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Año I - Nº 5

Año I - Nº 5

GACETA LITERARIA Nº 5 – Mayo de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la artista plástica santafesina Zulma Molaro
Obra: Descanso del pescador

PÁGINA EDITORIAL

Esa entelequia llamada lector.

Los poetas que llevan a cabo sus desestimados quehaceres en estos espacios abandonados por los ángeles custodios [1] no deberían detenerse demasiado en las consabidas controversias referentes a posibles incompatibilidades entre ética y estética, debates intrascendentes relacionados con la vigencia o desuso de la cadencia versificante o discusiones bizantinas acerca de la validez o inutilidad del género poético.
Antes bien, resultaría altamente beneficioso, para su característico decir, continuar ejercitando el oficio que asumieron como tarea, celebrándolo desde una imprescindible honestidad intelectual. Porque, si fuera cierto que la belleza transfigura el mundo y la conducta lo transforma, nada estaría oponiéndose a la ejecución de tantas búsquedas personales de transformación cimentadas en la singularidad de un particular concepto artístico.
Quizás por ello el común de la gente se manifiesta indiferente ante todos esos despliegues de bellísimos discursos ejecutados con paciencia de orfebre, pero abarcados en contextos nimios, serenamente insustanciales, trivialmente esteticistas, y, sin embargo, acompañan las voces de quienes formalizan una literatura conmovida, encrespada, desprolija si se quiere, pero dramáticamente apasionada, conmovedora en la incondicionalidad de su entrega
Es que solamente nuestros pares pueden llegar a comprender la imperiosa y absurda necesidad de sumergirnos en la escritura como estrategia para sobremorir a tantas circunstancias poco propicias.
Esa otredad que nos da plena existencia [2] antepone las voces nacidas del desvelo, de las necesidades vitales, de la urgencia por revertir situaciones socialmente establecidas por una supremacía dominante. Esa otredad descree de la literatura como ejercicio, de la escritura por la escritura misma, de la misma manera en que nosotros renegamos de los escritores a sueldo, de quienes permanentemente están rindiendo examen en inciertos lugares, de aquellos que se someten a la inconstancia de la moda cambiando de corrientes literarias como si se tratase de camisas y de los que actúan como asalariados de las industrias editoriales hasta terminar comercializando su mensaje. Esa otredad prefiere los poemas que testimonian las incertidumbres, las pasiones, los misterios que tanto desvelan a los seres humanos a aquellos que les han sido dedicados al vagabundeo de las mariposas.
De allí que tantos vates contemporáneos hayan alcanzado la gloria de ser leídos masivamente escribiendo sobre temáticas que les eran dictadas por las vísceras, y así, quizás sin proponérselo, tendieron un puente hacia la conciliación, una mano fraterna, una voz ajena a las tendencias, escuelas o estilos en boga pero definitivamente armonizada con el sentimiento del otro al que necesitamos para continuar siendo y sin el cual no podemos ser: esa entelequia llamada lector.

[1] Jorge M. Taverna Irigoyen – Santa Fe/Argentina
[2] Octavio Paz – Libertad bajo palabra - México

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Deudas

Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arado con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
En un setiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero la furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaban la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba un mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

Jorge Isaías (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Génesis

acostumbro
en las tardes doloridas del otoño
acunarme en la historia de un sillón
cómplice

dejando que me acaricie la garganta
alguna melodía lánguida
para sentir que mi almita se duerme
serena
unos instantes

adivinarle un sueño
y regalártelo

Mabel Zimmerman (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Consejos silvestres

Si planea dominar un continente de indemostrable vastedad:
hembra o reino,
es imperioso que su más atroz artillería
bendiga
el arte del lenguaje;

que despliegue
un exquisito arsenal
de frases célebres
inscriptas ya en la cumbre del arco
desdeñoso.
Previsión ineludible para justificar sus estandartes
acosando muelles suaves y futuros sembradíos de discordia.

Es imperioso, señor, que tiente al demonio con la brújula del tiempo
distrayendo su atención con un discurso de aristas principescas,
reteniendo en el descuido, entre sus redes,
al pez desconcertado
para su primera y última cena de victoria,
que intentará usted repetir hasta el empacho,
señor,
amparado en un pudor obsceno.

(Doy a usted gratuitamente mis consejos porque los sabios han descubierto
tras paciente observación de las especies,
que a las hienas
se les ha negado el habla).

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

El orden.

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Poema por Haroldo Conti

Dónde estará Haroldo Conti
¿en el cielo
o en el mar?
Sus delgados tendones azules
no podrán llevar las palabras.
Es imposible que pueda caminar.
Qué rosa estuvo ausente
sobre su hora más triste
pregunta mi frente sin entender.
No eras conocido por mí
escribo entonces por el poeta que fue.

No podrás irte solo
“la balada del álamo carolina” acuna pájaros y miel.
Hoy
ahora que la gente canta.
Sobre cuál territorio gris
perdió la rosa su uniforme de oro.

Haroldo Conti: Chacabuco, Pcia.de Buenos Aires (1925) fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar. “Los hermanos de Conti lo habían podido ver en una especie de campo de concentración, con los tendones cortados. El pobre no podía caminar”. Palabras del escritor Antonio Di Benedetto. Clarín, Mayo de 1984

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Limpia y desnuda

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

La mujer contestó desde adentro, sin asomarse; dijo que usara el otro baño, el de servicio, y que por qué él -el marido, Julio- todavía andaba batiendo el aire doméstico cuando debía haber avanzado unos puntos hacia la ficha del empleo, ocho en punto, ella le dijo que usara el otro baño y el marido gruñó -me las vas a pagar-, pero no pudo imaginar que ahí, encerrada, Silvia se miraba al espejo y las arrugas de la palma, con la hoja de afeitar sobre el cruce palpitante de las venas, como contando una cuenta regresiva, él sólo sabía que debía irse al estrecho y maloliente baño de servicio o iniciar el día con una discusión, pero siguió merodeando por si la esposa se arrepentía y le abría paso, siempre merodeaban cuando la mujer se encerraba en el baño, Julio tanteó el picaporte y le pegó una patada a la hoja antes de darse por notificado que Silvia no abriría, no saldría pese al llanto del bebé, al chantajista llanto del bebé que desde adentro ella escuchó con atención pero sin preocuparse ni siquiera cuando se hendió la carne hasta el tendón, se rasgó sin controlar visualmente su acción sólo mirándose el rostro en el espejo, dándose el derecho de contemplarse y luego volvió, sí, las pupilas a lo que manaba de adentro hacia afuera, lo que rompía fronteras y haría que el mundo se apoderase de ella, polvo al polvo, pero el marido no tuvo modo de enterarse de que la mujer disponía sólo de un fragmento de vida delante de sí, punto del que ella estaba al tanto manteniendo a raya el eventual arrepentimiento con el rollo de cinta adhesiva a mano; Silvia había esperado horas primero, días después y semanas y meses, había esperado lo que no se produjo; y lo que no se producía a medida que no se producía, irreversiblemente, la había encerrado en el baño con la hoja sobre el cruce palpitante y a mano la bolsa de plástico repleta de secretos que acababa de sacar del escondite; la navaja ahora buscó la muñeca derecha, pero el metal filoso se cayó al suelo y Julio golpeó: necesitaba la afeitadora de ese baño; escuchó decir de ella que se hallaba lavando ropa, pero tampoco supo que probablemente ésas fueran las últimas palabras que intercambiaban, pobres expresiones, aunque la mujer se dijo que era improbable especular sobre qué quedaría realmente de ese momento en la alquimia mental ajena, de él; Julio apoyó la mejilla contra la puerta, como rogando pero sin hablar, sin saber que ella recogía la hoja del suelo, cruzaba la muñeca derecha con dos cortes profundos y paralelos, alzaba los brazos y se concedía el derecho de escrutarse en el espejo por un momento, se desnudaba, abría el grifo de la bañera, metía la ropa sucia en el tacho de los residuos, y empezaba a escribir algo sobre el espejo, algo que omitía el tradicional "no se culpe a nadie" sino -ella elegía y dudaba entre las palabras testamentarias- algo que expresaba "no se explicarán este acto pero sepan que no concierne a mi salud", pluralizar despersonalizaba a su marido, lo alejaba a un punto remoto, pura acción inconsciente, ella que miraba en el reloj el tiempo de arrepentirse, se metía en el agua, sacaba cosas de la bolsa clandestina: una cadenita que echó a la rejilla, una carta y papeles que leyó y amasó en el agua hasta hacerlos pasta, nada, y los desapareció en el inodoro, se deshacía de los rastros para que él, Julio, se preguntara una y otra vez el por qué, la causa, condenado al secreto, a lo inexplicable, aunque ella no se propusiera condenarlo a nada, ¿a quién le importaba a qué quedaba condenado Julio? y él le habló nuevamente, dijo que si ya no lo quería, y que el cartero había dejado una carta para ella, una carta ¿de quién? ¿de quién? interrogó la mujer desde dentro y él, que no se había fijado puso el sobre sobre la heladera, hasta luego, se iba, mientras Silvia, que había escrito el mensaje sobre el espejo, que había esperado horas, y semanas y meses mientras la espera la encerraba con la hoja sobre el cruce palpitante y el dedo del pie listo a descorchar el tapón de la bañera unos segundos antes que la cuenta regresiva cesara, para mostrarse simple y desnuda, ella que se había dicho ¿qué dice Julio?, ¿acaso me importa lo que Julio dice? ella, que supo que tal vez la carta fuera el objeto de la espera, vio cómo se borroneaba el rollo blanco de cinta adhesiva, sin tomarlo, sin intentar siquiera estirar la mano hacia el rollo hasta que el rollo desapareció.

PÁGINA 4 – Narrativa

Historias de gente sin importancia.

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Fedor.

Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violÍn. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor.

Quiromancia.

Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos.

Mediodía.

Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana.

Metempsicosis.

Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre.

Metáfora siniestra.

El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares...

Un escritor.

Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico.

Triángulo de amor.

Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres.

La nera veritá.

Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún.

La nieve, la nieve.

Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Alberto Girri – 1919/1991 - (Buenos Aires/Argentina)

Canción de amor

Aquí yazgo pensando en ti:

¡La mancha del amor
se extiende sobre el mundo!
¡Amarilla, amarilla, amarilla
roe las hojas,
unta con azafrán
las cornígeras ramas que se inclinan
pesadamente
contra un liso cielo púrpura!
No hay luz,
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
desluciendo los colores
del mundo entero;

¡tú allá lejos
bajo el rojo zumo del oeste!

El compañero de los pájaros

Como el amor
que se posa
cada día sobre la ramita
que puede morir
Así brota tu amor
lozano
vigoroso de sol
compañero de los pájaros...

Poema con un poema

Del emperador
que desvalido se adormece
en su jardín,
tiene algo este
anciano a quien súbitamente
el deseo,
huésped no invitado,
vuelve, persiste en sacudirlo.

También se amodorra,
y los dos son como gatos,
no les importa
sino sobrevivir;

pero en su precario retiro
el viejo no enhebra canciones,
y en lugar de ir entreviendo
ejércitos que incendian y destruyen
concita sobre él un retorno
en procesión de bellezas
ahora agrias,
cada cual mostrándole
la forma de un triángulo
allí donde hubo un sexo,
todas
semejantes
a las tardías flores
que en el imperial jardín
aguardan el invierno.

Oír uno su propia sombra

Repeticiones inútiles, verbosidad
en pleonasmos, redundancias,
tautologías,

garrulerías en las casas
amadas amando hasta el mirlo
que sobre ellas habla,

ruidos continuados
aislándote, los arrullos
por sentimientos melancólicos
del tiempo otoñal,

cantinelas ensalzando
imposibles concordias:
que al agua del pozo
le sea dado invadir la del río,
que la cosecha pasada
y la nueva se unan.

Es mantener abierto el pico,
no puedan las palabras obstruirlo:
como leznas
dentro de una bolsa
(acaban por romperla).

Es el anverso
diáfano de la vida suavizando
las áreas hostiles,
la de los ojos turbios,
balbuceos lastimeros, orejas calientes,
vértigos de borrachos.

Es tu cotidiano ensayar,
mientras no suena la campana,

no se haya ido la arena del reloj,
cómo hacer con discursos de aire
que el mundo de los felices
y el mundo del desdichado
no parezcan distintos.

Puertas adentro

Como Blake con el tigre,
en tu gato no atiendes
a uñas, lengua áspera,
poblados pelos largos,
estrías blancas,
c lo que provocas desde confusa
f hermandad, la pretensión
de que en su vigor está el tuyo,
y de acercarle
elusivos discursos, soliloquios
para un no favorable
ni adverso ánimo,
sin cooperar, sin airadamente
estirarse indicando que apenas
cerraste postigos, cortinas,
él ya captó,
tu agitar antipatías, infatuaciones,
prontuarios de la menuda hojarasca
que en la sagacidad animal
pudiera disolverse,
apremio
por alguien que se mantiene
atado a su especie,
alcanzar
el par donde apoyarte, tu correspondiente;
como Blake y el tigre,
Poe y el cuervo,
Basho y la rana,
recluyéndote a pedir
el benjgno, consolador ajuste
de tu aliento, fatigoso golpe, desazón,
y la prescindencia del libre, que no juzga.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

El chaleco de Hemingway

Por Ramón Fernández Palmeral (Orihuela/España)

El que fuera Premio Nobel, Ernesto Hemingway y Mary Welsh (su cuarta esposa) cruzan el Atlántico a bordo del “Constitución” y desembarcaron el 1º de mayo de 1959 en Algeciras (España) instalándose en la finca de La Cónsula en Churriana (Málaga), propiedad de Bill Davis, norteamericano. La revista Life le había encargado un reportaje que ya era considerado como el enfrentamiento de toreros más grande de la historia: el mano a mano entre Dominguín y Ordóñez que tendría lugar ese verano. Aquí en Churriana también estuvo acompañado por su secretaria irlandesa Valiere.
EL escritor estadounidense Ernest Hemingway se quedó prendado de la finca La Cónsula, no era para menos, y, sobre todo, de su precioso jardín botánico. La mansión la describió en el libro que escribió de aquella aventura taurina, El verano peligroso, «como maravillosa casa», y comparaba su jardín en belleza con el Botánico de Madrid. Seguramente, aquí trabajó en su libro París era una fiesta.
En el mes de mayo de 1959, se cree que Hemingway estuvo en la casa del hispanista Gerald Brenan, sita e calle Torremolinos, 56, donde se celebró una comida familiar o -picnic- en el jardín, según vemos en la foto aparecida en el libro de Antonio Ramos ya anotado. Lo cual debió ser un honor para usted, como bien describe en páginas 755-757, Autobiografía. Además mostró interés en que se lo presentaran porque ya conocía su libro El laberinto español de 1943
Cuando Hemingway viajó de Málaga a Madrid, aquí se hospedaría en el Hotel Suecia para asistir a la temporada taurina de las fiestas de San Isidro, su presencia se anunciaba casi como parte del cartel de las fiestas. Ocupaba asiento de barrera, al final de cada corrida, la concurrencia se volvía a buscarle para pedirle opinión sobre la faena. La relación de Hemingway con los Ordóñez se inicia con Cayetano, El Niño de la Palma y padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, que tiene un papel destacado en Muerte en la tarde (1932). Pero es con este último con quien visita «aquella encantadora y extraña ciudad» y su mítica plaza de toros. (Vi fotos inéditas en la casa de Tomás Toranto de Churriana).
A Hemingway le fatigó esta temporada de toros, bebía sin límites, constantes viajes de feria en feria en un Ford color rosa alquilado conducido por Bill Davis, los horarios de comidas eran irregulares, las noches se alargaban hasta el amanecer. En este año se enteró de que su Gary Cooper (actor en la película “¿Por quién doblan las campanas?”) se estaba muriendo por un cáncer de próstata, ello le conmocionó profundamente, y su propia salud se vio quebrada.
Esta frenética actividad nos la cuenta Rodrigo Fresan:
Entre el 26 y el 31 de ese mes (mayo) Ordóñez tenía corridas en Córdoba, Sevilla, Aranjuez y Granada. Mary, engripada, se quedó en Madrid; pero Hemingway estaba dispuesto a no perderse nada. En Aranjuez, Ordóñez sufrió una leve cornada y allí estaba Hemingway para atenderlo y –ya con trece corridas en su haber – se hizo un alto hasta finales de junio para que el matador se recuperara. El otro matador aprovechó el alto para volver a La Cónsula y arremeter en su lidia privada. “Este es un verano maravilloso”, dijo Hemingway en algún momento mientras las corridas y festejos se sucedían a velocidad de vértigo. Y agregó: “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.
En junio del 2006 más de 300 especialistas en el novelista Ernest Hemingway se reunirán a partir de mañana domingo en Málaga para tratar la influencia de la tauromaquia en su obra, así como las vivencias que compartió con artistas como Picasso o toreros como Antonio Ordóñez (padre de Carmina Ordóñez y abuelo del torero Francisco Rivera) durante sus estancias en la Costa del Sol. El congreso concluyó el 30 de junio.
El Museo Picasso y la escuela de hostelería de La Cónsula, y el Palacio de Congresos de Ronda (Málaga), fueron lugares de las conferencias organizadas por la Fundación Hemingway, que convertirán a Málaga en el "punto de referencia internacional de un escritor internacional", según aseguró el concejal de Cultura, Diego Maldonado. Este encuentro consolida la unión del escritor con Málaga, "a la que adoraba", según destacó el presidente de la Fundación y Sociedad Hemingway, James H. Meredith.
En 1960, el régimen castrista-marxista le expropió la casa La Vigía que tenía en Cuba, y se apropió de sus pertenencias, que luego fueron sacadas ilegalmente, le entró una fuerte depresión, su excesivo orgullo le asesinó, se disparó un tiro de escopeta el 2 de julio de 1961 en Ketchum (Idaho).
En diciembre del 2006 estuve en Churriana buscando vestigios de la vida de Gerald Brenan donde vivió con su esposa la poetisa norteamericana Gamel Woosley entre 1955 a 1970. Estuve en la Casa de Cultura de Churriana hablando con el responsable, Salvador Escalona, que me enseñó la placa y me informó de algún aspecto el escritor inglés. Cuanto salí de la Casa de Cultura me encontré a un hombre en la calle con el que estuve hablando y me comentó, para mi asombro, que había conocido a Hemingway, porque su madre trabajó en La Cónsula, y tenía un chaleco del Premio Nobel. Tomás Toranto, que así es como se llama este hombre, me acompañó hasta una especie de trastienda o almacén que tiene muy cerca, en otra calle, donde me muestra, muy orgulloso, su museo taurino; aquí me enseñó la multitud de fotos que tenía en la pared, entre las que estaban las de Hemingway en diferentes fiestas y en plazas de toros, porque al Nobel se le iba la marca del toro, la comida y el alcohol. Pero cuando le pedí permiso para sacar algunas fotos con mi cámara digital, me lo negó, consciente de que tenía gran valor y yo podía publicarlas en Internet. A mí me gusta pedir permiso para reproducir fotos.
Las fotos de Hemingway estaban firmadas por el fotógrafo taurino Cano. Allí estaban casi todos los toreros malagueños (casi 50). Había una de El Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez Aguilera) el padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, Dominguín, Paquirri, Jaime Ostos, Bienvenida… Me quedé muy emocionado, y a la vez contrariado por no poder sacar fotos a este museo que, en cualquier ciudad o Peña Taurina se darían tortas por él. Me dijo que trabajó muchos años en la Plaza de Toros de Torremolinos, y me enseñó una fotografía donde se le veía toreando una vaquilla. También me enseñó dos motos de la marca Lube, antiguas, reparadas, en uso, dos reliquias del motociclismo, una de ella la quería vender. Hablamos sobre el chaleco de Hemingway que tenía en su casa
Entramos en su casa y me sacó el chaleco envuelto en una funda de plástico, era blanco marfil como de piel de gamuza, yo lo cogí con mucho cuidado, con nervios, me dijo que tenía intención de venderlo, pero no le pregunté cuánto pedía, estas son reliquias que no tienen precio. Con sumo cuidado como si fuera una casulla papal, lo puse encima de un sofá y le saqué unas fotos con su permiso. Yo me ofrecí a colgarlo en Internet y que sea lo que Dios quiera. Es una pena que esto salga de Churriana, pero como somos así, unos pasotas, pues alguien acabará comprándolo. Seguidamente sacó un libro escrito en inglés sobre la vida de Ernest Hemingway, en el álbum de fotos del libro está Hemingway con el chaleco, y otra foto celebrando el cumpleaños donde se veía a la madre de este hombre que me dijo que se llama Tomás Toranto. Su madre trabajó en La Cónsula, por ello toda esta historia del chaleco de Hemingway tenía sus razones de ser. La foto del cumpleaños debió de tomarse el 21 de julio de 1959, en el sexagésimo cumpleaños del escritor y periodista, que lo celebró en La Cónsula. Me dio su número de teléfono.
Tranquilamente encontré más información y fotos sobre la vida del premio Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway, y sobre su veraneo de 1959 en Churriana. Estuve buscando fotos de Hemingway con sus chalecos de piel. El que tiene con Gerald Brenan en el patio de la casa de la calle Torremolinos, posee un bolsillo en la parte izquierda, en cambio, el chaleco que tiene Tomás, no tiene este bolsillo, por lo tanto debe ser otro de sus chalecos, pero hace falta encontrar la fotografía en que lo demuestre.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Con el éter del enigma

Huye el eterno retorno del Yo.
La tarde ausente de todo
trae rimas como nubes.
Como si nadie supiera nada
se promete
el regreso de las metáforas:
letras olvidadas en el tiempo
de un mundo sin destino,
páramo inconsciente
olas desnudas sobre el mar
agitado de sal.

Juan Pomponio (Berazategui-Buenos Aires/Argentina)

Compadre :

no hay palabras de piedras en la clave de sol
ni en las contradicciones de los almácigos
No es conveniente animarse a decir adiós.
Ya hemos sumado las mordidas que envejecen
y merecemos descansar de los jadeos
urgentes.
En la sala de espera de la noche
Una tarde de lluvia dije buenos días.
Así uno nace al revés de los andrajos
y se apuesta una lucha,
y se hincha de luchas
todas llenas de lluvia, de noche,
de soledades en astucia en uay
que te comen hasta el despertar.

No defino el final del adiós,
Tengo un amigo en San Antonio,
una hija aún sin decapitar
y dos perras que le ladran al réquiem
para envejecer juntos.
Esta tardecita de enero
están buenos los pimientos de Calahorra
y el Este con su tormenta que amaga
una mirada de quizás.
Aún tengo viajes pendientes
a la caricatura de la rabia,
donde tomaré café
y algo más
con el verdugo de los tiempos perdidos.
La vida es zarandanga para que te toque aquel
y te lleve éste.
En la próxima risa soltaré tamboriles sin rutina
y me beberé toda el agua que dejaron los ahogados.
Los que partieron no de muerte natural.
Esas cicatrices que dejaron los compadres.
cuando se ponen corbata
y se peinan y depilan los adioses
y se olvidan que algún día juntos
amamos la revolución en alza.
Estoy vinculado con las palomas de los entretechos
para decir adiós a los que visitan el festín de
los dueños.

Alfredo Ariel Carrió (Entre Ríos/Argentina)

Entonces supe.

Entonces supe que hacer
me arremangué
las manos retorcieron el trapo
sequé y sequé
como si hubiera llorado
tanto
pero no había tiempo
llegaba lo nuevo
tenía que ponerme algo
sobre la desnuda tristeza
destapar las cañerías
trabajar
eso hice
y pelé chauchas
y deshojé prolijamente
los bordes del espanto.

Graciela Wencelblat (Buenos Aires/Argentina)

Soneto

No salgas niña, que la lluvia viene;
viene la lluvia con su pie ligero
y agitando en el aire su pandero,
cuando quiere bailar, no se detiene.

No salgas niña, que la lluvia tiene
flores de vidrio para tu sendero.
No vayas a salir, porque no quiero
que en lugar de alegrarte, ella te apene.

Pero la niña se lanzó a la calle,
rompió un espejo con su airoso talle,
y se perdió en el aire alucinado.

Si la niña no hubiese sido rubia,
la hubieran visto irse con la lluvia
para seguir bailando en otro lado

José Fernández Molina (Salta/Argentina)

Soy Muchas, Soy Una, Soy La Pachamama

Yo soy Sedna, la diosa del mar, la creadora de los
inuit del Ártico y entre los navajos soy la Mujer
Cambiante, diosa araña de la creación, madre del Cielo
y la Tierra. Soy la Bisabuela Wakan de los sioux, la
Mujer Bisonte Blanco de los lakotas y la Mujer del
Peyote de los huicholes.

Soy Ixchel, la diosa luna de los mayas y
Tonacayohua, la diosa cielo de los totonacas. Los
mejicas me llamaban Señora de la Falda de Jade y
Señora de la Falda de Serpientes porque producía la
vida, la muerte cíclica y la regeneración.

En Centroamérica, me han celebrado bajo el nombre
de Flor Emplumada, la Estrella que humea en el bosque,
patrona del amor, la sexualidad, los códices y las
artes.

En Colombia soy Bauche, la diosa serpiente creadora
en la laguna de Iguapé y en las selvas soy Nunguí, la
fértil diosa que danza en los campos de yuca plantados
por las mujeres jíbaros. Los incas me llamaban
Pachamama y me reconocían en mis hijas: Saramama,
Cocamama, Axomama, Coyamama y Sañumama.

Soy la Mujer Jaguar de los Andres y la Jaguar Negra
del Amazonas. En las costas del Brasil y del Uruguay
me llaman Iemanjá, la diosa luna que emerge del mar. Y
para los tobas del Chaco paraguayo y argentino soy
Aquehua, la diosa sol que bajó a la tierra para
engendrar a los primeros seres humanos y regresó al
cielo para nutrir la vida.

Soy la Sirena del Paraná y la Doncella de la Yerba
Mate. Entre los pampas soy la Llorona, la Luz Mala de
los huesos y la Vieja vestida de Novia. También he
sido la Telesita y la Difunta Correa.

Entre los araucanos soy el Espíritu del Pehuén, la
Diosa Madre de los mapuches. Danzo, canto, profetizo y
curo con las machis, únicas sacerdotisas activas de
esas tierras. Y con máscaras sagradas estuve danzando
con las onas y yaganes de la austral Tierras del
Fuego.

Soy Muchas y Soy Una. Soy la Pachamama.

Analía Bernardo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Las razones de Ana

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe/Argentina)

En el caso de Ana supongo que persistirá la marca dejada en una pared, pero que seguirá ahí sólo hasta que alguien decida quitarla. Y eso sería todo.
Quiero decir que no habría más, porque no hay sustancia en el presente sino un pasado que carece de importancia porque a nadie le importan los muertos. Aunque es cierto que el dolor es intransferible. El dolor particular, lo que no se puede contar.
Cuando Ana hizo un gesto de cansancio que intentó reprimir advertí la grieta. Fue un momento apenas pero suficiente como para establecer un precario sistema de complicidades consolidado en esos breves días, lentos y soleados, que nos hizo encontrar en las jornadas del hotel.
Nada más tedioso. No hay que tener obligaciones, el ser humano debería tener derechos, tal el derecho a no trabajar, a no rendir exámenes a diario. Quiero decir que a tres cuadras no más estaban la playa, el río y sin embargo no se podía ir y nadar y perder el tiempo. Nada de eso, la convención era ejecutiva, cuatro días de intensa concentración.
Para disputar espacios, para vencer, porque el gerente feroz de la empresa había decidido concentrarnos en ese lugar confortable, hacernos dar cátedra de mercado y salvaje conquista por parte de especialistas sonrientes y sin gracia, lujosos y considerablemente estúpidos. Todo tan artificioso. Morenti entre ellos.
El gerente poderoso, Ladril, estaba allí, ladrando. Ana estaba también allí, a su lado, cumpliendo el rol de eficiente secretaria y de rigurosa amante. Esas cosas se saben de entrada. Ella era linda, fría y distante y parecía cumplir a cabalidad el rol que le habían designado. Esta mujer, esta mujercita, pensé con cierto desprecio y me aboqué a atender a los eficientes que todo lo sabían, sopesé la lanza y el escudo que nos proporcionaban para salir y matar, sin dejar nada en pie salvo nuestra empresa.
No precisamente mía. Pensaba de esa manera al llegar, pero yo como otros me encontraba en el hotel para que en esos cuatro días me extirparan tales pensamientos. Yo estaba ahí. Y Ana estaba ahí. Y yo continuaba sin tomarla en cuenta hasta que le descubrí -fue apenas un instante- su gesto de impaciencia. Algo que de pronto nos unió: la impaciencia ante tanto desborde, ante tanto humo fabricado para adormecernos y así poder extraer cuanto éramos de verdad. Mis preconceptos sobre ella cayeron. Un alma desamparada, pensé. Error, pero no es extraño que en el desierto se compre cualquier espejismo.
Cuando hizo el gesto sin pensarlo demasiado tosí y la miré con ligera sonrisa. De inmediato volví a mis papeles, pero ella registró mi presencia. Y al poco rato, en el momento en que comprendí que terminaba de correr ligeramente el cenicero para que Ladril se tirara encima las cenizas del cigarrillo estuve a punto de aplaudir. Ella -lo supo en el momento mismo en que impulsivamente me puse de pie y me aproximé a su silla- podía contarme como aliado, el alma gemela que estaba esperándola. Uno muchas veces se equivoca, pero díganme si ese no es el signo de la vida.
La convención continuaba, fría como si en la mesa se diseccionara un cadáver, cada uno desarrollando estrategias de ataque y defensa simultáneos. Esperé de ella un nuevo gesto de insatisfacción, una mirada de odio dirigida a ese Ladril quien todo lo decidía en nuestro nombre. Ladril era ágil pese a su edad, con gestos desagradables y uso y abuso de su poder que demostraba con sus constantes actitudes vulgares.
Uno a veces hace cosas...
El nuevo gesto de complicidad que aguardaba de Ana se demoraba en aparecer. A la primera jornada se le sumó la segunda (momento en que descubrí su fastidio) y la tercera se arrastraba con los jóvenes yuppies del espacio flamante y tecnológico unidos en fraterna camaradería y nada estaba ocurriendo. Que fue cuando me dije que la melaza del mustio mundo iba a continuar impregnándome, metiéndose en mi vida de rutina, nada que me permitiera salir de la clausura,
Además daba lo mismo (no era así) que esa mujer no fuera la que pensé. Uno había llegado hueco y se iría de igual manera. Se roza la vida, no existe otra medida para las cosas.
Supe de su nombre de inmediato porque todos llevábamos tarjetas de identificación, como las cocardas que se colocan a los toros en exposición. Supe, más allá de su frialdad, que esa mujer por una razón oscura (que en definitiva son las razones que importan) debía tener algo que ver con mi vida. Había llegado sin planes y ahora Ana la llenaba de sentido. Tan frágil es uno. A tanto está dispuesto a exponerse.
Morenti se me acercó con gestos de amistad. Me molestaban sus miraditas de muchacho pícaro, su manera abusiva de tratar a la gente, las burlas que hacía a espaldas del que recién se retiraba de su lado convencido de haber trabado una amistad sin límites. Me molestaban su frescura, su cuerpo de gigante. Y más que todo eso lo que me molestaba (aunque no deseaba admitirlo) el inconveniente central de que él ingresaba al predio cuando yo ya me retiraba al cono de sombra. Sin embargo, pese a mis prevenciones actuaba conmigo como si fuera un igual, me buscaba, daba la impresión de tener hacia mí planes imprecisos, pero al mismo tiempo extraordinarios. No eran los suyos actos de amistad viril, ni de perversión erótica, no se trataba de eso, sino de acciones concretas en la empresa, una apuesta en común hacia el futuro, espalda contra espalda defendiéndonos y atacando al resto. Algo así.
Carecía de sentido, él tenía poder de decisión, no yo, yo no era un igual. Aparte no me interesaba Morenti, pero Ana -a pesar de los acuerdos silenciosos, del fastidio que me mostraba por tener que permanecer al lado mismo de Ladril- persistía en una suerte de segundo plano, cercana pero también irreductiblemente distante.
En el bar del hotel, me animé, intenté hablarle pero ella me rechazó: "No, imposible aquí, Ladril no me deja de vigilar ni un segundo". Me aparté molesto y pedí un café en la barra del bar. Al segundo tenía un papelito en mi mano libre: "Afuera, en el quincho", decía su letra apresurada. Salí después que ella y di un largo rodeo por un jardín que casi no había visto, bañado el lugar por la luz matinal, cerros cercanos, turistas, chicos que gritaban y jugaban y vivían su mundo. Cada uno lo hace. Yo buscaba concretar el mío cuando me acerqué al quincho apartado que en ese momento estaba desierto. Salvo Ana.
¿Diré que todo es previsible, en definitiva? ¿contaré que la vida es una calamidad porque termina en la muerte? ¿para qué decir tantas tonteras, para qué caer en el lugar común? Ella al fin me esperaba, ella me abrazó, me besó, me atrajo hacia su cuerpo espléndido e inesperado, en el que pude descargar, al fin, tanto que había acumulado y que era más que besos y semen, que era todo. Que era aquello imposible de contar.
Después, mientras fumábamos, tomé un atizador e hice una larga marca en la pared: "Para que sepamos que estuvimos aquí", dije riéndome.
Ella me miró con seriedad: "Para tenerme, hay que sacarlo del medio a Ladril". Clara y diáfana y sutil como una cuchilla. "Nosotros no nos conocemos", agregó al darme el beso de despedida.
Dije dolor, quizás sea excesivo pero digo lo que siento. Uno se presta a lo más ruin para obtener resultados. Se trataba de mí, de ella, de lo que ayuda a construir la imaginación, el remedo de la realidad.
Desprenderse de Ladril, sacárselo de encima. Era como pedirme que con pico y pala cambiara de lugar los cerros. Algo imposible, pero con qué gusto haría. Lamentablemente se trataba de una ficción, de un absurdo.
Uno se presta a tantas cosas...
Se me acercó Morenti: "¿No te lo dije?", pidió un whisky, su felicidad se expandía por todos los poros, contagiaba al bar, a las paredes de fotografías gigantes, de cuadros eglógicos, a los turistas que se confundían con los participantes del simposio.
Por ejemplo, Morenti: "¿No te dije?", insistió. Para mí era una pregunta enigmática, si algo dijo yo me lo había perdido. Sonreía abiertamente, su rostro estaba también abierto, joven, pleno, el mundo se postraba ante él como fruta madura, como mujer dispuesta.
No me lo había dicho y seguía sin precisar las cosas aunque me estaba enterando que en el orbe en que ellos se movían (al parecer también ahí me movía yo según me lo estaba haciendo ver Morenti, que conocía el envés del guante), que se terminara Ladril resultaba una cuestión menor, una piedrita de las que se patean en el camino sin que a nadie le importe.
En tal misterio yo tenía algo que ver. Lo descubrí en el momento en que Morenti buscaba hipnotizarme. Era la primera vez que yo asistía a esa clase de convenciones. Me contó que año tras año Ladril era ratificado por los dueños, pero esta vez había algo más: Morenti me mostraba unos informes. Sonreía. "Mirá como brilla el sol", dijo con entusiasmo.
Ana daba vueltas por el bar, exhibiendo su cuerpo que terminaba de ser mío. Me miró con intensidad y después siguió su camino, ausente y secretaria y amante de Ladril. Yo la imaginé, la vi, la volví a vivir, entera y desnuda en el quincho.
- ¿De qué se trata?-, pregunté sin inocencia.
No se despidió de mí. No dijo lo siento.
Los informes eran claros y simples, lapidarios. Terminarían -como terminaron- con Ladril en un segundo. Fue un golpe inesperado, como si se tratara del jugador inexperto que cuando se van a retirar los que saben y están por juntar las fichas exhibe el poker imbatible.
- De manera que no lo puedo leer yo. Se necesitaba un valiente, me decía Morenti mientras me colocaba la coraza y me acercaba la lanza, el escudo, pero no el yelmo porque en estos casos había que actuar a cara descubierta, sin ninguna protección.
Estaba equivocado conmigo, último en la lista, debía buscar a otro que hiciera la representación, ese juego no era para mí. Pero (obviamente, digo ahora), en el instante en que me negaba me rozó Ana, era la mujer enfática que me esperaba. La tristeza se nutre de estas minucias.
El informe resultaba contundente, ladrillos para sepultar a Ladril. Por supuesto que terminé aceptando, por supuesto que pedí la palabra, era el momento en que los jugadores estaban a punto de retirar las fichas, cuatro ases brillaban en mis manos, todos miraban -creí que con fascinación, en realidad lo hacían con asco y fastidio- al recién llegado mientras descargaba cifras, datos cruzados, hechos incontrastables. No miré a Ladril pero lo imaginé pálido, abatido, vuelto un dibujo aplastado.
No sé qué pasó con él. Renunció, como era de prever. Y, como era de prever, Morenti fue entronizado en su reemplazo. Lo estoy matando, pensaba cuando lanzaba miraditas de triunfo a Ana que seguía hierática, a lo mejor transformada en gárgola sin que yo lo supiera.
Todas las complicaciones, todos los indicios, todas las acusaciones, los entrecruzamientos, recayeron sobre Ladril que apenas si pudo protestar, insinuar, afirmar, toser. Al rato no más estaba liquidado.
Pero nadie me felicitó. Nadie me dijo la menor palabra de aliento. El único que se dirigió a mí fue uno de esos jefes oscuros que escupen al hablar. Me llamó a un rincón: "Ya está preparada su ropa", me alcanzó el billete del colectivo más barato que salía en minutos. Me dijo que me enviarían las cosas de la oficina a mi casa. Lo mejor, agregó, es que nos mande la renuncia.
Después pensé que al informe le faltaban datos, otros nombres (no había uno solo más, aparte del de Ladril), que nada en definitiva cerraba. Pero era el precio que pagué para tener a Ana. Qué ridícula pretensión.
Porque no se despidió de mí. No dijo lo siento. No me miró cuando se fue con Morenti, quien desde hacía horas ya no me hablaba.
Me fui también. Una marca queda en la pared del quincho. Algún gaucho reparará la osadía.
Razones tendrá Ana. Razones tuve yo. A quién pueden importar.
Hay cosas que el viento se lleva con tanta simplicidad...

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Poemas – 1964/2004 – Rosa María Sobrón
– Editorial Dunken – Buenos Aires – 338 páginas

Ajena a las expresiones que ponen a la poesía fuera de la medida y los sentimientos del lector tradicional (ese lector moderadamente culto y sensible que alguna vez gustó de la poesía y ha dejado de leerla), Rosa María Sobrón es, sin embargo, una poeta de hoy. Cultora de una escritura fiel a la belleza y la emoción, su contemporaneidad no se vincula con determinadas concepciones o modalidades retóricas sino con su condición de mujer comprometida con su tiempo y sus semejantes, así como con algunos valores: la fe en la vida, el amor y la esperanza –como lo señala Norma Pérez Martín en el prólogo a “La puerta infinita”–, que están en la raíz de cada uno de sus poemas. La autora nos ofrece aquí el testimonio de una obra poética comenzada hace cuarenta años y proseguida con fervor, lealtad y una permanente profundización de sus temas y recursos creativos. Desde La espera iluminada, de 1964, a La puerta infinita, de 2003, Rosa María Sobrón desarrolla una temática recurrente: el amor al terruño provinciano, las reminiscencias de infancia y juventud, la compañía o ausencia de sus seres queridos, la preocupación social, la fe en Dios, las ilusiones y nostalgias que han ido entrelazándose en el decurso de su existencia. Todo eso lo transmite limpiamente, con transparente y conmovedora sugestión, ofreciéndonos una poesía que cumple con la función que el género siempre tuvo a lo largo de la historia de la literatura: ser un diálogo de almas y, al mismo tiempo, una vía de acceso a lo esencial. En sus inicios, la poeta se destaca por el tono celebrante con el que nombra su escenario entrerriano –río, colinas, ceibos, pájaros–, prolongando el eco de algunas voces de la Generación del Cuarenta. Sensualidad de la palabra, belleza y emotividad. Su predilección por el romance, el soneto y un verso libre ceñido, no obstante, a una instancia rítmica, musical, regresa en los siguientes libros: Poemas con sol y llanto, de 1974, y Es tiempo de elegía, de 1978, donde ya se advierte una actitud más reflexiva, más pronunciada de melancolía y más abierta a los seres de su contorno inmediato. Finalmente, La puerta infinita, de 2003, nos muestra a una poeta ya segura y afirmada en su voz personal. Las puertas giran, se abren o se cierran en un tiempo que Heidegger calificó de indigente y desesperanzado. Las puertas del padre y de la madre, de los hijos, del marido que ya no está, la puerta que se abre a los recuerdos y las sombras. “Cuando cerré con llave/ y contemplé aire desconsuelo/ nadie advirtió –tan solo Dios–/ el punto rojo que me despedía. / Las puertas de la angustia/ no se abren al sol. / Miramos hacia arriba. / Y vemos otra luz”. Seguramente, Rosa María Sobrón hará felices también a sus lectores (Wallace Stevens decía que la poesía es la felicidad del lenguaje), abriéndoles con estos poemas humanos, tiernos y reveladores, la puerta infinita de su corazón.

Antonio Requeni (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Alfonso Sola González – 1917/1975 –(Paraná-Entre Ríos/Argentina)

Felices Pascuas
(inédito)

Felices los que creen en el Espíritu Santo
felices los que creen en el partido comunista
felices los que creen en el dragón del Sol
o en el oscuro río de la noche
eternamente inmóvil.
Felices, felices los que en la flor del cáncer
encuentran la paloma
de la última hora.
Y feliz vos
y yo,
tan perdidos
en la soledad del amor,
cuerpos que fueron sombra
y ahora resplandecen en las viejas almohadas,
felices,
porque ya está el pan que quema.

Felices mis amigos que perdí
porque me perdieron
feliz el vaso roto
en la noche
sin el Señor,
feliz la espuma de los dientes
del lobo
tan solo,
en el bosque dorado;

feliz alma mía
que no comprendes nada,
nada, nada,
feliz cuerpo mío
que ardes como un árbol
de tierra
en la noche
del Pan.

Camina el poeta y no sabe...

"Sennores para el camino
dat al de Villasandino".

A Mauricio López

Has perdido tu sombra, alma que fuiste mía.
Ya no verás cruzar los grandes pájaros celestes
que reparten la corola centelleante del cielo.
Esplendores del día, nubes gloriosas,
dadle para el camino.
Estará en la taberna;
jugará con el dado de oro de la muerte.
O no estará. Monarcas de las encrucijadas
dadle para el camino.
Verá su última tarde. Verá un río que vuelve.
Topacio de la guerra, lanza de niebla
dadle para el camino. Quien fue ángel destroza interminablemente
su espada negra. Dadle,
dadle para el camino.
Y cuando llegue ciego,
a la puerta que arde entre el cielo y su frente,
dadle, dadle para el camino.

El Soñador

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
mas allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte,
más hondo que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso, de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertas por la hiedra del sueño
y las batallas.
Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida
bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Mas allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
mas allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
lleno de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el amor arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.

La mirada y los ojos

Todos tus ojos, todos
los errantes, los quietos
los que sueñan o hablaron
o queman con callada piel de tigre azul-celeste.
Todos tus ojos, todos
los que engañaban la corona visible de la luz,
los que ocultaban al sol el sol del día...
y los otros secretos, tus ojos escondidos,
no pintados de color,
los que contemplan
la sombra lenta del amor que llama,
tus ojos no vestidos,
todos tus ojos, todos
pueblan la Creación,
ya la alta esfera por desunidos ángeles
ya el descendiente paso de los días unidos
donde, en oscuridad, te estoy mirando.

Horas antes de morir

¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?

Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.

No busques el camino más allá
de la infancia.

En tu casa hay una vieja fotografía
Donde ya estás muerto,
Alfonso.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

La barcarola de los dioses

Por Miriam Cairo (San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires/Argentina)

Dadá

A los veinte años, mi dios frecuentaba con la misma pasión y asiduidad, los burdeles y las bibliotecas. Sería redundante decir que como todo joven buscaba los extremos y que su autor preferido era Tristán Tzara. Leía poemas en los bares y su primer libro estuvo a punto de titularse "Semilla y aberturas" porque él tenía dadá en el corazón. Sus insomnios crónicos a veces le cansaban el motor y a veces se lo inflamaban.
Cuando hablaba con su madre sobre la desesperación que lo invadía, ella lo desconsolaba diciéndole que ningún dios había tenido la dicha de morir tan joven. Mentía, obviamente, como lo hacen siempre las madres.
A los veintiún años él no sabía si hacerse monje o caer preso en una cárcel nacionalista. Pudo haberse cortado el brazo derecho y enviárselo al Papa de Roma porque tenía dadá en el corazón.
A los veintidós recorrió el país en bicicleta y pudo haber titulado su segundo libro "Cinema calendario del corazón abstracto", pero no quiso ser siempre el portador de la mala noticia y además amaba una bicicleta que no era ni alegre ni triste, dadá, dadá.
Así siguió la historia. El agua salvaje, los dientes hambrientos, su ojo encerrado en un triángulo, el compartimiento para fumadores, la alegría de los astrónomos, bocanadas de buru?buru formando remolinos, las mujeres usando sus lagrimitas a modo de collar, el soplido animal, el hálito salino, el capitán a?a?antifilósofo. También las serpientes lo amenazaban a menudo, y él cuidándose siempre de los ojos y de los azules, escondía sus milagros detrás de la puerta porque la divinidad le nació de un bastonazo. En el burdel a veces elegía a las chicas que trabajaban con las manos y a veces, las que trabajaban con los pies. También predijo que después de la guerra vendría la guerra y que las alondras estridentes se quebrarían contra un espejo, porque él tenía dadá en el corazón. Y no hablemos del solsticio. De los días cambiantes. Del guerrero vestido de negro que hacía sonar su garganta transparente y cantaba el aleluya. No hablemos de los vehículos y los peatones. Había en él un stress por circular. Condujo su historia hacia el pasado porque siempre le cayeron bien los mitos.
En el umbral de la vejez, mi dios aceptó algo que antes siempre había rechazado: en vez de ir al burdel, recibiría a las muchachas en su casa. Cuando más envejecía, más cerca de su nacimiento se hallaba. Antes de volverse eterno, dio un golpe de arco y escribió la canción autobiográfica de un ciclista que era dadá de corazón.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Papigochi

El río, rumor sosegado, diáfano, silente
Corre respirando la música del tiempo

La lluvia ha lavado la noche
Extraviada en el aroma de flores
y el viento entre los pinos

El plenilunio pinta de deseo nuestra piel
Ebrios de amor y vino, ardimos en la hoguera
Colmados nuestros cuerpos
alcanzamos el cielo

He vuelto a soñar el sabor de tus labios
el aroma de tu piel
Aquella vocación de tocarnos no agotada

Me has vuelto a doler alma mía

¿Recuerdas el lugar donde vimos el sol,
el tañer de las campanas de Tomochi,
el volar de las palomas,
el olor a madera cortada y a pan recién horneado,
y la mañana transparente y fría?

¿Olvidaste mi presencia en tu lecho de río?

Margarita Muñoz Villalobos (México)

Trampa azul

Sólo el cielo.
Sólo la lluvia.
Sólo las alas despuntando
en los alveólos rotos de la tarde.

Sólo un roce sesgado de tus labios
y el aluvión de tu mirada cómplice.
Sólo alas buscando
entre la noche tus delirios.

Sólo la piedra y sólo el manantial.
Esta hierba que nace de la piedra
entre el musgo fortuito que la inventa
cuando desaparece y aparece.
Sólo alas trizando en los espacios
la sutileza de batir asombros.

Sólo esta tierra sola,
tizne horizontal para este tránsito
de sólo el mar,
de sólo cicatrices.

Algo de amor así,
para que inventes esta albura.
Sólo la sangre y sólo el cuerpo.

Algo para que aspire al alma
lo ordinario del pétalo.

Tan sólo alas y contra alas.
Despliegue del recuerdo que te azora,
casi ángel al fin
esclavo de la memoria posible.

Sólo el ansia de sólo
abrazarnos tan ciegos,
déspotas sumisos de la memoria perdida.
Sólo amamos...
Amparados a la piel que nos transpira y unge,
avatares desoídos por el mundo.

Sólo la palabra:
el poeta y su trampa,
para que tal vez tropieces desde la noche
con esta soledad que compartimos.

Ronald Bonilla (Costa Rica)

Saco y corbata

Tengo un corazón
que viste de saco y corbata.

Cada vez que lo veo
se me desacomoda el aire

se me erizan
las cejas en la espalda

se me anudan los ojos
en la garganta

y la voz se me escapa
por los pies.

Shirley Villalba (Paraguay)

Yo tenía mi guerra

Yo tenía mi guerra,
mi juego de dardos para matar el tiempo
y apostar a que Cristo vendría a mi abalorio.
Yo salía a las calles;
educaba mis perros, les mostraba
cuánto muerde el blasón de la jauría.
Yo tenía mi ínsula,
Mi barataria patria de gemidos
donde descansa en paz Altisidora.
Yo tenía mi retrato;
escrito mi epitafio a lo Desnos
"porque uno nunca sabe".
Yo conciliaba en mí
A Sun Tzu y Lao Tsé.
Previstos mis asuntos:
Mi caverna, mi glaciar, mi reno;
cuando babeles,
cuando bajeles
traen su Apocalipsis:
Gemelas cicatrices donde desova el tiempo.
Yo el Unigénito, el último.

Ramón Ordáz (Venezuela)

Bitácora

Todo comienza el día que el mundo acaba
Las aves que alguna vez
cantaron serenas en los árboles de enfrente
comienzan a emigrar
Los días se acortan imperceptibles
y el agua gris de los crepúsculos cede el paso
a una noche que apenas llega
y es ya el misterio en las ventanas
No sé si han sentido esa falta de aire
que turba el equilibrio, ese temblor
en los músculos
El corazón queda exactamente en el abdomen
Uno debe estar listo para enfrentar
ese viento del sur que trae la ausencia
Rotas las amarras debe uno bajar de las naves
simplemente. Quemar las naves, un desastre
si tus pies no tocaron a fondo el continente
Fino y frágil fracaso en las manos flacas de la suerte
Bueno es hacerse a la mar detrás del cataclismo
Recoger del sargazo las ruinas, las fosforescencias ilesas
No detenerse a mirar los peces muertos
Aconsejable asir las algas dislocadas, los hipocampos truncos
Da coraje alzar las criaturas que rompió la tempestad
y no mirar al azul: que te da vértigos
No otear las estrellas
No tocar el cuerpo del viento, ese cómplice hipócrita
No mirar hacia atrás: las sirenas son bellas
inquietante la espuma de las islas
Ah pero yo ordeno el delirio
promulgo el horizonte sin límites
Indico al escándalo de las islas
qué fondos necesitan mis naos
Y nada de alisios
Nada de música de mar
Exijo catástrofes
Rones que intenten echar bruma en mi paso
Magias que me abran de nuevo a la inocencia
Blancos caballos de furia
que hollen la piel con sus cascos más duros
¿A ver qué mínimo dios podría doblegarme?
Vientos, vientos, tomen en mi pómulo
el grano fabuloso del maizal de mi sangre
Que la luz enferma no me alumbre
Ni me ampare la sombra
Yo anunciaré los caminos
las buenas nuevas que anoche trajo el verano
Yo traeré a la mesa las viandas más finas
Yo alzaré en los dedos el trofeo antiguo de la risa
Y estoy seguro será hermoso

Alex Pausides (Cuba)

PÁGINA 13 - Narrativa

El encuentro con Rou

Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Paseaba desalentado por falta de ideas para escribir.
La fortuna que consiguiera con esos negocios había terminado con mi — hasta entonces — prolífica imaginación.
Los poemas no fluían como años atrás y las narraciones se iban haciendo esqueléticas de vivencia, huecas, superficiales... cómo decirlo...
Abordaba cualquier experiencia para tratar de extraerle un argumento. Pero no había caso. Tenía cerrada la puerta de esa parte de la cabeza que contiene la imaginación. Y la puerta tenía cerrojos inviolables que habían ido forjando demasiados años dedicados a cuestiones muy lejanas de la Vida, y me habían sumido en las cosas banales de la vida.
Llovía sobre las veredas. Guarecido por los balcones de las viejas casas de ese barrio de París, iba esquivando los charcos, casi con ganas de no esquivarlos y de que no fueran charcos.
Miraba dentro de los bares, como buscando alguien conocido.
Eso duró toda la semana desde que regresé a mi país.
Había estado tres años seguidos atendiendo los intereses de la empresa en América. Había visto la miseria como nunca antes desde la guerra y había traído conmigo la desazón de esos pueblos. Comía poco, tomaba bastante. Creo que tomaba más por hastío que por gusto. Tomaba para olvidar quién era, o mejor dicho, quién había sido.
Tener una participación en la empresa, no agregaba nada. Sólo me traía más dificultades. También dinero, es cierto, pero en lo mío, nada.
Y aquí me encontraba, sin poder someter una sola línea a la voluntad de la máquina de escribir. Sin una idea.
Vagando en busca de algo.
Al séptimo día —que algunos suponen fue el descanso del Creador—, por la calle Lafayette, encontré un misérrimo barsucho y, en él, a un amigo de años atrás que hacía juego perfectamente con el lugar.
Estaba echado sobre la mesa tras una botella vacía de vino, con el vaso aún entre sus manos.
Me acerqué y comprobé que dormía. Todos esos años sin verlo. Miré las arrugas de su rostro y la ropa sucia y vieja que vestía. En su tiempo fue un joven agraciado, mujeriego, talentoso y requerido por la gente. Siempre tuvo una vida divertida (eso suponía yo), embistiendo todo con su esplendor y su juventud.
Lo miré un momento más y apoyé mi mano sobre las suyas. Le saqué el vaso y apreté cariñosamente sus helados dedos. Se despertó lentamente. Lo bebido lo tenía hasta extrañado de sí mismo. Me miró, apretó los ojos y se le surcó más aún el rostro. Levantó la cabeza, volvió a verme y se le iluminó la mirada. Una sonrisa nació en sus labios. Sus comisuras hacia abajo, disimuladas apenas por la rala barba canosa, indicaban un gesto duro y tiempos no muy alegres.
Hablamos de él y de mí, le conté mi cuasi tragedia de no poder escribir. Se rió como me gustaba verlo, con esa furia y esa gracia que divertía a quienes lo conocíamos, y aplastaba a los que quería herir. Rió, y a pesar de la amistad, sentí que también se reía de mí. Reía de verme como era, sin los disfraces que el resto de la gente tiene en cuenta.
Rou era el mismo y yo, era yo sin vestimentas ni status ni fama ni posición. Éramos ni más ni menos que nosotros.
La charla derivó a contarnos mutuas historias de viajes y de gente.
Bebimos varias botellas de vino y pugné para que me relatara sus cosas. Ahora creo que algún demonio ya pensaba entonces un plan dentro de mi cabeza.
Me refirió una historia. Gocé, sufrí, viví esa historia. Le pedí que me confiara otra más. Se negó. Respondió que le pertenecían como me pertenecían las mías.
Ese demonio ya lo había pensado. Indudablemente ya se había procurado una trama para conseguirme otra vida, lejos de los negocios y la posición; cerca de la creación, a cualquier precio.
Esperó en silencio. Al fin le propuse pagarle sus historias. Dijo que no cambiaría por nada del mundo lo suyo, mucho más valioso que los objetos que podría darle a cambio. Insistí, rogué, supliqué y a pesar de todo, se mantuvo en el no.
Le dije que no tomaba esa respuesta como definitiva, que lo pensara, que lo volveríamos a charlar. Y concertamos vernos al día siguiente en el mismo lugar, a las cuatro de la tarde.
Lo llevé hasta su casa, o lo que así llamaba. Subí un momento hasta el altillo, una habitación de cuatro por cuatro, dos ventanas, una cama, una mesa, una silla, dos viejos sillones, una biblioteca, papeles esparcidos por todos lados, lápices, una vieja máquina de escribir, fotos, cuadros de cinco o seis famosos —los más, desconocidos—, frases de Rimbaud, Hölderlin, Artaud, pegadas en los marcos de las aberturas con chinches. Afiches, poemas, un tocadiscos, una alfombra deshilachada, cortinas eternas, máscaras de ceramistas ignotos, tres o cuatro pequeñas esculturas…
Masculló un «hasta mañana» que apenas comprendí y se tiró sobre la cama.
No me dio lugar a nada. Quedó dormido, como muerto.
Recorrí la habitación, tropecé, miré, leí lomos de libros, citas de poetas y filósofos mezcladas con telarañas de suciedad, de abandono y de desidia.
Lo miré. Estaba boca abajo, haciendo un ruido tremendo al dormir.
Al salir, cerré por fuera y bajé por la escalera peligrosa. Llegué a la puerta, entré al auto y me fui lentamente.

Millones de ideas revoloteaban por la cabeza pero no tuve más remedio que acostarme.
Ignoro si dormí o no, en qué pensé, o si estuve soñando.
Al día siguiente hablé por teléfono avisando que no iría a la oficina.
Anduve todo el día a la espera del horario del encuentro.
Por fin fueron las tres y media en mi reloj.
Salí hacia él o hacia mí mismo.
Antes de la hora, ya estaba en el barsucho del día anterior. Me senté a la espera de que llegara.
El campanario lejano confirmó la hora, pero no aparecía.
Recién a los treinta minutos y cuando la impaciencia impulsaba para salir a buscarlo, descubrí que miraba por la vidriera del bar. Al verme, saludó con una mano y entró. Se sentó frente a mí, como un espejo.
Hablamos de la ciudad y de otras cosas. Invitó a una muestra de pintura. Me opuse. Dije que estaba esquivando hablar de lo que habíamos dejado pendiente. Contestó que mientras fuéramos hacia la galería, charlaríamos del tema.
Pero decía todo con un tono de restarle importancia mientras su desinterés crecía proporcionalmente a mi angustia y mi ansiedad.
Propuse pagarle con cosas sus vivencias.
Le ofrecí un departamento que tenía desocupado en un buen barrio para que viviera confortablemente a cambio de algunos relatos.
Al principio me miró como no creyendo lo que decía. Luego dijo que formalizáramos. Pero lo único que prometía eran las historias, que no pretendiera que fueran verídicas. Me negué y dije que debían ser verídicas, vivenciales, de otro modo, no le pagaría nada; aunque creo que toqué algo de él que no esperaba, porque algunas de ellas me parecen más producto de la fantasía de ese loco que de su vida. No puede ser que haya hecho ciertas cosas. O sí — ¿cuál es el límite de los demás? —, sí hice todo lo que hice por estas narraciones.
Al fin, prometió veracidad. Le creí, de apurado que estaba por obtener vidas para escribirlas.
Me refirió muchas que escribí con fe y dedicación, situaciones y personajes complementarios. Cambié finales, quité hechos o los sustituí por otros; creé psicologías y arquetipos, vidas y obras.
Dejé trabajos formales. Me emborraché después de mucho tiempo. Vagabundeé y me dejé mojar por la lluvia bohemia de las tardes, quedándome dormido en los bares, yendo a las exposiciones de cuadros, hablando con los artistas, escuchando música, viviendo en su pieza.
Él, por su parte, se viste bien, maneja automóvil, cumple horarios y compromisos, bebe lo justo, apenas sale fuera de las reuniones que el protocolo de su nivel requiere y dentro de algunos años, cuando el hastío y el vacío sean como lo fueron en mí, buscará por los bares a otro como era antes, o como soy ahora.
A otro en quien pueda escapar cambiando todo lo que tenga por unas historias para recuperar el tiempo perdido en la vida minúscula del hombre de afuera.

PÁGINA 14 – Narrativa

Rincón del Diablo - Capítulo 28: Los perros de Cipriano

Por Víctor Heredia (Buenos Aires/Argentina)

El que lame su cara y empuja su mano con el hocico frío es Vladimir. Lo reconoce por el olor a estiércol. De todos sus perros es el único al que le gusta revolcarse en la boñiga reseca. Ni Fedor ni Aqueronte son capaces de un acto tan repulsivo, lo máximo que se permiten es hurgar en alguna carroña o empolvarse las pulgas de tanto en tanto. Pero Vladimir encuentra un placer insólito en su chifladura y no deja pasar ninguna oportunidad. Fue el último en unirse a su tropa canina, quizá por eso no tuvo chance de aprender las bondades de la pulcritud. Cuando recorren los bañados el primero en meterse al agua es Aqueronte, por algo tiene nombre de río, después le sigue dubitativo Fedor, con miedo y duda, hasta que se acostumbra y termina zambulléndose. Pero Vladimir rodea los pajonales hasta dar con un lugar por donde pasar sin mojarse. Otras veces se queda a esperarlos sobre alguna loma y, si entiende que la jornada será larga, vuelve a Puente Blanco a dormir a la sombra exigua de las palmeras.
Sin abrir los ojos aún, Cipriano piensa que debe bañarlo. Hace un momento soñaba con su padre: Justo Gómez le insistía que desbrozara el monte alrededor de la casa. Se hallaba parado en medio del bello jardín, ese que, por abulia o tristeza fuera abandonado, y señalaba el horizonte. Él asentía afligido. Frente a ellos la selva cubría rápidamente el terreno y amenazaba con taparlos a ellos también. Se veía arremeter a machetazos contra esa monstruosa y animada pared vegetal, las ramas que cortaba para librar a su padre caían una tras otra pero se multiplicaban hasta hacer inútil su esfuerzo. Por fin lo veía caer ahogado en la maraña.
Fue a esa altura que la lengua húmeda de Vladimir lo despertó. Acaba de recordarlo y también de recuperar su pesadilla y vuelve a decirse que es imperioso que lo bañe, pero no se decide a luchar contra el peso que mantiene cerrados sus párpados. Vladimir gime y mordisquea sus dedos. No entiende por qué su amo está quieto como un muerto y sin embargo tibio. Ladra con angustia, se torna vehemente pero, ante la falta de respuesta, gimotea y su hocico revuelve el suelo a centímetros del rostro de Cipriano. De pronto la mano se mueve y los dedos se estiran. Vladimir se anima y mete otra vez el hocico bajo la palma. Esta vez es distinto: ahora es él quien recibe la caricia, cesa de ladrar para agitar el rabo y disfruta del sabor salino de esa mano que conoce y que acaba de reanimar. Los dedos pellizcan, tantean, golpean suavemente su cabeza y rascan. Ahora está feliz y se ofrece, con el lomo apoyado contra el suelo, las patas abiertas, el cuello estirado. De pronto Cipriano deja de acariciarlo y se levanta. “Estoy peor que nunca”, se dice mientras busca un sitio donde apoyarse. Recién entonces repara en el desorden que lo rodea. Todo quedó igual desde aquel día en que arregló el techo: el andamio que armó con la ayuda del Seco, las herramientas desparramadas por el suelo y lo que alguna vez fuera una mesa, bajo una parva de hojas garabateadas, libros y sobras inconfesables atacadas por un ejército de hormigas blancas. Se recompone, quita los platos sucios y arroja los desperdicios al jardín llamándolo, pero Vladimir olfatea y al ver los enormes tacurúes se aparta. “¡Belona no era tan remilgosa como vos, perro harapiento, si ella estuviera viva se las comería feliz!”. Y Vladimir lo mira como si hubiera entendido la frase. “Pero se nos murió, perro estercolero. ¡Y creo que fueron tus compinches chúcaros los culpables!” La puerta que dejó entreabierta se abre de golpe y la enorme y negra figura de Aqueronte aparece en el vano. La voz de su amo es inconfundible, pero quizá también haya escuchado pronunciar el nombre de la única hembra que hubo en esa casa desde la muerte de Doña María Concepción: Belona, de pelambre lacia y blanca. Sus ojos que buscan por el cuarto parecen recordarla, pero Belona hace tiempo que no está por allí: la última vez que la vieron fue cerca del bañado, tumbada entre las cañas y malherida, después de una pelea con unos compadres cimarrones de Vladimir. De todas maneras se queda allí meneando el rabo, sin atreverse a entrar. Detrás de él se divisa a Fedor, su eterna sombra, su hermano de caza y de riñas. Cuatro días atrás pelearon con dos cimarrones; Fedor también recibió algunas mordidas, pero de una dentellada se sacó de encima al más pequeño. Gruñe. No le gusta Vladimir. Le hace recordar a Belona tendida entre las cañas y quizá no entiende por qué está allí mientras él no puede pasar. Lanza otro gruñido contra Vladimir y finalmente se echa junto a Fedor a la sombra del chircal. Allí se está mejor.
“¿Ves, Vladimir? Tus compadres conocen las reglas de esta casa, así tendrías que actuar”.
Cuando terminó de acomodar se echó en la hamaca y la sombra del timbó lo cobijó, mientras compartía un jamón reseco de jabalí con sus tres perros. “¿Qué te pasa, Aquerón? ¿Ya no te gusta el pecarí?” Los ojos tristes lo acompañaron hasta que se volvió a adormecer.
El sol del mediodía curtía los cueros colgados de los alambres y el silencio se desplomó alrededor. La hamaca desflecada apenas lo sostenía, a cada movimiento un nuevo hilo se soltaba y estuvo a punto de reventarse del todo cuando clavó sus botas en el medio, para acomodarse mejor.
A media tarde las palmeras comenzaron a vibrar al influjo del viento y Aquerón se levantó con la cabeza gacha para echarse cerca de la mano que pendía fláccida. Lamió hasta que ya no percibió gusto alguno en lamer y volvió a caer en el mismo sopor que adormecía a sus compañeros. Salvo el temblor que ganaba su cuerpo y hacía estremecer su cabeza, todo parecía normal. Pero cuando la espuma blanquecina rebasó sus belfos volvió a gruñir y se lanzó a la carrera contra Vladimir. Le cortó la yugular de un solo tarascón. Después se volvió contra Fedor pero éste comenzó a ladrar y a correr alrededor de la casa. Cipriano saltó de la hamaca, vio a Vladimir y entendió en un segundo lo que sucedía, pero ya era tarde: Fedor también yacía al costado de las chircas, en un charco de sangre. Cuando sacó su cuchilla, Aquerón babeaba frente a él. Sus ojos lo escrutaban desde un mundo afiebrado y hostil, sin embargo creyó ser reconocido y dudó. Justo en el momento en que Aquerón se le abalanzaba sonó el disparo que lo atajó en el aire y lo estrelló contra la pared. El Seco bajó de su caballo y se persignó.

Hicieron el pozo lejos de la casa, profundo, para que las mulitas no los encontraran fácilmente y volvieron en silencio. A la segunda copa de caña, el Seco colocó dos cartuchos nuevos en la escopeta y se levantó.
— ¿Y ahora adónde vas?
—Ya me vuelvo. Vine a salvarte la vida, che, no a casoriarme con vos.
—Gracias.
—Pensé que nunca ibas a decírmelo. Me mandó Belinda. Dice que si te olvidaste que le debés una conversación.
—No me olvidé, pero...
Entonces el domingo te espera en La Mimosa con Paula y Cristiano. Y que si querés seguir trabajando con nosotros tendrías que dormir allá. ¡Hace rato que usted no es más puestero, capataz! Está un poco dolida y creo que tiene razón, vos nunca estás.
—Tomate otra.
—No, tengo un trecho largo de monte y... ya sabés. Pierdo la puntería cuando me paso. Lamento lo del perro, compadre. Lo lamento de verdad –había una lágrima en la voz del Seco y Cipriano se acordó de aquel toro en La Mimosa.
— ¡Justo vos!
— ¡Qué vas a hacer, así son las cosas! Ya van a venir otros a pedirte refugio, no te preocupés.
—No creo que quiera perros por un tiempo.
—Pensalo bien, mirá que a vos los lutos te duran demasiado.
—Decile a Belinda que le tomo la palabra, voy a quedarme allá con ustedes, aquí ya no me queda nada, che. Y no quiero agregar.
—El que está por agregar y en serio es Julián, ayer llevó a la mujer a Weisburd por el asunto ese de la sordera y ¿qué te cuento?, está embarazada. Me hizo reír el infeliz. Porque Angustias ahora escucha todo, le sacaron dos tapones de cera grandes como corchos y, a la noche, cuando le dan esos ataques de sonambulismo, él le silba como vos le dijiste. Dice que lo tiene bailando hasta la madrugada y que después se acuesta lo más pancha, pero a la mañana el que tiene que hacer el desayuno para los chicos es él. Está pensando en contratar a Los del Salado para que le den una mano y así, mientras ellos tocan y ella baila, poder dormir tranquilo. Y guarda, que te lo piensa cobrar a vos que fuiste el de la idea. ¿Te mordió? Aquerón digo, ¿alcanzó a morderte?
—No, Seco, era un perro extraordinario.
—Bueno, veo que no hay otra cosa que se pueda hacer por aquí.
Pero se quedó un rato más, con la excusa de que se le estaba por caer una herradura a su caballo. Se demoró hasta que supo que Cipriano no diría una palabra más sobre los perros. La vieja casa construida al estilo de las de Weisburd parecía más vieja y silenciosa que nunca pero, mientras esperaba que Cipriano le alcanzara una tenaza para acomodar los clavos, le pareció escuchar un gemido. Atento a todo, Cipriano lo miró y le dijo:
—Son los chifletes, Seco. Nadie llora por aquí. Es el viento que viene a hacerme compañía por última vez.
Recién entonces el Seco montó y se fue al paso en busca del recodo. Cipriano lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el monte. Después de un rato entró y escuchó atentamente.
Estaba solo.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

El sol en un pozo

Ciego desde su nacimiento y solo
el lisiado caminaba por la calle.
Nosotros disimulábamos como si no lo conociéramos
con miradas distraídas y lejanas
masticando chicles
a pocos pasos de la casa abandonada.

Luego vino un chaparrón tremendo
que apagó el polvo de las calles
diluyó los colores de los edificios
inundó los huertos de los jubilados
el jardín de la plaza principal
maltrató los árboles de tronco débil
hasta un farol dobló ese viento.

Entonces el lisiado se puso a correr
sacudiendo con las manos
el vacío que no podía ver
pero que desde siempre lo rodeaba.
Nosotros nos quedamos escondidos
dentro de la casa abandonada
disimulábamos como si no lo conociéramos
riendo a carcajadas
fumando un cigarrillo detrás de otro
observando la lluvia y después las estrellas.

Por eso el sol se fue de nuestro mundo
teníamos que hacer cola para verlo
sofocado dentro de un pozo, allá abajo
en el fondo.

Il sole in un buco

Cieco dalla nascita e solo
lo storpio arrancava per strada.
Noi facevamo finta di non conoscerlo
con sguardi distratti o lontani
masticavamo gomma americana
a pochi passi dalla casa abbandonata.

Poi ci fu un tremendo acquazzone
che spense la polvere della strada
diluì i colori dei muri dei palazzi
affossò gli orti dei pensionati
il giardino della piazza principale
maltrattò alberi dall’esile tronco
il vento piegò persino un lampione.

Allora lo storpio si mise a correre
con le mani perse nel vuoto
non visto ma che da sempre
gli girava intorno.
Ora noi ce ne stavamo nascosti
dentro la casa abbandonata
facevamo finta di non conoscerlo
presi a ridere a crepapelle
fumando una sigaretta dietro l’altra
a osservare la pioggia e poi le stelle.

Per questo il sole uscì dal nostro mondo
si doveva fare la fila per vederlo
strozzato dentro un buco, giù
giù in fondo.

Alessio Brandolini (Italia)

Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.
Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.
ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.
si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
que lo beba conmigo.

Ana Rossetti (España)

Áspera montaña

Tuvo a casi todas las mujeres y a todos los hombres; ministros, genuflexos, temerosos, traidores, inventores, delatores, sacerdotes, críticos y consejeros; tuvo los soldados y las leyes, el servicio y la servidumbre, los navíos y las armas, el sextante y los sabios, los honores y la gloria.

Tuvo un imperio donde nunca se puso el sol.

Un día un rayo o un ángel o la vergüenza lo alcanzó. Tomó el camino de la montaña y se encerró en el helado monasterio.

Alli vistió su cuarto de terciopelo negro, imponente como el dolor por su madre.

Y en Yuste, Carlos V se dedicó a orar para siempre.

Carmen Verlichak (Croacia)

El país extraño

Desde muy lejos
vienen los que piden asilo
vienen en barcos,
en aviones,
en trenes,
caminan por la noche,
a través del calor y de la nieve,
encuentran en el frío
la soledad de su aliento,
escriben en las paredes
de su escondite la maldición
de su lenguaje de migrante,
lenguaje, lanzado,
esperando un eco
bajo el cielo diferente.

A lo lejos
desesperadamente los que huyen
buscan una morada en sí mismos
construyen de su nostalgia
el puente secreto del regreso.
Les queda creer
en el gesto amable
de alguien
les queda confiar
en el brillo
de los ojos de un desconocido.

Ulrich Grasnick (Alemania)

La voz de Dostoyevsky

Dostoyevsky me devuelve la vida.
Se aparece por todas partes
agitando la bandera, incitándome.

¿De qué manera? No lo sé.
Algunas veces, escucho su voz
pero cuando lo busco, me evade.

Intenta coger su pluma
en medio de las estepas congeladas, sus sabanas de invierno,
las calles bordeadas de árboles de San Petersburgo.
Después se queda en silencio, absorto, todo oídos:
como si por fuera de de sus profundidades
me escuchara también, incitándolo.

Empero a veces miro por mi ventana
sólo hay olas, árboles,
la torre del reloj y algunos navíos.
No veo señal alguna de él pero encuentro su voz
en el sonido callejero:
en la voz de los trabajadores, el silbido de la fábrica
y de los navíos retumbando desde las profundidades.

Ron Riddell (Nueva Zelanda)

PÁGINA 16 – Narrativa

Escritos de la casa nueva

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

Esta es la historia de una mujer que compró una casa vieja. Una casa para remodelar. Yo soy esa mujer y esta es la casa, la historia y la casa van juntas. Y siempre digo, mientras me canso de trajinar yendo y viniendo con una brocha en mano de una punta a otra de esta decrepitud: Cuando cumpla mis cincuenta años voy a terminar. Lo digo a cada rato para convencerme o para que el tiempo se estire y me dure, para que el tiempo se haga más grande que la casa, para que el tiempo se ensanche, sólo así tendré el espacio y podré mejorar lo que por ahora parece inmejorable.
La casa ha sido vieja durante demasiado tiempo, por eso resulta tan difícil procurar que no lo sea más. Las paredes repletas de grietas se burlan de mi buena voluntad, de mi empeño por rejuvenecer y hacer bello lo que es vetusto. Cuando vi por primera vez estas paredes sentí el desafío. Yo, que soy una mujer que comienza a ser vieja, pretendo que al menos lo que me rodea deje de serlo. Es lo único que me alivia y me ayuda a vengarme del castigo de ver mi cuerpo así, tan distinto a lo que era. Aquella primera vez en presencia de la dueña que mostraba en sus ojos el deseo ferviente de que yo fuera por fin la compradora de su casa vieja, vi los techos agujereados por culpa de la lluvia y me dio tanta pena por la casa, tanta pena que decidí comprarla y cerré rápido los ojos y dije “sí”, como si se tratara de un casamiento.
Compré una casa vieja, una casa que tuviera algo para decirme.

Era tanto lo que debía hacer en la casa que yo no quería ni pensar ni calcular el tamaño de una pared. Me imaginaba que arreglar la casa, pintar las paredes era como escalar una montaña. Para llegar a la cima era preciso no mirar hacia abajo. Pero me equivocaba. En la casa sucede al revés que con la montaña, al mirar hacia arriba me topaba con los cielorrasos: calamidad de manchas e imperfecciones. Había que subir a mirar los techos. Hacia arriba estaba la profundidad de la montaña. Mi casa es una montaña al revés.

Una mañana descubrí que los pinceles que yo tenía para pintar las paredes eran más viejos que las paredes. Los miré un largo rato, los toqué, los estudié en silencio. Las paredes tenían una rugosidad que había terminado por contagiar a los pinceles. ¿Qué hacía? ¿Compraba pinceles nuevos o tiraba las paredes abajo?

