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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007.

Resumen

Año I - Nº 4

20070318145846-sonar-es-libertad-eduardo-palma2.jpgGACETA LITERARIA Nº 4 – ABRIL de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la trayectoria del fotógrafo mexicano Eduardo Palma Ramírez www.ikotea.com
Obra: Soñar es Libertad

PÁGINA EDITORIAL

La literatura como misión.

Bien sabemos que la literatura, como tal, carece de virtudes extraordinarias que la conviertan en agente de cambio, en efectiva mediadora de transformaciones sociales o en generadora de evoluciones humanísticas. Sin embargo, incluso sin disponer de cualidades omnipotentes, todavía permite ofrecer testimonio de los acontecimientos que ocurren en un lugar y en un tiempo determinados, a través del ejercicio de la palabra escrita.
De allí que quienes ejercen el oficio de manera especialmente sensible o particularmente socializante, al haber aceptado el talento de advertir las injusticias, no pueden sino sentirse presionados por una realidad circundante que los impulsa a respaldar, casi en forma instintiva, las grandes causas que desvelan a los pueblos. Entonces, como extraños “caballeros de triste figura”, como lastimosos guerreros de lápiz y papel, combaten contra los gigantescos molinos de viento que atentan contra la dignidad del ser humano, se sienten incapaces de traicionar sus convicciones acerca de principios éticos tales como el ejercicio de la equidad, de la honestidad, de los derechos y la práctica de la emancipación, el buen uso de la palabra en rebeldía o el natural ejercicio de la libertad.
Y sin entrar en disquisiciones personales relacionadas con la legitimidad o ilegitimidad del compromiso artístico, sin pretender tomar parte en algún tipo de cruzada, en alguna práctica de retóricas restrictivas entre los defensores del arte por el arte y los paladines del arte comprometido, resuelven asumir que no son otra cosa más que individuos, que, como tales, habitan territorios rodeados por precisos calendarios, y que este es un contexto altamente condicionante.
Por ello no pueden ni quieren desvincularse de los acontecimientos políticos, sociales, educativos de su realidad, de su tiempo, de sus circunstancias.
Cuando su singular entorno sociográfico ha vaticinado el fin de la historia, la supresión de fronteras geográficas y el abandono de la fe, quienes escriben desde lugares poco propicios a la justicia, a la igualdad y a la libertad no pueden menos que tomar con seriedad la suscripción a la única ideología posible, la ideología de la conciencia que es la ideología del amor. Una ideología capaz de comprometerlos con la causa de los postergados, de los marginados, de los desposeídos y asumir el reclamo de su voz para tomar partido, para decir, para contar, para denunciar.
Porque aun cuando su obra no parezca alcanzar los niveles formales de relevancia analítica, sienten que quizás exista la posibilidad de que, a través de ese modesto aporte donde el pensamiento, las emociones, las voces de quienes no pueden elevar el canto celebran el encuentro, ellos puedan descubrirse, reconocerse, identificarse.

PÁGINA 2 – Poesía nuestra

Poema

Bienvenida al lecho de tus padres.
Ninguna diferencia
entre orgasmo y espada.
Dadora de sentido,
la muerte está de tu lado
en el acierto del puñal.


Juan Valenti (Rosario-Santa Fe/Argentina)


Aún hay tiempo

Aún hay tiempo en el corazón del hombre,
aunque certeramente no lo sepa.

Oscar Agú (Santa Fe/Argentina)

Dicen por mí.

Llevo un sombrero grande
hace mucho tiempo,
un sombrero de pájaros
llevo.
Me acompañan, me sueñan.
Me identifican, ellos.
Dicen por mí, esta vida.
Esta historia
esta música que nace
y se esparce en el universo.

Llevo un sombrero.
Un sombrero de pájaros, llevo.

María del Pilar Lencina (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

III

Amada, viento de junio
en la intemperie.
Uva de las noches
y el mal.

Sólo vivo
con la presencia
de tu olvido.

Carlos Vladimirsky (Santa Fe/Argentina)

El Réprobo

El que pronuncia oscuridades con las lenguas del fuego.
El que danza para alcanzar la altura con un salto.
El que conserva el ritmo del molusco, el que puede quedar en trance ante la piedra.
El que se envuelve con el viento fresco y sobrevive como las gacelas.
El que entre los recuerdos del álbum familiar no está en la foto.

Susana Valenti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Los hombres de los cayucos

Por María Flavia Catella (Santa Fe-Málaga/España)

Hoy otra vez. Y mañana. Y ayer y el día anterior.
Salen con el frío húmedo de la noche y muchos se van con las gaviotas de las primeras luces del amanecer.
Son los hombres de los cayucos, imparables, llevando a cabo una travesía que raya la locura, la irresponsabilidad, la negligencia, pero que, por otro lado, se lleva los lauros del esfuerzo y del sacrificio en pos de la vida misma, aunque la pierdan en ello.
Y cada mañana al levantarnos, en nuestros desayunos, vemos sus ojos enrojecidos, perdidos frente a las cámaras; envueltos en mantas, unos junto a otros, en una extraña e inesperada soledad poco premeditada.
Llegan periódicamente a las costas españolas con todo su bagaje de sueños y esperanzas pero inmóviles por el frío y el hambre; con la piel seca y lastimada por el agua del mar, las piernas débiles y el corazón en silencio, abrumados por la incertidumbre y asustados por el probable resultado de su hazaña.
Nosotros pertenecemos, como ellos, a esa parte de la sociedad que mira más allá de las fronteras que les fueron asignadas. También nos arriesgamos al mar y nos dejamos envolver en mantas que desafían las pasivas condiciones de un destino prácticamente preestablecido.
Pero nuestros cayucos eran otros y no todos contamos con las mismas probabilidades de sobrevivir. No a todos se nos presentan las mismas posibilidades de crecer, de emerger dignamente, de absorber la vida y permitir que tantas lágrimas valgan la pena.
Hay una gran herida que no dejará de sangrar, ni en nosotros, ni en ellos, ni en las familias que quedaron al otro lado de nuestras determinaciones.
Tenemos facultades diferentes, llegamos en condiciones diferentes, contamos con posibilidades diferentes y, probablemente, sea diferente el color de nuestra piel. Sin embargo, en la hipocresía de esas diferencias está el saber que tenemos mucho en común con tantos hombres y mujeres valientes, de enormes corazones, como el continente que dejaron tras sus espaldas castigadas por el frío del mar.
Nos sabemos iguales cuando nuestros cuerpos se estremecen en desesperada impotencia ante sus ojos cansados, adivinando sus temores.
Nos sabemos iguales cuando vemos sus manos jóvenes, vacías y débiles, ávidas de fuerzas y de cariño.
Y, sin lugar a dudas, nos sabemos iguales cuando advertimos que nos une un mismo idioma: el de la ilusión, como estandarte de vida.

PÁGINA 4 – Artículo de opinión

¿Familias autistas?

Por María del Carmen Villaverde (Santa Fe/Argentina)

A la hora de las preguntas sobre pluralidad semántica, sobre mundo computado, sobre robótica y cibernética, sobre la “máquina de fabricar sueños” que la pantalla doméstica nos trae a diario para que caigamos rendidos a sus pies con la misma obediencia con que devoramos las “migas agridulces de las novelas enlatadas”, es importante tener presente la vida sensoperceptiva que profundizan, segundo a segundo, los medios de comunicación, un tema sobre el cual las familias parecen permanecer “autistas”.
Hay que reconocer y dilucidar, ya, la problemática del manejo eficiente de la fuerza interior que cada ser humano tiene la posibilidad de ejercitar, por su propio esfuerzo y realidad cotidiana, originando silencios para pensar, para imaginar creativamente, haciendo mundos, recreando mundos, compartiendo mundos, en la vivencia multiplicada de crecer asombrándose, riendo, dando. A tal fin, y apenas como para enunciar una propuesta, es necesario destacar las inquietudes que al respecto tienen los investigadores.
Según el Dr. Osvaldo Panza Doliani: El hombre, como sistema de información biológica es mucho más que la suma de las estructuras neuroquímicas que lo forman. Estas estructuras evolucionan coordinada y cooperativamente, respondiendo a los estímulos de la enseñanza con modificaciones distributivas temporoespacialmente, de acuerdo a las exigencias secuenciadas por ese continuo universal, tan ignorado, del que el hombre forma parte sin reduccionismos. Por eso, entender los procesos biológicos que imponen los estímulos de la enseñanza de la lectura, por ejemplo, no significa encerrarse en las fronteras del cerebro y reducirlos a un órgano, sino aceptar a este como a la materia insustituible que es moldeada por los instrumentos de la educación…”
La vida y el desarrollo normal de las personas está dependiendo hoy, de sobredosis de “alimentos-estímulos”, exteriores, alejados indiscriminadamente por comunicaciones deformantes que alteran los aprendizajes y producen conductas progresivamente deformadas en las que todas las familias deben detenerse y tomar partido.
Por ejemplo:
• Diez horas continuadas, semanalmente, dentro de lugares cerrados y en penumbra, con detonantes ininterrumpidos de golpes rítmico-musicales (más ruido que música), sobredosis de decibeles y alienantes entrecruzamientos de láser.
• Tres o cuatro horas diarias de “bombardeos” televisivos y publicidad compulsiva.
• Fosilización de vocabulario y significados.
• Atrofia cotidiana de relaciones afectivas.
• Bloqueo del desarrollo intelectual por falta del apoyo progresivo de logros productores de conductas claras, seguras, sin riesgos sociales.
• Ausencia de suficientes y estimulantes competencias lingüísticas y lectoras.
• Asistencia a una generación de individuos normales que por falta de “maduros” y “correctos” apoyos sistemáticos, llegan indefectiblemente a la anormalidad conductual.
En toda esta vorágine de ludoteca expresiva, el hombre debe jugarse la verdadera carta de ser humano.
Le toca a la familia, a los adultos responsables, reconocer que una eficiente postura crítica respecto de las máquinas de producir sonidos e imágenes, implica una revalorización del tiempo familiar destinado al diálogo, a la natural necesidad de silencios creadores, se generarán los modelos (generalmente ausentes) que niños y jóvenes, a través de conductas violentas, están pidiendo a gritos y se alcanzará la cuña vivencial, de crecimiento pleno, por la que ellos penetrarán con fuerzas luminosa al mundo de mañana.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Olga Orozco – 1920/1999 – (La Pampa-Buenos Aires/Argentina)

El pródigo

Aquí hay un tibio lecho de perdón y condenas
—injurias del amor—
para la insomne rebeldía del Pródigo.
Sí. Otra vez como antaño alguien se sobrecoge cuando la soledad asciende con un canto radiante por los muros,
y el aliento remoto de lo desconocido le recorre la piel lo mismo que la cresta de una ola salvaje.
“Levántate. Es la hora en que serás eterno.”
Y otra vez como antaño alguien corta sin lágrimas unas ajadas cintas que lo ataban al cuadro familiar,
y sepulta una llave bajo el ácido musgo del olvido.
Detrás queda una casa en donde su memoria será sombra y relámpago.
Él probará otros frutos más amargos que el llanto de la madre,
arderá en otras fiebres cuyas cóleras ciegas aniquilen la maldición del padre,
despertará entre harapos más brillantes que el codicioso imperio del hermano.
¿Hay algún sitio aún donde la libertad levante para él su desafío?
Allí está su respuesta: una furiosa ley sin paz y sin amparo.
Pero noche tras noche,
mientras la sed, el hambre y el deseo dormitan junto al fuego como errantes mendigos que soñaran una fábula espléndida,
otras escenas vuelven tras el cristal brumoso de su llanto
y un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros
lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas.
Es el antiguo amor.
El elegido ahora cuando el Pródigo torna a rescatar la llave de la casa.
Ha pagado su precio con el mismo sudario de un gran sueño.
¡Oh redes, duras redes que intentáis contener el viento de setiembre:
permitidle pasar!
No vino por perdón: no le obliguéis a expiar con el orgullo.
No vino por condena: no le obliguéis a amar con indulgencia.
Otra vez como antaño sólo vino con un ramo de ofrendas a cambio de otros dones.
No haya más juez que tú,
Dios implacable y justo.

En donde la memoria es una torre en llamas

No, ninguna caída logró trocarse en ruinas
porque yo alcé la torre con ascuas arrancadas de cada infierno del corazón.
Tampoco ningún tiempo pronunció ningún nombre con su boca de arena
porque de grada en grada un lenguaje de fuego los levantó hasta el cielo.

Nadie se muere aquí.
Una criatura vela
envuelta entre sus plumas de ángel invulnerable
jugando con ayer convertido en mañana.
Vuelve a escarbar con un trozo de espejo los terrenos prohibidos,
la oscuridad sin nombre todavía,
para entregar a cada huésped la llave al rojo vivo que abrirá cualquier puerta hacia este lado,
una consigna de sobreviviente
y las semillas de su eternidad
—un áspero alimento con un sabor a sed que nunca cesa—.

Nadie se pierde aquí.
A la entrada de cada laberinto
la adolescente aguarda con un ovillo sin fin entre las manos.
Otra vez del costado donde perdura el eco,
una vez más del lado que se abre como un faro hacia la soledad,
hay un hilo que corre solamente desde siempre hasta nunca,
que ata con unos nudos invencibles las ligaduras de la separación.
Con ese mismo hilo tejía sus disfraces de araña la impostura
y el estrangulador, noche tras noche, preparaba su lazo mejor para mañana.
Pero ella sonríe aún detrás de su cristal de azul melancolía
escribiendo sobre el vaho de las nuevas traiciones las más viejas promesas
con un tizón ardiendo,
para que nadie pierda la señal,
para que a nadie borre ni siquiera el perdón.

Nadie sale de aquí.
Yo convierto los muros de ansiosas hogueras que alimento con sal de la nostalgia,
con raíces roídas hasta el frío del alma por la intemperie y el destierro.
Yo cierro con mis ojos todas las cerraduras.
No hay grieta que se entreabra como en una sonrisa para burlar la ley,
ni tierra que se parta en la vergüenza,
ni un portal de cenizas labrado por la cólera, el sueño o el desdén.
Nada más que este asilo de paso hacia el final,
donde siempre es ahora en todas partes al sol de la vigilia,
donde los corredores guardan bajo sus alas de ladrones de adiós a todo mensajero del destino,
donde las cámaras de las torturas se abren en una escena de dicha o infortunio que ninguna distancia consigue restañar,
y por cada escalera se asciende una vez más hasta el fondo de la misma condena.

Esta es la torre en llamas en medio de las torres fantasmas del invierno
que huelen a guarida de una sola estación,
a sótano cerrado sobre unas aguas quietas que nadie quiere abrir.
A veces sus emisarios vienen para trocar cada cautivo ardiente por una sombra en vuelo.
Entonces oigo el coro de las apariciones.
Llaman áridamente igual que una campana sepultada.
Zumban como un enjambre elaborando para mi memoria un ataúd de reina helada en el exilio.

Mis días en los otros ya no son nada más que una semilla seca,
un hilo roto,
la irrevocable momia del olvido.

La cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.
¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?
Las Estrellas anuncian el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.
Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos.
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
—algo más que ese todo—.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.
Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.
Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.
¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.
En tanto el carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.
Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.
Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.
He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

Variaciones sobre el tiempo

Tiempo:
te has vestido con la piel carcomida del último profeta;
te has gastado la cara hasta la extrema palidez;
te has puesto una corona hecha de espejos rotos y lluviosos jirones,
y salmodias ahora el balbuceo del porvenir con las desenterradas melodías de antaño,
mientras vagas en sombras por tu hambriento escorial, como los reyes locos.

No me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma inconcluso,
miserable anfitrión.
Puedes roer los huesos de las grandes promesas en sus desvencijados catafalcos
o paladear el áspero brebaje que rezuman las decapitaciones.
Y aún no habrá bastante,
hasta que no devores con tu corte goyesca la molienda final.

Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos.
Ni siquiera al comienzo,
cuando me conducías de la mano por el bosque embrujado
y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre inalcanzable
o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor de miedo e inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas!
No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como una manzana de oro.

Demasiado apremiante,
fuiste después el látigo que azuza,
el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias.
Demasiado moroso,
me condenaste a ser el rehén ignorado,
la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.

Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,
cada pacto firmado con la tinta que fraguas en alguna instantánea eternidad,
cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,
cada casa erigida en la corriente que no vuelve.
Lograste arrebatarme uno por uno esos desmenuzados fragmentos de mis templos.

No vacíes la bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las desmesuradas galerías del eco.

Tampoco yo te concedí una tregua.
Violé tus estatutos.
Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan porvenir.
Hice una sola hoguera con todas tus edades.
Te volví del revés igual que a un maleficio que se quiebra,
o mezclé tus recintos como en un anagrama cuyas letras truecan el orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil,
opaca, prisionera en mis vidriosos cielos,
Estiré tu piel seca en leguas de memoria,
hasta que la horadaron poco a poco los pálidos agujeros del olvido.
Algún golpe de dados te hizo vacilar sobre el vacío inmenso entre dos horas.

Hemos llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma.
Sé que no habrá descanso,
y no me tientas, no, con dejarme invadir por la plácida sombra de los vegetales centenarios,
aunque de nada me valga estar en guardia,
aunque al final de todo esté de pie, recibiendo tu paga,
el mezquino soborno que acuñan en tu honor las roncas maquinarias de la muerte,
mercenario.

Y no escribas entonces en las fronteras blancas “nunca más”
con tu mano ignorante,
como si fueras algún dios de Dios,
un guardián anterior, el amo de ti mismo en otro tú
que colma las tinieblas.
Tal vez seas apenas la sombra más infiel de alguno de sus perros.

Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquello que se buscaba en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte n tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

La religión del Arte

Por Héctor Martín Rotger (Santa Fe/Argentina)

Acostumbramos a tratar del arte deteniéndonos en lo expresivo. Enfocamos o determinamos su práctica ajustados a la restricción de la cultura dominante. Y ésta, la actual, tiende a ser una cultura poco proclive a conmover su laicidad. Sin embargo, emparentar arte y religión no debiera parecernos aventurado ya que a través de no pocos el arte intentó correr el mojón que separa la indagación creativa de aquel terreno que pone al alcance de lo numinoso.
En general, el parentesco entre las dos palabras: arte y religión, queda supeditada a lo que la historia recoge de la prolífica veta de arte sagrado, o arte dedicado a la temática de lo sagrado. Más interesante sería llevar la deliberación a si la práctica misma del arte no constituye un intento de religación, con independencia de las temáticas aludidas.
Religión es religación, es volver a unir, volver a ligar, lo que presupone partir de un estado de desunión, de quiebre esencial. Ese quiebre determina la pérdida de algo que se tuvo, o, sin situarlo en un tiempo determinado, de algo cuyo dominio se nos está escapando por ignorancia o inadvertencia.
Remitiéndonos a las tradiciones del occidente monoteísta cabe hablar de una caída, de un paraíso perdido, y de un derrotero de peregrinaje en busca del estado primordial, de una restauración de genuina identidad, aludida por las corrientes místicas del judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Como soporte de este peregrinaje sólo podemos contar con el testimonio de las heterodoxias, solitarias u organizadas, ya que fueron ellas las que mantuvieron vivo el simbolismo que lleva del olvido, lethe de Heráclito y avidya de Buda Shakyamuni al recuerdo, la vidya o aletheia .
Del tránsito entre estos estados habla claramente un aforismo del Budismo Zen, como demostración de que en este terreno se interpenetran latitudes y escuelas no sólo sin menoscabo de sentido sino abonándolo .
Cuando empecé al camino, las montañas eran las montañas y los ríos eran los ríos. Después, las montañas no eran las montañas y los ríos no eran los ríos.
Ahora, las montañas son las montañas y los ríos son los ríos.
… lo que, a nuestro juicio, guarda íntima trabazón con la temática del arte imbricado en el empeño de religar, de poner ( o reponer) esas montañas y esos ríos en clave de significatividad mistérica.
El camino del recordar empieza en un no saber. El arte no trata con un mundo hecho. La experiencia sensible ordinaria es subvertida en una indagación que no podemos predecir a dónde llega. Esas montañas y esos árboles pasan a estar entre paréntesis. Los significantes se trastocan, las letras se interpermutan como en la Kabalá porque hay una total disconformidad con la normatividad perceptiva.
No, mi corazón no duerme. / Está despierto, despierto. / No duerme ni sueña, mira, / los claros ojos abiertos. / Señas lejanas y escucha / a orillas del gran misterio. // Antonio Machado.
En la Edad Media de occidente, la atribución de la palabra “artista” era reservada a los alquimistas que laboraban noches y días en transformar la materia prima en piedra filosofal. La acepción más noble de la palabra arte refería a arte de transformar el metal bruto en oro, reflejo del sol en la tierra - a propósito de ésto, Dante, en el Convivio III, 12 dice que "no hay nada sensible en todo el mundo más digno que el Sol para servir de ejemplo de Dios"- Laborando lo tangible se intentaba obtener, por sucesivas y escalonadas disoluciones, cristalizaciones, fusiones y combustiones, una propiedad identitaria en lo intangible. La cocción debía llevar a la conexión. Esto era lo que distinguía a los vulgares sopladores o carboneros de los verdaderos maestros. El maestro Eckehardt lo ilustraba diciendo “el cobre no descansa hasta convertirse en oro”.
Entre los numerosos cultores de la religión del arte y a propósito de esta referencia a la alquimia, entra en nuestra órbita de atención la pintura visionaria de Hieronymus Bosch, el Bosco, nacido por el 1450. Atestiguar una pintura del Bosco es entrar en un vórtice de metamorfosis que pone en entredicho todos los límites. Los reinos animal, vegetal y mineral, como así también todos los roles establecidos exceden las líneas demarcatorias de las convenciones, son desenfadada y desenfrenadamente mezclados en la persecución alucinada de una realidad que hace sospechar de lo verosímil de ésta realidad. Si toda llamada religiosa induce a sentir el extrañamiento, la nostalgia de los orígenes, como una suerte de cultivo embrionario llamado a develarse, según algunos, a través de la praxis artística, la llamada del Bosco pone de lleno ante el estupor de lo humano y lo metafísico interactuando en sus mutuas desgarraduras.
Elémire Zolla postula tres vías posibles de activación de la nostalgia inicial, intentando desbrozar vías de acceso a lo inaccesible. Todas tienen sus representantes en cualquiera de las ramas del arte: las tres vías son las del conocimiento, la de la emoción y la del exceso. Pero tal vez en ningún caso como en el del arte estas tres vías ofrezcan una resistencia mayor a ser desglosadas o particularizadas. El caso del Bosco quizá constituya en este sentido uno de los más paradigmáticos.
Pero esta incapacidad de desglosar conocimiento, sentimiento y exceso es una de las improntas que mueven a no poder separar el arte de lo religioso, siempre que convengamos en situar lo religioso más allá de las fronteras de la dogmática y las ortodoxias y no reduzcamos la noción de religión del arte a la de arte con temática sagrada.
En este sentido valdría arrimar una conjetura, como tal nada taxativa, sino esbozada por el esfuerzo de aproximarnos semánticamente, según la cual hay toda una cantera del quehacer artístico que en sí misma constituyó una sacralización operativa con independencia de la temática que pudiera abordar.
Claro que, para aventurarnos en la exploración de esa cantera, nos veremos obligados a otorgar menor importancia a los factores anecdóticos que rodean a la obra, (cuando no a removerlos por completo) y orientar nuestra atención a lo que según una corriente de pensamiento otorga a la operatividad misma en cualquiera de las ramas del arte este valor de sacralidad , tal como podríamos adjudicar a una ascética o a una actividad ritual o a una disposición anímica el poder de aproximar al borde de lo mistérico, de lo que en sí mismo permanece incognoscible.
Tal premisa de despejar de lo anecdótico para dejar desnudo el símbolo y palpitar en la belleza de lo que el símbolo transmite, irreductible a términos de intelección discursiva o emocionalismo fatuo, no es acorde a las prácticas en que se mueve la cultura de nuestro tiempo, donde todos los acentos de la crítica subrayan y hasta exclusivizan la cuestión anecdótica de un cuadro, una novela o una partitura.
Para ilustrar las diferencias entre una u otra postura respecto del arte, vendría bien recordar aquel encuentro entre un grupo de antropólogos que hicieron escuchar a un jefe indio desconocedor del lenguaje sonoro ajeno a su cultura, enteramente ritual, una grabación del Réquiem de Mozart. Al concluir la audición, el indio reflexionó de esta manera: "al fin el hombre blanco nos ha traído algo que lo hace digno de que le confiemos algunos de nuestros secretos".
La sola pertenencia a una cultura en la que sólo vale la actividad que no distrae
de eso que lo visible cotidiano transmite de lo invisible insondable, explica que la audición del indio traspasase todas las barreras culturales en las que hubiera quedado capturado el oído anecdótico.
Agustín López Tobajas dice a propósito de un texto sobre el simbólogo Ananda K. Coomaraswamy que "En una civilización tradicional, arte y técnica designan una misma relidad, inseparable, a su vez, de la religión y de la vida; toda actividad práctica está ahí impregnada del sentido de lo sagrado, y la belleza es resultado inevitable de cualquier proceso creativo.”
Lo anterior no autoriza a la conclusión de que el arte moderno (por decirlo así) no contiene o está vaciado de aquellos principios constructivos con raíz en lo simbólico. No es así. Pero no es así porque tanto el empeño puesto en el subrayado de las posturas ideológicas como la exacerbación de costumbrismos, modas y subjetivismos, son impotentes para violar el criterio último de belleza, tanto acústica como visual, que da categoría de obra, de operación sagrada, de laboreo con códigos emotivo-intelectuales de validez universal, códigos que en una época no globalizada, ya desde los testimonios paleolíticos de Lascaux y los monumentos megalíticos adoptaron en común todas las comunidades de la tierra.
Como se ve, no hizo falta llegar al Internet para comunicar a los hombres. Hubo en tiempos prehistóricos una comunicación cualitativa que se basó en el profundo reconocimiento de lo que la naturaleza transmitía acerca de formas y proporciones.
El matemático Leibniz definía a la música como "una secreta operación aritmética que hace el alma".
Imaginemos un caminante que no tiene que ser precisamente músico. En el entresijo de emociones, pensamientos, recuerdos de momentos y seres, inadvertidamente, (secretamente para nuestro conciente) se va abriendo paso una melodía. Esto es, una sucesión bien precisa de alturas sonoras con un ritmo específico que adopta la forma de un canturreo o un silbido. Esta forma primaria de expresión musical es el cimiento sobre el que se edifica todo el complejísimo edificio de su lenguaje. La operación aritmética, como dice Leibniz, es secreta. Ocurre en nuestro interior. Puede ser detonada por una búsqueda expresiva bien consciente, pero la combinatoria sonora (y aritmética) se realiza allí dentro, donde el principio de semejanza aritmética latente entre el microcosmos y el macrocosmos viene a manifestarse en una garganta como ideación sonora. La religación está teniendo lugar aunque el que inventa espontáneamente una melodía lo ignore.
No otra cosa es lo que sostiene el pintor uruguayo Joaquín Torres García cuando en su extenso tratado sobre el "Universalismo constructivo" habla del dibujo de los niños y la pintura de todos los pueblos aborígenes del mundo, de los testimonios gráficos de los antiguos, de las construcciones de templos, de cómo este modo de concebir el arte va unido al total desinterés por perpetuar el nombre del artista en la obra realizada. De éste anonimato, nunca cuestionado, que atraviesa toda la Edad Media cristiana y recién se interrumpe en el Renacimiento, cabe decir que, más que desinterés del artista por figurar al pie de tal o cual realización, denota que el nombre propio, el nombre histórico, propietario de la anécdota personal, se va quemando hasta convertirse en cenizas al mismo tiempo que adquiere materialidad la obra, en virtud de lo que la praxis artística tiene de sujeción devocional a los misterios expresivos que yacen escondidos en la materia y que se van develando a quien fielmente cultiva el arte como religión.
Hay un cuadro de Durero en el que se ve un alquimista rodeado de símbolos arquetípicos entre los que sobresale la piedra tallada de la perfección humana. Una profusa serie de elementos alegorizan el sentido de su búsqueda, el cuadrado de Júpiter, el compás, la clepsidra, etc.. Al fondo hay una rueda de fuego y más atrás el sol. Ahí aparece escrita la palabra Melancolía, que es la extrañeza o nostalgia de los Orígenes que mueven al buscador, en este caso al mismo Durero, de quien sabemos el nombre porque pertenece justo a la época en la cual queda el registro del artista.
Los mismos principios constructivos son aplicados en el Partenón y el violín Stradivarius, y todos adscriben a aquella geometría sagrada contenida en el número fi, el de la divina proporción, el número de oro (que recuerda a los alquimistas), el inconmensurable 1,618033… que patrocina las proporciones de los caracoles, del cuerpo humano, de la distribución de los brotes en un tallo y según parece, una indeterminada cantidad de criaturas que ignoran que son habitados secretamente por lo que en la historia de la matemática se conoce como la serie de Fibonaci.
En este orden de evocaciones acerca del vínculo inextricable, de correspondencias digamos, amorosas, entre naturaleza, psiquis, geometría y praxis del arte, el hilo o la red conectora une al músico-matemático Pitágoras con Paul Klee, Vassili Kandinsky, Escher, la música de Bach, que responde a una clave numerológica y la del húngaro Béla Bártok, que estructura por ejemplo, su obra Música para cuerdas, percusión y celesta según un riguroso patrón fibonaciano.
En el libro de Josep Soler Fuga, técnica e historia* encontramos este párrafo "El control y la estructura, absolutamente impensable, presuponen un análisis, antes de iniciar la obra y también durante su escritura; mas este análisis, por muy profundo que sea, es siempre un catálogo y ordenación de las apariencias, del "fenómeno", de la obra de arte. Lo irracional, la sucesión lógica de lo arcano, -tanto más lógico cuanto más cerca esté de su arquetipo-, no puede demostrarse ni enseñarse ni tratar de comunicarse ya que pertenece a la esfera de lo más íntimo del artista y ni aún él mismo puede conocer claramente cuáles son las bases en las que se apoya su instinto y en que grado éste le "obliga" sin que intervenga su voluntad. (a propósito de "la música es una secreta operación...")
"Saber cómo se escribe una fuga solamente se consigue escribiéndola y descubriendo, en el proceso de su escritura, la manifestación de lo oscuro; mas este descubrimiento únicamente es capaz de conocerlo aquel que ya lo ha conocido a través de su instinto y por la obediencia que supone la servidumbre de ser artista y el saber que la obra de arte es siempre una oscuridad enmascarada por lo aparente, por lo que recubre lo que se oculta en el interior del santuario y que no se patentiza a los profanos -cita de Plotino, Eneadas I, 6; 8-9) El artista desprecia lo superfluo, endereza lo torcido, torna brillante lo oscuro...hasta descubrir la obra de arte escondida, ínsita, oculta en su propio interior, velada por las apariencias -tan necesarias por otra parte- de la técnica."
La técnica es su medio, pero su fin es la manifestación de la fuerza emocional que a través de ellos halla su camino de salida derramándose en inagotable riqueza. En la cumbre del volcán se halla presente el compositor quien, con su técnica, con su organización permite a la lava abrirse camino canalizándola hasta nosotros y haciendo posible que nos pongamos en contacto con ella y la convirtamos en materia propia.
Así, un análisis, por muy complejo que sea, jamás agota las posibilidades de una obra ni menos agota la descripción de su esencia expresiva e íntima. Analizar -sea Bartók o Bach- es sólo descubrir algunos de los parámetros en los que se esparce y derrama esta música. Pero su esencia es inagotable y su emoción, el revés de la trama, está siempre intacto e inasequible para el espectador: trascendiendo al análisis está el misterio de la música y la revelación que a cada espíritu pueda llevarle; esta esencia impalpable y ajena, tanto al compositor como al oyente, es imposible de expresar o analizar: Aquí, como en tantas otras circunstancias, el medio no es el mensaje y el fin siempre está velado en espera de una re-velación o un des-velar que ya es una dimensión personal -como una epifanía, un nacimiento en la aprehensión de un verbo inasequible-, imposible de analizar y más allá -trascendente- a cualquier codificación.”
Como podemos ver, en el arte no son escindibles las tres vías de acceso a lo divino: la del conocimiento, la del sentimiento y la del exceso. En el arte, las tres se superponen aunque como tres voces simultáneas pueda una u otra sonar alternadamente más fuerte. Sin embargo, hay espíritus en los que las tres voces, o las tres vías, sostuvieron siempre una intensidad pareja. Tales casos entre otros los del místico-artista maestro Eckhardt y el del artista-místico William Blake.
Para que las tres vías se den en simultáneo, así como la geometría no se verá separada de la emoción, no se verá la emoción como un sentimentalismo, menos un sentimentalismo religioso. Del rol de la emoción dice Octavio Paz a propósito de un pequeño ensayo sobre la poesía erótica epigramática “Kavya”, de la India: El arte verdadero trasciende, simultáneamente, al mero artificio y a la expansión subjetiva. Es objetivo como la naturaleza, pero introduce en ella un elemento que no aparece en los procesos naturales y que es propiamente humano: la simpatía y la compasión.
En cuanto a la vía del exceso, como en el Tantra hindú, aquella vía que parte de la idea de que el mismo suelo en que caes es el que te ayuda a levantarte, -la vía del héroe o del Vijra-, esa vía que en aras de lo ilimitado desafía todo límite, se malogra si no es afrontada en la cumbre de la lucidez.
El arte, como decíamos, da cuenta de la existencia y expresión recíproca de estas tres vías.
El maestro Eckhardt se refería a Dios como "artífice exaltado". Respecto de cómo obra ese artífice dice "cuando Dios hizo al hombre el verdadero corazón interiorísimo de la Divinidad estuvo puesto en su hechura y, sin embargo, las obras de Dios encierran una mera nada de Dios, por lo que no pueden descubrirle". En esto hay resonancias de aquel aforismo budista que enuncia "el vacío es la forma y la forma es el vacío" y deriva también a que no hay posibilidad de conocer lo que está afuera si no se recuerda, por la vía de la nostalgia o la melancolía de Durero, que no se podría ver algo afuera si no hubiera estado adentro desde el principio.
Rosedad // Nada se oculta y todo sin embargo / debe desocultarse, extraña cosa / que para que la rosa sea la rosa / no baste con la rosa, siendo tanto. // Porque es tanto ser rosa, tanto aloja / la rosa siendo rosa, tanto encanto / todo propio de ella, que es extraño / pensar que no estoy viéndola, tan próxima. // La rosa no ocultándose está oculta / si mi ensimismamiento la sepulta, / si de su rosedad no me cultivo. // Hay rosa en propiedad cuando germina / mi rosa similar y no la mira / mi ojo sino un pétalo encendido. // Héctor Martín Rotger
El proceso de la emoción es el de la similitud, es el de hacerse similar. Lo que se conoce se conoce haciéndose similar el conocedor a lo conocido. Del mismo modo debe ocurrir entre el que expresa y lo expresado y entre el amante y el amado, como lo ilustra aquel cuento de Ibn Arabí en la que el amante que golpea a la puerta es reiteradamente tratado y despedido como un desconocido hasta que en vez de responder “yo” cada vez que desde el interior le preguntan -¿quién es?, la voz del amante contesta: soy tú misma, logrando así que ella abra la puerta.
Respecto de la vía del exceso lúcido William Blake abogaba por ella cuando escribía en "Matrimonio del Cielo y el Infierno"
La antigua tradición que afirma que el mundo será consumido por el fuego después de 6.000 años es verdadera, tal como lo he escuchado en el Infierno.
Porque entonces el Querubín de la espada flamígera recibirá la orden de no custodiar más del árbol de la vida, y cuando obedezca, toda la creación será consumida, y nos parecerá infinito y sagrado lo que ahora parece finito y corrupto.
Ésto ocurrirá gracias al progreso del goce sexual.
Pero antes hay que extirpar la idea de que el hombre tiene un cuerpo separado de su alma; y eso haré imprimiendo con métodos infernales, corrosivos, que en el infierno son saludables y medicinales, fundiendo así las superficies aparentes y mostrando lo infinito que ocultaban.
Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito. Porque el hombre se ha encerrado hasta llegar a ver todas las cosas a través de las estrechas hendiduras de su caverna.
En sintonía con este texto visionario, tenemos éste de René Guénon en su libro "El esoterismo de Dante"
Dante escapa al abismo en cuya entrada había leído una sentencia de desesperación; escapa poniendo su cabeza en lugar de los pies y éstos en lugar de la cabeza. Es decir, revirtiendo el dogma, y remontando entonces hacia la luz y sirviéndose del demonio mismo como si éste fuera una monstruosa escalera.
Escapa al horror abusando del horror, al espanto, abusando del espanto. El infierno, parece decir, no es una vía sin salida sino para aquellos que no encuentran el camino del retorno; toma al Diablo por la cola, si tal expresión es correcta, y se emancipa mediante su audacia.
Estos tres poemas aluden, si así quisiera verse, a tres representantes arquetípicos de las tres vías que concurren en el arte. A Buda recurre el que elige ser triturado y removido por la vía implacable del conocimiento. A Cristo, por la vía de lo que los hindúes llaman Batky, la emocionalidad devocional. A Zorba, el personaje de Niko Kazantzakis por lo que tiene de dionisíaco, por la sacralidad del exceso.
Buda. // Nadie llevó tan lejos el escándalo / y dio la solución impredecible: / No es posible que exista un yo posible; / el yo piensa que es y es lo pensado. // ¿Quién piensa al yo sino lo que resiste / el vértigo del tiempo, el miedo al cambio, / el pánico a no ser, el trance máximo / de admitir la extinción inadmisible? // Y si todo se extingue, ¿que absoluto / juicio atestiguará que hay algo eterno / si ha de morir quien lance el argumento? // Ni siquiera hay creación, vemos un truco / del que somos el mago y el embrujo: / mi deseo me trajo al nacimiento. (Héctor Martín Rotger)
Cristo. // No fui protagonista de tu historia, / la recibí después de dos mil años. / Nunca jamás de nadie se habló tanto. / Nunca nadie fue tanto en la memoria. // Por eso eres, sin duda, el más extraño, / porque nadie supone que te ignora. / Muchos te rezan, otros te negocian. / Todos te ven ahí, crucificado. // Te afirmen o te nieguen, no es el caso, / ni intrincadas y vanas teologías, / ni dogmas, ni cruzadas, ni herejías. // El que te afirma o niega, no respira / la altura en la que fuiste soberano / cuando eras el que eras -¿Hace tanto?- (Héctor Martín Rotger)
Zorba / (Al personaje de Niko Kazantzakis, autor de la novela que dio pie a la película homónima) // ¿De dónde vienes Zorba?, tú me dices / que Cristo no entraría a sus iglesias, / ni habría un Buda budista si volviera, / y que sólo la risa nos asiste. // La risa visceral, la risa entera / que de la autoimportancia nos desviste / y nos revela lo que a las lombrices: / Dios escarba en lo hondo de la tierra. // Del escarbar de Dios es la cosquilla / que perturba nuestras solemnidades, / hipocresías y moralidades. // Y cediendo a esa risa es que uno nace. / Y es tierra que de abajo pasa arriba. / Y Dios la escarba. -Y Zorba es su Mesías-. (Héctor Martín Rotger)
Finalmente, como fruto de unión de las tres vías, conocimiento, emoción y exceso, la obra de arte surge como una gratuidad que sobrepasa en sí todo intento de ser explicada por un por qué exterior a ella misma. En esa consustancialidad de hacer y ser el arte religa, consuela de aquella extrañeza y melancolía que crea la necesidad de re-ligación, la religión. El catecismo más apropiado a esta religión del arte quizá esté resumido en este dístico inmortal de Ángelus Silesius:
La rosa es sin por qué; florece porque florece.
No se inquieta por ella misma, no desea ser vista.
Al que el filósofo Martín Heidegger añadió este comentario:
La rosa es sin por qué, pero no sin razón.
En el fondo más secreto de su ser,
el hombre sólo es auténticamente si es,
a su manera, como la rosa —sin por qué—.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Descansa soldado
que en la Gloria estás
el honor de un pueblo
supiste salvar.
Heroico soldado
sonriente te vas,
descansas en tierra
o en el mar quizás
pero ya tu Patria
no podrá olvidar
la deuda que dejas,
la vida que das.
Descansa soldado,
descansa hoy en paz,
tu vida entregaste
por un ideal.

