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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.

Resumen

Año I - Nº 3

20070301111206-nanzivallejos2llanurabr.jpgGACETA LITERARIA Nº 3 – FEBRERO de 2007

Homenaje a la dibujante Nanzi Vallejo (Santa Fe/Argentina)
Obra: Paisaje imaginario 12 – Grafito 0,37 x 0,23 m – 1989 – Colección Particular, Texas, U.S.A

PÁGINA EDITORIAL

De premios y castigos.

Quienes habitamos una realidad social, histórica y cultural donde las editoriales se han visto obligadas a ostentar la ignominia de sus indiscretas bancarrotas -arrasadas, engullidas, inmoladas en aras de los famosos meganombres que monopolizaron la actividad durante la década neoliberal y que las fue transformando en mal enmascarados talleres gráficos sobremuriendo desde la deprimente vergüenza de vender al mejor postor sus más caros principios fundacionales-, testimoniamos que quienes tienen acceso a la publicación son aquellos autores cuyo poder adquisitivo los sitúa en una situación de privilegio, una situación que les permite, financieramente, hacerse cargo de los gastos.
Circunstancia que no garantiza la calidad intelectual del producto ni el valor cultural del mensaje pero que, además, ni siquiera asegura una adecuada difusión de la obra. Porque cuando los países adolecen de patologías sociales, cuando campea la ausencia de normas, cuando cada uno de sus ciudadanos hace lo que quiere, ningún gerente se siente obligado a respetar las letras que fueron suscriptas en contratos de índole privada. Entonces, una vez que la empresa ha cobrado el importe correspondiente a la impresión de la tirada ya no existe interés alguno en difundir o distribuir la obra editada y nadie se hace responsable por la consumación de la estafa.
Sabemos que el arte siempre es juego entre el testimonio y la magia, entre una constatación y una revelación, que siempre ha sido un fruto de la relación del artista con lo circundante, con su tiempo, con su lugar, un testimonio de esa relación y el fruto de esta relación [1]. De allí que, ante estos enlaces tan poco propicios, nos aferremos a los premios literarios como estímulo a nuestro desvalido quehacer, pero, también como promesa de acceso a la publicación. Y ello es así porque, cuando los premios son creados por motivos de política cultural y sin ánimo de lucro, generalmente logran incorporar mecanismos de deliberación nada tendenciosos y el jurado puede actuar con plena libertad e independencia, haciéndose cargo, en cierta forma, de un patrocinio que desvanece parcialmente la orfandad, el anonimato y el secreto que rodean a las obras inaugurales, ayudando a dar a luz ediciones modestas y semiclandestinas en el cumplimiento de una función tutelar que hace posible, siquiera a unos pocos, el acceso a su lectura.
Como escribir es un trabajo muy neurótico, estás siempre rodeando una especie de agujero, que es la nada, el sin sentido absoluto de lo que haces, y nunca llegas a tener la confirmación plena de que lo que haces sirve para algo [2], los premios literarios sirven, en los comienzos, como aliciente, como amable lisonja, como afectuosa palmadita en la espalda que impulsa a perseverar en la búsqueda de ese lenguaje común capaz de hermanarnos y, más adelante, como recompensa, como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura. Momento clave en que el descubrimiento nos da alcance y entendemos que escribir nunca fue una manera de ganarnos la vida sino la única forma válida de no morir. Si así lo entendiéramos no caeríamos en la trampa de andar peregrinando por los caminos de la incertidumbre sometiendo cada creación literaria a periódicas evaluaciones. Y solamente participaríamos cuando las mismas presenten reglas de juego claras, persuadidos de que sirven para algo más que para satisfacer nuestro ego, convencidos de la transparencia de su organización y confiados en la ecuanimidad de los jurados.
Por ello, la gran mayoría de los que elegimos exiliarnos de la prepotencia, el cinismo y la megalomanía de quienes se reparten cíclicamente los galardones con que suelen premiarse mediocridades y modas, los marginados de los círculos literarios oficiales, renegamos de los premios comerciales, de los premios editoriales y preferimos aquellos otros que, desde una atmósfera más proba y más discreta promueven instituciones cuya integridad no presenta fisuras.
Instituciones que han asumido el compromiso de crear espacios válidos de divulgación del hacer literario de tantos hombres y mujeres que permanecieron fieles a sus sueños mientras la sociedad de principios de siglo los agobiaba con una desvalorización vergonzosa y un inconsistente relativismo. Los que se negaron a aceptar la competencia como contienda, la soledad y el aislamiento como ejercicio del poder, la desilusión como horizonte. Personas comunes que decidieron dar un sí definitivo a la solidaridad, al compromiso, a la participación, a la responsabilidad.
De todos modos, es probable que los premios literarios sean sólo un invento de algún irónico demiurgo capaz de regodearse en la paciencia con que el tiempo derrota todo resto de arrogancia o, mejor todavía, no sean nada más que una colina desde donde avizorar, avergonzados, nuestros desnudos y mezquinos horizontes preguntándonos acerca de esta absurda necesidad de ser reconocidos.

[1] Felipe Noé – Antiestética
[2] Rosa Montero – Los premios literarios


PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINOS

Dime

Dime
sólo dime si queda algo de mí
que no detestes
que no te aburra hasta el asqueo,
explícame que foto del pasado
queda visible,
el puro blanco es la pálida nada
primero has perdido la cabeza
después el amor a las virtudes,
que ahora detectas como inútiles defectos,
así que recuerda y dime
si queda algo de mí que no detestes.

Lisandro Romero (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Es abril

Vuelve a oírse en la tierra un dejo agónico:
Es abril, y en los arces amarillos
ha empezado a envolvernos el otoño
con la ceniza del fervor herido.
En la calma que tiene sol a fondo
aguarda el ansia de la estrella.
Por el camino de oro
es abril y la tarde en mí regresa.
Es abril en el alma, abril en torno,
abril en las caricias.
Un presagio recóndito
sitia la casa del ayer, vacía.
A la vera del húmedo camino
es abril, y los arces, amarillos…

Fortunato Nari (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

Por una sola vez.

La poesía no está en primera plana,
casi nunca es noticia
porque
claro
no estalla,
no malnutre,
no agoniza en urgentes hospitales
ni lucra con los órganos de nadie,
no amanece sangrando,
no asesina,
no se roba un millón,
no se postula
a la vice vergüenza,
no protesta
cuando un golpe de pan exasperado
nos conmueve las vísceras.
La poesía no está en ninguna tapa
porque no tiene senos como nardos
ni se pone vestidos espantosos
(pero eso sí: carísimos)
y desde luego nunca estuvo en Bosnia
viendo caer la tarde
pero muerta
sobre un lecho de uñas como esquirlas.
Tampoco se parece a los ministros
ni a los embajadores del ocaso,
no vende sueños,
no regala nada,
no está bajo sospecha,
no compra su albedrío,
no le arranca la venda a la justicia.
Pero sería hermoso abrir el diario
y enterarse de que
en alguna parte
ha hecho impacto el misil de una metáfora
conmocionando el talle de la inercia;
sería todo un vínculo
que nos matara un golpe de elegía;
escuchar en la radio que el gobierno
de un país sin cesuras militares
invade a su vecino poco clásico
con acentos internos,
sinalefas de salva,
con el vuelo rasante de una lira.
Sería, digo, todo un precedente
asustar con una oda,
con el ojo parcial de alguna elipsis,
con la nariz de un verso
a los cronistas,
que marcharan de a ocho los soldados
a paso de romance
por calles de papel, con una endecha
y un ex libris de viento por insignia.
Sería todo un cambio de estrategia
llorar con veinte lágrimas pareadas,
estornudar un juicio consonante
sobre el arte mayor de tus caderas
y que a nadie le importe
lo que diga la crítica,
y ver a los campeones de la usura
por una sola vez
(y por ejemplo)
por una sola vez
contando sílabas

Ariel Giacardi (Santa Fe/Argentina)

De vivir

Desde aquel tiempo de malvones,
atravesado de soles inocentes,
hasta esta confabulación
de ocasos en presente,
se abrió paso la vida
moviéndose en humana geografía.
Aquí, donde las huellas pesan
y a menudo los dioses
no llegan a recordarnos
por estar tan lejos.

Decido no pensar, ni comparar:
a pesar de mí, las imágenes llegan
y el recuerdo enrojece como
enrojecen bajo el sol las uvas maduras.
Mi infancia exime de culpas
las mariposas muertas que aún
alcanzan a rozarme con total pureza.
Con ellas… dejarme ir con ellas
por la eventual libertad de las palabras
completando el ritual de mi Mandala.

Mientras el capullo del verso brotaba
se abrió paso la vida.
Y de vivir, nadie sale ileso.
Ella nos lleva consigo
como un sol que amanece , y luego,
uno ve su luz
bajando sobre las paredes.
Para salvarse , quizás no haya
otra cosa más que el verso ,
y su mudable condición de fuego.

Miryam Colombotto de Seia (Gálvez/Santa Fe/Argentina)

Voces -

I


Solamente por lo que anida
la aventura de posar los pies
en el amanecer
vale la pena
hospedar la noche.

Silvia Schönhals (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Taxi-Momia

Por Eric Courthés (Mayotte/Francia)

Iker ahora recordaba, extraño encuentro y rara coincidencia otra vez, a un viejo taxista de Asunción, capital del lejano y mítico Paraguay, a donde solía viajar, como investigador y escritor de los domingos y días feriados….
Vino a buscarlos en la entrada del Manduará, por una noche oscura, para bajar hasta la Vieja Estación de la Plaza Uruguaya…
El vehículo era tan antiquísimo como el chófer y parecía levitar tranquilo, libre de gravedad, en un espacio y tiempo dignos de Amoité…
Literalmente se deslizaba por los rieles del tranvía y bifurcó hacia Mariscal Estigarribia…
Taxi-Momia era muy chiquitito, otro chófer que lo cruzara no habría visto sino una gorra, manejando con destreza un antiguo Ford Falcon, de tan triste notoriedad…
Uno tiene que decir además que el Abuelo Ezequiel, así podemos llamarlo, no pronunció ni una sola palabra durante todo el recorrido, en mi asiento estaba congelado por esa irrupción de la Muerte y su extraño cortejo, impregnado de banalidad…
Desde luego no le confesé nada a mi esposa, otra vez habría pensado en mandarme al manicomio, donde el Doctor Mafiel, Fiel de Fechos, me estaría esperando con una jeringa enorme y una mirada sádica en los ojos…
Al cabo de diez minutos de extraña eternidad, Ezequiel Caro nos dejó en el Lido bar, donde disfrutamos con todo de una sopa de surubí, satisfecho en lo que me atañe, por haber reintegrado la Vida…

PÁGINA 4 – Narrativa

No soy Jack

Por Darío Schvetz (Corrientes/Argentina)

Con un trapo húmedo, Antonio intentaba arreglar el despelote que había armado en la cocina. Hablándole a las paredes, gritaba “por qué mierda tiene que dejar el aceite siempre al borde de la alacena”. Continuaba agachado limpiando el piso “no soy Jack, la puta madre, no soy Jack”.
Jack lo miraba desde el periódico, con una sonrisa inmortal. No es agradable o estimulante limpiar manchas de aceite. Uno pasa diez veces el trapo y todo sigue mugriento. Antonio había terminado de leer el artículo hacía unos minutos. Mientras intentaba condimentar su ensalada, para acompañar su pedazo de pollo magro, a la plancha y sin sal. Tenía la costumbre de leer durante las comidas y ello le ocasionaba más de una indigestión. “Esto es una mugre total”, dijo, siempre conversando con las paredes. Tomó su frasquito de pastillas y eligió dos. Una de color rojo para la hipertensión arterial y otra blanca para los dolores del cuello. Pensó “este hijo de puta, tiene diez años menos que yo y se monta pendejas de treinta años”.
Jack seguía impecable mirándolo desde la gigantesca foto del periódico.
La página siguiente se dividía en dos partes. En una, se veía a Jack con dos hermosas mujeres y el periodista había escrito:”Jack las prefiere jovencitas”. En la otra, que se titulaba “La danza de los millones”, el periodista comentaba sobre el fanatismo del actor por el equipo de básquet “Los Ángeles Lakers” y la imposición de no comprometerlo para sus rodajes en fechas y horarios de juego. También se señalaba en sus contratos que solo trabajaría cinco días a la semana y que si se excedían en los horarios, se le debería pagar el triple. “Jack- escribió el periodista- pide lo que quiere. Cobra 20 millones por filme y ahora con su última película exigió un porcentaje de las ganancias, ya embolsó más de 60 millones”.
Antonio tragó un pedazo del pollo, que ya estaba frío y le perforó el estómago. Se levantó de la mesa y en su pieza buscó su billetera. Estaba repleta con tarjetas que señalaban las direcciones sus clientes, una arrugada e insignificante foto en blanco y negro de su padre fallecido y otra de igual tamaño de una hija ausente. Contó el dinero. Alcanzaría hasta el próximo fin de semana. “Tengo que pedir un adelanto”, pensó.
Se acercó al espejo del baño y en vez de ver su rostro demacrado, se le apareció la imagen de Pamela. Calculó el tiempo que no veía a su hija y el de la última discusión. Habían pasado más de dos años. Tuvo un deseo, mirar sus ojos y acariciar su pelo. Lo hacía siempre cuando la buscaba al salir del colegio. Pero se dio cuenta que su relación no tenía retorno. No la vería más. Sintió un cosquilleo en las piernas y un raro dolor en la espalda.
Se acostó, cerró los ojos y pensó “tal vez, llega el final”. Sintió el timbre, que sonó varias veces. Reconoció la voz de su empleada doméstica. Abrió la puerta y sin explicaciones le gritó “No dejes más el aceite al borde de la mesada, entendiste, porque yo ¡ No soy Jack, la puta madre, no soy Jack!

PÁGINA 5 – RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN – 1905 / 1974 (Buenos Aires / Argentina)

Prohibido celebrar el Primero de Mayo

En la profunda soledad de las fábricas grises
En la oscura herramienta silenciosa
En los quietos arados pensativos
En las minas que guardan el secreto del tiempo
En los puertos que esperan con las naves calladas
En los hangares pálidos y el petróleo cautivo
En el olor a bosque derramado de los aserraderos musicales
En la estación que invaden las libres mariposas
En el bostezo de las frías oficinas
En el libro cerrado sobre la mesa familiar
En la lámpara sola que alumbró la vigilia
En los niños que sueñan con las islas distantes
En el canto que cantan los arrieros y el grillo
En la lluvia que hace nacer las azucenas
En el aire en el fuego en el agua en la tierra
Nosotros nos hacemos presentes con el día.
Nosotros los proscriptos miramos allá lejos
Donde la primavera perdida está esperando

El caballo muerto

Medianoche. Sobre las piedras
de la calzada, hay un caballo muerto.
Aún faltan cinco horas
para que venga el carro de "La Única"
ÿ se lo lleve. Ese caballo viejo,
hedoroso de sangre coagulada,
ese pobre vencido, fue un obrero.
Un hermano del pájaro. Un hermano del perro.
Fue el hermano caballo, que anduvo bajo el sol,
que anduvo bajo el agua, que anduvo entre los vientos,
tirando de los carros,
con los ojos cubiertos.
Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.

Eche veinte centavos en la ranura

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
[…]
Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

El poeta murió al amanecer

Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Hyde y las bestias

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

"La gente no soporta estar consigo misma"
Héctor Tizón (*)

I

En sus zambullidas al mundo irreal de la inmateria, Hyde suele soñar consigo mismo. Esos desvaríos repiten con porfiada insistencia una misma imagen que se diluye sólo por cansancio o absurdo: allí, cuando no es él (o cuando es él más allá de lo que puede controlar), Hyde es simpático, amable, fiel, correcto, cálido.
Luego, lentamente, se despoja de la anestesia del ensueño y vuelve con tranquilidad a su yo: entonces se reconoce como antisocial, malhumorado, infiel, borracho, pendenciero. La adjetivación, que podrá ser hiriente, reconoce una virtud. Hyde sabe lo que es: un animal que no se acomoda al entorno y se muestra tal cual es; un animal que rechaza esa perfección imaginaria. Hyde piensa, con lógica, que él es el más honesto de los tres; piensa, también, que en sus sueños, como en un espejo traicionero, él es lo que los otros quisieran que sea, pero no lo que en verdad es. Él, sencillamente, asume su condición de bárbaro, y paga el precio de una vida de reclusión y soledad. Se ve como una víctima; una víctima de brutal honestidad; una víctima de los otros.

II

En sus delirios más afiebrados o en sus más brutales borracheras, H. cree que es libre: ya no dialoga sin ganas; no hace el amor con una mujer que no le gusta; no trabaja en oficinas de espantosa rutina; no sirve gentilmente la carne en las fiestas; no paga los impuestos. Imagina, H., que vive solo fuera del "infierno de los otros" y que no encarcela al animal. Fantasea que, ebrio de libertad, no esconde ni calla y deja que crezca ése, el otro, el que desea fervientemente a la vecina; el que se gastaría la vida en una noche; el que quiere madrugar en vela y perder la cordura al menos por un rato; el que quiere huir; el que tiene terror pero no puede manifestarlo; el que está harto de su vida y su gente; el que está cansado de su propio ser, el que quiere recuperar sus licencias; el que mitifica el pasado.

III

En las noches, todavía hoy, puedo escuchar las voces de los otros, de Hyde, de H. -dice el Dr. a su analista-. Esa voz me provoca, arenga, desafía. Me dice cosas como éstas: "¿Sos capaz de sacarte las ropas y las máscaras, abandonar los tics y gestos con los que otros te identifican, olvidarte de los códigos que compartís por comodidad o abulia, volver atrás, renunciar, soltarte del brazo de la tranquilidad, la conformidad y el aburrimiento, y entonces, en el silencio hermoso y terrible de tu casa, frente al espejo (a lo que sos y a lo que odiás de vos), desnudo de distracciones y miradas, vaciarte de artificios estúpidos y dejar que fluya lo que te queda de instinto?".

IV

En las mañanas, acallados los demonios, quedan las consecuencias de la colisión y las víctimas: el pudor, el cansancio, la sinrazón, la culpa y, sobre todo, la verdad. Entonces, H. reprime a Hyde. Y el Dr. somete a H. Y el analista controla al Dr., que sale a la vereda, saluda animadamente a sus vecinos y recoge el periódico antes de ir a trabajar.

* Clarín (2004)

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINOS

Receta para escribir un poema o Utilísima I

Toma un bol
de barro
o de madera
de tamaño mediano
para que las odas no arremetan
soba
acaricia
frota
hasta que tus manos enrojezcan
sella los poros
los resumideros
así el miedo no arme
un ballet de cuerpos de fantasmas

por aparte
en placa convencional
enmantecada
ordena tres docenas de sarracenos desmontados
acarreando sus caballos de piedra bajo la luna
espolvoréa esa masa con herraduras doradas
con toques de canela
así el vino tiña tus labios
y arríe una nube
acomodándola por dentro

toma tu aliento
tus carnes
las croquetas insondables de tu infancia
los mares envenenados
entierra tus pulgares
el resto de tus dedos
descifra ese relleno
recorre tu camino hacia Pink Floyd
con el índice hundido en El Peloponeso

si el temor
si la soledad
te atacan con máscaras venecianas
mezcla suavemente
hasta que vuelva algún amigo
como Mauricio
recorre con él a Cortazar
por las calles apretujuelas de México D.F.
consigue una pasta lisa
que funda los grumos del desasosiego
y su recaída final

deja descansar en lugar oscuro

si te cansas
si desfalleces
prepárate un gazpacho
agrégale una palta (receta america¬na)
piensa en tus hijos
en sus dientes de leche
inícialos en las señales viales
recoge los peines y las cáscaras
regadas a tu paso
bebe tu gazpacho

si se corta
apoya el bol en tupido hielo
toma el rastro de la humedad
de una cofia de baño
bate fuerte
hasta que conseguir
una tormenta en El Cairo.

Maisi Colombo (Tucumán/Argentina)

Leones de la cama

Qué culpa tengo yo de no ser un hombre camaleón
Si no me da gusto mimetizarme entre los otros
Me place sobresalir
distinguirme con mi risa
mi corazón
tal vez mis versos
Acaso merezco una condena
por confesar la noche en sus dialectos
distanciarme sí de esos tipos
es un mérito en sí mismo
Si no usan anteojos después de los 40

En cambio admiro a los que sueñan
los que se van a la cama cada noche
y cada vez que se despiertan
creen que ya no van a renguear
que han dejado de ser ciegos
que tendrán amigos para siempre
Amigos con los que emborracharse
las noches de los tristes en el Abasto
Escribir con ellos en su libretita norte
que la vida es geométrica
matemática
directamente proporcional a nuestros defectos.
Las virtudes no cuentan las virtudes no
Laberintos del entorno
Confesiones dialécticas
El horóscopo no dice que lo que me va a pasar
me lo merezco
Por no ser camaleón
por no estar feliz de haberlo sido
Cómo me hubieras preferido
Igual a los otros

Ernesto Charpentier (Buenos Aires/Argentina)

El cuerpo en la palabra

Penetra en el cuerpo, la palabra,
desde la intemperie ancestral, desde la ausencia,
ella inscribe sus símbolos en la boca clausurada
sobre el cuerpo y sus agujeros,
inscribe su metáfora,
herida abierta en la grieta del cosmos.

Deja en la memoria su tatuaje de animal en celo,
su leche de verbo fundante,
su cuerpo como destino en el cuerpo del otro.

Murmullo, lamento, decir, callar.
Invocar voces.

Mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.

Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.

Olga Lonardi (Entre Ríos/Argentina)

Réquiem de carnaval

Diríase de un pliegue
en el luto feroz de toda carcajada.
El peregrino lame un tigre de alabastro
como si fuera un cisne, una constelación,
mi copa de veneno noche arriba.
¿Quién te envuelve hasta despedazarte
si la luz quema desde las alabardas
y misteria el insomnio?
Mi hijastra (que es mi madre)
pudrirá su cuerpo en el diván de las ciegas.
¡Otro, otro carnaval
para engarzar con los buitres del olvido!
¿Hay carne debajo?
¡Barnizaste el rosario de dientes de perro!
Diamante de crucifixión,
no me preguntes por la fiebre.
La veladora escribe en mármol negro
lo que flota ya en las aguas:
la piel vampira que labraste.

Manuel Lozano (Buenos Aires/Argentina)

Hipertensión

Que no podías quitar los ojos
de la pantalla
que una y otra vez las imágenes
se repetían.

Se re-partían
y partían
que sin palabras
que la injusticia.

De pronto ya no están
¡basta!

No se habla más del tema.
Otros sucesos nos sacuden
y acuden sin que los llamen
mientras el viento. Y el desierto.
Y el niño con harapos.
Y la hambruna del mundo.

Qué hacer Señor de arriba
te preguntamos los de abajo,
por la selva tronchada,
por los ríos sin agua,
por el recuerdo de la largas lluvias…

¿Ud. tiene problemas?
-me preguntó boludamente el médico-
-no más que la otra gente…

Y comencé a comer sin sal.
Mas no logré sacarla de las lágrimas.

