedras del camino, quitándoles diminutas chispas blancas con cada golpe.
También quedó escrito en los libros que sobrevivieron a la destrucción de las guerras y al enmudecimiento de las revisiones posteriores, que repetía el nombre de su padre y que se adjudicaba su muerte.
Hubo controversias respecto al deceso de la española. Según los cronistas, murió loca, recluida en las mazmorras de la catedral de Lima, alimentándose con insectos y con trozos de su propia piel que mordía en los arrebatos de furia. Muchos testimonios posteriores refutan este final. Prefieren trocarlo por uno menos ingrato a las lecturas. Dicen que se suicidó arrojándose bajo las ruedas de un carruaje, que no sufrió demasiado, y que su cuello se quebró como un junco en la tormenta.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Carisma y catástrofe

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

"MORIR es un arte, como todo / yo lo hago excepcionalmente bien." La extraña y sobrecogedora jactancia de estas líneas de "Lady Lazarus", uno de los más célebres poemas de Sylvia Plath, remite sin embargo a la reflexión inevitablemente complementaria: vivir es también un arte, tan difícil como morir, y Sylvia Plath padeció su vivir como un arte descuartizador al cual nunca escamoteó su terquedad indomable, su equivocado coraje, el tenaz voluntarismo típico de los años 50, que ejerció sin desmayo a través de sus brillantes y trágicos treinta años. De algún modo, la parábola Plath excede la vida y la figura de la poetisa y pasa a ser una imagen fidedigna de la cultura norteamericana durante la Guerra Fría: la confianza en una suerte de America über Alles (de la cual en estos días experimentamos las consecuencias), la decisión inquebrantable de renovar, tras Auden, la poética del inglés, la indomable defensa de una vocación que precisa sin embargo las señales materiales del éxito para sustanciarse a sí misma.
Egresada del elegante y exigente Smith College, precoz ganadora de premios y concursos, incisiva, ambiciosa y enormemente dinámica, Sylvia Plath parece haber sabido desde el principio, sin embargo, que a través de su infatigable carrera hacia la obtención de un prestigio poético excepcional, lo que la aguardaba tras el escalamiento de honores y fortunas no era la consagración final sino aquella fría mañana de Londres en la cual, habiendo sellado con su habitual pulcritud y eficacia las puertas de la cocina, dejando al lado de sus dos hijos sendos vasos de leche, abrió la llave de gas del horno y se entregó a los poderes de una instancia que no sabe de glorias literarias.
La más brillante de las poetisas de su época moría abandonada por su marido, el hermoso y famoso Ted Hughes (que se encontraba con una mujer que correría, años más tarde, la misma suerte que Sylvia), en un invierno particularmente despiadado, bloqueada en un departamento con goteras y caños congelados, sin poder ser derivada a la ayuda psiquiátrica necesaria y fuera de todo amparo que sosegara su irrefrenable angustia y ansiedad.
Pacto singular: durante su matrimonio, Sylvia es la ardiente propulsora de su marido, su mejor publicista, la que no se arredrará ante su postergación a una clara retaguardia con respecto a la obra de Ted. Luego de su muerte, que la conduce a una fama lúgubre y refulgente a la vez, será Ted el emisario del nombre de la cónyuge hermosa, abandonada y genial. De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos finales: uno fue eliminado por Hughes, que se justifica diciendo, estremecedoramente, que "el olvido es una condición de la sobrevivencia"; otro, simplemente, "ha desaparecido".
La historia Plath-Hughes parece escrita por un autor que fuera a la vez Ibsen y Tennessee Williams: todas las trampas de la llamada "condición femenina", todas las luminosas hipocresías de los 50, el brillo intelectual y literario de Massachusetts y Cambridge, toda la joven poesía inglesa de posguerra con sus apuestas, sus magníficos giros y sus tajantes desafíos; la sonrisa Kolynos de Sylvia y la de la calma y hermosa Irlanda que resplandece en Ted: todo conduce al apogeo de una ilusión o mentira extraordinaria, y todo se despeña abruptamente con un teléfono arrancado de la pared en el momento en que una amante invasora busca a Ted subrepticiamente. Luego, la separación, y con Ariel, los poemas más hermosos del siglo XX norteamericano, firmados por una mujer que ha necesitado la traición de su marido para escribirlos.
Como muchas mujeres de su generación (que no por azar fueron remplazadas por la segunda ola feminista), Sylvia fue educada para complacer, y rindió las más brillantes notas en esa exasperante, incesante e inclemente carrera. Complacer primero al padre, un alemán austero, Otto Plath, diplomado en Harvard; complacer a Aurelia, la madre, a pesar de su asfixiante intrusividad; complacer, finalmente (y acaso esto fue la traición más grave y la más gravemente culpabilizante para Sylvia), a los editores arbitrarios e imprevisibles, doblegándose al estilo del día, para lograr la efímera gloria de la publicación. Esta lucha, sin embargo, la exalta, como le confía a una amiga: "Tengo centenares de cartas de rechazo. Me enorgullece: son la prueba de que estoy tratando de hacer algo".
Como los héroes de la tragedia griega, la figura de Sylvia Plath convoca a la vez la compasión y la admiración. Digna de compasión su compulsiva competitividad, que la hace menospreciar a colegas tan válidas como Adrienne Rich; digno de compasión su obsesivo perfeccionismo, que la lleva a escribir sus poemas al lado de un Webster, para controlar las palabras más inesperadas o resbaladizas; dignas de compasión sus múltiples andanzas entre amantes brillantes y negligentes que explotaban su belleza y su prestigio y a los que ella, a su vez, manipulaba sin escrúpulos, hasta que llega el Príncipe Azul, el impresionante Ted Hughes, poeta brillante, suave halcón, y con él la exaltación de un matrimonio que se concreta en cinco meses y que promete ser (y lo es al principio) una permanente conversación poética, caza de alto vuelo, unión arquetípica de rebelión y hermosura: ambos renuncian a las eventuales y clásicas carreras docentes que podrían sustentarlos (pero también refrenarlos) para dedicarse única y exclusivamente a la poesía.
Una suerte de omnipotencia infantil, típicamente norteamericana, lleva a Sylvia a buscar la nota más alta y la más adecuada en todo, en una carrera de obstáculos en que cada victoria presagia trágicamente un futuro peligro y enmascara el último fracaso, el ineluctable. Pero cuando se leen sus extraordinarios Diarios (en los cuales, en prosa magnífica, duda paradójicamente acerca de su capacidad de escribir prosa), el lector no puede menos que sentirse sobrecogido: detrás de esa voluntad de agradar y sobresalir late un huracanado volcán de resentimiento y lucidez, que hace el mundo que le arranca estas concesiones tan despreciable como su propia, impotente y permanente disponibilidad de ceder a las demandas de ese mundo.
No podemos dejar de admirar, por otra parte, su exigencia feroz, que la hace corregir o destruir una y otra vez sus manuscritos; su insistencia en la máxima intensidad, para ella, indudablemente, la forma más alta de la verdad, que resplandece en sus escritos más que en la mascarada forzosa y forzada de su vida social; digna de admiración, sobre todo, es esa insólita incandescencia a la que conduce al inglés con una energía desacostumbrada en un escritor o escritora de su época, esa soberbia ferocidad con la que dice por ejemplo: "Your body hurts me / as the world hurts God" ("Tu cuerpo me duele/ como el mundo duele a Dios"). Porque esta niña de rostro de almanaque entre Shirley Temple y Marilyn Monroe, que merece una tapa de la elegante Mademoiselle, no ha trepidado en medirse con los poderes de un lenguaje que no perdona, con un verbo que la transporta en su carroza de fuego en un viaje sin regreso. Desde sus más tempranos poemas (el primero es publicado por el Sunday Boston Herald, cuando tiene ocho años de edad), se advierte en ella el ímpetu infalible que da al inglés esa mordiente furia, esa velocidad de grutas, esa brillante oscuridad que late en la voz de los verdaderos grandes, desde Shakespeare hasta Dylan Thomas.
Por contraste, pienso en una gran suicida nuestra, Alejandra Pizarnik, que eligió exactamente la vía opuesta. Desafiante y despectiva de las reglas más elementales de la mundanidad, ella es en muchos sentidos la antípoda de Sylvia Plath. Mientras Sylvia desprecia a su padre, al que trata de nazi en su célebre "Daddy", Alejandra, que solía tratar con rudeza al suyo en vida, a su muerte levanta un bellísimo y desesperado canto al "rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y muerto está".
Pero las semejanzas son más profundas que las apariencias. Ambas temen y conocen por experiencia propia el tenebroso mundo del internamiento psiquiátrico y ambas lo denuncian y lo niegan a la vez en sus comunicaciones sociales; ambas practican un humor despiadado; ambas son despiadadas consigo mismas; ambas profesan la poesía como un absoluto más allá de todo compromiso y enfrentan ese destino con una terca valentía inquebrantable. Ambas se vuelven realmente famosas sólo después del suicidio, que las lanza a una engañosa publicidad pero también las enaltece como signos inequívocos del peligro candente de una poesía que es algo más que afán de belleza.
La comparación de sus destinos es también una advertencia para los apresurados que quisieran condenarlas por el extremismo que profesaron, cada una a su manera. Sugiere que ni la bohemia transgresora de Pizarnik ni el aparente conformismo social de Plath fueron pasaportes válidos cuando se trató de pactar con la "vida" de todos los días. Ciertamente, hay quienes pactan y sobreviven en un difícil y deliberado equilibrio, pero acaso, y éste es el precio, y éste es el enigma, no siempre las mejores.
El paralelo sugiere una meditación sobre el destino de las grandes poetisas de este mundo: Safo, Woolf, Plath, Parra, Tsvetaeva, Pizarnik. ¿Es un azar el que la línea de las altas cumbres de la poesía escrita por mujeres que marcaron -o hubieron de marcar- la literatura mundial coincida tantas veces con la línea del suicidio? ¿Qué significaría para nuestra cultura el que Shakespeare, San Juan de la Cruz, Verlaine y Leopardi se hubieran suicidado? ¿Cuál es la tenebrosa relación que une el don de palabra entregado en excelsitud a mujeres excepcionales y el costo de este terrible privilegio?
De algún modo Plath presintió que la poesía no es la Reina de Saba sino una niña descalza, inadvertida; supo definitivamente que no estaba destinada a transformar el Universo sino, fundamentalmente, a hablar al oído de unos pocos. Lo que su breve y dramática vida no le permitiría saber, sino acaso intuir sólo muy lejanamente, es que su poesía modificaría la lengua poética americana, la desalojaría de los miasmas de la autocompasión y el sentimentalismo, abriría las puertas al gran viento de la noche humana y haría imposible el regreso a ningún conformismo verbal. De su currículum impecable de niña excepcionalmente inteligente y aplicada había brotado una fuerza mayor que ella misma, que acabó, es cierto, por destruirla, pero no sin antes desembocar en esa luz que resplandece en las tinieblas, aun cuando las tinieblas no hayan querido ni quieran reconocerla.


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Año I - Nº 5

20070426231045-descanso-del-pescador.jpgGACETA LITERARIA Nº 5 – Mayo de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la artista plástica santafesina Zulma Molaro
Obra: Descanso del pescador

PÁGINA EDITORIAL

Esa entelequia llamada lector.

Los poetas que llevan a cabo sus desestimados quehaceres en estos espacios abandonados por los ángeles custodios [1] no deberían detenerse demasiado en las consabidas controversias referentes a posibles incompatibilidades entre ética y estética, debates intrascendentes relacionados con la vigencia o desuso de la cadencia versificante o discusiones bizantinas acerca de la validez o inutilidad del género poético.
Antes bien, resultaría altamente beneficioso, para su característico decir, continuar ejercitando el oficio que asumieron como tarea, celebrándolo desde una imprescindible honestidad intelectual. Porque, si fuera cierto que la belleza transfigura el mundo y la conducta lo transforma, nada estaría oponiéndose a la ejecución de tantas búsquedas personales de transformación cimentadas en la singularidad de un particular concepto artístico.
Quizás por ello el común de la gente se manifiesta indiferente ante todos esos despliegues de bellísimos discursos ejecutados con paciencia de orfebre, pero abarcados en contextos nimios, serenamente insustanciales, trivialmente esteticistas, y, sin embargo, acompañan las voces de quienes formalizan una literatura conmovida, encrespada, desprolija si se quiere, pero dramáticamente apasionada, conmovedora en la incondicionalidad de su entrega
Es que solamente nuestros pares pueden llegar a comprender la imperiosa y absurda necesidad de sumergirnos en la escritura como estrategia para sobremorir a tantas circunstancias poco propicias.
Esa otredad que nos da plena existencia [2] antepone las voces nacidas del desvelo, de las necesidades vitales, de la urgencia por revertir situaciones socialmente establecidas por una supremacía dominante. Esa otredad descree de la literatura como ejercicio, de la escritura por la escritura misma, de la misma manera en que nosotros renegamos de los escritores a sueldo, de quienes permanentemente están rindiendo examen en inciertos lugares, de aquellos que se someten a la inconstancia de la moda cambiando de corrientes literarias como si se tratase de camisas y de los que actúan como asalariados de las industrias editoriales hasta terminar comercializando su mensaje. Esa otredad prefiere los poemas que testimonian las incertidumbres, las pasiones, los misterios que tanto desvelan a los seres humanos a aquellos que les han sido dedicados al vagabundeo de las mariposas.
De allí que tantos vates contemporáneos hayan alcanzado la gloria de ser leídos masivamente escribiendo sobre temáticas que les eran dictadas por las vísceras, y así, quizás sin proponérselo, tendieron un puente hacia la conciliación, una mano fraterna, una voz ajena a las tendencias, escuelas o estilos en boga pero definitivamente armonizada con el sentimiento del otro al que necesitamos para continuar siendo y sin el cual no podemos ser: esa entelequia llamada lector.

[1] Jorge M. Taverna Irigoyen – Santa Fe/Argentina
[2] Octavio Paz – Libertad bajo palabra - México

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Deudas

Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arado con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
En un setiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero la furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaban la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba un mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

Jorge Isaías (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Génesis

acostumbro
en las tardes doloridas del otoño
acunarme en la historia de un sillón
cómplice

dejando que me acaricie la garganta
alguna melodía lánguida
para sentir que mi almita se duerme
serena
unos instantes

adivinarle un sueño
y regalártelo

Mabel Zimmerman (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Consejos silvestres

Si planea dominar un continente de indemostrable vastedad:
hembra o reino,
es imperioso que su más atroz artillería
bendiga
el arte del lenguaje;

que despliegue
un exquisito arsenal
de frases célebres
inscriptas ya en la cumbre del arco
desdeñoso.
Previsión ineludible para justificar sus estandartes
acosando muelles suaves y futuros sembradíos de discordia.

Es imperioso, señor, que tiente al demonio con la brújula del tiempo
distrayendo su atención con un discurso de aristas principescas,
reteniendo en el descuido, entre sus redes,
al pez desconcertado
para su primera y última cena de victoria,
que intentará usted repetir hasta el empacho,
señor,
amparado en un pudor obsceno.

(Doy a usted gratuitamente mis consejos porque los sabios han descubierto
tras paciente observación de las especies,
que a las hienas
se les ha negado el habla).

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

El orden.

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Poema por Haroldo Conti

Dónde estará Haroldo Conti
¿en el cielo
o en el mar?
Sus delgados tendones azules
no podrán llevar las palabras.
Es imposible que pueda caminar.
Qué rosa estuvo ausente
sobre su hora más triste
pregunta mi frente sin entender.
No eras conocido por mí
escribo entonces por el poeta que fue.

No podrás irte solo
“la balada del álamo carolina” acuna pájaros y miel.
Hoy
ahora que la gente canta.
Sobre cuál territorio gris
perdió la rosa su uniforme de oro.

Haroldo Conti: Chacabuco, Pcia.de Buenos Aires (1925) fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar. “Los hermanos de Conti lo habían podido ver en una especie de campo de concentración, con los tendones cortados. El pobre no podía caminar”. Palabras del escritor Antonio Di Benedetto. Clarín, Mayo de 1984

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Limpia y desnuda

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

La mujer contestó desde adentro, sin asomarse; dijo que usara el otro baño, el de servicio, y que por qué él -el marido, Julio- todavía andaba batiendo el aire doméstico cuando debía haber avanzado unos puntos hacia la ficha del empleo, ocho en punto, ella le dijo que usara el otro baño y el marido gruñó -me las vas a pagar-, pero no pudo imaginar que ahí, encerrada, Silvia se miraba al espejo y las arrugas de la palma, con la hoja de afeitar sobre el cruce palpitante de las venas, como contando una cuenta regresiva, él sólo sabía que debía irse al estrecho y maloliente baño de servicio o iniciar el día con una discusión, pero siguió merodeando por si la esposa se arrepentía y le abría paso, siempre merodeaban cuando la mujer se encerraba en el baño, Julio tanteó el picaporte y le pegó una patada a la hoja antes de darse por notificado que Silvia no abriría, no saldría pese al llanto del bebé, al chantajista llanto del bebé que desde adentro ella escuchó con atención pero sin preocuparse ni siquiera cuando se hendió la carne hasta el tendón, se rasgó sin controlar visualmente su acción sólo mirándose el rostro en el espejo, dándose el derecho de contemplarse y luego volvió, sí, las pupilas a lo que manaba de adentro hacia afuera, lo que rompía fronteras y haría que el mundo se apoderase de ella, polvo al polvo, pero el marido no tuvo modo de enterarse de que la mujer disponía sólo de un fragmento de vida delante de sí, punto del que ella estaba al tanto manteniendo a raya el eventual arrepentimiento con el rollo de cinta adhesiva a mano; Silvia había esperado horas primero, días después y semanas y meses, había esperado lo que no se produjo; y lo que no se producía a medida que no se producía, irreversiblemente, la había encerrado en el baño con la hoja sobre el cruce palpitante y a mano la bolsa de plástico repleta de secretos que acababa de sacar del escondite; la navaja ahora buscó la muñeca derecha, pero el metal filoso se cayó al suelo y Julio golpeó: necesitaba la afeitadora de ese baño; escuchó decir de ella que se hallaba lavando ropa, pero tampoco supo que probablemente ésas fueran las últimas palabras que intercambiaban, pobres expresiones, aunque la mujer se dijo que era improbable especular sobre qué quedaría realmente de ese momento en la alquimia mental ajena, de él; Julio apoyó la mejilla contra la puerta, como rogando pero sin hablar, sin saber que ella recogía la hoja del suelo, cruzaba la muñeca derecha con dos cortes profundos y paralelos, alzaba los brazos y se concedía el derecho de escrutarse en el espejo por un momento, se desnudaba, abría el grifo de la bañera, metía la ropa sucia en el tacho de los residuos, y empezaba a escribir algo sobre el espejo, algo que omitía el tradicional "no se culpe a nadie" sino -ella elegía y dudaba entre las palabras testamentarias- algo que expresaba "no se explicarán este acto pero sepan que no concierne a mi salud", pluralizar despersonalizaba a su marido, lo alejaba a un punto remoto, pura acción inconsciente, ella que miraba en el reloj el tiempo de arrepentirse, se metía en el agua, sacaba cosas de la bolsa clandestina: una cadenita que echó a la rejilla, una carta y papeles que leyó y amasó en el agua hasta hacerlos pasta, nada, y los desapareció en el inodoro, se deshacía de los rastros para que él, Julio, se preguntara una y otra vez el por qué, la causa, condenado al secreto, a lo inexplicable, aunque ella no se propusiera condenarlo a nada, ¿a quién le importaba a qué quedaba condenado Julio? y él le habló nuevamente, dijo que si ya no lo quería, y que el cartero había dejado una carta para ella, una carta ¿de quién? ¿de quién? interrogó la mujer desde dentro y él, que no se había fijado puso el sobre sobre la heladera, hasta luego, se iba, mientras Silvia, que había escrito el mensaje sobre el espejo, que había esperado horas, y semanas y meses mientras la espera la encerraba con la hoja sobre el cruce palpitante y el dedo del pie listo a descorchar el tapón de la bañera unos segundos antes que la cuenta regresiva cesara, para mostrarse simple y desnuda, ella que se había dicho ¿qué dice Julio?, ¿acaso me importa lo que Julio dice? ella, que supo que tal vez la carta fuera el objeto de la espera, vio cómo se borroneaba el rollo blanco de cinta adhesiva, sin tomarlo, sin intentar siquiera estirar la mano hacia el rollo hasta que el rollo desapareció.

PÁGINA 4 – Narrativa

Historias de gente sin importancia.

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Fedor.

Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violÍn. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor.

Quiromancia.

Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos.

Mediodía.

Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana.

Metempsicosis.

Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre.

Metáfora siniestra.

El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares...

Un escritor.

Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico.

Triángulo de amor.

Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres.

La nera veritá.

Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún.

La nieve, la nieve.

Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Alberto Girri – 1919/1991 - (Buenos Aires/Argentina)

Canción de amor

Aquí yazgo pensando en ti:

¡La mancha del amor
se extiende sobre el mundo!
¡Amarilla, amarilla, amarilla
roe las hojas,
unta con azafrán
las cornígeras ramas que se inclinan
pesadamente
contra un liso cielo púrpura!
No hay luz,
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
desluciendo los colores
del mundo entero;

¡tú allá lejos
bajo el rojo zumo del oeste!

El compañero de los pájaros

Como el amor
que se posa
cada día sobre la ramita
que puede morir
Así brota tu amor
lozano
vigoroso de sol
compañero de los pájaros...

Poema con un poema

Del emperador
que desvalido se adormece
en su jardín,
tiene algo este
anciano a quien súbitamente
el deseo,
huésped no invitado,
vuelve, persiste en sacudirlo.

También se amodorra,
y los dos son como gatos,
no les importa
sino sobrevivir;

pero en su precario retiro
el viejo no enhebra canciones,
y en lugar de ir entreviendo
ejércitos que incendian y destruyen
concita sobre él un retorno
en procesión de bellezas
ahora agrias,
cada cual mostrándole
la forma de un triángulo
allí donde hubo un sexo,
todas
semejantes
a las tardías flores
que en el imperial jardín
aguardan el invierno.

Oír uno su propia sombra

Repeticiones inútiles, verbosidad
en pleonasmos, redundancias,
tautologías,

garrulerías en las casas
amadas amando hasta el mirlo
que sobre ellas habla,

ruidos continuados
aislándote, los arrullos
por sentimientos melancólicos
del tiempo otoñal,

cantinelas ensalzando
imposibles concordias:
que al agua del pozo
le sea dado invadir la del río,
que la cosecha pasada
y la nueva se unan.

Es mantener abierto el pico,
no puedan las palabras obstruirlo:
como leznas
dentro de una bolsa
(acaban por romperla).

Es el anverso
diáfano de la vida suavizando
las áreas hostiles,
la de los ojos turbios,
balbuceos lastimeros, orejas calientes,
vértigos de borrachos.

Es tu cotidiano ensayar,
mientras no suena la campana,

no se haya ido la arena del reloj,
cómo hacer con discursos de aire
que el mundo de los felices
y el mundo del desdichado
no parezcan distintos.

Puertas adentro

Como Blake con el tigre,
en tu gato no atiendes
a uñas, lengua áspera,
poblados pelos largos,
estrías blancas,
c lo que provocas desde confusa
f hermandad, la pretensión
de que en su vigor está el tuyo,
y de acercarle
elusivos discursos, soliloquios
para un no favorable
ni adverso ánimo,
sin cooperar, sin airadamente
estirarse indicando que apenas
cerraste postigos, cortinas,
él ya captó,
tu agitar antipatías, infatuaciones,
prontuarios de la menuda hojarasca
que en la sagacidad animal
pudiera disolverse,
apremio
por alguien que se mantiene
atado a su especie,
alcanzar
el par donde apoyarte, tu correspondiente;
como Blake y el tigre,
Poe y el cuervo,
Basho y la rana,
recluyéndote a pedir
el benjgno, consolador ajuste
de tu aliento, fatigoso golpe, desazón,
y la prescindencia del libre, que no juzga.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

El chaleco de Hemingway

Por Ramón Fernández Palmeral (Orihuela/España)