El esplendor de una pared recién pintada es el único esplendor que puedo imaginar por ahora. Pero la pared es como un mapa absurdo con ondulaciones y excavaciones de inusitadas profundidades. El esplendor no está en ninguna parte o mejor dicho, está en el futuro de la pared. Yo trato de ver más allá de este presente cuando miro la pared, imagino mi mano pasando mil veces sobre la superficie rugosa, mil millones de veces. Y mi mano pasando más el tiempo sumado o acumulado en ese sitio inconcebible donde se repliega el tiempo, hacen de la pared ese esplendor, como si yo mirara a través de las capas de aire y allí estuviera el futuro o mi pared en el futuro. Entonces yo seré más vieja y frente a la suavidad de la pared, la rugosidad de mi mano. Tal vez tendré cincuenta años cuando eso ocurra, porque eso debe ocurrir, no hay nada más importante en el desfiladero de los sucesos que ese esplendor de pared que me espera del otro lado del aire.

Durante un tiempo, desde aquel día en que compré la casa, estuvieron unos hombres trabajando. Tiraron abajo paredes, levantaron otras y la fisonomía original de la casa cambió, aunque no demasiado. Por la noche yo venía hasta aquí y, a falta de luz eléctrica, entraba tanteando y reconociendo el espacio paso a paso. La oscuridad ocultó para mí la nueva fisonomía de la casa. La oscuridad era más grande que la casa en aquellos días en los que la casa no era de nadie, o mejor dicho, en aquellos días en los que la casa le pertenecía a la oscuridad y entrar en ella era como entrar en un agujero del alma.

Por fin logré subirme al techo. Fue un relámpago, un vértigo que jamás imaginé. El resplandor del sol golpeó contra el cinc plateado y la luz me pegó en los ojos. Y el mundo quedó boca abajo. Alcancé a apoyar el otro pie y la escalera dio la impresión de hundirse en un abismo que agujereaba el mundo. Caminé temblando, la calle se veía lánguida y colegial y del otro lado un paredón y lejos, más lejos, la iglesia con su campanario. Los árboles. Los árboles. Más techos y nadie, ninguna persona en ningún lado. No bien caminé un poco encontré un pájaro muerto, seco, desplumado, muerto de quién sabe cuánto tiempo atrás. Habiendo tantos lugares en la ciudad el pájaro tuvo que venir a morirse justo sobre mi techo, seguramente la luz también lo golpeó a él, el pobre pájaro debió confundir la superficie plateada con un lago. Se veía como una cosa estrellada contra la nada, las alas abiertas y la cabeza hacia un costado. Lo dejé ahí para que continuara secándose.

Uno de los dos árboles que están frente a mi casa tiene un agujero. El agujero parece siempre igual, pero sé que eso no es cierto, el agujero crece con lentitud de planta y en algún momento en el futuro, que está más allá de donde ahora mis ojos llegan y llegarán, en el futuro entonces el agujero se habrá comido al árbol y no habrá más árbol, sólo agujero y cuando salga de mi casa tendré que esquivarlo con el cuerpo para que en ese futuro inalcanzable el agujero no me alcance a mí, no me devore, no se confunda con mi sombra.

Pinto las paredes con un reglamentario y estropeado equipo: un pantalón decolorado y una camisa a cuadros que una vez fue la camisa de mi cita de amor. Me la compré exclusivamente para ir a esa confitería y decirle al hombre que lo amaba. Los colores de los cuadros eran más vivos que ahora y supongo que elegí la camisa para darme ánimos. Debo decir que la cara del hombre al escuchar mi declaración no fue lo que yo esperaba. Él dijo que lo pensaría y lo siguió pensando por lo visto mientras yo seguí usando la camisa año tras año, hace ya tantos. Y la sigo usando ahora que ya no pienso en él, ahora que ni siquiera me pregunto si él piensa en mí. De todos modos aquel hombre ya no podrá encontrarme, me he mudado y las paredes oscuras antes de la pincelada apenas contrastan con los colores de los cuadros de la camisa.

Cuando estoy arriba, en el último escalón de la escalera, la casa se siente tan profunda que me asusta pensar que yo vivo metida adentro de semejante profundidad. Me tiro al suelo y me extiendo como una lagartija, me extiendo tanto que creo hundirme más abajo de todo, entonces el arriba y el abajo que son parte de este mundo me llenan de contrariedad y mi cabeza estalla. Mi pobre cabeza hecha de barro, que se convertirá en cenizas, se siente tan cerca de la casa que me dan ganas de llorar.

Estaba cansada de subir y bajar las escaleras llevando y trayendo cosas, trayendo y llevando. Entonces cuando debí bajar el colchón y unos cuantos almohadones los tiré desde lo alto y cayeron al fondo del patio, blandos y decisivos. Qué alivio, qué placer. Así comprendí a las mujeres que luego de echar a sus maridos de casa, tiran su ropa por el balcón.

Los albañiles me explicaron que existen dos clases de escaleras. Las que dan cara al cielo y las que están encerradas dentro de las casas, bajo un techo que a veces las cobija y otras las aprisiona. Las escaleras que permanecen a la intemperie tienen los escalones inclinados hacia abajo, con un desnivel para que lluvia se resbale cuando cae, cuando se precipita sobre el mundo. Las otras, en cambio, están hechas con escalones lisos, rectos, de una horizontalidad endemoniada, porque la lluvia no entra en las casas, se queda sobre los techos y se escurre por canaletas blancas por fuera y negras por dentro. Mi escalera, me explicaron también, pertenece al primer tipo. Vea, me dijo el albañil número uno. Vea qué desnivel. Espere a que llueva y observe la languidez que tendrá el agua gracias a ese declive, agregó el albañil número dos, aunque lo dijo con palabras menos estilizadas. No esperé para ver semejante cosa, sino que teché el patio entero y la escalera entonces pasó a formar parte del segundo grupo, de las cobijadas o aprisionadas, según se mire. Ahora bien, el conflicto es que el declive de los escalones se ha vuelto completamente inútil y ha dado nacimiento a una enorme contrariedad. Las escaleras internas como esta, la mía ahora, son bajadas y subidas en estado de despreocupación por esa creencia que existe de que la casa propia es segura, por lo propia, por lo encerrada. Las escaleras de la intemperie suelen subirse y bajarse con el cuidado de los que saben que están en terreno ajeno. Mis pasos entonces no se corresponden con el declive de esos escalones que, dos por tres, me empujan hacia el suelo como si yo estuviese hecha de agua. La escalera y mis pasos tienen ahora un severo conflicto de identidad. Así es la vida. Las cosas nunca encajan completamente donde deben encajar, ya que si fuese de otra manera en vez de mundo estaríamos habitando un paraíso. Lo cierto es que habitamos este crudo mundo con los pies que tenemos y la escalera que nos legaron, la que vino con la casa. Y no hay más remedio.

El albañil me dice que no importa, que no se va a notar. Yo miro la cara del albañil y miro a la vez los azulejos que acabo de conseguir que son de un blanco distinto al de blanco angustiado de las paredes. Me cuesta creerle a este hombre que pierde su vista bonachonamente en esa lejanía de pared, pero él insiste, me explica que con el tiempo todo se va a asimilando porque la compañía contagia y así este blanco blanco se irá volviendo gastado como el de las paredes. ¿Por qué no le creo? ¿Por qué sospecho que quiere terminar cuanto antes el trabajo? Es que me cuesta creer que el tiempo doblega mi voluntad y hace de las suyas, ya sea en las paredes, en los colores o en la piel de mi cara. Le digo entonces al albañil, luego de escaparme furibunda de la inmensidad de mis pensamientos, que proceda a terminar el trabajo, que mezcle esos dos blancos como si jugara con el tiempo y pusiera de una buena vez sobre el tapete la conclusión a la que no quieren llegar mis pensamientos. Veo que el hombre se encorva sobre el balde lleno de un mejunje gris y cubre la contratara del azulejo y luego lo apoya sobre la pared ¡Con cuánto desparpajo lo hace! Qué falta de conciencia. El tiempo, subrepticiamente, se ha deslizado por detrás de su espalda y nos desabrigó a los dos. Y aquí estamos y allí está mi pared y el mundo sigue andando.

Cuando llega la noche pienso en los albañiles. Sus manos rugosas, su forma de encorvarse para comer. Toda la espalda cóncava encerrando el bocado de comida y esos ojos de gente de techo ajeno y esa odiosa forma de hablarme con tono condescendiente cuando les pregunto algo sobre el comportamiento de las paredes, como si yo fuese una niña a la que hay que explicarle todo y ellos estuvieran cansados de contestar cosas tan simples de entender. Siento celos, ellos y la casa guardan un secreto, un profundo conocimiento del que estoy excluida. Después recuerdo el hueco que sus espaldas forman a la hora de comer y ya no me importa. Creo que tienen un hambre muy grande y sus bocas intentan ocultarlo, del mismo modo en que las paredes esconden ese misterio de materia dura, esa extraña forma de vivir que tienen las casas en su interior.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Horacio Salas: crónica provisoria

Por Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

En la primavera de 1971, aparece en las vidrieras y mesas de algunas librerías de la ciudad, un libro con una tapa en la que su diseñador, Oscar Smöje, realiza en un estilo propio del Pop Art, un collage con diversos personajes del mundo de la historieta. Allí, en un mismo plano, los curiosos y el “…despreocupado lector…” podían ver, entre otros, a Popeye, al ratón Mickey, a Dick Tracy, a la pequeña Lulú, al Llanero solitario, a Langostino, Batman y Superman. Su título, Mate pastor,[1] no aclara significativamente el asunto del mismo; quienes practican el deporte de la inteligencia, incluso podrían confundirlo con un estudio de la clásica combinación del ajedrez.
En sus páginas no existen alusiones ni se menciona a los mellizos de Éfeso, tampoco a los de Siracusa ni a ningún otro personaje de Una comedia de errores; sin embargo se estaba suscitando una: algunos de los que se consideraban conocedores del género se referían a él como libro de poemas, incluso no faltó quien, ebrio de audacia provinciana, sostuvo: “eso no es poesía”.
Ese era ya el sexto libro de Horacio Salas (Buenos Aires, 1938), quien anteriormente había dado a conocer en poesía: El tiempo insuficiente (1962), La soledad en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo (1966) y La corrupción (1969).[2]
Mate pastor es un largo poema narrativo, cuya estructura se articula con una serie de pausas que seccionan el relato, creando la ilusión de que las distintas partes, como si se tratara de una novela, puedan ser leídas como capítulos, fracciones de un mismo objeto. Salas recurre a su memoria y experiencia; los elementos autobiográficos se funden con hechos protagonizados por otros individuos en distintas latitudes, los acontecimientos locales se mezclan con los ecos de aquellos que sucedieron y suceden en otros rincones del planeta, integrándose en su discurso poético en el que el pasado y el presente viven un perpetuo cruzamiento.
Este texto extenso, algo poco frecuente en la poesía argentina de las últimas décadas que se ha inclinado mayormente por el poema breve, tiene un antecedente en su bibliografía. Si no respetamos estrictamente el orden cronológico y realizamos un pequeño salto en el tiempo, podremos observar que en El caudillo, publicado cinco años antes, recurre a un procedimiento similar. En este libro que recoge un conjunto de textos de índole epopéyica y que también puede ser considerado un poema unitario, el poeta licúa su voz en la de su personaje, no sin advertirnos antes desde la portadilla: “Como no existe el bronce riguroso/ y la historia –sabemos- es incierta, / debo inventar en mi memoria al Chacho”.
En la evocación que realiza de la figura del general Ángel Vicente Peñaloza y su sufrido via crucis por los llanos de La Rioja, la voz del presente es aplicada al pasado; sin embargo, la intención no es revisar la historia ni colocarse fuera de los márgenes de su causalidad para recrearla, no existe la voluntad de resucitar a Cartago; la idea central gira en torno de la recuperación de una imagen histórica para integrarla metafóricamente a nuestra tradición poética y tensionar, como lo hace en otras oportunidades, ciertas proposiciones culturalmente sancionadas y aceptadas socialmente.
En El caudillo, según León Benarós: “…Salas transita el ejemplo rector de Borges, que abrió sendas con aquel poema en que Francisco de Laprida conjetura su verdadero destino, mezclando su sangre a la tierra americana, que le da una insospechada y alta dimensión de su ser. Desde ese ‘Poema conjetural’, y desde antes del también poema borgiano en que el general Quiroga va en coche ‘al muere’, el magisterio de Borges ha encontrado largos ecos. Pero Salas, sin desconocer el nexo posible, asume con verdad su propia voz, y entre sus excelencias debe destacarse lo sostenido del tono, la coherencia, la intensidad de sus poemas…”. Estas líneas, que, en su momento, lo presentaron desde la contratapa, destacan la presencia de Borges, asfixiante en esos años, y además reconocen en el por entonces joven autor una voz propia. Voz que por otra parte parece haber hecho suya una opinión de Walter Benjamin expresada con cierto énfasis en Tesis sobre la filosofía de la historia: “Toda imagen del pasado que no es reconocida por el presente como una de su propia incumbencia, nos amenaza con su irremediable desaparición”, palabras que Salas considera cuidadosamente cuando ingresa en el resbaladizo terreno de la historia.
Pero a diferencia de Borges que en poemas como “Isidoro Acevedo”, “Alusión a la muerte del Coronel Francisco Borges (1833-1874)”, “Página para recordar al Coronel Suárez en Junín”, “Acevedo”, “Los Borges” y “Coronel Suárez”, se impone la tarea de re-escribir su genealogía, Salas se propone articular el pasado históricamente, reconocer imágenes pretéritas, rescatarlas en momentos en que el conformismo reinante las pone en peligro en el ámbito difuso de nuestra memoria colectiva.
En los 60, en la Argentina, se renovaría una vez más la maldición de 1930; son años extraños y crueles en los que conviven una larvada violencia política y los happenings del Instituto Di Tella. Es éste un período en el que una melancolía de origen moral comienza a extenderse como un sarcoma en el espíritu de los argentinos. A fines de esa década, Salas da a conocer un volumen cuyo título es sintomático: La corrupción. Dice en “Los viejos”:

Soy casi un prisionero de la muerte.
Me conformo con releer antiguas revistas,
testigos de los años de adolescencia
que reviven en mí los recuerdos dormidos,
los paisajes que el tiempo ha derrotado.
No tengo más que un archivo de sucesos.
He vivido la historia que los jóvenes bucean en los textos,
pero el olvido traiciona mis ojeras.
Largas noches de insomnio acumulan los rostros,
las casas derruidas,
los persistentes sueños
que ya no me atrevo a continuar.
Mis hijos han crecido de mis brazos
y luego los hijos de mis hijos,
mientras el tiempo fue deteriorando mis sentidos.
Hace ya muchos años que comprendo
que la muerte está en mí,
que se apodera de mis menores gestos,
que me mancha las manos y la frente,
que me prohibe parte de la vida.
Los jóvenes me soportan
extrañados de este irónico azar que me sustenta.
No sin temor me acuesto cada noche.
La mañana es una alegría insólita,
un sabor que no puedo compartir.
Supe del desaliento, del amor, de los sueños;
he visto a la muerte ensañarse con mis viejos amigos;
me doblegó la impudicia de las enfermedades;
conozco la crueldad del dolor,
la oscuridad, la resignación y el miedo.
Sin embargo –secretamente-,
no quiero convencerme de que mis pocos días
sólo son la certeza de la muerte.

No obstante el clima de la época, ésta es una etapa de gran actividad para Salas, quien ejerce el periodismo en distintos medios gráficos y en la televisión e incursiona, además, en el ensayo. En 1968 publica La poesía de Buenos Aires, una antología de los poetas de la ciudad que incluye, y ésta no es una decisión menor, a varios letristas de tango.[3] Ese mismo año aparecerá Homero Manzi, en el que reafirma su relación con el tango y su poesía, y, en 1970, se edita Vicente Barbieri y El Salado, trabajo sobre un autor influenciado por el romanticismo que hace uso de formas poéticas tradicionales y a quien muchos críticos le otorgan cierta representatividad entre los integrantes de la promoción del 40.[4]
Al año siguiente dará a conocer el ya citado Mate pastor, texto que puede ser considerado un punto de inflexión en su obra, el calibrado definitivo de sus instrumentos de percepción. A partir de él, podemos realizar un doble paneo: hacia el pasado y hacia todo lo que sobrevendría posteriormente. En él la voz se afirma, desarrolla sus propias particularidades, tics y desdoblamientos. El poeta ya no actúa como un flanêur que mira con asombro y registra sus observaciones. Asume una nueva actitud, merodea por las calles, camina los barrios, se detiene en los cafés, escucha con mayor atención, les pone el oído a los sonidos, el tono y las inflexiones de su lengua en su medio ambiente: la ciudad.
Mate pastor sale al encuentro del público en un momento en que los principios activos de la prosodia, aquellos que constituyen lo que denominamos el tono, están siendo sometidos a revisión por distintos poetas. Alberto Girri, quizás uno de los autores más preocupados por la construcción de una nueva retórica, para quien las palabras desplegaban un brío atolondrado y falso para hacérsenos concretas, sostenía en Diario de un libro (1972): “…Que el tono se aproxime al del discurso normal […] discurso corriente transformado en poema”. Alfredo Veiravé a su vez les recomienda a los jóvenes poetas que expresen: “…su propia, íntima canción, la que suena en la cabeza […] la melodía que llevás, el estilo que te pertenece.” Salas sintetiza ambos criterios y su resultado es una escritura que nos recuerda la confesión de Baudelaire en el prólogo de Pequeños poemas en prosa: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
Lo que nos lleva irremediablemente a la forma. Lo que llamamos verso libre tiene en la actualidad una edad más que centenaria. En 1886 la revista parisina La Vogue, dirigida por Gustave Khan, difundió Marina y Movimiento de Arthur Rimbaud y algunas traducciones de Hojas de hierba realizadas por Jules Laforgue. Ezra Pound en 1913 ya había redactado y publicado en la revista Poetry su manifiesto del Imagismo, en el que en lo que concierne al ritmo especifica: “se debe componer en la secuencia de la frase musical, no en la secuencia del metrónomo”.
El verso libre establece los cimientos de una corriente poética que rechaza los modelos cerrados, y en la que el contenido es sometido a una revaloración, asumiendo éste una nueva preeminencia. El poeta cifra su empeño en el enunciado, en sus sueños y visiones. Los poemas serán modelados por sus emociones. En Verso proyectivo (1950) Charles Olson para quien “la forma no es nunca más que la extensión del contenido”, lo define como un verso que nace en la respiración del hombre que escribe y sostiene que es “la línea la que habla por el corazón”, a diferencia de la sílaba que lo hace desde la razón.
Éste es el sendero seguido en la segunda mitad del siglo XX por aquellos que intentan dar cuenta de una nueva sensibilidad, dotándola de un discurso poético lo suficientemente abarcativo de una modernidad que en la ruptura halla su esencia. Esta tendencia que se afirma definitivamente en el panorama poético luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, sentirá, en muchos casos, un relativo desprecio por los términos “poético” y “poéticamente”. Los integrantes del Movimiento Beat, particularmente Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, los consideran malas palabras; para ellos lo concreto es lo verdaderamente poético: “El detalle exacto sin bordados adicionales. De esto se trata precisamente la ética de los beats”.[5] Desde ese momento los excesos de la sensibilidad poética y el sentimentalismo que los representa, pesarán en la mentalidad contemporánea como un valor negativo.
En esta atmósfera, que en más de una manera le resulta funcional a su estrategia, Horacio Salas desarrolla una poética que no dudará en aprovecharse de los tópicos en cuestión para expandir los enfoques y el campo visual de su propia tradición. Su visión personal, en un tiempo en que la poesía se enfrenta a la brutalidad de lo real, persigue nuevas perspectivas y ampliar sus registros. El poema ya no se resignará a las comodidades de lo universal, indagará meticulosamente en las particularidades del espectro temático que le brinda el mundo circundante, “... la concepción abstracta / de la experiencia privada en su punto más alto de intensidad / universalizándose, eso que llamamos poesía”; afirmó T.S. Eliot en Nota acerca de la poesía de guerra.[6]
La voz con su timbre singular será su verdadera máscara, la que comenta la historia, manifestando opiniones y convicciones propias o ajenas; todo es válido, el objetivo lo justifica: la inclusión del otro. No habla para entretenernos, todo lo contrario, aferrada a los pliegues del silencio, comprende que el universo sólo será inteligible desde la locución de la palabra. Recurrirá a diversos procedimientos para erigirse sobre la página, siendo el más notorio la intertextualización. De esta manera penetran en el territorio del poema, en un contrapunto dialógico, los ecos de Quevedo, Borges, Molina, Girri, Ginsberg y Vallejo, viejas pintadas en muros descascarados, escenas de películas, fragmentos de la marcha peronista, el grito de un hombre sobre la mesa de tortura y letras de tango.
En Salas, la presencia del tango es recurrente; quizás sea ésta la forma más directa de declararse un adepto incondicional, desde el campo poético, del género musical representativo de la ciudad argentina más cosmopolita de nuestro territorio, posiblemente el producto más acabado de la cultura nacional. Esta postura lo diferencia decididamente de muchos de los poetas de los 60. En el prólogo de la antología El ’60 poesía blindada, Ramón Plaza, en una apreciación retrospectiva de la música de Buenos Aires, deja testimonio de los sentimientos que ésta despertaba en los poetas jóvenes de la época: “La mayoría se fascinó con lo coloquial, con lo conversacional. Se interesaron profundamente en la poesía que emanaba del tango, tratando de desentimentalizarla pero no en el tango precisamente, pues éste para casi todos, era un deshecho (sic) en degeneración, una materia que debía transformarse de adentro hacia fuera”.[7]
En 1975, Salas publica una serie de entrevistas, Conversaciones con Raúl González Tuñón, que escarba el terreno de la poesía urbana y cumple la función de redescubrir para los jóvenes el trabajo del autor de A la sombra de los barrios amados, que había fallecido el año anterior.[8] Con un artículo que aparece en el suplemento del diario Clarín con motivo de la edición de Quien habla no está muerto, de Alberto Girri, obtiene el “Premio de Crítica Literaria” establecido ese año por la Editorial Sudamericana. En este breve ensayo, Salas sesgadamente brinda algunas pautas de su búsqueda y anhelos: “Pero el hilo del laberinto está en el poema de Wittgenstein: ‘Quizá en lo irrebatible, en lo que no puede demostrarse / no puede decirse, ser dicho, / está la clave’. Una clave que es finalmente la de toda la poesía, la de la lucha constante entre las palabras y el silencio, entre lo supuestamente irrefutable y aquello que se intuye más allá de las fronteras de la razón, donde se mueven ‘signos sonoros que por los oídos andan / sin dueños, como rodando, disponibles y expectantes, / ignorantes de sus pautas de significados, de donde obtenerlos; / y su persistencia, insaciable, para adherírsenos, un yo / instalado en el otro yo, / vigilando por encima de nuestro hombro’.”[9] Palabras que no sólo constatan el amplio abanico de sus intereses y también ciertas coincidencias con una experiencia disímil, sino que además nos develan los alcances impuestos a la práctica de la apropiación en el paciente armado del corpus de su discurso poético.
La Argentina de esos años, muerto Perón, se debatía al borde del abismo; diversas facciones conjugaban el verbo de la muerte e intentaban imponer sus definiciones ideológicas con plomo y explosivos, mientras entre bambalinas los dueños del poder disponían el futuro institucional del país. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por un amplísimo sector de la sociedad que reclamaba orden, inaugurarían el período más oscuro de la historia argentina. Miles de muertos, una guerra inútil y la deuda externa que han marcado a fuego el destino de la República, son los hitos por los cuales se recordará el período que culminaría en 1983.
Salas, quien había comenzado a recibir amenazas contra su vida antes del golpe militar, decide, frente a la falta de garantías, abandonar con su familia el país, radicándose en Madrid en mayo de 1976. Ese año se publicaría en Buenos Aires su La generación poética del 60.[10]
El exilio no fue una etapa dulce de su existencia; para subsistir realiza distintas tareas: instalador de carteles de publicidad en las rutas para una empresa petrolera, traductor, escritor fantasma y periodista a destajo. El oficio lo llevó a colaborar con importantes revistas culturales y trabajó en Cuadernos Hispanoamericanos donde dio a conocer ensayos, artículos y notas.
En 1978 publica su ensayo La España barroca y meses más tarde, luego de ocho años de aparente silencio poético, su nombre integra con Gajes del oficio el catálogo de la colección “Nos queda la palabra” de Ediciones Taranto de Madrid, donde lo acompañan Félix Grande, Gonzalo Rojas y Ángel González.[10] En Gajes del oficio incluirá textos escritos entre 1970 y 1978, que acompaña con una nota aclaratoria en la que señala que los poemas reunidos: “No nacieron pensando en un libro; se dieron aisladamente, como borrosos reflejos de la realidad. De ahí que se reiteren obsesiones, imágenes y temores que me han acompañado en estos años de un lado y otro del Atlántico”. Estos reflejos pueden ser traducidos como interpretaciones; Salas nos convence de que una de las funciones primordiales de la poesía en tanto actividad autónoma de la imaginación, debe ser la de expresar al mundo.
Los poemas están atravesados por la desazón producida por la pérdida del ámbito de la lengua materna: “...y al preguntar la hora en el teléfono / no responde esa vieja pariente 113 / sino una voz impersonal ajena...”; asimismo están habitados por el dolor y la muerte que planea como un ave carroñera sobre América Latina. Podemos considerarlos culturalistas en el sentido de que aluden reiteradamente a episodios diversos de la civilización y de la historia del hombre y su condición. Los textos publicitarios que promocionan los productos de las grandes empresas transnacionales le serán instrumentales, por ejemplo en “Salmos, XXXVII, 28”, para trazar irónicos paralelos de estas organizaciones y de los espejismos que irradian. “Mientras era conducido en un viejo Renault por / las calles de Lyon / atravesado por el dolor que le producía el ojo que / acababan de vaciarle con el taco de una bota / Michel Rosier intuía que sus compañeros / acaso los mismos que había oído aullar en la rue de Clécy / salvarían a Francia castigarían a esos otros franceses / que aún a regañadientes cumplían las consignas de Laval / porque de esa forma decían alimentaban a sus hijos / eran recibidos / por los vencedores asistían a la Ópera reían con / viejos chistes / en los cabarets de Marsella / No es solamente como me siento como manejo / Es también cómo me siento cuando llego / Fairlane. La gran manera de llegar”. El poema se arma como un rompecabezas, pero los sucesos o piezas del objeto se integran en un premeditado desorden temporal, a la manera de Ezra Pound en su Canto 100,[ ] el tiempo secuencial es pulverizado, aniquilado; argumentando como lo haría Cavafy que las proposiciones contradictorias están gobernadas por la ley de la repetición.
Resuelto el destino de la dictadura por la derrota de Malvinas, Salas se reencuentra con su ciudad, hecho que parece haber sido anunciado con la edición de Que veinte años no es nada (1982) una selección de su obra poética y el primer libro publicado en la Argentina luego de su obligada ausencia.[11] En 1983 llega a una Buenos Aires encendida por la esperanza de la inminente salida democrática. Retoma su actividad periodística y pone al aire un programa radial llamado “Dar la nota” (1985-1989), de neto contenido cultural y con un formato novedoso que hizo historia en el medio.
El retorno, simbolizado por el genio de Alfredo Le Pera en la voz de Carlos Gardel, tiene para los argentinos, y muy especialmente para los porteños, el sabor de la victoria. Dulce o amargo, el regreso a “La Reina del Plata”, sólo es comparable a la vuelta al pago o a “la casita de los viejos”; es la acción de ponernos en contacto nuevamente con nuestras raíces, moldeadas por el habla de un monstruo cosmopolita que observa desde los márgenes una imagen deformada del mundo.
La mudanza de Horacio Salas desde una capital europea a Palermo, uno de los barrios más emblemáticos de los 47 que componen la capital (recordemos a Carriego y Borges), es también la recuperación de un territorio, de un ámbito en el que ajusta una vez más el ritmo de su respiración y el tono de su voz, factores determinantes del estilo. Luego de su arribo termina de corregir los originales de Cuestiones personales, que será publicado en Buenos Aires en 1984 (Premio Municipal de Poesía) y reeditado en Madrid al año siguiente.[12] En él “La literatura teje ese tapiz no personal, sobre la hechura de innúmeras versiones precedentes donde se ha dicho todo y el texto se borra y se reescribe, acaso escolio del anterior. En este eterno retorno que explica la fantasmagoría del presente, somos sombras enigmáticas, como los objetos y los destinos trenzados en infinitas causas secretas, ignorantes móviles de inagotables posibilidades para el porvenir. Así como los hombres somos una continuación levemente alterada del pasado en la tierra y convivimos en el presente con nuestro conjeturable e inconcebible futuro, las formas literarias reeditan viejas destrezas, las comentan y las homenajean o refutan y se heredan y se legan de manera vicaria”.[13]
En Cuestiones personales confirma la técnica constructiva del poema en el que continuará amalgamando elementos diversos y contrapuestos, sirviéndose de un amplio menú: mitos culturales, fotografías, textos ajenos, deporte, cine. El ojo del poeta anda por el mundo y sus culturas apropiándose de todo aquello que le resulte relevante; no obstante ello, ha de replicar a la absorción de ese todo con una dicción ya inconfundible. Esto pone de manifiesto aspectos paradojales de su génesis: estos textos que fueron escritos en gran parte en Madrid, ratifican una visión del universo que en los dominios de una lengua común es apuntalada por la diferencia, rasgos connotativos que surgen de nuestro propio paisaje y geografía cultural. Cuestión que James Joyce pone en la boca de Stephen Dedallus en A Portrait of the Artist as a Young Man, luego de que éste se entrevistara con el director del colegio jesuita en Dublín, un inglés converso: “El lenguaje que hablamos le pertenece antes a él que a nosotros. Qué diferentes suenan las palabras, hogar, Cristo, cerveza, amo, en sus labios y en los míos. Su lengua, tan familiar y tan extranjera, es siempre para mí una lengua adquirida. Yo no he fabricado ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a distancia. Mi alma se inquieta en la sombra de su lenguaje”.[14]
La cita no es arbitraria ni pretende ser una boutade. El trabajo de Salas tiene muchos puntos de contacto con escritores y poetas de diferentes literaturas postcoloniales que a partir de 1945 se inspiraron en Joyce para acelerar un proceso de inversión de la mirada en el que se niega la pretensión, tan extendida en la metrópoli y la periferia, de considerar a las naciones emergentes y su cultura como efecto de los deseos de los países centrales. Se trata de una respuesta a los guardianes celosos de su tradición que ante cualquier atisbo de insurrección lingüística, remiten al rebelde a la biblioteca de sus clásicos. Esta circunstancia, que se repite a través de los tiempos y de la que existen infinidad de ejemplos, halla uno casi perfecto en una frase de Thomas Macaulay: “un solo estante de una biblioteca europea tiene más valor que toda la literatura nativa de la India y de Arabia”.[15]
En este contexto, invertir la mirada requiere que la revisión de la historia y el análisis de la cotidianeidad se hagan en lo que H. A. Murena denomina una “clave local”.[16] Se trata de someter nuestra incipiente tradición literaria -cuya trama está atravesada por una serie de entrecruzamientos de los que participan distintas tradiciones poéticas- a una nueva lectura. Este ejercicio, un claro acto de traducción, está subordinado a ciertas condiciones. Walter Benjamin[17] pensaba que la falla de la mayoría de las traducciones del siglo XIX se debía al excesivo respeto del traductor por las convenciones de la lengua de destino y el temor de que la lengua de origen perturbara su sintaxis. Por lo tanto, este recorrido, si tiene aspiraciones de releer el campo de lo heredado, debe desembarazarse de la actualización de esos prejuicios: los recortes que impone el periodismo cultural -reemplazados cíclicamente cuando el supuesto canon y sus objetos de culto se disuelven en la memoria- y la aprensión a que los signos aún vitales del pasado estallen en la voz del presente.
Este mirarse a uno mismo a través de los otros y de un devenir cultural es una característica que fija o radicaliza un rumbo definitorio de la poética de Horacio Salas. La modulación de un decir que en el nosotros halla las razones de su existencia, emparentado carnalmente con los compases y las letras del dos por cuatro, que durante su exilio español se le cruzaban de maneras hasta entonces insospechadas, y que nos son devueltas en imágenes plenas de brillo y efecto, como se da en el recordado “Anclao en Madrid”:

Mientras tomaba mate en el estudio de Velázquez
llegó Quevedo sacudiéndose
los copos de la última nevada
y confirmó lo que pensábamos
los grabados eróticos de Picasso -dijo-
me resultan auténticamente afrodisíacos.
Después muerto de frío
Levantó el volumen de un disco del Polaco
Y nosotros quedamos en silencio

Garúa... tristeza...
Hasta el cielo se ha puesto a llorar.

En 1986 se distribuye la primera edición argentina de El tango, que lleva un ensayo preliminar de Ernesto Sábato, y en 1990 aparecerán Poesía argentina del siglo XX y El otro, a la fecha su último libro de poemas.[18] En el prólogo nos confía que advierte: “...que el libro está salpicado de preguntas y que se encuentran pocas de las metáforas que en otros tiempos parecían protagónicas. Sólo espero que nuevos chaparrones me permitan responder con los años a algunas (me bastaría un puñado) de las indagaciones que aún no puedo contestar”. Estas palabras que expresan el anhelo de hallar respuestas, se niegan a sí mismas, afirman su contrario cuando leemos: “¿De algo de lo que ocurra / de lo que está ocurriendo / de lo que ocurrirá / de lo que ocurre a miles de kilómetros / podremos algún día descubrir el sentido? [...] ¿los poemas son tan solo preguntas? / ¿los poemas son tan solo preguntas sin respuesta?” Toda respuesta en realidad sería una nueva pregunta; incluso en aquellos poemas que prescinden de los signos de interrogación, éstas laten en su efecto poético. El cometido no es verificar la taxabilidad de los enunciados a través de descripciones o imágenes. La demanda de la poesía como forma del conocimiento, parece decirnos, es la de imaginar el sentido a través de la reafirmación de las preguntas, cuyo fin es reproducirse instalándose como mecanismo primordial del proceso poético. Acto que se lleva a cabo en un escenario donde la volubilidad del objeto tiende a confundir a la mirada: “La cercanía es mezquina / se hipnotiza con las deformaciones de la lupa / se obstina en detalles aparentes / pide peras al olmo / se equivoca”.
Estas preguntas que no buscan réplica, refutación o mera conclusión, crean en la falta de correspondencia de los términos, los intersticios o huecos en los que la voz puede callar. En su acertada y reciente “¿Podríamos llamarla vindicación de la poesía?” Raúl Dorra afirma: “La incorporación del silencio en el interior del lenguaje es una conquista de la poesía, una conquista trascendental que hace de la poesía un género único, el único para el cual el no decir puede alcanzar un valor incluso más alto que el decir, el único donde el callar encuentra el modo de expresarse, un modo que tiene que ver con el misterio, con la angustia, con la desgarradora aventura de situarse al otro lado de la palabra”.[19]
Este colocarse más acá o más allá de los límites de la palabra, espacio en el que la estela de su sonido entabla un duelo con el sentido, revela el muchas veces esquivo efecto poético, territorio donde lo no dicho asume su dimensión semántica. Para ello, el poema deberá guiarnos desde las zonas más oscuras de la expresión poética hacia ese vacío casi mágico donde repentinamente estallarán los fuegos de artificio de la significación.
Salas lo logra plenamente. Para hacerlo, monta en la página una ajustada organización prosódica. La relación sonido-sentido se apoya en una estructura rítmica en la que el tono del habla coloquial, instalada como una música de fondo, reaparece en un rearmado armónico, combinándose en un doble contrapunto. La primera de sus fases se produce en la línea donde las palabras, como si fueran notas, enfrentan sus sonidos construyendo el primer movimiento de un compás de duración variable cuya disposición acentual entra en tensión, cuando en una segunda instancia, su eco se enfrenta al de la siguiente línea. Este contrapunto regulado y medido obsesivamente por las emisiones de la voz escribe su melodía; es el medio que utiliza “lo expresado” para estimular las correlaciones emocionales en el lector.
La labor sostenida por Horacio Salas, un autor familiarizado con tradiciones literarias y abierto a las más diversas influencias, puede ser considerada la de un genuino multiculturalista. Un poeta que no cesa de captar mensajes lejanos que luego serán filtrados por esa voz histórica que repta murmurante en las calles de su ciudad.

[1]Mate pastor, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1971.
[2]El tiempo insuficiente, Buenos Aires, Ediciones Cuadernos del Siroco, 1962); La soledad en pedazos, Buenos Aires, Ediciones Barrilete, 1964; El caudillo, Buenos Aires, Pleamar, 1966; Memoria del tiempo, Buenos Aires, Losada, 1966 y La corrupción, Buenos Aires, Americalee, 1969.
[3]La poesía de Buenos Aires, Buenos Aires, Pleamar, 1968.
[4]Homero Manzi, Buenos Aires, Brújula, 1968; Vicente Barbieri y el Salado, La Plata, Cuadernos del Instituto de la Provincia de Buenos Aires, 1971.
[5]Lawrence Ferlinghetti, carta a E.M. con motivo de la traducción de América desierta y otros poemas, Montevideo, UNESCO-Graffiti, 1996.
[6]T. S. Elliot, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber & Faber, 1963.
[7]Ramón Plaza, El 60 – Poesía blindada, antología, prólogo de Ramón Plaza, selección de Rubén Chihade, Buenos Aires, Ediciones Gente Sur, 1990.
[8]Conversaciones con Raúl González Tuñón, Buenos Aires, La Bastilla, 1975.
[9]Horacio Salas, Alberto Girri – Homenaje, Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes - Sudamericana, 1993, pp. 109-113.
[10]Ezra Pound, The Cantos, London, Faber & Faber, 1986.
[11]Veinte años no es nada (Antología), Buenos Aires, Fundación argentina para la poesía, 1982.
[12]Cuestiones personales, Buenos Aires, Torre Agüero Editor, 1985; Madrid, Playor, 1986.
[13]Javier Adúriz, “Borges como mito”, Hablar de poesía, III, 5 (2001).
[14]James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man, Dublin, Hardmondsworth, 1992.
[15]Thomas Macaulay, Lord, Prose and Poetry, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1967, pp. 721-24.
[16]H. A. Murena, El pecado original de América, Buenos Aires, Sur, 1954, p. 23 y ss.
[17]Walter Benjamin, Illuminations, New York, Schocken Books, 1979.
[18]El tango, Buenos Aires, Planeta, 1986; Poesía argentina del siglo XX, Ginebra, Fundación Patiño, 1996; El otro, Buenos Aires, Manrique Zago Editor, 1990.
[19]Raúl Dorra, “¿Para qué poemas ?, Revista Crítica [Universidad Autónoma de Puebla], 90 (2002), p. 68.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.



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NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL IDIOMA CASTELLANO

NÚMERO ESPECIAL - DÍA DEL IDIOMA CASTELLANO

GACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL - ABRIL de 2007 

Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de Pablo Picasso.
Litografía: Don Quijote y Sancho (1955)

PÁGINA EDITORIAL

Estatuto del Hombre
(Acta institucional permanente)
Artículo I
Queda decretado que ahora vale la verdad, /que ahora vale la vida /y que con las manos unidas /trabajaremos todos por la vida verdadera.
Artículo II
Queda decretado que todos los días de la semana, /incluso los feriados más solemnes, /tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.
Artículo III
Queda decretado que a partir de este instante /habrá girasoles en todas las ventanas, /que los girasoles tendrán derecho /a abrirse dentro de la sombra /y que las ventanas han de permanecer, el día entero, /abiertas hacia el verde donde crece la esperanza.
Artículo IV
Queda decretado que el hombre /no precisará nunca más dudar de los seres humanos, /que cada hombre confiará en su especie /como la palmera en el viento, /como el viento en el aire, /como el aire en el campo azul del cielo.
Párrafo único
Un hombre confiará en los hombres /como un niño pequeño confía en los otros.
Artículo V
Queda decretado que los hombres /están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será necesario usar la coraza del silencio, /ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa /con el corazón limpio, /porque la verdad será servida antes de la sobremesa.
Artículo VI
Queda establecida, por lo menos durante diez siglos, /la práctica soñada por el profeta Elías, /en la que lobo y cordero pastarán juntos /y su aliento tendrá el gusto mismo de la aurora.
Artículo VII
Por decreto inderogable queda establecido /el reinado permanente de la justicia y la claridad.
Y la alegría será bandera generosa /por siempre resguardada en el alma del pueblo.
Artículo VIII
Queda decretado que el mayor dolor siempre ha sido y será /no poder darse en amor a quien se ama, / sabiendo precisamente que esa agua /es la que da a las plantas el milagro de la flor.
Artículo IX
Queda permitido que el pan cotidiano /ofrezca a cada hombre los signos de su esfuerzo.
Pero, sobre todo, que tenga siempre /el dulcísimo sabor de la ternura.
Artículo X
Queda permitido a cualquier persona, /a cualquier hora de su vida, /usar el traje más blanco.
Artículo XI
Queda decretado, por definición, /que el ser humano es un animal que ama /y que por eso es bello /mucho más aún que la estrella de la mañana.
Artículo XII
Decrétase que nada será obligado ni prohibido: /Todo será permitido, /incluso brincar como los rinocerontes /y caminar por las tardes /con una inmensa begonia en la solapa.
Párrafo único
Sólo una cosa queda prohibida: /hacer el amor sin amor.
Artículo XIII
Queda decretado que el dinero /no podrá comprar jamás el sol de las mañanas venideras.
Expulsado del gran baúl del miedo /será sólo una espada fraternal /para defender el derecho a cantar en la fiesta del día que nace.
Artículo final
Queda decretado el uso de la palabra “libertad”.
Será suprimida de los diccionarios /y del pantano engañoso de las bocas.
A partir de este instante /la libertad será algo vivo y transparente, /como un juego, como un río, como simiente del trigo, /y su morada será por siempre /el corazón de los hombres.

Thiago de Mello (Brasil) / Traducción de Mario Benedetti (Uruguay)

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

El guante del mago

El guante del mago
vuela como paloma.
Las plumas de la paloma
cobijan una almohada de tiempo.
El tiempo se fractura
en espacios
que el universo no puede contener.
El universo que pertenece
a cada hombre
acumula sus propias luces.
Las luces no alcanzan
para iluminar el abismo.
En el abismo están
los blancos fantasmas
que nadie reconoce.
Son fantasmas
los cuerpos que emergen
de la memoria esquiva.
Y es la memoria
la que vuelve a entronizar
los dulces abrazos ya perdidos.
Abraza el espacio
la consecución de los días.
Y en los días que se deslizan
desapercibidamente
se cobijan los miedos.
¡Ah, los miedos oscuros
los miedos escondidos,
los miedos de distancia!
Una distancia crucifica
las ilusiones de cada uno
y en cada uno la distancia
es el interrogante suspendido.
Interrogantes atrapan
la necesidad de ver el otro lado.
El lado de la verdad,
el lado de la mentira.
Mentiras construyen el paisaje
de las pesadillas.
¿Es que una pesadilla basta
para que las noches se rebelen
y conformen regimientos convulsos?
En la convulsión de la materia
torna a aparecer el ser
casi como una mariposa.
Mariposa para los cielos,
no para el alfiler de un entomólogo
que escudriña desde su laboratorio.
Y es en el laboratorio de la vida
donde los tubos de ensayo
dejan de ser de vidrio.
Vidrio para que un mago
construya su guante transparente.
Y desde el guante
una paloma no pueda echar vuelo
inerte, con sus plumas cansadas.

Jorge Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Invierno

La mujer de la bata gastada
barre las hojas de la vereda
ajena a la mirada que la desnuda. Barre
una llamarada de hojas de fresno
y enciende un fósforo
para que el fuego
la apague.

Concepción Bertone (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Albus

Al buscar lo que no busco
sé lo que no sé

Cerca
aparento estar lejos
y voy
a retornar
entre luminosas luces
muertas que la noche aviva:

abril en vos

que facilidad decir te amo
y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido y no volar sobre las hojas
como un árbol tallado
naciendo en la juventud del bosque
que felicidad saberte vivo
y no volar ante un espejo herido
como tu mano de corteza inhallable
escribiendo melodías y sones
recibiendo la luz en la espesura del monte.

Roberto Aguirre Molina (San Cristóbal-Santa Fe/Argentina)

Bosque invisible

En la ciudad dormida
soñé que añosas hayas
me protegían
contra los infortunios.
En el proceso de despertar
imaginé un cielo
donde todos
somos aceptados.
…………………………..
Es la única
e imposible forma
de juntarnos.

Clara Rebotaro (Acebal-Santa Fe/Argentina)

Testamento.

Tener tus huesos digo
para cruzarme el mar como lo hiciste
dormir sobre la hembra,
fundarme en cuatro hijos,
ser en mis tierras nuevo adelantado,
salir al campo al alba,
velar la noche entera,
y ser cobijo y rumbo
de los que vienen en mis días.
Morirme así de pronto
y que me guarden, firmes, las paredes
en las que aún soy techo,
raíz y certidumbre de mis gentes.
Negarme a la ceniza,
cuando sus polvorientas manos me reclamen
y ser aún de piedra
cuando me rinda el fuego
ante el último grito de la vida.

Julio Luis Gómez (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Sobres para fracasos

Por Martín Orell (Santa Fe/Argentina)

Como cayendo desde un espacio donde las palabras, siempre las mismas, ésas que a veces dejan su lugar a los silencios, como cayendo, sí, al piso, sin eufemismos, en el asfalto de cada intento, y caer en la costumbre de anotar los fracasos para olvidarlos en un sobre en una esquina donde nadie te mire, en lo posible tres de la mañana, noche serena, sin estrellas, sin nadie, olvidándolo como al descuido, en una ventana, al alcance de la mano de cualquiera que pase por ahí, que abra el sobre y relea esa loca enumeración, se sonría y arroje ese papel en el borde de la vereda para que el viento lo acerque al cordón de la calle y allí se ensucie con el agua sucia y el barrendero que pase lo alzará con premura y pensando que puede contener algo importante se sacará los guantes, lo abrirá despacio e intentará leer descifrando sus trazos que se habrán borroneado por el agua y lo arrojará con bronca por haber perdido tiempo en esa estupidez y el sobre quedará en una esquina junto a un montón de basura que luego se recogerá en una gran bolsa que cargarán en un camión alguno de los dos muchachos que corren detrás, en algún momento alguien silbará fuerte, correrá a comprar una cerveza y pondrán a comprimir la basura y la carta de derrotas y fracasos se amalgamará en miles de objetos diversos, se diluirán las derrotas, de a una, se mimetizarán en simples desperdicios, la derrota de la mañana se mezclará con una lata de cocacola y la del mediodía en un brazo de un aborto reciente, la de la tarde en un telegrama de una gerente frígida, y el que encontró aquel primigenio sobre en la ventana no le contará a su mujer, che sabés que encontré hoy..., el barrendero ni se acordará a la hora de sacarse las medias para dormir, y el sobre que estuvo mojado se irá diluyendo, borrando sus letras y sus formas para que, al paso de un par de días ya nadie, nadie, ni vos, recuerdes esas notas que dejaste alguna vez en una ventana, sólo recordarás que tienes que comprar más sobres para cuando hagan falta para algo, siempre hacen falta sobres, aunque uno no sepa bien para qué.

PÁGINA 4 – Narrativa

Redactor

Por Rolando Revagliatti (Buenos Aires/Argentina)

El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”

Huir

Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Oliverio Girondo – 1981/1967 – (Buenos Aires/Argentina)

Llorar a lágrima viva...

Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.
Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Mi lu

mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus erpsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía

No se me importa un pito...

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

No soy quien escucha...

No soy quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

Poema 12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Vuelo sin orillas

Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo fluído,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Vigencia del Martín Fierro

Por Jorge Isaías (Rosario/Santa Fe/Argentina)

La leyenda quiere que el periodista federal José Hernández Pueyrredón, “para aliviar el fastidio del hotel”, se haya dispuesto a perpetrar –sin proponérselo, como la cultura hegemónica dice- uno de los textos más corrosivos, conmovedores, originales y aceptados por grandes masas, en la mayoría de los casos, no precisamente letradas.
¿Qué llevó a este luchador político a esconderse a escasos metros de la casa de Gobierno donde moraba su acérrimo enemigo a escribir “los males que conocen todos pero que naides contó?”
El problema de escribir sobre un libro canónico o un poema que, al parecer, representa “lo argentino” o “el ser nacional”, suponiendo que esto no fuera discutible, es mellarse contra una tradición que nos subsume en un juego de lanzas y polvaredas y caballos atravesando el espacio, modo de vida rural que atraviesa gran parte del siglo XIX y al que no fue ajeno el autor de nuestro poema mayor.
Muchas veces aluciné pensando a este hombrón generoso y lleno de humor –tal lo describen quienes lo trataron- fatigando gran parte del litoral y no sólo argentino sino brasileño y oriental.
Suponer que el gaucho que inventó fue siempre un rebelde es no haber leído con detenimiento las dos partes (“La ida” y “La vuelta”, como simplificadamente se metaforiza a “El Gaucho Martín Fierro” y “La vuelta de Martín Fierro”, 1872 y 1879 respectivamente) de su libro.
¿Adónde fue y de dónde vino el gaucho de Hernández?
De la frontera.
Es decir de la tierra de los “infieles” (infieles a la religión católica apostólica romana, se entiende).
Como toda la literatura de su siglo, salvo el paternalismo del coronel Mansilla, Hernández trató muy mal al aborigen. Esteban Echeverría, aunque mediocre poeta, también en esto fue un precursor.
Desaparecidas las condiciones políticas que le dieron origen, ¿qué hace del Martín Fierro un poema actual?
Tal vez los desheredados de siempre vean en el héroe hernandiano a un perseguido del poder, un receptor de las injusticias que perviven en el espacio que media entre los que mandan y los que deben –fatalmente- obedecer.
Si bien es cierto que entre una y otra parte del poema existe la distancia que hay entre un conspirador y un próspero adaptado al sistema, el lector común tal vez privilegie esa rebeldía anárquica del hombre que se promete, al ser despojado de todo, “ser más malo que una fiera”. Es decir: oponerse a un sistema corrupto e injusto que expulsa a ese sector marginal de la producción de su tiempo.
Por eso, el regreso del héroe nos devuelve un ser reflexivo, que viene para contar el infierno de la “barbarie”, que da consejos y elude –cosa insólita en la primera parte del poema- una pelea.
Si bien es cierto que el enigmático final donde se separan los cuatro personajes (Martín Fierro, Hijo Mayor, Hijo Menor y Picardía) nada menos que a los cuatro vientos, a los cuatro puntos cardinales, hace que sea abierto a interpretaciones disímiles y aún contradictorias, pero nos deja algo seguro: no hay lugar ya para esa clase social desheredada en el proyecto nacional que sigue a la Conquista del Desierto.
¿Adónde van los cuatro? ¿A llevar qué mensajes? ¿O a perderse en la nada de los tiempos, en el mar de otros miles de hombres y mujeres de ojos azules y pelo de trigo que venían a suplantarlos?

Despedida (33).
“Después, a los cuatro vientos / los cuatro se dirigieron. / Una promesa se hicieron / que todos debían cumplir. / Mas no la puedo decir, / pues secreto prometieron. / Les advierto solamente, / y esto a ninguno asombre, / pues muchas veces el hombre / tiene que hacer de ese modo: / convinieron entre todos / en mudar allí de nombre.”

Probablemente Martínez Estrada tenga razón y el libro de José Hernández destruya la gauchesca anterior y la sature para siempre, en lugar de perfeccionarla, como quieren algunos.
Veamos un poco: si nos guiamos por los temas –como toda tradición literaria que se precie- escribir con toda la tradición significa para Hernández (tratándose de sus antecesores “gauchescos” y también cultos: Echeverría, por ejemplo) decir y transitar la frontera, el indio, el gaucho, el desierto, el malón, el contrapunto, la cautiva, la injusticia, la guerra, etc, etc.
Le incluye la injusticia de las levas y la demonización del juez de paz –la autoridad- la ley del embudo, en fin, lo que sabemos. Borges ironizó con crueldad diciendo que el libro estaba escrito contra el Ministro de Guerra Gainza (el Ganza del poema). Esta es una verdad a medias, pero cierta.
Por otra parte convulsiona –desde el nivel de la lengua- la posibilidad del género y enfrenta la oralidad a la escritura.
No es casual que el Martín Fierro se lea, en general (salvo críticos y profesores), como una especie de “Biblia gaucha” (palabra de Dios), llena de consejos y frases de ingenio que la mnemotecnia de la rima ayuda a no olvidar fácilmente; versos que parecen hechos a propósito para situaciones de la vida cotidiana, para las injusticias vigentes. Porque por más internet y revolución de las comunicaciones que los brujos de la tecnología exhiben como logros (y lo son), a nuestro alrededor siguen existiendo las “tolderías” y la “barbarie”.
La vigencia actual del Martín Fierro, tiene que ver con estos tópicos. Allí se juega una referencialidad contemporánea que da vida a los textos. Porque aunque ya nadie hable esa lengua arcaica, ni se la hablara en los tiempos del siglo XIX en que se compuso el Poema, en algunos de sus refranes y consejos pueden identificarse vastos sectores de este país donde el gaucho es una leyenda y un mito y no una realidad llena de mezclas raciales que contribuyó en su momento a deponer su altiva figura para reemplazarla por millares de espaldas inclinadas a la tierra recibiendo semillas.
Algo que el gaucho, sin dudar, despreció.

Nota final: Es fama que a José Hernández, Senador por Buenos Aires, el gobierno le encomendó un viaje a Australia para estudiar las posibilidades de la agricultura y sus mejoras para el país. El senador omitió viajar para “no cargar con gastos el erario público”, y escribió su famoso libro “Instrucción del estanciero” en la casa de Belgrano donde murió, el 21 de octubre de 1886. Había nacido en las Chacras de Pueyrredón –ex caserío de Perdriel- el 10 de noviembre de 1834. (Eran otros hombres y otros funcionarios, claro).

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Mesetas del Chubut

Asomada desde los petroglifos
la soledad con cuerpo al alcance de la mano.

Perpendicular el sol anuncia mediodía
y calcina sobre perfiles de piedra.
Repta el indiscutido habitante
y en el esbozo de una flor apenas percibida,
se reitera.
Obstinación de vivir.

Duramente,
el imaginero reviste de verde.
Y al simple parpadeo
una lítica mano
evidencia en muros sólidos
y otra no humana
se preocupa del arte de un desierto.

Coirón, recio y salvaje,
puede ser mechón en la calvicie
pronunciada de la tierra.

El aguilucho planea cuidadoso.

Se huele aún
el cataclismo.

Damián Bruno Berón (Chubut/Argentina)

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

In memoriam Clara Crimberg.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,

ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,

ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,

ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,

ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,

yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

María Teresa Andruetto (Córdoba/Argentina)

Destinos
(Casi una poética)

Tu destino te sorprenderá
cada momento.
William Blake

A José Antonio Cedrón y
a José Emilio Tallarico,
poetas y hermanos.

Desde qué orilla abrir, cerrar
los ojos;
desde cuál punto de qué orilla.
Cada orilla,
cada punto de orilla adelanta,
en su cielo
y horizonte, una respuesta
diferente
que supone cada palabra que
se imagine
o que se diga. Todo camino
comienza
a abrirse según donde decida
afirmar
uno los pies y hacia dónde
apunte
uno su historia y su mirada.
Uno eligió
--o eligió por uno el fuerte
viento--
cada segundo, cada
rumbo,
cada sendero ahondado o
vasto
y nada puede salvarse en
un cruce
ni en un momento solo que
se abra.
La suerte, o mala suerte,
siempre
estuvo despierta y estuvo
echada
como una apacible leona
al pie del árbol.

Eduardo Dalter (Buenos Aires/Argentina)

El cuerpo en la palabra

Penetra en el cuerpo, la palabra,
desde la intemperie ancestral,
desde la ausencia,
inscribe sus símbolos
en la boca clausurada,
sobre el cuerpo y sus agujeros,
inscribe su metáfora,
herida abierta en la grieta del cosmos.
Hundidas en el cuerpo,
las letras carnales, feroces,
clavan su ardor allí,
mientras la pupila indaga
tantas mutilaciones
que se pronuncian silenciosas.
Velos de escrituras en la espalda,
ilusión de cielo y sin embargo infierno,
el cuerpo habla, desgarrado, abierto,
y entre pelos, olores y salivas,
recibe a la palabra,
incendiada, bella.
Ella deja en la memoria
su tatuaje de animal en celo,
su leche de verbo fundante,
su cuerpo como destino
en el cuerpo del otro.

Cuerpos violados
sobre escombros de miserias,
apenas gimen, apenas lloran.
Entonces, la palabra enmudecida retrocede,
ante el espanto de nombrar
se vacía en sus significantes
y quedan desnudos
los íntimos contornos.

Murmullo, lamento, decir, decir, callar.
Invocar voces.
La palabra, espejo del cuerpo,
refleja el anagrama: Adán y Raza, azar y nada,
palíndromos con los que jugó Cortázar.

Mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.
Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.
Tatuadas con vidrios, en el cuerpo,
las palabras cortantes,
sobre cada circunvolución
izquierda del cerebro:
allí, sobre los muros del lenguaje,
escritas con lenguas ardidas
de imágenes oscuras.
Una misma palabra
dicha en distintos sitios
huele como excremento entre los dedos,
putrefacción, para el ojo que graba la vida.
La palabra cuerpo cae en el cuerpo,
viaja hacia la oscuridad luminosa,
muta en la esencia líquida: sangre y linfa,
variaciones de voces.

El cuerpo destinado a presentar todas las formas,
guarda en su instinto un ojo inmóvil
de bestia adormecida.
El cuerpo en la palabra,
palabra que lo acuna, lo salva,
lo carga con amorosa entrega,
como la Virgen y el Niño, de Leonardo,
como la Piedad de Miguel Ángel,
sostiene cada tramo,
cada porción de carne en llaga viva,
simulacros para sitiar olvidos.
Acaso la palabra cuerpo
nunca alcance para decir lo que el cuerpo grita,
sólo enmudece.
Detrás de la piel habita una historia
hechas de ritos circulares.
Cuando el cuerpo ama,
la palabra calla,
crece un lenguaje de luz
entre uno y otro,
tan uno con el otro,
escindidos del cuerpo solo,
fundidos en la completud del abrazo.
El cuerpo amado lleva
inscripto en la piel todas las pieles.

Cuerpos que se anudan,
en un intento de saltar la trinchera,
protegerse de todos los absurdos allí afuera,
sin embargo la lágrima cae,
silenciosa hacia la nada.
Mientras el cuerpo
en reposo sigue oyendo,
palabras interiores,
voces que trepan a la sangre,
hechas mixtura y soplo, aliento,
frases que se posan allí
en la levedad de la lengua,
a veces muda, a veces quieta
y otra vez suelta, para volver a pronunciar.
Cuerpos sin nombres,
arrojados al vacío
de las palabras ausentes,
orfandad, desnudez, soledad cósmica.
Poblar el cuerpo nombrado,
cuerpo para nombrar palabras,
palabras para nombrar cuerpos,
re escribir cada parte
con su carga de símbolos,
esos pequeños léxicos
el sexo, el ojo, el pie, la mano,
transmutaciones que narran voces
para desandar la distancia
entre la mirada y el gesto
y volvernos uno y todo, íntimos, sutiles,
descubrirnos el rostro, el auténtico, el otro,
el que calla y crece encima del gesto de la muerte.

El cuerpo en la palabra,
complicidad, entre los labios de dios
y los labios que nombran,
nombran con el leve temor
de no ser ya nombrados,
nombran para guarecer la palabra
de la intemperie del cuerpo,
alumbrar el estallido que sube de la entraña,
nombran para tocar la breve eternidad:
el cuerpo en la palabra.

Olga Lonardi (Entre Ríos/Argentina)

I

¿Qué es de los muertos? No sudan,
ni tributan, ni expectoran. Nunca tarde,
temprano, áureo, consolidado.
¿Arderá dentro de un rato el agujero,
una rata vendrá a alumbrar
con sus ojos el más ajado de los catecismos,
regresarán aquellas leves sábanas
en el mediodía de Túnez, de Chipre?
Es no. Es telón sin escenario, al pie de un improbable paraíso.
Es profecía que se vierte, para nadie.

Pero, ¿qué es de los vivos?

II

Cada cual con su lengua, su silla plegable,
su reloj detenido en una hora
anterior a la borrasca, su fruta preferida,
su modo de amar y cerrar la puerta.
Y cada uno con su desnudez,
personal, intransferible. Y
cierta amarga libertad,
cierta y dulce esclavitud,
un sitio en el interminable cortejo
que atraviesa las aguas
hacia una hipotética tierra firme.

Carlos Barbarito (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La calesita

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Los ojos oscuros de la nena están fijos en un punto, traslucen una mezcla de asombro y desaliento. Es muy niña, tal vez dos o tres años. Las manos pequeñas se asían firmemente al eje del caballito de madera, como si no tuvieran algo más de dónde sostenerse. El sol dibuja siluetas multiformes en la vereda redonda y mojada por la lluvia de hace un rato y las expande más allá de las rejas un poco oxidadas. Algunas nubes parecen caballos blancos, levantan las patas traseras mientras sus "manos" agitan el aire. Sentados en un banco dentro del recinto limitado por las rejas un hombre y una mujer se besan incansablemente. Se exploran con sus lenguas más allá de los labios húmedos de ambos. El es joven, de aspecto rudo, los brazos musculosos y firmes insinúan un trabajo que le exige esfuerzo físico. El pelo es corto y ondulado, tiene ojos oscuros de mirada vivaz. Ahueca las manos grandes y firmes en la nuca de la mujer. Usa un jean y una camisa muy abierta que le dan un aire desaliñado. Mientras la calesita da vueltas y más vueltas suena una música horrible y vulgar, sonidos guturales llegan casi a lastimar los oídos. Yo soy Rosita, yo soy José, las dos ratitas de la tevé, liralalira, liralalira, yo soy Rosita, yo soy José... Así, las notas discordantes se suman al calor de la tarde y tornan la atmósfera más insoportable.
La nena lame un chupetín mientras el caballito avanza en círculo acercándose a la pareja que sigue besándose. Algunos segundos antes, la mujer ha deslizado un puñado de fichas en las manos del infeliz que da la sortija y se ha entregado otra vez a las caricias y besos del hombre. Ella es menuda, morena y en sus ojos hay un aire indiferente. Sentada, parece más pequeña, más flaca. La ropa es de confección barata y los movimientos que ejecuta con el cuerpo mientras besa al hombre son algo nerviosos. La mujer no deja de cruzar las piernas, alterna la de arriba con la de abajo, ni deja de mover las manos con largas uñas pintadas de rojo intenso crispadas detrás de la espalda del hombre.
Los ojos oscuros de la nena se detienen en la escena cada vez que el caballito pasa frente a la pareja. La mirada inexpresiva e infantil queda vagando en el aire. Solo puede verse en ellos una expresión mansa y el desamparo. Cada tanto el infeliz rengo y desdentado recoge las fichas y comenta algo con el hombre gordo que las vende, los dos se miran y las miradas se posan después en el hombre y en la mujer.
El sol ya corrió algunos pasos las sombras irregulares y el cielo tiene el brillo de los mejores días del verano que llega a su fin. Ahora el infeliz va juntando de a una las fichas que le entregan los niños hasta que llega a la mujer:
--Señora se acabaron las fichas, ¿va a comprar más o se lleva a la chica?
Ella no le contesta, se separa bruscamente del hombre, el semblante rojo y húmedo y desata la correa que sujeta a la nena y la baja del caballo. Sin decir nada toma a la nena de la mano y las dos se alejan. El hombre camina unos pasos más atrás.
Todavía juega el sol entre las copas de los árboles florecidos y hace brillar las hojas con verdes más intensos. Hay una mezcla de perfumes de árboles en flor, retamas y tilos.
La calesita sigue girando, con la molesta música de carnaval interrumpida solo por el chirrido esporádico de los ejes. Algunos chicos patean la pelota hasta que salta sobre las rejas y cuando el desdentado no los ve, aprovechan para dar gratis una vuelta.
Ahora es de noche, sopla un viento fuerte y seco y los árboles se inclinan lo suficiente para emitir algo así como un quejido que se filtra por la ventana. Un gato camina por el techo con pasos sigilosos. Se detiene y encoge su cuerpo para atrapar alguna presa. La nena duerme abrazada a un osito azul, la respiración puede percibirse más allá de la puerta que da al comedor. El sueño de la nena es profundo hasta que unas voces altisonantes la despiertan. La nena se acerca a la puerta y escucha:
--Si no me crees, preguntale a la nena, estuvimos toda la tarde en la calesita.
Los gritos continúan mezclándose y la discusión sube de tono. Los ojos de la nena vuelven a estar fijos en un punto, las manos asidas al eje de un caballo imaginario y la mirada vacía de expresión triste y somnolienta. Vuelve a su cama, levanta el oso azul entre sus brazos y se queda muy quieta parada detrás de la puerta. Las voces se confunden con el ladrido de los perros, el crujir de los muebles, el silbido del viento. No la dejan oír claramente lo que discuten. De pronto, suena el primer disparo; la nena corre a su cama y se tapa con las sábanas. Casi sin respirar. Cuando llega la policía le hacen una serie de preguntas que no puede contestar.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Las manifestaciones del silencio
Las cartas que no llegaron - Mauricio Rosencof –
Montevideo – Alfaguara[1]

(...) No puedo aceptar el descrédito en que ha caído la política de la conciencia, acompañado por la reafirmación del statu quo. Como tampoco puedo aceptar la moda de burlarse del idealismo y la audacia intelectual de la modernidad en el arte. Tal o cual estrategia ortodoxa o transgresiva puede volverse obsoleta. No así la legitimidad y la necesidad de seguir formulando una estética de la resistencia, resistencia a las barbaridades de nuestra cultura, a las apocalípticas planificaciones de nuestros líderes, y al conformismo de nuestras imaginaciones y nuestras vidas.
Susan Sontag

Un mundo sin niños
En el tratamiento crítico de Las cartas que no llegaron, el riesgo de confundir autonomía con independencia de lo social-histórico parece nulo, dado su enorme componente autobiográfico. Mauricio Rosencof, fundador histórico -junto con Raúl Sendic- del Movimiento de Liberación Nacional "Tupamaros", fue uno de los presos rehenes que la dictadura uruguaya (1973-1985) mantuvo durante doce años bajo amenaza de muerte como represalia ante cualquier eventual actividad del Movimiento, sometido a todo tipo de torturas, simulacros de ejecuciones, encapuchado, obligado a padecer la sed hasta llegar a beberse sus propios orines, en estrechos calabozos que eran verdaderas mazmorras medievales.
Lo que suele olvidarse frente a tanta carga testimonial es el límite entre el autor y el o los narradores. En el caso que nos ocupa, este olvido -en tanto soslaya una de las operaciones esenciales de su escritura- actúa en desmedro del alto nivel de formalización que la novela posee. Tramada desde la incertidumbre y la carencia, la configuración del narrador principal contiene evidentemente datos de la experiencia del autor, pero estos ingresan en el texto depurados bajo diversas técnicas de selección, fragmentación y montaje, enhebrados por mecanismos analógicos y simbólicos, es decir, sometidos a un procedimiento complejo que les confiere status literario en relación directa, arriesgo, también con su eficacia en tanto testimonio.[2]
La novela comienza con el reconocimiento de una imposibilidad ("No puedo precisar con exactitud qué día conocí a mis padres"), e inmediatamente: "Pero recuerdo -eso sí- que cuando vi a mamá por primera vez, mamá estaba en el patio". En estos dos párrafos iniciales aparecen en forma embrionaria los mecanismos productivos del texto: a la negatividad inicial que exhibe una falta, se le opone la afirmación de imágenes subrayada en su actividad volitiva por el coordinante adversativo. Hay un vacío, parece adelantarnos el texto, hay lo que no se puede aprehender, pero también está la determinación de trabajar con la memoria y la imaginación en torno a lo inenarrable, invocando al silencio para que se manifieste, de la misma manera que en el presidio se leen las cartas censuradas. Consecuente con esta estrategia de "entrelíneas" la narración tampoco nombra, sino que pone en escena la imposibilidad de nombrar.
En el primer capítulo no se describen las peripecias de la infancia desde la perspectiva del adulto, sino que el procedimiento reproduce los mecanismos asociativos con la frescura y las incongruencias propias de un niño. Toda retrospección supone un presente desde el cual se evoca, pero aquí el pasado se presentiza por medio de irregularidades sintácticas en función de recrear la visión infantil, alternando conjugaciones verbales en presente con diferentes pretéritos o introduciendo conjunciones a la manera del zeugma, figura que coordina términos de semas diferentes pero que permite al lector entender la índole de la percepción.
Un día vino mi papá con traje y todo, azul me parece, y muy contento, con algo muy grande, como un cajón, envuelto en diarios y que tenía botones. Lo puso en la mesa de coser y me miró, y lo primero que me dijo fue "eso no se toca". Entonces la prendió y era una radio. (12)
Al repetirse el orden con que las instancias del acontecimiento se grabaron en la mente del niño (el bulto misterioso, la opacidad del envoltorio, las perillas percibidas como "botones", la admonición paterna) no sólo se recrea su expectación sino que en el suspenso generado a partir de las imprecisiones descriptivas propias del registro infantil, contribuyen a que el lector participe en forma gradual del develamiento como si estuviera dentro del niño. El cajón se transforma en una radio sólo después que el padre la hace funcionar: no se relata el descubrimiento azorado, se lo produce. La percepción aniñada también habilita el uso de onomatopeyas (como la del repiqueteo de la máquina de coser), exageraciones y reducciones, así como "errores" diversos en la conjugación de verbos irregulares. El artificio operando contra la gramática que es la ley de la lengua. Todos estos mecanismos funcionan como atributos del extrañamiento (Shklovski, 55-70) mediante el cual objetos y situaciones cotidianas aparecen renovados en su intensidad expresiva bajo una imagen fresca, nueva, donde, por ejemplo, las penurias económicas se manifiestan desprovistas de todo dramatismo en la locuacidad inocente de Moishe:
En ese patio, un día, mi mamá encendió un brasero a carbón, donde iba a cocinar un trozo de hígado que los carniceros regalaban a los que tenían gato. Nosotros teníamos. Se llamaba Miska y era igualita a un tigre. Mamá cocinaba para Miska, pero comíamos todos. (11)
En contrapunto, a las vivencias infantiles se intercalan las cartas de Polonia. El texto no esconde su ficcionalidad, por el contrario, la exhibe. Se afirma que las cartas que esperaba el padre nunca llegaron, y a continuación se reproduce la correspondencia apócrifa que comienza narrando la instalación de la Gestapo en Polonia, y en que se acentúa lo repulsivo de la propaganda nazi por el contraste con el relato crédulo de quien lo narra. En la ausencia de las cartas se inscribe la pérdida, el vacío que nos remite al genocidio, pero también al negarse su existencia se afirma el derecho de la ficción a ocuparse del tema.
Esta intercalación epistolar extiende una sombra premonitoria que acecha los juegos inocentes de Moishe, marginales respecto de las preocupaciones y el dolor de sus mayores. Las cercanías de los diferentes registros en la hoja impregnan cifradamente relaciones constitutivas para el personaje. El holocausto flanquea al niño como el terrorismo de estado al adulto: entre estos dos sistemas represivos se proyecta una vida, entre ambas alambradas la narración cava su trinchera. La ficción que ocupa el vacío de las cartas transforma ostensiblemente la anécdota familiar en una síntesis de la Historia. Junto al tono de fe y esperanza inicial de las cartas se irá gestando otro código; bajo la apariencia del acatamiento, va fraguando una actitud de resistencia que progresa desde expresiones de humor, recurriendo a la fantasía como recurso para no dejarse embrutecer,[3] hasta desembocar en el grito y la insurrección (32).
El silencio es el verdadero crimen de lesa humanidad, silencio colaboracionista al que la descarga del grito pone en evidencia. Tensión compleja, constitutiva con sus silencios, puesto que, como plantea Macherey (1966: 67), la obra sólo instituye la diferencia que la hace ser, estableciendo relaciones con lo que ella no es. El grito es una manifestación de lo inexpresable, de la incapacidad del lenguaje corriente para explicar lo que significó sobrevivir en Auschwitz (Primo Levi: 130-131). Ahora bien, el grito, en tanto denota una ausencia de formulación no difiere del silencio, también es un agujero, una falta, aunque estentórea. Pero en todo caso se trataría de un silencio que no acata: el grito es un silencio que se rebela revelando su condición silenciada, su imposibilidad de decir.