Rosita Escalada Salvo (Misiones/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Escena última o la Metamorfosis de Narciso

Por Carolina Orlando (Luján/Buenos Aires/Argentina)

Escena I

Es la siesta, hora en que todos duermen menos Enrique. Tiene doce años. Está en escena jugando con autos de juguete. Por los vidrios de las ventanas entran rayos de sol fuerte. Esos rayos se pegan al piso de la sala, dando tonos anaranjados al lugar. Los muebles son escasos, pero grandes: una biblioteca que ocupa una pared, dos amplios sillones y una mesita baja. Una puerta corrediza que, abierta, conecta la sala con la cocina. Ahora está cerrada. La puerta que da a la calle tiene vidrios lánguidos y opacos. Hay una ventana de cada lado de la puerta. Hay varios cuadros en las paredes. Uno, particularmente, inquieta al niño. Es una reproducción del retrato de Suzanne Valadon, de Lautrec. De a ratos, lo espía. Ahora, por ejemplo, lo está haciendo, y arrastra, de todos modos, el autito rojo sobre la mesa baja recién lustrada.
Suenan dos timbres seguidos. Enrique va hacia la puerta. Adivina la silueta de su amigo. Abre. El amigo entra. No se saludan, no hace falta, el suceso es diario. Siempre, a las dos de la tarde, el amigo de Enrique toca dos veces el timbre y Enrique lo deja entrar. Conversan y, al cabo de esa charla, deciden apartar los autitos. Van hacia la biblioteca. Enrique mira, de reojo, el Lautrec. Saca, de todas formas, el libro negro. Caen algunas páginas al piso. El amigo de Enrique las junta y se las entrega a Enrique, que las intercala entre las tapas del libro. Lo golpea contra el piso para delimitar las hojas. Ahora sí lo abre con cuidado. El amigo quita una de las páginas. Tiene la foto de Dalí con dos flores incrustadas en el bigote. Cuando sea grande, quiero un bigote así, parecen decirse entre risas y muecas. Gira esa hoja y quita la que sigue. A esa, la acomoda en un rincón. Sobre ellos, colgado en la pared, hay un cucú que ya no canta. Enrique va hacia la mesita que está entre los sillones. Debajo hay una caja. La saca de su lugar. La abre. Elige unos muñecos.
La hoja del libro tiene la imagen de un cuadro de Dalí: Villa Bertran. Enrique y el amigo se reparten los muñecos. Los acomodan. Juegan una batalla con indiecitos y soldados. Les ponen voces, los mueven, reinventan el mundo de la guerra. Van cayendo los muertos. Los indios llegan a la casa. Liberan a la indiecita secuestrada por los soldados. La guerra acaba. Enrique guarda indios y soldados. El amigo coloca la imagen en el libro y elige otra. Ahora la escena tiene un barco y un marino y la novia del marino. Juegan ese otro juego. La luz de la ventana gira imperceptiblemente. Los niños no lo notan. Ellos viven el mundo que juegan hasta agotarlo. Hundido el barco, guardan la imagen. Enrique elige la siguiente. La observan juntos. Hablan entre sí. Enrique mira el Lautrec y decide ordenar los muñecos y los autos que habían quedado apartados debajo del sillón. El amigo mal acomoda el libro negro que dice Dalí en la tapa. Tiene, en una de sus manos, la última escena. Caminan hacia la puerta de calle. Enrique la abre y la luz del sol ciega la sala. Su amigo ya está afuera, esperándolo. Lo único que puede ver Enrique es la mirada de Valadon, y sale. Cierra la puerta. Otra vez, la luz de los rayos del sol se atenúa por la opacidad de los vidrios. La penumbra anaranjada invade la enorme sala.

Escena II

Esta escena ocurre en el río. Hay árboles bajos y pastos altos. Entre los pastos, hay un espacio angosto que lleva a la orilla. La tierra es húmeda. Enrique y su amigo andan por ese camino. Enrique rompe una de las ramas secas de un árbol. La quiebra en dos y le entrega una de las partes a su amigo. Ahora tienen armas. Examinan la tierra con la punta de la espada. Hurguetean entre los cascotes. Enrique encuentra una araña y la destruye. El amigo desarma un camino de hormigas mientras Enrique lastima lombrices.
Entran, en la escena, dos nenas. Les hablan. Conversan con Enrique. Firme, levanta la espada y señala el norte. Las nenas se alejan, llorando. El amigo observa todo. Está atrás. Encontró un sapo. Lo clava. Lo mata. Lo mutila. Lo tapa con pasto. Enrique se acerca a la orilla. Mira su cara reflejada en el río. Apoya el índice en el agua. La cara se deforma. Eso lo asusta. Espera. Los ojos vuelven, lenta y onduladamente, a su lugar. También los labios. Se quita el pantalón y los zapatos. El amigo le señala una parte oscura en el agua. Le dice algo pero Enrique no lo escucha porque se alejó de la orilla. Ya hundió sus piernas en el río. Los dedos de los pies se sumergen en una capa de tierra húmeda y musgosa. También sus manos se hunden. Mira la cara que se refleja con cierto estupor, o idiotez. Flexiona los codos y se acerca. La frente ya se ensucia de barro. También el pelo y los ojos, que no ven. Se impulsa con los brazos. El cuerpo, todo, entra. Desaparece. El amigo sigue señalando la zona oscura en el agua y observa la escena, desconcertado. Mira hacia atrás pero no hay nadie. No sabemos si eso lo tranquiliza o lo inquieta. Se asoma. Se mete en el río hasta los talones. No hay rastros de su amigo. No quiere ver la cara que le refleja el agua. Se arrodilla, apoya la frente en una de las piernas, sumerge las manos y encarna las uñas en el barro, para sostenerse. Llora. No mira a su alrededor. Una mano pálida emerge. Tiene hojas entre los dedos. Entre las hojas hay una flor blanca con su bulbo. El amigo no la ve. Sigue agachado y llora oculto. Para él, la mano con la flor no existe.

Escena III

La madre de Enrique le quita el polvo a los cuadros con un plumero. Le sonríe a Valadon. Parece orgullosa de su reproducción del Lautrec. No adivina la irónica sonrisa del retrato.
Nota que uno de los libros de la biblioteca no está en su lugar. Ella sabe que es el de Dalí. Empuja el lomo para emparejarlo. Ahora sí, parece pensar, porque sonríe satisfecha. Deja a un lado el plumero y mira la taza que dejó esperando sobre la mesa baja. La sala está casi en penumbras. Se sienta en el sillón para esperar a Enrique. Como todas las tardes, él volverá antes de que termine de bajar el sol. La madre observa la puerta de entrada. Por los vidrios no se adivina ninguna silueta. Con demasiada paz, se lleva la taza a la boca y sorbe el último trago de su primer té.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

La palabra desnuda - “Obra poética (1953 / 2004)” - Rubén Vela –
Editorial Vinciguerra – Argentina – 2005 - 579 páginas

Según Heidegger, entre todos los hombres, sólo el poeta cumple la función de celebrar las esencialidades del mundo, de transferir por la palabra, para los demás hombres la verdad de su entorno visto como mundo o universo y la verdad del ser hombre, visto como humanidad. (Arte y poesía 95-96). Por lo tanto, el poeta, en cualquier lugar geográfico, asume en sí a la humanidad y la actualiza en creaciones de belleza; su obra es la respuesta a la propia circunstancia espacial -recortada por la geografía nacional o universal- y la circunstancia temporal de su presente por el que detiene en cada poema el devenir histórico de su región, del país y del cosmos.
Rubén Vela, muestra una profunda y amorosa adhesión al ámbito circundante, lo que le permite fragmentarse en cada ser y en cada cosa, penetrarlos y dejarse penetrar por ellos hasta la consubstanciación. En su obra se desborda lo nacional y sus referencias abarcan otros puntos del continente, mostrando cómo la literatura abandona el localismo para ser expresión continental.
El sentimiento de lo telúrico ha sido objeto de especulaciones por numerosos ensayistas latinoamericanos que han sabido interpretar la influencia del telurismo en Latinoamérica. El paisaje modela al hombre y afecta no sólo su índole semántica sino también su psicología y sus condiciones socio-históricas.
Alvin K. Lukashok y Kevin Lynch afirman que intrínsecamente el hombre siente la necesidad de la naturaleza, la cual parece influir hoy, hasta cierto punto “moldear” la vida del hombre. (The subversive science 86). Asimismo el escritor Julio César López comenta:
La tierra no es sólo muda geografía o simple medio de vida, sino fuente de emociones, de vida afectiva y hasta de una cosmovisión. Desde esta vertiente la tierra incita la ensoñación, la imaginación, la visión estética de las cosas y alimenta la conciencia de permanencia en el tiempo de vida. La tierra es, pues, fraguadora de un destino: escultora de una trayectoria en el mundo. (López 11) Más adelante Julio César López afirma que “la potenciación de la tierra y el hombre como elemento estético, configura un orbe de ficción que universaliza la proyección humana del problema social. ( López 11)
Rubén Vela recorrió su América, la vio, la palpó, se llenó de ella, sintió entonces la necesidad de unirse con la tierra, consustanciarse con ella. El sentido americanista de su obra es precursora en su generación como búsqueda de su identidad. Vela vive su poesía en la que aprehende la realidad circundante. Sus poemas manifiestan esa realidad a través de su temática, imágenes e ideología: “‘Esto es América’, me decían, / mostrándome las altas cordilleras, …Sólo vi pies descalzos, / …vi desolación. Y, al borde, / las grandes ciudades opulentas, sólo / al borde…” (Maneras de luchar 79)
Como la literatura es un termómetro de la sensibilidad colectiva, las primeras manifestaciones de rebeldía contra el espíritu europeizante, los primeros movimientos del anhelo de diferenciación estética procedieron de los escritores. Pueden encontrarse en cada uno de los países del continente novelistas y poetas que han creado obras en las que palpita la vida de la entraña americana, con sus personajes típicos, con sus ansiedades peculiares.
El americanismo, esa tendencia a acentuar valores que consideran propios de lo geográfico, social y cultural de nuestro continente se esboza ya en el asombro de Cristóbal Colón y adquiere tácita vigencia en los cronistas de Indias. Generación tras generación, los escritores americanos han acudido al paisaje para crear el ambiente adecuado al tema a tratar para externalizar, a través de su contemplación, íntimos estados de ánimo de los protagonistas, y aun para conferirle el papel protagónico. Los ejemplos son numerosos. En todos ellos hay algo en común, la preocupación por una realidad concreta que debe ser modificada y que no pueden desconocer ni como ciudadanos ni como escritores. (Relectura de Rómulo Gallegos 109)
Vela expresa con dolor y firmeza:
Hoy por ti, mi pueblo americano. / Mi raza campesina. / Raza entera de hombres / con los pies en la tierra / y con tanto dolor / como cabe en el mundo. / Para hablar y respirar, / sólo por eso, / hoy por ti, América, mi pueblo!… (163)
Y dirigiéndose “a los hombres de este siglo”, imperativamente manifiesta su mensaje: “Contemplad la Palabra / Leedla / en los muros…” / donde se reclama “el pleno ejercicio del amor, / la libertad inmensa / Buscadla /…” en el “Pueblo…” “Ved la palabra / en ese niño hambriento…” que destroza “en llantos su futuro…” / inalcanzable. El poeta quiere ser escuchado; esta es “Su porfiada esperanza” para lograr la toma de conciencia de la situación imperante en su América. (277-278)
Para Rubén Vela el llamado de la tierra, la fuerza que de ella emana debía subir por su médula, hacerse carne en él y transmutarse luego en poesía. Es preciso hundir las raíces en las entrañas mismas del paisaje y rescatar de él, uno a uno seres y cosas como movidos por el asombro y el deslumbramiento. Siente que es preciso crear como al comienzo. Nombrando y dando vida. Despojándose de todo lo superfluo; penetrando en el ser íntimo de cada cosa evocada en el verbo.
Si por acaso / algún día / olvido la palabra, / si por acaso/ —digo— / la palabra me olvida / me volcaré a la tierra, / me llenaré las manos / con barro nutritivo, / con profundas memorias vegetales, / con raíces de pan. / Ya casi arcilla, / ya casi material para alfarero, / ya casi sangre nueva, / savia / que llega del centro de la tierra, / de la desnuda roca del origen. / Un hombre elemental / en agua, tierra y fuego convertido. / Y en el aire, el poema. (174-175)
La poesía de Vela es vital, original y embriagante. El connubio entre el hombre y la naturaleza, la naturaleza y las bestias, las bestias y el hombre todo está en las páginas de su obra. Sus poemas nos hacen viajeros de la geografía de América, extensa y variada pero siempre con tanto poderío como para empequeñecer al hombre, mimetizarlo o condicionar su estilo de vivir. Así el hombre del pueblo, el obrero, la mujer, el niño, son motivos fácilmente reconocibles en la realidad americana. Pero son motivos poéticos, con carne, tierra y alma hecha ritmos, de imágenes, de palabras, de sonidos.
Crecen las palabras sin su sentido más preciso. Es / necesario encontrar la clave del poema. / ¿Dónde está la belleza? (75)
Por eso la tierra, su América, lo llama como a su ser fundado por ella y le impone el mandato de dignificarla, de celebrarla en el testimonio de la palabra. América, con Rubén Vela, al transfigurarse estéticamente va revelando sus dimensiones más secretas, esas profundidades que no son privativas ya de un lugar y de un tiempo. Con sus poemas intenta interpretar poéticamente la realidad, afirmar sus auténticos valores nacionales y humanos, vaticinar una era de paz y progreso para América y dar una nueva concepción poética: no “vivir de la poesía” sino “vivir la poesía”, consustanciarse con ella, hacerla carne en su propia carne. Es por eso que sus poemas expresan sus vivencias propias, sus más íntimas experiencias, además de reflejar al hombre de América, la América de su tiempo.
Bella Jozef con acierto corrobora lo dicho anteriormente al sostener que Rubén Vela logró captar “toda la grandiosidad de América, en la que el paisaje se funde al hombre, tornándose la poesía independiente de la sumisión a aquella y a lo individual del poeta” y afirma que este poeta “incorporó la poesía argentina al ámbito americano, con poemas llenos de significación humana y social”. (Bella Jozef 392)
Rubén Vela reconoce su destino: su esqueleto sustantivo es la poesía, que es la que lo sostendrá y al mismo tiempo conducirá su vuelo:
…pájaro embriagado
que lanza su grito jubiloso
hacia la aurora. (67)
Vela ha hecho surgir de su trashumancia las imágenes de un mundo como totalidad, y a la inversa, de esa totalidad surge la visión del hombre, sólo enceguecido de inmortalidad. En esa cosmovisión es una sinécdoque el continente americano. Muchos lo han cantado buscando el “ser” americano, pero Vela es el único poeta que le ha cantado con amor raigal:
¡Miradla bien! / Una raíz. Un sueño. (82)
Y más adelante expresa:
Yo trabajo / sólo con mi corazón / para nombrarte, / América! (81)
Bastó que llegara al corazón físico, a la ríspida altura del continente, para contemplar desde allá, con palabras que arrastran inevitables trozos de sí mismo. La magia, el panteísmo, el paisaje y es con esas palabras que redescubre su fuerza simbólica y exaltadora:
No continente. / Isla su corazón / aún olvidado. (77)
Y no basta la palabra, Rubén Vela inventa metáforas para nombrar a América:
Esa música es la fiera que acecha; / esa ferocidad, el asombro mortal / de su belleza. (98)
Si tuviéramos que definir la poesía de Rubén Vela aludiendo a una sola de sus características fundamentales mencionaríamos su capacidad para hacer que el poema medite acerca de sí mismo:
Aparecen las fieras: palabras / Aparece la locura y su arco de luces girando sobre / palabras vivas. Es una flor que grita. Un dolor. La / falta de un perfume. (270)
Y, con voz grave, advierte:
Pero fijaos qué curioso: / sin el hombre / el poema / no es. (306)
Para Vela el amor es uno solo, con múltiples destinatarios, pero en todos ellos hay una carnadura, y un contacto:
¿Y qué mejor que este maíz florecido y carnal, esta / palabra de lejana memoria? / Baila, nombre nuevo y perfumado, que en la noche / te cubriré de amor. (99)
Y con seguridad afirma:
Esta es la piedra viva que fecunda los campos y las / mujeres. (109)
Amor caleidoscópico que se metamorfosea en:
La Gran Madre Callada. (111)
Y luego da la síntesis de todas las imágenes:
Méceme como si fueras mi madre. / Bésame como si fueras mi mujer. (118)
Retorna al “ser” del hombre, a su problemática metafísica, al tiempo y a la muerte:
Estos días / que se deslizan entre mis manos / y mi fuerza no basta / para amarrarlos. (195)
Los poemas de este poeta abarcador y abarcado por la gracia de recrear el mundo y de rescatar el “vuelo” y la “sed” del hombre son el reflejo de la América total y una protesta social a través de la palabra.
En la síntesis y brevedad de sus “Fragmentos americanos”, Vela evidencia su preocupación social y cito un poema compilador de la intuición total de la que surgió su libro Maneras de luchar:
Ella es América, un mutilado nombre, / un cuerpo llagado y su cansancio. / ¿Y qué te creías que era el Nuevo Mundo, / y qué te creías que era esta canción? / Pero nuestra fe es más grande. (113)
En este volumen VII de la Colección Estudios Hispánicos, presentamos el estudio de la obra lírica de Rubén Vela, el poeta de América, realizado por 14 ensayistas, quienes logran penetrar en las motivaciones de su obra: su dolorido y esperanzado amor a América, su preocupación social, su lucha en pro de la identidad del hombre y de su inspirada rebeldía.

Dra. Juana Alcira Arancibia (California/Estados Unidos)

PÁGINA 10 – POETAS OLVIDADOS: LERMO RAFAEL BALBI - 1931-1988 (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

Regreso a Aráuz.

Tibia y leve, la balsámica ceniza de la tierra
se consagra. El regreso a destiempo me acusa
con alguna señal en el abandono de los huertos
y en los rastrojos que soportan como una sombra
de cemento bajo mi paso.
Alado sopor abate los ojos en el retorno
y cada visión me penetra
en ligeras esquirlas de muerte aleve
como las flores dedicadas a una lápida.
Sobre la cruz de la iglesia pájaros solitarios
anuncian el agua del otoño y abril tiene ya
su languor de atmósferas húmedas y calientes.
Desde las paredes carcomidas por el sol
y los líquenes nacen los trasgos
y una vertiente de espectros que aúllan
haciéndose ecos en las tuscas del monte.
Los animales, rozando la hierba que aún pervive,
dulcemente pacen
en muelles honduras de caminos abandonados.
Ah, en dónde permanecen los rozagantes tallos,
mies crepitante con los vientos de noviembre,
cristalería de estrellas en un pozo
que nos llama desde los profundos verdores
de la tierra. Tantos huesos ya sin carne,
tantos árboles secos,
innúmera ilusión desfallecida
¿qué mágico propósito de torturas
otorgan a este corazón doliente?

Frente a la casa en ruinas.

Dulce hora de la infinitud solar,
a silbo de labios la oración balbucida, el arrullo,
la imprecisa promesa y el adiós,
mas, entre pájaros enfermos que han extraviado el árbol,
toda ansiedad te abarca.
Aún estamos vivos, nos iguala la carne en las heridas.
Un claror difuso envuelve en vapor de hierbas
las paredes de antaño que, sobre la humedad
de esta floresta, socava el último socorro humano.
En frente, hasta el límite del tiempo
verticales sendas para una comitiva aérea
surgen en terrenal porfía.
De este callado instante de la noche,
suelto el corazón del puño,
en alto vuelo, nace otra alborada inútil
perdida entre vientos y perfumes.

Este es otro día que me has dado, Señor,
y de qué vale tanta piedad, si la muerte espera
en todo instante que preservo en mí.

Los extranjeros.

Entonces sabíamos despreciar el desdén de aquellas
juventudes fáciles que horadaban la noche
con sus ojos de amor. Temblaron las palmeras,
volvieron las garzas de marzo a perturbar
la quietud de la laguna
y desangrar sus mieles los racimos.
Oh aquel abril de fresnos luminosos,
aquella noche cobarde, el torreón de la ciudad
abierta a nuestra pronta soledad de héroes.
Ya fuimos campeones y estamos de regreso,
ahítos de cansancio, desfallecientes y vejados.
No nos reconstruiremos señor Valois,
que vendía los lentes con armazón de oro
para ancianos cansados de esperar los veranos.
No volveremos a ser los de antes, señor Marcos,
que traía el aceite y el café para completar la alacena
en las frágiles penumbras de la siesta.
No todos están aquí, Ángela, Beatriz sagrada,
Estefana la de los lirios, Antífona trágica.
El gran árbol sucumbió bajo el hacha
y su cádava acusa aquella postergación que le dimos
cuando nombrábamos a cada uno de los vegetales
que amábamos. ¡Y él que tenía tantos pájaros
como los otros, Pedro!
¿No ves entonces qué llegamos a ser de guerreros que fuimos,
de poetas lúcidos en los mil y un embates de la bruma,
con tanto corazón de valiente para sufrir
la turbonada y la marisma?
Aún existe un terreno, pero se nos niega hasta morir.

Más allá de los campos verdes.

A mi madre

Se nos figura que es necesario detenernos ahora
cuando no somos ya tan libres,
cuando el tiempo transcurrido ha descendido muy por debajo
de nuestras líneas de esperanza,
cuando existe cierta muchedumbre de espectros
que alzan su venganza por lo que no les dimos:
unos no tuvieron nuestra boca,
otros buscaron nuestra palabra y no se la dimos,
otros, porque se afiebraron por una gota de nuestra sangre
que no llegó nunca al vórtice de su sed.
Quién puede decir que no tiene su propia legión de sombras
nutriéndose en los desvelos,
fortaleciendo el canto de una dulce y triste paloma
en la penumbra,
sonorizando los goznes de una puerta cuando
en la soledad de la casa hay pasos en las escaleras
y una lámpara sola se pone agria
a las últimas luces del día.

No nos morimos de golpe,
es cierto,
pero tenemos nuestro lecho de Procusto.

Cada muerte se suma a otra muerte y por única vez
la suma es cuantiosa y entonces
aunque las acacias estén esparciendo su polen oxidado
o un gorrión reconstruya su nido
que deshizo la tormenta
la muerte llega para uno, final
y trae el polvo de todos los caminos
por los que anduvo avanzando implacablemente.
En la muerte también hay belleza,
me dijo mi madre una mañana de sábado
cuando me deshacía del dolor de la noche
mirando su cara tan apacible de amanecer,
sus manos en la vajilla y su jardín
ya ahora un poco descuidado.
Había un viento afuera que sacudía las frondas nuevas
de setiembre, una lluvia esparcida sobre la hiedra
y alguna bestezuela reptando en la pared.
Nuestro silencio, madre,
era muy amado por tu corazón y el mío.
¿No es cierto que un súbito toque de tristeza
sobre mi frente aventajó a tus arrugas y al instante
tuve en mi persona mucho más tiempo y más dolor
de palabras que no brotaron?

Qué decirte de lo que tenía escondido
apretado entre los dientes y la lengua.
No podrías nunca conocer mis vergüenzas sin estremecerte,
ni mi dolor de entrañas en los desvelos
cuando acostumbro a tomar el primer día de mi vida
y venir hasta hoy, época por época.
Montañas de papeles, vanidad de palabras, simulacros,
agresiones, desfallecidas contricciones,
actos de arrepentimiento, perdones ignominiosos,
las lágrimas mordidas en una mano,
esperanzado por un instante para no estar seguro
del último fracaso.
Y me digo: ¿es esto lo que vosotros queríais?
¿Soy digno de este nombre? ¿He aguardado con paciencia,
con valor y virilidad las consecuencias de mis actos?

Si la belleza está, madre, en la saciedad de las respuestas,
en ese descanso sereno que dijiste acompañada por la eternidad
a los que van hacia república de ausentes,
entonces estoy seguro: también ya sin estaciones,
sin caminos de pesadumbre atravesaré el umbral
para encontrarme, madre, en la gloria de la belleza
prometida.

Primera madrugada.