El que fuera Premio Nobel, Ernesto Hemingway y Mary Welsh (su cuarta esposa) cruzan el Atlántico a bordo del “Constitución” y desembarcaron el 1º de mayo de 1959 en Algeciras (España) instalándose en la finca de La Cónsula en Churriana (Málaga), propiedad de Bill Davis, norteamericano. La revista Life le había encargado un reportaje que ya era considerado como el enfrentamiento de toreros más grande de la historia: el mano a mano entre Dominguín y Ordóñez que tendría lugar ese verano. Aquí en Churriana también estuvo acompañado por su secretaria irlandesa Valiere.
EL escritor estadounidense Ernest Hemingway se quedó prendado de la finca La Cónsula, no era para menos, y, sobre todo, de su precioso jardín botánico. La mansión la describió en el libro que escribió de aquella aventura taurina, El verano peligroso, «como maravillosa casa», y comparaba su jardín en belleza con el Botánico de Madrid. Seguramente, aquí trabajó en su libro París era una fiesta.
En el mes de mayo de 1959, se cree que Hemingway estuvo en la casa del hispanista Gerald Brenan, sita e calle Torremolinos, 56, donde se celebró una comida familiar o -picnic- en el jardín, según vemos en la foto aparecida en el libro de Antonio Ramos ya anotado. Lo cual debió ser un honor para usted, como bien describe en páginas 755-757, Autobiografía. Además mostró interés en que se lo presentaran porque ya conocía su libro El laberinto español de 1943
Cuando Hemingway viajó de Málaga a Madrid, aquí se hospedaría en el Hotel Suecia para asistir a la temporada taurina de las fiestas de San Isidro, su presencia se anunciaba casi como parte del cartel de las fiestas. Ocupaba asiento de barrera, al final de cada corrida, la concurrencia se volvía a buscarle para pedirle opinión sobre la faena. La relación de Hemingway con los Ordóñez se inicia con Cayetano, El Niño de la Palma y padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, que tiene un papel destacado en Muerte en la tarde (1932). Pero es con este último con quien visita «aquella encantadora y extraña ciudad» y su mítica plaza de toros. (Vi fotos inéditas en la casa de Tomás Toranto de Churriana).
A Hemingway le fatigó esta temporada de toros, bebía sin límites, constantes viajes de feria en feria en un Ford color rosa alquilado conducido por Bill Davis, los horarios de comidas eran irregulares, las noches se alargaban hasta el amanecer. En este año se enteró de que su Gary Cooper (actor en la película “¿Por quién doblan las campanas?”) se estaba muriendo por un cáncer de próstata, ello le conmocionó profundamente, y su propia salud se vio quebrada.
Esta frenética actividad nos la cuenta Rodrigo Fresan:
Entre el 26 y el 31 de ese mes (mayo) Ordóñez tenía corridas en Córdoba, Sevilla, Aranjuez y Granada. Mary, engripada, se quedó en Madrid; pero Hemingway estaba dispuesto a no perderse nada. En Aranjuez, Ordóñez sufrió una leve cornada y allí estaba Hemingway para atenderlo y –ya con trece corridas en su haber – se hizo un alto hasta finales de junio para que el matador se recuperara. El otro matador aprovechó el alto para volver a La Cónsula y arremeter en su lidia privada. “Este es un verano maravilloso”, dijo Hemingway en algún momento mientras las corridas y festejos se sucedían a velocidad de vértigo. Y agregó: “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.
En junio del 2006 más de 300 especialistas en el novelista Ernest Hemingway se reunirán a partir de mañana domingo en Málaga para tratar la influencia de la tauromaquia en su obra, así como las vivencias que compartió con artistas como Picasso o toreros como Antonio Ordóñez (padre de Carmina Ordóñez y abuelo del torero Francisco Rivera) durante sus estancias en la Costa del Sol. El congreso concluyó el 30 de junio.
El Museo Picasso y la escuela de hostelería de La Cónsula, y el Palacio de Congresos de Ronda (Málaga), fueron lugares de las conferencias organizadas por la Fundación Hemingway, que convertirán a Málaga en el "punto de referencia internacional de un escritor internacional", según aseguró el concejal de Cultura, Diego Maldonado. Este encuentro consolida la unión del escritor con Málaga, "a la que adoraba", según destacó el presidente de la Fundación y Sociedad Hemingway, James H. Meredith.
En 1960, el régimen castrista-marxista le expropió la casa La Vigía que tenía en Cuba, y se apropió de sus pertenencias, que luego fueron sacadas ilegalmente, le entró una fuerte depresión, su excesivo orgullo le asesinó, se disparó un tiro de escopeta el 2 de julio de 1961 en Ketchum (Idaho).
En diciembre del 2006 estuve en Churriana buscando vestigios de la vida de Gerald Brenan donde vivió con su esposa la poetisa norteamericana Gamel Woosley entre 1955 a 1970. Estuve en la Casa de Cultura de Churriana hablando con el responsable, Salvador Escalona, que me enseñó la placa y me informó de algún aspecto el escritor inglés. Cuanto salí de la Casa de Cultura me encontré a un hombre en la calle con el que estuve hablando y me comentó, para mi asombro, que había conocido a Hemingway, porque su madre trabajó en La Cónsula, y tenía un chaleco del Premio Nobel. Tomás Toranto, que así es como se llama este hombre, me acompañó hasta una especie de trastienda o almacén que tiene muy cerca, en otra calle, donde me muestra, muy orgulloso, su museo taurino; aquí me enseñó la multitud de fotos que tenía en la pared, entre las que estaban las de Hemingway en diferentes fiestas y en plazas de toros, porque al Nobel se le iba la marca del toro, la comida y el alcohol. Pero cuando le pedí permiso para sacar algunas fotos con mi cámara digital, me lo negó, consciente de que tenía gran valor y yo podía publicarlas en Internet. A mí me gusta pedir permiso para reproducir fotos.
Las fotos de Hemingway estaban firmadas por el fotógrafo taurino Cano. Allí estaban casi todos los toreros malagueños (casi 50). Había una de El Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez Aguilera) el padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, Dominguín, Paquirri, Jaime Ostos, Bienvenida… Me quedé muy emocionado, y a la vez contrariado por no poder sacar fotos a este museo que, en cualquier ciudad o Peña Taurina se darían tortas por él. Me dijo que trabajó muchos años en la Plaza de Toros de Torremolinos, y me enseñó una fotografía donde se le veía toreando una vaquilla. También me enseñó dos motos de la marca Lube, antiguas, reparadas, en uso, dos reliquias del motociclismo, una de ella la quería vender. Hablamos sobre el chaleco de Hemingway que tenía en su casa
Entramos en su casa y me sacó el chaleco envuelto en una funda de plástico, era blanco marfil como de piel de gamuza, yo lo cogí con mucho cuidado, con nervios, me dijo que tenía intención de venderlo, pero no le pregunté cuánto pedía, estas son reliquias que no tienen precio. Con sumo cuidado como si fuera una casulla papal, lo puse encima de un sofá y le saqué unas fotos con su permiso. Yo me ofrecí a colgarlo en Internet y que sea lo que Dios quiera. Es una pena que esto salga de Churriana, pero como somos así, unos pasotas, pues alguien acabará comprándolo. Seguidamente sacó un libro escrito en inglés sobre la vida de Ernest Hemingway, en el álbum de fotos del libro está Hemingway con el chaleco, y otra foto celebrando el cumpleaños donde se veía a la madre de este hombre que me dijo que se llama Tomás Toranto. Su madre trabajó en La Cónsula, por ello toda esta historia del chaleco de Hemingway tenía sus razones de ser. La foto del cumpleaños debió de tomarse el 21 de julio de 1959, en el sexagésimo cumpleaños del escritor y periodista, que lo celebró en La Cónsula. Me dio su número de teléfono.
Tranquilamente encontré más información y fotos sobre la vida del premio Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway, y sobre su veraneo de 1959 en Churriana. Estuve buscando fotos de Hemingway con sus chalecos de piel. El que tiene con Gerald Brenan en el patio de la casa de la calle Torremolinos, posee un bolsillo en la parte izquierda, en cambio, el chaleco que tiene Tomás, no tiene este bolsillo, por lo tanto debe ser otro de sus chalecos, pero hace falta encontrar la fotografía en que lo demuestre.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Con el éter del enigma

Huye el eterno retorno del Yo.
La tarde ausente de todo
trae rimas como nubes.
Como si nadie supiera nada
se promete
el regreso de las metáforas:
letras olvidadas en el tiempo
de un mundo sin destino,
páramo inconsciente
olas desnudas sobre el mar
agitado de sal.

Juan Pomponio (Berazategui-Buenos Aires/Argentina)

Compadre :

no hay palabras de piedras en la clave de sol
ni en las contradicciones de los almácigos
No es conveniente animarse a decir adiós.
Ya hemos sumado las mordidas que envejecen
y merecemos descansar de los jadeos
urgentes.
En la sala de espera de la noche
Una tarde de lluvia dije buenos días.
Así uno nace al revés de los andrajos
y se apuesta una lucha,
y se hincha de luchas
todas llenas de lluvia, de noche,
de soledades en astucia en uay
que te comen hasta el despertar.

No defino el final del adiós,
Tengo un amigo en San Antonio,
una hija aún sin decapitar
y dos perras que le ladran al réquiem
para envejecer juntos.
Esta tardecita de enero
están buenos los pimientos de Calahorra
y el Este con su tormenta que amaga
una mirada de quizás.
Aún tengo viajes pendientes
a la caricatura de la rabia,
donde tomaré café
y algo más
con el verdugo de los tiempos perdidos.
La vida es zarandanga para que te toque aquel
y te lleve éste.
En la próxima risa soltaré tamboriles sin rutina
y me beberé toda el agua que dejaron los ahogados.
Los que partieron no de muerte natural.
Esas cicatrices que dejaron los compadres.
cuando se ponen corbata
y se peinan y depilan los adioses
y se olvidan que algún día juntos
amamos la revolución en alza.
Estoy vinculado con las palomas de los entretechos
para decir adiós a los que visitan el festín de
los dueños.

Alfredo Ariel Carrió (Entre Ríos/Argentina)

Entonces supe.

Entonces supe que hacer
me arremangué
las manos retorcieron el trapo
sequé y sequé
como si hubiera llorado
tanto
pero no había tiempo
llegaba lo nuevo
tenía que ponerme algo
sobre la desnuda tristeza
destapar las cañerías
trabajar
eso hice
y pelé chauchas
y deshojé prolijamente
los bordes del espanto.

Graciela Wencelblat (Buenos Aires/Argentina)

Soneto

No salgas niña, que la lluvia viene;
viene la lluvia con su pie ligero
y agitando en el aire su pandero,
cuando quiere bailar, no se detiene.

No salgas niña, que la lluvia tiene
flores de vidrio para tu sendero.
No vayas a salir, porque no quiero
que en lugar de alegrarte, ella te apene.

Pero la niña se lanzó a la calle,
rompió un espejo con su airoso talle,
y se perdió en el aire alucinado.

Si la niña no hubiese sido rubia,
la hubieran visto irse con la lluvia
para seguir bailando en otro lado

José Fernández Molina (Salta/Argentina)

Soy Muchas, Soy Una, Soy La Pachamama

Yo soy Sedna, la diosa del mar, la creadora de los
inuit del Ártico y entre los navajos soy la Mujer
Cambiante, diosa araña de la creación, madre del Cielo
y la Tierra. Soy la Bisabuela Wakan de los sioux, la
Mujer Bisonte Blanco de los lakotas y la Mujer del
Peyote de los huicholes.

Soy Ixchel, la diosa luna de los mayas y
Tonacayohua, la diosa cielo de los totonacas. Los
mejicas me llamaban Señora de la Falda de Jade y
Señora de la Falda de Serpientes porque producía la
vida, la muerte cíclica y la regeneración.

En Centroamérica, me han celebrado bajo el nombre
de Flor Emplumada, la Estrella que humea en el bosque,
patrona del amor, la sexualidad, los códices y las
artes.

En Colombia soy Bauche, la diosa serpiente creadora
en la laguna de Iguapé y en las selvas soy Nunguí, la
fértil diosa que danza en los campos de yuca plantados
por las mujeres jíbaros. Los incas me llamaban
Pachamama y me reconocían en mis hijas: Saramama,
Cocamama, Axomama, Coyamama y Sañumama.

Soy la Mujer Jaguar de los Andres y la Jaguar Negra
del Amazonas. En las costas del Brasil y del Uruguay
me llaman Iemanjá, la diosa luna que emerge del mar. Y
para los tobas del Chaco paraguayo y argentino soy
Aquehua, la diosa sol que bajó a la tierra para
engendrar a los primeros seres humanos y regresó al
cielo para nutrir la vida.

Soy la Sirena del Paraná y la Doncella de la Yerba
Mate. Entre los pampas soy la Llorona, la Luz Mala de
los huesos y la Vieja vestida de Novia. También he
sido la Telesita y la Difunta Correa.

Entre los araucanos soy el Espíritu del Pehuén, la
Diosa Madre de los mapuches. Danzo, canto, profetizo y
curo con las machis, únicas sacerdotisas activas de
esas tierras. Y con máscaras sagradas estuve danzando
con las onas y yaganes de la austral Tierras del
Fuego.

Soy Muchas y Soy Una. Soy la Pachamama.

Analía Bernardo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Las razones de Ana

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe/Argentina)

En el caso de Ana supongo que persistirá la marca dejada en una pared, pero que seguirá ahí sólo hasta que alguien decida quitarla. Y eso sería todo.
Quiero decir que no habría más, porque no hay sustancia en el presente sino un pasado que carece de importancia porque a nadie le importan los muertos. Aunque es cierto que el dolor es intransferible. El dolor particular, lo que no se puede contar.
Cuando Ana hizo un gesto de cansancio que intentó reprimir advertí la grieta. Fue un momento apenas pero suficiente como para establecer un precario sistema de complicidades consolidado en esos breves días, lentos y soleados, que nos hizo encontrar en las jornadas del hotel.
Nada más tedioso. No hay que tener obligaciones, el ser humano debería tener derechos, tal el derecho a no trabajar, a no rendir exámenes a diario. Quiero decir que a tres cuadras no más estaban la playa, el río y sin embargo no se podía ir y nadar y perder el tiempo. Nada de eso, la convención era ejecutiva, cuatro días de intensa concentración.
Para disputar espacios, para vencer, porque el gerente feroz de la empresa había decidido concentrarnos en ese lugar confortable, hacernos dar cátedra de mercado y salvaje conquista por parte de especialistas sonrientes y sin gracia, lujosos y considerablemente estúpidos. Todo tan artificioso. Morenti entre ellos.
El gerente poderoso, Ladril, estaba allí, ladrando. Ana estaba también allí, a su lado, cumpliendo el rol de eficiente secretaria y de rigurosa amante. Esas cosas se saben de entrada. Ella era linda, fría y distante y parecía cumplir a cabalidad el rol que le habían designado. Esta mujer, esta mujercita, pensé con cierto desprecio y me aboqué a atender a los eficientes que todo lo sabían, sopesé la lanza y el escudo que nos proporcionaban para salir y matar, sin dejar nada en pie salvo nuestra empresa.
No precisamente mía. Pensaba de esa manera al llegar, pero yo como otros me encontraba en el hotel para que en esos cuatro días me extirparan tales pensamientos. Yo estaba ahí. Y Ana estaba ahí. Y yo continuaba sin tomarla en cuenta hasta que le descubrí -fue apenas un instante- su gesto de impaciencia. Algo que de pronto nos unió: la impaciencia ante tanto desborde, ante tanto humo fabricado para adormecernos y así poder extraer cuanto éramos de verdad. Mis preconceptos sobre ella cayeron. Un alma desamparada, pensé. Error, pero no es extraño que en el desierto se compre cualquier espejismo.
Cuando hizo el gesto sin pensarlo demasiado tosí y la miré con ligera sonrisa. De inmediato volví a mis papeles, pero ella registró mi presencia. Y al poco rato, en el momento en que comprendí que terminaba de correr ligeramente el cenicero para que Ladril se tirara encima las cenizas del cigarrillo estuve a punto de aplaudir. Ella -lo supo en el momento mismo en que impulsivamente me puse de pie y me aproximé a su silla- podía contarme como aliado, el alma gemela que estaba esperándola. Uno muchas veces se equivoca, pero díganme si ese no es el signo de la vida.
La convención continuaba, fría como si en la mesa se diseccionara un cadáver, cada uno desarrollando estrategias de ataque y defensa simultáneos. Esperé de ella un nuevo gesto de insatisfacción, una mirada de odio dirigida a ese Ladril quien todo lo decidía en nuestro nombre. Ladril era ágil pese a su edad, con gestos desagradables y uso y abuso de su poder que demostraba con sus constantes actitudes vulgares.
Uno a veces hace cosas...
El nuevo gesto de complicidad que aguardaba de Ana se demoraba en aparecer. A la primera jornada se le sumó la segunda (momento en que descubrí su fastidio) y la tercera se arrastraba con los jóvenes yuppies del espacio flamante y tecnológico unidos en fraterna camaradería y nada estaba ocurriendo. Que fue cuando me dije que la melaza del mustio mundo iba a continuar impregnándome, metiéndose en mi vida de rutina, nada que me permitiera salir de la clausura,
Además daba lo mismo (no era así) que esa mujer no fuera la que pensé. Uno había llegado hueco y se iría de igual manera. Se roza la vida, no existe otra medida para las cosas.
Supe de su nombre de inmediato porque todos llevábamos tarjetas de identificación, como las cocardas que se colocan a los toros en exposición. Supe, más allá de su frialdad, que esa mujer por una razón oscura (que en definitiva son las razones que importan) debía tener algo que ver con mi vida. Había llegado sin planes y ahora Ana la llenaba de sentido. Tan frágil es uno. A tanto está dispuesto a exponerse.
Morenti se me acercó con gestos de amistad. Me molestaban sus miraditas de muchacho pícaro, su manera abusiva de tratar a la gente, las burlas que hacía a espaldas del que recién se retiraba de su lado convencido de haber trabado una amistad sin límites. Me molestaban su frescura, su cuerpo de gigante. Y más que todo eso lo que me molestaba (aunque no deseaba admitirlo) el inconveniente central de que él ingresaba al predio cuando yo ya me retiraba al cono de sombra. Sin embargo, pese a mis prevenciones actuaba conmigo como si fuera un igual, me buscaba, daba la impresión de tener hacia mí planes imprecisos, pero al mismo tiempo extraordinarios. No eran los suyos actos de amistad viril, ni de perversión erótica, no se trataba de eso, sino de acciones concretas en la empresa, una apuesta en común hacia el futuro, espalda contra espalda defendiéndonos y atacando al resto. Algo así.
Carecía de sentido, él tenía poder de decisión, no yo, yo no era un igual. Aparte no me interesaba Morenti, pero Ana -a pesar de los acuerdos silenciosos, del fastidio que me mostraba por tener que permanecer al lado mismo de Ladril- persistía en una suerte de segundo plano, cercana pero también irreductiblemente distante.
En el bar del hotel, me animé, intenté hablarle pero ella me rechazó: "No, imposible aquí, Ladril no me deja de vigilar ni un segundo". Me aparté molesto y pedí un café en la barra del bar. Al segundo tenía un papelito en mi mano libre: "Afuera, en el quincho", decía su letra apresurada. Salí después que ella y di un largo rodeo por un jardín que casi no había visto, bañado el lugar por la luz matinal, cerros cercanos, turistas, chicos que gritaban y jugaban y vivían su mundo. Cada uno lo hace. Yo buscaba concretar el mío cuando me acerqué al quincho apartado que en ese momento estaba desierto. Salvo Ana.
¿Diré que todo es previsible, en definitiva? ¿contaré que la vida es una calamidad porque termina en la muerte? ¿para qué decir tantas tonteras, para qué caer en el lugar común? Ella al fin me esperaba, ella me abrazó, me besó, me atrajo hacia su cuerpo espléndido e inesperado, en el que pude descargar, al fin, tanto que había acumulado y que era más que besos y semen, que era todo. Que era aquello imposible de contar.
Después, mientras fumábamos, tomé un atizador e hice una larga marca en la pared: "Para que sepamos que estuvimos aquí", dije riéndome.
Ella me miró con seriedad: "Para tenerme, hay que sacarlo del medio a Ladril". Clara y diáfana y sutil como una cuchilla. "Nosotros no nos conocemos", agregó al darme el beso de despedida.
Dije dolor, quizás sea excesivo pero digo lo que siento. Uno se presta a lo más ruin para obtener resultados. Se trataba de mí, de ella, de lo que ayuda a construir la imaginación, el remedo de la realidad.
Desprenderse de Ladril, sacárselo de encima. Era como pedirme que con pico y pala cambiara de lugar los cerros. Algo imposible, pero con qué gusto haría. Lamentablemente se trataba de una ficción, de un absurdo.
Uno se presta a tantas cosas...
Se me acercó Morenti: "¿No te lo dije?", pidió un whisky, su felicidad se expandía por todos los poros, contagiaba al bar, a las paredes de fotografías gigantes, de cuadros eglógicos, a los turistas que se confundían con los participantes del simposio.
Por ejemplo, Morenti: "¿No te dije?", insistió. Para mí era una pregunta enigmática, si algo dijo yo me lo había perdido. Sonreía abiertamente, su rostro estaba también abierto, joven, pleno, el mundo se postraba ante él como fruta madura, como mujer dispuesta.
No me lo había dicho y seguía sin precisar las cosas aunque me estaba enterando que en el orbe en que ellos se movían (al parecer también ahí me movía yo según me lo estaba haciendo ver Morenti, que conocía el envés del guante), que se terminara Ladril resultaba una cuestión menor, una piedrita de las que se patean en el camino sin que a nadie le importe.
En tal misterio yo tenía algo que ver. Lo descubrí en el momento en que Morenti buscaba hipnotizarme. Era la primera vez que yo asistía a esa clase de convenciones. Me contó que año tras año Ladril era ratificado por los dueños, pero esta vez había algo más: Morenti me mostraba unos informes. Sonreía. "Mirá como brilla el sol", dijo con entusiasmo.
Ana daba vueltas por el bar, exhibiendo su cuerpo que terminaba de ser mío. Me miró con intensidad y después siguió su camino, ausente y secretaria y amante de Ladril. Yo la imaginé, la vi, la volví a vivir, entera y desnuda en el quincho.
- ¿De qué se trata?-, pregunté sin inocencia.
No se despidió de mí. No dijo lo siento.
Los informes eran claros y simples, lapidarios. Terminarían -como terminaron- con Ladril en un segundo. Fue un golpe inesperado, como si se tratara del jugador inexperto que cuando se van a retirar los que saben y están por juntar las fichas exhibe el poker imbatible.
- De manera que no lo puedo leer yo. Se necesitaba un valiente, me decía Morenti mientras me colocaba la coraza y me acercaba la lanza, el escudo, pero no el yelmo porque en estos casos había que actuar a cara descubierta, sin ninguna protección.
Estaba equivocado conmigo, último en la lista, debía buscar a otro que hiciera la representación, ese juego no era para mí. Pero (obviamente, digo ahora), en el instante en que me negaba me rozó Ana, era la mujer enfática que me esperaba. La tristeza se nutre de estas minucias.
El informe resultaba contundente, ladrillos para sepultar a Ladril. Por supuesto que terminé aceptando, por supuesto que pedí la palabra, era el momento en que los jugadores estaban a punto de retirar las fichas, cuatro ases brillaban en mis manos, todos miraban -creí que con fascinación, en realidad lo hacían con asco y fastidio- al recién llegado mientras descargaba cifras, datos cruzados, hechos incontrastables. No miré a Ladril pero lo imaginé pálido, abatido, vuelto un dibujo aplastado.
No sé qué pasó con él. Renunció, como era de prever. Y, como era de prever, Morenti fue entronizado en su reemplazo. Lo estoy matando, pensaba cuando lanzaba miraditas de triunfo a Ana que seguía hierática, a lo mejor transformada en gárgola sin que yo lo supiera.
Todas las complicaciones, todos los indicios, todas las acusaciones, los entrecruzamientos, recayeron sobre Ladril que apenas si pudo protestar, insinuar, afirmar, toser. Al rato no más estaba liquidado.
Pero nadie me felicitó. Nadie me dijo la menor palabra de aliento. El único que se dirigió a mí fue uno de esos jefes oscuros que escupen al hablar. Me llamó a un rincón: "Ya está preparada su ropa", me alcanzó el billete del colectivo más barato que salía en minutos. Me dijo que me enviarían las cosas de la oficina a mi casa. Lo mejor, agregó, es que nos mande la renuncia.
Después pensé que al informe le faltaban datos, otros nombres (no había uno solo más, aparte del de Ladril), que nada en definitiva cerraba. Pero era el precio que pagué para tener a Ana. Qué ridícula pretensión.
Porque no se despidió de mí. No dijo lo siento. No me miró cuando se fue con Morenti, quien desde hacía horas ya no me hablaba.
Me fui también. Una marca queda en la pared del quincho. Algún gaucho reparará la osadía.
Razones tendrá Ana. Razones tuve yo. A quién pueden importar.
Hay cosas que el viento se lleva con tanta simplicidad...

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Poemas – 1964/2004 – Rosa María Sobrón
– Editorial Dunken – Buenos Aires – 338 páginas

Ajena a las expresiones que ponen a la poesía fuera de la medida y los sentimientos del lector tradicional (ese lector moderadamente culto y sensible que alguna vez gustó de la poesía y ha dejado de leerla), Rosa María Sobrón es, sin embargo, una poeta de hoy. Cultora de una escritura fiel a la belleza y la emoción, su contemporaneidad no se vincula con determinadas concepciones o modalidades retóricas sino con su condición de mujer comprometida con su tiempo y sus semejantes, así como con algunos valores: la fe en la vida, el amor y la esperanza –como lo señala Norma Pérez Martín en el prólogo a “La puerta infinita”–, que están en la raíz de cada uno de sus poemas. La autora nos ofrece aquí el testimonio de una obra poética comenzada hace cuarenta años y proseguida con fervor, lealtad y una permanente profundización de sus temas y recursos creativos. Desde La espera iluminada, de 1964, a La puerta infinita, de 2003, Rosa María Sobrón desarrolla una temática recurrente: el amor al terruño provinciano, las reminiscencias de infancia y juventud, la compañía o ausencia de sus seres queridos, la preocupación social, la fe en Dios, las ilusiones y nostalgias que han ido entrelazándose en el decurso de su existencia. Todo eso lo transmite limpiamente, con transparente y conmovedora sugestión, ofreciéndonos una poesía que cumple con la función que el género siempre tuvo a lo largo de la historia de la literatura: ser un diálogo de almas y, al mismo tiempo, una vía de acceso a lo esencial. En sus inicios, la poeta se destaca por el tono celebrante con el que nombra su escenario entrerriano –río, colinas, ceibos, pájaros–, prolongando el eco de algunas voces de la Generación del Cuarenta. Sensualidad de la palabra, belleza y emotividad. Su predilección por el romance, el soneto y un verso libre ceñido, no obstante, a una instancia rítmica, musical, regresa en los siguientes libros: Poemas con sol y llanto, de 1974, y Es tiempo de elegía, de 1978, donde ya se advierte una actitud más reflexiva, más pronunciada de melancolía y más abierta a los seres de su contorno inmediato. Finalmente, La puerta infinita, de 2003, nos muestra a una poeta ya segura y afirmada en su voz personal. Las puertas giran, se abren o se cierran en un tiempo que Heidegger calificó de indigente y desesperanzado. Las puertas del padre y de la madre, de los hijos, del marido que ya no está, la puerta que se abre a los recuerdos y las sombras. “Cuando cerré con llave/ y contemplé aire desconsuelo/ nadie advirtió –tan solo Dios–/ el punto rojo que me despedía. / Las puertas de la angustia/ no se abren al sol. / Miramos hacia arriba. / Y vemos otra luz”. Seguramente, Rosa María Sobrón hará felices también a sus lectores (Wallace Stevens decía que la poesía es la felicidad del lenguaje), abriéndoles con estos poemas humanos, tiernos y reveladores, la puerta infinita de su corazón.

Antonio Requeni (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Alfonso Sola González – 1917/1975 –(Paraná-Entre Ríos/Argentina)

Felices Pascuas
(inédito)

Felices los que creen en el Espíritu Santo
felices los que creen en el partido comunista
felices los que creen en el dragón del Sol
o en el oscuro río de la noche
eternamente inmóvil.
Felices, felices los que en la flor del cáncer
encuentran la paloma
de la última hora.
Y feliz vos
y yo,
tan perdidos
en la soledad del amor,
cuerpos que fueron sombra
y ahora resplandecen en las viejas almohadas,
felices,
porque ya está el pan que quema.

Felices mis amigos que perdí
porque me perdieron
feliz el vaso roto
en la noche
sin el Señor,
feliz la espuma de los dientes
del lobo
tan solo,
en el bosque dorado;

feliz alma mía
que no comprendes nada,
nada, nada,
feliz cuerpo mío
que ardes como un árbol
de tierra
en la noche
del Pan.

Camina el poeta y no sabe...

"Sennores para el camino
dat al de Villasandino".

A Mauricio López

Has perdido tu sombra, alma que fuiste mía.
Ya no verás cruzar los grandes pájaros celestes
que reparten la corola centelleante del cielo.
Esplendores del día, nubes gloriosas,
dadle para el camino.
Estará en la taberna;
jugará con el dado de oro de la muerte.
O no estará. Monarcas de las encrucijadas
dadle para el camino.
Verá su última tarde. Verá un río que vuelve.
Topacio de la guerra, lanza de niebla
dadle para el camino. Quien fue ángel destroza interminablemente
su espada negra. Dadle,
dadle para el camino.
Y cuando llegue ciego,
a la puerta que arde entre el cielo y su frente,
dadle, dadle para el camino.

El Soñador

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
mas allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte,
más hondo que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso, de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertas por la hiedra del sueño
y las batallas.
Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida
bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Mas allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
mas allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
lleno de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el amor arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.