La palabra fuera del tiempo
En el silencio forzado del calabozo, en la desterritorialización del ser hundido en la nada se entabla una relación de sobrevivencia con el lenguaje. Refugio de la lengua que siempre conlleva nuestro lugar en el mundo. El narrador necesita salvarse por el relato, ser rescatado del nicho por la saga familiar, le urge armar la historia del padre con los escasos datos que posee, dejar constancia de ese humilde heroísmo por medio de una construcción episódica que postergue el final, pero a la vez asumiendo su ficcionalidad sin pretender disfrazarla de realidad o, dicho de otra manera, reconociendo la realidad de la ficción.[4] Esta actitud se manifiesta de diferentes formas en la novela. Afirmar que en ese pozo de 2 X 1 su territorio real era la imaginación, la fantasía, la locura reglamentada en la medida de lo posible (138), pone en jaque cualquier intención reduccionista o subalterna respecto del orden del referente, además de reivindicarse a la ficción como actividad humana imprescindible.
En un primer grado o movimiento retrospectivo se ubica la figura del narrador —en presente- escribiéndole una carta imaginaria al padre en el aislamiento de la prisión: mi mundo es este, de dos metros por uno, sin luz sin libro sin un rostro sin sol sin agua sin sin y te escribo... (72). El segundo grado de retrospección estará dirigido a recuperar el universo de la infancia atravesado de incógnitas y ausencias:
Y aquello era la vida, a las doce a la mesa y éramos tres la familia éramos tres tres tres tres en Polonia no había nadie tres León ya no estaba -Leonel- y se comía a las doce. Los tres. (62, el subrayado es mío)
La libertad en el manejo de los signos ortográficos se encuentra al servicio del ritmo percusivo, de una repetición que debe acumularse aunque nos quite el aliento, o tal vez, justamente para quitarnos el aliento. La familia ha sido reducida a ese grupito apretado de tres miembros -en Polonia no había nadie-, y esa cifra se repite cuatro veces seguidas como aludiendo a la cuarta silla vacía del hermano ausente. Uno de los cuatro tres es la muerte, la presencia del vacío que León ha dejado en ellos, en los tres.
Todo el último capítulo que comienza con la frase "Lo que no recuerdo es la palabra" (117), se cierne alrededor de un indecible, incrementándose la disolución de las fronteras entre realidad e imaginación (138). Se relata el encuentro, una reunión incorpórea entre el hijo preso y el padre internado en el asilo de ancianos, en la que sólo el padre puede verlo y decirle una palabra en idioma extraño (un posible caldeo o arameo), palabra cuyo significado es una expresión de bienvenida, una invitación a compartir el alimento y el calor del hogar.
A partir de una referencia a En busca del tiempo perdido se reflexiona sobre los iconos, los elementos simbólicos de una cultura y la memoria -junto con el lenguaje- como elemento cohesivo de una sociedad. El episodio tomado de Proust cuenta sobre el interrogante generado a partir del hallazgo arqueológico de los restos de un grupo tribal galo, a quienes además de matar se les habría quebrado sus tallas, destruido sus tótems y sus emblemas. El ensañamiento denotaba, sin embargo, un conocimiento cabal del rol que cumplían estos distintivos para el grupo, en tanto depositarios de una memoria e identidad cultural (159). Este ancestral ejemplo de intolerancia extrema remite, analógicamente, a los proyectos de exterminio contemporáneos.[5] Pero hay sortilegios en las palabras, llaves que accionan sobre la memoria (130), hay algo más blando y por eso más resistente que las piedras de los galos, hay los rescoldos que no se apagan (160), hay lo que no puede ser censurado ni retenido como el preso que va al encuentro con su padre. Encuentro que se da en medio del mayor despojo, cuando los viejitos han sido desalojados, y que también será el encuentro con la palabra (141).
Ahora bien: yo sé lo que esa palabra me decía. (...) Del pique[6] lo supe y lo pronuncié, pronuncié la frase entera, más o menos larga, aquella palabra en caldeo era un ábrete sésamo en mis neuronas... (118)
Pero esta palabra jamás aparece escrita, es como un agujero que presenta en el texto lo que no puede contarse sino por sus bordes desparejos, por medio de alusiones incompletas o desvíos. También ella resulta golpeada: "la palabra jamás dicha fue golpeada" (164), en la precaria clave morse con que los "incomunicados" reinventaron el lenguaje. Allí, donde "las palabras estaban herméticamente prohibidas" (162), el arañar compañero en la pared restituye el mundo escamoteado: golpe a golpe, con los nudillos y una lasca de revoque, letra a letra, se pasan la palabra solidaria a través del muro como un plato de comida caliente.
La falta de referencias directas a la dictadura —cuya palabra ni siquiera aparece- u otros términos que remitan a discursos más o menos codificados, nos habla de un yo narrativo estrechamente vinculado a figuras poéticas. En este sentido podemos hablar de un texto liberado del cautiverio racional de la lógica del testimonio. Y además, en tanto lenguaje poético, participa de la paradoja específica de la formación lírica —formulada por Adorno en su "Discurso sobre lírica y sociedad"(53-72)-, según la cual la subjetividad se trasmuta en objetividad, y su estado de individuación en contenido social. Este lenguaje libera todo lo que la sociedad ha reprimido, pero es social a su vez, por proyección y oposición, en tanto cifra de una sociedad otra.[7] La elección estética garantizaría una mayor profundidad y perdurabilidad en lo social. Un registro explícito con el énfasis puesto en la transferencia comunicativa de datos o acontecimientos quedaría entrampado en la cosificación mecanicista y subalterna, además del riesgo de la vulgaridad que siempre arrastra la marca y la persistencia de la represión.
Al oxímoron que postula a la imaginación como territorio real (138), se le superpone otro que también alude a la proliferación imaginaria provocada por el encierro: este territorio, este enorme infinito desierto de dos metros cuadrados (144). La idea de infinito concentrado nos remite, obviamente, al aleph borgiano: ahí, en el pozo de castigo, detrás de la puerta sin pestillo, bajo siete cerrojos también hay un aleph. Un aleph que condensa los libros, las visiones de una vida, el testimonio de muchedumbres expandiéndose dentro de la cabeza de un hombre encerrado. Confluencia de todos los tiempos y los espacios: allí ahora el telón de la capucha se vuelve a levantar para los diez minutos de visita (...) en el instante simultáneo donde el tiempo corre por su cuenta y sin reloj (166). El límite de este infinito provocado por la más radical de las carencias es, paradójicamente, la unidad: una falta, una:
Hay una cosa que acá no hay, papá. Niños. No hay niños. No se puede vivir en un mundo sin niños. Y mi mundo, Viejo, no tiene niños. Así que cuando me llevan al escusado trato de traerme alguno. (124/125, el subrayado es mío)
Y luego cuenta como recorta, cuando encuentra, fotografías de niños de los diarios que hay para limpiarse. La falta de papel higiénico le sirve para neutralizar la otra -la de niños- con los recortes del periódico El País, que guarda en sus zapatos. Desde ese estado de absoluto despojo, el reclamo por los niños se constituye en una condensación del gesto narrativo y un manifiesto político: se rescata el futuro del escusado, si es preciso, para hacerlo camino articulado con la memoria (conservada en la caja de zapatos de la madre: 25 y 77), desde donde provienen las fotografías reproducidas al final. Entre ambos desplazamientos históricos la imaginación (pisoteada, golpeada) se revela como un medio de producción de sentidos a partir de los residuos, de los restos, de la nada.
La palabra nunca pronunciada es un tótem (158) operando de manera silenciosa. Pero aquí se trata de un silencio activo —como dice Susan Sontag (1997: 36)-, en tanto expresión de rechazo de ciertos mecanismos racionalistas y como propuesta germinal de otras formas de pensamiento, un silencio que mantiene las causas abiertas y fuera del tiempo convencional. El silencio -como hemos visto- es trabajado por lo menos desde dos ópticas en la novela. Uno, sinónimo de sometimiento y complicidad, es un silencio de muerte, frente al cual se rebelan los prisioneros del campo en Polonia, a la vez que constituye un tiro por elevación a los mecanismos inductores de miedo colectivo utilizados por las dictaduras para asegurarse la indiferencia en la población, aquél no enterarse como programa de vida.[8] El otro sentido manifiesta, por medio de lo inefable, un quiebre en la homogeneidad del discurso, opacidad de un silencio que se puebla de presencias y de voces, que instala un límite ante lo inaccesible a la vez que un desafío, ya que es a partir del reconocimiento de esa carencia (de recuerdos, de comunicación con el padre, de recursos) que el relato emerge.[9]
Por eso la palabra caldea, aramea, babilónica, hebrea, se manifestó atravesando los diferentes espacios para volver a unir lo que fue arbitrariamente separado (166). Cuando la ilusión de la certeza abarcadora se ha roto es necesario recoger los restos cenicientos, hurgar en la sombra de la anfibología y lo inasible, en lo que no puede ser descifrado ni traducido puesto que debe permanecer oscuro y decir con esa oscuridad otra manera de decir. En la lengua corriente –enseña Blanchot (1993: 42-44)- se confunde a las cosas con su nombre sin percatarse de que el nombre es socavado por la muerte. El lenguaje poético pone de manifiesto ese desplazamiento y esa ausencia constitutiva de la palabra. Ahora bien, al hacer de la palabra una desaparecida del texto se desquicia esta paradoja de la lengua, pero además se apuesta a la restitución de una presencia que es colocada fuera del alcance de la muerte –en tanto ausencia de una ausencia- y en tanto palabra literaria.
La palabra no está dicha porque surge en condiciones irreproducibles y evidencia de esa forma informe —sin nombrarse, nombrando- lo indecible. Dicha, correría el riesgo de quedar prisionera en una entelequia, tapando el hueco con una cáscara. Porque además, esa palabra producto del encuentro con el padre expresa el triunfo de lo inasible y de la transgresión del interdicto, la derrota invertida, la pérdida puesta del revés. Lo inefable -además del sentido místico-religioso y su conexión con lo sublime- puede ser leído como la actitud de resistencia del lenguaje literario a participar de la atrocidad haciéndola inenarrable: en la subversión del instrumento lingüístico la palabra encontraría su trascendencia. Esta insistente manifestación de lo no dicho pareciera presentar la falta como una montaña volcánica levanta su cráter al cielo. Una manera de esgrimir lo inefable que termina por fundirse en su contrario, haciéndose imborrable.

Notas:
1.- Las cartas que no llegaron, Montevideo, Alfaguara, 2000, (todas las citas remiten a esta edición).
2.- Respecto del Testimonio y la compleja red de problemas inherentes al género me he ocupado en "Testimonio y novela", estudio recogido en Gustavo Lespada, Esa promiscua escritura, Córdoba, Alción Editora, 2002 (pp. 93 a 120).
3.- "Porque la fantasía, ¿sabes?, es la única cualidad humana que no está sujeta a las miserias de la realidad." (43)
4.- Ya en El bataraz (1999: 138-139) se afirma explícitamente la realidad de la imaginación, a la que el propio Marx le asignara un rol fundamental en la configuración del proyecto, etapa indispensable en el proceso material del trabajo humano.
5.- Rodríguez Molas (1985: 149-169) nos proporciona una crónica y un documentado estudio sobre las aberraciones realizadas por los militares argentinos (1976-1983) en estrecho parentesco con la metodología del nazismo.
6.- Uruguayismos: "del pique" equivale a en seguida o inmediatamente. Hay otros, como "chiva" por bicicleta (148) o "peludear" por pedalear (147).
7.- Jorge Monteleone hace un excelente análisis de estos planteos sobre poética y sociedad, a partir de su propia traducción del texto de Adorno, en "Gelman: el salario del impío" (inédito, 2001).
8.- Así resume Noé Jitrik (1984: 254) esta actitud generalizada en nuestro país durante los años de plomo, en "Argentina: esquizofrenia y sobrevivencia". En Vigilar y castigar, Foucault señalaba en los sometidos a un régimen de vigilancia, la tendencia a reproducir internamente las coacciones del poder (1991: 206). Otra categoría útil para pensar la autocensura introyectada por los sujetos, es la de inxilio (exilio interior), tal como la expone Carina Perelli (1986: 90-92) en De mitos y memorias políticas.
9.- Franco Rella (1992: 165-175) hurga con erudición en ese borbotear de lo indecible, en ese signo libertario atrapado en el lenguaje de los hombres, en esa silenciosa promesa de redención de todo lo que ha sido avasallado y vencido.

Gustavo Lespada (Montevideo-Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Hugo Mandón – 1929/1981 (Larrechea - Santa Fe/Argentina)

Acceder.

Accede en la mañana al corazón de la madera
que arde en mis fuegos
y a la luz que sube desde el este
y al calor de tu mano compañera
aquí
donde tengo el mate y el agua tibia
y los huesos quietos
y las palabras creciendo la luz

palabras para nombrarte
para decirte íntegramente
para saludar tus pechos de historia nutricia y tus muslos
fríos como mojarras
y tus duras rodillas
minerales y severas
y tus codos apoyados en la historia reciente
hecha entre los dos
y tu vientre calmo
y tu pie pequeño y tu oreja celeste
y tu pelo sin color ni abundoso

accedo he dicho a la plenitud prefigurada de otro día
sin saber muy bien
si soy yo o es otro el que ocupa mi lugar

todo porque te considero como a los días
jamás iguales
sin identidad posible
sin anuncio de la noche oscura
con sol
con la luz de tu piel cambiante
con las lluvias de tu tristeza
accedo a ti.

Pájaro.

Es de franco mal gusto y peligroso adornar cosas amables
como son los manteles, los dormitorios y las tortas de bodas
con fieles figuras de pájaros, sus picos y sus ojos feroces
con alas tensas, con el desgarramiento de los vuelos.

Y sin embargo la gente lo hace de ese modo y reincide.

Es cuando afuera, en el aire liviano, frío de la tarde
un pájaro oscuro y magro llega a las grandes ventanas
y allí pica con furia los vidrios congelados, las maderas blancas.

Adentro se admiran y comentan las figuras del pájaro ornamental.
Afuera, el otro pájaro se hará pedazos contra los vidrios.
Nadie sabrá de su solitaria ansiedad.

Nadie escuchará su sangre rota.

Sombra de las glicinas.

Una vez estuve con mi cicatrizado músculo del pecho debajo de la densa y olorosa fronda de las glicinas. Estuvimos en la sombra del plumaje lila de la mañana. El perfume parecía llover.

Había en aquel lugar rodeado por el campo y tan lindo como verde, una bomba de agua fresca y una palangana color rosa donde lavaban sus manos los hombres del trabajo. Había muchachas frescas como el agua de la bomba, rientes, embellecidas por la luz dorada, que cocían pan en la honda cocina roja. Y el olor de los hornos llegaba a nosotros mezclado con la dulce fragancia de las glicinas estallantes.

Fue una mañana vieja e inolvidable.
El campo era verde, reían las muchachas y el agua en la palangana rosa.
El perfume de las glicinas era como una llovizna sobre nosotros.
Ardían los hornos del pan y creo que era diciembre.

Los cactus.

Amo los cactus por sedientos
porque sé que la sed es una esperanza carnal y porque toda esperanza define profundamente la condición humana.

Amo a los cactus por pacientes
porque sé que la paciencia fluye de la confianza en el dios
y a falta de éste, en la propia fuerza, que aún vive en la debilidad.
Amo a los cactus porque han sabido dolorosamente diferenciarse
rotundos, excluyentes: han preferido la ausencia de las frescas y fugaces floraciones y han sabido sacar espinas del secreto corazón del agua escasa; han transfigurado la pobreza en arma defensiva.

Amo a los cactus por solitarios
porque siendo así demuestran que generalmente las fuerzas menguan
cuando el individuo se disuelve blandamente en las muchedumbres.
Amo a los cactus porque suelen ser subestimados
porque son juzgados insignificantes melancólicos
pálidos penitentes, resignados a los eriales de la tierra flaca.

Porque así se los considera, los amo.
Y ello, porque es de mi naturaleza adherir a la mayoría de las cosas no estimadas por la generalidad de los hombres.

Muertos y no muertos.

Hay quienes, inciertos, espantados,
se quitan a cada rato del breve ramaje personal
la pegajosa sustancia de los muertos;
es la gente primaria, aún la mímica del mono,
rústicos imagineros viscerales que suponen
y nada más
el interior abominable de las tumbas.

Ellos temen al cadáver y su inercia
y su marcha hacia el polvo, a las harinas del hueso
a su disolución escondida, sellada, indigna del ausente
amado por el pensamiento, sin materia alguna
vivo en la llama que arde en las manos abiertas.

Ellos, los monos postreros, juncos del barro
son los que no saben cosechar la flor sino comprar el crisantemo
los autores de las tristes, convenidas, vulgares inscripciones;
son quienes veneran, a punto de olfativos, los sepulcros
pero temerosos de la intimidad que esconde el mármol;
los que se contraen en feroces pesadillas
en las cuales les sonríen los rostros descompuestos
y son mirados por las cuencas heladas de la esposa
o buscados por el brazo descarnado de la madre
y a veces, besados por los labios negros del amante.

Pero siguen obstinados, renovando flores compradas
frente a los mármoles pulidos cual espejos
a las feas y vacías exclamaciones de congoja blanda
frente a los Cristos decorativos
ignorando que las Cruz no manda sobre el gusano
pues tiene otro alto destino: el de la esperanza
en el fin de los tiempos y el gran suceso
y las buenas nuevas encendidas en una madera ensangrentada
una vez y para siempre.

Ellos son, al fin, los cavadores de la propia fosa
los primitivos adoradores de la miseria abominada
los que no han aprendido todavía a dejar crecer
buenamente y sin prisa
en paz a los muertos en la tierra caliente del corazón.
Son, al fin, en los cementerios fríos y ventosos, no más
que muertos verdaderos que circulan y comentan
andando sin saberlo, no entre muertos
sino entre sus propias sombras vacilantes y mezquinas.
Pero, aunque no lo sepan ni lo sientan, por sobre ellos
inclinados
y también para ellos,
comprendidos, abarcados, amorosamente resumidos
brilla la luz inmensa, sin origen ni término
que recoge, intacta, pura, inalterable
la real materia de los amados que no cesan de repetir
veraces y dulces las partes la palabra que perdura.

Pero los temerosos de la intimidad de las tumbas
no saben de tales amados. Sus oídos tapiados no oyen.
Ellos huyen del recuerdo de la carne que transita…
Pero la luz inmensa los recoge y de alguna manera los redime.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Crónicas del agua

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)
russomannomonica@hotmail.com

I

La gente tiene todavía muy cerca de la piel del espíritu la inundación de 2003. Ya habían hecho los bolsitos hace rato en los barrios del oeste. Es así de exagerada la gente, se acuerda de lo malo. Pero acá tenemos la facultad de ingeniería hídrica, ¿Cómo va a ocurrir de nuevo? Es la gente ignorante que ve crecer el Salado y se asusta, que ve cómo el Paraná llena la laguna que se va trepando despacito por los pilares del puente colgante, y se asusta. Pero no va a pasar nada, eso decían los que saben, los que observan las fotos satelitales y monitorean (les encanta decir "monitorean" las cotas de riachos y ríos).
Nadie podía saber que el cielo se nos caería sobre las espaldas, sobre las cabezas, sobre los techos de losa o de chapa. Pero se cayó. Y cómo, me preguntaba en el salón de clases semidesierto mientras por las ventanas caía el cielo, cómo es que el agua que es tan pesada adentro de un balde está flotando allá en el cielo. Cómo es que un océano viaja por los cielos y esas toneladas etéreas caen así, tan desde arriba, tan compactas. Pero el cielo cayó y cayó y anunciaba con luces eléctricas, con avisos de catástrofe luminosos que seguiría cayendo. Y siguió cayendo. Cinco metros de agua cayeron en cada pequeño espacio de la ciudad y de las ciudades vecinas, y sobre el campo extenso.
La temida inundación que nos cercaba por el este y por el oeste, retenida a fuerza de defensas, dio un salto y nos atacó desde arriba. Pero vino. La gente ignorante que la esperaba no se alegró por haber acertado contrariando los pronósticos de los catedráticos. A ellos les toca el dolor y la pérdida.
Otra vez los mismos relatos. Cuatro años después. Cuatro años de tiempo en el que el Comité de Crisis y Defensa Civil debiesen haber trazado los planes que se revelan, otra vez, inexistentes. Vayan aquí algunos aguafuertes. acuarelas, me temo:
Don Caballero y su mujer, en barrio Chalet. Ya tenían el bolsito preparado. La otra vez perdieron casi todo, él perdió, por mucho perder, hasta una pierna. Esta vez al menos prepararon los documentos y algo de ropa. Por la radio les dieron el lugar de concentración donde irían a buscarlos para la evacuación. Ese lugar estaba ya bajo agua. Y no fue nadie.
El presidente de la vecinal consiguió unas canoas y así llegaron a tierra firme. De ahí, cada cual adonde pudiera ir. Un amigo del sobrino los fue a buscar con una camioneta y los llevó con hijo, mujeres y nietos a la casita donde se apiñaron ocho. Allá están. Por obra y gracia de los vecinos y familiares y desconocidos solidarios.
Las artesanas en Esperanza sintieron un horrible zumbido que provenía del cielo. El sonido de las trompetas de los ángeles exterminadores, quizás.
Se pusieron debajo del dintel de una puerta aguardando un aterrador tornado.
Y el zumbido seguía intolerable, hasta que se inició el bombardeo atroz. Era granizo de un tamaño imposible, que destrozó todo.
Mary fue rescatada de su casa con el agua a la cintura. En canoa. No se llevó nada. Es empleada doméstica. En el 2003 perdió todo. Ahora, cuando llegó al centro de evacuados, estaba con la ropa mojada y sin comida. Otra vez, otra vez con la nada por delante, con la certeza de haber perdido todo lo que pudo conseguir en estos cuatro años. Mojada y hambrienta, tan espantosamente sola.
Myriam en el extremo norte de la ciudad, en el barrio transformado en una isla. Un amigo fue a hacerles una provista al supermercado, no pudo llegar con la camioneta 4 por 4. Entonces un grupito de adolescentes salió en expedición a buscar víveres para varias familias. Tienen para hoy y para mañana. Después se verá. La arena para frenar el agua que le entra a los Zanelli por el fondo se las dio una vecina que estaba construyendo. Y tienen ganas de reírse todavía, y cuando pasó Tito todo de amarillo el Rober dijo "vienen los Teletubis" y todos se reían. Y se reían cuando miraban con apetito la bolsa de arroz de la perra. Y todavía tiene espíritu científico Myriam, que me contó que la tortuga en el patio estaba paradita en la pared a 45 grados, alejándose unos centímetros, lo poco que podía pobrecita, del suelo amenazante.
Y en los edificios de las Flores suben las cucarachas. Los alacranes salen en toda la ciudad de los sumideros. Los gorriones bajo la lluvia se comen las lombrices que afloran para no ahogarse en la tierra que está saturada de agua.
Ya no llueve, pero se viene el agua que busca el cauce del río. Desde lejos se viene, atravesando campos. Quienes sobrevolaron la zona hablaron para la radio con una voz donde se nota el temblor involuntario.
El caos se asienta, se decanta, va tomando la ciudad como la otra marea.
Están los que cobran peaje en las avenidas, los que saquean a los que huyen con sus cuatro cositas y los pesos ahorrados. Los que en las escuelas que funcionan de centro de evacuados amenazan a las maestras que no tienen nada que ofrecerles y no saben de dónde fabricar colchones, o ropa, o comida.
Pero los de Defensa Civil, los funcionarios de la municipalidad, deliberan. Les sale bien eso de deliberar. Mientras tanto cada uno hace lo que puede y ayuda si puede y le dan las ganas y el coraje. Como hace cuatro años, como siempre, socorre el buen samaritano y las fichas se acomodan según van cayendo.
Después escucharemos explicaciones razonables. No me cabe duda.

II

Vino Mary del refugio improvisado en la escuela. Tiene los ojos rojos Mary, y va formando imágenes en el aire la Mary; cuenta y cuenta mientras toma leche con tostadas en la mesa de la cocina.
Dice que la buscaron en canoa, y cuando llegaron a la “San Cayetano” los encerraron con llave, y no los dejan salir por miedo a que se metan otros y rompan, o roben, o vaya a saber qué cosas que puede hacer la gente cuando es mala y se siente impune, y afuera está el caos. Dice la Mary que no comieron desde la noche que llegaron hasta la otra noche, un día entero estuvieron sin comer, y las tripas le hacían ruido y se le quejaban.
Cuenta la Mary que no les dan comida para los perritos, pero los perritos son la familia, también, así que de su ración come, y esconde un poco, y con eso le llena las tripitas al cuzquito que pobrecito, también es gente o al menos más gente que algunos.
Y cuenta que si tenían frazada no les daban colchón, a pesar de que a la noche se vino el frío, y eso de estar arriba de la frazada pero sin nada para taparse no abriga, y el suelo además de duro estaba helado. Así que lo peleó la Mary al hombre, y le dieron un colchón para los cinco de la familia que se juntaron allá en el refugio. Y adónde, pregunta la Mary, adónde van los colchones que quedaron en el camión ¿No? Y es la misma pregunta que hacía ella y que hacía tanta gente hace cuatro años.
Y dice la Mary, y le da un poco de vergüenza y le cambia la voz cuando lo dice, que tienen que mentir para que les den agua caliente. Tienen que decir que hay un bebé y una mamadera para que les den agua caliente. Pero cómo, cómo se aguanta sin el mate el hambre, el frío, la angustia; cómo se comparte y atenúa, sin mate, tanto sufrimiento. Le da vergüenza decir que tiene que mentir para que les den agua caliente.
Los baños bien, limpios, bien por suerte. Pero es una escuela, las escuelas no tienen calefón ni termotanque, hay que lavarse con el agua fría y de ducharse ni hablar, claro, lavarse un poco para ir tirando, y escuchar por ahí “estos negros mugrientos”.
A lo mejor la heladera vuelve a andar, si la sopletean con agua y compresor como la otra vez, eso si no estalla la puerta de entrada y las cosas se van flotando, se pierden en la calle donde se van a juntar todos los peces muertos de la resaca. Dice que la heladera a lo mejor ande, pero no puede imaginarse la casa y la heladera, tan pesada, que flotará extrañamente como los buques de hierro y toneladas excesivas. La heladera flotando por la casa es intolerable. Cambia de tema. Mejor hablar de ahora, de acá, al futuro todavía no tiene el coraje de enfrentarlo. Ya llegará con las aguas servidas, los cimientos que ceden, el olor y la podredumbre. Otra vez, un futuro que exuda pasado de pesadilla, esas pesadillas cíclicas que cambian las leves circunstancias pero no el terror de fondo que siempre es el mismo.
Cuenta que la Negrita se aburre, la nena encerrada en un gran dormitorio de colchones y gentes deprimidas. Me pide un mazo de cartas para la Negrita. Todos se aburren, con la desesperación del que siente que algo urgente lo requiere, pero tiene la pesada tarea de aguardar. Afuera tiene que bajar el agua.
Y la Mary cuenta, con los ojos rojos cuenta y cuenta, y no quiere más tostadas. Y mamá que le ofrece más tostadas porque qué se puede hacer sino ofrecer tostadas, y escuchar, y sentir. Y yo que salgo a comprar cosas. Cosas, a prepararle un bolso de cosas. Qué poco podemos hacer salvo ofrecer cosas que le faciliten un poco la jornada. Pero no está en mí el poder de hacer milagros. Le armamos con mamá unas bolsas de cosas y le deseamos buena suerte. Y nos quedamos con los relatos y los ojos rojos en la mente y en el corazón. Hasta pronto. Mejor suerte. Hasta pronto Mary.

III

El tiempo se ha detenido. Es el momento de mirar el agua y de comprobar que no baja; el tiempo de mirar el cielo nublado, ese compacto cielo amenazante. El tiempo suspendido de todas las esperas que convergen en un silencio de escala de grises.
Es el tiempo del nudo del relato, el tiempo de defenderse del hastío, el tiempo igual a si mismo cuando no quedan ya palabras nuevas. Cuando se repiten las historias que ya fueron contadas, cuando empieza a trabajar la ira desde abajo, desde el fondo. Cuando las manos no hallan reposo en el trabajo y comienza la calma preñada de monstruos.
No lo oigo, pero en el silencio de la ciudad parada hay un llanto, ladrido de perros en la oscuridad, fogonazos y detonaciones.
Es el tiempo en que el estupor y la agitación se velan por la luna que entre nubes fosforescentes recorre el rectángulo de la ventana. Velas entre muros húmedos. La vieja, la antigua caverna que nos protege del afuera hostil. Esa sensación de sitio, ese abismo.
La radio que pone en ondas la tragedia, que imparable destila nombres y lugares precisos poniendo en particular la generalidad de las urgencias. Las voces que se encienden y desaparecen recién brotadas, ese extraño silencio del tumulto, esa insensibilidad del extremo dolor.
Es, me lo digo, el tiempo en que las voces se confunden como en las tribunas, y surge la sola y única voz plural de un pueblo que grita, así como las calles y campos anegados han formado un único espejo líquido que refleja un cielo inclemente.
Asusta este silencio de masa sonora, este silencio de chicharras, esta aguda nota sostenida hasta que duele. Da miedo este silencio, da miedo este tiempo mudo de mirar el agua, de mirar la oscuridad allá afuera, de mirar las manos cerradas en puño.
Hay que dejar que la voz se desenrolle, decir de vuelta, otra vez, no importa cuántas veces decir lo que pasa y lo que pasó. Hay que escribir la sinfonía de los desesperados, dar a cada instrumento un espacio para elevar su motivo o bajarlo, o desentonar como la trompeta que se desbarranca desde las alturas conquistadas. Hay que permitir que se liberen las fuerzas agazapadas en los vientres crispados.
Es el tiempo muerto de la espera. No muramos.
En los centros de evacuados, en las casa secas, en los techos de la vigilia acecha la ferocidad de quien está obligado a esperar. Las garras dejarán surcos en el revoque desgranado, los colmillos se ensañarán con el compañero de celda. Estallará, uno por uno, cada miembro del clan que se revuelve en el lecho caótico del desastre. Y lo que fue en un principio solidaridad se tornará codicia y maledicencia, la simpatía se replegará bajo escamas aceradas, molestará el que hace, el que no hace, el que simplemente se interpone.
Habrá que superar este tiempo de caldera a presión, este tiempo de algodones sucios, de bocas negras. Habrá que superarlo mientras la luna se desplaza entre nubes fosforescentes. Silenciosa.

IV

Dos de abril, fecha de oprobio, de recordatorio de los muertos, fecha de los soldados que volvieron o quedaron en las Malvinas. Cuántos de ellos estarán ahora bajo el agua, como estuvieron bajo el agua en aquellas heladas trincheras. Cuántos, me pregunto, con la misma falta de atención que sufrieron allá. Este es un país duro que no cobija a sus hijos, demasiado pronto a diluir y disfrazar, con enorme capacidad de olvido y de perdón para los culpables.
A causa de la radio me sorprende una de esas carcajadas inesperadas.
Entre la madeja informe de quejas y reclamos y noticias de cortes y piquetes, un funcionario dice que se vieron superados por este fenómeno inédito de una segunda inundación. Me río y le digo a mi mamá que está colgando la ropa lavada a la luz del cielo blanco, "escuchá, escuchá, un fenómeno inédito que se repite" Y está buena la excusa; me los imagino dentro de un tiempo, sorprendidos en su buena fe por el fenómeno inédito de una décima inundación. Y todavía sin bombas de desagote, sin plan de evacuación, sin saber muy bien quién y cómo tienen que hacer qué cosa.
Otro fenómeno que se repite, que terrible y repugnantemente se repite, es el del abuso de los niños o las mujeres en los centros de evacuados. Esta vez y que yo sepa, detrás de la terminal de ómnibus, en los galpones que fueron del ferrocarril. Una nena esta vez, una nena de seis años esta vez, y mujeres que toman sus hijos, sus pobres bártulos y se van a su casa aunque todavía tengan agua. Madres, mujeres que huyen.
Y la ferocidad del sexo que brota en los centros, en las salas comunes, sobre el suelo. Reparten condones. No pasó un mes de evacuación, pasaron seis días. Entiendo la urgencia de los jóvenes acicateados por el desastre, pero me conmociona. Como en las guerras, como cada vez que los dioses o los elementos, o la Historia se desatan, los cuerpos se buscan en la obscuridad, entrelazan los anhelos, engendran para no morir. Lo entiendo, pero me aterra la bestia suelta en la noche. Huelo su aliento y no es dulce.
La ciudad mañana volverá en si, termina el fin de semana largo.
Prescindirá de los menos favorecidos, pero seguro que ni lo notaremos.
Apenas por los baños químicos que continúan ocupando algunas veredas, por esa gente en hojotas y con bolsitas exiguas que transitan con rostros inescrutables. Sólo los del oeste y suroeste seguirán dentro de la pesadilla. No se los extrañará en los bancos, en los negocios, en las tiendas ni en los cafés. No se los extrañará, simplemente. Al fin y al cabo, como hace cuatro años, volverán a sus extramuros y nos iremos olvidando de las paredes que se desgranan y de las fotografías ahogadas. Aunque digamos que no, que esta vez si que los vamos a recordar, como a los veteranos de Malvinas.

V

Una película norteamericana no termina hasta que no haya habido una buena explosión, una novela de Ágata Christie hasta que no se resuelva el misterio, y aquí las cosas no finalizan hasta que aparezca un paredón. A los que hacen piquetes, habría que llevarlos al paredón. Así son las soluciones que brotan, que emanan de la gente, y esa frase inevitable la escuché hoy.
Al paredón y listo. Solución final.
Los piquetes son como las huelgas, molestan. Son unos cuantos vecinos que cortan las avenidas, las calles, las rutas, para pedir cosas. Es la gente que no encuentra otra manera de que se oiga el reclamo, y son los maleantes que aprovechan la situación y enturbian ese reclamo.
Y a los piquetes lo sufren los que trabajan, los que se quedan sin provisiones, los que tienen que realizar una expedición para llegar al trabajo, los que no pueden acceder a los hospitales o centros de salud. Los sufrimos todos; caldean los ánimos, reducen la tolerancia y paralizan la solidaridad. Son, quizás, la mejor manera de hacerse odiar por los conciudadanos.
Pero, y esto es lo trágico, seguimos confirmando la letra de "Cambalache" ; el que no llora no mama y el que no afana es un gil. El que no llora no mama, no hay ayuda hasta que no haya piquete, hace falta llorar a los gritos para conseguir alguna cosa, y que el reclamo sea justo hace que actuar contra los piquetes sea una canallada que el gobierno en pleno año electoral no está dispuesto a cargar en las espaldas. Por eso, no actúa para disolver los cortes, y tampoco actúa contra los ladrones que se disfrazan de piqueteros y cobran peaje en las calles.
El que no afana es un gil, y más si la emergencia y el caos les otorgan impunidad.
Como el reo que se guarece en un jardín de infantes para que no le disparen, los ladrones que toman el nombre de piqueteros para el saqueo y la prepotencia, se mezclan con la pobre gente desesperada que, de otra manera, no sería oída.
Confundidos todos para desgracia de quienes se encuentran urgidos por la necesidad y la falta de asistencia.
Si el plan de emergencia tuviese solidez o una mínima operatividad, si la gente confiase en los gobernantes, si la organización permitiera ayudar a todos en la misma medida y con la misma eficacia. Si todo esto se diese, no debería de haber piquetes. Si no hubiese piquetes, los ladrones serían simplemente eso, ladrones, y la policía no tendría que actuar dentro de esa zona borroneada que los ampara.
Pero son condicionales que no concuerdan con la realidad que soportamos.
Entonces, al paredón. Todos. Y la solidaridad que asomaba se vuelve al armario donde permanece guardada, hasta que encontremos personas necesitadas con quienes hacer caridad, siempre y cuando no molesten.

VI

La inundación pluvial lo mojó todo, desde las calles, casas, barrios completos, hasta las letras dibujadas con agua ahora, desdibujadas ahora, de mis ensayetes acuarelables. Nidia me escribió que desea lo imposible, un texto sin paredes mojadas ni trágicos paredones.
Y en esta hora en la cual la magia ocurre día a día, en esta hora precisa y repetida de cada atardecer, el sol inclina la cabeza por debajo de las nubes, y como un niño que se asomase por debajo de una mesa nos regala una sonrisa feliz. En esta hora maravillosa casi puedo decirle a Nidia que no habrá, en este texto, paredes mojadas ni paredones.
Por debajo del cielo nublado amarillea la luz. Esta luz al ras, luz teatral, luz escénica, hace que las hojas de los árboles se transmuten en verde esperanzado, rejuvenece y limpia. El esplendor de las hojas tiernas y transparentes, de luz y savia, enciende el alma. Con sol podemos creer en el futuro. La luz disipa el medio tono de la derrota, nos hace caminar erguidos, nos permite descansar, unos pocos minutos quizás, pero descansar, de los terrores obscuros.
Entonces podemos ver que las plantas han florecido, que los gorriones no cejan en su empeño de vivir a los saltitos, ni los horneros abandonaron la reconstrucción eterna de sus hogares de barro.
La vida sigue. Lo sabemos gracias al sol; la luz lo dice, lo proclama por el aire la tenue dulzura en sepia de esta hora mágica. Un chico de un centro de evacuados juega concienzudamente a las bolitas en la vereda.
Alguien pasa en bicicleta y silba. Se escucha una risa detrás de una ventana cerrada.
La vida sigue.
Y habrá, claro, paredes mojadas. Pero ahora, en esta precisa hora enclavada en el centro del infortunio, ahora sabemos que esas paredes se secarán. Y sabemos también que luego de los preciosos minutos de la esperanza vendrá la larga noche. Pero sabemos, también, que mañana habremos de sacar las escobas y el detergente para poner orden en nuestros pequeños mundos.
Lo dice, lo asegura, la amarillenta luz del sol atardecido.

VII

En la escuela, en cuarto grado, los chicos escuchaban la explicación del dibujo que tendrían que realizar. Tenían que registrar gráficamente cómo los había impactado el agua en la ciudad. No eran chicos de los barrios afectados, pero todos escucharon relatos de familiares, amigos de los padres, vieron personalmente o por la televisión la catástrofe. Las voces agudas se entremezclaron en historias, postales, recuerdos.
Escucharon que un relato se puede hacer con palabras o con imágenes, y que un dibujo es más certero a veces que una fotografía, porque al dibujar no se plasma la totalidad sino que se escoge lo importante; lo más importante para el dibujante, y por eso quien realiza la imagen está contenido en ella a través de su mirada.
En el dibujo estaría la inundación, y estarían ellos detenidos, también, en este cuarto grado que se iría perdiendo en el tiempo extenso de su niñez. Esto vi, esto pasaba, allí estuve, así fue.
Y los chicos hablaron de los yacarés que aparecieron en Altos del Valle, de los botes, de la gente en los techos, de los helicópteros, de los tiroteos y de los piquetes.
El problema es que el agua marrón parece tierra, así que lo solucionaron mezclando los crayones marrones del agua verdadera, y los crayones celestes de esa agua esquemática, el agua celeste como debe de ser el agua en un dibujo infantil.
Alguno se sintió obligado a aclarar “pero yo no me inundé”, a lo que la respuesta “la ciudad se inundó, todos vivimos en ella”, los dejó tranquilos al entender que no usurpaban la calidad de víctima.
Todos dibujaban.
Todos menos uno.
Alguna cosa lo inquietaba. Finalmente preguntó si podía dibujarse en el patio, jugando con el hermano en la lluvia. ¿Eso es lo que más te impresionó de todo? Silencio, cara inexpresiva. Si, eso.
Y así recordará el final de marzo y el comienzo de abril del 2007. Para su dicha o desdicha, conservará la imagen de su hermanito y de él, jugando alegremente en el patio de su casa, bajo la lluvia.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Piedra que germina

Después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste
San Juan de la Cruz

Como raudo rayo fecundado
el Amor desciende.
Con sus garras abre
surcos en la tierra.
Y crece el musgo,
el limo blanco, el árbol
venerado por la tribu.
Y la ternura crece
sobre el alba.
Y el corazón del día surge
como denso susurro
de la roca.
Y el océano inicia
impetuosa danza consagrada.
aquí el fulgor renace.
Si pusieras tus ojos en mis ojos.
Si pusieras tus labios en mis labios.
Si tu boca afuera abeja enardecida
O aguja voraz hurgando en la sangre.
Si te posaras, sedienta, entre mis piernas,
te amaría densa, torva, tiernamente,
como quien por primera vez asoma al mundo,
como quien por primera vez
desgarra una violeta.
Todas las cosas arden si te miro.
Todas las piedras germinan si te amo.
Como gorjeo intempestivo vienes
y tu presencia bebo cual arroyo
donde los ángeles se inclinan.
Como una lenta danza que seduce,
como rocío fértil en la arena,
como la castidad del santo que crepita
ante la suave perfección de la figura inmaculada
vienes.
Qué arduo trabajo el tuyo, Amada: ser hermosa.
El graznido del cuervo me estremece,
el vuelo del pegaso me seduce,
el gorjeo de tu voz me satisface.
Sin ti, abeja tierna, el Universo carece de sentido.
Como un patriarca fiero me conduzco,
como un profeta sabio te profano.
Amada Reina del Valle de Jovel,
La del Rostro Dulcísimo y Terrible,
Sé que vienes de donde crecen los manzanos
Y que en tus ojos anidan las colmenas.

Ay cuánta miel derramándose en el iris
Y cuánta perfección en tu figura.
Que el oro de mis besos te sostenga.
Que la roca de mi canto te consagre).
A TI NO TE DERRIBARÁ la muerte.
A ti jamás te tocará el olor maldito de la tumba
aunque las leyes de la flor, la insobornable
rueda del verano se deslice, y perturben
y acosen tu belleza.
Gacela, grulla o corza
como una madre tierna te cobijo,
pero tiemblo si un golpe lúgubre
de realidad te toca.
Conjuro la presencia de lo eterno.
Brillante lágrima de sol:
yo desperté a la serpiente,
yo vi temblar al unicornio,
yo desaté al dragón enfurecido.
Frágil, perturbado,
para cantar escucho el ritmo lento del silencio,
para amar me sumerjo en el vacío.
¿Quién dice que el terror calcina?
Desde la esfera más alta entrego
mi voz en el océano.
Y palpito
y me erizo
y me consagro
ciego.
Turbo la turbia tarde.
El corazón alberga rosas, muñones agrios,
amargas fauces que devoran.
También es puño enronquecido.
Pero me doy a ti cual caracol sediento.
Delirio, purificada brasa que palpita,
¿ante la Luz qué hacen los ciegos?
Me inclino, hierba endeble, si me miras.
Mi corazón naufraga en ola súbita.
Fulgor sonoro al mediodía eres,
arena humedecida la ternura.

Óscar Wong (México)

Tiempo de permanencia

Acaso de un perfume que desnuda
Acaso de un viento que vacila
si batir adioses
si agitar los siglos.
Voluntad que aspira a ser de mar abierto.
Voz que exige espacio destejiendo la trama que sofoca.
Conciencia de sí misma
reclamando la historia que construye.
Eco de vidas silenciadas
alineándose en rutas todavía sin trazar.

Mujer, es tu tiempo de relámpago
y de permanencia.
Arqueóloga de la escritura de tu sexo
rescata la garganta que derrumba olvidos.

Nela Río (Canadá)

Cortaziana con lluvia y chocolate

Si una mujer te invita a un chocolate espeso espumeante
insinuando la tarde con mar de albaricoque al fondo
y tú no sabes si mayo o la mujer si la mujer si lluvia
todo poema prometido es una mandarina esdrújula
un voto en vilo un niño mudo en pleno parque
una acuarela sorda o tres cerezas tristes en un trípode
melódico mordaz y el chocolate o la mujer y el chocolate
o la mirada que se filtra por la tarde entra por el teléfono
se derrama indiscreta por las piernas de azúcar
dice algo sin decirlo la lluvia la mujer el chocolate
o el poema quizás el poema tal vez la tierra prometida
o volver a empezar hasta que salga el poema la lluvia
el chocolate la mujer o

René Rodríguez Soriano (República Dominicana)

Ítaca

Detrás de su huella se borró el camino.

Lejos de sus ojos,
la Ítaca olvidada
floreció de una eternidad transparente
su dimensión
ahora es otra
quizá la mentira crea la felicidad.

Ulises sigue vagando triste
No saben nada los caminos
de aquel que borró su huella.
Ítaca no lo recuerda
ya no tiene su aroma en las laderas
ya no florece de amor para sus ojos.

Dicen que después de sus batallas
lloraba por aquella casa
hoy escondida en sus pupilas

El camino incierto y pobre
frente a su grandeza
le hizo olvidarla.
En otras aldeas de espejo dejó su estirpe.
Los pasos rotos
no sangran lejos de los espinos
ni añoran ya los otros pasos.

Susana Reyes (El Salvador)

Presupuesto de jubilado

¿Qué se han quedado sin pagar las cuentas?
No importa. Las flores son indispensables.
Y esas buenas botellas de roja ambrosía
que afortunadamente no rompen la banca.
El recién descubierto concierto para piano,
el almuerzo en los chinos una vez por semana.
Escribir a la luz de lámparas antiguas,
despertar acariciando el vidrio.
El último volumen sobre el niño mago,
la magia dolorosa de los bailarines
con cuerpos que trazan el amor y la muerte,
aéreos como un brazalete de plata..
Esa camisa de escandalosos pétalos,
todo lo que dé gozo a los sentidos.
¿Qué no ha llegado el cheque? Ya llegará mañana.
Mientras tanto, se acepta la mentira de plástico.

Alfredo Villanueva-Collado (Estados Unidos)

PÁGINA 13 - Narrativa

La sangre que llegó al río
(un cuento de navidad)

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

No hay antídoto (séame permitido advertirlo)
contra la conmoción de los encuentros.
Virginia Woolf (Las olas)

Lo sostengo, lo acuno entre mis brazos, no sé qué hacer con él por él, no mueve la cabeza y la sangre mana sin pausa del vientre hundido, una larga hebra que formó un arroyo un cauce inquieto anegando ranuras entre baldosas hasta desagotar en la alcantarilla.
La corrida los crujidos de pasos quiebres murmullos de hojas y ramas pisoteadas el disparo envuelto en sombras, el miedo el sudor frío le hicieron persignarse invocar el salto mortal del Hombre Araña, el vuelo rectilíneo de Superman suspendido en el abismo alcanzar la vereda salvadora el paraíso; pero... ¡¡aahhhjjj!! ¡¡scrassshhh!!, todo acabó en un fatal ensartarse (la cola del pescado tensa coleteando) en la flecha, la punta de la reja, tambalear soportar el dolor el vahído el golpe seco porque la campera gastada lavada mil veces cedió a la afilada punta de hierro, para eso la clavaron allí, para atrapar ladrones y entretanto el dogo entrenado ladraba sin parar y una baba espumosa chorreaba las quijadas cubiertas de pelo como embetunado negrísimo. Y ahora al gemido de dolor se suma como un grito un rayo la sirena penetrando esta noche dulce, tempranamente perforada de estrellas.
Quince años si llega, más no tiene el pendejo; se muere en su ley, dictaminó el policía, ¿pero de dónde salió el policía?; y yo pensé: qué ley, un raterito inédito inofensivo, la brillantina de la estrella de Belén aún pegada a los dedos a la ropa, diluída en el rojo intenso de la sangre un delta manso y la sorda aventura (un tembladeral una bomba de tiempo) de avanzar y llegar al río. Cómo imaginar la cantidad, el volumen supurando de un cuerpo aún bosquejo, sólo prefiguración.
Busco algo, diarios apilados lo que sea pero no hay nada que sirva en la basura, nada; improviso un bulto una almohada con mi abrigo levanto apoyo suavemente la hermosa cabeza la palidez los ojos que quieren no pueden asirse de nada huyen se van lejos.
De lluvia toda gris envainada de bruma debió haber sido, una noche opaca. No esta otra desafiante clara potente y tantas ganas de vivir a pesar de que a él se le escapa el pulso el aliento todo, hasta el último soplo. Una noche de espejos rotos, de gasas húmedas, sudarios colgando del cielo
Quiero adivinar orientar mis pasos. Late agudo el silencio y por algún raro efecto acústico la sirena en vez de acercarse parece que se aleja y las pocas caras morbosas merodeando la escena rotan sobre sí y ascienden -minúsculos asteroides horadando un remoto cielo abovedado- cuando rezo busco ayuda en las alturas un gesto una palabra mágica la lámpara el genio dispuesto a cualquier cosa con tal de ayudarme, de ayudarlo; y entonces aparto bajo lenta la mirada, los asteroides tan ajenos distantes reticentes a la muerte dormida entre mis brazos; y al hacerlo mis ojos espantados la ven hecha jirones, los restos esparcidos silenciosos de la estrella culpable de pronto enmohecida, el frágil cuerpo del delito antes reluciente en el pino en medio del jardín; la estrella degradada la cola del cometa que lejos de guiar a los magos al pesebre brilló seductora, el dulce canto de las sirenas olvidado en los tímpanos de Ulises, y le marcó al chico el acceso más directo el escarpado camino de la muerte. A pocos metros de los dos, de él y de mí fatalmente unidos en el frío glacial cobijado entre mis brazos. Involucrados, bordados nuestros cuerpos en el mismo gran tapiz: nada fácil olvidar este tonto imposible final que corta la lengua quema la garganta clausura el pensamiento y no me deja llorar porque en el fondo no quiero, porque es mejor hundirme en la sorda estática claridad de esta noche fijando el dolor la impunidad para siempre como si un gran pincel los repasara con una laca indeleble. No llorar, sí dejarme tragar por esta densa gravidez en torno a la luz extinguida del cometa que él imaginó rutilando en el árbol vacío despojado, encapsulado tal vez en este raro inmóvil momento simultáneo del otro que percibo dolorosamente nítido; y esto ocurre porque pienso (imagino), la mirada de la mujer que lo espera y vigila confiada el hervor de la comida y no sabe, no querrá saber que alguien –el vigía: un ojo grande un cáliz negro abriéndose un pozo un latido perverso –, gatilló su opaco deletéreo poderío de chacal y en apenas segundos le dejó deshojadas agujereadas las manos, decapitado el corazón. Ella espera largas horas su obstinada paciencia de Penélope, una esfinge la silueta en la silla adosada a la ventana corre la cortinita ya no quiere las estrellas un oscuro presagio la impotencia el desasosiego no le gustan los horarios la noche de pronto amenaza una guerra de sombras el silencio como un aura un augurio silencioso, la calma que precede a la tormenta.
Los ojos fugitivos, remolinos sombríos, apresan un punto fijo: sólo para él flotan esquirlas anillos de humo rosas té. Murmura pide abrir una puerta. “De oro”, me parece oír; “dónde”, pregunto; “lejos”, se le caen, de algodón, de pluma, las palabras. La sangre ya no escapa, la sirena bruscamente a la vuelta de la esquina apaga el cuchicheo. Las caras asteroides han bajado contritas solidarias, se conduelen lo alzarían, si por ellos fuera lo llevarían en andas, un cortejo de ángeles, moños y ramilletes de rosas rococó para el difunto príncipe sapo; las manos armadas de piedras de palos la horda milenaria una vez más la cacería buscando devorar al asesino (siempre la misma máscara los cuernos incrustados en la frente) en el jardín devenido laberinto los recovecos desniveles canteros crisantemos magnolias escalones. No queda nadie. Jadean desesperan escupen larvas las manos vacías y el arma oscureciendo el fondo de algún pozo.
Clausuro cierro los párpados tan suaves. Alguien trae una frazada. Lo envuelvo tiene frío, se estremece, enjugo su sangre en el costado empapado, la ambulancia los paramédicos se vuelven fatigados descompuestos impotentes nada de nada que hacer salvo la llovizna de mis lágrimas, los brazos de todos reclamando al cielo.
Busco la dirección un documento un papel. Alguien dice: “vive allá”, señala el sur. Como un sonámbulo, oigo voces enteladas: la ambulancia hará el traslado, el policía el médico. Detrás de un lienzo tendido ante mis ojos (un diorama) veo la sombra avanzar doblar la esquina la cadencia de carroza funeraria el repique metálico los cascos sobre un asfalto doliente la sirena troquelando el aire pálido quieto en un cielo con marcas estelares de azúcar impalpable. Lo retiran lo desatan de mis brazos, por última vez lo imprimo lo fijo en mi memoria y no olvido el árbol mochado sin estrella en lo alto y ya no es una, suman dos las estrellas mutiladas.
“Quiero acompañarlo”, digo, como si soñara que digo, le hablo sin voz al médico al policía (absortos los dos en la ventanilla cada uno en la suya, intentan rehilar sus propias vidas en suspenso); “yo también”, digo, les digo, y levanto, dibujo un tono más duro, decidido: “una vez yo también robé una estrella de Belén, señores, tenía doce, trece años; fue una noche de diciembre así de clara, como ésta, de papel de calcar. Salté otra reja otro jardín los ojos el deseo puesto en la punta encendida del árbol tan brillante dorada y la cola azul. Pero alguien me seguía con los ojos de fuego predadores furibundos las hermanas alemanas las viejas como brujas de la casa. Me bajaron del árbol sin usar balas, señores, sólo a golpes, a escobazos; y fue un vértigo, el salto al vacío la serpentina el abordar desde un peñasco el agua azul turquesa. Después sentí dolor puntadas huesos rotos, el desmayo, dejar de pensar, un quirófano y la luz encandilándome. Y ahora retejer los hilos de este cuento como quien trama un recuerdo ardido un antiguo viaje sobre brasas.
-Otro tiempo –dijo el policía. Soslayaba mis ojos, miraba hacia un costado.
-Otra ética – dijo el médico –, entonces la sangre no llegaba al río.
Rehusaron. Pretextaron. Partieron quedé solo y sólo pude seguir el trazo el vuelo de la sangre que corrió viajó quiso perderse cobijarse en las aguas colectoras delatoras del río y desde allí (medusas, filamentos, nutricias linfas viajeras) a los mares y a caballo de las olas sorber lamer los bordes espumosos, reverberos a la orilla del planeta.
Mejor. No verla así, no verla nunca de esa manera, coronada de dudas, la sonrisa a medias porque todavía no sabe no hay certeza pero algo intraducible la obligó a salir (lo presiento), atraída por el rayo sonoro la sirena, y a quedarse parada allí, ventilando su intemperie en la vereda, secándose las manos el ajo la cebolla en el delantal, la cacerola destapada; no se acordó del hervor cuando el vehículo se detuvo y destrabaron las puertas traseras y el policía abrió la boca y dijo... Y el olor a quemado tampoco lo sintió y se tapó la cara con las manos.
Todo esto entrelacé, junté, anudé las puntas, los restos mientras subía al corazón de la noche enmielada por la calle de los plátanos, y me pareció una noche tan desprovista de materia, tan sin nada, y la sordina de las chicharras cada tanto. Anunciaban calor.

PÁGINA 14 – Narrativa

Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas [ ]

Por Patricia Suárez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

A Rodrigo de Escobedo:
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocéfalos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descobriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: “Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvísteis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consoláos, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la pasión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacísteis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la fermosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginábais que vos no íbais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójate a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.

Palabras del Almirante.

Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.

PÁGINA 15 – Artículo ensayístico

Ha llegado un buen lector

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

Hace unos días dicté una conferencia en Buenos Aires en torno a la mirada poética o más precisamente a la experiencia de lo real en lo poético. Comencé diciendo que, en líneas generales, se lee poco y se entiende peor. No se estudia, no se va a las fuentes, no se anhelan maestros. Y de poesía ni los poetas tienen la mínima idea. Todo es veloz, fugaz, chabacano. Pobres de toda pobreza intelectual balbucean algunas imágenes, podan uno que otro endecasílabo, memorizan versos fácilmente olvidables. Suelen ser pedantes, vanidosos y, sobre todas las cosas, patéticos.
No todos, naturalmente. No todos, la mayoría. Escriben mal sin conmoverse, suspendidos de la incredulidad. Sienten el mármol y lo eterno al publicar un poemario o recibir un premio. Creyendo ser profundos distorsionan lenguaje y pensamiento. Sospechando originalidad buscan el surrealismo desde lo híbrido. Como críticos, profesores y aspirantes a genios deambulan por la misma torpeza literaria, se abrazan unos a otros deliberadamente eficaces. Y se palmean la espalda, se otorgan homenajes sin pudor, unánimes. En el fondo son personajes de una tragicomedia. No sienten la creación ni el talento. Las artes mágicas de Próspero no les han dado libertad.
Repetidores de esquemas y lecturas elementales andan por la vida sonrientes u ostentando trayectorias. Surgen del estupor, de preámbulos vacilantes, de la picaresca española, de moralidades caseras. Sueñan con pompas y esplendores escénicos, con símbolos tipográficos. Perduran en cafés literarios, ateneos, agrupaciones o revistas con el ímpetu de los bellos salvajes, entre la gratitud y la perplejidad. Escriben poemas con la rusticidad del funcionario, amontonan adjetivos y preposiciones, fomentan repúblicas, cucardas, planisferios. Son eufóricos, delirantes, sin cautela. No se acongojan nunca de sus páginas. Inmutables, protegen el asombro en la clandestinidad.
Otros, más modestos, siguen con la retórica de los peores bardos alcoholizados del siglo XIX. Son los arquetipos del poeta para la gente de a pie, los que exaltan o simplifican el hábito, los de la superstición demagógica. Suelen ser claros, obvios, superficiales. Lacrimógenos, maternales, suburbanos. En el fondo se odian entre ellos, se creen diferentes. No advierten que han bebido el mismo elixir de la demencia, de las fantasmagorías laberínticas, de la inconfundible trivialidad. Y en los últimos tiempos, el blog, lo digital. Ocurre lo mismo con los llamados intelectuales o técnicos de la cultura. Aman las ceremonias oficiales, los defectos, las estatuas ecuestres, las flaquezas humanas. Y al fin, lo ficticio deja de serlo, lo cotidiano y lo fantástico se entretejen. No sabremos nunca si se trata de una gradual locura del ser humano, de ese hombre mitológico y obseso. Y vamos de aquí para allá formando y deformando el universo. La ambición, el apetito de mandar o de ser célebre, la bella apariencia que ha deparado el destino nos somete a juicios, a formas, a fábulas inverosímiles. Somos parte de la Armada Brancaleone.
Al finalizar, después de recorrer páginas de autores clásicos, de intimar con la pasión poética, de imponer la gratitud de los grandes estilos, recordé a Rainer María Rilke: “Se debería esperar y saquear toda una vida, si es posible una larga vida, y después, por fin, más tarde, quizás se sabría escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen demasiado pronto), son experiencias”.

PÁGINA 16 - Poesía allende el mar

La gran señora de la luz

En la cima de los morros los dioses,
apaciblemente acomodados
contemplan la contienda,
tomarán partido cuando los hombres
decidan la batalla; los aliados
se repartirán luego el botín
y acordarán la paz terna.
Pero un día
de los tantos que nos trae
el mañana,
y el mañana,
y el mañana

los vencidos ajustarán cuenta con los dioses.

Entonces
tendrá Galahad en sus manos el fuego sublime
y no podrá Jarjenatte frenar las bestias que arrastran
su carro.

Paul Disnard (Yugoslavia)

Una tierra

Redonda, helada de sus océanos, transparente
como una célula bajo el microscopio
si bien horizontal
con montes colocados con firmeza sobre los prados
con la lengua de los ríos y el mar extenso.
Sólo a veces sospecho el vértigo:
giramos más rápido. Al dormir grito “caigo”
y entonces siento el espacio, el negro, las estrellas en la nuca
el pavor que se vomita a sí mismo en mil esferas.
“¡Oh! éste es el infierno”, dices y te duermes.
Medito sobre el infierno entonces. Basta que mueva el peso de la cortina haciendo deslizar los anillos a lo largo del cristal. Veo con exactitud:
un hilo de hormigas, su marcha, la gran noche estrellada.
Intento tomar el infierno por un borde (un poco de negro, el vacío, el pavor) para que se remoline en el patio
para que el abeto ruede hasta el cielo
para ser el insecto que siempre he sido:
que nace y se olvida en el aire.

Antonella Anedda (Italia)
(Traducido del italiano por François-Michel Durazzo)

Prólogo (El libro de Lilit)

Estas ruinas que una vez fueron carne y voz
están hoy abandonadas a nuestro cuidado
somos los responsables de su eternidad

Después de cocinar el adobe
llegó la alegría de los muros
y el aliento de las ventanas

caía la tarde
como por la cuchara resbala la miel
atardecía despacio
dándonos tiempo para entender la noche
descendían las horas
en la desnudez del aire
el viento aromaba las sombras
caída la tarde
el miedo no tenía nombre

Guadalupe Grande (España)

No puedo elegir

No puedo elegir
entre el Mar y la Tierra.
Vivo feliz en la línea que las une.
En esta cinta negra que mueve el viento.
En este largo cabello de un gigante desorientado.

Del Mar me gusta sobre todo su corazón de niño grande.
A veces rabioso, a veces capaz de dibujar
paisajes imposibles.
De la Tierra, sus manos.

No puedo elegir
entre el Mar y la Tierra.
Sé que mi lugar es un hilo fino,
pero en el Mar me perdería
y en la Tierra me ahogo.

No puedo elegir. Me quedo aquí.
Entre olas verdes y montañas azules.

Kirmen Uribe (Euskal-Herría)

1

Mi amor es como los pájaros
no ve las frutas rojas
bajo las ramas
se posa y alza el vuelo

Mi amor es como los pájaros
se deja subyugar por el brillo de las cerezas
antes de su madurez
Se va perdiendo en su canto

Mi amor es como los pájaros
picotea mi corazón
y lo deja caer
a medio comer

Mon amour est comme les oiseaux
il ne voit pas les fruits rouges
sous les branches
il se pose et s’envole

Mon amour est comme les oiseaux
il se laisse prendre au luisant des cerises
avant qu’elles soient mûres
il se perd dans son chant

Mon amour est comme les oiseaux
il picore mon cœur
et le laisse tomber
à peine entamé

Nicole Laurent – Catrice (Francia)

PÁGINA 17 – Narrativa

Ida y vuelta multiplicada

Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Una mujer estira su mano hacia la copa del árbol de la lengua y del habla y desprende una palabra de jugoso aroma y dulce color. La mujer abre con su lengua la palabra y se mete dentro de la palabra, hasta el carozo. Luego monta el carozo de esa palabra y viaja sensorialmente. Va visitando las costas de los siete mares del silencio.
De los mares del silencio viene un aire de verbos que acaricia el vientre y peina los cabellos de la mujer. La mujer lleva el carozo a la mejor playa y lo deja encallado en la arena y se adentra en la tierra firme de las voces. Las voces son en esa parte todas masculinas y reciben a la mujer en literales e interminables orgías.
La mujer vuelve preñada hasta el carozo y monta y regresa por los mares hasta el centro oceánico de la palabra que la contiene. Y sube y sale de la palabra por donde había entrado y se arrodilla a parir siete hijos junto al árbol de la lengua y el habla. Y canta. Y va dejando cada hijo prendido como fruto de una rama del árbol y luego se tiende a descansar y viene el viento y algunos animales se asustan o huyen a esconderse, pero la mujer se confía al árbol y duerme en paz el mejor de sus sueños y siete sueños y setenta veces siete sueños y más, porque ella sabe que a las palabras que echaron raíces en la vida, y dieron flores y frutos, no se las lleva ningún viento.

PÁGINA 18 – Artículo ensayístico

Sobre la crítica literaria

Por Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

Los ideales estéticos-literarios frecuentemente acompañan los cambios socio políticos de la sociedad, en la cual se encuentra inserto el “creador de que se trate”. Los cánones de las épocas cambian entonces a pesar de las protestas de objetividad de quienes a "posteriori" se dedican desde la cátedra a canonizar la “esencia” de tal o cual genero de obra de arte.
Así las vanguardias que ayer se convirtieron en movimientos a seguir (nadie se
atrevería a debatir acerca de la Ética propuesta por los Manifiestos Surrealistas en cuanto a la relación Arte y Poder, lo que acercó las posiciones de Bretón y Trotsky en su momento) son prontamente olvidadas.
Pero cuando se trata de “experimentar” con el lenguaje, de adaptarse a los tiempos para convertir “ la obra” en testimonio de rol del creador en cuanto a la progenitura cronológica, los modelos estéticos se desvanecen el aire, así como los movimientos que los sustentaron y la obra queda así librada a su absoluta soledad.
Soledad y dialogo del lenguaje y el creador a la búsqueda ya no de ser depositario de una misiva social que convertiría la obra en señal de una perspectiva que le es impuesta al creador por las instancias histórico-políticas, sino en un “objeto” de búsquedas y experiencias de caracteres aparentemente impersonales, pero que llevan la impronta desnuda del tiempo y el lugar en el cual fue gestada la obra.
Resulta tedioso seguir las especulaciones dialécticas – éste debate parece no tener fin- entre los defensores a ultranza de paradigmas estéticos indiscutibles y los rebeldes a todo canon estético para quienes el lenguaje resulta y debe resultar afín a perspectivas históricas determinadas.
La obra poética- literaria, ostente o no la patina de una escuela o tendencia determinadas, “da lugar a un tiempo, lo interroga – desde una gramática siempre impersonal aunque así no se quiera- el del infinito dialogo del habla en la que esencia el lenguaje- con la experiencia de vida de un creador determinado
En el caso de la poesía, lejos de canonjías literarias, se trata de la atenta audición y revelación de lo que esta escucha dicta. “La forma se informa de modo anónimo” mas allá de que el verbo sea o no “lenguajero”, de que el yo del Romántico este o no presente en el habla o que este sea abolido por otras experiencias o tendencias literarias. Un poema como una sonata en el más recóndito margen de una partitura tiene o no algo que decirnos, a veces, silenciosamente.
Un poema no es un “artefacto construido con pericia por ciertas manos” que puede armarse y desarmarse según el criterio del analista literario y no obtiene de éste su seguro de vida. No se trata de acudir al misterio ni a lo numinoso , sino en la medida de que la obra de arte a tomado conciencia de sí misma y se convierte de este modo – no en una bisagra ni tampoco en utilitario eslabón de tontas medidas generacionales – sino en el eco sin “eco” de un tiempo determinado. Así en los más grandes. Holderling, Trakl, Celan, Mallarmé, George, quienes transpusieron los umbrales de sus épocas y desde estas dieron "testimonio".
Poesía testimonial, comprometida, lengua o construcción – deconstrucción- del poema según las “necesidades de su autor”, este se sostiene en si mismo acorde con la esencia del habla que le está destinada. Nuestro tiempo vive un formidable eclipse de nuevas fuerzas creadoras: este agotamiento estaba ya previsto por los poetas esenciales, mas en su fragilidad el habla encuentra su fortaleza : escuchemos a Celan: “hasta que tú lanzas/ la luna de la palabra, /por la que/ adviene el milagro del reflujo/ y el cráter en forma/ de corazón,/ desnudo, testimonio de los orígenes,/de los nacimientos/ del rey”.
A propósito dice Hans Georg-Gadamer: “una interpretación solo es correcta cuando al final es capaz de desaparecer porque a penetrado del todo en la nueva experiencia del poema”. No se trata por supuesto del canto de gallo de la critica literaria sino de penetrar y desaparecer en un dialogo creador con la experiencia de un poeta. Más para ello debe haber “poesía”. El poema de Celan esta lejos de Odas y Elegías, representa como ninguna otra el “tiempo de la penuria” y el lo supo en su propia carne como pocos.
Este modo de “diálogo” es la que a puesto en escena una y otra vez Martín Heidegger por ejemplo dialogando con algunos versos de Stephan George, para proporcionar de este modo testimonio de los orígenes que pide Celan, con el corazón desnudo como un cráter para esperanzado continuar la espera del posible “nacimiento de un rey”.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

Año I - Nº 4

Año I - Nº 4

GACETA LITERARIA Nº 4 – ABRIL de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la trayectoria del fotógrafo mexicano Eduardo Palma Ramírez www.ikotea.com
Obra: Soñar es Libertad

PÁGINA EDITORIAL

La literatura como misión.

Bien sabemos que la literatura, como tal, carece de virtudes extraordinarias que la conviertan en agente de cambio, en efectiva mediadora de transformaciones sociales o en generadora de evoluciones humanísticas. Sin embargo, incluso sin disponer de cualidades omnipotentes, todavía permite ofrecer testimonio de los acontecimientos que ocurren en un lugar y en un tiempo determinados, a través del ejercicio de la palabra escrita.
De allí que quienes ejercen el oficio de manera especialmente sensible o particularmente socializante, al haber aceptado el talento de advertir las injusticias, no pueden sino sentirse presionados por una realidad circundante que los impulsa a respaldar, casi en forma instintiva, las grandes causas que desvelan a los pueblos. Entonces, como extraños “caballeros de triste figura”, como lastimosos guerreros de lápiz y papel, combaten contra los gigantescos molinos de viento que atentan contra la dignidad del ser humano, se sienten incapaces de traicionar sus convicciones acerca de principios éticos tales como el ejercicio de la equidad, de la honestidad, de los derechos y la práctica de la emancipación, el buen uso de la palabra en rebeldía o el natural ejercicio de la libertad.
Y sin entrar en disquisiciones personales relacionadas con la legitimidad o ilegitimidad del compromiso artístico, sin pretender tomar parte en algún tipo de cruzada, en alguna práctica de retóricas restrictivas entre los defensores del arte por el arte y los paladines del arte comprometido, resuelven asumir que no son otra cosa más que individuos, que, como tales, habitan territorios rodeados por precisos calendarios, y que este es un contexto altamente condicionante.
Por ello no pueden ni quieren desvincularse de los acontecimientos políticos, sociales, educativos de su realidad, de su tiempo, de sus circunstancias.
Cuando su singular entorno sociográfico ha vaticinado el fin de la historia, la supresión de fronteras geográficas y el abandono de la fe, quienes escriben desde lugares poco propicios a la justicia, a la igualdad y a la libertad no pueden menos que tomar con seriedad la suscripción a la única ideología posible, la ideología de la conciencia que es la ideología del amor. Una ideología capaz de comprometerlos con la causa de los postergados, de los marginados, de los desposeídos y asumir el reclamo de su voz para tomar partido, para decir, para contar, para denunciar.
Porque aun cuando su obra no parezca alcanzar los niveles formales de relevancia analítica, sienten que quizás exista la posibilidad de que, a través de ese modesto aporte donde el pensamiento, las emociones, las voces de quienes no pueden elevar el canto celebran el encuentro, ellos puedan descubrirse, reconocerse, identificarse.

PÁGINA 2 – Poesía nuestra

Poema

Bienvenida al lecho de tus padres.
Ninguna diferencia
entre orgasmo y espada.
Dadora de sentido,
la muerte está de tu lado
en el acierto del puñal.

Juan Valenti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Aún hay tiempo

Aún hay tiempo en el corazón del hombre,
aunque certeramente no lo sepa.

Oscar Agú (Santa Fe/Argentina)

Dicen por mí.

Llevo un sombrero grande
hace mucho tiempo,
un sombrero de pájaros
llevo.
Me acompañan, me sueñan.
Me identifican, ellos.
Dicen por mí, esta vida.
Esta historia
esta música que nace
y se esparce en el universo.

Llevo un sombrero.
Un sombrero de pájaros, llevo.

María del Pilar Lencina (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

III

Amada, viento de junio
en la intemperie.
Uva de las noches
y el mal.

Sólo vivo
con la presencia
de tu olvido.

Carlos Vladimirsky (Santa Fe/Argentina)

El Réprobo

El que pronuncia oscuridades con las lenguas del fuego.
El que danza para alcanzar la altura con un salto.
El que conserva el ritmo del molusco, el que puede quedar en trance ante la piedra.
El que se envuelve con el viento fresco y sobrevive como las gacelas.
El que entre los recuerdos del álbum familiar no está en la foto.

Susana Valenti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Los hombres de los cayucos

Por María Flavia Catella (Santa Fe-Málaga/España)

Hoy otra vez. Y mañana. Y ayer y el día anterior.
Salen con el frío húmedo de la noche y muchos se van con las gaviotas de las primeras luces del amanecer.
Son los hombres de los cayucos, imparables, llevando a cabo una travesía que raya la locura, la irresponsabilidad, la negligencia, pero que, por otro lado, se lleva los lauros del esfuerzo y del sacrificio en pos de la vida misma, aunque la pierdan en ello.
Y cada mañana al levantarnos, en nuestros desayunos, vemos sus ojos enrojecidos, perdidos frente a las cámaras; envueltos en mantas, unos junto a otros, en una extraña e inesperada soledad poco premeditada.
Llegan periódicamente a las costas españolas con todo su bagaje de sueños y esperanzas pero inmóviles por el frío y el hambre; con la piel seca y lastimada por el agua del mar, las piernas débiles y el corazón en silencio, abrumados por la incertidumbre y asustados por el probable resultado de su hazaña.
Nosotros pertenecemos, como ellos, a esa parte de la sociedad que mira más allá de las fronteras que les fueron asignadas. También nos arriesgamos al mar y nos dejamos envolver en mantas que desafían las pasivas condiciones de un destino prácticamente preestablecido.
Pero nuestros cayucos eran otros y no todos contamos con las mismas probabilidades de sobrevivir. No a todos se nos presentan las mismas posibilidades de crecer, de emerger dignamente, de absorber la vida y permitir que tantas lágrimas valgan la pena.
Hay una gran herida que no dejará de sangrar, ni en nosotros, ni en ellos, ni en las familias que quedaron al otro lado de nuestras determinaciones.
Tenemos facultades diferentes, llegamos en condiciones diferentes, contamos con posibilidades diferentes y, probablemente, sea diferente el color de nuestra piel. Sin embargo, en la hipocresía de esas diferencias está el saber que tenemos mucho en común con tantos hombres y mujeres valientes, de enormes corazones, como el continente que dejaron tras sus espaldas castigadas por el frío del mar.
Nos sabemos iguales cuando nuestros cuerpos se estremecen en desesperada impotencia ante sus ojos cansados, adivinando sus temores.
Nos sabemos iguales cuando vemos sus manos jóvenes, vacías y débiles, ávidas de fuerzas y de cariño.
Y, sin lugar a dudas, nos sabemos iguales cuando advertimos que nos une un mismo idioma: el de la ilusión, como estandarte de vida.

PÁGINA 4 – Artículo de opinión

¿Familias autistas?

Por María del Carmen Villaverde (Santa Fe/Argentina)

A la hora de las preguntas sobre pluralidad semántica, sobre mundo computado, sobre robótica y cibernética, sobre la “máquina de fabricar sueños” que la pantalla doméstica nos trae a diario para que caigamos rendidos a sus pies con la misma obediencia con que devoramos las “migas agridulces de las novelas enlatadas”, es importante tener presente la vida sensoperceptiva que profundizan, segundo a segundo, los medios de comunicación, un tema sobre el cual las familias parecen permanecer “autistas”.
Hay que reconocer y dilucidar, ya, la problemática del manejo eficiente de la fuerza interior que cada ser humano tiene la posibilidad de ejercitar, por su propio esfuerzo y realidad cotidiana, originando silencios para pensar, para imaginar creativamente, haciendo mundos, recreando mundos, compartiendo mundos, en la vivencia multiplicada de crecer asombrándose, riendo, dando. A tal fin, y apenas como para enunciar una propuesta, es necesario destacar las inquietudes que al respecto tienen los investigadores.
Según el Dr. Osvaldo Panza Doliani: El hombre, como sistema de información biológica es mucho más que la suma de las estructuras neuroquímicas que lo forman. Estas estructuras evolucionan coordinada y cooperativamente, respondiendo a los estímulos de la enseñanza con modificaciones distributivas temporoespacialmente, de acuerdo a las exigencias secuenciadas por ese continuo universal, tan ignorado, del que el hombre forma parte sin reduccionismos. Por eso, entender los procesos biológicos que imponen los estímulos de la enseñanza de la lectura, por ejemplo, no significa encerrarse en las fronteras del cerebro y reducirlos a un órgano, sino aceptar a este como a la materia insustituible que es moldeada por los instrumentos de la educación…”
La vida y el desarrollo normal de las personas está dependiendo hoy, de sobredosis de “alimentos-estímulos”, exteriores, alejados indiscriminadamente por comunicaciones deformantes que alteran los aprendizajes y producen conductas progresivamente deformadas en las que todas las familias deben detenerse y tomar partido.
Por ejemplo:
• Diez horas continuadas, semanalmente, dentro de lugares cerrados y en penumbra, con detonantes ininterrumpidos de golpes rítmico-musicales (más ruido que música), sobredosis de decibeles y alienantes entrecruzamientos de láser.
• Tres o cuatro horas diarias de “bombardeos” televisivos y publicidad compulsiva.
• Fosilización de vocabulario y significados.
• Atrofia cotidiana de relaciones afectivas.
• Bloqueo del desarrollo intelectual por falta del apoyo progresivo de logros productores de conductas claras, seguras, sin riesgos sociales.
• Ausencia de suficientes y estimulantes competencias lingüísticas y lectoras.
• Asistencia a una generación de individuos normales que por falta de “maduros” y “correctos” apoyos sistemáticos, llegan indefectiblemente a la anormalidad conductual.
En toda esta vorágine de ludoteca expresiva, el hombre debe jugarse la verdadera carta de ser humano.
Le toca a la familia, a los adultos responsables, reconocer que una eficiente postura crítica respecto de las máquinas de producir sonidos e imágenes, implica una revalorización del tiempo familiar destinado al diálogo, a la natural necesidad de silencios creadores, se generarán los modelos (generalmente ausentes) que niños y jóvenes, a través de conductas violentas, están pidiendo a gritos y se alcanzará la cuña vivencial, de crecimiento pleno, por la que ellos penetrarán con fuerzas luminosa al mundo de mañana.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Olga Orozco – 1920/1999 – (La Pampa-Buenos Aires/Argentina)

El pródigo

Aquí hay un tibio lecho de perdón y condenas
—injurias del amor—
para la insomne rebeldía del Pródigo.
Sí. Otra vez como antaño alguien se sobrecoge cuando la soledad asciende con un canto radiante por los muros,
y el aliento remoto de lo desconocido le recorre la piel lo mismo que la cresta de una ola salvaje.
“Levántate. Es la hora en que serás eterno.”
Y otra vez como antaño alguien corta sin lágrimas unas ajadas cintas que lo ataban al cuadro familiar,
y sepulta una llave bajo el ácido musgo del olvido.
Detrás queda una casa en donde su memoria será sombra y relámpago.
Él probará otros frutos más amargos que el llanto de la madre,
arderá en otras fiebres cuyas cóleras ciegas aniquilen la maldición del padre,
despertará entre harapos más brillantes que el codicioso imperio del hermano.
¿Hay algún sitio aún donde la libertad levante para él su desafío?
Allí está su respuesta: una furiosa ley sin paz y sin amparo.
Pero noche tras noche,
mientras la sed, el hambre y el deseo dormitan junto al fuego como errantes mendigos que soñaran una fábula espléndida,
otras escenas vuelven tras el cristal brumoso de su llanto
y un solo rostro surge desde el fondo de los gastados rostros
lo mismo que el monarca a través de la herrumbre de las viejas monedas.
Es el antiguo amor.
El elegido ahora cuando el Pródigo torna a rescatar la llave de la casa.
Ha pagado su precio con el mismo sudario de un gran sueño.
¡Oh redes, duras redes que intentáis contener el viento de setiembre:
permitidle pasar!
No vino por perdón: no le obliguéis a expiar con el orgullo.
No vino por condena: no le obliguéis a amar con indulgencia.
Otra vez como antaño sólo vino con un ramo de ofrendas a cambio de otros dones.
No haya más juez que tú,
Dios implacable y justo.