¿Qué puede hacerse más allá, que nos asegure sin limitaciones
un futuro en donde las plazas sirvan para juntar los rostros
y las estatuas el vahído de las manos que han deseado tanto?
Oh mi fatídica ciudad en el abandono del amanecer.
Cómo han empezado a hacerme mal las madrugadas, a dolerme los relojes, a encendérseme una vocación escondida
en la que está por siempre permitido rescatar la figura
de un Alkides nuevo que sabe tocar los ojos
sin el tesón de los apuros.
Y Rafaela no existe ya, muerta de sábado, de domingos
en neblina, de un amigo que se emborracha,
de dos muchachas que saben perdonarnos ser todavía
tan inútiles y blasfemos.
Pero Rafaela no existió nunca; no está en el laurel distante,
no está en ninguna de las superficies en donde los bronces
de antaño marcaron sus dedos, en donde la fecunda idiotez
de los colonizadores hicieron un molino, un almacén,
una plaza, una iglesia.
Una campana listada de palomas que se desvelan da la una
de la madrugada. La fiebre está fría, los velones escurren
una llama quieta y elevada. Rafaela que no existe
sobre los empedrados, el hombre que se ha ido con su estómago
regurgitando las estopas en el asiento de atrás del automóvil,
ensombreciendo tanto resplandor perdido, tantos pellizcos
de otoño que venían de la infancia con cascabeles al cuello,
con cimitarras de leños en los brazos.
Ay, un estilete la campana de la madrugada. Niebla,
sonido de noche que huele a cigarrillos, a estufas,
a sábanas apenas disfrutadas
y a una boca que está ya por no pertenecerme.
Empieza desde este instante suma unitaria de llamados
a favorecerme las cruces del domingo. Nada de tú,
nada de vosotros, un yo mezquino lavado en mil aguas
de soberbia, tramado de mil ojos de la gente,
de mil fulgurantes ojos bovinos, se avecina a las manos.
Y cómo detenerlo:
ellos pasan sin las ramas del olivo.
Y ellos pasan y fecundan en la nada absoluta,
y ellos frecuentemente son las sombras que he apuntado
incapaz de darles la vida que pedían e inseguro
de reconstruirlos para mis soportes.
Oh cálices sin tallos que caen desde el cielo con una pobre
luna que no remedia nada. Ciudad, ya duermen las muchachas
que llegaron puntuales a la misa de la tarde.
Ya se apagó la íntima campana. Que te remedies por dentro,
me desea el amigo y me deja en una esquina
en donde tiemblo de miedo
antes de entrar en mi cuarto pavorosamente vacío.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Ribetes en el traje de Clío

Por Norma Alloatti (Córdoba-Rosario/Santa Fe/Argentina)

Clío está invitada a dar un paseo por los últimos cincuenta años del siglo XIX y no sabe qué vestir. Lo que ha llevado siempre: una levita, el sombrero y el bastón que la hacen pasar inadvertida en el mercado, en la Aduana, en el Concejo no la hacen lucir tal cuál es. Podría llevar gorra, pañuelo al cuello y alpargatas, pero así transitaría ignorada sólo en las calles barrosas, los muelles del puerto y los almacenes de ramos generales. Ella quiere verlo todo, ver mucho más que lo que hay en “la hermosa ciudad, grande floreciente” que vio Lina.
Clío quiere estar segura de que en ella nadie se fijará y así, podrá estar atenta a las cosas que otros no supieron observar, por eso decide llevar una nueva vestidura. Toma la aguja y cose una falda. Rápida y eficaz hilvana los cantos del paño y une, puntada tras puntada las tramas de su nuevo vestuario. Después, fémina al fin, se mira al espejo y sale a dar su paseo. Elvira le ha contado que aproveche ese día, que “en la fiesta de la Virgen del Rosario, se efectuaba el estreno general de los trajes del verano; y en 25 de Mayo, los de invierno. Plazos fijos que nadie alteraba, aunque se adelantaran el frío o el calor a esas fechas”.
Clío procurará caminar cautelosa ya que Alwina ha observado que en Rosario “las distancias no eran grandes pero por las calles poco menos que intransitable resultaba penoso el traslado. Las veredas eran altas porque a su vera corría en cunetas agua servida y se debía bajar por gastados escalones, tomándose de postes existentes en las esquinas”
Si acaso Clío gustara pasar por Cañada de Gómez, Margarethe la encontraría para explicarle que “muchas veces veíamos llegar a galope tendido, poco antes de la llegada del tren de Córdoba, varias cabalgatas compuestas por los señores de las estancias de los ingleses, los que, tras una rápida merienda de café, pan, sardinas y queso, en el pequeño negocio que habíamos instalado en la estación, seguían viaje en tren. En la estación quedaban los peones para cuidar los caballos”.
Y cuando Clío desee atender a sus invitados no tiene más que preguntarle a Celestina cómo preparar los buñuelos, o a Deidamia por su torta Mora y a Carolina por su sopa de gallinas. Tejerá nuevos atuendos, según las hebras que le van prestando sus amigas. Y satisfecha con su tarea recién hilada, Clío “soltará una puntada” y saldrá presurosa a conseguir unas cuantas plumillas bien cortadas para obsequiar a Lina Beck Bernard, a Elvira Aldao de Díaz, a Alwina Philippi de Kammerath, a Margharethe Hansen, a Celestina Funes de Frutos, a Deidamia de Sierra de Torrens, a Carolina Zuviría de Escalera, a Aquilina Vidal de Brus, a Carlota Garrido de la Peña y a todas las mujeres que se ocuparon de ser hábiles con la pluma y la aguja* con los mismos afanes que tuvieron las que sólo podían ocuparse de las escobas, las pesadas planchas de carbón y las tablas de lavar.
Es una Clío renovada la que lleva traje con ribetes. María Moliner, entre otras definiciones, señala que poner ribetes es agregar ese “detalle que se incluye en una narración o exposición para darle gracia o amenidad”, algo que las mujeres que nos legaron memorias, escritos, relatos, poesías y cuentos, supieron hacer con mayor o menor pericia, pero siempre con encanto.

(La pluma y la aguja: las escritoras de la Generación del 80, es el título que Bonnie Frederick le dio a la antología de autoras argentinas publicada en Buenos Aires, Feminaria, 1993)

PÁGINA 12 – POETAS LATINOAMERICANOS

El jardín donde vuelan los mares

en esta ciudad construiré mi casa
la vestiré de madera virgen y yerba fresca
crecerá al conjuro de la lluvia
refugiará proyectos tontos
actos criminales
sueños primigenios
los miedos de mi niña
y el espectro de Pilar (mi joven abuela)
sonriendo enamorada en la estancia luminosa
(28 años de ser pequeña y coqueta,
43 buscando salidas (o entradas)
en los corredores de la muerte
cayendo cada vez más hacia abajo
cada vez más hacia adentro]

la cabeza disecada
de un torero exitoso
será el orgullo
de mi sala de trofeos

en cuanto a ti
te coseré el cuerpo a pedazos
de musgo de amor y tizón ardiente
te llamaré Fernando
y serás mi hijo

mi casa
tan profunda como los aullidos
del holocausto
tan pequeña como una caricia
sobre la tumba de mamá

Eva Durán (Colombia)

El Iluminado

Un hombre descubre
en el bisonte las huellas
de su propia derrota:
la caverna lo sabe.
Luego, Saulo de Tarsis
junto a su caballo
y una ceguera premonitoria:
la defensa de una fábula:
Jesús ante el Monte de los Olivos
con miedo de ser Dios.
Judas, el zelote, sabe que
el Mesías es sólo un hombre
y devuelve las monedas.

Alonso Quijano en el suelo
y un haz de luz filtrándose
en los molinos: no hay
una Dulcinea de ventura;
Walt Whitman avisora que es
infeliz cuando su nombre
suena en el Capitolio:
un bosque lo espera;
José Arcadio Buendía,
frente al pelotón de fusilamiento,
recuerda el hielo:
Melquiades no descifra a Macondo
desde los pecesitos de oro;
el poeta César Dávila Andrade
se encierra en los efluvios
de su Catedral Salvaje:
un cóndor ciego cae
envuelto en un gabán de plumas.

Y en un instante todos
saben que poseen un don:
ese don los arrastra hacia
la Vida, que es un presagio.
Todos dicen a su modo:
Padre, padre padre
¿por qué me has abandonado?

Juan Carlos Morales Mejía (Ecuador)

III

Yo lo vi.
Es otoño infectado de floresta nueva.
Acampa en mi deseo de sobrevivir
por llegar a primavera.
Lo vi flor de redondas fauces
y alientos como manos, en la pradera
de las esperanzas, como péndulos
pendientes.
Lo vi en las escaleras y las entrelíneas
salvajes, como cabello bruto en el rincón imposible,
de una mueca posible, en un oscuro acantilado.
Lo vi campanario y campana
sin recuerdos por llegar.
Lo vi hablándome de la noche y de las circunstancias
cuando las cortinas de mi estro
acampaban en el deseo de borrar mi memoria.
Lo vi —y lo vi— y otra vez.
Estaba desnudo
estaba hombre
estaba algarabía y festejo
estaba ciego
y era médula
que los compases metieron a mi sangre.

Livia Díaz (México)

El sol del mediodía

el sol del mediodía
no ha venido a visitarnos
mi ángel
no ha guardado
un lugar en la primera fila
la película ya va a empezar

guerreros inflamados
desnutridos de cultura
con armas en los puños
espuman líquido rojo
conspiran contra almas
(todavía inocentes)
la sonrisa
una uzi*
háceme de mira
de repente
veo mi cabellera
sangrar
feliz
en sus manos

héroe sin nombre
frente al espejo
dice
- ¡Hola!

brújula sin control
hace el camino correcto
lleva
a ningún lugar
seres disolutos
susurran preces bucólicas
uno cae
otro se levanta
trae migajas de cariño
mi mitad hombre
siente nostalgia
la otra
sueña todavía encontrarte

lobos
(los dueños de la noche)
quieren acabar con
la soledad
troneras de deseo
(suave toque)
comandado por el
postrer soplo de la vida
andrajosos
hambrientos
codician el beso de la luz de luna
la mano que acaricia
el amor

el gran pañuelo
tira su último susurro
quédome sentado
impaciente
aguardo una
continuación

una uzi*
-marca de una ametralladora

José Geraldo Neres (Brasil)
Traducción de Rafael Roldán

Es otro el tiempo (2 de 2)

En este cuarto con resuello de señor hay sensación de paz
Un rayo atraviesa la hendija de la puerta
y el hueco de la ventana
De extraño modo vuelvo la mirada
y escucho en su boca el chasquido de la lengua
Ya no pica en mi rostro el viento
ni la playa sostiene mis pasos lerdos.
El rumoroso abrazo de mi padre calla
Las voces de los tira bomba
Las bombas de los mata peces
El ronco sonido del jeep sobre la arena
también calla.
La infancia sostenida es un trozo de papel
Coraza y adarga lanza esta palabra
Sólo este oficio me sostiene
Y sin pedir favor a nadie
La dejo ir, a buena hora.

Karla Sánchez Barreto (Nicaragua)

PÁGINA 13 - Narrativa

El hombre de los perros dálmata

Por José Luis Pagés (Santa Fe /Santa Fe/Argentina)

Yo estaba, puerta por puerta, ofreciendo en venta unos jabones de la empresa Sol, cuando al llegar a una de las casas principales de 7 Jefes me sorprendió el encuentro con un antiguo compañero de colegio. Adamis, se llamaba y lo reconocí inmediatamente a pesar de sus muchos kilos de más, sus arrugas y calva notable, porque todavía conservaba un tic que le hacía abrir y cerrar los ojos permanentemente y porque su rostro mostraba una dolorosa expresión de abatimiento que siempre lo había acompañado a todas partes.
Él me miraba asomado a la ventana de la puerta de servicio y esbozó una sonrisa levemente idiota cuando llegó a reconocerme después de muchos esfuerzos de mi parte. Como en un primer momento me pareció que mi visita no le importaba en absoluto pasé a tratarlo como a un cliente más y le ofrecí el muestrario de jabones y, ya hurgaba en mi portafolio buscando la lista de precios cuando escuché que me decía: “El señor no está”. Creí que había escuchado mal, de modo que le pedí que repitiera eso. Él lo repitió, claramente, y agregó: “Podrías volver en otro momento” “¿Cómo es eso? pregunté, “¿Qué estás haciendo en esta casa?”. Él volvió a sonreír y entreabriendo la puerta me invitó a entrar poniendo el índice en la boca para pedirme silencio. “Vamos a mi cuarto”, dijo después. Y él delante y yo detrás anduvimos lentamente por un largo pasillo hasta que llegamos a un sucucho ubicado en los fondos de la casa.
“Mi cuarto”, indicó. Entramos. El lugar era estrecho y mal iluminado. Pude ver una colchoneta echada en el suelo, una vasija con restos de comida también en el suelo y un viejo impermeable que colgaba de un clavo fijado en la pared de ladrillos desnudos.
No vi más porque tan pronto entré un olor nauseabundo me obligó a saltar afuera. “Podemos conversar en el patio”, dije. “No quiero que nos vean”, dijo él. “Entonces me voy”, afirmé. Él me tomó por la solapa del saco, tenía un nudo en la garganta. “Gutiérrez, qué emoción, qué gusto me da verte, quedate un rato más”. “Rodríguez”, corregí. “Me llamo Rodríguez”. “Es cierto, qué cabeza”- se lamentó-. Podemos sentarnos aquí en el piso y me contás algo de tu vida, eh?”. “Vendo jabones, dije, y no voy a sentarme en el piso por nada del mundo. Tengo que seguir con mi trabajo”. Yo vi que su mentón se contraía formando un huequito y que sus ojos ahora estaban brillantes al tiempo que sus párpados se abrían y cerraban con más frecuencia. “Te decían semáforo”, recordé y no sirvió para consolarlo. Le decían semáforo por esa costumbre de sus ojos que se prendían y apagaban a cada instante. Él miraba al piso, la puntera de sus zapatos gastados. “Sé que no te gustó mi cuarto”, dijo sombrío, “pero por vos pienso arriesgarme. No hay nadie en la casa, los patrones han salido y los hijos también. Vamos allá y te invito con una copa”. “No es por tu cuarto” –dije yo-. Pero ya que insistís...”
Y entramos. En primer término me dirigí hacia la heladera, pero rápidamente Adamis se interpuso entre la puerta y yo, y de aquí no comerás ni beberás, me fue sacando del lugar hasta que llegamos a una salita. Ese lugar era sobrio pero elegante. Había un sofá, dos sillones, un aparato de TV, un revistero y en un rincón un bar, un lindo bar con muchos cristales y botellas. Él se ubicó detrás del estaño. Se colocó una chaqueta blanca y un moñito y alisó con la palma de las manos los cabellos canosos y lacios a los costados de la calva.
“Un cognac” pedí acodado en el bar echando a correr la mirada por las paredes de ese lugar. Cuando él notó que yo miraba unas fotografías enmarcadas de unos perros del tipo Dálmata, se apresuró a decir: “Es el señor y la señora y los hijitos”. Tomé mi cognac de un solo trago y pedí otro. De pronto tenía muchos deseos de llenarme de cognac o lo que fuera. Había caminado mucho en la mañana y en lo que iba de la tarde y ya me parecía hora de tomarme un descanso. “¿Y cómo te va acá?” pregunté sólo por decir algo. “Ah..., dijo él, los señores son muy buenos, no los hay mejores en toda la ciudad, mi estimado Gutiérrez”. “Rodríguez”, dije yo. “¿Qué te parece cómo me queda esta chaqueta? ¿Y este moño? Son un lujo. Eso sí, yo siempre trato de ser limpio y ordenado y de servir lo mejor posible. Los niños me quieren muchísimo. En especial el más pequeño”. Yo pedí otra copa y él la volvió a llenar. “Además el señor y la señora tienen gestos impagables. Imaginate que me dan dos días a la semana, la paga es buena, me hacen regalos, qué sé yo, ya soy como de la familia”. “Adamis, no lo tomes a mal, pero decime, inquirí- en el colegio había algunos muchachos que decían que eras un alcahuete ¿era cierto eso?”. Él me sirvió otra copa como toda respuesta, después pasó a limpiarse las uñas con un alicate y por fin sin dejar de mirarse las manos expresó con una vocecita temblorosa: “Envidias, eso, los profesores me querían. Yo cumplía con ellos y ellos me querían. Yo no era como otros...” y me echó una mirada rencorosa. Mi amigo Adamis era el hombre de una familia de perros Dálmatas, no había progresado mucho. “¿Cada cuánto te llevan a la plaza?” pregunté. “Todas las tardecitas”, contestó él. Yo me apoderé de la botella y me eché un trago a pico que me quemó la garganta. Ahora mi visión estaba un tanto obnubilada y me zumbaban los oídos. “Pero a veces te han tratado mal. Ser tan sumiso no paga bien”. “No creas dijo él, yo tengo la ventaja de no andar arrastrando los zapatos y dando lástima a cuantos me ven”. “Pero hoy estabas un poquito tristón –dije yo-. Te dejaron solo ¿no?”. “A veces...” dijo y calló, para estar un buen rato en silencio. Yo, cuando terminé mi botella de cognac fui a echarme en el sillón. “A veces –dijo después-. Pasa a veces que las cosas no salen como uno quiere. A veces duermo tirado en el piso, no me alimento muy bien que digamos y me obligan a hacer cosas desagradables, como por ejemplo...”. “¿Qué cosa?”, pregunté. Él se quitó la chaqueta, el moño y levantó la camisa por sobre la espalda. “¿Ves?”. Tenía unas cuantas cicatrices ahí, todas amontonadas. “Yo mismo tengo que castigarme cuando grito de noche”. “¿Gritás de noche?”. “Sí, grito. Sólo para prevenir algún peligro, pero ellos se enojan”. “Ah...” “También ellos mismos me castigan con un palo cuando desparramo la comida por el piso o araño las maderas de las puertas; no me puedo contener”. Miré la foto del Dálmata, no parecía malo. Miré la foto de la señora, tampoco. “A veces soy muy desgraciado. También me está prohibido recibir visitas. Pero todo eso tiene algunas compensaciones”. Se metió las manos en los bolsillos hasta que sacó un alfiler de corbata. Era de oro, muy lindo y brillante. “Me lo regaló la señora para la última Navidad”. “Ya ves, no sé de qué me quejo...” Y volvió a hablar como al comienzo.
De pronto, el ruido de un auto que se detenía frente a la casa. “Son ellos”, exclamó, “vamos, salgamos pronto”. Me tomó por un brazo y me sacó a empujones hacia el pasillo por donde habíamos entrado. “Me matan si me ven con alguien”. “Estás loco, totalmente”, exclamé algo borracho. “Esperá”, me pidió. “Para que ellos no te vean, salí cuando estén entrando por la puerta principal”. “Estás todo loco”. Antes de salir le regalé un jabón.
Se puso contento. “Es para que te laves ese cerebro”, le instruí. “Así, así”, le indiqué mientras con otro jabón sobre mi propia cabeza le mostraba lo que debía hacer.
Me empujó. Me echó a la calle. Miré a la puerta cuando ya se estaba cerrando. Alcancé a ver una cola larga y blanca con algunas pecas negras, era una cola de perro Dálmata. Me sentí muy confundido. Abandoné la venta y me fui a dar un baño a casa.

PÁGINA 14 – Narrativa

Cuatro microrrelatos

Por David Lagmanovich (Córdoba-Tucumán/Argentina)

1. El idioma perdido

Despertó sobresaltado. Quería llamar a su mujer, convocar a alguien, explicar lo que había soñado, pero no recordaba ninguna expresión. Las palabras y las frases no acudían. Al parecer podía pensar, pero no encontraba la forma de expresarse. Abría la boca y rápidamente la cerraba al no poder articular sonido alguno. Caminó por la casa, mirando todos los muebles y rincones para que, al reconocerlos, se le ocurriera algo; pero no había nada, su capacidad de expresión verbal había desaparecido. ¿Su mente? No, su mente estaba bien: era su voz la que no reaccionaba, ni en su propio idioma (y él ignoraba cuál era) ni en otro, porque seguramente debía existir más de uno. De pronto creyó encontrar una salida: se dirigió a la biblioteca y hojeó un libro, luego varios más, pero miraba las líneas de tipografía y éstas no le decían nada, estaban tan mudas como él mismo. Cuando su mujer, extrañada por su ausencia de la alcoba, vino en su busca y le dijo algo, él no entendió sus palabras y las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

2. Thrillers

El héroe corría desesperadamente por una llanura desolada. Tenía que llegar al penal a tiempo para evitar el ajusticiamiento del condenado, merced al perdón del gobernador que llevaba en el bolsillo. ¿Llegaría a tiempo, o sería éste un fracaso más? Por detrás de él, a cierta distancia, lo perseguía el investigador privado, con cuya joven mujer había tenido la mala idea de entablar un fugaz romance. ¿Conseguiría eludirlo? A mayor distancia de los dos, un destacamento policial venía siguiendo a ambos, pues los polizontes debían cumplir la orden de arresto que el Fiscal de Distrito había emitido contra el héroe y su enemigo, por obstrucción de la justicia. De pronto, el héroe divisó una bicicleta que estaba apoyada contra un poste de telégrafo. Montó en ella para acelerar su ida al penal, pero a poco andar una rueda cedió y lo arrojó, desvanecido por el golpe, a un costado del camino. Su perseguidor no lo advirtió y siguió corriendo. ¿Encontraría alguna vez al frustrado ciclista? En un recodo, mientras el segundo atleta se detenía un instante para tomar aliento, los miembros de la patrulla policial sobrepasaron a ambos y llegaron, jadeantes, a las puertas del penal. Desde el interior llegaba el inconfundible olor de la carne quemada. ¿Lo habrían electrocutado ya? ¿O se trataba de una barbacoa con que los guardias celebraban que un delincuente más había recibido su merecido en esta tierra, como anticipo de lo que le esperaba más allá? Cansado de tanto teclear aventuras por nadie presenciadas, el escritor decidió apagar la computadora e irse a dormir.

3. El país de ahoramismo

En el país de ahoramismo todo hay que hacerlo, bueno, ahora mismo. Los negocios que no se definen en un momento, con el simbólico apretón de manos, quedan sin efecto. La escuela primaria se despacha en un año, lo cual elimina la secundaria por obvia; en cuanto a la universidad, ninguna carrera se dilata más allá de tres o cuatro meses, y se están haciendo estudios —que concluirán mañana a primera hora— para abreviar esos plazos. Todo matrimonio dura como máximo dos semanas, para permitir la rápida concreción de nuevas uniones. El abrazo de los amantes sólo puede tener 15 segundos de duración, y la ocupación del lecho está definida en consecuencia. En el país de ahoramismo está prohibido tomarse un tiempo para meditar cualquier decisión; se entiende que tales actitudes socavan los cimientos de la sociedad y pueden provocar graves dolencias, tanto físicas como psíquicas. La principal ceremonia cívica del país es el Día Nacional de la Falta de Tiempo, así llamado a pesar de que su duración total es de 12 minutos.

4. Desobediencia

A principios de la primavera, el Sindicato decidió cortar todos los accesos a los hospitales de la zona. La única excepción tolerada por los obreros fue el Hospital Neuropsiquiátrico regional, popularmente llamado “el loquero”, cuyos pacientes colaboraron alegremente en la construcción de barricadas. Los agentes enviados por el Jefe de Policía, ante la imposibilidad de dialogar con los manifestantes, se dedicaron a tomar mate con tortas fritas. Después reportaron a sus superiores el desaire sufrido y se desconcentraron sin incidentes.
Sucesivamente los miembros del Sindicato, que ya habían ignorado las órdenes de la policía local, desobedecieron un fallo judicial, una exhortación del gobernador de la Provincia, una orden del presidente de la Nación, un dictamen del mediador enviado por la Unión Europea, una acordada de la Corte Internacional de Justicia de La Haya y un pedido especialmente paternal del Sumo Pontífice. “Hemos cortado las rutas y de aquí no nos moveremos”, fue su unánime respuesta.
Las ambulancias con enfermos graves que pretendían ingresar en los hospitales se acumulaban del lado exterior de las barricadas. Después les tocó el turno a los coches fúnebres, cargados de cadáveres. Muchos de los difuntos eran enfermos que no habían podido obtener ayuda médica; otros habían sido asesinados por sus colaboradores alienados. Finalmente se interrumpió la llegada de los camiones que traían yerba, galletas y vino tinto en cajas de cartón, para sustento de los militantes y sus familias.
La llegada del invierno disminuyó en mucho la presencia de obreros sublevados, quienes fueron víctimas de neumonías y otras complicaciones. Por una cuestión de principios, sus dirigentes no les dejaron concurrir a los hospitales, que continuaban aislados. La circulación por las rutas, interrumpida por casi un año, se resolvió casi por sí sola: simplemente ocurrió.
Con los primeros automóviles llegaron los periodistas, quienes entrevistaron a los cuatro o cinco sindicalistas supérstites. Interrogados, manifestaron no conocer los motivos de la manifestación. También reclamaron la presencia de un peluquero y anunciaron la continuación de la lucha.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

La posesión del vacío

Como un pájaro migratorio perdido
Que contempla extrañado el inmenso azul tenebroso
Camino desligado de los juramentos de la fortuna
Hacia el invulnerable destino soterrar mis amores
En las capas mórbidas de la tierra de exilio
Ruidos de osamentas lágrimas de dolor
Gritos de espanto y canciones fúnebres
Por el camino solitario de mi oscuro viaje
Por el país de la eternidad. La luna horrible
Me lanza una mirada indolente y temblorosa
Cuando se desliza en mí la esperanza como un veneno

Kama Kamanda (Congo)

No digas -

II

No digas una vez más que entendiste.
No lo repitas con el hilo de voz
que las mujeres bastonadas usan para decir que sí.
Prefiero la ignorancia
la terca ignorancia de la rebeldía
los ojos cerrados ante los golpes.