Victoria Pueyrredón (Buenos Aires/Argentina)

Escrito en el agua

Todos los poemas se escriben en el agua.
A todos los poemas se los lleva el agua,
los disuelve el agua.

El poeta lo sabe y sabe que es inútil
atrapar con palabras este sol tan índigo,
la tarde en tres pájaros,
seis caparazones de cigarras muertas
y la esqueletura gris y taciturna
de un digno lapacho.

Sin embargo,
Insiste. Insiste. Insiste.
En esta insistencia transcurre el poema
y dice lo que calla, calla lo que siente,
siente lo que dice
y se lo lleva el agua.

Orlando Van Bredam (El Colorado-Formosa/Argentina)

marta.

a mí también se me olvidaron muchas cosas

esto
es como si lo estuviera viento
la lluvia ha pasado
atamos sapos de las patas traseras
y como boleadoras
apuntamos a los cables de la luz
allá arriba
irán destiñéndose
como trocitos de cometas
lo que ya no distingo es
si por aquellos días
me enamoré de vos
o
de tus pequeños pies
dentro de las sandalias

O. Augusto Berengan (San Salvador de Jujuy/Argentina)

Poema brevísimo

Tanteo el silencio y me aturde.

Li Mayer (Río Negro/Argentina)

América

El viento de la noche, para quien el hombre es un
desconocido; su furiosa soledad sin medidas.
¿Cómo eras, patria de mi patria, antes de llamarte
América?

Rubén Vela (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Frágil memoria.

Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Comencé a escribir el cuento en una noche de invierno. Todos dormían en la casa y el espeso silencio me excitó la imaginación, a tal punto que pensé que tal vez hubieran desaparecido devorados por él o por el sueño al que se habían entregado. Al fin, nuestro conocimiento de los otros y de nosotros mismos, depende de la mágica y frágil presencia de la memoria.
Lugar común de las narraciones de suspenso y misterio, el reloj sobre el escritorio con su ritmo sosegado parecía sostener la realidad de la casa, como si estuviera afirmando con su repiqueteo el espacio interior, para todo no se desvaneciera en la noche.
Unos minutos antes, todos habíamos conversado animadamente de trivialidades: las anécdotas de Rosa en la escuela, las andanzas de mi mujer con una torta de manzanas que se le había quemado, el partido de básquet que había jugado Manuel en el club.
Mis ocupaciones me impedían desde varios días atrás hallar el momento para desarrollar el tema que me obsesionaba: las aventuras de un anciano que está seguro de haber visto mientras viajaba en un ómnibus urbano a su esposa muerta diez años atrás y la desesperada búsqueda que emprende para encontrarla. Aspiraba a concebir un cuento de intenso realismo y que a la vez mostrara que la realidad en parte es creada por nosotros mismos. Me costaba concentrarme, porque sentía frente a la máquina de escribir, acompasada por el tic-tac del reloj, que en ese momento la casa era el ambiente de un cuento y que todos vivíamos una ficción. Mi intento literario se desvanecía frente a lo que se iba gestando dentro y en torno de mí; también de quienes dormían.
Algo estaba por ocurrir, algo que emergía de las paredes, que llegaba de las calles; algo que no alcanzaba a determinar si era amenazante o propicio.
Noches como esa son frecuentes para quien tiene un poco de imaginación y está solo. Quizás cada vez que el silencio del mundo nos gana se producen vivencias como las que estoy relatando. Pero esa impresión de que todo está sostenido frágilmente por la memoria se disipa a los pocos instantes y nunca ocurre nada que agriete la consistencia de lo acostumbrado. Además, en caso de que ocurriera, ¿quedaría alguien para contarlo?
Todo eso pensé, mientras los habituales perros ladraban en las calles o en fondos de casas vecinas, dentro del circular y, nostálgico tejido del tiempo de la noche. También como si todo fuese un rito, escuché las voces confusas de quienes vuelven de trabajos con horarios inusuales o de diversiones nocturnas. Una carcajada, un grito, unas bromas, motores de vehículos, la sirena de una ambulancia.
No pude neutralizar la inquietud que me había invadido. Una inquietud que aunque angustiosa y con un ingrediente de terror, se amalgamaba con ese recóndito deseo de lo sobrenatural que, no siempre confesado, los hombres llevamos en lo más íntimo. Tal vez porque oscuramente sabemos que la propia vida es un milagro.
“Esto ha de ser me dije-; en el fondo quiero que ocurra algo prodigioso. Y no advierto que ya está ocurriendo. Es lo que intuyo en el silencio. En este momento en que ellos duermen y yo velo, capto la extrañeza de nuestra presencia en la tierra y la preponderancia del silencio en nuestras vidas.
Debía terminar con mi inquietud. Debía ver a mi mujer y a mis hijos, comprobar que todo continuaba siendo familiar. Fui hasta el dormitorio grande y al entrar oí la respiración acompasada de Marta en la oscuridad. Me senté a su lado en la cama de dos plazas sin encender la luz. Acaricié su rostro, levemente, pasando mis dedos por su frente, su pequeña nariz recta, la conocida curva de su mejilla con la minúscula cicatriz junto al labio superior.
-¿Quién es?
Estaba despierta. O, mejor dicho la había despertado, seguramente, pese a mis precauciones. Ella tiene un sueño demasiado ligero.
-Soy yo, querida, Andrés.
-Terminaste ya el cuento?
Encendió la luz. se incorporó en la cama. Era ella, otra vez ella junto a mí, la mejor Marta, la que no se perdía en el nerviosismo de las tareas hogareñas. en ciertos temores, en algunas deficiencias de su carácter.
-No, no lo pude terminar: ni siquiera he escrito una página.
Acostate, si no mañana vas a estar pasado de sueño y tenés que ir al trabajo.
-Voy a ver si están tapados los chicos.
Sonrió y luego me observó con severidad.
No he podido darte hijos, pero creo que tus bromas son de muy mal gusto.
Y continuó hablando, pero yo ya no la escuché.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Una poética de la existencia - La conciencia - Willy G. Bouillón - Ediciones Último Reino. Buenos Aires, 2006.

Este es el tercer libro del poeta Willy G. Bouillon. El primero, Final de Universo, fue premio 1985 de la Subsecretaria de Cultura de la Nación. En 1999, el Fondo Nacional de las Artes distinguió al segundo, Horizonte de suceso. Ahora aparece La conciencia, quizá completando (o integrando) la trilogía Maelström.
El poeta continúa trabajando con el tiempo, hurgándole a la identidad. Una cita de Dylan Thomas es augural, al respecto: Avanzo mientras dure lo que existe para siempre. Y es en su poesía intensa, donde el circular retorno aparece, para dar lugar a la fuga, al interrogante, a la postergación de lo finito. Sí: la finitud es una permanente constante de segundo plano. En La conciencia absoluta, el poema que remata su libro, dice con gravedad:
Mira a aquél que mira con tus ojos.
Hazte a un lado y dibuja
el contorno de su rostro
en alguna pared.
Mañana ya no estará allí.
Y tampoco serás tú
quien mira la imagen
que ya no está.
Bouillon es poeta de claridades. No construye abismos ni pesadillas. Conjuga, en cambio, un estro en que la circunstancia (a veces, una reflexión embozada) va pautando tiempos, sugiriendo espacios. En Escipión, asume sin horror: La destrucción del otro, ese trivial pretexto. Después de afirmar que tentamos la propia fatalidad como estrategia para reencontrarnos.
Mirar para reencontrarse: asumir para frustrar la desmemoria. El poeta escolta a una muerte que viene con ruido a escombro. Y abre el juego para que la vida sea más que un paisaje de olvidos, que una pérdida de certezas. El sarcasmo frente a los vacíos que se intuyen y las palabras que no terminan de cuajar una emoción. La fantástica comprobación de que siempre / hay una calle distinta para ir nuevamente a permanecer, / quietos, / en el centro de un cuarto vacío.
Sucesos que hacen a una conceptualización de la existencia, sucesos fortuitos, escapes del yo, nutren estas páginas como auténticos disparadores de la efusión. Bouillon habla del acomodador de cadáveres, con las reglas del puente que cae, la prolijidad del oficiante, el azul del día, el pájaro. Una crónica de la historia individual. El escenario que complace a los sueños. La fugacidad del instante capturado. En cada registro, el poeta rescata lo invalorable, ese resquicio que cincela la más perfecta incertidumbre; el corazón de Shelley, con la aridez temblorosa del olvido; la poderosa tenuidad.
De modo que estoy solo como el Universo, razona en Amado señor Crusoe. No descree de la isla perfecta, pero tampoco sabe precisar qué quedó del promisorio pasado.
Libre y expuesto, Willy Bouillon huye de lo confesional. Su poética es una manera de dialogar, quizá, con sueños que son de todos y, sin embargo, resultan intransferibles. En esta trilogía Maelström sabe bien que una lluvia azul que cae cada 175.000 años, es capaz de borrar todos los recuerdos. Lo que no es poco conocimiento.

J. M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Edgardo Pesante -1932/1988 (Santa Fe/Argentina)

Pájaros en la niebla

Lo primero que le llamó la atención, una vez que hubo cerrado la puerta de su departamento, fueron los mosaicos húmedos del pasillo; luego la atmósfera fría y pegajosa, a medida que avanzó hacia la calle; y, por último, cuando con un esfuerzo alzó la mirada, la incierta claridad del día, que se filtraba dificultosamente a través de la niebla. Ya en la acera, no pudo evitar un parpadeo, tratando de acomodar su vista al espectáculo que se presentaba ante sus ojos. A tiempo que se subía el cuello del sobretodo pensó en su mujer y en su hija, que habían quedado entregadas al sueño como todas las mañanas, mientras él se dirigía a su empleo.
No las envidió; no alcanzó a promoverse ese sentimiento dentro de su cerebro, estimulado por las sensaciones de su cuerpo. Imágenes de la infancia ocuparon su pensamiento, recuerdos lejanos: la escuela, la madre, una mañana neblinosa; un beso, una moneda, un consejo; las manos metidas en los bolsillos, los cuadernos bajo el brazo; luego una carrera, tratando de hundirse en la niebla, de traspasarla; la niebla abriéndose a su paso, inalcanzable.
Caminó lentamente hacia la esquina donde debía tomar el ómnibus de siempre, que lo llevaría a la oficina. Sonreía feliz. Por unos instantes creyó que marchaba rumbo a la escuela de su niñez, y hasta sintió los cuadernos bajo el brazo. Las copas de los árboles que bordeaban la acera emergiendo de la niebla, soltaban sobre su cabeza gotas de lluvia. Un camión que al rodar producía un ruido sordo, cruzó como una sombra la bocacalle. Fue entonces cuando los vio. Lentos y pesados se descolgaban de las ramas; sus voces temerosas llegaban como de otro mundo. Sintió lástima primero y luego se estremeció. Pensó en el desamparo de esos pequeños seres, de cuerpos mojados, revoloteando en la niebla.
Pero ya estaba en su esquina y se acercaba el ómnibus. Contento como un colegial, se acomodó en un asiento del fondo, después de pagar su boleto al conductor. Estando fuera de su vista, con la irresponsabilidad de un niño, se había olvidado prontamente de los pájaros ateridos y empapados. El coche se movía con lentitud. Abstraído en sus pensamientos, que vagaban y rebotaban en los recuerdos y las cosas como si fueran de niebla, no advirtió que el ómnibus, contrariamente a lo habitual, estaba casi vacío. Los cristales empañados de las ventanillas apenas dejaban imaginar las calles que recorría. No obstante, el ambiente interior era cálido y olía a gas y a tabaco. Se acurrucó, con las manos metidas en los bolsillos del sobretodo y entrecerró los ojos.
Su imaginación vagabundeó por las más escondidas regiones del sueño, aunque no llegó a dormirse ni siquiera a adormilarse. Con riendas suaves manejó su fantasía, la condujo a los lugares más gratos a su mente. Revivió recuerdos de hechos acaecidos y de acontecimientos ideales, con facilidad asombrosa. Saltaba de los hermosos paisajes a los seres más queridos, de lo cercano y vivo a lo lejano y muerto. Pero el juego era peligroso, ya que de la sombra pasaba a la luz, sin transiciones; de la blandura a la sedosidad del ensueño caía en la rudeza y el vacío de la realidad. Terminó por sentirse angustiado. Se incorporó en su asiento y abrió bien los ojos, esforzándose por fijar su pensamiento en un punto. Lo consiguió, pero a cambio de comprobar que la realidad le estaba jugando una mala pasada. El ómnibus seguía semivacío, y, por lo que pudo observar a través de los turbios cristales de la ventanilla y la espesa niebla, transitaba calles desconocidas. ¿Es que no podía desprenderse de los sueños con que había estado jugando inocentemente? Otra circunstancia se sumó a su estupor. Al tratar de saber la hora y si el haberse equivocado de ómnibus –cosa, por cierto, evidente- lo haría llegar tarde al empleo, comprobó su olvido del reloj pulsera.
Aunque por momentos sonreía, tratando de aceptar la situación y de no dejarse ganar por el mal humor, su rostro y sus actitudes habían conformado la expresión del hombre azorado. Una mirada al neblinoso mundo exterior que desfilaba del otro lado de la ventanilla, sumado a un cálculo de probabilidades de la línea a la que podía pertenecer el ómnibus en el cual viajaba, lo ubicó en un determinado lugar de la ciudad. La pauta se la habían brindado una amplia avenida, unos característicos veredones y la ausencia de edificación. Con movimientos bruscos dejó su asiento y se acercó a pasos cortos y rápidos al conductor, pidiéndole que detuviera el vehículo en la próxima parada.
Al descender, tuvo la sensación de desembarcar en un planeta desconocido. El coche se alejó, produciéndole su desaparición tras la cortina de niebla una impresión de desamparo. Caminó unos pasos por el veredón. El espectáculo era imponente. La niebla, semejante al humo de hojas y ramas secas, pero un humo quieto, sin olor ni ruido, parecía cubrir el mundo entero y meter algodones en los oídos. Siguió andando, como hechizado, torciendo por uno de los infinitos senderos del parque. El verde del césped aparecía pálido, y también allí, desde los árboles, descendían lentos y pesados los pájaros empapados y ateridos, cuyo rumor apenas se dejaba oír.
En suave declive los senderos llevaban hacia el río. Se asomó a la orilla. Le corrió un escalofrío por todo el cuerpo al sentir a pocos centímetros de sus pies el abismo del barranco; el agua se adivinaba en el fondo. El mundo se le antojó un pozo, de profundidad inimaginable. Se alejó temblando, angustiándose por no llegar todo lo pronto que deseaba a los amplios veredones. Le preocupaba, asimismo, la soledad del sitio en que se encontraba. Sólo dos pájaros parecían habitar el parque.
Vagó al azar por largo rato. La niebla comenzó a disiparse o bien sus ojos se habituaron a ella; no pudo precisarlo con exactitud. Lo cierto es que su visión se hizo más clara. Acaso el sol estuviese luchando por romper el velo que envolvía a la tierra. Fue entonces, de improviso, a tiempo de que lo circundante parecía hacerse más nítido, cuando se le antojó no estar solo. Quizás fuese una voz sonando a sus espaldas. Lo cierto es que una presencia intangible se aproximaba a él. No oyó sus pasos pero la sintió cerca. ¿Quién podría ser? ¿Quién deseaba él que fuese?
No detuvo su andar sino que lo hizo más lento. Ella apareció en el sendero, sonriendo con los ojos y los labios, con todo su cuerpo. La reconoció al instante. No podía ser otra. A Ella era a quien había llamado. Se miraron durante largos segundos. El rostro de Ella era claro como el paisaje que ahora los rodeaba, vacío como por encanto de nieblas. La tomó de la mano y reinició su andar. También él sonreía ahora, al notar que la mano de Ella era tibia como lo había sido antes. A lo lejos sonaban unas campanas, cuyos bronces llegaban nítidos a sus oídos. No cesaba de mirar el rostro sonriente de Ella, sus facciones reconocibles entre mil, esos ojos negros. Igual que entonces, o mejor. Sumados todos los instantes felices del pasado. Jamás se había sentido tan feliz. Hubiese corrido y saltado como un niño; deseaba gritar, columpiarse tomándose de las ramas de los árboles. Quería reír. El mundo estaba allí, postrado a sus pies, aguardándole como un perro fiel y sumiso a sus caprichos. ¿Por qué no gritar esa felicidad? Porque era precisamente eso, felicidad, lo que le desbordaba el corazón. Sí, debía hacerlo. Era necesario. Pero antes quiso besarla. Ella seguía sonriente a su lado. No puso reparos. Le pareció sumergirse en la nada. Fue algo extraño, desagradable, angustiante. El vacío. Ella había desaparecido. El contorno era el mismo. La niebla se esfumaba a la distancia. Un sol pálido y enfermizo trepaba el barranco y se arrastraba sobre el césped. De Ella no había quedado un solo rastro, ni siquiera la tibieza de su mano.
Caminó rápido hacia la orilla del río. El paisaje era quizás bello, pero frío. También con paso ligero se dirigió a los veredones. Llegó agitado. No en vano habían pasado muchos años. Quiso saber la hora pero halló su muñeca desnuda. Anduvo, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos del sobretodo. Las lajas negras y blancas, de formas onduladas, desfilaban ante sus ojos. A su lado, pasó veloz un ómnibus. Levantó la vista y un rayo de sol le dio en la cara. Miró hacia el parque y se le antojó hermoso a pesar de todo. Se detuvo. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué estaba haciendo allí? Anoche habían festejado el cumpleaños de su hija. Recordó haber bebido unas copas de más.
Llegar tarde a la oficina estaba fuera de sus costumbres. Esa mañana no se presentaría a trabajar. Nada extraordinario podía ocurrirle por eso. Ya era un hombre maduro, digno de respeto, aun de parte de sus patrones y superiores jerárquicos. Pero tampoco le convenía volver a su casa antes del mediodía. Las explicaciones no eran su fuerte. Y Ella, su mujer, estaba seguro de que se las pediría perentoriamente. Vagó por la ciudad, como quizás nunca lo hizo antes, ni siquiera siendo muchacho, porque siempre había sido un individuo formal. Calcular la hora de acuerdo a la posición del sol podía ser cosa fácil para hombres de otros tiempos. A él casi llegó a angustiarlo. Por suerte, a ninguno de los transeúntes que detuvo con su pregunta, le faltaba el reloj, ya fuese en la muñeca o en el bolsillo del pantalón.
Estuvo en su casa a la hora habitual. La mesa del almuerzo ya se encontraba preparada, ella en la cocina, la hija por ahí. Sonreía para sus adentros. Nadie sospechaba su aventura de esa mañana. Aunque, la verdad, no era cosa de enorgullecerse demasiado. Las circunstancias que no pueden ser explicadas claramente suelen provocar engorrosas situaciones. ¿Lo habría visto algún conocido paseando por el parque, entre la niebla, apenas nacido el día, o luego, por distintos lugares de la ciudad?
Se sentó a la mesa. Estaba cansado de tanto caminar. Su mujer y su hija no tardaron en hacerle compañía, sirviendo la primera la comida y parloteando tontamente la segunda. Él callaba. Ella, envejecida, en nada recordaba a la hermosa muchacha del parque que había sido. La hija, por una de esas extrañas ironías del destino, se parecía al padre. Toda la familia lo repetía: “La misma cara de Enrique”. Maldita la gracia que a él le hacía eso. Comió con buen apetito. No era para menos, después de cuatro horas de marcha. Ella no le dirigía la palabra, se hacía entender por señas. Era rencorosa, terca. Quizás en el fondo tuviera razón para estar enojada. Él se había emborrachado como un estúpido anoche, durante la reunión con que festejaban el cumpleaños de la hija de ambos.
Se comportó como un pobre tipo, hizo el ridículo. Ella lo increpó duramente cuando los invitados se hubieron retirado; hasta lloró de vergüenza, según dijo, por la hija, que no merecía semejante padre. Él seguía sonriendo. La muchacha lo había olvidado todo. Sólo Ella permanecía con el ceño fruncido. Estaba vieja. Era una lástima.
El sueño es la mejor medicina para las preocupaciones. Dormir es morir un poco. ¿Dónde había leído eso? ¿O no era exactamente así? El sillón de mimbre crujía al más leve movimiento, con familiaridad de animal doméstico. Se durmió. Pero poco duró su sueño. Ella lo despertó con gestos desabridos, diciéndole que ya era hora de marchar a la oficina. Obedeció sumiso, con el pensamiento puesto en el reloj pulsera, que esta vez no debía olvidar. Antes de salir, sin que nadie lo viera, en la semioscuridad del comedor, sacó de un mueble una copa y una botella de cognac, y bebió anhelante, no tanto por el placer que, de un tiempo a esta parte, notaba que le producía el alcohol, como por hacerlo a escondidas, a espaldas de su desagradable mujer.
Salió sin despedirse de Ella, como de costumbre. A la hija, que leía una revista, la saludó por compromiso, porque debía pasar junto a la muchacha, que le respondió distraídamente, sin levantar la vista. Todo parecía volver a la normalidad. Los mosaicos del pasillo estaban secos. Pero al llegar a la puerta notó algo que le produjo un mareo muy distinto a los que provoca la borrachera. La estúpida sonrisa se borró de su rostro, quizás para siempre. Allí, sobre un mosaico amarillo, junto a la pared, yacía muerto un gorrión, uno de esos pájaros que durante la mañana entreviera revoloteando en la niebla.
No se atrevió a tocarlo, a sentir su cuerpo inerte, su peso insignificante. Ya no sería la mano tibia de Ella en el parque. Salió a la calle y caminó rápido hasta la parada del ómnibus. Evitó mirar la copa de los árboles. El coche no tardó en aparecer. Iba repleto de pasajeros. Se tomó del pasamano como un náufrago de la tabla de salvación. Se introdujo entre el pasaje. Apretujado entre hombres y mujeres que se dirigían a sus empleos se sintió seguro. Estaba salvado.
Sin embargo, una lágrima parecía pugnar por empañar su visión de las cosas, el mundo y los seres humanos. Había comprendido que se estaba poniendo viejo, y que una muerte insidiosa y lenta comenzaba también para él.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Pasado y presente

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

Hace ya cierto tiempo que vengo siguiendo con creciente interés la trayectoria de Andrés Rivera, ese singular narrador argentino nacido en Buenos Aires para 1928. Entiendo que, ligado en sus comienzos (aunque nunca, en absoluto, por supuesto tan sólo como un sumiso catecúmeno) con aquel trágico malentendido que consistió en denominar como “realismo socialista” a una estética que terminó siendo regimentada desde el poder absoluto, supo desprenderse de ello –por propia deriva de su ser-- mucho antes de que ciertos resonantes acontecimientos internacionales, como la caída del muro de Berlín, pusieran de moda el hacerlo. Pero, a diferencia de aquellos ex oficialistas de ayer que hoy se proclaman conversos sin sentirse obligados a los imprescindibles análisis intelectuales de su propia transición, Andrés Rivera supo abandonar la vecindad del dogmatismo sin renunciar a las profundas razones humanistas que habían sustentado sus primeras convicciones. Desnudo ante la historia, entonces, y de algún modo aprisionado por la historia, como todos, pero a sabiendas, este autor se constituyó en uno de los pocos casos --probablemente, no sólo locales-- de aquellos que, habiendo renegado saludablemente de la barbarie stalinista (o, en su caso, más bien de lo que él consideraba entonces su ineficacia revolucionaria), no renunciaba tampoco a admitir ineludiblemente como vivas las injusticias que habían motivado tantos sueños seculares de transformación social.
Pero, sin duda lo más importante, tratándose de literatura, es que esa peculiaridad se manifestó también en su escritura. Sus obras –de las que recuerdo haber leído en su momento casi apasionadamente Nada que perder (1982) y Apuestas (1986), por ejemplo, ya en plena transición de su estilo-- se fueron haciendo cada vez más precisas, más nítidas, más delicadamente feroces. Concentrados en pocas páginas, sabiamente ajenos a las seudo-modas que solían recorrer nuestros cenáculos, atentos ineludiblemente a lo esencial (en sonido y sentido), sus textos se iban haciendo cada vez más breves y más contundentes. No es casual que, encarándome yo mismo con la poesía, un tratamiento de la escritura como el suyo –que se alejaba paulatina pero aceleradamente de las ya por suerte cada vez menos acentuadas fronteras entre los géneros--, como dije me tocara especialmente.
En la breve “nouvelle” El amigo de Baudelaire (1991), y siempre a mi modesto entender, me pareció que dicha tendencia a la vez se acentuaba y se amplificaba. Si el contacto con la historia (en este caso a través de la supuesta pero emblemática autobiografía de un quizás harto típico representante de nuestra clase dirigente tradicional a fines del siglo XIX, insólitamente capaz no sólo de percibir sino también de pretender emular la trascendencia de Baudelaire) sigue siendo central, allí se diversifica y se potencia como en un túnel del tiempo porque –no sólo como metáfora-- en esas páginas el pasado se vuelve literalmente el presente, y el personaje (de algún lejano modo, como pretendía Macedonio Fernández) se vuelve también allí literalmente el narrador.
Ahora ya abiertamente implicado en su escritura, dueño de una potencia verbal a la vez madura y certera, que puede por lo tanto permitirse ser puntual sin renunciar a su legítimo temblor, tan contagioso, Andrés Rivera continuó cumpliendo con creces, magníficamente, como lo testimonian libros tan logrados como La revolución es un sueño eterno (1993), El farmer (1996) o Ese manco Paz (2003), la titánica labor de ser, al mismo tiempo, un auténtico representante de lo que se llamaba una vanguardia mientras nos reintegra –en medio de tantas trabajosas elucubraciones digamos posmodernas-- el añorado sabor de la añeja, fecunda, sabrosa y mejor literatura.
No es sorprendente, además, que aquel libro sordamente apasionado y sin embargo nada maniqueo, donde ronda entre otras imágenes no menos bifrontes la sombra insoslayable de un Sarmiento al mismo tiempo creador y represor, pero nunca indiferente, nos traiga de inmediato resonancias de aquellas primicias de nuestras letras que, como El matadero, el Facundo, el Martín Fierro y Una excursión a los indios ranqueles, más allá de una evidente y comprometida intención de intervenir e influir en nuestra historia, dejaron que el lenguaje se posesionara de ellos hasta convertirse, por encima de las estructuras y las formas, que la mayor parte de las veces infringieron, no sólo en auténticos libros políticos sino también en obras fundacionales de nuestra literatura.

PÁGINA 12 – Poesía americana

La mecánica flor

Mi labio muere
parado en tu pie
ese esqueleto de carne angosta
Epitafio
Si de morirme se trata
entiérrame en tu puño
acércame a tu ancho huevo
escríbeme sin dudas
en la pared más firme
si muero bajito
apriétame a tu uña
enrosca mi abanico de hierro
sacude las loras de mi espejo
y deja caer tu lisa pestaña
tu verde pestaña
tu salada pestaña
húndeme en tu único nervio
que da al instinto sed
esa mecánica flor que suelta agua de tus puños
acurrúcame derecha por algún rincón de tu frente.

Lourdes Vázquez (Puerto Rico)

Pisos húmedos

Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 -que no es avenida al mar-sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
-y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos-
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.

Edel Morales (Cuba)

Es un lugar la noche

Es un lugar la noche amor
donde los sueños pastan

Es un lugar la noche
donde tus manos prenden
a mi cuerpo
piel de nube
fuego
beso
Es un lugar la noche
en que llegó primero
tu voz y mi conciencia
a hacerte dueño

Es un lugar la noche

Liz Durand Goitía (México)

Anuda una venda alrededor de tus ojos

Déjate guiar por el aroma de la hierba buena
Colócate de espaldas al viento adverso
Siente el sol en la frente
Desdeña los caminos
Los campos de amapolas
Sumérgete en el bosque
Persigue el canto de las aves que huyen a tu paso
Sigue más allá de tu cansancio
Hasta hollar la línea del horizonte.
Allí donde el mar se une con el cielo
Donde cada noche aguardo tu presencia

Te daré mis amores.

Marié Rojas Tamayo (Cuba)

6:15

Y a pesar del ensordecedor
y estridente ruido de los autos
aún escucho tu voz
tu voz
derruyendo
mis antiguas creencias
mitigando en polvo
mis estúpidos temores
mujer de urbanos y azules
cabellos
y sonrisa incólume de cristal

Si creyese en Braham(a)
creería en la reencarnación de
tu mirada
mas sólo creo
en tus desgarbados y sucios
cabellos
tan distantes
como verdes astros
ardiendo
que en noches como esta
en vano trato de alcanzar.

Qué puedo ofrecerte
sino
onírica amargura
mi abrasador lamento
un grito destemplado
lanzado
agónico al vacío
el poema
la noche me encuentra
ahora
entre anuncios luminosos
y vasos de aguardiente
delineando el atormentado
trazo de mi piel

Como un descarnado
cuadro de Van Gogh
y yo ya no sé
-qué será de mi-
lobo hombre solitario
en brutal desenfreno
por sórdidas calles

Si lo único real
ahora
es la irrealidad
de tu mirada

Mi vida constante agónico
ocaso
eterno suicidio
desesperado crepúsculo a punto
de extinguir

Ignoro
el sabor improbado de tus labios
y sin embargo cómo
explicarlo
me perteneces
desde antes del origen de los tiempos
desde siglos antes que
nacieras
y tú tal vez te preguntes
quien soy? que busco?
que pretendo al no cesar
nunca de observarte
yo soy aquel hombre
que has estado esperando
en tu larga contemplación de
los vacíos
el verbo absurdo que se niega inútil
a abolir el recuerdo

Ensoñación de un crepúsculo
que pugna desesperada por salir
suavidad de flores
cayendo encendida en la mirada
invierno de mar
huyendo desesperada de los trópicos
niña tonta que se niega
a usar tacones

Y abrir sus alas
y partir
sigue, sigue jugando
con tus muñecas azules
y tus ingenuos
origamis de papel
que yo velaré
de tu onírico sueño
de insulsos demonios
y oscuros dragones
que mantendré a raya
con mi roja espada
tan pura como el fuego
como el degollador de Pukará
como el hombre de Neanderthal
como el primer hombre
que habitó desconocido estas tierras
penetrando arma en mano
puñal en pecho
al denso enigma de tu ser
bombas molotov
tenues muchedumbres

Las 6:15

Y mis pasos
no hacen más que repetir
el eco intacto
de
tu nombre.

Rubén Grajeda (Perú)

PÁGINA 13 – Narrativa

El shock de “el futuro”

Por Martha Perotto (Río Negro)

El viajero descendió del tren en una estación equivocada. Supo, en el momento en que el tren desaparecía de su vista, que no estaba donde tenía que estar. Era, probablemente, un paradero. Se reprochó el haber cometido ese error, lo atribuyó a la oscuridad y al sueño profundo en el que venía sumergido. Sabía que algo, una voz, o una luz, lo había despertado y, semiatontado por el sopor, había interpretado mal las señales. ¡También!, viajar de noche, así, con las ventanillas cerradas (“por los posibles piedrazos”, dijeron al partir) hizo que sin pensar le acometiera un deseo impostergable de bajarse. El impulso le hizo tomar el bolso del portaequipaje en cuanto el tren se detuvo y bajar para averiguar en dónde estaba. Pero, en la estación no había nadie y el tren partió de inmediato.
La soledad del andén y lo precario del tinglado le hicieron pensar en una parada no habitual. Quizás había subido algún pasajero y por eso el tren se había detenido, o quizás fue un error del maquinista, un error parecido al de él.
Un cartel borroneado y destartalado indicaba que el parador se llamaba “El futuro”. ¡Qué ironía! Dio una vuelta alrededor de la plataforma y el tinglado y distinguió, a unos cincuenta metros, una luz encendida. ¿Una casa, un galpón? Hacia allí se dirigió. En la puerta, un Falcon verde de los sesenta encendió una llamita de esperanza en el viajero, tal vez pudiera llegar a un pueblo o una ciudad cercana para continuar el viaje. Recordó que no tenía mucho dinero, debía administrarlo con prudencia hasta tanto pudiera cobrar esas cuentas que habían motivado el viaje.
Golpeó y, sorprendido, vio que el hombre que le abría era Secundino Sánchez, el mismo a quien tenía que cobrar la deuda. El hombre lo saludó y lo hizo pasar como si lo hubiera estado esperando. Adentro, tres hombres jugaban baraja sentados a una mesa en la que tres cartas boca abajo marcaban el lugar que había abandonado Secundino para abrir la puerta.
Se sintió mal, un vahido, y pidió pasar al baño. Secundino lo hizo entrar a un ambiente demasiado grande, no obstante, en un rincón, un inodoro y una piletita con espejo parecían perdidos entre las estanterías cargadas de cajas que ocupaban las paredes. Cuando su acompañante lo dejó solo se sintió peor ante la poca intimidad que daba un espacio tan grande. Se acercó al espejo y tuvo compasión de sí mismo. Algo no funcionaba. Cerró los ojos ¿era su mente?, ¿estaba todavía dentro del sueño profundo que no había concluido y al despertarse seguiría hamacándose con el monótono traqueteo del tren? Deseó fervientemente que así fuera. Pero al abrirlos, volvió a ver el mismo rostro desencajado con la sombra de barba que aportaba cada nuevo día.
Se mojó la cara, el agua era salobre. Se secó con un pañuelo. Había dejado el bolso en la otra habitación desde la que llegaba un tintinear de monedas y el gorgoteo de la botella que circulaba con frecuencia. Bajó la tapa del inodoro y se sentó a pensar. Su cabeza era un verdadero caos. Lo que le ocurría era ridículo: había llegado adonde debía creyendo haberse equivocado. No podía recordar el nombre del lugar al cual pensaba que debía dirigirse.
Todavía le duraba el sopor del sueño interrumpido, no podía razonar con claridad. Metió una mano en el bolsillo y sacó una tarjeta que decía:
Secundino Sánchez
Ramos generales
Paradero “El futuro”. FFCC Roca
Pcia. de Buenos Aires
y un epígrafe:
“El futuro” es una estación desolada en medio del desierto.
La dio vuelta. Atrás, en letra menuda, estaban escritas las indicaciones para llegar: daba las 12 de la noche como hora probable de paso del tren por el paradero; advertía sobre la detención mínima del convoy que apenas le daría tiempo para apearse; sugería que se le pidiera al guarda que avisara al momento de llegar; por último, indicaba la ubicación del almacén con respecto al paradero.
Recordó, con alivio, la voz que oyera en el tren, probablemente era la del guarda que lo había despertado y le indicó que bajara; debió obedecer como un autómata.
Pensó que ya era hora de salir del baño, aunque se demoró todavía un poco al notar que se despedían en la otra habitación. Un momento después se oyó el motor de un coche que se alejaba. Salió.
¿Se siente mejor? le preguntó Secundino.
Sí, ¿y sus amigos?
Se fueron. Me hacían compañía hasta que usted llegara. ¿tuvo buen viaje?
Me ocurrió algo muy extraño.
¿Qué fue lo que le pasó? preguntó interesado.
Creí que me había equivocado al bajarme en este paradero. Todavía me dura la confusión.
No se preocupe, amigo. Usted venía muy dormido y en este lugar y a esta hora se confunde cualquiera.
Se sintió comprendido. Secundino estaba sentado junto a una considerable pila de dinero y en la mesa, frente a él, el as de espadas hablaba a las claras de su triunfo.
Siéntese dijo el dueño de casa y le indicó una silla.
Bueno, veo que ha ganado, por lo menos voy a poder cobrar la deuda.
Sí, amigo, yo siempre pago y exijo que me paguen. ¿ No quiere echar una manito?
No, no juego. Preferiría descansar si me indica algún hotel.
Quédese aquí, hay lugar y el próximo hotel está muy lejos.
¿Cómo hace para vivir en un lugar tan desolado?
Este lugar se llama “El Futuro” y, ¿sabe amigo?, cada uno tiene el futuro que se ha imaginado. El optimista lo ve hermoso y el negativo se aterroriza frente a él. Esta estación perdida es un poco como la vida. Aquí se esfuman las nociones de tiempo y de lugar. Yo vivo de las confusiones con el futuro. ¿Usted le teme?
La verdad que sí. No me gusta pensar en él. No me gustan ni las películas sobre el futuro. Prefiero vivir el presente y recordar el pasado.
De ahí deben venir sus errores de ubicación al llegar a una localidad que se llama “El futuro”. No se ofenda, es sólo una broma, aunque pienso que tampoco le gusta jugar por el mismo motivo. Nadie sabe cómo va a venir la próxima mano pero se arriesga. Una apuesta es una prueba de confianza en el futuro.
¿Le parece?
Sí. ¿No le gustaría echar una manito?
Estoy muy cansado, pero si insiste. Quisiera no temer más. ¿Qué apostamos?
¿Qué tal mi deuda?
¿Su deuda? ¿Y si pierdo?
¿Y si gana? Se llevaría el doble. El tren de regreso pasa a las 10 de la mañana. Juguemos a una sola mano.
El viajante se arriesga:
Bueno.
Secundino reparte. Al ver sus cartas el viajante sabe que va a ganar. El as de espadas reluce con brillo metálico. Y gana. Para él “El futuro” tiene otro color. El tendero le pide la revancha, sólo que no tiene más dinero. El viajante lo ve desaparecer por la puerta del patio y se tiende a dormir en el catre. Cuando se despierta ya no hay confusiones en su mente. El tendero no está. Prepara sus cosas y le deja una nota de despedida. Los planes se atropellan en su cabeza. Se va a la estación y al rato toma el tren. Ya en su asiento, ve aparecer a Secundino con el dinero para apostar.
Quiero la revancha le dice.

PÁGINA 14 – Narrativa

*Aparicio.

A Luis Gudiño Kramer, en memoria
Luna del río, río de la noche
burbuja de las cosas,
sangre de la tarde,
nube deshilachada.