En donde la memoria es una torre en llamas

No, ninguna caída logró trocarse en ruinas
porque yo alcé la torre con ascuas arrancadas de cada infierno del corazón.
Tampoco ningún tiempo pronunció ningún nombre con su boca de arena
porque de grada en grada un lenguaje de fuego los levantó hasta el cielo.

Nadie se muere aquí.
Una criatura vela
envuelta entre sus plumas de ángel invulnerable
jugando con ayer convertido en mañana.
Vuelve a escarbar con un trozo de espejo los terrenos prohibidos,
la oscuridad sin nombre todavía,
para entregar a cada huésped la llave al rojo vivo que abrirá cualquier puerta hacia este lado,
una consigna de sobreviviente
y las semillas de su eternidad
—un áspero alimento con un sabor a sed que nunca cesa—.

Nadie se pierde aquí.
A la entrada de cada laberinto
la adolescente aguarda con un ovillo sin fin entre las manos.
Otra vez del costado donde perdura el eco,
una vez más del lado que se abre como un faro hacia la soledad,
hay un hilo que corre solamente desde siempre hasta nunca,
que ata con unos nudos invencibles las ligaduras de la separación.
Con ese mismo hilo tejía sus disfraces de araña la impostura
y el estrangulador, noche tras noche, preparaba su lazo mejor para mañana.
Pero ella sonríe aún detrás de su cristal de azul melancolía
escribiendo sobre el vaho de las nuevas traiciones las más viejas promesas
con un tizón ardiendo,
para que nadie pierda la señal,
para que a nadie borre ni siquiera el perdón.

Nadie sale de aquí.
Yo convierto los muros de ansiosas hogueras que alimento con sal de la nostalgia,
con raíces roídas hasta el frío del alma por la intemperie y el destierro.
Yo cierro con mis ojos todas las cerraduras.
No hay grieta que se entreabra como en una sonrisa para burlar la ley,
ni tierra que se parta en la vergüenza,
ni un portal de cenizas labrado por la cólera, el sueño o el desdén.
Nada más que este asilo de paso hacia el final,
donde siempre es ahora en todas partes al sol de la vigilia,
donde los corredores guardan bajo sus alas de ladrones de adiós a todo mensajero del destino,
donde las cámaras de las torturas se abren en una escena de dicha o infortunio que ninguna distancia consigue restañar,
y por cada escalera se asciende una vez más hasta el fondo de la misma condena.

Esta es la torre en llamas en medio de las torres fantasmas del invierno
que huelen a guarida de una sola estación,
a sótano cerrado sobre unas aguas quietas que nadie quiere abrir.
A veces sus emisarios vienen para trocar cada cautivo ardiente por una sombra en vuelo.
Entonces oigo el coro de las apariciones.
Llaman áridamente igual que una campana sepultada.
Zumban como un enjambre elaborando para mi memoria un ataúd de reina helada en el exilio.

Mis días en los otros ya no son nada más que una semilla seca,
un hilo roto,
la irrevocable momia del olvido.

La cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.
¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?
Las Estrellas anuncian el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.
Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos.
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
—algo más que ese todo—.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.
Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.
Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.
¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.
En tanto el carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.
Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.
Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.
He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

Variaciones sobre el tiempo

Tiempo:
te has vestido con la piel carcomida del último profeta;
te has gastado la cara hasta la extrema palidez;
te has puesto una corona hecha de espejos rotos y lluviosos jirones,
y salmodias ahora el balbuceo del porvenir con las desenterradas melodías de antaño,
mientras vagas en sombras por tu hambriento escorial, como los reyes locos.

No me importan ya nada todos tus desvaríos de fantasma inconcluso,
miserable anfitrión.
Puedes roer los huesos de las grandes promesas en sus desvencijados catafalcos
o paladear el áspero brebaje que rezuman las decapitaciones.
Y aún no habrá bastante,
hasta que no devores con tu corte goyesca la molienda final.

Nunca se acompasaron nuestros pasos en estos entrecruzados laberintos.
Ni siquiera al comienzo,
cuando me conducías de la mano por el bosque embrujado
y me obligabas a correr sin aliento detrás de aquella torre inalcanzable
o a descubrir siempre la misma almendra con su oscuro sabor de miedo e inocencia.
¡Ah, tu plumaje azul brillando entre las ramas!
No pude embalsamarte ni conseguí extraer tu corazón como una manzana de oro.

Demasiado apremiante,
fuiste después el látigo que azuza,
el cochero imperial arrollándome entre las patas de sus bestias.
Demasiado moroso,
me condenaste a ser el rehén ignorado,
la víctima sepultada hasta los hombros entre siglos de arena.

Hemos luchado a veces cuerpo a cuerpo.
Nos hemos disputado como fieras cada porción de amor,
cada pacto firmado con la tinta que fraguas en alguna instantánea eternidad,
cada rostro esculpido en la inconstancia de las nubes viajeras,
cada casa erigida en la corriente que no vuelve.
Lograste arrebatarme uno por uno esos desmenuzados fragmentos de mis templos.

No vacíes la bolsa.
No exhibas tus trofeos.
No relates de nuevo tus hazañas de vergonzoso gladiador en las desmesuradas galerías del eco.

Tampoco yo te concedí una tregua.
Violé tus estatutos.
Forcé tus cerraduras y subí a los graneros que denominan porvenir.
Hice una sola hoguera con todas tus edades.
Te volví del revés igual que a un maleficio que se quiebra,
o mezclé tus recintos como en un anagrama cuyas letras truecan el orden y cambian el sentido.
Te condensé hasta el punto de una burbuja inmóvil,
opaca, prisionera en mis vidriosos cielos,
Estiré tu piel seca en leguas de memoria,
hasta que la horadaron poco a poco los pálidos agujeros del olvido.
Algún golpe de dados te hizo vacilar sobre el vacío inmenso entre dos horas.

Hemos llegado lejos en este juego atroz, acorralándonos el alma.
Sé que no habrá descanso,
y no me tientas, no, con dejarme invadir por la plácida sombra de los vegetales centenarios,
aunque de nada me valga estar en guardia,
aunque al final de todo esté de pie, recibiendo tu paga,
el mezquino soborno que acuñan en tu honor las roncas maquinarias de la muerte,
mercenario.

Y no escribas entonces en las fronteras blancas “nunca más”
con tu mano ignorante,
como si fueras algún dios de Dios,
un guardián anterior, el amo de ti mismo en otro tú
que colma las tinieblas.
Tal vez seas apenas la sombra más infiel de alguno de sus perros.

Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquello que se buscaba en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte n tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

La religión del Arte

Por Héctor Martín Rotger (Santa Fe/Argentina)

Acostumbramos a tratar del arte deteniéndonos en lo expresivo. Enfocamos o determinamos su práctica ajustados a la restricción de la cultura dominante. Y ésta, la actual, tiende a ser una cultura poco proclive a conmover su laicidad. Sin embargo, emparentar arte y religión no debiera parecernos aventurado ya que a través de no pocos el arte intentó correr el mojón que separa la indagación creativa de aquel terreno que pone al alcance de lo numinoso.
En general, el parentesco entre las dos palabras: arte y religión, queda supeditada a lo que la historia recoge de la prolífica veta de arte sagrado, o arte dedicado a la temática de lo sagrado. Más interesante sería llevar la deliberación a si la práctica misma del arte no constituye un intento de religación, con independencia de las temáticas aludidas.
Religión es religación, es volver a unir, volver a ligar, lo que presupone partir de un estado de desunión, de quiebre esencial. Ese quiebre determina la pérdida de algo que se tuvo, o, sin situarlo en un tiempo determinado, de algo cuyo dominio se nos está escapando por ignorancia o inadvertencia.
Remitiéndonos a las tradiciones del occidente monoteísta cabe hablar de una caída, de un paraíso perdido, y de un derrotero de peregrinaje en busca del estado primordial, de una restauración de genuina identidad, aludida por las corrientes místicas del judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Como soporte de este peregrinaje sólo podemos contar con el testimonio de las heterodoxias, solitarias u organizadas, ya que fueron ellas las que mantuvieron vivo el simbolismo que lleva del olvido, lethe de Heráclito y avidya de Buda Shakyamuni al recuerdo, la vidya o aletheia .
Del tránsito entre estos estados habla claramente un aforismo del Budismo Zen, como demostración de que en este terreno se interpenetran latitudes y escuelas no sólo sin menoscabo de sentido sino abonándolo .
Cuando empecé al camino, las montañas eran las montañas y los ríos eran los ríos. Después, las montañas no eran las montañas y los ríos no eran los ríos.
Ahora, las montañas son las montañas y los ríos son los ríos.
… lo que, a nuestro juicio, guarda íntima trabazón con la temática del arte imbricado en el empeño de religar, de poner ( o reponer) esas montañas y esos ríos en clave de significatividad mistérica.
El camino del recordar empieza en un no saber. El arte no trata con un mundo hecho. La experiencia sensible ordinaria es subvertida en una indagación que no podemos predecir a dónde llega. Esas montañas y esos árboles pasan a estar entre paréntesis. Los significantes se trastocan, las letras se interpermutan como en la Kabalá porque hay una total disconformidad con la normatividad perceptiva.
No, mi corazón no duerme. / Está despierto, despierto. / No duerme ni sueña, mira, / los claros ojos abiertos. / Señas lejanas y escucha / a orillas del gran misterio. // Antonio Machado.
En la Edad Media de occidente, la atribución de la palabra “artista” era reservada a los alquimistas que laboraban noches y días en transformar la materia prima en piedra filosofal. La acepción más noble de la palabra arte refería a arte de transformar el metal bruto en oro, reflejo del sol en la tierra - a propósito de ésto, Dante, en el Convivio III, 12 dice que "no hay nada sensible en todo el mundo más digno que el Sol para servir de ejemplo de Dios"- Laborando lo tangible se intentaba obtener, por sucesivas y escalonadas disoluciones, cristalizaciones, fusiones y combustiones, una propiedad identitaria en lo intangible. La cocción debía llevar a la conexión. Esto era lo que distinguía a los vulgares sopladores o carboneros de los verdaderos maestros. El maestro Eckehardt lo ilustraba diciendo “el cobre no descansa hasta convertirse en oro”.
Entre los numerosos cultores de la religión del arte y a propósito de esta referencia a la alquimia, entra en nuestra órbita de atención la pintura visionaria de Hieronymus Bosch, el Bosco, nacido por el 1450. Atestiguar una pintura del Bosco es entrar en un vórtice de metamorfosis que pone en entredicho todos los límites. Los reinos animal, vegetal y mineral, como así también todos los roles establecidos exceden las líneas demarcatorias de las convenciones, son desenfadada y desenfrenadamente mezclados en la persecución alucinada de una realidad que hace sospechar de lo verosímil de ésta realidad. Si toda llamada religiosa induce a sentir el extrañamiento, la nostalgia de los orígenes, como una suerte de cultivo embrionario llamado a develarse, según algunos, a través de la praxis artística, la llamada del Bosco pone de lleno ante el estupor de lo humano y lo metafísico interactuando en sus mutuas desgarraduras.
Elémire Zolla postula tres vías posibles de activación de la nostalgia inicial, intentando desbrozar vías de acceso a lo inaccesible. Todas tienen sus representantes en cualquiera de las ramas del arte: las tres vías son las del conocimiento, la de la emoción y la del exceso. Pero tal vez en ningún caso como en el del arte estas tres vías ofrezcan una resistencia mayor a ser desglosadas o particularizadas. El caso del Bosco quizá constituya en este sentido uno de los más paradigmáticos.
Pero esta incapacidad de desglosar conocimiento, sentimiento y exceso es una de las improntas que mueven a no poder separar el arte de lo religioso, siempre que convengamos en situar lo religioso más allá de las fronteras de la dogmática y las ortodoxias y no reduzcamos la noción de religión del arte a la de arte con temática sagrada.
En este sentido valdría arrimar una conjetura, como tal nada taxativa, sino esbozada por el esfuerzo de aproximarnos semánticamente, según la cual hay toda una cantera del quehacer artístico que en sí misma constituyó una sacralización operativa con independencia de la temática que pudiera abordar.
Claro que, para aventurarnos en la exploración de esa cantera, nos veremos obligados a otorgar menor importancia a los factores anecdóticos que rodean a la obra, (cuando no a removerlos por completo) y orientar nuestra atención a lo que según una corriente de pensamiento otorga a la operatividad misma en cualquiera de las ramas del arte este valor de sacralidad , tal como podríamos adjudicar a una ascética o a una actividad ritual o a una disposición anímica el poder de aproximar al borde de lo mistérico, de lo que en sí mismo permanece incognoscible.
Tal premisa de despejar de lo anecdótico para dejar desnudo el símbolo y palpitar en la belleza de lo que el símbolo transmite, irreductible a términos de intelección discursiva o emocionalismo fatuo, no es acorde a las prácticas en que se mueve la cultura de nuestro tiempo, donde todos los acentos de la crítica subrayan y hasta exclusivizan la cuestión anecdótica de un cuadro, una novela o una partitura.
Para ilustrar las diferencias entre una u otra postura respecto del arte, vendría bien recordar aquel encuentro entre un grupo de antropólogos que hicieron escuchar a un jefe indio desconocedor del lenguaje sonoro ajeno a su cultura, enteramente ritual, una grabación del Réquiem de Mozart. Al concluir la audición, el indio reflexionó de esta manera: "al fin el hombre blanco nos ha traído algo que lo hace digno de que le confiemos algunos de nuestros secretos".
La sola pertenencia a una cultura en la que sólo vale la actividad que no distrae
de eso que lo visible cotidiano transmite de lo invisible insondable, explica que la audición del indio traspasase todas las barreras culturales en las que hubiera quedado capturado el oído anecdótico.
Agustín López Tobajas dice a propósito de un texto sobre el simbólogo Ananda K. Coomaraswamy que "En una civilización tradicional, arte y técnica designan una misma relidad, inseparable, a su vez, de la religión y de la vida; toda actividad práctica está ahí impregnada del sentido de lo sagrado, y la belleza es resultado inevitable de cualquier proceso creativo.”
Lo anterior no autoriza a la conclusión de que el arte moderno (por decirlo así) no contiene o está vaciado de aquellos principios constructivos con raíz en lo simbólico. No es así. Pero no es así porque tanto el empeño puesto en el subrayado de las posturas ideológicas como la exacerbación de costumbrismos, modas y subjetivismos, son impotentes para violar el criterio último de belleza, tanto acústica como visual, que da categoría de obra, de operación sagrada, de laboreo con códigos emotivo-intelectuales de validez universal, códigos que en una época no globalizada, ya desde los testimonios paleolíticos de Lascaux y los monumentos megalíticos adoptaron en común todas las comunidades de la tierra.
Como se ve, no hizo falta llegar al Internet para comunicar a los hombres. Hubo en tiempos prehistóricos una comunicación cualitativa que se basó en el profundo reconocimiento de lo que la naturaleza transmitía acerca de formas y proporciones.
El matemático Leibniz definía a la música como "una secreta operación aritmética que hace el alma".
Imaginemos un caminante que no tiene que ser precisamente músico. En el entresijo de emociones, pensamientos, recuerdos de momentos y seres, inadvertidamente, (secretamente para nuestro conciente) se va abriendo paso una melodía. Esto es, una sucesión bien precisa de alturas sonoras con un ritmo específico que adopta la forma de un canturreo o un silbido. Esta forma primaria de expresión musical es el cimiento sobre el que se edifica todo el complejísimo edificio de su lenguaje. La operación aritmética, como dice Leibniz, es secreta. Ocurre en nuestro interior. Puede ser detonada por una búsqueda expresiva bien consciente, pero la combinatoria sonora (y aritmética) se realiza allí dentro, donde el principio de semejanza aritmética latente entre el microcosmos y el macrocosmos viene a manifestarse en una garganta como ideación sonora. La religación está teniendo lugar aunque el que inventa espontáneamente una melodía lo ignore.
No otra cosa es lo que sostiene el pintor uruguayo Joaquín Torres García cuando en su extenso tratado sobre el "Universalismo constructivo" habla del dibujo de los niños y la pintura de todos los pueblos aborígenes del mundo, de los testimonios gráficos de los antiguos, de las construcciones de templos, de cómo este modo de concebir el arte va unido al total desinterés por perpetuar el nombre del artista en la obra realizada. De éste anonimato, nunca cuestionado, que atraviesa toda la Edad Media cristiana y recién se interrumpe en el Renacimiento, cabe decir que, más que desinterés del artista por figurar al pie de tal o cual realización, denota que el nombre propio, el nombre histórico, propietario de la anécdota personal, se va quemando hasta convertirse en cenizas al mismo tiempo que adquiere materialidad la obra, en virtud de lo que la praxis artística tiene de sujeción devocional a los misterios expresivos que yacen escondidos en la materia y que se van develando a quien fielmente cultiva el arte como religión.
Hay un cuadro de Durero en el que se ve un alquimista rodeado de símbolos arquetípicos entre los que sobresale la piedra tallada de la perfección humana. Una profusa serie de elementos alegorizan el sentido de su búsqueda, el cuadrado de Júpiter, el compás, la clepsidra, etc.. Al fondo hay una rueda de fuego y más atrás el sol. Ahí aparece escrita la palabra Melancolía, que es la extrañeza o nostalgia de los Orígenes que mueven al buscador, en este caso al mismo Durero, de quien sabemos el nombre porque pertenece justo a la época en la cual queda el registro del artista.
Los mismos principios constructivos son aplicados en el Partenón y el violín Stradivarius, y todos adscriben a aquella geometría sagrada contenida en el número fi, el de la divina proporción, el número de oro (que recuerda a los alquimistas), el inconmensurable 1,618033… que patrocina las proporciones de los caracoles, del cuerpo humano, de la distribución de los brotes en un tallo y según parece, una indeterminada cantidad de criaturas que ignoran que son habitados secretamente por lo que en la historia de la matemática se conoce como la serie de Fibonaci.
En este orden de evocaciones acerca del vínculo inextricable, de correspondencias digamos, amorosas, entre naturaleza, psiquis, geometría y praxis del arte, el hilo o la red conectora une al músico-matemático Pitágoras con Paul Klee, Vassili Kandinsky, Escher, la música de Bach, que responde a una clave numerológica y la del húngaro Béla Bártok, que estructura por ejemplo, su obra Música para cuerdas, percusión y celesta según un riguroso patrón fibonaciano.
En el libro de Josep Soler Fuga, técnica e historia* encontramos este párrafo "El control y la estructura, absolutamente impensable, presuponen un análisis, antes de iniciar la obra y también durante su escritura; mas este análisis, por muy profundo que sea, es siempre un catálogo y ordenación de las apariencias, del "fenómeno", de la obra de arte. Lo irracional, la sucesión lógica de lo arcano, -tanto más lógico cuanto más cerca esté de su arquetipo-, no puede demostrarse ni enseñarse ni tratar de comunicarse ya que pertenece a la esfera de lo más íntimo del artista y ni aún él mismo puede conocer claramente cuáles son las bases en las que se apoya su instinto y en que grado éste le "obliga" sin que intervenga su voluntad. (a propósito de "la música es una secreta operación...")
"Saber cómo se escribe una fuga solamente se consigue escribiéndola y descubriendo, en el proceso de su escritura, la manifestación de lo oscuro; mas este descubrimiento únicamente es capaz de conocerlo aquel que ya lo ha conocido a través de su instinto y por la obediencia que supone la servidumbre de ser artista y el saber que la obra de arte es siempre una oscuridad enmascarada por lo aparente, por lo que recubre lo que se oculta en el interior del santuario y que no se patentiza a los profanos -cita de Plotino, Eneadas I, 6; 8-9) El artista desprecia lo superfluo, endereza lo torcido, torna brillante lo oscuro...hasta descubrir la obra de arte escondida, ínsita, oculta en su propio interior, velada por las apariencias -tan necesarias por otra parte- de la técnica."
La técnica es su medio, pero su fin es la manifestación de la fuerza emocional que a través de ellos halla su camino de salida derramándose en inagotable riqueza. En la cumbre del volcán se halla presente el compositor quien, con su técnica, con su organización permite a la lava abrirse camino canalizándola hasta nosotros y haciendo posible que nos pongamos en contacto con ella y la convirtamos en materia propia.
Así, un análisis, por muy complejo que sea, jamás agota las posibilidades de una obra ni menos agota la descripción de su esencia expresiva e íntima. Analizar -sea Bartók o Bach- es sólo descubrir algunos de los parámetros en los que se esparce y derrama esta música. Pero su esencia es inagotable y su emoción, el revés de la trama, está siempre intacto e inasequible para el espectador: trascendiendo al análisis está el misterio de la música y la revelación que a cada espíritu pueda llevarle; esta esencia impalpable y ajena, tanto al compositor como al oyente, es imposible de expresar o analizar: Aquí, como en tantas otras circunstancias, el medio no es el mensaje y el fin siempre está velado en espera de una re-velación o un des-velar que ya es una dimensión personal -como una epifanía, un nacimiento en la aprehensión de un verbo inasequible-, imposible de analizar y más allá -trascendente- a cualquier codificación.”
Como podemos ver, en el arte no son escindibles las tres vías de acceso a lo divino: la del conocimiento, la del sentimiento y la del exceso. En el arte, las tres se superponen aunque como tres voces simultáneas pueda una u otra sonar alternadamente más fuerte. Sin embargo, hay espíritus en los que las tres voces, o las tres vías, sostuvieron siempre una intensidad pareja. Tales casos entre otros los del místico-artista maestro Eckhardt y el del artista-místico William Blake.
Para que las tres vías se den en simultáneo, así como la geometría no se verá separada de la emoción, no se verá la emoción como un sentimentalismo, menos un sentimentalismo religioso. Del rol de la emoción dice Octavio Paz a propósito de un pequeño ensayo sobre la poesía erótica epigramática “Kavya”, de la India: El arte verdadero trasciende, simultáneamente, al mero artificio y a la expansión subjetiva. Es objetivo como la naturaleza, pero introduce en ella un elemento que no aparece en los procesos naturales y que es propiamente humano: la simpatía y la compasión.
En cuanto a la vía del exceso, como en el Tantra hindú, aquella vía que parte de la idea de que el mismo suelo en que caes es el que te ayuda a levantarte, -la vía del héroe o del Vijra-, esa vía que en aras de lo ilimitado desafía todo límite, se malogra si no es afrontada en la cumbre de la lucidez.
El arte, como decíamos, da cuenta de la existencia y expresión recíproca de estas tres vías.
El maestro Eckhardt se refería a Dios como "artífice exaltado". Respecto de cómo obra ese artífice dice "cuando Dios hizo al hombre el verdadero corazón interiorísimo de la Divinidad estuvo puesto en su hechura y, sin embargo, las obras de Dios encierran una mera nada de Dios, por lo que no pueden descubrirle". En esto hay resonancias de aquel aforismo budista que enuncia "el vacío es la forma y la forma es el vacío" y deriva también a que no hay posibilidad de conocer lo que está afuera si no se recuerda, por la vía de la nostalgia o la melancolía de Durero, que no se podría ver algo afuera si no hubiera estado adentro desde el principio.
Rosedad // Nada se oculta y todo sin embargo / debe desocultarse, extraña cosa / que para que la rosa sea la rosa / no baste con la rosa, siendo tanto. // Porque es tanto ser rosa, tanto aloja / la rosa siendo rosa, tanto encanto / todo propio de ella, que es extraño / pensar que no estoy viéndola, tan próxima. // La rosa no ocultándose está oculta / si mi ensimismamiento la sepulta, / si de su rosedad no me cultivo. // Hay rosa en propiedad cuando germina / mi rosa similar y no la mira / mi ojo sino un pétalo encendido. // Héctor Martín Rotger
El proceso de la emoción es el de la similitud, es el de hacerse similar. Lo que se conoce se conoce haciéndose similar el conocedor a lo conocido. Del mismo modo debe ocurrir entre el que expresa y lo expresado y entre el amante y el amado, como lo ilustra aquel cuento de Ibn Arabí en la que el amante que golpea a la puerta es reiteradamente tratado y despedido como un desconocido hasta que en vez de responder “yo” cada vez que desde el interior le preguntan -¿quién es?, la voz del amante contesta: soy tú misma, logrando así que ella abra la puerta.
Respecto de la vía del exceso lúcido William Blake abogaba por ella cuando escribía en "Matrimonio del Cielo y el Infierno"
La antigua tradición que afirma que el mundo será consumido por el fuego después de 6.000 años es verdadera, tal como lo he escuchado en el Infierno.
Porque entonces el Querubín de la espada flamígera recibirá la orden de no custodiar más del árbol de la vida, y cuando obedezca, toda la creación será consumida, y nos parecerá infinito y sagrado lo que ahora parece finito y corrupto.
Ésto ocurrirá gracias al progreso del goce sexual.
Pero antes hay que extirpar la idea de que el hombre tiene un cuerpo separado de su alma; y eso haré imprimiendo con métodos infernales, corrosivos, que en el infierno son saludables y medicinales, fundiendo así las superficies aparentes y mostrando lo infinito que ocultaban.
Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito. Porque el hombre se ha encerrado hasta llegar a ver todas las cosas a través de las estrechas hendiduras de su caverna.
En sintonía con este texto visionario, tenemos éste de René Guénon en su libro "El esoterismo de Dante"
Dante escapa al abismo en cuya entrada había leído una sentencia de desesperación; escapa poniendo su cabeza en lugar de los pies y éstos en lugar de la cabeza. Es decir, revirtiendo el dogma, y remontando entonces hacia la luz y sirviéndose del demonio mismo como si éste fuera una monstruosa escalera.
Escapa al horror abusando del horror, al espanto, abusando del espanto. El infierno, parece decir, no es una vía sin salida sino para aquellos que no encuentran el camino del retorno; toma al Diablo por la cola, si tal expresión es correcta, y se emancipa mediante su audacia.
Estos tres poemas aluden, si así quisiera verse, a tres representantes arquetípicos de las tres vías que concurren en el arte. A Buda recurre el que elige ser triturado y removido por la vía implacable del conocimiento. A Cristo, por la vía de lo que los hindúes llaman Batky, la emocionalidad devocional. A Zorba, el personaje de Niko Kazantzakis por lo que tiene de dionisíaco, por la sacralidad del exceso.
Buda. // Nadie llevó tan lejos el escándalo / y dio la solución impredecible: / No es posible que exista un yo posible; / el yo piensa que es y es lo pensado. // ¿Quién piensa al yo sino lo que resiste / el vértigo del tiempo, el miedo al cambio, / el pánico a no ser, el trance máximo / de admitir la extinción inadmisible? // Y si todo se extingue, ¿que absoluto / juicio atestiguará que hay algo eterno / si ha de morir quien lance el argumento? // Ni siquiera hay creación, vemos un truco / del que somos el mago y el embrujo: / mi deseo me trajo al nacimiento. (Héctor Martín Rotger)
Cristo. // No fui protagonista de tu historia, / la recibí después de dos mil años. / Nunca jamás de nadie se habló tanto. / Nunca nadie fue tanto en la memoria. // Por eso eres, sin duda, el más extraño, / porque nadie supone que te ignora. / Muchos te rezan, otros te negocian. / Todos te ven ahí, crucificado. // Te afirmen o te nieguen, no es el caso, / ni intrincadas y vanas teologías, / ni dogmas, ni cruzadas, ni herejías. // El que te afirma o niega, no respira / la altura en la que fuiste soberano / cuando eras el que eras -¿Hace tanto?- (Héctor Martín Rotger)
Zorba / (Al personaje de Niko Kazantzakis, autor de la novela que dio pie a la película homónima) // ¿De dónde vienes Zorba?, tú me dices / que Cristo no entraría a sus iglesias, / ni habría un Buda budista si volviera, / y que sólo la risa nos asiste. // La risa visceral, la risa entera / que de la autoimportancia nos desviste / y nos revela lo que a las lombrices: / Dios escarba en lo hondo de la tierra. // Del escarbar de Dios es la cosquilla / que perturba nuestras solemnidades, / hipocresías y moralidades. // Y cediendo a esa risa es que uno nace. / Y es tierra que de abajo pasa arriba. / Y Dios la escarba. -Y Zorba es su Mesías-. (Héctor Martín Rotger)
Finalmente, como fruto de unión de las tres vías, conocimiento, emoción y exceso, la obra de arte surge como una gratuidad que sobrepasa en sí todo intento de ser explicada por un por qué exterior a ella misma. En esa consustancialidad de hacer y ser el arte religa, consuela de aquella extrañeza y melancolía que crea la necesidad de re-ligación, la religión. El catecismo más apropiado a esta religión del arte quizá esté resumido en este dístico inmortal de Ángelus Silesius:
La rosa es sin por qué; florece porque florece.
No se inquieta por ella misma, no desea ser vista.
Al que el filósofo Martín Heidegger añadió este comentario:
La rosa es sin por qué, pero no sin razón.
En el fondo más secreto de su ser,
el hombre sólo es auténticamente si es,
a su manera, como la rosa —sin por qué—.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Descansa soldado
que en la Gloria estás
el honor de un pueblo
supiste salvar.
Heroico soldado
sonriente te vas,
descansas en tierra
o en el mar quizás
pero ya tu Patria
no podrá olvidar
la deuda que dejas,
la vida que das.
Descansa soldado,
descansa hoy en paz,
tu vida entregaste
por un ideal.

Victoria Pueyrredón (Buenos Aires/Argentina)

Escrito en el agua

Todos los poemas se escriben en el agua.
A todos los poemas se los lleva el agua,
los disuelve el agua.

El poeta lo sabe y sabe que es inútil
atrapar con palabras este sol tan índigo,
la tarde en tres pájaros,
seis caparazones de cigarras muertas
y la esqueletura gris y taciturna
de un digno lapacho.

Sin embargo,
Insiste. Insiste. Insiste.
En esta insistencia transcurre el poema
y dice lo que calla, calla lo que siente,
siente lo que dice
y se lo lleva el agua.

Orlando Van Bredam (El Colorado-Formosa/Argentina)

marta.

a mí también se me olvidaron muchas cosas

esto
es como si lo estuviera viento
la lluvia ha pasado
atamos sapos de las patas traseras
y como boleadoras
apuntamos a los cables de la luz
allá arriba
irán destiñéndose
como trocitos de cometas
lo que ya no distingo es
si por aquellos días
me enamoré de vos
o
de tus pequeños pies
dentro de las sandalias

O. Augusto Berengan (San Salvador de Jujuy/Argentina)

Poema brevísimo

Tanteo el silencio y me aturde.

Li Mayer (Río Negro/Argentina)

América

El viento de la noche, para quien el hombre es un
desconocido; su furiosa soledad sin medidas.
¿Cómo eras, patria de mi patria, antes de llamarte
América?

Rubén Vela (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Frágil memoria.

Por Arturo Lomello (Santa Fe/Argentina)

Comencé a escribir el cuento en una noche de invierno. Todos dormían en la casa y el espeso silencio me excitó la imaginación, a tal punto que pensé que tal vez hubieran desaparecido devorados por él o por el sueño al que se habían entregado. Al fin, nuestro conocimiento de los otros y de nosotros mismos, depende de la mágica y frágil presencia de la memoria.
Lugar común de las narraciones de suspenso y misterio, el reloj sobre el escritorio con su ritmo sosegado parecía sostener la realidad de la casa, como si estuviera afirmando con su repiqueteo el espacio interior, para todo no se desvaneciera en la noche.
Unos minutos antes, todos habíamos conversado animadamente de trivialidades: las anécdotas de Rosa en la escuela, las andanzas de mi mujer con una torta de manzanas que se le había quemado, el partido de básquet que había jugado Manuel en el club.
Mis ocupaciones me impedían desde varios días atrás hallar el momento para desarrollar el tema que me obsesionaba: las aventuras de un anciano que está seguro de haber visto mientras viajaba en un ómnibus urbano a su esposa muerta diez años atrás y la desesperada búsqueda que emprende para encontrarla. Aspiraba a concebir un cuento de intenso realismo y que a la vez mostrara que la realidad en parte es creada por nosotros mismos. Me costaba concentrarme, porque sentía frente a la máquina de escribir, acompasada por el tic-tac del reloj, que en ese momento la casa era el ambiente de un cuento y que todos vivíamos una ficción. Mi intento literario se desvanecía frente a lo que se iba gestando dentro y en torno de mí; también de quienes dormían.
Algo estaba por ocurrir, algo que emergía de las paredes, que llegaba de las calles; algo que no alcanzaba a determinar si era amenazante o propicio.
Noches como esa son frecuentes para quien tiene un poco de imaginación y está solo. Quizás cada vez que el silencio del mundo nos gana se producen vivencias como las que estoy relatando. Pero esa impresión de que todo está sostenido frágilmente por la memoria se disipa a los pocos instantes y nunca ocurre nada que agriete la consistencia de lo acostumbrado. Además, en caso de que ocurriera, ¿quedaría alguien para contarlo?
Todo eso pensé, mientras los habituales perros ladraban en las calles o en fondos de casas vecinas, dentro del circular y, nostálgico tejido del tiempo de la noche. También como si todo fuese un rito, escuché las voces confusas de quienes vuelven de trabajos con horarios inusuales o de diversiones nocturnas. Una carcajada, un grito, unas bromas, motores de vehículos, la sirena de una ambulancia.
No pude neutralizar la inquietud que me había invadido. Una inquietud que aunque angustiosa y con un ingrediente de terror, se amalgamaba con ese recóndito deseo de lo sobrenatural que, no siempre confesado, los hombres llevamos en lo más íntimo. Tal vez porque oscuramente sabemos que la propia vida es un milagro.
“Esto ha de ser me dije-; en el fondo quiero que ocurra algo prodigioso. Y no advierto que ya está ocurriendo. Es lo que intuyo en el silencio. En este momento en que ellos duermen y yo velo, capto la extrañeza de nuestra presencia en la tierra y la preponderancia del silencio en nuestras vidas.
Debía terminar con mi inquietud. Debía ver a mi mujer y a mis hijos, comprobar que todo continuaba siendo familiar. Fui hasta el dormitorio grande y al entrar oí la respiración acompasada de Marta en la oscuridad. Me senté a su lado en la cama de dos plazas sin encender la luz. Acaricié su rostro, levemente, pasando mis dedos por su frente, su pequeña nariz recta, la conocida curva de su mejilla con la minúscula cicatriz junto al labio superior.
-¿Quién es?
Estaba despierta. O, mejor dicho la había despertado, seguramente, pese a mis precauciones. Ella tiene un sueño demasiado ligero.
-Soy yo, querida, Andrés.
-Terminaste ya el cuento?
Encendió la luz. se incorporó en la cama. Era ella, otra vez ella junto a mí, la mejor Marta, la que no se perdía en el nerviosismo de las tareas hogareñas. en ciertos temores, en algunas deficiencias de su carácter.
-No, no lo pude terminar: ni siquiera he escrito una página.
Acostate, si no mañana vas a estar pasado de sueño y tenés que ir al trabajo.
-Voy a ver si están tapados los chicos.
Sonrió y luego me observó con severidad.
No he podido darte hijos, pero creo que tus bromas son de muy mal gusto.
Y continuó hablando, pero yo ya no la escuché.

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Una poética de la existencia - La conciencia - Willy G. Bouillón - Ediciones Último Reino. Buenos Aires, 2006.

Este es el tercer libro del poeta Willy G. Bouillon. El primero, Final de Universo, fue premio 1985 de la Subsecretaria de Cultura de la Nación. En 1999, el Fondo Nacional de las Artes distinguió al segundo, Horizonte de suceso. Ahora aparece La conciencia, quizá completando (o integrando) la trilogía Maelström.
El poeta continúa trabajando con el tiempo, hurgándole a la identidad. Una cita de Dylan Thomas es augural, al respecto: Avanzo mientras dure lo que existe para siempre. Y es en su poesía intensa, donde el circular retorno aparece, para dar lugar a la fuga, al interrogante, a la postergación de lo finito. Sí: la finitud es una permanente constante de segundo plano. En La conciencia absoluta, el poema que remata su libro, dice con gravedad:
Mira a aquél que mira con tus ojos.
Hazte a un lado y dibuja
el contorno de su rostro
en alguna pared.
Mañana ya no estará allí.
Y tampoco serás tú
quien mira la imagen
que ya no está.
Bouillon es poeta de claridades. No construye abismos ni pesadillas. Conjuga, en cambio, un estro en que la circunstancia (a veces, una reflexión embozada) va pautando tiempos, sugiriendo espacios. En Escipión, asume sin horror: La destrucción del otro, ese trivial pretexto. Después de afirmar que tentamos la propia fatalidad como estrategia para reencontrarnos.
Mirar para reencontrarse: asumir para frustrar la desmemoria. El poeta escolta a una muerte que viene con ruido a escombro. Y abre el juego para que la vida sea más que un paisaje de olvidos, que una pérdida de certezas. El sarcasmo frente a los vacíos que se intuyen y las palabras que no terminan de cuajar una emoción. La fantástica comprobación de que siempre / hay una calle distinta para ir nuevamente a permanecer, / quietos, / en el centro de un cuarto vacío.
Sucesos que hacen a una conceptualización de la existencia, sucesos fortuitos, escapes del yo, nutren estas páginas como auténticos disparadores de la efusión. Bouillon habla del acomodador de cadáveres, con las reglas del puente que cae, la prolijidad del oficiante, el azul del día, el pájaro. Una crónica de la historia individual. El escenario que complace a los sueños. La fugacidad del instante capturado. En cada registro, el poeta rescata lo invalorable, ese resquicio que cincela la más perfecta incertidumbre; el corazón de Shelley, con la aridez temblorosa del olvido; la poderosa tenuidad.
De modo que estoy solo como el Universo, razona en Amado señor Crusoe. No descree de la isla perfecta, pero tampoco sabe precisar qué quedó del promisorio pasado.
Libre y expuesto, Willy Bouillon huye de lo confesional. Su poética es una manera de dialogar, quizá, con sueños que son de todos y, sin embargo, resultan intransferibles. En esta trilogía Maelström sabe bien que una lluvia azul que cae cada 175.000 años, es capaz de borrar todos los recuerdos. Lo que no es poco conocimiento.

J. M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Edgardo Pesante -1932/1988 (Santa Fe/Argentina)

Pájaros en la niebla

Lo primero que le llamó la atención, una vez que hubo cerrado la puerta de su departamento, fueron los mosaicos húmedos del pasillo; luego la atmósfera fría y pegajosa, a medida que avanzó hacia la calle; y, por último, cuando con un esfuerzo alzó la mirada, la incierta claridad del día, que se filtraba dificultosamente a través de la niebla. Ya en la acera, no pudo evitar un parpadeo, tratando de acomodar su vista al espectáculo que se presentaba ante sus ojos. A tiempo que se subía el cuello del sobretodo pensó en su mujer y en su hija, que habían quedado entregadas al sueño como todas las mañanas, mientras él se dirigía a su empleo.
No las envidió; no alcanzó a promoverse ese sentimiento dentro de su cerebro, estimulado por las sensaciones de su cuerpo. Imágenes de la infancia ocuparon su pensamiento, recuerdos lejanos: la escuela, la madre, una mañana neblinosa; un beso, una moneda, un consejo; las manos metidas en los bolsillos, los cuadernos bajo el brazo; luego una carrera, tratando de hundirse en la niebla, de traspasarla; la niebla abriéndose a su paso, inalcanzable.
Caminó lentamente hacia la esquina donde debía tomar el ómnibus de siempre, que lo llevaría a la oficina. Sonreía feliz. Por unos instantes creyó que marchaba rumbo a la escuela de su niñez, y hasta sintió los cuadernos bajo el brazo. Las copas de los árboles que bordeaban la acera emergiendo de la niebla, soltaban sobre su cabeza gotas de lluvia. Un camión que al rodar producía un ruido sordo, cruzó como una sombra la bocacalle. Fue entonces cuando los vio. Lentos y pesados se descolgaban de las ramas; sus voces temerosas llegaban como de otro mundo. Sintió lástima primero y luego se estremeció. Pensó en el desamparo de esos pequeños seres, de cuerpos mojados, revoloteando en la niebla.
Pero ya estaba en su esquina y se acercaba el ómnibus. Contento como un colegial, se acomodó en un asiento del fondo, después de pagar su boleto al conductor. Estando fuera de su vista, con la irresponsabilidad de un niño, se había olvidado prontamente de los pájaros ateridos y empapados. El coche se movía con lentitud. Abstraído en sus pensamientos, que vagaban y rebotaban en los recuerdos y las cosas como si fueran de niebla, no advirtió que el ómnibus, contrariamente a lo habitual, estaba casi vacío. Los cristales empañados de las ventanillas apenas dejaban imaginar las calles que recorría. No obstante, el ambiente interior era cálido y olía a gas y a tabaco. Se acurrucó, con las manos metidas en los bolsillos del sobretodo y entrecerró los ojos.
Su imaginación vagabundeó por las más escondidas regiones del sueño, aunque no llegó a dormirse ni siquiera a adormilarse. Con riendas suaves manejó su fantasía, la condujo a los lugares más gratos a su mente. Revivió recuerdos de hechos acaecidos y de acontecimientos ideales, con facilidad asombrosa. Saltaba de los hermosos paisajes a los seres más queridos, de lo cercano y vivo a lo lejano y muerto. Pero el juego era peligroso, ya que de la sombra pasaba a la luz, sin transiciones; de la blandura a la sedosidad del ensueño caía en la rudeza y el vacío de la realidad. Terminó por sentirse angustiado. Se incorporó en su asiento y abrió bien los ojos, esforzándose por fijar su pensamiento en un punto. Lo consiguió, pero a cambio de comprobar que la realidad le estaba jugando una mala pasada. El ómnibus seguía semivacío, y, por lo que pudo observar a través de los turbios cristales de la ventanilla y la espesa niebla, transitaba calles desconocidas. ¿Es que no podía desprenderse de los sueños con que había estado jugando inocentemente? Otra circunstancia se sumó a su estupor. Al tratar de saber la hora y si el haberse equivocado de ómnibus –cosa, por cierto, evidente- lo haría llegar tarde al empleo, comprobó su olvido del reloj pulsera.
Aunque por momentos sonreía, tratando de aceptar la situación y de no dejarse ganar por el mal humor, su rostro y sus actitudes habían conformado la expresión del hombre azorado. Una mirada al neblinoso mundo exterior que desfilaba del otro lado de la ventanilla, sumado a un cálculo de probabilidades de la línea a la que podía pertenecer el ómnibus en el cual viajaba, lo ubicó en un determinado lugar de la ciudad. La pauta se la habían brindado una amplia avenida, unos característicos veredones y la ausencia de edificación. Con movimientos bruscos dejó su asiento y se acercó a pasos cortos y rápidos al conductor, pidiéndole que detuviera el vehículo en la próxima parada.
Al descender, tuvo la sensación de desembarcar en un planeta desconocido. El coche se alejó, produciéndole su desaparición tras la cortina de niebla una impresión de desamparo. Caminó unos pasos por el veredón. El espectáculo era imponente. La niebla, semejante al humo de hojas y ramas secas, pero un humo quieto, sin olor ni ruido, parecía cubrir el mundo entero y meter algodones en los oídos. Siguió andando, como hechizado, torciendo por uno de los infinitos senderos del parque. El verde del césped aparecía pálido, y también allí, desde los árboles, descendían lentos y pesados los pájaros empapados y ateridos, cuyo rumor apenas se dejaba oír.
En suave declive los senderos llevaban hacia el río. Se asomó a la orilla. Le corrió un escalofrío por todo el cuerpo al sentir a pocos centímetros de sus pies el abismo del barranco; el agua se adivinaba en el fondo. El mundo se le antojó un pozo, de profundidad inimaginable. Se alejó temblando, angustiándose por no llegar todo lo pronto que deseaba a los amplios veredones. Le preocupaba, asimismo, la soledad del sitio en que se encontraba. Sólo dos pájaros parecían habitar el parque.
Vagó al azar por largo rato. La niebla comenzó a disiparse o bien sus ojos se habituaron a ella; no pudo precisarlo con exactitud. Lo cierto es que su visión se hizo más clara. Acaso el sol estuviese luchando por romper el velo que envolvía a la tierra. Fue entonces, de improviso, a tiempo de que lo circundante parecía hacerse más nítido, cuando se le antojó no estar solo. Quizás fuese una voz sonando a sus espaldas. Lo cierto es que una presencia intangible se aproximaba a él. No oyó sus pasos pero la sintió cerca. ¿Quién podría ser? ¿Quién deseaba él que fuese?
No detuvo su andar sino que lo hizo más lento. Ella apareció en el sendero, sonriendo con los ojos y los labios, con todo su cuerpo. La reconoció al instante. No podía ser otra. A Ella era a quien había llamado. Se miraron durante largos segundos. El rostro de Ella era claro como el paisaje que ahora los rodeaba, vacío como por encanto de nieblas. La tomó de la mano y reinició su andar. También él sonreía ahora, al notar que la mano de Ella era tibia como lo había sido antes. A lo lejos sonaban unas campanas, cuyos bronces llegaban nítidos a sus oídos. No cesaba de mirar el rostro sonriente de Ella, sus facciones reconocibles entre mil, esos ojos negros. Igual que entonces, o mejor. Sumados todos los instantes felices del pasado. Jamás se había sentido tan feliz. Hubiese corrido y saltado como un niño; deseaba gritar, columpiarse tomándose de las ramas de los árboles. Quería reír. El mundo estaba allí, postrado a sus pies, aguardándole como un perro fiel y sumiso a sus caprichos. ¿Por qué no gritar esa felicidad? Porque era precisamente eso, felicidad, lo que le desbordaba el corazón. Sí, debía hacerlo. Era necesario. Pero antes quiso besarla. Ella seguía sonriente a su lado. No puso reparos. Le pareció sumergirse en la nada. Fue algo extraño, desagradable, angustiante. El vacío. Ella había desaparecido. El contorno era el mismo. La niebla se esfumaba a la distancia. Un sol pálido y enfermizo trepaba el barranco y se arrastraba sobre el césped. De Ella no había quedado un solo rastro, ni siquiera la tibieza de su mano.
Caminó rápido hacia la orilla del río. El paisaje era quizás bello, pero frío. También con paso ligero se dirigió a los veredones. Llegó agitado. No en vano habían pasado muchos años. Quiso saber la hora pero halló su muñeca desnuda. Anduvo, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos del sobretodo. Las lajas negras y blancas, de formas onduladas, desfilaban ante sus ojos. A su lado, pasó veloz un ómnibus. Levantó la vista y un rayo de sol le dio en la cara. Miró hacia el parque y se le antojó hermoso a pesar de todo. Se detuvo. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué estaba haciendo allí? Anoche habían festejado el cumpleaños de su hija. Recordó haber bebido unas copas de más.
Llegar tarde a la oficina estaba fuera de sus costumbres. Esa mañana no se presentaría a trabajar. Nada extraordinario podía ocurrirle por eso. Ya era un hombre maduro, digno de respeto, aun de parte de sus patrones y superiores jerárquicos. Pero tampoco le convenía volver a su casa antes del mediodía. Las explicaciones no eran su fuerte. Y Ella, su mujer, estaba seguro de que se las pediría perentoriamente. Vagó por la ciudad, como quizás nunca lo hizo antes, ni siquiera siendo muchacho, porque siempre había sido un individuo formal. Calcular la hora de acuerdo a la posición del sol podía ser cosa fácil para hombres de otros tiempos. A él casi llegó a angustiarlo. Por suerte, a ninguno de los transeúntes que detuvo con su pregunta, le faltaba el reloj, ya fuese en la muñeca o en el bolsillo del pantalón.
Estuvo en su casa a la hora habitual. La mesa del almuerzo ya se encontraba preparada, ella en la cocina, la hija por ahí. Sonreía para sus adentros. Nadie sospechaba su aventura de esa mañana. Aunque, la verdad, no era cosa de enorgullecerse demasiado. Las circunstancias que no pueden ser explicadas claramente suelen provocar engorrosas situaciones. ¿Lo habría visto algún conocido paseando por el parque, entre la niebla, apenas nacido el día, o luego, por distintos lugares de la ciudad?
Se sentó a la mesa. Estaba cansado de tanto caminar. Su mujer y su hija no tardaron en hacerle compañía, sirviendo la primera la comida y parloteando tontamente la segunda. Él callaba. Ella, envejecida, en nada recordaba a la hermosa muchacha del parque que había sido. La hija, por una de esas extrañas ironías del destino, se parecía al padre. Toda la familia lo repetía: “La misma cara de Enrique”. Maldita la gracia que a él le hacía eso. Comió con buen apetito. No era para menos, después de cuatro horas de marcha. Ella no le dirigía la palabra, se hacía entender por señas. Era rencorosa, terca. Quizás en el fondo tuviera razón para estar enojada. Él se había emborrachado como un estúpido anoche, durante la reunión con que festejaban el cumpleaños de la hija de ambos.
Se comportó como un pobre tipo, hizo el ridículo. Ella lo increpó duramente cuando los invitados se hubieron retirado; hasta lloró de vergüenza, según dijo, por la hija, que no merecía semejante padre. Él seguía sonriendo. La muchacha lo había olvidado todo. Sólo Ella permanecía con el ceño fruncido. Estaba vieja. Era una lástima.
El sueño es la mejor medicina para las preocupaciones. Dormir es morir un poco. ¿Dónde había leído eso? ¿O no era exactamente así? El sillón de mimbre crujía al más leve movimiento, con familiaridad de animal doméstico. Se durmió. Pero poco duró su sueño. Ella lo despertó con gestos desabridos, diciéndole que ya era hora de marchar a la oficina. Obedeció sumiso, con el pensamiento puesto en el reloj pulsera, que esta vez no debía olvidar. Antes de salir, sin que nadie lo viera, en la semioscuridad del comedor, sacó de un mueble una copa y una botella de cognac, y bebió anhelante, no tanto por el placer que, de un tiempo a esta parte, notaba que le producía el alcohol, como por hacerlo a escondidas, a espaldas de su desagradable mujer.
Salió sin despedirse de Ella, como de costumbre. A la hija, que leía una revista, la saludó por compromiso, porque debía pasar junto a la muchacha, que le respondió distraídamente, sin levantar la vista. Todo parecía volver a la normalidad. Los mosaicos del pasillo estaban secos. Pero al llegar a la puerta notó algo que le produjo un mareo muy distinto a los que provoca la borrachera. La estúpida sonrisa se borró de su rostro, quizás para siempre. Allí, sobre un mosaico amarillo, junto a la pared, yacía muerto un gorrión, uno de esos pájaros que durante la mañana entreviera revoloteando en la niebla.
No se atrevió a tocarlo, a sentir su cuerpo inerte, su peso insignificante. Ya no sería la mano tibia de Ella en el parque. Salió a la calle y caminó rápido hasta la parada del ómnibus. Evitó mirar la copa de los árboles. El coche no tardó en aparecer. Iba repleto de pasajeros. Se tomó del pasamano como un náufrago de la tabla de salvación. Se introdujo entre el pasaje. Apretujado entre hombres y mujeres que se dirigían a sus empleos se sintió seguro. Estaba salvado.
Sin embargo, una lágrima parecía pugnar por empañar su visión de las cosas, el mundo y los seres humanos. Había comprendido que se estaba poniendo viejo, y que una muerte insidiosa y lenta comenzaba también para él.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Pasado y presente

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

Hace ya cierto tiempo que vengo siguiendo con creciente interés la trayectoria de Andrés Rivera, ese singular narrador argentino nacido en Buenos Aires para 1928. Entiendo que, ligado en sus comienzos (aunque nunca, en absoluto, por supuesto tan sólo como un sumiso catecúmeno) con aquel trágico malentendido que consistió en denominar como “realismo socialista” a una estética que terminó siendo regimentada desde el poder absoluto, supo desprenderse de ello –por propia deriva de su ser-- mucho antes de que ciertos resonantes acontecimientos internacionales, como la caída del muro de Berlín, pusieran de moda el hacerlo. Pero, a diferencia de aquellos ex oficialistas de ayer que hoy se proclaman conversos sin sentirse obligados a los imprescindibles análisis intelectuales de su propia transición, Andrés Rivera supo abandonar la vecindad del dogmatismo sin renunciar a las profundas razones humanistas que habían sustentado sus primeras convicciones. Desnudo ante la historia, entonces, y de algún modo aprisionado por la historia, como todos, pero a sabiendas, este autor se constituyó en uno de los pocos casos --probablemente, no sólo locales-- de aquellos que, habiendo renegado saludablemente de la barbarie stalinista (o, en su caso, más bien de lo que él consideraba entonces su ineficacia revolucionaria), no renunciaba tampoco a admitir ineludiblemente como vivas las injusticias que habían motivado tantos sueños seculares de transformación social.
Pero, sin duda lo más importante, tratándose de literatura, es que esa peculiaridad se manifestó también en su escritura. Sus obras –de las que recuerdo haber leído en su momento casi apasionadamente Nada que perder (1982) y Apuestas (1986), por ejemplo, ya en plena transición de su estilo-- se fueron haciendo cada vez más precisas, más nítidas, más delicadamente feroces. Concentrados en pocas páginas, sabiamente ajenos a las seudo-modas que solían recorrer nuestros cenáculos, atentos ineludiblemente a lo esencial (en sonido y sentido), sus textos se iban haciendo cada vez más breves y más contundentes. No es casual que, encarándome yo mismo con la poesía, un tratamiento de la escritura como el suyo –que se alejaba paulatina pero aceleradamente de las ya por suerte cada vez menos acentuadas fronteras entre los géneros--, como dije me tocara especialmente.
En la breve “nouvelle” El amigo de Baudelaire (1991), y siempre a mi modesto entender, me pareció que dicha tendencia a la vez se acentuaba y se amplificaba. Si el contacto con la historia (en este caso a través de la supuesta pero emblemática autobiografía de un quizás harto típico representante de nuestra clase dirigente tradicional a fines del siglo XIX, insólitamente capaz no sólo de percibir sino también de pretender emular la trascendencia de Baudelaire) sigue siendo central, allí se diversifica y se potencia como en un túnel del tiempo porque –no sólo como metáfora-- en esas páginas el pasado se vuelve literalmente el presente, y el personaje (de algún lejano modo, como pretendía Macedonio Fernández) se vuelve también allí literalmente el narrador.
Ahora ya abiertamente implicado en su escritura, dueño de una potencia verbal a la vez madura y certera, que puede por lo tanto permitirse ser puntual sin renunciar a su legítimo temblor, tan contagioso, Andrés Rivera continuó cumpliendo con creces, magníficamente, como lo testimonian libros tan logrados como La revolución es un sueño eterno (1993), El farmer (1996) o Ese manco Paz (2003), la titánica labor de ser, al mismo tiempo, un auténtico representante de lo que se llamaba una vanguardia mientras nos reintegra –en medio de tantas trabajosas elucubraciones digamos posmodernas-- el añorado sabor de la añeja, fecunda, sabrosa y mejor literatura.
No es sorprendente, además, que aquel libro sordamente apasionado y sin embargo nada maniqueo, donde ronda entre otras imágenes no menos bifrontes la sombra insoslayable de un Sarmiento al mismo tiempo creador y represor, pero nunca indiferente, nos traiga de inmediato resonancias de aquellas primicias de nuestras letras que, como El matadero, el Facundo, el Martín Fierro y Una excursión a los indios ranqueles, más allá de una evidente y comprometida intención de intervenir e influir en nuestra historia, dejaron que el lenguaje se posesionara de ellos hasta convertirse, por encima de las estructuras y las formas, que la mayor parte de las veces infringieron, no sólo en auténticos libros políticos sino también en obras fundacionales de nuestra literatura.

PÁGINA 12 – Poesía americana

La mecánica flor

Mi labio muere
parado en tu pie
ese esqueleto de carne angosta
Epitafio
Si de morirme se trata
entiérrame en tu puño
acércame a tu ancho huevo
escríbeme sin dudas
en la pared más firme
si muero bajito
apriétame a tu uña
enrosca mi abanico de hierro
sacude las loras de mi espejo
y deja caer tu lisa pestaña
tu verde pestaña
tu salada pestaña
húndeme en tu único nervio
que da al instinto sed
esa mecánica flor que suelta agua de tus puños
acurrúcame derecha por algún rincón de tu frente.

Lourdes Vázquez (Puerto Rico)

Pisos húmedos

Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 -que no es avenida al mar-sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
-y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos-
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.

Edel Morales (Cuba)

Es un lugar la noche

Es un lugar la noche amor
donde los sueños pastan

Es un lugar la noche
donde tus manos prenden
a mi cuerpo
piel de nube
fuego
beso
Es un lugar la noche
en que llegó primero
tu voz y mi conciencia
a hacerte dueño

Es un lugar la noche

Liz Durand Goitía (México)

Anuda una venda alrededor de tus ojos

Déjate guiar por el aroma de la hierba buena
Colócate de espaldas al viento adverso
Siente el sol en la frente
Desdeña los caminos
Los campos de amapolas
Sumérgete en el bosque
Persigue el canto de las aves que huyen a tu paso
Sigue más allá de tu cansancio
Hasta hollar la línea del horizonte.
Allí donde el mar se une con el cielo
Donde cada noche aguardo tu presencia

Te daré mis amores.

Marié Rojas Tamayo (Cuba)

6:15

Y a pesar del ensordecedor
y estridente ruido de los autos
aún escucho tu voz
tu voz
derruyendo
mis antiguas creencias
mitigando en polvo
mis estúpidos temores
mujer de urbanos y azules
cabellos
y sonrisa incólume de cristal

Si creyese en Braham(a)
creería en la reencarnación de
tu mirada
mas sólo creo
en tus desgarbados y sucios
cabellos
tan distantes
como verdes astros
ardiendo
que en noches como esta
en vano trato de alcanzar.

Qué puedo ofrecerte
sino
onírica amargura
mi abrasador lamento
un grito destemplado
lanzado
agónico al vacío
el poema
la noche me encuentra
ahora
entre anuncios luminosos
y vasos de aguardiente
delineando el atormentado
trazo de mi piel

Como un descarnado
cuadro de Van Gogh
y yo ya no sé
-qué será de mi-
lobo hombre solitario
en brutal desenfreno
por sórdidas calles

Si lo único real
ahora
es la irrealidad
de tu mirada

Mi vida constante agónico
ocaso
eterno suicidio
desesperado crepúsculo a punto
de extinguir

Ignoro
el sabor improbado de tus labios
y sin embargo cómo
explicarlo
me perteneces
desde antes del origen de los tiempos
desde siglos antes que
nacieras
y tú tal vez te preguntes
quien soy? que busco?
que pretendo al no cesar
nunca de observarte
yo soy aquel hombre
que has estado esperando
en tu larga contemplación de
los vacíos
el verbo absurdo que se niega inútil
a abolir el recuerdo

Ensoñación de un crepúsculo
que pugna desesperada por salir
suavidad de flores
cayendo encendida en la mirada
invierno de mar
huyendo desesperada de los trópicos
niña tonta que se niega
a usar tacones

Y abrir sus alas
y partir
sigue, sigue jugando
con tus muñecas azules
y tus ingenuos
origamis de papel
que yo velaré
de tu onírico sueño
de insulsos demonios
y oscuros dragones
que mantendré a raya
con mi roja espada
tan pura como el fuego
como el degollador de Pukará
como el hombre de Neanderthal
como el primer hombre
que habitó desconocido estas tierras
penetrando arma en mano
puñal en pecho
al denso enigma de tu ser
bombas molotov
tenues muchedumbres

Las 6:15

Y mis pasos
no hacen más que repetir
el eco intacto
de
tu nombre.

Rubén Grajeda (Perú)

PÁGINA 13 – Narrativa

El shock de “el futuro”

Por Martha Perotto (Río Negro)

El viajero descendió del tren en una estación equivocada. Supo, en el momento en que el tren desaparecía de su vista, que no estaba donde tenía que estar. Era, probablemente, un paradero. Se reprochó el haber cometido ese error, lo atribuyó a la oscuridad y al sueño profundo en el que venía sumergido. Sabía que algo, una voz, o una luz, lo había despertado y, semiatontado por el sopor, había interpretado mal las señales. ¡También!, viajar de noche, así, con las ventanillas cerradas (“por los posibles piedrazos”, dijeron al partir) hizo que sin pensar le acometiera un deseo impostergable de bajarse. El impulso le hizo tomar el bolso del portaequipaje en cuanto el tren se detuvo y bajar para averiguar en dónde estaba. Pero, en la estación no había nadie y el tren partió de inmediato.
La soledad del andén y lo precario del tinglado le hicieron pensar en una parada no habitual. Quizás había subido algún pasajero y por eso el tren se había detenido, o quizás fue un error del maquinista, un error parecido al de él.
Un cartel borroneado y destartalado indicaba que el parador se llamaba “El futuro”. ¡Qué ironía! Dio una vuelta alrededor de la plataforma y el tinglado y distinguió, a unos cincuenta metros, una luz encendida. ¿Una casa, un galpón? Hacia allí se dirigió. En la puerta, un Falcon verde de los sesenta encendió una llamita de esperanza en el viajero, tal vez pudiera llegar a un pueblo o una ciudad cercana para continuar el viaje. Recordó que no tenía mucho dinero, debía administrarlo con prudencia hasta tanto pudiera cobrar esas cuentas que habían motivado el viaje.
Golpeó y, sorprendido, vio que el hombre que le abría era Secundino Sánchez, el mismo a quien tenía que cobrar la deuda. El hombre lo saludó y lo hizo pasar como si lo hubiera estado esperando. Adentro, tres hombres jugaban baraja sentados a una mesa en la que tres cartas boca abajo marcaban el lugar que había abandonado Secundino para abrir la puerta.
Se sintió mal, un vahido, y pidió pasar al baño. Secundino lo hizo entrar a un ambiente demasiado grande, no obstante, en un rincón, un inodoro y una piletita con espejo parecían perdidos entre las estanterías cargadas de cajas que ocupaban las paredes. Cuando su acompañante lo dejó solo se sintió peor ante la poca intimidad que daba un espacio tan grande. Se acercó al espejo y tuvo compasión de sí mismo. Algo no funcionaba. Cerró los ojos ¿era su mente?, ¿estaba todavía dentro del sueño profundo que no había concluido y al despertarse seguiría hamacándose con el monótono traqueteo del tren? Deseó fervientemente que así fuera. Pero al abrirlos, volvió a ver el mismo rostro desencajado con la sombra de barba que aportaba cada nuevo día.
Se mojó la cara, el agua era salobre. Se secó con un pañuelo. Había dejado el bolso en la otra habitación desde la que llegaba un tintinear de monedas y el gorgoteo de la botella que circulaba con frecuencia. Bajó la tapa del inodoro y se sentó a pensar. Su cabeza era un verdadero caos. Lo que le ocurría era ridículo: había llegado adonde debía creyendo haberse equivocado. No podía recordar el nombre del lugar al cual pensaba que debía dirigirse.
Todavía le duraba el sopor del sueño interrumpido, no podía razonar con claridad. Metió una mano en el bolsillo y sacó una tarjeta que decía:
Secundino Sánchez
Ramos generales
Paradero “El futuro”. FFCC Roca
Pcia. de Buenos Aires
y un epígrafe:
“El futuro” es una estación desolada en medio del desierto.
La dio vuelta. Atrás, en letra menuda, estaban escritas las indicaciones para llegar: daba las 12 de la noche como hora probable de paso del tren por el paradero; advertía sobre la detención mínima del convoy que apenas le daría tiempo para apearse; sugería que se le pidiera al guarda que avisara al momento de llegar; por último, indicaba la ubicación del almacén con respecto al paradero.
Recordó, con alivio, la voz que oyera en el tren, probablemente era la del guarda que lo había despertado y le indicó que bajara; debió obedecer como un autómata.
Pensó que ya era hora de salir del baño, aunque se demoró todavía un poco al notar que se despedían en la otra habitación. Un momento después se oyó el motor de un coche que se alejaba. Salió.
¿Se siente mejor? le preguntó Secundino.
Sí, ¿y sus amigos?
Se fueron. Me hacían compañía hasta que usted llegara. ¿tuvo buen viaje?
Me ocurrió algo muy extraño.
¿Qué fue lo que le pasó? preguntó interesado.
Creí que me había equivocado al bajarme en este paradero. Todavía me dura la confusión.
No se preocupe, amigo. Usted venía muy dormido y en este lugar y a esta hora se confunde cualquiera.
Se sintió comprendido. Secundino estaba sentado junto a una considerable pila de dinero y en la mesa, frente a él, el as de espadas hablaba a las claras de su triunfo.
Siéntese dijo el dueño de casa y le indicó una silla.
Bueno, veo que ha ganado, por lo menos voy a poder cobrar la deuda.
Sí, amigo, yo siempre pago y exijo que me paguen. ¿ No quiere echar una manito?
No, no juego. Preferiría descansar si me indica algún hotel.
Quédese aquí, hay lugar y el próximo hotel está muy lejos.
¿Cómo hace para vivir en un lugar tan desolado?
Este lugar se llama “El Futuro” y, ¿sabe amigo?, cada uno tiene el futuro que se ha imaginado. El optimista lo ve hermoso y el negativo se aterroriza frente a él. Esta estación perdida es un poco como la vida. Aquí se esfuman las nociones de tiempo y de lugar. Yo vivo de las confusiones con el futuro. ¿Usted le teme?
La verdad que sí. No me gusta pensar en él. No me gustan ni las películas sobre el futuro. Prefiero vivir el presente y recordar el pasado.
De ahí deben venir sus errores de ubicación al llegar a una localidad que se llama “El futuro”. No se ofenda, es sólo una broma, aunque pienso que tampoco le gusta jugar por el mismo motivo. Nadie sabe cómo va a venir la próxima mano pero se arriesga. Una apuesta es una prueba de confianza en el futuro.
¿Le parece?
Sí. ¿No le gustaría echar una manito?
Estoy muy cansado, pero si insiste. Quisiera no temer más. ¿Qué apostamos?
¿Qué tal mi deuda?
¿Su deuda? ¿Y si pierdo?
¿Y si gana? Se llevaría el doble. El tren de regreso pasa a las 10 de la mañana. Juguemos a una sola mano.
El viajante se arriesga:
Bueno.
Secundino reparte. Al ver sus cartas el viajante sabe que va a ganar. El as de espadas reluce con brillo metálico. Y gana. Para él “El futuro” tiene otro color. El tendero le pide la revancha, sólo que no tiene más dinero. El viajante lo ve desaparecer por la puerta del patio y se tiende a dormir en el catre. Cuando se despierta ya no hay confusiones en su mente. El tendero no está. Prepara sus cosas y le deja una nota de despedida. Los planes se atropellan en su cabeza. Se va a la estación y al rato toma el tren. Ya en su asiento, ve aparecer a Secundino con el dinero para apostar.
Quiero la revancha le dice.

PÁGINA 14 – Narrativa

*Aparicio.

A Luis Gudiño Kramer, en memoria
Luna del río, río de la noche
burbuja de las cosas,
sangre de la tarde,
nube deshilachada.

Convengo que me perdí en los montes de la costa la extraña noche del 24 de abril. A no ser por eso, no hubiera querido Dios que yo cayera a lo de Aparicio justamente ese día y a esa hora. Las cosas ocurrieron así:
Salí avanzada la tarde a recorrer las trampas. El sol estaba ya casi sobre el horizonte brumoso pero, apurándome, calculé que el tiempo alcanzaría para hacer mi recorrida antes que la noche ascendiera desde los pajonales. Monté mi caballo y salí al trotecito del pueblo, galopando luego por el camino vecinal rumbo a los esteros. Llegué a la primera trampa cuando el sol muy rojo y velado alcanzaba la copa de los árboles. No había nada. Busqué la segunda trampa y en ella sólo encontré una pata de zorro. Pero la trampa se había trabado y me llevó mucho tiempo arreglarla. Cuando acabé, el sol se hundía ya entre los pajonales del bañado grande y todo el cielo se rompía en filamentos de sangre. Fue entonces cuando debí volver, pero el trastorno con esa trampa me irritó y seguí buscando, como si el sol de otoño se hubiese fijado en la sinuosa línea del estero. Soy hombre baqueano y la oscuridad no iba a asustarme, aunque, nuevo en ese paraje, no lo conociera bien. Lo cierto es que, cuando rastrié la última de las trampas, era ya de noche y la luna llena, una luna roja y achatada, subía por el Este en un cabrilleo de agua. Nada de caza, tiempo perdido al cuete –me dije, por caprichoso.
Cansado y encabronado me senté en un alto a fumar una chalita. Sabía donde estaba y con el caballo al paso no iba a errar el camino de vuelta. Y así me quedé mirando la luna roja, la luna inmensa y abollada que se desprendía suavemente de la negra barranca y viboreaba en el río filamentos luminosos e innumerables. Las ramas peladas de los árboles, las hojas afiladas de la paja brava se recortaban como espectros en el aire húmedo y negro. La brisa del Este, un aura apenas con olor a hierbas y a pescado, aventaba el humo de la chala y zumbaba en mis orejas. No sé que pudo ser lo que espantó al caballo, tal vez una sombra más dura que las otras, tal vez la corrida de una alimaña. Lo cierto es que no pude detenerlo a pesar de mis llamadas y muchas fueron las maldiciones que la noche sopló y el viento. Ahora la luna llena se había levantado, redonda y blanca, y alumbraba al sesgo la tierra rugosa, sembrando el suelo de pequeñas sombras alargadas. Terminé mi chala, estiré el cuerpo y me dispuse a caminar. Total nadie me espera –pensé.
Caminé por un buen rato orillando el río y llegué hasta la vuelta que lo aleja del pueblo. Después me metí en el monte rayado de sombras. Me orienté por las pisadas y me puse a silbar una milonga, triste como el monte nocturno arrastrando el crujido de las hojas, quebrando a mi paso las ramas caídas en el impenetrable silencio. Y allí me desorienté, con la luna alta ya sobre mi cabeza. Y di vueltas en torno a los mismos árboles, sin hallar una senda ni un punto que me guiara, girando sobre mi cuerpo como una rueda loca, atrapado en la maraña de las horas, sin poder hallar, siquiera, el cauce del río, la punta del ovillo, sólo con ese chistido y ese crujido de mis pisadas, levantando del suelo el rumor de otras vidas, de otras voces. De pronto el monte se cortó en un claro alumbrado por la luna y fue como se me encandilara. Era un lugar redondo, como la luna misma, y en redondo giraban los carpinchos en la noche, erguidos sobre sus patas traseras, oscilando en la ronda de su instinto bajo la luna de otoño, fantasmales en la ronda de sus peludos cuerpos, girando torpemente en su danza del celo y de la vida. Me quedé mirando, tan sorprendido que hubiera permanecido allí muy quieto el resto de la noche. Fue la lumbre de un fuego distante el que me movió a seguir su rumbo, alejándome de los carpinchos que ahora chirriaban olisqueando en el aire de la noche mi presencia ajena.
El fuego brillaba lejos, desaparecía en la fronda del monte para reaparecer indistintamente a izquierda y derecha según el contoneo de mi marcha. Que no se vaya a apagar –me dije haciendo una higa. Y para desgracia mía el fuego no se apagó.
Demoré una hora, creo, en alcanzarlo. Y cuando estaba cerca vi de nuevo el río y en un abra del monte el bendito de Aparicio.
Aparicio estaba en cuclillas junto al trípode, alimentando el fuego con ramitas, y la olla de hierro humeaba y burbujeaba con un olor a laurel y a tomillo. Cuando me acerqué se limitó a mirarme, los ojos entornados por el humo entre un ladrido de perros bravos.
-¡Quieto Nativo! –gritó- ¡Quieto Podenco! ¡Quietos perros! –sin cambiar de postura, sin apenas moverse. –Pase amigo –dijo-, venga por aquí –entre el gruñido de los perros erizados de inquina.
-Salud, Aparicio –le dije-, perdone que lo jorobe a estas horas, pero me perdí en el monte.
Aparicio tomó un tizón y lo arrojó con violencia a los perros, y los perros se dispersaron con la cola entre las patas.
-Parecen como cebados –dijo-. Venga amigo, siéntese. Ya va a estar el tapichí.
La noche estaba fresca y me hizo bien sentarme junto al fuego del indio Aparicio, en el suelo, extendidos los pies mojados a las llamas, echado en la tierra para tomarme un descanso. Allí encendí una chala y me quedé mirando las brasas. En lugar de acercarme al pueblo me había alejado, y ese sitio era bastante bueno a esa hora para estarse allí a la lumbre hasta que amaneciera. El olor de la comida me dio hambre, tanto que, lo juro, hubiera comido hasta llenarme a pesar de mis reparos. Pues se me ocurrió que en esa olla estaba la explicación de mis trampas vacías; sólo después se me ocurrió pensar que las pieles no estaban por allí, ninguna piel estaqueada para secarla al sol.
-Tuvo buena caza, parece –le dije con toda intención y Aparicio se limitó a gruñir olisqueando el aire.
La escopeta oxidada colgaba del larguero del bendito, junto a un costillar infantil que se estaba haciendo charqui. Los perros se habían echado en círculo, rodeando el fuego, y desde las sombras me seguían sus miradas encendidas. Al muchacho no lo vi y pensé que estaba durmiendo.
-¿Y su ahijado no anda? –le pregunté a Aparicio por no quedarme callado.
-Se fue con la mamá –dijo Aparicio, removiendo el tapichí con una rama de laurel, y las llamas lo alumbraron de rojo entre el humo espeso del guisote.
-Así que se ha quedado solo…
-Eso es, amigo –contestó de mala gana, con un pesado arrastre que me sonó a amenaza.
-¿Vive lejos la madre?
-Está por el Ubajay.
Yo ignoraba que el chico tuviese madre (en realidad no la tenía, como después se supo), pero no insistí ya que a Aparicio no le gustaba que le preguntaran eso, según se veía.
-Yo anduve recorriendo mis trampas y después me perdí –le dije pausadamente y con intención-. No encontré ni un solo bicho, nada más que la pata de un zorro.
-No hay ninguno por aquí en la estación –dijo Aparicio y me miró de soslayo con su mala mirada.
Yo miré la olla humeante y después el costillar que la brisa hamacaba lentamente.
-Eso es –dijo Aparicio y se quedó en silencio, mordiéndose los labios.
-Sin embargo vi bailar a los carpinchos en un claro del monte no hace mucho –dije para mí en voz alta y algo, acaso, me pareció que no encajaba, las palabras de Aparicio, el costillar colgado, el tapichí que gorgoteaba en la olla.
-Andan escondidos en el monte, andan en celo –dijo Aparicio-, y no muerden las trampas. En esta época hay que ser muy baqueano y tener buenos perros para cazarlos.
Me senté abrazándome las piernas con un escalofrío, tan cerca del fuego que la lumbre me ardía la cara.
-¿Y el chico no va a volver?
-Se fue por mucho tiempo.
-Lástima quedarse sin su compañía en esta soledad.
-Lástima, sí.
El tapichí borboteaba en la olla de hierro y Aparicio agregaba cada tanto una ramita a las llamas.
-Ya le falta poco –dijo- y va a estar muy rico. ¿No tiene una ginebrita?
-Ni una gota. Se me espantó el caballo.
-Búsquese un plato, si quiere. Por ahí ha de estar el plato del chico.
Yo no me moví de junto al fuego.
-Es muy gauchito el pibe, ¿no?
Aparicio me miró por encima de las llamas con su mirada negra y huidiza. La mirada de un largo acosamiento, esquiva y secreta y un poco enloquecida.
-Y, no crea, don, era demasiado travieso –dijo entredientes, con un susurro apenas audible.