Francesca Gargallo (Italia)

Navegándote

Hoy la soledad me llena de ti
en las sombras claras de una noche oscura,
en la madera antigua que rasguña quejas,
en el vidrio amable que permite ver
al mundo en silencio

habla de tiempo, con heridas
viejas y un llanto se cruza
desde el pensamiento ;

entonces resuelvo dormirme
y dormirte envueltos de música

con letras mojadas
de océano abierto
y paraje-tormenta
en el ropaje-equipaje
de mis labios sedientos,

con un beso a tu imagen
en pleno desierto,
de sombras.

Matchornicova (Austria)

señora de la casa de los libros

avísame cuando tus dedos estén listos

yo pondré la miel y la acidez de las letras amarillas
sosegaré la pálida memoria del invierno
en las ramas desnudas del árbol de los mimos

al viento anunciaré
la llegada de cucos y oropéndolas

desplegarás tus alas como páginas
en la roca orgullosa de líquenes y musgos

nuestros hijos rodarán sobre la hierba

un sinfín de margaritas en sus sienes
aleteo de acertijos zigzag de culebrillas

recibiremos el fuego en el ombligo
la jerarquía de las laboriosas abejas
títulos clandestinos cuentos atrevidos reglas escondidas

avísame señora cuando tengas las palabras masticadas

juntas inventaremos de nuevo el camino del río
livianas hasta encontrar los pliegues del rey de los imanes

Marina Aoiz Monreal (Tafalla/Navarra/España)

Desesperanza

¿Dormís? ¿Soñás?
¿Sonreís? ¿Plantás sin cosechar?

¿Cocinás? ¿Suspirás
todavía?

Muñequitas rusas, imbricadas
Colorinche hueco
pero sordo

Vivir no es nuevo
Morir tampoco

Estas son las mañanitas
Pero ¿dónde el rey David?

Luisa Futoransky (Paris/Francia)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

Andre Malraux: El supremo hacedor de la cultura

Por Irma Bignon (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

A 30 años de su muerte
1976-2006

Es un joven de 18 años cuando hace un anuncio perentorio: “Yo esculpiré mi propia estatua”.
Dotado de una gran sensibilidad, André Malraux es permeable a la mayor parte de las posturas ideológicas, estéticas y culturales del siglo XX.
A 30 años de su muerte, la actividad cultural y editorial de Paris se supone intensa. “Se entra en la vida de un muerto como en un molino”, decía Sartre.
No tiene aún 20 años cuando es director literario de las Ediciones Sagittaire. Ese mismo año 1921, publica su primer libro “Lunes en papel”, texto de inspiración surrealista, dedicado a Max Jacob, ilustrado por Fernand Léger. Ya por entonces Gaston Gallimard, Jean Paulhan, Marcel Arland, Blaise Cendrars y otros literatos advierten el talento prometedor que hay en él.
Frecuenta como aficionado las clases de Lenguas Orientales. Su entusiasmo lo hace viajar a Indochina, a fin de participar en la lucha anticolonialista. Publica sus primeros artículos políticos, y a su regreso a Paris, escribe “La tentación de Occidente”, diálogo entre dos intelectuales: uno chino, el otro francés.
Enseguida de los éxitos de “Los conquistadores” y de “La vía real” (Premio Interallié), sobreviene el triunfo de “La condición humana”, que recibe el Premio Goncourt.
Malraux es el precursor y el maestro de una literatura de conflicto para un tiempo apocalíptico.
El nacimiento de los frentes populares en Francia y España ofrece una salida a su prodigiosa energía. Juega un rol innegable en las operaciones militares españolas cuando el ejército de la república se ve amenazado por la rebelión franquista. Organiza por entonces, su escuadrilla de aviones - asombroso episodio en un tiempo en que la aventura política era aun posible-, demostrando su entereza, su valor, su fraternidad, y escribe “La esperanza”, donde denuncia los abusos del fascismo español.
La guerra mundial estalla 1939. Se incorpora a la aviación y en marzo es movilizado. Pero el gobierno de Vichy lo descorazona. No cree de inmediato en lo que habrá de llamarse “la resistencia”, ni en la ilusión lírica de la clandestinidad. Prefiere dedicarse a su obra. Trabaja en el primer tomo de “La psicología del arte”, y en una novela, “La lucha con el ángel”, que aparece publicada recién en 1943 en Suiza.
Su colaboración con la Resistencia llega al fin en abril de 1944. Con el nombre de Coronel Berger, se convierte en maquis del Périgord y los servicios secretos de Londres.
En realidad, la guerra contra Hitler la empieza él antes que nadie, cuando en 1935 publica el “El tiempo del desprecio”, donde denuncia el totalitarismo nazi. Nunca abandona su posición antifascista. Nunca se equivoca de enemigo.
En 1946, se une al degaullismo, un culto que practica hasta su muerte. Su admiración por uno de los gigantes de su época es comprensible. Es éste el preludio de una amistad indefectible y de una gran aventura ministerial.
El general de Gaulle lo nombra Ministro de Cultura, cargo que ocupa durante diez años. Su ministerio se impone de tal manera, que influye en la política cultural de la UNESCO pues, gracias a él, la cultura se desprende, por fin, de un medio estrecho, para llegar a ser hoy una realidad social. Malraux es el hombre de las grandes ideas. Inaugura una serie ininterrumpida de exposiciones de arte internacional. Ordena la restauración de todos los monumentos de Paris. Crea las Casas de la Cultura, proyecto ambicioso que no sólo abarca un tramo grande de la ciudad, sino también de sus alrededores.
Y, como no quiere estar ausente de su propia historia, de 1967 a 1972 trabaja en las “Antimemorias”, obra esencial para comprenderlo y entender su tiempo. Y más aún: nos atrevemos a decir que este libro es una antología de toda la prosa francesa en su diversidad. En su prefacio aclara: “El hombre que ustedes encontrarán aquí, es el que se hace las mismas preguntas que la muerte formula a la significación del mundo”. El relato y el acontecimiento son casi simultáneos, como lo son sus reflexiones.
Amante del arte, frecuenta asiduamente los museos. ¿Es verdaderamente conocedor del tema? Lo suficiente para que su “lectura” y su acercamiento impresione a los jóvenes Georges Duby y Michel Laclotte, este último director por entonces del Departamento de Pintura del Museo del Louvre.
Haciendo un paréntesis en la novela, sus magníficos ensayos son una realización, más que una metamorfosis. El arte, ese “anti-destino” como él lo llamaba, aparece ante sus ojos como una victoria posible del hombre sobre el tiempo y la muerte. “El arte griego - ese cuestionamiento constante del universo - ocupa el primer rango en nuestros museos - escribe en `el museo imaginario´. Los filósofos que enseñaban a vivir y los dioses que se engrandecían en sus estatuas, fueron modificando el sentido del arte”.
Luego de los frecuentados encuentros con Picasso, dice un día su editor: “Por fin, ya sé lo que pienso del arte moderno”. Y comienza a trabajar en un ensayo sobre el pintor, que escribe de un tirón, en muy pocos meses, y que titula la “Cabeza de obsidiana”.
André Malraux se retira de la política activa al mismo tiempo que el general de Gaulle, en 1969.
Charles de Gaulle adjudica a su ministro de cultura la imagen de gran “shaman” (1) del degaullismo. “A mi derecha tengo y tendré siempre a André Malraux - escribe en “Las memorias de esperanza” que publica en 1970. La presencia a mi lado de este amigo genial - continúa-, devoto de los grandes destinos, me da la impresión de que por allí, estoy a salvo del prosaísmo. Sé que en el debate, cuando el asunto es grave, su juicio brillante me ayudará a disipar las sombras”.
A su vez, Malraux publica el relato de sus últimos encuentros con de Gaulle en “Los robles que derriban” (2) en 1971. La grave enfermedad que lo aqueja un año después, le inspira “Lázaro”, donde retoma un tema que lo obsesiona: el diálogo con la muerte, el retorno a la vida.
Sus dos obras, “Los conquistadores” y “La condición humana” lo consagran como gran especialista en China. El general de Gaulle consolida esta reputación cuando lo envía a Pekín para encontrarse con Mao Tse-Tung y En-Lai. Más tarde, en 1972, el presidente Nixon, de los Estados Unidos de Norte-América, antes de emprender su viaje histórico, se muestra muy interesado en recibir de Malraux sus consejos en cuanto a la forma de abordar a los dirigentes chinos.
En octubre de 1976, el manuscrito “El hombre precario y la literatura” entra en prensa en la editorial Gallimard. Tiene el tiempo justo de completar su febril actividad de hombre de letras, terminando su obra final. “He dicho todo lo que tenía que decir”, confiesa. Y todo lo que tenía que decir al mundo lo dejó por escrito. A causa de una congestión pulmonar, muere un mes después en el hospital de Créteil, el 23 de noviembre de 1976.
Aventurero, revolucionario militante, novelista y ensayista, ministro, crítico de arte, su personalidad es deslumbrante. No deja nada por hacer. Aprendiendo sin maestros, reconstruye la historia del hombre, reflexiona sobre la vida y la muerte, aplica su asombrosa inteligencia a los acontecimientos del momento.
Su dominio intelectual y artístico es inquebrantable; la relación permanente entre su vida y su obra, es su única doctrina. Una admiración sin sombras ni ambigüedades cubre la trayectoria de André Malraux.
Nada más justifica que la frase de Kafka que dice: “No se llega a ser alguien sino después de su muerte, por el juicio de sus contemporáneos”.

(1) Sacerdote - hechicero de las civilizaciones de Asia Central, adivino y terapeuta a la vez.
(2) “¿Ah! Qué ruido feroz hacen en el crepúsculo
los robles que derriban para la hoguera de Hércules.”
“A Théophile Gautier” Victor Hugo


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01/03/2007 07:37 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 8 comentarios.

NÚMERO ESPECIAL - DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

20070309164629-neshat-2.jpgGACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL – MARZO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de la joven fotógrafa iraní
Shirin Neshat
Obra: Woman of Allah

PÁGINA EDITORIAL

El revés de la trama.

«...la Naturaleza no las hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico: así las limitó el entendimiento y, por consiguiente, les tasó las palabras y razones» Fray Luis de León

En este tiempo conmemorativo, en estos días destinados a mirar debajo de la alfombra para zurcir errores y reforzar puntadas, nuestra revista se complace en difundir, desde su particular territorio, la obra de mujeres que trabajan, en forma sostenida, por el quehacer cultural de sus países de origen o de residencia.
Lo hace disponiendo para ellas, para cada una de sus voces, para su personal caligrafía, una región vacía de eufemismos, encasillamientos clasificatorios o conductas tendientes a sistematizar enfoques, miradas, perspectivas, para exponerlas, después, sobre matrices cuadriculadas.
Porque no es la primera vez que expresamos nuestro pensamiento afirmando que lo verdadero, lo importante, lo significativo, no es más que la entrega de una mirada propia a través de la lente, del pensamiento, de la imaginación. No es la primera vez que sostenemos que son estos los instrumentos a través de los cuales se posibilita la comunicación, el testimonio, la comunión con el resto de la humanidad. No es la primera vez que manifestamos que a través de este enlace, de este encuentro, queda al descubierto una singular manera de vivir, de soñar, de amar, de comprometerse en el lenguaje del espíritu. Y no es la primera vez que defendemos la idea de un idioma totalmente asexuado.
Sin embargo, comprendemos que la resistencia cultural y sus substanciales avances en el área no han logrado impedir que, en la esfera doméstica, laboral, educativa, en la actualidad de muchas realidades sociales a lo largo y a lo ancho del mundo, haya derechos fundamentales que continúan sin respetarse. Que, pese a las miradas solidarias, aún subsiste un injusto anonimato entre aquellas que fueron predecesoras en la lucha, el arte, la música, la ciencia, la mística, la vida. Que resulta difícil esconder los talentos bajo las llaves de una cultura sexista, de una cultura basada en la inferioridad y la sumisión femenina, de una cultura sustentada en marginalidades, incomprensiones y clausuras. Que es casi impracticable asumir la insolencia de mostrar el revés de la trama sin desertar al puesto en las trincheras, codo a codo con quien les devalúa la confianza, y, pese a todo, sin dar tregua, continuar aceptando el desafío de sostener andamios, apuntalar ternuras, consolidar la sed y los incendios, reavivar indulgencias, parir el equilibrio cotidiano.
Entonces, aunque sea de manera fragmentaria, por la reivindicación de una dignidad que su trabajo y el de las antecesoras demanda desde las tinieblas, desde el silencio de esta historia patriarcal que infligiera condena de mordazas a aquello que surgía de todas las honduras femeninas como si fuesen ecos de otro universo, pieles de otro lenguaje; si bien no suscribimos, por una cuestión de sentido común, a los homenajes instaurados, las fechas establecidas o las jornadas montadas como insubstanciales actos de desagravio; la tenaz sonoridad de sus pasos trasponiendo costumbres, modelos, principios y preceptos y alguna desmemoria ejercida a mansalva, bien merece suplirse por esta modesta difusión de algunas producciones femeninas como consideración a desempeños que no se obtienen sino a través de esfuerzos intelectuales legítimos.

PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINAS

Sonoridad junto al rocío.

X
Llovizna / sobre la garganta de antiguas
casas de piedra /
sobre la frente de pesadas estatuas.
Llovizna / sobre los muelles serenos.
Llovizna /
hija de la nube y del otoño manso.

Descansa / sobre los párpados / que no pueden
regresar / más que en oscuro sueño derrotado.

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

El orden

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista/Santa Fe/Argentina)

III – con víboras

Tengo encerrada una serpiente en un frasco verde.
En realidad el frasco es transparente
la serpiente es verde.

No es una serpiente
dice mi hija
es una culebra enorme y larga
destrozada por un perro.

Soledad colecciona culebras, serpientes, víboras.
Reptiles.

En fin
: mira la belleza donde pocos la ven
Se ha vuelto sabia.

Puede raspar escamas
para separar
lo que parece
de lo que es.

También yo mudo de piel
de invierno a verano

el que me conoce
no me conoce
y dice que quiere a la otra
la que empuñaba su lengua bífida
en vez de abrazar el silencio

busca a la que no soy

la que vendrá ya está en mí

Patricia Severín (Reconquista/Santa Fe/Argentina)

De a ratos

a mi padre

el fuego era celeste
en el umbral levísimo de la mañana

la sombra del ciprés
casi un cuchillo
abría en el agua, despacio,
su fuga

en la otra orilla
la niebla contrastaba
el ocre muerto de las hojas

a nuestros ojos
lo único perenne era esa despedida:
una extrema raíz
y su desprecio

Nora Hall (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Los dones

Suspendida en su aliento
Magdalena puja.
Un olor mineral
sube de los jardines
del tiempo detenido
y toda la historia de las eras
se le viene asida
al cordón del navegante.
La rosa agiganta geometrías
en el límite de la carne.
Ella sabe que los dones
están de ronda,
que el más sereno
parece una madona,
que le brilla la piel
y tiene los ojos entornados;
que el otro es una máscara:
Mezcla mujer y hombre
y sacerdote y macho cabrío,
que anda cejijunto,
anguloso de pómulos
y con lenguas sibilantes.
Del centro del ciclón
igual que Ulises
vendrá confuso el navegante.
Los dones lo aguardan
con los brazos extendidos.
Ella sabe

Verónica Capellino (San Cristóbal/Santa Fe/Argentina)

La escritora.

“... porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia.”
Leticia Ricárdez
(México)

La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.

Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,

inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia...
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.

Norma Segades-Manias (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

El laberinto de la justicia

Por Liana Friedrich (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

-Dominique, ¡suerte que te encontré! ¿Querés venir conmigo?... Unos días de pesca nos podrían venir muy bien, lejos de la city y del mundanal ruido… Te ayudarán a relajarte, después de tanto trajín.
Las palabras de mi amigo Ruiz, pronunciadas un viernes cualquiera, en un lugar cualquiera, señalaron el comienzo de un fin de semana distinto de todos los anteriores, porque nos marcaría para siempre. (Es cierto: hay momentos decisivos que pueden hacer variar definitivamente el rumbo de la historia…)
Una tormenta de lluvia y viento se desencadenó repentinamente, vaciando el cielo con fuerza sobre las tiendas de campaña y arruinando nuestros víveres, inundándonos de pavor e incertidumbre en mitad del trayecto entre las tres fronteras que triangulan el alto Amazonas. Habíamos perdido el rumbo, en medio de la selva que tapiza el suelo irregular, a sólo doce kilómetros de distancia del refugio… (“La fe te salvará”… ¿acaso no puede mover montañas?)
El entorno cálido y pegajoso, sombreado de helechos arborescentes, y sazonado con el embriagador olor de los cocos, nos seducía tentándonos a arrojarnos sobre ese suave cobertor de musgos, engarzado de mica, cuarzos y feldespatos. En medio de la pluviisilva tropical, donde las plantas luchan desesperadamente por acercarse a la luz, parecíamos dos buscadores de quimeras tras las huellas del caucho… Un monito burlón, con cara de calavera, se balaceaba sostenido de las ramas con su cola prensil, cuando repentinamente el paso se estrechó, por sobre el abismo de la cascada, en un rústico y medio derruido puente levadizo (¿…Sería aquél el paso del indio, que los aborígenes llaman “puente de los suspiros”, porque -según la leyenda- conducía a los condenados hacia su morada final?).
Del otro lado, la cara pétrea del templo sobresalía sobre un promontorio de caliza blanca, reverberando al sol y desafiando al tiempo, desde las fauces eternamente abiertas de los dos estáticos jaguares que custodian su entrada, como guardianes de un pasado ignoto… ¿Una construcción tan imponente, perdida en el medio de la nada?... (Hay quienes sólo creen en lo que ven sus ojos. Pero… ¿dónde se encuentran los límites de lo real? O bien, ¿cuál será su autenticidad?).
Sabemos que el llamado “oro de los tontos” –junto con otros minerales como el cobre- puede atraer, en condiciones de estática, la energía cósmica, produciendo chispas en el aire pesado e incluso llegando a conformar fenómenos tridimensionales… Bueno, pero por otra parte, podría ser que quinientos años atrás allí bullera la vida, invadiendo los rincones –libres de malezas, cuidadosamente aseados- de risas y cantos laboriosos… Pero ahora, esta imagen surgente, tan sorpresiva como una intrusión surrealista en una pintura del Renacimiento, constituía un signo más bien apocalíptico que mesiánico.
-¡Shhh!… Alguien se acerca, chapoteando por el vertedero… me susurró Ruiz.
-“El Señor es mi pastor. Nada nos faltará”, evoqué casi inconscientemente el texto bíblico, mientras sin dudarlo más, nos metíamos –o mejor dicho, nos zambullimos- dentro de la boca excavada en la roca. (No siempre el miedo es paralizante…A veces puede ayudarte a sobrevivir).
El laberinto de oscuros pasadizos parecía atraparnos en un mundo de pesadilla, arrastrándonos hacia el recinto subterráneo, donde se hallan ocultas las celdas. En esos fosos aterradores no había ni luz ni aire: sólo humedad y un hálito enfermo de podredumbre. Huesos humanos, esparcidos por todas partes, hablaban a las claras de la despiadada intromisión de los profanadores, quienes despiertan con sus golpes del picos y palas irreverentes, el sueño eterno de los muertos, en busca de mitos y tesoros. (…¡Es que irremediablemente se apoderarán de nuestro pasado, pieza por pieza, hasta hacer que desaparezca la historia?)
La puerta de la cámara de torturas estaba disimulada en una pared de piedra, cubierta con bajorrelieves. Una leve presión hizo que los goznes –también de piedra- giraran sobre sí mismos con un chirrido agudo. (Quizás de ahí provendrían los gritos de agonía de los prisioneros interrogados por los inquisidores, hasta hacerles arrancar una confesión después de despellejarlos lentamente, o de punzarles los ojos…).
Tal vez, era allí donde el Consejo de los elegidos por las familias más antiguas de la comarca, se reunía para tomar las decisiones, sin dar cuenta a nadie de sus juicios. Las bocas de las serpientes de piedra, ubicadas a cada lado del altar de los sacrificios, testimoniaban estas suposiciones, como a la espera de ser usadas nuevamente, a modo de buzones, para recibir las acusaciones destinadas a los herejes.
-Hay una pequeña abertura en la pared, detrás de los escombros… A ver…
El osario apareció sorpresivamente: una caja de piedra en cuyos laterales se hallaban tallados misteriosos jeroglíficos. (… ¿serán caracteres en lengua aymará?). En la semioscuridad no alcanzábamos a descifrarlos… Por fin, después de cientos de años, esos huesos –probablemente pertenecientes a alguna real investidura- verían la luz… Pero justamente, la débil luz de la lámpara de querosén osciló agitada por una repentina ráfaga, mientras a nuestras espaldas una asombra se agigantaba amenazante.
Hay momentos decisivos que pueden cambiar el rumbo de la historia: dar un paso hacia delante o un salto hacia atrás (… como también hay instantes para repetir errores irreparables o para crear un mundo mejor.) Y este era uno de esos momentos: una oscura figura, de larga melena y barba blanca, como la de un santo, se aproximaba casi flotando sobre una nube de sueño, el sueño de los siglos.
-¿Es esto posible? ¿Sería la maldición de la tumba real, materializada al liberarse la energía del osario?- traté de reflexionar, a pesar del estupor; en cambio, me dije, como para calmarme: -Mmmm… No creas en todo lo que veas… Podrías terminar atrapado por los lazos engañosos de la ilusión.
-Salgamos de aquí de inmediato, entonces me gritó Ruiz, dirigiéndose hacia una especie de claraboya abierta en lo alto de la bóveda -por donde se colaban hiedras y raíces intrincadas- y trepándose, con rapidez felina, desde el altar del centro. Yo, por el contrario, no podía moverme: esos ojos extraños, fulgurando desde un rostro de expresión hierática, parecían atravesarme con su hipnótica mirada, clavándome inerme en el piso del recinto.
-Considera esto como tu entierro, oh, invasor. No dejaré que el demonio infecte el mundo con su ejército de asesinos. Cinco siglos han pasado, pero aún el juego debe continuar: esta es una cacería a muerte, sus palabras sin labios parecían así penetrar mis pensamientos, como una daga.
No sé cómo, pero finalmente logré amarrarme a la cuerda que mi amigo arrojó desde la abertura verde, por donde me colé, enredándome entre las lianas que destrozaban mis ropas hasta arañarme la piel. (…¡Podremos salir de ésta, sanos y salvos?)
Ya en la superficie rocosa, una bandada de papagayos se desbandó huyendo hacia las últimas ramas, que pugnaban por llegar a la luz (…como nosotros, por llegar a la libertad).
A veces, la muerte parece obedecer a un plan caprichoso… Aún hay cosas que no comprendemos, asignaturas pendientes que no podemos resolver: es que transitamos una síntesis entre el destino y el libre albedrío… (¿Acaso todo no es fruto del azar o de un planificador macabro, que gobierna los delicados hilos de los que penden nuestras vidas?).
Lo más extraño del caso es que nos encontrábamos nada menos que a 270 kilómetros de distancia del poblado más cercano. …¿Cómo habíamos llegado tan lejos en el espacio… y en el tiempo? Quizás nunca lo sabremos con certeza. Tampoco supimos responder coherentemente las preguntas que los socorristas nos hicieran cuando nos rescataron, casi al llegar a la confluencia del río IÇÁ.

“Dios no juega a los dados con el universo.”, dijo Albert Einstein.
(¿O tal vez sí?... Definitivamente, éste no es un mundo perfecto.)