Convengo que me perdí en los montes de la costa la extraña noche del 24 de abril. A no ser por eso, no hubiera querido Dios que yo cayera a lo de Aparicio justamente ese día y a esa hora. Las cosas ocurrieron así:
Salí avanzada la tarde a recorrer las trampas. El sol estaba ya casi sobre el horizonte brumoso pero, apurándome, calculé que el tiempo alcanzaría para hacer mi recorrida antes que la noche ascendiera desde los pajonales. Monté mi caballo y salí al trotecito del pueblo, galopando luego por el camino vecinal rumbo a los esteros. Llegué a la primera trampa cuando el sol muy rojo y velado alcanzaba la copa de los árboles. No había nada. Busqué la segunda trampa y en ella sólo encontré una pata de zorro. Pero la trampa se había trabado y me llevó mucho tiempo arreglarla. Cuando acabé, el sol se hundía ya entre los pajonales del bañado grande y todo el cielo se rompía en filamentos de sangre. Fue entonces cuando debí volver, pero el trastorno con esa trampa me irritó y seguí buscando, como si el sol de otoño se hubiese fijado en la sinuosa línea del estero. Soy hombre baqueano y la oscuridad no iba a asustarme, aunque, nuevo en ese paraje, no lo conociera bien. Lo cierto es que, cuando rastrié la última de las trampas, era ya de noche y la luna llena, una luna roja y achatada, subía por el Este en un cabrilleo de agua. Nada de caza, tiempo perdido al cuete –me dije, por caprichoso.
Cansado y encabronado me senté en un alto a fumar una chalita. Sabía donde estaba y con el caballo al paso no iba a errar el camino de vuelta. Y así me quedé mirando la luna roja, la luna inmensa y abollada que se desprendía suavemente de la negra barranca y viboreaba en el río filamentos luminosos e innumerables. Las ramas peladas de los árboles, las hojas afiladas de la paja brava se recortaban como espectros en el aire húmedo y negro. La brisa del Este, un aura apenas con olor a hierbas y a pescado, aventaba el humo de la chala y zumbaba en mis orejas. No sé que pudo ser lo que espantó al caballo, tal vez una sombra más dura que las otras, tal vez la corrida de una alimaña. Lo cierto es que no pude detenerlo a pesar de mis llamadas y muchas fueron las maldiciones que la noche sopló y el viento. Ahora la luna llena se había levantado, redonda y blanca, y alumbraba al sesgo la tierra rugosa, sembrando el suelo de pequeñas sombras alargadas. Terminé mi chala, estiré el cuerpo y me dispuse a caminar. Total nadie me espera –pensé.
Caminé por un buen rato orillando el río y llegué hasta la vuelta que lo aleja del pueblo. Después me metí en el monte rayado de sombras. Me orienté por las pisadas y me puse a silbar una milonga, triste como el monte nocturno arrastrando el crujido de las hojas, quebrando a mi paso las ramas caídas en el impenetrable silencio. Y allí me desorienté, con la luna alta ya sobre mi cabeza. Y di vueltas en torno a los mismos árboles, sin hallar una senda ni un punto que me guiara, girando sobre mi cuerpo como una rueda loca, atrapado en la maraña de las horas, sin poder hallar, siquiera, el cauce del río, la punta del ovillo, sólo con ese chistido y ese crujido de mis pisadas, levantando del suelo el rumor de otras vidas, de otras voces. De pronto el monte se cortó en un claro alumbrado por la luna y fue como se me encandilara. Era un lugar redondo, como la luna misma, y en redondo giraban los carpinchos en la noche, erguidos sobre sus patas traseras, oscilando en la ronda de su instinto bajo la luna de otoño, fantasmales en la ronda de sus peludos cuerpos, girando torpemente en su danza del celo y de la vida. Me quedé mirando, tan sorprendido que hubiera permanecido allí muy quieto el resto de la noche. Fue la lumbre de un fuego distante el que me movió a seguir su rumbo, alejándome de los carpinchos que ahora chirriaban olisqueando en el aire de la noche mi presencia ajena.
El fuego brillaba lejos, desaparecía en la fronda del monte para reaparecer indistintamente a izquierda y derecha según el contoneo de mi marcha. Que no se vaya a apagar –me dije haciendo una higa. Y para desgracia mía el fuego no se apagó.
Demoré una hora, creo, en alcanzarlo. Y cuando estaba cerca vi de nuevo el río y en un abra del monte el bendito de Aparicio.
Aparicio estaba en cuclillas junto al trípode, alimentando el fuego con ramitas, y la olla de hierro humeaba y burbujeaba con un olor a laurel y a tomillo. Cuando me acerqué se limitó a mirarme, los ojos entornados por el humo entre un ladrido de perros bravos.
-¡Quieto Nativo! –gritó- ¡Quieto Podenco! ¡Quietos perros! –sin cambiar de postura, sin apenas moverse. –Pase amigo –dijo-, venga por aquí –entre el gruñido de los perros erizados de inquina.
-Salud, Aparicio –le dije-, perdone que lo jorobe a estas horas, pero me perdí en el monte.
Aparicio tomó un tizón y lo arrojó con violencia a los perros, y los perros se dispersaron con la cola entre las patas.
-Parecen como cebados –dijo-. Venga amigo, siéntese. Ya va a estar el tapichí.
La noche estaba fresca y me hizo bien sentarme junto al fuego del indio Aparicio, en el suelo, extendidos los pies mojados a las llamas, echado en la tierra para tomarme un descanso. Allí encendí una chala y me quedé mirando las brasas. En lugar de acercarme al pueblo me había alejado, y ese sitio era bastante bueno a esa hora para estarse allí a la lumbre hasta que amaneciera. El olor de la comida me dio hambre, tanto que, lo juro, hubiera comido hasta llenarme a pesar de mis reparos. Pues se me ocurrió que en esa olla estaba la explicación de mis trampas vacías; sólo después se me ocurrió pensar que las pieles no estaban por allí, ninguna piel estaqueada para secarla al sol.
-Tuvo buena caza, parece –le dije con toda intención y Aparicio se limitó a gruñir olisqueando el aire.
La escopeta oxidada colgaba del larguero del bendito, junto a un costillar infantil que se estaba haciendo charqui. Los perros se habían echado en círculo, rodeando el fuego, y desde las sombras me seguían sus miradas encendidas. Al muchacho no lo vi y pensé que estaba durmiendo.
-¿Y su ahijado no anda? –le pregunté a Aparicio por no quedarme callado.
-Se fue con la mamá –dijo Aparicio, removiendo el tapichí con una rama de laurel, y las llamas lo alumbraron de rojo entre el humo espeso del guisote.
-Así que se ha quedado solo…
-Eso es, amigo –contestó de mala gana, con un pesado arrastre que me sonó a amenaza.
-¿Vive lejos la madre?
-Está por el Ubajay.
Yo ignoraba que el chico tuviese madre (en realidad no la tenía, como después se supo), pero no insistí ya que a Aparicio no le gustaba que le preguntaran eso, según se veía.
-Yo anduve recorriendo mis trampas y después me perdí –le dije pausadamente y con intención-. No encontré ni un solo bicho, nada más que la pata de un zorro.
-No hay ninguno por aquí en la estación –dijo Aparicio y me miró de soslayo con su mala mirada.
Yo miré la olla humeante y después el costillar que la brisa hamacaba lentamente.
-Eso es –dijo Aparicio y se quedó en silencio, mordiéndose los labios.
-Sin embargo vi bailar a los carpinchos en un claro del monte no hace mucho –dije para mí en voz alta y algo, acaso, me pareció que no encajaba, las palabras de Aparicio, el costillar colgado, el tapichí que gorgoteaba en la olla.
-Andan escondidos en el monte, andan en celo –dijo Aparicio-, y no muerden las trampas. En esta época hay que ser muy baqueano y tener buenos perros para cazarlos.
Me senté abrazándome las piernas con un escalofrío, tan cerca del fuego que la lumbre me ardía la cara.
-¿Y el chico no va a volver?
-Se fue por mucho tiempo.
-Lástima quedarse sin su compañía en esta soledad.
-Lástima, sí.
El tapichí borboteaba en la olla de hierro y Aparicio agregaba cada tanto una ramita a las llamas.
-Ya le falta poco –dijo- y va a estar muy rico. ¿No tiene una ginebrita?
-Ni una gota. Se me espantó el caballo.
-Búsquese un plato, si quiere. Por ahí ha de estar el plato del chico.
Yo no me moví de junto al fuego.
-Es muy gauchito el pibe, ¿no?
Aparicio me miró por encima de las llamas con su mirada negra y huidiza. La mirada de un largo acosamiento, esquiva y secreta y un poco enloquecida.
-Y, no crea, don, era demasiado travieso –dijo entredientes, con un susurro apenas audible.

Esta grapa está mala y sabe a pescado, ¿dónde la conseguiste gurí? No sé por qué te hablo si vos ya no podés hablar, ni andar ni reír, cachorro de la luna, se te acabaron las gracias chico desobediente, se te acabaron las risas, animalito salvaje, todo galope, todo malicia, pero qué digo, caramba, si vos ya no estás, si ya sé que te has ido al rincón soleado, a la tierra florecida de noviembre, paso a paso, trote a trote, dejándolo solo a este viejo en la ribera sin ayuda de nadie, aquí, en la orilla del agua y el sol de la mañana, el mismísimo sol que hierve y burbujea en el caldero de cobre, aquí, junto al monte perdido y las alimañas de la tierra negra, porque yo, yo te quería, ¿sabés?, eras el hijo que nunca tuve y eras mi ayuda y mi compañía, aunque a veces te cascara, ¿no?, ya ves, te lo dije muchas veces, de nada sirve la picardía ni la gracia ni el tino cambiante de esos rencores, de nada estos desvelos; qué mal paga la vida el calor que supe darte un día, cuando eras gurí, no tanto como el calor del fuego que te disuelve, no tanto el ardor de la llama que enrojece el caldero, gurí de los ojos negros y de la piel tostada por el viento, y ahora no, ahora un animalito de los montes cazado a perdigonadas a la lumbre de la luna y el ladrido de los perros, ¡caray!, te han mordido pobrecito por andar a la espantada en la noche del río, solo por allí aventando con tu miedo la saña de los bichos (y yo lavé tus heridas una a una con agua fresca y clara, vos no lo sabés, cierto, porque vos te has ido a la tierra de los gamos, a la tierra de los frutos, hecho una cosa toda de luz y para siempre lejos del sufrimiento que endurece al hombre y de la rebeldía que lo puebla de odios y cuajarones de espuma y sudor y llanto), sí, de los bichos que por lo menos han vuelto y crujen sus barrigas y sus bocas babean en espera de su parte, y la tendrán, ellos la tendrán por no irse a mezclar como pordioseros con la opulencia de la ciudad, como roñosos, dolidos mendicantes de oscura piel, no irán a pedirle a nadie una limosna indigna… ¿Por qué me hiciste enojar? Mil veces te tengo dicho que no me escondás la ginebrita enterrándola por ahí con la munición, que no soy ciego para seguirle el rastro a tus pisadas en el polvo; mil veces te he pedido que me mirés a los ojos sin pestañear cuando te pregunto algo, chico de porquería, y mil veces también que no tratés de engañarme con tus trucos y rarezas, carne doliente, carne trozada, humito de la hierba en el humo del agua, en el hervor del agua, en el sabor gustoso de la carne y del agua, ya sé que me estás mirando, oculto por allí en la frondosidad de un árbol, en la estela de una sombra, en la mancha de una mata anochecida, y sé que me estás mintiendo en la tristeza de tus ojos, por qué tenés que sentir en el fondo de tu mirada que soy poco para vos y que vos sos poco para mí, si en la extensión de este suelo estamos solos los dos y yo te quiero y vos debés quererme, qué diablos, tanto así que tu madre me lo pidió y yo le hice mi promesa al borde mismo de la muerte, en San Javier, en la mañana de junio, y yo he cumplido y vos has descumplido, día tras día, mes tras mes, de esas palabras buenas… qué tiene de extraño, pues, que yo te haya retado y golpeado si sos cabeza dura y nada te corrige de andar por allí zumbando, y si la luna tan llena y tan grande te cambió de piel y fuiste un gamo galopando al viento delante de los perros, largo, lejos, sin pensar en tu carrera que una rama tumbada iba a tumbarte en el abra del monte, y a herirte y azonzarte, cercado luego de un círculo de dientes y gruñidos, volcado luego en la criba ardiente de esas gotas de rocío que en el trueno de la noche te acosaron, una vez y otra, y en la torpe mordedura de las bocas afiladas, sangre sin rostro de junio en la luna de las tormentas, hueso partido, carne trozada, ahora te consolarás con darle tu fuerza a este pobre cuerpo cansado de penurias, trabajado de dolores, endurecido de tristezas, arrancado de cuajo de su tierra verdadera, y tu carne alegrará mi carne, y tu muerte alumbrará mi vida, el arrastre de mis pasos, la locura de mis sueños, el peso de mi memoria, trocito a trozo de tu carne nueva y de tu sangre dulce, dulce como el panal de las lechiguanas en este crisol de Dios y el costillar al viento.

Si esa madrugada yo estaba hambriento por el frío y la caminata, no puedo decir ahora por qué dejé de codiciar esa comida, por qué sentí reparos de ese costillar colgado y ese tapichí que burbujeaba en la olla de tres patas cerca del alba, tan a deshora; qué súbita sospecha me alertó de ese rito del fuego que Aparicio desplegaba acuclillado en la noche de abril. Lo cierto es que algo se me atragantó y ya no tuve más hambre, sólo quise irme y me levanté.
-Voy a ganar tiempo –le dije a Aparicio Garay- desde aquí puedo orientarme. Puedo llegar al pueblo con el sol sobre las islas.
Y me sacudí el polvo y me fui.

* (Historia basada en el caso de antropofagia cometido por Aparicio Garay en el año 1936)

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

Palabras para acallar auroras
(a mi amor de siempre)

Tengo que decirte, amor,
que he seguido floreciendo entre cansancios
y lluvias que venían amamantando auroras
desde el lado opaco del recuerdo.
Que apenas pude acallar tus labios
con mis dolores antiguos de viejo caminante sin báculo
y con sorpresas, que te sentí siempre
desde el silencio de las noches grises,
que te he soñado con ansias incrédulas
más allá del celofán gozoso de tus promesas.
Tengo que decirte, amiga,
que sigo abriendo baúles
como si fueran del primer amor callado,
que cada noche te aguardo y te encuentro
debajo de mis insomnios de viejo lobo
de las estepas sucias, que en cada golpe
de estribor del viento sin rumbo
tu quilla me lame con olas rudas.
Que temo al día
y a las madrugadas
secas,
que cuando sudo
con cuerpos que no son míos
más que para sanar dolores
mis miedos se escarchan todos
en tu regazo.
Que soy pequeño y desvalido
sin tu sonrisa.
Que apenas valgo centavos
sin tu fuerza de madre-hembra.
Que acallar auroras
es imprescindible para mis sueños...
Tengo que decirte, mujer.

Luis E. Prieto (España)

Graciola
-hierba de las calenturas, hierba del pobre-

Graciola
Crece rápido
sobre la margen izquierda
del río Paraná

Graciola
se parece mucho
a mi corazón
es razón
para querer esta chica
o la hierba mágica
del pobre

los cazadores
son unos criminales
sólo hablan
de cazas y de sangre
entre sus disparos
y el ladrido de los perros
Graciola
-la hierba mágica del pobre-
vibra
sufre
y se esconde
entre sus hojas temblorosas

el viento
sopla
fuerte
los cazadores
cultivan felicidad y sorpresa
ante ellos
los perros
sin dejar de ladrar
o de olfatear
siguen el rastro

por último
los cazadores
se reconcilian
muertos de cansancio

aliviada
libre
y a ralentí
Graciola florece
y parece tan alegre
en su conjunto de luz

hace viento
el viento sopla fuerte
yo
igual que un chico
tan pobre
tan rico
tan calenturiento
me llevo muy bien
con Graciola

me gusta tumbarme
como una liebre cansada
en el sofá verde
muy cerca de ella

Graciola merece
unos mimos tiernos.

Youssef Rzouga (Túnez)

Supervivencia

Ese fue el día de la tormenta de sangre
y el anunciado linchamiento de las aves.
La amapola comprendió que ya nunca será rosa.
Los árboles, vencidos, fueron despojados de sus hojas
y los parques de invierno clausurados para siempre.
Los sueños quedaron sometidos al toque de queda
y se decretaron nuevas restricciones de cariño.
Se puso precio a la cabeza de la luna
y se prohibió la lujuriosa exhibición de las estrellas.
El mar tuvo que huir para no ser sumariamente ejecutado.
Sus vástagos dolientes fueron condenados
a trabajos forzados en las relucientes turbinas
de las modernas centrales hidroeléctricas.
Todos los defensores de las causas perdidas fueron ajusticiados.
Y los supervivientes se postraron, sumisos,
ante el todopoderoso dios que sonreía satisfecho
desde su regio trono tapizado de muerte.
Nadie advirtió la sombra inquieta del pequeño topo
que ya estaba socavando los cimientos.

Sergio Borao Llop (España)

Tiro los pájaros muertos
del estante de la cocina
y me lavo las manos
libre de húmedas preocupaciones
que dejan huellas en todas partes
en puertas y marcos
me caigo
y me lastimo rodilla y manos y nariz
contra el suelo en la casa vacía
reconozco el olor
cuando se agujerea un ángel

Pía Tafdrup (Dinamarca)
Traducción de Francisco J. Uriz.

Quiero olvidar.

Quiero olvidar a este hombre que murió
porque no opinaba como los míos.
Quiero callar el suspiro sombrío
de estas amapolas negras
que crecieron sobre los cuerpos vencidos,
estos cuerpos que yacen en el sepulcro del rencor,
y que mueren cada día un poco más
porque la misericordia tiene amnesia.
Quiero olvidar estos seres desencarnados,
estos ojos que veían la muerte,
estos labios que presentían la tortura,
estas manos que se agarraban aux barbelés
de los campos de la ignominia.
Quiero olvidar a esta mujer que tuvo la culpa
da amar al que no ganó la paz,
a este mujer que arrastra su alma atormentada
por un campo segado de amor y de cordura.
Quiero olvidar a esta mujer sin luz
que mora en la agonía de los días que fenecen.
Quiero olvidar a estos huérfanos del exilio
que vagan por el mundo sin saber a que tierra pertenecen
porque un día maté a un hermano
que no opinaba como los míos.

Harmonie Botella Chaves (España)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

Infancia y autodescripción.

A propósito de un niño de Th. Bernhard.


Por Miguel Catalán (Valencia/España)


En la breve novela autobiográfica Ein Kind (Residenz: Salzburgo, 1982), el escritor austriaco Thomas Bernhard hace memoria de los primeros ocho años de su vida. El autor evoca en ella la experiencia de culpa que le provocó el hecho de escaparse de casa en bicicleta para visitar a una tía que vivía en Salzsburgo. La culpa de su fuga es absoluta. Nadie puede perdonarlo. El niño que ha de volver a casa después de su escapada se ve a sí mismo como un monstruo sin paliativos, sin el auxilio de la racionalización ni el apósito de las palabras defensivas que mitiguen el dolor, la vergüenza, la humillación del momento. La permanencia en la mente adulta de este desangrarse en privado de la experiencia infantil remite al componente neurótico del escritor literario, ese adulto que da la espalda a la vida de relación para vivir concentrado frente a una máquina de escribir o un manojo de holandesas. La persistencia del recuerdo egocéntrico narrado por Bernhard en estilo indirecto se mueve en el estrecho margen que separa la genialidad de una neurosis que se complace en volver, frente a la decepción ética de la vida adulta, al abismo alternativo de desventura y felicidad que constituye la infancia. La literatura y la infancia casan tan bien, y no sólo en Bernhard, porque ambas aspiran con pasión excluyente a la sinceridad. La primera, porque dice la entera verdad al hablar de los personajes. Pues sólo cuando uno está hablando de otros habla de sí mismo con toda sinceridad, aunque no pueda hacerlo sino de forma indirecta. La segunda, porque el niño todavía no percibe el efecto en los otros de la verdad dicha sobre sí mismo, y, por tanto, no ha descubierto aún la necesidad de la mixtificación. El niño sólo se reconoce a sí mismo desnudo. Cuando se ve vestido, es porque otros lo han vestido para la ocasión.

Si a veces nos parece literatura auténtica sólo o principalmente la basada en la infancia, como sucede en el universo proustiano, o la basada en el sueño, como ocurre con el universo kafkiano, se debe a que la narratividad psicológicamente relevante es aquella en que el autor trata de sí mismo. Esta proposición se fundamenta como sigue: si bien es cierto que podemos escribir con conocimiento de causa en tercera persona acerca de las experiencias de los adultos que nos rodean, es imposible escribir con plena convicción en tercera persona acerca de las experiencias infantiles (u oníricas) de otros adultos. Y sólo estas son las existencialmente decisivas. En tanto a los niños les ocurren experiencias absolutamente únicas que luego, al leerlas, advertimos que son universales porque también nos ocurrieron a nosotros, a los adultos les ocurren experiencias genéricas mediadas por la tradición, la razón y el lenguaje, es decir, sometidas al dominio general de la máscara. El análisis y la experiencia secundaria sepultan con su peso la creatividad y la experiencia primaria. La definición de “adulto  creativo” que da Ursula K. Leguin como “niño que ha sobrevivido” se limita a confirmar las sorprendentes excepciones de este aplastamiento general. La experiencia primaria infantil, sin puntos de comparación a los que acogerse ni mecanismos de defensa bajo los que ampararse, procura una materia prima apropiada para penetrar con ayuda de la pluma hasta el corazón de la experiencia individual. La experiencia secundaria, para escribir ampliamente de historia, crítica o economía.


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01/04/2007 11:13 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 10 comentarios.

NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL IDIOMA CASTELLANO

20070418230149-quijote.jpgGACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL - ABRIL de 2007 

Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de Pablo Picasso.
Litografía: Don Quijote y Sancho (1955)

PÁGINA EDITORIAL

Estatuto del Hombre
(Acta institucional permanente)
Artículo I
Queda decretado que ahora vale la verdad, /que ahora vale la vida /y que con las manos unidas /trabajaremos todos por la vida verdadera.
Artículo II
Queda decretado que todos los días de la semana, /incluso los feriados más solemnes, /tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.
Artículo III
Queda decretado que a partir de este instante /habrá girasoles en todas las ventanas, /que los girasoles tendrán derecho /a abrirse dentro de la sombra /y que las ventanas han de permanecer, el día entero, /abiertas hacia el verde donde crece la esperanza.
Artículo IV
Queda decretado que el hombre /no precisará nunca más dudar de los seres humanos, /que cada hombre confiará en su especie /como la palmera en el viento, /como el viento en el aire, /como el aire en el campo azul del cielo.
Párrafo único
Un hombre confiará en los hombres /como un niño pequeño confía en los otros.
Artículo V
Queda decretado que los hombres /están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será necesario usar la coraza del silencio, /ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa /con el corazón limpio, /porque la verdad será servida antes de la sobremesa.
Artículo VI
Queda establecida, por lo menos durante diez siglos, /la práctica soñada por el profeta Elías, /en la que lobo y cordero pastarán juntos /y su aliento tendrá el gusto mismo de la aurora.
Artículo VII
Por decreto inderogable queda establecido /el reinado permanente de la justicia y la claridad.
Y la alegría será bandera generosa /por siempre resguardada en el alma del pueblo.
Artículo VIII
Queda decretado que el mayor dolor siempre ha sido y será /no poder darse en amor a quien se ama, / sabiendo precisamente que esa agua /es la que da a las plantas el milagro de la flor.
Artículo IX
Queda permitido que el pan cotidiano /ofrezca a cada hombre los signos de su esfuerzo.
Pero, sobre todo, que tenga siempre /el dulcísimo sabor de la ternura.
Artículo X
Queda permitido a cualquier persona, /a cualquier hora de su vida, /usar el traje más blanco.
Artículo XI
Queda decretado, por definición, /que el ser humano es un animal que ama /y que por eso es bello /mucho más aún que la estrella de la mañana.
Artículo XII
Decrétase que nada será obligado ni prohibido: /Todo será permitido, /incluso brincar como los rinocerontes /y caminar por las tardes /con una inmensa begonia en la solapa.
Párrafo único
Sólo una cosa queda prohibida: /hacer el amor sin amor.
Artículo XIII
Queda decretado que el dinero /no podrá comprar jamás el sol de las mañanas venideras.
Expulsado del gran baúl del miedo /será sólo una espada fraternal /para defender el derecho a cantar en la fiesta del día que nace.
Artículo final
Queda decretado el uso de la palabra “libertad”.
Será suprimida de los diccionarios /y del pantano engañoso de las bocas.
A partir de este instante /la libertad será algo vivo y transparente, /como un juego, como un río, como simiente del trigo, /y su morada será por siempre /el corazón de los hombres.

Thiago de Mello (Brasil) / Traducción de Mario Benedetti (Uruguay)

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

El guante del mago

El guante del mago
vuela como paloma.
Las plumas de la paloma
cobijan una almohada de tiempo.
El tiempo se fractura
en espacios
que el universo no puede contener.
El universo que pertenece
a cada hombre
acumula sus propias luces.
Las luces no alcanzan
para iluminar el abismo.
En el abismo están
los blancos fantasmas
que nadie reconoce.
Son fantasmas
los cuerpos que emergen
de la memoria esquiva.
Y es la memoria
la que vuelve a entronizar
los dulces abrazos ya perdidos.
Abraza el espacio
la consecución de los días.
Y en los días que se deslizan
desapercibidamente
se cobijan los miedos.
¡Ah, los miedos oscuros
los miedos escondidos,
los miedos de distancia!
Una distancia crucifica
las ilusiones de cada uno
y en cada uno la distancia
es el interrogante suspendido.
Interrogantes atrapan
la necesidad de ver el otro lado.
El lado de la verdad,
el lado de la mentira.
Mentiras construyen el paisaje
de las pesadillas.
¿Es que una pesadilla basta
para que las noches se rebelen
y conformen regimientos convulsos?
En la convulsión de la materia
torna a aparecer el ser
casi como una mariposa.
Mariposa para los cielos,
no para el alfiler de un entomólogo
que escudriña desde su laboratorio.
Y es en el laboratorio de la vida
donde los tubos de ensayo
dejan de ser de vidrio.
Vidrio para que un mago
construya su guante transparente.
Y desde el guante
una paloma no pueda echar vuelo
inerte, con sus plumas cansadas.

Jorge Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Invierno

La mujer de la bata gastada
barre las hojas de la vereda
ajena a la mirada que la desnuda. Barre
una llamarada de hojas de fresno
y enciende un fósforo
para que el fuego
la apague.

Concepción Bertone (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Albus

Al buscar lo que no busco
sé lo que no sé

Cerca
aparento estar lejos
y voy
a retornar
entre luminosas luces
muertas que la noche aviva:

abril en vos

que facilidad decir te amo
y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido
como tu mano de corteza inhallable
escribiendo melodías y sones
recibiendo la luz en la espesura del monte.

Roberto Aguirre Molina (San Cristóbal-Santa Fe/Argentina)

Bosque invisible

En la ciudad dormida
soñé que añosas hayas
me protegían
contra los infortunios.
En el proceso de despertar
imaginé un cielo
donde todos
somos aceptados.
…………………………..
Es la única
e imposible forma
de juntarnos.

Clara Rebotaro (Acebal-Santa Fe/Argentina)

Testamento.

Tener tus huesos digo
para cruzarme el mar como lo hiciste
dormir sobre la hembra,
fundarme en cuatro hijos,
ser en mis tierras nuevo adelantado,
salir al campo al alba,
velar la noche entera,
y ser cobijo y rumbo
de los que vienen en mis días.
Morirme así de pronto
y que me guarden, firmes, las paredes
en las que aún soy techo,
raíz y certidumbre de mis gentes.
Negarme a la ceniza,
cuando sus polvorientas manos me reclamen
y ser aún de piedra
cuando me rinda el fuego
ante el último grito de la vida.

Julio Luis Gómez (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Sobres para fracasos

Por Martín Orell (Santa Fe/Argentina)

Como cayendo desde un espacio donde las palabras, siempre las mismas, ésas que a veces dejan su lugar a los silencios, como cayendo, sí, al piso, sin eufemismos, en el asfalto de cada intento, y caer en la costumbre de anotar los fracasos para olvidarlos en un sobre en una esquina donde nadie te mire, en lo posible tres de la mañana, noche serena, sin estrellas, sin nadie, olvidándolo como al descuido, en una ventana, al alcance de la mano de cualquiera que pase por ahí, que abra el sobre y relea esa loca enumeración, se sonría y arroje ese papel en el borde de la vereda para que el viento lo acerque al cordón de la calle y allí se ensucie con el agua sucia y el barrendero que pase lo alzará con premura y pensando que puede contener algo importante se sacará los guantes, lo abrirá despacio e intentará leer descifrando sus trazos que se habrán borroneado por el agua y lo arrojará con bronca por haber perdido tiempo en esa estupidez y el sobre quedará en una esquina junto a un montón de basura que luego se recogerá en una gran bolsa que cargarán en un camión alguno de los dos muchachos que corren detrás, en algún momento alguien silbará fuerte, correrá a comprar una cerveza y pondrán a comprimir la basura y la carta de derrotas y fracasos se amalgamará en miles de objetos diversos, se diluirán las derrotas, de a una, se mimetizarán en simples desperdicios, la derrota de la mañana se mezclará con una lata de cocacola y la del mediodía en un brazo de un aborto reciente, la de la tarde en un telegrama de una gerente frígida, y el que encontró aquel primigenio sobre en la ventana no le contará a su mujer, che sabés que encontré hoy..., el barrendero ni se acordará a la hora de sacarse las medias para dormir, y el sobre que estuvo mojado se irá diluyendo, borrando sus letras y sus formas para que, al paso de un par de días ya nadie, nadie, ni vos, recuerdes esas notas que dejaste alguna vez en una ventana, sólo recordarás que tienes que comprar más sobres para cuando hagan falta para algo, siempre hacen falta sobres, aunque uno no sepa bien para qué.

PÁGINA 4 – Narrativa

Redactor

Por Rolando Revagliatti (Buenos Aires/Argentina)

El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”

Huir

Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Oliverio Girondo – 1981/1967 – (Buenos Aires/Argentina)

Llorar a lágrima viva...

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Mi lu

mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus erpsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía

No se me importa un pito...

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

No soy quien escucha...

No soy quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

Poema 12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Vuelo sin orillas

Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo fluído,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Vigencia del Martín Fierro

Por Jorge Isaías (Rosario/Santa Fe/Argentina)

La leyenda quiere que el periodista federal José Hernández Pueyrredón, “para aliviar el fastidio del hotel”, se haya dispuesto a perpetrar –sin proponérselo, como la cultura hegemónica dice- uno de los textos más corrosivos, conmovedores, originales y aceptados por grandes masas, en la mayoría de los casos, no precisamente letradas.
¿Qué llevó a este luchador político a esconderse a escasos metros de la casa de Gobierno donde moraba su acérrimo enemigo a escribir “los males que conocen todos pero que naides contó?”
El problema de escribir sobre un libro canónico o un poema que, al parecer, representa “lo argentino” o “el ser nacional”, suponiendo que esto no fuera discutible, es mellarse contra una tradición que nos subsume en un juego de lanzas y polvaredas y caballos atravesando el espacio, modo de vida rural que atraviesa gran parte del siglo XIX y al que no fue ajeno el autor de nuestro poema mayor.
Muchas veces aluciné pensando a este hombrón generoso y lleno de humor –tal lo describen quienes lo trataron- fatigando gran parte del litoral y no sólo argentino sino brasileño y oriental.
Suponer que el gaucho que inventó fue siempre un rebelde es no haber leído con detenimiento las dos partes (“La ida” y “La vuelta”, como simplificadamente se metaforiza a “El Gaucho Martín Fierro” y “La vuelta de Martín Fierro”, 1872 y 1879 respectivamente) de su libro.
¿Adónde fue y de dónde vino el gaucho de Hernández?
De la frontera.
Es decir de la tierra de los “infieles” (infieles a la religión católica apostólica romana, se entiende).
Como toda la literatura de su siglo, salvo el paternalismo del coronel Mansilla, Hernández trató muy mal al aborigen. Esteban Echeverría, aunque mediocre poeta, también en esto fue un precursor.
Desaparecidas las condiciones políticas que le dieron origen, ¿qué hace del Martín Fierro un poema actual?
Tal vez los desheredados de siempre vean en el héroe hernandiano a un perseguido del poder, un receptor de las injusticias que perviven en el espacio que media entre los que mandan y los que deben –fatalmente- obedecer.
Si bien es cierto que entre una y otra parte del poema existe la distancia que hay entre un conspirador y un próspero adaptado al sistema, el lector común tal vez privilegie esa rebeldía anárquica del hombre que se promete, al ser despojado de todo, “ser más malo que una fiera”. Es decir: oponerse a un sistema corrupto e injusto que expulsa a ese sector marginal de la producción de su tiempo.
Por eso, el regreso del héroe nos devuelve un ser reflexivo, que viene para contar el infierno de la “barbarie”, que da consejos y elude –cosa insólita en la primera parte del poema- una pelea.
Si bien es cierto que el enigmático final donde se separan los cuatro personajes (Martín Fierro, Hijo Mayor, Hijo Menor y Picardía) nada menos que a los cuatro vientos, a los cuatro puntos cardinales, hace que sea abierto a interpretaciones disímiles y aún contradictorias, pero nos deja algo seguro: no hay lugar ya para esa clase social desheredada en el proyecto nacional que sigue a la Conquista del Desierto.
¿Adónde van los cuatro? ¿A llevar qué mensajes? ¿O a perderse en la nada de los tiempos, en el mar de otros miles de hombres y mujeres de ojos azules y pelo de trigo que venían a suplantarlos?

Despedida (33).
“Después, a los cuatro vientos / los cuatro se dirigieron. / Una promesa se hicieron / que todos debían cumplir. / Mas no la puedo decir, / pues secreto prometieron. / Les advierto solamente, / y esto a ninguno asombre, / pues muchas veces el hombre / tiene que hacer de ese modo: / convinieron entre todos / en mudar allí de nombre.”

Probablemente Martínez Estrada tenga razón y el libro de José Hernández destruya la gauchesca anterior y la sature para siempre, en lugar de perfeccionarla, como quieren algunos.
Veamos un poco: si nos guiamos por los temas –como toda tradición literaria que se precie- escribir con toda la tradición significa para Hernández (tratándose de sus antecesores “gauchescos” y también cultos: Echeverría, por ejemplo) decir y transitar la frontera, el indio, el gaucho, el desierto, el malón, el contrapunto, la cautiva, la injusticia, la guerra, etc, etc.
Le incluye la injusticia de las levas y la demonización del juez de paz –la autoridad- la ley del embudo, en fin, lo que sabemos. Borges ironizó con crueldad diciendo que el libro estaba escrito contra el Ministro de Guerra Gainza (el Ganza del poema). Esta es una verdad a medias, pero cierta.
Por otra parte convulsiona –desde el nivel de la lengua- la posibilidad del género y enfrenta la oralidad a la escritura.
No es casual que el Martín Fierro se lea, en general (salvo críticos y profesores), como una especie de “Biblia gaucha” (palabra de Dios), llena de consejos y frases de ingenio que la mnemotecnia de la rima ayuda a no olvidar fácilmente; versos que parecen hechos a propósito para situaciones de la vida cotidiana, para las injusticias vigentes. Porque por más internet y revolución de las comunicaciones que los brujos de la tecnología exhiben como logros (y lo son), a nuestro alrededor siguen existiendo las “tolderías” y la “barbarie”.
La vigencia actual del Martín Fierro, tiene que ver con estos tópicos. Allí se juega una referencialidad contemporánea que da vida a los textos. Porque aunque ya nadie hable esa lengua arcaica, ni se la hablara en los tiempos del siglo XIX en que se compuso el Poema, en algunos de sus refranes y consejos pueden identificarse vastos sectores de este país donde el gaucho es una leyenda y un mito y no una realidad llena de mezclas raciales que contribuyó en su momento a deponer su altiva figura para reemplazarla por millares de espaldas inclinadas a la tierra recibiendo semillas.
Algo que el gaucho, sin dudar, despreció.

Nota final: Es fama que a José Hernández, Senador por Buenos Aires, el gobierno le encomendó un viaje a Australia para estudiar las posibilidades de la agricultura y sus mejoras para el país. El senador omitió viajar para “no cargar con gastos el erario público”, y escribió su famoso libro “Instrucción del estanciero” en la casa de Belgrano donde murió, el 21 de octubre de 1886. Había nacido en las Chacras de Pueyrredón –ex caserío de Perdriel- el 10 de noviembre de 1834. (Eran otros hombres y otros funcionarios, claro).

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Mesetas del Chubut

Asomada desde los petroglifos
la soledad con cuerpo al alcance de la mano.

Perpendicular el sol anuncia mediodía
y calcina sobre perfiles de piedra.
Repta el indiscutido habitante
y en el esbozo de una flor apenas percibida,
se reitera.
Obstinación de vivir.

Duramente,
el imaginero reviste de verde.
Y al simple parpadeo
una lítica mano
evidencia en muros sólidos
y otra no humana
se preocupa del arte de un desierto.

Coirón, recio y salvaje,
puede ser mechón en la calvicie
pronunciada de la tierra.

El aguilucho planea cuidadoso.

Se huele aún
el cataclismo.

Damián Bruno Berón (Chubut/Argentina)

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

In memoriam Clara Crimberg.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,

ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,

ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,

ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,

ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,

yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

María Teresa Andruetto (Córdoba/Argentina)

Destinos
(Casi una poética)

Tu destino te sorprenderá
cada momento.
William Blake

A José Antonio Cedrón y
a José Emilio Tallarico,
poetas y hermanos.

Desde qué orilla abrir, cerrar
los ojos;
desde cuál punto de qué orilla.
Cada orilla,
cada punto de orilla adelanta,
en su cielo
y horizonte, una respuesta
diferente
que supone cada palabra que
se imagine
o que se diga. Todo camino
comienza
a abrirse según donde decida
afirmar
uno los pies y hacia dónde
apunte
uno su historia y su mirada.
Uno eligió
--o eligió por uno el fuerte
viento--
cada segundo, cada
rumbo,
cada sendero ahondado o
vasto
y nada puede salvarse en
un cruce
ni en un momento solo que
se abra.
La suerte, o mala suerte,
siempre
estuvo despierta y estuvo
echada
como una apacible leona
al pie del árbol.

Eduardo Dalter (Buenos Aires/Argentina)

El cuerpo en la palabra

Penetra en el cuerpo, la palabra,
desde la intemperie ancestral,
desde la ausencia,
inscribe sus símbolos
en la boca clausurada,
sobre el cuerpo y sus agujeros,
inscribe su metáfora,
herida abierta en la grieta del cosmos.
Hundidas en el cuerpo,
las letras carnales, feroces,
clavan su ardor allí,
mientras la pupila indaga
tantas mutilaciones
que se pronuncian silenciosas.
Velos de escrituras en la espalda,
ilusión de cielo y sin embargo infierno,
el cuerpo habla, desgarrado, abierto,
y entre pelos, olores y salivas,
recibe a la palabra,
incendiada, bella.
Ella deja en la memoria
su tatuaje de animal en celo,
su leche de verbo fundante,
su cuerpo como destino
en el cuerpo del otro.

Cuerpos violados
sobre escombros de miserias,
apenas gimen, apenas lloran.
Entonces, la palabra enmudecida retrocede,
ante el espanto de nombrar
se vacía en sus significantes
y quedan desnudos
los íntimos contornos.

Murmullo, lamento, decir, decir, callar.
Invocar voces.
La palabra, espejo del cuerpo,
refleja el anagrama: Adán y Raza, azar y nada,
palíndromos con los que jugó Cortázar.

Mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.
Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.
Tatuadas con vidrios, en el cuerpo,
las palabras cortantes,
sobre cada circunvolución
izquierda del cerebro:
allí, sobre los muros del lenguaje,
escritas con lenguas ardidas
de imágenes oscuras.
Una misma palabra
dicha en distintos sitios
huele como excremento entre los dedos,
putrefacción, para el ojo que graba la vida.
La palabra cuerpo cae en el cuerpo,
viaja hacia la oscuridad luminosa,
muta en la esencia líquida: sangre y linfa,
variaciones de voces.

