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GACETA LITERARIA Nº 4 – ABRIL de 2007En la breve novela autobiográfica Ein Kind (Residenz: Salzburgo, 1982), el escritor austriaco Thomas Bernhard hace memoria de los primeros ocho años de su vida. El autor evoca en ella la experiencia de culpa que le provocó el hecho de escaparse de casa en bicicleta para visitar a una tía que vivía en Salzsburgo. La culpa de su fuga es absoluta. Nadie puede perdonarlo. El niño que ha de volver a casa después de su escapada se ve a sí mismo como un monstruo sin paliativos, sin el auxilio de la racionalización ni el apósito de las palabras defensivas que mitiguen el dolor, la vergüenza, la humillación del momento. La permanencia en la mente adulta de este desangrarse en privado de la experiencia infantil remite al componente neurótico del escritor literario, ese adulto que da la espalda a la vida de relación para vivir concentrado frente a una máquina de escribir o un manojo de holandesas. La persistencia del recuerdo egocéntrico narrado por Bernhard en estilo indirecto se mueve en el estrecho margen que separa la genialidad de una neurosis que se complace en volver, frente a la decepción ética de la vida adulta, al abismo alternativo de desventura y felicidad que constituye la infancia. La literatura y la infancia casan tan bien, y no sólo en Bernhard, porque ambas aspiran con pasión excluyente a la sinceridad. La primera, porque dice la entera verdad al hablar de los personajes. Pues sólo cuando uno está hablando de otros habla de sí mismo con toda sinceridad, aunque no pueda hacerlo sino de forma indirecta. La segunda, porque el niño todavía no percibe el efecto en los otros de la verdad dicha sobre sí mismo, y, por tanto, no ha descubierto aún la necesidad de la mixtificación. El niño sólo se reconoce a sí mismo desnudo. Cuando se ve vestido, es porque otros lo han vestido para la ocasión.
Si a veces nos parece literatura auténtica sólo o principalmente la basada en la infancia, como sucede en el universo proustiano, o la basada en el sueño, como ocurre con el universo kafkiano, se debe a que la narratividad psicológicamente relevante es aquella en que el autor trata de sí mismo. Esta proposición se fundamenta como sigue: si bien es cierto que podemos escribir con conocimiento de causa en tercera persona acerca de las experiencias de los adultos que nos rodean, es imposible escribir con plena convicción en tercera persona acerca de las experiencias infantiles (u oníricas) de otros adultos. Y sólo estas son las existencialmente decisivas. En tanto a los niños les ocurren experiencias absolutamente únicas que luego, al leerlas, advertimos que son universales porque también nos ocurrieron a nosotros, a los adultos les ocurren experiencias genéricas mediadas por la tradición, la razón y el lenguaje, es decir, sometidas al dominio general de la máscara. El análisis y la experiencia secundaria sepultan con su peso la creatividad y la experiencia primaria. La definición de “adulto creativo” que da Ursula K. Leguin como “niño que ha sobrevivido” se limita a confirmar las sorprendentes excepciones de este aplastamiento general. La experiencia primaria infantil, sin puntos de comparación a los que acogerse ni mecanismos de defensa bajo los que ampararse, procura una materia prima apropiada para penetrar con ayuda de la pluma hasta el corazón de la experiencia individual. La experiencia secundaria, para escribir ampliamente de historia, crítica o economía.
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GACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL - ABRIL de 2007
GACETA LITERARIA Nº 5 – Mayo de 2007Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/
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