Esta grapa está mala y sabe a pescado, ¿dónde la conseguiste gurí? No sé por qué te hablo si vos ya no podés hablar, ni andar ni reír, cachorro de la luna, se te acabaron las gracias chico desobediente, se te acabaron las risas, animalito salvaje, todo galope, todo malicia, pero qué digo, caramba, si vos ya no estás, si ya sé que te has ido al rincón soleado, a la tierra florecida de noviembre, paso a paso, trote a trote, dejándolo solo a este viejo en la ribera sin ayuda de nadie, aquí, en la orilla del agua y el sol de la mañana, el mismísimo sol que hierve y burbujea en el caldero de cobre, aquí, junto al monte perdido y las alimañas de la tierra negra, porque yo, yo te quería, ¿sabés?, eras el hijo que nunca tuve y eras mi ayuda y mi compañía, aunque a veces te cascara, ¿no?, ya ves, te lo dije muchas veces, de nada sirve la picardía ni la gracia ni el tino cambiante de esos rencores, de nada estos desvelos; qué mal paga la vida el calor que supe darte un día, cuando eras gurí, no tanto como el calor del fuego que te disuelve, no tanto el ardor de la llama que enrojece el caldero, gurí de los ojos negros y de la piel tostada por el viento, y ahora no, ahora un animalito de los montes cazado a perdigonadas a la lumbre de la luna y el ladrido de los perros, ¡caray!, te han mordido pobrecito por andar a la espantada en la noche del río, solo por allí aventando con tu miedo la saña de los bichos (y yo lavé tus heridas una a una con agua fresca y clara, vos no lo sabés, cierto, porque vos te has ido a la tierra de los gamos, a la tierra de los frutos, hecho una cosa toda de luz y para siempre lejos del sufrimiento que endurece al hombre y de la rebeldía que lo puebla de odios y cuajarones de espuma y sudor y llanto), sí, de los bichos que por lo menos han vuelto y crujen sus barrigas y sus bocas babean en espera de su parte, y la tendrán, ellos la tendrán por no irse a mezclar como pordioseros con la opulencia de la ciudad, como roñosos, dolidos mendicantes de oscura piel, no irán a pedirle a nadie una limosna indigna… ¿Por qué me hiciste enojar? Mil veces te tengo dicho que no me escondás la ginebrita enterrándola por ahí con la munición, que no soy ciego para seguirle el rastro a tus pisadas en el polvo; mil veces te he pedido que me mirés a los ojos sin pestañear cuando te pregunto algo, chico de porquería, y mil veces también que no tratés de engañarme con tus trucos y rarezas, carne doliente, carne trozada, humito de la hierba en el humo del agua, en el hervor del agua, en el sabor gustoso de la carne y del agua, ya sé que me estás mirando, oculto por allí en la frondosidad de un árbol, en la estela de una sombra, en la mancha de una mata anochecida, y sé que me estás mintiendo en la tristeza de tus ojos, por qué tenés que sentir en el fondo de tu mirada que soy poco para vos y que vos sos poco para mí, si en la extensión de este suelo estamos solos los dos y yo te quiero y vos debés quererme, qué diablos, tanto así que tu madre me lo pidió y yo le hice mi promesa al borde mismo de la muerte, en San Javier, en la mañana de junio, y yo he cumplido y vos has descumplido, día tras día, mes tras mes, de esas palabras buenas… qué tiene de extraño, pues, que yo te haya retado y golpeado si sos cabeza dura y nada te corrige de andar por allí zumbando, y si la luna tan llena y tan grande te cambió de piel y fuiste un gamo galopando al viento delante de los perros, largo, lejos, sin pensar en tu carrera que una rama tumbada iba a tumbarte en el abra del monte, y a herirte y azonzarte, cercado luego de un círculo de dientes y gruñidos, volcado luego en la criba ardiente de esas gotas de rocío que en el trueno de la noche te acosaron, una vez y otra, y en la torpe mordedura de las bocas afiladas, sangre sin rostro de junio en la luna de las tormentas, hueso partido, carne trozada, ahora te consolarás con darle tu fuerza a este pobre cuerpo cansado de penurias, trabajado de dolores, endurecido de tristezas, arrancado de cuajo de su tierra verdadera, y tu carne alegrará mi carne, y tu muerte alumbrará mi vida, el arrastre de mis pasos, la locura de mis sueños, el peso de mi memoria, trocito a trozo de tu carne nueva y de tu sangre dulce, dulce como el panal de las lechiguanas en este crisol de Dios y el costillar al viento.

Si esa madrugada yo estaba hambriento por el frío y la caminata, no puedo decir ahora por qué dejé de codiciar esa comida, por qué sentí reparos de ese costillar colgado y ese tapichí que burbujeaba en la olla de tres patas cerca del alba, tan a deshora; qué súbita sospecha me alertó de ese rito del fuego que Aparicio desplegaba acuclillado en la noche de abril. Lo cierto es que algo se me atragantó y ya no tuve más hambre, sólo quise irme y me levanté.
-Voy a ganar tiempo –le dije a Aparicio Garay- desde aquí puedo orientarme. Puedo llegar al pueblo con el sol sobre las islas.
Y me sacudí el polvo y me fui.

* (Historia basada en el caso de antropofagia cometido por Aparicio Garay en el año 1936)

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

Palabras para acallar auroras
(a mi amor de siempre)

Tengo que decirte, amor,
que he seguido floreciendo entre cansancios
y lluvias que venían amamantando auroras
desde el lado opaco del recuerdo.
Que apenas pude acallar tus labios
con mis dolores antiguos de viejo caminante sin báculo
y con sorpresas, que te sentí siempre
desde el silencio de las noches grises,
que te he soñado con ansias incrédulas
más allá del celofán gozoso de tus promesas.
Tengo que decirte, amiga,
que sigo abriendo baúles
como si fueran del primer amor callado,
que cada noche te aguardo y te encuentro
debajo de mis insomnios de viejo lobo
de las estepas sucias, que en cada golpe
de estribor del viento sin rumbo
tu quilla me lame con olas rudas.
Que temo al día
y a las madrugadas
secas,
que cuando sudo
con cuerpos que no son míos
más que para sanar dolores
mis miedos se escarchan todos
en tu regazo.
Que soy pequeño y desvalido
sin tu sonrisa.
Que apenas valgo centavos
sin tu fuerza de madre-hembra.
Que acallar auroras
es imprescindible para mis sueños...
Tengo que decirte, mujer.

Luis E. Prieto (España)

Graciola
-hierba de las calenturas, hierba del pobre-

Graciola
Crece rápido
sobre la margen izquierda
del río Paraná

Graciola
se parece mucho
a mi corazón
es razón
para querer esta chica
o la hierba mágica
del pobre

los cazadores
son unos criminales
sólo hablan
de cazas y de sangre
entre sus disparos
y el ladrido de los perros
Graciola
-la hierba mágica del pobre-
vibra
sufre
y se esconde
entre sus hojas temblorosas

el viento
sopla
fuerte
los cazadores
cultivan felicidad y sorpresa
ante ellos
los perros
sin dejar de ladrar
o de olfatear
siguen el rastro

por último
los cazadores
se reconcilian
muertos de cansancio

aliviada
libre
y a ralentí
Graciola florece
y parece tan alegre
en su conjunto de luz

hace viento
el viento sopla fuerte
yo
igual que un chico
tan pobre
tan rico
tan calenturiento
me llevo muy bien
con Graciola

me gusta tumbarme
como una liebre cansada
en el sofá verde
muy cerca de ella

Graciola merece
unos mimos tiernos.

Youssef Rzouga (Túnez)

Supervivencia

Ese fue el día de la tormenta de sangre
y el anunciado linchamiento de las aves.
La amapola comprendió que ya nunca será rosa.
Los árboles, vencidos, fueron despojados de sus hojas
y los parques de invierno clausurados para siempre.
Los sueños quedaron sometidos al toque de queda
y se decretaron nuevas restricciones de cariño.
Se puso precio a la cabeza de la luna
y se prohibió la lujuriosa exhibición de las estrellas.
El mar tuvo que huir para no ser sumariamente ejecutado.
Sus vástagos dolientes fueron condenados
a trabajos forzados en las relucientes turbinas
de las modernas centrales hidroeléctricas.
Todos los defensores de las causas perdidas fueron ajusticiados.
Y los supervivientes se postraron, sumisos,
ante el todopoderoso dios que sonreía satisfecho
desde su regio trono tapizado de muerte.
Nadie advirtió la sombra inquieta del pequeño topo
que ya estaba socavando los cimientos.

Sergio Borao Llop (España)

Tiro los pájaros muertos
del estante de la cocina
y me lavo las manos
libre de húmedas preocupaciones
que dejan huellas en todas partes
en puertas y marcos
me caigo
y me lastimo rodilla y manos y nariz
contra el suelo en la casa vacía
reconozco el olor
cuando se agujerea un ángel

Pía Tafdrup (Dinamarca)
Traducción de Francisco J. Uriz.

Quiero olvidar.

Quiero olvidar a este hombre que murió
porque no opinaba como los míos.
Quiero callar el suspiro sombrío
de estas amapolas negras
que crecieron sobre los cuerpos vencidos,
estos cuerpos que yacen en el sepulcro del rencor,
y que mueren cada día un poco más
porque la misericordia tiene amnesia.
Quiero olvidar estos seres desencarnados,
estos ojos que veían la muerte,
estos labios que presentían la tortura,
estas manos que se agarraban aux barbelés
de los campos de la ignominia.
Quiero olvidar a esta mujer que tuvo la culpa
da amar al que no ganó la paz,
a este mujer que arrastra su alma atormentada
por un campo segado de amor y de cordura.
Quiero olvidar a esta mujer sin luz
que mora en la agonía de los días que fenecen.
Quiero olvidar a estos huérfanos del exilio
que vagan por el mundo sin saber a que tierra pertenecen
porque un día maté a un hermano
que no opinaba como los míos.

Harmonie Botella Chaves (España)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

Infancia y autodescripción.
A propósito de un niño de Th. Bernhard.


Por Miguel Catalán (Valencia/España)


En la breve novela autobiográfica Ein Kind (Residenz: Salzburgo, 1982), el escritor austriaco Thomas Bernhard hace memoria de los primeros ocho años de su vida. El autor evoca en ella la experiencia de culpa que le provocó el hecho de escaparse de casa en bicicleta para visitar a una tía que vivía en Salzsburgo. La culpa de su fuga es absoluta. Nadie puede perdonarlo. El niño que ha de volver a casa después de su escapada se ve a sí mismo como un monstruo sin paliativos, sin el auxilio de la racionalización ni el apósito de las palabras defensivas que mitiguen el dolor, la vergüenza, la humillación del momento. La permanencia en la mente adulta de este desangrarse en privado de la experiencia infantil remite al componente neurótico del escritor literario, ese adulto que da la espalda a la vida de relación para vivir concentrado frente a una máquina de escribir o un manojo de holandesas. La persistencia del recuerdo egocéntrico narrado por Bernhard en estilo indirecto se mueve en el estrecho margen que separa la genialidad de una neurosis que se complace en volver, frente a la decepción ética de la vida adulta, al abismo alternativo de desventura y felicidad que constituye la infancia. La literatura y la infancia casan tan bien, y no sólo en Bernhard, porque ambas aspiran con pasión excluyente a la sinceridad. La primera, porque dice la entera verdad al hablar de los personajes. Pues sólo cuando uno está hablando de otros habla de sí mismo con toda sinceridad, aunque no pueda hacerlo sino de forma indirecta. La segunda, porque el niño todavía no percibe el efecto en los otros de la verdad dicha sobre sí mismo, y, por tanto, no ha descubierto aún la necesidad de la mixtificación. El niño sólo se reconoce a sí mismo desnudo. Cuando se ve vestido, es porque otros lo han vestido para la ocasión.

Si a veces nos parece literatura auténtica sólo o principalmente la basada en la infancia, como sucede en el universo proustiano, o la basada en el sueño, como ocurre con el universo kafkiano, se debe a que la narratividad psicológicamente relevante es aquella en que el autor trata de sí mismo. Esta proposición se fundamenta como sigue: si bien es cierto que podemos escribir con conocimiento de causa en tercera persona acerca de las experiencias de los adultos que nos rodean, es imposible escribir con plena convicción en tercera persona acerca de las experiencias infantiles (u oníricas) de otros adultos. Y sólo estas son las existencialmente decisivas. En tanto a los niños les ocurren experiencias absolutamente únicas que luego, al leerlas, advertimos que son universales porque también nos ocurrieron a nosotros, a los adultos les ocurren experiencias genéricas mediadas por la tradición, la razón y el lenguaje, es decir, sometidas al dominio general de la máscara. El análisis y la experiencia secundaria sepultan con su peso la creatividad y la experiencia primaria. La definición de “adulto  creativo” que da Ursula K. Leguin como “niño que ha sobrevivido” se limita a confirmar las sorprendentes excepciones de este aplastamiento general. La experiencia primaria infantil, sin puntos de comparación a los que acogerse ni mecanismos de defensa bajo los que ampararse, procura una materia prima apropiada para penetrar con ayuda de la pluma hasta el corazón de la experiencia individual. La experiencia secundaria, para escribir ampliamente de historia, crítica o economía.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

Hablan de nosotros

LA GACETA LITERARIA DE LA WEB

Sigue corriendo la voz de los escritores de la zona.

En febrero se anunció la suspensión de la publicación de la revista Gaceta Literaria de Santa Fe, sin embargo la escritora Norma Segades-Manias propuso la continuación de ese espacio literario en la web.

"Suspende su publicación la revista Gaceta Literaria
”, informó El Litoral en febrero. Luego de 26 años de aparición ininterrumpida, la comisión directiva de la revista estableció un paréntesis en su publicación, "una pausa necesaria para establecer nuevas bases económicas que la sustenten y para reorganizar su aspecto constitutivo", consignó, tras dar vuelta la última página con la publicación N° 131. Sin embargo, vía correo electrónico, llegó a varios santafesinos el link para arribar a la Gaceta Literaria  

http://www.gacetaliteraria.blogia.com.

 “Gaceta Literaria de Santa Fe, una revista literaria trimestral con honestos 26 años de aparición ininterrumpida. Hija dilecta del Profesor Luis Di Filippo estuvo desde 1981 a 1996 bajo la dirección de su creador y, a su muerte, desde 1997 a 2007 de su albacea, Jorge Taverna Irigoyen, y un consejo directivo", dice Norma Segades-Manias, quien integró ese consejo directivo junto a Jorge Alberto Hernández y Arturo Lomello, y el administrador Manuel Bande.

Segades-Manias cuenta que, a fines del año pasado, la situación económica-financiera no dio tregua. Fue cuando no alcanzó con la buena voluntad del grupo de adherentes -"cuya nobleza y altruismo, prolongándose en el tiempo de la resistencia cultural, posibilitaban la materialización de este sueño"- para solventar el costo de las ediciones. "Comenzaba para cada uno de nosotros la era de las antesalas y el peregrinaje para recibir subsidios y, a los problemas de salud, debíamos agregarle los del escaso tiempo que nos dejan nuestras actividades", señala la docente y escritora. Fue entonces cuando la directora de la publicación digital, tras el resultado de la desalentadora reunión y con el apoyo de los escritores presentes, decidió llevar adelante este proyecto personal de "continuar compartiendo los quehaceres literarios de los santafesinos en el ámbito universalizante de la web".

Escritos


En la Gaceta de este mes se pueden encontrar notas de opinión, artículos ensayísticos, narraciones y poemas de los siguientes autores: Lisandro Romero, Fortunato Nari, Ariel Giacardi, Miryam Colombotto de Seia, Silvia Schönhals, Eric Courthés, Darío Schvetz, Raúl González Tuñón, Estanislao Giménez Corte, Maisi Colombo, Ernesto Charpentier, Olga Lonardi, Manuel Lozano, Rosita Escalada Salvo, Carolina Orlando, Rubén Vela por Juana Arancibia, Lermo Balbi, Norma Alloatti, Eva Durán, Juan Carlos Morales Mejía, Livia Díaz, José Geraldo Neres, Karla Sánchez Barreto, José Luis Pagés, David Lagmanovich, Matchornicova, Kama Kamanda, Francesca Gargallo, Marina Aoiz Monreal, Luisa Futoransky, Irma Bignon.

Segades-Manias habla de la selección de los textos: "el único criterio es la lamentablemente siempre subjetiva evaluación de los trabajos presentados según una personal e insoslayable interpretación estética". Y agrega, "quienes hemos nacido en este ámbito provinciano, conocemos muy bien la idiosincrasia de los santafesinos: callan, observan, participan, pero muy pocos aplauden. Lo bueno de todo esto es que, luego de 61 años, ya estoy acostumbrada, es decir, no lo tomo como indiferencia sino como manera de ser".


 

NÚMERO ESPECIAL - DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

NÚMERO ESPECIAL - DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

GACETA LITERARIA - NÚMERO ESPECIAL – MARZO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la obra de la joven fotógrafa iraní Shirin Neshat
Obra: Woman of Allah

PÁGINA EDITORIAL

El revés de la trama.

«...la Naturaleza no las hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico: así las limitó el entendimiento y, por consiguiente, les tasó las palabras y razones» Fray Luis de León

En este tiempo conmemorativo, en estos días destinados a mirar debajo de la alfombra para zurcir errores y reforzar puntadas, nuestra revista se complace en difundir, desde su particular territorio, la obra de mujeres que trabajan, en forma sostenida, por el quehacer cultural de sus países de origen o de residencia.
Lo hace disponiendo para ellas, para cada una de sus voces, para su personal caligrafía, una región vacía de eufemismos, encasillamientos clasificatorios o conductas tendientes a sistematizar enfoques, miradas, perspectivas, para exponerlas, después, sobre matrices cuadriculadas.
Porque no es la primera vez que expresamos nuestro pensamiento afirmando que lo verdadero, lo importante, lo significativo, no es más que la entrega de una mirada propia a través de la lente, del pensamiento, de la imaginación. No es la primera vez que sostenemos que son estos los instrumentos a través de los cuales se posibilita la comunicación, el testimonio, la comunión con el resto de la humanidad. No es la primera vez que manifestamos que a través de este enlace, de este encuentro, queda al descubierto una singular manera de vivir, de soñar, de amar, de comprometerse en el lenguaje del espíritu. Y no es la primera vez que defendemos la idea de un idioma totalmente asexuado.
Sin embargo, comprendemos que la resistencia cultural y sus substanciales avances en el área no han logrado impedir que, en la esfera doméstica, laboral, educativa, en la actualidad de muchas realidades sociales a lo largo y a lo ancho del mundo, haya derechos fundamentales que continúan sin respetarse. Que, pese a las miradas solidarias, aún subsiste un injusto anonimato entre aquellas que fueron predecesoras en la lucha, el arte, la música, la ciencia, la mística, la vida. Que resulta difícil esconder los talentos bajo las llaves de una cultura sexista, de una cultura basada en la inferioridad y la sumisión femenina, de una cultura sustentada en marginalidades, incomprensiones y clausuras. Que es casi impracticable asumir la insolencia de mostrar el revés de la trama sin desertar al puesto en las trincheras, codo a codo con quien les devalúa la confianza, y, pese a todo, sin dar tregua, continuar aceptando el desafío de sostener andamios, apuntalar ternuras, consolidar la sed y los incendios, reavivar indulgencias, parir el equilibrio cotidiano.
Entonces, aunque sea de manera fragmentaria, por la reivindicación de una dignidad que su trabajo y el de las antecesoras demanda desde las tinieblas, desde el silencio de esta historia patriarcal que infligiera condena de mordazas a aquello que surgía de todas las honduras femeninas como si fuesen ecos de otro universo, pieles de otro lenguaje; si bien no suscribimos, por una cuestión de sentido común, a los homenajes instaurados, las fechas establecidas o las jornadas montadas como insubstanciales actos de desagravio; la tenaz sonoridad de sus pasos trasponiendo costumbres, modelos, principios y preceptos y alguna desmemoria ejercida a mansalva, bien merece suplirse por esta modesta difusión de algunas producciones femeninas como consideración a desempeños que no se obtienen sino a través de esfuerzos intelectuales legítimos.

PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINAS

Sonoridad junto al rocío.

X
Llovizna / sobre la garganta de antiguas
casas de piedra /
sobre la frente de pesadas estatuas.
Llovizna / sobre los muelles serenos.
Llovizna /
hija de la nube y del otoño manso.

Descansa / sobre los párpados / que no pueden
regresar / más que en oscuro sueño derrotado.

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

El orden

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista/Santa Fe/Argentina)

III – con víboras

Tengo encerrada una serpiente en un frasco verde.
En realidad el frasco es transparente
la serpiente es verde.

No es una serpiente
dice mi hija
es una culebra enorme y larga
destrozada por un perro.

Soledad colecciona culebras, serpientes, víboras.
Reptiles.

En fin
: mira la belleza donde pocos la ven
Se ha vuelto sabia.

Puede raspar escamas
para separar
lo que parece
de lo que es.

También yo mudo de piel
de invierno a verano

el que me conoce
no me conoce
y dice que quiere a la otra
la que empuñaba su lengua bífida
en vez de abrazar el silencio

busca a la que no soy

la que vendrá ya está en mí

Patricia Severín (Reconquista/Santa Fe/Argentina)

De a ratos

a mi padre

el fuego era celeste
en el umbral levísimo de la mañana

la sombra del ciprés
casi un cuchillo
abría en el agua, despacio,
su fuga

en la otra orilla
la niebla contrastaba
el ocre muerto de las hojas

a nuestros ojos
lo único perenne era esa despedida:
una extrema raíz
y su desprecio

Nora Hall (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Los dones

Suspendida en su aliento
Magdalena puja.
Un olor mineral
sube de los jardines
del tiempo detenido
y toda la historia de las eras
se le viene asida
al cordón del navegante.
La rosa agiganta geometrías
en el límite de la carne.
Ella sabe que los dones
están de ronda,
que el más sereno
parece una madona,
que le brilla la piel
y tiene los ojos entornados;
que el otro es una máscara:
Mezcla mujer y hombre
y sacerdote y macho cabrío,
que anda cejijunto,
anguloso de pómulos
y con lenguas sibilantes.
Del centro del ciclón
igual que Ulises
vendrá confuso el navegante.
Los dones lo aguardan
con los brazos extendidos.
Ella sabe

Verónica Capellino (San Cristóbal/Santa Fe/Argentina)

La escritora.

“... porque hasta el último hálito de vida
voy a aferrarme a la conciencia.”
Leticia Ricárdez
(México)

La voz estalla en huecos de conciencia
con un gesto de espiga reclamándole al siglo sus silencios culpables.
La voz se eleva triste, sin ritmo de panfleto admonitorio
ni cadencia de muerte multiplicando coágulos
ni palabras convulsas.
La voz busca engendrarse
con semen de fogatas pulsando en la vigilia,
en el cántaro azul de una esperanza ejercida a mansalva.
La voz quiere ser clara como el agua en la lluvia o la luz en la aurora.
La voz quiere ser largamente pura.

Pero ella no suscribe al disimulo,
renuncia a los secretos, abdica a los disfraces, reniega de mordazas.
Entonces ya no puede consentir los dolores encrespados,
admitir los vendajes que ciegan las pupilas,
omitir la denuncia.
Entonces se apasiona,
entonces se derrama como un bálsamo tibio
entre todas las llagas rigurosas, entre todo el agravio,
entre todos los odios que invaden la intemperie cuando la vida exhibe
sus colmillos de eclipses y penumbras,

inventa algunas treguas tutelares,
alguna fe propicia que le encienda horizontes a pesar del espanto,
algún síntoma breve de escasas indulgencias malheridas,
un resto de plegaria agazapada
que funde otra liturgia...
Pero en el fondo sabe
que algo viene creciendo a través de la pena
que, más allá de la quietud del viento, el hambre anda en jaurías,
que tiene el corazón de pie en las coordenadas del más hondo cansancio,
que tiene el corazón sobre la furia.

Norma Segades-Manias (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

El laberinto de la justicia

Por Liana Friedrich (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

-Dominique, ¡suerte que te encontré! ¿Querés venir conmigo?... Unos días de pesca nos podrían venir muy bien, lejos de la city y del mundanal ruido… Te ayudarán a relajarte, después de tanto trajín.
Las palabras de mi amigo Ruiz, pronunciadas un viernes cualquiera, en un lugar cualquiera, señalaron el comienzo de un fin de semana distinto de todos los anteriores, porque nos marcaría para siempre. (Es cierto: hay momentos decisivos que pueden hacer variar definitivamente el rumbo de la historia…)
Una tormenta de lluvia y viento se desencadenó repentinamente, vaciando el cielo con fuerza sobre las tiendas de campaña y arruinando nuestros víveres, inundándonos de pavor e incertidumbre en mitad del trayecto entre las tres fronteras que triangulan el alto Amazonas. Habíamos perdido el rumbo, en medio de la selva que tapiza el suelo irregular, a sólo doce kilómetros de distancia del refugio… (“La fe te salvará”… ¿acaso no puede mover montañas?)
El entorno cálido y pegajoso, sombreado de helechos arborescentes, y sazonado con el embriagador olor de los cocos, nos seducía tentándonos a arrojarnos sobre ese suave cobertor de musgos, engarzado de mica, cuarzos y feldespatos. En medio de la pluviisilva tropical, donde las plantas luchan desesperadamente por acercarse a la luz, parecíamos dos buscadores de quimeras tras las huellas del caucho… Un monito burlón, con cara de calavera, se balaceaba sostenido de las ramas con su cola prensil, cuando repentinamente el paso se estrechó, por sobre el abismo de la cascada, en un rústico y medio derruido puente levadizo (¿…Sería aquél el paso del indio, que los aborígenes llaman “puente de los suspiros”, porque -según la leyenda- conducía a los condenados hacia su morada final?).
Del otro lado, la cara pétrea del templo sobresalía sobre un promontorio de caliza blanca, reverberando al sol y desafiando al tiempo, desde las fauces eternamente abiertas de los dos estáticos jaguares que custodian su entrada, como guardianes de un pasado ignoto… ¿Una construcción tan imponente, perdida en el medio de la nada?... (Hay quienes sólo creen en lo que ven sus ojos. Pero… ¿dónde se encuentran los límites de lo real? O bien, ¿cuál será su autenticidad?).
Sabemos que el llamado “oro de los tontos” –junto con otros minerales como el cobre- puede atraer, en condiciones de estática, la energía cósmica, produciendo chispas en el aire pesado e incluso llegando a conformar fenómenos tridimensionales… Bueno, pero por otra parte, podría ser que quinientos años atrás allí bullera la vida, invadiendo los rincones –libres de malezas, cuidadosamente aseados- de risas y cantos laboriosos… Pero ahora, esta imagen surgente, tan sorpresiva como una intrusión surrealista en una pintura del Renacimiento, constituía un signo más bien apocalíptico que mesiánico.
-¡Shhh!… Alguien se acerca, chapoteando por el vertedero… me susurró Ruiz.
-“El Señor es mi pastor. Nada nos faltará”, evoqué casi inconscientemente el texto bíblico, mientras sin dudarlo más, nos metíamos –o mejor dicho, nos zambullimos- dentro de la boca excavada en la roca. (No siempre el miedo es paralizante…A veces puede ayudarte a sobrevivir).
El laberinto de oscuros pasadizos parecía atraparnos en un mundo de pesadilla, arrastrándonos hacia el recinto subterráneo, donde se hallan ocultas las celdas. En esos fosos aterradores no había ni luz ni aire: sólo humedad y un hálito enfermo de podredumbre. Huesos humanos, esparcidos por todas partes, hablaban a las claras de la despiadada intromisión de los profanadores, quienes despiertan con sus golpes del picos y palas irreverentes, el sueño eterno de los muertos, en busca de mitos y tesoros. (…¡Es que irremediablemente se apoderarán de nuestro pasado, pieza por pieza, hasta hacer que desaparezca la historia?)
La puerta de la cámara de torturas estaba disimulada en una pared de piedra, cubierta con bajorrelieves. Una leve presión hizo que los goznes –también de piedra- giraran sobre sí mismos con un chirrido agudo. (Quizás de ahí provendrían los gritos de agonía de los prisioneros interrogados por los inquisidores, hasta hacerles arrancar una confesión después de despellejarlos lentamente, o de punzarles los ojos…).
Tal vez, era allí donde el Consejo de los elegidos por las familias más antiguas de la comarca, se reunía para tomar las decisiones, sin dar cuenta a nadie de sus juicios. Las bocas de las serpientes de piedra, ubicadas a cada lado del altar de los sacrificios, testimoniaban estas suposiciones, como a la espera de ser usadas nuevamente, a modo de buzones, para recibir las acusaciones destinadas a los herejes.
-Hay una pequeña abertura en la pared, detrás de los escombros… A ver…
El osario apareció sorpresivamente: una caja de piedra en cuyos laterales se hallaban tallados misteriosos jeroglíficos. (… ¿serán caracteres en lengua aymará?). En la semioscuridad no alcanzábamos a descifrarlos… Por fin, después de cientos de años, esos huesos –probablemente pertenecientes a alguna real investidura- verían la luz… Pero justamente, la débil luz de la lámpara de querosén osciló agitada por una repentina ráfaga, mientras a nuestras espaldas una asombra se agigantaba amenazante.
Hay momentos decisivos que pueden cambiar el rumbo de la historia: dar un paso hacia delante o un salto hacia atrás (… como también hay instantes para repetir errores irreparables o para crear un mundo mejor.) Y este era uno de esos momentos: una oscura figura, de larga melena y barba blanca, como la de un santo, se aproximaba casi flotando sobre una nube de sueño, el sueño de los siglos.
-¿Es esto posible? ¿Sería la maldición de la tumba real, materializada al liberarse la energía del osario?- traté de reflexionar, a pesar del estupor; en cambio, me dije, como para calmarme: -Mmmm… No creas en todo lo que veas… Podrías terminar atrapado por los lazos engañosos de la ilusión.
-Salgamos de aquí de inmediato, entonces me gritó Ruiz, dirigiéndose hacia una especie de claraboya abierta en lo alto de la bóveda -por donde se colaban hiedras y raíces intrincadas- y trepándose, con rapidez felina, desde el altar del centro. Yo, por el contrario, no podía moverme: esos ojos extraños, fulgurando desde un rostro de expresión hierática, parecían atravesarme con su hipnótica mirada, clavándome inerme en el piso del recinto.
-Considera esto como tu entierro, oh, invasor. No dejaré que el demonio infecte el mundo con su ejército de asesinos. Cinco siglos han pasado, pero aún el juego debe continuar: esta es una cacería a muerte, sus palabras sin labios parecían así penetrar mis pensamientos, como una daga.
No sé cómo, pero finalmente logré amarrarme a la cuerda que mi amigo arrojó desde la abertura verde, por donde me colé, enredándome entre las lianas que destrozaban mis ropas hasta arañarme la piel. (…¡Podremos salir de ésta, sanos y salvos?)
Ya en la superficie rocosa, una bandada de papagayos se desbandó huyendo hacia las últimas ramas, que pugnaban por llegar a la luz (…como nosotros, por llegar a la libertad).
A veces, la muerte parece obedecer a un plan caprichoso… Aún hay cosas que no comprendemos, asignaturas pendientes que no podemos resolver: es que transitamos una síntesis entre el destino y el libre albedrío… (¿Acaso todo no es fruto del azar o de un planificador macabro, que gobierna los delicados hilos de los que penden nuestras vidas?).
Lo más extraño del caso es que nos encontrábamos nada menos que a 270 kilómetros de distancia del poblado más cercano. …¿Cómo habíamos llegado tan lejos en el espacio… y en el tiempo? Quizás nunca lo sabremos con certeza. Tampoco supimos responder coherentemente las preguntas que los socorristas nos hicieran cuando nos rescataron, casi al llegar a la confluencia del río IÇÁ.

“Dios no juega a los dados con el universo.”, dijo Albert Einstein.
(¿O tal vez sí?... Definitivamente, éste no es un mundo perfecto.)

PÁGINA 4 – Narrativa

Imagen en el fondo de un espejo

Por Carolina Orlando (Luján/Buenos Aires/Argentina)

Un escritor no mataría de esa forma. Hubiese escrito una novela con ella, un cuento con ella. Y la mataría al final del relato. Pero es inútil la muerte del personaje. Por eso decidí matarla en mi cama.
Aún después. Aunque después no tuviera razones.
Las sábanas huelen a vino. Irene pudo habérmelo dicho. Ahora estoy parado frente al espejo. Se refleja una imagen nítida. Puedo ver la cama, el escritorio, la máquina de escribir con una hoja. Hay letras en ella: pocas. Las cortinas son tristes. Oscuras. Las teclas de la
máquina se mancharon, tienen sangre, o más vino (aunque sé que no es posible). Mi hermano decía que dejara de tomar. Pero qué va a saber mi hermano. Qué puede entender él. He escrito mi mejor novela con una botella de vino a mi lado (escritor frustrado y borracho: hoy es inútil luchar contra un lugar común). Con vino adentro, hermano: le
decía yo. "Pero tomá del bueno" aconsejó hasta su muerte (demasiada insistencia) .
Ahora el viento empuja la cortina. La cortina acaricia la máquina de escribir impulsada por el juego del viento. Podría decir que es mi hermano el que entra, arrastrando alma de muerto que vuelve a molestar o a buscar a Irene. Si es él el que entra, podrá verme
frente al espejo. Me preguntará qué he hecho, en qué me convertí. Y olerá el vino y las sábanas. Su cuerpo muerto se llenará de olores vivos. Furioso, me maldecirá por haberla amado. Pero es en vano la furia de un fantasma, "un cuerpo muerto no venga injurias", leí en Blake. Es sólo viento.
Tus brazos están rígidos, Irene. Las manos: no veo tus manos desde el espejo. Tu boca parece gemir. Se oyen ahogos silenciosos (si gime, no es tan silencioso el ahogo). Tus ojos permanecen abiertos. Oscura adivino la habitación a través de esa mirada fija, sostenida.
Entonces: Hay una mujer muerta (es definitivo: no podrá gemir aunque la idea me fascine); la mujer muerta sobre la cama de llama Irene; veo un escritorio con una máquina de escribir y una botella de buen vino; la ventana está abierta; hay un hombre que mira el reflejo de un espejo; cabe la posibilidad de un hermano muerto y ahí termina, enceguezco, no me interesa (casi) esta escena de sangre y sexo. La hoja se mueve. Otra vez el viento. Gota a gota se vacía el vaso. No sé en qué me convertí. Se terminó el vino. Ya no puedo decir nada de la muerte de Irene. Cómo descifrar el ínterin de este asesinato si ya no soy capaz de mentir para inventarlo. Será mejor deshacerse del hermano muerto y matar, también, al hombre que mira la imagen duplicada en el espejo. Así, sin personajes, no habrá cuento.

PÁGINA 5 – ALFONSINA STORNI – 1892-1938 (Suiza/Argentina)

Dulce tortura.

Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía;
sobre tus manos largas desparramé mi vida;
mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
ahora soy un ánfora de perfumes vacía.

¡Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
cuando, picada el alma de tristeza sombría,
sabedora de engaños me pasaba los días
besando las dos manos que me ajaban la vida!

¿Qué diría?

¿Qué diría la gente, recortada y vacía,
si en un día fortuito, por ultrafantasía,
me tiñera el cabello de plateado y violeta,
usara peplo griego, cambiara la peineta
por cintillo de flores, miosotis o jazmines,
cantara por las calles al compás de violines
o dijera mis versos recorriendo las plazas,
libertado mi gusto de vulgares mordazas?

¿Irían a mirarme cubriendo las aceras?
¿Me quemarían como quemaron hechiceras?
¿Campanas tocarían para llamar a misa?

En verdad que pensarlo me da un poco de risa.

Cuadros y ángulos.

Casas enfiladas, casas enfiladas,
casas enfiladas,
cuadrados, cuadrados, cuadrados.
Casas enfiladas.
Las gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas en fila
y ángulo en la espalda.
Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.

El hombre sombrío.

Altivo, ese que pasa, miradlo al hombre mío.
En sus manos se advierten orígenes preclaros,
no le miréis la boca porque podéis quemaros,
no le miréis los ojos, pues moriréis de frío.

Cuando va por los llanos tiembla el cauce del río,
las sombras de los bosques se convierten en claros,
y al cruzarlos, soberbio, jugueteando a disparos,
las fieras se acurrucan bajo su aire sombrío.

Ama a muchas mujeres, no domina su suerte;
en una primavera lo alcanzará la muerte
coronado de pámpanos, entre vinos y fruta.

Mas mi mano de amiga, que destrona sus galas,
donde aceros tenía le mueve un brote de alas
y llora como el niño que ha extraviado la ruta.

La que comprende.

Con la cabeza negra caída hacia adelante
está la mujer bella, la de mediana edad,
postrada de rodillas, y un Cristo agonizante
desde su duro leño la mira con piedad.

En los ojos la carga de una enorme tristeza,
en el seno la carga del hijo por nacer,
al pie del blanco Cristo que está sangrando reza:
-¡Señor, el hijo mío que no nazca mujer!

Voy a dormir.

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito,

déjame sola: ¿oyes romper los brotes...?
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si el llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Hermana marginal

Por Graciela De Cicco (Rosario/Santa Fe/Argentina)

"¿Qué diría la gente, recortada y vacía,/ Si en un día fortuito, por ultra fantasía,/ Me tiñera el cabello de plateado y violeta...", al leer estos versos podríamos creer que se trata de una joven poeta sopesando la idea de convertirse en punk por un rato. Pero no, estos versos fueron publicados en 1918 en el libro El Dulce Daño y la autora es Alfonsina Storni (Suiza, 1892- Argentina, 1938).
Más allá del fatídico estereotipo de "poetisa" que, sobre todo en las escuelas le han calzado a la poeta, y que ha ayudado a alejar a muchas personas de su lectura, siempre existió un Alfonsina que fue más allá de las "vulgares mordazas"; una poeta que, a veces, logró quebrar las tradiciones modernista y romántica (léase ésta en Amado Nervo, por ejemplo) que la conformaban y que a su vez parecen expulsarla hacia otros ámbitos.
Obviamente no llegó a ponerse en las diversas filas de la vanguardia poética argentina de los años veinte, y casi todos los muchachos que participaban de ella se cuidaron muy bien de mantenerla al margen, y hasta a veces la atacaron. Recordemos estas palabras de Borges sobre su escritura, disparada desde la revista Proa: "chillonería de comadrita".(1)
Pero Alfonsina pudo más con su lucidez, con su pasión por el trabajo, con su iracundia, con su ironía; con esta conciencia: "...Ya me fatiga esta misión de rosa" ("Frente al mar", 1919).
Su tarea fue la de una mujer que empieza a tomar posición desde el lugar de nuevo sujeto social que iba tomando forma en la Argentina a comienzos de siglo, y que iba teniendo a algunas representantes, como fueron la sindicalista Carolina Muzzili (a la que le dedica un largo poema elegíaco) y la Dra. Alicia Moreau de Justo. Si bien no estaba en la vanguardia poética, sí estuvo en la del movimiento de mujeres.
Y es justamente en sus trabajos periodísticos donde Alfonsina muestra su fatiga ante la misión de ser rosa. Efímera presencia ornativa. Su presencia, sus escritos, crean más bien una molestia.
El 27 de Junio de 1919, en un artículo publicado en la revista La Nota escribe: "(La mujer) Podrá no desear participar en la lucha política, pero desde el momento que piensa y discute en voz alta las ventajas o errores del feminismo, es ya feminista, pues feminismo es el ejercicio del pensamiento de la mujer, en cualquier campo de la actividad."
Elaborados estos textos desde un registro a veces irónico, y otros humorísticos, la poeta fue construyendo, lo que podríamos llamar, una pequeña base ideológica, que se sumaría a aquellos poemas en donde confluyen posturas combativas, de denuncia, de provocación.
Muestra de ellas podrían ser los versos del poema "La Loba" ( La inquietud del rosal , 1916): "Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,/ Que yo no pude ser como otras, casta de buey/ Con yugo al cuello; libre se eleve mi cabeza!"; o bien de "Hombre pequeñito" ( Irremediablemente , 1919): "Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,/ Hombre pequeñito que jaula me das./ Digo pequeñito porque no me entiendes,/ Ni me entenderás"; o estos versos del clásico "Tú me quieres blanca" ( El dulce daño , 1918): "Tú que hubiste todas/ Las copas a mano,/ De frutos y mieles/ Los labios morados. (...) Tú que el esqueleto/ Conservas intacto/ No sé todavía/ Por cuáles milagros,/ Me pretendes blanca/ (Dios te lo perdone)/ Me pretendes casta/ (Dios te lo perdone)/ ¡Me pretendes alba!".
Con este pensamiento, con este decir poético, Alfonsina Storni supo darle cuerpo a temas "tabúes" para el poetizar (y para la vida) de las mujeres. La poeta adelantó lo que lo que sería, más tarde, el lema de la segunda ola feminista de los años 60 y 70: " lo personal es político". La representación de las mujeres encuentra en los poemas de Storni una expresión compleja, vertiginosa. Inocente, a veces, en lo formal, o más bien obediente. Pero siempre adelantándose, temáticamente, un paso respecto a sus contemporáneas.
Indudablemente, el dúo compuesto por ella y Delmira Agustini supo resquebrajar los moldes pacatos de una época rioplatense. A ellas habría que sumarles los nombres de Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.
Todas ellas, junto a la Alfonsina feminista, maestra, periodista, poeta, colocaron las piedras fundacionales de una genealogía que, sobre todo las mujeres poetas, deberíamos proponernos (re)descubrir, (re)crear, sostener, difundir y extender.

Nota:
1- "Mientras los escritores suelen alabar la sencillez de la paloma, castigan de forma invariable la astucia de la serpiente, al menos cuando esta astucia se ejercita en su propio beneficio. De modo similar, la resolución, la agresividad -características todas de una vida masculina de «acción significativa»- son «monstruosas» en las mujeres precisamente por ser «afemeninas» y, por lo tanto, inapropiadas para una vida suave de «pureza contemplativa». Gilbert, Sandra y Gubar, Susan, La loca del desván , pág. 43.

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINAS

Memoria del trasmundo

XVIII
Soy nuevamente Eurídice, caída
no en el lívido abismo de la muerte
sino en el páramo de la vida.
Eurídice
enredada en las raíces del mundo
pactando aún con la tierra informe
y bella como un ascua de oro.
Mis pies rozan los tréboles húmedos de la madrugada
y el rocío divino lava mis cabellos.
Soy Eurídice y vago enamorada
por un bosque sin ruiseñores
entre zarzas que ya no resplandecen.
De los árboles baja la luz gimiente de las últimas estrellas.
La rueda de los tiempos se ha detenido,
los muros sin ruido se deshacen
y la vida continúa en el sueño.
Soy Eurídice, dichosa,
y aguardo la barca de la música
el canto de violines nunca oídos.

Graciela Maturo (Buenos Aires/Argentina)

Girándula

Sueño, sueño. Qué es este sueño que me invade y no me deja me hunde y me lleva por laberintos lóbregos.
No están ni Ariadna ni Teseo ni Bécquer ni Alfonsina.
Qué son estas fuerzas locas de dormir y dormir
Despierto en la hierba, siempre en la misma hierba.
Es temprano. Me levanto. Bebo el rocío y recomienzo el día igual y duplicado.
Quiero fugar mis luces, atravesar el cielo, sobrevolar los astros, hundirme en el mar, besar su fondo, enredarme en las algas, esclavizar las rocas.
Ser los arrecifes que envidian las sirenas.
La arena me convida con caracolas ávidas.
Desdeño hasta los nácares, las quietudes del alba y de la piedra. La clara oscuridad más fría conjuros.
Las olas que se rompen y estrellan las costas.
Quiero ser sólo espuma, coral arrebatado.

Y aguardo la girándula fiel que me robaron,
una tarde de amor que nunca ha vuelto.

Isabel Roteta (Buenos Aires/Argentina)

Altri Tempi

Las salas enfundadas como inmensas corolas. Y un secreto soleado:
el país de los patios. (Se decía glicina, heliotropo, diamela,
como hoy se dice ADN, sidaico). Aquel cielo privado,
con chicos y canarios y huertos y murales de macetas pintadas,
era de veras cielo. (Entonces lo ignorábamos).
Nunca imaginamos que lo fuese, hasta ahora, en que hemos
cumplido nuestros propios infiernos. Aquellos cielos
bajos, a ras de tierra, humanos. Todavía a salvo. Allí donde ser niño
era tener abuelos en la casa y amarlos,
dejándolos vivir libres de vaciaderos de viejos:
adiestrados espectros que siempre se demoran demasiado
en morir y dejar limpio el mundo,
que ya no tiene patios, ni destino, ni tiempo.

Ser niño era pedirles que nos dieran la mano, porque teníamos miedo.
Y volver a pedirles que nos contaran cuentos, (que eran verdad,
ahora lo sabemos). Y llorar junto a ellos penitencias y encierros:
¿había que educarnos...? (Se decía señor y plegaria,
respeto, con manso olor a incienso y a sopa obligatoria,
a almidones y ungüentos).

Se decía Maestro y en el cuaderno único cabía el universo.
El padre, con arrestos de patriarca doméstico, tenía ?autoridá?.
Y la madre, dulzura (por amor o por tedio).
Lo cierto es que la casa nunca estaba vacía
(la mesa familiar, otra inútil reliquia) y la abuela, el abuelo
?una especie de puerto del buen regreso?
eran sencillamente viejos: con todos los derechos a morir
en su casa, en su cama, en su llaga, en su pulso, en su tiempo.
Sin adiós intensivo. Sin pactos terminales de abandono y silencio.
En fin, sólo fantasmas de cielos y otros tiempos.

Ana Emilia Lahitte (La Plata/Buenos Aires/Argentina)

Tienes que

Tienes que contar las cosas de tu vida
como un alumbramiento.
Como si fuese una canción de cuna
inventada otra vez.
Diálogo interior que siempre nace
aunque parezca muerto.
Tienes que contarte desde el niño,
o desde aquella fuga de jilgueros y de sueños.
Tienes que contarte todo
con comas y con puntos suspensivos.
Las preguntas girantes
caminando por cada vuelta de la vida.
Desatar en el aire cicatrices
y después regresar.
La memoria cansada de tanto esfuerzo gris.
Y después caminar por el cielo
gris rosado de otoño a contramano.
Pegarte en el cemento y el arrullo.
Que es posible también, aunque te cueste,
una moneda como lloviznada
brotada al fin.
Desde el olvido.

Rosa María Sobrón (Entre Ríos-Buenos Aires/Argentina

Misión.

Ví el sendero tendido ante mí
y vengo,
con mis sandalias, mi nostalgia, mi oscuridad.
Tal vez un poco extraña, conmovida,
segura de tener por delante
algún tipo de misión.
...el sol sigue girando en el centro,
abrazando los verdes
con esa furia de luz poderosa.
También siguen
el olor a pasto fresco
y a ciudad fatigada.
Pero hay cosas que debo ayudar a cambiar,
por ejemplo,
encontrar un modo nuevo
de responder al lenguaje
con que nos habla la in-humanidad,
Tal vez palabras de ángeles
pronunciadas con cautela,
tal vez el idioma del coraje y la lealtad.
Pero no más movimientos de hombros
como única respuesta.

Pilar Romano (Corrientes/Argentina)

Pozos

Días pasados, yendo por la rue Royal, me topé con un lector apasionado. Su figura me impuso todas las dimensiones de su ahogo y no tuve más remedio que paralizarme y sucumbir ante la inmaterialidad de su presencia.
Un lector tan evadido es como un niño haciendo pozos en la arena: vaya uno a saber cuántos océanos vierte en esos pequeños orificios.
Yo me topé con su aparente cuerpo entero, apoyado contra la pared, sosteniendo el libro con las dos manos. Su escisión del mundo era maligna. Las palabras le habían llenado la cabeza y los cabellos le caían hacia abajo como la hiedra colgante de un balcón. Sobre sus hombros se veía parte de un movimiento marginal: leía poesía.

Miriam Cairo (San Nicolás/Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La noche inmensa

Por Irma Verolín (Buenos Aires-Argentina)

La luz de la tarde se había ido achicando hacia atrás y hacia abajo, como si algo muy desde el fondo se la hubiese tragado. Poco a poco y, al parecer, medio mordida por el fondo, se había aferrado a un azul, a un lila, hasta convertirse en noche.
Ahora, por fin, yo estaba en mi pieza, cerca de la ventana con las cortinas descorridas, mirando detenidamente la noche que, sin lugar a dudas, era inmensa. Nadie pero nadie me hubiera podido quitar la idea de que la noche era más grande que no sé qué. Estaba totalmente segura de que, más allá de cada uno de los cuatro lados de la ventana, la noche, con su tamaño descomunal, continuaba. Tenía la certeza de que nunca podría terminarse en los costados de aquel rectángulo porque, además, había aprendido que las cosas oscuras tienen la costumbre de confundirse con su sombra, razón por la cual la sombra acaba finalmente confundiéndose con ellas. También sabía que la sombra de la sombra se confunde con la sombra. Y así hasta el cansancio.
De modo que, aunque pobremente reducida a un rectángulo, la noche se presentaba frente a mí y, allá adelante, al mirarla, me encontraba: en el vidrio oscurecido aparecía el reflejo de mi cara, redonda, alegre, con sus grandes ojos. De pronto, en el comedor, sonó el teléfono. Giré la cabeza. Entonces me quedé mirando el picaporte de la puerta con mucha atención. Brillaba. Era de bronce y brillaba con lujo y alarde. Yo seguía mirándolo cuando fue presionado y entró la abuela. Ella tenía los ojos enrojecidos; estuvo apoyada contra el marco de la puerta durante un rato. Luego espiró el rectángulo de la ventana y, ahí mismo, en ese preciso instante, me pareció que los ojos se le caían de la cara. Quizá se le cayeron porque bajó de repente la cabeza y ya no pude vérselos. En seguida dijo:
Tu mamá se fue al cielo.
Sin levantar la cabeza, la abuela salió. La puerta, al cerrarse, produjo un ruido seco, feo. Volví a mirar la ventana. Contemplé la sombra de la sombra de la sombra de la noche mientras la chica de cara redonda y ojos grandes me miraba a mí. No era fácil entender qué había querido decirme la abuela. Y, a lo mejor, entre otras cosas, para averiguar si aún estaban los ojos en su cara, le pedí con voz bien fuerte para que me escuchara:
Abuela, abuela, traéme un vaso de agua. Tengo sed.
Como la abuela no vino yo pensé que se la había tragado el fondo que había convertido la tarde en noche. O que andaría por allí, entre el desparramo de sombras, preocupadísima, buscando sus ojos.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

La narradora - Al Oeste – Gloria de Bertero – Editorial Vinciguerra – Argentina – 312 páginas –

Gloria de Bertero es una escritora de destacada trayectoria, que aborda varios géneros en su producción literaria. Poesía, narrativa y ensayo. En todos, el conocimiento y una aguda visión del mundo interior del ser humano, la lleva a analizar los ejes impulsores de cada texto y a esmerarse en el lenguaje empleado.
En los poemas, el lector se solaza con una imaginación delicada, de raíz íntimamente femenina; en las narraciones recrea situaciones comunes insertas en el orbe de lo fantástico, y en los ensayos, es una certera y exhaustiva investigadora, que trata de hacer comprender el accionar de sus mujeres, dentro de las circunstancias históricas de cada una de ellas.
Si nos referimos a la obra narrativa de Gloria de Bertero, nuestra sensibilidad se ve sacudida por la agudeza de su creatividad literaria, y, a la vez, por el hondo contenido humano de sus cuentos.
A la par del depurado lenguaje, de las cuidadas e innovadoras expresiones con la que nos acaricia por dentro, tiene, también, toda una estructura narrativa construida con precisión y sin desperdicios, sobre los valores fundamentales del hombre. Así, la temática universal del amor, la vida, la muerte, se ve enriquecida con sutiles matices, con variables tonalidades intermedias -más bien dentro de la gama de los grises- ya que, como en la vida misma, no todo es blanco ni todo es negro, en modo extremo.
Sus personajes, como han señalado algunos críticos, son eminentemente humanos, con las variables de ajuste propias de seres reales pero inmersos en un mundo de ficción. Esa ficcionalidad promueve situaciones y actitudes en ocasiones fantásticas, irreales, que, sin embargo, son protagonistas que aceptan los hechos con la simpleza y la sencillez de lo cotidiano.
A simple vista, podría hablarse de realismo mágico, a la manera de los cuentos de Isabel Allende o, mejor aún, de Gabriel García Márquez. Personalmente, no me atrevería a ese trasplante, ni a tildar de realismo mágico, a los breves pero emotivos cuentos de Gloria de Bertero. Más bien, los inscribiría como una versión autóctona, renovada y femenina de la literatura fantástica argentina, trazada en su momento descollante por el maestro Borges. Pero más allá del reconocimiento de lecturas o no de distintos autores, el valor intrínseco de Bertero narradora, radica en varios factores de peso:
1. Diferentes puntos de vista de un narrador -y protagonistas- mayoritariamente femeninos.
2. Un profundo simbolismo en los temas elegidos, que se rastrean a través de circunstancias comunes, llevadas al límite de lo inexplicable.
3. Una particular destreza para subrayar lo esencial de cada situación, y capturar el interés y la avidez del lector.
4. Un lenguaje con economía de recursos, que no le hace mella, sino que resalta los breves pero hermosísimos destellos poéticos.
Con respecto al primer punto, aunque no comparto aquello de que hay un modo de escribir propio del hombre y otro propio de la mujer, sí creo que hay intereses particulares según el sexo del autor. Con la firmeza de sentimientos de esta autora, en sus cuentos la mayoría de los protagonistas son mujeres y las variaciones de circunstancias tienen, en gran medida, referentes femeninos. Y esos personajes mujeres son seres comunes, atados a prejuicios con o sin nombre, que todos llevamos sobre los hombros de alguna manera, seres movidos por el amor a la familia, a los hijos, al hogar, al compañero.
La temática de la muerte, por ejemplo, aparece a veces pintada con tonos fatalistas, pero sin embargo, se rebela en los casos de la muerte joven, o de la muerte injusta. En otros, la fatalidad se avizora a través de pequeños datos, leves presagios que el hablante imaginario va sembrando a lo largo de la narración, hasta llegar al desenlace inevitable.
La brevedad de sus relatos hace que el lector los recepcione en su totalidad, como un "núcleo narrativo", en el que los componentes de esa situación comunicativa están interrelacionados con trazos concisos y precisos. El mensaje situacional tiene siempre una profunda connotación que apunta a la generalidad y que la autora no pierde de vista en ningún momento. El manejo de ese estilo ágil y ajustado a la meta final, exalta el goce que experimentamos al leerlo.
Relacionado con la idea anterior, su capacidad expresiva se amplía y se enriquece con la veta lírica de la que disfrutamos por breves pasajes. Me he preguntado, sobre este punto, si esos momentos descriptivos tan bien logrados, no están `puestos a propósito, para reconfortarnos el alma ante algunos planos dolorosos o injustos, pero tan cercanos a la vida real.
Me gustaría detenerme en forma especial en el cuento "Al Oeste", que da título a uno de sus libros.
Ya en el comienzo, el planteo de situación nos ubica en el nudo narrativo: "Desde tiempo atrás, un extraño impulso me obligaba a mirar hacia el poniente... Esto me hizo comprender... que sucumbiría sin remedio".
Se plantea la hipótesis, que ya es causa y efecto a partir de un solo hecho, pero que solamente descubrimos al final del cuento. Un ciclo perfecto, desarrollado a partir de lo que, aparentemente, es sólo una idea fija, una obsesión del protagonista (aquí es un hombre, aunque lo reconocemos en la última parte del relato).
La autora nos va dando algunos anticipos del desenlace. "miedo ácido" […]"el viento que musita no sé qué estremecido asombro" […] "intangibles presencias" […] "suspiros quebradizos y antiguos" [...] "tétrica compañía"[…] "tomar posesión de los recuerdos" […]"estrenando fantasma".
Entre los oscuros presagios, bellas descripciones cortan la tensión como para distraer el lector con otras facetas de la vida: "... veía olear el campo como un mar verde que mostraba en sus crestas futuras espigas..." "la llanura se metamorfoseaba con el cielo. Era cuando el cielo de lino se derramaba sobre la tierra, o se traducía en extensiones robustas y plenas de sol" y en otro momento: "...molinos azulosos de viento con su rueda deteriorada, florecida de zinc…".
La historia en sí misma nos habla del imperioso deseo del protagonista (narrada en la persona) de llegar al Oeste (así en forma vaga, sin mayores precisiones sobre el lugar en sí). Los indicadores espacio-temporales, ubican la acción desde el tren, luego en la estación anhelada y siempre en las horas del anochecer, llegando ya al mundo de las sombras. Hacia la noche, se devela el misterio.
La connotación literaria apunta al simbolismo de lo que en Geometría llamaríamos una parábola. La vida misma, como el sol (fuente de vida) nace en el este, a medida que el tiempo transcurre, las circunstancias de cada ser humano van dibujando una línea curva que se aleja de su origen, hacia al otro punto extremo, sobre la línea recta del horizonte (la existencia). Cuando esa curvatura comienza a descender -como la energía vital- se acerca hacia el poniente, inexorablemente.
El paralelo entre la vida humana y el transcurso del día o de las estaciones del año, a medida que camina hacia su propio final, es un tema de validez universal en la literatura. Aún cuando aquí, con la sutileza de una escritora que conoce en profundidad su oficio, no se menciona para nada la palabra "muerte". Se habla, sí de que "...había encontrado al fin el descanso total del Oeste buscado durante tanto tiempo".
Desde mi punto de vista, lo entiendo como un mojón literario, un cuento con ribetes fantásticos, que aborda con simbolismos y con maestría estilística el tema de la finitud del hombre.
A tal punto llega esa unidad narrativa entre el fondo-símbolo y la equilibrada estructura que lo sostiene, que lo convierte en un relato que pudo haber sido escrito cien años atrás y que podrá ser leído con el mismo placer, dentro de otros cien años atrás y que podrá ser leído con el mismo placer, dentro de otros cien. Aquí, el peso del kronos, (el tiempo) nos impregna de un sentido igualitario, con el destino común de todo ser viviente, a la manera de los cuentos nedievales o de las clásicas Coplas de Jorge Manrique.
Entiendo, decía, que, al asumir esta temática universal de raigambre filosófica bajo la forma de símbolos y con su delicada sensibilidad narrativa, Gloria de Bertero, ha escrito un cuento intemporal, sumamente valioso, para destacarse en los anales de la literatura de nuestro país.
De mismo nivel y también extraído de su libro "Al Oeste", es el cuento "La grieta". Con este relato de un amor que va más allá de los límites de la vida, que habla de un amor firme y perdurable, es posible trazar una línea paralela con el clásico "Soneto del amor más poderoso que la muerte", de Francisco de Quevedo (Barroco Español, siglo XVII).
Si volcamos el argumento de esta obra de Bertero a través de un gráfico, vemos que todo se desarrolla a partir de seis (6) núcleos narrativos: Denotación:
Andrés y Teresa se casan: It: "en el mes de las rosas"
Se anuncia el hijo: It: "cada nuevo mes...rosas"
Muerte doble (NUDO):
Andrés lleva: rosas: It: "rosas sobre la tumba"
Otras rosas: It: sobre la tumba.
Grieta: It: "crece un rosal"
En ambas, el cuento y el soneto, encontramos un lenguaje con economía de recursos, para no dilatar el desarrollo de los hechos y restarle importancia a la acción narrativa (cuento). Dada precisamente su brevedad, sólo aparecen algunas pocas descripciones veladas por un lenguaje metafórico que maneja con precisión: "La fuerza redonda del anillo…" "...el aire cuadrado de la habitación sabe a cielo en el finito cielo de la tierra..." "Teresa con su hijo emprenden otro viaje.." "..Andrés es esa sombra opaca que circula por el mundo..." "...a la hora en que a los muertos se los cierra detrás de los altos paredones..." son algunos ejemplos.
En el soneto, la muerte es la "postrera sombra", y en la narración, es Andrés, la sombra de un ser viviente. Pero ambos avanzan sobre juegos de palabras: obviamente, el poema por ser tal, y por su concepción barroca, se desenvuelve entre alambiques de antítesis e hiperbatones. En los dos, el vocabulario es cuidadoso, seleccionado y empleado en su justa medida. Así como dijimos que la narrativa es concisa, tal vez respondiendo a un afán perfeccionista, en la poesía, por la misma estructura fija y exacta de un soneto, cada palabra es pensada y elegida partiendo desde dos direcciones: desde la imagen y desde el concepto.
En lo que hace a las metáforas, para referirse a la muerte Gloria de Bertero habla de que "emprende otro viaje", y que Quevedo, se hace mención al río Leteo, el río del olvido, que separa la vida de la muerte, "mas no des otra parte en la ribera/ ..." Hablamos de economía de palabras en el cuento, pero debemos subrayar que las oraciones son muy breves y seguidas de puntos suspensivos, sugiriendo una continuidad no explicitada en el texto: "Esposos..." "Para siempre..." "Lo que Dios ha unido..." "Se vuelven..." "Avanzan..." "Viajan..." "Retornan..." "Es el hogar..."
En cuanto al punto de vista adoptado, en el cuento se utiliza la tercera persona, del narrador omnisciente, y en el soneto, la primera persona del protagonista (propio de las expresiones líricas).
En ninguno de los dos hay especificidad de a quién va dirigido, pero están íntimamente unidos por actitud de rebeldía ante lo finito del hombre, por el hecho de no aceptar los designios que separan a los amantes. Ambos se entremezclan en un mismo grito de no resignación, de no aceptación de la fatalidad, hay una confrontación con las leyes naturales motivada por el dolor en común, por la angustia opresiva, que genera la muerte cuando trunca el amor.
En el soneto, el verso final: "Polvo serán, más polvo enamorado", y en el cuento, la expresión: "Lo que Dios ha unido... ¿Lo desatará Dios después de la muerte? Ni Él podrá.", forman el eje temático.
En estas palabras, está el leit-motiv de las obras, el punto fundamental de todo el planteo. Vale la pena recordar que el tema de las transformaciones maravillosas de los amantes desdichados -como en el cuento- es un motivo poético de carácter universal que encontramos en numerosas leyendas y tradiciones de diversos países. En el nuestro, sin duda, las leyendas aborígenes sobre ejemplares de la fauna y la flora, son muchísimas y muy pintorescas. Es en estos casos cuado lo fantástico roza las raíces míticas del imaginario popular, cuando se relaciona la narrativa de Bertero con el realismo mágico (Ej. "Con Belsebú en las entrañas", "Tárkar", "El pájaro blanco", etc).
Hablamos del meollo, de la denotación de dos producciones que se desenvuelven cada una en su género, a través de dos cuartetos y dos tercetos en uno y medio de núcleos narrativos en otro. Pero como punto en común, comparten el aspecto connotativo. En ellos vemos: la exaltación del amor como el sentimiento más profundo y conmovedor que experimenta el ser humano. El amor como principio y motor de las acciones de los hombres, como un estado de espiritualidad pleno, casi mágico, ya que perdura más allá de la vida de los enamorados. El amor, como el único camino de permanencia en el tiempo, para vencer a la muerte, precisamente, pro su aspecto de plenitud del alma.
Como hemos dicho al comienzo, Gloria de Bertero trabaja en muchos casos, con símbolos ya sean creados por ella misma o recurriendo a la literatura universal. En este caso, el símbolo de la rosa.
El clásico paralelismo entre la flor y las etapas de la vida humana, se enriquece aquí con el concepto de la fuerza del sentimiento que puede perdurar, superando aún la limitación de la carne. Procesado con un lenguaje culto, propio, se profundiza con las metáforas que -como es parte de su estilo- va mechando aquí y allá a lo largo del cuento.
Un tema universal: el amor y su lucha por doblegar la adversidad, y una destacada narradora que despierta el entusiasmo del lector desde un principio y mantiene la tensión hasta el final.

Belkys Larcher de Tejeda (Coronda/Santa Fe/Argentina)

PAGINA 10 – POETAS OLVIDADAS: ELDA MASSONI - 1938 / 2001 (Ataliva-Rafaela/Santa Fe / Argentina)

La llanura cabe dentro de la ventana.
Si los postigos se cierran
ella cruza hacia el lado de adentro
y domina la casa con su olor a pasto
y a sudor de caballo;
habita los rincones y los suspiros
sin pensar en la irrespetuosidad
de fecundar todo lo que halla a su paso.

Irrumpe en el cascabeleo de los sueños
esa llanada omnipotente;
chapotea juguetona en la sangre,
trepa a los ojos
y tiñe el mundo de verde,
verde musgo, verde oliva, verde ciprés,
verde de hoja tierna,
verde amarillento,
verde sensual y absolutista.

Ah, dejarse seducir por el llano.
Abrir la ventana y sentirlo saltar,
lujurioso, primitivo.
Cósmico placer de su larga caricia
horadando la piel,
intentando llegar al alma.

¿Dónde nace la hebra de silencio?

Desanudando sandalias andaba aquel verano,
en el polvo y la llaga,
con un sol casi líquido dejando amarillo el campo.

Pero dónde encontrar su cueva.
Sólo se la ve cuando sale a dominar
y se hace profunda, espesa,
como sangre brotando de la herida caliente aún,
cuando no duele.

Entre los pastos suelen tejer las arañas.
Los hilos apenas visibles atan extremos, algunos distantes,
como un pueblo y otro, por ejemplo. O como la mano del músico y
la espuela del jinete.
Conexiones sutiles.
Todo está vinculado entre sí. Nada queda desligado, suelto, independiente.
Elemento y situación se relacionan, siempre.
Los ojos se conectan con la luz y sus transparencias. Los sentidos también. Y el pensamiento.
La araña no es más que un punto de referencia. Visible, palpable.
Claro que la araña que con su ponzoña agrede al hombre está enviando su mensaje. A veces resulta la estocada mortal. Ella sabe.
Entre los pastos quedan los residuos de los hilitos misteriosos.

Amar la tierra
Amar su corazón abierto para recibirnos en la muerte
y la generosidad de su lomo que soporta las pisadas.
Cobijante tierra, alfombra de gramilla, nido de perdices,
porción sensitiva del universo, suave gigante que pervive,
milenaria.

Todo le pertenece:
el pensamiento que se elabora sobre su piso, el alumbramiento,
el adiós.
Amarla con su polvo volátil y pegajoso,
sus misterios indestructibles
y su osadía diaria de sombra y luz.

Catalina, Idela,
Adelina, las mujeres de la casa.
Antigua casa, amplia cobijante de campesinos, niños y gatos
(oh los gatos deleitándose en la nata),
rito espumoso del tambo al alba)
Mujeres del dulce de higos y los tumines,
abundosas de ternura y mansedumbre.
Heroínas del bordado, chales, nabos del huerto.
Purificadoras de la historia breve de labriegos en asombro,
lanzados a la aventura del surco y el silencio.

Por el túnel del exilio
marcharon muchos campesinos.
Abandonaron madrugadas rojizas, huertas enormes
y el paisaje plano siempre yéndose hacia el infinito.
Dejaron horquillas, arados, sombreros.
Olvidaron leña apilada, frutos aún verdes,
la montura, baldes de acero,
la achicoria en su almácigo rotundo.

Acaso adivinaron que morirían un poco
en el viaje hacia la luz artificial
(universo del ruido y la oficina)
¿O acaso creyeron que el edén los aguardaba
al final de la desolación y la distancia?

Siempre confían en el retorno
los pájaros que miran el camino.
Cada vez que una lluvia lava las galerías
está preparando un regreso.

Pero, quién,
quién osa volver a empaparse de silencio.
Quién se atreve a ser otra vez partícula
absorbida por la pampa vasta…

PÁGINA 11 – Narrativa

Mal abono

Por Martha Perotto (El Bolsón/Río Negro/Argentina)

Cuando compró la chacra lo hizo enamorado del panorama. Situada en un punto alto permitía divisar el valle. La compró en primavera, cuando el verde es nuevo y lleno de promesas.
La lluvia abundante hizo crecer el pasto. Le llegaba a las rodillas cuando adquirió un semental, cinco vacas y dos terneros. Su proyecto era instalar un tambo. Cavó canales para riego, hizo la quinta, arregló cercos, reparó techos. Los frutales se cargaron de flores y cuajaron en frutos.
La vivienda era una cabaña de troncos. Tenía techo de tejuela y estaba ubicada en una loma. En los momentos de descanso le gustaba sentarse junto a la ventana, con un libro abierto como excusa, para dejar vagar la mirada. Al frente, un arbolito le entorpecía la visión.
Al principio lo aceptó como algo dado pero poco a poco comenzó a fastidiarle. Tendría que modificar el jardín.
Llegado el otoño, la despensa estaba llena. Las promesas se habían convertido en realidad: los quesos caseros se alineaban junto a los tarros de dulce y de conserva. Los hongos secos lo contemplaban desde los estantes al igual que las cerezas al natural y las truchas en escabeche.
Entre tanto, las hojas habían caído y pensó que era hora de trasplantar el molesto arbolito. Con el peón, hicieron un pozo grande alrededor y lo levantaron con el pan de tierra. Algo les llamó la atención en el fondo del pozo: parecían huesos. Se acercó curioso y los removió, eran humanos.
------
El viejo policía examinaba los huesos que iban levantando sus dos ayudantes. Después, los acomodó en una caja grande y dijo:
- Son los restos de dos personas. Me los llevo para estudiarlos.
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Como todos los días, el chacarero le acercó una jarra de leche a su vecina, una anciana de cabello blanco que solía relatarle historias del lugar. La encontró mirando las plantas junto al alero.
El joven le contó lo sucedido. La vio palidecer y perder el aliento. Tuvo que ayudarla a sentarse y comenzó a hacerle preguntas. La viejecita no respondía. Preocupado, buscó en la casa y le trajo una copita de licor. Recuperados los colores, la escuchó hablar así, casi en un murmullo:
- Ya no tiene sentido guardar el secreto: se mataron por mí. Fue un duelo con cuchillos. Mateo, el que fuera mi esposo lo presenció. El ganador se quedaría conmigo. Yo tenía quince años y era muy hermosa - se pasó una mano por los cabellos -. Los tiempos eran difíciles. La ley no llegaba con frecuencia y los pleitos los arreglaban los interesados.
“No sé qué hubiera sido de mi vida si alguno de ellos triunfaba. Eran dos hombres duros, aventureros. Yo era muy tímida y probablemente hubiera tenido que aceptar al ganador”.
“Vivíamos con mi madre en esta misma casa. Esa chacra que usted compró era de un porteño. Ellos eran los caseros y Mateo era su peón. Tenía veintidós años y era un lindo muchacho. Solía traernos la leche cada día, así como usted, a mi madre y a mí. Conversábamos mucho los tres, le gustaba inventar historias. Nunca me habló de amor. Los otros sí lo hacían y de un modo brutal. Varias veces habían peleado por mí”.
“Esa noche seis detonaciones nos sorprendieron. Mateo nos contó más tarde: habían bebido. El mayor intentó asesinar al otro descargando el revólver contra él. No logró darle”.
“El agredido se alejó y se escondió hasta que supo que se habían terminado las balas. Entonces, desenfundó el facón y volvió a subir a la casa desafiando al mayor. Mateo observaba como paralizado. Se acuchillaron entre sí. El menor sobrevivió al otro unos pocos minutos, luego murió también”.
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La anciana se había detenido en la narración. Por un momento pareció sonreír y retomó el hilo:
- ¡Mateo era un muchacho tan bueno! No quiso que mi nombre se viera mezclado en un asunto turbio y los enterró. Aprovechó el pozo que habían preparado para plantar ese arbolito. ¡La verdad que no ha crecido mucho pese al abono...!, ¡es que no eran buena gente...!
“Mateo, después, habló en el pueblo de un viaje inesperado que no sorprendió a nadie... porque solían desaparecer por temporadas. El siguió a cargo de la chacra y empezó a cortejarme. Al año, luego de morir mi madre, nos casamos y vivimos aquí, en esta propiedad; Mateo siguió cuidando la de al lado hasta que murió. Bastante tiempo después, se la vendieron a usted”.
“Esa es la historia, como todos los protagonistas están muertos ya no tengo por qué ocultarla”.
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El chacarero terminó de relatar al comisario lo que la anciana le contara. El servidor de la ley se tomó su tiempo para armar y encender un cigarrillo, luego, acomodándose mejor en el sillón del escritorio le preguntó:
- ¿Cuántos años tiene la señora?
- Ochenta y cinco.
- Es una historia muy romántica y el marido fue un buen hombre. Yo lo conocí: trabajador, puntual y calculador. La amaba mucho. Podemos dejarla así, es una historia conveniente.
- ¿Por qué dice eso? ¿Acaso piensa otra cosa?
- No, mejor no dudar de la versión de la anciana. Eso sí, le pido que no lo comente con nadie: los restos tenían, cada uno, tres agujeros de bala en la parte posterior del cráneo.

PÁGINA 12 – POETAS AMERICANAS

Desde la verdad que habitas

Amamanto tu piel
desde las lunas sin leche
y las noches sin estrellas,
sólo yo sin madrugada,
sólo yo en la noche que se tamiza de noche,
de oscura palabra escondida en tus pupilas
sin tonos falsos de poema.

Desde mi parte cuerda
tejo hiedras para cubrir tus muros sin pintura,
sin ascos, sin promesas infértiles
que rompan los dioses de barro.
Me ensucio las manos de tus latidos
sin repugnancia, sin espanto entre los dedos.

Nada puede concebir
en simuladas refulgencias
el desnudo acento de las aves,
yo tengo el canto real
de las miserias y las pasiones
encerrados en la estela hueca de mis ojos.

Issa Martínez Llongueras (México)

Poema del arrepentimiento

Me arrepiento de la lluvia,
de no correr descalza debajo sus desmanes.
De no haber chapoteado nunca más
en la breve marea de sus charcos prohibidos.
De no lanzar la piedra que fractura
sus tímidos espejos sobre el barro.
Y de no saborear su helado gusto
a bosques sorprendidos contra el viento,
con los labios abiertos y voraces
en mitad de la fiesta total de la dulzura.

Me arrepiento del granizo.
De no herir mi paraguas con sus repiqueteos.
De no danzar como antes bajo sus estandartes,
cuando los entusiasmos ahogaban los temores,
y el cuerpo no era más que instrumento sumiso
para tocar sin miedo todas las melodías.
Me arrepiento del relámpago.
De haber vencido su terror primigenio.
De no ser traspasada nunca más
por su espeso rugido de fiera inabarcable.
Y de cerrar los ojos
ante su azul despliegue en la tiniebla.

Me arrepiento del amor.
De prevenir sus fiebres violentas y magníficas,
de asordinar sus gritos y sus cantos mortales,
de no caer de nuevo una y otra vez
bajo su llamarada.
De no soltar sus locos desafíos
bajo el albo reto de las sábanas,
o sobre las arenas, o en las mesas del goce
donde la desnudez es la entrada a la gloria.

Me arrepiento, en fin, de arrepentirme.
Quiero llevar mis culpas y mis goces
intactos e irredentos.
Nos llevamos la fiesta, la intensidad, la ofrenda,
el fruto y el poema, el terror y el exceso,
la lágrima y el ángel, la canción y el silencio.
Que esperen para siempre mis arrepentimientos.