El cuerpo destinado a presentar todas las formas,
guarda en su instinto un ojo inmóvil
de bestia adormecida.
El cuerpo en la palabra,
palabra que lo acuna, lo salva,
lo carga con amorosa entrega,
como la Virgen y el Niño, de Leonardo,
como la Piedad de Miguel Ángel,
sostiene cada tramo,
cada porción de carne en llaga viva,
simulacros para sitiar olvidos.
Acaso la palabra cuerpo
nunca alcance para decir lo que el cuerpo grita,
sólo enmudece.
Detrás de la piel habita una historia
hechas de ritos circulares.
Cuando el cuerpo ama,
la palabra calla,
crece un lenguaje de luz
entre uno y otro,
tan uno con el otro,
escindidos del cuerpo solo,
fundidos en la completud del abrazo.
El cuerpo amado lleva
inscripto en la piel todas las pieles.

Cuerpos que se anudan,
en un intento de saltar la trinchera,
protegerse de todos los absurdos allí afuera,
sin embargo la lágrima cae,
silenciosa hacia la nada.
Mientras el cuerpo
en reposo sigue oyendo,
palabras interiores,
voces que trepan a la sangre,
hechas mixtura y soplo, aliento,
frases que se posan allí
en la levedad de la lengua,
a veces muda, a veces quieta
y otra vez suelta, para volver a pronunciar.
Cuerpos sin nombres,
arrojados al vacío
de las palabras ausentes,
orfandad, desnudez, soledad cósmica.
Poblar el cuerpo nombrado,
cuerpo para nombrar palabras,
palabras para nombrar cuerpos,
re escribir cada parte
con su carga de símbolos,
esos pequeños léxicos
el sexo, el ojo, el pie, la mano,
transmutaciones que narran voces
para desandar la distancia
entre la mirada y el gesto
y volvernos uno y todo, íntimos, sutiles,
descubrirnos el rostro, el auténtico, el otro,
el que calla y crece encima del gesto de la muerte.

El cuerpo en la palabra,
complicidad, entre los labios de dios
y los labios que nombran,
nombran con el leve temor
de no ser ya nombrados,
nombran para guarecer la palabra
de la intemperie del cuerpo,
alumbrar el estallido que sube de la entraña,
nombran para tocar la breve eternidad:
el cuerpo en la palabra.

Olga Lonardi (Entre Ríos/Argentina)

I

¿Qué es de los muertos? No sudan,
ni tributan, ni expectoran. Nunca tarde,
temprano, áureo, consolidado.
¿Arderá dentro de un rato el agujero,
una rata vendrá a alumbrar
con sus ojos el más ajado de los catecismos,
regresarán aquellas leves sábanas
en el mediodía de Túnez, de Chipre?
Es no. Es telón sin escenario, al pie de un improbable paraíso.
Es profecía que se vierte, para nadie.

Pero, ¿qué es de los vivos?

II

Cada cual con su lengua, su silla plegable,
su reloj detenido en una hora
anterior a la borrasca, su fruta preferida,
su modo de amar y cerrar la puerta.
Y cada uno con su desnudez,
personal, intransferible. Y
cierta amarga libertad,
cierta y dulce esclavitud,
un sitio en el interminable cortejo
que atraviesa las aguas
hacia una hipotética tierra firme.

Carlos Barbarito (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La calesita

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Los ojos oscuros de la nena están fijos en un punto, traslucen una mezcla de asombro y desaliento. Es muy niña, tal vez dos o tres años. Las manos pequeñas se asían firmemente al eje del caballito de madera, como si no tuvieran algo más de dónde sostenerse. El sol dibuja siluetas multiformes en la vereda redonda y mojada por la lluvia de hace un rato y las expande más allá de las rejas un poco oxidadas. Algunas nubes parecen caballos blancos, levantan las patas traseras mientras sus "manos" agitan el aire. Sentados en un banco dentro del recinto limitado por las rejas un hombre y una mujer se besan incansablemente. Se exploran con sus lenguas más allá de los labios húmedos de ambos. El es joven, de aspecto rudo, los brazos musculosos y firmes insinúan un trabajo que le exige esfuerzo físico. El pelo es corto y ondulado, tiene ojos oscuros de mirada vivaz. Ahueca las manos grandes y firmes en la nuca de la mujer. Usa un jean y una camisa muy abierta que le dan un aire desaliñado. Mientras la calesita da vueltas y más vueltas suena una música horrible y vulgar, sonidos guturales llegan casi a lastimar los oídos. Yo soy Rosita, yo soy José, las dos ratitas de la tevé, liralalira, liralalira, yo soy Rosita, yo soy José... Así, las notas discordantes se suman al calor de la tarde y tornan la atmósfera más insoportable.
La nena lame un chupetín mientras el caballito avanza en círculo acercándose a la pareja que sigue besándose. Algunos segundos antes, la mujer ha deslizado un puñado de fichas en las manos del infeliz que da la sortija y se ha entregado otra vez a las caricias y besos del hombre. Ella es menuda, morena y en sus ojos hay un aire indiferente. Sentada, parece más pequeña, más flaca. La ropa es de confección barata y los movimientos que ejecuta con el cuerpo mientras besa al hombre son algo nerviosos. La mujer no deja de cruzar las piernas, alterna la de arriba con la de abajo, ni deja de mover las manos con largas uñas pintadas de rojo intenso crispadas detrás de la espalda del hombre.
Los ojos oscuros de la nena se detienen en la escena cada vez que el caballito pasa frente a la pareja. La mirada inexpresiva e infantil queda vagando en el aire. Solo puede verse en ellos una expresión mansa y el desamparo. Cada tanto el infeliz rengo y desdentado recoge las fichas y comenta algo con el hombre gordo que las vende, los dos se miran y las miradas se posan después en el hombre y en la mujer.
El sol ya corrió algunos pasos las sombras irregulares y el cielo tiene el brillo de los mejores días del verano que llega a su fin. Ahora el infeliz va juntando de a una las fichas que le entregan los niños hasta que llega a la mujer:
--Señora se acabaron las fichas, ¿va a comprar más o se lleva a la chica?
Ella no le contesta, se separa bruscamente del hombre, el semblante rojo y húmedo y desata la correa que sujeta a la nena y la baja del caballo. Sin decir nada toma a la nena de la mano y las dos se alejan. El hombre camina unos pasos más atrás.
Todavía juega el sol entre las copas de los árboles florecidos y hace brillar las hojas con verdes más intensos. Hay una mezcla de perfumes de árboles en flor, retamas y tilos.
La calesita sigue girando, con la molesta música de carnaval interrumpida solo por el chirrido esporádico de los ejes. Algunos chicos patean la pelota hasta que salta sobre las rejas y cuando el desdentado no los ve, aprovechan para dar gratis una vuelta.
Ahora es de noche, sopla un viento fuerte y seco y los árboles se inclinan lo suficiente para emitir algo así como un quejido que se filtra por la ventana. Un gato camina por el techo con pasos sigilosos. Se detiene y encoge su cuerpo para atrapar alguna presa. La nena duerme abrazada a un osito azul, la respiración puede percibirse más allá de la puerta que da al comedor. El sueño de la nena es profundo hasta que unas voces altisonantes la despiertan. La nena se acerca a la puerta y escucha:
--Si no me crees, preguntale a la nena, estuvimos toda la tarde en la calesita.
Los gritos continúan mezclándose y la discusión sube de tono. Los ojos de la nena vuelven a estar fijos en un punto, las manos asidas al eje de un caballo imaginario y la mirada vacía de expresión triste y somnolienta. Vuelve a su cama, levanta el oso azul entre sus brazos y se queda muy quieta parada detrás de la puerta. Las voces se confunden con el ladrido de los perros, el crujir de los muebles, el silbido del viento. No la dejan oír claramente lo que discuten. De pronto, suena el primer disparo; la nena corre a su cama y se tapa con las sábanas. Casi sin respirar. Cuando llega la policía le hacen una serie de preguntas que no puede contestar.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Las manifestaciones del silencio
Las cartas que no llegaron - Mauricio Rosencof –
Montevideo – Alfaguara[1]

(...) No puedo aceptar el descrédito en que ha caído la política de la conciencia, acompañado por la reafirmación del statu quo. Como tampoco puedo aceptar la moda de burlarse del idealismo y la audacia intelectual de la modernidad en el arte. Tal o cual estrategia ortodoxa o transgresiva puede volverse obsoleta. No así la legitimidad y la necesidad de seguir formulando una estética de la resistencia, resistencia a las barbaridades de nuestra cultura, a las apocalípticas planificaciones de nuestros líderes, y al conformismo de nuestras imaginaciones y nuestras vidas.
Susan Sontag

Un mundo sin niños
En el tratamiento crítico de Las cartas que no llegaron, el riesgo de confundir autonomía con independencia de lo social-histórico parece nulo, dado su enorme componente autobiográfico. Mauricio Rosencof, fundador histórico -junto con Raúl Sendic- del Movimiento de Liberación Nacional "Tupamaros", fue uno de los presos rehenes que la dictadura uruguaya (1973-1985) mantuvo durante doce años bajo amenaza de muerte como represalia ante cualquier eventual actividad del Movimiento, sometido a todo tipo de torturas, simulacros de ejecuciones, encapuchado, obligado a padecer la sed hasta llegar a beberse sus propios orines, en estrechos calabozos que eran verdaderas mazmorras medievales.
Lo que suele olvidarse frente a tanta carga testimonial es el límite entre el autor y el o los narradores. En el caso que nos ocupa, este olvido -en tanto soslaya una de las operaciones esenciales de su escritura- actúa en desmedro del alto nivel de formalización que la novela posee. Tramada desde la incertidumbre y la carencia, la configuración del narrador principal contiene evidentemente datos de la experiencia del autor, pero estos ingresan en el texto depurados bajo diversas técnicas de selección, fragmentación y montaje, enhebrados por mecanismos analógicos y simbólicos, es decir, sometidos a un procedimiento complejo que les confiere status literario en relación directa, arriesgo, también con su eficacia en tanto testimonio.[2]
La novela comienza con el reconocimiento de una imposibilidad ("No puedo precisar con exactitud qué día conocí a mis padres"), e inmediatamente: "Pero recuerdo -eso sí- que cuando vi a mamá por primera vez, mamá estaba en el patio". En estos dos párrafos iniciales aparecen en forma embrionaria los mecanismos productivos del texto: a la negatividad inicial que exhibe una falta, se le opone la afirmación de imágenes subrayada en su actividad volitiva por el coordinante adversativo. Hay un vacío, parece adelantarnos el texto, hay lo que no se puede aprehender, pero también está la determinación de trabajar con la memoria y la imaginación en torno a lo inenarrable, invocando al silencio para que se manifieste, de la misma manera que en el presidio se leen las cartas censuradas. Consecuente con esta estrategia de "entrelíneas" la narración tampoco nombra, sino que pone en escena la imposibilidad de nombrar.
En el primer capítulo no se describen las peripecias de la infancia desde la perspectiva del adulto, sino que el procedimiento reproduce los mecanismos asociativos con la frescura y las incongruencias propias de un niño. Toda retrospección supone un presente desde el cual se evoca, pero aquí el pasado se presentiza por medio de irregularidades sintácticas en función de recrear la visión infantil, alternando conjugaciones verbales en presente con diferentes pretéritos o introduciendo conjunciones a la manera del zeugma, figura que coordina términos de semas diferentes pero que permite al lector entender la índole de la percepción.
Un día vino mi papá con traje y todo, azul me parece, y muy contento, con algo muy grande, como un cajón, envuelto en diarios y que tenía botones. Lo puso en la mesa de coser y me miró, y lo primero que me dijo fue "eso no se toca". Entonces la prendió y era una radio. (12)
Al repetirse el orden con que las instancias del acontecimiento se grabaron en la mente del niño (el bulto misterioso, la opacidad del envoltorio, las perillas percibidas como "botones", la admonición paterna) no sólo se recrea su expectación sino que en el suspenso generado a partir de las imprecisiones descriptivas propias del registro infantil, contribuyen a que el lector participe en forma gradual del develamiento como si estuviera dentro del niño. El cajón se transforma en una radio sólo después que el padre la hace funcionar: no se relata el descubrimiento azorado, se lo produce. La percepción aniñada también habilita el uso de onomatopeyas (como la del repiqueteo de la máquina de coser), exageraciones y reducciones, así como "errores" diversos en la conjugación de verbos irregulares. El artificio operando contra la gramática que es la ley de la lengua. Todos estos mecanismos funcionan como atributos del extrañamiento (Shklovski, 55-70) mediante el cual objetos y situaciones cotidianas aparecen renovados en su intensidad expresiva bajo una imagen fresca, nueva, donde, por ejemplo, las penurias económicas se manifiestan desprovistas de todo dramatismo en la locuacidad inocente de Moishe:
En ese patio, un día, mi mamá encendió un brasero a carbón, donde iba a cocinar un trozo de hígado que los carniceros regalaban a los que tenían gato. Nosotros teníamos. Se llamaba Miska y era igualita a un tigre. Mamá cocinaba para Miska, pero comíamos todos. (11)
En contrapunto, a las vivencias infantiles se intercalan las cartas de Polonia. El texto no esconde su ficcionalidad, por el contrario, la exhibe. Se afirma que las cartas que esperaba el padre nunca llegaron, y a continuación se reproduce la correspondencia apócrifa que comienza narrando la instalación de la Gestapo en Polonia, y en que se acentúa lo repulsivo de la propaganda nazi por el contraste con el relato crédulo de quien lo narra. En la ausencia de las cartas se inscribe la pérdida, el vacío que nos remite al genocidio, pero también al negarse su existencia se afirma el derecho de la ficción a ocuparse del tema.
Esta intercalación epistolar extiende una sombra premonitoria que acecha los juegos inocentes de Moishe, marginales respecto de las preocupaciones y el dolor de sus mayores. Las cercanías de los diferentes registros en la hoja impregnan cifradamente relaciones constitutivas para el personaje. El holocausto flanquea al niño como el terrorismo de estado al adulto: entre estos dos sistemas represivos se proyecta una vida, entre ambas alambradas la narración cava su trinchera. La ficción que ocupa el vacío de las cartas transforma ostensiblemente la anécdota familiar en una síntesis de la Historia. Junto al tono de fe y esperanza inicial de las cartas se irá gestando otro código; bajo la apariencia del acatamiento, va fraguando una actitud de resistencia que progresa desde expresiones de humor, recurriendo a la fantasía como recurso para no dejarse embrutecer,[3] hasta desembocar en el grito y la insurrección (32).
El silencio es el verdadero crimen de lesa humanidad, silencio colaboracionista al que la descarga del grito pone en evidencia. Tensión compleja, constitutiva con sus silencios, puesto que, como plantea Macherey (1966: 67), la obra sólo instituye la diferencia que la hace ser, estableciendo relaciones con lo que ella no es. El grito es una manifestación de lo inexpresable, de la incapacidad del lenguaje corriente para explicar lo que significó sobrevivir en Auschwitz (Primo Levi: 130-131). Ahora bien, el grito, en tanto denota una ausencia de formulación no difiere del silencio, también es un agujero, una falta, aunque estentórea. Pero en todo caso se trataría de un silencio que no acata: el grito es un silencio que se rebela revelando su condición silenciada, su imposibilidad de decir.

La palabra fuera del tiempo
En el silencio forzado del calabozo, en la desterritorialización del ser hundido en la nada se entabla una relación de sobrevivencia con el lenguaje. Refugio de la lengua que siempre conlleva nuestro lugar en el mundo. El narrador necesita salvarse por el relato, ser rescatado del nicho por la saga familiar, le urge armar la historia del padre con los escasos datos que posee, dejar constancia de ese humilde heroísmo por medio de una construcción episódica que postergue el final, pero a la vez asumiendo su ficcionalidad sin pretender disfrazarla de realidad o, dicho de otra manera, reconociendo la realidad de la ficción.[4] Esta actitud se manifiesta de diferentes formas en la novela. Afirmar que en ese pozo de 2 X 1 su territorio real era la imaginación, la fantasía, la locura reglamentada en la medida de lo posible (138), pone en jaque cualquier intención reduccionista o subalterna respecto del orden del referente, además de reivindicarse a la ficción como actividad humana imprescindible.
En un primer grado o movimiento retrospectivo se ubica la figura del narrador —en presente- escribiéndole una carta imaginaria al padre en el aislamiento de la prisión: mi mundo es este, de dos metros por uno, sin luz sin libro sin un rostro sin sol sin agua sin sin y te escribo... (72). El segundo grado de retrospección estará dirigido a recuperar el universo de la infancia atravesado de incógnitas y ausencias:
Y aquello era la vida, a las doce a la mesa y éramos tres la familia éramos tres tres tres tres en Polonia no había nadie tres León ya no estaba -Leonel- y se comía a las doce. Los tres. (62, el subrayado es mío)
La libertad en el manejo de los signos ortográficos se encuentra al servicio del ritmo percusivo, de una repetición que debe acumularse aunque nos quite el aliento, o tal vez, justamente para quitarnos el aliento. La familia ha sido reducida a ese grupito apretado de tres miembros -en Polonia no había nadie-, y esa cifra se repite cuatro veces seguidas como aludiendo a la cuarta silla vacía del hermano ausente. Uno de los cuatro tres es la muerte, la presencia del vacío que León ha dejado en ellos, en los tres.
Todo el último capítulo que comienza con la frase "Lo que no recuerdo es la palabra" (117), se cierne alrededor de un indecible, incrementándose la disolución de las fronteras entre realidad e imaginación (138). Se relata el encuentro, una reunión incorpórea entre el hijo preso y el padre internado en el asilo de ancianos, en la que sólo el padre puede verlo y decirle una palabra en idioma extraño (un posible caldeo o arameo), palabra cuyo significado es una expresión de bienvenida, una invitación a compartir el alimento y el calor del hogar.
A partir de una referencia a En busca del tiempo perdido se reflexiona sobre los iconos, los elementos simbólicos de una cultura y la memoria -junto con el lenguaje- como elemento cohesivo de una sociedad. El episodio tomado de Proust cuenta sobre el interrogante generado a partir del hallazgo arqueológico de los restos de un grupo tribal galo, a quienes además de matar se les habría quebrado sus tallas, destruido sus tótems y sus emblemas. El ensañamiento denotaba, sin embargo, un conocimiento cabal del rol que cumplían estos distintivos para el grupo, en tanto depositarios de una memoria e identidad cultural (159). Este ancestral ejemplo de intolerancia extrema remite, analógicamente, a los proyectos de exterminio contemporáneos.[5] Pero hay sortilegios en las palabras, llaves que accionan sobre la memoria (130), hay algo más blando y por eso más resistente que las piedras de los galos, hay los rescoldos que no se apagan (160), hay lo que no puede ser censurado ni retenido como el preso que va al encuentro con su padre. Encuentro que se da en medio del mayor despojo, cuando los viejitos han sido desalojados, y que también será el encuentro con la palabra (141).
Ahora bien: yo sé lo que esa palabra me decía. (...) Del pique[6] lo supe y lo pronuncié, pronuncié la frase entera, más o menos larga, aquella palabra en caldeo era un ábrete sésamo en mis neuronas... (118)
Pero esta palabra jamás aparece escrita, es como un agujero que presenta en el texto lo que no puede contarse sino por sus bordes desparejos, por medio de alusiones incompletas o desvíos. También ella resulta golpeada: "la palabra jamás dicha fue golpeada" (164), en la precaria clave morse con que los "incomunicados" reinventaron el lenguaje. Allí, donde "las palabras estaban herméticamente prohibidas" (162), el arañar compañero en la pared restituye el mundo escamoteado: golpe a golpe, con los nudillos y una lasca de revoque, letra a letra, se pasan la palabra solidaria a través del muro como un plato de comida caliente.
La falta de referencias directas a la dictadura —cuya palabra ni siquiera aparece- u otros términos que remitan a discursos más o menos codificados, nos habla de un yo narrativo estrechamente vinculado a figuras poéticas. En este sentido podemos hablar de un texto liberado del cautiverio racional de la lógica del testimonio. Y además, en tanto lenguaje poético, participa de la paradoja específica de la formación lírica —formulada por Adorno en su "Discurso sobre lírica y sociedad"(53-72)-, según la cual la subjetividad se trasmuta en objetividad, y su estado de individuación en contenido social. Este lenguaje libera todo lo que la sociedad ha reprimido, pero es social a su vez, por proyección y oposición, en tanto cifra de una sociedad otra.[7] La elección estética garantizaría una mayor profundidad y perdurabilidad en lo social. Un registro explícito con el énfasis puesto en la transferencia comunicativa de datos o acontecimientos quedaría entrampado en la cosificación mecanicista y subalterna, además del riesgo de la vulgaridad que siempre arrastra la marca y la persistencia de la represión.
Al oxímoron que postula a la imaginación como territorio real (138), se le superpone otro que también alude a la proliferación imaginaria provocada por el encierro: este territorio, este enorme infinito desierto de dos metros cuadrados (144). La idea de infinito concentrado nos remite, obviamente, al aleph borgiano: ahí, en el pozo de castigo, detrás de la puerta sin pestillo, bajo siete cerrojos también hay un aleph. Un aleph que condensa los libros, las visiones de una vida, el testimonio de muchedumbres expandiéndose dentro de la cabeza de un hombre encerrado. Confluencia de todos los tiempos y los espacios: allí ahora el telón de la capucha se vuelve a levantar para los diez minutos de visita (...) en el instante simultáneo donde el tiempo corre por su cuenta y sin reloj (166). El límite de este infinito provocado por la más radical de las carencias es, paradójicamente, la unidad: una falta, una:
Hay una cosa que acá no hay, papá. Niños. No hay niños. No se puede vivir en un mundo sin niños. Y mi mundo, Viejo, no tiene niños. Así que cuando me llevan al escusado trato de traerme alguno. (124/125, el subrayado es mío)
Y luego cuenta como recorta, cuando encuentra, fotografías de niños de los diarios que hay para limpiarse. La falta de papel higiénico le sirve para neutralizar la otra -la de niños- con los recortes del periódico El País, que guarda en sus zapatos. Desde ese estado de absoluto despojo, el reclamo por los niños se constituye en una condensación del gesto narrativo y un manifiesto político: se rescata el futuro del escusado, si es preciso, para hacerlo camino articulado con la memoria (conservada en la caja de zapatos de la madre: 25 y 77), desde donde provienen las fotografías reproducidas al final. Entre ambos desplazamientos históricos la imaginación (pisoteada, golpeada) se revela como un medio de producción de sentidos a partir de los residuos, de los restos, de la nada.
La palabra nunca pronunciada es un tótem (158) operando de manera silenciosa. Pero aquí se trata de un silencio activo —como dice Susan Sontag (1997: 36)-, en tanto expresión de rechazo de ciertos mecanismos racionalistas y como propuesta germinal de otras formas de pensamiento, un silencio que mantiene las causas abiertas y fuera del tiempo convencional. El silencio -como hemos visto- es trabajado por lo menos desde dos ópticas en la novela. Uno, sinónimo de sometimiento y complicidad, es un silencio de muerte, frente al cual se rebelan los prisioneros del campo en Polonia, a la vez que constituye un tiro por elevación a los mecanismos inductores de miedo colectivo utilizados por las dictaduras para asegurarse la indiferencia en la población, aquél no enterarse como programa de vida.[8] El otro sentido manifiesta, por medio de lo inefable, un quiebre en la homogeneidad del discurso, opacidad de un silencio que se puebla de presencias y de voces, que instala un límite ante lo inaccesible a la vez que un desafío, ya que es a partir del reconocimiento de esa carencia (de recuerdos, de comunicación con el padre, de recursos) que el relato emerge.[9]
Por eso la palabra caldea, aramea, babilónica, hebrea, se manifestó atravesando los diferentes espacios para volver a unir lo que fue arbitrariamente separado (166). Cuando la ilusión de la certeza abarcadora se ha roto es necesario recoger los restos cenicientos, hurgar en la sombra de la anfibología y lo inasible, en lo que no puede ser descifrado ni traducido puesto que debe permanecer oscuro y decir con esa oscuridad otra manera de decir. En la lengua corriente –enseña Blanchot (1993: 42-44)- se confunde a las cosas con su nombre sin percatarse de que el nombre es socavado por la muerte. El lenguaje poético pone de manifiesto ese desplazamiento y esa ausencia constitutiva de la palabra. Ahora bien, al hacer de la palabra una desaparecida del texto se desquicia esta paradoja de la lengua, pero además se apuesta a la restitución de una presencia que es colocada fuera del alcance de la muerte –en tanto ausencia de una ausencia- y en tanto palabra literaria.
La palabra no está dicha porque surge en condiciones irreproducibles y evidencia de esa forma informe —sin nombrarse, nombrando- lo indecible. Dicha, correría el riesgo de quedar prisionera en una entelequia, tapando el hueco con una cáscara. Porque además, esa palabra producto del encuentro con el padre expresa el triunfo de lo inasible y de la transgresión del interdicto, la derrota invertida, la pérdida puesta del revés. Lo inefable -además del sentido místico-religioso y su conexión con lo sublime- puede ser leído como la actitud de resistencia del lenguaje literario a participar de la atrocidad haciéndola inenarrable: en la subversión del instrumento lingüístico la palabra encontraría su trascendencia. Esta insistente manifestación de lo no dicho pareciera presentar la falta como una montaña volcánica levanta su cráter al cielo. Una manera de esgrimir lo inefable que termina por fundirse en su contrario, haciéndose imborrable.

Notas:
1.- Las cartas que no llegaron, Montevideo, Alfaguara, 2000, (todas las citas remiten a esta edición).
2.- Respecto del Testimonio y la compleja red de problemas inherentes al género me he ocupado en "Testimonio y novela", estudio recogido en Gustavo Lespada, Esa promiscua escritura, Córdoba, Alción Editora, 2002 (pp. 93 a 120).
3.- "Porque la fantasía, ¿sabes?, es la única cualidad humana que no está sujeta a las miserias de la realidad." (43)
4.- Ya en El bataraz (1999: 138-139) se afirma explícitamente la realidad de la imaginación, a la que el propio Marx le asignara un rol fundamental en la configuración del proyecto, etapa indispensable en el proceso material del trabajo humano.
5.- Rodríguez Molas (1985: 149-169) nos proporciona una crónica y un documentado estudio sobre las aberraciones realizadas por los militares argentinos (1976-1983) en estrecho parentesco con la metodología del nazismo.
6.- Uruguayismos: "del pique" equivale a en seguida o inmediatamente. Hay otros, como "chiva" por bicicleta (148) o "peludear" por pedalear (147).
7.- Jorge Monteleone hace un excelente análisis de estos planteos sobre poética y sociedad, a partir de su propia traducción del texto de Adorno, en "Gelman: el salario del impío" (inédito, 2001).
8.- Así resume Noé Jitrik (1984: 254) esta actitud generalizada en nuestro país durante los años de plomo, en "Argentina: esquizofrenia y sobrevivencia". En Vigilar y castigar, Foucault señalaba en los sometidos a un régimen de vigilancia, la tendencia a reproducir internamente las coacciones del poder (1991: 206). Otra categoría útil para pensar la autocensura introyectada por los sujetos, es la de inxilio (exilio interior), tal como la expone Carina Perelli (1986: 90-92) en De mitos y memorias políticas.
9.- Franco Rella (1992: 165-175) hurga con erudición en ese borbotear de lo indecible, en ese signo libertario atrapado en el lenguaje de los hombres, en esa silenciosa promesa de redención de todo lo que ha sido avasallado y vencido.

Gustavo Lespada (Montevideo-Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Hugo Mandón – 1929/1981 (Larrechea - Santa Fe/Argentina)

Acceder.

Accede en la mañana al corazón de la madera
que arde en mis fuegos
y a la luz que sube desde el este
y al calor de tu mano compañera
aquí
donde tengo el mate y el agua tibia
y los huesos quietos
y las palabras creciendo la luz

palabras para nombrarte
para decirte íntegramente
para saludar tus pechos de historia nutricia y tus muslos
fríos como mojarras
y tus duras rodillas
minerales y severas
y tus codos apoyados en la historia reciente
hecha entre los dos
y tu vientre calmo
y tu pie pequeño y tu oreja celeste
y tu pelo sin color ni abundoso

accedo he dicho a la plenitud prefigurada de otro día
sin saber muy bien
si soy yo o es otro el que ocupa mi lugar

todo porque te considero como a los días
jamás iguales
sin identidad posible
sin anuncio de la noche oscura
con sol
con la luz de tu piel cambiante
con las lluvias de tu tristeza
accedo a ti.

Pájaro.

Es de franco mal gusto y peligroso adornar cosas amables
como son los manteles, los dormitorios y las tortas de bodas
con fieles figuras de pájaros, sus picos y sus ojos feroces
con alas tensas, con el desgarramiento de los vuelos.

Y sin embargo la gente lo hace de ese modo y reincide.

Es cuando afuera, en el aire liviano, frío de la tarde
un pájaro oscuro y magro llega a las grandes ventanas
y allí pica con furia los vidrios congelados, las maderas blancas.

Adentro se admiran y comentan las figuras del pájaro ornamental.
Afuera, el otro pájaro se hará pedazos contra los vidrios.
Nadie sabrá de su solitaria ansiedad.

Nadie escuchará su sangre rota.

Sombra de las glicinas.

Una vez estuve con mi cicatrizado músculo del pecho debajo de la densa y olorosa fronda de las glicinas. Estuvimos en la sombra del plumaje lila de la mañana. El perfume parecía llover.

Había en aquel lugar rodeado por el campo y tan lindo como verde, una bomba de agua fresca y una palangana color rosa donde lavaban sus manos los hombres del trabajo. Había muchachas frescas como el agua de la bomba, rientes, embellecidas por la luz dorada, que cocían pan en la honda cocina roja. Y el olor de los hornos llegaba a nosotros mezclado con la dulce fragancia de las glicinas estallantes.

Fue una mañana vieja e inolvidable.
El campo era verde, reían las muchachas y el agua en la palangana rosa.
El perfume de las glicinas era como una llovizna sobre nosotros.
Ardían los hornos del pan y creo que era diciembre.

Los cactus.

Amo los cactus por sedientos
porque sé que la sed es una esperanza carnal y porque toda esperanza define profundamente la condición humana.

Amo a los cactus por pacientes
porque sé que la paciencia fluye de la confianza en el dios
y a falta de éste, en la propia fuerza, que aún vive en la debilidad.
Amo a los cactus porque han sabido dolorosamente diferenciarse
rotundos, excluyentes: han preferido la ausencia de las frescas y fugaces floraciones y han sabido sacar espinas del secreto corazón del agua escasa; han transfigurado la pobreza en arma defensiva.

Amo a los cactus por solitarios
porque siendo así demuestran que generalmente las fuerzas menguan
cuando el individuo se disuelve blandamente en las muchedumbres.
Amo a los cactus porque suelen ser subestimados
porque son juzgados insignificantes melancólicos
pálidos penitentes, resignados a los eriales de la tierra flaca.

Porque así se los considera, los amo.
Y ello, porque es de mi naturaleza adherir a la mayoría de las cosas no estimadas por la generalidad de los hombres.

Muertos y no muertos.

Hay quienes, inciertos, espantados,
se quitan a cada rato del breve ramaje personal
la pegajosa sustancia de los muertos;
es la gente primaria, aún la mímica del mono,
rústicos imagineros viscerales que suponen
y nada más
el interior abominable de las tumbas.

Ellos temen al cadáver y su inercia
y su marcha hacia el polvo, a las harinas del hueso
a su disolución escondida, sellada, indigna del ausente
amado por el pensamiento, sin materia alguna
vivo en la llama que arde en las manos abiertas.

Ellos, los monos postreros, juncos del barro
son los que no saben cosechar la flor sino comprar el crisantemo
los autores de las tristes, convenidas, vulgares inscripciones;
son quienes veneran, a punto de olfativos, los sepulcros
pero temerosos de la intimidad que esconde el mármol;
los que se contraen en feroces pesadillas
en las cuales les sonríen los rostros descompuestos
y son mirados por las cuencas heladas de la esposa
o buscados por el brazo descarnado de la madre
y a veces, besados por los labios negros del amante.

Pero siguen obstinados, renovando flores compradas
frente a los mármoles pulidos cual espejos
a las feas y vacías exclamaciones de congoja blanda
frente a los Cristos decorativos
ignorando que las Cruz no manda sobre el gusano
pues tiene otro alto destino: el de la esperanza
en el fin de los tiempos y el gran suceso
y las buenas nuevas encendidas en una madera ensangrentada
una vez y para siempre.

Ellos son, al fin, los cavadores de la propia fosa
los primitivos adoradores de la miseria abominada
los que no han aprendido todavía a dejar crecer
buenamente y sin prisa
en paz a los muertos en la tierra caliente del corazón.
Son, al fin, en los cementerios fríos y ventosos, no más
que muertos verdaderos que circulan y comentan
andando sin saberlo, no entre muertos
sino entre sus propias sombras vacilantes y mezquinas.
Pero, aunque no lo sepan ni lo sientan, por sobre ellos
inclinados
y también para ellos,
comprendidos, abarcados, amorosamente resumidos
brilla la luz inmensa, sin origen ni término
que recoge, intacta, pura, inalterable
la real materia de los amados que no cesan de repetir
veraces y dulces las partes la palabra que perdura.

Pero los temerosos de la intimidad de las tumbas
no saben de tales amados. Sus oídos tapiados no oyen.
Ellos huyen del recuerdo de la carne que transita…
Pero la luz inmensa los recoge y de alguna manera los redime.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Crónicas del agua

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)
russomannomonica@hotmail.com

I

La gente tiene todavía muy cerca de la piel del espíritu la inundación de 2003. Ya habían hecho los bolsitos hace rato en los barrios del oeste. Es así de exagerada la gente, se acuerda de lo malo. Pero acá tenemos la facultad de ingeniería hídrica, ¿Cómo va a ocurrir de nuevo? Es la gente ignorante que ve crecer el Salado y se asusta, que ve cómo el Paraná llena la laguna que se va trepando despacito por los pilares del puente colgante, y se asusta. Pero no va a pasar nada, eso decían los que saben, los que observan las fotos satelitales y monitorean (les encanta decir "monitorean" las cotas de riachos y ríos).
Nadie podía saber que el cielo se nos caería sobre las espaldas, sobre las cabezas, sobre los techos de losa o de chapa. Pero se cayó. Y cómo, me preguntaba en el salón de clases semidesierto mientras por las ventanas caía el cielo, cómo es que el agua que es tan pesada adentro de un balde está flotando allá en el cielo. Cómo es que un océano viaja por los cielos y esas toneladas etéreas caen así, tan desde arriba, tan compactas. Pero el cielo cayó y cayó y anunciaba con luces eléctricas, con avisos de catástrofe luminosos que seguiría cayendo. Y siguió cayendo. Cinco metros de agua cayeron en cada pequeño espacio de la ciudad y de las ciudades vecinas, y sobre el campo extenso.
La temida inundación que nos cercaba por el este y por el oeste, retenida a fuerza de defensas, dio un salto y nos atacó desde arriba. Pero vino. La gente ignorante que la esperaba no se alegró por haber acertado contrariando los pronósticos de los catedráticos. A ellos les toca el dolor y la pérdida.
Otra vez los mismos relatos. Cuatro años después. Cuatro años de tiempo en el que el Comité de Crisis y Defensa Civil debiesen haber trazado los planes que se revelan, otra vez, inexistentes. Vayan aquí algunos aguafuertes. acuarelas, me temo:
Don Caballero y su mujer, en barrio Chalet. Ya tenían el bolsito preparado. La otra vez perdieron casi todo, él perdió, por mucho perder, hasta una pierna. Esta vez al menos prepararon los documentos y algo de ropa. Por la radio les dieron el lugar de concentración donde irían a buscarlos para la evacuación. Ese lugar estaba ya bajo agua. Y no fue nadie.
El presidente de la vecinal consiguió unas canoas y así llegaron a tierra firme. De ahí, cada cual adonde pudiera ir. Un amigo del sobrino los fue a buscar con una camioneta y los llevó con hijo, mujeres y nietos a la casita donde se apiñaron ocho. Allá están. Por obra y gracia de los vecinos y familiares y desconocidos solidarios.
Las artesanas en Esperanza sintieron un horrible zumbido que provenía del cielo. El sonido de las trompetas de los ángeles exterminadores, quizás.
Se pusieron debajo del dintel de una puerta aguardando un aterrador tornado.
Y el zumbido seguía intolerable, hasta que se inició el bombardeo atroz. Era granizo de un tamaño imposible, que destrozó todo.
Mary fue rescatada de su casa con el agua a la cintura. En canoa. No se llevó nada. Es empleada doméstica. En el 2003 perdió todo. Ahora, cuando llegó al centro de evacuados, estaba con la ropa mojada y sin comida. Otra vez, otra vez con la nada por delante, con la certeza de haber perdido todo lo que pudo conseguir en estos cuatro años. Mojada y hambrienta, tan espantosamente sola.
Myriam en el extremo norte de la ciudad, en el barrio transformado en una isla. Un amigo fue a hacerles una provista al supermercado, no pudo llegar con la camioneta 4 por 4. Entonces un grupito de adolescentes salió en expedición a buscar víveres para varias familias. Tienen para hoy y para mañana. Después se verá. La arena para frenar el agua que le entra a los Zanelli por el fondo se las dio una vecina que estaba construyendo. Y tienen ganas de reírse todavía, y cuando pasó Tito todo de amarillo el Rober dijo "vienen los Teletubis" y todos se reían. Y se reían cuando miraban con apetito la bolsa de arroz de la perra. Y todavía tiene espíritu científico Myriam, que me contó que la tortuga en el patio estaba paradita en la pared a 45 grados, alejándose unos centímetros, lo poco que podía pobrecita, del suelo amenazante.
Y en los edificios de las Flores suben las cucarachas. Los alacranes salen en toda la ciudad de los sumideros. Los gorriones bajo la lluvia se comen las lombrices que afloran para no ahogarse en la tierra que está saturada de agua.
Ya no llueve, pero se viene el agua que busca el cauce del río. Desde lejos se viene, atravesando campos. Quienes sobrevolaron la zona hablaron para la radio con una voz donde se nota el temblor involuntario.
El caos se asienta, se decanta, va tomando la ciudad como la otra marea.
Están los que cobran peaje en las avenidas, los que saquean a los que huyen con sus cuatro cositas y los pesos ahorrados. Los que en las escuelas que funcionan de centro de evacuados amenazan a las maestras que no tienen nada que ofrecerles y no saben de dónde fabricar colchones, o ropa, o comida.
Pero los de Defensa Civil, los funcionarios de la municipalidad, deliberan. Les sale bien eso de deliberar. Mientras tanto cada uno hace lo que puede y ayuda si puede y le dan las ganas y el coraje. Como hace cuatro años, como siempre, socorre el buen samaritano y las fichas se acomodan según van cayendo.
Después escucharemos explicaciones razonables. No me cabe duda.