La mirada y los ojos

Todos tus ojos, todos
los errantes, los quietos
los que sueñan o hablaron
o queman con callada piel de tigre azul-celeste.
Todos tus ojos, todos
los que engañaban la corona visible de la luz,
los que ocultaban al sol el sol del día...
y los otros secretos, tus ojos escondidos,
no pintados de color,
los que contemplan
la sombra lenta del amor que llama,
tus ojos no vestidos,
todos tus ojos, todos
pueblan la Creación,
ya la alta esfera por desunidos ángeles
ya el descendiente paso de los días unidos
donde, en oscuridad, te estoy mirando.

Horas antes de morir

¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?

Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.

No busques el camino más allá
de la infancia.

En tu casa hay una vieja fotografía
Donde ya estás muerto,
Alfonso.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

La barcarola de los dioses

Por Miriam Cairo (San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires/Argentina)

Dadá

A los veinte años, mi dios frecuentaba con la misma pasión y asiduidad, los burdeles y las bibliotecas. Sería redundante decir que como todo joven buscaba los extremos y que su autor preferido era Tristán Tzara. Leía poemas en los bares y su primer libro estuvo a punto de titularse "Semilla y aberturas" porque él tenía dadá en el corazón. Sus insomnios crónicos a veces le cansaban el motor y a veces se lo inflamaban.
Cuando hablaba con su madre sobre la desesperación que lo invadía, ella lo desconsolaba diciéndole que ningún dios había tenido la dicha de morir tan joven. Mentía, obviamente, como lo hacen siempre las madres.
A los veintiún años él no sabía si hacerse monje o caer preso en una cárcel nacionalista. Pudo haberse cortado el brazo derecho y enviárselo al Papa de Roma porque tenía dadá en el corazón.
A los veintidós recorrió el país en bicicleta y pudo haber titulado su segundo libro "Cinema calendario del corazón abstracto", pero no quiso ser siempre el portador de la mala noticia y además amaba una bicicleta que no era ni alegre ni triste, dadá, dadá.
Así siguió la historia. El agua salvaje, los dientes hambrientos, su ojo encerrado en un triángulo, el compartimiento para fumadores, la alegría de los astrónomos, bocanadas de buru?buru formando remolinos, las mujeres usando sus lagrimitas a modo de collar, el soplido animal, el hálito salino, el capitán a?a?antifilósofo. También las serpientes lo amenazaban a menudo, y él cuidándose siempre de los ojos y de los azules, escondía sus milagros detrás de la puerta porque la divinidad le nació de un bastonazo. En el burdel a veces elegía a las chicas que trabajaban con las manos y a veces, las que trabajaban con los pies. También predijo que después de la guerra vendría la guerra y que las alondras estridentes se quebrarían contra un espejo, porque él tenía dadá en el corazón. Y no hablemos del solsticio. De los días cambiantes. Del guerrero vestido de negro que hacía sonar su garganta transparente y cantaba el aleluya. No hablemos de los vehículos y los peatones. Había en él un stress por circular. Condujo su historia hacia el pasado porque siempre le cayeron bien los mitos.
En el umbral de la vejez, mi dios aceptó algo que antes siempre había rechazado: en vez de ir al burdel, recibiría a las muchachas en su casa. Cuando más envejecía, más cerca de su nacimiento se hallaba. Antes de volverse eterno, dio un golpe de arco y escribió la canción autobiográfica de un ciclista que era dadá de corazón.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Papigochi

El río, rumor sosegado, diáfano, silente
Corre respirando la música del tiempo

La lluvia ha lavado la noche
Extraviada en el aroma de flores
y el viento entre los pinos

El plenilunio pinta de deseo nuestra piel
Ebrios de amor y vino, ardimos en la hoguera
Colmados nuestros cuerpos
alcanzamos el cielo

He vuelto a soñar el sabor de tus labios
el aroma de tu piel
Aquella vocación de tocarnos no agotada

Me has vuelto a doler alma mía

¿Recuerdas el lugar donde vimos el sol,
el tañer de las campanas de Tomochi,
el volar de las palomas,
el olor a madera cortada y a pan recién horneado,
y la mañana transparente y fría?

¿Olvidaste mi presencia en tu lecho de río?

Margarita Muñoz Villalobos (México)

Trampa azul

Sólo el cielo.
Sólo la lluvia.
Sólo las alas despuntando
en los alveólos rotos de la tarde.

Sólo un roce sesgado de tus labios
y el aluvión de tu mirada cómplice.
Sólo alas buscando
entre la noche tus delirios.

Sólo la piedra y sólo el manantial.
Esta hierba que nace de la piedra
entre el musgo fortuito que la inventa
cuando desaparece y aparece.
Sólo alas trizando en los espacios
la sutileza de batir asombros.

Sólo esta tierra sola,
tizne horizontal para este tránsito
de sólo el mar,
de sólo cicatrices.

Algo de amor así,
para que inventes esta albura.
Sólo la sangre y sólo el cuerpo.

Algo para que aspire al alma
lo ordinario del pétalo.

Tan sólo alas y contra alas.
Despliegue del recuerdo que te azora,
casi ángel al fin
esclavo de la memoria posible.

Sólo el ansia de sólo
abrazarnos tan ciegos,
déspotas sumisos de la memoria perdida.
Sólo amamos...
Amparados a la piel que nos transpira y unge,
avatares desoídos por el mundo.

Sólo la palabra:
el poeta y su trampa,
para que tal vez tropieces desde la noche
con esta soledad que compartimos.

Ronald Bonilla (Costa Rica)

Saco y corbata

Tengo un corazón
que viste de saco y corbata.

Cada vez que lo veo
se me desacomoda el aire

se me erizan
las cejas en la espalda

se me anudan los ojos
en la garganta

y la voz se me escapa
por los pies.

Shirley Villalba (Paraguay)

Yo tenía mi guerra

Yo tenía mi guerra,
mi juego de dardos para matar el tiempo
y apostar a que Cristo vendría a mi abalorio.
Yo salía a las calles;
educaba mis perros, les mostraba
cuánto muerde el blasón de la jauría.
Yo tenía mi ínsula,
Mi barataria patria de gemidos
donde descansa en paz Altisidora.
Yo tenía mi retrato;
escrito mi epitafio a lo Desnos
"porque uno nunca sabe".
Yo conciliaba en mí
A Sun Tzu y Lao Tsé.
Previstos mis asuntos:
Mi caverna, mi glaciar, mi reno;
cuando babeles,
cuando bajeles
traen su Apocalipsis:
Gemelas cicatrices donde desova el tiempo.
Yo el Unigénito, el último.

Ramón Ordáz (Venezuela)

Bitácora

Todo comienza el día que el mundo acaba
Las aves que alguna vez
cantaron serenas en los árboles de enfrente
comienzan a emigrar
Los días se acortan imperceptibles
y el agua gris de los crepúsculos cede el paso
a una noche que apenas llega
y es ya el misterio en las ventanas
No sé si han sentido esa falta de aire
que turba el equilibrio, ese temblor
en los músculos
El corazón queda exactamente en el abdomen
Uno debe estar listo para enfrentar
ese viento del sur que trae la ausencia
Rotas las amarras debe uno bajar de las naves
simplemente. Quemar las naves, un desastre
si tus pies no tocaron a fondo el continente
Fino y frágil fracaso en las manos flacas de la suerte
Bueno es hacerse a la mar detrás del cataclismo
Recoger del sargazo las ruinas, las fosforescencias ilesas
No detenerse a mirar los peces muertos
Aconsejable asir las algas dislocadas, los hipocampos truncos
Da coraje alzar las criaturas que rompió la tempestad
y no mirar al azul: que te da vértigos
No otear las estrellas
No tocar el cuerpo del viento, ese cómplice hipócrita
No mirar hacia atrás: las sirenas son bellas
inquietante la espuma de las islas
Ah pero yo ordeno el delirio
promulgo el horizonte sin límites
Indico al escándalo de las islas
qué fondos necesitan mis naos
Y nada de alisios
Nada de música de mar
Exijo catástrofes
Rones que intenten echar bruma en mi paso
Magias que me abran de nuevo a la inocencia
Blancos caballos de furia
que hollen la piel con sus cascos más duros
¿A ver qué mínimo dios podría doblegarme?
Vientos, vientos, tomen en mi pómulo
el grano fabuloso del maizal de mi sangre
Que la luz enferma no me alumbre
Ni me ampare la sombra
Yo anunciaré los caminos
las buenas nuevas que anoche trajo el verano
Yo traeré a la mesa las viandas más finas
Yo alzaré en los dedos el trofeo antiguo de la risa
Y estoy seguro será hermoso

Alex Pausides (Cuba)

PÁGINA 13 - Narrativa

El encuentro con Rou

Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Paseaba desalentado por falta de ideas para escribir.
La fortuna que consiguiera con esos negocios había terminado con mi — hasta entonces — prolífica imaginación.
Los poemas no fluían como años atrás y las narraciones se iban haciendo esqueléticas de vivencia, huecas, superficiales... cómo decirlo...
Abordaba cualquier experiencia para tratar de extraerle un argumento. Pero no había caso. Tenía cerrada la puerta de esa parte de la cabeza que contiene la imaginación. Y la puerta tenía cerrojos inviolables que habían ido forjando demasiados años dedicados a cuestiones muy lejanas de la Vida, y me habían sumido en las cosas banales de la vida.
Llovía sobre las veredas. Guarecido por los balcones de las viejas casas de ese barrio de París, iba esquivando los charcos, casi con ganas de no esquivarlos y de que no fueran charcos.
Miraba dentro de los bares, como buscando alguien conocido.
Eso duró toda la semana desde que regresé a mi país.
Había estado tres años seguidos atendiendo los intereses de la empresa en América. Había visto la miseria como nunca antes desde la guerra y había traído conmigo la desazón de esos pueblos. Comía poco, tomaba bastante. Creo que tomaba más por hastío que por gusto. Tomaba para olvidar quién era, o mejor dicho, quién había sido.
Tener una participación en la empresa, no agregaba nada. Sólo me traía más dificultades. También dinero, es cierto, pero en lo mío, nada.
Y aquí me encontraba, sin poder someter una sola línea a la voluntad de la máquina de escribir. Sin una idea.
Vagando en busca de algo.
Al séptimo día —que algunos suponen fue el descanso del Creador—, por la calle Lafayette, encontré un misérrimo barsucho y, en él, a un amigo de años atrás que hacía juego perfectamente con el lugar.
Estaba echado sobre la mesa tras una botella vacía de vino, con el vaso aún entre sus manos.
Me acerqué y comprobé que dormía. Todos esos años sin verlo. Miré las arrugas de su rostro y la ropa sucia y vieja que vestía. En su tiempo fue un joven agraciado, mujeriego, talentoso y requerido por la gente. Siempre tuvo una vida divertida (eso suponía yo), embistiendo todo con su esplendor y su juventud.
Lo miré un momento más y apoyé mi mano sobre las suyas. Le saqué el vaso y apreté cariñosamente sus helados dedos. Se despertó lentamente. Lo bebido lo tenía hasta extrañado de sí mismo. Me miró, apretó los ojos y se le surcó más aún el rostro. Levantó la cabeza, volvió a verme y se le iluminó la mirada. Una sonrisa nació en sus labios. Sus comisuras hacia abajo, disimuladas apenas por la rala barba canosa, indicaban un gesto duro y tiempos no muy alegres.
Hablamos de él y de mí, le conté mi cuasi tragedia de no poder escribir. Se rió como me gustaba verlo, con esa furia y esa gracia que divertía a quienes lo conocíamos, y aplastaba a los que quería herir. Rió, y a pesar de la amistad, sentí que también se reía de mí. Reía de verme como era, sin los disfraces que el resto de la gente tiene en cuenta.
Rou era el mismo y yo, era yo sin vestimentas ni status ni fama ni posición. Éramos ni más ni menos que nosotros.
La charla derivó a contarnos mutuas historias de viajes y de gente.
Bebimos varias botellas de vino y pugné para que me relatara sus cosas. Ahora creo que algún demonio ya pensaba entonces un plan dentro de mi cabeza.
Me refirió una historia. Gocé, sufrí, viví esa historia. Le pedí que me confiara otra más. Se negó. Respondió que le pertenecían como me pertenecían las mías.
Ese demonio ya lo había pensado. Indudablemente ya se había procurado una trama para conseguirme otra vida, lejos de los negocios y la posición; cerca de la creación, a cualquier precio.
Esperó en silencio. Al fin le propuse pagarle sus historias. Dijo que no cambiaría por nada del mundo lo suyo, mucho más valioso que los objetos que podría darle a cambio. Insistí, rogué, supliqué y a pesar de todo, se mantuvo en el no.
Le dije que no tomaba esa respuesta como definitiva, que lo pensara, que lo volveríamos a charlar. Y concertamos vernos al día siguiente en el mismo lugar, a las cuatro de la tarde.
Lo llevé hasta su casa, o lo que así llamaba. Subí un momento hasta el altillo, una habitación de cuatro por cuatro, dos ventanas, una cama, una mesa, una silla, dos viejos sillones, una biblioteca, papeles esparcidos por todos lados, lápices, una vieja máquina de escribir, fotos, cuadros de cinco o seis famosos —los más, desconocidos—, frases de Rimbaud, Hölderlin, Artaud, pegadas en los marcos de las aberturas con chinches. Afiches, poemas, un tocadiscos, una alfombra deshilachada, cortinas eternas, máscaras de ceramistas ignotos, tres o cuatro pequeñas esculturas…
Masculló un «hasta mañana» que apenas comprendí y se tiró sobre la cama.
No me dio lugar a nada. Quedó dormido, como muerto.
Recorrí la habitación, tropecé, miré, leí lomos de libros, citas de poetas y filósofos mezcladas con telarañas de suciedad, de abandono y de desidia.
Lo miré. Estaba boca abajo, haciendo un ruido tremendo al dormir.
Al salir, cerré por fuera y bajé por la escalera peligrosa. Llegué a la puerta, entré al auto y me fui lentamente.

Millones de ideas revoloteaban por la cabeza pero no tuve más remedio que acostarme.
Ignoro si dormí o no, en qué pensé, o si estuve soñando.
Al día siguiente hablé por teléfono avisando que no iría a la oficina.
Anduve todo el día a la espera del horario del encuentro.
Por fin fueron las tres y media en mi reloj.
Salí hacia él o hacia mí mismo.
Antes de la hora, ya estaba en el barsucho del día anterior. Me senté a la espera de que llegara.
El campanario lejano confirmó la hora, pero no aparecía.
Recién a los treinta minutos y cuando la impaciencia impulsaba para salir a buscarlo, descubrí que miraba por la vidriera del bar. Al verme, saludó con una mano y entró. Se sentó frente a mí, como un espejo.
Hablamos de la ciudad y de otras cosas. Invitó a una muestra de pintura. Me opuse. Dije que estaba esquivando hablar de lo que habíamos dejado pendiente. Contestó que mientras fuéramos hacia la galería, charlaríamos del tema.
Pero decía todo con un tono de restarle importancia mientras su desinterés crecía proporcionalmente a mi angustia y mi ansiedad.
Propuse pagarle con cosas sus vivencias.
Le ofrecí un departamento que tenía desocupado en un buen barrio para que viviera confortablemente a cambio de algunos relatos.
Al principio me miró como no creyendo lo que decía. Luego dijo que formalizáramos. Pero lo único que prometía eran las historias, que no pretendiera que fueran verídicas. Me negué y dije que debían ser verídicas, vivenciales, de otro modo, no le pagaría nada; aunque creo que toqué algo de él que no esperaba, porque algunas de ellas me parecen más producto de la fantasía de ese loco que de su vida. No puede ser que haya hecho ciertas cosas. O sí — ¿cuál es el límite de los demás? —, sí hice todo lo que hice por estas narraciones.
Al fin, prometió veracidad. Le creí, de apurado que estaba por obtener vidas para escribirlas.
Me refirió muchas que escribí con fe y dedicación, situaciones y personajes complementarios. Cambié finales, quité hechos o los sustituí por otros; creé psicologías y arquetipos, vidas y obras.
Dejé trabajos formales. Me emborraché después de mucho tiempo. Vagabundeé y me dejé mojar por la lluvia bohemia de las tardes, quedándome dormido en los bares, yendo a las exposiciones de cuadros, hablando con los artistas, escuchando música, viviendo en su pieza.
Él, por su parte, se viste bien, maneja automóvil, cumple horarios y compromisos, bebe lo justo, apenas sale fuera de las reuniones que el protocolo de su nivel requiere y dentro de algunos años, cuando el hastío y el vacío sean como lo fueron en mí, buscará por los bares a otro como era antes, o como soy ahora.
A otro en quien pueda escapar cambiando todo lo que tenga por unas historias para recuperar el tiempo perdido en la vida minúscula del hombre de afuera.

PÁGINA 14 – Narrativa

Rincón del Diablo - Capítulo 28: Los perros de Cipriano

Por Víctor Heredia (Buenos Aires/Argentina)

El que lame su cara y empuja su mano con el hocico frío es Vladimir. Lo reconoce por el olor a estiércol. De todos sus perros es el único al que le gusta revolcarse en la boñiga reseca. Ni Fedor ni Aqueronte son capaces de un acto tan repulsivo, lo máximo que se permiten es hurgar en alguna carroña o empolvarse las pulgas de tanto en tanto. Pero Vladimir encuentra un placer insólito en su chifladura y no deja pasar ninguna oportunidad. Fue el último en unirse a su tropa canina, quizá por eso no tuvo chance de aprender las bondades de la pulcritud. Cuando recorren los bañados el primero en meterse al agua es Aqueronte, por algo tiene nombre de río, después le sigue dubitativo Fedor, con miedo y duda, hasta que se acostumbra y termina zambulléndose. Pero Vladimir rodea los pajonales hasta dar con un lugar por donde pasar sin mojarse. Otras veces se queda a esperarlos sobre alguna loma y, si entiende que la jornada será larga, vuelve a Puente Blanco a dormir a la sombra exigua de las palmeras.
Sin abrir los ojos aún, Cipriano piensa que debe bañarlo. Hace un momento soñaba con su padre: Justo Gómez le insistía que desbrozara el monte alrededor de la casa. Se hallaba parado en medio del bello jardín, ese que, por abulia o tristeza fuera abandonado, y señalaba el horizonte. Él asentía afligido. Frente a ellos la selva cubría rápidamente el terreno y amenazaba con taparlos a ellos también. Se veía arremeter a machetazos contra esa monstruosa y animada pared vegetal, las ramas que cortaba para librar a su padre caían una tras otra pero se multiplicaban hasta hacer inútil su esfuerzo. Por fin lo veía caer ahogado en la maraña.
Fue a esa altura que la lengua húmeda de Vladimir lo despertó. Acaba de recordarlo y también de recuperar su pesadilla y vuelve a decirse que es imperioso que lo bañe, pero no se decide a luchar contra el peso que mantiene cerrados sus párpados. Vladimir gime y mordisquea sus dedos. No entiende por qué su amo está quieto como un muerto y sin embargo tibio. Ladra con angustia, se torna vehemente pero, ante la falta de respuesta, gimotea y su hocico revuelve el suelo a centímetros del rostro de Cipriano. De pronto la mano se mueve y los dedos se estiran. Vladimir se anima y mete otra vez el hocico bajo la palma. Esta vez es distinto: ahora es él quien recibe la caricia, cesa de ladrar para agitar el rabo y disfruta del sabor salino de esa mano que conoce y que acaba de reanimar. Los dedos pellizcan, tantean, golpean suavemente su cabeza y rascan. Ahora está feliz y se ofrece, con el lomo apoyado contra el suelo, las patas abiertas, el cuello estirado. De pronto Cipriano deja de acariciarlo y se levanta. “Estoy peor que nunca”, se dice mientras busca un sitio donde apoyarse. Recién entonces repara en el desorden que lo rodea. Todo quedó igual desde aquel día en que arregló el techo: el andamio que armó con la ayuda del Seco, las herramientas desparramadas por el suelo y lo que alguna vez fuera una mesa, bajo una parva de hojas garabateadas, libros y sobras inconfesables atacadas por un ejército de hormigas blancas. Se recompone, quita los platos sucios y arroja los desperdicios al jardín llamándolo, pero Vladimir olfatea y al ver los enormes tacurúes se aparta. “¡Belona no era tan remilgosa como vos, perro harapiento, si ella estuviera viva se las comería feliz!”. Y Vladimir lo mira como si hubiera entendido la frase. “Pero se nos murió, perro estercolero. ¡Y creo que fueron tus compinches chúcaros los culpables!” La puerta que dejó entreabierta se abre de golpe y la enorme y negra figura de Aqueronte aparece en el vano. La voz de su amo es inconfundible, pero quizá también haya escuchado pronunciar el nombre de la única hembra que hubo en esa casa desde la muerte de Doña María Concepción: Belona, de pelambre lacia y blanca. Sus ojos que buscan por el cuarto parecen recordarla, pero Belona hace tiempo que no está por allí: la última vez que la vieron fue cerca del bañado, tumbada entre las cañas y malherida, después de una pelea con unos compadres cimarrones de Vladimir. De todas maneras se queda allí meneando el rabo, sin atreverse a entrar. Detrás de él se divisa a Fedor, su eterna sombra, su hermano de caza y de riñas. Cuatro días atrás pelearon con dos cimarrones; Fedor también recibió algunas mordidas, pero de una dentellada se sacó de encima al más pequeño. Gruñe. No le gusta Vladimir. Le hace recordar a Belona tendida entre las cañas y quizá no entiende por qué está allí mientras él no puede pasar. Lanza otro gruñido contra Vladimir y finalmente se echa junto a Fedor a la sombra del chircal. Allí se está mejor.
“¿Ves, Vladimir? Tus compadres conocen las reglas de esta casa, así tendrías que actuar”.
Cuando terminó de acomodar se echó en la hamaca y la sombra del timbó lo cobijó, mientras compartía un jamón reseco de jabalí con sus tres perros. “¿Qué te pasa, Aquerón? ¿Ya no te gusta el pecarí?” Los ojos tristes lo acompañaron hasta que se volvió a adormecer.
El sol del mediodía curtía los cueros colgados de los alambres y el silencio se desplomó alrededor. La hamaca desflecada apenas lo sostenía, a cada movimiento un nuevo hilo se soltaba y estuvo a punto de reventarse del todo cuando clavó sus botas en el medio, para acomodarse mejor.
A media tarde las palmeras comenzaron a vibrar al influjo del viento y Aquerón se levantó con la cabeza gacha para echarse cerca de la mano que pendía fláccida. Lamió hasta que ya no percibió gusto alguno en lamer y volvió a caer en el mismo sopor que adormecía a sus compañeros. Salvo el temblor que ganaba su cuerpo y hacía estremecer su cabeza, todo parecía normal. Pero cuando la espuma blanquecina rebasó sus belfos volvió a gruñir y se lanzó a la carrera contra Vladimir. Le cortó la yugular de un solo tarascón. Después se volvió contra Fedor pero éste comenzó a ladrar y a correr alrededor de la casa. Cipriano saltó de la hamaca, vio a Vladimir y entendió en un segundo lo que sucedía, pero ya era tarde: Fedor también yacía al costado de las chircas, en un charco de sangre. Cuando sacó su cuchilla, Aquerón babeaba frente a él. Sus ojos lo escrutaban desde un mundo afiebrado y hostil, sin embargo creyó ser reconocido y dudó. Justo en el momento en que Aquerón se le abalanzaba sonó el disparo que lo atajó en el aire y lo estrelló contra la pared. El Seco bajó de su caballo y se persignó.

Hicieron el pozo lejos de la casa, profundo, para que las mulitas no los encontraran fácilmente y volvieron en silencio. A la segunda copa de caña, el Seco colocó dos cartuchos nuevos en la escopeta y se levantó.
— ¿Y ahora adónde vas?
—Ya me vuelvo. Vine a salvarte la vida, che, no a casoriarme con vos.
—Gracias.
—Pensé que nunca ibas a decírmelo. Me mandó Belinda. Dice que si te olvidaste que le debés una conversación.
—No me olvidé, pero...
Entonces el domingo te espera en La Mimosa con Paula y Cristiano. Y que si querés seguir trabajando con nosotros tendrías que dormir allá. ¡Hace rato que usted no es más puestero, capataz! Está un poco dolida y creo que tiene razón, vos nunca estás.
—Tomate otra.
—No, tengo un trecho largo de monte y... ya sabés. Pierdo la puntería cuando me paso. Lamento lo del perro, compadre. Lo lamento de verdad –había una lágrima en la voz del Seco y Cipriano se acordó de aquel toro en La Mimosa.
— ¡Justo vos!
— ¡Qué vas a hacer, así son las cosas! Ya van a venir otros a pedirte refugio, no te preocupés.
—No creo que quiera perros por un tiempo.
—Pensalo bien, mirá que a vos los lutos te duran demasiado.
—Decile a Belinda que le tomo la palabra, voy a quedarme allá con ustedes, aquí ya no me queda nada, che. Y no quiero agregar.
—El que está por agregar y en serio es Julián, ayer llevó a la mujer a Weisburd por el asunto ese de la sordera y ¿qué te cuento?, está embarazada. Me hizo reír el infeliz. Porque Angustias ahora escucha todo, le sacaron dos tapones de cera grandes como corchos y, a la noche, cuando le dan esos ataques de sonambulismo, él le silba como vos le dijiste. Dice que lo tiene bailando hasta la madrugada y que después se acuesta lo más pancha, pero a la mañana el que tiene que hacer el desayuno para los chicos es él. Está pensando en contratar a Los del Salado para que le den una mano y así, mientras ellos tocan y ella baila, poder dormir tranquilo. Y guarda, que te lo piensa cobrar a vos que fuiste el de la idea. ¿Te mordió? Aquerón digo, ¿alcanzó a morderte?
—No, Seco, era un perro extraordinario.
—Bueno, veo que no hay otra cosa que se pueda hacer por aquí.
Pero se quedó un rato más, con la excusa de que se le estaba por caer una herradura a su caballo. Se demoró hasta que supo que Cipriano no diría una palabra más sobre los perros. La vieja casa construida al estilo de las de Weisburd parecía más vieja y silenciosa que nunca pero, mientras esperaba que Cipriano le alcanzara una tenaza para acomodar los clavos, le pareció escuchar un gemido. Atento a todo, Cipriano lo miró y le dijo:
—Son los chifletes, Seco. Nadie llora por aquí. Es el viento que viene a hacerme compañía por última vez.
Recién entonces el Seco montó y se fue al paso en busca del recodo. Cipriano lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el monte. Después de un rato entró y escuchó atentamente.
Estaba solo.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

El sol en un pozo

Ciego desde su nacimiento y solo
el lisiado caminaba por la calle.
Nosotros disimulábamos como si no lo conociéramos
con miradas distraídas y lejanas
masticando chicles
a pocos pasos de la casa abandonada.

Luego vino un chaparrón tremendo
que apagó el polvo de las calles
diluyó los colores de los edificios
inundó los huertos de los jubilados
el jardín de la plaza principal
maltrató los árboles de tronco débil
hasta un farol dobló ese viento.