PÁGINA 4 – Narrativa

Imagen en el fondo de un espejo

Por Carolina Orlando (Luján/Buenos Aires/Argentina)

Un escritor no mataría de esa forma. Hubiese escrito una novela con ella, un cuento con ella. Y la mataría al final del relato. Pero es inútil la muerte del personaje. Por eso decidí matarla en mi cama.
Aún después. Aunque después no tuviera razones.
Las sábanas huelen a vino. Irene pudo habérmelo dicho. Ahora estoy parado frente al espejo. Se refleja una imagen nítida. Puedo ver la cama, el escritorio, la máquina de escribir con una hoja. Hay letras en ella: pocas. Las cortinas son tristes. Oscuras. Las teclas de la
máquina se mancharon, tienen sangre, o más vino (aunque sé que no es posible). Mi hermano decía que dejara de tomar. Pero qué va a saber mi hermano. Qué puede entender él. He escrito mi mejor novela con una botella de vino a mi lado (escritor frustrado y borracho: hoy es inútil luchar contra un lugar común). Con vino adentro, hermano: le
decía yo. "Pero tomá del bueno" aconsejó hasta su muerte (demasiada insistencia) .
Ahora el viento empuja la cortina. La cortina acaricia la máquina de escribir impulsada por el juego del viento. Podría decir que es mi hermano el que entra, arrastrando alma de muerto que vuelve a molestar o a buscar a Irene. Si es él el que entra, podrá verme
frente al espejo. Me preguntará qué he hecho, en qué me convertí. Y olerá el vino y las sábanas. Su cuerpo muerto se llenará de olores vivos. Furioso, me maldecirá por haberla amado. Pero es en vano la furia de un fantasma, "un cuerpo muerto no venga injurias", leí en Blake. Es sólo viento.
Tus brazos están rígidos, Irene. Las manos: no veo tus manos desde el espejo. Tu boca parece gemir. Se oyen ahogos silenciosos (si gime, no es tan silencioso el ahogo). Tus ojos permanecen abiertos. Oscura adivino la habitación a través de esa mirada fija, sostenida.
Entonces: Hay una mujer muerta (es definitivo: no podrá gemir aunque la idea me fascine); la mujer muerta sobre la cama de llama Irene; veo un escritorio con una máquina de escribir y una botella de buen vino; la ventana está abierta; hay un hombre que mira el reflejo de un espejo; cabe la posibilidad de un hermano muerto y ahí termina, enceguezco, no me interesa (casi) esta escena de sangre y sexo. La hoja se mueve. Otra vez el viento. Gota a gota se vacía el vaso. No sé en qué me convertí. Se terminó el vino. Ya no puedo decir nada de la muerte de Irene. Cómo descifrar el ínterin de este asesinato si ya no soy capaz de mentir para inventarlo. Será mejor deshacerse del hermano muerto y matar, también, al hombre que mira la imagen duplicada en el espejo. Así, sin personajes, no habrá cuento.

PÁGINA 5 – ALFONSINA STORNI – 1892-1938 (Suiza/Argentina)

Dulce tortura.

Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía;
sobre tus manos largas desparramé mi vida;
mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
ahora soy un ánfora de perfumes vacía.

¡Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
cuando, picada el alma de tristeza sombría,
sabedora de engaños me pasaba los días
besando las dos manos que me ajaban la vida!

¿Qué diría?

¿Qué diría la gente, recortada y vacía,
si en un día fortuito, por ultrafantasía,
me tiñera el cabello de plateado y violeta,
usara peplo griego, cambiara la peineta
por cintillo de flores, miosotis o jazmines,
cantara por las calles al compás de violines
o dijera mis versos recorriendo las plazas,
libertado mi gusto de vulgares mordazas?

¿Irían a mirarme cubriendo las aceras?
¿Me quemarían como quemaron hechiceras?
¿Campanas tocarían para llamar a misa?

En verdad que pensarlo me da un poco de risa.

Cuadros y ángulos.

Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas,
cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.

El hombre sombrío.

Altivo, ese que pasa, miradlo al hombre mío.
En sus manos se advierten orígenes preclaros,
no le miréis la boca porque podéis quemaros,
no le miréis los ojos, pues moriréis de frío.

Cuando va por los llanos tiembla el cauce del río,
las sombras de los bosques se convierten en claros,
y al cruzarlos, soberbio, jugueteando a disparos,
las fieras se acurrucan bajo su aire sombrío.

Ama a muchas mujeres, no domina su suerte;
en una primavera lo alcanzará la muerte
coronado de pámpanos, entre vinos y fruta.

Mas mi mano de amiga, que destrona sus galas,
donde aceros tenía le mueve un brote de alas
y llora como el niño que ha extraviado la ruta.

La que comprende.

Con la cabeza negra caída hacia adelante
está la mujer bella, la de mediana edad,
postrada de rodillas, y un Cristo agonizante
desde su duro leño la mira con piedad.

En los ojos la carga de una enorme tristeza,
en el seno la carga del hijo por nacer,
al pie del blanco Cristo que está sangrando reza:
-¡Señor, el hijo mío que no nazca mujer!

Voy a dormir.

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito,

déjame sola: ¿oyes romper los brotes...?
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si el llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Hermana marginal

Por Graciela De Cicco (Rosario/Santa Fe/Argentina)

"¿Qué diría la gente, recortada y vacía,/ Si en un día fortuito, por ultra fantasía,/ Me tiñera el cabello de plateado y violeta...", al leer estos versos podríamos creer que se trata de una joven poeta sopesando la idea de convertirse en punk por un rato. Pero no, estos versos fueron publicados en 1918 en el libro El Dulce Daño y la autora es Alfonsina Storni (Suiza, 1892- Argentina, 1938).
Más allá del fatídico estereotipo de "poetisa" que, sobre todo en las escuelas le han calzado a la poeta, y que ha ayudado a alejar a muchas personas de su lectura, siempre existió un Alfonsina que fue más allá de las "vulgares mordazas"; una poeta que, a veces, logró quebrar las tradiciones modernista y romántica (léase ésta en Amado Nervo, por ejemplo) que la conformaban y que a su vez parecen expulsarla hacia otros ámbitos.
Obviamente no llegó a ponerse en las diversas filas de la vanguardia poética argentina de los años veinte, y casi todos los muchachos que participaban de ella se cuidaron muy bien de mantenerla al margen, y hasta a veces la atacaron. Recordemos estas palabras de Borges sobre su escritura, disparada desde la revista Proa: "chillonería de comadrita".(1)
Pero Alfonsina pudo más con su lucidez, con su pasión por el trabajo, con su iracundia, con su ironía; con esta conciencia: "...Ya me fatiga esta misión de rosa" ("Frente al mar", 1919).
Su tarea fue la de una mujer que empieza a tomar posición desde el lugar de nuevo sujeto social que iba tomando forma en la Argentina a comienzos de siglo, y que iba teniendo a algunas representantes, como fueron la sindicalista Carolina Muzzili (a la que le dedica un largo poema elegíaco) y la Dra. Alicia Moreau de Justo. Si bien no estaba en la vanguardia poética, sí estuvo en la del movimiento de mujeres.
Y es justamente en sus trabajos periodísticos donde Alfonsina muestra su fatiga ante la misión de ser rosa. Efímera presencia ornativa. Su presencia, sus escritos, crean más bien una molestia.
El 27 de Junio de 1919, en un artículo publicado en la revista La Nota escribe: "(La mujer) Podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista, pues feminismo es el ejercicio del pensamiento de la mujer, en cualquier campo de la actividad."
Elaborados estos textos desde un registro a veces irónico, y otros humorísticos, la poeta fue construyendo, lo que podríamos llamar, una pequeña base ideológica, que se sumaría a aquellos poemas en donde confluyen posturas combativas, de denuncia, de provocación.
Muestra de ellas podrían ser los versos del poema "La Loba" ( La inquietud del rosal , 1916): "Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,/ Que yo no pude ser como otras, casta de buey/ Con yugo al cuello; libre se eleve mi cabeza!"; o bien de "Hombre pequeñito" ( Irremediablemente , 1919): "Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,/ Hombre pequeñito que jaula me das./ Digo pequeñito porque no me entiendes,/ Ni me entenderás"; o estos versos del clásico "Tú me quieres blanca" ( El dulce daño , 1918): "Tú que hubiste todas/ Las copas a mano,/ De frutos y mieles/ Los labios morados. (...) Tú que el esqueleto/ Conservas intacto/ No sé todavía/ Por cuáles milagros,/ Me pretendes blanca/ (Dios te lo perdone)/ Me pretendes casta/ (Dios te lo perdone)/ ¡Me pretendes alba!".
Con este pensamiento, con este decir poético, Alfonsina Storni supo darle cuerpo a temas "tabúes" para el poetizar (y para la vida) de las mujeres. La poeta adelantó lo que lo que sería, más tarde, el lema de la segunda ola feminista de los años 60 y 70: " lo personal es político". La representación de las mujeres encuentra en los poemas de Storni una expresión compleja, vertiginosa. Inocente, a veces, en lo formal, o más bien obediente. Pero siempre adelantándose, temáticamente, un paso respecto a sus contemporáneas.
Indudablemente, el dúo compuesto por ella y Delmira Agustini supo resquebrajar los moldes pacatos de una época rioplatense. A ellas habría que sumarles los nombres de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.
Todas ellas, junto a la Alfonsina feminista, maestra, periodista, poeta, colocaron las piedras fundacionales de una genealogía que, sobre todo las mujeres poetas, deberíamos proponernos (re)descubrir, (re)crear, sostener, difundir y extender.

Nota:
1- "Mientras los escritores suelen alabar la sencillez de la paloma, castigan de forma invariable la astucia de la serpiente, al menos cuando esta astucia se ejercita en su propio beneficio. De modo similar, la resolución, la agresividad -características todas de una vida masculina de «acción significativa»- son «monstruosas» en las mujeres precisamente por ser «afemeninas» y, por lo tanto, inapropiadas para una vida suave de «pureza contemplativa». Gilbert, Sandra y Gubar, Susan, La loca del desván , pág. 43.

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINAS

Memoria del trasmundo

XVIII
Soy nuevamente Eurídice, caída
no en el lívido abismo de la muerte
sino en el páramo de la vida.
Eurídice
enredada en las raíces del mundo
pactando aún con la tierra informe
y bella como un ascua de oro.
Mis pies rozan los tréboles húmedos de la madrugada
y el rocío divino lava mis cabellos.
Soy Eurídice y vago enamorada
por un bosque sin ruiseñores
entre zarzas que ya no resplandecen.
De los árboles baja la luz gimiente de las últimas estrellas.
La rueda de los tiempos se ha detenido,
los muros sin ruido se deshacen
y la vida continúa en el sueño.
Soy Eurídice, dichosa,
y aguardo la barca de la música
el canto de violines nunca oídos.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Girándula

Sueño, sueño. Qué es este sueño que me invade y no me deja me hunde y me lleva por laberintos lóbregos.
No están ni Ariadna ni Teseo ni Bécquer ni Alfonsina.
Qué son estas fuerzas locas de dormir y dormir
Despierto en la hierba, siempre en la misma hierba.
Es temprano. Me levanto. Bebo el rocío y recomienzo el día igual y duplicado.
Quiero fugar mis luces, atravesar el cielo, sobrevolar los astros, hundirme en el mar, besar su fondo, enredarme en las algas, esclavizar las rocas.
Ser los arrecifes que envidian las sirenas.
La arena me convida con caracolas ávidas.
Desdeño hasta los nácares, las quietudes del alba y de la piedra. La clara oscuridad más fría conjuros.
Las olas que se rompen y estrellan las costas.
Quiero ser sólo espuma, coral arrebatado.

Y aguardo la girándula fiel que me robaron,
una tarde de amor que nunca ha vuelto.

Isabel Roteta (Buenos Aires/Argentina)

Altri Tempi

Las salas enfundadas como inmensas corolas. Y un secreto soleado:
el país de los patios. (Se decía glicina, heliotropo, diamela,
como hoy se dice ADN, sidaico). Aquel cielo privado,
con chicos y canarios y huertos y murales de macetas pintadas,
era de veras cielo. (Entonces lo ignorábamos).
Nunca imaginamos que lo fuese, hasta ahora, en que hemos
cumplido nuestros propios infiernos. Aquellos cielos
bajos, a ras de tierra, humanos. Todavía a salvo. Allí donde ser niño
era tener abuelos en la casa y amarlos,
dejándolos vivir libres de vaciaderos de viejos:
adiestrados espectros que siempre se demoran demasiado
en morir y dejar limpio el mundo,
que ya no tiene patios, ni destino, ni tiempo.

Ser niño era pedirles que nos dieran la mano, porque teníamos miedo.
Y volver a pedirles que nos contaran cuentos, (que eran verdad,
ahora lo sabemos). Y llorar junto a ellos penitencias y encierros:
¿había que educarnos...? (Se decía señor y plegaria,
respeto, con manso olor a incienso y a sopa obligatoria,
a almidones y ungüentos).

Se decía Maestro y en el cuaderno único cabía el universo.
El padre, con arrestos de patriarca doméstico, tenía ?autoridá?.
Y la madre, dulzura (por amor o por tedio).
Lo cierto es que la casa nunca estaba vacía
(la mesa familiar, otra inútil reliquia) y la abuela, el abuelo
?una especie de puerto del buen regreso?
eran sencillamente viejos: con todos los derechos a morir
en su casa, en su cama, en su llaga, en su pulso, en su tiempo.
Sin adiós intensivo. Sin pactos terminales de abandono y silencio.
En fin, sólo fantasmas de cielos y otros tiempos.

Ana Emilia Lahitte (La Plata/Buenos Aires/Argentina)

Tienes que

Tienes que contar las cosas de tu vida
como un alumbramiento.
Como si fuese una canción de cuna
inventada otra vez.
Diálogo interior que siempre nace
aunque parezca muerto.
Tienes que contarte desde el niño,
o desde aquella fuga de jilgueros y de sueños.
Tienes que contarte todo
con comas y con puntos suspensivos.
Las preguntas girantes
caminando por cada vuelta de la vida.
Desatar en el aire cicatrices
y después regresar.
La memoria cansada de tanto esfuerzo gris.
Y después caminar por el cielo
gris rosado de otoño a contramano.
Pegarte en el cemento y el arrullo.
Que es posible también, aunque te cueste,
una moneda como lloviznada
brotada al fin.
Desde el olvido.

Rosa María Sobrón (Entre Ríos-Buenos Aires/Argentina

Misión.

Ví el sendero tendido ante mí
y vengo,
con mis sandalias, mi nostalgia, mi oscuridad.
Tal vez un poco extraña, conmovida,
segura de tener por delante
algún tipo de misión.
...el sol sigue girando en el centro,
abrazando los verdes
con esa furia de luz poderosa.
También siguen
el olor a pasto fresco
y a ciudad fatigada.
Pero hay cosas que debo ayudar a cambiar,
por ejemplo,
encontrar un modo nuevo
de responder al lenguaje
con que nos habla la in-humanidad,
Tal vez palabras de ángeles
pronunciadas con cautela,
tal vez el idioma del coraje y la lealtad.
Pero no más movimientos de hombros
como única respuesta.

Pilar Romano (Corrientes/Argentina)

Pozos

Días pasados, yendo por la rue Royal, me topé con un lector apasionado. Su figura me impuso todas las dimensiones de su ahogo y no tuve más remedio que paralizarme y sucumbir ante la inmaterialidad de su presencia.
Un lector tan evadido es como un niño haciendo pozos en la arena: vaya uno a saber cuántos océanos vierte en esos pequeños orificios.
Yo me topé con su aparente cuerpo entero, apoyado contra la pared, sosteniendo el libro con las dos manos. Su escisión del mundo era maligna. Las palabras le habían llenado la cabeza y los cabellos le caían hacia abajo como la hiedra colgante de un balcón. Sobre sus hombros se veía parte de un movimiento marginal: leía poesía.

Miriam Cairo (San Nicolás/Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La noche inmensa

Por Irma Verolín (Buenos Aires-Argentina)

La luz de la tarde se había ido achicando hacia atrás y hacia abajo, como si algo muy desde el fondo se la hubiese tragado. Poco a poco y, al parecer, medio mordida por el fondo, se había aferrado a un azul, a un lila, hasta convertirse en noche.
Ahora, por fin, yo estaba en mi pieza, cerca de la ventana con las cortinas descorridas, mirando detenidamente la noche que, sin lugar a dudas, era inmensa. Nadie pero nadie me hubiera podido quitar la idea de que la noche era más grande que no sé qué. Estaba totalmente segura de que, más allá de cada uno de los cuatro lados de la ventana, la noche, con su tamaño descomunal, continuaba. Tenía la certeza de que nunca podría terminarse en los costados de aquel rectángulo porque, además, había aprendido que las cosas oscuras tienen la costumbre de confundirse con su sombra, razón por la cual la sombra acaba finalmente confundiéndose con ellas. También sabía que la sombra de la sombra se confunde con la sombra. Y así hasta el cansancio.
De modo que, aunque pobremente reducida a un rectángulo, la noche se presentaba frente a mí y, allá adelante, al mirarla, me encontraba: en el vidrio oscurecido aparecía el reflejo de mi cara, redonda, alegre, con sus grandes ojos. De pronto, en el comedor, sonó el teléfono. Giré la cabeza. Entonces me quedé mirando el picaporte de la puerta con mucha atención. Brillaba. Era de bronce y brillaba con lujo y alarde. Yo seguía mirándolo cuando fue presionado y entró la abuela. Ella tenía los ojos enrojecidos; estuvo apoyada contra el marco de la puerta durante un rato. Luego espiró el rectángulo de la ventana y, ahí mismo, en ese preciso instante, me pareció que los ojos se le caían de la cara. Quizá se le cayeron porque bajó de repente la cabeza y ya no pude vérselos. En seguida dijo:
Tu mamá se fue al cielo.
Sin levantar la cabeza, la abuela salió. La puerta, al cerrarse, produjo un ruido seco, feo. Volví a mirar la ventana. Contemplé la sombra de la sombra de la sombra de la noche mientras la chica de cara redonda y ojos grandes me miraba a mí. No era fácil entender qué había querido decirme la abuela. Y, a lo mejor, entre otras cosas, para averiguar si aún estaban los ojos en su cara, le pedí con voz bien fuerte para que me escuchara:
Abuela, abuela, traéme un vaso de agua. Tengo sed.
Como la abuela no vino yo pensé que se la había tragado el fondo que había convertido la tarde en noche. O que andaría por allí, entre el desparramo de sombras, preocupadísima, buscando sus ojos.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

La narradora - Al Oeste – Gloria de Bertero – Editorial Vinciguerra – Argentina – 312 páginas –

Gloria de Bertero es una escritora de destacada trayectoria, que aborda varios géneros en su producción literaria. Poesía, narrativa y ensayo. En todos, el conocimiento y una aguda visión del mundo interior del ser humano, la lleva a analizar los ejes impulsores de cada texto y a esmerarse en el lenguaje empleado.
En los poemas, el lector se solaza con una imaginación delicada, de raíz íntimamente femenina; en las narraciones recrea situaciones comunes insertas en el orbe de lo fantástico, y en los ensayos, es una certera y exhaustiva investigadora, que trata de hacer comprender el accionar de sus mujeres, dentro de las circunstancias históricas de cada una de ellas.
Si nos referimos a la obra narrativa de Gloria de Bertero, nuestra sensibilidad se ve sacudida por la agudeza de su creatividad literaria, y, a la vez, por el hondo contenido humano de sus cuentos.
A la par del depurado lenguaje, de las cuidadas e innovadoras expresiones con la que nos acaricia por dentro, tiene, también, toda una estructura narrativa construida con precisión y sin desperdicios, sobre los valores fundamentales del hombre. Así, la temática universal del amor, la vida, la muerte, se ve enriquecida con sutiles matices, con variables tonalidades intermedias -más bien dentro de la gama de los grises- ya que, como en la vida misma, no todo es blanco ni todo es negro, en modo extremo.
Sus personajes, como han señalado algunos críticos, son eminentemente humanos, con las variables de ajuste propias de seres reales pero inmersos en un mundo de ficción. Esa ficcionalidad promueve situaciones y actitudes en ocasiones fantásticas, irreales, que, sin embargo, son protagonistas que aceptan los hechos con la simpleza y la sencillez de lo cotidiano.
A simple vista, podría hablarse de realismo mágico, a la manera de los cuentos de Isabel Allende o, mejor aún, de Gabriel García Márquez. Personalmente, no me atrevería a ese trasplante, ni a tildar de realismo mágico, a los breves pero emotivos cuentos de Gloria de Bertero. Más bien, los inscribiría como una versión autóctona, renovada y femenina de la literatura fantástica argentina, trazada en su momento descollante por el maestro Borges. Pero más allá del reconocimiento de lecturas o no de distintos autores, el valor intrínseco de Bertero narradora, radica en varios factores de peso:
1. Diferentes puntos de vista de un narrador -y protagonistas- mayoritariamente femeninos.
2. Un profundo simbolismo en los temas elegidos, que se rastrean a través de circunstancias comunes, llevadas al límite de lo inexplicable.
3. Una particular destreza para subrayar lo esencial de cada situación, y capturar el interés y la avidez del lector.
4. Un lenguaje con economía de recursos, que no le hace mella, sino que resalta los breves pero hermosísimos destellos poéticos.
Con respecto al primer punto, aunque no comparto aquello de que hay un modo de escribir propio del hombre y otro propio de la mujer, sí creo que hay intereses particulares según el sexo del autor. Con la firmeza de sentimientos de esta autora, en sus cuentos la mayoría de los protagonistas son mujeres y las variaciones de circunstancias tienen, en gran medida, referentes femeninos. Y esos personajes mujeres son seres comunes, atados a prejuicios con o sin nombre, que todos llevamos sobre los hombros de alguna manera, seres movidos por el amor a la familia, a los hijos, al hogar, al compañero.
La temática de la muerte, por ejemplo, aparece a veces pintada con tonos fatalistas, pero sin embargo, se rebela en los casos de la muerte joven, o de la muerte injusta. En otros, la fatalidad se avizora a través de pequeños datos, leves presagios que el hablante imaginario va sembrando a lo largo de la narración, hasta llegar al desenlace inevitable.
La brevedad de sus relatos hace que el lector los recepcione en su totalidad, como un "núcleo narrativo", en el que los componentes de esa situación comunicativa están interrelacionados con trazos concisos y precisos. El mensaje situacional tiene siempre una profunda connotación que apunta a la generalidad y que la autora no pierde de vista en ningún momento. El manejo de ese estilo ágil y ajustado a la meta final, exalta el goce que experimentamos al leerlo.
Relacionado con la idea anterior, su capacidad expresiva se amplía y se enriquece con la veta lírica de la que disfrutamos por breves pasajes. Me he preguntado, sobre este punto, si esos momentos descriptivos tan bien logrados, no están `puestos a propósito, para reconfortarnos el alma ante algunos planos dolorosos o injustos, pero tan cercanos a la vida real.
Me gustaría detenerme en forma especial en el cuento "Al Oeste", que da título a uno de sus libros.
Ya en el comienzo, el planteo de situación nos ubica en el nudo narrativo: "Desde tiempo atrás, un extraño impulso me obligaba a mirar hacia el poniente... Esto me hizo comprender... que sucumbiría sin remedio".
Se plantea la hipótesis, que ya es causa y efecto a partir de un solo hecho, pero que solamente descubrimos al final del cuento. Un ciclo perfecto, desarrollado a partir de lo que, aparentemente, es sólo una idea fija, una obsesión del protagonista (aquí es un hombre, aunque lo reconocemos en la última parte del relato).
La autora nos va dando algunos anticipos del desenlace. "miedo ácido" […]"el viento que musita no sé qué estremecido asombro" […] "intangibles presencias" […] "suspiros quebradizos y antiguos" [...] "tétrica compañía"[…] "tomar posesión de los recuerdos" […]"estrenando fantasma".
Entre los oscuros presagios, bellas descripciones cortan la tensión como para distraer el lector con otras facetas de la vida: "... veía olear el campo como un mar verde que mostraba en sus crestas futuras espigas..." "la llanura se metamorfoseaba con el cielo. Era cuando el cielo de lino se derramaba sobre la tierra, o se traducía en extensiones robustas y plenas de sol" y en otro momento: "...molinos azulosos de viento con su rueda deteriorada, florecida de zinc…".
La historia en sí misma nos habla del imperioso deseo del protagonista (narrada en la persona) de llegar al Oeste (así en forma vaga, sin mayores precisiones sobre el lugar en sí). Los indicadores espacio-temporales, ubican la acción desde el tren, luego en la estación anhelada y siempre en las horas del anochecer, llegando ya al mundo de las sombras. Hacia la noche, se devela el misterio.
La connotación literaria apunta al simbolismo de lo que en Geometría llamaríamos una parábola. La vida misma, como el sol (fuente de vida) nace en el este, a medida que el tiempo transcurre, las circunstancias de cada ser humano van dibujando una línea curva que se aleja de su origen, hacia al otro punto extremo, sobre la línea recta del horizonte (la existencia). Cuando esa curvatura comienza a descender -como la energía vital- se acerca hacia el poniente, inexorablemente.
El paralelo entre la vida humana y el transcurso del día o de las estaciones del año, a medida que camina hacia su propio final, es un tema de validez universal en la literatura. Aún cuando aquí, con la sutileza de una escritora que conoce en profundidad su oficio, no se menciona para nada la palabra "muerte". Se habla, sí de que "...había encontrado al fin el descanso total del Oeste buscado durante tanto tiempo".
Desde mi punto de vista, lo entiendo como un mojón literario, un cuento con ribetes fantásticos, que aborda con simbolismos y con maestría estilística el tema de la finitud del hombre.
A tal punto llega esa unidad narrativa entre el fondo-símbolo y la equilibrada estructura que lo sostiene, que lo convierte en un relato que pudo haber sido escrito cien años atrás y que podrá ser leído con el mismo placer, dentro de otros cien años atrás y que podrá ser leído con el mismo placer, dentro de otros cien. Aquí, el peso del kronos, (el tiempo) nos impregna de un sentido igualitario, con el destino común de todo ser viviente, a la manera de los cuentos nedievales o de las clásicas Coplas de Jorge Manrique.
Entiendo, decía, que, al asumir esta temática universal de raigambre filosófica bajo la forma de símbolos y con su delicada sensibilidad narrativa, Gloria de Bertero, ha escrito un cuento intemporal, sumamente valioso, para destacarse en los anales de la literatura de nuestro país.
De mismo nivel y también extraído de su libro "Al Oeste", es el cuento "La grieta". Con este relato de un amor que va más allá de los límites de la vida, que habla de un amor firme y perdurable, es posible trazar una línea paralela con el clásico "Soneto del amor más poderoso que la muerte", de Francisco de Quevedo (Barroco Español, siglo XVII).
Si volcamos el argumento de esta obra de Bertero a través de un gráfico, vemos que todo se desarrolla a partir de seis (6) núcleos narrativos: Denotación:
Andrés y Teresa se casan: It: "en el mes de las rosas"
Se anuncia el hijo: It: "cada nuevo mes...rosas"
Muerte doble (NUDO):
Andrés lleva: rosas: It: "rosas sobre la tumba"
Otras rosas: It: sobre la tumba.
Grieta: It: "crece un rosal"
En ambas, el cuento y el soneto, encontramos un lenguaje con economía de recursos, para no dilatar el desarrollo de los hechos y restarle importancia a la acción narrativa (cuento). Dada precisamente su brevedad, sólo aparecen algunas pocas descripciones veladas por un lenguaje metafórico que maneja con precisión: "La fuerza redonda del anillo…" "...el aire cuadrado de la habitación sabe a cielo en el finito cielo de la tierra..." "Teresa con su hijo emprenden otro viaje.." "..Andrés es esa sombra opaca que circula por el mundo..." "...a la hora en que a los muertos se los cierra detrás de los altos paredones..." son algunos ejemplos.
En el soneto, la muerte es la "postrera sombra", y en la narración, es Andrés, la sombra de un ser viviente. Pero ambos avanzan sobre juegos de palabras: obviamente, el poema por ser tal, y por su concepción barroca, se desenvuelve entre alambiques de antítesis e hiperbatones. En los dos, el vocabulario es cuidadoso, seleccionado y empleado en su justa medida. Así como dijimos que la narrativa es concisa, tal vez respondiendo a un afán perfeccionista, en la poesía, por la misma estructura fija y exacta de un soneto, cada palabra es pensada y elegida partiendo desde dos direcciones: desde la imagen y desde el concepto.
En lo que hace a las metáforas, para referirse a la muerte Gloria de Bertero habla de que "emprende otro viaje", y que Quevedo, se hace mención al río Leteo, el río del olvido, que separa la vida de la muerte, "mas no des otra parte en la ribera/ ..." Hablamos de economía de palabras en el cuento, pero debemos subrayar que las oraciones son muy breves y seguidas de puntos suspensivos, sugiriendo una continuidad no explicitada en el texto: "Esposos..." "Para siempre..." "Lo que Dios ha unido..." "Se vuelven..." "Avanzan..." "Viajan..." "Retornan..." "Es el hogar..."
En cuanto al punto de vista adoptado, en el cuento se utiliza la tercera persona, del narrador omnisciente, y en el soneto, la primera persona del protagonista (propio de las expresiones líricas).
En ninguno de los dos hay especificidad de a quién va dirigido, pero están íntimamente unidos por actitud de rebeldía ante lo finito del hombre, por el hecho de no aceptar los designios que separan a los amantes. Ambos se entremezclan en un mismo grito de no resignación, de no aceptación de la fatalidad, hay una confrontación con las leyes naturales motivada por el dolor en común, por la angustia opresiva, que genera la muerte cuando trunca el amor.
En el soneto, el verso final: "Polvo serán, más polvo enamorado", y en el cuento, la expresión: "Lo que Dios ha unido... ¿Lo desatará Dios después de la muerte? Ni Él podrá.", forman el eje temático.
En estas palabras, está el leit-motiv de las obras, el punto fundamental de todo el planteo. Vale la pena recordar que el tema de las transformaciones maravillosas de los amantes desdichados -como en el cuento- es un motivo poético de carácter universal que encontramos en numerosas leyendas y tradiciones de diversos países. En el nuestro, sin duda, las leyendas aborígenes sobre ejemplares de la fauna y la flora, son muchísimas y muy pintorescas. Es en estos casos cuado lo fantástico roza las raíces míticas del imaginario popular, cuando se relaciona la narrativa de Bertero con el realismo mágico (Ej. "Con Belsebú en las entrañas", "Tárkar", "El pájaro blanco", etc).
Hablamos del meollo, de la denotación de dos producciones que se desenvuelven cada una en su género, a través de dos cuartetos y dos tercetos en uno y medio de núcleos narrativos en otro. Pero como punto en común, comparten el aspecto connotativo. En ellos vemos: la exaltación del amor como el sentimiento más profundo y conmovedor que experimenta el ser humano. El amor como principio y motor de las acciones de los hombres, como un estado de espiritualidad pleno, casi mágico, ya que perdura más allá de la vida de los enamorados. El amor, como el único camino de permanencia en el tiempo, para vencer a la muerte, precisamente, pro su aspecto de plenitud del alma.
Como hemos dicho al comienzo, Gloria de Bertero trabaja en muchos casos, con símbolos ya sean creados por ella misma o recurriendo a la literatura universal. En este caso, el símbolo de la rosa.
El clásico paralelismo entre la flor y las etapas de la vida humana, se enriquece aquí con el concepto de la fuerza del sentimiento que puede perdurar, superando aún la limitación de la carne. Procesado con un lenguaje culto, propio, se profundiza con las metáforas que -como es parte de su estilo- va mechando aquí y allá a lo largo del cuento.
Un tema universal: el amor y su lucha por doblegar la adversidad, y una destacada narradora que despierta el entusiasmo del lector desde un principio y mantiene la tensión hasta el final.