II

Vino Mary del refugio improvisado en la escuela. Tiene los ojos rojos Mary, y va formando imágenes en el aire la Mary; cuenta y cuenta mientras toma leche con tostadas en la mesa de la cocina.
Dice que la buscaron en canoa, y cuando llegaron a la “San Cayetano” los encerraron con llave, y no los dejan salir por miedo a que se metan otros y rompan, o roben, o vaya a saber qué cosas que puede hacer la gente cuando es mala y se siente impune, y afuera está el caos. Dice la Mary que no comieron desde la noche que llegaron hasta la otra noche, un día entero estuvieron sin comer, y las tripas le hacían ruido y se le quejaban.
Cuenta la Mary que no les dan comida para los perritos, pero los perritos son la familia, también, así que de su ración come, y esconde un poco, y con eso le llena las tripitas al cuzquito que pobrecito, también es gente o al menos más gente que algunos.
Y cuenta que si tenían frazada no les daban colchón, a pesar de que a la noche se vino el frío, y eso de estar arriba de la frazada pero sin nada para taparse no abriga, y el suelo además de duro estaba helado. Así que lo peleó la Mary al hombre, y le dieron un colchón para los cinco de la familia que se juntaron allá en el refugio. Y adónde, pregunta la Mary, adónde van los colchones que quedaron en el camión ¿No? Y es la misma pregunta que hacía ella y que hacía tanta gente hace cuatro años.
Y dice la Mary, y le da un poco de vergüenza y le cambia la voz cuando lo dice, que tienen que mentir para que les den agua caliente. Tienen que decir que hay un bebé y una mamadera para que les den agua caliente. Pero cómo, cómo se aguanta sin el mate el hambre, el frío, la angustia; cómo se comparte y atenúa, sin mate, tanto sufrimiento. Le da vergüenza decir que tiene que mentir para que les den agua caliente.
Los baños bien, limpios, bien por suerte. Pero es una escuela, las escuelas no tienen calefón ni termotanque, hay que lavarse con el agua fría y de ducharse ni hablar, claro, lavarse un poco para ir tirando, y escuchar por ahí “estos negros mugrientos”.
A lo mejor la heladera vuelve a andar, si la sopletean con agua y compresor como la otra vez, eso si no estalla la puerta de entrada y las cosas se van flotando, se pierden en la calle donde se van a juntar todos los peces muertos de la resaca. Dice que la heladera a lo mejor ande, pero no puede imaginarse la casa y la heladera, tan pesada, que flotará extrañamente como los buques de hierro y toneladas excesivas. La heladera flotando por la casa es intolerable. Cambia de tema. Mejor hablar de ahora, de acá, al futuro todavía no tiene el coraje de enfrentarlo. Ya llegará con las aguas servidas, los cimientos que ceden, el olor y la podredumbre. Otra vez, un futuro que exuda pasado de pesadilla, esas pesadillas cíclicas que cambian las leves circunstancias pero no el terror de fondo que siempre es el mismo.
Cuenta que la Negrita se aburre, la nena encerrada en un gran dormitorio de colchones y gentes deprimidas. Me pide un mazo de cartas para la Negrita. Todos se aburren, con la desesperación del que siente que algo urgente lo requiere, pero tiene la pesada tarea de aguardar. Afuera tiene que bajar el agua.
Y la Mary cuenta, con los ojos rojos cuenta y cuenta, y no quiere más tostadas. Y mamá que le ofrece más tostadas porque qué se puede hacer sino ofrecer tostadas, y escuchar, y sentir. Y yo que salgo a comprar cosas. Cosas, a prepararle un bolso de cosas. Qué poco podemos hacer salvo ofrecer cosas que le faciliten un poco la jornada. Pero no está en mí el poder de hacer milagros. Le armamos con mamá unas bolsas de cosas y le deseamos buena suerte. Y nos quedamos con los relatos y los ojos rojos en la mente y en el corazón. Hasta pronto. Mejor suerte. Hasta pronto Mary.

III

El tiempo se ha detenido. Es el momento de mirar el agua y de comprobar que no baja; el tiempo de mirar el cielo nublado, ese compacto cielo amenazante. El tiempo suspendido de todas las esperas que convergen en un silencio de escala de grises.
Es el tiempo del nudo del relato, el tiempo de defenderse del hastío, el tiempo igual a si mismo cuando no quedan ya palabras nuevas. Cuando se repiten las historias que ya fueron contadas, cuando empieza a trabajar la ira desde abajo, desde el fondo. Cuando las manos no hallan reposo en el trabajo y comienza la calma preñada de monstruos.
No lo oigo, pero en el silencio de la ciudad parada hay un llanto, ladrido de perros en la oscuridad, fogonazos y detonaciones.
Es el tiempo en que el estupor y la agitación se velan por la luna que entre nubes fosforescentes recorre el rectángulo de la ventana. Velas entre muros húmedos. La vieja, la antigua caverna que nos protege del afuera hostil. Esa sensación de sitio, ese abismo.
La radio que pone en ondas la tragedia, que imparable destila nombres y lugares precisos poniendo en particular la generalidad de las urgencias. Las voces que se encienden y desaparecen recién brotadas, ese extraño silencio del tumulto, esa insensibilidad del extremo dolor.
Es, me lo digo, el tiempo en que las voces se confunden como en las tribunas, y surge la sola y única voz plural de un pueblo que grita, así como las calles y campos anegados han formado un único espejo líquido que refleja un cielo inclemente.
Asusta este silencio de masa sonora, este silencio de chicharras, esta aguda nota sostenida hasta que duele. Da miedo este silencio, da miedo este tiempo mudo de mirar el agua, de mirar la oscuridad allá afuera, de mirar las manos cerradas en puño.
Hay que dejar que la voz se desenrolle, decir de vuelta, otra vez, no importa cuántas veces decir lo que pasa y lo que pasó. Hay que escribir la sinfonía de los desesperados, dar a cada instrumento un espacio para elevar su motivo o bajarlo, o desentonar como la trompeta que se desbarranca desde las alturas conquistadas. Hay que permitir que se liberen las fuerzas agazapadas en los vientres crispados.
Es el tiempo muerto de la espera. No muramos.
En los centros de evacuados, en las casa secas, en los techos de la vigilia acecha la ferocidad de quien está obligado a esperar. Las garras dejarán surcos en el revoque desgranado, los colmillos se ensañarán con el compañero de celda. Estallará, uno por uno, cada miembro del clan que se revuelve en el lecho caótico del desastre. Y lo que fue en un principio solidaridad se tornará codicia y maledicencia, la simpatía se replegará bajo escamas aceradas, molestará el que hace, el que no hace, el que simplemente se interpone.
Habrá que superar este tiempo de caldera a presión, este tiempo de algodones sucios, de bocas negras. Habrá que superarlo mientras la luna se desplaza entre nubes fosforescentes. Silenciosa.


IV

Dos de abril, fecha de oprobio, de recordatorio de los muertos, fecha de los soldados que volvieron o quedaron en las Malvinas. Cuántos de ellos estarán ahora bajo el agua, como estuvieron bajo el agua en aquellas heladas trincheras. Cuántos, me pregunto, con la misma falta de atención que sufrieron allá. Este es un país duro que no cobija a sus hijos, demasiado pronto a diluir y disfrazar, con enorme capacidad de olvido y de perdón para los culpables.
A causa de la radio me sorprende una de esas carcajadas inesperadas.
Entre la madeja informe de quejas y reclamos y noticias de cortes y piquetes, un funcionario dice que se vieron superados por este fenómeno inédito de una segunda inundación. Me río y le digo a mi mamá que está colgando la ropa lavada a la luz del cielo blanco, "escuchá, escuchá, un fenómeno inédito que se repite" Y está buena la excusa; me los imagino dentro de un tiempo, sorprendidos en su buena fe por el fenómeno inédito de una décima inundación. Y todavía sin bombas de desagote, sin plan de evacuación, sin saber muy bien quién y cómo tienen que hacer qué cosa.
Otro fenómeno que se repite, que terrible y repugnantemente se repite, es el del abuso de los niños o las mujeres en los centros de evacuados. Esta vez y que yo sepa, detrás de la terminal de ómnibus, en los galpones que fueron del ferrocarril. Una nena esta vez, una nena de seis años esta vez, y mujeres que toman sus hijos, sus pobres bártulos y se van a su casa aunque todavía tengan agua. Madres, mujeres que huyen.
Y la ferocidad del sexo que brota en los centros, en las salas comunes, sobre el suelo. Reparten condones. No pasó un mes de evacuación, pasaron seis días. Entiendo la urgencia de los jóvenes acicateados por el desastre, pero me conmociona. Como en las guerras, como cada vez que los dioses o los elementos, o la Historia se desatan, los cuerpos se buscan en la obscuridad, entrelazan los anhelos, engendran para no morir. Lo entiendo, pero me aterra la bestia suelta en la noche. Huelo su aliento y no es dulce.
La ciudad mañana volverá en si, termina el fin de semana largo.
Prescindirá de los menos favorecidos, pero seguro que ni lo notaremos.
Apenas por los baños químicos que continúan ocupando algunas veredas, por esa gente en hojotas y con bolsitas exiguas que transitan con rostros inescrutables. Sólo los del oeste y suroeste seguirán dentro de la pesadilla. No se los extrañará en los bancos, en los negocios, en las tiendas ni en los cafés. No se los extrañará, simplemente. Al fin y al cabo, como hace cuatro años, volverán a sus extramuros y nos iremos olvidando de las paredes que se desgranan y de las fotografías ahogadas. Aunque digamos que no, que esta vez si que los vamos a recordar, como a los veteranos de Malvinas.

V

Una película norteamericana no termina hasta que no haya habido una buena explosión, una novela de Ágata Christie hasta que no se resuelva el misterio, y aquí las cosas no finalizan hasta que aparezca un paredón. A los que hacen piquetes, habría que llevarlos al paredón. Así son las soluciones que brotan, que emanan de la gente, y esa frase inevitable la escuché hoy.
Al paredón y listo. Solución final.
Los piquetes son como las huelgas, molestan. Son unos cuantos vecinos que cortan las avenidas, las calles, las rutas, para pedir cosas. Es la gente que no encuentra otra manera de que se oiga el reclamo, y son los maleantes que aprovechan la situación y enturbian ese reclamo.
Y a los piquetes lo sufren los que trabajan, los que se quedan sin provisiones, los que tienen que realizar una expedición para llegar al trabajo, los que no pueden acceder a los hospitales o centros de salud. Los sufrimos todos; caldean los ánimos, reducen la tolerancia y paralizan la solidaridad. Son, quizás, la mejor manera de hacerse odiar por los conciudadanos.
Pero, y esto es lo trágico, seguimos confirmando la letra de "Cambalache" ; el que no llora no mama y el que no afana es un gil. El que no llora no mama, no hay ayuda hasta que no haya piquete, hace falta llorar a los gritos para conseguir alguna cosa, y que el reclamo sea justo hace que actuar contra los piquetes sea una canallada que el gobierno en pleno año electoral no está dispuesto a cargar en las espaldas. Por eso, no actúa para disolver los cortes, y tampoco actúa contra los ladrones que se disfrazan de piqueteros y cobran peaje en las calles.
El que no afana es un gil, y más si la emergencia y el caos les otorgan impunidad.
Como el reo que se guarece en un jardín de infantes para que no le disparen, los ladrones que toman el nombre de piqueteros para el saqueo y la prepotencia, se mezclan con la pobre gente desesperada que, de otra manera, no sería oída.
Confundidos todos para desgracia de quienes se encuentran urgidos por la necesidad y la falta de asistencia.
Si el plan de emergencia tuviese solidez o una mínima operatividad, si la gente confiase en los gobernantes, si la organización permitiera ayudar a todos en la misma medida y con la misma eficacia. Si todo esto se diese, no debería de haber piquetes. Si no hubiese piquetes, los ladrones serían simplemente eso, ladrones, y la policía no tendría que actuar dentro de esa zona borroneada que los ampara.
Pero son condicionales que no concuerdan con la realidad que soportamos.
Entonces, al paredón. Todos. Y la solidaridad que asomaba se vuelve al armario donde permanece guardada, hasta que encontremos personas necesitadas con quienes hacer caridad, siempre y cuando no molesten.

VI

La inundación pluvial lo mojó todo, desde las calles, casas, barrios completos, hasta las letras dibujadas con agua ahora, desdibujadas ahora, de mis ensayetes acuarelables. Nidia me escribió que desea lo imposible, un texto sin paredes mojadas ni trágicos paredones.
Y en esta hora en la cual la magia ocurre día a día, en esta hora precisa y repetida de cada atardecer, el sol inclina la cabeza por debajo de las nubes, y como un niño que se asomase por debajo de una mesa nos regala una sonrisa feliz. En esta hora maravillosa casi puedo decirle a Nidia que no habrá, en este texto, paredes mojadas ni paredones.
Por debajo del cielo nublado amarillea la luz. Esta luz al ras, luz teatral, luz escénica, hace que las hojas de los árboles se transmuten en verde esperanzado, rejuvenece y limpia. El esplendor de las hojas tiernas y transparentes, de luz y savia, enciende el alma. Con sol podemos creer en el futuro. La luz disipa el medio tono de la derrota, nos hace caminar erguidos, nos permite descansar, unos pocos minutos quizás, pero descansar, de los terrores obscuros.
Entonces podemos ver que las plantas han florecido, que los gorriones no cejan en su empeño de vivir a los saltitos, ni los horneros abandonaron la reconstrucción eterna de sus hogares de barro.
La vida sigue. Lo sabemos gracias al sol; la luz lo dice, lo proclama por el aire la tenue dulzura en sepia de esta hora mágica. Un chico de un centro de evacuados juega concienzudamente a las bolitas en la vereda.
Alguien pasa en bicicleta y silba. Se escucha una risa detrás de una ventana cerrada.
La vida sigue.
Y habrá, claro, paredes mojadas. Pero ahora, en esta precisa hora enclavada en el centro del infortunio, ahora sabemos que esas paredes se secarán. Y sabemos también que luego de los preciosos minutos de la esperanza vendrá la larga noche. Pero sabemos, también, que mañana habremos de sacar las escobas y el detergente para poner orden en nuestros pequeños mundos.
Lo dice, lo asegura, la amarillenta luz del sol atardecido.

VII

En la escuela, en cuarto grado, los chicos escuchaban la explicación del dibujo que tendrían que realizar. Tenían que registrar gráficamente cómo los había impactado el agua en la ciudad. No eran chicos de los barrios afectados, pero todos escucharon relatos de familiares, amigos de los padres, vieron personalmente o por la televisión la catástrofe. Las voces agudas se entremezclaron en historias, postales, recuerdos.
Escucharon que un relato se puede hacer con palabras o con imágenes, y que un dibujo es más certero a veces que una fotografía, porque al dibujar no se plasma la totalidad sino que se escoge lo importante; lo más importante para el dibujante, y por eso quien realiza la imagen está contenido en ella a través de su mirada.
En el dibujo estaría la inundación, y estarían ellos detenidos, también, en este cuarto grado que se iría perdiendo en el tiempo extenso de su niñez. Esto vi, esto pasaba, allí estuve, así fue.
Y los chicos hablaron de los yacarés que aparecieron en Altos del Valle, de los botes, de la gente en los techos, de los helicópteros, de los tiroteos y de los piquetes.
El problema es que el agua marrón parece tierra, así que lo solucionaron mezclando los crayones marrones del agua verdadera, y los crayones celestes de esa agua esquemática, el agua celeste como debe de ser el agua en un dibujo infantil.
Alguno se sintió obligado a aclarar “pero yo no me inundé”, a lo que la respuesta “la ciudad se inundó, todos vivimos en ella”, los dejó tranquilos al entender que no usurpaban la calidad de víctima.
Todos dibujaban.
Todos menos uno.
Alguna cosa lo inquietaba. Finalmente preguntó si podía dibujarse en el patio, jugando con el hermano en la lluvia. ¿Eso es lo que más te impresionó de todo? Silencio, cara inexpresiva. Si, eso.
Y así recordará el final de marzo y el comienzo de abril del 2007. Para su dicha o desdicha, conservará la imagen de su hermanito y de él, jugando alegremente en el patio de su casa, bajo la lluvia.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Piedra que germina

Después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste
San Juan de la Cruz

Como raudo rayo fecundado
el Amor desciende.
Con sus garras abre
surcos en la tierra.
Y crece el musgo,
el limo blanco, el árbol
venerado por la tribu.
Y la ternura crece
sobre el alba.
Y el corazón del día surge
como denso susurro
de la roca.
Y el océano inicia
impetuosa danza consagrada.
aquí el fulgor renace.
Si pusieras tus ojos en mis ojos.
Si pusieras tus labios en mis labios.
Si tu boca afuera abeja enardecida
O aguja voraz hurgando en la sangre.
Si te posaras, sedienta, entre mis piernas,
te amaría densa, torva, tiernamente,
como quien por primera vez asoma al mundo,
como quien por primera vez
desgarra una violeta.
Todas las cosas arden si te miro.
Todas las piedras germinan si te amo.
Como gorjeo intempestivo vienes
y tu presencia bebo cual arroyo
donde los ángeles se inclinan.
Como una lenta danza que seduce,
como rocío fértil en la arena,
como la castidad del santo que crepita
ante la suave perfección de la figura inmaculada
vienes.
Qué arduo trabajo el tuyo, Amada: ser hermosa.
El graznido del cuervo me estremece,
el vuelo del pegaso me seduce,
el gorjeo de tu voz me satisface.
Sin ti, abeja tierna, el Universo carece de sentido.
Como un patriarca fiero me conduzco,
como un profeta sabio te profano.
Amada Reina del Valle de Jovel,
La del Rostro Dulcísimo y Terrible,
Sé que vienes de donde crecen los manzanos
Y que en tus ojos anidan las colmenas.

Ay cuánta miel derramándose en el iris
Y cuánta perfección en tu figura.
Que el oro de mis besos te sostenga.
Que la roca de mi canto te consagre).
A TI NO TE DERRIBARÁ la muerte.
A ti jamás te tocará el olor maldito de la tumba
aunque las leyes de la flor, la insobornable
rueda del verano se deslice, y perturben
y acosen tu belleza.
Gacela, grulla o corza
como una madre tierna te cobijo,
pero tiemblo si un golpe lúgubre
de realidad te toca.
Conjuro la presencia de lo eterno.
Brillante lágrima de sol:
yo desperté a la serpiente,
yo vi temblar al unicornio,
yo desaté al dragón enfurecido.
Frágil, perturbado,
para cantar escucho el ritmo lento del silencio,
para amar me sumerjo en el vacío.
¿Quién dice que el terror calcina?
Desde la esfera más alta entrego
mi voz en el océano.
Y palpito
y me erizo
y me consagro
ciego.
Turbo la turbia tarde.
El corazón alberga rosas, muñones agrios,
amargas fauces que devoran.
También es puño enronquecido.
Pero me doy a ti cual caracol sediento.
Delirio, purificada brasa que palpita,
¿ante la Luz qué hacen los ciegos?
Me inclino, hierba endeble, si me miras.
Mi corazón naufraga en ola súbita.
Fulgor sonoro al mediodía eres,
arena humedecida la ternura.

Óscar Wong (México)

Tiempo de permanencia

Acaso de un perfume que desnuda
Acaso de un viento que vacila
si batir adioses
si agitar los siglos.
Voluntad que aspira a ser de mar abierto.
Voz que exige espacio destejiendo la trama que sofoca.
Conciencia de sí misma
reclamando la historia que construye.
Eco de vidas silenciadas
alineándose en rutas todavía sin trazar.

Mujer, es tu tiempo de relámpago
y de permanencia.
Arqueóloga de la escritura de tu sexo
rescata la garganta que derrumba olvidos.

Nela Río (Canadá)

Cortaziana con lluvia y chocolate

Si una mujer te invita a un chocolate espeso espumeante
insinuando la tarde con mar de albaricoque al fondo
y tú no sabes si mayo o la mujer si la mujer si lluvia
todo poema prometido es una mandarina esdrújula
un voto en vilo un niño mudo en pleno parque
una acuarela sorda o tres cerezas tristes en un trípode
melódico mordaz y el chocolate o la mujer y el chocolate
o la mirada que se filtra por la tarde entra por el teléfono
se derrama indiscreta por las piernas de azúcar
dice algo sin decirlo la lluvia la mujer el chocolate
o el poema quizás el poema tal vez la tierra prometida
o volver a empezar hasta que salga el poema la lluvia
el chocolate la mujer o

René Rodríguez Soriano (República Dominicana)

Ítaca

Detrás de su huella se borró el camino.

Lejos de sus ojos,
la Ítaca olvidada
floreció de una eternidad transparente
su dimensión
ahora es otra
quizá la mentira crea la felicidad.

Ulises sigue vagando triste
No saben nada los caminos
de aquel que borró su huella.
Ítaca no lo recuerda
ya no tiene su aroma en las laderas
ya no florece de amor para sus ojos.

Dicen que después de sus batallas
lloraba por aquella casa
hoy escondida en sus pupilas

El camino incierto y pobre
frente a su grandeza
le hizo olvidarla.
En otras aldeas de espejo dejó su estirpe.
Los pasos rotos
no sangran lejos de los espinos
ni añoran ya los otros pasos.

Susana Reyes (El Salvador)

Presupuesto de jubilado

¿Qué se han quedado sin pagar las cuentas?
No importa. Las flores son indispensables.
Y esas buenas botellas de roja ambrosía
que afortunadamente no rompen la banca.
El recién descubierto concierto para piano,
el almuerzo en los chinos una vez por semana.
Escribir a la luz de lámparas antiguas,
despertar acariciando el vidrio.
El último volumen sobre el niño mago,
la magia dolorosa de los bailarines
con cuerpos que trazan el amor y la muerte,
aéreos como un brazalete de plata..
Esa camisa de escandalosos pétalos,
todo lo que dé gozo a los sentidos.
¿Qué no ha llegado el cheque? Ya llegará mañana.
Mientras tanto, se acepta la mentira de plástico.

Alfredo Villanueva-Collado (Estados Unidos)

PÁGINA 13 - Narrativa

La sangre que llegó al río
(un cuento de navidad)

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

No hay antídoto (séame permitido advertirlo)
contra la conmoción de los encuentros.
Virginia Woolf (Las olas)

Lo sostengo, lo acuno entre mis brazos, no sé qué hacer con él por él, no mueve la cabeza y la sangre mana sin pausa del vientre hundido, una larga hebra que formó un arroyo un cauce inquieto anegando ranuras entre baldosas hasta desagotar en la alcantarilla.
La corrida los crujidos de pasos quiebres murmullos de hojas y ramas pisoteadas el disparo envuelto en sombras, el miedo el sudor frío le hicieron persignarse invocar el salto mortal del Hombre Araña, el vuelo rectilíneo de Superman suspendido en el abismo alcanzar la vereda salvadora el paraíso; pero... ¡¡aahhhjjj!! ¡¡scrassshhh!!, todo acabó en un fatal ensartarse (la cola del pescado tensa coleteando) en la flecha, la punta de la reja, tambalear soportar el dolor el vahído el golpe seco porque la campera gastada lavada mil veces cedió a la afilada punta de hierro, para eso la clavaron allí, para atrapar ladrones y entretanto el dogo entrenado ladraba sin parar y una baba espumosa chorreaba las quijadas cubiertas de pelo como embetunado negrísimo. Y ahora al gemido de dolor se suma como un grito un rayo la sirena penetrando esta noche dulce, tempranamente perforada de estrellas.
Quince años si llega, más no tiene el pendejo; se muere en su ley, dictaminó el policía, ¿pero de dónde salió el policía?; y yo pensé: qué ley, un raterito inédito inofensivo, la brillantina de la estrella de Belén aún pegada a los dedos a la ropa, diluída en el rojo intenso de la sangre un delta manso y la sorda aventura (un tembladeral una bomba de tiempo) de avanzar y llegar al río. Cómo imaginar la cantidad, el volumen supurando de un cuerpo aún bosquejo, sólo prefiguración.
Busco algo, diarios apilados lo que sea pero no hay nada que sirva en la basura, nada; improviso un bulto una almohada con mi abrigo levanto apoyo suavemente la hermosa cabeza la palidez los ojos que quieren no pueden asirse de nada huyen se van lejos.
De lluvia toda gris envainada de bruma debió haber sido, una noche opaca. No esta otra desafiante clara potente y tantas ganas de vivir a pesar de que a él se le escapa el pulso el aliento todo, hasta el último soplo. Una noche de espejos rotos, de gasas húmedas, sudarios colgando del cielo
Quiero adivinar orientar mis pasos. Late agudo el silencio y por algún raro efecto acústico la sirena en vez de acercarse parece que se aleja y las pocas caras morbosas merodeando la escena rotan sobre sí y ascienden -minúsculos asteroides horadando un remoto cielo abovedado- cuando rezo busco ayuda en las alturas un gesto una palabra mágica la lámpara el genio dispuesto a cualquier cosa con tal de ayudarme, de ayudarlo; y entonces aparto bajo lenta la mirada, los asteroides tan ajenos distantes reticentes a la muerte dormida entre mis brazos; y al hacerlo mis ojos espantados la ven hecha jirones, los restos esparcidos silenciosos de la estrella culpable de pronto enmohecida, el frágil cuerpo del delito antes reluciente en el pino en medio del jardín; la estrella degradada la cola del cometa que lejos de guiar a los magos al pesebre brilló seductora, el dulce canto de las sirenas olvidado en los tímpanos de Ulises, y le marcó al chico el acceso más directo el escarpado camino de la muerte. A pocos metros de los dos, de él y de mí fatalmente unidos en el frío glacial cobijado entre mis brazos. Involucrados, bordados nuestros cuerpos en el mismo gran tapiz: nada fácil olvidar este tonto imposible final que corta la lengua quema la garganta clausura el pensamiento y no me deja llorar porque en el fondo no quiero, porque es mejor hundirme en la sorda estática claridad de esta noche fijando el dolor la impunidad para siempre como si un gran pincel los repasara con una laca indeleble. No llorar, sí dejarme tragar por esta densa gravidez en torno a la luz extinguida del cometa que él imaginó rutilando en el árbol vacío despojado, encapsulado tal vez en este raro inmóvil momento simultáneo del otro que percibo dolorosamente nítido; y esto ocurre porque pienso (imagino), la mirada de la mujer que lo espera y vigila confiada el hervor de la comida y no sabe, no querrá saber que alguien –el vigía: un ojo grande un cáliz negro abriéndose un pozo un latido perverso –, gatilló su opaco deletéreo poderío de chacal y en apenas segundos le dejó deshojadas agujereadas las manos, decapitado el corazón. Ella espera largas horas su obstinada paciencia de Penélope, una esfinge la silueta en la silla adosada a la ventana corre la cortinita ya no quiere las estrellas un oscuro presagio la impotencia el desasosiego no le gustan los horarios la noche de pronto amenaza una guerra de sombras el silencio como un aura un augurio silencioso, la calma que precede a la tormenta.
Los ojos fugitivos, remolinos sombríos, apresan un punto fijo: sólo para él flotan esquirlas anillos de humo rosas té. Murmura pide abrir una puerta. “De oro”, me parece oír; “dónde”, pregunto; “lejos”, se le caen, de algodón, de pluma, las palabras. La sangre ya no escapa, la sirena bruscamente a la vuelta de la esquina apaga el cuchicheo. Las caras asteroides han bajado contritas solidarias, se conduelen lo alzarían, si por ellos fuera lo llevarían en andas, un cortejo de ángeles, moños y ramilletes de rosas rococó para el difunto príncipe sapo; las manos armadas de piedras de palos la horda milenaria una vez más la cacería buscando devorar al asesino (siempre la misma máscara los cuernos incrustados en la frente) en el jardín devenido laberinto los recovecos desniveles canteros crisantemos magnolias escalones. No queda nadie. Jadean desesperan escupen larvas las manos vacías y el arma oscureciendo el fondo de algún pozo.
Clausuro cierro los párpados tan suaves. Alguien trae una frazada. Lo envuelvo tiene frío, se estremece, enjugo su sangre en el costado empapado, la ambulancia los paramédicos se vuelven fatigados descompuestos impotentes nada de nada que hacer salvo la llovizna de mis lágrimas, los brazos de todos reclamando al cielo.
Busco la dirección un documento un papel. Alguien dice: “vive allá”, señala el sur. Como un sonámbulo, oigo voces enteladas: la ambulancia hará el traslado, el policía el médico. Detrás de un lienzo tendido ante mis ojos (un diorama) veo la sombra avanzar doblar la esquina la cadencia de carroza funeraria el repique metálico los cascos sobre un asfalto doliente la sirena troquelando el aire pálido quieto en un cielo con marcas estelares de azúcar impalpable. Lo retiran lo desatan de mis brazos, por última vez lo imprimo lo fijo en mi memoria y no olvido el árbol mochado sin estrella en lo alto y ya no es una, suman dos las estrellas mutiladas.
“Quiero acompañarlo”, digo, como si soñara que digo, le hablo sin voz al médico al policía (absortos los dos en la ventanilla cada uno en la suya, intentan rehilar sus propias vidas en suspenso); “yo también”, digo, les digo, y levanto, dibujo un tono más duro, decidido: “una vez yo también robé una estrella de Belén, señores, tenía doce, trece años; fue una noche de diciembre así de clara, como ésta, de papel de calcar. Salté otra reja otro jardín los ojos el deseo puesto en la punta encendida del árbol tan brillante dorada y la cola azul. Pero alguien me seguía con los ojos de fuego predadores furibundos las hermanas alemanas las viejas como brujas de la casa. Me bajaron del árbol sin usar balas, señores, sólo a golpes, a escobazos; y fue un vértigo, el salto al vacío la serpentina el abordar desde un peñasco el agua azul turquesa. Después sentí dolor puntadas huesos rotos, el desmayo, dejar de pensar, un quirófano y la luz encandilándome. Y ahora retejer los hilos de este cuento como quien trama un recuerdo ardido un antiguo viaje sobre brasas.
-Otro tiempo –dijo el policía. Soslayaba mis ojos, miraba hacia un costado.
-Otra ética – dijo el médico –, entonces la sangre no llegaba al río.
Rehusaron. Pretextaron. Partieron quedé solo y sólo pude seguir el trazo el vuelo de la sangre que corrió viajó quiso perderse cobijarse en las aguas colectoras delatoras del río y desde allí (medusas, filamentos, nutricias linfas viajeras) a los mares y a caballo de las olas sorber lamer los bordes espumosos, reverberos a la orilla del planeta.
Mejor. No verla así, no verla nunca de esa manera, coronada de dudas, la sonrisa a medias porque todavía no sabe no hay certeza pero algo intraducible la obligó a salir (lo presiento), atraída por el rayo sonoro la sirena, y a quedarse parada allí, ventilando su intemperie en la vereda, secándose las manos el ajo la cebolla en el delantal, la cacerola destapada; no se acordó del hervor cuando el vehículo se detuvo y destrabaron las puertas traseras y el policía abrió la boca y dijo... Y el olor a quemado tampoco lo sintió y se tapó la cara con las manos.
Todo esto entrelacé, junté, anudé las puntas, los restos mientras subía al corazón de la noche enmielada por la calle de los plátanos, y me pareció una noche tan desprovista de materia, tan sin nada, y la sordina de las chicharras cada tanto. Anunciaban calor.

PÁGINA 14 – Narrativa

Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas [ ]

Por Patricia Suárez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

A Rodrigo de Escobedo:
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocéfalos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descobriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: “Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvísteis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consoláos, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la pasión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacísteis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la fermosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginábais que vos no íbais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójate a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.

Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.

PÁGINA 15 – Artículo ensayístico

Ha llegado un buen lector

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

Hace unos días dicté una conferencia en Buenos Aires en torno a la mirada poética o más precisamente a la experiencia de lo real en lo poético. Comencé diciendo que, en líneas generales, se lee poco y se entiende peor. No se estudia, no se va a las fuentes, no se anhelan maestros. Y de poesía ni los poetas tienen la mínima idea. Todo es veloz, fugaz, chabacano. Pobres de toda pobreza intelectual balbucean algunas imágenes, podan uno que otro endecasílabo, memorizan versos fácilmente olvidables. Suelen ser pedantes, vanidosos y, sobre todas las cosas, patéticos.
No todos, naturalmente. No todos, la mayoría. Escriben mal sin conmoverse, suspendidos de la incredulidad. Sienten el mármol y lo eterno al publicar un poemario o recibir un premio. Creyendo ser profundos distorsionan lenguaje y pensamiento. Sospechando originalidad buscan el surrealismo desde lo híbrido. Como críticos, profesores y aspirantes a genios deambulan por la misma torpeza literaria, se abrazan unos a otros deliberadamente eficaces. Y se palmean la espalda, se otorgan homenajes sin pudor, unánimes. En el fondo son personajes de una tragicomedia. No sienten la creación ni el talento. Las artes mágicas de Próspero no les han dado libertad.
Repetidores de esquemas y lecturas elementales andan por la vida sonrientes u ostentando trayectorias. Surgen del estupor, de preámbulos vacilantes, de la picaresca española, de moralidades caseras. Sueñan con pompas y esplendores escénicos, con símbolos tipográficos. Perduran en cafés literarios, ateneos, agrupaciones o revistas con el ímpetu de los bellos salvajes, entre la gratitud y la perplejidad. Escriben poemas con la rusticidad del funcionario, amontonan adjetivos y preposiciones, fomentan repúblicas, cucardas, planisferios. Son eufóricos, delirantes, sin cautela. No se acongojan nunca de sus páginas. Inmutables, protegen el asombro en la clandestinidad.
Otros, más modestos, siguen con la retórica de los peores bardos alcoholizados del siglo XIX. Son los arquetipos del poeta para la gente de a pie, los que exaltan o simplifican el hábito, los de la superstición demagógica. Suelen ser claros, obvios, superficiales. Lacrimógenos, maternales, suburbanos. En el fondo se odian entre ellos, se creen diferentes. No advierten que han bebido el mismo elixir de la demencia, de las fantasmagorías laberínticas, de la inconfundible trivialidad. Y en los últimos tiempos, el blog, lo digital. Ocurre lo mismo con los llamados intelectuales o técnicos de la cultura. Aman las ceremonias oficiales, los defectos, las estatuas ecuestres, las flaquezas humanas. Y al fin, lo ficticio deja de serlo, lo cotidiano y lo fantástico se entretejen. No sabremos nunca si se trata de una gradual locura del ser humano, de ese hombre mitológico y obseso. Y vamos de aquí para allá formando y deformando el universo. La ambición, el apetito de mandar o de ser célebre, la bella apariencia que ha deparado el destino nos somete a juicios, a formas, a fábulas inverosímiles. Somos parte de la Armada Brancaleone.
Al finalizar, después de recorrer páginas de autores clásicos, de intimar con la pasión poética, de imponer la gratitud de los grandes estilos, recordé a Rainer María Rilke: “Se debería esperar y saquear toda una vida, si es posible una larga vida, y después, por fin, más tarde, quizás se sabría escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen demasiado pronto), son experiencias”.

PÁGINA 16 - Poesía allende el mar

La gran señora de la luz

En la cima de los morros los dioses,
apaciblemente acomodados
contemplan la contienda,
tomarán partido cuando los hombres
decidan la batalla; los aliados
se repartirán luego el botín
y acordarán la paz terna.
Pero un día
de los tantos que nos trae
el mañana,
y el mañana,
y el mañana

los vencidos ajustarán cuenta con los dioses.

Entonces
tendrá Galahad en sus manos el fuego sublime
y no podrá Jarjenatte frenar las bestias que arrastran
su carro.

Paul Disnard (Yugoslavia)

Una tierra

Redonda, helada de sus océanos, transparente
como una célula bajo el microscopio
si bien horizontal
con montes colocados con firmeza sobre los prados
con la lengua de los ríos y el mar extenso.
Sólo a veces sospecho el vértigo:
giramos más rápido. Al dormir grito “caigo”
y entonces siento el espacio, el negro, las estrellas en la nuca
el pavor que se vomita a sí mismo en mil esferas.
“¡Oh! éste es el infierno”, dices y te duermes.
Medito sobre el infierno entonces. Basta que mueva el peso de la cortina haciendo deslizar los anillos a lo largo del cristal. Veo con exactitud:
un hilo de hormigas, su marcha, la gran noche estrellada.
Intento tomar el infierno por un borde (un poco de negro, el vacío, el pavor) para que se remoline en el patio
para que el abeto ruede hasta el cielo
para ser el insecto que siempre he sido:
que nace y se olvida en el aire.

Antonella Anedda (Italia)
(Traducido del italiano por François-Michel Durazzo)

Prólogo (El libro de Lilit)

Estas ruinas que una vez fueron carne y voz
están hoy abandonadas a nuestro cuidado
somos los responsables de su eternidad

Después de cocinar el adobe
llegó la alegría de los muros
y el aliento de las ventanas

caía la tarde
como por la cuchara resbala la miel
atardecía despacio
dándonos tiempo para entender la noche
descendían las horas
en la desnudez del aire
el viento aromaba las sombras
caída la tarde
el miedo no tenía nombre

Guadalupe Grande (España)

No puedo elegir

No puedo elegir
entre el Mar y la Tierra.
Vivo feliz en la línea que las une.
En esta cinta negra que mueve el viento.
En este largo cabello de un gigante desorientado.

Del Mar me gusta sobre todo su corazón de niño grande.
A veces rabioso, a veces capaz de dibujar
paisajes imposibles.
De la Tierra, sus manos.

No puedo elegir
entre el Mar y la Tierra.
Sé que mi lugar es un hilo fino,
pero en el Mar me perdería
y en la Tierra me ahogo.

No puedo elegir. Me quedo aquí.
Entre olas verdes y montañas azules.

Kirmen Uribe (Euskal-Herría)

1

Mi amor es como los pájaros
no ve las frutas rojas
bajo las ramas
se posa y alza el vuelo

Mi amor es como los pájaros
se deja subyugar por el brillo de las cerezas
antes de su madurez
Se va perdiendo en su canto

Mi amor es como los pájaros
picotea mi corazón
y lo deja caer
a medio comer

Mon amour est comme les oiseaux
il ne voit pas les fruits rouges
sous les branches
il se pose et s’envole

Mon amour est comme les oiseaux
il se laisse prendre au luisant des cerises
avant qu’elles soient mûres
il se perd dans son chant

Mon amour est comme les oiseaux
il picore mon cœur
et le laisse tomber
à peine entamé

Nicole Laurent – Catrice (Francia)

PÁGINA 17 – Narrativa

Ida y vuelta multiplicada

Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Una mujer estira su mano hacia la copa del árbol de la lengua y del habla y desprende una palabra de jugoso aroma y dulce color. La mujer abre con su lengua la palabra y se mete dentro de la palabra, hasta el carozo. Luego monta el carozo de esa palabra y viaja sensorialmente. Va visitando las costas de los siete mares del silencio.
De los mares del silencio viene un aire de verbos que acaricia el vientre y peina los cabellos de la mujer. La mujer lleva el carozo a la mejor playa y lo deja encallado en la arena y se adentra en la tierra firme de las voces. Las voces son en esa parte todas masculinas y reciben a la mujer en literales e interminables orgías.
La mujer vuelve preñada hasta el carozo y monta y regresa por los mares hasta el centro oceánico de la palabra que la contiene. Y sube y sale de la palabra por donde había entrado y se arrodilla a parir siete hijos junto al árbol de la lengua y el habla. Y canta. Y va dejando cada hijo prendido como fruto de una rama del árbol y luego se tiende a descansar y viene el viento y algunos animales se asustan o huyen a esconderse, pero la mujer se confía al árbol y duerme en paz el mejor de sus sueños y siete sueños y setenta veces siete sueños y más, porque ella sabe que a las palabras que echaron raíces en la vida, y dieron flores y frutos, no se las lleva ningún viento.