Julieta Dobles (Costa Rica)

El amor y sus iras

10
Ando pensando en vos,
rojos recuerdos asaltan mi jornada,
mi lengua desea el filo de tu boca
mi piel reclama por piel
mis pezones te acechan
mi vientre es ahora
salvaje tras tu huella.
Asustada mi mente dice no
no puede ser, no debe ser,
es imposible que pase lo que pasa
pero mi corazón, sencillamente,
se asombra y se confunde
llama al claro del alma para lavar las culpas,
no lo dejo
porque no puede ser, no debe ser
y sin embargo
ando pensando en vos por todo el día
ando queriendo verte y abrazarte
sigo pecando
en alma y en deseo.
No sé si esto es amor
pero parece

Waldina Mejía Medina (Honduras)

hay tantos presos en mi país

hay tantos presos en mi país
en mi primera persona del plural
que ya no se puede
dónde estarse a salvo
las madres no aciertan con sus vientres
y regurgitan el corazón
cuando oyen un motor diesel
lento
cerca
la memoria está preñada
-seccionado el nervio-
águilas oxidadas sobrevuelan el aire
se cierran las puertas
y las ventanas en voz baja
- nadie pregunta los nombres-
en las noches
se encienden tubos de neón
y se huele
y se oye

Sylvia Riestra (Uruguay)

Tango

Música atrevida
se acomoda en las pinturas, roza las paredes,
se desliza por la raya oscura
de la esquina
saborea la luz desvanecida
caída en los reflejos de los vasos,
lame los dedos que los levantan
y la bebe hasta el fondo.
Metida en los labios se deja tararear.
Humedecida por la lengua
se pega al aliento
se despereza en la garganta,
allí, sedosa, la oscuridad la alude en los ecos
y se enrosca en las cuerdas subiendo y bajando,
frotándolas hasta que gimen su sonido.
Música atrevida, oliendo a café y medianoche
cosquilleando el estómago
penetra honduras cálidas que jadean al compás
Toda adentro excita, crece,
se expande
quisiera brotar desde donde todos bailan
conscientes de temblores,
y al compás de sí misma, desdoblarse.
Música atrevida, llenándome
de esta pasión pasiva
anegándome
con presencia de riesgos silenciosos.

Nela Río (Canadá)

En soledad

I
Me duele el alma de tanta soledad acumulada.
Polvo amargo que me cubre.
No hay escape, círculo vicioso donde rueda la angustia.
Abro las puertas una a una
y me topo con tu cara pálida de madrugadas,
sin sol y sin caminos.
A ratos te detesto porque me encasillas al filo de la nada.
Soy huérfana girando en la ruleta de la vida
A ratos te añoro cuando la selva de asfalto me asfixia,
cuando palabras necias me acorralan
y siento que hasta la sombra de mi sombra me persigue,
entonces te invoco y no vienes, te llamo y me esquivas,
grito tu nombre en las ventanas de la noche,
danzo con los siete velos bañándome en el humo de tu aliento.
Hechicera, mal de ojo,
te adueñas de mi vida y pasas a morar en mí como en tu propia casa.

Mariana Falconi Samaniego (Ecuador)

PÁGINA 13 – Artículo ensayístico

Gilles Lipovetsky y Victoria Camps intentan redefinir la situación de las mujeres (1)

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Mientras la publicación del ensayo La tercera mujer, de Gilles Lipovetsky, genera polémicas, la filósofa española Victoria Camps propone, en su libro El siglo de las mujeres feminizar a los varones y hacer del problema de las mujeres un problema de toda la sociedad. A meses de entrar en el siglo XXI, los movimientos feministas parecen haber fracasado, y las desigualdades entre hombres y mujeres siguen existiendo: en algunos países las condiciones de desigualdad, inferiorización y sometimiento de las mujeres son aberrantes. También en este fin de siglo los hombres se han vuelto más femeninos y las mujeres más masculinas. Los roles de hombres y mujeres han cambiado y nadie parece saber cuáles son. Pensar que las relaciones entre los sexos son de naturaleza política, como lo hace Sylviane Agacinski en su libro Política de Sexos, de editorial Taurus, es admitir que los dos sexos han escrito la historia de sus relaciones cada uno con los medios de que disponía y cada uno esforzándose en atender a sus fines e intereses. Habría que considerar también algunas ideas correspondientes a la construcción culturalista acerca de la construcción de los géneros. Una de ellas es que los géneros están totalmente construidos y considera a la feminidad como la pertenencia a una clase; la otra es que los géneros pueden desaparecer totalmente. Son muchos los pensadores que se ocupan de la temática de las mujeres y de los géneros. Tanto es así que, desde los años sesenta, varios nombres se han disputado el campo que reconstruye el conocimiento sobre las mujeres y su enseñanza. Ellos son: “estudios de mujeres”, “estudios feministas” y “los nuevos conocimientos sobre mujeres”, tal como señala la escritora Marysa Navarro en ¿Qué son los estudios de mujeres? , del cual es compiladora junto con Catharine R. Stimpson. A partir de estos estudios resulta difícil, para interiorizarse sobre el tema de las mujeres, leer a cualquier pensador sin tenerlos en cuenta. Para la construcción de este nuevo campo de estudio, según señala Navarro, se han aceptado dos premisas. Una es la crítica del pensamiento convencional y de sus instituciones, y la negación de su autoridad, porque tanto aquél como éstas han ignorado o distorsionado la vida de las mujeres y sus contribuciones al pensamiento. En segundo lugar, señala Navarro, después de la crítica, los estudios de mujeres deben pasar a la reconstrucción del conocimiento y a la toma del poder de las mujeres como constructoras del mismo. Los estudiosos de este nuevo campo, afirma Navarro, prefieren llamarlas “estudios de mujeres” antes que “estudios de la mujer”, porque ese nombre tiene un sentido más amplio y general. El aspecto negativo del nombre “estudios de la mujer”-sostiene la escritora española- es que implica erróneamente que el estudio de las mujeres puede hacerse sin tomar en cuenta a los hombres. A partir de estas premisas se desarrollan los siguientes comentarios sobre el ensayo de Gilles Lipovetsky "La tercera mujer", y el de Victoria Camps "El siglo de las mujeres". El pensamiento del filósofo francés Gilles Lipovetsky, autor de "La era del vacío" y "El imperio de lo efímero", entre otros libros, figura central de la corriente posmodernista y uno de sus principales impulsores junto con Lyotard, Derrida, y Vattimo, es definido por Patricio Lóizaga, en su Diccionario de pensadores, como un pensamiento que gira alrededor de la sociedad y el individuo posmodernos, su rutilante, contradictoria y fragmentaria identidad , su filiación histórica y su ambigua proyección futura. Lipovetsky analiza, en "La tercera mujer", la situación de las mujeres en la actualidad y da la definición de “tercera mujer” al nuevo modelo de mujer cuya autonomía se adquiere sin modelo social rector, característica -según el filósofo- actual y común a los dos géneros. Para llegar a este modelo de tercera mujer, o posmujer de su casa, Lipovetsky hace una recorrida por la Historia. La primera mujer es definida por el filósofo como aquella que ostentaba poderes mágicos, maléficos, misteriosos; poderes que luego, cuando se ocupa de la tercera mujer, se han transformado, según Lipovetsky, en una potencia de autodeterminación para el gobierno de sí. Lipovetsky destaca que la única función que escapa a esta desvalorización de la mujer es la maternidad, aunque no profundiza en el tema de la sociedad patriarcal. En la Baja Edad Media, dice el filósofo francés, aparece la “segunda mujer”, un nuevo modelo donde se exaltan las virtudes de la mujer . Y a partir del siglo XII se produce una nueva poética de la conducta, la Dama en el código cortés, en que la mujer hace su entrada en la historia como poetisa, abadesa, dueña de feudos y símbolo, y debe su prestigio a su padre y a su marido. Esta figura es sacralizada como madre-esposa-educadora. Por último, Lipovetsky llega a la tercera mujer o mujer indeterminada o posmujer de su casa. Desde su título, el libro del filósofo francés abre ya una polémica. ¿Por qué se refiere a la mujer en singular y no en plural? A lo largo del libro se refiere a las mujeres de las democracias occidentales sin hacer la distinción; por ejemplo, entre democracias de países europeos y de América Latina, donde las condiciones de vida son muy distintas. También en el capítulo que dedica a las mujeres y el trabajo, Lipovetsky se ocupa en mayor medida de las empresarias y profesionales que de las trabajadoras en general. La sub-representación de las mujeres en la cúspide profesional -señala Lipovetsky- resulta de la voluntad misma de las mujeres para encontrar el equilibrio entre vida familiar y vida profesional, temas que están presentes también en el libro de Victoria Camps. Este nuevo libro de Lipovetsky es coherente con el pensamiento del filósofo, quien, según Patricio Lóizaga en el diccionario precitado, aboga por una ética menos preocupada por “intenciones puras” que por resultados concretos para el hombre; menos “idealista que reformadora”. Una ética minimalista y pragmática que no se desdice de los intereses personales “pero tiende a su moderación”; que no busca el “heroísmo del desinterés” sino el compromiso razonable. Privado de una visión más amplia y sin proyección de futuro para un cambio sustancial en las condiciones de desigualdad que actualmente existen entre hombres y mujeres, haciendo surf en las olas de la posmodernidad, el filósofo francés no llega a tierra firme a fin de vislumbrar cuál podría ser el destino de la sociedad en general si la desigualdad entre hombres y mujeres continúa en las mismas condiciones de la actualidad. Tampoco se pregunta el filósofo sobre qué ocurrirá con la sociedad en su conjunto si las mujeres adoptan los roles masculinos aún más de lo que lo han hecho hasta ahora, y nadie, ni mujeres ni hombres, se ocupa de lo que las mujeres han venido haciendo desde hace siglos; por ejemplo, el cuidado de los niños, enfermos, ancianos. Temas que son abordados por Victoria Camps en "El siglo de las mujeres". Por otra parte, en su nota publicada en el suplemento Cultura y Nación de Clarín sobre La tercera mujer, Néstor Kohan señala que Gilles Lipovetsky pretende describir en su libro algo así como el “posfeminismo”. Todo su análisis -dice Kohan- apunta a examinar qué quedó de la mujer “después” de las revoluciones del feminismo. Kohan resalta el gran poder de descripción que tiene el filósofo francés para registrar las nuevas formas de sensibilidad, aun cuando no siempre, señala, estén acompañadas de idéntica capacidad de comprensión y explicación. No es casual el término “posmujer de su casa”, usado por el filósofo francés para definir este nuevo modelo de mujer, ya que en los textos posmodernos -como afirma Kohan- podemos reconocer, como una de sus notas distintivas, la emergencia a cada momento de alusiones a la sociedad posindustrial, a la crítica literaria posestructuralista, a la economía política poskeynesiana, a la filosofía posmarxista y posmetafísica, a las experiencias estéticas posvanguardistas, a la antropología poscolonial. El filósofo francés reconoce que, a pesar de la ruptura en la historia de las mujeres que significa el nuevo modelo de mujer, o “tercera mujer”, ésta no coincide en modo alguno con la desaparición de las desigualdades entre los sexos, sobre todo en materia de orientación escolar, de relación con la vida familiar, de empleo, de remuneración. Más que definir este nuevo modelo de mujer a la que él llama tercera mujer, posmujer de su casa o mujer indeterminada, el filósofo podría haberse explayado sobre la situación actual de los dos géneros, ya que, como él mismo reconoce, tienen actualmente la posibilidad de autodeterminarse sin modelos sociales rectores, y donde los roles diferenciados todavía existen y nada indica que estén impelidos a una futura desaparición. Lipovetsky reconoce al respecto que la novedad no consiste en el advenimiento de un universo unisex sino en una sociedad abierta en que las normas, al ser plurales y selectivas, se acompañen de estrategias heterogéneas, de márgenes de latitud y de indeterminación. A lo largo del libro, Lipovetsky se introduce en la temática de las mujeres desde la inmediatez de la vida cotidiana, ahondando en temas como el amor, la pornografía, el acoso sexual, el culto de la belleza femenina, la mística del ama de casa, el trabajo femenino, la pareja, los roles familiares, las mujeres y la representación política. Aparecen ahí lugares comunes, como al tratar el tema del amor, cuando dice: “Los hombres siguen definiéndose pricipalmente por la orientación instrumental; las mujeres por la función expresiva”. Según la nota de Néstor Kohan, la conclusión general a la que invita Lipovetsky es que “la mujer sigue orientada hacia lo íntimo, lo psicológico, lo afectivo, lo doméstico y lo estético, mientras que los hombres lo hacen hacia la instrumentalidad, lo técnico-científico, la política y el poder”. Esta opinión choca con la experiencia Argentina -dice Kohan-, donde la principal resistencia política a la última dictadura militar estuvo precisamente en manos de mujeres, las Madres de la Plaza de Mayo. Cuando Lipovetsky trata el tema de “la tercera mujer” y la construcción de la identidad femenina, enumera una cantidad de alternativas que se presentan y entre las cuales las mujeres pueden elegir sin vía social preestablecida, en las democracias occidentales. Algunas de estas alternativas son: ¿qué estudios realizar?, ¿con vistas a qué profesión?, ¿qué trayectoria profesional seguir?, ¿casarse o vivir en concubinato?, ¿divorciarse o no?, ¿qué numero de hijos y en qué momento?, ¿en el marco de la institución matrimonial o fuera del matrimonio?, ¿trabajar a tiempo parcial o a tiempo completo?, ¿cómo conciliar vida profesional y vida familiar? Lipovetsky se olvida de citar a qué grupo social pertenecen las mujeres que pueden elegir entre tantas posibilidades. Por último, es notable que en el capítulo de "La tercera mujer" que lleva el título “¿Hacia una feminización del poder?”, el filósofo francés dictamine: “La crisis de la virilidad no es tanto un fenómeno social de fondo como una imagen literaria; el hombre es el futuro del hombre, y el poder masculino, el horizonte insistente de los tiempos democráticos”. Esta afirmación lleva necesariamente a preguntarse por qué Lipovetsky escribió un libro donde define un nuevo modelo de mujer y no definió un nuevo modelo de hombre. ¿Por qué no pudo ocuparse de los hombres en el mismo libro, de la misma manera que lo hizo con las mujeres? Resulta necesario destacar que en un proceso paralelo al de los estudios de mujeres, un grupo de estudiosos ha establecido un nuevo campo, los estudios de hombres, cuya temática es la construcción de la masculinidad y las vidas de los hombres. Por otra parte, el libro "El siglo de las mujeres", de la filósofa y catedrática española Victoria Camps, lejos de la trampa del comunitarismo y adhiriendo a la ética del cuidado de Carol Guilligan, se ocupa de dilucidar la situación actual de las mujeres y elaborar además las propuestas para el siglo XXI. Una de ellas es feminizar a los hombres y, en consecuencia, a toda la sociedad; la otra es hacer del problema de las mujeres un problema de interés común. En el Diccionario de pensadores precitado, la filósofa e investigadora Marta López Gil afirma que un compromiso con un inesperado optimismo recorre la obra de Victoria Camps. Se mencionan, entre otros libros, Los teólogos de la muerte de Dios, Pragmática del lenguaje y filosofía analítica, La imaginación ética, Paradojas del individualismo y Virtudes públicas. Como en otras de las obras de Victoria Camps, la filósofa construye "El siglo de las mujeres" a partir de la ética y la política. Tal como indica desde su título, la autora se ocupa en este libro del tema de las mujeres, teniendo en cuenta a los hombres, como se ha señalado antes refiriéndonos a los estudios de mujeres. La vía rápida para terminar con la desigualdad entre hombres y mujeres sería la masculinización de las mujeres, pero esto no sería bueno, según Camps, ni para las mujeres ni para la sociedad. Dos preguntas y una idea rectora estructuran el libro: ¿Qué es lo que está impidiendo que el camino hacia el fin buscado -la igualdad de oportunidades- sea fácil?, y ¿qué personalidad moral, qué clase de sujeto queremos construir? El precio de la igualdad no debe ser la renuncia a la identidad femenina, dice la filósofa. Para responder a la primera pregunta Victoria Camps aborda temas como la escasez de puestos de trabajo, la violencia sexual -violaciones, acoso sexual, malos tratos-, la resistencia por todos los medios de los hombres ante el avance de las mujeres. En cuanto a la segunda pregunta Camps se interna en la cuestión de la identidad moral cuando trata el tema de la construcción del yo. Lo que importa es lo que nos hace personas, dice Camps, citando al filósofo Dereck Parfit, ya que, pese a la autonomía, no se puede ser persona haciendo lo que a uno le viene en gana en cualquier momento. La filósofa señala que, para cumplir con el mandato pindárico -llegar a ser lo que se es-, la construcción del yo, una identidad moral o una identidad humana, no es tan sencillo. Las alternativas entre las que se puede optar para la construcción de la identidad existen, pero a algunos humanos no les es dado elegir nada -señala Camps-. Para poder elegir bien hacen falta unos mínimos posibles. Asimismo, la filósofa española afirma que el autogobierno de sí no puede estar desprovisto de modelos ni de ideales. Señala, además, la insatisfacción por el modelo de ser humano autónomo y responsable de la modernidad, que aún es nuestro referente moral. También, agrega Camps, a pesar de tomar distancia de los comunitaristas, esta corriente dentro de la ética actual denuncia la poca realidad o la poca sustancia del sujeto moral creado y propuesto por los liberales modernos, un yo sin atributos, un yo que no pertenece a ninguna parte, carece de pasiones y sentimientos, no es ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo. Destaca además que la ética no puede consistir sólo en unos principios abstractos supuestamente suscritos por todos los humanos, sino que debe nutrirse de las aspiraciones y necesidades de una comunidad concreta. Victoria Camps se ocupa después de dilucidar acerca de quiénes pueden acceder a una identidad moral o humana. Compara a las mujeres, que durante siglos han tenido únicamente la identidad femenina, con los esclavos griegos, que no podían adquirir las virtudes del hombre libre porque sólo podían ser esclavos. Se hace necesario citar aquí a Sylviane Agacinski en el capítulo “Políticas” del libro "Políticas de sexos". Si las mujeres han conquistado ciertas libertades y no han reivindicado ciertos derechos hasta hace poco tiempo, no es por cobardía sino porque les faltaban los medios, y porque la libertad en el sentido moderno, no existía para nadie. Los intereses de las mujeres en el pasado dependían íntimamente de su pertenencia a un determinado orden y clase social, dice Agacinski. Como tampoco existe nunca libertad absoluta e intemporal para cualquier categoría, no importa cuál sea. También es importante, al hablar del tema de la construcción del yo, citar a Michel Foucault, quien opinaba que para llegar al gobierno de sí, es importante no ser esclavo de nadie, ni de uno mismo, ni de las propias pasiones. Los seres que no participan en el diálogo social no existen -dice Victoria Camps-, carecen de realidad significativa, lo que les ocurre a todos los colectivos de marginados: obreros, mujeres, negros, pobres. De este tema, pero en relación con la maternidad, se ocupa Victoria Sau en el libro "El vacío de la maternidad", donde desarrolla la problemática de la falta de reconocimiento social de las madres. Victoria Camps señala que, para desarrollarse lo suficiente y para darse las normas que quiere seguir, y responder a ellas, el ser necesita de una identidad y reconocimiento social. Al referirse a la identidad hace distinción entre identidad encontrada -aquello que viene dado: ser hombre o mujer, ser catalán o asturiano, cincuentón...- e identidad elegida -ser médico, tener tres hijos, ser de derecha, ser católico-. Lograr una identidad elegida sería tener autonomía, orientarse más por el propio querer que por las inercias y obligaciones externas a la voluntad; llegar a ser lo que se es o llegar a ser uno mismo. De la autonomía se sigue a la responsabilidad -dice Camps-. La responsabilidad nace de un compromiso no sólo con la propia vida sino con la de los otros; puesto que el ser humano vive en sociedad, no puede decidir ser al margen de los demás. Cuando Lipovetsky habla de las identidades elegidas -alternativas- para la construcción del yo entre las que pueden optar las mujeres, omite consignar el tema de los mínimos posibles de los que habla Victoria Camps, quien además afirma que las identidades deparan al individuo reconocimiento social. Estos mínimos posibles -tener un nombre propio, unos padres, una patria o un territorio al que se pertenece, los cuales deparan reconocimiento social- son dados por sentados en "La tercera mujer". A diferencia de Lipovetsky, quien señala que la construcción de la identidad de los dos géneros se realiza actualmente sin modelo social rector, sin agregar ninguna propuesta, Victoria Camps señala que el gobierno de sí no puede estar desprovisto de modelos, de ideales, ni de referentes. Cuando la filósofa española habla de las obligaciones familiares que tuvieron siempre las mujeres y a las que no han querido renunciar a pesar de trabajar, reconoce dos motivos: si las mujeres no lo hacen, no lo hace nadie; el otro es que estas obligaciones, dentro de las cuales se encuentran el cuidado de los hijos y el sustento de la empresa familiar, son tareas valiosas. Se introduce también en el tema de la educación, porque las mujeres han sido educadas para cuidar a los demás, algo que seria bueno tener en cuenta como principio de la educación en varones y mujeres. La filósofa se pregunta qué tipo de sociedad tendríamos si todos, hombres y mujeres, abandonáramos estas obligaciones, y pronostica un modo de vivir menos humano, con la posibilidad de la desaparición de la familia nuclear, la disminución de la natalidad y la marginación y muerte de tristeza de los ancianos, ya que nadie tendría tiempo para ellos. Victoria Camps se alarma cuando dice: es improbable pero no imposible llegar a la conclusión de que el movimiento feminista ha fracasado y que podría haber retrocesos tal vez disfrazados de formas nostálgicas de vida. Un peligro que hay que evitar a toda costa, tomando conciencia de las causas que hacen que la desigualdad entre hombres y mujeres se perpetúe a pesar de los progresos jurídicos y formales. La filósofa española reconoce que la compatibilidad entre vida privada y vida pública sería la vía de acceso a que las mujeres tengan más poder. Para ello pide en su libro más políticas destinadas a hacer compatibles tareas como la maternidad y el cuidado de los niños, con la inserción en el mundo laboral, y políticas que faciliten a las parejas jóvenes la decisión de tener hijos. También el no abandono del compromiso de cada uno con sus obligaciones privadas por el hecho de entrar en el mercado laboral. Al final del libro, Victoria Camps reconoce que no debe haber una sola forma de emancipación femenina, y que no debe ser obligatorio emanciparse si una no lo desea y prefiere vivir sujeta a las servidumbres familiares de toda la vida que a otras servidumbres teóricamente más dignas. Lo único que hay que exigir, dice Camps, es que la opción entre distintas sujeciones le sea dada a cualquier mujer del mismo modo que le es dada a un varón. Después de la lectura de los libros de Gilles Lipovetsky y Victoria Camps, resulta necesario reflexionar acerca del tema de la libertad en términos de invento, tal como lo hace Sylvane Agacinski en "Políticas de sexos", refiriéndose a Sartre. Hablar de libertad es hablar de la situación a partir de la cual se inventa la libertad, situación que comprende un gran número de determinaciones de las que forman parte las realidades naturales e históricas. También, como señala Agacinski, la originalidad de las relaciones entre los sexos es que no son a priori enemigos, y que la guerra es imposible entre ellos. Conviene hablar entonces de relaciones políticas entre los sexos, relaciones que están abiertas, sujetas a perpetuas transformaciones, objetivos de estrategias que se conjugan. Cada uno, con su estrategia, dice Agacinski, está situado dentro del juego, y nadie puede salirse para develar, completamente desnuda, la verdad de la relación entre los hombres y las mujeres.

(1) este ensayo fue publicado en la revista Cultura Segunda Época, en Septiembre de 1999.

Bibliografía:
Gilles Lipovetsky, La tercera mujer, editorial Anagrama, colección Argumentos
Victoria Camps, El siglo de las mujeres, ediciones Cátedra S.A. Universitat de Valencia, Instituto de la mujer
Silviane Agacinski, Política de sexos, editorial Taurus, Grupo Santillana de Ediciones S.A.
Michel Foucault "El yo minimalista, Conversaciones con Michel Foucault, Selección Gregorio Kaminsky, editorial La Marca
Jean-Paul Sartre, Verdad y existencia, editorial Paidós
Marysa Navarro-Catharine R. Stimpson (compiladoras), ¿Qué son los estudios de mujeres?, Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A.

PÁGINA 14 – Narrativa

Fisuras

Por Sonia Catela (Ceres/Santa Fe/Argentina)
soniacatela@arnet.com.ar

Probalo. A las 2 de la mañana, insomnio ¿cómo se llama aquella flacucha, morena, medio imbécil, artista de Hollywood? Alguna fisura se lleva su nombre, y empezás a sudar frío, no porque no te acuerdes de la imbécil sino porque se te escurre un pedazo de mundo y no lo podés componer, a las dos de la mañana, insomnio, probalo, se hunde un trozo de mundo que finge ser ése pero puede no ser solamente ése (¿y si escamotea un continente mayor?) Repasás un repertorio de otra decena de caras que están a mano sin que te tranquilicen y ya acaba esa noche y la angustia reaparece en la siguiente madrugada, y las subsiguientes, y no hay dónde recurrir para subsanar ese desliz que no atraca en la amnesia, sino en la pura volatilización de un fragmento de la realidad, igual que cuando se sumerge una palabra -que representa algo vital- en la pura nada, sabés que te falta esa palabra que existe, o existía, y por más que la rebusqués en tus circuitos no aparece y no hay diccionario capaz de ayudarte porque no tenés idea de por dónde empezar, ¿la a, la ene, la zeta? y de repente, Winona Rider, ella era, se corporiza como si brotara una col del suelo, Winona Rider ¿por qué cancelar a esa pelotuda, justamente? No aparecen las cuerdas que te lleven al destino de una conclusión de por qué ella; te preguntás, insomnio ¿tal vez porque es depresiva y la relacionás con tu estado de pena personal e irreversible? ¿Acaso tu pena se asocia a tal producto de puro plástico? y te quedás ahí sin revolver más, tenés miedo y hay un día con fecha y lugar en el almanaque que te indica el hoy, hay certidumbres, dejalo ahí si lo probaste. Pero en otro naufragio entre las sábanas, sin salvavidas ni botes inflables, entonces, recordás por qué se te olvidaba Winona Rider. Porque es otra a la que encapsulaste -una crisálida- para que alguna vez naciera, pero no nacerá. Y no precisamente la actorzuela producida. Otra, morenita, dieciséis años, flacuchenta; por eso, la trampa subterránea que recurre al camuflage de una yanqui, para deslizarse sin que sospecharas que detrás de Winona se escondiera alguien que podría llamarse Valentina, que quizá fuera tu hija, 16 años, diciéndote aquí estoy, o estaba, y la cápsula se abre como una vaina, Valentina adentro, estudiante, risueña, ida desaparecida por una fisura que se la tragó, ponele accidente, ponele excesos del poder, ponele y probalo, para siempre y en adelante chupada por la fisura, y qué se hace, se la mete a la flacucha morenita, tu Valentina en otra cápsula protectora como se pueda, se va al trabajo, se firman papeles, se viaja, se cocina se lee se discute de política y una noche de insomnio, como dije, no te podrás acordar del nombre de una artista de Hollywood, cetrina, insignificante, que puede ser Winona Rider, aunque seguramente no lo sea, y la angustia empieza a tragarte entera porque por la misma fisura que se llevó a alguien que pudo llamarse Valentina, cabe que se deslicen personas, afectos, ellos, los otros, tus queridos, lo único que verdaderamente te anuda a la cifra que el almanaque señala como día de hoy, al nombre y apellido que te designa, entonces, probalo, pensá y retorcete hasta que Winona se patentiza delante, tan infeliz y tranquilizadora que todos los queridos se salvan, por el momento todos, pero todos.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Crónica del loro y el trébol de Irlanda*
I
En la pensión rasposa me sirven el huevo frito con forma de corazón. Es Dublín.
Estrecho pero tenaz, el Liffey tan verde, tan amargo, serpentea.
Las comisuras de los labios degustaron la última línea de cerveza. La camarera regresa a casa que no es Tiflis donde fue banquera diez años sino este suburbio impronunciable pródigo en kas, intolerancia y sonidos guturales.

En Dublín amanece primavera en las ovejas recién paridas y los tojos estirados a más no poder.

Y sollocé ante la abrumadora belleza del Niño rubicundo del Ucello.

El franciscano que me bendice desde su eczema porque hoy es domingo de ramos cuenta que estuvo 40 años en wonderful zimbabwe y declara que el gospell que libera de culpa al Iscariote es falso, recontrafalso, oh yes

Gracias por el resplandor, por los leprechauns tan traviesos que por fuera desordenan las cacerolas y por dentro los sueños más densos. Siempre con estrépito.

Anacrónico, el granizo confunde a los junquillos del lindero.

Soy torcaza migradora y querendona y mi corazón se merece el oro de Irlanda.

Tomé contacto por primera vez con el arpa irlandesa en una pesadilla antigua y cochambrosa: Arpas innúmeras tocaban al unísono lamentándose de algo que hasta hoy mejor no saber.

Un baturrillo de osamentas martirizadas, cruces, cadenas de hierro y de oro, maderamen podrido de celtas, druidas y vikingos abonan la capa más insensata de esta tierra.

El tesoro que custodian los leprechauns es ilusorio porque a las pocas horas se evapora.
Y que nos queda entre las manos?
Tomar el pulso con delicadeza al trébol y auscultar
Auscultar el cielo.

Luisa Futoransky (Francia)

Manuela Díaz

Manuela Díaz viajó con sus nueve hijos
en una carreta desvencijada.
Como única pertenencia: el rosario de plata.
Manuela Díaz, mujer espléndida,
en su espalda está la marca
de trabajos ejecutados con nobleza,
en sus manos están las cicatrices
y en su frente el sudor
esculpe tristezas,
ni una sola alegría

Manuela Díaz, nueve hijos
(la docena si tres no hubieran muerto al parirlos)
la acompañan al exilio,
la miran manejar el carro
con sigilo
y tienen hambre
y tienen sed
y es tan grande la costumbre
y es tan feroz la rutina de no comer
que callan mientras canta
.... por no desfallecer.

Manuela Díaz, experta en todos los oficios.
No tiene para dios ni un solo reclamo,
enmudece, su voz, si pretende quejarse,
maneja hacia alguna parte donde pueda
ganar el jornal que les sacie el hambre.

Manuela Díaz, lavandera, campesina, bordadora.
Manuela Díaz, cocinera, sirvienta, partera
Manuela Díaz prostituta, puta ramera,
Manuela Díaz, mesalina de tercera.

Manuela Díaz, aún no tiene para dios ni un solo reclamo
y maneja el rosario con el convencimiento de las beatas
y le duelen los pechos demasiado transitados
y le duelen los orgasmos ajenos
y le duelen sus nueve niños
mirándola recoger lo que queda sobre el jergón
de los placeres pagados.

Le duele la vida, a Manuela,
le duele, simplemente, ser mujer,
en un mundo masculino.

Silvia Delgado (España)

La mujer perfecta:

Creo que pretendes
que me convierta en un cubito de hielo,
así,
tan pequeñita,
dejaría de estorbarte.
Creo que pretendes
que me quede muda,
o quizás sin palabras,
para que deje de hablarte,
de expresar mis sentimientos
y hasta de pensar.

Sería tan fácil.

No siente,
no habla,
no existe,
no vive.

¡La mujer perfecta!

Marta Roldán (Italia)

Para todo y nada

Aun hay voz para nombrarte, acertando
a puntos inconclusos, aún la noche
es tan oscura, cuando la luna divaga.
Entre las sombras,

aún hay canto que no ha sido y precisa
de tu imagen madrugada, justicia del camino,
lluvia eterna. Patio de muertes,

aún es el plan de tu mirada, filtrando
un sentir melodramático. Y es que no es
sino el pan de la poesía, dolor, angustia,
llama lenta, quemando esquinas.
De silencio,

aún cansados de destino, ocupamos
serpientes inocentes, que arrastran
ingenuas su grandeza, por donde
todo parece. De otra clase,

aún sigo, aunque parezca divertido
mi pena-elocuencia brisa extraña,
ligera del cabildo de los vivos
acertando muertes y cantos.
A veces a la nada.

Matchornicova (Austria)

Tajana Mercazit *

Quiero ser por fin
un labio sin orquesta.

Bañar los panoramas
con el ardor de un himno
que todos saben
pero callan.

Quiero ser
Un homenaje a esta encrucijada La estación de los transportes y las mudanzas las lejanías los huesos se transladan vagan por mapas y estaciones sin luz hacia dónde cuándo la canción grasosa plagiada pirata resonará en los oídos en los cuerpos quién se ofrecerá esta tarde desde el oro de ukrania agitada desde el muro de la supervivencia ella sabía no sabía quería no eligió este burdel eligió este burdel decenas de cuerpos desfilan y ruegan y ellas transladan sus vísceras hacia cercanías terminales con cargamentos de billetes intocables resbaladizos tardes pringosas de tajaná mercazit * siempre en las vísperas de una sensualidad la carne ajena siempre ajena tan ajena tan ajena siempre algo se roba a los cuerpos el cuerpo se envuelve en un sudor que no acompaña ninguna mejoría no hay curación en el andén llegará otro cuerpo otro cuerpo otro andén otra cortina roja otra puerta vaivén otro tren de lejanías

* La terminal de autobuses en Tel Aviv. Punto de encuentro de colores, aromas y rostros deseables e indeseables

Edith Goel (Israel)

La Ilíaca

Apuntes autobiográficos (fragmento)

En Alejandría me desollaron viva:
con erizos una turba arrancó mi piel después de asaltarme en nombre de su dios,
en su honor quemaron la Biblioteca,
bien dicen que las llamas apaciguan a las fieras,
cenizas al viento,
y jamás hubo quien pudiese reproducir mis papiros;
también mis discípulos hirvieron en el odio,
desde entonces el fuego viene escribiendo mis memorias
En Tebas un toro hundió su guampa en mi pelvis
frente a un coro de fanáticos que me había llevado hasta allí para condenar
de esa forma y para siempre
la rotación de mis caderas,
mientras me desangraba apostaban sus tesoros entre ellos
por saber si me había gustado
y alguno que otro me musitó al oído su gangosa apetencia,
así veneraron los nobles mis poderes
En Europa el potro se comía mi carne a dentelladas
y en China mis pies eran reducidos a lágrima viva
recortados-asfixiados-calibrados por torturadores de gota gorda
que anhelaban un instrumento para atenuar sus hemorroides
Alejandro se ensañó con los hijos de mi vientre cuando me negué a bailar para la tropa,
y varios generales cuyos nombres ya son pasto del olvido
arrojaron sus excrecencias sobre mi piel mientras amamantaba,
la pira que elevaron con los cuerpos de mi prole incendió el aire con ácido de miedo
me taparon la boca con hierros candentes,
con cal viva cosieron mis oídos,
con conchas de nácar desgarraron mi piel,
con sus espadas reventaron mis ojos,
penetraron con sus hedores mis narices
pero no pudieron aniquilarme ni matarme ni dormirme ni mutilarme ni rendirme ni pudrirme ni dispersarme ni desarmarme ni contagiarme
ni eliminar de una vez y para siempre el deseo de mí que hierve en todos sus cuerpos desde que estoy y soy como he sido
con pasión y memoria
porque también es cierto que en oriente mi vacío inspiró templos sagrados,
en Delfos mi matriz narraba el futuro,
Afrodita llamó Histeria a sus orgías para celebrarme
y hasta la nave central de las construcciones del dios de occidente evoca mi centro sin nombrarlo
y si es verdad que en las células viene escrito el preceder,
el placer de conocer está grabado en todos los idiomas de esta casa mía,
aún bloqueados los muros,
cerradas sus puertas,
el derrumbe sin embargo no es cosa de encantamiento,
miles y miles de años acunando sabiduría no es un día ni un mes,
vuelvo ahora para marcar territorio,
a zambullirme entre hemisferios,
a soñar en varias dimensiones el devenir,
ávido por recuperar la vibración de mis oídos,
sordo de tanto ruido recurro al trípode de mis huesos, incinerado, muerto y sepultado y sin poder callarlo,
entre cada minuto-segundo-instante cuando el latido reproduce en mi interior el engranaje que me condena y salva,
me arroja y sostiene,
me embellece y asombra,
rotación del tiempo,
detenido y quieto,
y vuelvo a rodar por mis caderas en este punto donde traigo al mundo el mundo,
arco donde amanece,
ilión que abre paso a la criatura,
clavícula destinal,
pendiente de hueso ésta es mi ilíaca,
compositora de música sin que alguien la entone,
dueña del himno que nadie canta,
origen de la palabra que no la nombra,
generadora de la historia que no la recuerda,
materia oscura que se danza el universo,
ésta es mi ilíaca,
tómala si puedes,
quémate los dedos,
piérdete en mi saqueo,
gózate con mi leyenda,
aquiétate en las aguas de mi sangre
y espera a que te alumbre ahora y en la hora de esta biografía:
Tengo dolores de parto.
Mi hija nacerá hoy de estos escombros,
mi cuerpo vuelve a cumplir veinte como tenía ella cuando se la llevaron,
y aquí estoy yo,
una doña como me llaman mis vecinas,
un trasto inútil para el patrón que me despide,
una loca perdida para el milico que me golpea,
una señora admirable según mi viejo que en paz descanse.
Yo sigo regando malvones.
Si mañana graniza, no me importa, los meteré adentro.
Y que viva la noche.
Me desabrocho la blusa. Como mi hija en primavera.
Sumerjo los pies en la palangana con agua caliente. Como mi hija en invierno.
Rezo las palabras secretas. Como mi hija en silencio.
Y que viva el sol.
Me pongo un sombrero para pasar el verano.
Como mi hija.
Por mi hija.
La que nació un día de mí.
La que nace de mí otra vez mientras sigo cumpliendo siglos

Nota - Ilion: hueso que forma el saliente de la cadera, el cual junto al isquion y el pubis forma el llamado “hueso innominado o iliaco” (María Moliner, Diccionario de uso del español)

Esther Andradi (Alemania)

PÁGINA 16 – Narrativa

El gallinero

Por Amanda Pedrozo (Asunción/Paraguay)

Tenía diez años cuando se decidió a irrumpir en la vida de las gallinas, casi sin que ellas se dieran cuenta. Aprovechó una tarde olorosa a reciente aguacero y la fascinación de las gallinas por el arco iris. Los círculos amarillos de sus ojos estaban pegados al cartón azul de arriba cuando Benefrida comenzó a formar parte del gallinero, ya para siempre desde ese lado donde era posible bambolear el maíz entre los dientes hasta hacerlo puré con leche de saliva.
Para eso las había observado por años, desde el mismo momento en que la dejaron salir del pozo de tierra apisonada que su abuela había cavado para que no se arriesgase demasiado en ese gateo que estaba cerca del desvarío. A aquel horizonte de tierra colorada le siguió en su vida ese otro límite de alambres cruzados y pronto sus ojos se hicieron tan baqueanos a esa única visión, que podían seguir repitiéndola hasta cuando no estaban abiertos.
Su obsesión por el gallinero fue un alivio para la abuela, que ya decía que no había que encerrarla tanto. Nadie tenía tiempo para quebrantarse en esa casa. A un niño siguió otro y puchar por la vida les llevó tanto tiempo, que terminaron dejándola instalada en ese pequeño espacio entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo.
Entre todos pero sin decir una palabra concluyeron en que Benefrida salió tilinga como la tía Prudencia, y que igual que ella ya no tenía solución. También entre todos la olvidaron, ayudándose unos a otros en ese trance familiar vergonzoso.
Cuando dejaron de fijarse en su presencia, la niña ingresó al gallinero, entre un aletear silencioso de las gallinas que miraban con fascinación un arco iris colocado en el medio del olor a aguacero reciente y la procesión que le pasaba por dentro justo en ese momento.
Las gallinas se habían acostumbrado desde hacía años a verla, y para decir la verdad completa, ni se percataron de que alguna vez había estado del otro lado del alambre tejido. Esa misma noche la inquilina subió a la planta de pomelo con las gallinas, ahuecando los brazos y cediendo las ramas de privilegio alas más antiguas. La abuela fue la primera que la vio al día siguiente escarbando con las manos para elegir los granos de maíz e irlos aplastando despacito entre los dientes.
Hubo una corrida familiar y nadie supo nunca quién entró primero al gallinero para tratar de sacarla. Apenas los vio, Benefrida se tumbó al suelo echando espuma por la boca. Nadie tenía tiempo en la casa para quebrantarse demasiado, así que la dejaron y se fueron a revolver cada uno sus cosas, sin falsos remordimientos. Al día siguiente la abuela entró al gallinero seguida por los chicos más grandes de la casa, para intentar nuevamente volver a Benefrida al ámbito familiar. Pero la niña aleteó salvajemente, se prendió por el alambre tejido y desde allí se defendió con las uñas. La abuela salió horrorizada.
-Esa niña salió tilinga.
-Igualito que tía Prudencia.
-No, más todavía, yo me acuerdo bien.
Al otro día los despertó un cloqueo como de gallina enferma. Todos supieron que era Benefrida, así que se taparon mejor y volvieron a dormirse pensando vagamente que las cosas estaban saliendo en su hora. Todos evitaron mirar hacia el gallinero ese día y el otro y el que venía después, hasta que resultó inevitable dar de comer a las gallinas. Así fueron descubriendo uno a uno que a Benefrida le gustaba más que nada el afrecho mojado, que odiaba los restos de comida de la casa y que prefería el agua de lluvia que quedaba preso en un pedazo de teja vieja.
Un día, hizo su aparición por la casa pa’i Setrini. Nadie tenía tiempo para quebrantarse, así que enseguida le dieron la razón: había que sacar de allí a Benefrida. Tampoco tenían tiempo para esperar, por lo que entraron seguidamente al gallinero, dispuestos a hacer lo necesario. Un largo lamento marcó el comienzo de ese primer acto de la vida inerte de la niña.
El segundo acto puede ser resumido así: Benefrida sentada en el sitio exacto entre la batea de los chanchos y la planta de pomelo. Benefrida mirando las gallinas cuando comen, las gallinas cuando cacarean, cuando ponen huevos, cuando cuidan a sus pollitos que dicen pío pío, cuando pelean por una lombriz. Benefrida controlando minuciosamente el rectángulo de sol sobre el horcón del gallinero. Benefrida viendo llegar la noche presa de feroces ataques y desvarío.
El doctor dijo al instante que era epilepsia, la abuela calculó que se trataba de calentura natural, el pa’i dijo que era pecado. Ningún medicamento, ningún rosario, pudo evitar ni uno solo de los ataques: llegaban puntales apenas las gallinas subían a la planta de pomelo. De eso hace cuarenta años, y todavía hoy Benefrida sigue mirando el gallinero, done ya no hay gallinas sino sólo la pobre planta de pomelo vieja y carcomida por los horribles gusanos que se trajo una vez el viento del norte y que terminaron comiéndole el caracú hace cinco años.
Pero en la casa, donde nadie tiene tiempo para quebrantarse y tampoco está para aguantar los golpes de la vida además de las enfermedades propias de la vejez, sólo cuentan de vez en cuando -si se les pregunta- que es demasiado trabajo puchar por la vida, y encima tener que estar sacándole a la tilinga las dos o tres plumitas que le salen en la espalda, fenómeno que se le repite cada vez que alguien, por compasión, asco o descuido, procura moverla de su sitio.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Victoria Ocampo: la desconocida

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

Si bien mucho se ha escrito sobre Victoria Ocampo, sorprende la desatención por sus propios textos, tanto por parte del sector universitario, política y teóricamente correcto, que siempre la ignoró como escritora, como entre voces más tradicionales que, defendiéndola, no dejan de ignorarla en ese aspecto. Cuanto más, Victoria es vista como el ángel tutelar de esa gran casa literaria argentina que fue Sur: organizadora, mecenas, traductora, comunicadora, empresaria, pionera, descubridora o afianzadora de talentos. Queda por descubrir a Victoria escritora de sí misma a pesar de todo.
Y si Sur es vista por muchos como un baluarte de nuestra cultura en las décadas del 30 al 60, es porque escritores como García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar han reconocido con frecuencia la relevancia de Sur en su formación. Con todo fundamento le escribe a Victoria Gabriela Mistral: "Ud. ha cambiado la dirección de lectura de varios países en Sudamérica". Sin embargo, la labor creativa de Sur ha sido y es retaceada en nuestro ambiente. Así, Beatriz Sarlo la describe como "una empresa de traducción", cuando la mayor parte de los cuentos de Ficciones, de Borges, aparecieron primero en Sur -ciertamente, no como traducciones. No sólo Borges, sino Paz, Lorca, Alberti, Mistral, Neruda, Cortázar envían sus originales. Sur no fue solamente receptor: fue emisor, del mismo modo que Victoria no fue solo lectora y escuchante, sino hablante y escritora
Otro prejuicio corriente considera a Sur tribuna de valores ya establecidos, contra toda evidencia. Cuando llegan a Sur, Sábato y Bianco son dos desconocidos; lo mismo cabe decir de Murena y Pezzoni. Borges, exagerando, dice que él mismo lo era; pero lo irrefutable es que si el nombre de Borges se vuelve internacional es gracias a Caillois y Drieu La Rochelle, ambos vinculados por Victoria a Sur. Lo mismo ocurre con otros: Michaux prácticamente no existía cuando Victoria lo publica; Caillois era uno de los tantos jóvenes brillantes de París cuando Victoria lo conoce, y será con su apoyo que los libros que escribía y editaba se lanzan desde los aviones de la liberación en territorio francés, al final de la Segunda Guerra Mundial.
La verdad es que Sur nació tambaleante, entre el escepticismo y la burla de quienes rodeaban a Victoria, sin adherir totalmente a su riesgosa empresa. Cuando el barco empezó a navegar airosamente, habiendo sorteado escollos y cosechado inesperados aplausos desde los horizontes más prestigiosos, la aventura se convirtió en fervoroso proyecto: los más reticentes saltaron a cubierta y se incorporaron a la estela rutilante del éxito nacional e internacional sembrado y cosechado por Victoria. Vistas retrospectivamente, las reservas no eran injustificables: ¿cómo esta aristócrata educada en los cánones de una oligarquía criolla pudo desarrollar, junto con el sentido de la empresa editorial, el olfato del descubrimiento literario y la energía necesaria para convocar a las plumas más brillantes y dispares de su tiempo, a lo ancho y lo largo de tres continentes? ¿Cómo supo rodearse de críticos tan sobresalientes y a la vez tan desconocidos como Pepe Bianco, de asesores tan excepcionales como Alfonso Reyes, de admiradores tan diversos en espíritu y estilo mental como Rabindranath Tagore, Ortega, Drieu y Caillois al mismo tiempo?
No era sólo la vasta generosidad de Victoria la que motivaba su éxito indisputable: algo más que halagüeñas invitaciones precisaban los talentos que se reunían en Sur, algo más que riqueza y belleza se precisaban para sustentarlos. Había en Victoria un don rabdomante para descubrir las presencias más significativas de su tiempo, y lo que sostengo y mantengo aquí es que esta connivencia se centraba en su comunión con esas corrientes no sólo como espectadora, sino como creadora. "La capacidad de crear no es sino una facultad adivinatoria, una manera de inscribir nuestro enigma en el universo y entrar en comunicación con él" Adivinar y comunicar el Universo, adivinar y comunicar a los otros, es la manera de crear de Victoria, atenta siempre a la presencia del enigma en todo lo que la rodea.
Si Victoria aparece en el momento en que el feminismo -en que ella activamente participó- otorga una mucho mayor estatura a la mujer, es cierto también que ahora como entonces se siguen escogiendo para la mujer, preferiblemente, los roles nutricios antes que los creativos. Las mujeres preparan el terreno en que los escritores crean, mientras no amenacen con ser una de ellos o sustituírlos: éste es el mandato que Victoria escucha tan imperiosa como secretamente a su alrededor. Lo curioso es que esta visión machista de su persona y de su obra se prolonga hasta nuestros días entre los -y las- intelectuales al parecer más progresistas de nuestro medio. El hecho de que a casi veinticinco años de su muerte no haya ningún estudio de un texto tan notable, no sólo en la obra de Victoria sino en la literatura argentina del siglo XX, como La Rama de Salzburgo, donde narra su relación con Julián Martínez, acusa el vacío que la rodea. Victoria escribe desde la pasión misma, reconstruyéndola con un lenguaje único, en una tradición curiosamente carente de grandes y creíbles protagonistas amorosas.
La misma Victoria señalaba con humor que todos sus libros eran póstumos, admitiendo el poco
peso adjudicado a su obra. Todavía estamos en deuda en este sentido: poco ha aparecido en el país sobre su propia escritura, fuera de las glosas que han merecido sus Testimonios, glosas que se centran más en los testimoniados que en la visión de Victoria; ni un solo estudio profundo destinado a sus Memorias, mientras documentos triviales de autores insignificantes se verifican bajo la lupa potente de las teorías contemporáneas. Una tenaz indiferencia rodea la obra de esta mujer a la que dijo Gabriela Mistral: "Desde que leí su primer libro, supe que Ud. entraba en la escritura literaria con cuerpo entero."
Arrinconada como musa o empresaria, como traductora o mecenas, como entrevistadora o escuchante privilegiada, como amante de alto vuelo o amiga solícita para todo accidente doméstico que perturbara a sus ilustres amigos, desde el alojamiento digno de Rabidranath Tagore hasta los zapatos de Paul Valéry, Victoria no deja de escribir incansablemente. Escribe como viajera deslumbrada y deslumbrante, como autora y actriz, como observadora infatigable de la naturaleza y de los insectos humanos que tantas veces la fastidian. Como lo dice espléndidamente Martínez Estrada, atraviesa como una rama dorada la selva donde habitan las panteras y los leopardos.
Escribe no sólo artículos y libros sino, además de sus Memorias, infinita cantidad de cartas, que en volumen superan todo el resto de su obra; no en modalidad de discurso, sino ante todo en clave de monólogo y diálogo. Sin ambición pero con una notable tenacidad, con instinto inflexible, Victoria escribe rodeada de silencio. Generosa como es, no deja de clavar un estilete agudísimo en las grietas de los gloriosos. Son memorables sus despiadadas instantáneas acerca de los genios y candidatos a genio que la rodean:
"Lacan me pareció un pequeño Napoleón"."Ravel parecía ignorar a Ravel"."Borges no se merece el talento que tiene". "Noailles era una mezcla de cisne y de serpiente" Si estas memorables definiciones han pasado al olvido es porque se reduce a Victoria al rol de la admirante perpetua, de la consoladora inigualable, de la amiga abnegada e incondicional. El hecho de que todas estas virtudes, que en ocasiones encarnó, no empañaran su poderosa capacidad crítica, que se expresaba de modo tan lúcido como fulminante, desarregla y desmiente la imagen consabida de una Victoria amistosa hasta la ingenuidad. El reduccionismo que sigue inspirando a la crítica se empeña en ignorar los dones críticos de una mujer que sabía mucho más de literatura que de teorías literarias y de generosidad más que de deconstrucción.
Ella se adelantó a adivinar y ahora es nuestro turno adivinarla. No sólo adivinarla, sino proseguirla en esa fe en la hermosura que nos une a todos, más allá de los malentendidos producidos por la historia de los vanos prestigios culturales que nos distancian y nos confunden, más allá de la pedante y resecante tradición universitaria que reniega de ella, más allá de los resentimientos y envidias que provoca inevitablemente una existencia como la de ella, poblada de talento, belleza, libertad y amor.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.


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Año I - Nº 3

Año I - Nº 3

GACETA LITERARIA Nº 3 – FEBRERO de 2007

Homenaje a la dibujante Nanzi Vallejo (Santa Fe/Argentina)
Obra: Paisaje imaginario 12 – Grafito 0,37 x 0,23 m – 1989 – Colección Particular, Texas, U.S.A

PÁGINA EDITORIAL

De premios y castigos.

Quienes habitamos una realidad social, histórica y cultural donde las editoriales se han visto obligadas a ostentar la ignominia de sus indiscretas bancarrotas -arrasadas, engullidas, inmoladas en aras de los famosos meganombres que monopolizaron la actividad durante la década neoliberal y que las fue transformando en mal enmascarados talleres gráficos sobremuriendo desde la deprimente vergüenza de vender al mejor postor sus más caros principios fundacionales-, testimoniamos que quienes tienen acceso a la publicación son aquellos autores cuyo poder adquisitivo los sitúa en una situación de privilegio, una situación que les permite, financieramente, hacerse cargo de los gastos.
Circunstancia que no garantiza la calidad intelectual del producto ni el valor cultural del mensaje pero que, además, ni siquiera asegura una adecuada difusión de la obra. Porque cuando los países adolecen de patologías sociales, cuando campea la ausencia de normas, cuando cada uno de sus ciudadanos hace lo que quiere, ningún gerente se siente obligado a respetar las letras que fueron suscriptas en contratos de índole privada. Entonces, una vez que la empresa ha cobrado el importe correspondiente a la impresión de la tirada ya no existe interés alguno en difundir o distribuir la obra editada y nadie se hace responsable por la consumación de la estafa.
Sabemos que el arte siempre es juego entre el testimonio y la magia, entre una constatación y una revelación, que siempre ha sido un fruto de la relación del artista con lo circundante, con su tiempo, con su lugar, un testimonio de esa relación y el fruto de esta relación [1]. De allí que, ante estos enlaces tan poco propicios, nos aferremos a los premios literarios como estímulo a nuestro desvalido quehacer, pero, también como promesa de acceso a la publicación. Y ello es así porque, cuando los premios son creados por motivos de política cultural y sin ánimo de lucro, generalmente logran incorporar mecanismos de deliberación nada tendenciosos y el jurado puede actuar con plena libertad e independencia, haciéndose cargo, en cierta forma, de un patrocinio que desvanece parcialmente la orfandad, el anonimato y el secreto que rodean a las obras inaugurales, ayudando a dar a luz ediciones modestas y semiclandestinas en el cumplimiento de una función tutelar que hace posible, siquiera a unos pocos, el acceso a su lectura.
Como escribir es un trabajo muy neurótico, estás siempre rodeando una especie de agujero, que es la nada, el sin sentido absoluto de lo que haces, y nunca llegas a tener la confirmación plena de que lo que haces sirve para algo [2], los premios literarios sirven, en los comienzos, como aliciente, como amable lisonja, como afectuosa palmadita en la espalda que impulsa a perseverar en la búsqueda de ese lenguaje común capaz de hermanarnos y, más adelante, como recompensa, como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura. Momento clave en que el descubrimiento nos da alcance y entendemos que escribir nunca fue una manera de ganarnos la vida sino la única forma válida de no morir. Si así lo entendiéramos no caeríamos en la trampa de andar peregrinando por los caminos de la incertidumbre sometiendo cada creación literaria a periódicas evaluaciones. Y solamente participaríamos cuando las mismas presenten reglas de juego claras, persuadidos de que sirven para algo más que para satisfacer nuestro ego, convencidos de la transparencia de su organización y confiados en la ecuanimidad de los jurados.
Por ello, la gran mayoría de los que elegimos exiliarnos de la prepotencia, el cinismo y la megalomanía de quienes se reparten cíclicamente los galardones con que suelen premiarse mediocridades y modas, los marginados de los círculos literarios oficiales, renegamos de los premios comerciales, de los premios editoriales y preferimos aquellos otros que, desde una atmósfera más proba y más discreta promueven instituciones cuya integridad no presenta fisuras.
Instituciones que han asumido el compromiso de crear espacios válidos de divulgación del hacer literario de tantos hombres y mujeres que permanecieron fieles a sus sueños mientras la sociedad de principios de siglo los agobiaba con una desvalorización vergonzosa y un inconsistente relativismo. Los que se negaron a aceptar la competencia como contienda, la soledad y el aislamiento como ejercicio del poder, la desilusión como horizonte. Personas comunes que decidieron dar un sí definitivo a la solidaridad, al compromiso, a la participación, a la responsabilidad.
De todos modos, es probable que los premios literarios sean sólo un invento de algún irónico demiurgo capaz de regodearse en la paciencia con que el tiempo derrota todo resto de arrogancia o, mejor todavía, no sean nada más que una colina desde donde avizorar, avergonzados, nuestros desnudos y mezquinos horizontes preguntándonos acerca de esta absurda necesidad de ser reconocidos.

[1] Felipe Noé – Antiestética
[2] Rosa Montero – Los premios literarios


PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINOS

Dime

Dime
sólo dime si queda algo de mí
que no detestes
que no te aburra hasta el asqueo,
explícame que foto del pasado
queda visible,
el puro blanco es la pálida nada
primero has perdido la cabeza
después el amor a las virtudes,
que ahora detectas como inútiles defectos,
así que recuerda y dime
si queda algo de mí que no detestes.

Lisandro Romero (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Es abril

Vuelve a oírse en la tierra un dejo agónico:
Es abril, y en los arces amarillos
ha empezado a envolvernos el otoño
con la ceniza del fervor herido.
En la calma que tiene sol a fondo
aguarda el ansia de la estrella.
Por el camino de oro
es abril y la tarde en mí regresa.
Es abril en el alma, abril en torno,
abril en las caricias.
Un presagio recóndito
sitia la casa del ayer, vacía.
A la vera del húmedo camino
es abril, y los arces, amarillos…

Fortunato Nari (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

Por una sola vez.

La poesía no está en primera plana,
casi nunca es noticia
porque
claro
no estalla,
no malnutre,
no agoniza en urgentes hospitales
ni lucra con los órganos de nadie,
no amanece sangrando,
no asesina,
no se roba un millón,
no se postula
a la vice vergüenza,
no protesta
cuando un golpe de pan exasperado
nos conmueve las vísceras.
La poesía no está en ninguna tapa
porque no tiene senos como nardos
ni se pone vestidos espantosos
(pero eso sí: carísimos)
y desde luego nunca estuvo en Bosnia
viendo caer la tarde
pero muerta
sobre un lecho de uñas como esquirlas.
Tampoco se parece a los ministros
ni a los embajadores del ocaso,
no vende sueños,
no regala nada,
no está bajo sospecha,
no compra su albedrío,
no le arranca la venda a la justicia.
Pero sería hermoso abrir el diario
y enterarse de que
en alguna parte
ha hecho impacto el misil de una metáfora
conmocionando el talle de la inercia;
sería todo un vínculo
que nos matara un golpe de elegía;
escuchar en la radio que el gobierno
de un país sin cesuras militares
invade a su vecino poco clásico
con acentos internos,
sinalefas de salva,
con el vuelo rasante de una lira.
Sería, digo, todo un precedente
asustar con una oda,
con el ojo parcial de alguna elipsis,
con la nariz de un verso
a los cronistas,
que marcharan de a ocho los soldados
a paso de romance
por calles de papel, con una endecha
y un ex libris de viento por insignia.
Sería todo un cambio de estrategia
llorar con veinte lágrimas pareadas,
estornudar un juicio consonante
sobre el arte mayor de tus caderas
y que a nadie le importe
lo que diga la crítica,
y ver a los campeones de la usura
por una sola vez
(y por ejemplo)
por una sola vez
contando sílabas

Ariel Giacardi (Santa Fe/Argentina)

De vivir

Desde aquel tiempo de malvones,
atravesado de soles inocentes,
hasta esta confabulación
de ocasos en presente,
se abrió paso la vida
moviéndose en humana geografía.
Aquí, donde las huellas pesan
y a menudo los dioses
no llegan a recordarnos
por estar tan lejos.

Decido no pensar, ni comparar:
a pesar de mí, las imágenes llegan
y el recuerdo enrojece como
enrojecen bajo el sol las uvas maduras.
Mi infancia exime de culpas
las mariposas muertas que aún
alcanzan a rozarme con total pureza.
Con ellas… dejarme ir con ellas
por la eventual libertad de las palabras
completando el ritual de mi Mandala.

Mientras el capullo del verso brotaba
se abrió paso la vida.
Y de vivir, nadie sale ileso.
Ella nos lleva consigo
como un sol que amanece , y luego,
uno ve su luz
bajando sobre las paredes.
Para salvarse , quizás no haya
otra cosa más que el verso ,
y su mudable condición de fuego.

Miryam Colombotto de Seia (Gálvez/Santa Fe/Argentina)

Voces -

I


Solamente por lo que anida
la aventura de posar los pies
en el amanecer
vale la pena
hospedar la noche.

Silvia Schönhals (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Taxi-Momia

Por Eric Courthés (Mayotte/Francia)

Iker ahora recordaba, extraño encuentro y rara coincidencia otra vez, a un viejo taxista de Asunción, capital del lejano y mítico Paraguay, a donde solía viajar, como investigador y escritor de los domingos y días feriados….
Vino a buscarlos en la entrada del Manduará, por una noche oscura, para bajar hasta la Vieja Estación de la Plaza Uruguaya…
El vehículo era tan antiquísimo como el chófer y parecía levitar tranquilo, libre de gravedad, en un espacio y tiempo dignos de Amoité…
Literalmente se deslizaba por los rieles del tranvía y bifurcó hacia Mariscal Estigarribia…
Taxi-Momia era muy chiquitito, otro chófer que lo cruzara no habría visto sino una gorra, manejando con destreza un antiguo Ford Falcon, de tan triste notoriedad…
Uno tiene que decir además que el Abuelo Ezequiel, así podemos llamarlo, no pronunció ni una sola palabra durante todo el recorrido, en mi asiento estaba congelado por esa irrupción de la Muerte y su extraño cortejo, impregnado de banalidad…
Desde luego no le confesé nada a mi esposa, otra vez habría pensado en mandarme al manicomio, donde el Doctor Mafiel, Fiel de Fechos, me estaría esperando con una jeringa enorme y una mirada sádica en los ojos…
Al cabo de diez minutos de extraña eternidad, Ezequiel Caro nos dejó en el Lido bar, donde disfrutamos con todo de una sopa de surubí, satisfecho en lo que me atañe, por haber reintegrado la Vida…

PÁGINA 4 – Narrativa

No soy Jack

Por Darío Schvetz (Corrientes/Argentina)

Con un trapo húmedo, Antonio intentaba arreglar el despelote que había armado en la cocina. Hablándole a las paredes, gritaba “por qué mierda tiene que dejar el aceite siempre al borde de la alacena”. Continuaba agachado limpiando el piso “no soy Jack, la puta madre, no soy Jack”.
Jack lo miraba desde el periódico, con una sonrisa inmortal. No es agradable o estimulante limpiar manchas de aceite. Uno pasa diez veces el trapo y todo sigue mugriento. Antonio había terminado de leer el artículo hacía unos minutos. Mientras intentaba condimentar su ensalada, para acompañar su pedazo de pollo magro, a la plancha y sin sal. Tenía la costumbre de leer durante las comidas y ello le ocasionaba más de una indigestión. “Esto es una mugre total”, dijo, siempre conversando con las paredes. Tomó su frasquito de pastillas y eligió dos. Una de color rojo para la hipertensión arterial y otra blanca para los dolores del cuello. Pensó “este hijo de puta, tiene diez años menos que yo y se monta pendejas de treinta años”.
Jack seguía impecable mirándolo desde la gigantesca foto del periódico.
La página siguiente se dividía en dos partes. En una, se veía a Jack con dos hermosas mujeres y el periodista había escrito:”Jack las prefiere jovencitas”. En la otra, que se titulaba “La danza de los millones”, el periodista comentaba sobre el fanatismo del actor por el equipo de básquet “Los Ángeles Lakers” y la imposición de no comprometerlo para sus rodajes en fechas y horarios de juego. También se señalaba en sus contratos que solo trabajaría cinco días a la semana y que si se excedían en los horarios, se le debería pagar el triple. “Jack- escribió el periodista- pide lo que quiere. Cobra 20 millones por filme y ahora con su última película exigió un porcentaje de las ganancias, ya embolsó más de 60 millones”.
Antonio tragó un pedazo del pollo, que ya estaba frío y le perforó el estómago. Se levantó de la mesa y en su pieza buscó su billetera. Estaba repleta con tarjetas que señalaban las direcciones sus clientes, una arrugada e insignificante foto en blanco y negro de su padre fallecido y otra de igual tamaño de una hija ausente. Contó el dinero. Alcanzaría hasta el próximo fin de semana. “Tengo que pedir un adelanto”, pensó.
Se acercó al espejo del baño y en vez de ver su rostro demacrado, se le apareció la imagen de Pamela. Calculó el tiempo que no veía a su hija y el de la última discusión. Habían pasado más de dos años. Tuvo un deseo, mirar sus ojos y acariciar su pelo. Lo hacía siempre cuando la buscaba al salir del colegio. Pero se dio cuenta que su relación no tenía retorno. No la vería más. Sintió un cosquilleo en las piernas y un raro dolor en la espalda.
Se acostó, cerró los ojos y pensó “tal vez, llega el final”. Sintió el timbre, que sonó varias veces. Reconoció la voz de su empleada doméstica. Abrió la puerta y sin explicaciones le gritó “No dejes más el aceite al borde de la mesada, entendiste, porque yo ¡ No soy Jack, la puta madre, no soy Jack!

PÁGINA 5 – RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN – 1905 / 1974 (Buenos Aires / Argentina)

Prohibido celebrar el Primero de Mayo

En la profunda soledad de las fábricas grises
En la oscura herramienta silenciosa
En los quietos arados pensativos
En las minas que guardan el secreto del tiempo
En los puertos que esperan con las naves calladas
En los hangares pálidos y el petróleo cautivo
En el olor a bosque derramado de los aserraderos musicales
En la estación que invaden las libres mariposas
En el bostezo de las frías oficinas
En el libro cerrado sobre la mesa familiar
En la lámpara sola que alumbró la vigilia
En los niños que sueñan con las islas distantes
En el canto que cantan los arrieros y el grillo
En la lluvia que hace nacer las azucenas
En el aire en el fuego en el agua en la tierra
Nosotros nos hacemos presentes con el día.
Nosotros los proscriptos miramos allá lejos
Donde la primavera perdida está esperando

El caballo muerto

Medianoche. Sobre las piedras
de la calzada, hay un caballo muerto.
Aún faltan cinco horas
para que venga el carro de "La Única"
ÿ se lo lleve. Ese caballo viejo,
hedoroso de sangre coagulada,
ese pobre vencido, fue un obrero.
Un hermano del pájaro. Un hermano del perro.
Fue el hermano caballo, que anduvo bajo el sol,
que anduvo bajo el agua, que anduvo entre los vientos,
tirando de los carros,
con los ojos cubiertos.
Fue el hermano caballo. Ninguno irá a su entierro.

Eche veinte centavos en la ranura

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
[…]
Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

La luna con gatillo

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

El poeta murió al amanecer

Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, las esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Hyde y las bestias

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

"La gente no soporta estar consigo misma"
Héctor Tizón (*)

I

En sus zambullidas al mundo irreal de la inmateria, Hyde suele soñar consigo mismo. Esos desvaríos repiten con porfiada insistencia una misma imagen que se diluye sólo por cansancio o absurdo: allí, cuando no es él (o cuando es él más allá de lo que puede controlar), Hyde es simpático, amable, fiel, correcto, cálido.
Luego, lentamente, se despoja de la anestesia del ensueño y vuelve con tranquilidad a su yo: entonces se reconoce como antisocial, malhumorado, infiel, borracho, pendenciero. La adjetivación, que podrá ser hiriente, reconoce una virtud. Hyde sabe lo que es: un animal que no se acomoda al entorno y se muestra tal cual es; un animal que rechaza esa perfección imaginaria. Hyde piensa, con lógica, que él es el más honesto de los tres; piensa, también, que en sus sueños, como en un espejo traicionero, él es lo que los otros quisieran que sea, pero no lo que en verdad es. Él, sencillamente, asume su condición de bárbaro, y paga el precio de una vida de reclusión y soledad. Se ve como una víctima; una víctima de brutal honestidad; una víctima de los otros.

II

En sus delirios más afiebrados o en sus más brutales borracheras, H. cree que es libre: ya no dialoga sin ganas; no hace el amor con una mujer que no le gusta; no trabaja en oficinas de espantosa rutina; no sirve gentilmente la carne en las fiestas; no paga los impuestos. Imagina, H., que vive solo fuera del "infierno de los otros" y que no encarcela al animal. Fantasea que, ebrio de libertad, no esconde ni calla y deja que crezca ése, el otro, el que desea fervientemente a la vecina; el que se gastaría la vida en una noche; el que quiere madrugar en vela y perder la cordura al menos por un rato; el que quiere huir; el que tiene terror pero no puede manifestarlo; el que está harto de su vida y su gente; el que está cansado de su propio ser, el que quiere recuperar sus licencias; el que mitifica el pasado.

III

En las noches, todavía hoy, puedo escuchar las voces de los otros, de Hyde, de H. -dice el Dr. a su analista-. Esa voz me provoca, arenga, desafía. Me dice cosas como éstas: "¿Sos capaz de sacarte las ropas y las máscaras, abandonar los tics y gestos con los que otros te identifican, olvidarte de los códigos que compartís por comodidad o abulia, volver atrás, renunciar, soltarte del brazo de la tranquilidad, la conformidad y el aburrimiento, y entonces, en el silencio hermoso y terrible de tu casa, frente al espejo (a lo que sos y a lo que odiás de vos), desnudo de distracciones y miradas, vaciarte de artificios estúpidos y dejar que fluya lo que te queda de instinto?".

IV

En las mañanas, acallados los demonios, quedan las consecuencias de la colisión y las víctimas: el pudor, el cansancio, la sinrazón, la culpa y, sobre todo, la verdad. Entonces, H. reprime a Hyde. Y el Dr. somete a H. Y el analista controla al Dr., que sale a la vereda, saluda animadamente a sus vecinos y recoge el periódico antes de ir a trabajar.

* Clarín (2004)

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINOS

Receta para escribir un poema o Utilísima I

Toma un bol
de barro
o de madera
de tamaño mediano
para que las odas no arremetan
soba
acaricia
frota
hasta que tus manos enrojezcan
sella los poros
los resumideros
así el miedo no arme
un ballet de cuerpos de fantasmas

por aparte
en placa convencional
enmantecada
ordena tres docenas de sarracenos desmontados
acarreando sus caballos de piedra bajo la luna
espolvoréa esa masa con herraduras doradas
con toques de canela
así el vino tiña tus labios
y arríe una nube
acomodándola por dentro

toma tu aliento
tus carnes
las croquetas insondables de tu infancia
los mares envenenados
entierra tus pulgares
el resto de tus dedos
descifra ese relleno
recorre tu camino hacia Pink Floyd
con el índice hundido en El Peloponeso

si el temor
si la soledad
te atacan con máscaras venecianas
mezcla suavemente
hasta que vuelva algún amigo
como Mauricio
recorre con él a Cortazar
por las calles apretujuelas de México D.F.
consigue una pasta lisa
que funda los grumos del desasosiego
y su recaída final

deja descansar en lugar oscuro

si te cansas
si desfalleces
prepárate un gazpacho
agrégale una palta (receta america¬na)
piensa en tus hijos
en sus dientes de leche
inícialos en las señales viales
recoge los peines y las cáscaras
regadas a tu paso
bebe tu gazpacho

si se corta
apoya el bol en tupido hielo
toma el rastro de la humedad
de una cofia de baño
bate fuerte
hasta que conseguir
una tormenta en El Cairo.

Maisi Colombo (Tucumán/Argentina)

Leones de la cama

Qué culpa tengo yo de no ser un hombre camaleón
Si no me da gusto mimetizarme entre los otros
Me place sobresalir
distinguirme con mi risa
mi corazón
tal vez mis versos
Acaso merezco una condena
por confesar la noche en sus dialectos
distanciarme sí de esos tipos
es un mérito en sí mismo
Si no usan anteojos después de los 40

En cambio admiro a los que sueñan
los que se van a la cama cada noche
y cada vez que se despiertan
creen que ya no van a renguear
que han dejado de ser ciegos
que tendrán amigos para siempre
Amigos con los que emborracharse
las noches de los tristes en el Abasto
Escribir con ellos en su libretita norte
que la vida es geométrica
matemática
directamente proporcional a nuestros defectos.
Las virtudes no cuentan las virtudes no
Laberintos del entorno
Confesiones dialécticas
El horóscopo no dice que lo que me va a pasar
me lo merezco
Por no ser camaleón
por no estar feliz de haberlo sido
Cómo me hubieras preferido
Igual a los otros

Ernesto Charpentier (Buenos Aires/Argentina)

El cuerpo en la palabra

Penetra en el cuerpo, la palabra,
desde la intemperie ancestral, desde la ausencia,
ella inscribe sus símbolos en la boca clausurada
sobre el cuerpo y sus agujeros,
inscribe su metáfora,
herida abierta en la grieta del cosmos.

Deja en la memoria su tatuaje de animal en celo,
su leche de verbo fundante,
su cuerpo como destino en el cuerpo del otro.

Murmullo, lamento, decir, callar.
Invocar voces.

Mientras alguien se enamora
de bellas acepciones
otras palabras hunden grotescos
en el centro del pecho, bien adentro.

Palabra como hambre,
negada en la lengua del otro,
el del vientre saciado,
el impune al dolor,
al ruido de tripas allá abajo.

Olga Lonardi (Entre Ríos/Argentina)

Réquiem de carnaval

Diríase de un pliegue
en el luto feroz de toda carcajada.
El peregrino lame un tigre de alabastro
como si fuera un cisne, una constelación,
mi copa de veneno noche arriba.
¿Quién te envuelve hasta despedazarte
si la luz quema desde las alabardas
y misteria el insomnio?
Mi hijastra (que es mi madre)
pudrirá su cuerpo en el diván de las ciegas.
¡Otro, otro carnaval
para engarzar con los buitres del olvido!
¿Hay carne debajo?
¡Barnizaste el rosario de dientes de perro!
Diamante de crucifixión,
no me preguntes por la fiebre.
La veladora escribe en mármol negro
lo que flota ya en las aguas:
la piel vampira que labraste.

Manuel Lozano (Buenos Aires/Argentina)

Hipertensión

Que no podías quitar los ojos
de la pantalla
que una y otra vez las imágenes
se repetían.

Se re-partían
y partían
que sin palabras
que la injusticia.

De pronto ya no están
¡basta!

No se habla más del tema.
Otros sucesos nos sacuden
y acuden sin que los llamen
mientras el viento. Y el desierto.
Y el niño con harapos.
Y la hambruna del mundo.

Qué hacer Señor de arriba
te preguntamos los de abajo,
por la selva tronchada,
por los ríos sin agua,
por el recuerdo de la largas lluvias…

¿Ud. tiene problemas?
-me preguntó boludamente el médico-
-no más que la otra gente…

Y comencé a comer sin sal.
Mas no logré sacarla de las lágrimas.