Belkys Larcher de Tejeda (Coronda/Santa Fe/Argentina)

PAGINA 10 – POETAS OLVIDADAS: ELDA MASSONI - 1938 / 2001 (Ataliva-Rafaela/Santa Fe / Argentina)

La llanura cabe dentro de la ventana.
Si los postigos se cierran
ella cruza hacia el lado de adentro
y domina la casa con su olor a pasto
y a sudor de caballo;
habita los rincones y los suspiros
sin pensar en la irrespetuosidad
de fecundar todo lo que halla a su paso.

Irrumpe en el cascabeleo de los sueños
esa llanada omnipotente;
chapotea juguetona en la sangre,
trepa a los ojos
y tiñe el mundo de verde,
verde musgo, verde oliva, verde ciprés,
verde de hoja tierna,
verde amarillento,
verde sensual y absolutista.

Ah, dejarse seducir por el llano.
Abrir la ventana y sentirlo saltar,
lujurioso, primitivo.
Cósmico placer de su larga caricia
horadando la piel,
intentando llegar al alma.

¿Dónde nace la hebra de silencio?

Desanudando sandalias andaba aquel verano,
en el polvo y la llaga,
con un sol casi líquido dejando amarillo el campo.

Pero dónde encontrar su cueva.
Sólo se la ve cuando sale a dominar
y se hace profunda, espesa,
como sangre brotando de la herida caliente aún,
cuando no duele.

Entre los pastos suelen tejer las arañas.
Los hilos apenas visibles atan extremos, algunos distantes,
como un pueblo y otro, por ejemplo. O como la mano del músico y
la espuela del jinete.
Conexiones sutiles.
Todo está vinculado entre sí. Nada queda desligado, suelto, independiente.
Elemento y situación se relacionan, siempre.
Los ojos se conectan con la luz y sus transparencias. Los sentidos también. Y el pensamiento.
La araña no es más que un punto de referencia. Visible, palpable.
Claro que la araña que con su ponzoña agrede al hombre está enviando su mensaje. A veces resulta la estocada mortal. Ella sabe.
Entre los pastos quedan los residuos de los hilitos misteriosos.

Amar la tierra
Amar su corazón abierto para recibirnos en la muerte
y la generosidad de su lomo que soporta las pisadas.
Cobijante tierra, alfombra de gramilla, nido de perdices,
porción sensitiva del universo, suave gigante que pervive,
milenaria.

Todo le pertenece:
el pensamiento que se elabora sobre su piso, el alumbramiento,
el adiós.
Amarla con su polvo volátil y pegajoso,
sus misterios indestructibles
y su osadía diaria de sombra y luz.

Catalina, Idela,
Adelina, las mujeres de la casa.
Antigua casa, amplia cobijante de campesinos, niños y gatos
(oh los gatos deleitándose en la nata),
rito espumoso del tambo al alba)
Mujeres del dulce de higos y los tumines,
abundosas de ternura y mansedumbre.
Heroínas del bordado, chales, nabos del huerto.
Purificadoras de la historia breve de labriegos en asombro,
lanzados a la aventura del surco y el silencio.

Por el túnel del exilio
marcharon muchos campesinos.
Abandonaron madrugadas rojizas, huertas enormes
y el paisaje plano siempre yéndose hacia el infinito.
Dejaron horquillas, arados, sombreros.
Olvidaron leña apilada, frutos aún verdes,
la montura, baldes de acero,
la achicoria en su almácigo rotundo.

Acaso adivinaron que morirían un poco
en el viaje hacia la luz artificial
(universo del ruido y la oficina)
¿O acaso creyeron que el edén los aguardaba
al final de la desolación y la distancia?

Siempre confían en el retorno
los pájaros que miran el camino.
Cada vez que una lluvia lava las galerías
está preparando un regreso.

Pero, quién,
quién osa volver a empaparse de silencio.
Quién se atreve a ser otra vez partícula
absorbida por la pampa vasta…

PÁGINA 11 – Narrativa

Mal abono

Por Martha Perotto (El Bolsón/Río Negro/Argentina)

Cuando compró la chacra lo hizo enamorado del panorama. Situada en un punto alto permitía divisar el valle. La compró en primavera, cuando el verde es nuevo y lleno de promesas.
La lluvia abundante hizo crecer el pasto. Le llegaba a las rodillas cuando adquirió un semental, cinco vacas y dos terneros. Su proyecto era instalar un tambo. Cavó canales para riego, hizo la quinta, arregló cercos, reparó techos. Los frutales se cargaron de flores y cuajaron en frutos.
La vivienda era una cabaña de troncos. Tenía techo de tejuela y estaba ubicada en una loma. En los momentos de descanso le gustaba sentarse junto a la ventana, con un libro abierto como excusa, para dejar vagar la mirada. Al frente, un arbolito le entorpecía la visión.
Al principio lo aceptó como algo dado pero poco a poco comenzó a fastidiarle. Tendría que modificar el jardín.
Llegado el otoño, la despensa estaba llena. Las promesas se habían convertido en realidad: los quesos caseros se alineaban junto a los tarros de dulce y de conserva. Los hongos secos lo contemplaban desde los estantes al igual que las cerezas al natural y las truchas en escabeche.
Entre tanto, las hojas habían caído y pensó que era hora de trasplantar el molesto arbolito. Con el peón, hicieron un pozo grande alrededor y lo levantaron con el pan de tierra. Algo les llamó la atención en el fondo del pozo: parecían huesos. Se acercó curioso y los removió, eran humanos.
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El viejo policía examinaba los huesos que iban levantando sus dos ayudantes. Después, los acomodó en una caja grande y dijo:
- Son los restos de dos personas. Me los llevo para estudiarlos.
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Como todos los días, el chacarero le acercó una jarra de leche a su vecina, una anciana de cabello blanco que solía relatarle historias del lugar. La encontró mirando las plantas junto al alero.
El joven le contó lo sucedido. La vio palidecer y perder el aliento. Tuvo que ayudarla a sentarse y comenzó a hacerle preguntas. La viejecita no respondía. Preocupado, buscó en la casa y le trajo una copita de licor. Recuperados los colores, la escuchó hablar así, casi en un murmullo:
- Ya no tiene sentido guardar el secreto: se mataron por mí. Fue un duelo con cuchillos. Mateo, el que fuera mi esposo lo presenció. El ganador se quedaría conmigo. Yo tenía quince años y era muy hermosa - se pasó una mano por los cabellos -. Los tiempos eran difíciles. La ley no llegaba con frecuencia y los pleitos los arreglaban los interesados.
“No sé qué hubiera sido de mi vida si alguno de ellos triunfaba. Eran dos hombres duros, aventureros. Yo era muy tímida y probablemente hubiera tenido que aceptar al ganador”.
“Vivíamos con mi madre en esta misma casa. Esa chacra que usted compró era de un porteño. Ellos eran los caseros y Mateo era su peón. Tenía veintidós años y era un lindo muchacho. Solía traernos la leche cada día, así como usted, a mi madre y a mí. Conversábamos mucho los tres, le gustaba inventar historias. Nunca me habló de amor. Los otros sí lo hacían y de un modo brutal. Varias veces habían peleado por mí”.
“Esa noche seis detonaciones nos sorprendieron. Mateo nos contó más tarde: habían bebido. El mayor intentó asesinar al otro descargando el revólver contra él. No logró darle”.
“El agredido se alejó y se escondió hasta que supo que se habían terminado las balas. Entonces, desenfundó el facón y volvió a subir a la casa desafiando al mayor. Mateo observaba como paralizado. Se acuchillaron entre sí. El menor sobrevivió al otro unos pocos minutos, luego murió también”.
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La anciana se había detenido en la narración. Por un momento pareció sonreír y retomó el hilo:
- ¡Mateo era un muchacho tan bueno! No quiso que mi nombre se viera mezclado en un asunto turbio y los enterró. Aprovechó el pozo que habían preparado para plantar ese arbolito. ¡La verdad que no ha crecido mucho pese al abono...!, ¡es que no eran buena gente...!
“Mateo, después, habló en el pueblo de un viaje inesperado que no sorprendió a nadie... porque solían desaparecer por temporadas. El siguió a cargo de la chacra y empezó a cortejarme. Al año, luego de morir mi madre, nos casamos y vivimos aquí, en esta propiedad; Mateo siguió cuidando la de al lado hasta que murió. Bastante tiempo después, se la vendieron a usted”.
“Esa es la historia, como todos los protagonistas están muertos ya no tengo por qué ocultarla”.
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El chacarero terminó de relatar al comisario lo que la anciana le contara. El servidor de la ley se tomó su tiempo para armar y encender un cigarrillo, luego, acomodándose mejor en el sillón del escritorio le preguntó:
- ¿Cuántos años tiene la señora?
- Ochenta y cinco.
- Es una historia muy romántica y el marido fue un buen hombre. Yo lo conocí: trabajador, puntual y calculador. La amaba mucho. Podemos dejarla así, es una historia conveniente.
- ¿Por qué dice eso? ¿Acaso piensa otra cosa?
- No, mejor no dudar de la versión de la anciana. Eso sí, le pido que no lo comente con nadie: los restos tenían, cada uno, tres agujeros de bala en la parte posterior del cráneo.

PÁGINA 12 – POETAS AMERICANAS

Desde la verdad que habitas

Amamanto tu piel
desde las lunas sin leche
y las noches sin estrellas,
sólo yo sin madrugada,
sólo yo en la noche que se tamiza de noche,
de oscura palabra escondida en tus pupilas
sin tonos falsos de poema.

Desde mi parte cuerda
tejo hiedras para cubrir tus muros sin pintura,
sin ascos, sin promesas infértiles
que rompan los dioses de barro.
Me ensucio las manos de tus latidos
sin repugnancia, sin espanto entre los dedos.

Nada puede concebir
en simuladas refulgencias
el desnudo acento de las aves,
yo tengo el canto real
de las miserias y las pasiones
encerrados en la estela hueca de mis ojos.

Issa Martínez Llongueras (México)

Poema del arrepentimiento

Me arrepiento de la lluvia,
de no correr descalza debajo sus desmanes.
De no haber chapoteado nunca más
en la breve marea de sus charcos prohibidos.
De no lanzar la piedra que fractura
sus tímidos espejos sobre el barro.
Y de no saborear su helado gusto
a bosques sorprendidos contra el viento,
con los labios abiertos y voraces
en mitad de la fiesta total de la dulzura.

Me arrepiento del granizo.
De no herir mi paraguas con sus repiqueteos.
De no danzar como antes bajo sus estandartes,
cuando los entusiasmos ahogaban los temores,
y el cuerpo no era más que instrumento sumiso
para tocar sin miedo todas las melodías.
Me arrepiento del relámpago.
De haber vencido su terror primigenio.
De no ser traspasada nunca más
por su espeso rugido de fiera inabarcable.
Y de cerrar los ojos
ante su azul despliegue en la tiniebla.

Me arrepiento del amor.
De prevenir sus fiebres violentas y magníficas,
de asordinar sus gritos y sus cantos mortales,
de no caer de nuevo una y otra vez
bajo su llamarada.
De no soltar sus locos desafíos
bajo el albo reto de las sábanas,
o sobre las arenas, o en las mesas del goce
donde la desnudez es la entrada a la gloria.

Me arrepiento, en fin, de arrepentirme.
Quiero llevar mis culpas y mis goces
intactos e irredentos.
Nos llevamos la fiesta, la intensidad, la ofrenda,
el fruto y el poema, el terror y el exceso,
la lágrima y el ángel, la canción y el silencio.
Que esperen para siempre mis arrepentimientos.

Julieta Dobles (Costa Rica)

El amor y sus iras

10
Ando pensando en vos,
rojos recuerdos asaltan mi jornada,
mi lengua desea el filo de tu boca
mi piel reclama por piel
mis pezones te acechan
mi vientre es ahora
salvaje tras tu huella.
Asustada mi mente dice no
no puede ser, no debe ser,
es imposible que pase lo que pasa
pero mi corazón, sencillamente,
se asombra y se confunde
llama al claro del alma para lavar las culpas,
no lo dejo
porque no puede ser, no debe ser
y sin embargo
ando pensando en vos por todo el día
ando queriendo verte y abrazarte
sigo pecando
en alma y en deseo.
No sé si esto es amor
pero parece

Waldina Mejía Medina (Honduras)

hay tantos presos en mi país

hay tantos presos en mi país
en mi primera persona del plural
que ya no se puede
dónde estarse a salvo
las madres no aciertan con sus vientres
y regurgitan el corazón
cuando oyen un motor diesel
lento
cerca
la memoria está preñada
-seccionado el nervio-
águilas oxidadas sobrevuelan el aire
se cierran las puertas
y las ventanas en voz baja
- nadie pregunta los nombres-
en las noches
se encienden tubos de neón
y se huele
y se oye

Sylvia Riestra (Uruguay)

Tango

Música atrevida
se acomoda en las pinturas, roza las paredes,
se desliza por la raya oscura
de la esquina
saborea la luz desvanecida
caída en los reflejos de los vasos,
lame los dedos que los levantan
y la bebe hasta el fondo.
Metida en los labios se deja tararear.
Humedecida por la lengua
se pega al aliento
se despereza en la garganta,
allí, sedosa, la oscuridad la alude en los ecos
y se enrosca en las cuerdas subiendo y bajando,
frotándolas hasta que gimen su sonido.
Música atrevida, oliendo a café y medianoche
cosquilleando el estómago
penetra honduras cálidas que jadean al compás
Toda adentro excita, crece,
se expande
quisiera brotar desde donde todos bailan
conscientes de temblores,
y al compás de sí misma, desdoblarse.
Música atrevida, llenándome
de esta pasión pasiva
anegándome
con presencia de riesgos silenciosos.

Nela Río (Canadá)

En soledad

I
Me duele el alma de tanta soledad acumulada.
Polvo amargo que me cubre.
No hay escape, círculo vicioso donde rueda la angustia.
Abro las puertas una a una
y me topo con tu cara pálida de madrugadas,
sin sol y sin caminos.
A ratos te detesto porque me encasillas al filo de la nada.
Soy huérfana girando en la ruleta de la vida
A ratos te añoro cuando la selva de asfalto me asfixia,
cuando palabras necias me acorralan
y siento que hasta la sombra de mi sombra me persigue,
entonces te invoco y no vienes, te llamo y me esquivas,
grito tu nombre en las ventanas de la noche,
danzo con los siete velos bañándome en el humo de tu aliento.
Hechicera, mal de ojo,
te adueñas de mi vida y pasas a morar en mí como en tu propia casa.