PÁGINA 18 – Artículo ensayístico

Sobre la crítica literaria

Por Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

Los ideales estéticos-literarios frecuentemente acompañan los cambios socio políticos de la sociedad, en la cual se encuentra inserto el “creador de que se trate”. Los cánones de las épocas cambian entonces a pesar de las protestas de objetividad de quienes a "posteriori" se dedican desde la cátedra a canonizar la “esencia” de tal o cual genero de obra de arte.
Así las vanguardias que ayer se convirtieron en movimientos a seguir (nadie se
atrevería a debatir acerca de la Ética propuesta por los Manifiestos Surrealistas en cuanto a la relación Arte y Poder, lo que acercó las posiciones de Bretón y Trotsky en su momento) son prontamente olvidadas.
Pero cuando se trata de “experimentar” con el lenguaje, de adaptarse a los tiempos para convertir “ la obra” en testimonio de rol del creador en cuanto a la progenitura cronológica, los modelos estéticos se desvanecen el aire, así como los movimientos que los sustentaron y la obra queda así librada a su absoluta soledad.
Soledad y dialogo del lenguaje y el creador a la búsqueda ya no de ser depositario de una misiva social que convertiría la obra en señal de una perspectiva que le es impuesta al creador por las instancias histórico-políticas, sino en un “objeto” de búsquedas y experiencias de caracteres aparentemente impersonales, pero que llevan la impronta desnuda del tiempo y el lugar en el cual fue gestada la obra.
Resulta tedioso seguir las especulaciones dialécticas – éste debate parece no tener fin- entre los defensores a ultranza de paradigmas estéticos indiscutibles y los rebeldes a todo canon estético para quienes el lenguaje resulta y debe resultar afín a perspectivas históricas determinadas.
La obra poética- literaria, ostente o no la patina de una escuela o tendencia determinadas, “da lugar a un tiempo, lo interroga – desde una gramática siempre impersonal aunque así no se quiera- el del infinito dialogo del habla en la que esencia el lenguaje- con la experiencia de vida de un creador determinado
En el caso de la poesía, lejos de canonjías literarias, se trata de la atenta audición y revelación de lo que esta escucha dicta. “La forma se informa de modo anónimo” mas allá de que el verbo sea o no “lenguajero”, de que el yo del Romántico este o no presente en el habla o que este sea abolido por otras experiencias o tendencias literarias. Un poema como una sonata en el más recóndito margen de una partitura tiene o no algo que decirnos, a veces, silenciosamente.
Un poema no es un “artefacto construido con pericia por ciertas manos” que puede armarse y desarmarse según el criterio del analista literario y no obtiene de éste su seguro de vida. No se trata de acudir al misterio ni a lo numinoso , sino en la medida de que la obra de arte a tomado conciencia de sí misma y se convierte de este modo – no en una bisagra ni tampoco en utilitario eslabón de tontas medidas generacionales – sino en el eco sin “eco” de un tiempo determinado. Así en los más grandes. Holderling, Trakl, Celan, Mallarmé, George, quienes transpusieron los umbrales de sus épocas y desde estas dieron "testimonio".
Poesía testimonial, comprometida, lengua o construcción – deconstrucción- del poema según las “necesidades de su autor”, este se sostiene en si mismo acorde con la esencia del habla que le está destinada. Nuestro tiempo vive un formidable eclipse de nuevas fuerzas creadoras: este agotamiento estaba ya previsto por los poetas esenciales, mas en su fragilidad el habla encuentra su fortaleza : escuchemos a Celan: “hasta que tú lanzas/ la luna de la palabra, /por la que/ adviene el milagro del reflujo/ y el cráter en forma/ de corazón,/ desnudo, testimonio de los orígenes,/de los nacimientos/ del rey”.
A propósito dice Hans Georg-Gadamer: “una interpretación solo es correcta cuando al final es capaz de desaparecer porque a penetrado del todo en la nueva experiencia del poema”. No se trata por supuesto del canto de gallo de la critica literaria sino de penetrar y desaparecer en un dialogo creador con la experiencia de un poeta. Más para ello debe haber “poesía”. El poema de Celan esta lejos de Odas y Elegías, representa como ninguna otra el “tiempo de la penuria” y el lo supo en su propia carne como pocos.
Este modo de “diálogo” es la que a puesto en escena una y otra vez Martín Heidegger por ejemplo dialogando con algunos versos de Stephan George, para proporcionar de este modo testimonio de los orígenes que pide Celan, con el corazón desnudo como un cráter para esperanzado continuar la espera del posible “nacimiento de un rey”.

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19/04/2007 06:54 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 9 comentarios.

Año I - Nº 5

20070426231045-descanso-del-pescador.jpgGACETA LITERARIA Nº 5 – Mayo de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la artista plástica santafesina Zulma Molaro
Obra: Descanso del pescador

PÁGINA EDITORIAL

Esa entelequia llamada lector.

Los poetas que llevan a cabo sus desestimados quehaceres en estos espacios abandonados por los ángeles custodios [1] no deberían detenerse demasiado en las consabidas controversias referentes a posibles incompatibilidades entre ética y estética, debates intrascendentes relacionados con la vigencia o desuso de la cadencia versificante o discusiones bizantinas acerca de la validez o inutilidad del género poético.
Antes bien, resultaría altamente beneficioso, para su característico decir, continuar ejercitando el oficio que asumieron como tarea, celebrándolo desde una imprescindible honestidad intelectual. Porque, si fuera cierto que la belleza transfigura el mundo y la conducta lo transforma, nada estaría oponiéndose a la ejecución de tantas búsquedas personales de transformación cimentadas en la singularidad de un particular concepto artístico.
Quizás por ello el común de la gente se manifiesta indiferente ante todos esos despliegues de bellísimos discursos ejecutados con paciencia de orfebre, pero abarcados en contextos nimios, serenamente insustanciales, trivialmente esteticistas, y, sin embargo, acompañan las voces de quienes formalizan una literatura conmovida, encrespada, desprolija si se quiere, pero dramáticamente apasionada, conmovedora en la incondicionalidad de su entrega
Es que solamente nuestros pares pueden llegar a comprender la imperiosa y absurda necesidad de sumergirnos en la escritura como estrategia para sobremorir a tantas circunstancias poco propicias.
Esa otredad que nos da plena existencia [2] antepone las voces nacidas del desvelo, de las necesidades vitales, de la urgencia por revertir situaciones socialmente establecidas por una supremacía dominante. Esa otredad descree de la literatura como ejercicio, de la escritura por la escritura misma, de la misma manera en que nosotros renegamos de los escritores a sueldo, de quienes permanentemente están rindiendo examen en inciertos lugares, de aquellos que se someten a la inconstancia de la moda cambiando de corrientes literarias como si se tratase de camisas y de los que actúan como asalariados de las industrias editoriales hasta terminar comercializando su mensaje. Esa otredad prefiere los poemas que testimonian las incertidumbres, las pasiones, los misterios que tanto desvelan a los seres humanos a aquellos que les han sido dedicados al vagabundeo de las mariposas.
De allí que tantos vates contemporáneos hayan alcanzado la gloria de ser leídos masivamente escribiendo sobre temáticas que les eran dictadas por las vísceras, y así, quizás sin proponérselo, tendieron un puente hacia la conciliación, una mano fraterna, una voz ajena a las tendencias, escuelas o estilos en boga pero definitivamente armonizada con el sentimiento del otro al que necesitamos para continuar siendo y sin el cual no podemos ser: esa entelequia llamada lector.

[1] Jorge M. Taverna Irigoyen – Santa Fe/Argentina
[2] Octavio Paz – Libertad bajo palabra - México

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Deudas

Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arado con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
En un setiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero la furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaban la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba un mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

Jorge Isaías (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Génesis

acostumbro
en las tardes doloridas del otoño
acunarme en la historia de un sillón
cómplice

dejando que me acaricie la garganta
alguna melodía lánguida
para sentir que mi almita se duerme
serena
unos instantes

adivinarle un sueño
y regalártelo

Mabel Zimmerman (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Consejos silvestres

Si planea dominar un continente de indemostrable vastedad:
hembra o reino,
es imperioso que su más atroz artillería
bendiga
el arte del lenguaje;

que despliegue
un exquisito arsenal
de frases célebres
inscriptas ya en la cumbre del arco
desdeñoso.
Previsión ineludible para justificar sus estandartes
acosando muelles suaves y futuros sembradíos de discordia.

Es imperioso, señor, que tiente al demonio con la brújula del tiempo
distrayendo su atención con un discurso de aristas principescas,
reteniendo en el descuido, entre sus redes,
al pez desconcertado
para su primera y última cena de victoria,
que intentará usted repetir hasta el empacho,
señor,
amparado en un pudor obsceno.

(Doy a usted gratuitamente mis consejos porque los sabios han descubierto
tras paciente observación de las especies,
que a las hienas
se les ha negado el habla).

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

El orden.

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Poema por Haroldo Conti

Dónde estará Haroldo Conti
¿en el cielo
o en el mar?
Sus delgados tendones azules
no podrán llevar las palabras.
Es imposible que pueda caminar.
Qué rosa estuvo ausente
sobre su hora más triste
pregunta mi frente sin entender.
No eras conocido por mí
escribo entonces por el poeta que fue.

No podrás irte solo
“la balada del álamo carolina” acuna pájaros y miel.
Hoy
ahora que la gente canta.
Sobre cuál territorio gris
perdió la rosa su uniforme de oro.

Haroldo Conti: Chacabuco, Pcia.de Buenos Aires (1925) fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar. “Los hermanos de Conti lo habían podido ver en una especie de campo de concentración, con los tendones cortados. El pobre no podía caminar”. Palabras del escritor Antonio Di Benedetto. Clarín, Mayo de 1984

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Limpia y desnuda

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

La mujer contestó desde adentro, sin asomarse; dijo que usara el otro baño, el de servicio, y que por qué él -el marido, Julio- todavía andaba batiendo el aire doméstico cuando debía haber avanzado unos puntos hacia la ficha del empleo, ocho en punto, ella le dijo que usara el otro baño y el marido gruñó -me las vas a pagar-, pero no pudo imaginar que ahí, encerrada, Silvia se miraba al espejo y las arrugas de la palma, con la hoja de afeitar sobre el cruce palpitante de las venas, como contando una cuenta regresiva, él sólo sabía que debía irse al estrecho y maloliente baño de servicio o iniciar el día con una discusión, pero siguió merodeando por si la esposa se arrepentía y le abría paso, siempre merodeaban cuando la mujer se encerraba en el baño, Julio tanteó el picaporte y le pegó una patada a la hoja antes de darse por notificado que Silvia no abriría, no saldría pese al llanto del bebé, al chantajista llanto del bebé que desde adentro ella escuchó con atención pero sin preocuparse ni siquiera cuando se hendió la carne hasta el tendón, se rasgó sin controlar visualmente su acción sólo mirándose el rostro en el espejo, dándose el derecho de contemplarse y luego volvió, sí, las pupilas a lo que manaba de adentro hacia afuera, lo que rompía fronteras y haría que el mundo se apoderase de ella, polvo al polvo, pero el marido no tuvo modo de enterarse de que la mujer disponía sólo de un fragmento de vida delante de sí, punto del que ella estaba al tanto manteniendo a raya el eventual arrepentimiento con el rollo de cinta adhesiva a mano; Silvia había esperado horas primero, días después y semanas y meses, había esperado lo que no se produjo; y lo que no se producía a medida que no se producía, irreversiblemente, la había encerrado en el baño con la hoja sobre el cruce palpitante y a mano la bolsa de plástico repleta de secretos que acababa de sacar del escondite; la navaja ahora buscó la muñeca derecha, pero el metal filoso se cayó al suelo y Julio golpeó: necesitaba la afeitadora de ese baño; escuchó decir de ella que se hallaba lavando ropa, pero tampoco supo que probablemente ésas fueran las últimas palabras que intercambiaban, pobres expresiones, aunque la mujer se dijo que era improbable especular sobre qué quedaría realmente de ese momento en la alquimia mental ajena, de él; Julio apoyó la mejilla contra la puerta, como rogando pero sin hablar, sin saber que ella recogía la hoja del suelo, cruzaba la muñeca derecha con dos cortes profundos y paralelos, alzaba los brazos y se concedía el derecho de escrutarse en el espejo por un momento, se desnudaba, abría el grifo de la bañera, metía la ropa sucia en el tacho de los residuos, y empezaba a escribir algo sobre el espejo, algo que omitía el tradicional "no se culpe a nadie" sino -ella elegía y dudaba entre las palabras testamentarias- algo que expresaba "no se explicarán este acto pero sepan que no concierne a mi salud", pluralizar despersonalizaba a su marido, lo alejaba a un punto remoto, pura acción inconsciente, ella que miraba en el reloj el tiempo de arrepentirse, se metía en el agua, sacaba cosas de la bolsa clandestina: una cadenita que echó a la rejilla, una carta y papeles que leyó y amasó en el agua hasta hacerlos pasta, nada, y los desapareció en el inodoro, se deshacía de los rastros para que él, Julio, se preguntara una y otra vez el por qué, la causa, condenado al secreto, a lo inexplicable, aunque ella no se propusiera condenarlo a nada, ¿a quién le importaba a qué quedaba condenado Julio? y él le habló nuevamente, dijo que si ya no lo quería, y que el cartero había dejado una carta para ella, una carta ¿de quién? ¿de quién? interrogó la mujer desde dentro y él, que no se había fijado puso el sobre sobre la heladera, hasta luego, se iba, mientras Silvia, que había escrito el mensaje sobre el espejo, que había esperado horas, y semanas y meses mientras la espera la encerraba con la hoja sobre el cruce palpitante y el dedo del pie listo a descorchar el tapón de la bañera unos segundos antes que la cuenta regresiva cesara, para mostrarse simple y desnuda, ella que se había dicho ¿qué dice Julio?, ¿acaso me importa lo que Julio dice? ella, que supo que tal vez la carta fuera el objeto de la espera, vio cómo se borroneaba el rollo blanco de cinta adhesiva, sin tomarlo, sin intentar siquiera estirar la mano hacia el rollo hasta que el rollo desapareció.

PÁGINA 4 – Narrativa

Historias de gente sin importancia.

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Fedor.

Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violÍn. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor.

Quiromancia.

Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos.

Mediodía.

Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana.

Metempsicosis.

Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre.

Metáfora siniestra.

El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares...

Un escritor.

Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico.

Triángulo de amor.

Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres.

La nera veritá.

Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún.

La nieve, la nieve.

Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Alberto Girri – 1919/1991 - (Buenos Aires/Argentina)

Canción de amor

Aquí yazgo pensando en ti:

¡La mancha del amor
se extiende sobre el mundo!
¡Amarilla, amarilla, amarilla
roe las hojas,
unta con azafrán
las cornígeras ramas que se inclinan
pesadamente
contra un liso cielo púrpura!
No hay luz,
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
desluciendo los colores
del mundo entero;

¡tú allá lejos
bajo el rojo zumo del oeste!

El compañero de los pájaros

Como el amor
que se posa
cada día sobre la ramita
que puede morir
Así brota tu amor
lozano
vigoroso de sol
compañero de los pájaros...

Poema con un poema

Del emperador
que desvalido se adormece
en su jardín,
tiene algo este
anciano a quien súbitamente
el deseo,
huésped no invitado,
vuelve, persiste en sacudirlo.

También se amodorra,
y los dos son como gatos,
no les importa
sino sobrevivir;

pero en su precario retiro
el viejo no enhebra canciones,
y en lugar de ir entreviendo
ejércitos que incendian y destruyen
concita sobre él un retorno
en procesión de bellezas
ahora agrias,
cada cual mostrándole
la forma de un triángulo
allí donde hubo un sexo,
todas
semejantes
a las tardías flores
que en el imperial jardín
aguardan el invierno.

Oír uno su propia sombra

Repeticiones inútiles, verbosidad
en pleonasmos, redundancias,
tautologías,

garrulerías en las casas
amadas amando hasta el mirlo
que sobre ellas habla,

ruidos continuados
aislándote, los arrullos
por sentimientos melancólicos
del tiempo otoñal,

cantinelas ensalzando
imposibles concordias:
que al agua del pozo
le sea dado invadir la del río,
que la cosecha pasada
y la nueva se unan.

Es mantener abierto el pico,
no puedan las palabras obstruirlo:
como leznas
dentro de una bolsa
(acaban por romperla).

Es el anverso
diáfano de la vida suavizando
las áreas hostiles,
la de los ojos turbios,
balbuceos lastimeros, orejas calientes,
vértigos de borrachos.

Es tu cotidiano ensayar,
mientras no suena la campana,

no se haya ido la arena del reloj,
cómo hacer con discursos de aire
que el mundo de los felices
y el mundo del desdichado
no parezcan distintos.

Puertas adentro

Como Blake con el tigre,
en tu gato no atiendes
a uñas, lengua áspera,
poblados pelos largos,
estrías blancas,
c lo que provocas desde confusa
f hermandad, la pretensión
de que en su vigor está el tuyo,
y de acercarle
elusivos discursos, soliloquios
para un no favorable
ni adverso ánimo,
sin cooperar, sin airadamente
estirarse indicando que apenas
cerraste postigos, cortinas,
él ya captó,
tu agitar antipatías, infatuaciones,
prontuarios de la menuda hojarasca
que en la sagacidad animal
pudiera disolverse,
apremio
por alguien que se mantiene
atado a su especie,
alcanzar
el par donde apoyarte, tu correspondiente;
como Blake y el tigre,
Poe y el cuervo,
Basho y la rana,
recluyéndote a pedir
el benjgno, consolador ajuste
de tu aliento, fatigoso golpe, desazón,
y la prescindencia del libre, que no juzga.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

El chaleco de Hemingway

Por Ramón Fernández Palmeral (Orihuela/España)

El que fuera Premio Nobel, Ernesto Hemingway y Mary Welsh (su cuarta esposa) cruzan el Atlántico a bordo del “Constitución” y desembarcaron el 1º de mayo de 1959 en Algeciras (España) instalándose en la finca de La Cónsula en Churriana (Málaga), propiedad de Bill Davis, norteamericano. La revista Life le había encargado un reportaje que ya era considerado como el enfrentamiento de toreros más grande de la historia: el mano a mano entre Dominguín y Ordóñez que tendría lugar ese verano. Aquí en Churriana también estuvo acompañado por su secretaria irlandesa Valiere.
EL escritor estadounidense Ernest Hemingway se quedó prendado de la finca La Cónsula, no era para menos, y, sobre todo, de su precioso jardín botánico. La mansión la describió en el libro que escribió de aquella aventura taurina, El verano peligroso, «como maravillosa casa», y comparaba su jardín en belleza con el Botánico de Madrid. Seguramente, aquí trabajó en su libro París era una fiesta.
En el mes de mayo de 1959, se cree que Hemingway estuvo en la casa del hispanista Gerald Brenan, sita e calle Torremolinos, 56, donde se celebró una comida familiar o -picnic- en el jardín, según vemos en la foto aparecida en el libro de Antonio Ramos ya anotado. Lo cual debió ser un honor para usted, como bien describe en páginas 755-757, Autobiografía. Además mostró interés en que se lo presentaran porque ya conocía su libro El laberinto español de 1943
Cuando Hemingway viajó de Málaga a Madrid, aquí se hospedaría en el Hotel Suecia para asistir a la temporada taurina de las fiestas de San Isidro, su presencia se anunciaba casi como parte del cartel de las fiestas. Ocupaba asiento de barrera, al final de cada corrida, la concurrencia se volvía a buscarle para pedirle opinión sobre la faena. La relación de Hemingway con los Ordóñez se inicia con Cayetano, El Niño de la Palma y padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, que tiene un papel destacado en Muerte en la tarde (1932). Pero es con este último con quien visita «aquella encantadora y extraña ciudad» y su mítica plaza de toros. (Vi fotos inéditas en la casa de Tomás Toranto de Churriana).
A Hemingway le fatigó esta temporada de toros, bebía sin límites, constantes viajes de feria en feria en un Ford color rosa alquilado conducido por Bill Davis, los horarios de comidas eran irregulares, las noches se alargaban hasta el amanecer. En este año se enteró de que su Gary Cooper (actor en la película “¿Por quién doblan las campanas?”) se estaba muriendo por un cáncer de próstata, ello le conmocionó profundamente, y su propia salud se vio quebrada.
Esta frenética actividad nos la cuenta Rodrigo Fresan:
Entre el 26 y el 31 de ese mes (mayo) Ordóñez tenía corridas en Córdoba, Sevilla, Aranjuez y Granada. Mary, engripada, se quedó en Madrid; pero Hemingway estaba dispuesto a no perderse nada. En Aranjuez, Ordóñez sufrió una leve cornada y allí estaba Hemingway para atenderlo y –ya con trece corridas en su haber – se hizo un alto hasta finales de junio para que el matador se recuperara. El otro matador aprovechó el alto para volver a La Cónsula y arremeter en su lidia privada. “Este es un verano maravilloso”, dijo Hemingway en algún momento mientras las corridas y festejos se sucedían a velocidad de vértigo. Y agregó: “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.
En junio del 2006 más de 300 especialistas en el novelista Ernest Hemingway se reunirán a partir de mañana domingo en Málaga para tratar la influencia de la tauromaquia en su obra, así como las vivencias que compartió con artistas como Picasso o toreros como Antonio Ordóñez (padre de Carmina Ordóñez y abuelo del torero Francisco Rivera) durante sus estancias en la Costa del Sol. El congreso concluyó el 30 de junio.
El Museo Picasso y la escuela de hostelería de La Cónsula, y el Palacio de Congresos de Ronda (Málaga), fueron lugares de las conferencias organizadas por la Fundación Hemingway, que convertirán a Málaga en el "punto de referencia internacional de un escritor internacional", según aseguró el concejal de Cultura, Diego Maldonado. Este encuentro consolida la unión del escritor con Málaga, "a la que adoraba", según destacó el presidente de la Fundación y Sociedad Hemingway, James H. Meredith.
En 1960, el régimen castrista-marxista le expropió la casa La Vigía que tenía en Cuba, y se apropió de sus pertenencias, que luego fueron sacadas ilegalmente, le entró una fuerte depresión, su excesivo orgullo le asesinó, se disparó un tiro de escopeta el 2 de julio de 1961 en Ketchum (Idaho).
En diciembre del 2006 estuve en Churriana buscando vestigios de la vida de Gerald Brenan donde vivió con su esposa la poetisa norteamericana Gamel Woosley entre 1955 a 1970. Estuve en la Casa de Cultura de Churriana hablando con el responsable, Salvador Escalona, que me enseñó la placa y me informó de algún aspecto el escritor inglés. Cuanto salí de la Casa de Cultura me encontré a un hombre en la calle con el que estuve hablando y me comentó, para mi asombro, que había conocido a Hemingway, porque su madre trabajó en La Cónsula, y tenía un chaleco del Premio Nobel. Tomás Toranto, que así es como se llama este hombre, me acompañó hasta una especie de trastienda o almacén que tiene muy cerca, en otra calle, donde me muestra, muy orgulloso, su museo taurino; aquí me enseñó la multitud de fotos que tenía en la pared, entre las que estaban las de Hemingway en diferentes fiestas y en plazas de toros, porque al Nobel se le iba la marca del toro, la comida y el alcohol. Pero cuando le pedí permiso para sacar algunas fotos con mi cámara digital, me lo negó, consciente de que tenía gran valor y yo podía publicarlas en Internet. A mí me gusta pedir permiso para reproducir fotos.
Las fotos de Hemingway estaban firmadas por el fotógrafo taurino Cano. Allí estaban casi todos los toreros malagueños (casi 50). Había una de El Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez Aguilera) el padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, Dominguín, Paquirri, Jaime Ostos, Bienvenida… Me quedé muy emocionado, y a la vez contrariado por no poder sacar fotos a este museo que, en cualquier ciudad o Peña Taurina se darían tortas por él. Me dijo que trabajó muchos años en la Plaza de Toros de Torremolinos, y me enseñó una fotografía donde se le veía toreando una vaquilla. También me enseñó dos motos de la marca Lube, antiguas, reparadas, en uso, dos reliquias del motociclismo, una de ella la quería vender. Hablamos sobre el chaleco de Hemingway que tenía en su casa
Entramos en su casa y me sacó el chaleco envuelto en una funda de plástico, era blanco marfil como de piel de gamuza, yo lo cogí con mucho cuidado, con nervios, me dijo que tenía intención de venderlo, pero no le pregunté cuánto pedía, estas son reliquias que no tienen precio. Con sumo cuidado como si fuera una casulla papal, lo puse encima de un sofá y le saqué unas fotos con su permiso. Yo me ofrecí a colgarlo en Internet y que sea lo que Dios quiera. Es una pena que esto salga de Churriana, pero como somos así, unos pasotas, pues alguien acabará comprándolo. Seguidamente sacó un libro escrito en inglés sobre la vida de Ernest Hemingway, en el álbum de fotos del libro está Hemingway con el chaleco, y otra foto celebrando el cumpleaños donde se veía a la madre de este hombre que me dijo que se llama Tomás Toranto. Su madre trabajó en La Cónsula, por ello toda esta historia del chaleco de Hemingway tenía sus razones de ser. La foto del cumpleaños debió de tomarse el 21 de julio de 1959, en el sexagésimo cumpleaños del escritor y periodista, que lo celebró en La Cónsula. Me dio su número de teléfono.
Tranquilamente encontré más información y fotos sobre la vida del premio Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway, y sobre su veraneo de 1959 en Churriana. Estuve buscando fotos de Hemingway con sus chalecos de piel. El que tiene con Gerald Brenan en el patio de la casa de la calle Torremolinos, posee un bolsillo en la parte izquierda, en cambio, el chaleco que tiene Tomás, no tiene este bolsillo, por lo tanto debe ser otro de sus chalecos, pero hace falta encontrar la fotografía en que lo demuestre.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Con el éter del enigma

Huye el eterno retorno del Yo.
La tarde ausente de todo
trae rimas como nubes.
Como si nadie supiera nada
se promete
el regreso de las metáforas:
letras olvidadas en el tiempo
de un mundo sin destino,
páramo inconsciente
olas desnudas sobre el mar
agitado de sal.

Juan Pomponio (Berazategui-Buenos Aires/Argentina)

Compadre :

no hay palabras de piedras en la clave de sol
ni en las contradicciones de los almácigos
No es conveniente animarse a decir adiós.
Ya hemos sumado las mordidas que envejecen
y merecemos descansar de los jadeos
urgentes.
En la sala de espera de la noche
Una tarde de lluvia dije buenos días.
Así uno nace al revés de los andrajos
y se apuesta una lucha,
y se hincha de luchas
todas llenas de lluvia, de noche,
de soledades en astucia en uay
que te comen hasta el despertar.

No defino el final del adiós,
Tengo un amigo en San Antonio,
una hija aún sin decapitar
y dos perras que le ladran al réquiem
para envejecer juntos.
Esta tardecita de enero
están buenos los pimientos de Calahorra
y el Este con su tormenta que amaga
una mirada de quizás.
Aún tengo viajes pendientes
a la caricatura de la rabia,
donde tomaré café
y algo más
con el verdugo de los tiempos perdidos.
La vida es zarandanga para que te toque aquel
y te lleve éste.
En la próxima risa soltaré tamboriles sin rutina
y me beberé toda el agua que dejaron los ahogados.
Los que partieron no de muerte natural.
Esas cicatrices que dejaron los compadres.
cuando se ponen corbata
y se peinan y depilan los adioses
y se olvidan que algún día juntos
amamos la revolución en alza.
Estoy vinculado con las palomas de los entretechos
para decir adiós a los que visitan el festín de
los dueños.

Alfredo Ariel Carrió (Entre Ríos/Argentina)

Entonces supe.

Entonces supe que hacer
me arremangué
las manos retorcieron el trapo
sequé y sequé
como si hubiera llorado
tanto
pero no había tiempo
llegaba lo nuevo
tenía que ponerme algo
sobre la desnuda tristeza
destapar las cañerías
trabajar
eso hice
y pelé chauchas
y deshojé prolijamente
los bordes del espanto.

Graciela Wencelblat (Buenos Aires/Argentina)

Soneto

No salgas niña, que la lluvia viene;
viene la lluvia con su pie ligero
y agitando en el aire su pandero,
cuando quiere bailar, no se detiene.

No salgas niña, que la lluvia tiene
flores de vidrio para tu sendero.
No vayas a salir, porque no quiero
que en lugar de alegrarte, ella te apene.

Pero la niña se lanzó a la calle,
rompió un espejo con su airoso talle,
y se perdió en el aire alucinado.

Si la niña no hubiese sido rubia,
la hubieran visto irse con la lluvia
para seguir bailando en otro lado

José Fernández Molina (Salta/Argentina)

Soy Muchas, Soy Una, Soy La Pachamama

Yo soy Sedna, la diosa del mar, la creadora de los
inuit del Ártico y entre los navajos soy la Mujer
Cambiante, diosa araña de la creación, madre del Cielo
y la Tierra. Soy la Bisabuela Wakan de los sioux, la
Mujer Bisonte Blanco de los lakotas y la Mujer del
Peyote de los huicholes.

Soy Ixchel, la diosa luna de los mayas y
Tonacayohua, la diosa cielo de los totonacas. Los
mejicas me llamaban Señora de la Falda de Jade y
Señora de la Falda de Serpientes porque producía la
vida, la muerte cíclica y la regeneración.

En Centroamérica, me han celebrado bajo el nombre
de Flor Emplumada, la Estrella que humea en el bosque,
patrona del amor, la sexualidad, los códices y las
artes.

En Colombia soy Bauche, la diosa serpiente creadora
en la laguna de Iguapé y en las selvas soy Nunguí, la
fértil diosa que danza en los campos de yuca plantados
por las mujeres jíbaros. Los incas me llamaban
Pachamama y me reconocían en mis hijas: Saramama,
Cocamama, Axomama, Coyamama y Sañumama.

Soy la Mujer Jaguar de los Andres y la Jaguar Negra
del Amazonas. En las costas del Brasil y del Uruguay
me llaman Iemanjá, la diosa luna que emerge del mar. Y
para los tobas del Chaco paraguayo y argentino soy
Aquehua, la diosa sol que bajó a la tierra para
engendrar a los primeros seres humanos y regresó al
cielo para nutrir la vida.

Soy la Sirena del Paraná y la Doncella de la Yerba
Mate. Entre los pampas soy la Llorona, la Luz Mala de
los huesos y la Vieja vestida de Novia. También he
sido la Telesita y la Difunta Correa.

Entre los araucanos soy el Espíritu del Pehuén, la
Diosa Madre de los mapuches. Danzo, canto, profetizo y
curo con las machis, únicas sacerdotisas activas de
esas tierras. Y con máscaras sagradas estuve danzando
con las onas y yaganes de la austral Tierras del
Fuego.

Soy Muchas y Soy Una. Soy la Pachamama.

Analía Bernardo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Las razones de Ana

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe/Argentina)

En el caso de Ana supongo que persistirá la marca dejada en una pared, pero que seguirá ahí sólo hasta que alguien decida quitarla. Y eso sería todo.
Quiero decir que no habría más, porque no hay sustancia en el presente sino un pasado que carece de importancia porque a nadie le importan los muertos. Aunque es cierto que el dolor es intransferible. El dolor particular, lo que no se puede contar.
Cuando Ana hizo un gesto de cansancio que intentó reprimir advertí la grieta. Fue un momento apenas pero suficiente como para establecer un precario sistema de complicidades consolidado en esos breves días, lentos y soleados, que nos hizo encontrar en las jornadas del hotel.
Nada más tedioso. No hay que tener obligaciones, el ser humano debería tener derechos, tal el derecho a no trabajar, a no rendir exámenes a diario. Quiero decir que a tres cuadras no más estaban la playa, el río y sin embargo no se podía ir y nadar y perder el tiempo. Nada de eso, la convención era ejecutiva, cuatro días de intensa concentración.
Para disputar espacios, para vencer, porque el gerente feroz de la empresa había decidido concentrarnos en ese lugar confortable, hacernos dar cátedra de mercado y salvaje conquista por parte de especialistas sonrientes y sin gracia, lujosos y considerablemente estúpidos. Todo tan artificioso. Morenti entre ellos.
El gerente poderoso, Ladril, estaba allí, ladrando. Ana estaba también allí, a su lado, cumpliendo el rol de eficiente secretaria y de rigurosa amante. Esas cosas se saben de entrada. Ella era linda, fría y distante y parecía cumplir a cabalidad el rol que le habían designado. Esta mujer, esta mujercita, pensé con cierto desprecio y me aboqué a atender a los eficientes que todo lo sabían, sopesé la lanza y el escudo que nos proporcionaban para salir y matar, sin dejar nada en pie salvo nuestra empresa.
No precisamente mía. Pensaba de esa manera al llegar, pero yo como otros me encontraba en el hotel para que en esos cuatro días me extirparan tales pensamientos. Yo estaba ahí. Y Ana estaba ahí. Y yo continuaba sin tomarla en cuenta hasta que le descubrí -fue apenas un instante- su gesto de impaciencia. Algo que de pronto nos unió: la impaciencia ante tanto desborde, ante tanto humo fabricado para adormecernos y así poder extraer cuanto éramos de verdad. Mis preconceptos sobre ella cayeron. Un alma desamparada, pensé. Error, pero no es extraño que en el desierto se compre cualquier espejismo.
Cuando hizo el gesto sin pensarlo demasiado tosí y la miré con ligera sonrisa. De inmediato volví a mis papeles, pero ella registró mi presencia. Y al poco rato, en el momento en que comprendí que terminaba de correr ligeramente el cenicero para que Ladril se tirara encima las cenizas del cigarrillo estuve a punto de aplaudir. Ella -lo supo en el momento mismo en que impulsivamente me puse de pie y me aproximé a su silla- podía contarme como aliado, el alma gemela que estaba esperándola. Uno muchas veces se equivoca, pero díganme si ese no es el signo de la vida.
La convención continuaba, fría como si en la mesa se diseccionara un cadáver, cada uno desarrollando estrategias de ataque y defensa simultáneos. Esperé de ella un nuevo gesto de insatisfacción, una mirada de odio dirigida a ese Ladril quien todo lo decidía en nuestro nombre. Ladril era ágil pese a su edad, con gestos desagradables y uso y abuso de su poder que demostraba con sus constantes actitudes vulgares.
Uno a veces hace cosas...
El nuevo gesto de complicidad que aguardaba de Ana se demoraba en aparecer. A la primera jornada se le sumó la segunda (momento en que descubrí su fastidio) y la tercera se arrastraba con los jóvenes yuppies del espacio flamante y tecnológico unidos en fraterna camaradería y nada estaba ocurriendo. Que fue cuando me dije que la melaza del mustio mundo iba a continuar impregnándome, metiéndose en mi vida de rutina, nada que me permitiera salir de la clausura,
Además daba lo mismo (no era así) que esa mujer no fuera la que pensé. Uno había llegado hueco y se iría de igual manera. Se roza la vida, no existe otra medida para las cosas.
Supe de su nombre de inmediato porque todos llevábamos tarjetas de identificación, como las cocardas que se colocan a los toros en exposición. Supe, más allá de su frialdad, que esa mujer por una razón oscura (que en definitiva son las razones que importan) debía tener algo que ver con mi vida. Había llegado sin planes y ahora Ana la llenaba de sentido. Tan frágil es uno. A tanto está dispuesto a exponerse.
Morenti se me acercó con gestos de amistad. Me molestaban sus miraditas de muchacho pícaro, su manera abusiva de tratar a la gente, las burlas que hacía a espaldas del que recién se retiraba de su lado convencido de haber trabado una amistad sin límites. Me molestaban su frescura, su cuerpo de gigante. Y más que todo eso lo que me molestaba (aunque no deseaba admitirlo) el inconveniente central de que él ingresaba al predio cuando yo ya me retiraba al cono de sombra. Sin embargo, pese a mis prevenciones actuaba conmigo como si fuera un igual, me buscaba, daba la impresión de tener hacia mí planes imprecisos, pero al mismo tiempo extraordinarios. No eran los suyos actos de amistad viril, ni de perversión erótica, no se trataba de eso, sino de acciones concretas en la empresa, una apuesta en común hacia el futuro, espalda contra espalda defendiéndonos y atacando al resto. Algo así.
Carecía de sentido, él tenía poder de decisión, no yo, yo no era un igual. Aparte no me interesaba Morenti, pero Ana -a pesar de los acuerdos silenciosos, del fastidio que me mostraba por tener que permanecer al lado mismo de Ladril- persistía en una suerte de segundo plano, cercana pero también irreductiblemente distante.
En el bar del hotel, me animé, intenté hablarle pero ella me rechazó: "No, imposible aquí, Ladril no me deja de vigilar ni un segundo". Me aparté molesto y pedí un café en la barra del bar. Al segundo tenía un papelito en mi mano libre: "Afuera, en el quincho", decía su letra apresurada. Salí después que ella y di un largo rodeo por un jardín que casi no había visto, bañado el lugar por la luz matinal, cerros cercanos, turistas, chicos que gritaban y jugaban y vivían su mundo. Cada uno lo hace. Yo buscaba concretar el mío cuando me acerqué al quincho apartado que en ese momento estaba desierto. Salvo Ana.
¿Diré que todo es previsible, en definitiva? ¿contaré que la vida es una calamidad porque termina en la muerte? ¿para qué decir tantas tonteras, para qué caer en el lugar común? Ella al fin me esperaba, ella me abrazó, me besó, me atrajo hacia su cuerpo espléndido e inesperado, en el que pude descargar, al fin, tanto que había acumulado y que era más que besos y semen, que era todo. Que era aquello imposible de contar.
Después, mientras fumábamos, tomé un atizador e hice una larga marca en la pared: "Para que sepamos que estuvimos aquí", dije riéndome.
Ella me miró con seriedad: "Para tenerme, hay que sacarlo del medio a Ladril". Clara y diáfana y sutil como una cuchilla. "Nosotros no nos conocemos", agregó al darme el beso de despedida.
Dije dolor, quizás sea excesivo pero digo lo que siento. Uno se presta a lo más ruin para obtener resultados. Se trataba de mí, de ella, de lo que ayuda a construir la imaginación, el remedo de la realidad.
Desprenderse de Ladril, sacárselo de encima. Era como pedirme que con pico y pala cambiara de lugar los cerros. Algo imposible, pero con qué gusto haría. Lamentablemente se trataba de una ficción, de un absurdo.
Uno se presta a tantas cosas...
Se me acercó Morenti: "¿No te lo dije?", pidió un whisky, su felicidad se expandía por todos los poros, contagiaba al bar, a las paredes de fotografías gigantes, de cuadros eglógicos, a los turistas que se confundían con los participantes del simposio.
Por ejemplo, Morenti: "¿No te dije?", insistió. Para mí era una pregunta enigmática, si algo dijo yo me lo había perdido. Sonreía abiertamente, su rostro estaba también abierto, joven, pleno, el mundo se postraba ante él como fruta madura, como mujer dispuesta.
No me lo había dicho y seguía sin precisar las cosas aunque me estaba enterando que en el orbe en que ellos se movían (al parecer también ahí me movía yo según me lo estaba haciendo ver Morenti, que conocía el envés del guante), que se terminara Ladril resultaba una cuestión menor, una piedrita de las que se patean en el camino sin que a nadie le importe.
En tal misterio yo tenía algo que ver. Lo descubrí en el momento en que Morenti buscaba hipnotizarme. Era la primera vez que yo asistía a esa clase de convenciones. Me contó que año tras año Ladril era ratificado por los dueños, pero esta vez había algo más: Morenti me mostraba unos informes. Sonreía. "Mirá como brilla el sol", dijo con entusiasmo.
Ana daba vueltas por el bar, exhibiendo su cuerpo que terminaba de ser mío. Me miró con intensidad y después siguió su camino, ausente y secretaria y amante de Ladril. Yo la imaginé, la vi, la volví a vivir, entera y desnuda en el quincho.
- ¿De qué se trata?-, pregunté sin inocencia.
No se despidió de mí. No dijo lo siento.
Los informes eran claros y simples, lapidarios. Terminarían -como terminaron- con Ladril en un segundo. Fue un golpe inesperado, como si se tratara del jugador inexperto que cuando se van a retirar los que saben y están por juntar las fichas exhibe el poker imbatible.
- De manera que no lo puedo leer yo. Se necesitaba un valiente, me decía Morenti mientras me colocaba la coraza y me acercaba la lanza, el escudo, pero no el yelmo porque en estos casos había que actuar a cara descubierta, sin ninguna protección.
Estaba equivocado conmigo, último en la lista, debía buscar a otro que hiciera la representación, ese juego no era para mí. Pero (obviamente, digo ahora), en el instante en que me negaba me rozó Ana, era la mujer enfática que me esperaba. La tristeza se nutre de estas minucias.
El informe resultaba contundente, ladrillos para sepultar a Ladril. Por supuesto que terminé aceptando, por supuesto que pedí la palabra, era el momento en que los jugadores estaban a punto de retirar las fichas, cuatro ases brillaban en mis manos, todos miraban -creí que con fascinación, en realidad lo hacían con asco y fastidio- al recién llegado mientras descargaba cifras, datos cruzados, hechos incontrastables. No miré a Ladril pero lo imaginé pálido, abatido, vuelto un dibujo aplastado.
No sé qué pasó con él. Renunció, como era de prever. Y, como era de prever, Morenti fue entronizado en su reemplazo. Lo estoy matando, pensaba cuando lanzaba miraditas de triunfo a Ana que seguía hierática, a lo mejor transformada en gárgola sin que yo lo supiera.
Todas las complicaciones, todos los indicios, todas las acusaciones, los entrecruzamientos, recayeron sobre Ladril que apenas si pudo protestar, insinuar, afirmar, toser. Al rato no más estaba liquidado.
Pero nadie me felicitó. Nadie me dijo la menor palabra de aliento. El único que se dirigió a mí fue uno de esos jefes oscuros que escupen al hablar. Me llamó a un rincón: "Ya está preparada su ropa", me alcanzó el billete del colectivo más barato que salía en minutos. Me dijo que me enviarían las cosas de la oficina a mi casa. Lo mejor, agregó, es que nos mande la renuncia.
Después pensé que al informe le faltaban datos, otros nombres (no había uno solo más, aparte del de Ladril), que nada en definitiva cerraba. Pero era el precio que pagué para tener a Ana. Qué ridícula pretensión.
Porque no se despidió de mí. No dijo lo siento. No me miró cuando se fue con Morenti, quien desde hacía horas ya no me hablaba.
Me fui también. Una marca queda en la pared del quincho. Algún gaucho reparará la osadía.
Razones tendrá Ana. Razones tuve yo. A quién pueden importar.
Hay cosas que el viento se lleva con tanta simplicidad...