Entonces el lisiado se puso a correr
sacudiendo con las manos
el vacío que no podía ver
pero que desde siempre lo rodeaba.
Nosotros nos quedamos escondidos
dentro de la casa abandonada
disimulábamos como si no lo conociéramos
riendo a carcajadas
fumando un cigarrillo detrás de otro
observando la lluvia y después las estrellas.

Por eso el sol se fue de nuestro mundo
teníamos que hacer cola para verlo
sofocado dentro de un pozo, allá abajo
en el fondo.

Il sole in un buco

Cieco dalla nascita e solo
lo storpio arrancava per strada.
Noi facevamo finta di non conoscerlo
con sguardi distratti o lontani
masticavamo gomma americana
a pochi passi dalla casa abbandonata.

Poi ci fu un tremendo acquazzone
che spense la polvere della strada
diluì i colori dei muri dei palazzi
affossò gli orti dei pensionati
il giardino della piazza principale
maltrattò alberi dall’esile tronco
il vento piegò persino un lampione.

Allora lo storpio si mise a correre
con le mani perse nel vuoto
non visto ma che da sempre
gli girava intorno.
Ora noi ce ne stavamo nascosti
dentro la casa abbandonata
facevamo finta di non conoscerlo
presi a ridere a crepapelle
fumando una sigaretta dietro l’altra
a osservare la pioggia e poi le stelle.

Per questo il sole uscì dal nostro mondo
si doveva fare la fila per vederlo
strozzato dentro un buco, giù
giù in fondo.

Alessio Brandolini (Italia)

Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.
Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.
ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.
si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
que lo beba conmigo.

Ana Rossetti (España)

Áspera montaña

Tuvo a casi todas las mujeres y a todos los hombres; ministros, genuflexos, temerosos, traidores, inventores, delatores, sacerdotes, críticos y consejeros; tuvo los soldados y las leyes, el servicio y la servidumbre, los navíos y las armas, el sextante y los sabios, los honores y la gloria.

Tuvo un imperio donde nunca se puso el sol.

Un día un rayo o un ángel o la vergüenza lo alcanzó. Tomó el camino de la montaña y se encerró en el helado monasterio.

Alli vistió su cuarto de terciopelo negro, imponente como el dolor por su madre.

Y en Yuste, Carlos V se dedicó a orar para siempre.

Carmen Verlichak (Croacia)

El país extraño

Desde muy lejos
vienen los que piden asilo
vienen en barcos,
en aviones,
en trenes,
caminan por la noche,
a través del calor y de la nieve,
encuentran en el frío
la soledad de su aliento,
escriben en las paredes
de su escondite la maldición
de su lenguaje de migrante,
lenguaje, lanzado,
esperando un eco
bajo el cielo diferente.

A lo lejos
desesperadamente los que huyen
buscan una morada en sí mismos
construyen de su nostalgia
el puente secreto del regreso.
Les queda creer
en el gesto amable
de alguien
les queda confiar
en el brillo
de los ojos de un desconocido.

Ulrich Grasnick (Alemania)

La voz de Dostoyevsky

Dostoyevsky me devuelve la vida.
Se aparece por todas partes
agitando la bandera, incitándome.

¿De qué manera? No lo sé.
Algunas veces, escucho su voz
pero cuando lo busco, me evade.

Intenta coger su pluma
en medio de las estepas congeladas, sus sabanas de invierno,
las calles bordeadas de árboles de San Petersburgo.
Después se queda en silencio, absorto, todo oídos:
como si por fuera de de sus profundidades
me escuchara también, incitándolo.

Empero a veces miro por mi ventana
sólo hay olas, árboles,
la torre del reloj y algunos navíos.
No veo señal alguna de él pero encuentro su voz
en el sonido callejero:
en la voz de los trabajadores, el silbido de la fábrica
y de los navíos retumbando desde las profundidades.

Ron Riddell (Nueva Zelanda)

PÁGINA 16 – Narrativa

Escritos de la casa nueva

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

Esta es la historia de una mujer que compró una casa vieja. Una casa para remodelar. Yo soy esa mujer y esta es la casa, la historia y la casa van juntas. Y siempre digo, mientras me canso de trajinar yendo y viniendo con una brocha en mano de una punta a otra de esta decrepitud: Cuando cumpla mis cincuenta años voy a terminar. Lo digo a cada rato para convencerme o para que el tiempo se estire y me dure, para que el tiempo se haga más grande que la casa, para que el tiempo se ensanche, sólo así tendré el espacio y podré mejorar lo que por ahora parece inmejorable.
La casa ha sido vieja durante demasiado tiempo, por eso resulta tan difícil procurar que no lo sea más. Las paredes repletas de grietas se burlan de mi buena voluntad, de mi empeño por rejuvenecer y hacer bello lo que es vetusto. Cuando vi por primera vez estas paredes sentí el desafío. Yo, que soy una mujer que comienza a ser vieja, pretendo que al menos lo que me rodea deje de serlo. Es lo único que me alivia y me ayuda a vengarme del castigo de ver mi cuerpo así, tan distinto a lo que era. Aquella primera vez en presencia de la dueña que mostraba en sus ojos el deseo ferviente de que yo fuera por fin la compradora de su casa vieja, vi los techos agujereados por culpa de la lluvia y me dio tanta pena por la casa, tanta pena que decidí comprarla y cerré rápido los ojos y dije “sí”, como si se tratara de un casamiento.
Compré una casa vieja, una casa que tuviera algo para decirme.

Era tanto lo que debía hacer en la casa que yo no quería ni pensar ni calcular el tamaño de una pared. Me imaginaba que arreglar la casa, pintar las paredes era como escalar una montaña. Para llegar a la cima era preciso no mirar hacia abajo. Pero me equivocaba. En la casa sucede al revés que con la montaña, al mirar hacia arriba me topaba con los cielorrasos: calamidad de manchas e imperfecciones. Había que subir a mirar los techos. Hacia arriba estaba la profundidad de la montaña. Mi casa es una montaña al revés.

Una mañana descubrí que los pinceles que yo tenía para pintar las paredes eran más viejos que las paredes. Los miré un largo rato, los toqué, los estudié en silencio. Las paredes tenían una rugosidad que había terminado por contagiar a los pinceles. ¿Qué hacía? ¿Compraba pinceles nuevos o tiraba las paredes abajo?

El esplendor de una pared recién pintada es el único esplendor que puedo imaginar por ahora. Pero la pared es como un mapa absurdo con ondulaciones y excavaciones de inusitadas profundidades. El esplendor no está en ninguna parte o mejor dicho, está en el futuro de la pared. Yo trato de ver más allá de este presente cuando miro la pared, imagino mi mano pasando mil veces sobre la superficie rugosa, mil millones de veces. Y mi mano pasando más el tiempo sumado o acumulado en ese sitio inconcebible donde se repliega el tiempo, hacen de la pared ese esplendor, como si yo mirara a través de las capas de aire y allí estuviera el futuro o mi pared en el futuro. Entonces yo seré más vieja y frente a la suavidad de la pared, la rugosidad de mi mano. Tal vez tendré cincuenta años cuando eso ocurra, porque eso debe ocurrir, no hay nada más importante en el desfiladero de los sucesos que ese esplendor de pared que me espera del otro lado del aire.

Durante un tiempo, desde aquel día en que compré la casa, estuvieron unos hombres trabajando. Tiraron abajo paredes, levantaron otras y la fisonomía original de la casa cambió, aunque no demasiado. Por la noche yo venía hasta aquí y, a falta de luz eléctrica, entraba tanteando y reconociendo el espacio paso a paso. La oscuridad ocultó para mí la nueva fisonomía de la casa. La oscuridad era más grande que la casa en aquellos días en los que la casa no era de nadie, o mejor dicho, en aquellos días en los que la casa le pertenecía a la oscuridad y entrar en ella era como entrar en un agujero del alma.

Por fin logré subirme al techo. Fue un relámpago, un vértigo que jamás imaginé. El resplandor del sol golpeó contra el cinc plateado y la luz me pegó en los ojos. Y el mundo quedó boca abajo. Alcancé a apoyar el otro pie y la escalera dio la impresión de hundirse en un abismo que agujereaba el mundo. Caminé temblando, la calle se veía lánguida y colegial y del otro lado un paredón y lejos, más lejos, la iglesia con su campanario. Los árboles. Los árboles. Más techos y nadie, ninguna persona en ningún lado. No bien caminé un poco encontré un pájaro muerto, seco, desplumado, muerto de quién sabe cuánto tiempo atrás. Habiendo tantos lugares en la ciudad el pájaro tuvo que venir a morirse justo sobre mi techo, seguramente la luz también lo golpeó a él, el pobre pájaro debió confundir la superficie plateada con un lago. Se veía como una cosa estrellada contra la nada, las alas abiertas y la cabeza hacia un costado. Lo dejé ahí para que continuara secándose.

Uno de los dos árboles que están frente a mi casa tiene un agujero. El agujero parece siempre igual, pero sé que eso no es cierto, el agujero crece con lentitud de planta y en algún momento en el futuro, que está más allá de donde ahora mis ojos llegan y llegarán, en el futuro entonces el agujero se habrá comido al árbol y no habrá más árbol, sólo agujero y cuando salga de mi casa tendré que esquivarlo con el cuerpo para que en ese futuro inalcanzable el agujero no me alcance a mí, no me devore, no se confunda con mi sombra.

Pinto las paredes con un reglamentario y estropeado equipo: un pantalón decolorado y una camisa a cuadros que una vez fue la camisa de mi cita de amor. Me la compré exclusivamente para ir a esa confitería y decirle al hombre que lo amaba. Los colores de los cuadros eran más vivos que ahora y supongo que elegí la camisa para darme ánimos. Debo decir que la cara del hombre al escuchar mi declaración no fue lo que yo esperaba. Él dijo que lo pensaría y lo siguió pensando por lo visto mientras yo seguí usando la camisa año tras año, hace ya tantos. Y la sigo usando ahora que ya no pienso en él, ahora que ni siquiera me pregunto si él piensa en mí. De todos modos aquel hombre ya no podrá encontrarme, me he mudado y las paredes oscuras antes de la pincelada apenas contrastan con los colores de los cuadros de la camisa.

Cuando estoy arriba, en el último escalón de la escalera, la casa se siente tan profunda que me asusta pensar que yo vivo metida adentro de semejante profundidad. Me tiro al suelo y me extiendo como una lagartija, me extiendo tanto que creo hundirme más abajo de todo, entonces el arriba y el abajo que son parte de este mundo me llenan de contrariedad y mi cabeza estalla. Mi pobre cabeza hecha de barro, que se convertirá en cenizas, se siente tan cerca de la casa que me dan ganas de llorar.

Estaba cansada de subir y bajar las escaleras llevando y trayendo cosas, trayendo y llevando. Entonces cuando debí bajar el colchón y unos cuantos almohadones los tiré desde lo alto y cayeron al fondo del patio, blandos y decisivos. Qué alivio, qué placer. Así comprendí a las mujeres que luego de echar a sus maridos de casa, tiran su ropa por el balcón.

Los albañiles me explicaron que existen dos clases de escaleras. Las que dan cara al cielo y las que están encerradas dentro de las casas, bajo un techo que a veces las cobija y otras las aprisiona. Las escaleras que permanecen a la intemperie tienen los escalones inclinados hacia abajo, con un desnivel para que lluvia se resbale cuando cae, cuando se precipita sobre el mundo. Las otras, en cambio, están hechas con escalones lisos, rectos, de una horizontalidad endemoniada, porque la lluvia no entra en las casas, se queda sobre los techos y se escurre por canaletas blancas por fuera y negras por dentro. Mi escalera, me explicaron también, pertenece al primer tipo. Vea, me dijo el albañil número uno. Vea qué desnivel. Espere a que llueva y observe la languidez que tendrá el agua gracias a ese declive, agregó el albañil número dos, aunque lo dijo con palabras menos estilizadas. No esperé para ver semejante cosa, sino que teché el patio entero y la escalera entonces pasó a formar parte del segundo grupo, de las cobijadas o aprisionadas, según se mire. Ahora bien, el conflicto es que el declive de los escalones se ha vuelto completamente inútil y ha dado nacimiento a una enorme contrariedad. Las escaleras internas como esta, la mía ahora, son bajadas y subidas en estado de despreocupación por esa creencia que existe de que la casa propia es segura, por lo propia, por lo encerrada. Las escaleras de la intemperie suelen subirse y bajarse con el cuidado de los que saben que están en terreno ajeno. Mis pasos entonces no se corresponden con el declive de esos escalones que, dos por tres, me empujan hacia el suelo como si yo estuviese hecha de agua. La escalera y mis pasos tienen ahora un severo conflicto de identidad. Así es la vida. Las cosas nunca encajan completamente donde deben encajar, ya que si fuese de otra manera en vez de mundo estaríamos habitando un paraíso. Lo cierto es que habitamos este crudo mundo con los pies que tenemos y la escalera que nos legaron, la que vino con la casa. Y no hay más remedio.

El albañil me dice que no importa, que no se va a notar. Yo miro la cara del albañil y miro a la vez los azulejos que acabo de conseguir que son de un blanco distinto al de blanco angustiado de las paredes. Me cuesta creerle a este hombre que pierde su vista bonachonamente en esa lejanía de pared, pero él insiste, me explica que con el tiempo todo se va a asimilando porque la compañía contagia y así este blanco blanco se irá volviendo gastado como el de las paredes. ¿Por qué no le creo? ¿Por qué sospecho que quiere terminar cuanto antes el trabajo? Es que me cuesta creer que el tiempo doblega mi voluntad y hace de las suyas, ya sea en las paredes, en los colores o en la piel de mi cara. Le digo entonces al albañil, luego de escaparme furibunda de la inmensidad de mis pensamientos, que proceda a terminar el trabajo, que mezcle esos dos blancos como si jugara con el tiempo y pusiera de una buena vez sobre el tapete la conclusión a la que no quieren llegar mis pensamientos. Veo que el hombre se encorva sobre el balde lleno de un mejunje gris y cubre la contratara del azulejo y luego lo apoya sobre la pared ¡Con cuánto desparpajo lo hace! Qué falta de conciencia. El tiempo, subrepticiamente, se ha deslizado por detrás de su espalda y nos desabrigó a los dos. Y aquí estamos y allí está mi pared y el mundo sigue andando.

Cuando llega la noche pienso en los albañiles. Sus manos rugosas, su forma de encorvarse para comer. Toda la espalda cóncava encerrando el bocado de comida y esos ojos de gente de techo ajeno y esa odiosa forma de hablarme con tono condescendiente cuando les pregunto algo sobre el comportamiento de las paredes, como si yo fuese una niña a la que hay que explicarle todo y ellos estuvieran cansados de contestar cosas tan simples de entender. Siento celos, ellos y la casa guardan un secreto, un profundo conocimiento del que estoy excluida. Después recuerdo el hueco que sus espaldas forman a la hora de comer y ya no me importa. Creo que tienen un hambre muy grande y sus bocas intentan ocultarlo, del mismo modo en que las paredes esconden ese misterio de materia dura, esa extraña forma de vivir que tienen las casas en su interior.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Horacio Salas: crónica provisoria

Por Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

En la primavera de 1971, aparece en las vidrieras y mesas de algunas librerías de la ciudad, un libro con una tapa en la que su diseñador, Oscar Smöje, realiza en un estilo propio del Pop Art, un collage con diversos personajes del mundo de la historieta. Allí, en un mismo plano, los curiosos y el “…despreocupado lector…” podían ver, entre otros, a Popeye, al ratón Mickey, a Dick Tracy, a la pequeña Lulú, al Llanero solitario, a Langostino, Batman y Superman. Su título, Mate pastor,[1] no aclara significativamente el asunto del mismo; quienes practican el deporte de la inteligencia, incluso podrían confundirlo con un estudio de la clásica combinación del ajedrez.
En sus páginas no existen alusiones ni se menciona a los mellizos de Éfeso, tampoco a los de Siracusa ni a ningún otro personaje de Una comedia de errores; sin embargo se estaba suscitando una: algunos de los que se consideraban conocedores del género se referían a él como libro de poemas, incluso no faltó quien, ebrio de audacia provinciana, sostuvo: “eso no es poesía”.
Ese era ya el sexto libro de Horacio Salas (Buenos Aires, 1938), quien anteriormente había dado a conocer en poesía: El tiempo insuficiente (1962), La soledad en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo (1966) y La corrupción (1969).[2]
Mate pastor es un largo poema narrativo, cuya estructura se articula con una serie de pausas que seccionan el relato, creando la ilusión de que las distintas partes, como si se tratara de una novela, puedan ser leídas como capítulos, fracciones de un mismo objeto. Salas recurre a su memoria y experiencia; los elementos autobiográficos se funden con hechos protagonizados por otros individuos en distintas latitudes, los acontecimientos locales se mezclan con los ecos de aquellos que sucedieron y suceden en otros rincones del planeta, integrándose en su discurso poético en el que el pasado y el presente viven un perpetuo cruzamiento.
Este texto extenso, algo poco frecuente en la poesía argentina de las últimas décadas que se ha inclinado mayormente por el poema breve, tiene un antecedente en su bibliografía. Si no respetamos estrictamente el orden cronológico y realizamos un pequeño salto en el tiempo, podremos observar que en El caudillo, publicado cinco años antes, recurre a un procedimiento similar. En este libro que recoge un conjunto de textos de índole epopéyica y que también puede ser considerado un poema unitario, el poeta licúa su voz en la de su personaje, no sin advertirnos antes desde la portadilla: “Como no existe el bronce riguroso/ y la historia –sabemos- es incierta, / debo inventar en mi memoria al Chacho”.
En la evocación que realiza de la figura del general Ángel Vicente Peñaloza y su sufrido via crucis por los llanos de La Rioja, la voz del presente es aplicada al pasado; sin embargo, la intención no es revisar la historia ni colocarse fuera de los márgenes de su causalidad para recrearla, no existe la voluntad de resucitar a Cartago; la idea central gira en torno de la recuperación de una imagen histórica para integrarla metafóricamente a nuestra tradición poética y tensionar, como lo hace en otras oportunidades, ciertas proposiciones culturalmente sancionadas y aceptadas socialmente.
En El caudillo, según León Benarós: “…Salas transita el ejemplo rector de Borges, que abrió sendas con aquel poema en que Francisco de Laprida conjetura su verdadero destino, mezclando su sangre a la tierra americana, que le da una insospechada y alta dimensión de su ser. Desde ese ‘Poema conjetural’, y desde antes del también poema borgiano en que el general Quiroga va en coche ‘al muere’, el magisterio de Borges ha encontrado largos ecos. Pero Salas, sin desconocer el nexo posible, asume con verdad su propia voz, y entre sus excelencias debe destacarse lo sostenido del tono, la coherencia, la intensidad de sus poemas…”. Estas líneas, que, en su momento, lo presentaron desde la contratapa, destacan la presencia de Borges, asfixiante en esos años, y además reconocen en el por entonces joven autor una voz propia. Voz que por otra parte parece haber hecho suya una opinión de Walter Benjamin expresada con cierto énfasis en Tesis sobre la filosofía de la historia: “Toda imagen del pasado que no es reconocida por el presente como una de su propia incumbencia, nos amenaza con su irremediable desaparición”, palabras que Salas considera cuidadosamente cuando ingresa en el resbaladizo terreno de la historia.
Pero a diferencia de Borges que en poemas como “Isidoro Acevedo”, “Alusión a la muerte del Coronel Francisco Borges (1833-1874)”, “Página para recordar al Coronel Suárez en Junín”, “Acevedo”, “Los Borges” y “Coronel Suárez”, se impone la tarea de re-escribir su genealogía, Salas se propone articular el pasado históricamente, reconocer imágenes pretéritas, rescatarlas en momentos en que el conformismo reinante las pone en peligro en el ámbito difuso de nuestra memoria colectiva.
En los 60, en la Argentina, se renovaría una vez más la maldición de 1930; son años extraños y crueles en los que conviven una larvada violencia política y los happenings del Instituto Di Tella. Es éste un período en el que una melancolía de origen moral comienza a extenderse como un sarcoma en el espíritu de los argentinos. A fines de esa década, Salas da a conocer un volumen cuyo título es sintomático: La corrupción. Dice en “Los viejos”:

Soy casi un prisionero de la muerte.
Me conformo con releer antiguas revistas,
testigos de los años de adolescencia
que reviven en mí los recuerdos dormidos,
los paisajes que el tiempo ha derrotado.
No tengo más que un archivo de sucesos.
He vivido la historia que los jóvenes bucean en los textos,
pero el olvido traiciona mis ojeras.
Largas noches de insomnio acumulan los rostros,
las casas derruidas,
los persistentes sueños
que ya no me atrevo a continuar.
Mis hijos han crecido de mis brazos
y luego los hijos de mis hijos,
mientras el tiempo fue deteriorando mis sentidos.
Hace ya muchos años que comprendo
que la muerte está en mí,
que se apodera de mis menores gestos,
que me mancha las manos y la frente,
que me prohibe parte de la vida.
Los jóvenes me soportan
extrañados de este irónico azar que me sustenta.
No sin temor me acuesto cada noche.
La mañana es una alegría insólita,
un sabor que no puedo compartir.
Supe del desaliento, del amor, de los sueños;
he visto a la muerte ensañarse con mis viejos amigos;
me doblegó la impudicia de las enfermedades;
conozco la crueldad del dolor,
la oscuridad, la resignación y el miedo.
Sin embargo –secretamente-,
no quiero convencerme de que mis pocos días
sólo son la certeza de la muerte.