Mariana Falconi Samaniego (Ecuador)

PÁGINA 13 – Artículo ensayístico

Gilles Lipovetsky y Victoria Camps intentan redefinir la situación de las mujeres (1)

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Mientras la publicación del ensayo La tercera mujer, de Gilles Lipovetsky, genera polémicas, la filósofa española Victoria Camps propone, en su libro El siglo de las mujeres feminizar a los varones y hacer del problema de las mujeres un problema de toda la sociedad. A meses de entrar en el siglo XXI, los movimientos feministas parecen haber fracasado, y las desigualdades entre hombres y mujeres siguen existiendo: en algunos países las condiciones de desigualdad, inferiorización y sometimiento de las mujeres son aberrantes. También en este fin de siglo los hombres se han vuelto más femeninos y las mujeres más masculinas. Los roles de hombres y mujeres han cambiado y nadie parece saber cuáles son. Pensar que las relaciones entre los sexos son de naturaleza política, como lo hace Sylviane Agacinski en su libro Política de Sexos, de editorial Taurus, es admitir que los dos sexos han escrito la historia de sus relaciones cada uno con los medios de que disponía y cada uno esforzándose en atender a sus fines e intereses. Habría que considerar también algunas ideas correspondientes a la construcción culturalista acerca de la construcción de los géneros. Una de ellas es que los géneros están totalmente construidos y considera a la feminidad como la pertenencia a una clase; la otra es que los géneros pueden desaparecer totalmente. Son muchos los pensadores que se ocupan de la temática de las mujeres y de los géneros. Tanto es así que, desde los años sesenta, varios nombres se han disputado el campo que reconstruye el conocimiento sobre las mujeres y su enseñanza. Ellos son: “estudios de mujeres”, “estudios feministas” y “los nuevos conocimientos sobre mujeres”, tal como señala la escritora Marysa Navarro en ¿Qué son los estudios de mujeres? , del cual es compiladora junto con Catharine R. Stimpson. A partir de estos estudios resulta difícil, para interiorizarse sobre el tema de las mujeres, leer a cualquier pensador sin tenerlos en cuenta. Para la construcción de este nuevo campo de estudio, según señala Navarro, se han aceptado dos premisas. Una es la crítica del pensamiento convencional y de sus instituciones, y la negación de su autoridad, porque tanto aquél como éstas han ignorado o distorsionado la vida de las mujeres y sus contribuciones al pensamiento. En segundo lugar, señala Navarro, después de la crítica, los estudios de mujeres deben pasar a la reconstrucción del conocimiento y a la toma del poder de las mujeres como constructoras del mismo. Los estudiosos de este nuevo campo, afirma Navarro, prefieren llamarlas “estudios de mujeres” antes que “estudios de la mujer”, porque ese nombre tiene un sentido más amplio y general. El aspecto negativo del nombre “estudios de la mujer”-sostiene la escritora española- es que implica erróneamente que el estudio de las mujeres puede hacerse sin tomar en cuenta a los hombres. A partir de estas premisas se desarrollan los siguientes comentarios sobre el ensayo de Gilles Lipovetsky "La tercera mujer", y el de Victoria Camps "El siglo de las mujeres". El pensamiento del filósofo francés Gilles Lipovetsky, autor de "La era del vacío" y "El imperio de lo efímero", entre otros libros, figura central de la corriente posmodernista y uno de sus principales impulsores junto con Lyotard, Derrida, y Vattimo, es definido por Patricio Lóizaga, en su Diccionario de pensadores, como un pensamiento que gira alrededor de la sociedad y el individuo posmodernos, su rutilante, contradictoria y fragmentaria identidad , su filiación histórica y su ambigua proyección futura. Lipovetsky analiza, en "La tercera mujer", la situación de las mujeres en la actualidad y da la definición de “tercera mujer” al nuevo modelo de mujer cuya autonomía se adquiere sin modelo social rector, característica -según el filósofo- actual y común a los dos géneros. Para llegar a este modelo de tercera mujer, o posmujer de su casa, Lipovetsky hace una recorrida por la Historia. La primera mujer es definida por el filósofo como aquella que ostentaba poderes mágicos, maléficos, misteriosos; poderes que luego, cuando se ocupa de la tercera mujer, se han transformado, según Lipovetsky, en una potencia de autodeterminación para el gobierno de sí. Lipovetsky destaca que la única función que escapa a esta desvalorización de la mujer es la maternidad, aunque no profundiza en el tema de la sociedad patriarcal. En la Baja Edad Media, dice el filósofo francés, aparece la “segunda mujer”, un nuevo modelo donde se exaltan las virtudes de la mujer . Y a partir del siglo XII se produce una nueva poética de la conducta, la Dama en el código cortés, en que la mujer hace su entrada en la historia como poetisa, abadesa, dueña de feudos y símbolo, y debe su prestigio a su padre y a su marido. Esta figura es sacralizada como madre-esposa-educadora. Por último, Lipovetsky llega a la tercera mujer o mujer indeterminada o posmujer de su casa. Desde su título, el libro del filósofo francés abre ya una polémica. ¿Por qué se refiere a la mujer en singular y no en plural? A lo largo del libro se refiere a las mujeres de las democracias occidentales sin hacer la distinción; por ejemplo, entre democracias de países europeos y de América Latina, donde las condiciones de vida son muy distintas. También en el capítulo que dedica a las mujeres y el trabajo, Lipovetsky se ocupa en mayor medida de las empresarias y profesionales que de las trabajadoras en general. La sub-representación de las mujeres en la cúspide profesional -señala Lipovetsky- resulta de la voluntad misma de las mujeres para encontrar el equilibrio entre vida familiar y vida profesional, temas que están presentes también en el libro de Victoria Camps. Este nuevo libro de Lipovetsky es coherente con el pensamiento del filósofo, quien, según Patricio Lóizaga en el diccionario precitado, aboga por una ética menos preocupada por “intenciones puras” que por resultados concretos para el hombre; menos “idealista que reformadora”. Una ética minimalista y pragmática que no se desdice de los intereses personales “pero tiende a su moderación”; que no busca el “heroísmo del desinterés” sino el compromiso razonable. Privado de una visión más amplia y sin proyección de futuro para un cambio sustancial en las condiciones de desigualdad que actualmente existen entre hombres y mujeres, haciendo surf en las olas de la posmodernidad, el filósofo francés no llega a tierra firme a fin de vislumbrar cuál podría ser el destino de la sociedad en general si la desigualdad entre hombres y mujeres continúa en las mismas condiciones de la actualidad. Tampoco se pregunta el filósofo sobre qué ocurrirá con la sociedad en su conjunto si las mujeres adoptan los roles masculinos aún más de lo que lo han hecho hasta ahora, y nadie, ni mujeres ni hombres, se ocupa de lo que las mujeres han venido haciendo desde hace siglos; por ejemplo, el cuidado de los niños, enfermos, ancianos. Temas que son abordados por Victoria Camps en "El siglo de las mujeres". Por otra parte, en su nota publicada en el suplemento Cultura y Nación de Clarín sobre La tercera mujer, Néstor Kohan señala que Gilles Lipovetsky pretende describir en su libro algo así como el “posfeminismo”. Todo su análisis -dice Kohan- apunta a examinar qué quedó de la mujer “después” de las revoluciones del feminismo. Kohan resalta el gran poder de descripción que tiene el filósofo francés para registrar las nuevas formas de sensibilidad, aun cuando no siempre, señala, estén acompañadas de idéntica capacidad de comprensión y explicación. No es casual el término “posmujer de su casa”, usado por el filósofo francés para definir este nuevo modelo de mujer, ya que en los textos posmodernos -como afirma Kohan- podemos reconocer, como una de sus notas distintivas, la emergencia a cada momento de alusiones a la sociedad posindustrial, a la crítica literaria posestructuralista, a la economía política poskeynesiana, a la filosofía posmarxista y posmetafísica, a las experiencias estéticas posvanguardistas, a la antropología poscolonial. El filósofo francés reconoce que, a pesar de la ruptura en la historia de las mujeres que significa el nuevo modelo de mujer, o “tercera mujer”, ésta no coincide en modo alguno con la desaparición de las desigualdades entre los sexos, sobre todo en materia de orientación escolar, de relación con la vida familiar, de empleo, de remuneración. Más que definir este nuevo modelo de mujer a la que él llama tercera mujer, posmujer de su casa o mujer indeterminada, el filósofo podría haberse explayado sobre la situación actual de los dos géneros, ya que, como él mismo reconoce, tienen actualmente la posibilidad de autodeterminarse sin modelos sociales rectores, y donde los roles diferenciados todavía existen y nada indica que estén impelidos a una futura desaparición. Lipovetsky reconoce al respecto que la novedad no consiste en el advenimiento de un universo unisex sino en una sociedad abierta en que las normas, al ser plurales y selectivas, se acompañen de estrategias heterogéneas, de márgenes de latitud y de indeterminación. A lo largo del libro, Lipovetsky se introduce en la temática de las mujeres desde la inmediatez de la vida cotidiana, ahondando en temas como el amor, la pornografía, el acoso sexual, el culto de la belleza femenina, la mística del ama de casa, el trabajo femenino, la pareja, los roles familiares, las mujeres y la representación política. Aparecen ahí lugares comunes, como al tratar el tema del amor, cuando dice: “Los hombres siguen definiéndose pricipalmente por la orientación instrumental; las mujeres por la función expresiva”. Según la nota de Néstor Kohan, la conclusión general a la que invita Lipovetsky es que “la mujer sigue orientada hacia lo íntimo, lo psicológico, lo afectivo, lo doméstico y lo estético, mientras que los hombres lo hacen hacia la instrumentalidad, lo técnico-científico, la política y el poder”. Esta opinión choca con la experiencia Argentina -dice Kohan-, donde la principal resistencia política a la última dictadura militar estuvo precisamente en manos de mujeres, las Madres de la Plaza de Mayo. Cuando Lipovetsky trata el tema de “la tercera mujer” y la construcción de la identidad femenina, enumera una cantidad de alternativas que se presentan y entre las cuales las mujeres pueden elegir sin vía social preestablecida, en las democracias occidentales. Algunas de estas alternativas son: ¿qué estudios realizar?, ¿con vistas a qué profesión?, ¿qué trayectoria profesional seguir?, ¿casarse o vivir en concubinato?, ¿divorciarse o no?, ¿qué numero de hijos y en qué momento?, ¿en el marco de la institución matrimonial o fuera del matrimonio?, ¿trabajar a tiempo parcial o a tiempo completo?, ¿cómo conciliar vida profesional y vida familiar? Lipovetsky se olvida de citar a qué grupo social pertenecen las mujeres que pueden elegir entre tantas posibilidades. Por último, es notable que en el capítulo de "La tercera mujer" que lleva el título “¿Hacia una feminización del poder?”, el filósofo francés dictamine: “La crisis de la virilidad no es tanto un fenómeno social de fondo como una imagen literaria; el hombre es el futuro del hombre, y el poder masculino, el horizonte insistente de los tiempos democráticos”. Esta afirmación lleva necesariamente a preguntarse por qué Lipovetsky escribió un libro donde define un nuevo modelo de mujer y no definió un nuevo modelo de hombre. ¿Por qué no pudo ocuparse de los hombres en el mismo libro, de la misma manera que lo hizo con las mujeres? Resulta necesario destacar que en un proceso paralelo al de los estudios de mujeres, un grupo de estudiosos ha establecido un nuevo campo, los estudios de hombres, cuya temática es la construcción de la masculinidad y las vidas de los hombres. Por otra parte, el libro "El siglo de las mujeres", de la filósofa y catedrática española Victoria Camps, lejos de la trampa del comunitarismo y adhiriendo a la ética del cuidado de Carol Guilligan, se ocupa de dilucidar la situación actual de las mujeres y elaborar además las propuestas para el siglo XXI. Una de ellas es feminizar a los hombres y, en consecuencia, a toda la sociedad; la otra es hacer del problema de las mujeres un problema de interés común. En el Diccionario de pensadores precitado, la filósofa e investigadora Marta López Gil afirma que un compromiso con un inesperado optimismo recorre la obra de Victoria Camps. Se mencionan, entre otros libros, Los teólogos de la muerte de Dios, Pragmática del lenguaje y filosofía analítica, La imaginación ética, Paradojas del individualismo y Virtudes públicas. Como en otras de las obras de Victoria Camps, la filósofa construye "El siglo de las mujeres" a partir de la ética y la política. Tal como indica desde su título, la autora se ocupa en este libro del tema de las mujeres, teniendo en cuenta a los hombres, como se ha señalado antes refiriéndonos a los estudios de mujeres. La vía rápida para terminar con la desigualdad entre hombres y mujeres sería la masculinización de las mujeres, pero esto no sería bueno, según Camps, ni para las mujeres ni para la sociedad. Dos preguntas y una idea rectora estructuran el libro: ¿Qué es lo que está impidiendo que el camino hacia el fin buscado -la igualdad de oportunidades- sea fácil?, y ¿qué personalidad moral, qué clase de sujeto queremos construir? El precio de la igualdad no debe ser la renuncia a la identidad femenina, dice la filósofa. Para responder a la primera pregunta Victoria Camps aborda temas como la escasez de puestos de trabajo, la violencia sexual -violaciones, acoso sexual, malos tratos-, la resistencia por todos los medios de los hombres ante el avance de las mujeres. En cuanto a la segunda pregunta Camps se interna en la cuestión de la identidad moral cuando trata el tema de la construcción del yo. Lo que importa es lo que nos hace personas, dice Camps, citando al filósofo Dereck Parfit, ya que, pese a la autonomía, no se puede ser persona haciendo lo que a uno le viene en gana en cualquier momento. La filósofa señala que, para cumplir con el mandato pindárico -llegar a ser lo que se es-, la construcción del yo, una identidad moral o una identidad humana, no es tan sencillo. Las alternativas entre las que se puede optar para la construcción de la identidad existen, pero a algunos humanos no les es dado elegir nada -señala Camps-. Para poder elegir bien hacen falta unos mínimos posibles. Asimismo, la filósofa española afirma que el autogobierno de sí no puede estar desprovisto de modelos ni de ideales. Señala, además, la insatisfacción por el modelo de ser humano autónomo y responsable de la modernidad, que aún es nuestro referente moral. También, agrega Camps, a pesar de tomar distancia de los comunitaristas, esta corriente dentro de la ética actual denuncia la poca realidad o la poca sustancia del sujeto moral creado y propuesto por los liberales modernos, un yo sin atributos, un yo que no pertenece a ninguna parte, carece de pasiones y sentimientos, no es ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo. Destaca además que la ética no puede consistir sólo en unos principios abstractos supuestamente suscritos por todos los humanos, sino que debe nutrirse de las aspiraciones y necesidades de una comunidad concreta. Victoria Camps se ocupa después de dilucidar acerca de quiénes pueden acceder a una identidad moral o humana. Compara a las mujeres, que durante siglos han tenido únicamente la identidad femenina, con los esclavos griegos, que no podían adquirir las virtudes del hombre libre porque sólo podían ser esclavos. Se hace necesario citar aquí a Sylviane Agacinski en el capítulo “Políticas” del libro "Políticas de sexos". Si las mujeres han conquistado ciertas libertades y no han reivindicado ciertos derechos hasta hace poco tiempo, no es por cobardía sino porque les faltaban los medios, y porque la libertad en el sentido moderno, no existía para nadie. Los intereses de las mujeres en el pasado dependían íntimamente de su pertenencia a un determinado orden y clase social, dice Agacinski. Como tampoco existe nunca libertad absoluta e intemporal para cualquier categoría, no importa cuál sea. También es importante, al hablar del tema de la construcción del yo, citar a Michel Foucault, quien opinaba que para llegar al gobierno de sí, es importante no ser esclavo de nadie, ni de uno mismo, ni de las propias pasiones. Los seres que no participan en el diálogo social no existen -dice Victoria Camps-, carecen de realidad significativa, lo que les ocurre a todos los colectivos de marginados: obreros, mujeres, negros, pobres. De este tema, pero en relación con la maternidad, se ocupa Victoria Sau en el libro "El vacío de la maternidad", donde desarrolla la problemática de la falta de reconocimiento social de las madres. Victoria Camps señala que, para desarrollarse lo suficiente y para darse las normas que quiere seguir, y responder a ellas, el ser necesita de una identidad y reconocimiento social. Al referirse a la identidad hace distinción entre identidad encontrada -aquello que viene dado: ser hombre o mujer, ser catalán o asturiano, cincuentón...- e identidad elegida -ser médico, tener tres hijos, ser de derecha, ser católico-. Lograr una identidad elegida sería tener autonomía, orientarse más por el propio querer que por las inercias y obligaciones externas a la voluntad; llegar a ser lo que se es o llegar a ser uno mismo. De la autonomía se sigue a la responsabilidad -dice Camps-. La responsabilidad nace de un compromiso no sólo con la propia vida sino con la de los otros; puesto que el ser humano vive en sociedad, no puede decidir ser al margen de los demás. Cuando Lipovetsky habla de las identidades elegidas -alternativas- para la construcción del yo entre las que pueden optar las mujeres, omite consignar el tema de los mínimos posibles de los que habla Victoria Camps, quien además afirma que las identidades deparan al individuo reconocimiento social. Estos mínimos posibles -tener un nombre propio, unos padres, una patria o un territorio al que se pertenece, los cuales deparan reconocimiento social- son dados por sentados en "La tercera mujer". A diferencia de Lipovetsky, quien señala que la construcción de la identidad de los dos géneros se realiza actualmente sin modelo social rector, sin agregar ninguna propuesta, Victoria Camps señala que el gobierno de sí no puede estar desprovisto de modelos, de ideales, ni de referentes. Cuando la filósofa española habla de las obligaciones familiares que tuvieron siempre las mujeres y a las que no han querido renunciar a pesar de trabajar, reconoce dos motivos: si las mujeres no lo hacen, no lo hace nadie; el otro es que estas obligaciones, dentro de las cuales se encuentran el cuidado de los hijos y el sustento de la empresa familiar, son tareas valiosas. Se introduce también en el tema de la educación, porque las mujeres han sido educadas para cuidar a los demás, algo que seria bueno tener en cuenta como principio de la educación en varones y mujeres. La filósofa se pregunta qué tipo de sociedad tendríamos si todos, hombres y mujeres, abandonáramos estas obligaciones, y pronostica un modo de vivir menos humano, con la posibilidad de la desaparición de la familia nuclear, la disminución de la natalidad y la marginación y muerte de tristeza de los ancianos, ya que nadie tendría tiempo para ellos. Victoria Camps se alarma cuando dice: es improbable pero no imposible llegar a la conclusión de que el movimiento feminista ha fracasado y que podría haber retrocesos tal vez disfrazados de formas nostálgicas de vida. Un peligro que hay que evitar a toda costa, tomando conciencia de las causas que hacen que la desigualdad entre hombres y mujeres se perpetúe a pesar de los progresos jurídicos y formales. La filósofa española reconoce que la compatibilidad entre vida privada y vida pública sería la vía de acceso a que las mujeres tengan más poder. Para ello pide en su libro más políticas destinadas a hacer compatibles tareas como la maternidad y el cuidado de los niños, con la inserción en el mundo laboral, y políticas que faciliten a las parejas jóvenes la decisión de tener hijos. También el no abandono del compromiso de cada uno con sus obligaciones privadas por el hecho de entrar en el mercado laboral. Al final del libro, Victoria Camps reconoce que no debe haber una sola forma de emancipación femenina, y que no debe ser obligatorio emanciparse si una no lo desea y prefiere vivir sujeta a las servidumbres familiares de toda la vida que a otras servidumbres teóricamente más dignas. Lo único que hay que exigir, dice Camps, es que la opción entre distintas sujeciones le sea dada a cualquier mujer del mismo modo que le es dada a un varón. Después de la lectura de los libros de Gilles Lipovetsky y Victoria Camps, resulta necesario reflexionar acerca del tema de la libertad en términos de invento, tal como lo hace Sylvane Agacinski en "Políticas de sexos", refiriéndose a Sartre. Hablar de libertad es hablar de la situación a partir de la cual se inventa la libertad, situación que comprende un gran número de determinaciones de las que forman parte las realidades naturales e históricas. También, como señala Agacinski, la originalidad de las relaciones entre los sexos es que no son a priori enemigos, y que la guerra es imposible entre ellos. Conviene hablar entonces de relaciones políticas entre los sexos, relaciones que están abiertas, sujetas a perpetuas transformaciones, objetivos de estrategias que se conjugan. Cada uno, con su estrategia, dice Agacinski, está situado dentro del juego, y nadie puede salirse para develar, completamente desnuda, la verdad de la relación entre los hombres y las mujeres.

(1) este ensayo fue publicado en la revista Cultura Segunda Época, en Septiembre de 1999.

Bibliografía:
Gilles Lipovetsky, La tercera mujer, editorial Anagrama, colección Argumentos
Victoria Camps, El siglo de las mujeres, ediciones Cátedra S.A. Universitat de Valencia, Instituto de la mujer
Silviane Agacinski, Política de sexos, editorial Taurus, Grupo Santillana de Ediciones S.A.
Michel Foucault "El yo minimalista, Conversaciones con Michel Foucault, Selección Gregorio Kaminsky, editorial La Marca
Jean-Paul Sartre, Verdad y existencia, editorial Paidós
Marysa Navarro-Catharine R. Stimpson (compiladoras), ¿Qué son los estudios de mujeres?, Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A.

PÁGINA 14 – Narrativa

Fisuras

Por Sonia Catela (Ceres/Santa Fe/Argentina)
soniacatela@arnet.com.ar

Probalo. A las 2 de la mañana, insomnio ¿cómo se llama aquella flacucha, morena, medio imbécil, artista de Hollywood? Alguna fisura se lleva su nombre, y empezás a sudar frío, no porque no te acuerdes de la imbécil sino porque se te escurre un pedazo de mundo y no lo podés componer, a las dos de la mañana, insomnio, probalo, se hunde un trozo de mundo que finge ser ése pero puede no ser solamente ése (¿y si escamotea un continente mayor?) Repasás un repertorio de otra decena de caras que están a mano sin que te tranquilicen y ya acaba esa noche y la angustia reaparece en la siguiente madrugada, y las subsiguientes, y no hay dónde recurrir para subsanar ese desliz que no atraca en la amnesia, sino en la pura volatilización de un fragmento de la realidad, igual que cuando se sumerge una palabra -que representa algo vital- en la pura nada, sabés que te falta esa palabra que existe, o existía, y por más que la rebusqués en tus circuitos no aparece y no hay diccionario capaz de ayudarte porque no tenés idea de por dónde empezar, ¿la a, la ene, la zeta? y de repente, Winona Rider, ella era, se corporiza como si brotara una col del suelo, Winona Rider ¿por qué cancelar a esa pelotuda, justamente? No aparecen las cuerdas que te lleven al destino de una conclusión de por qué ella; te preguntás, insomnio ¿tal vez porque es depresiva y la relacionás con tu estado de pena personal e irreversible? ¿Acaso tu pena se asocia a tal producto de puro plástico? y te quedás ahí sin revolver más, tenés miedo y hay un día con fecha y lugar en el almanaque que te indica el hoy, hay certidumbres, dejalo ahí si lo probaste. Pero en otro naufragio entre las sábanas, sin salvavidas ni botes inflables, entonces, recordás por qué se te olvidaba Winona Rider. Porque es otra a la que encapsulaste -una crisálida- para que alguna vez naciera, pero no nacerá. Y no precisamente la actorzuela producida. Otra, morenita, dieciséis años, flacuchenta; por eso, la trampa subterránea que recurre al camuflage de una yanqui, para deslizarse sin que sospecharas que detrás de Winona se escondiera alguien que podría llamarse Valentina, que quizá fuera tu hija, 16 años, diciéndote aquí estoy, o estaba, y la cápsula se abre como una vaina, Valentina adentro, estudiante, risueña, ida desaparecida por una fisura que se la tragó, ponele accidente, ponele excesos del poder, ponele y probalo, para siempre y en adelante chupada por la fisura, y qué se hace, se la mete a la flacucha morenita, tu Valentina en otra cápsula protectora como se pueda, se va al trabajo, se firman papeles, se viaja, se cocina se lee se discute de política y una noche de insomnio, como dije, no te podrás acordar del nombre de una artista de Hollywood, cetrina, insignificante, que puede ser Winona Rider, aunque seguramente no lo sea, y la angustia empieza a tragarte entera porque por la misma fisura que se llevó a alguien que pudo llamarse Valentina, cabe que se deslicen personas, afectos, ellos, los otros, tus queridos, lo único que verdaderamente te anuda a la cifra que el almanaque señala como día de hoy, al nombre y apellido que te designa, entonces, probalo, pensá y retorcete hasta que Winona se patentiza delante, tan infeliz y tranquilizadora que todos los queridos se salvan, por el momento todos, pero todos.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Crónica del loro y el trébol de Irlanda*
I
En la pensión rasposa me sirven el huevo frito con forma de corazón. Es Dublín.
Estrecho pero tenaz, el Liffey tan verde, tan amargo, serpentea.
Las comisuras de los labios degustaron la última línea de cerveza. La camarera regresa a casa que no es Tiflis donde fue banquera diez años sino este suburbio impronunciable pródigo en kas, intolerancia y sonidos guturales.

En Dublín amanece primavera en las ovejas recién paridas y los tojos estirados a más no poder.

Y sollocé ante la abrumadora belleza del Niño rubicundo del Ucello.

El franciscano que me bendice desde su eczema porque hoy es domingo de ramos cuenta que estuvo 40 años en wonderful zimbabwe y declara que el gospell que libera de culpa al Iscariote es falso, recontrafalso, oh yes

Gracias por el resplandor, por los leprechauns tan traviesos que por fuera desordenan las cacerolas y por dentro los sueños más densos. Siempre con estrépito.

Anacrónico, el granizo confunde a los junquillos del lindero.

Soy torcaza migradora y querendona y mi corazón se merece el oro de Irlanda.

Tomé contacto por primera vez con el arpa irlandesa en una pesadilla antigua y cochambrosa: Arpas innúmeras tocaban al unísono lamentándose de algo que hasta hoy mejor no saber.

Un baturrillo de osamentas martirizadas, cruces, cadenas de hierro y de oro, maderamen podrido de celtas, druidas y vikingos abonan la capa más insensata de esta tierra.

El tesoro que custodian los leprechauns es ilusorio porque a las pocas horas se evapora.
Y que nos queda entre las manos?
Tomar el pulso con delicadeza al trébol y auscultar
Auscultar el cielo.

Luisa Futoransky (Francia)

Manuela Díaz

Manuela Díaz viajó con sus nueve hijos
en una carreta desvencijada.
Como única pertenencia: el rosario de plata.
Manuela Díaz, mujer espléndida,
en su espalda está la marca
de trabajos ejecutados con nobleza,
en sus manos están las cicatrices
y en su frente el sudor
esculpe tristezas,
ni una sola alegría

Manuela Díaz, nueve hijos
(la docena si tres no hubieran muerto al parirlos)
la acompañan al exilio,
la miran manejar el carro
con sigilo
y tienen hambre
y tienen sed
y es tan grande la costumbre
y es tan feroz la rutina de no comer
que callan mientras canta
.... por no desfallecer.

Manuela Díaz, experta en todos los oficios.
No tiene para dios ni un solo reclamo,
enmudece, su voz, si pretende quejarse,
maneja hacia alguna parte donde pueda
ganar el jornal que les sacie el hambre.

Manuela Díaz, lavandera, campesina, bordadora.
Manuela Díaz, cocinera, sirvienta, partera
Manuela Díaz prostituta, puta ramera,
Manuela Díaz, mesalina de tercera.

Manuela Díaz, aún no tiene para dios ni un solo reclamo
y maneja el rosario con el convencimiento de las beatas
y le duelen los pechos demasiado transitados
y le duelen los orgasmos ajenos
y le duelen sus nueve niños
mirándola recoger lo que queda sobre el jergón
de los placeres pagados.

Le duele la vida, a Manuela,
le duele, simplemente, ser mujer,
en un mundo masculino.