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Poemas – 1964/2004 – Rosa María Sobrón
– Editorial Dunken – Buenos Aires – 338 páginas

Ajena a las expresiones que ponen a la poesía fuera de la medida y los sentimientos del lector tradicional (ese lector moderadamente culto y sensible que alguna vez gustó de la poesía y ha dejado de leerla), Rosa María Sobrón es, sin embargo, una poeta de hoy. Cultora de una escritura fiel a la belleza y la emoción, su contemporaneidad no se vincula con determinadas concepciones o modalidades retóricas sino con su condición de mujer comprometida con su tiempo y sus semejantes, así como con algunos valores: la fe en la vida, el amor y la esperanza –como lo señala Norma Pérez Martín en el prólogo a “La puerta infinita”–, que están en la raíz de cada uno de sus poemas. La autora nos ofrece aquí el testimonio de una obra poética comenzada hace cuarenta años y proseguida con fervor, lealtad y una permanente profundización de sus temas y recursos creativos. Desde La espera iluminada, de 1964, a La puerta infinita, de 2003, Rosa María Sobrón desarrolla una temática recurrente: el amor al terruño provinciano, las reminiscencias de infancia y juventud, la compañía o ausencia de sus seres queridos, la preocupación social, la fe en Dios, las ilusiones y nostalgias que han ido entrelazándose en el decurso de su existencia. Todo eso lo transmite limpiamente, con transparente y conmovedora sugestión, ofreciéndonos una poesía que cumple con la función que el género siempre tuvo a lo largo de la historia de la literatura: ser un diálogo de almas y, al mismo tiempo, una vía de acceso a lo esencial. En sus inicios, la poeta se destaca por el tono celebrante con el que nombra su escenario entrerriano –río, colinas, ceibos, pájaros–, prolongando el eco de algunas voces de la Generación del Cuarenta. Sensualidad de la palabra, belleza y emotividad. Su predilección por el romance, el soneto y un verso libre ceñido, no obstante, a una instancia rítmica, musical, regresa en los siguientes libros: Poemas con sol y llanto, de 1974, y Es tiempo de elegía, de 1978, donde ya se advierte una actitud más reflexiva, más pronunciada de melancolía y más abierta a los seres de su contorno inmediato. Finalmente, La puerta infinita, de 2003, nos muestra a una poeta ya segura y afirmada en su voz personal. Las puertas giran, se abren o se cierran en un tiempo que Heidegger calificó de indigente y desesperanzado. Las puertas del padre y de la madre, de los hijos, del marido que ya no está, la puerta que se abre a los recuerdos y las sombras. “Cuando cerré con llave/ y contemplé aire desconsuelo/ nadie advirtió –tan solo Dios–/ el punto rojo que me despedía. / Las puertas de la angustia/ no se abren al sol. / Miramos hacia arriba. / Y vemos otra luz”. Seguramente, Rosa María Sobrón hará felices también a sus lectores (Wallace Stevens decía que la poesía es la felicidad del lenguaje), abriéndoles con estos poemas humanos, tiernos y reveladores, la puerta infinita de su corazón.

Antonio Requeni (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Alfonso Sola González – 1917/1975 –(Paraná-Entre Ríos/Argentina)

Felices Pascuas
(inédito)

Felices los que creen en el Espíritu Santo
felices los que creen en el partido comunista
felices los que creen en el dragón del Sol
o en el oscuro río de la noche
eternamente inmóvil.
Felices, felices los que en la flor del cáncer
encuentran la paloma
de la última hora.
Y feliz vos
y yo,
tan perdidos
en la soledad del amor,
cuerpos que fueron sombra
y ahora resplandecen en las viejas almohadas,
felices,
porque ya está el pan que quema.

Felices mis amigos que perdí
porque me perdieron
feliz el vaso roto
en la noche
sin el Señor,
feliz la espuma de los dientes
del lobo
tan solo,
en el bosque dorado;

feliz alma mía
que no comprendes nada,
nada, nada,
feliz cuerpo mío
que ardes como un árbol
de tierra
en la noche
del Pan.

Camina el poeta y no sabe...

"Sennores para el camino
dat al de Villasandino".

A Mauricio López

Has perdido tu sombra, alma que fuiste mía.
Ya no verás cruzar los grandes pájaros celestes
que reparten la corola centelleante del cielo.
Esplendores del día, nubes gloriosas,
dadle para el camino.
Estará en la taberna;
jugará con el dado de oro de la muerte.
O no estará. Monarcas de las encrucijadas
dadle para el camino.
Verá su última tarde. Verá un río que vuelve.
Topacio de la guerra, lanza de niebla
dadle para el camino. Quien fue ángel destroza interminablemente
su espada negra. Dadle,
dadle para el camino.
Y cuando llegue ciego,
a la puerta que arde entre el cielo y su frente,
dadle, dadle para el camino.

El Soñador

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
mas allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte,
más hondo que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso, de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertas por la hiedra del sueño
y las batallas.
Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida
bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Mas allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
mas allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
lleno de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el amor arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.

La mirada y los ojos

Todos tus ojos, todos
los errantes, los quietos
los que sueñan o hablaron
o queman con callada piel de tigre azul-celeste.
Todos tus ojos, todos
los que engañaban la corona visible de la luz,
los que ocultaban al sol el sol del día...
y los otros secretos, tus ojos escondidos,
no pintados de color,
los que contemplan
la sombra lenta del amor que llama,
tus ojos no vestidos,
todos tus ojos, todos
pueblan la Creación,
ya la alta esfera por desunidos ángeles
ya el descendiente paso de los días unidos
donde, en oscuridad, te estoy mirando.

Horas antes de morir

¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?

Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.

No busques el camino más allá
de la infancia.

En tu casa hay una vieja fotografía
Donde ya estás muerto,
Alfonso.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

La barcarola de los dioses

Por Miriam Cairo (San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires/Argentina)

Dadá

A los veinte años, mi dios frecuentaba con la misma pasión y asiduidad, los burdeles y las bibliotecas. Sería redundante decir que como todo joven buscaba los extremos y que su autor preferido era Tristán Tzara. Leía poemas en los bares y su primer libro estuvo a punto de titularse "Semilla y aberturas" porque él tenía dadá en el corazón. Sus insomnios crónicos a veces le cansaban el motor y a veces se lo inflamaban.
Cuando hablaba con su madre sobre la desesperación que lo invadía, ella lo desconsolaba diciéndole que ningún dios había tenido la dicha de morir tan joven. Mentía, obviamente, como lo hacen siempre las madres.
A los veintiún años él no sabía si hacerse monje o caer preso en una cárcel nacionalista. Pudo haberse cortado el brazo derecho y enviárselo al Papa de Roma porque tenía dadá en el corazón.
A los veintidós recorrió el país en bicicleta y pudo haber titulado su segundo libro "Cinema calendario del corazón abstracto", pero no quiso ser siempre el portador de la mala noticia y además amaba una bicicleta que no era ni alegre ni triste, dadá, dadá.
Así siguió la historia. El agua salvaje, los dientes hambrientos, su ojo encerrado en un triángulo, el compartimiento para fumadores, la alegría de los astrónomos, bocanadas de buru?buru formando remolinos, las mujeres usando sus lagrimitas a modo de collar, el soplido animal, el hálito salino, el capitán a?a?antifilósofo. También las serpientes lo amenazaban a menudo, y él cuidándose siempre de los ojos y de los azules, escondía sus milagros detrás de la puerta porque la divinidad le nació de un bastonazo. En el burdel a veces elegía a las chicas que trabajaban con las manos y a veces, las que trabajaban con los pies. También predijo que después de la guerra vendría la guerra y que las alondras estridentes se quebrarían contra un espejo, porque él tenía dadá en el corazón. Y no hablemos del solsticio. De los días cambiantes. Del guerrero vestido de negro que hacía sonar su garganta transparente y cantaba el aleluya. No hablemos de los vehículos y los peatones. Había en él un stress por circular. Condujo su historia hacia el pasado porque siempre le cayeron bien los mitos.
En el umbral de la vejez, mi dios aceptó algo que antes siempre había rechazado: en vez de ir al burdel, recibiría a las muchachas en su casa. Cuando más envejecía, más cerca de su nacimiento se hallaba. Antes de volverse eterno, dio un golpe de arco y escribió la canción autobiográfica de un ciclista que era dadá de corazón.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Papigochi

El río, rumor sosegado, diáfano, silente
Corre respirando la música del tiempo

La lluvia ha lavado la noche
Extraviada en el aroma de flores
y el viento entre los pinos

El plenilunio pinta de deseo nuestra piel
Ebrios de amor y vino, ardimos en la hoguera
Colmados nuestros cuerpos
alcanzamos el cielo

He vuelto a soñar el sabor de tus labios
el aroma de tu piel
Aquella vocación de tocarnos no agotada

Me has vuelto a doler alma mía

¿Recuerdas el lugar donde vimos el sol,
el tañer de las campanas de Tomochi,
el volar de las palomas,
el olor a madera cortada y a pan recién horneado,
y la mañana transparente y fría?

¿Olvidaste mi presencia en tu lecho de río?

Margarita Muñoz Villalobos (México)

Trampa azul

Sólo el cielo.
Sólo la lluvia.
Sólo las alas despuntando
en los alveólos rotos de la tarde.

Sólo un roce sesgado de tus labios
y el aluvión de tu mirada cómplice.
Sólo alas buscando
entre la noche tus delirios.

Sólo la piedra y sólo el manantial.
Esta hierba que nace de la piedra
entre el musgo fortuito que la inventa
cuando desaparece y aparece.
Sólo alas trizando en los espacios
la sutileza de batir asombros.

Sólo esta tierra sola,
tizne horizontal para este tránsito
de sólo el mar,
de sólo cicatrices.

Algo de amor así,
para que inventes esta albura.
Sólo la sangre y sólo el cuerpo.

Algo para que aspire al alma
lo ordinario del pétalo.

Tan sólo alas y contra alas.
Despliegue del recuerdo que te azora,
casi ángel al fin
esclavo de la memoria posible.

Sólo el ansia de sólo
abrazarnos tan ciegos,
déspotas sumisos de la memoria perdida.
Sólo amamos...
Amparados a la piel que nos transpira y unge,
avatares desoídos por el mundo.

Sólo la palabra:
el poeta y su trampa,
para que tal vez tropieces desde la noche
con esta soledad que compartimos.

Ronald Bonilla (Costa Rica)

Saco y corbata

Tengo un corazón
que viste de saco y corbata.

Cada vez que lo veo
se me desacomoda el aire

se me erizan
las cejas en la espalda

se me anudan los ojos
en la garganta

y la voz se me escapa
por los pies.

Shirley Villalba (Paraguay)

Yo tenía mi guerra

Yo tenía mi guerra,
mi juego de dardos para matar el tiempo
y apostar a que Cristo vendría a mi abalorio.
Yo salía a las calles;
educaba mis perros, les mostraba
cuánto muerde el blasón de la jauría.
Yo tenía mi ínsula,
Mi barataria patria de gemidos
donde descansa en paz Altisidora.
Yo tenía mi retrato;
escrito mi epitafio a lo Desnos
"porque uno nunca sabe".
Yo conciliaba en mí
A Sun Tzu y Lao Tsé.
Previstos mis asuntos:
Mi caverna, mi glaciar, mi reno;
cuando babeles,
cuando bajeles
traen su Apocalipsis:
Gemelas cicatrices donde desova el tiempo.
Yo el Unigénito, el último.

Ramón Ordáz (Venezuela)

Bitácora

Todo comienza el día que el mundo acaba
Las aves que alguna vez
cantaron serenas en los árboles de enfrente
comienzan a emigrar
Los días se acortan imperceptibles
y el agua gris de los crepúsculos cede el paso
a una noche que apenas llega
y es ya el misterio en las ventanas
No sé si han sentido esa falta de aire
que turba el equilibrio, ese temblor
en los músculos
El corazón queda exactamente en el abdomen
Uno debe estar listo para enfrentar
ese viento del sur que trae la ausencia
Rotas las amarras debe uno bajar de las naves
simplemente. Quemar las naves, un desastre
si tus pies no tocaron a fondo el continente
Fino y frágil fracaso en las manos flacas de la suerte
Bueno es hacerse a la mar detrás del cataclismo
Recoger del sargazo las ruinas, las fosforescencias ilesas
No detenerse a mirar los peces muertos
Aconsejable asir las algas dislocadas, los hipocampos truncos
Da coraje alzar las criaturas que rompió la tempestad
y no mirar al azul: que te da vértigos
No otear las estrellas
No tocar el cuerpo del viento, ese cómplice hipócrita
No mirar hacia atrás: las sirenas son bellas
inquietante la espuma de las islas
Ah pero yo ordeno el delirio
promulgo el horizonte sin límites
Indico al escándalo de las islas
qué fondos necesitan mis naos
Y nada de alisios
Nada de música de mar
Exijo catástrofes
Rones que intenten echar bruma en mi paso
Magias que me abran de nuevo a la inocencia
Blancos caballos de furia
que hollen la piel con sus cascos más duros
¿A ver qué mínimo dios podría doblegarme?
Vientos, vientos, tomen en mi pómulo
el grano fabuloso del maizal de mi sangre
Que la luz enferma no me alumbre
Ni me ampare la sombra
Yo anunciaré los caminos
las buenas nuevas que anoche trajo el verano
Yo traeré a la mesa las viandas más finas
Yo alzaré en los dedos el trofeo antiguo de la risa
Y estoy seguro será hermoso

Alex Pausides (Cuba)

PÁGINA 13 - Narrativa

El encuentro con Rou

Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Paseaba desalentado por falta de ideas para escribir.
La fortuna que consiguiera con esos negocios había terminado con mi — hasta entonces — prolífica imaginación.
Los poemas no fluían como años atrás y las narraciones se iban haciendo esqueléticas de vivencia, huecas, superficiales... cómo decirlo...
Abordaba cualquier experiencia para tratar de extraerle un argumento. Pero no había caso. Tenía cerrada la puerta de esa parte de la cabeza que contiene la imaginación. Y la puerta tenía cerrojos inviolables que habían ido forjando demasiados años dedicados a cuestiones muy lejanas de la Vida, y me habían sumido en las cosas banales de la vida.
Llovía sobre las veredas. Guarecido por los balcones de las viejas casas de ese barrio de París, iba esquivando los charcos, casi con ganas de no esquivarlos y de que no fueran charcos.
Miraba dentro de los bares, como buscando alguien conocido.
Eso duró toda la semana desde que regresé a mi país.
Había estado tres años seguidos atendiendo los intereses de la empresa en América. Había visto la miseria como nunca antes desde la guerra y había traído conmigo la desazón de esos pueblos. Comía poco, tomaba bastante. Creo que tomaba más por hastío que por gusto. Tomaba para olvidar quién era, o mejor dicho, quién había sido.
Tener una participación en la empresa, no agregaba nada. Sólo me traía más dificultades. También dinero, es cierto, pero en lo mío, nada.
Y aquí me encontraba, sin poder someter una sola línea a la voluntad de la máquina de escribir. Sin una idea.
Vagando en busca de algo.
Al séptimo día —que algunos suponen fue el descanso del Creador—, por la calle Lafayette, encontré un misérrimo barsucho y, en él, a un amigo de años atrás que hacía juego perfectamente con el lugar.
Estaba echado sobre la mesa tras una botella vacía de vino, con el vaso aún entre sus manos.
Me acerqué y comprobé que dormía. Todos esos años sin verlo. Miré las arrugas de su rostro y la ropa sucia y vieja que vestía. En su tiempo fue un joven agraciado, mujeriego, talentoso y requerido por la gente. Siempre tuvo una vida divertida (eso suponía yo), embistiendo todo con su esplendor y su juventud.
Lo miré un momento más y apoyé mi mano sobre las suyas. Le saqué el vaso y apreté cariñosamente sus helados dedos. Se despertó lentamente. Lo bebido lo tenía hasta extrañado de sí mismo. Me miró, apretó los ojos y se le surcó más aún el rostro. Levantó la cabeza, volvió a verme y se le iluminó la mirada. Una sonrisa nació en sus labios. Sus comisuras hacia abajo, disimuladas apenas por la rala barba canosa, indicaban un gesto duro y tiempos no muy alegres.
Hablamos de él y de mí, le conté mi cuasi tragedia de no poder escribir. Se rió como me gustaba verlo, con esa furia y esa gracia que divertía a quienes lo conocíamos, y aplastaba a los que quería herir. Rió, y a pesar de la amistad, sentí que también se reía de mí. Reía de verme como era, sin los disfraces que el resto de la gente tiene en cuenta.
Rou era el mismo y yo, era yo sin vestimentas ni status ni fama ni posición. Éramos ni más ni menos que nosotros.
La charla derivó a contarnos mutuas historias de viajes y de gente.
Bebimos varias botellas de vino y pugné para que me relatara sus cosas. Ahora creo que algún demonio ya pensaba entonces un plan dentro de mi cabeza.
Me refirió una historia. Gocé, sufrí, viví esa historia. Le pedí que me confiara otra más. Se negó. Respondió que le pertenecían como me pertenecían las mías.
Ese demonio ya lo había pensado. Indudablemente ya se había procurado una trama para conseguirme otra vida, lejos de los negocios y la posición; cerca de la creación, a cualquier precio.
Esperó en silencio. Al fin le propuse pagarle sus historias. Dijo que no cambiaría por nada del mundo lo suyo, mucho más valioso que los objetos que podría darle a cambio. Insistí, rogué, supliqué y a pesar de todo, se mantuvo en el no.
Le dije que no tomaba esa respuesta como definitiva, que lo pensara, que lo volveríamos a charlar. Y concertamos vernos al día siguiente en el mismo lugar, a las cuatro de la tarde.
Lo llevé hasta su casa, o lo que así llamaba. Subí un momento hasta el altillo, una habitación de cuatro por cuatro, dos ventanas, una cama, una mesa, una silla, dos viejos sillones, una biblioteca, papeles esparcidos por todos lados, lápices, una vieja máquina de escribir, fotos, cuadros de cinco o seis famosos —los más, desconocidos—, frases de Rimbaud, Hölderlin, Artaud, pegadas en los marcos de las aberturas con chinches. Afiches, poemas, un tocadiscos, una alfombra deshilachada, cortinas eternas, máscaras de ceramistas ignotos, tres o cuatro pequeñas esculturas…
Masculló un «hasta mañana» que apenas comprendí y se tiró sobre la cama.
No me dio lugar a nada. Quedó dormido, como muerto.
Recorrí la habitación, tropecé, miré, leí lomos de libros, citas de poetas y filósofos mezcladas con telarañas de suciedad, de abandono y de desidia.
Lo miré. Estaba boca abajo, haciendo un ruido tremendo al dormir.
Al salir, cerré por fuera y bajé por la escalera peligrosa. Llegué a la puerta, entré al auto y me fui lentamente.

Millones de ideas revoloteaban por la cabeza pero no tuve más remedio que acostarme.
Ignoro si dormí o no, en qué pensé, o si estuve soñando.
Al día siguiente hablé por teléfono avisando que no iría a la oficina.
Anduve todo el día a la espera del horario del encuentro.
Por fin fueron las tres y media en mi reloj.
Salí hacia él o hacia mí mismo.
Antes de la hora, ya estaba en el barsucho del día anterior. Me senté a la espera de que llegara.
El campanario lejano confirmó la hora, pero no aparecía.
Recién a los treinta minutos y cuando la impaciencia impulsaba para salir a buscarlo, descubrí que miraba por la vidriera del bar. Al verme, saludó con una mano y entró. Se sentó frente a mí, como un espejo.
Hablamos de la ciudad y de otras cosas. Invitó a una muestra de pintura. Me opuse. Dije que estaba esquivando hablar de lo que habíamos dejado pendiente. Contestó que mientras fuéramos hacia la galería, charlaríamos del tema.
Pero decía todo con un tono de restarle importancia mientras su desinterés crecía proporcionalmente a mi angustia y mi ansiedad.
Propuse pagarle con cosas sus vivencias.
Le ofrecí un departamento que tenía desocupado en un buen barrio para que viviera confortablemente a cambio de algunos relatos.
Al principio me miró como no creyendo lo que decía. Luego dijo que formalizáramos. Pero lo único que prometía eran las historias, que no pretendiera que fueran verídicas. Me negué y dije que debían ser verídicas, vivenciales, de otro modo, no le pagaría nada; aunque creo que toqué algo de él que no esperaba, porque algunas de ellas me parecen más producto de la fantasía de ese loco que de su vida. No puede ser que haya hecho ciertas cosas. O sí — ¿cuál es el límite de los demás? —, sí hice todo lo que hice por estas narraciones.
Al fin, prometió veracidad. Le creí, de apurado que estaba por obtener vidas para escribirlas.
Me refirió muchas que escribí con fe y dedicación, situaciones y personajes complementarios. Cambié finales, quité hechos o los sustituí por otros; creé psicologías y arquetipos, vidas y obras.
Dejé trabajos formales. Me emborraché después de mucho tiempo. Vagabundeé y me dejé mojar por la lluvia bohemia de las tardes, quedándome dormido en los bares, yendo a las exposiciones de cuadros, hablando con los artistas, escuchando música, viviendo en su pieza.
Él, por su parte, se viste bien, maneja automóvil, cumple horarios y compromisos, bebe lo justo, apenas sale fuera de las reuniones que el protocolo de su nivel requiere y dentro de algunos años, cuando el hastío y el vacío sean como lo fueron en mí, buscará por los bares a otro como era antes, o como soy ahora.
A otro en quien pueda escapar cambiando todo lo que tenga por unas historias para recuperar el tiempo perdido en la vida minúscula del hombre de afuera.

PÁGINA 14 – Narrativa

Rincón del Diablo - Capítulo 28: Los perros de Cipriano

Por Víctor Heredia (Buenos Aires/Argentina)

El que lame su cara y empuja su mano con el hocico frío es Vladimir. Lo reconoce por el olor a estiércol. De todos sus perros es el único al que le gusta revolcarse en la boñiga reseca. Ni Fedor ni Aqueronte son capaces de un acto tan repulsivo, lo máximo que se permiten es hurgar en alguna carroña o empolvarse las pulgas de tanto en tanto. Pero Vladimir encuentra un placer insólito en su chifladura y no deja pasar ninguna oportunidad. Fue el último en unirse a su tropa canina, quizá por eso no tuvo chance de aprender las bondades de la pulcritud. Cuando recorren los bañados el primero en meterse al agua es Aqueronte, por algo tiene nombre de río, después le sigue dubitativo Fedor, con miedo y duda, hasta que se acostumbra y termina zambulléndose. Pero Vladimir rodea los pajonales hasta dar con un lugar por donde pasar sin mojarse. Otras veces se queda a esperarlos sobre alguna loma y, si entiende que la jornada será larga, vuelve a Puente Blanco a dormir a la sombra exigua de las palmeras.
Sin abrir los ojos aún, Cipriano piensa que debe bañarlo. Hace un momento soñaba con su padre: Justo Gómez le insistía que desbrozara el monte alrededor de la casa. Se hallaba parado en medio del bello jardín, ese que, por abulia o tristeza fuera abandonado, y señalaba el horizonte. Él asentía afligido. Frente a ellos la selva cubría rápidamente el terreno y amenazaba con taparlos a ellos también. Se veía arremeter a machetazos contra esa monstruosa y animada pared vegetal, las ramas que cortaba para librar a su padre caían una tras otra pero se multiplicaban hasta hacer inútil su esfuerzo. Por fin lo veía caer ahogado en la maraña.
Fue a esa altura que la lengua húmeda de Vladimir lo despertó. Acaba de recordarlo y también de recuperar su pesadilla y vuelve a decirse que es imperioso que lo bañe, pero no se decide a luchar contra el peso que mantiene cerrados sus párpados. Vladimir gime y mordisquea sus dedos. No entiende por qué su amo está quieto como un muerto y sin embargo tibio. Ladra con angustia, se torna vehemente pero, ante la falta de respuesta, gimotea y su hocico revuelve el suelo a centímetros del rostro de Cipriano. De pronto la mano se mueve y los dedos se estiran. Vladimir se anima y mete otra vez el hocico bajo la palma. Esta vez es distinto: ahora es él quien recibe la caricia, cesa de ladrar para agitar el rabo y disfruta del sabor salino de esa mano que conoce y que acaba de reanimar. Los dedos pellizcan, tantean, golpean suavemente su cabeza y rascan. Ahora está feliz y se ofrece, con el lomo apoyado contra el suelo, las patas abiertas, el cuello estirado. De pronto Cipriano deja de acariciarlo y se levanta. “Estoy peor que nunca”, se dice mientras busca un sitio donde apoyarse. Recién entonces repara en el desorden que lo rodea. Todo quedó igual desde aquel día en que arregló el techo: el andamio que armó con la ayuda del Seco, las herramientas desparramadas por el suelo y lo que alguna vez fuera una mesa, bajo una parva de hojas garabateadas, libros y sobras inconfesables atacadas por un ejército de hormigas blancas. Se recompone, quita los platos sucios y arroja los desperdicios al jardín llamándolo, pero Vladimir olfatea y al ver los enormes tacurúes se aparta. “¡Belona no era tan remilgosa como vos, perro harapiento, si ella estuviera viva se las comería feliz!”. Y Vladimir lo mira como si hubiera entendido la frase. “Pero se nos murió, perro estercolero. ¡Y creo que fueron tus compinches chúcaros los culpables!” La puerta que dejó entreabierta se abre de golpe y la enorme y negra figura de Aqueronte aparece en el vano. La voz de su amo es inconfundible, pero quizá también haya escuchado pronunciar el nombre de la única hembra que hubo en esa casa desde la muerte de Doña María Concepción: Belona, de pelambre lacia y blanca. Sus ojos que buscan por el cuarto parecen recordarla, pero Belona hace tiempo que no está por allí: la última vez que la vieron fue cerca del bañado, tumbada entre las cañas y malherida, después de una pelea con unos compadres cimarrones de Vladimir. De todas maneras se queda allí meneando el rabo, sin atreverse a entrar. Detrás de él se divisa a Fedor, su eterna sombra, su hermano de caza y de riñas. Cuatro días atrás pelearon con dos cimarrones; Fedor también recibió algunas mordidas, pero de una dentellada se sacó de encima al más pequeño. Gruñe. No le gusta Vladimir. Le hace recordar a Belona tendida entre las cañas y quizá no entiende por qué está allí mientras él no puede pasar. Lanza otro gruñido contra Vladimir y finalmente se echa junto a Fedor a la sombra del chircal. Allí se está mejor.
“¿Ves, Vladimir? Tus compadres conocen las reglas de esta casa, así tendrías que actuar”.
Cuando terminó de acomodar se echó en la hamaca y la sombra del timbó lo cobijó, mientras compartía un jamón reseco de jabalí con sus tres perros. “¿Qué te pasa, Aquerón? ¿Ya no te gusta el pecarí?” Los ojos tristes lo acompañaron hasta que se volvió a adormecer.
El sol del mediodía curtía los cueros colgados de los alambres y el silencio se desplomó alrededor. La hamaca desflecada apenas lo sostenía, a cada movimiento un nuevo hilo se soltaba y estuvo a punto de reventarse del todo cuando clavó sus botas en el medio, para acomodarse mejor.
A media tarde las palmeras comenzaron a vibrar al influjo del viento y Aquerón se levantó con la cabeza gacha para echarse cerca de la mano que pendía fláccida. Lamió hasta que ya no percibió gusto alguno en lamer y volvió a caer en el mismo sopor que adormecía a sus compañeros. Salvo el temblor que ganaba su cuerpo y hacía estremecer su cabeza, todo parecía normal. Pero cuando la espuma blanquecina rebasó sus belfos volvió a gruñir y se lanzó a la carrera contra Vladimir. Le cortó la yugular de un solo tarascón. Después se volvió contra Fedor pero éste comenzó a ladrar y a correr alrededor de la casa. Cipriano saltó de la hamaca, vio a Vladimir y entendió en un segundo lo que sucedía, pero ya era tarde: Fedor también yacía al costado de las chircas, en un charco de sangre. Cuando sacó su cuchilla, Aquerón babeaba frente a él. Sus ojos lo escrutaban desde un mundo afiebrado y hostil, sin embargo creyó ser reconocido y dudó. Justo en el momento en que Aquerón se le abalanzaba sonó el disparo que lo atajó en el aire y lo estrelló contra la pared. El Seco bajó de su caballo y se persignó.

Hicieron el pozo lejos de la casa, profundo, para que las mulitas no los encontraran fácilmente y volvieron en silencio. A la segunda copa de caña, el Seco colocó dos cartuchos nuevos en la escopeta y se levantó.
— ¿Y ahora adónde vas?
—Ya me vuelvo. Vine a salvarte la vida, che, no a casoriarme con vos.
—Gracias.
—Pensé que nunca ibas a decírmelo. Me mandó Belinda. Dice que si te olvidaste que le debés una conversación.
—No me olvidé, pero...
Entonces el domingo te espera en La Mimosa con Paula y Cristiano. Y que si querés seguir trabajando con nosotros tendrías que dormir allá. ¡Hace rato que usted no es más puestero, capataz! Está un poco dolida y creo que tiene razón, vos nunca estás.
—Tomate otra.
—No, tengo un trecho largo de monte y... ya sabés. Pierdo la puntería cuando me paso. Lamento lo del perro, compadre. Lo lamento de verdad –había una lágrima en la voz del Seco y Cipriano se acordó de aquel toro en La Mimosa.
— ¡Justo vos!
— ¡Qué vas a hacer, así son las cosas! Ya van a venir otros a pedirte refugio, no te preocupés.
—No creo que quiera perros por un tiempo.
—Pensalo bien, mirá que a vos los lutos te duran demasiado.
—Decile a Belinda que le tomo la palabra, voy a quedarme allá con ustedes, aquí ya no me queda nada, che. Y no quiero agregar.
—El que está por agregar y en serio es Julián, ayer llevó a la mujer a Weisburd por el asunto ese de la sordera y ¿qué te cuento?, está embarazada. Me hizo reír el infeliz. Porque Angustias ahora escucha todo, le sacaron dos tapones de cera grandes como corchos y, a la noche, cuando le dan esos ataques de sonambulismo, él le silba como vos le dijiste. Dice que lo tiene bailando hasta la madrugada y que después se acuesta lo más pancha, pero a la mañana el que tiene que hacer el desayuno para los chicos es él. Está pensando en contratar a Los del Salado para que le den una mano y así, mientras ellos tocan y ella baila, poder dormir tranquilo. Y guarda, que te lo piensa cobrar a vos que fuiste el de la idea. ¿Te mordió? Aquerón digo, ¿alcanzó a morderte?
—No, Seco, era un perro extraordinario.
—Bueno, veo que no hay otra cosa que se pueda hacer por aquí.
Pero se quedó un rato más, con la excusa de que se le estaba por caer una herradura a su caballo. Se demoró hasta que supo que Cipriano no diría una palabra más sobre los perros. La vieja casa construida al estilo de las de Weisburd parecía más vieja y silenciosa que nunca pero, mientras esperaba que Cipriano le alcanzara una tenaza para acomodar los clavos, le pareció escuchar un gemido. Atento a todo, Cipriano lo miró y le dijo:
—Son los chifletes, Seco. Nadie llora por aquí. Es el viento que viene a hacerme compañía por última vez.
Recién entonces el Seco montó y se fue al paso en busca del recodo. Cipriano lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el monte. Después de un rato entró y escuchó atentamente.
Estaba solo.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

El sol en un pozo

Ciego desde su nacimiento y solo
el lisiado caminaba por la calle.
Nosotros disimulábamos como si no lo conociéramos
con miradas distraídas y lejanas
masticando chicles
a pocos pasos de la casa abandonada.

Luego vino un chaparrón tremendo
que apagó el polvo de las calles
diluyó los colores de los edificios
inundó los huertos de los jubilados
el jardín de la plaza principal
maltrató los árboles de tronco débil
hasta un farol dobló ese viento.

Entonces el lisiado se puso a correr
sacudiendo con las manos
el vacío que no podía ver
pero que desde siempre lo rodeaba.
Nosotros nos quedamos escondidos
dentro de la casa abandonada
disimulábamos como si no lo conociéramos
riendo a carcajadas
fumando un cigarrillo detrás de otro
observando la lluvia y después las estrellas.

Por eso el sol se fue de nuestro mundo
teníamos que hacer cola para verlo
sofocado dentro de un pozo, allá abajo
en el fondo.

Il sole in un buco

Cieco dalla nascita e solo
lo storpio arrancava per strada.
Noi facevamo finta di non conoscerlo
con sguardi distratti o lontani
masticavamo gomma americana
a pochi passi dalla casa abbandonata.

Poi ci fu un tremendo acquazzone
che spense la polvere della strada
diluì i colori dei muri dei palazzi
affossò gli orti dei pensionati
il giardino della piazza principale
maltrattò alberi dall’esile tronco
il vento piegò persino un lampione.

Allora lo storpio si mise a correre
con le mani perse nel vuoto
non visto ma che da sempre
gli girava intorno.
Ora noi ce ne stavamo nascosti
dentro la casa abbandonata
facevamo finta di non conoscerlo
presi a ridere a crepapelle
fumando una sigaretta dietro l’altra
a osservare la pioggia e poi le stelle.

Per questo il sole uscì dal nostro mondo
si doveva fare la fila per vederlo
strozzato dentro un buco, giù
giù in fondo.

Alessio Brandolini (Italia)

Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.
Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.
ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.
si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
que lo beba conmigo.

Ana Rossetti (España)

Áspera montaña

Tuvo a casi todas las mujeres y a todos los hombres; ministros, genuflexos, temerosos, traidores, inventores, delatores, sacerdotes, críticos y consejeros; tuvo los soldados y las leyes, el servicio y la servidumbre, los navíos y las armas, el sextante y los sabios, los honores y la gloria.

Tuvo un imperio donde nunca se puso el sol.

Un día un rayo o un ángel o la vergüenza lo alcanzó. Tomó el camino de la montaña y se encerró en el helado monasterio.

Alli vistió su cuarto de terciopelo negro, imponente como el dolor por su madre.

Y en Yuste, Carlos V se dedicó a orar para siempre.

Carmen Verlichak (Croacia)

El país extraño

Desde muy lejos
vienen los que piden asilo
vienen en barcos,
en aviones,
en trenes,
caminan por la noche,
a través del calor y de la nieve,
encuentran en el frío
la soledad de su aliento,
escriben en las paredes
de su escondite la maldición
de su lenguaje de migrante,
lenguaje, lanzado,
esperando un eco
bajo el cielo diferente.

A lo lejos
desesperadamente los que huyen
buscan una morada en sí mismos
construyen de su nostalgia
el puente secreto del regreso.
Les queda creer
en el gesto amable
de alguien
les queda confiar
en el brillo
de los ojos de un desconocido.

Ulrich Grasnick (Alemania)

La voz de Dostoyevsky

Dostoyevsky me devuelve la vida.
Se aparece por todas partes
agitando la bandera, incitándome.

¿De qué manera? No lo sé.
Algunas veces, escucho su voz
pero cuando lo busco, me evade.

Intenta coger su pluma
en medio de las estepas congeladas, sus sabanas de invierno,
las calles bordeadas de árboles de San Petersburgo.
Después se queda en silencio, absorto, todo oídos:
como si por fuera de de sus profundidades
me escuchara también, incitándolo.

Empero a veces miro por mi ventana
sólo hay olas, árboles,
la torre del reloj y algunos navíos.
No veo señal alguna de él pero encuentro su voz
en el sonido callejero:
en la voz de los trabajadores, el silbido de la fábrica
y de los navíos retumbando desde las profundidades.

Ron Riddell (Nueva Zelanda)

PÁGINA 16 – Narrativa

Escritos de la casa nueva

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

Esta es la historia de una mujer que compró una casa vieja. Una casa para remodelar. Yo soy esa mujer y esta es la casa, la historia y la casa van juntas. Y siempre digo, mientras me canso de trajinar yendo y viniendo con una brocha en mano de una punta a otra de esta decrepitud: Cuando cumpla mis cincuenta años voy a terminar. Lo digo a cada rato para convencerme o para que el tiempo se estire y me dure, para que el tiempo se haga más grande que la casa, para que el tiempo se ensanche, sólo así tendré el espacio y podré mejorar lo que por ahora parece inmejorable.
La casa ha sido vieja durante demasiado tiempo, por eso resulta tan difícil procurar que no lo sea más. Las paredes repletas de grietas se burlan de mi buena voluntad, de mi empeño por rejuvenecer y hacer bello lo que es vetusto. Cuando vi por primera vez estas paredes sentí el desafío. Yo, que soy una mujer que comienza a ser vieja, pretendo que al menos lo que me rodea deje de serlo. Es lo único que me alivia y me ayuda a vengarme del castigo de ver mi cuerpo así, tan distinto a lo que era. Aquella primera vez en presencia de la dueña que mostraba en sus ojos el deseo ferviente de que yo fuera por fin la compradora de su casa vieja, vi los techos agujereados por culpa de la lluvia y me dio tanta pena por la casa, tanta pena que decidí comprarla y cerré rápido los ojos y dije “sí”, como si se tratara de un casamiento.
Compré una casa vieja, una casa que tuviera algo para decirme.