No obstante el clima de la época, ésta es una etapa de gran actividad para Salas, quien ejerce el periodismo en distintos medios gráficos y en la televisión e incursiona, además, en el ensayo. En 1968 publica La poesía de Buenos Aires, una antología de los poetas de la ciudad que incluye, y ésta no es una decisión menor, a varios letristas de tango.[3] Ese mismo año aparecerá Homero Manzi, en el que reafirma su relación con el tango y su poesía, y, en 1970, se edita Vicente Barbieri y El Salado, trabajo sobre un autor influenciado por el romanticismo que hace uso de formas poéticas tradicionales y a quien muchos críticos le otorgan cierta representatividad entre los integrantes de la promoción del 40.[4]
Al año siguiente dará a conocer el ya citado Mate pastor, texto que puede ser considerado un punto de inflexión en su obra, el calibrado definitivo de sus instrumentos de percepción. A partir de él, podemos realizar un doble paneo: hacia el pasado y hacia todo lo que sobrevendría posteriormente. En él la voz se afirma, desarrolla sus propias particularidades, tics y desdoblamientos. El poeta ya no actúa como un flanêur que mira con asombro y registra sus observaciones. Asume una nueva actitud, merodea por las calles, camina los barrios, se detiene en los cafés, escucha con mayor atención, les pone el oído a los sonidos, el tono y las inflexiones de su lengua en su medio ambiente: la ciudad.
Mate pastor sale al encuentro del público en un momento en que los principios activos de la prosodia, aquellos que constituyen lo que denominamos el tono, están siendo sometidos a revisión por distintos poetas. Alberto Girri, quizás uno de los autores más preocupados por la construcción de una nueva retórica, para quien las palabras desplegaban un brío atolondrado y falso para hacérsenos concretas, sostenía en Diario de un libro (1972): “…Que el tono se aproxime al del discurso normal […] discurso corriente transformado en poema”. Alfredo Veiravé a su vez les recomienda a los jóvenes poetas que expresen: “…su propia, íntima canción, la que suena en la cabeza […] la melodía que llevás, el estilo que te pertenece.” Salas sintetiza ambos criterios y su resultado es una escritura que nos recuerda la confesión de Baudelaire en el prólogo de Pequeños poemas en prosa: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
Lo que nos lleva irremediablemente a la forma. Lo que llamamos verso libre tiene en la actualidad una edad más que centenaria. En 1886 la revista parisina La Vogue, dirigida por Gustave Khan, difundió Marina y Movimiento de Arthur Rimbaud y algunas traducciones de Hojas de hierba realizadas por Jules Laforgue. Ezra Pound en 1913 ya había redactado y publicado en la revista Poetry su manifiesto del Imagismo, en el que en lo que concierne al ritmo especifica: “se debe componer en la secuencia de la frase musical, no en la secuencia del metrónomo”.
El verso libre establece los cimientos de una corriente poética que rechaza los modelos cerrados, y en la que el contenido es sometido a una revaloración, asumiendo éste una nueva preeminencia. El poeta cifra su empeño en el enunciado, en sus sueños y visiones. Los poemas serán modelados por sus emociones. En Verso proyectivo (1950) Charles Olson para quien “la forma no es nunca más que la extensión del contenido”, lo define como un verso que nace en la respiración del hombre que escribe y sostiene que es “la línea la que habla por el corazón”, a diferencia de la sílaba que lo hace desde la razón.
Éste es el sendero seguido en la segunda mitad del siglo XX por aquellos que intentan dar cuenta de una nueva sensibilidad, dotándola de un discurso poético lo suficientemente abarcativo de una modernidad que en la ruptura halla su esencia. Esta tendencia que se afirma definitivamente en el panorama poético luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, sentirá, en muchos casos, un relativo desprecio por los términos “poético” y “poéticamente”. Los integrantes del Movimiento Beat, particularmente Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, los consideran malas palabras; para ellos lo concreto es lo verdaderamente poético: “El detalle exacto sin bordados adicionales. De esto se trata precisamente la ética de los beats”.[5] Desde ese momento los excesos de la sensibilidad poética y el sentimentalismo que los representa, pesarán en la mentalidad contemporánea como un valor negativo.
En esta atmósfera, que en más de una manera le resulta funcional a su estrategia, Horacio Salas desarrolla una poética que no dudará en aprovecharse de los tópicos en cuestión para expandir los enfoques y el campo visual de su propia tradición. Su visión personal, en un tiempo en que la poesía se enfrenta a la brutalidad de lo real, persigue nuevas perspectivas y ampliar sus registros. El poema ya no se resignará a las comodidades de lo universal, indagará meticulosamente en las particularidades del espectro temático que le brinda el mundo circundante, “... la concepción abstracta / de la experiencia privada en su punto más alto de intensidad / universalizándose, eso que llamamos poesía”; afirmó T.S. Eliot en Nota acerca de la poesía de guerra.[6]
La voz con su timbre singular será su verdadera máscara, la que comenta la historia, manifestando opiniones y convicciones propias o ajenas; todo es válido, el objetivo lo justifica: la inclusión del otro. No habla para entretenernos, todo lo contrario, aferrada a los pliegues del silencio, comprende que el universo sólo será inteligible desde la locución de la palabra. Recurrirá a diversos procedimientos para erigirse sobre la página, siendo el más notorio la intertextualización. De esta manera penetran en el territorio del poema, en un contrapunto dialógico, los ecos de Quevedo, Borges, Molina, Girri, Ginsberg y Vallejo, viejas pintadas en muros descascarados, escenas de películas, fragmentos de la marcha peronista, el grito de un hombre sobre la mesa de tortura y letras de tango.
En Salas, la presencia del tango es recurrente; quizás sea ésta la forma más directa de declararse un adepto incondicional, desde el campo poético, del género musical representativo de la ciudad argentina más cosmopolita de nuestro territorio, posiblemente el producto más acabado de la cultura nacional. Esta postura lo diferencia decididamente de muchos de los poetas de los 60. En el prólogo de la antología El ’60 poesía blindada, Ramón Plaza, en una apreciación retrospectiva de la música de Buenos Aires, deja testimonio de los sentimientos que ésta despertaba en los poetas jóvenes de la época: “La mayoría se fascinó con lo coloquial, con lo conversacional. Se interesaron profundamente en la poesía que emanaba del tango, tratando de desentimentalizarla pero no en el tango precisamente, pues éste para casi todos, era un deshecho (sic) en degeneración, una materia que debía transformarse de adentro hacia fuera”.[7]
En 1975, Salas publica una serie de entrevistas, Conversaciones con Raúl González Tuñón, que escarba el terreno de la poesía urbana y cumple la función de redescubrir para los jóvenes el trabajo del autor de A la sombra de los barrios amados, que había fallecido el año anterior.[8] Con un artículo que aparece en el suplemento del diario Clarín con motivo de la edición de Quien habla no está muerto, de Alberto Girri, obtiene el “Premio de Crítica Literaria” establecido ese año por la Editorial Sudamericana. En este breve ensayo, Salas sesgadamente brinda algunas pautas de su búsqueda y anhelos: “Pero el hilo del laberinto está en el poema de Wittgenstein: ‘Quizá en lo irrebatible, en lo que no puede demostrarse / no puede decirse, ser dicho, / está la clave’. Una clave que es finalmente la de toda la poesía, la de la lucha constante entre las palabras y el silencio, entre lo supuestamente irrefutable y aquello que se intuye más allá de las fronteras de la razón, donde se mueven ‘signos sonoros que por los oídos andan / sin dueños, como rodando, disponibles y expectantes, / ignorantes de sus pautas de significados, de donde obtenerlos; / y su persistencia, insaciable, para adherírsenos, un yo / instalado en el otro yo, / vigilando por encima de nuestro hombro’.”[9] Palabras que no sólo constatan el amplio abanico de sus intereses y también ciertas coincidencias con una experiencia disímil, sino que además nos develan los alcances impuestos a la práctica de la apropiación en el paciente armado del corpus de su discurso poético.
La Argentina de esos años, muerto Perón, se debatía al borde del abismo; diversas facciones conjugaban el verbo de la muerte e intentaban imponer sus definiciones ideológicas con plomo y explosivos, mientras entre bambalinas los dueños del poder disponían el futuro institucional del país. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por un amplísimo sector de la sociedad que reclamaba orden, inaugurarían el período más oscuro de la historia argentina. Miles de muertos, una guerra inútil y la deuda externa que han marcado a fuego el destino de la República, son los hitos por los cuales se recordará el período que culminaría en 1983.
Salas, quien había comenzado a recibir amenazas contra su vida antes del golpe militar, decide, frente a la falta de garantías, abandonar con su familia el país, radicándose en Madrid en mayo de 1976. Ese año se publicaría en Buenos Aires su La generación poética del 60.[10]
El exilio no fue una etapa dulce de su existencia; para subsistir realiza distintas tareas: instalador de carteles de publicidad en las rutas para una empresa petrolera, traductor, escritor fantasma y periodista a destajo. El oficio lo llevó a colaborar con importantes revistas culturales y trabajó en Cuadernos Hispanoamericanos donde dio a conocer ensayos, artículos y notas.
En 1978 publica su ensayo La España barroca y meses más tarde, luego de ocho años de aparente silencio poético, su nombre integra con Gajes del oficio el catálogo de la colección “Nos queda la palabra” de Ediciones Taranto de Madrid, donde lo acompañan Félix Grande, Gonzalo Rojas y Ángel González.[10] En Gajes del oficio incluirá textos escritos entre 1970 y 1978, que acompaña con una nota aclaratoria en la que señala que los poemas reunidos: “No nacieron pensando en un libro; se dieron aisladamente, como borrosos reflejos de la realidad. De ahí que se reiteren obsesiones, imágenes y temores que me han acompañado en estos años de un lado y otro del Atlántico”. Estos reflejos pueden ser traducidos como interpretaciones; Salas nos convence de que una de las funciones primordiales de la poesía en tanto actividad autónoma de la imaginación, debe ser la de expresar al mundo.
Los poemas están atravesados por la desazón producida por la pérdida del ámbito de la lengua materna: “...y al preguntar la hora en el teléfono / no responde esa vieja pariente 113 / sino una voz impersonal ajena...”; asimismo están habitados por el dolor y la muerte que planea como un ave carroñera sobre América Latina. Podemos considerarlos culturalistas en el sentido de que aluden reiteradamente a episodios diversos de la civilización y de la historia del hombre y su condición. Los textos publicitarios que promocionan los productos de las grandes empresas transnacionales le serán instrumentales, por ejemplo en “Salmos, XXXVII, 28”, para trazar irónicos paralelos de estas organizaciones y de los espejismos que irradian. “Mientras era conducido en un viejo Renault por / las calles de Lyon / atravesado por el dolor que le producía el ojo que / acababan de vaciarle con el taco de una bota / Michel Rosier intuía que sus compañeros / acaso los mismos que había oído aullar en la rue de Clécy / salvarían a Francia castigarían a esos otros franceses / que aún a regañadientes cumplían las consignas de Laval / porque de esa forma decían alimentaban a sus hijos / eran recibidos / por los vencedores asistían a la Ópera reían con / viejos chistes / en los cabarets de Marsella / No es solamente como me siento como manejo / Es también cómo me siento cuando llego / Fairlane. La gran manera de llegar”. El poema se arma como un rompecabezas, pero los sucesos o piezas del objeto se integran en un premeditado desorden temporal, a la manera de Ezra Pound en su Canto 100,[ ] el tiempo secuencial es pulverizado, aniquilado; argumentando como lo haría Cavafy que las proposiciones contradictorias están gobernadas por la ley de la repetición.
Resuelto el destino de la dictadura por la derrota de Malvinas, Salas se reencuentra con su ciudad, hecho que parece haber sido anunciado con la edición de Que veinte años no es nada (1982) una selección de su obra poética y el primer libro publicado en la Argentina luego de su obligada ausencia.[11] En 1983 llega a una Buenos Aires encendida por la esperanza de la inminente salida democrática. Retoma su actividad periodística y pone al aire un programa radial llamado “Dar la nota” (1985-1989), de neto contenido cultural y con un formato novedoso que hizo historia en el medio.
El retorno, simbolizado por el genio de Alfredo Le Pera en la voz de Carlos Gardel, tiene para los argentinos, y muy especialmente para los porteños, el sabor de la victoria. Dulce o amargo, el regreso a “La Reina del Plata”, sólo es comparable a la vuelta al pago o a “la casita de los viejos”; es la acción de ponernos en contacto nuevamente con nuestras raíces, moldeadas por el habla de un monstruo cosmopolita que observa desde los márgenes una imagen deformada del mundo.
La mudanza de Horacio Salas desde una capital europea a Palermo, uno de los barrios más emblemáticos de los 47 que componen la capital (recordemos a Carriego y Borges), es también la recuperación de un territorio, de un ámbito en el que ajusta una vez más el ritmo de su respiración y el tono de su voz, factores determinantes del estilo. Luego de su arribo termina de corregir los originales de Cuestiones personales, que será publicado en Buenos Aires en 1984 (Premio Municipal de Poesía) y reeditado en Madrid al año siguiente.[12] En él “La literatura teje ese tapiz no personal, sobre la hechura de innúmeras versiones precedentes donde se ha dicho todo y el texto se borra y se reescribe, acaso escolio del anterior. En este eterno retorno que explica la fantasmagoría del presente, somos sombras enigmáticas, como los objetos y los destinos trenzados en infinitas causas secretas, ignorantes móviles de inagotables posibilidades para el porvenir. Así como los hombres somos una continuación levemente alterada del pasado en la tierra y convivimos en el presente con nuestro conjeturable e inconcebible futuro, las formas literarias reeditan viejas destrezas, las comentan y las homenajean o refutan y se heredan y se legan de manera vicaria”.[13]
En Cuestiones personales confirma la técnica constructiva del poema en el que continuará amalgamando elementos diversos y contrapuestos, sirviéndose de un amplio menú: mitos culturales, fotografías, textos ajenos, deporte, cine. El ojo del poeta anda por el mundo y sus culturas apropiándose de todo aquello que le resulte relevante; no obstante ello, ha de replicar a la absorción de ese todo con una dicción ya inconfundible. Esto pone de manifiesto aspectos paradojales de su génesis: estos textos que fueron escritos en gran parte en Madrid, ratifican una visión del universo que en los dominios de una lengua común es apuntalada por la diferencia, rasgos connotativos que surgen de nuestro propio paisaje y geografía cultural. Cuestión que James Joyce pone en la boca de Stephen Dedallus en A Portrait of the Artist as a Young Man, luego de que éste se entrevistara con el director del colegio jesuita en Dublín, un inglés converso: “El lenguaje que hablamos le pertenece antes a él que a nosotros. Qué diferentes suenan las palabras, hogar, Cristo, cerveza, amo, en sus labios y en los míos. Su lengua, tan familiar y tan extranjera, es siempre para mí una lengua adquirida. Yo no he fabricado ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a distancia. Mi alma se inquieta en la sombra de su lenguaje”.[14]
La cita no es arbitraria ni pretende ser una boutade. El trabajo de Salas tiene muchos puntos de contacto con escritores y poetas de diferentes literaturas postcoloniales que a partir de 1945 se inspiraron en Joyce para acelerar un proceso de inversión de la mirada en el que se niega la pretensión, tan extendida en la metrópoli y la periferia, de considerar a las naciones emergentes y su cultura como efecto de los deseos de los países centrales. Se trata de una respuesta a los guardianes celosos de su tradición que ante cualquier atisbo de insurrección lingüística, remiten al rebelde a la biblioteca de sus clásicos. Esta circunstancia, que se repite a través de los tiempos y de la que existen infinidad de ejemplos, halla uno casi perfecto en una frase de Thomas Macaulay: “un solo estante de una biblioteca europea tiene más valor que toda la literatura nativa de la India y de Arabia”.[15]
En este contexto, invertir la mirada requiere que la revisión de la historia y el análisis de la cotidianeidad se hagan en lo que H. A. Murena denomina una “clave local”.[16] Se trata de someter nuestra incipiente tradición literaria -cuya trama está atravesada por una serie de entrecruzamientos de los que participan distintas tradiciones poéticas- a una nueva lectura. Este ejercicio, un claro acto de traducción, está subordinado a ciertas condiciones. Walter Benjamin[17] pensaba que la falla de la mayoría de las traducciones del siglo XIX se debía al excesivo respeto del traductor por las convenciones de la lengua de destino y el temor de que la lengua de origen perturbara su sintaxis. Por lo tanto, este recorrido, si tiene aspiraciones de releer el campo de lo heredado, debe desembarazarse de la actualización de esos prejuicios: los recortes que impone el periodismo cultural -reemplazados cíclicamente cuando el supuesto canon y sus objetos de culto se disuelven en la memoria- y la aprensión a que los signos aún vitales del pasado estallen en la voz del presente.
Este mirarse a uno mismo a través de los otros y de un devenir cultural es una característica que fija o radicaliza un rumbo definitorio de la poética de Horacio Salas. La modulación de un decir que en el nosotros halla las razones de su existencia, emparentado carnalmente con los compases y las letras del dos por cuatro, que durante su exilio español se le cruzaban de maneras hasta entonces insospechadas, y que nos son devueltas en imágenes plenas de brillo y efecto, como se da en el recordado “Anclao en Madrid”:

Mientras tomaba mate en el estudio de Velázquez
llegó Quevedo sacudiéndose
los copos de la última nevada
y confirmó lo que pensábamos
los grabados eróticos de Picasso -dijo-
me resultan auténticamente afrodisíacos.
Después muerto de frío
Levantó el volumen de un disco del Polaco
Y nosotros quedamos en silencio

Garúa... tristeza...
Hasta el cielo se ha puesto a llorar.

En 1986 se distribuye la primera edición argentina de El tango, que lleva un ensayo preliminar de Ernesto Sábato, y en 1990 aparecerán Poesía argentina del siglo XX y El otro, a la fecha su último libro de poemas.[18] En el prólogo nos confía que advierte: “...que el libro está salpicado de preguntas y que se encuentran pocas de las metáforas que en otros tiempos parecían protagónicas. Sólo espero que nuevos chaparrones me permitan responder con los años a algunas (me bastaría un puñado) de las indagaciones que aún no puedo contestar”. Estas palabras que expresan el anhelo de hallar respuestas, se niegan a sí mismas, afirman su contrario cuando leemos: “¿De algo de lo que ocurra / de lo que está ocurriendo / de lo que ocurrirá / de lo que ocurre a miles de kilómetros / podremos algún día descubrir el sentido? [...] ¿los poemas son tan solo preguntas? / ¿los poemas son tan solo preguntas sin respuesta?” Toda respuesta en realidad sería una nueva pregunta; incluso en aquellos poemas que prescinden de los signos de interrogación, éstas laten en su efecto poético. El cometido no es verificar la taxabilidad de los enunciados a través de descripciones o imágenes. La demanda de la poesía como forma del conocimiento, parece decirnos, es la de imaginar el sentido a través de la reafirmación de las preguntas, cuyo fin es reproducirse instalándose como mecanismo primordial del proceso poético. Acto que se lleva a cabo en un escenario donde la volubilidad del objeto tiende a confundir a la mirada: “La cercanía es mezquina / se hipnotiza con las deformaciones de la lupa / se obstina en detalles aparentes / pide peras al olmo / se equivoca”.
Estas preguntas que no buscan réplica, refutación o mera conclusión, crean en la falta de correspondencia de los términos, los intersticios o huecos en los que la voz puede callar. En su acertada y reciente “¿Podríamos llamarla vindicación de la poesía?” Raúl Dorra afirma: “La incorporación del silencio en el interior del lenguaje es una conquista de la poesía, una conquista trascendental que hace de la poesía un género único, el único para el cual el no decir puede alcanzar un valor incluso más alto que el decir, el único donde el callar encuentra el modo de expresarse, un modo que tiene que ver con el misterio, con la angustia, con la desgarradora aventura de situarse al otro lado de la palabra”.[19]
Este colocarse más acá o más allá de los límites de la palabra, espacio en el que la estela de su sonido entabla un duelo con el sentido, revela el muchas veces esquivo efecto poético, territorio donde lo no dicho asume su dimensión semántica. Para ello, el poema deberá guiarnos desde las zonas más oscuras de la expresión poética hacia ese vacío casi mágico donde repentinamente estallarán los fuegos de artificio de la significación.
Salas lo logra plenamente. Para hacerlo, monta en la página una ajustada organización prosódica. La relación sonido-sentido se apoya en una estructura rítmica en la que el tono del habla coloquial, instalada como una música de fondo, reaparece en un rearmado armónico, combinándose en un doble contrapunto. La primera de sus fases se produce en la línea donde las palabras, como si fueran notas, enfrentan sus sonidos construyendo el primer movimiento de un compás de duración variable cuya disposición acentual entra en tensión, cuando en una segunda instancia, su eco se enfrenta al de la siguiente línea. Este contrapunto regulado y medido obsesivamente por las emisiones de la voz escribe su melodía; es el medio que utiliza “lo expresado” para estimular las correlaciones emocionales en el lector.
La labor sostenida por Horacio Salas, un autor familiarizado con tradiciones literarias y abierto a las más diversas influencias, puede ser considerada la de un genuino multiculturalista. Un poeta que no cesa de captar mensajes lejanos que luego serán filtrados por esa voz histórica que repta murmurante en las calles de su ciudad.

[1]Mate pastor, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1971.
[2]El tiempo insuficiente, Buenos Aires, Ediciones Cuadernos del Siroco, 1962); La soledad en pedazos, Buenos Aires, Ediciones Barrilete, 1964; El caudillo, Buenos Aires, Pleamar, 1966; Memoria del tiempo, Buenos Aires, Losada, 1966 y La corrupción, Buenos Aires, Americalee, 1969.
[3]La poesía de Buenos Aires, Buenos Aires, Pleamar, 1968.
[4]Homero Manzi, Buenos Aires, Brújula, 1968; Vicente Barbieri y el Salado, La Plata, Cuadernos del Instituto de la Provincia de Buenos Aires, 1971.
[5]Lawrence Ferlinghetti, carta a E.M. con motivo de la traducción de América desierta y otros poemas, Montevideo, UNESCO-Graffiti, 1996.
[6]T. S. Elliot, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber & Faber, 1963.
[7]Ramón Plaza, El 60 – Poesía blindada, antología, prólogo de Ramón Plaza, selección de Rubén Chihade, Buenos Aires, Ediciones Gente Sur, 1990.
[8]Conversaciones con Raúl González Tuñón, Buenos Aires, La Bastilla, 1975.
[9]Horacio Salas, Alberto Girri – Homenaje, Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes - Sudamericana, 1993, pp. 109-113.
[10]Ezra Pound, The Cantos, London, Faber & Faber, 1986.
[11]Veinte años no es nada (Antología), Buenos Aires, Fundación argentina para la poesía, 1982.
[12]Cuestiones personales, Buenos Aires, Torre Agüero Editor, 1985; Madrid, Playor, 1986.
[13]Javier Adúriz, “Borges como mito”, Hablar de poesía, III, 5 (2001).
[14]James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man, Dublin, Hardmondsworth, 1992.
[15]Thomas Macaulay, Lord, Prose and Poetry, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1967, pp. 721-24.
[16]H. A. Murena, El pecado original de América, Buenos Aires, Sur, 1954, p. 23 y ss.
[17]Walter Benjamin, Illuminations, New York, Schocken Books, 1979.
[18]El tango, Buenos Aires, Planeta, 1986; Poesía argentina del siglo XX, Ginebra, Fundación Patiño, 1996; El otro, Buenos Aires, Manrique Zago Editor, 1990.
[19]Raúl Dorra, “¿Para qué poemas ?, Revista Crítica [Universidad Autónoma de Puebla], 90 (2002), p. 68.


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NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL IDIOMA CASTELLANO

20070418230149-quijote.jpgGACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL - ABRIL de 2007 

Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de Pablo Picasso.
Litografía: Don Quijote y Sancho (1955)

PÁGINA EDITORIAL

Estatuto del Hombre
(Acta institucional permanente)
Artículo I
Queda decretado que ahora vale la verdad, /que ahora vale la vida /y que con las manos unidas /trabajaremos todos por la vida verdadera.
Artículo II
Queda decretado que todos los días de la semana, /incluso los feriados más solemnes, /tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.
Artículo III
Queda decretado que a partir de este instante /habrá girasoles en todas las ventanas, /que los girasoles tendrán derecho /a abrirse dentro de la sombra /y que las ventanas han de permanecer, el día entero, /abiertas hacia el verde donde crece la esperanza.
Artículo IV
Queda decretado que el hombre /no precisará nunca más dudar de los seres humanos, /que cada hombre confiará en su especie /como la palmera en el viento, /como el viento en el aire, /como el aire en el campo azul del cielo.
Párrafo único
Un hombre confiará en los hombres /como un niño pequeño confía en los otros.
Artículo V
Queda decretado que los hombres /están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será necesario usar la coraza del silencio, /ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa /con el corazón limpio, /porque la verdad será servida antes de la sobremesa.
Artículo VI
Queda establecida, por lo menos durante diez siglos, /la práctica soñada por el profeta Elías, /en la que lobo y cordero pastarán juntos /y su aliento tendrá el gusto mismo de la aurora.
Artículo VII
Por decreto inderogable queda establecido /el reinado permanente de la justicia y la claridad.
Y la alegría será bandera generosa /por siempre resguardada en el alma del pueblo.
Artículo VIII
Queda decretado que el mayor dolor siempre ha sido y será /no poder darse en amor a quien se ama, / sabiendo precisamente que esa agua /es la que da a las plantas el milagro de la flor.
Artículo IX
Queda permitido que el pan cotidiano /ofrezca a cada hombre los signos de su esfuerzo.
Pero, sobre todo, que tenga siempre /el dulcísimo sabor de la ternura.
Artículo X
Queda permitido a cualquier persona, /a cualquier hora de su vida, /usar el traje más blanco.
Artículo XI
Queda decretado, por definición, /que el ser humano es un animal que ama /y que por eso es bello /mucho más aún que la estrella de la mañana.
Artículo XII
Decrétase que nada será obligado ni prohibido: /Todo será permitido, /incluso brincar como los rinocerontes /y caminar por las tardes /con una inmensa begonia en la solapa.
Párrafo único
Sólo una cosa queda prohibida: /hacer el amor sin amor.
Artículo XIII
Queda decretado que el dinero /no podrá comprar jamás el sol de las mañanas venideras.
Expulsado del gran baúl del miedo /será sólo una espada fraternal /para defender el derecho a cantar en la fiesta del día que nace.
Artículo final
Queda decretado el uso de la palabra “libertad”.
Será suprimida de los diccionarios /y del pantano engañoso de las bocas.
A partir de este instante /la libertad será algo vivo y transparente, /como un juego, como un río, como simiente del trigo, /y su morada será por siempre /el corazón de los hombres.

Thiago de Mello (Brasil) / Traducción de Mario Benedetti (Uruguay)

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

El guante del mago

El guante del mago
vuela como paloma.
Las plumas de la paloma
cobijan una almohada de tiempo.
El tiempo se fractura
en espacios
que el universo no puede contener.
El universo que pertenece
a cada hombre
acumula sus propias luces.
Las luces no alcanzan
para iluminar el abismo.
En el abismo están
los blancos fantasmas
que nadie reconoce.
Son fantasmas
los cuerpos que emergen
de la memoria esquiva.
Y es la memoria
la que vuelve a entronizar
los dulces abrazos ya perdidos.
Abraza el espacio
la consecución de los días.
Y en los días que se deslizan
desapercibidamente
se cobijan los miedos.
¡Ah, los miedos oscuros
los miedos escondidos,
los miedos de distancia!
Una distancia crucifica
las ilusiones de cada uno
y en cada uno la distancia
es el interrogante suspendido.
Interrogantes atrapan
la necesidad de ver el otro lado.
El lado de la verdad,
el lado de la mentira.
Mentiras construyen el paisaje
de las pesadillas.
¿Es que una pesadilla basta
para que las noches se rebelen
y conformen regimientos convulsos?
En la convulsión de la materia
torna a aparecer el ser
casi como una mariposa.
Mariposa para los cielos,
no para el alfiler de un entomólogo
que escudriña desde su laboratorio.
Y es en el laboratorio de la vida
donde los tubos de ensayo
dejan de ser de vidrio.
Vidrio para que un mago
construya su guante transparente.
Y desde el guante
una paloma no pueda echar vuelo
inerte, con sus plumas cansadas.

Jorge Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Invierno

La mujer de la bata gastada
barre las hojas de la vereda
ajena a la mirada que la desnuda. Barre
una llamarada de hojas de fresno
y enciende un fósforo
para que el fuego
la apague.

Concepción Bertone (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Albus

Al buscar lo que no busco
sé lo que no sé

Cerca
aparento estar lejos
y voy
a retornar
entre luminosas luces
muertas que la noche aviva:

abril en vos

que facilidad decir te amo
y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido
como tu mano de corteza inhallable
escribiendo melodías y sones
recibiendo la luz en la espesura del monte.

Roberto Aguirre Molina (San Cristóbal-Santa Fe/Argentina)

Bosque invisible

En la ciudad dormida
soñé que añosas hayas
me protegían
contra los infortunios.
En el proceso de despertar
imaginé un cielo
donde todos
somos aceptados.
…………………………..
Es la única
e imposible forma
de juntarnos.

Clara Rebotaro (Acebal-Santa Fe/Argentina)

Testamento.

Tener tus huesos digo
para cruzarme el mar como lo hiciste
dormir sobre la hembra,
fundarme en cuatro hijos,
ser en mis tierras nuevo adelantado,
salir al campo al alba,
velar la noche entera,
y ser cobijo y rumbo
de los que vienen en mis días.
Morirme así de pronto
y que me guarden, firmes, las paredes
en las que aún soy techo,
raíz y certidumbre de mis gentes.
Negarme a la ceniza,
cuando sus polvorientas manos me reclamen
y ser aún de piedra
cuando me rinda el fuego
ante el último grito de la vida.

Julio Luis Gómez (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Sobres para fracasos

Por Martín Orell (Santa Fe/Argentina)

Como cayendo desde un espacio donde las palabras, siempre las mismas, ésas que a veces dejan su lugar a los silencios, como cayendo, sí, al piso, sin eufemismos, en el asfalto de cada intento, y caer en la costumbre de anotar los fracasos para olvidarlos en un sobre en una esquina donde nadie te mire, en lo posible tres de la mañana, noche serena, sin estrellas, sin nadie, olvidándolo como al descuido, en una ventana, al alcance de la mano de cualquiera que pase por ahí, que abra el sobre y relea esa loca enumeración, se sonría y arroje ese papel en el borde de la vereda para que el viento lo acerque al cordón de la calle y allí se ensucie con el agua sucia y el barrendero que pase lo alzará con premura y pensando que puede contener algo importante se sacará los guantes, lo abrirá despacio e intentará leer descifrando sus trazos que se habrán borroneado por el agua y lo arrojará con bronca por haber perdido tiempo en esa estupidez y el sobre quedará en una esquina junto a un montón de basura que luego se recogerá en una gran bolsa que cargarán en un camión alguno de los dos muchachos que corren detrás, en algún momento alguien silbará fuerte, correrá a comprar una cerveza y pondrán a comprimir la basura y la carta de derrotas y fracasos se amalgamará en miles de objetos diversos, se diluirán las derrotas, de a una, se mimetizarán en simples desperdicios, la derrota de la mañana se mezclará con una lata de cocacola y la del mediodía en un brazo de un aborto reciente, la de la tarde en un telegrama de una gerente frígida, y el que encontró aquel primigenio sobre en la ventana no le contará a su mujer, che sabés que encontré hoy..., el barrendero ni se acordará a la hora de sacarse las medias para dormir, y el sobre que estuvo mojado se irá diluyendo, borrando sus letras y sus formas para que, al paso de un par de días ya nadie, nadie, ni vos, recuerdes esas notas que dejaste alguna vez en una ventana, sólo recordarás que tienes que comprar más sobres para cuando hagan falta para algo, siempre hacen falta sobres, aunque uno no sepa bien para qué.

PÁGINA 4 – Narrativa

Redactor

Por Rolando Revagliatti (Buenos Aires/Argentina)

El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”

Huir

Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Oliverio Girondo – 1981/1967 – (Buenos Aires/Argentina)

Llorar a lágrima viva...

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Mi lu

mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus erpsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía

No se me importa un pito...

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

No soy quien escucha...