Rosita Escalada Salvo (Misiones/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Escena última o la Metamorfosis de Narciso

Por Carolina Orlando (Luján/Buenos Aires/Argentina)

Escena I

Es la siesta, hora en que todos duermen menos Enrique. Tiene doce años. Está en escena jugando con autos de juguete. Por los vidrios de las ventanas entran rayos de sol fuerte. Esos rayos se pegan al piso de la sala, dando tonos anaranjados al lugar. Los muebles son escasos, pero grandes: una biblioteca que ocupa una pared, dos amplios sillones y una mesita baja. Una puerta corrediza que, abierta, conecta la sala con la cocina. Ahora está cerrada. La puerta que da a la calle tiene vidrios lánguidos y opacos. Hay una ventana de cada lado de la puerta. Hay varios cuadros en las paredes. Uno, particularmente, inquieta al niño. Es una reproducción del retrato de Suzanne Valadon, de Lautrec. De a ratos, lo espía. Ahora, por ejemplo, lo está haciendo, y arrastra, de todos modos, el autito rojo sobre la mesa baja recién lustrada.
Suenan dos timbres seguidos. Enrique va hacia la puerta. Adivina la silueta de su amigo. Abre. El amigo entra. No se saludan, no hace falta, el suceso es diario. Siempre, a las dos de la tarde, el amigo de Enrique toca dos veces el timbre y Enrique lo deja entrar. Conversan y, al cabo de esa charla, deciden apartar los autitos. Van hacia la biblioteca. Enrique mira, de reojo, el Lautrec. Saca, de todas formas, el libro negro. Caen algunas páginas al piso. El amigo de Enrique las junta y se las entrega a Enrique, que las intercala entre las tapas del libro. Lo golpea contra el piso para delimitar las hojas. Ahora sí lo abre con cuidado. El amigo quita una de las páginas. Tiene la foto de Dalí con dos flores incrustadas en el bigote. Cuando sea grande, quiero un bigote así, parecen decirse entre risas y muecas. Gira esa hoja y quita la que sigue. A esa, la acomoda en un rincón. Sobre ellos, colgado en la pared, hay un cucú que ya no canta. Enrique va hacia la mesita que está entre los sillones. Debajo hay una caja. La saca de su lugar. La abre. Elige unos muñecos.
La hoja del libro tiene la imagen de un cuadro de Dalí: Villa Bertran. Enrique y el amigo se reparten los muñecos. Los acomodan. Juegan una batalla con indiecitos y soldados. Les ponen voces, los mueven, reinventan el mundo de la guerra. Van cayendo los muertos. Los indios llegan a la casa. Liberan a la indiecita secuestrada por los soldados. La guerra acaba. Enrique guarda indios y soldados. El amigo coloca la imagen en el libro y elige otra. Ahora la escena tiene un barco y un marino y la novia del marino. Juegan ese otro juego. La luz de la ventana gira imperceptiblemente. Los niños no lo notan. Ellos viven el mundo que juegan hasta agotarlo. Hundido el barco, guardan la imagen. Enrique elige la siguiente. La observan juntos. Hablan entre sí. Enrique mira el Lautrec y decide ordenar los muñecos y los autos que habían quedado apartados debajo del sillón. El amigo mal acomoda el libro negro que dice Dalí en la tapa. Tiene, en una de sus manos, la última escena. Caminan hacia la puerta de calle. Enrique la abre y la luz del sol ciega la sala. Su amigo ya está afuera, esperándolo. Lo único que puede ver Enrique es la mirada de Valadon, y sale. Cierra la puerta. Otra vez, la luz de los rayos del sol se atenúa por la opacidad de los vidrios. La penumbra anaranjada invade la enorme sala.

Escena II

Esta escena ocurre en el río. Hay árboles bajos y pastos altos. Entre los pastos, hay un espacio angosto que lleva a la orilla. La tierra es húmeda. Enrique y su amigo andan por ese camino. Enrique rompe una de las ramas secas de un árbol. La quiebra en dos y le entrega una de las partes a su amigo. Ahora tienen armas. Examinan la tierra con la punta de la espada. Hurguetean entre los cascotes. Enrique encuentra una araña y la destruye. El amigo desarma un camino de hormigas mientras Enrique lastima lombrices.
Entran, en la escena, dos nenas. Les hablan. Conversan con Enrique. Firme, levanta la espada y señala el norte. Las nenas se alejan, llorando. El amigo observa todo. Está atrás. Encontró un sapo. Lo clava. Lo mata. Lo mutila. Lo tapa con pasto. Enrique se acerca a la orilla. Mira su cara reflejada en el río. Apoya el índice en el agua. La cara se deforma. Eso lo asusta. Espera. Los ojos vuelven, lenta y onduladamente, a su lugar. También los labios. Se quita el pantalón y los zapatos. El amigo le señala una parte oscura en el agua. Le dice algo pero Enrique no lo escucha porque se alejó de la orilla. Ya hundió sus piernas en el río. Los dedos de los pies se sumergen en una capa de tierra húmeda y musgosa. También sus manos se hunden. Mira la cara que se refleja con cierto estupor, o idiotez. Flexiona los codos y se acerca. La frente ya se ensucia de barro. También el pelo y los ojos, que no ven. Se impulsa con los brazos. El cuerpo, todo, entra. Desaparece. El amigo sigue señalando la zona oscura en el agua y observa la escena, desconcertado. Mira hacia atrás pero no hay nadie. No sabemos si eso lo tranquiliza o lo inquieta. Se asoma. Se mete en el río hasta los talones. No hay rastros de su amigo. No quiere ver la cara que le refleja el agua. Se arrodilla, apoya la frente en una de las piernas, sumerge las manos y encarna las uñas en el barro, para sostenerse. Llora. No mira a su alrededor. Una mano pálida emerge. Tiene hojas entre los dedos. Entre las hojas hay una flor blanca con su bulbo. El amigo no la ve. Sigue agachado y llora oculto. Para él, la mano con la flor no existe.

Escena III

La madre de Enrique le quita el polvo a los cuadros con un plumero. Le sonríe a Valadon. Parece orgullosa de su reproducción del Lautrec. No adivina la irónica sonrisa del retrato.
Nota que uno de los libros de la biblioteca no está en su lugar. Ella sabe que es el de Dalí. Empuja el lomo para emparejarlo. Ahora sí, parece pensar, porque sonríe satisfecha. Deja a un lado el plumero y mira la taza que dejó esperando sobre la mesa baja. La sala está casi en penumbras. Se sienta en el sillón para esperar a Enrique. Como todas las tardes, él volverá antes de que termine de bajar el sol. La madre observa la puerta de entrada. Por los vidrios no se adivina ninguna silueta. Con demasiada paz, se lleva la taza a la boca y sorbe el último trago de su primer té.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

La palabra desnuda - “Obra poética (1953 / 2004)” - Rubén Vela –
Editorial Vinciguerra – Argentina – 2005 - 579 páginas

Según Heidegger, entre todos los hombres, sólo el poeta cumple la función de celebrar las esencialidades del mundo, de transferir por la palabra, para los demás hombres la verdad de su entorno visto como mundo o universo y la verdad del ser hombre, visto como humanidad. (Arte y poesía 95-96). Por lo tanto, el poeta, en cualquier lugar geográfico, asume en sí a la humanidad y la actualiza en creaciones de belleza; su obra es la respuesta a la propia circunstancia espacial -recortada por la geografía nacional o universal- y la circunstancia temporal de su presente por el que detiene en cada poema el devenir histórico de su región, del país y del cosmos.
Rubén Vela, muestra una profunda y amorosa adhesión al ámbito circundante, lo que le permite fragmentarse en cada ser y en cada cosa, penetrarlos y dejarse penetrar por ellos hasta la consubstanciación. En su obra se desborda lo nacional y sus referencias abarcan otros puntos del continente, mostrando cómo la literatura abandona el localismo para ser expresión continental.
El sentimiento de lo telúrico ha sido objeto de especulaciones por numerosos ensayistas latinoamericanos que han sabido interpretar la influencia del telurismo en Latinoamérica. El paisaje modela al hombre y afecta no sólo su índole semántica sino también su psicología y sus condiciones socio-históricas.
Alvin K. Lukashok y Kevin Lynch afirman que intrínsecamente el hombre siente la necesidad de la naturaleza, la cual parece influir hoy, hasta cierto punto “moldear” la vida del hombre. (The subversive science 86). Asimismo el escritor Julio César López comenta:
La tierra no es sólo muda geografía o simple medio de vida, sino fuente de emociones, de vida afectiva y hasta de una cosmovisión. Desde esta vertiente la tierra incita la ensoñación, la imaginación, la visión estética de las cosas y alimenta la conciencia de permanencia en el tiempo de vida. La tierra es, pues, fraguadora de un destino: escultora de una trayectoria en el mundo. (López 11) Más adelante Julio César López afirma que “la potenciación de la tierra y el hombre como elemento estético, configura un orbe de ficción que universaliza la proyección humana del problema social. ( López 11)
Rubén Vela recorrió su América, la vio, la palpó, se llenó de ella, sintió entonces la necesidad de unirse con la tierra, consustanciarse con ella. El sentido americanista de su obra es precursora en su generación como búsqueda de su identidad. Vela vive su poesía en la que aprehende la realidad circundante. Sus poemas manifiestan esa realidad a través de su temática, imágenes e ideología: “‘Esto es América’, me decían, / mostrándome las altas cordilleras, …Sólo vi pies descalzos, / …vi desolación. Y, al borde, / las grandes ciudades opulentas, sólo / al borde…” (Maneras de luchar 79)
Como la literatura es un termómetro de la sensibilidad colectiva, las primeras manifestaciones de rebeldía contra el espíritu europeizante, los primeros movimientos del anhelo de diferenciación estética procedieron de los escritores. Pueden encontrarse en cada uno de los países del continente novelistas y poetas que han creado obras en las que palpita la vida de la entraña americana, con sus personajes típicos, con sus ansiedades peculiares.
El americanismo, esa tendencia a acentuar valores que consideran propios de lo geográfico, social y cultural de nuestro continente se esboza ya en el asombro de Cristóbal Colón y adquiere tácita vigencia en los cronistas de Indias. Generación tras generación, los escritores americanos han acudido al paisaje para crear el ambiente adecuado al tema a tratar para externalizar, a través de su contemplación, íntimos estados de ánimo de los protagonistas, y aun para conferirle el papel protagónico. Los ejemplos son numerosos. En todos ellos hay algo en común, la preocupación por una realidad concreta que debe ser modificada y que no pueden desconocer ni como ciudadanos ni como escritores. (Relectura de Rómulo Gallegos 109)
Vela expresa con dolor y firmeza:
Hoy por ti, mi pueblo americano. / Mi raza campesina. / Raza entera de hombres / con los pies en la tierra / y con tanto dolor / como cabe en el mundo. / Para hablar y respirar, / sólo por eso, / hoy por ti, América, mi pueblo!… (163)
Y dirigiéndose “a los hombres de este siglo”, imperativamente manifiesta su mensaje: “Contemplad la Palabra / Leedla / en los muros…” / donde se reclama “el pleno ejercicio del amor, / la libertad inmensa / Buscadla /…” en el “Pueblo…” “Ved la palabra / en ese niño hambriento…” que destroza “en llantos su futuro…” / inalcanzable. El poeta quiere ser escuchado; esta es “Su porfiada esperanza” para lograr la toma de conciencia de la situación imperante en su América. (277-278)
Para Rubén Vela el llamado de la tierra, la fuerza que de ella emana debía subir por su médula, hacerse carne en él y transmutarse luego en poesía. Es preciso hundir las raíces en las entrañas mismas del paisaje y rescatar de él, uno a uno seres y cosas como movidos por el asombro y el deslumbramiento. Siente que es preciso crear como al comienzo. Nombrando y dando vida. Despojándose de todo lo superfluo; penetrando en el ser íntimo de cada cosa evocada en el verbo.
Si por acaso / algún día / olvido la palabra, / si por acaso/ —digo— / la palabra me olvida / me volcaré a la tierra, / me llenaré las manos / con barro nutritivo, / con profundas memorias vegetales, / con raíces de pan. / Ya casi arcilla, / ya casi material para alfarero, / ya casi sangre nueva, / savia / que llega del centro de la tierra, / de la desnuda roca del origen. / Un hombre elemental / en agua, tierra y fuego convertido. / Y en el aire, el poema. (174-175)
La poesía de Vela es vital, original y embriagante. El connubio entre el hombre y la naturaleza, la naturaleza y las bestias, las bestias y el hombre todo está en las páginas de su obra. Sus poemas nos hacen viajeros de la geografía de América, extensa y variada pero siempre con tanto poderío como para empequeñecer al hombre, mimetizarlo o condicionar su estilo de vivir. Así el hombre del pueblo, el obrero, la mujer, el niño, son motivos fácilmente reconocibles en la realidad americana. Pero son motivos poéticos, con carne, tierra y alma hecha ritmos, de imágenes, de palabras, de sonidos.
Crecen las palabras sin su sentido más preciso. Es / necesario encontrar la clave del poema. / ¿Dónde está la belleza? (75)
Por eso la tierra, su América, lo llama como a su ser fundado por ella y le impone el mandato de dignificarla, de celebrarla en el testimonio de la palabra. América, con Rubén Vela, al transfigurarse estéticamente va revelando sus dimensiones más secretas, esas profundidades que no son privativas ya de un lugar y de un tiempo. Con sus poemas intenta interpretar poéticamente la realidad, afirmar sus auténticos valores nacionales y humanos, vaticinar una era de paz y progreso para América y dar una nueva concepción poética: no “vivir de la poesía” sino “vivir la poesía”, consustanciarse con ella, hacerla carne en su propia carne. Es por eso que sus poemas expresan sus vivencias propias, sus más íntimas experiencias, además de reflejar al hombre de América, la América de su tiempo.
Bella Jozef con acierto corrobora lo dicho anteriormente al sostener que Rubén Vela logró captar “toda la grandiosidad de América, en la que el paisaje se funde al hombre, tornándose la poesía independiente de la sumisión a aquella y a lo individual del poeta” y afirma que este poeta “incorporó la poesía argentina al ámbito americano, con poemas llenos de significación humana y social”. (Bella Jozef 392)
Rubén Vela reconoce su destino: su esqueleto sustantivo es la poesía, que es la que lo sostendrá y al mismo tiempo conducirá su vuelo:
…pájaro embriagado
que lanza su grito jubiloso
hacia la aurora. (67)
Vela ha hecho surgir de su trashumancia las imágenes de un mundo como totalidad, y a la inversa, de esa totalidad surge la visión del hombre, sólo enceguecido de inmortalidad. En esa cosmovisión es una sinécdoque el continente americano. Muchos lo han cantado buscando el “ser” americano, pero Vela es el único poeta que le ha cantado con amor raigal:
¡Miradla bien! / Una raíz. Un sueño. (82)
Y más adelante expresa:
Yo trabajo / sólo con mi corazón / para nombrarte, / América! (81)
Bastó que llegara al corazón físico, a la ríspida altura del continente, para contemplar desde allá, con palabras que arrastran inevitables trozos de sí mismo. La magia, el panteísmo, el paisaje y es con esas palabras que redescubre su fuerza simbólica y exaltadora:
No continente. / Isla su corazón / aún olvidado. (77)
Y no basta la palabra, Rubén Vela inventa metáforas para nombrar a América:
Esa música es la fiera que acecha; / esa ferocidad, el asombro mortal / de su belleza. (98)
Si tuviéramos que definir la poesía de Rubén Vela aludiendo a una sola de sus características fundamentales mencionaríamos su capacidad para hacer que el poema medite acerca de sí mismo:
Aparecen las fieras: palabras / Aparece la locura y su arco de luces girando sobre / palabras vivas. Es una flor que grita. Un dolor. La / falta de un perfume. (270)
Y, con voz grave, advierte:
Pero fijaos qué curioso: / sin el hombre / el poema / no es. (306)
Para Vela el amor es uno solo, con múltiples destinatarios, pero en todos ellos hay una carnadura, y un contacto:
¿Y qué mejor que este maíz florecido y carnal, esta / palabra de lejana memoria? / Baila, nombre nuevo y perfumado, que en la noche / te cubriré de amor. (99)
Y con seguridad afirma:
Esta es la piedra viva que fecunda los campos y las / mujeres. (109)
Amor caleidoscópico que se metamorfosea en:
La Gran Madre Callada. (111)
Y luego da la síntesis de todas las imágenes:
Méceme como si fueras mi madre. / Bésame como si fueras mi mujer. (118)
Retorna al “ser” del hombre, a su problemática metafísica, al tiempo y a la muerte:
Estos días / que se deslizan entre mis manos / y mi fuerza no basta / para amarrarlos. (195)
Los poemas de este poeta abarcador y abarcado por la gracia de recrear el mundo y de rescatar el “vuelo” y la “sed” del hombre son el reflejo de la América total y una protesta social a través de la palabra.
En la síntesis y brevedad de sus “Fragmentos americanos”, Vela evidencia su preocupación social y cito un poema compilador de la intuición total de la que surgió su libro Maneras de luchar:
Ella es América, un mutilado nombre, / un cuerpo llagado y su cansancio. / ¿Y qué te creías que era el Nuevo Mundo, / y qué te creías que era esta canción? / Pero nuestra fe es más grande. (113)
En este volumen VII de la Colección Estudios Hispánicos, presentamos el estudio de la obra lírica de Rubén Vela, el poeta de América, realizado por 14 ensayistas, quienes logran penetrar en las motivaciones de su obra: su dolorido y esperanzado amor a América, su preocupación social, su lucha en pro de la identidad del hombre y de su inspirada rebeldía.

Dra. Juana Alcira Arancibia (California/Estados Unidos)

PÁGINA 10 – POETAS OLVIDADOS: LERMO RAFAEL BALBI - 1931-1988 (Rafaela/Santa Fe/Argentina)

Regreso a Aráuz.

Tibia y leve, la balsámica ceniza de la tierra
se consagra. El regreso a destiempo me acusa
con alguna señal en el abandono de los huertos
y en los rastrojos que soportan como una sombra
de cemento bajo mi paso.
Alado sopor abate los ojos en el retorno
y cada visión me penetra
en ligeras esquirlas de muerte aleve
como las flores dedicadas a una lápida.
Sobre la cruz de la iglesia pájaros solitarios
anuncian el agua del otoño y abril tiene ya
su languor de atmósferas húmedas y calientes.
Desde las paredes carcomidas por el sol
y los líquenes nacen los trasgos
y una vertiente de espectros que aúllan
haciéndose ecos en las tuscas del monte.
Los animales, rozando la hierba que aún pervive,
dulcemente pacen
en muelles honduras de caminos abandonados.
Ah, en dónde permanecen los rozagantes tallos,
mies crepitante con los vientos de noviembre,
cristalería de estrellas en un pozo
que nos llama desde los profundos verdores
de la tierra. Tantos huesos ya sin carne,
tantos árboles secos,
innúmera ilusión desfallecida
¿qué mágico propósito de torturas
otorgan a este corazón doliente?

Frente a la casa en ruinas.

Dulce hora de la infinitud solar,
a silbo de labios la oración balbucida, el arrullo,
la imprecisa promesa y el adiós,
mas, entre pájaros enfermos que han extraviado el árbol,
toda ansiedad te abarca.
Aún estamos vivos, nos iguala la carne en las heridas.
Un claror difuso envuelve en vapor de hierbas
las paredes de antaño que, sobre la humedad
de esta floresta, socava el último socorro humano.
En frente, hasta el límite del tiempo
verticales sendas para una comitiva aérea
surgen en terrenal porfía.
De este callado instante de la noche,
suelto el corazón del puño,
en alto vuelo, nace otra alborada inútil
perdida entre vientos y perfumes.

Este es otro día que me has dado, Señor,
y de qué vale tanta piedad, si la muerte espera
en todo instante que preservo en mí.

Los extranjeros.

Entonces sabíamos despreciar el desdén de aquellas
juventudes fáciles que horadaban la noche
con sus ojos de amor. Temblaron las palmeras,
volvieron las garzas de marzo a perturbar
la quietud de la laguna
y desangrar sus mieles los racimos.
Oh aquel abril de fresnos luminosos,
aquella noche cobarde, el torreón de la ciudad
abierta a nuestra pronta soledad de héroes.
Ya fuimos campeones y estamos de regreso,
ahítos de cansancio, desfallecientes y vejados.
No nos reconstruiremos señor Valois,
que vendía los lentes con armazón de oro
para ancianos cansados de esperar los veranos.
No volveremos a ser los de antes, señor Marcos,
que traía el aceite y el café para completar la alacena
en las frágiles penumbras de la siesta.
No todos están aquí, Ángela, Beatriz sagrada,
Estefana la de los lirios, Antífona trágica.
El gran árbol sucumbió bajo el hacha
y su cádava acusa aquella postergación que le dimos
cuando nombrábamos a cada uno de los vegetales
que amábamos. ¡Y él que tenía tantos pájaros
como los otros, Pedro!
¿No ves entonces qué llegamos a ser de guerreros que fuimos,
de poetas lúcidos en los mil y un embates de la bruma,
con tanto corazón de valiente para sufrir
la turbonada y la marisma?
Aún existe un terreno, pero se nos niega hasta morir.

Más allá de los campos verdes.

A mi madre

Se nos figura que es necesario detenernos ahora
cuando no somos ya tan libres,
cuando el tiempo transcurrido ha descendido muy por debajo
de nuestras líneas de esperanza,
cuando existe cierta muchedumbre de espectros
que alzan su venganza por lo que no les dimos:
unos no tuvieron nuestra boca,
otros buscaron nuestra palabra y no se la dimos,
otros, porque se afiebraron por una gota de nuestra sangre
que no llegó nunca al vórtice de su sed.
Quién puede decir que no tiene su propia legión de sombras
nutriéndose en los desvelos,
fortaleciendo el canto de una dulce y triste paloma
en la penumbra,
sonorizando los goznes de una puerta cuando
en la soledad de la casa hay pasos en las escaleras
y una lámpara sola se pone agria
a las últimas luces del día.

No nos morimos de golpe,
es cierto,
pero tenemos nuestro lecho de Procusto.

Cada muerte se suma a otra muerte y por única vez
la suma es cuantiosa y entonces
aunque las acacias estén esparciendo su polen oxidado
o un gorrión reconstruya su nido
que deshizo la tormenta
la muerte llega para uno, final
y trae el polvo de todos los caminos
por los que anduvo avanzando implacablemente.
En la muerte también hay belleza,
me dijo mi madre una mañana de sábado
cuando me deshacía del dolor de la noche
mirando su cara tan apacible de amanecer,
sus manos en la vajilla y su jardín
ya ahora un poco descuidado.
Había un viento afuera que sacudía las frondas nuevas
de setiembre, una lluvia esparcida sobre la hiedra
y alguna bestezuela reptando en la pared.
Nuestro silencio, madre,
era muy amado por tu corazón y el mío.
¿No es cierto que un súbito toque de tristeza
sobre mi frente aventajó a tus arrugas y al instante
tuve en mi persona mucho más tiempo y más dolor
de palabras que no brotaron?

Qué decirte de lo que tenía escondido
apretado entre los dientes y la lengua.
No podrías nunca conocer mis vergüenzas sin estremecerte,
ni mi dolor de entrañas en los desvelos
cuando acostumbro a tomar el primer día de mi vida
y venir hasta hoy, época por época.
Montañas de papeles, vanidad de palabras, simulacros,
agresiones, desfallecidas contricciones,
actos de arrepentimiento, perdones ignominiosos,
las lágrimas mordidas en una mano,
esperanzado por un instante para no estar seguro
del último fracaso.
Y me digo: ¿es esto lo que vosotros queríais?
¿Soy digno de este nombre? ¿He aguardado con paciencia,
con valor y virilidad las consecuencias de mis actos?

Si la belleza está, madre, en la saciedad de las respuestas,
en ese descanso sereno que dijiste acompañada por la eternidad
a los que van hacia república de ausentes,
entonces estoy seguro: también ya sin estaciones,
sin caminos de pesadumbre atravesaré el umbral
para encontrarme, madre, en la gloria de la belleza
prometida.

Primera madrugada.

¿Qué puede hacerse más allá, que nos asegure sin limitaciones
un futuro en donde las plazas sirvan para juntar los rostros
y las estatuas el vahído de las manos que han deseado tanto?
Oh mi fatídica ciudad en el abandono del amanecer.
Cómo han empezado a hacerme mal las madrugadas, a dolerme los relojes, a encendérseme una vocación escondida
en la que está por siempre permitido rescatar la figura
de un Alkides nuevo que sabe tocar los ojos
sin el tesón de los apuros.
Y Rafaela no existe ya, muerta de sábado, de domingos
en neblina, de un amigo que se emborracha,
de dos muchachas que saben perdonarnos ser todavía
tan inútiles y blasfemos.
Pero Rafaela no existió nunca; no está en el laurel distante,
no está en ninguna de las superficies en donde los bronces
de antaño marcaron sus dedos, en donde la fecunda idiotez
de los colonizadores hicieron un molino, un almacén,
una plaza, una iglesia.
Una campana listada de palomas que se desvelan da la una
de la madrugada. La fiebre está fría, los velones escurren
una llama quieta y elevada. Rafaela que no existe
sobre los empedrados, el hombre que se ha ido con su estómago
regurgitando las estopas en el asiento de atrás del automóvil,
ensombreciendo tanto resplandor perdido, tantos pellizcos
de otoño que venían de la infancia con cascabeles al cuello,
con cimitarras de leños en los brazos.
Ay, un estilete la campana de la madrugada. Niebla,
sonido de noche que huele a cigarrillos, a estufas,
a sábanas apenas disfrutadas
y a una boca que está ya por no pertenecerme.
Empieza desde este instante suma unitaria de llamados
a favorecerme las cruces del domingo. Nada de tú,
nada de vosotros, un yo mezquino lavado en mil aguas
de soberbia, tramado de mil ojos de la gente,
de mil fulgurantes ojos bovinos, se avecina a las manos.
Y cómo detenerlo:
ellos pasan sin las ramas del olivo.
Y ellos pasan y fecundan en la nada absoluta,
y ellos frecuentemente son las sombras que he apuntado
incapaz de darles la vida que pedían e inseguro
de reconstruirlos para mis soportes.
Oh cálices sin tallos que caen desde el cielo con una pobre
luna que no remedia nada. Ciudad, ya duermen las muchachas
que llegaron puntuales a la misa de la tarde.
Ya se apagó la íntima campana. Que te remedies por dentro,
me desea el amigo y me deja en una esquina
en donde tiemblo de miedo
antes de entrar en mi cuarto pavorosamente vacío.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

Ribetes en el traje de Clío

Por Norma Alloatti (Córdoba-Rosario/Santa Fe/Argentina)

Clío está invitada a dar un paseo por los últimos cincuenta años del siglo XIX y no sabe qué vestir. Lo que ha llevado siempre: una levita, el sombrero y el bastón que la hacen pasar inadvertida en el mercado, en la Aduana, en el Concejo no la hacen lucir tal cuál es. Podría llevar gorra, pañuelo al cuello y alpargatas, pero así transitaría ignorada sólo en las calles barrosas, los muelles del puerto y los almacenes de ramos generales. Ella quiere verlo todo, ver mucho más que lo que hay en “la hermosa ciudad, grande floreciente” que vio Lina.
Clío quiere estar segura de que en ella nadie se fijará y así, podrá estar atenta a las cosas que otros no supieron observar, por eso decide llevar una nueva vestidura. Toma la aguja y cose una falda. Rápida y eficaz hilvana los cantos del paño y une, puntada tras puntada las tramas de su nuevo vestuario. Después, fémina al fin, se mira al espejo y sale a dar su paseo. Elvira le ha contado que aproveche ese día, que “en la fiesta de la Virgen del Rosario, se efectuaba el estreno general de los trajes del verano; y en 25 de Mayo, los de invierno. Plazos fijos que nadie alteraba, aunque se adelantaran el frío o el calor a esas fechas”.
Clío procurará caminar cautelosa ya que Alwina ha observado que en Rosario “las distancias no eran grandes pero por las calles poco menos que intransitable resultaba penoso el traslado. Las veredas eran altas porque a su vera corría en cunetas agua servida y se debía bajar por gastados escalones, tomándose de postes existentes en las esquinas”
Si acaso Clío gustara pasar por Cañada de Gómez, Margarethe la encontraría para explicarle que “muchas veces veíamos llegar a galope tendido, poco antes de la llegada del tren de Córdoba, varias cabalgatas compuestas por los señores de las estancias de los ingleses, los que, tras una rápida merienda de café, pan, sardinas y queso, en el pequeño negocio que habíamos instalado en la estación, seguían viaje en tren. En la estación quedaban los peones para cuidar los caballos”.
Y cuando Clío desee atender a sus invitados no tiene más que preguntarle a Celestina cómo preparar los buñuelos, o a Deidamia por su torta Mora y a Carolina por su sopa de gallinas. Tejerá nuevos atuendos, según las hebras que le van prestando sus amigas. Y satisfecha con su tarea recién hilada, Clío “soltará una puntada” y saldrá presurosa a conseguir unas cuantas plumillas bien cortadas para obsequiar a Lina Beck Bernard, a Elvira Aldao de Díaz, a Alwina Philippi de Kammerath, a Margharethe Hansen, a Celestina Funes de Frutos, a Deidamia de Sierra de Torrens, a Carolina Zuviría de Escalera, a Aquilina Vidal de Brus, a Carlota Garrido de la Peña y a todas las mujeres que se ocuparon de ser hábiles con la pluma y la aguja* con los mismos afanes que tuvieron las que sólo podían ocuparse de las escobas, las pesadas planchas de carbón y las tablas de lavar.
Es una Clío renovada la que lleva traje con ribetes. María Moliner, entre otras definiciones, señala que poner ribetes es agregar ese “detalle que se incluye en una narración o exposición para darle gracia o amenidad”, algo que las mujeres que nos legaron memorias, escritos, relatos, poesías y cuentos, supieron hacer con mayor o menor pericia, pero siempre con encanto.

(La pluma y la aguja: las escritoras de la Generación del 80, es el título que Bonnie Frederick le dio a la antología de autoras argentinas publicada en Buenos Aires, Feminaria, 1993)

PÁGINA 12 – POETAS LATINOAMERICANOS

El jardín donde vuelan los mares

en esta ciudad construiré mi casa
la vestiré de madera virgen y yerba fresca
crecerá al conjuro de la lluvia
refugiará proyectos tontos
actos criminales
sueños primigenios
los miedos de mi niña
y el espectro de Pilar (mi joven abuela)
sonriendo enamorada en la estancia luminosa
(28 años de ser pequeña y coqueta,
43 buscando salidas (o entradas)
en los corredores de la muerte
cayendo cada vez más hacia abajo
cada vez más hacia adentro]

la cabeza disecada
de un torero exitoso
será el orgullo
de mi sala de trofeos

en cuanto a ti
te coseré el cuerpo a pedazos
de musgo de amor y tizón ardiente
te llamaré Fernando
y serás mi hijo

mi casa
tan profunda como los aullidos
del holocausto
tan pequeña como una caricia
sobre la tumba de mamá

Eva Durán (Colombia)

El Iluminado

Un hombre descubre
en el bisonte las huellas
de su propia derrota:
la caverna lo sabe.
Luego, Saulo de Tarsis
junto a su caballo
y una ceguera premonitoria:
la defensa de una fábula:
Jesús ante el Monte de los Olivos
con miedo de ser Dios.
Judas, el zelote, sabe que
el Mesías es sólo un hombre
y devuelve las monedas.

Alonso Quijano en el suelo
y un haz de luz filtrándose
en los molinos: no hay
una Dulcinea de ventura;
Walt Whitman avisora que es
infeliz cuando su nombre
suena en el Capitolio:
un bosque lo espera;
José Arcadio Buendía,
frente al pelotón de fusilamiento,
recuerda el hielo:
Melquiades no descifra a Macondo
desde los pecesitos de oro;
el poeta César Dávila Andrade
se encierra en los efluvios
de su Catedral Salvaje:
un cóndor ciego cae
envuelto en un gabán de plumas.

Y en un instante todos
saben que poseen un don:
ese don los arrastra hacia
la Vida, que es un presagio.
Todos dicen a su modo:
Padre, padre padre
¿por qué me has abandonado?

Juan Carlos Morales Mejía (Ecuador)

III

Yo lo vi.
Es otoño infectado de floresta nueva.
Acampa en mi deseo de sobrevivir
por llegar a primavera.
Lo vi flor de redondas fauces
y alientos como manos, en la pradera
de las esperanzas, como péndulos
pendientes.
Lo vi en las escaleras y las entrelíneas
salvajes, como cabello bruto en el rincón imposible,
de una mueca posible, en un oscuro acantilado.
Lo vi campanario y campana
sin recuerdos por llegar.
Lo vi hablándome de la noche y de las circunstancias
cuando las cortinas de mi estro
acampaban en el deseo de borrar mi memoria.
Lo vi —y lo vi— y otra vez.
Estaba desnudo
estaba hombre
estaba algarabía y festejo
estaba ciego
y era médula
que los compases metieron a mi sangre.

Livia Díaz (México)

El sol del mediodía

el sol del mediodía
no ha venido a visitarnos
mi ángel
no ha guardado
un lugar en la primera fila
la película ya va a empezar

guerreros inflamados
desnutridos de cultura
con armas en los puños
espuman líquido rojo
conspiran contra almas
(todavía inocentes)
la sonrisa
una uzi*
háceme de mira
de repente
veo mi cabellera
sangrar
feliz
en sus manos

héroe sin nombre
frente al espejo
dice
- ¡Hola!

brújula sin control
hace el camino correcto
lleva
a ningún lugar
seres disolutos
susurran preces bucólicas
uno cae
otro se levanta
trae migajas de cariño
mi mitad hombre
siente nostalgia
la otra
sueña todavía encontrarte

lobos
(los dueños de la noche)
quieren acabar con
la soledad
troneras de deseo
(suave toque)
comandado por el
postrer soplo de la vida
andrajosos
hambrientos
codician el beso de la luz de luna
la mano que acaricia
el amor

el gran pañuelo
tira su último susurro
quédome sentado
impaciente
aguardo una
continuación

una uzi*
-marca de una ametralladora

José Geraldo Neres (Brasil)
Traducción de Rafael Roldán

Es otro el tiempo (2 de 2)

En este cuarto con resuello de señor hay sensación de paz
Un rayo atraviesa la hendija de la puerta
y el hueco de la ventana
De extraño modo vuelvo la mirada
y escucho en su boca el chasquido de la lengua
Ya no pica en mi rostro el viento
ni la playa sostiene mis pasos lerdos.
El rumoroso abrazo de mi padre calla
Las voces de los tira bomba
Las bombas de los mata peces
El ronco sonido del jeep sobre la arena
también calla.
La infancia sostenida es un trozo de papel
Coraza y adarga lanza esta palabra
Sólo este oficio me sostiene
Y sin pedir favor a nadie
La dejo ir, a buena hora.

Karla Sánchez Barreto (Nicaragua)

PÁGINA 13 - Narrativa

El hombre de los perros dálmata

Por José Luis Pagés (Santa Fe /Santa Fe/Argentina)

Yo estaba, puerta por puerta, ofreciendo en venta unos jabones de la empresa Sol, cuando al llegar a una de las casas principales de 7 Jefes me sorprendió el encuentro con un antiguo compañero de colegio. Adamis, se llamaba y lo reconocí inmediatamente a pesar de sus muchos kilos de más, sus arrugas y calva notable, porque todavía conservaba un tic que le hacía abrir y cerrar los ojos permanentemente y porque su rostro mostraba una dolorosa expresión de abatimiento que siempre lo había acompañado a todas partes.
Él me miraba asomado a la ventana de la puerta de servicio y esbozó una sonrisa levemente idiota cuando llegó a reconocerme después de muchos esfuerzos de mi parte. Como en un primer momento me pareció que mi visita no le importaba en absoluto pasé a tratarlo como a un cliente más y le ofrecí el muestrario de jabones y, ya hurgaba en mi portafolio buscando la lista de precios cuando escuché que me decía: “El señor no está”. Creí que había escuchado mal, de modo que le pedí que repitiera eso. Él lo repitió, claramente, y agregó: “Podrías volver en otro momento” “¿Cómo es eso? pregunté, “¿Qué estás haciendo en esta casa?”. Él volvió a sonreír y entreabriendo la puerta me invitó a entrar poniendo el índice en la boca para pedirme silencio. “Vamos a mi cuarto”, dijo después. Y él delante y yo detrás anduvimos lentamente por un largo pasillo hasta que llegamos a un sucucho ubicado en los fondos de la casa.
“Mi cuarto”, indicó. Entramos. El lugar era estrecho y mal iluminado. Pude ver una colchoneta echada en el suelo, una vasija con restos de comida también en el suelo y un viejo impermeable que colgaba de un clavo fijado en la pared de ladrillos desnudos.
No vi más porque tan pronto entré un olor nauseabundo me obligó a saltar afuera. “Podemos conversar en el patio”, dije. “No quiero que nos vean”, dijo él. “Entonces me voy”, afirmé. Él me tomó por la solapa del saco, tenía un nudo en la garganta. “Gutiérrez, qué emoción, qué gusto me da verte, quedate un rato más”. “Rodríguez”, corregí. “Me llamo Rodríguez”. “Es cierto, qué cabeza”- se lamentó-. Podemos sentarnos aquí en el piso y me contás algo de tu vida, eh?”. “Vendo jabones, dije, y no voy a sentarme en el piso por nada del mundo. Tengo que seguir con mi trabajo”. Yo vi que su mentón se contraía formando un huequito y que sus ojos ahora estaban brillantes al tiempo que sus párpados se abrían y cerraban con más frecuencia. “Te decían semáforo”, recordé y no sirvió para consolarlo. Le decían semáforo por esa costumbre de sus ojos que se prendían y apagaban a cada instante. Él miraba al piso, la puntera de sus zapatos gastados. “Sé que no te gustó mi cuarto”, dijo sombrío, “pero por vos pienso arriesgarme. No hay nadie en la casa, los patrones han salido y los hijos también. Vamos allá y te invito con una copa”. “No es por tu cuarto” –dije yo-. Pero ya que insistís...”
Y entramos. En primer término me dirigí hacia la heladera, pero rápidamente Adamis se interpuso entre la puerta y yo, y de aquí no comerás ni beberás, me fue sacando del lugar hasta que llegamos a una salita. Ese lugar era sobrio pero elegante. Había un sofá, dos sillones, un aparato de TV, un revistero y en un rincón un bar, un lindo bar con muchos cristales y botellas. Él se ubicó detrás del estaño. Se colocó una chaqueta blanca y un moñito y alisó con la palma de las manos los cabellos canosos y lacios a los costados de la calva.
“Un cognac” pedí acodado en el bar echando a correr la mirada por las paredes de ese lugar. Cuando él notó que yo miraba unas fotografías enmarcadas de unos perros del tipo Dálmata, se apresuró a decir: “Es el señor y la señora y los hijitos”. Tomé mi cognac de un solo trago y pedí otro. De pronto tenía muchos deseos de llenarme de cognac o lo que fuera. Había caminado mucho en la mañana y en lo que iba de la tarde y ya me parecía hora de tomarme un descanso. “¿Y cómo te va acá?” pregunté sólo por decir algo. “Ah..., dijo él, los señores son muy buenos, no los hay mejores en toda la ciudad, mi estimado Gutiérrez”. “Rodríguez”, dije yo. “¿Qué te parece cómo me queda esta chaqueta? ¿Y este moño? Son un lujo. Eso sí, yo siempre trato de ser limpio y ordenado y de servir lo mejor posible. Los niños me quieren muchísimo. En especial el más pequeño”. Yo pedí otra copa y él la volvió a llenar. “Además el señor y la señora tienen gestos impagables. Imaginate que me dan dos días a la semana, la paga es buena, me hacen regalos, qué sé yo, ya soy como de la familia”. “Adamis, no lo tomes a mal, pero decime, inquirí- en el colegio había algunos muchachos que decían que eras un alcahuete ¿era cierto eso?”. Él me sirvió otra copa como toda respuesta, después pasó a limpiarse las uñas con un alicate y por fin sin dejar de mirarse las manos expresó con una vocecita temblorosa: “Envidias, eso, los profesores me querían. Yo cumplía con ellos y ellos me querían. Yo no era como otros...” y me echó una mirada rencorosa. Mi amigo Adamis era el hombre de una familia de perros Dálmatas, no había progresado mucho. “¿Cada cuánto te llevan a la plaza?” pregunté. “Todas las tardecitas”, contestó él. Yo me apoderé de la botella y me eché un trago a pico que me quemó la garganta. Ahora mi visión estaba un tanto obnubilada y me zumbaban los oídos. “Pero a veces te han tratado mal. Ser tan sumiso no paga bien”. “No creas dijo él, yo tengo la ventaja de no andar arrastrando los zapatos y dando lástima a cuantos me ven”. “Pero hoy estabas un poquito tristón –dije yo-. Te dejaron solo ¿no?”. “A veces...” dijo y calló, para estar un buen rato en silencio. Yo, cuando terminé mi botella de cognac fui a echarme en el sillón. “A veces –dijo después-. Pasa a veces que las cosas no salen como uno quiere. A veces duermo tirado en el piso, no me alimento muy bien que digamos y me obligan a hacer cosas desagradables, como por ejemplo...”. “¿Qué cosa?”, pregunté. Él se quitó la chaqueta, el moño y levantó la camisa por sobre la espalda. “¿Ves?”. Tenía unas cuantas cicatrices ahí, todas amontonadas. “Yo mismo tengo que castigarme cuando grito de noche”. “¿Gritás de noche?”. “Sí, grito. Sólo para prevenir algún peligro, pero ellos se enojan”. “Ah...” “También ellos mismos me castigan con un palo cuando desparramo la comida por el piso o araño las maderas de las puertas; no me puedo contener”. Miré la foto del Dálmata, no parecía malo. Miré la foto de la señora, tampoco. “A veces soy muy desgraciado. También me está prohibido recibir visitas. Pero todo eso tiene algunas compensaciones”. Se metió las manos en los bolsillos hasta que sacó un alfiler de corbata. Era de oro, muy lindo y brillante. “Me lo regaló la señora para la última Navidad”. “Ya ves, no sé de qué me quejo...” Y volvió a hablar como al comienzo.
De pronto, el ruido de un auto que se detenía frente a la casa. “Son ellos”, exclamó, “vamos, salgamos pronto”. Me tomó por un brazo y me sacó a empujones hacia el pasillo por donde habíamos entrado. “Me matan si me ven con alguien”. “Estás loco, totalmente”, exclamé algo borracho. “Esperá”, me pidió. “Para que ellos no te vean, salí cuando estén entrando por la puerta principal”. “Estás todo loco”. Antes de salir le regalé un jabón.
Se puso contento. “Es para que te laves ese cerebro”, le instruí. “Así, así”, le indiqué mientras con otro jabón sobre mi propia cabeza le mostraba lo que debía hacer.
Me empujó. Me echó a la calle. Miré a la puerta cuando ya se estaba cerrando. Alcancé a ver una cola larga y blanca con algunas pecas negras, era una cola de perro Dálmata. Me sentí muy confundido. Abandoné la venta y me fui a dar un baño a casa.

PÁGINA 14 – Narrativa

Cuatro microrrelatos

Por David Lagmanovich (Córdoba-Tucumán/Argentina)

1. El idioma perdido

Despertó sobresaltado. Quería llamar a su mujer, convocar a alguien, explicar lo que había soñado, pero no recordaba ninguna expresión. Las palabras y las frases no acudían. Al parecer podía pensar, pero no encontraba la forma de expresarse. Abría la boca y rápidamente la cerraba al no poder articular sonido alguno. Caminó por la casa, mirando todos los muebles y rincones para que, al reconocerlos, se le ocurriera algo; pero no había nada, su capacidad de expresión verbal había desaparecido. ¿Su mente? No, su mente estaba bien: era su voz la que no reaccionaba, ni en su propio idioma (y él ignoraba cuál era) ni en otro, porque seguramente debía existir más de uno. De pronto creyó encontrar una salida: se dirigió a la biblioteca y hojeó un libro, luego varios más, pero miraba las líneas de tipografía y éstas no le decían nada, estaban tan mudas como él mismo. Cuando su mujer, extrañada por su ausencia de la alcoba, vino en su busca y le dijo algo, él no entendió sus palabras y las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

2. Thrillers

El héroe corría desesperadamente por una llanura desolada. Tenía que llegar al penal a tiempo para evitar el ajusticiamiento del condenado, merced al perdón del gobernador que llevaba en el bolsillo. ¿Llegaría a tiempo, o sería éste un fracaso más? Por detrás de él, a cierta distancia, lo perseguía el investigador privado, con cuya joven mujer había tenido la mala idea de entablar un fugaz romance. ¿Conseguiría eludirlo? A mayor distancia de los dos, un destacamento policial venía siguiendo a ambos, pues los polizontes debían cumplir la orden de arresto que el Fiscal de Distrito había emitido contra el héroe y su enemigo, por obstrucción de la justicia. De pronto, el héroe divisó una bicicleta que estaba apoyada contra un poste de telégrafo. Montó en ella para acelerar su ida al penal, pero a poco andar una rueda cedió y lo arrojó, desvanecido por el golpe, a un costado del camino. Su perseguidor no lo advirtió y siguió corriendo. ¿Encontraría alguna vez al frustrado ciclista? En un recodo, mientras el segundo atleta se detenía un instante para tomar aliento, los miembros de la patrulla policial sobrepasaron a ambos y llegaron, jadeantes, a las puertas del penal. Desde el interior llegaba el inconfundible olor de la carne quemada. ¿Lo habrían electrocutado ya? ¿O se trataba de una barbacoa con que los guardias celebraban que un delincuente más había recibido su merecido en esta tierra, como anticipo de lo que le esperaba más allá? Cansado de tanto teclear aventuras por nadie presenciadas, el escritor decidió apagar la computadora e irse a dormir.

3. El país de ahoramismo

En el país de ahoramismo todo hay que hacerlo, bueno, ahora mismo. Los negocios que no se definen en un momento, con el simbólico apretón de manos, quedan sin efecto. La escuela primaria se despacha en un año, lo cual elimina la secundaria por obvia; en cuanto a la universidad, ninguna carrera se dilata más allá de tres o cuatro meses, y se están haciendo estudios —que concluirán mañana a primera hora— para abreviar esos plazos. Todo matrimonio dura como máximo dos semanas, para permitir la rápida concreción de nuevas uniones. El abrazo de los amantes sólo puede tener 15 segundos de duración, y la ocupación del lecho está definida en consecuencia. En el país de ahoramismo está prohibido tomarse un tiempo para meditar cualquier decisión; se entiende que tales actitudes socavan los cimientos de la sociedad y pueden provocar graves dolencias, tanto físicas como psíquicas. La principal ceremonia cívica del país es el Día Nacional de la Falta de Tiempo, así llamado a pesar de que su duración total es de 12 minutos.

4. Desobediencia

A principios de la primavera, el Sindicato decidió cortar todos los accesos a los hospitales de la zona. La única excepción tolerada por los obreros fue el Hospital Neuropsiquiátrico regional, popularmente llamado “el loquero”, cuyos pacientes colaboraron alegremente en la construcción de barricadas. Los agentes enviados por el Jefe de Policía, ante la imposibilidad de dialogar con los manifestantes, se dedicaron a tomar mate con tortas fritas. Después reportaron a sus superiores el desaire sufrido y se desconcentraron sin incidentes.
Sucesivamente los miembros del Sindicato, que ya habían ignorado las órdenes de la policía local, desobedecieron un fallo judicial, una exhortación del gobernador de la Provincia, una orden del presidente de la Nación, un dictamen del mediador enviado por la Unión Europea, una acordada de la Corte Internacional de Justicia de La Haya y un pedido especialmente paternal del Sumo Pontífice. “Hemos cortado las rutas y de aquí no nos moveremos”, fue su unánime respuesta.
Las ambulancias con enfermos graves que pretendían ingresar en los hospitales se acumulaban del lado exterior de las barricadas. Después les tocó el turno a los coches fúnebres, cargados de cadáveres. Muchos de los difuntos eran enfermos que no habían podido obtener ayuda médica; otros habían sido asesinados por sus colaboradores alienados. Finalmente se interrumpió la llegada de los camiones que traían yerba, galletas y vino tinto en cajas de cartón, para sustento de los militantes y sus familias.
La llegada del invierno disminuyó en mucho la presencia de obreros sublevados, quienes fueron víctimas de neumonías y otras complicaciones. Por una cuestión de principios, sus dirigentes no les dejaron concurrir a los hospitales, que continuaban aislados. La circulación por las rutas, interrumpida por casi un año, se resolvió casi por sí sola: simplemente ocurrió.
Con los primeros automóviles llegaron los periodistas, quienes entrevistaron a los cuatro o cinco sindicalistas supérstites. Interrogados, manifestaron no conocer los motivos de la manifestación. También reclamaron la presencia de un peluquero y anunciaron la continuación de la lucha.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

La posesión del vacío

Como un pájaro migratorio perdido
Que contempla extrañado el inmenso azul tenebroso
Camino desligado de los juramentos de la fortuna
Hacia el invulnerable destino soterrar mis amores
En las capas mórbidas de la tierra de exilio
Ruidos de osamentas lágrimas de dolor
Gritos de espanto y canciones fúnebres
Por el camino solitario de mi oscuro viaje
Por el país de la eternidad. La luna horrible
Me lanza una mirada indolente y temblorosa
Cuando se desliza en mí la esperanza como un veneno

Kama Kamanda (Congo)

No digas -

II

No digas una vez más que entendiste.
No lo repitas con el hilo de voz
que las mujeres bastonadas usan para decir que sí.
Prefiero la ignorancia
la terca ignorancia de la rebeldía
los ojos cerrados ante los golpes.

Francesca Gargallo (Italia)

Navegándote

Hoy la soledad me llena de ti
en las sombras claras de una noche oscura,
en la madera antigua que rasguña quejas,
en el vidrio amable que permite ver
al mundo en silencio

habla de tiempo, con heridas
viejas y un llanto se cruza
desde el pensamiento ;

entonces resuelvo dormirme
y dormirte envueltos de música

con letras mojadas
de océano abierto
y paraje-tormenta
en el ropaje-equipaje
de mis labios sedientos,

con un beso a tu imagen
en pleno desierto,
de sombras.

Matchornicova (Austria)

señora de la casa de los libros

avísame cuando tus dedos estén listos

yo pondré la miel y la acidez de las letras amarillas
sosegaré la pálida memoria del invierno
en las ramas desnudas del árbol de los mimos

al viento anunciaré
la llegada de cucos y oropéndolas

desplegarás tus alas como páginas
en la roca orgullosa de líquenes y musgos

nuestros hijos rodarán sobre la hierba

un sinfín de margaritas en sus sienes
aleteo de acertijos zigzag de culebrillas

recibiremos el fuego en el ombligo
la jerarquía de las laboriosas abejas
títulos clandestinos cuentos atrevidos reglas escondidas

avísame señora cuando tengas las palabras masticadas

juntas inventaremos de nuevo el camino del río
livianas hasta encontrar los pliegues del rey de los imanes

Marina Aoiz Monreal (Tafalla/Navarra/España)

Desesperanza

¿Dormís? ¿Soñás?
¿Sonreís? ¿Plantás sin cosechar?

¿Cocinás? ¿Suspirás
todavía?

Muñequitas rusas, imbricadas
Colorinche hueco
pero sordo

Vivir no es nuevo
Morir tampoco

Estas son las mañanitas
Pero ¿dónde el rey David?

Luisa Futoransky (Paris/Francia)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

Andre Malraux: El supremo hacedor de la cultura

Por Irma Bignon (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

A 30 años de su muerte
1976-2006

Es un joven de 18 años cuando hace un anuncio perentorio: “Yo esculpiré mi propia estatua”.
Dotado de una gran sensibilidad, André Malraux es permeable a la mayor parte de las posturas ideológicas, estéticas y culturales del siglo XX.
A 30 años de su muerte, la actividad cultural y editorial de Paris se supone intensa. “Se entra en la vida de un muerto como en un molino”, decía Sartre.
No tiene aún 20 años cuando es director literario de las Ediciones Sagittaire. Ese mismo año 1921, publica su primer libro “Lunes en papel”, texto de inspiración surrealista, dedicado a Max Jacob, ilustrado por Fernand Léger. Ya por entonces Gaston Gallimard, Jean Paulhan, Marcel Arland, Blaise Cendrars y otros literatos advierten el talento prometedor que hay en él.
Frecuenta como aficionado las clases de Lenguas Orientales. Su entusiasmo lo hace viajar a Indochina, a fin de participar en la lucha anticolonialista. Publica sus primeros artículos políticos, y a su regreso a Paris, escribe “La tentación de Occidente”, diálogo entre dos intelectuales: uno chino, el otro francés.
Enseguida de los éxitos de “Los conquistadores” y de “La vía real” (Premio Interallié), sobreviene el triunfo de “La condición humana”, que recibe el Premio Goncourt.
Malraux es el precursor y el maestro de una literatura de conflicto para un tiempo apocalíptico.
El nacimiento de los frentes populares en Francia y España ofrece una salida a su prodigiosa energía. Juega un rol innegable en las operaciones militares españolas cuando el ejército de la república se ve amenazado por la rebelión franquista. Organiza por entonces, su escuadrilla de aviones - asombroso episodio en un tiempo en que la aventura política era aun posible-, demostrando su entereza, su valor, su fraternidad, y escribe “La esperanza”, donde denuncia los abusos del fascismo español.
La guerra mundial estalla 1939. Se incorpora a la aviación y en marzo es movilizado. Pero el gobierno de Vichy lo descorazona. No cree de inmediato en lo que habrá de llamarse “la resistencia”, ni en la ilusión lírica de la clandestinidad. Prefiere dedicarse a su obra. Trabaja en el primer tomo de “La psicología del arte”, y en una novela, “La lucha con el ángel”, que aparece publicada recién en 1943 en Suiza.
Su colaboración con la Resistencia llega al fin en abril de 1944. Con el nombre de Coronel Berger, se convierte en maquis del Périgord y los servicios secretos de Londres.
En realidad, la guerra contra Hitler la empieza él antes que nadie, cuando en 1935 publica el “El tiempo del desprecio”, donde denuncia el totalitarismo nazi. Nunca abandona su posición antifascista. Nunca se equivoca de enemigo.
En 1946, se une al degaullismo, un culto que practica hasta su muerte. Su admiración por uno de los gigantes de su época es comprensible. Es éste el preludio de una amistad indefectible y de una gran aventura ministerial.
El general de Gaulle lo nombra Ministro de Cultura, cargo que ocupa durante diez años. Su ministerio se impone de tal manera, que influye en la política cultural de la UNESCO pues, gracias a él, la cultura se desprende, por fin, de un medio estrecho, para llegar a ser hoy una realidad social. Malraux es el hombre de las grandes ideas. Inaugura una serie ininterrumpida de exposiciones de arte internacional. Ordena la restauración de todos los monumentos de Paris. Crea las Casas de la Cultura, proyecto ambicioso que no sólo abarca un tramo grande de la ciudad, sino también de sus alrededores.
Y, como no quiere estar ausente de su propia historia, de 1967 a 1972 trabaja en las “Antimemorias”, obra esencial para comprenderlo y entender su tiempo. Y más aún: nos atrevemos a decir que este libro es una antología de toda la prosa francesa en su diversidad. En su prefacio aclara: “El hombre que ustedes encontrarán aquí, es el que se hace las mismas preguntas que la muerte formula a la significación del mundo”. El relato y el acontecimiento son casi simultáneos, como lo son sus reflexiones.
Amante del arte, frecuenta asiduamente los museos. ¿Es verdaderamente conocedor del tema? Lo suficiente para que su “lectura” y su acercamiento impresione a los jóvenes Georges Duby y Michel Laclotte, este último director por entonces del Departamento de Pintura del Museo del Louvre.
Haciendo un paréntesis en la novela, sus magníficos ensayos son una realización, más que una metamorfosis. El arte, ese “anti-destino” como él lo llamaba, aparece ante sus ojos como una victoria posible del hombre sobre el tiempo y la muerte. “El arte griego - ese cuestionamiento constante del universo - ocupa el primer rango en nuestros museos - escribe en `el museo imaginario´. Los filósofos que enseñaban a vivir y los dioses que se engrandecían en sus estatuas, fueron modificando el sentido del arte”.
Luego de los frecuentados encuentros con Picasso, dice un día su editor: “Por fin, ya sé lo que pienso del arte moderno”. Y comienza a trabajar en un ensayo sobre el pintor, que escribe de un tirón, en muy pocos meses, y que titula la “Cabeza de obsidiana”.
André Malraux se retira de la política activa al mismo tiempo que el general de Gaulle, en 1969.
Charles de Gaulle adjudica a su ministro de cultura la imagen de gran “shaman” (1) del degaullismo. “A mi derecha tengo y tendré siempre a André Malraux - escribe en “Las memorias de esperanza” que publica en 1970. La presencia a mi lado de este amigo genial - continúa-, devoto de los grandes destinos, me da la impresión de que por allí, estoy a salvo del prosaísmo. Sé que en el debate, cuando el asunto es grave, su juicio brillante me ayudará a disipar las sombras”.
A su vez, Malraux publica el relato de sus últimos encuentros con de Gaulle en “Los robles que derriban” (2) en 1971. La grave enfermedad que lo aqueja un año después, le inspira “Lázaro”, donde retoma un tema que lo obsesiona: el diálogo con la muerte, el retorno a la vida.
Sus dos obras, “Los conquistadores” y “La condición humana” lo consagran como gran especialista en China. El general de Gaulle consolida esta reputación cuando lo envía a Pekín para encontrarse con Mao Tse-Tung y En-Lai. Más tarde, en 1972, el presidente Nixon, de los Estados Unidos de Norte-América, antes de emprender su viaje histórico, se muestra muy interesado en recibir de Malraux sus consejos en cuanto a la forma de abordar a los dirigentes chinos.
En octubre de 1976, el manuscrito “El hombre precario y la literatura” entra en prensa en la editorial Gallimard. Tiene el tiempo justo de completar su febril actividad de hombre de letras, terminando su obra final. “He dicho todo lo que tenía que decir”, confiesa. Y todo lo que tenía que decir al mundo lo dejó por escrito. A causa de una congestión pulmonar, muere un mes después en el hospital de Créteil, el 23 de noviembre de 1976.
Aventurero, revolucionario militante, novelista y ensayista, ministro, crítico de arte, su personalidad es deslumbrante. No deja nada por hacer. Aprendiendo sin maestros, reconstruye la historia del hombre, reflexiona sobre la vida y la muerte, aplica su asombrosa inteligencia a los acontecimientos del momento.
Su dominio intelectual y artístico es inquebrantable; la relación permanente entre su vida y su obra, es su única doctrina. Una admiración sin sombras ni ambigüedades cubre la trayectoria de André Malraux.
Nada más justifica que la frase de Kafka que dice: “No se llega a ser alguien sino después de su muerte, por el juicio de sus contemporáneos”.

(1) Sacerdote - hechicero de las civilizaciones de Asia Central, adivino y terapeuta a la vez.
(2) “¿Ah! Qué ruido feroz hacen en el crepúsculo
los robles que derriban para la hoguera de Hércules.”
“A Théophile Gautier” Victor Hugo


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

Año I - Nº 2

Año I - Nº 2

GACETA LITERARIA Nº 2 – FEBRERO de 2007

Homenaje a la obra de la joven pintora María Victoria López Severín (Reconquista/Santa Fe /Argentina)

PÁGINA EDITORIAL

Escrituras periféricas.

Mencionar que existen mayores posibilidades de editar y difundir literatura en las grandes ciudades, no constituye novedad alguna. De allí que se concreten en ellas la mayoría de los proyectos de publicación antológicos o individuales.
Ocurre, entonces, que las insatisfacciones, resultado de organizaciones políticas de fingido carácter federalista, representan la justificada significación de un pulido anonimato para quienes ofician el compromiso de la literatura desde una realidad demasiado desfavorable en lo que a la circulación de sus obras se refiere. Sobre todo considerando que muchos de quienes escriben desde ámbitos territoriales ubicados en los suburbios del sistema enfrentan a diario condiciones históricas verdaderamente adversas, y, no obstante ello, persisten en realizarlo, silenciosa y solitariamente, desde las coordenadas espacio-temporales en las que les ha tocado en suerte situarse y desde las cuales intentan trazar un accionar que los preserve del olvido.
Sin embargo, resulta perentorio recordar que la aproximación sistemática de la producción literaria a un corpus social aparentemente insensible - al que habría que rescatar de los patrones mediáticos que lo han tomado como rehén y que le impiden conocer, aceptar y promover su propia identidad, su particular herencia cultural - refleja un entorno comunitario, un espacio compartido, un escenario poco feliz común a escritores capitalinos o provincianos.
Además, si bien es evidente que la característica universal de las diásporas, de los éxodos artísticos que congregan a los escritores periféricos en los centros poblacionales, reside en la búsqueda de oportunidades que las mismas pueden llegar a proporcionarles, no es menos cierto que muchos grandes nombres de la literatura obtuvieron notoriedad resistiendo desde los más apartados rincones de la tierra. De igual modo, no todos los escritores nacidos o radicados en las principales metrópolis consiguen la popularidad, ni la migración personal hacia ellas, basta para conquistarla.
Pero, claro está, desde este restrictivo prestigio patrimonial, no resulta sencillo testimoniar las particularidades creativas de los autores regionales ni reivindicar la dimensión intelectual de cada enclave, ni impulsarlo convincentemente.
Entonces, se manifiesta como terriblemente improductivo el continuar con esa especie de obsesión persecutoria provinciana que, cada vez con mayor frecuencia, nos toma por asalto. Porque, si bien no podemos caer en la ingenuidad de negar la existencia de silencios premeditados, no todos ellos obedecen a ocultas u oscuras intenciones de los agentes encargados del área. En algunos casos depende de la adhesión de los mismos a determinadas tendencias literarias, una naturalmente subjetiva estimación de valores estéticos, determinada propensión a destacar experiencias innovadoras, extravagancias lúdicas, manifiestas violaciones sintácticas por sobre otro tipo de apreciaciones de valor; y también, claro está, los notorios naufragios en las profundidades de lo que García Lorca denominara “mezquindades contemporáneas”. Pero, la mayoría de las veces, tanto olvido, tanta indiferencia, tanta postergación para con las voces de aquellos que persisten en exponer ante los otros las obstinadas creaciones del espíritu, no es más que el fruto del absoluto desconocimiento del que todos, de una u otra manera, somos cómplices.
Bien podríamos, entonces, considerar a nuestra revista como amuleto o talismán, como emblema de supervivencia; o tal vez como estrategia necesaria para oponerse a tanta indiferencia, una botella al mar desde la orilla misma del naufragio.

PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINOS

No recuerdo.

Alguno, alguna vez habrá sido tan bueno para mí
Hasta dolerme.

No recuerdo.

Dejaré muy despacio que las lechuzas coman tranquilas de mi corazón.

Patricia Severín (Reconquista/Santa Fe/Argentina)


Tierra

Desandando tus manifestaciones camino, tierra, recorriendo tu vientre...
Me arrodillo sobre tu rostro de fertilidades esparcidas,
porque quiero que me confirmés en la tarea que es describir tu flor eterna...
En cuyo cumplimiento es que recorro, minucioso, tu cuerpo,
tratando de interpretarte y de hacer que todos mis hermanos sepan
cuál es tu verdadero matrimonio, ese por el cual nos hacés existir...
Para eso voy y vengo, siempre convalesciente de mil búsquedas
que llevan tu signo y tu sentido con diferentes nombres...
Naturaleza...
que te siento madre, hermana, amiga,
divina plenitud y humana insatisfacción:
Dije que te recorro pues sos mi misión máxima:
aquella por cuyo cumplimiento vivo.
Y muero. Porque, a veces, también muero...
Mas no te importe, tierra, mi diminuta anécdota:
a Vos sólo te importe la intención de mi esfuerzo
y aquello que pueda con él cantar
de tu fogosa fronda acuática de aire,
de tu energía, que sólo sabe de liberación,
de tu estatura, emparentada con lo inmenso...
Mirá, sonriendo, si es fértil mi canción, si contiene semillas germinando,
si no menguó en mí la virulencia esplendorosa de tu amor...
Y llevate eso, Vos.
Al resto, a los errores, dejalos conmigo...
Soy hombre y son mis atributos.
¡Y son el instrumento con que te canto!

Horacio Rossi (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

Autorretrato.

No soy las que he perdido en el camino
por tomar la decisión equivocada.
No soy la profesora,
la modelo,
no soy la madre de mis doce hijos.
Perdí la belleza interior
y la exterior se deteriora con los años.
Perdí la oportunidad de conocerte
y la de ser la consentida del magnate.
No fui monja
ni revolucionaria.
No pude cambiar el mundo
y llevo solamente en el bolsillo
el poder cautivador de la palabra.
Perdí a la amiga.
Perdí la perfección,
la inteligencia
y el Protocolo me espera hace tres años
en la esquina de "La Favorita".
Perdí el juicio.
La aguja de mi orientación
no marca el norte.
No fui Alfonsina
ni Borges.
Por favor que alguien me diga donde encuentro a Marta

Marta Roldán (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Mi Santa fe en el alba.

Es de rojo tu cielo en este otoño,
tus cautivos cabellos en los árboles;
prendo tu paso de sonora
muchacha entre los plátanos
con el rojo flamante de tus pechos
y el girasol de nube de tus labios.
Es de rojo tu cielo en este otoño
Santa Fe del encanto,
cielo tuyo que lo llegas a mí,
bebedor en los ojos de las albas del año.
Es de rojo y ayer tu voz de campanarios,
la plaza de las horas,
el sueño de tus calles,
las palomas que trepan a los vientos
por tu escala de marzo.
Es de rojo tu cielo en este otoño.
Soy de rojo también, malherido en tus manos,
sombra puesta en el sauce,
jacarandá y azules paraísos de blanco.
Amo tu sonrisa de muchacha en los plátanos.
Y así cuando te escucho, remero de ansiedad
Santa Fe de mis años,
hondos aires del agua se me suben y siento
que es un cántaro rojo mi corazón andando.

César I. Actis Brú (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

Desando la infancia.

Andando menguadas mañanas
devoradas / por la boca negra
de una casa vacía
llego hoy hasta tu sombra /
barrio del triciclo
y la inocencia.

Resplandor de una noche /
la de los Reyes Magos
traspapelada en un
espacio sin horizonte /
hecho de lápiz
y garabato.

Vagamente / florece un patio
una mesa tendida
con alegrías de azúcar /
la familia en los brazos
y mi padre.

Andando el cauce de los años
almaceno esa huella /
trasegando latidos
cielos / brisas / lunas
y en el baúl de mis ojos /
se ahonda
el espejo siempre fresco
de mi barrio de infancia.

Belkis Larcher (Coronda/Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Fractura

Del capullo emergió una mariposa
como una dama de su puerta
emergió –una tarde de verano –
Emily Dickinson

Por Marta Ortiz (Rosario/Santa Fe/Argentina)

Primero sufrí la violencia del impacto, toda yo me desintegraba contra un muro impenetrable. Mi cuerpo avanzaba decidido, como quien corre hacia un destino de gloria descorriendo velos, brumas. Lo cierto es que yo estaba literalmente dormida y el teléfono me despertó apenas, era una capa superficial de mi sueño la que se había rasgado, las otras aún dormían y esa sola membrana abierta a las impresiones del mundo fuera de mí, me concedió oír la campanilla y reconstruir mentalmente la ruta que unía mi dormitorio y el teléfono, pero no alcanzó para dejarme intuir la presencia del peñasco de roble en el pasillo. Tropecé con la esquina de la biblioteca, mi pie derecho se incrustó en el ángulo, los dedos trizados y el dolor, un rayo, una corriente eléctrica entre fuego y desgarro me atravesaron como la flecha de Paris perforó el talón de Aquiles, ha de haber sido semejante.
¿Las horas tras el accidente? ; un armado falso que nada tuvo que ver con el que yo había previsto en mi agenda. Hay cosas que me saltan a los ojos como ranas salidas de entre el confuso magma mezcla de dolor, urgencia, alucinación y olvido; cuestiones, entre otras maravillas como el apego baboso a la función materna que prendió como la mala hierba en el léxico de cuanta persona trabaja para LA SALUD; apego que delata un uso decadente de la lengua materna, y habría que sumar los pisos opacos y la refrigeración confiada a chirriantes ventiladores de techo con el pretexto de ayudarnos a soportar una temperatura de treinta y ocho grados a la sombra....
Recostada en el brazo de Alicia me acerqué a la mesa de entrada y pedí un traumatólogo en la guardia. La respuesta fue una frase sonriente que me dejó con la boca abierta: “ya viene mami, esperalo un ratito, no sabemos en qué piso está”. Me vino un molesto cosquilleo al oír ese “mami” fuera de contexto, pero sonreí yo también como si hubiera oído un buen chiste y me encaminé a la sala de guardia apoyada otra vez en Alicia y en el talón del pie derecho porque con el dedo chiquito no podía pisar, un aguijón me punzaba y el dolor se traducía en vahídos. Nos sentamos a esperar. Olía a desinfectante, a mixtura de solución fisiológica con líquidos inyectables, mezcla de plástico y agua salina, alcohol impregnando aire, paredes, todo; vaho a sábanas recién llegadas de la lavandería, tufo blanco a pegamento de tela adhesiva, a venda desenrollada.
El “doc” debía ver la placa de mi pie y diagnosticar, eso era todo cuanto yo necesitaba; pero desde hacía casi una hora, él se hallaba extraviado en alguna encrucijada dentro del sanatorio; vos sabés Ana, todos sabemos cómo son esos lugares: selváticos, enmarañados.
Y aunque lo que te voy a contar te suene a delirio, -no, no me mires así, en este momento siento el acoso de esa abstracción que llamamos realidad, como si alguien supiera exactamente qué objeto es, qué significa esa palabra; una voz interior me grita “mirá que sos loca, cómo se te ocurre traer una visión lindera con el sueño, ¿por qué mejor no coserte la boca?”; pero no me callo nada, yo confío en vos; vos sí me vas a creer, porque sos mi amiga, Ana; y yo, que soy incapaz de mentir, te juro por lo que más quiero en este mundo que en medio de un día oscuro como noche sin luna, además de haber visto a primera hora (clareaba apenas una luz tenue) esas estrellitas que nacen del dolor agudo, ese día también asistí a la increíble irrupción de un hervidero de mariposas. A la tardecita mi cuarto rebalsó alas; lo único que guardé en la memoria, como a una gema en mi alhajero, lo único precioso de un día para olvidar.

Pero mejor no invertir el orden sucesivo, después una cosa trae la otra y te perdés, como se perdió el traumatólogo en los pasillos del sanatorio. Al cabo de una media hora Alicia se fue, yo misma se lo pedí; podía valerme, esperaría en la salita y cuando acabara el trámite tomaría un taxi en la puerta, caminaría con el talón sin apoyar el dedo, que se fuera tranquila, le dije. Llevábamos hora y media de espera y ella hasta había hecho la cola para autorizar la radiografía y pagado los quince pesos de depósito reintegrable: “para la plaquita, claro, mamita” –oyó-, frase que le torció la boca en un gesto de desconcierto. Se resistió, no quería dejarme sola, pero la convencí. Y ni cinco minutos habrían pasado desde que la vi alejarse tras la puerta vaivén camino a la salida, cuando la vi abrirse otra vez a la puerta y dibujarse y entrar, al añorado doctor Minucci, quien me dirigió una sonrisa, no supe si amistosa o de pura compasión y un gesto que indicaba que yo debía entrar al consultorio y “sentate en la camilla madre, tenés una fracturita”, dijo, como si dijera “cerrá la ventana que hace frío”. Acto seguido afirmó mi tobillo con una mano y tomó entre los dedos pulgar e índice de la otra el dedo chiquito que había quedado orientado hacia afuera como un tallo mustio. El mismo dedo del otro pie se inclinaba hacia adentro recostado sobre su compañero y servía, claro, de paradigma; me acomodó la fractura, es decir, el hueso, le imprimió una rotación que me arrancó lágrimas, lo juntó con el dedo contiguo, usó una venda y cinta adhesiva y agregó “tenés que dejarla por treinta días así hasta que suelde, ¿sabés?”.
El estrés me salpicaba sin tregua con ese sedimento viscoso que filtran la espera, los olores, los dolores, la bronca. Y la incómoda sensación de pertenecer a una bizarra y nueva especie de madre universal, un nuevo prurito que me picaba en todo el cuerpo.
- ¿Pero... a ver si entiendo querida, qué tiene que ver esta historia con mariposas? ; ¿una irrupción dijiste, o yo...?
De alas, dije irrupción de alas, enjambre. El día terminó en un febril trasiego de vuelos erráticos. Cuando regresé, agotada y dolorida, mi hijo Valentín se detuvo a examinar los dedos vendados que apoyé sobre dos almohadones, y al cabo de un largo rato de minuciosa observación, mientras yo tomaba un vaso de agua con hielo y me serenaba, me miró riendo y dijo: “parece un capullo”. Y lo dijo así, remarcando la elle, “capulio” dijo; él habla en español, no en argentino como todos nosotros. Le brillaban los ojos: “va a salir una mariposa”, dijo; “¿de dónde?”, pregunté; “de allí adentro, del capulio”. Y las palabras de Valentín no son cualquier palabra, nosotras lo sabemos, vienen revestidas de ese impalpable valor agregado que las vuelve adagio, sentencia; de manera que mi reacción fue natural, me quedé absorta aunque dudosa, también, sí, porqué no admitirlo; contemplaba el vendaje con él sin apartar ni por un instante la mirada, la verdad es que se parecía al capullo de un tulipán, ventrudo en la base y afinado hacia la parte superior insinuando dos picos que bien podían llamarse pétalos. Pregunté: “¿estás seguro?”; “sí mami”, me contestó; y por alguna razón subterránea supe que su dictamen era válido, me sacudí las piedras ideológicas y penetré, enteramente desprovista de lastres, en su mundo axiomático. Acepté entonces que las vendas asumían la forma del capullo que la larva de tela adhesiva había tejido. Fue entonces cuando aparecieron. Insonoras, solapadas, abandonaban la crisálida, crujían un breve vuelo de bautismo y se prendían de paredes, cortinas, espejos, de la araña de cuatro luces; tal fue la suma de movimientos que les vi describir. Mariposas como psicodélicos dameros azafrán y tabaco, negro y marfil, malva y almagre, naranja y azul, hasta que no hubo punto, ni línea, ni un rincón visible o no visible en el dormitorio, que no formara parte de una vasta amalgama de color.
Y rodaron así, alborotados, entre sueño y vigilia, los últimos trechos de la tarde. La luz degradada se tornó una ceniza amarillenta y la calma fue lenta depositando su polvillo como una laca adormecedora sobre mí. El ambiente se confabulaba hasta en ínfimos detalles para que yo, agotada por el inmenso cansancio, el dolor en retirada gracias a los setenta y cinco miligramos del desinflamatorio ingerido, acunada en el vaivén de la risa y en los ojos mansos de Valentín, pudiera escapar veloz a la médula del sueño. Y me dejé ir, la mente en blanco, y ya no percibí otra cosa que el arduo entrechocar de todas esas volutas cromáticas que mi pie humeaba sin descanso bajo la tibia forma de un dulce, espiralado cortejo de mariposas en danza.

PÁGINA 4 – Narrativa

El Sol Verde

Por María Guadalupe Allassia (Santa Fe/Santa Fe/Argentina)

…lo he encontrado, un retoño de Nimloth,
el más anciano de los árboles.
Mas, ¿cómo ha crecido aquí?
J. R. R. Tolkien

La noche era redonda y cálida como el vuelo de un pájaro alrededor de la luna clara. Eugenia y Lucía no dormían. Miraban el cielo azul profundo que bajaba y bajaba hasta su habitación y entraba por la ventana cargado de estrellas.
-Lucía... ¿te gustaría viajar a la luna?-preguntó Eugenia sonriendo, con sus trece años de primavera.
-Shí-contestó su hermanita de dos años, sin vacilar.
Por la ventana abierta, bajo el vuelo blanco de las cortinas, entraron entonces las libélulas. Eran muchas y tenían una fosforescencia mágica maravillosa.
Las niñas comenzaron a flotar, libremente, detrás de las libélulas que subían, subían por la noche de octubre en una escalera de invisibles aromas de azahares de naranjo.
El espacio las esperaba con sus sillas de estrellas y sus burbujas de asteroides cristalinos para sentarlas en el medio de la luz y ver pasar las imágenes del espacio tiempo que libremente vagan por esas dimensiones.
El árbol se plantó en el patio y allí floreció y los hijos de sus semillas fueron muchos en Eldamar. De él nació en la plenitud del tiempo, Nimloth, el Árbol Blanco de Númenor.
Eugenia leía en un gran libro hecho de papel lunar, la historia de Tolkien. Una libélula espacial daba vuelta las hojas y entretejía silencios. Sobre la tapa del libro se leía: Silmarillion.
Y el árbol creció y floreció … y las flores se abrían al atardecer y una fragancia llenaba las sombras de la noche.
Hasta que Sauron instó al rey a que cortara el Árbol Blanco, Nimloth, el Bello, y unos guardias vigilaban el árbol de noche y de día.
Lucía se acomodó en su sillita estelar y continuó escuchando la fantástica historia.
En ese tiempo, en que dominaba Sauron, el Arbol se había oscurecido y no lucía flores… Pero Isildur pasó entre los guardianes y tomó un fruto del Árbol y lo plantó en secreto en Rómenna, donde brotó en la primavera.
En ese momento, apareció en el espacio la embarcación de Amandil, rumbo al oeste. Flotaba liviana, con luz azul, y navegaba dulcemente, cargada de vasijas y joyas, y rollos de ciencia escrita en escarlata y negro y el árbol, el árbol joven, el retoño de Nimloth el Bello.
-¿Subimos?- preguntó Eugenia.
-Shí, vamosh- contestó Lucía- mientras las libélulas la alzaban a bordo del barco navegador del espacio tiempo. Al hacerlo, perdió los zapatitos que quedaron, ingrávidos, en el vacío cósmico.
Un sol verde, ora cálido, ora no tanto, se mecía en un extraño viento que traía fragancias estremecedoras, efímeras, pero dulces.
Llegaron a la casa y las libélulas las dejaron allí, sobre las camas tibias. Las niñas se durmieron felices soñando que soñaban con el libro lunar y su historia mágica.
A la mañana siguiente, cuando papá se despertó y fue a saludar a las niñas, encontró el Silmarillion sobre la mesita de luz.
-Ah, dijo papá Marcelo-estuvieron leyendo a Tolkien.
Lo que no pudo explicar fue el pequeño sol verde colgando de la ventana.
Ni la ausencia de los zapatitos de Lucía.
Tampoco, el Árbol, Nimloth, el Árbol blanco, cubierto de capullos, que crecía suavemente en la habitación como una bocanada de aire fresco.