Era tanto lo que debía hacer en la casa que yo no quería ni pensar ni calcular el tamaño de una pared. Me imaginaba que arreglar la casa, pintar las paredes era como escalar una montaña. Para llegar a la cima era preciso no mirar hacia abajo. Pero me equivocaba. En la casa sucede al revés que con la montaña, al mirar hacia arriba me topaba con los cielorrasos: calamidad de manchas e imperfecciones. Había que subir a mirar los techos. Hacia arriba estaba la profundidad de la montaña. Mi casa es una montaña al revés.

Una mañana descubrí que los pinceles que yo tenía para pintar las paredes eran más viejos que las paredes. Los miré un largo rato, los toqué, los estudié en silencio. Las paredes tenían una rugosidad que había terminado por contagiar a los pinceles. ¿Qué hacía? ¿Compraba pinceles nuevos o tiraba las paredes abajo?

El esplendor de una pared recién pintada es el único esplendor que puedo imaginar por ahora. Pero la pared es como un mapa absurdo con ondulaciones y excavaciones de inusitadas profundidades. El esplendor no está en ninguna parte o mejor dicho, está en el futuro de la pared. Yo trato de ver más allá de este presente cuando miro la pared, imagino mi mano pasando mil veces sobre la superficie rugosa, mil millones de veces. Y mi mano pasando más el tiempo sumado o acumulado en ese sitio inconcebible donde se repliega el tiempo, hacen de la pared ese esplendor, como si yo mirara a través de las capas de aire y allí estuviera el futuro o mi pared en el futuro. Entonces yo seré más vieja y frente a la suavidad de la pared, la rugosidad de mi mano. Tal vez tendré cincuenta años cuando eso ocurra, porque eso debe ocurrir, no hay nada más importante en el desfiladero de los sucesos que ese esplendor de pared que me espera del otro lado del aire.

Durante un tiempo, desde aquel día en que compré la casa, estuvieron unos hombres trabajando. Tiraron abajo paredes, levantaron otras y la fisonomía original de la casa cambió, aunque no demasiado. Por la noche yo venía hasta aquí y, a falta de luz eléctrica, entraba tanteando y reconociendo el espacio paso a paso. La oscuridad ocultó para mí la nueva fisonomía de la casa. La oscuridad era más grande que la casa en aquellos días en los que la casa no era de nadie, o mejor dicho, en aquellos días en los que la casa le pertenecía a la oscuridad y entrar en ella era como entrar en un agujero del alma.

Por fin logré subirme al techo. Fue un relámpago, un vértigo que jamás imaginé. El resplandor del sol golpeó contra el cinc plateado y la luz me pegó en los ojos. Y el mundo quedó boca abajo. Alcancé a apoyar el otro pie y la escalera dio la impresión de hundirse en un abismo que agujereaba el mundo. Caminé temblando, la calle se veía lánguida y colegial y del otro lado un paredón y lejos, más lejos, la iglesia con su campanario. Los árboles. Los árboles. Más techos y nadie, ninguna persona en ningún lado. No bien caminé un poco encontré un pájaro muerto, seco, desplumado, muerto de quién sabe cuánto tiempo atrás. Habiendo tantos lugares en la ciudad el pájaro tuvo que venir a morirse justo sobre mi techo, seguramente la luz también lo golpeó a él, el pobre pájaro debió confundir la superficie plateada con un lago. Se veía como una cosa estrellada contra la nada, las alas abiertas y la cabeza hacia un costado. Lo dejé ahí para que continuara secándose.

Uno de los dos árboles que están frente a mi casa tiene un agujero. El agujero parece siempre igual, pero sé que eso no es cierto, el agujero crece con lentitud de planta y en algún momento en el futuro, que está más allá de donde ahora mis ojos llegan y llegarán, en el futuro entonces el agujero se habrá comido al árbol y no habrá más árbol, sólo agujero y cuando salga de mi casa tendré que esquivarlo con el cuerpo para que en ese futuro inalcanzable el agujero no me alcance a mí, no me devore, no se confunda con mi sombra.

Pinto las paredes con un reglamentario y estropeado equipo: un pantalón decolorado y una camisa a cuadros que una vez fue la camisa de mi cita de amor. Me la compré exclusivamente para ir a esa confitería y decirle al hombre que lo amaba. Los colores de los cuadros eran más vivos que ahora y supongo que elegí la camisa para darme ánimos. Debo decir que la cara del hombre al escuchar mi declaración no fue lo que yo esperaba. Él dijo que lo pensaría y lo siguió pensando por lo visto mientras yo seguí usando la camisa año tras año, hace ya tantos. Y la sigo usando ahora que ya no pienso en él, ahora que ni siquiera me pregunto si él piensa en mí. De todos modos aquel hombre ya no podrá encontrarme, me he mudado y las paredes oscuras antes de la pincelada apenas contrastan con los colores de los cuadros de la camisa.

Cuando estoy arriba, en el último escalón de la escalera, la casa se siente tan profunda que me asusta pensar que yo vivo metida adentro de semejante profundidad. Me tiro al suelo y me extiendo como una lagartija, me extiendo tanto que creo hundirme más abajo de todo, entonces el arriba y el abajo que son parte de este mundo me llenan de contrariedad y mi cabeza estalla. Mi pobre cabeza hecha de barro, que se convertirá en cenizas, se siente tan cerca de la casa que me dan ganas de llorar.

Estaba cansada de subir y bajar las escaleras llevando y trayendo cosas, trayendo y llevando. Entonces cuando debí bajar el colchón y unos cuantos almohadones los tiré desde lo alto y cayeron al fondo del patio, blandos y decisivos. Qué alivio, qué placer. Así comprendí a las mujeres que luego de echar a sus maridos de casa, tiran su ropa por el balcón.

Los albañiles me explicaron que existen dos clases de escaleras. Las que dan cara al cielo y las que están encerradas dentro de las casas, bajo un techo que a veces las cobija y otras las aprisiona. Las escaleras que permanecen a la intemperie tienen los escalones inclinados hacia abajo, con un desnivel para que lluvia se resbale cuando cae, cuando se precipita sobre el mundo. Las otras, en cambio, están hechas con escalones lisos, rectos, de una horizontalidad endemoniada, porque la lluvia no entra en las casas, se queda sobre los techos y se escurre por canaletas blancas por fuera y negras por dentro. Mi escalera, me explicaron también, pertenece al primer tipo. Vea, me dijo el albañil número uno. Vea qué desnivel. Espere a que llueva y observe la languidez que tendrá el agua gracias a ese declive, agregó el albañil número dos, aunque lo dijo con palabras menos estilizadas. No esperé para ver semejante cosa, sino que teché el patio entero y la escalera entonces pasó a formar parte del segundo grupo, de las cobijadas o aprisionadas, según se mire. Ahora bien, el conflicto es que el declive de los escalones se ha vuelto completamente inútil y ha dado nacimiento a una enorme contrariedad. Las escaleras internas como esta, la mía ahora, son bajadas y subidas en estado de despreocupación por esa creencia que existe de que la casa propia es segura, por lo propia, por lo encerrada. Las escaleras de la intemperie suelen subirse y bajarse con el cuidado de los que saben que están en terreno ajeno. Mis pasos entonces no se corresponden con el declive de esos escalones que, dos por tres, me empujan hacia el suelo como si yo estuviese hecha de agua. La escalera y mis pasos tienen ahora un severo conflicto de identidad. Así es la vida. Las cosas nunca encajan completamente donde deben encajar, ya que si fuese de otra manera en vez de mundo estaríamos habitando un paraíso. Lo cierto es que habitamos este crudo mundo con los pies que tenemos y la escalera que nos legaron, la que vino con la casa. Y no hay más remedio.

El albañil me dice que no importa, que no se va a notar. Yo miro la cara del albañil y miro a la vez los azulejos que acabo de conseguir que son de un blanco distinto al de blanco angustiado de las paredes. Me cuesta creerle a este hombre que pierde su vista bonachonamente en esa lejanía de pared, pero él insiste, me explica que con el tiempo todo se va a asimilando porque la compañía contagia y así este blanco blanco se irá volviendo gastado como el de las paredes. ¿Por qué no le creo? ¿Por qué sospecho que quiere terminar cuanto antes el trabajo? Es que me cuesta creer que el tiempo doblega mi voluntad y hace de las suyas, ya sea en las paredes, en los colores o en la piel de mi cara. Le digo entonces al albañil, luego de escaparme furibunda de la inmensidad de mis pensamientos, que proceda a terminar el trabajo, que mezcle esos dos blancos como si jugara con el tiempo y pusiera de una buena vez sobre el tapete la conclusión a la que no quieren llegar mis pensamientos. Veo que el hombre se encorva sobre el balde lleno de un mejunje gris y cubre la contratara del azulejo y luego lo apoya sobre la pared ¡Con cuánto desparpajo lo hace! Qué falta de conciencia. El tiempo, subrepticiamente, se ha deslizado por detrás de su espalda y nos desabrigó a los dos. Y aquí estamos y allí está mi pared y el mundo sigue andando.

Cuando llega la noche pienso en los albañiles. Sus manos rugosas, su forma de encorvarse para comer. Toda la espalda cóncava encerrando el bocado de comida y esos ojos de gente de techo ajeno y esa odiosa forma de hablarme con tono condescendiente cuando les pregunto algo sobre el comportamiento de las paredes, como si yo fuese una niña a la que hay que explicarle todo y ellos estuvieran cansados de contestar cosas tan simples de entender. Siento celos, ellos y la casa guardan un secreto, un profundo conocimiento del que estoy excluida. Después recuerdo el hueco que sus espaldas forman a la hora de comer y ya no me importa. Creo que tienen un hambre muy grande y sus bocas intentan ocultarlo, del mismo modo en que las paredes esconden ese misterio de materia dura, esa extraña forma de vivir que tienen las casas en su interior.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Horacio Salas: crónica provisoria

Por Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

En la primavera de 1971, aparece en las vidrieras y mesas de algunas librerías de la ciudad, un libro con una tapa en la que su diseñador, Oscar Smöje, realiza en un estilo propio del Pop Art, un collage con diversos personajes del mundo de la historieta. Allí, en un mismo plano, los curiosos y el “…despreocupado lector…” podían ver, entre otros, a Popeye, al ratón Mickey, a Dick Tracy, a la pequeña Lulú, al Llanero solitario, a Langostino, Batman y Superman. Su título, Mate pastor,[1] no aclara significativamente el asunto del mismo; quienes practican el deporte de la inteligencia, incluso podrían confundirlo con un estudio de la clásica combinación del ajedrez.
En sus páginas no existen alusiones ni se menciona a los mellizos de Éfeso, tampoco a los de Siracusa ni a ningún otro personaje de Una comedia de errores; sin embargo se estaba suscitando una: algunos de los que se consideraban conocedores del género se referían a él como libro de poemas, incluso no faltó quien, ebrio de audacia provinciana, sostuvo: “eso no es poesía”.
Ese era ya el sexto libro de Horacio Salas (Buenos Aires, 1938), quien anteriormente había dado a conocer en poesía: El tiempo insuficiente (1962), La soledad en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo (1966) y La corrupción (1969).[2]
Mate pastor es un largo poema narrativo, cuya estructura se articula con una serie de pausas que seccionan el relato, creando la ilusión de que las distintas partes, como si se tratara de una novela, puedan ser leídas como capítulos, fracciones de un mismo objeto. Salas recurre a su memoria y experiencia; los elementos autobiográficos se funden con hechos protagonizados por otros individuos en distintas latitudes, los acontecimientos locales se mezclan con los ecos de aquellos que sucedieron y suceden en otros rincones del planeta, integrándose en su discurso poético en el que el pasado y el presente viven un perpetuo cruzamiento.
Este texto extenso, algo poco frecuente en la poesía argentina de las últimas décadas que se ha inclinado mayormente por el poema breve, tiene un antecedente en su bibliografía. Si no respetamos estrictamente el orden cronológico y realizamos un pequeño salto en el tiempo, podremos observar que en El caudillo, publicado cinco años antes, recurre a un procedimiento similar. En este libro que recoge un conjunto de textos de índole epopéyica y que también puede ser considerado un poema unitario, el poeta licúa su voz en la de su personaje, no sin advertirnos antes desde la portadilla: “Como no existe el bronce riguroso/ y la historia –sabemos- es incierta, / debo inventar en mi memoria al Chacho”.
En la evocación que realiza de la figura del general Ángel Vicente Peñaloza y su sufrido via crucis por los llanos de La Rioja, la voz del presente es aplicada al pasado; sin embargo, la intención no es revisar la historia ni colocarse fuera de los márgenes de su causalidad para recrearla, no existe la voluntad de resucitar a Cartago; la idea central gira en torno de la recuperación de una imagen histórica para integrarla metafóricamente a nuestra tradición poética y tensionar, como lo hace en otras oportunidades, ciertas proposiciones culturalmente sancionadas y aceptadas socialmente.
En El caudillo, según León Benarós: “…Salas transita el ejemplo rector de Borges, que abrió sendas con aquel poema en que Francisco de Laprida conjetura su verdadero destino, mezclando su sangre a la tierra americana, que le da una insospechada y alta dimensión de su ser. Desde ese ‘Poema conjetural’, y desde antes del también poema borgiano en que el general Quiroga va en coche ‘al muere’, el magisterio de Borges ha encontrado largos ecos. Pero Salas, sin desconocer el nexo posible, asume con verdad su propia voz, y entre sus excelencias debe destacarse lo sostenido del tono, la coherencia, la intensidad de sus poemas…”. Estas líneas, que, en su momento, lo presentaron desde la contratapa, destacan la presencia de Borges, asfixiante en esos años, y además reconocen en el por entonces joven autor una voz propia. Voz que por otra parte parece haber hecho suya una opinión de Walter Benjamin expresada con cierto énfasis en Tesis sobre la filosofía de la historia: “Toda imagen del pasado que no es reconocida por el presente como una de su propia incumbencia, nos amenaza con su irremediable desaparición”, palabras que Salas considera cuidadosamente cuando ingresa en el resbaladizo terreno de la historia.
Pero a diferencia de Borges que en poemas como “Isidoro Acevedo”, “Alusión a la muerte del Coronel Francisco Borges (1833-1874)”, “Página para recordar al Coronel Suárez en Junín”, “Acevedo”, “Los Borges” y “Coronel Suárez”, se impone la tarea de re-escribir su genealogía, Salas se propone articular el pasado históricamente, reconocer imágenes pretéritas, rescatarlas en momentos en que el conformismo reinante las pone en peligro en el ámbito difuso de nuestra memoria colectiva.
En los 60, en la Argentina, se renovaría una vez más la maldición de 1930; son años extraños y crueles en los que conviven una larvada violencia política y los happenings del Instituto Di Tella. Es éste un período en el que una melancolía de origen moral comienza a extenderse como un sarcoma en el espíritu de los argentinos. A fines de esa década, Salas da a conocer un volumen cuyo título es sintomático: La corrupción. Dice en “Los viejos”:

Soy casi un prisionero de la muerte.
Me conformo con releer antiguas revistas,
testigos de los años de adolescencia
que reviven en mí los recuerdos dormidos,
los paisajes que el tiempo ha derrotado.
No tengo más que un archivo de sucesos.
He vivido la historia que los jóvenes bucean en los textos,
pero el olvido traiciona mis ojeras.
Largas noches de insomnio acumulan los rostros,
las casas derruidas,
los persistentes sueños
que ya no me atrevo a continuar.
Mis hijos han crecido de mis brazos
y luego los hijos de mis hijos,
mientras el tiempo fue deteriorando mis sentidos.
Hace ya muchos años que comprendo
que la muerte está en mí,
que se apodera de mis menores gestos,
que me mancha las manos y la frente,
que me prohibe parte de la vida.
Los jóvenes me soportan
extrañados de este irónico azar que me sustenta.
No sin temor me acuesto cada noche.
La mañana es una alegría insólita,
un sabor que no puedo compartir.
Supe del desaliento, del amor, de los sueños;
he visto a la muerte ensañarse con mis viejos amigos;
me doblegó la impudicia de las enfermedades;
conozco la crueldad del dolor,
la oscuridad, la resignación y el miedo.
Sin embargo –secretamente-,
no quiero convencerme de que mis pocos días
sólo son la certeza de la muerte.

No obstante el clima de la época, ésta es una etapa de gran actividad para Salas, quien ejerce el periodismo en distintos medios gráficos y en la televisión e incursiona, además, en el ensayo. En 1968 publica La poesía de Buenos Aires, una antología de los poetas de la ciudad que incluye, y ésta no es una decisión menor, a varios letristas de tango.[3] Ese mismo año aparecerá Homero Manzi, en el que reafirma su relación con el tango y su poesía, y, en 1970, se edita Vicente Barbieri y El Salado, trabajo sobre un autor influenciado por el romanticismo que hace uso de formas poéticas tradicionales y a quien muchos críticos le otorgan cierta representatividad entre los integrantes de la promoción del 40.[4]
Al año siguiente dará a conocer el ya citado Mate pastor, texto que puede ser considerado un punto de inflexión en su obra, el calibrado definitivo de sus instrumentos de percepción. A partir de él, podemos realizar un doble paneo: hacia el pasado y hacia todo lo que sobrevendría posteriormente. En él la voz se afirma, desarrolla sus propias particularidades, tics y desdoblamientos. El poeta ya no actúa como un flanêur que mira con asombro y registra sus observaciones. Asume una nueva actitud, merodea por las calles, camina los barrios, se detiene en los cafés, escucha con mayor atención, les pone el oído a los sonidos, el tono y las inflexiones de su lengua en su medio ambiente: la ciudad.
Mate pastor sale al encuentro del público en un momento en que los principios activos de la prosodia, aquellos que constituyen lo que denominamos el tono, están siendo sometidos a revisión por distintos poetas. Alberto Girri, quizás uno de los autores más preocupados por la construcción de una nueva retórica, para quien las palabras desplegaban un brío atolondrado y falso para hacérsenos concretas, sostenía en Diario de un libro (1972): “…Que el tono se aproxime al del discurso normal […] discurso corriente transformado en poema”. Alfredo Veiravé a su vez les recomienda a los jóvenes poetas que expresen: “…su propia, íntima canción, la que suena en la cabeza […] la melodía que llevás, el estilo que te pertenece.” Salas sintetiza ambos criterios y su resultado es una escritura que nos recuerda la confesión de Baudelaire en el prólogo de Pequeños poemas en prosa: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
Lo que nos lleva irremediablemente a la forma. Lo que llamamos verso libre tiene en la actualidad una edad más que centenaria. En 1886 la revista parisina La Vogue, dirigida por Gustave Khan, difundió Marina y Movimiento de Arthur Rimbaud y algunas traducciones de Hojas de hierba realizadas por Jules Laforgue. Ezra Pound en 1913 ya había redactado y publicado en la revista Poetry su manifiesto del Imagismo, en el que en lo que concierne al ritmo especifica: “se debe componer en la secuencia de la frase musical, no en la secuencia del metrónomo”.
El verso libre establece los cimientos de una corriente poética que rechaza los modelos cerrados, y en la que el contenido es sometido a una revaloración, asumiendo éste una nueva preeminencia. El poeta cifra su empeño en el enunciado, en sus sueños y visiones. Los poemas serán modelados por sus emociones. En Verso proyectivo (1950) Charles Olson para quien “la forma no es nunca más que la extensión del contenido”, lo define como un verso que nace en la respiración del hombre que escribe y sostiene que es “la línea la que habla por el corazón”, a diferencia de la sílaba que lo hace desde la razón.
Éste es el sendero seguido en la segunda mitad del siglo XX por aquellos que intentan dar cuenta de una nueva sensibilidad, dotándola de un discurso poético lo suficientemente abarcativo de una modernidad que en la ruptura halla su esencia. Esta tendencia que se afirma definitivamente en el panorama poético luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, sentirá, en muchos casos, un relativo desprecio por los términos “poético” y “poéticamente”. Los integrantes del Movimiento Beat, particularmente Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, los consideran malas palabras; para ellos lo concreto es lo verdaderamente poético: “El detalle exacto sin bordados adicionales. De esto se trata precisamente la ética de los beats”.[5] Desde ese momento los excesos de la sensibilidad poética y el sentimentalismo que los representa, pesarán en la mentalidad contemporánea como un valor negativo.
En esta atmósfera, que en más de una manera le resulta funcional a su estrategia, Horacio Salas desarrolla una poética que no dudará en aprovecharse de los tópicos en cuestión para expandir los enfoques y el campo visual de su propia tradición. Su visión personal, en un tiempo en que la poesía se enfrenta a la brutalidad de lo real, persigue nuevas perspectivas y ampliar sus registros. El poema ya no se resignará a las comodidades de lo universal, indagará meticulosamente en las particularidades del espectro temático que le brinda el mundo circundante, “... la concepción abstracta / de la experiencia privada en su punto más alto de intensidad / universalizándose, eso que llamamos poesía”; afirmó T.S. Eliot en Nota acerca de la poesía de guerra.[6]
La voz con su timbre singular será su verdadera máscara, la que comenta la historia, manifestando opiniones y convicciones propias o ajenas; todo es válido, el objetivo lo justifica: la inclusión del otro. No habla para entretenernos, todo lo contrario, aferrada a los pliegues del silencio, comprende que el universo sólo será inteligible desde la locución de la palabra. Recurrirá a diversos procedimientos para erigirse sobre la página, siendo el más notorio la intertextualización. De esta manera penetran en el territorio del poema, en un contrapunto dialógico, los ecos de Quevedo, Borges, Molina, Girri, Ginsberg y Vallejo, viejas pintadas en muros descascarados, escenas de películas, fragmentos de la marcha peronista, el grito de un hombre sobre la mesa de tortura y letras de tango.
En Salas, la presencia del tango es recurrente; quizás sea ésta la forma más directa de declararse un adepto incondicional, desde el campo poético, del género musical representativo de la ciudad argentina más cosmopolita de nuestro territorio, posiblemente el producto más acabado de la cultura nacional. Esta postura lo diferencia decididamente de muchos de los poetas de los 60. En el prólogo de la antología El ’60 poesía blindada, Ramón Plaza, en una apreciación retrospectiva de la música de Buenos Aires, deja testimonio de los sentimientos que ésta despertaba en los poetas jóvenes de la época: “La mayoría se fascinó con lo coloquial, con lo conversacional. Se interesaron profundamente en la poesía que emanaba del tango, tratando de desentimentalizarla pero no en el tango precisamente, pues éste para casi todos, era un deshecho (sic) en degeneración, una materia que debía transformarse de adentro hacia fuera”.[7]
En 1975, Salas publica una serie de entrevistas, Conversaciones con Raúl González Tuñón, que escarba el terreno de la poesía urbana y cumple la función de redescubrir para los jóvenes el trabajo del autor de A la sombra de los barrios amados, que había fallecido el año anterior.[8] Con un artículo que aparece en el suplemento del diario Clarín con motivo de la edición de Quien habla no está muerto, de Alberto Girri, obtiene el “Premio de Crítica Literaria” establecido ese año por la Editorial Sudamericana. En este breve ensayo, Salas sesgadamente brinda algunas pautas de su búsqueda y anhelos: “Pero el hilo del laberinto está en el poema de Wittgenstein: ‘Quizá en lo irrebatible, en lo que no puede demostrarse / no puede decirse, ser dicho, / está la clave’. Una clave que es finalmente la de toda la poesía, la de la lucha constante entre las palabras y el silencio, entre lo supuestamente irrefutable y aquello que se intuye más allá de las fronteras de la razón, donde se mueven ‘signos sonoros que por los oídos andan / sin dueños, como rodando, disponibles y expectantes, / ignorantes de sus pautas de significados, de donde obtenerlos; / y su persistencia, insaciable, para adherírsenos, un yo / instalado en el otro yo, / vigilando por encima de nuestro hombro’.”[9] Palabras que no sólo constatan el amplio abanico de sus intereses y también ciertas coincidencias con una experiencia disímil, sino que además nos develan los alcances impuestos a la práctica de la apropiación en el paciente armado del corpus de su discurso poético.
La Argentina de esos años, muerto Perón, se debatía al borde del abismo; diversas facciones conjugaban el verbo de la muerte e intentaban imponer sus definiciones ideológicas con plomo y explosivos, mientras entre bambalinas los dueños del poder disponían el futuro institucional del país. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por un amplísimo sector de la sociedad que reclamaba orden, inaugurarían el período más oscuro de la historia argentina. Miles de muertos, una guerra inútil y la deuda externa que han marcado a fuego el destino de la República, son los hitos por los cuales se recordará el período que culminaría en 1983.
Salas, quien había comenzado a recibir amenazas contra su vida antes del golpe militar, decide, frente a la falta de garantías, abandonar con su familia el país, radicándose en Madrid en mayo de 1976. Ese año se publicaría en Buenos Aires su La generación poética del 60.[10]
El exilio no fue una etapa dulce de su existencia; para subsistir realiza distintas tareas: instalador de carteles de publicidad en las rutas para una empresa petrolera, traductor, escritor fantasma y periodista a destajo. El oficio lo llevó a colaborar con importantes revistas culturales y trabajó en Cuadernos Hispanoamericanos donde dio a conocer ensayos, artículos y notas.
En 1978 publica su ensayo La España barroca y meses más tarde, luego de ocho años de aparente silencio poético, su nombre integra con Gajes del oficio el catálogo de la colección “Nos queda la palabra” de Ediciones Taranto de Madrid, donde lo acompañan Félix Grande, Gonzalo Rojas y Ángel González.[10] En Gajes del oficio incluirá textos escritos entre 1970 y 1978, que acompaña con una nota aclaratoria en la que señala que los poemas reunidos: “No nacieron pensando en un libro; se dieron aisladamente, como borrosos reflejos de la realidad. De ahí que se reiteren obsesiones, imágenes y temores que me han acompañado en estos años de un lado y otro del Atlántico”. Estos reflejos pueden ser traducidos como interpretaciones; Salas nos convence de que una de las funciones primordiales de la poesía en tanto actividad autónoma de la imaginación, debe ser la de expresar al mundo.
Los poemas están atravesados por la desazón producida por la pérdida del ámbito de la lengua materna: “...y al preguntar la hora en el teléfono / no responde esa vieja pariente 113 / sino una voz impersonal ajena...”; asimismo están habitados por el dolor y la muerte que planea como un ave carroñera sobre América Latina. Podemos considerarlos culturalistas en el sentido de que aluden reiteradamente a episodios diversos de la civilización y de la historia del hombre y su condición. Los textos publicitarios que promocionan los productos de las grandes empresas transnacionales le serán instrumentales, por ejemplo en “Salmos, XXXVII, 28”, para trazar irónicos paralelos de estas organizaciones y de los espejismos que irradian. “Mientras era conducido en un viejo Renault por / las calles de Lyon / atravesado por el dolor que le producía el ojo que / acababan de vaciarle con el taco de una bota / Michel Rosier intuía que sus compañeros / acaso los mismos que había oído aullar en la rue de Clécy / salvarían a Francia castigarían a esos otros franceses / que aún a regañadientes cumplían las consignas de Laval / porque de esa forma decían alimentaban a sus hijos / eran recibidos / por los vencedores asistían a la Ópera reían con / viejos chistes / en los cabarets de Marsella / No es solamente como me siento como manejo / Es también cómo me siento cuando llego / Fairlane. La gran manera de llegar”. El poema se arma como un rompecabezas, pero los sucesos o piezas del objeto se integran en un premeditado desorden temporal, a la manera de Ezra Pound en su Canto 100,[ ] el tiempo secuencial es pulverizado, aniquilado; argumentando como lo haría Cavafy que las proposiciones contradictorias están gobernadas por la ley de la repetición.
Resuelto el destino de la dictadura por la derrota de Malvinas, Salas se reencuentra con su ciudad, hecho que parece haber sido anunciado con la edición de Que veinte años no es nada (1982) una selección de su obra poética y el primer libro publicado en la Argentina luego de su obligada ausencia.[11] En 1983 llega a una Buenos Aires encendida por la esperanza de la inminente salida democrática. Retoma su actividad periodística y pone al aire un programa radial llamado “Dar la nota” (1985-1989), de neto contenido cultural y con un formato novedoso que hizo historia en el medio.
El retorno, simbolizado por el genio de Alfredo Le Pera en la voz de Carlos Gardel, tiene para los argentinos, y muy especialmente para los porteños, el sabor de la victoria. Dulce o amargo, el regreso a “La Reina del Plata”, sólo es comparable a la vuelta al pago o a “la casita de los viejos”; es la acción de ponernos en contacto nuevamente con nuestras raíces, moldeadas por el habla de un monstruo cosmopolita que observa desde los márgenes una imagen deformada del mundo.
La mudanza de Horacio Salas desde una capital europea a Palermo, uno de los barrios más emblemáticos de los 47 que componen la capital (recordemos a Carriego y Borges), es también la recuperación de un territorio, de un ámbito en el que ajusta una vez más el ritmo de su respiración y el tono de su voz, factores determinantes del estilo. Luego de su arribo termina de corregir los originales de Cuestiones personales, que será publicado en Buenos Aires en 1984 (Premio Municipal de Poesía) y reeditado en Madrid al año siguiente.[12] En él “La literatura teje ese tapiz no personal, sobre la hechura de innúmeras versiones precedentes donde se ha dicho todo y el texto se borra y se reescribe, acaso escolio del anterior. En este eterno retorno que explica la fantasmagoría del presente, somos sombras enigmáticas, como los objetos y los destinos trenzados en infinitas causas secretas, ignorantes móviles de inagotables posibilidades para el porvenir. Así como los hombres somos una continuación levemente alterada del pasado en la tierra y convivimos en el presente con nuestro conjeturable e inconcebible futuro, las formas literarias reeditan viejas destrezas, las comentan y las homenajean o refutan y se heredan y se legan de manera vicaria”.[13]
En Cuestiones personales confirma la técnica constructiva del poema en el que continuará amalgamando elementos diversos y contrapuestos, sirviéndose de un amplio menú: mitos culturales, fotografías, textos ajenos, deporte, cine. El ojo del poeta anda por el mundo y sus culturas apropiándose de todo aquello que le resulte relevante; no obstante ello, ha de replicar a la absorción de ese todo con una dicción ya inconfundible. Esto pone de manifiesto aspectos paradojales de su génesis: estos textos que fueron escritos en gran parte en Madrid, ratifican una visión del universo que en los dominios de una lengua común es apuntalada por la diferencia, rasgos connotativos que surgen de nuestro propio paisaje y geografía cultural. Cuestión que James Joyce pone en la boca de Stephen Dedallus en A Portrait of the Artist as a Young Man, luego de que éste se entrevistara con el director del colegio jesuita en Dublín, un inglés converso: “El lenguaje que hablamos le pertenece antes a él que a nosotros. Qué diferentes suenan las palabras, hogar, Cristo, cerveza, amo, en sus labios y en los míos. Su lengua, tan familiar y tan extranjera, es siempre para mí una lengua adquirida. Yo no he fabricado ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a distancia. Mi alma se inquieta en la sombra de su lenguaje”.[14]
La cita no es arbitraria ni pretende ser una boutade. El trabajo de Salas tiene muchos puntos de contacto con escritores y poetas de diferentes literaturas postcoloniales que a partir de 1945 se inspiraron en Joyce para acelerar un proceso de inversión de la mirada en el que se niega la pretensión, tan extendida en la metrópoli y la periferia, de considerar a las naciones emergentes y su cultura como efecto de los deseos de los países centrales. Se trata de una respuesta a los guardianes celosos de su tradición que ante cualquier atisbo de insurrección lingüística, remiten al rebelde a la biblioteca de sus clásicos. Esta circunstancia, que se repite a través de los tiempos y de la que existen infinidad de ejemplos, halla uno casi perfecto en una frase de Thomas Macaulay: “un solo estante de una biblioteca europea tiene más valor que toda la literatura nativa de la India y de Arabia”.[15]
En este contexto, invertir la mirada requiere que la revisión de la historia y el análisis de la cotidianeidad se hagan en lo que H. A. Murena denomina una “clave local”.[16] Se trata de someter nuestra incipiente tradición literaria -cuya trama está atravesada por una serie de entrecruzamientos de los que participan distintas tradiciones poéticas- a una nueva lectura. Este ejercicio, un claro acto de traducción, está subordinado a ciertas condiciones. Walter Benjamin[17] pensaba que la falla de la mayoría de las traducciones del siglo XIX se debía al excesivo respeto del traductor por las convenciones de la lengua de destino y el temor de que la lengua de origen perturbara su sintaxis. Por lo tanto, este recorrido, si tiene aspiraciones de releer el campo de lo heredado, debe desembarazarse de la actualización de esos prejuicios: los recortes que impone el periodismo cultural -reemplazados cíclicamente cuando el supuesto canon y sus objetos de culto se disuelven en la memoria- y la aprensión a que los signos aún vitales del pasado estallen en la voz del presente.
Este mirarse a uno mismo a través de los otros y de un devenir cultural es una característica que fija o radicaliza un rumbo definitorio de la poética de Horacio Salas. La modulación de un decir que en el nosotros halla las razones de su existencia, emparentado carnalmente con los compases y las letras del dos por cuatro, que durante su exilio español se le cruzaban de maneras hasta entonces insospechadas, y que nos son devueltas en imágenes plenas de brillo y efecto, como se da en el recordado “Anclao en Madrid”:

Mientras tomaba mate en el estudio de Velázquez
llegó Quevedo sacudiéndose
los copos de la última nevada
y confirmó lo que pensábamos
los grabados eróticos de Picasso -dijo-
me resultan auténticamente afrodisíacos.
Después muerto de frío
Levantó el volumen de un disco del Polaco
Y nosotros quedamos en silencio

Garúa... tristeza...
Hasta el cielo se ha puesto a llorar.

En 1986 se distribuye la primera edición argentina de El tango, que lleva un ensayo preliminar de Ernesto Sábato, y en 1990 aparecerán Poesía argentina del siglo XX y El otro, a la fecha su último libro de poemas.[18] En el prólogo nos confía que advierte: “...que el libro está salpicado de preguntas y que se encuentran pocas de las metáforas que en otros tiempos parecían protagónicas. Sólo espero que nuevos chaparrones me permitan responder con los años a algunas (me bastaría un puñado) de las indagaciones que aún no puedo contestar”. Estas palabras que expresan el anhelo de hallar respuestas, se niegan a sí mismas, afirman su contrario cuando leemos: “¿De algo de lo que ocurra / de lo que está ocurriendo / de lo que ocurrirá / de lo que ocurre a miles de kilómetros / podremos algún día descubrir el sentido? [...] ¿los poemas son tan solo preguntas? / ¿los poemas son tan solo preguntas sin respuesta?” Toda respuesta en realidad sería una nueva pregunta; incluso en aquellos poemas que prescinden de los signos de interrogación, éstas laten en su efecto poético. El cometido no es verificar la taxabilidad de los enunciados a través de descripciones o imágenes. La demanda de la poesía como forma del conocimiento, parece decirnos, es la de imaginar el sentido a través de la reafirmación de las preguntas, cuyo fin es reproducirse instalándose como mecanismo primordial del proceso poético. Acto que se lleva a cabo en un escenario donde la volubilidad del objeto tiende a confundir a la mirada: “La cercanía es mezquina / se hipnotiza con las deformaciones de la lupa / se obstina en detalles aparentes / pide peras al olmo / se equivoca”.
Estas preguntas que no buscan réplica, refutación o mera conclusión, crean en la falta de correspondencia de los términos, los intersticios o huecos en los que la voz puede callar. En su acertada y reciente “¿Podríamos llamarla vindicación de la poesía?” Raúl Dorra afirma: “La incorporación del silencio en el interior del lenguaje es una conquista de la poesía, una conquista trascendental que hace de la poesía un género único, el único para el cual el no decir puede alcanzar un valor incluso más alto que el decir, el único donde el callar encuentra el modo de expresarse, un modo que tiene que ver con el misterio, con la angustia, con la desgarradora aventura de situarse al otro lado de la palabra”.[19]
Este colocarse más acá o más allá de los límites de la palabra, espacio en el que la estela de su sonido entabla un duelo con el sentido, revela el muchas veces esquivo efecto poético, territorio donde lo no dicho asume su dimensión semántica. Para ello, el poema deberá guiarnos desde las zonas más oscuras de la expresión poética hacia ese vacío casi mágico donde repentinamente estallarán los fuegos de artificio de la significación.
Salas lo logra plenamente. Para hacerlo, monta en la página una ajustada organización prosódica. La relación sonido-sentido se apoya en una estructura rítmica en la que el tono del habla coloquial, instalada como una música de fondo, reaparece en un rearmado armónico, combinándose en un doble contrapunto. La primera de sus fases se produce en la línea donde las palabras, como si fueran notas, enfrentan sus sonidos construyendo el primer movimiento de un compás de duración variable cuya disposición acentual entra en tensión, cuando en una segunda instancia, su eco se enfrenta al de la siguiente línea. Este contrapunto regulado y medido obsesivamente por las emisiones de la voz escribe su melodía; es el medio que utiliza “lo expresado” para estimular las correlaciones emocionales en el lector.
La labor sostenida por Horacio Salas, un autor familiarizado con tradiciones literarias y abierto a las más diversas influencias, puede ser considerada la de un genuino multiculturalista. Un poeta que no cesa de captar mensajes lejanos que luego serán filtrados por esa voz histórica que repta murmurante en las calles de su ciudad.

[1]Mate pastor, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1971.
[2]El tiempo insuficiente, Buenos Aires, Ediciones Cuadernos del Siroco, 1962); La soledad en pedazos, Buenos Aires, Ediciones Barrilete, 1964; El caudillo, Buenos Aires, Pleamar, 1966; Memoria del tiempo, Buenos Aires, Losada, 1966 y La corrupción, Buenos Aires, Americalee, 1969.
[3]La poesía de Buenos Aires, Buenos Aires, Pleamar, 1968.
[4]Homero Manzi, Buenos Aires, Brújula, 1968; Vicente Barbieri y el Salado, La Plata, Cuadernos del Instituto de la Provincia de Buenos Aires, 1971.
[5]Lawrence Ferlinghetti, carta a E.M. con motivo de la traducción de América desierta y otros poemas, Montevideo, UNESCO-Graffiti, 1996.
[6]T. S. Elliot, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber & Faber, 1963.
[7]Ramón Plaza, El 60 – Poesía blindada, antología, prólogo de Ramón Plaza, selección de Rubén Chihade, Buenos Aires, Ediciones Gente Sur, 1990.
[8]Conversaciones con Raúl González Tuñón, Buenos Aires, La Bastilla, 1975.
[9]Horacio Salas, Alberto Girri – Homenaje, Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes - Sudamericana, 1993, pp. 109-113.
[10]Ezra Pound, The Cantos, London, Faber & Faber, 1986.
[11]Veinte años no es nada (Antología), Buenos Aires, Fundación argentina para la poesía, 1982.
[12]Cuestiones personales, Buenos Aires, Torre Agüero Editor, 1985; Madrid, Playor, 1986.
[13]Javier Adúriz, “Borges como mito”, Hablar de poesía, III, 5 (2001).
[14]James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man, Dublin, Hardmondsworth, 1992.
[15]Thomas Macaulay, Lord, Prose and Poetry, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1967, pp. 721-24.
[16]H. A. Murena, El pecado original de América, Buenos Aires, Sur, 1954, p. 23 y ss.
[17]Walter Benjamin, Illuminations, New York, Schocken Books, 1979.
[18]El tango, Buenos Aires, Planeta, 1986; Poesía argentina del siglo XX, Ginebra, Fundación Patiño, 1996; El otro, Buenos Aires, Manrique Zago Editor, 1990.
[19]Raúl Dorra, “¿Para qué poemas ?, Revista Crítica [Universidad Autónoma de Puebla], 90 (2002), p. 68.


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29/04/2007 08:08 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 8 comentarios.


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