No soy quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

Poema 12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Vuelo sin orillas

Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo fluído,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Vigencia del Martín Fierro

Por Jorge Isaías (Rosario/Santa Fe/Argentina)

La leyenda quiere que el periodista federal José Hernández Pueyrredón, “para aliviar el fastidio del hotel”, se haya dispuesto a perpetrar –sin proponérselo, como la cultura hegemónica dice- uno de los textos más corrosivos, conmovedores, originales y aceptados por grandes masas, en la mayoría de los casos, no precisamente letradas.
¿Qué llevó a este luchador político a esconderse a escasos metros de la casa de Gobierno donde moraba su acérrimo enemigo a escribir “los males que conocen todos pero que naides contó?”
El problema de escribir sobre un libro canónico o un poema que, al parecer, representa “lo argentino” o “el ser nacional”, suponiendo que esto no fuera discutible, es mellarse contra una tradición que nos subsume en un juego de lanzas y polvaredas y caballos atravesando el espacio, modo de vida rural que atraviesa gran parte del siglo XIX y al que no fue ajeno el autor de nuestro poema mayor.
Muchas veces aluciné pensando a este hombrón generoso y lleno de humor –tal lo describen quienes lo trataron- fatigando gran parte del litoral y no sólo argentino sino brasileño y oriental.
Suponer que el gaucho que inventó fue siempre un rebelde es no haber leído con detenimiento las dos partes (“La ida” y “La vuelta”, como simplificadamente se metaforiza a “El Gaucho Martín Fierro” y “La vuelta de Martín Fierro”, 1872 y 1879 respectivamente) de su libro.
¿Adónde fue y de dónde vino el gaucho de Hernández?
De la frontera.
Es decir de la tierra de los “infieles” (infieles a la religión católica apostólica romana, se entiende).
Como toda la literatura de su siglo, salvo el paternalismo del coronel Mansilla, Hernández trató muy mal al aborigen. Esteban Echeverría, aunque mediocre poeta, también en esto fue un precursor.
Desaparecidas las condiciones políticas que le dieron origen, ¿qué hace del Martín Fierro un poema actual?
Tal vez los desheredados de siempre vean en el héroe hernandiano a un perseguido del poder, un receptor de las injusticias que perviven en el espacio que media entre los que mandan y los que deben –fatalmente- obedecer.
Si bien es cierto que entre una y otra parte del poema existe la distancia que hay entre un conspirador y un próspero adaptado al sistema, el lector común tal vez privilegie esa rebeldía anárquica del hombre que se promete, al ser despojado de todo, “ser más malo que una fiera”. Es decir: oponerse a un sistema corrupto e injusto que expulsa a ese sector marginal de la producción de su tiempo.
Por eso, el regreso del héroe nos devuelve un ser reflexivo, que viene para contar el infierno de la “barbarie”, que da consejos y elude –cosa insólita en la primera parte del poema- una pelea.
Si bien es cierto que el enigmático final donde se separan los cuatro personajes (Martín Fierro, Hijo Mayor, Hijo Menor y Picardía) nada menos que a los cuatro vientos, a los cuatro puntos cardinales, hace que sea abierto a interpretaciones disímiles y aún contradictorias, pero nos deja algo seguro: no hay lugar ya para esa clase social desheredada en el proyecto nacional que sigue a la Conquista del Desierto.
¿Adónde van los cuatro? ¿A llevar qué mensajes? ¿O a perderse en la nada de los tiempos, en el mar de otros miles de hombres y mujeres de ojos azules y pelo de trigo que venían a suplantarlos?

Despedida (33).
“Después, a los cuatro vientos / los cuatro se dirigieron. / Una promesa se hicieron / que todos debían cumplir. / Mas no la puedo decir, / pues secreto prometieron. / Les advierto solamente, / y esto a ninguno asombre, / pues muchas veces el hombre / tiene que hacer de ese modo: / convinieron entre todos / en mudar allí de nombre.”

Probablemente Martínez Estrada tenga razón y el libro de José Hernández destruya la gauchesca anterior y la sature para siempre, en lugar de perfeccionarla, como quieren algunos.
Veamos un poco: si nos guiamos por los temas –como toda tradición literaria que se precie- escribir con toda la tradición significa para Hernández (tratándose de sus antecesores “gauchescos” y también cultos: Echeverría, por ejemplo) decir y transitar la frontera, el indio, el gaucho, el desierto, el malón, el contrapunto, la cautiva, la injusticia, la guerra, etc, etc.
Le incluye la injusticia de las levas y la demonización del juez de paz –la autoridad- la ley del embudo, en fin, lo que sabemos. Borges ironizó con crueldad diciendo que el libro estaba escrito contra el Ministro de Guerra Gainza (el Ganza del poema). Esta es una verdad a medias, pero cierta.
Por otra parte convulsiona –desde el nivel de la lengua- la posibilidad del género y enfrenta la oralidad a la escritura.
No es casual que el Martín Fierro se lea, en general (salvo críticos y profesores), como una especie de “Biblia gaucha” (palabra de Dios), llena de consejos y frases de ingenio que la mnemotecnia de la rima ayuda a no olvidar fácilmente; versos que parecen hechos a propósito para situaciones de la vida cotidiana, para las injusticias vigentes. Porque por más internet y revolución de las comunicaciones que los brujos de la tecnología exhiben como logros (y lo son), a nuestro alrededor siguen existiendo las “tolderías” y la “barbarie”.
La vigencia actual del Martín Fierro, tiene que ver con estos tópicos. Allí se juega una referencialidad contemporánea que da vida a los textos. Porque aunque ya nadie hable esa lengua arcaica, ni se la hablara en los tiempos del siglo XIX en que se compuso el Poema, en algunos de sus refranes y consejos pueden identificarse vastos sectores de este país donde el gaucho es una leyenda y un mito y no una realidad llena de mezclas raciales que contribuyó en su momento a deponer su altiva figura para reemplazarla por millares de espaldas inclinadas a la tierra recibiendo semillas.
Algo que el gaucho, sin dudar, despreció.

Nota final: Es fama que a José Hernández, Senador por Buenos Aires, el gobierno le encomendó un viaje a Australia para estudiar las posibilidades de la agricultura y sus mejoras para el país. El senador omitió viajar para “no cargar con gastos el erario público”, y escribió su famoso libro “Instrucción del estanciero” en la casa de Belgrano donde murió, el 21 de octubre de 1886. Había nacido en las Chacras de Pueyrredón –ex caserío de Perdriel- el 10 de noviembre de 1834. (Eran otros hombres y otros funcionarios, claro).

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Mesetas del Chubut

Asomada desde los petroglifos
la soledad con cuerpo al alcance de la mano.

Perpendicular el sol anuncia mediodía
y calcina sobre perfiles de piedra.
Repta el indiscutido habitante
y en el esbozo de una flor apenas percibida,
se reitera.
Obstinación de vivir.

Duramente,
el imaginero reviste de verde.
Y al simple parpadeo
una lítica mano
evidencia en muros sólidos
y otra no humana
se preocupa del arte de un desierto.

Coirón, recio y salvaje,
puede ser mechón en la calvicie
pronunciada de la tierra.

El aguilucho planea cuidadoso.

Se huele aún
el cataclismo.

Damián Bruno Berón (Chubut/Argentina)

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

In memoriam Clara Crimberg.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,

ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,

ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,

ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,

ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,

yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

María Teresa Andruetto (Córdoba/Argentina)

Destinos
(Casi una poética)

Tu destino te sorprenderá
cada momento.
William Blake

A José Antonio Cedrón y
a José Emilio Tallarico,
poetas y hermanos.

Desde qué orilla abrir, cerrar
los ojos;
desde cuál punto de qué orilla.
Cada orilla,
cada punto de orilla adelanta,
en su cielo
y horizonte, una respuesta
diferente
que supone cada palabra que
se imagine
o que se diga. Todo camino
comienza
a abrirse según donde decida
afirmar
uno los pies y hacia dónde
apunte
uno su historia y su mirada.
Uno eligió
--o eligió por uno el fuerte
viento--
cada segundo, cada
rumbo,
cada sendero ahondado o
vasto
y nada puede salvarse en
un cruce
ni en un momento solo que
se abra.
La suerte, o mala suerte,
siempre
estuvo despierta y estuvo
echada
como una apacible leona
al pie del árbol.

Eduardo Dalter (Buenos Aires/Argentina)

El cuerpo en la palabra

Penetra en el cuerpo, la palabra,
desde la intemperie ancestral,
desde la ausencia,
inscribe sus símbolos
en la boca clausurada,
sobre el cuerpo y sus agujeros,
inscribe su metáfora,
herida abierta en la grieta del cosmos.
Hundidas en el cuerpo,
las letras carnales, feroces,
clavan su ardor allí,
mientras la pupila indaga
tantas mutilaciones
que se pronuncian silenciosas.
Velos de escrituras en la espalda,
ilusión de cielo y sin embargo infierno,
el cuerpo habla, desgarrado, abierto,
y entre pelos, olores y salivas,
recibe a la palabra,
incendiada, bella.
Ella deja en la memoria
su tatuaje de animal en celo,
su leche de verbo fundante,
su cuerpo como destino
en el cuerpo del otro.

Cuerpos violados
sobre escombros de miserias,
apenas gimen, apenas lloran.
Entonces, la palabra enmudecida retrocede,
ante el espanto de nombrar
se vacía en sus significantes
y quedan desnudos
los íntimos contornos.

Murmullo, lamento, decir, decir, callar.
Invocar voces.
La palabra, espejo del cuerpo,
refleja el anagrama: Adán y Raza, azar y nada,
palíndromos con los que jugó Cortázar.

Mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.
Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.
Tatuadas con vidrios, en el cuerpo,
las palabras cortantes,
sobre cada circunvolución
izquierda del cerebro:
allí, sobre los muros del lenguaje,
escritas con lenguas ardidas
de imágenes oscuras.
Una misma palabra
dicha en distintos sitios
huele como excremento entre los dedos,
putrefacción, para el ojo que graba la vida.
La palabra cuerpo cae en el cuerpo,
viaja hacia la oscuridad luminosa,
muta en la esencia líquida: sangre y linfa,
variaciones de voces.

El cuerpo destinado a presentar todas las formas,
guarda en su instinto un ojo inmóvil
de bestia adormecida.
El cuerpo en la palabra,
palabra que lo acuna, lo salva,
lo carga con amorosa entrega,
como la Virgen y el Niño, de Leonardo,
como la Piedad de Miguel Ángel,
sostiene cada tramo,
cada porción de carne en llaga viva,
simulacros para sitiar olvidos.
Acaso la palabra cuerpo
nunca alcance para decir lo que el cuerpo grita,
sólo enmudece.
Detrás de la piel habita una historia
hechas de ritos circulares.
Cuando el cuerpo ama,
la palabra calla,
crece un lenguaje de luz
entre uno y otro,
tan uno con el otro,
escindidos del cuerpo solo,
fundidos en la completud del abrazo.
El cuerpo amado lleva
inscripto en la piel todas las pieles.

Cuerpos que se anudan,
en un intento de saltar la trinchera,
protegerse de todos los absurdos allí afuera,
sin embargo la lágrima cae,
silenciosa hacia la nada.
Mientras el cuerpo
en reposo sigue oyendo,
palabras interiores,
voces que trepan a la sangre,
hechas mixtura y soplo, aliento,
frases que se posan allí
en la levedad de la lengua,
a veces muda, a veces quieta
y otra vez suelta, para volver a pronunciar.
Cuerpos sin nombres,
arrojados al vacío
de las palabras ausentes,
orfandad, desnudez, soledad cósmica.
Poblar el cuerpo nombrado,
cuerpo para nombrar palabras,
palabras para nombrar cuerpos,
re escribir cada parte
con su carga de símbolos,
esos pequeños léxicos
el sexo, el ojo, el pie, la mano,
transmutaciones que narran voces
para desandar la distancia
entre la mirada y el gesto
y volvernos uno y todo, íntimos, sutiles,
descubrirnos el rostro, el auténtico, el otro,
el que calla y crece encima del gesto de la muerte.

El cuerpo en la palabra,
complicidad, entre los labios de dios
y los labios que nombran,
nombran con el leve temor
de no ser ya nombrados,
nombran para guarecer la palabra
de la intemperie del cuerpo,
alumbrar el estallido que sube de la entraña,
nombran para tocar la breve eternidad:
el cuerpo en la palabra.

Olga Lonardi (Entre Ríos/Argentina)

I

¿Qué es de los muertos? No sudan,
ni tributan, ni expectoran. Nunca tarde,
temprano, áureo, consolidado.
¿Arderá dentro de un rato el agujero,
una rata vendrá a alumbrar
con sus ojos el más ajado de los catecismos,
regresarán aquellas leves sábanas
en el mediodía de Túnez, de Chipre?
Es no. Es telón sin escenario, al pie de un improbable paraíso.
Es profecía que se vierte, para nadie.

Pero, ¿qué es de los vivos?

II

Cada cual con su lengua, su silla plegable,
su reloj detenido en una hora
anterior a la borrasca, su fruta preferida,
su modo de amar y cerrar la puerta.
Y cada uno con su desnudez,
personal, intransferible. Y
cierta amarga libertad,
cierta y dulce esclavitud,
un sitio en el interminable cortejo
que atraviesa las aguas
hacia una hipotética tierra firme.

Carlos Barbarito (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La calesita

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Los ojos oscuros de la nena están fijos en un punto, traslucen una mezcla de asombro y desaliento. Es muy niña, tal vez dos o tres años. Las manos pequeñas se asían firmemente al eje del caballito de madera, como si no tuvieran algo más de dónde sostenerse. El sol dibuja siluetas multiformes en la vereda redonda y mojada por la lluvia de hace un rato y las expande más allá de las rejas un poco oxidadas. Algunas nubes parecen caballos blancos, levantan las patas traseras mientras sus "manos" agitan el aire. Sentados en un banco dentro del recinto limitado por las rejas un hombre y una mujer se besan incansablemente. Se exploran con sus lenguas más allá de los labios húmedos de ambos. El es joven, de aspecto rudo, los brazos musculosos y firmes insinúan un trabajo que le exige esfuerzo físico. El pelo es corto y ondulado, tiene ojos oscuros de mirada vivaz. Ahueca las manos grandes y firmes en la nuca de la mujer. Usa un jean y una camisa muy abierta que le dan un aire desaliñado. Mientras la calesita da vueltas y más vueltas suena una música horrible y vulgar, sonidos guturales llegan casi a lastimar los oídos. Yo soy Rosita, yo soy José, las dos ratitas de la tevé, liralalira, liralalira, yo soy Rosita, yo soy José... Así, las notas discordantes se suman al calor de la tarde y tornan la atmósfera más insoportable.
La nena lame un chupetín mientras el caballito avanza en círculo acercándose a la pareja que sigue besándose. Algunos segundos antes, la mujer ha deslizado un puñado de fichas en las manos del infeliz que da la sortija y se ha entregado otra vez a las caricias y besos del hombre. Ella es menuda, morena y en sus ojos hay un aire indiferente. Sentada, parece más pequeña, más flaca. La ropa es de confección barata y los movimientos que ejecuta con el cuerpo mientras besa al hombre son algo nerviosos. La mujer no deja de cruzar las piernas, alterna la de arriba con la de abajo, ni deja de mover las manos con largas uñas pintadas de rojo intenso crispadas detrás de la espalda del hombre.
Los ojos oscuros de la nena se detienen en la escena cada vez que el caballito pasa frente a la pareja. La mirada inexpresiva e infantil queda vagando en el aire. Solo puede verse en ellos una expresión mansa y el desamparo. Cada tanto el infeliz rengo y desdentado recoge las fichas y comenta algo con el hombre gordo que las vende, los dos se miran y las miradas se posan después en el hombre y en la mujer.
El sol ya corrió algunos pasos las sombras irregulares y el cielo tiene el brillo de los mejores días del verano que llega a su fin. Ahora el infeliz va juntando de a una las fichas que le entregan los niños hasta que llega a la mujer:
--Señora se acabaron las fichas, ¿va a comprar más o se lleva a la chica?
Ella no le contesta, se separa bruscamente del hombre, el semblante rojo y húmedo y desata la correa que sujeta a la nena y la baja del caballo. Sin decir nada toma a la nena de la mano y las dos se alejan. El hombre camina unos pasos más atrás.
Todavía juega el sol entre las copas de los árboles florecidos y hace brillar las hojas con verdes más intensos. Hay una mezcla de perfumes de árboles en flor, retamas y tilos.
La calesita sigue girando, con la molesta música de carnaval interrumpida solo por el chirrido esporádico de los ejes. Algunos chicos patean la pelota hasta que salta sobre las rejas y cuando el desdentado no los ve, aprovechan para dar gratis una vuelta.
Ahora es de noche, sopla un viento fuerte y seco y los árboles se inclinan lo suficiente para emitir algo así como un quejido que se filtra por la ventana. Un gato camina por el techo con pasos sigilosos. Se detiene y encoge su cuerpo para atrapar alguna presa. La nena duerme abrazada a un osito azul, la respiración puede percibirse más allá de la puerta que da al comedor. El sueño de la nena es profundo hasta que unas voces altisonantes la despiertan. La nena se acerca a la puerta y escucha:
--Si no me crees, preguntale a la nena, estuvimos toda la tarde en la calesita.
Los gritos continúan mezclándose y la discusión sube de tono. Los ojos de la nena vuelven a estar fijos en un punto, las manos asidas al eje de un caballo imaginario y la mirada vacía de expresión triste y somnolienta. Vuelve a su cama, levanta el oso azul entre sus brazos y se queda muy quieta parada detrás de la puerta. Las voces se confunden con el ladrido de los perros, el crujir de los muebles, el silbido del viento. No la dejan oír claramente lo que discuten. De pronto, suena el primer disparo; la nena corre a su cama y se tapa con las sábanas. Casi sin respirar. Cuando llega la policía le hacen una serie de preguntas que no puede contestar.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Las manifestaciones del silencio
Las cartas que no llegaron - Mauricio Rosencof –
Montevideo – Alfaguara[1]

(...) No puedo aceptar el descrédito en que ha caído la política de la conciencia, acompañado por la reafirmación del statu quo. Como tampoco puedo aceptar la moda de burlarse del idealismo y la audacia intelectual de la modernidad en el arte. Tal o cual estrategia ortodoxa o transgresiva puede volverse obsoleta. No así la legitimidad y la necesidad de seguir formulando una estética de la resistencia, resistencia a las barbaridades de nuestra cultura, a las apocalípticas planificaciones de nuestros líderes, y al conformismo de nuestras imaginaciones y nuestras vidas.
Susan Sontag

Un mundo sin niños
En el tratamiento crítico de Las cartas que no llegaron, el riesgo de confundir autonomía con independencia de lo social-histórico parece nulo, dado su enorme componente autobiográfico. Mauricio Rosencof, fundador histórico -junto con Raúl Sendic- del Movimiento de Liberación Nacional "Tupamaros", fue uno de los presos rehenes que la dictadura uruguaya (1973-1985) mantuvo durante doce años bajo amenaza de muerte como represalia ante cualquier eventual actividad del Movimiento, sometido a todo tipo de torturas, simulacros de ejecuciones, encapuchado, obligado a padecer la sed hasta llegar a beberse sus propios orines, en estrechos calabozos que eran verdaderas mazmorras medievales.
Lo que suele olvidarse frente a tanta carga testimonial es el límite entre el autor y el o los narradores. En el caso que nos ocupa, este olvido -en tanto soslaya una de las operaciones esenciales de su escritura- actúa en desmedro del alto nivel de formalización que la novela posee. Tramada desde la incertidumbre y la carencia, la configuración del narrador principal contiene evidentemente datos de la experiencia del autor, pero estos ingresan en el texto depurados bajo diversas técnicas de selección, fragmentación y montaje, enhebrados por mecanismos analógicos y simbólicos, es decir, sometidos a un procedimiento complejo que les confiere status literario en relación directa, arriesgo, también con su eficacia en tanto testimonio.[2]
La novela comienza con el reconocimiento de una imposibilidad ("No puedo precisar con exactitud qué día conocí a mis padres"), e inmediatamente: "Pero recuerdo -eso sí- que cuando vi a mamá por primera vez, mamá estaba en el patio". En estos dos párrafos iniciales aparecen en forma embrionaria los mecanismos productivos del texto: a la negatividad inicial que exhibe una falta, se le opone la afirmación de imágenes subrayada en su actividad volitiva por el coordinante adversativo. Hay un vacío, parece adelantarnos el texto, hay lo que no se puede aprehender, pero también está la determinación de trabajar con la memoria y la imaginación en torno a lo inenarrable, invocando al silencio para que se manifieste, de la misma manera que en el presidio se leen las cartas censuradas. Consecuente con esta estrategia de "entrelíneas" la narración tampoco nombra, sino que pone en escena la imposibilidad de nombrar.
En el primer capítulo no se describen las peripecias de la infancia desde la perspectiva del adulto, sino que el procedimiento reproduce los mecanismos asociativos con la frescura y las incongruencias propias de un niño. Toda retrospección supone un presente desde el cual se evoca, pero aquí el pasado se presentiza por medio de irregularidades sintácticas en función de recrear la visión infantil, alternando conjugaciones verbales en presente con diferentes pretéritos o introduciendo conjunciones a la manera del zeugma, figura que coordina términos de semas diferentes pero que permite al lector entender la índole de la percepción.
Un día vino mi papá con traje y todo, azul me parece, y muy contento, con algo muy grande, como un cajón, envuelto en diarios y que tenía botones. Lo puso en la mesa de coser y me miró, y lo primero que me dijo fue "eso no se toca". Entonces la prendió y era una radio. (12)
Al repetirse el orden con que las instancias del acontecimiento se grabaron en la mente del niño (el bulto misterioso, la opacidad del envoltorio, las perillas percibidas como "botones", la admonición paterna) no sólo se recrea su expectación sino que en el suspenso generado a partir de las imprecisiones descriptivas propias del registro infantil, contribuyen a que el lector participe en forma gradual del develamiento como si estuviera dentro del niño. El cajón se transforma en una radio sólo después que el padre la hace funcionar: no se relata el descubrimiento azorado, se lo produce. La percepción aniñada también habilita el uso de onomatopeyas (como la del repiqueteo de la máquina de coser), exageraciones y reducciones, así como "errores" diversos en la conjugación de verbos irregulares. El artificio operando contra la gramática que es la ley de la lengua. Todos estos mecanismos funcionan como atributos del extrañamiento (Shklovski, 55-70) mediante el cual objetos y situaciones cotidianas aparecen renovados en su intensidad expresiva bajo una imagen fresca, nueva, donde, por ejemplo, las penurias económicas se manifiestan desprovistas de todo dramatismo en la locuacidad inocente de Moishe:
En ese patio, un día, mi mamá encendió un brasero a carbón, donde iba a cocinar un trozo de hígado que los carniceros regalaban a los que tenían gato. Nosotros teníamos. Se llamaba Miska y era igualita a un tigre. Mamá cocinaba para Miska, pero comíamos todos. (11)
En contrapunto, a las vivencias infantiles se intercalan las cartas de Polonia. El texto no esconde su ficcionalidad, por el contrario, la exhibe. Se afirma que las cartas que esperaba el padre nunca llegaron, y a continuación se reproduce la correspondencia apócrifa que comienza narrando la instalación de la Gestapo en Polonia, y en que se acentúa lo repulsivo de la propaganda nazi por el contraste con el relato crédulo de quien lo narra. En la ausencia de las cartas se inscribe la pérdida, el vacío que nos remite al genocidio, pero también al negarse su existencia se afirma el derecho de la ficción a ocuparse del tema.
Esta intercalación epistolar extiende una sombra premonitoria que acecha los juegos inocentes de Moishe, marginales respecto de las preocupaciones y el dolor de sus mayores. Las cercanías de los diferentes registros en la hoja impregnan cifradamente relaciones constitutivas para el personaje. El holocausto flanquea al niño como el terrorismo de estado al adulto: entre estos dos sistemas represivos se proyecta una vida, entre ambas alambradas la narración cava su trinchera. La ficción que ocupa el vacío de las cartas transforma ostensiblemente la anécdota familiar en una síntesis de la Historia. Junto al tono de fe y esperanza inicial de las cartas se irá gestando otro código; bajo la apariencia del acatamiento, va fraguando una actitud de resistencia que progresa desde expresiones de humor, recurriendo a la fantasía como recurso para no dejarse embrutecer,[3] hasta desembocar en el grito y la insurrección (32).
El silencio es el verdadero crimen de lesa humanidad, silencio colaboracionista al que la descarga del grito pone en evidencia. Tensión compleja, constitutiva con sus silencios, puesto que, como plantea Macherey (1966: 67), la obra sólo instituye la diferencia que la hace ser, estableciendo relaciones con lo que ella no es. El grito es una manifestación de lo inexpresable, de la incapacidad del lenguaje corriente para explicar lo que significó sobrevivir en Auschwitz (Primo Levi: 130-131). Ahora bien, el grito, en tanto denota una ausencia de formulación no difiere del silencio, también es un agujero, una falta, aunque estentórea. Pero en todo caso se trataría de un silencio que no acata: el grito es un silencio que se rebela revelando su condición silenciada, su imposibilidad de decir.