Silvia Delgado (España)

La mujer perfecta:

Creo que pretendes
que me convierta en un cubito de hielo,
así,
tan pequeñita,
dejaría de estorbarte.
Creo que pretendes
que me quede muda,
o quizás sin palabras,
para que deje de hablarte,
de expresar mis sentimientos
y hasta de pensar.

Sería tan fácil.

No siente,
no habla,
no existe,
no vive.

¡La mujer perfecta!

Marta Roldán (Italia)

Para todo y nada

Aun hay voz para nombrarte, acertando
a puntos inconclusos, aún la noche
es tan oscura, cuando la luna divaga.
Entre las sombras,

aún hay canto que no ha sido y precisa
de tu imagen madrugada, justicia del camino,
lluvia eterna. Patio de muertes,

aún es el plan de tu mirada, filtrando
un sentir melodramático. Y es que no es
sino el pan de la poesía, dolor, angustia,
llama lenta, quemando esquinas.
De silencio,

aún cansados de destino, ocupamos
serpientes inocentes, que arrastran
ingenuas su grandeza, por donde
todo parece. De otra clase,

aún sigo, aunque parezca divertido
mi pena-elocuencia brisa extraña,
ligera del cabildo de los vivos
acertando muertes y cantos.
A veces a la nada.

Matchornicova (Austria)

Tajana Mercazit *

Quiero ser por fin
un labio sin orquesta.

Bañar los panoramas
con el ardor de un himno
que todos saben
pero callan.

Quiero ser
Un homenaje a esta encrucijada La estación de los transportes y las mudanzas las lejanías los huesos se transladan vagan por mapas y estaciones sin luz hacia dónde cuándo la canción grasosa plagiada pirata resonará en los oídos en los cuerpos quién se ofrecerá esta tarde desde el oro de ukrania agitada desde el muro de la supervivencia ella sabía no sabía quería no eligió este burdel eligió este burdel decenas de cuerpos desfilan y ruegan y ellas transladan sus vísceras hacia cercanías terminales con cargamentos de billetes intocables resbaladizos tardes pringosas de tajaná mercazit * siempre en las vísperas de una sensualidad la carne ajena siempre ajena tan ajena tan ajena siempre algo se roba a los cuerpos el cuerpo se envuelve en un sudor que no acompaña ninguna mejoría no hay curación en el andén llegará otro cuerpo otro cuerpo otro andén otra cortina roja otra puerta vaivén otro tren de lejanías

* La terminal de autobuses en Tel Aviv. Punto de encuentro de colores, aromas y rostros deseables e indeseables

Edith Goel (Israel)

La Ilíaca

Apuntes autobiográficos (fragmento)

En Alejandría me desollaron viva:
con erizos una turba arrancó mi piel después de asaltarme en nombre de su dios,
en su honor quemaron la Biblioteca,
bien dicen que las llamas apaciguan a las fieras,
cenizas al viento,
y jamás hubo quien pudiese reproducir mis papiros;
también mis discípulos hirvieron en el odio,
desde entonces el fuego viene escribiendo mis memorias
En Tebas un toro hundió su guampa en mi pelvis
frente a un coro de fanáticos que me había llevado hasta allí para condenar
de esa forma y para siempre
la rotación de mis caderas,
mientras me desangraba apostaban sus tesoros entre ellos
por saber si me había gustado
y alguno que otro me musitó al oído su gangosa apetencia,
así veneraron los nobles mis poderes
En Europa el potro se comía mi carne a dentelladas
y en China mis pies eran reducidos a lágrima viva
recortados-asfixiados-calibrados por torturadores de gota gorda
que anhelaban un instrumento para atenuar sus hemorroides
Alejandro se ensañó con los hijos de mi vientre cuando me negué a bailar para la tropa,
y varios generales cuyos nombres ya son pasto del olvido
arrojaron sus excrecencias sobre mi piel mientras amamantaba,
la pira que elevaron con los cuerpos de mi prole incendió el aire con ácido de miedo
me taparon la boca con hierros candentes,
con cal viva cosieron mis oídos,
con conchas de nácar desgarraron mi piel,
con sus espadas reventaron mis ojos,
penetraron con sus hedores mis narices
pero no pudieron aniquilarme ni matarme ni dormirme ni mutilarme ni rendirme ni pudrirme ni dispersarme ni desarmarme ni contagiarme
ni eliminar de una vez y para siempre el deseo de mí que hierve en todos sus cuerpos desde que estoy y soy como he sido
con pasión y memoria
porque también es cierto que en oriente mi vacío inspiró templos sagrados,
en Delfos mi matriz narraba el futuro,
Afrodita llamó Histeria a sus orgías para celebrarme
y hasta la nave central de las construcciones del dios de occidente evoca mi centro sin nombrarlo
y si es verdad que en las células viene escrito el preceder,
el placer de conocer está grabado en todos los idiomas de esta casa mía,
aún bloqueados los muros,
cerradas sus puertas,
el derrumbe sin embargo no es cosa de encantamiento,
miles y miles de años acunando sabiduría no es un día ni un mes,
vuelvo ahora para marcar territorio,
a zambullirme entre hemisferios,
a soñar en varias dimensiones el devenir,
ávido por recuperar la vibración de mis oídos,
sordo de tanto ruido recurro al trípode de mis huesos, incinerado, muerto y sepultado y sin poder callarlo,
entre cada minuto-segundo-instante cuando el latido reproduce en mi interior el engranaje que me condena y salva,
me arroja y sostiene,
me embellece y asombra,
rotación del tiempo,
detenido y quieto,
y vuelvo a rodar por mis caderas en este punto donde traigo al mundo el mundo,
arco donde amanece,
ilión que abre paso a la criatura,
clavícula destinal,
pendiente de hueso ésta es mi ilíaca,
compositora de música sin que alguien la entone,
dueña del himno que nadie canta,
origen de la palabra que no la nombra,
generadora de la historia que no la recuerda,
materia oscura que se danza el universo,
ésta es mi ilíaca,
tómala si puedes,
quémate los dedos,
piérdete en mi saqueo,
gózate con mi leyenda,
aquiétate en las aguas de mi sangre
y espera a que te alumbre ahora y en la hora de esta biografía:
Tengo dolores de parto.
Mi hija nacerá hoy de estos escombros,
mi cuerpo vuelve a cumplir veinte como tenía ella cuando se la llevaron,
y aquí estoy yo,
una doña como me llaman mis vecinas,
un trasto inútil para el patrón que me despide,
una loca perdida para el milico que me golpea,
una señora admirable según mi viejo que en paz descanse.
Yo sigo regando malvones.
Si mañana graniza, no me importa, los meteré adentro.
Y que viva la noche.
Me desabrocho la blusa. Como mi hija en primavera.
Sumerjo los pies en la palangana con agua caliente. Como mi hija en invierno.
Rezo las palabras secretas. Como mi hija en silencio.
Y que viva el sol.
Me pongo un sombrero para pasar el verano.
Como mi hija.
Por mi hija.
La que nació un día de mí.
La que nace de mí otra vez mientras sigo cumpliendo siglos

Nota - Ilion: hueso que forma el saliente de la cadera, el cual junto al isquion y el pubis forma el llamado “hueso innominado o iliaco” (María Moliner, Diccionario de uso del español)

Esther Andradi (Alemania)

PÁGINA 16 – Narrativa

El gallinero

Por Amanda Pedrozo (Asunción/Paraguay)

Tenía diez años cuando se decidió a irrumpir en la vida de las gallinas, casi sin que ellas se dieran cuenta. Aprovechó una tarde olorosa a reciente aguacero y la fascinación de las gallinas por el arco iris. Los círculos amarillos de sus ojos estaban pegados al cartón azul de arriba cuando Benefrida comenzó a formar parte del gallinero, ya para siempre desde ese lado donde era posible bambolear el maíz entre los dientes hasta hacerlo puré con leche de saliva.
Para eso las había observado por años, desde el mismo momento en que la dejaron salir del pozo de tierra apisonada que su abuela había cavado para que no se arriesgase demasiado en ese gateo que estaba cerca del desvarío. A aquel horizonte de tierra colorada le siguió en su vida ese otro límite de alambres cruzados y pronto sus ojos se hicieron tan baqueanos a esa única visión, que podían seguir repitiéndola hasta cuando no estaban abiertos.
Su obsesión por el gallinero fue un alivio para la abuela, que ya decía que no había que encerrarla tanto. Nadie tenía tiempo para quebrantarse en esa casa. A un niño siguió otro y puchar por la vida les llevó tanto tiempo, que terminaron dejándola instalada en ese pequeño espacio entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo.
Entre todos pero sin decir una palabra concluyeron en que Benefrida salió tilinga como la tía Prudencia, y que igual que ella ya no tenía solución. También entre todos la olvidaron, ayudándose unos a otros en ese trance familiar vergonzoso.
Cuando dejaron de fijarse en su presencia, la niña ingresó al gallinero, entre un aletear silencioso de las gallinas que miraban con fascinación un arco iris colocado en el medio del olor a aguacero reciente y la procesión que le pasaba por dentro justo en ese momento.
Las gallinas se habían acostumbrado desde hacía años a verla, y para decir la verdad completa, ni se percataron de que alguna vez había estado del otro lado del alambre tejido. Esa misma noche la inquilina subió a la planta de pomelo con las gallinas, ahuecando los brazos y cediendo las ramas de privilegio alas más antiguas. La abuela fue la primera que la vio al día siguiente escarbando con las manos para elegir los granos de maíz e irlos aplastando despacito entre los dientes.
Hubo una corrida familiar y nadie supo nunca quién entró primero al gallinero para tratar de sacarla. Apenas los vio, Benefrida se tumbó al suelo echando espuma por la boca. Nadie tenía tiempo en la casa para quebrantarse demasiado, así que la dejaron y se fueron a revolver cada uno sus cosas, sin falsos remordimientos. Al día siguiente la abuela entró al gallinero seguida por los chicos más grandes de la casa, para intentar nuevamente volver a Benefrida al ámbito familiar. Pero la niña aleteó salvajemente, se prendió por el alambre tejido y desde allí se defendió con las uñas. La abuela salió horrorizada.
-Esa niña salió tilinga.
-Igualito que tía Prudencia.
-No, más todavía, yo me acuerdo bien.
Al otro día los despertó un cloqueo como de gallina enferma. Todos supieron que era Benefrida, así que se taparon mejor y volvieron a dormirse pensando vagamente que las cosas estaban saliendo en su hora. Todos evitaron mirar hacia el gallinero ese día y el otro y el que venía después, hasta que resultó inevitable dar de comer a las gallinas. Así fueron descubriendo uno a uno que a Benefrida le gustaba más que nada el afrecho mojado, que odiaba los restos de comida de la casa y que prefería el agua de lluvia que quedaba preso en un pedazo de teja vieja.
Un día, hizo su aparición por la casa pa’i Setrini. Nadie tenía tiempo para quebrantarse, así que enseguida le dieron la razón: había que sacar de allí a Benefrida. Tampoco tenían tiempo para esperar, por lo que entraron seguidamente al gallinero, dispuestos a hacer lo necesario. Un largo lamento marcó el comienzo de ese primer acto de la vida inerte de la niña.
El segundo acto puede ser resumido así: Benefrida sentada en el sitio exacto entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo. Benefrida mirando las gallinas cuando comen, las gallinas cuando cacarean, cuando ponen huevos, cuando cuidan a sus pollitos que dicen pío pío, cuando pelean por una lombriz. Benefrida controlando minuciosamente el rectángulo de sol sobre el horcón del gallinero. Benefrida viendo llegar la noche presa de feroces ataques y desvarío.
El doctor dijo al instante que era epilepsia, la abuela calculó que se trataba de calentura natural, el pa’i dijo que era pecado. Ningún medicamento, ningún rosario, pudo evitar ni uno solo de los ataques: llegaban puntales apenas las gallinas subían a la planta de pomelo. De eso hace cuarenta años, y todavía hoy Benefrida sigue mirando el gallinero, done ya no hay gallinas sino sólo la pobre planta de pomelo vieja y carcomida por los horribles gusanos que se trajo una vez el viento del norte y que terminaron comiéndole el caracú hace cinco años.
Pero en la casa, donde nadie tiene tiempo para quebrantarse y tampoco está para aguantar los golpes de la vida además de las enfermedades propias de la vejez, sólo cuentan de vez en cuando -si se les pregunta- que es demasiado trabajo puchar por la vida, y encima tener que estar sacándole a la tilinga las dos o tres plumitas que le salen en la espalda, fenómeno que se le repite cada vez que alguien, por compasión, asco o descuido, procura moverla de su sitio.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Victoria Ocampo: la desconocida

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

Si bien mucho se ha escrito sobre Victoria Ocampo, sorprende la desatención por sus propios textos, tanto por parte del sector universitario, política y teóricamente correcto, que siempre la ignoró como escritora, como entre voces más tradicionales que, defendiéndola, no dejan de ignorarla en ese aspecto. Cuanto más, Victoria es vista como el ángel tutelar de esa gran casa literaria argentina que fue Sur: organizadora, mecenas, traductora, comunicadora, empresaria, pionera, descubridora o afianzadora de talentos. Queda por descubrir a Victoria escritora de sí misma a pesar de todo.
Y si Sur es vista por muchos como un baluarte de nuestra cultura en las décadas del 30 al 60, es porque escritores como García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar han reconocido con frecuencia la relevancia de Sur en su formación. Con todo fundamento le escribe a Victoria Gabriela Mistral: "Ud. ha cambiado la dirección de lectura de varios países en Sudamérica". Sin embargo, la labor creativa de Sur ha sido y es retaceada en nuestro ambiente. Así, Beatriz Sarlo la describe como "una empresa de traducción", cuando la mayor parte de los cuentos de Ficciones, de Borges, aparecieron primero en Sur -ciertamente, no como traducciones. No sólo Borges, sino Paz, Lorca, Alberti, Mistral, Neruda, Cortázar envían sus originales. Sur no fue solamente receptor: fue emisor, del mismo modo que Victoria no fue solo lectora y escuchante, sino hablante y escritora
Otro prejuicio corriente considera a Sur tribuna de valores ya establecidos, contra toda evidencia. Cuando llegan a Sur, Sábato y Bianco son dos desconocidos; lo mismo cabe decir de Murena y Pezzoni. Borges, exagerando, dice que él mismo lo era; pero lo irrefutable es que si el nombre de Borges se vuelve internacional es gracias a Caillois y Drieu La Rochelle, ambos vinculados por Victoria a Sur. Lo mismo ocurre con otros: Michaux prácticamente no existía cuando Victoria lo publica; Caillois era uno de los tantos jóvenes brillantes de París cuando Victoria lo conoce, y será con su apoyo que los libros que escribía y editaba se lanzan desde los aviones de la liberación en territorio francés, al final de la Segunda Guerra Mundial.
La verdad es que Sur nació tambaleante, entre el escepticismo y la burla de quienes rodeaban a Victoria, sin adherir totalmente a su riesgosa empresa. Cuando el barco empezó a navegar airosamente, habiendo sorteado escollos y cosechado inesperados aplausos desde los horizontes más prestigiosos, la aventura se convirtió en fervoroso proyecto: los más reticentes saltaron a cubierta y se incorporaron a la estela rutilante del éxito nacional e internacional sembrado y cosechado por Victoria. Vistas retrospectivamente, las reservas no eran injustificables: ¿cómo esta aristócrata educada en los cánones de una oligarquía criolla pudo desarrollar, junto con el sentido de la empresa editorial, el olfato del descubrimiento literario y la energía necesaria para convocar a las plumas más brillantes y dispares de su tiempo, a lo ancho y lo largo de tres continentes? ¿Cómo supo rodearse de críticos tan sobresalientes y a la vez tan desconocidos como Pepe Bianco, de asesores tan excepcionales como Alfonso Reyes, de admiradores tan diversos en espíritu y estilo mental como Rabindranath Tagore, Ortega, Drieu y Caillois al mismo tiempo?
No era sólo la vasta generosidad de Victoria la que motivaba su éxito indisputable: algo más que halagüeñas invitaciones precisaban los talentos que se reunían en Sur, algo más que riqueza y belleza se precisaban para sustentarlos. Había en Victoria un don rabdomante para descubrir las presencias más significativas de su tiempo, y lo que sostengo y mantengo aquí es que esta connivencia se centraba en su comunión con esas corrientes no sólo como espectadora, sino como creadora. "La capacidad de crear no es sino una facultad adivinatoria, una manera de inscribir nuestro enigma en el universo y entrar en comunicación con él" Adivinar y comunicar el Universo, adivinar y comunicar a los otros, es la manera de crear de Victoria, atenta siempre a la presencia del enigma en todo lo que la rodea.
Si Victoria aparece en el momento en que el feminismo -en que ella activamente participó- otorga una mucho mayor estatura a la mujer, es cierto también que ahora como entonces se siguen escogiendo para la mujer, preferiblemente, los roles nutricios antes que los creativos. Las mujeres preparan el terreno en que los escritores crean, mientras no amenacen con ser una de ellos o sustituírlos: éste es el mandato que Victoria escucha tan imperiosa como secretamente a su alrededor. Lo curioso es que esta visión machista de su persona y de su obra se prolonga hasta nuestros días entre los -y las- intelectuales al parecer más progresistas de nuestro medio. El hecho de que a casi veinticinco años de su muerte no haya ningún estudio de un texto tan notable, no sólo en la obra de Victoria sino en la literatura argentina del siglo XX, como La Rama de Salzburgo, donde narra su relación con Julián Martínez, acusa el vacío que la rodea. Victoria escribe desde la pasión misma, reconstruyéndola con un lenguaje único, en una tradición curiosamente carente de grandes y creíbles protagonistas amorosas.
La misma Victoria señalaba con humor que todos sus libros eran póstumos, admitiendo el poco
peso adjudicado a su obra. Todavía estamos en deuda en este sentido: poco ha aparecido en el país sobre su propia escritura, fuera de las glosas que han merecido sus Testimonios, glosas que se centran más en los testimoniados que en la visión de Victoria; ni un solo estudio profundo destinado a sus Memorias, mientras documentos triviales de autores insignificantes se verifican bajo la lupa potente de las teorías contemporáneas. Una tenaz indiferencia rodea la obra de esta mujer a la que dijo Gabriela Mistral: "Desde que leí su primer libro, supe que Ud. entraba en la escritura literaria con cuerpo entero."
Arrinconada como musa o empresaria, como traductora o mecenas, como entrevistadora o escuchante privilegiada, como amante de alto vuelo o amiga solícita para todo accidente doméstico que perturbara a sus ilustres amigos, desde el alojamiento digno de Rabidranath Tagore hasta los zapatos de Paul Valéry, Victoria no deja de escribir incansablemente. Escribe como viajera deslumbrada y deslumbrante, como autora y actriz, como observadora infatigable de la naturaleza y de los insectos humanos que tantas veces la fastidian. Como lo dice espléndidamente Martínez Estrada, atraviesa como una rama dorada la selva donde habitan las panteras y los leopardos.
Escribe no sólo artículos y libros sino, además de sus Memorias, infinita cantidad de cartas, que en volumen superan todo el resto de su obra; no en modalidad de discurso, sino ante todo en clave de monólogo y diálogo. Sin ambición pero con una notable tenacidad, con instinto inflexible, Victoria escribe rodeada de silencio. Generosa como es, no deja de clavar un estilete agudísimo en las grietas de los gloriosos. Son memorables sus despiadadas instantáneas acerca de los genios y candidatos a genio que la rodean:
"Lacan me pareció un pequeño Napoleón"."Ravel parecía ignorar a Ravel"."Borges no se merece el talento que tiene". "Noailles era una mezcla de cisne y de serpiente" Si estas memorables definiciones han pasado al olvido es porque se reduce a Victoria al rol de la admirante perpetua, de la consoladora inigualable, de la amiga abnegada e incondicional. El hecho de que todas estas virtudes, que en ocasiones encarnó, no empañaran su poderosa capacidad crítica, que se expresaba de modo tan lúcido como fulminante, desarregla y desmiente la imagen consabida de una Victoria amistosa hasta la ingenuidad. El reduccionismo que sigue inspirando a la crítica se empeña en ignorar los dones críticos de una mujer que sabía mucho más de literatura que de teorías literarias y de generosidad más que de deconstrucción.
Ella se adelantó a adivinar y ahora es nuestro turno adivinarla. No sólo adivinarla, sino proseguirla en esa fe en la hermosura que nos une a todos, más allá de los malentendidos producidos por la historia de los vanos prestigios culturales que nos distancian y nos confunden, más allá de la pedante y resecante tradición universitaria que reniega de ella, más allá de los resentimientos y envidias que provoca inevitablemente una existencia como la de ella, poblada de talento, belleza, libertad y amor.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.


08/03/2007 07:18 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: ARCHIVO Hay 5 comentarios.

Hablan de nosotros

LA GACETA LITERARIA DE LA WEB

Sigue corriendo la voz de los escritores de la zona.

En febrero se anunció la suspensión de la publicación de la revista Gaceta Literaria de Santa Fe, sin embargo la escritora Norma Segades-Manias propuso la continuación de ese espacio literario en la web.


"Suspende su publicación la revista Gaceta Literaria
”, informó El Litoral en febrero. Luego de 26 años de aparición ininterrumpida, la comisión directiva de la revista estableció un paréntesis en su publicación, "una pausa necesaria para establecer nuevas bases económicas que la sustenten y para reorganizar su aspecto constitutivo", consignó, tras dar vuelta la última página con la publicación N° 131. Sin embargo, vía correo electrónico, llegó a varios santafesinos el link para arribar a la Gaceta Literaria 
 

http://www.gacetaliteraria.blogia.com.

 “Gaceta Literaria de Santa Fe, una revista literaria trimestral con honestos 26 años de aparición ininterrumpida. Hija dilecta del Profesor Luis Di Filippo estuvo desde 1981 a 1996 bajo la dirección de su creador y, a su muerte, desde 1997 a 2007 de su albacea, Jorge Taverna Irigoyen, y un consejo directivo", dice Norma Segades-Manias, quien integró ese consejo directivo junto a Jorge Alberto Hernández y Arturo Lomello, y el administrador Manuel Bande.

Segades-Manias cuenta que, a fines del año pasado, la situación económica-financiera no dio tregua. Fue cuando no alcanzó con la buena voluntad del grupo de adherentes -"cuya nobleza y altruismo, prolongándose en el tiempo de la resistencia cultural, posibilitaban la materialización de este sueño"- para solventar el costo de las ediciones. "Comenzaba para cada uno de nosotros la era de las antesalas y el peregrinaje para recibir subsidios y, a los problemas de salud, debíamos agregarle los del escaso tiempo que nos dejan nuestras actividades", señala la docente y escritora.
Fue entonces cuando la directora de la publicación digital, tras el resultado de la desalentadora reunión y con el apoyo de los escritores presentes, decidió llevar adelante este proyecto personal de "continuar compartiendo los quehaceres literarios de los santafesinos en el ámbito universalizante de la web".

Escritos


En la Gaceta de este mes se pueden encontrar notas de opinión, artículos ensayísticos, narraciones y poemas de los siguientes autores: Lisandro Romero, Fortunato Nari, Ariel Giacardi, Miryam Colombotto de Seia, Silvia Schönhals, Eric Courthés, Darío Schvetz, Raúl González Tuñón, Estanislao Giménez Corte, Maisi Colombo, Ernesto Charpentier, Olga Lonardi, Manuel Lozano, Rosita Escalada Salvo, Carolina Orlando, Rubén Vela por Juana Arancibia, Lermo Balbi, Norma Alloatti, Eva Durán, Juan Carlos Morales Mejía, Livia Díaz, José Geraldo Neres, Karla Sánchez Barreto, José Luis Pagés, David Lagmanovich, Matchornicova, Kama Kamanda, Francesca Gargallo, Marina Aoiz Monreal, Luisa Futoransky, Irma Bignon.


Segades-Manias habla de la selección de los textos: "el único criterio es la lamentablemente siempre subjetiva evaluación de los trabajos presentados según una personal e insoslayable interpretación estética". Y agrega,
"quienes hemos nacido en este ámbito provinciano, conocemos muy bien la idiosincrasia de los santafesinos: callan, observan, participan, pero muy pocos aplauden. Lo bueno de todo esto es que, luego de 61 años, ya estoy acostumbrada, es decir, no lo tomo como indiferencia sino como manera de ser".


 

13/03/2007 09:05 Autor: La Dirección. Enlace permanente. Tema: COMENTARIOS No hay comentarios. Comentar.


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