La palabra fuera del tiempo
En el silencio forzado del calabozo, en la desterritorialización del ser hundido en la nada se entabla una relación de sobrevivencia con el lenguaje. Refugio de la lengua que siempre conlleva nuestro lugar en el mundo. El narrador necesita salvarse por el relato, ser rescatado del nicho por la saga familiar, le urge armar la historia del padre con los escasos datos que posee, dejar constancia de ese humilde heroísmo por medio de una construcción episódica que postergue el final, pero a la vez asumiendo su ficcionalidad sin pretender disfrazarla de realidad o, dicho de otra manera, reconociendo la realidad de la ficción.[4] Esta actitud se manifiesta de diferentes formas en la novela. Afirmar que en ese pozo de 2 X 1 su territorio real era la imaginación, la fantasía, la locura reglamentada en la medida de lo posible (138), pone en jaque cualquier intención reduccionista o subalterna respecto del orden del referente, además de reivindicarse a la ficción como actividad humana imprescindible.
En un primer grado o movimiento retrospectivo se ubica la figura del narrador —en presente- escribiéndole una carta imaginaria al padre en el aislamiento de la prisión: mi mundo es este, de dos metros por uno, sin luz sin libro sin un rostro sin sol sin agua sin sin y te escribo... (72). El segundo grado de retrospección estará dirigido a recuperar el universo de la infancia atravesado de incógnitas y ausencias:
Y aquello era la vida, a las doce a la mesa y éramos tres la familia éramos tres tres tres tres en Polonia no había nadie tres León ya no estaba -Leonel- y se comía a las doce. Los tres. (62, el subrayado es mío)
La libertad en el manejo de los signos ortográficos se encuentra al servicio del ritmo percusivo, de una repetición que debe acumularse aunque nos quite el aliento, o tal vez, justamente para quitarnos el aliento. La familia ha sido reducida a ese grupito apretado de tres miembros -en Polonia no había nadie-, y esa cifra se repite cuatro veces seguidas como aludiendo a la cuarta silla vacía del hermano ausente. Uno de los cuatro tres es la muerte, la presencia del vacío que León ha dejado en ellos, en los tres.
Todo el último capítulo que comienza con la frase "Lo que no recuerdo es la palabra" (117), se cierne alrededor de un indecible, incrementándose la disolución de las fronteras entre realidad e imaginación (138). Se relata el encuentro, una reunión incorpórea entre el hijo preso y el padre internado en el asilo de ancianos, en la que sólo el padre puede verlo y decirle una palabra en idioma extraño (un posible caldeo o arameo), palabra cuyo significado es una expresión de bienvenida, una invitación a compartir el alimento y el calor del hogar.
A partir de una referencia a En busca del tiempo perdido se reflexiona sobre los iconos, los elementos simbólicos de una cultura y la memoria -junto con el lenguaje- como elemento cohesivo de una sociedad. El episodio tomado de Proust cuenta sobre el interrogante generado a partir del hallazgo arqueológico de los restos de un grupo tribal galo, a quienes además de matar se les habría quebrado sus tallas, destruido sus tótems y sus emblemas. El ensañamiento denotaba, sin embargo, un conocimiento cabal del rol que cumplían estos distintivos para el grupo, en tanto depositarios de una memoria e identidad cultural (159). Este ancestral ejemplo de intolerancia extrema remite, analógicamente, a los proyectos de exterminio contemporáneos.[5] Pero hay sortilegios en las palabras, llaves que accionan sobre la memoria (130), hay algo más blando y por eso más resistente que las piedras de los galos, hay los rescoldos que no se apagan (160), hay lo que no puede ser censurado ni retenido como el preso que va al encuentro con su padre. Encuentro que se da en medio del mayor despojo, cuando los viejitos han sido desalojados, y que también será el encuentro con la palabra (141).
Ahora bien: yo sé lo que esa palabra me decía. (...) Del pique[6] lo supe y lo pronuncié, pronuncié la frase entera, más o menos larga, aquella palabra en caldeo era un ábrete sésamo en mis neuronas... (118)
Pero esta palabra jamás aparece escrita, es como un agujero que presenta en el texto lo que no puede contarse sino por sus bordes desparejos, por medio de alusiones incompletas o desvíos. También ella resulta golpeada: "la palabra jamás dicha fue golpeada" (164), en la precaria clave morse con que los "incomunicados" reinventaron el lenguaje. Allí, donde "las palabras estaban herméticamente prohibidas" (162), el arañar compañero en la pared restituye el mundo escamoteado: golpe a golpe, con los nudillos y una lasca de revoque, letra a letra, se pasan la palabra solidaria a través del muro como un plato de comida caliente.
La falta de referencias directas a la dictadura —cuya palabra ni siquiera aparece- u otros términos que remitan a discursos más o menos codificados, nos habla de un yo narrativo estrechamente vinculado a figuras poéticas. En este sentido podemos hablar de un texto liberado del cautiverio racional de la lógica del testimonio. Y además, en tanto lenguaje poético, participa de la paradoja específica de la formación lírica —formulada por Adorno en su "Discurso sobre lírica y sociedad"(53-72)-, según la cual la subjetividad se trasmuta en objetividad, y su estado de individuación en contenido social. Este lenguaje libera todo lo que la sociedad ha reprimido, pero es social a su vez, por proyección y oposición, en tanto cifra de una sociedad otra.[7] La elección estética garantizaría una mayor profundidad y perdurabilidad en lo social. Un registro explícito con el énfasis puesto en la transferencia comunicativa de datos o acontecimientos quedaría entrampado en la cosificación mecanicista y subalterna, además del riesgo de la vulgaridad que siempre arrastra la marca y la persistencia de la represión.
Al oxímoron que postula a la imaginación como territorio real (138), se le superpone otro que también alude a la proliferación imaginaria provocada por el encierro: este territorio, este enorme infinito desierto de dos metros cuadrados (144). La idea de infinito concentrado nos remite, obviamente, al aleph borgiano: ahí, en el pozo de castigo, detrás de la puerta sin pestillo, bajo siete cerrojos también hay un aleph. Un aleph que condensa los libros, las visiones de una vida, el testimonio de muchedumbres expandiéndose dentro de la cabeza de un hombre encerrado. Confluencia de todos los tiempos y los espacios: allí ahora el telón de la capucha se vuelve a levantar para los diez minutos de visita (...) en el instante simultáneo donde el tiempo corre por su cuenta y sin reloj (166). El límite de este infinito provocado por la más radical de las carencias es, paradójicamente, la unidad: una falta, una:
Hay una cosa que acá no hay, papá. Niños. No hay niños. No se puede vivir en un mundo sin niños. Y mi mundo, Viejo, no tiene niños. Así que cuando me llevan al escusado trato de traerme alguno. (124/125, el subrayado es mío)
Y luego cuenta como recorta, cuando encuentra, fotografías de niños de los diarios que hay para limpiarse. La falta de papel higiénico le sirve para neutralizar la otra -la de niños- con los recortes del periódico El País, que guarda en sus zapatos. Desde ese estado de absoluto despojo, el reclamo por los niños se constituye en una condensación del gesto narrativo y un manifiesto político: se rescata el futuro del escusado, si es preciso, para hacerlo camino articulado con la memoria (conservada en la caja de zapatos de la madre: 25 y 77), desde donde provienen las fotografías reproducidas al final. Entre ambos desplazamientos históricos la imaginación (pisoteada, golpeada) se revela como un medio de producción de sentidos a partir de los residuos, de los restos, de la nada.
La palabra nunca pronunciada es un tótem (158) operando de manera silenciosa. Pero aquí se trata de un silencio activo —como dice Susan Sontag (1997: 36)-, en tanto expresión de rechazo de ciertos mecanismos racionalistas y como propuesta germinal de otras formas de pensamiento, un silencio que mantiene las causas abiertas y fuera del tiempo convencional. El silencio -como hemos visto- es trabajado por lo menos desde dos ópticas en la novela. Uno, sinónimo de sometimiento y complicidad, es un silencio de muerte, frente al cual se rebelan los prisioneros del campo en Polonia, a la vez que constituye un tiro por elevación a los mecanismos inductores de miedo colectivo utilizados por las dictaduras para asegurarse la indiferencia en la población, aquél no enterarse como programa de vida.[8] El otro sentido manifiesta, por medio de lo inefable, un quiebre en la homogeneidad del discurso, opacidad de un silencio que se puebla de presencias y de voces, que instala un límite ante lo inaccesible a la vez que un desafío, ya que es a partir del reconocimiento de esa carencia (de recuerdos, de comunicación con el padre, de recursos) que el relato emerge.[9]
Por eso la palabra caldea, aramea, babilónica, hebrea, se manifestó atravesando los diferentes espacios para volver a unir lo que fue arbitrariamente separado (166). Cuando la ilusión de la certeza abarcadora se ha roto es necesario recoger los restos cenicientos, hurgar en la sombra de la anfibología y lo inasible, en lo que no puede ser descifrado ni traducido puesto que debe permanecer oscuro y decir con esa oscuridad otra manera de decir. En la lengua corriente –enseña Blanchot (1993: 42-44)- se confunde a las cosas con su nombre sin percatarse de que el nombre es socavado por la muerte. El lenguaje poético pone de manifiesto ese desplazamiento y esa ausencia constitutiva de la palabra. Ahora bien, al hacer de la palabra una desaparecida del texto se desquicia esta paradoja de la lengua, pero además se apuesta a la restitución de una presencia que es colocada fuera del alcance de la muerte –en tanto ausencia de una ausencia- y en tanto palabra literaria.
La palabra no está dicha porque surge en condiciones irreproducibles y evidencia de esa forma informe —sin nombrarse, nombrando- lo indecible. Dicha, correría el riesgo de quedar prisionera en una entelequia, tapando el hueco con una cáscara. Porque además, esa palabra producto del encuentro con el padre expresa el triunfo de lo inasible y de la transgresión del interdicto, la derrota invertida, la pérdida puesta del revés. Lo inefable -además del sentido místico-religioso y su conexión con lo sublime- puede ser leído como la actitud de resistencia del lenguaje literario a participar de la atrocidad haciéndola inenarrable: en la subversión del instrumento lingüístico la palabra encontraría su trascendencia. Esta insistente manifestación de lo no dicho pareciera presentar la falta como una montaña volcánica levanta su cráter al cielo. Una manera de esgrimir lo inefable que termina por fundirse en su contrario, haciéndose imborrable.

Notas:
1.- Las cartas que no llegaron, Montevideo, Alfaguara, 2000, (todas las citas remiten a esta edición).
2.- Respecto del Testimonio y la compleja red de problemas inherentes al género me he ocupado en "Testimonio y novela", estudio recogido en Gustavo Lespada, Esa promiscua escritura, Córdoba, Alción Editora, 2002 (pp. 93 a 120).
3.- "Porque la fantasía, ¿sabes?, es la única cualidad humana que no está sujeta a las miserias de la realidad." (43)
4.- Ya en El bataraz (1999: 138-139) se afirma explícitamente la realidad de la imaginación, a la que el propio Marx le asignara un rol fundamental en la configuración del proyecto, etapa indispensable en el proceso material del trabajo humano.
5.- Rodríguez Molas (1985: 149-169) nos proporciona una crónica y un documentado estudio sobre las aberraciones realizadas por los militares argentinos (1976-1983) en estrecho parentesco con la metodología del nazismo.
6.- Uruguayismos: "del pique" equivale a en seguida o inmediatamente. Hay otros, como "chiva" por bicicleta (148) o "peludear" por pedalear (147).
7.- Jorge Monteleone hace un excelente análisis de estos planteos sobre poética y sociedad, a partir de su propia traducción del texto de Adorno, en "Gelman: el salario del impío" (inédito, 2001).
8.- Así resume Noé Jitrik (1984: 254) esta actitud generalizada en nuestro país durante los años de plomo, en "Argentina: esquizofrenia y sobrevivencia". En Vigilar y castigar, Foucault señalaba en los sometidos a un régimen de vigilancia, la tendencia a reproducir internamente las coacciones del poder (1991: 206). Otra categoría útil para pensar la autocensura introyectada por los sujetos, es la de inxilio (exilio interior), tal como la expone Carina Perelli (1986: 90-92) en De mitos y memorias políticas.
9.- Franco Rella (1992: 165-175) hurga con erudición en ese borbotear de lo indecible, en ese signo libertario atrapado en el lenguaje de los hombres, en esa silenciosa promesa de redención de todo lo que ha sido avasallado y vencido.

Gustavo Lespada (Montevideo-Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Hugo Mandón – 1929/1981 (Larrechea - Santa Fe/Argentina)

Acceder.

Accede en la mañana al corazón de la madera
que arde en mis fuegos
y a la luz que sube desde el este
y al calor de tu mano compañera
aquí
donde tengo el mate y el agua tibia
y los huesos quietos
y las palabras creciendo la luz

palabras para nombrarte
para decirte íntegramente
para saludar tus pechos de historia nutricia y tus muslos
fríos como mojarras
y tus duras rodillas
minerales y severas
y tus codos apoyados en la historia reciente
hecha entre los dos
y tu vientre calmo
y tu pie pequeño y tu oreja celeste
y tu pelo sin color ni abundoso

accedo he dicho a la plenitud prefigurada de otro día
sin saber muy bien
si soy yo o es otro el que ocupa mi lugar

todo porque te considero como a los días
jamás iguales
sin identidad posible
sin anuncio de la noche oscura
con sol
con la luz de tu piel cambiante
con las lluvias de tu tristeza
accedo a ti.

Pájaro.

Es de franco mal gusto y peligroso adornar cosas amables
como son los manteles, los dormitorios y las tortas de bodas
con fieles figuras de pájaros, sus picos y sus ojos feroces
con alas tensas, con el desgarramiento de los vuelos.

Y sin embargo la gente lo hace de ese modo y reincide.

Es cuando afuera, en el aire liviano, frío de la tarde
un pájaro oscuro y magro llega a las grandes ventanas
y allí pica con furia los vidrios congelados, las maderas blancas.

Adentro se admiran y comentan las figuras del pájaro ornamental.
Afuera, el otro pájaro se hará pedazos contra los vidrios.
Nadie sabrá de su solitaria ansiedad.

Nadie escuchará su sangre rota.

Sombra de las glicinas.

Una vez estuve con mi cicatrizado músculo del pecho debajo de la densa y olorosa fronda de las glicinas. Estuvimos en la sombra del plumaje lila de la mañana. El perfume parecía llover.

Había en aquel lugar rodeado por el campo y tan lindo como verde, una bomba de agua fresca y una palangana color rosa donde lavaban sus manos los hombres del trabajo. Había muchachas frescas como el agua de la bomba, rientes, embellecidas por la luz dorada, que cocían pan en la honda cocina roja. Y el olor de los hornos llegaba a nosotros mezclado con la dulce fragancia de las glicinas estallantes.

Fue una mañana vieja e inolvidable.
El campo era verde, reían las muchachas y el agua en la palangana rosa.
El perfume de las glicinas era como una llovizna sobre nosotros.
Ardían los hornos del pan y creo que era diciembre.

Los cactus.

Amo los cactus por sedientos
porque sé que la sed es una esperanza carnal y porque toda esperanza define profundamente la condición humana.

Amo a los cactus por pacientes
porque sé que la paciencia fluye de la confianza en el dios
y a falta de éste, en la propia fuerza, que aún vive en la debilidad.
Amo a los cactus porque han sabido dolorosamente diferenciarse
rotundos, excluyentes: han preferido la ausencia de las frescas y fugaces floraciones y han sabido sacar espinas del secreto corazón del agua escasa; han transfigurado la pobreza en arma defensiva.

Amo a los cactus por solitarios
porque siendo así demuestran que generalmente las fuerzas menguan
cuando el individuo se disuelve blandamente en las muchedumbres.
Amo a los cactus porque suelen ser subestimados
porque son juzgados insignificantes melancólicos
pálidos penitentes, resignados a los eriales de la tierra flaca.

Porque así se los considera, los amo.
Y ello, porque es de mi naturaleza adherir a la mayoría de las cosas no estimadas por la generalidad de los hombres.

Muertos y no muertos.

Hay quienes, inciertos, espantados,
se quitan a cada rato del breve ramaje personal
la pegajosa sustancia de los muertos;
es la gente primaria, aún la mímica del mono,
rústicos imagineros viscerales que suponen
y nada más
el interior abominable de las tumbas.

Ellos temen al cadáver y su inercia
y su marcha hacia el polvo, a las harinas del hueso
a su disolución escondida, sellada, indigna del ausente
amado por el pensamiento, sin materia alguna
vivo en la llama que arde en las manos abiertas.

Ellos, los monos postreros, juncos del barro
son los que no saben cosechar la flor sino comprar el crisantemo
los autores de las tristes, convenidas, vulgares inscripciones;
son quienes veneran, a punto de olfativos, los sepulcros
pero temerosos de la intimidad que esconde el mármol;
los que se contraen en feroces pesadillas
en las cuales les sonríen los rostros descompuestos
y son mirados por las cuencas heladas de la esposa
o buscados por el brazo descarnado de la madre
y a veces, besados por los labios negros del amante.

Pero siguen obstinados, renovando flores compradas
frente a los mármoles pulidos cual espejos
a las feas y vacías exclamaciones de congoja blanda
frente a los Cristos decorativos
ignorando que las Cruz no manda sobre el gusano
pues tiene otro alto destino: el de la esperanza
en el fin de los tiempos y el gran suceso
y las buenas nuevas encendidas en una madera ensangrentada
una vez y para siempre.

Ellos son, al fin, los cavadores de la propia fosa
los primitivos adoradores de la miseria abominada
los que no han aprendido todavía a dejar crecer
buenamente y sin prisa
en paz a los muertos en la tierra caliente del corazón.
Son, al fin, en los cementerios fríos y ventosos, no más
que muertos verdaderos que circulan y comentan
andando sin saberlo, no entre muertos
sino entre sus propias sombras vacilantes y mezquinas.
Pero, aunque no lo sepan ni lo sientan, por sobre ellos
inclinados
y también para ellos,
comprendidos, abarcados, amorosamente resumidos
brilla la luz inmensa, sin origen ni término
que recoge, intacta, pura, inalterable
la real materia de los amados que no cesan de repetir
veraces y dulces las partes la palabra que perdura.

Pero los temerosos de la intimidad de las tumbas
no saben de tales amados. Sus oídos tapiados no oyen.
Ellos huyen del recuerdo de la carne que transita…
Pero la luz inmensa los recoge y de alguna manera los redime.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Crónicas del agua

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)
russomannomonica@hotmail.com

I

La gente tiene todavía muy cerca de la piel del espíritu la inundación de 2003. Ya habían hecho los bolsitos hace rato en los barrios del oeste. Es así de exagerada la gente, se acuerda de lo malo. Pero acá tenemos la facultad de ingeniería hídrica, ¿Cómo va a ocurrir de nuevo? Es la gente ignorante que ve crecer el Salado y se asusta, que ve cómo el Paraná llena la laguna que se va trepando despacito por los pilares del puente colgante, y se asusta. Pero no va a pasar nada, eso decían los que saben, los que observan las fotos satelitales y monitorean (les encanta decir "monitorean" las cotas de riachos y ríos).
Nadie podía saber que el cielo se nos caería sobre las espaldas, sobre las cabezas, sobre los techos de losa o de chapa. Pero se cayó. Y cómo, me preguntaba en el salón de clases semidesierto mientras por las ventanas caía el cielo, cómo es que el agua que es tan pesada adentro de un balde está flotando allá en el cielo. Cómo es que un océano viaja por los cielos y esas toneladas etéreas caen así, tan desde arriba, tan compactas. Pero el cielo cayó y cayó y anunciaba con luces eléctricas, con avisos de catástrofe luminosos que seguiría cayendo. Y siguió cayendo. Cinco metros de agua cayeron en cada pequeño espacio de la ciudad y de las ciudades vecinas, y sobre el campo extenso.
La temida inundación que nos cercaba por el este y por el oeste, retenida a fuerza de defensas, dio un salto y nos atacó desde arriba. Pero vino. La gente ignorante que la esperaba no se alegró por haber acertado contrariando los pronósticos de los catedráticos. A ellos les toca el dolor y la pérdida.
Otra vez los mismos relatos. Cuatro años después. Cuatro años de tiempo en el que el Comité de Crisis y Defensa Civil debiesen haber trazado los planes que se revelan, otra vez, inexistentes. Vayan aquí algunos aguafuertes. acuarelas, me temo:
Don Caballero y su mujer, en barrio Chalet. Ya tenían el bolsito preparado. La otra vez perdieron casi todo, él perdió, por mucho perder, hasta una pierna. Esta vez al menos prepararon los documentos y algo de ropa. Por la radio les dieron el lugar de concentración donde irían a buscarlos para la evacuación. Ese lugar estaba ya bajo agua. Y no fue nadie.
El presidente de la vecinal consiguió unas canoas y así llegaron a tierra firme. De ahí, cada cual adonde pudiera ir. Un amigo del sobrino los fue a buscar con una camioneta y los llevó con hijo, mujeres y nietos a la casita donde se apiñaron ocho. Allá están. Por obra y gracia de los vecinos y familiares y desconocidos solidarios.
Las artesanas en Esperanza sintieron un horrible zumbido que provenía del cielo. El sonido de las trompetas de los ángeles exterminadores, quizás.
Se pusieron debajo del dintel de una puerta aguardando un aterrador tornado.
Y el zumbido seguía intolerable, hasta que se inició el bombardeo atroz. Era granizo de un tamaño imposible, que destrozó todo.
Mary fue rescatada de su casa con el agua a la cintura. En canoa. No se llevó nada. Es empleada doméstica. En el 2003 perdió todo. Ahora, cuando llegó al centro de evacuados, estaba con la ropa mojada y sin comida. Otra vez, otra vez con la nada por delante, con la certeza de haber perdido todo lo que pudo conseguir en estos cuatro años. Mojada y hambrienta, tan espantosamente sola.
Myriam en el extremo norte de la ciudad, en el barrio transformado en una isla. Un amigo fue a hacerles una provista al supermercado, no pudo llegar con la camioneta 4 por 4. Entonces un grupito de adolescentes salió en expedición a buscar víveres para varias familias. Tienen para hoy y para mañana. Después se verá. La arena para frenar el agua que le entra a los Zanelli por el fondo se las dio una vecina que estaba construyendo. Y tienen ganas de reírse todavía, y cuando pasó Tito todo de amarillo el Rober dijo "vienen los Teletubis" y todos se reían. Y se reían cuando miraban con apetito la bolsa de arroz de la perra. Y todavía tiene espíritu científico Myriam, que me contó que la tortuga en el patio estaba paradita en la pared a 45 grados, alejándose unos centímetros, lo poco que podía pobrecita, del suelo amenazante.
Y en los edificios de las Flores suben las cucarachas. Los alacranes salen en toda la ciudad de los sumideros. Los gorriones bajo la lluvia se comen las lombrices que afloran para no ahogarse en la tierra que está saturada de agua.
Ya no llueve, pero se viene el agua que busca el cauce del río. Desde lejos se viene, atravesando campos. Quienes sobrevolaron la zona hablaron para la radio con una voz donde se nota el temblor involuntario.
El caos se asienta, se decanta, va tomando la ciudad como la otra marea.
Están los que cobran peaje en las avenidas, los que saquean a los que huyen con sus cuatro cositas y los pesos ahorrados. Los que en las escuelas que funcionan de centro de evacuados amenazan a las maestras que no tienen nada que ofrecerles y no saben de dónde fabricar colchones, o ropa, o comida.
Pero los de Defensa Civil, los funcionarios de la municipalidad, deliberan. Les sale bien eso de deliberar. Mientras tanto cada uno hace lo que puede y ayuda si puede y le dan las ganas y el coraje. Como hace cuatro años, como siempre, socorre el buen samaritano y las fichas se acomodan según van cayendo.
Después escucharemos explicaciones razonables. No me cabe duda.

II

Vino Mary del refugio improvisado en la escuela. Tiene los ojos rojos Mary, y va formando imágenes en el aire la Mary; cuenta y cuenta mientras toma leche con tostadas en la mesa de la cocina.
Dice que la buscaron en canoa, y cuando llegaron a la “San Cayetano” los encerraron con llave, y no los dejan salir por miedo a que se metan otros y rompan, o roben, o vaya a saber qué cosas que puede hacer la gente cuando es mala y se siente impune, y afuera está el caos. Dice la Mary que no comieron desde la noche que llegaron hasta la otra noche, un día entero estuvieron sin comer, y las tripas le hacían ruido y se le quejaban.
Cuenta la Mary que no les dan comida para los perritos, pero los perritos son la familia, también, así que de su ración come, y esconde un poco, y con eso le llena las tripitas al cuzquito que pobrecito, también es gente o al menos más gente que algunos.
Y cuenta que si tenían frazada no les daban colchón, a pesar de que a la noche se vino el frío, y eso de estar arriba de la frazada pero sin nada para taparse no abriga, y el suelo además de duro estaba helado. Así que lo peleó la Mary al hombre, y le dieron un colchón para los cinco de la familia que se juntaron allá en el refugio. Y adónde, pregunta la Mary, adónde van los colchones que quedaron en el camión ¿No? Y es la misma pregunta que hacía ella y que hacía tanta gente hace cuatro años.
Y dice la Mary, y le da un poco de vergüenza y le cambia la voz cuando lo dice, que tienen que mentir para que les den agua caliente. Tienen que decir que hay un bebé y una mamadera para que les den agua caliente. Pero cómo, cómo se aguanta sin el mate el hambre, el frío, la angustia; cómo se comparte y atenúa, sin mate, tanto sufrimiento. Le da vergüenza decir que tiene que mentir para que les den agua caliente.
Los baños bien, limpios, bien por suerte. Pero es una escuela, las escuelas no tienen calefón ni termotanque, hay que lavarse con el agua fría y de ducharse ni hablar, claro, lavarse un poco para ir tirando, y escuchar por ahí “estos negros mugrientos”.
A lo mejor la heladera vuelve a andar, si la sopletean con agua y compresor como la otra vez, eso si no estalla la puerta de entrada y las cosas se van flotando, se pierden en la calle donde se van a juntar todos los peces muertos de la resaca. Dice que la heladera a lo mejor ande, pero no puede imaginarse la casa y la heladera, tan pesada, que flotará extrañamente como los buques de hierro y toneladas excesivas. La heladera flotando por la casa es intolerable. Cambia de tema. Mejor hablar de ahora, de acá, al futuro todavía no tiene el coraje de enfrentarlo. Ya llegará con las aguas servidas, los cimientos que ceden, el olor y la podredumbre. Otra vez, un futuro que exuda pasado de pesadilla, esas pesadillas cíclicas que cambian las leves circunstancias pero no el terror de fondo que siempre es el mismo.
Cuenta que la Negrita se aburre, la nena encerrada en un gran dormitorio de colchones y gentes deprimidas. Me pide un mazo de cartas para la Negrita. Todos se aburren, con la desesperación del que siente que algo urgente lo requiere, pero tiene la pesada tarea de aguardar. Afuera tiene que bajar el agua.
Y la Mary cuenta, con los ojos rojos cuenta y cuenta, y no quiere más tostadas. Y mamá que le ofrece más tostadas porque qué se puede hacer sino ofrecer tostadas, y escuchar, y sentir. Y yo que salgo a comprar cosas. Cosas, a prepararle un bolso de cosas. Qué poco podemos hacer salvo ofrecer cosas que le faciliten un poco la jornada. Pero no está en mí el poder de hacer milagros. Le armamos con mamá unas bolsas de cosas y le deseamos buena suerte. Y nos quedamos con los relatos y los ojos rojos en la mente y en el corazón. Hasta pronto. Mejor suerte. Hasta pronto Mary.

III

El tiempo se ha detenido. Es el momento de mirar el agua y de comprobar que no baja; el tiempo de mirar el cielo nublado, ese compacto cielo amenazante. El tiempo suspendido de todas las esperas que convergen en un silencio de escala de grises.
Es el tiempo del nudo del relato, el tiempo de defenderse del hastío, el tiempo igual a si mismo cuando no quedan ya palabras nuevas. Cuando se repiten las historias que ya fueron contadas, cuando empieza a trabajar la ira desde abajo, desde el fondo. Cuando las manos no hallan reposo en el trabajo y comienza la calma preñada de monstruos.
No lo oigo, pero en el silencio de la ciudad parada hay un llanto, ladrido de perros en la oscuridad, fogonazos y detonaciones.
Es el tiempo en que el estupor y la agitación se velan por la luna que entre nubes fosforescentes recorre el rectángulo de la ventana. Velas entre muros húmedos. La vieja, la antigua caverna que nos protege del afuera hostil. Esa sensación de sitio, ese abismo.
La radio que pone en ondas la tragedia, que imparable destila nombres y lugares precisos poniendo en particular la generalidad de las urgencias. Las voces que se encienden y desaparecen recién brotadas, ese extraño silencio del tumulto, esa insensibilidad del extremo dolor.
Es, me lo digo, el tiempo en que las voces se confunden como en las tribunas, y surge la sola y única voz plural de un pueblo que grita, así como las calles y campos anegados han formado un único espejo líquido que refleja un cielo inclemente.
Asusta este silencio de masa sonora, este silencio de chicharras, esta aguda nota sostenida hasta que duele. Da miedo este silencio, da miedo este tiempo mudo de mirar el agua, de mirar la oscuridad allá afuera, de mirar las manos cerradas en puño.
Hay que dejar que la voz se desenrolle, decir de vuelta, otra vez, no importa cuántas veces decir lo que pasa y lo que pasó. Hay que escribir la sinfonía de los desesperados, dar a cada instrumento un espacio para elevar su motivo o bajarlo, o desentonar como la trompeta que se desbarranca desde las alturas conquistadas. Hay que permitir que se liberen las fuerzas agazapadas en los vientres crispados.
Es el tiempo muerto de la espera. No muramos.
En los centros de evacuados, en las casa secas, en los techos de la vigilia acecha la ferocidad de quien está obligado a esperar. Las garras dejarán surcos en el revoque desgranado, los colmillos se ensañarán con el compañero de celda. Estallará, uno por uno, cada miembro del clan que se revuelve en el lecho caótico del desastre. Y lo que fue en un principio solidaridad se tornará codicia y maledicencia, la simpatía se replegará bajo escamas aceradas, molestará el que hace, el que no hace, el que simplemente se interpone.
Habrá que superar este tiempo de caldera a presión, este tiempo de algodones sucios, de bocas negras. Habrá que superarlo mientras la luna se desplaza entre nubes fosforescentes. Silenciosa.


IV

Dos de abril, fecha de oprobio, de recordatorio de los muertos, fecha de los soldados que volvieron o quedaron en las Malvinas. Cuántos de ellos estarán ahora bajo el agua, como estuvieron bajo el agua en aquellas heladas trincheras. Cuántos, me pregunto, con la misma falta de atención que sufrieron allá. Este es un país duro que no cobija a sus hijos, demasiado pronto a diluir y disfrazar, con enorme capacidad de olvido y de perdón para los culpables.
A causa de la radio me sorprende una de esas carcajadas inesperadas.
Entre la madeja informe de quejas y reclamos y noticias de cortes y piquetes, un funcionario dice que se vieron superados por este fenómeno inédito de una segunda inundación. Me río y le digo a mi mamá que está colgando la ropa lavada a la luz del cielo blanco, "escuchá, escuchá, un fenómeno inédito que se repite" Y está buena la excusa; me los imagino dentro de un tiempo, sorprendidos en su buena fe por el fenómeno inédito de una décima inundación. Y todavía sin bombas de desagote, sin plan de evacuación, sin saber muy bien quién y cómo tienen que hacer qué cosa.
Otro fenómeno que se repite, que terrible y repugnantemente se repite, es el del abuso de los niños o las mujeres en los centros de evacuados. Esta vez y que yo sepa, detrás de la terminal de ómnibus, en los galpones que fueron del ferrocarril. Una nena esta vez, una nena de seis años esta vez, y mujeres que toman sus hijos, sus pobres bártulos y se van a su casa aunque todavía tengan agua. Madres, mujeres que huyen.
Y la ferocidad del sexo que brota en los centros, en las salas comunes, sobre el suelo. Reparten condones. No pasó un mes de evacuación, pasaron seis días. Entiendo la urgencia de los jóvenes acicateados por el desastre, pero me conmociona. Como en las guerras, como cada vez que los dioses o los elementos, o la Historia se desatan, los cuerpos se buscan en la obscuridad, entrelazan los anhelos, engendran para no morir. Lo entiendo, pero me aterra la bestia suelta en la noche. Huelo su aliento y no es dulce.
La ciudad mañana volverá en si, termina el fin de semana largo.
Prescindirá de los menos favorecidos, pero seguro que ni lo notaremos.
Apenas por los baños químicos que continúan ocupando algunas veredas, por esa gente en hojotas y con bolsitas exiguas que transitan con rostros inescrutables. Sólo los del oeste y suroeste seguirán dentro de la pesadilla. No se los extrañará en los bancos, en los negocios, en las tiendas ni en los cafés. No se los extrañará, simplemente. Al fin y al cabo, como hace cuatro años, volverán a sus extramuros y nos iremos olvidando de las paredes que se desgranan y de las fotografías ahogadas. Aunque digamos que no, que esta vez si que los vamos a recordar, como a los veteranos de Malvinas.

V

Una película norteamericana no termina hasta que no haya habido una buena explosión, una novela de Ágata Christie hasta que no se resuelva el misterio, y aquí las cosas no finalizan hasta que aparezca un paredón. A los que hacen piquetes, habría que llevarlos al paredón. Así son las soluciones que brotan, que emanan de la gente, y esa frase inevitable la escuché hoy.
Al paredón y listo. Solución final.
Los piquetes son como las huelgas, molestan. Son unos cuantos vecinos que cortan las avenidas, las calles, las rutas, para pedir cosas. Es la gente que no encuentra otra manera de que se oiga el reclamo, y son los maleantes que aprovechan la situación y enturbian ese reclamo.
Y a los piquetes lo sufren los que trabajan, los que se quedan sin provisiones, los que tienen que realizar una expedición para llegar al trabajo, los que no pueden acceder a los hospitales o centros de salud. Los sufrimos todos; caldean los ánimos, reducen la tolerancia y paralizan la solidaridad. Son, quizás, la mejor manera de hacerse odiar por los conciudadanos.
Pero, y esto es lo trágico, seguimos confirmando la letra de "Cambalache" ; el que no llora no mama y el que no afana es un gil. El que no llora no mama, no hay ayuda hasta que no haya piquete, hace falta llorar a los gritos para conseguir alguna cosa, y que el reclamo sea justo hace que actuar contra los piquetes sea una canallada que el gobierno en pleno año electoral no está dispuesto a cargar en las espaldas. Por eso, no actúa para disolver los cortes, y tampoco actúa contra los ladrones que se disfrazan de piqueteros y cobran peaje en las calles.
El que no afana es un gil, y más si la emergencia y el caos les otorgan impunidad.
Como el reo que se guarece en un jardín de infantes para que no le disparen, los ladrones que toman el nombre de piqueteros para el saqueo y la prepotencia, se mezclan con la pobre gente desesperada que, de otra manera, no sería oída.
Confundidos todos para desgracia de quienes se encuentran urgidos por la necesidad y la falta de asistencia.
Si el plan de emergencia tuviese solidez o una mínima operatividad, si la gente confiase en los gobernantes, si la organización permitiera ayudar a todos en la misma medida y con la misma eficacia. Si todo esto se diese, no debería de haber piquetes. Si no hubiese piquetes, los ladrones serían simplemente eso, ladrones, y la policía no tendría que actuar dentro de esa zona borroneada que los ampara.
Pero son condicionales que no concuerdan con la realidad que soportamos.
Entonces, al paredón. Todos. Y la solidaridad que asomaba se vuelve al armario donde permanece guardada, hasta que encontremos personas necesitadas con quienes hacer caridad, siempre y cuando no molesten.

VI

La inundación pluvial lo mojó todo, desde las calles, casas, barrios completos, hasta las letras dibujadas con agua ahora, desdibujadas ahora, de mis ensayetes acuarelables. Nidia me escribió que desea lo imposible, un texto sin paredes mojadas ni trágicos paredones.
Y en esta hora en la cual la magia ocurre día a día, en esta hora precisa y repetida de cada atardecer, el sol inclina la cabeza por debajo de las nubes, y como un niño que se asomase por debajo de una mesa nos regala una sonrisa feliz. En esta hora maravillosa casi puedo decirle a Nidia que no habrá, en este texto, paredes mojadas ni paredones.
Por debajo del cielo nublado amarillea la luz. Esta luz al ras, luz teatral, luz escénica, hace que las hojas de los árboles se transmuten en verde esperanzado, rejuvenece y limpia. El esplendor de las hojas tiernas y transparentes, de luz y savia, enciende el alma. Con sol podemos creer en el futuro. La luz disipa el medio tono de la derrota, nos hace caminar erguidos, nos permite descansar, unos pocos minutos quizás, pero descansar, de los terrores obscuros.
Entonces podemos ver que las plantas han florecido, que los gorriones no cejan en su empeño de vivir a los saltitos, ni los horneros abandonaron la reconstrucción eterna de sus hogares de barro.
La vida sigue. Lo sabemos gracias al sol; la luz lo dice, lo proclama por el aire la tenue dulzura en sepia de esta hora mágica. Un chico de un centro de evacuados juega concienzudamente a las bolitas en la vereda.
Alguien pasa en bicicleta y silba. Se escucha una risa detrás de una ventana cerrada.
La vida sigue.
Y habrá, claro, paredes mojadas. Pero ahora, en esta precisa hora enclavada en el centro del infortunio, ahora sabemos que esas paredes se secarán. Y sabemos también que luego de los preciosos minutos de la esperanza vendrá la larga noche. Pero sabemos, también, que mañana habremos de sacar las escobas y el detergente para poner orden en nuestros pequeños mundos.
Lo dice, lo asegura, la amarillenta luz del sol atardecido.

VII

En la escuela, en cuarto grado, los chicos escuchaban la explicación del dibujo que tendrían que realizar. Tenían que registrar gráficamente cómo los había impactado el agua en la ciudad. No eran chicos de los barrios afectados, pero todos escucharon relatos de familiares, amigos de los padres, vieron personalmente o por la televisión la catástrofe. Las voces agudas se entremezclaron en historias, postales, recuerdos.
Escucharon que un relato se puede hacer con palabras o con imágenes, y que un dibujo es más certero a veces que una fotografía, porque al dibujar no se plasma la totalidad sino que se escoge lo importante; lo más importante para el dibujante, y por eso quien realiza la imagen está contenido en ella a través de su mirada.
En el dibujo estaría la inundación, y estarían ellos detenidos, también, en este cuarto grado que se iría perdiendo en el tiempo extenso de su niñez. Esto vi, esto pasaba, allí estuve, así fue.
Y los chicos hablaron de los yacarés que aparecieron en Altos del Valle, de los botes, de la gente en los techos, de los helicópteros, de los tiroteos y de los piquetes.
El problema es que el agua marrón parece tierra, así que lo solucionaron mezclando los crayones marrones del agua verdadera, y los crayones celestes de esa agua esquemática, el agua celeste como debe de ser el agua en un dibujo infantil.
Alguno se sintió obligado a aclarar “pero yo no me inundé”, a lo que la respuesta “la ciudad se inundó, todos vivimos en ella”, los dejó tranquilos al entender que no usurpaban la calidad de víctima.
Todos dibujaban.
Todos menos uno.
Alguna cosa lo inquietaba. Finalmente preguntó si podía dibujarse en el patio, jugando con el hermano en la lluvia. ¿Eso es lo que más te impresionó de todo? Silencio, cara inexpresiva. Si, eso.
Y así recordará el final de marzo y el comienzo de abril del 2007. Para su dicha o desdicha, conservará la imagen de su hermanito y de él, jugando alegremente en el patio de su casa, bajo la lluvia.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Piedra que germina

Después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste
San Juan de la Cruz

Como raudo rayo fecundado
el Amor desciende.
Con sus garras abre
surcos en la tierra.
Y crece el musgo,
el limo blanco, el árbol
venerado por la tribu.
Y la ternura crece
sobre el alba.
Y el corazón del día surge
como denso susurro
de la roca.
Y el océano inicia
impetuosa danza consagrada.
aquí el fulgor renace.
Si pusieras tus ojos en mis ojos.
Si pusieras tus labios en mis labios.
Si tu boca afuera abeja enardecida
O aguja voraz hurgando en la sangre.
Si te posaras, sedienta, entre mis piernas,
te amaría densa, torva, tiernamente,
como quien por primera vez asoma al mundo,
como quien por primera vez
desgarra una violeta.
Todas las cosas arden si te miro.
Todas las piedras germinan si te amo.
Como gorjeo intempestivo vienes
y tu presencia bebo cual arroyo
donde los ángeles se inclinan.
Como una lenta danza que seduce,
como rocío fértil en la arena,
como la castidad del santo que crepita
ante la suave perfección de la figura inmaculada
vienes.
Qué arduo trabajo el tuyo, Amada: ser hermosa.
El graznido del cuervo me estremece,
el vuelo del pegaso me seduce,
el gorjeo de tu voz me satisface.
Sin ti, abeja tierna, el Universo carece de sentido.
Como un patriarca fiero me conduzco,
como un profeta sabio te profano.
Amada Reina del Valle de Jovel,
La del Rostro Dulcísimo y Terrible,
Sé que vienes de donde crecen los manzanos
Y que en tus ojos anidan las colmenas.

Ay cuánta miel derramándose en el iris
Y cuánta perfección en tu figura.
Que el oro de mis besos te sostenga.
Que la roca de mi canto te consagre).
A TI NO TE DERRIBARÁ la muerte.
A ti jamás te tocará el olor maldito de la tumba
aunque las leyes de la flor, la insobornable
rueda del verano se deslice, y perturben
y acosen tu belleza.
Gacela, grulla o corza
como una madre tierna te cobijo,
pero tiemblo si un golpe lúgubre
de realidad te toca.
Conjuro la presencia de lo eterno.
Brillante lágrima de sol:
yo desperté a la serpiente,
yo vi temblar al unicornio,
yo desaté al dragón enfurecido.
Frágil, perturbado,
para cantar escucho el ritmo lento del silencio,
para amar me sumerjo en el vacío.
¿Quién dice que el terror calcina?
Desde la esfera más alta entrego
mi voz en el océano.
Y palpito
y me erizo
y me consagro
ciego.
Turbo la turbia tarde.
El corazón alberga rosas, muñones agrios,
amargas fauces que devoran.
También es puño enronquecido.
Pero me doy a ti cual caracol sediento.
Delirio, purificada brasa que palpita,
¿ante la Luz qué hacen los ciegos?
Me inclino, hierba endeble, si me miras.
Mi corazón naufraga en ola súbita.
Fulgor sonoro al mediodía eres,
arena humedecida la ternura.

Óscar Wong (México)

Tiempo de permanencia

Acaso de un perfume que desnuda
Acaso de un viento que vacila
si batir adioses
si agitar los siglos.
Voluntad que aspira a ser de mar abierto.
Voz que exige espacio destejiendo la trama que sofoca.
Conciencia de sí misma
reclamando la historia que construye.
Eco de vidas silenciadas
alineándose en rutas todavía sin trazar.

Mujer, es tu tiempo de relámpago
y de permanencia.
Arqueóloga de la escritura de tu sexo
rescata la garganta que derrumba olvidos.

Nela Río (Canadá)

Cortaziana con lluvia y chocolate

Si una mujer te invita a un chocolate espeso espumeante
insinuando la tarde con mar de albaricoque al fondo
y tú no sabes si mayo o la mujer si la mujer si lluvia
todo poema prometido es una mandarina esdrújula
un voto en vilo un niño mudo en pleno parque
una acuarela sorda o tres cerezas tristes en un trípode
melódico mordaz y el chocolate o la mujer y el chocolate
o la mirada que se filtra por la tarde entra por el teléfono
se derrama indiscreta por las piernas de azúcar
dice algo sin decirlo la lluvia la mujer el chocolate
o el poema quizás el poema tal vez la tierra prometida
o volver a empezar hasta que salga el poema la lluvia
el chocolate la mujer o

René Rodríguez Soriano (República Dominicana)

Ítaca

Detrás de su huella se borró el camino.

Lejos de sus ojos,
la Ítaca olvidada
floreció de una eternidad transparente
su dimensión
ahora es otra
quizá la mentira crea la felicidad.

Ulises sigue vagando triste
No saben nada los caminos
de aquel que borró su huella.
Ítaca no lo recuerda
ya no tiene su aroma en las laderas
ya no florece de amor para sus ojos.

Dicen que después de sus batallas
lloraba por aquella casa
hoy escondida en sus pupilas

El camino incierto y pobre
frente a su grandeza
le hizo olvidarla.
En otras aldeas de espejo dejó su estirpe.
Los pasos rotos
no sangran lejos de los espinos
ni añoran ya los otros pasos.

Susana Reyes (El Salvador)

Presupuesto de jubilado

¿Qué se han quedado sin pagar las cuentas?
No importa. Las flores son indispensables.
Y esas buenas botellas de roja ambrosía
que afortunadamente no rompen la banca.
El recién descubierto concierto para piano,
el almuerzo en los chinos una vez por semana.
Escribir a la luz de lámparas antiguas,
despertar acariciando el vidrio.
El último volumen sobre el niño mago,
la magia dolorosa de los bailarines
con cuerpos que trazan el amor y la muerte,
aéreos como un brazalete de plata..
Esa camisa de escandalosos pétalos,
todo lo que dé gozo a los sentidos.
¿Qué no ha llegado el cheque? Ya llegará mañana.
Mientras tanto, se acepta la mentira de plástico.

Alfredo Villanueva-Collado (Estados Unidos)

PÁGINA 13 - Narrativa

La sangre que llegó al río
(un cuento de navidad)

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

No hay antídoto (séame permitido advertirlo)
contra la conmoción de los encuentros.
Virginia Woolf (Las olas)

Lo sostengo, lo acuno entre mis brazos, no sé qué hacer con él por él, no mueve la cabeza y la sangre mana sin pausa del vientre hundido, una larga hebra que formó un arroyo un cauce inquieto anegando ranuras entre baldosas hasta desagotar en la alcantarilla.
La corrida los crujidos de pasos quiebres murmullos de hojas y ramas pisoteadas el disparo envuelto en sombras, el miedo el sudor frío le hicieron persignarse invocar el salto mortal del Hombre Araña, el vuelo rectilíneo de Superman suspendido en el abismo alcanzar la vereda salvadora el paraíso; pero... ¡¡aahhhjjj!! ¡¡scrassshhh!!, todo acabó en un fatal ensartarse (la cola del pescado tensa coleteando) en la flecha, la punta de la reja, tambalear soportar el dolor el vahído el golpe seco porque la campera gastada lavada mil veces cedió a la afilada punta de hierro, para eso la clavaron allí, para atrapar ladrones y entretanto el dogo entrenado ladraba sin parar y una baba espumosa chorreaba las quijadas cubiertas de pelo como embetunado negrísimo. Y ahora al gemido de dolor se suma como un grito un rayo la sirena penetrando esta noche dulce, tempranamente perforada de estrellas.
Quince años si llega, más no tiene el pendejo; se muere en su ley, dictaminó el policía, ¿pero de dónde salió el policía?; y yo pensé: qué ley, un raterito inédito inofensivo, la brillantina de la estrella de Belén aún pegada a los dedos a la ropa, diluída en el rojo intenso de la sangre un delta manso y la sorda aventura (un tembladeral una bomba de tiempo) de avanzar y llegar al río. Cómo imaginar la cantidad, el volumen supurando de un cuerpo aún bosquejo, sólo prefiguración.
Busco algo, diarios apilados lo que sea pero no hay nada que sirva en la basura, nada; improviso un bulto una almohada con mi abrigo levanto apoyo suavemente la hermosa cabeza la palidez los ojos que quieren no pueden asirse de nada huyen se van lejos.
De lluvia toda gris envainada de bruma debió haber sido, una noche opaca. No esta otra desafiante clara potente y tantas ganas de vivir a pesar de que a él se le escapa el pulso el aliento todo, hasta el último soplo. Una noche de espejos rotos, de gasas húmedas, sudarios colgando del cielo
Quiero adivinar orientar mis pasos. Late agudo el silencio y por algún raro efecto acústico la sirena en vez de acercarse parece que se aleja y las pocas caras morbosas merodeando la escena rotan sobre sí y ascienden -minúsculos asteroides horadando un remoto cielo abovedado- cuando rezo busco ayuda en las alturas un gesto una palabra mágica la lámpara el genio dispuesto a cualquier cosa con tal de ayudarme, de ayudarlo; y entonces aparto bajo lenta la mirada, los asteroides tan ajenos distantes reticentes a la muerte dormida entre mis brazos; y al hacerlo mis ojos espantados la ven hecha jirones, los restos esparcidos silenciosos de la estrella culpable de pronto enmohecida, el frágil cuerpo del delito antes reluciente en el pino en medio del jardín; la estrella degradada la cola del cometa que lejos de guiar a los magos al pesebre brilló seductora, el dulce canto de las sirenas olvidado en los tímpanos de Ulises, y le marcó al chico el acceso más directo el escarpado camino de la muerte. A pocos metros de los dos, de él y de mí fatalmente unidos en el frío glacial cobijado entre mis brazos. Involucrados, bordados nuestros cuerpos en el mismo gran tapiz: nada fácil olvidar este tonto imposible final que corta la lengua quema la garganta clausura el pensamiento y no me deja llorar porque en el fondo no quiero, porque es mejor hundirme en la sorda estática claridad de esta noche fijando el dolor la impunidad para siempre como si un gran pincel los repasara con una laca indeleble. No llorar, sí dejarme tragar por esta densa gravidez en torno a la luz extinguida del cometa que él imaginó rutilando en el árbol vacío despojado, encapsulado tal vez en este raro inmóvil momento simultáneo del otro que percibo dolorosamente nítido; y esto ocurre porque pienso (imagino), la mirada de la mujer que lo espera y vigila confiada el hervor de la comida y no sabe, no querrá saber que alguien –el vigía: un ojo grande un cáliz negro abriéndose un pozo un latido perverso –, gatilló su opaco deletéreo poderío de chacal y en apenas segundos le dejó deshojadas agujereadas las manos, decapitado el corazón. Ella espera largas horas su obstinada paciencia de Penélope, una esfinge la silueta en la silla adosada a la ventana corre la cortinita ya no quiere las estrellas un oscuro presagio la impotencia el desasosiego no le gustan los horarios la noche de pronto amenaza una guerra de sombras el silencio como un aura un augurio silencioso, la calma que precede a la tormenta.
Los ojos fugitivos, remolinos sombríos, apresan un punto fijo: sólo para él flotan esquirlas anillos de humo rosas té. Murmura pide abrir una puerta. “De oro”, me parece oír; “dónde”, pregunto; “lejos”, se le caen, de algodón, de pluma, las palabras. La sangre ya no escapa, la sirena bruscamente a la vuelta de la esquina apaga el cuchicheo. Las caras asteroides han bajado contritas solidarias, se conduelen lo alzarían, si por ellos fuera lo llevarían en andas, un cortejo de ángeles, moños y ramilletes de rosas rococó para el difunto príncipe sapo; las manos armadas de piedras de palos la horda milenaria una vez más la cacería buscando devorar al asesino (siempre la misma máscara los cuernos incrustados en la frente) en el jardín devenido laberinto los recovecos desniveles canteros crisantemos magnolias escalones. No queda nadie. Jadean desesperan escupen larvas las manos vacías y el arma oscureciendo el fondo de algún pozo.
Clausuro cierro los párpados tan suaves. Alguien trae una frazada. Lo envuelvo tiene frío, se estremece, enjugo su sangre en el costado empapado, la ambulancia los paramédicos se vuelven fatigados descompuestos impotentes nada de nada que hacer salvo la llovizna de mis lágrimas, los brazos de todos reclamando al cielo.
Busco la dirección un documento un papel. Alguien dice: “vive allá”, señala el sur. Como un sonámbulo, oigo voces enteladas: la ambulancia hará el traslado, el policía el médico. Detrás de un lienzo tendido ante mis ojos (un diorama) veo la sombra avanzar doblar la esquina la cadencia de carroza funeraria el repique metálico los cascos sobre un asfalto doliente la sirena troquelando el aire pálido quieto en un cielo con marcas estelares de azúcar impalpable. Lo retiran lo desatan de mis brazos, por última vez lo imprimo lo fijo en mi memoria y no olvido el árbol mochado sin estrella en lo alto y ya no es una, suman dos las estrellas mutiladas.
“Quiero acompañarlo”, digo, como si soñara que digo, le hablo sin voz al médico al policía (absortos los dos en la ventanilla cada uno en la suya, intentan rehilar sus propias vidas en suspenso); “yo también”, digo, les digo, y levanto, dibujo un tono más duro, decidido: “una vez yo también robé una estrella de Belén, señores, tenía doce, trece años; fue una noche de diciembre así de clara, como ésta, de papel de calcar. Salté otra reja otro jardín los ojos el deseo puesto en la punta encendida del árbol tan brillante dorada y la cola azul. Pero alguien me seguía con los ojos de fuego predadores furibundos las hermanas alemanas las viejas como brujas de la casa. Me bajaron del árbol sin usar balas, señores, sólo a golpes, a escobazos; y fue un vértigo, el salto al vacío la serpentina el abordar desde un peñasco el agua azul turquesa. Después sentí dolor puntadas huesos rotos, el desmayo, dejar de pensar, un quirófano y la luz encandilándome. Y ahora retejer los hilos de este cuento como quien trama un recuerdo ardido un antiguo viaje sobre brasas.
-Otro tiempo –dijo el policía. Soslayaba mis ojos, miraba hacia un costado.
-Otra ética – dijo el médico –, entonces la sangre no llegaba al río.
Rehusaron. Pretextaron. Partieron quedé solo y sólo pude seguir el trazo el vuelo de la sangre que corrió viajó quiso perderse cobijarse en las aguas colectoras delatoras del río y desde allí (medusas, filamentos, nutricias linfas viajeras) a los mares y a caballo de las olas sorber lamer los bordes espumosos, reverberos a la orilla del planeta.
Mejor. No verla así, no verla nunca de esa manera, coronada de dudas, la sonrisa a medias porque todavía no sabe no hay certeza pero algo intraducible la obligó a salir (lo presiento), atraída por el rayo sonoro la sirena, y a quedarse parada allí, ventilando su intemperie en la vereda, secándose las manos el ajo la cebolla en el delantal, la cacerola destapada; no se acordó del hervor cuando el vehículo se detuvo y destrabaron las puertas traseras y el policía abrió la boca y dijo... Y el olor a quemado tampoco lo sintió y se tapó la cara con las manos.
Todo esto entrelacé, junté, anudé las puntas, los restos mientras subía al corazón de la noche enmielada por la calle de los plátanos, y me pareció una noche tan desprovista de materia, tan sin nada, y la sordina de las chicharras cada tanto. Anunciaban calor.

PÁGINA 14 – Narrativa

Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas [ ]

Por Patricia Suárez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

A Rodrigo de Escobedo:
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocéfalos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descobriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: “Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvísteis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consoláos, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la pasión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacísteis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la fermosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginábais que vos no íbais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójate a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.

Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.

PÁGINA 15 – Artículo ensayístico

Ha llegado un buen lector

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

Hace unos días dicté una conferencia en Buenos Aires en torno a la mirada poética o más precisamente a la experiencia de lo real en lo poético. Comencé diciendo que, en líneas generales, se lee poco y se entiende peor. No se estudia, no se va a las fuentes, no se anhelan maestros. Y de poesía ni los poetas tienen la mínima idea. Todo es veloz, fugaz, chabacano. Pobres de toda pobreza intelectual balbucean algunas imágenes, podan uno que otro endecasílabo, memorizan versos fácilmente olvidables. Suelen ser pedantes, vanidosos y, sobre todas las cosas, patéticos.
No todos, naturalmente. No todos, la mayoría. Escriben mal sin conmoverse, suspendidos de la incredulidad. Sienten el mármol y lo eterno al publicar un poemario o recibir un premio. Creyendo ser profundos distorsionan lenguaje y pensamiento. Sospechando originalidad buscan el surrealismo desde lo híbrido. Como críticos, profesores y aspirantes a genios deambulan por la misma torpeza literaria, se abrazan unos a otros deliberadamente eficaces. Y se palmean la espalda, se otorgan homenajes sin pudor, unánimes.