PÁGINA 5 – AMELIA BIAGIONI - 1918/2000 (Gálvez/Santa Fe/Argentina)

Lluvia

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.

La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.

La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.

Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.

De: “Sonata de soledad”- 1954-


El azul

Si te acercas
a su reino ovalado,
la puerta
te engulle suavemente,
y adentro
en lugar de la puerta
está la ley,
que ordena:

Hay que fijarse al tema azul
cantando sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
y alcanzar la soga que pende azul
y enroscarla en el propio cuello
distraído,
y apoyando un pie, un párpado azul
-con el otro encogido-
en el vacío azul,
en su mano sin palma,
darse un gran envión
en torno al eje, al ojo azul,
girar desarrollándose
sobre la mano del vacío azul,
y cantar sin pasado:
“Azul, azul, azul”,
hasta que llegue el miedo,
o el rojo con espuma.
O el frío.

De: “El humo” – 1967-


No puedo privarme, aunque esté enfermo,
de algo más grande que yo, que es mi vida:
la potencia de crear.
Vincent Van Gogh-


Coronado de llamas en la noche cerrada
por mirasoles muros ciegos
pinta el transido Vincent del espejo
mientras la oreja ilimitada
una mitad sujeta y la otra andante
escucha en el dolor y el cosmos.

De: “Estaciones de Van Gogh- 1981-


En el bosque

Cada día una ráfaga me empuña
procurando mi identikit.
Siempre traza el rumor
que llega a la espesura y sopla:

Soy mi desconocida.

Tal vez
tu mensajera sin memoria
o tu evasión,
sopla el pájaro espejo
cancelándome.

Tan sólo sé
que el bosque errante de los nombres
es mi hogar.

De: “Región de fugas”- 1995-


Cavante, andante

A veces
soy la sedentaria.

Arqueóloga en mí hundiéndome,
excavo mi porción de ayer
busco en mi fosa descubriendo
lo que ya fue o no fue
soy predadora de mis restos.

Mientras me desentierro y me descifro
Y recuento mi antigüedad,
pasa arriba mi presente y lo pierdo.

Otras veces
me desencorvo con olvido
pierdo el pasado y soy la nómada.

Exploradora del momento que me invade,
remo sobre mi canto suyo
rumbo al naufragio en rocas del callar,
o atravieso su repentino bosque mío
hacia el claro de muerte.

Y a extremas veces
mientras sobrecavándome
descubro al fondo mi
fulgor inmóvil ojo
de cerradura inmemorial,

soy avellave en el cenit
ejerciendo
mi remolino.

De: “Región de fugas”- 1995-


Obra poética de Amelia Biagioni

“Sonata de soledad”- 1954
“La llave”- 1957
“El humo”- 1967
“Las cacerías”- 1976
“Las estaciones de Van Gogh- 1981
“Región de fugas”- 1995

Nuestro agradecimiento a la Profesora Betty Rambaldo por su aporte desinteresado.


PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Pablo Neruda y Miguel Hernández: un idilio poético

Por Ramón Fernández Palmeral (Alicante /España)

A Audún Bakke

El día 26 de marzo del 2006 en el cementerio de la Nuestra Señora del Remedios de Alicante me encontré junto a la tumba del poeta oriolano Miguel Hernández a un senderista y periodista noruego, a Audún Bakke que hablaba perfectamente español, hace años que reside en Albir (Alicante). Conversamos sobre su interés por el poeta oriolano y las causas de su muerte, me aseguró que Miguel Hernández fuera de España no es casi conocido, en cambio Pablo Neruda, sí lo es, yo le dije que Pablo fue Premio Nobel de Literatura en 1971, y además un poeta de obra muy publicada. Tras una larga charla, mister Bakke, me prometió que traduciría a Miguel al noruego para que le conocieran en su lengua. Esta conversación con el periodista noruego es el origen de este artículo, un idilio poético entre Neruda y Hernández como una forma de interrelación en la historia de la literatura española. También tuve la suerte de asistir, la tarde del 28 de marzo (64º aniversario de la muerte de Miguel), a la conferencia de Carmen Alemany Bay en la Sede de la Universidad de Alicante titulada: “Miguel Hernández y Pablo Neruda: historia de una amistad truncada por la muerte”, que fue presentada José Carlos Rovira, especialista en Neruda y literatura hispanoamericana, que además es autor de "Para una biografía literaria de Pablo Neruda”. Conferencia que me sirvió para tomar sustanciosos apuntes.

Pablo Neruda había nacido en 1904 y Miguel Hernández en 1910, se llevaban seis años de diferencia. Pablo, ya había entrado en contacto con Federico García Lorca en octubre de 1933 en Buenos Aires, cuando fue Lorca a estrenar Bodas de Sangre en la compañía de Lola Membrives que tuvo más de 100 representaciones, y además en la ciudad bonaerense daría múltiples conferencias entre ellas: “Discurso a alimón en honor de Rubén Darío” junto a Neruda, donde ambos se preguntan dónde estaba la plaza y la estatua en honor de Rubén Darío en Buenos Aires. Ambos poetas trabarán una fuerte amistad que continuará en Madrid.
Un años más tarde, Pablo Neruda llegó a España en mayo de 1934 como diplomático al consulado de Barcelona. En un viaje que hizo a Madrid a mediado de 1934 para gestionar la publicación del segundo poemario de Residencia en la tierra, con José Bergamín, conoce a Miguel Hernández en la redacción de Cruz y Raya; donde el oriolano ya había publicado el primer acto de su auto sacramental “Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras” (número de julio). Trabajo que Pablo había leído en Cruz y Raya, al que consideraba “de inaudita construcción verbal […] el más grande poeta nuevo del catolicismo español”, (Para nacer he nacido, Bruguera, Barcelona 1980, pág. 78). El poeta chileno había descubierto a un poeta, y dirá: “Era un escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática […]. Su rostro era el rostro de España. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y de la tierra” (Confieso que he vivido. Pág-129). Miguel lo cuenta de esta forma en un escrito de junio de 1936: “Acabamos de llegar a Madrid [1934], él [Pablo] con polvo en la frente y en los talones de la India [Pablo había sido cónsul en Colombo (Ceilán), Batavia (Java) y Singapur], yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones. Y me sentí compañero suyo desde el primer momento”. Había nacido, entre ambas almas sensibles al invisible mundo de los sentimientos, un idilio poético.
Además del auto sacramental “Quien te ha visto…”, de corte calderoniano, tenía Miguel Hernández publicado desde el 20 enero de 1933 su poemario gongorino “Perito en lunas”, con prólogo de Ramón Sijé, editado en “Sudeste” de La Verdad de Murcia. Obra hermética y descolgada de “Generación del 27” de alta calidad estilística, pero tuvo poca acogida por la crítica; sin embargo, Pablo Neruda, crítico sensible, al conocer al campesino Miguel que aún llevaba barro en los pantalones, y seguramente en los talones de las alpargatas, sus versos, le provocan un gran impacto en su doble aspecto: el de campesino español y el de la asombrosa calidad de sus versos; no obstante, las simpatías y el idilio poético naciente, fueron recíprocos, sobre todo al simpatizar a través de la comunión en la palabra poética, en los versos nuevos salidos del sentimiento más que del artificio verbal o arquitectura poética. El don sublime de la palabra era lo que verdaderamente les unía y les separaba a la vez porque los estilos eran opuestos, el primero llevaba una poesía católica reaccionaria y gongorina por influencias del estudio de los clásicos (Virgilio, Calderón, Quevedo, Góngora) y el segundo ya tenía “Crepúsculo” (1923), “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (1924) y “Residencia en la tierra” (1925-1935), obras en transición entre el Modernismo de Rubén Darío y las vanguardias, de la poesía sin pureza, automática, llenas de surrealismo, a pesar de que el juglar de Isla Negra no se consideraba del todo surrealista.
En febrero de 1935 Pablo Neruda se instala definitivamente en Madrid como cónsul adjunto de la Embajada de Chile en la llamada “Casa de las Flores” ("por todas partes estallaban geranios”), barrio de Argüelles, calle del Prado nº 26. En Madrid viven los poetas más representativos de la que sería la "generación del ’27": García Lorca, Alberti, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Luis Cernuda y Miguel Hernández de la generación del 36. El grupo se reunía casi todo los días en los mismos bares de Correos, donde comentan sus creaciones diarias y se leen versos. Pablo conoce además a Antonio Machado lo vio varias veces, a Valle-Inclán, a Ramón Gómez de la Serna en su cripta de Pombo, a Juan Ramón Jiménez que escribía en “Sol” críticas literarias, no muy favorables, por ejemplo de Pedro Salinas o Jorge Guillén, en cambio, Miguel Hernández se libró de esos ácidos comentarios juanramonianos, quizás porque provenían de la prestigiosa “Revista de Occidente”, de la "Elegía" y seis sonetos. La revista de Ramón Sijé, “El Gallo Crisis”, había aparecido en el Corpus de 1934, (junio), y Miguel se lleva revistas para vender en su círculo de nuevos amigos en Madrid: Altolaguirre, Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda..., pero tiene de constatar que la nueva revista neocatólica no gusta a muchos a sus nuevos amigos.
Escribe José Luis Ferris (El País, Comunidad Valencia, 2-12-2004):
“Neruda hizo cuanto estuvo en su mano para colocar a Miguel en la corte. Empleó a fondo sus influencias y contactó con el vizconde de Mamblas, jefe de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado, para que tratara de colocarlo en algún despachito funcionarial. El vizconde no dudó en extender cuanto antes el nombramiento, siempre y cuando el poeta especificara sus preferencias y el trabajo que mejor podía desarrollar”.
Neruda cuenta que Miguel le respondió: “¿No podría el vizconde encontrarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?”. Lo cual dudo que Miguel respondiera de esta forma tan pintoresca, ya que él había escrito y dado a entender en carta a Juan Ramón Jiménez “odio la pobreza en que he nacido” odiaba su trabajo de pastor de cabras, que puede ser tan digno como cualquier otro, pero Miguel había sido humillado en Orihuela cuando su padre le sacó del Colegio Santo Domingo de los jesuitas donde se codeaba con los hijos de la burguesía y dedica a cuidar cabras y vender leche.
Pablo Neruda dio una conferencia en la Universidad de Madrid el 6 de diciembre de 1934, en el acto coincidirán Miguel Hernández y Federico García Lorca, al que ya conocida desde que se lo presentó Raimundo de los Reyes en Murcia (2 de enero de 1933), que no recibe muy calurosamente al ya incordiante “poeta pastor”, sin embargo Miguel, humilde como era, le entregó el “Torero más valiente” (Tragedia española, inspirada en la rivalidad del torero Ignacio Sánchez Mejías y su cuñado Joselito) con el ruego de que se ocupara de la obra. Neruda percibe este rechazo lorquiano y le advertirá en una carta del 4 de enero de 1935 que no se forje falsas esperanza con Lorca. Es la famosa carta en la que sataniza a Ramón Sijé por la revista neocatólica El Gallo Crisis, cuando escribe: “Querido Miguel, siento decirle que no me gusta El Gallo Crisis, le hallo demasiado olor a iglesia ahogado en incienso”. El 9 de febrero de 1936, un importante grupo de intelectuales organizan una comida homenaje a Rafael Alberti y a María Teresa León en el Café Nacional, a su regreso de América y de la Unión Soviética, donde también acude Pablo Neruda y Federico García Lorca y Luis Cernuda…, pero no invitan a Miguel Hernández, su presencia era incompatible con los dos últimos poetas, señoritos andaluces, a pesar de la aceptación favorable de Pablo en su círculo de amigos. Tampoco invitan a Miguel al mitin político de adhesión al Frente Popular donde Lorca leyó un manifiesto en el mes de febrero días antes de ganar el Frente Popular.
El 4 de octubre de 1934 nació Malva Marina, hija de Pablo y de la holandesa María Antonia Agenaar, la niña padece hidrocefalia, enfermedad que tanto afectó a Pablo que Hernández se convierte en un asiduo visitante de la “Casa de las Flores”. En la revista Cruz y Raya, de Madrid, publica Pablo “Visiones de las hijas de Albión” y “El viajero mental”, de William Blake, traducidos por Neruda. Presenta también una selección de poemas de Quevedo, “Sonetos de la muerte”. Miguel pidió a Antonio Oliver en Cartagena y a Juan Guerrero Ruiz en carta de junio de 1935 que le facilitaran a Pablo y a su familia una estancia temporal en la isla de Tabarca (Alicante) o en una isla del Mar Menor (Murcia) “donde el mar no se encuentre con la arena, al ir a la tierra”, y habla de la hija que ya tiene diez meses y además le preguntará a Guerrero Ruiz si conoce a algún médico bueno de niños. Pero nunca fue a la isla Plana o de Tabarca. María Antonia y Malva Marina se fueron a vivir a Barcelona en 1936 y luego a Holanda donde la niña moriría el 2 de marzo de 1943. En el verano del 1934 Pablo había conocido a la bella artista argentina Delia del Carril en la casa de Carlos Mola Lynch, ella era quince años mayor que él. En 1936 comienzan a vivir juntos y se convertiría en su segunda esposa. En febrero de 1935 conocerá Miguel a la pintora gallega vanguardista Maruja Mallo en la casa de Pablo Neruda, con la que mantendrá un idilio amoroso, a la que dedicará algunos sonetos de “El rayo que no cesa”.
A finales de 1935 y después de que Pablo Neruda publicara el 15 de septiembre de 1935 en la Edición Árbol de Cruz y Raya, una segunda parte de Residencia en la tierra (1925-1935), poemario que causó en Miguel honda impresión, y en reconocimiento de este impacto le dedicará: “Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda” y además una reseña en “El Sol”. Este poema de “exaltación vital” como ha expuesto José Antonio Serrano, no fue incluido en ningún libro y figurará como poemas sueltos. En este poema hernandiano de ciento treinta y cuatro versos, distribuidos en catorce estrofas, contiene evidentes influencias de Residencia en la tierra, como «caracolas» y «amapolas» como símbolo del vino y de la sangre; veamos y comparémoslo con el poema nerudiano: “Estatuto del vino” cuando Miguel escribe el verso “Alrededor de ti y el vino, Pablo…” (v.117) de “Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda”. Los verdaderos amigos son los que se forjan en las barras de las tabernas porque el vino como una sangre hermana une a los espíritus sublimes y también a los mezquinos. No queremos tomarnos una copa con un desconocido porque tememos hacernos de un nuevo amigo. Leamos esta primera estrofa:

Para cantar ¡qué rama terminante,
qué espeso aparte de escogidas selvas,
qué nido de botellas, pez y mimbres,
con qué sensibles ecos, taberna!
(Primera estrofa “Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda”).

Las referencias a la taberna también se aprecian en el prólogo de “El hombre acecha”, como evocaciones de estas veladas: “Y recuerdo a nuestro alrededor aquellas madrugadas, cuando amanecíamos dentro del azul de un topacio de carne universal, en el umbral de la taberna confuso de llanto y escarcha, como viudos y heridos de la luna”. Tanto era el entusiasmo de Hernández por “Residencia en la tierra” que se atreve a escribir una reseña que publicó el diario “El Sol” de Madrid en 2 enero de 1936: “Ganas me dan de echarme puñados de arena en los ojos, de cogerme los dedos con la puerta […]. La cuya voz es un clamor oceánico, que no se puede limitar…”. Hay una carta inédita de Miguel a Pablo, de 8 de septiembre de 1938, publicada por “Orihuela Digital” donde le recuerda velada de vino, alegría y poesía.
En agosto de 1935, Miguel se hallaba en Orihuela y recibe una carta del poeta chileno en la que éste le anima a volver a Madrid, porque está a punto de imprimirse el primer número de “Caballo Verde para la poesía”, había mucho trabajo por hacer, y además a Pablo le comentarán en tono sarcástico: “Celebro que no te hayas peleado con El Gallo Crisis, pero eso te sobrevendrá a la larga. Tú eres demasiado sano para soportar ese tufo sotánico-satánico”. Neruda estigmatiza la labor mentora de Ramón Sijé, quizás indirectamente, porque le interesan los brazos de Miguel, y Miguel acude inmediatamente a Madrid, en este viaje le acompañará su hermana Elvira. Llegará con la ceja izquierda rota en inflamada porque se había dado un golpe al bañarse en el río Segura. Ramón Sijé teme perder a su gran amigo y paisano para sus ideales neocatólicos, pero pronto tiene que constatar que el ambiente de Madrid puede más que los ecos de la lejana Oleza mironiana.

Miguel Hernández se mueve en todos los frentes literarios de Madrid, es invitado por Pablo Neruda a publicar en la recién fundada revista “Caballo Verde para la poesía”, que dirigía simbólicamente el chileno a petición del poeta e impresor malagueño Manuel Altolaguirre que le ofreció la dirección muy generosamente. Una revista impulsora de la corriente neorromántica y la llamada poesía impura o sin pureza, corriente contra la que se sitúa Ramón Sijé, con sus artículos en “El Gallo Crisis”, y en “La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas”. Hernández, publicó solamente un poema en el primer número de “Caballlo Verde...” de fecha 18 de octubre de 1935, un poema titulado: “Vecino de la muerte”, y escribe a sus amigos cartageneros “No puedo mandaros la revista porque no me han dado más que un número”. Miguel ha experimentado un cambio estético y poético, que se vierte hacia Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. Surgen recelos entre Ramón Sijé y Pablo Neruda por la pérdida ideológica del amigo, y escribe a Miguel: “Pablo, selva, ritual narcisista e infrahumano de entrepiernas, de vello de partes prohibida”.
En esta revista que Alberti le quiso llamar “Caballo rojo”, pero no fue aceptado, donde publicaron casi todos los poetas de la “Generación del 27”. Salieron a la venta cinco números, el sexto se quedó en la calle Viriato (nº 73, casa madrileña de Concha Méndez y Manuel Altolaguirre) sin compaginar ni coser, debía salir el 19 de julio de 1936, estaba dedicado a Julio Herrera Reissif -segundo Lautréamont de Montevideo.
Durante la guerra civil española Pablo escribe “España en el corazón: Himno a las glorias del Pueblo en la Guerra” (1937-1938) que tuvo su primera edición en la editorial Ercilla y Tor de Buenos Aires, y luego tres ediciones en la imprenta que Manuel Altolaguirre y Concha Méndez había montado en un viejo monasterio cerca de Gerona por los miembros del Ejército del Este, pero no llevó a ver la luz en España, sino en Francia cuando se lo llevaban los republicanos exiliados y otros muertos en los caminos.
Miguel publicó “El rayo que no cesa” en la editorial “Héroes” de Manuel Altolaguirre, y salió el 24 de enero de 1936. Cuatro años y medio después, convertido Miguel en soldado de la poesía, edita en "Socorro Rojo", en plena contienda civil “Vientos del pueblo” en 1937, dedicado a Vicente Aleixandre "Vicente: a nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres..." Publica “El hombre acecha” en 1939, dedicado a Pablo Neruda “Pablo: Te oigo, te recuerdo en esa tierra tuya, luchando con tu voz frente a los aluviones que arrebatan la vaca y la niña para proyectarla en tu pecho." Una edición que no llegó a salir al público, y que hoy se conoce gracias a que se salvaron dos capillas, una de ellas en poder de José María Cossío, que publicó en edición facsímil la Casona de Tudanca de Santander en 1981. En este poemario debe ser tomado como eje de la poesía de guerra, sobre cuyo poemario escribió un ensayo quien firma este artículo: “El hombre acecha como eje de la poesía de guerra”, publicado en la Editorial Palmeral, 2004. En este libro Miguel, publica un poema agónico, en solicitud de ayuda a la causa, es el titulado: “Llamo a los poetas”, donde nombra a Pablo Neruda en la primera estrofa, después de Vicente Aleixandre lo cual supone un latente recuerdo por el chileno:

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

A finales de 1936 Pablo Neruda es destituido de su cargo consular en Madrid debido a haber participado en la defensa de la República, y se traslada primero a Valencia y luego a París. Se separa de la María Antonieta Agnaar. Ya en París residirá con Delia del Carril en el mismo apartamento con Rafael Alberti y su mujer María Teresa León en Quai de l´Horloge. En el verano de 1937 viene desde París en un tren junto a muchos escritores y asiste al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se celebra entre Madrid y Valencia. En este viaje llegará Neruda con Miguel Hernández, “vestido de miliciano y con su fusil al hombro”, que se había alistado voluntario en el 5º Regimiento del Partido Comunista, a la “Casa de las Flores” a la entrada de la ciudad universitaria en el frente norte de Madrid, que era su residencia abandonada, donde había dejado sus libros y sus cosas. Miguel había buscado una vagoneta para cargar libros y los enseres de su casa: “Los libros se habían derrumbado de las estanterías. Era imposible orientarse entre los escombros… Miguel encontró por ahí, entre los papeles algunos originales de mis trabajos… Le dije a Miguel no quiero llevarme nada…-¿Nada? ¿Ni siquiera un libro? –Ni siquiera un libro- le respondí. Y regresamos con el furgón vacío”. Lo podemos leer en “Confieso que he vivido. Memorias” (1972-1974), página 144-145, de la edición Planeta, colección Clásicos Contemporáneos Internacionales (1992). En estas Memorias le dedica a Miguel Hernández unas páginas en capítulo 5.- “España en el corazón”, y le nombra en varios apartados, entre ellos cuenta el famoso caso del asilo a Chile, y de cuando el embajador de Chile “Carlos Morla Lynch, le negó el asilo al gran poeta, aun cuando se decía su amigo”. También publicó esta acusación en la revista Ercilla, de Santiago de Chile, el 29 de diciembre de 1953. En este libro le dedica varios párrafos a Miguel en los apartados: “Miguel Hernández”, “Caballo Verde para la poesía”, “Mi Libro sobre España” y en “Un Congreso en Madrid”.
Existen ciertas dudas sobre lo que escribió Neruda acerca de la petición de asilo de Miguel en la Embajada de Chile y la negativa de Morla. La embajada chilena estaba situada en calle del Prado, número 26; podemos conocer la lista nominal de los 17 exiliados republicanos en esta embajada gracias a un artículo de Francisco Esteve: “Luna (1939-1940). Análisis de una revista singular...” (Apartado.- Exilio Interior). Arturo del Hoyo escribió “Dramatis persanae: Carlos Morla Lynch y Miguel Hernández”. (Ver en Biblioteca Hernandiana. documento 2, de la Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2003). Donde escribe Arturo del Hoyo que Neruda atacó duramente a Carlos Morla, donde asegura “Carlos Morla Lynch no tenía facultades para dar o negar asilo a Hernández, porque no era ya encargado de Negocios de Chile en Madrid..., concretamente desde el 8 de abril de 1939, que cedió el puesto a Enrique Gajardo…” y afirma que Neruda se equivoca. Asegura Arturo del Hoyo, que “Morla ofreció asilo a Hernández, pero que este no se asiló. ¿Por qué?” Se intuye que Miguel era el autor de “Vientos del pueblo”, y no podía desertar ni traicionar los principios o mensajes de sus versos, y además no se marcharía sin su mujer ni su hijos, pero no se ha dicho que, seguramente Josefina no se iba a marchar a Chile con su hijo, y dejar a su madre y a sus hermanos en estado de precariedad, siendo ella la hermana mayor.
Otra versión de los hechos, es la del sevillano Antonio Aparicio, que estaba refugiado en la Embajada de Chile a la espera de salvoconducto, que le presentó a Germán Vergara nuevo encargado de Negocios, y éste le ofreció refugio al poeta, que no aceptó. “yo jamás me refugiaré en una embajada”, cuenta María Teresa León en “Memorias de la melancolía”. Y además se negó a oír las advertencias del abogado Diego Romero y José María Cossío, y se vino a Cox.
En 1939 Pablo, es nombrado Cónsul para la emigración española, con sede en París. Cuenta Mará Teresa León que con la ayuda de Anne María Commène intermediaron a través de la mediación de monseñor Braudillart amigo de Franco, “…cuando terminé de hablar, todo estaba decidido”. Miguel Hernández salió de la cárcel el 17 septiembre de 1939, pero el 29 del mismo mes es detenido en Orihuela acusado de ser periodista y pertenencia a la Alianza Intelectual Antifascista. Si bien lo que cuenta María Teresa León no parece del todo cierto, porque no ha podido demostrarse documentalmente, porque, cuando detuvieron a Miguel por segunda vez en su pueblo, de nada le sirvió el favor de monseñor Braudillart ante Franco en su primera detención. La segunda vez no fue puesto en libertad y murió en una cárcel franquista el 28 de marzo de 1942. Aunque Pablo Neruda coincide con la versión de María Teresa León sobre la actuación del ciego monseñor Braudillart de 80 años.
Durante su prisión Miguel mantiene correspondencia con Pablo Neruda, le escribió desde la cárcel de Torrijos “Es de absoluta necesidad que hagas todo cuanto esté en tu mano por conseguir mi salida de España y el arribo en tu tierra en el más breve plazo de tiempo posible”. Miguel manda misivas a todas aquellas personas que pueden ayudarle con el abogado Juan Bellod, Luis Almarcha, Martínez Arenas y también con José María Cossío y Martínez Fortún (Mario Crespo es autor de un artículo muy interesante, aunque muy breve: “Miguel Hernández y José María Cossío” en Alerta Santander, de 12-10.2004). Miguel pide a Josefina que busque al abogado Juan Bellod de Orihuela (Juanito) para que le defienda, pero como Bellod no le puede defender, José María Cossío y Eduardo Llost el consiguen al joven abogado Diego Romero Pérez. Es decir que Monseñor Braudillart no vuelve a aparecer en escena.
Tras la muerte de Miguel en la Residencia de Adultos de Alicante el 29-03-1942, Pablo lo consideró siempre como un asesinato, contribuyó a difundir la obra del poeta oriolano en conferencias y en entrevistas como en la que hizo a Rita Guibert en enero de 1970 en Santiago de Chile, donde dijo que Miguel era como un hijo para él y que casi todo los días comía en su casa.
Las posibles causas de la desconcertante puesta en libertad de Miguel Hernández Gilabert el 15 de septiembre en la prisión de Torrijos de Madrid, como ya demostrara Juan Guerrero Zamora en su libro “Proceso a Miguel Hernández” -El Sumario 21.001, Dossat 1990, página 124, (ver informe de la Dirección General de Seguridad)- se debió a los informes favorables del Sr. Cossío “que el considera una persona inofensiva que nunca se metió en Política”, a la abundancia de burocracia y procesos penales abiertos, a las competencias y jurisdicciones de los Tribunales y a los sistemas de comunicación por correo oficial. Además, desde el principio, en una documentación aparece unas veces como Fernández y en otras como Hernández.
A) La orden de puesta en libertad en Torrijos vino del Sr. Coronel Jefe de los Servicios de Orden Público y Policía de Madrid, y se justicia: “toda vez que en su expediente no había nada desfavorable concretamente como no fuera el haber sido escritor de izquierdas que quedaba en parte desvirtuada la mala impresión que pudiera producir su ideología política, con el informe favorable emitido por el Sr. Cossío. Permitiéndome hacer constar una vez más que como no había constancia de las diligencias instruidas en Huelva…” (Director General de Seguridad da explicaciones de la puesta en libertad al Juzgado Milita de Prensa, 20-10-30).
B) No sabemos por qué causas las primeras diligencias, es decir, el atestado instruido en Rosal de la Frontera por el Cuerpo de Investigación y Vigilancia de Fronteras (no la Guardia Civil como se viene diciendo) no llegó a Madrid junto al detenido. La detención se debía a paso clandestino de frontera por no llevar el pasaporte, una falta administrativa o gubernativa y de competencia del Gobernador Civil de Huelva, por eso, quien ordena el traslado a Madrid es el Gobernador Civil, y no un juez de Huelva.
C) Cuando llega el detenido a Torrijos no llega con las diligencias previas o atestado, a pesar de decir en el telegrama del Gobernador que las diligencias acompañan al detenido por pasar clandestino la frontera y ser presunto “responsable de actividades delictivas en esa Capital”, esa capital es Madrid. Más tarde aparecerán y llegarán las diligencias al Auditor de Guerra del Ejército, y se abrirá el sumario de urgencia 21.001. que pasará al Juez Especial de Prensa, Plaza del Callao, 4 de Madrid el 19 de junio de 1939, Manuel Martínez Gargallo, el cual le toma declaración indagatoria para saber por qué lo habían mandado a él.
D) La carta favorable del Sr. Cossío (firmada por poderes el 8 de julio-39) debió llegar al Sr. Coronel Jefe de los Servicios de Orden Público que no sabía que el Juez Especial de Prensa Sr. Gargallo lo había procesado. Por eso en cuanto el Juez Gargallo se da cuenta de la puesta en libertad por orden gubernamental pide explicaciones y extiende edicto de captura y detención del procesado. Porque de hecho se le estaba procesando militarmente según lo demuestra la declaración indagatoria del 6 de julio 1939.
Neruda confesó que su paso por España durante la guerra civil fue muy importante para su ideología, y fue además una de las causas de afiliarse al partido comunista chileno. Durante 1948 permanece Neruda oculto en Chile, escribiendo Canto General, en el canto XII: “Los ríos del canto”, aún le recuerda y le dedica un grandísimo poema titulado “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”

LLEGASTE a mí directamente del Levante. Me traías,
pastor de cabras, tu inocencia arrugada,
la escolástica de viejas páginas, un olor
a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado
sobre los montes, y en tu máscara
la aspereza cereal de la avena segada
y una miel que medía la tierra con tus ojos.
(Fragmento)

En febrero de 1955 rompe con Delia del Carril y comienza a vivir con Matilde Urrutia, a la que ya conocía desde 1951, en París, quien será su gran amor de madurez.
En 1971 la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura, en dicho acto pronunció un discurso, que empieza: “Mi discurso será una larga travesía... un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas”.
Al único poeta que Pablo Neruda citó en su discurso, fue al francés, pionero del simbolismo, Rimbaud, el vidente.


NOTA.- Audún Bekke cumplió su palabra, en el número 7, de 1-17 de Abril de 2006, en la revista AKTUELT Spania, Editada en Albir (Alicante), publicó tres artículos en noruego, uno sobre la vida de Miguel, otro sobre la Senda del poeta y el tercero sobre Rosario la dinamitera.

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINOS

Encuentro con Antonio Di Benedetto en Caracas

Un tambor negro resonaba lúgubre
cuando nos encontramos, en Caracas.
(Santiago de León de Caracas,
ciudad hispanoindia,
ciudad de negros cantores, de autopistas,
gringos, aventureros, magnates del dólar,
miserables.)

Un tambor negro nos saludaba
con su redoble de muerte.
La Virgen de madera pintada y rostro oscuro
nos miró cuando huérfanos andábamos
por la calle de gritos.

Veníamos de largas travesías, de amigos ensangrentados,
de viñedos
polvorientos y solos.
El rumor de los álamos de Guaymallén
secretamente nos unía.

Ya frecuentabas los abismos fulgurantes
que separan el día de la noche.
Ya conocías el ruido y la violencia
que asediaron tu casa de silencio, a orillas del zanjón.

Un tambor negro resonaba lúgubre
y no sabíamos entonces
que anunciaba la muerte de un inocente.

Graciela Maturo (Buenos Aires /Argentina)

Heb. 10, 7-10

En la acumulada oquedad de la Historia
-peso inconcebible-
la Palabra dice:
“He aquí que vengo…”
Y todo adquiere las formas del origen.
Todo canta la novedad del Amor.

Osvaldo Pol [sj] (Córdoba/Argentina)

“bienes de la tierra”

los dedos pulgar e índice --levemente combados en labor de
pinzas/ presionan el contorno irregular --de esa piedrita que
has recogido a la orilla del río/ la colocan bajo la luz de una
lámpara eléctrica/ que alumbra de su figura –la suavidad de
los bordes/ el tallado paciente de las aguas

Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

Oda a la muerte.
Poema X

Ayer morí y hoy muero
junto al pensamiento huésped,
testigo astillado
ante la posibilidad de la ruptura.

Morí para sentir la levedad del verbo
que corroe mi carne sustantiva,
con la esperanza
de encontrarle a la muerte sus facciones
junto al faro de la corriente impía.

Morí para llegar desnudo,
para llegar sin alas
a la eternidad que todo juzga;
para rescatar la pureza del pecado
y redimir al pecado sin pureza.

Muerte, inmanencia de tu nombre.

Recibo tu paz
de luminiscentes labios,
que me dejan aislado y solo en el discurso.

Celosamente en mi sepulcro,
custodio tu palabra.

La muerte murió conmigo.

Morí para ser otro;
morí para vivir la vigilia del desgarro
en el goce permanente del poema.

Luis María Sobrón (Entre Ríos-Mar del Plata/Argentina)

Dilectas
Poema V

Es posible, me digo
que mi alma
tenga un principio incierto,
tenga un final incierto.

ella,
gran tejedora en el telar del tiempo,
es más vieja que yo y más lejana.

sus extensiones pálidas acechan
cada aliento que pasa y cada fuga,
buscando en cada sitio,
desarmando rincones
donde a veces los sueños
se dejan descansar serenamente

como si arriba
no apurara la luna su costado de pena,
las cifras de la vida…

Nicasia Baunaly (Tucumán/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La grama encubierta

Por Esther Andradi (Ataliva/Santa Fe/Argentina–Alemania)

Mi abuelo el árabe llegó a Argentina sin conocer una palabra de castellano. Dicen las lenguas familiares que en Buenos Aires sus paisanos le dieron una maleta con artículos para vender que él tiró por ahí porque le avergonzaba su español insuficiente y siguiendo las vías del ferrocarril llegó a una colonia de inmigrantes donde iba a conocer a mi abuela. La colonia se llamaba Nuevo Torino, de modo que el castellano, por cierto, tampoco era su fuerte. Mi abuelo se bastó con una mandolina para enamorar a las mujeres y todavía hoy no hay hombres en la colonia que no hayan oído hablar del lenguaje de sus brazos, sea para la dura faena del campo o para la pelea, que ganas no le faltaban al árabe, ni susto le daban ni una ni otra. De esa mixtura piamontesa y árabe, dialecto de Oms, nacieron mi padre y sus diez hermanos, a la sazón los tíos de mi infancia, de las fiestas de la yerra y de los chistes verdes en piamontés. Porque fue la abuela quien legó su lengua a la familia, mientras el abuelo relegaba su idioma y enterraba la nostalgia.
Mi abuelo el anarco-sindicalista llegó de Turín siendo un niño y la leyenda familiar cuenta que todos servían al rey, y habla de caballos blancos y negros ornados para los desfiles, de una pompa que en las pampas argentinas de esos años, sin asfalto ni agua corriente ni electricidad, sonaban como a historias de aparecidos de cualquier otro planeta. Lo conocí poco, con su altura desorbitante, su blancura casi lunar y sus anteojos de hombre que parecía destinado a actividades del espíritu.
Murió cuando yo todavía era una niña pero me legó su olor. En los fondos de la casa de la abuela, que hoy ya no existe, estaba la piecita del tesoro que yo visitaba a la hora de la siesta: la abuela guardaba allí los recuerdos de su esposo. En medio de alcanfor y naftalina sobresalía el olor de las revistas, a papel viejo y fotos de colores, que, en una época sin televisión, acaso alguien pueda comprender la fascinación que ejercían en una niña. Revistas políticas, fotos de los compañeros en el sindicato, recortes de periódicos antiguos, todo se remozaba en los cajones de la cómoda de la piecita donde también se guardaba el yunque de mi abuelo, que era metalúrgico y como tal comandó más de una huelga y uno que otro sindicato. La relación entre la abuela con ínfulas aristocráticas y el abuelo anarco provocó la ira patriarcal y la expulsión de la bella Teresa del paraíso familiar. De esa catástrofe nacerían mamá y los seis tíos por vía materna. Con todo, la desheredada y el político legaron a sus hijos el dialecto italiano dizque del rey.
Ni qué decir que con esta historia de mezclas y de pérdidas, siendo niña me cuidaba muy bien de pronunciar cualquier palabra que no fuera típicamente “argentina”, si es que algo así existe. El sistema de lenguaje familiar de la infancia era precopernicano: el castellano-argentino era el centro del mundo y aquel que no lo hablase correctamente merecía el destierro, y la repetición del año escolar, para más humillación. Los demás mundos eran satélites imperfectos cuya vida dependía del idioma oficial. Sin embargo, este idioma era una suerte de castillo, que, por acción de los puentes levadizos de los demás idiomas, podía quedar protegido como también aislado de la vida. En otras palabras, cuando mis padres comentaban sus secretos hablaban el idioma periférico. Igual que mi abuelo el árabe, que, de tanto en tanto se refugiaba en el jeroglífico con sus paisanos condenando a la abuela María al silencio. El idioma entonces era puente y puerta, así como la periferia podía ser a la vez centro y viceversa, en un movimiento continuo de relaciones, atracciones y oposiciones. Pero eso se me iba a revelar mucho más tarde.
Porque ese universo de mi infancia permaneció encubierto durante años hasta el encuentro con el idioma alemán. Idioma que, como se sabe, nada tiene que ver con el árabe ni con el piamontés y tampoco con el castellano. En Alemania no sólo el idioma hablado era diferente. Hasta las interjecciones, el idioma gutural de la infancia, venía en otro envase. Así por ejemplo, los amigos alemanes decían "Ajjj" para expresar la belleza, cuando todo el mundo sabe que en castellano argentino "ajco" -asco- se "dice" con jota. Pero "asco", según el idioma del nuevo mundo, se expresaba con una interjección que suena más o menos así "iii-guet-iii-guet" algo que a mí no me decía nada. Y en cuestiones de vida o muerte, si yo decía "ay" para expresar mi dolor, el otro pensaba que se trataba de un juego porque el "ay" de ellos es "aua", y así hasta el infinito. ¿Qué hacer frente a tamaña diferencia? ¿Refugiarme en el exilio interior o dejar que me lavasen el cerebro? Como mi abuelo, el árabe, abrí mis puertas al nuevo sistema solar que se me ofrecía y me metí de lleno a aprender el idioma, a disfrutar de su sonido, a irritarme con sus incontinencias, a rebelarme con sus diferencias. El riesgo que ofrecía tamaña aventura no me era desconocido. En cualquier momento corría el peligro de ser tragada por el agujero negro teutón y adiós pampa mía. Pero también tenía la posibilidad de ganar un universo que se conjugara con el mío y que, en el espacio sideral, ambos pudiesen convergir y moverse con la distancia que permite la atracción, pero no la deglución. Juntos, pero no mezclados, como se dice en criollo. De esa relación contradictoria, tortuosa y por cierto alterada por no pocas desesperaciones y dolores, he ido ganando, poco a poco, profundidad en el universo de mi mundo de idiomas maternos, los hablados, los callados, los gestuales, y podría decir que, a la larga, el resultado no deja de ser satisfactorio, aunque, de vez en cuando, suele arrebatarme la tentación de refugiarme en el castillo y levantar los puentes. ¡Como si el aceptar el nuevo universo fuese cosa a estas alturas de mi voluntad!
Lo único inquietante de toda esta historia es que mientras gano en profundidad, mientras me sumerjo en el origen y el nombre de las cosas en mi idioma original, buscando la raíz y dejando de lado la espontaneidad y la presunta inocencia del idioma materno, me suele asaltar la nostalgia por la extensión, privilegio que conservan los que viven en el idioma. Quiero decir, que mientras estoy en el castillo alemán, el castellano se me manifiesta con la contundencia del nombre, con la fuerza de lo esencial, de lo originario/original, con la insistencia con que suelen expresarse las periferias. Y por cierto, la nostalgia de perderse en la infinita pampa del lenguaje colectivo, coloquial, vital, permanente, en el que nadan los que están allá, se hace especialmente patente, apenas me rozo con ese lenguaje, sea en el encuentro con el viajero recién llegado de aquellas tierras o en un viaje hacia allá, donde me alcanzan las nuevas palabras. Entonces, por un instante me baño en el mar del idioma vivo de esos días. Y gracias a la exaltación se refuerzan en mi alma los giros oídos en la niñez, las risas paternas, los chistes verdes en piamontés, las protestas y ordenanzas e inventos de palabras de esa familia que un día asumió el castellano-argentino. Pero que, a la vez, en un pacto secreto, en sus valijas deshechas, en sus bártulos desarmados, en la nostalgia de un universo que no se resignaba a perder, guardó sus vocales e interjecciones, sus ayes y sus peros, por si alguno de sus descendientes, estimulado por el dolor de la opción, las recuperase algún día. Entonces descubriría que no hay centro ni periferia que dure cien años, ni gramática y corazón que lo resista. Que hay una fuerza que persiste como la grama, que sigue creciendo bajo la tierra recién removida.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

El resplandor de una escritura - “Poesía junta (1952-2005)”, de Rodolfo Alonso - Alforja, México, 2006, 168 páginas

Fue un honor presentar esta antología a los lectores mexicanos. Traductor, ensayista, crítico y, ante todo y sobre todo, poeta, Rodolfo Alonso ha publicado más de veinte libros de poesía. El título del primero, que recoge poemas escritos desde los 17 años, anuncia la obsesión central de esta voz única: salud o nada. “Yo quiero ser / de los que aman la vida / de los que son la vida / candente inimitable.” Desde hace más de medio siglo, esta voz cristalina celebra la existencia vertebrando su palabra como una espiral más abierta. La espiral, dijo sor Juana, es la verdadera representación de la belleza.
La belleza hace la música de estos poemas, repujados con un rigor formal, imaginativo y conceptual excepcionales. “Yo los invito / a pasear el amor entre los indiferentes”, invita Alonso. Su fulgor sin duda nace de un subsuelo de dolores y suciedades del mundo que él supo apisonar a golpes de hermosura. En una época cada vez más deshumana como la que nos toca padecer, llagada por ese genocidio más silencioso que el de los hornos crematorios pero no menos terrible que es el hambre, su poesía dispara contra los ministros de la muerte y espera el tiempo “en que la palabra amor no tenga necesidad de ser pronunciada”. Parafraseando a René Char, no permite que los caminos de la memoria sean cubiertos por la lepra de los monstruos.
Alonso, poeta verdadero, nombra lo que no tiene nombre todavía. Su poesía crece a la intemperie de lo que va a venir y está llena de hombres y de mujeres: le duelen “las cadenas / las manos de los otros”. Ve la palabra ajena y la alberga, la transforma, la calcina para devolverla limpia al otro. Interroga al misterio y encuentra los laberintos del enigma: “El bien y el mal te forman un solo meridiano.” Se piensa a sí misma y, para saberse, se ignora. Su invención ensancha la invención del horizonte.
Este libro, más que antología, alcanza para atisbar la grandeza de la poesía de Rodolfo Alonso y ser tocado por ella. Ojalá el lector pronto conozca su obra entera: entrará en otros territorios de la “Señora Vida” donde “el bello amor / se queda y vence”. El resplandor de su escritura, virtud de una sobriedad que es materia, ilumina los tiempos oscuros, “calienta / el corazón del mundo”.

Juan Gelman (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – POETAS OLVIDADOS: ADRIANA DÍAZ CROSTA – 1960/1995 – (Santo Tomé/Santa Fe/Argentina)

Te quiero.

Te quiero
desde la punta de mis dientes
hasta la saliva sublevada
cuentagotas de la bronca.
Te quiero pese a tus achaques
a la polio que te sobrevino.
Estás de vuelo corto y deforme
ceibo carbonizado
virgen trotacalles.
Te quiero tierra de nadie
terrón con sarro
corazón de violeta y grela
de malones bicicleteros
de laburantes cuajados.
Te quiero país de los disfraces
con mal aliento y estreñimiento
de frac cortando alambres.
Te quiero azul, celeste… blanca, patria
fuelle mudo, descascarado
garaba taconeando en un bache.
Te quiero con tus vacas flacas
tus duendes de contramano,
tus desmemoriados
y el esqueleto de tu bandera empiojado.
Me niego, me niego
a tus zapatos con caries
a tus círculos que también son cárceles.
Te quiero, paisana, gringa, gallega,
de pie y descalza y sangrante.
Te quiero cabecita negra, como nunca te quise antes
(aunque no sé si este amor alcanzará para salvarte)

Los puños de la paloma.

Una gota de cartón
una mano
mirando hacia arriba
un pico mordiendo
la intemperie
una sangre descuidada
pisada por la calle.
Detrás de un paisaje de plumas
nosotros
con una fe descobijada
y lunas desnudas
y vuelos de barro
nosotros
entre sudadas azucenas
y estetoscopios caídos
y puños masticando el aire.
Un racimo
desmigajado
un canto ardido
un hijo que se va
un matutino cerrado
un pensamiento debajo de la mesa
el parto de una flor
un sueño en remojo
por la boca
de la palangana
nosotros
una cólera de palomas.

Tengo
treinta un años

Desenvuelvo caramelos en tu piel
en tu balbuceante ternura sin chaleco
Me como la noche en tus ojos
Me como tus besos uno a uno
Subo cartílago a cartílago la escalera de tu sangre
y armo este último mes de cigüeñas mientras pienso que

tengo treinta y un años
la cama tibia doble mano
una bandada de amigos
y un país que espera
calzar pantalones largos.

Son las diez vertical
en la mañana sin rimel
cuando hombres
mecidos por corbatas
dejan que los sellos
pongan risas de goma
en los recibos de la luz

Un vendedor de café
una cola de jubilados
un agujero en el pulóver
una mujer agitando
las espaldas del pantalón
un bebé allá
en el útero
un cajero gritando cheque número
unas ganas de llorar

Y yo
en medio de tanto impuesto
me pongo a escribir este poema
que venció ayer.

No hay con qué darle.

Ni con locas maniobras de clausura
Ni desligando sus Trompas de Falopio
para que esos esqueletos
(bajo las uñas)
Apunten en otras direcciones.

No hay con qué darle.

Ni con el Guernica
de amuleto en las paredes
Ni con ascensores
desnucados en mi almohada
Ni soñando
un frenesí de alas.

No hay con qué darle
a la muy maldita.

Anda desvariando
sobre mi vida
Siempre boqueando
con sus ojos
en el nudo de mis manos.

No hay con qué darle.
Y sin embargo
hilvano un poema en cada puño
como un samurai
afilo el bosque de mi espada.
Me invento un sol
adentro de la taza

Y le ofrezco batalla.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

El mal de ojo, una creencia universal

Por Luisa Futoransky (Buenos Aires/Argentina-Francia)

“El mal de ojo” es una expresión negativa muy extendida en todo el mundo. Consiste principalmente en una influencia nefasta ejercida por hombres, cosas, animales o situaciones especiales sobre otros hombres de manera intencional o incluso involuntaria.
Fundamento de la creencia es el poder atribuido a los ojos como núcleo del cual pueden emanar flujos de mal augurio, que a través de la mirada “arrojan mala onda”. En italiano arrojar es “gettare” de ahí todos los derivados castellanizados de “jettatore”, “yeta” y afines. Es lo que en euskera llaman beguizco.
El poder operante de los “yetatores” es tan fuerte que pueden actuar mediante una apariencia de características múltiples que incluye a las personas enlutadas, las que usan habitualmente anteojos negros que impiden verles los ojos, las de aspecto esquelético y rostro melancólico; las que hablan con voz ronca, baja y monocorde. Su conversación suele estar llena de quejas y cuentan desgracias. El tema recurrente son las enfermedades, sobre todo propias.
Stendhal y Alejandro Dumas padre estuvieron literalmente fascinados por el ascendiente que estos “yetatores” ejercían en el pueblo y el primero lo señaló en su libro de viajes Rome, Nápoles et Florence, de 1817 y el segundo en Le corricolo de 1843, donde Dumas dedica varios capítulos -escritos, dicen, por uno de sus eruditos asistentes napolitanos-, a un reconocido portador de mala fortuna al que atribuyó todo tipo de terribles desgracias; desde la muerte de su madre en el parto, el incendio del teatro al cual asiste a la inauguración, hasta la inopinada pérdida de una batalla cuando agitó la bandera de la victoria.
En mi adolescencia uno de los personajes más populares de la tira de la revista humorística Rico Tipo se llamaba Fúlmine y su creador, fue el dibujante Divito. A su cercanía se atribuía la producción de todo tipo de males, y como todo poderoso “yetatore” podía ocasionarlos a distancia. A sus características de pájaro de mal agüero de manual, se sumaba un accesorio que acentuaba su nefasta disposición: no lo abandonaba jamás en sus correrías el prominente paraguas negro de rigor. Decir que alguien tiene calidad de “yeta” es muy argentino. Nada como una reputación bien cimentada de “fúlmine” para aniquilar el renombre ajeno. El rumor anónimo forma parte de la política de tirar la piedra y esconder la mano que nos gusta tanto. Incluso un profesor de derecho político nos ejemplificaba este tipo de acción repitiéndonos, como si de alguna manera fuera una hazaña, que el periódico Crónica, el de mayor venta en Argentina de los años 30 a 50, del siglo pasado hacía caer a ministros y autoridades a voluntad titulando a toda página la palabra de oprobio y de temor.
Ese tipo de maledicencia entre nosotros es moneda corriente. Así, ya mencioné que hemos decidido que sólo nombrar a un ex presidente argentino atrae las furias y provoca una cadena de sinsabores irreparables. Y el rumor continuó prosperando; “fue de vacaciones a un barco y al aguerrido capitán le arrancaron un brazo, mandó a zutano en misión y tuvo un accidente mortal”. La serie de penurias fatales fue tan interminable que le cambiamos el nombre para conjurar con mayor eficacia su fatídica omnipotencia. Aunque el artificio, como se sabe, no alivió los males que todavía aquejan nuestra desdichada Nación.
El mal de ojo originariamente estaba ligado al poder mágico atribuido a la mirada envidiosa de los bienes ajenos. Ello está anclado con firmeza a través de los siglos en la convicción de que los deseos proyectados con intensidad fuera de sí determinan un cambio concreto en el orden de las cosas.
No sin razón los antiguos lo confundieron con la envidia y tanto es así que el verdadero mandamiento bíblico no era en forma suscinta “no desear la mujer del prójimo” sino que, como figura en el capítulo 20 del Éxodo, prescribía: “no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto sea de tu prójimo”.
Eso, no envidiar no tanto por salud moral sino por la preocupación mágica del poder residente en la mirada de los otros. En un viaje a Siria el orientalista Clement Huart recogió el proverbio: “El mal de ojo vacía las casas y llena los cementerios”.
En la Edad Media, cuándo no, los “extranjeros” eran los principales culpables de arrojar este fatal hechizo, provocando enfermedades dolorosas, hasta mortales. También se creía que lo causaban las mujeres barbudas, las que tenían ojos de diferentes colores, los tuertos y bizcos, las viejas a quienes la viudez volvió malévolas. Además de las personas el mal de ojo puede atacar al ganado y las cosechas y todos los bienes susceptibles de ser envidiados por quienes no los poseen. O poseyéndolos no admiten que otros los alcancen.
¿Quiénes son los sujetos que atraen con mayor facilidad el mal de ojo?
Lógicamente los más débiles, en particular los niños y las jóvenes que no pueden ocultar su felicidad en especial durante los primeros meses de su matrimonio.
En mi trabajo periodístico suelo toparme cada tanto con escándalos donde los titulares de primera página se los lleva la brujería africana. Macabros, escabrosos, noté que por lo general los estallidos suelen coincidir con las graves crisis que atraviesan determinados países del continente. En zonas donde poderes recientemente instalados o en pugna intercomunitaria se enfrentan en forma sangrienta como en Congo, Zambia, Benín o Sierra Leona, cada tanto reaparece una ola de “reductoras de penes”. La costumbre quiere que algunas “brujas” estén dotadas de ese poder; sólo con echar mal de ojo al hombre, reducen su miembro e incluso, las más poderosas lo hacen desaparecer. Ese rumor conduce periódicamente a trágicas ordalías que ni los comunicados oficiales, ni la policía local logra desmontar.
El último grupo de crímenes en serie de este tipo del que tengo conocimiento ocurrió a fines de 2001 en Cotonou. En Benín, como en otras regiones de África, se cree que basta con el apretón de manos de la bruja, su mirada o un hechizo para que el mal sea perpetrado. Para encender la histeria colectiva basta con que quien se considere atacado grite en público “¡mi pene desapareció!”, entonces los reunidos alrededor del “damnificado” atrapan a la “bruja”, la desnudan, rocían con kerosén o cualquier otro líquido inflamable y la pobre se ve convertida en antorcha humana. Otra práctica desgraciadamente común es la del “collar” que consiste en colocar a la ladrona de penes una goma de auto alrededor del cuerpo, incendiarla y el lento fin de las desgraciadas es fácil de imaginar. El tema suele saldarse también con trágicos linchamientos, incendio de los hogares de las desdichadas con ellas dentro u otro tipo de venganzas y homicidios.
Entre los talismanes aconsejados para contrarrestar el mal de ojo, digamos de parámetros “normales”, está el “tocar hierro” lo antes posible, hacer los cuernos, preferiblemente ocultando la mano tras de sí para desarmar al envidioso. También es bueno, dicen, plantar una higuera a la entrada de la casa, pero dudo que este consejo inmobiliario no esté sino al alcance de un número reducido de mis lectores.
En la Península Ibérica se teme la magia negra que dicen que practican los gitanos bajo la forma de mal de ojo. En España son reputados los orfebres sevillanos que fabrican pequeños cuernos en astas de ciervos para colgar del cuello de los bebés. En Portugal los collares contra el mal de ojo son más complicados e incluyen por lo general “cuentas de plata perforadas, un anillo, una medialuna, un diente. Un cuerno, una mano que hace la figa”. Como para estar bien escudado.
Mi abuela tenía reputación en el vecindario de ser una de las que mejor curaba a los “aojados”. Recuerdo cómo reconocía el mal. Sentaba a la persona a la mesa frente a un plato sopero limpio con agua. Derramaba en él un par de gotas de aceite y según la forma en que se expandían diagnosticaba la gravedad de su alcance. Su remedio consistía en musitar un par de oraciones, entregar una bolsita por ella cosida en la que dentro había un diente de ajo y algo de alcanfor para colocar en el cuello del enfermito o bajo su almohada y santo remedio. A veces le retribuían los servicios con algunos huevos caseros, en el mejor de los casos con una gallina que una vez desprovista de su plumaje terminaba en la profunda olla del puchero. El tierno curanderismo de mi abuela nutrió en forma suculenta los recuerdos y la escasez familiar de mi infancia y su generosidad, el apetito de toda la parentela.
Pero hace muchas décadas que mi abuela no me acompaña para defenderme, al menos eso creo, en el mundo de las realidades literales. Entonces tengo que acudir y transmitir los remedios más tradicionales para contrarrestar el temido mal de ojo. Son benévolos, los objetos brillantes considerados por el que los porta como amuletos, el incienso, las cintas rojas, los cuernitos de coral, la mano de Fátima, la herradura y la pata de conejo.

Los ojos color del tiempo: de ojos verdes a ojos brujos

Yendo de lo particular a lo general, es natural que nos deslicemos hacia el poderoso símbolo que representa el sentido de la vista.
Dentro del cuerpo y prácticamente en todo el mundo, los ojos, “espejo del alma”, han originado el mayor número de elaboraciones místico-filosóficas, supersticiones y creencias.
Así, poseeríamos tres tipos de ojos, el físico, receptor de la luz, el frontal o tercer ojo de la iluminación y el del corazón, que sintetiza uno y otro a través de la luz espiritual.
Cada ojo suele representar al sol y la luna y el tercer ojo sería la aspiración tras la dualidad, de la unicidad.
Así lo proclaman de los esquimales a los hindúes. Shintoismo, taoísmo e islamismo también. Angelus Silesius, el célebre poeta y místico alemán del siglo XVII lo resumió: “El alma tiene dos ojos, uno contempla el tiempo, el otro la eternidad”.
El ojo único sin pestañas ni cejas es símbolo del conocimiento divino, inscrito en un triángulo es insignia masónica y cristiana. Efigie entre las más sagradas de Egipto, el ojo está presente en casi todos los testimonios que hemos recibido de la época de los faraones y omnipresente en su escritura jeroglífica. En Egipto, los ojos fueron considerados fuente de los fluidos mágicos y purificadores por excelencia. Alrededor del ojo del halcón Horus se desarrolla toda una simbólica de la fecundidad universal. Atributo de su naturaleza ígnea y solar, Ra estaba dotado de un ojo ardiente representado por una cobra erguida.
Los ojos en los sarcófagos estaban destinados a permitir al muerto contemplar sin desplazarse el espectáculo del mundo exterior.
Las peculiaridades de los ojos, como forma, color o incluso sus malformaciones han dado lugar a todo tipo de augurios.
Que no se te olvide mencionar la canción que me cantaba mi abuelita, dijo Lucía, mi amiga gallega: Ollos verdes son traidores, azules son mentireiros, os negros e acastañados son firmes e verdadeiros. Como ven, al menos de eso no me olvido.
Ya que estamos, el método para hacer vaticinios por las características oculares se llama oculomancia.
Un slow de la época de Nat King Cole comenzaba por “aquellos ojos verdes, de mirada serena”. Un tango les adjudicaba calidades perturbadoras “por aquellos ojos brujos yo hubiera dado siempre más”. En materia de canciones y supersticiones priman la relatividad, la disparidad y la conveniencia.

Picazón en los ojos.

Teócrito, en los Idilios, se pregunta: "Siento ahora un picor en mi ojo derecho, ¿veré a mi amor?”. Afirmativo el presagio. También se dice que sentir picor en el ojo derecho es señal de buena suerte o de alegría. En el izquierdo lo es de pena y mala suerte.
El palpitar involuntario del ojo izquierdo está relacionado con el padre y el del derecho con la madre.
Un detalle de antropología cultural: Entre las tribus caníbales de Nueva Zelanda existía la creencia de que el alma residía en el ojo izquierdo. Nada más natural que los guerreros fueran el primero que les comían a los vencidos. Con el derecho arremetían luego, por gusto.

Los colores, los defectos.

Tradiciones muy antiguas que el correr de los siglos no han cancelado otorgan a las personas con características especiales en los ojos poderes especiales, por lo general no venturosos.
San Juan Crisóstomo en sus Instrucciones bautismales advierte a quienes al salir de su casa se encuentren con un tuerto se sirvan interpretarlo como un presagio. “Es la señal del Diablo", asegura.
La mala suerte atribuida a los bizcos es debida a que se supone que pueden ver a través de las personas y conocer sus verdaderos pensamientos. Para contrarrestarla cuando se encuentra a un bizco hay que escupir tres veces. También se rompe el hechizo hablándoles o escupiendo sobre el hombro izquierdo.
Se cree asimismo que no es bueno toparse con una persona que tenga el blanco del ojo muy grande.
En los países donde los ojos claros son excepción se considera que quien los posee tiene poderes sobrenaturales, en general maléficos, como en China y los países árabes. En Turquía hay que encontrar a tres personas seguidas con ojos azules para que traiga suerte.
En Europa, más bien los hechiceros son de ojos muy oscuros.
En Francia existen fórmulas rimadas para cada tonalidad de los ojos. Los azules ven los cielos, los verdes el infierno, los grises el paraíso, los negros el purgatorio.
También el tamaño es objeto de augurios: ojos grandes audacia, orgullo generosidad, gran memoria y temperamento colérico, tendencia a la mentira.
Pequeños, naturaleza débil, temerosa y crédula. Ojos hundidos, desconfiados, celosos y pérfidos, inclinados a los excesos sexuales.
Los ojos saltones predicen inconstancia y generosidad.
Los locos se reconocen por sus ojos desorbitados.
Como en tantas materias, aquí también la bonhomía está en el centro. Los fisonomistas dan la mayor confianza a los ojos de talla mediana y de color normalmente oscuro porque indican espíritu pacífico, honestidad y sentido común.
Los pequeños ojos negros, vivaces bajo cejas espesas señalan a los intrigantes, pleiteros, perspicaces, más inclinados a la avaricia que al derroche.
Hay que desconfiar de quienes no miren abiertamente a los ojos ni sostengan la mirada. Tampoco hay que fiarse de a quienes les palpitan los ojos con frecuencia.
Los ojos que lagrimean y están enrojecidos denotan irascibilidad, crueldad, desdeño e hipocresía.
El blanco de los ojos amarillento es signo de violencia, deslealtad y egoísmo.
Uno de los primeros poemas que aprendíamos en las clases de literatura del secundario era de Gutierre de Cetina y decía los tormentos que causaban al enamorado aquellos “ojos claros, serenos” que castigaban al poeta con “tormentos rabiosos”. El poeta sin embargo no cesaba de invocarlos y les imploraba: “ya que así me miráis, miradme al menos”.

Costumbres variopintas.

En la región francesa de Auvergne se cree que los bebés que nacen con los ojos abiertos serán “hombres muy notables”.
Antiguamente las comadronas tenían por costumbre lavar los ojos de los recién nacidos con agua en la que se había puesto en remojo, después de secarla al sol, la placenta materna.
La costumbre de cerrar los ojos de los muertos procede de la creencia de que si a un difunto éstos le quedan abiertos, pronto le seguirá un familiar o conocido.
Sin olvidar que un orzuelo se cura frotando una alianza de oro y colocándola en la zona inflamada.
Soñar con ojos también tiene diversos significados: si son bellos simbolizan alegría; enfermos, arrepentimiento. Si son saltones, desgracia; cerrados, desconfianza. Si la mirada está ausente, problemas para un hijo.
El Marqués de Villena nos legó dos recetas contra el mal de ojo. Una es efectuar el gesto de la figa, cerrando el puño y sacando el dedo pulgar entre el índice y el corazón. Para el Marqués, hay que pronunciar al mismo tiempo la fórmula: taf tafio anaquendavit. Su segunda receta es escribir con azafrán, alcanfor y lágrimas del enfermo la palabra ABAYA en una escudilla de madera. Echarle agua de rosas encima y dársela a beber a la víctima del mal de ojo.
En mis recetas nunca encontrarán lágrimas, de utilizar emplearía las de alegría, que son tan raras, auténticas joyas.
Un té de rosa o jazmín, una plegaria sincera, un ponerse entre paréntesis ante el fárrago de acosos cotidianos y la compañía de alguien de buena onda, generoso, sin barreras de colores en los ojos ni las pieles es el mejor de los antídotos contra los ojos de las fieras y las sierpes más venenosas. Doy fe.

Ojos claros, serenos…

Muy refinado poeta y gran humanista el sevillano Gutierre de Cetina (1520-1557), tuvo una vida harto breve y de lo más aventurera. De muy joven acompañó al Emperador Carlos I en algunos viajes por España, Alemania e Italia. Debido a las intrigas cortesanas, dejó todo para volver a Sevilla, su tierra natal. A poco e invitado por su tío, Gonzalo López, plenipotenciario en las Indias, lo acompañó a Nueva España.
En la ciudad de Puebla, por razones de celos, su rival en el amor de doña Leonor de Osuna, lo mató frente a la casa de la joven.
Gutierre de Cetina dejó a los escolares de lengua española uno de los primeros poemas que de generación en generación nos hacen aprender de memoria. Tiene como protagonista el amor y la mirada.

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

PÁGINA 12 – POETAS LATINOAMERICANOS

El vagabundo

Siempre quise tener un sombrero de flores
diez conejos
bailar sobre una cuerda
y un buen sueño:
payaso y bailarina son una buena mezcla.
Sin embargo
qué amargura no tengo ni un conejo
pero hago girar al mundo
engendro hijos equilibristas magos.
Soy padre de los descalzos de los locos
de los que tienen hambre y ni un zapato.
Me persiguen los osos y yo persigo al tigre
si no irrumpe la muerte.
Ando de mundo en mundo
buscando un sombrero de flores
diez conejos
y arrastrando constante el mismo sueño:
payaso y bailarina son una buena mezcla.

Carmen Hernández Peña (Cuba)

Caín

Mi quinto nombre es Caín
Soy la reencarnación del polvo
El hermano mayor de los caballos marinos
El barro que echó raíces
Hasta volverse un hombre
Un río de poemas y arboladuras.
Soy agricultor
Cultivo pájaros y frutas
He vivido la mayor parte del destierro en Nod
Al oriente del Edén
En donde el árbol prohibido
Se extiende hacia los caminos olorosos que ahora circundo.
Soy Caín
Hermano de Abel
Hermano de las hojas secas,
Del viento, de los pinos de Alepo,
De Set, del exilio y de las largas caminatas por la arena.
Gracias a la quijada de un burro
Conozco la voz de las orillas,
El crepitar de la lluvia sobre los mundos subterráneos
El silbido orquestal de las esferas,
Las regiones desérticas del cosmos,
El palpitar angustiado del Mar Muerto.
Soy hijo de una multiplicación de huesos,
De Adamá, de la luz,
del manantial prístino que manó de las manos de mi padre.
Cosecho peces, madreselvas, aves mitológicas,
La belleza de la divina providencia
En donde yo,
Labrador de las palabras,
Soy la parte onírica de las cosas.
Mi quinto nombre es Caín
Soy un barco de polvo
Uno de los primeros nómadas verdes;
De mí descienden Enoc, Irad, Metusael, Lamec
Y todos los hombres que tocan el arpa y la flauta.
No creo en los señalamientos, en las culpas,
Tampoco en el azar
Las cosas están escritas, prefijadas,
Soy agricultor
Y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas
Hoy,
Después de tanto tiempo,
Vengo a ofrendarle mis poemas.

Winston Morales Chavarro (Colombia)

Cinismo

¿Remordimientos yo?
Qué va.
Si para dormir exhausta
cuento mis pecados cotidianos
en vez de borreguitos negros.

Con el roce de tus labios,
con mis ganas de vivir me atraganto,
con las escamas de tu lengua,
entre mis recuerdos y tu olvido,
entre tus muslos y los míos,
entre mi edad madura
y tus ojos de niño
voy al sueño

Lina Zerón (México)

Intemperie

No sé, qué otra noche ni qué ocho cuartos
Sólo la vi por la ventana, pasó ilesa y oscura
Era oscura entre los dientes afilados
Moribunda como la mata inerte
atravesada en el peor charco descubierto
No sé, este es el mundo al que vine
Y este es el mundo que dejo
Todo es una mierda de punta

A. Morales Cruz (Panamá)

La comprensión

Si voy corriendo el viento va a salir de detrás de la cortina
sobre los balaústres su visillo va a elevarse para dejarlo pasar, para dártelo, y caer otra vez retrocediendo como una lengua que debajo está llena de rocas y de océano.
Entra.
La mañana invade la pieza del hotel
el número 1238
la rectitud de su antigüedad y de mi espalda
la blancura y dos gotas chorreando en la sien
la invade la extensión que ocupa mi servilleta.
Entre la servilleta y la arena veo extraño los azahares de un té, al revés mi aliento mentolado, veo el vacío que llena las huellas, fluctuante el diseño de la brisa, de sol la cuchillería.
Si voy corriendo cada huella es comprender, cada pie golpeando la arena.
La arena tras los visillos se cuela completo el canto
la mañana de pájaros invade la pieza del hotel
la invade mi nueva fragancia enredada entre las mismas hierbas yace en mi plato la mujer
todo perfectamente unido
mapas multidimensionales
o más bien son diminutos cúmulos de luz correteando espermáticos,
me chocan
sin chocar los inhalo

Carla Vidal (Chile)

PÁGINA 13 - Narrativa

La casa de los infelices

Por Irma Verolín (Buenos Aires-Argentina)

En casa eran todos tan infelices que yo me sentía sin el más mínimo derecho a estar contenta. Si me acordaba de algún chiste o de las canciones que nos habían enseñado en el colegio, no tenía otro remedio que subir a la terraza para reírme o cantar bajito. De lo contrario las caras largas iban a considerarlo una ofensa.
A simple vista mi familia se parecía a la del resto de la gente. Pero en el fondo eso no era cierto. Mi abuela iba de aquí para allá y de allá para aquí, de una punta a otra de la casa, arrastrando su escoba. Ella decía que estaba barriendo. Según mi modesto entendimiento eso no era barrer sino arrastrar la escoba. Aunque mejor sería decir que mi abuela era arrastrada por una escoba mientras protestaba y despotricaba a más no poder diciendo que barría, repitiendo hasta el cansancio que una casa con semejantes anchuras como la nuestra y con tanto patio, le quitaba las fuerzas y las ganas de vivir a cualquiera. Sé que mi abuela nunca tuvo ganas de vivir ni antes ni después de venir a casa. Y nadie puede contradecirme.
Años atrás mi abuela había llegado con su escoba. Fue al día siguiente de la muerte de mamá, justo tres meses antes de que muriera papá. Entró con la escoba al hombro y empezó a barrer a diestra y siniestra; desde entonces no ha dejado de hacerlo. El problema principal de mi abuela siempre fue el de sufrir de baja presión, por ese motivo sus tareas tenían un aire desganado que, la verdad sea dicha, daban lástima.
-A Dios gracias que estoy yo para limpiar este desquicio- decía mi abuela a cada rato.
Y dale que dale, la pobre escoba la arrastraba por los patios con sus baldosas blancas y negras, por las piezas con maderas carcomidas sin lustrar del primer piso, por la terraza, los húmedos baños y esa cocina roñosa que juntaba grasa en los rincones, en las hendiduras de los azulejos y en los lugares más insospechados. Mi abuelo, por supuesto, no barría. Él se ocupaba de limpiar los retratos y de ponerle flores frescas a los jarrones alegóricos. Y lo hacía llorando a moco tendido. Causaba tristeza ver a un hombre grandote y ya bastante viejo llorando a mares; sin embargo no había nada que hacerle porque los retratos eran de gente muerta. Muerta y todo hacía mucho o poco tiempo, la gente en los retratos sonreía. A mí, a veces, se me daba por pensar que aquellas sonrisas de los retratos podían haberle inspirado a mi abuelo, aunque más no fuera, una pizca de felicidad. Pero no. Mi abuelo no miraba las imágenes sino que en él prevalecía la idea: él sabía que se trataba de gente muerta. Y listo. Mi abuelo era una de esas personas que al mirar las cosas que lo rodeaban no se dejaba distraer así nomás. Él pensaba, siempre pensaba y nunca pensaba bien. Mi abuelo veía primero la idea y después la cosa. Si miraba un perro pensaba: "Me puede morder". Así que no veía al perro sino a la mordedura. Si veía una planta, se le cruzaba la desdichada ocurrencia de que iba a secarse algún día. De manera que en vez de la planta veía cualquier desastre. En fin, mi abuelo era un idealista.
Además de mis abuelos, en casa vivía una tía. Mi tía había perdido tantos amores en su larga existencia que se consideraba en la obligación de mostrar al mundo sin desparpajo su cara de escupida. Andaba por ahí con sus vestidos chingueados augurando males e infortunios. A la hora de comer se juntaban todos con esas caras largas que tenían y masticaban y masticaban, absortos en su amargura, sin decir esta boca es mía. Un espectáculo desolador. Hasta los perros que nos habían tocado en suerte completaban el cuadro de desolación a las mil maravillas. El primero fue uno de esos que tienen flequillo largo. Nunca le pude ver los ojos. Era rengo y ladraba bajito. El segundo sufría de depresión aguda, ni siquiera ladraba.
Mi naturaleza, por el contrario, era muy distinta a la de mi familia. A mí cualquier cosa me causaba gracia. Desentonaba de lo lindo en medio de tía, abuelos y perro. Cuando estaba contenta me las arreglaba para escabullirme a la terraza. Creo que con el tiempo empecé a sentir que la terraza era algo parecido al Cielo y la casa propiamente dicha, donde mi abuela barría, mi abuelo mejoraba floreros y mi tía iba sembrando el pánico con su cara de escupida, era ni más ni menos que el Infierno. Durante la mayor parte del día yo estaba en la terraza: iba a leer, a cantar, a contarme chistes, a no hacer nada. Una verdadera fiesta.
Sucedió -porque tarde o temprano siempre sucede algo, aún en casas como la nuestra- que por encima de la pared medianera del vecino empezó a asomarse un loro. Era obviamente verde y enemigo acérrimo de nuestro pobre segundo perro. El loro -hay que reconocerlo- se asomaba con soberbia y provocación. Nuestro perro, que era prácticamente mudo, al verlo aparecer tan radiante, gemía para sus adentros con infinito dolor. Condolida por aquel espectáculo, a mi tía se le dio por llorar. Mi abuelo, que no necesitaba en estos casos ninguna clase de estímulos, lloró más fuerte que nunca. Y mi abuela lo amenazó con la escoba. En cambio a mí, aquel loro me dio una risa bárbara. Hasta aquí podríamos decir que los hechos se presentaron con bastante normalidad si lo comparábamos con el paisaje doméstico al que estábamos acostumbrados. Pero el loro resultó ser más arriesgado de lo que cualquiera podía suponer. Entonces, sin que ninguno hubiese sido capaz de sospecharlo, el loro se suicidó. Así de simple: se dejó caer con cierto impulso. Fue espantoso. Lo vimos descender desde lo alto hasta estamparse contra el piso. Allí quedó el pobre bicho hecho una cataplasma sobre el salpiqué gris de las baldosas. Perplejos frente a semejante hecho, hicimos un silencio unánime y profundo. Después nos echamos miradas sugestivas con la boca un poco abierta. Tía estaba ya acercando una de sus manos a su cara, mi abuelo buscaba un pañuelo en el bolsillo del pantalón, mi abuela estaba a punto de dejar caer el mango de la escoba cuando, de repente y sin el menor anticipo, el loro resucitó. Lo vimos ponerse de pie y salir caminando como Panchito por su casa. En realidad no se había muerto. Mejor para él, pobre bicho. Digamos que se había desmayado logrando casi una destreza, una demostración circense, una proeza sin precedentes. La actitud del loro despertó furias y ataques de ira en todos menos en mí: me agarró una risa tremenda. Una risa inexplicable para mi familia que, según su opinión, yo debía ahogar en la terraza. Y a la terraza subí, aunque no para ahogar nada sino para dar rienda suelta a mi tentación de risa. Estuve horas y horas a las carcajadas limpias. Me acuerdo de que se hizo prácticamente de noche y que, al asomarme a la calle, descubrí que en el baldío de enfrente estaban levantando un edificio de departamentos. Un hecho verdaderamente importante en nuestro barrio, sencillote y chato a más no poder. ¡El primer edificio en la historia del barrio justo enfrente de mi casa!
Al día siguiente del suicidio y la resurrección del loro, los miembros más representativos de mi familia fueron a hablar con la vecina para advertirle que no estaban dispuestos a soportar nuevamente aquel espectáculo. Hacia allí partieron endomingados mi abuelo, mi abuela y mi tía. El perro y yo nos quedamos en casa. Cuando mi tía y mis abuelos volvieron tenían el mismo aire soberbio que tuvo el loro un momento antes de lanzarse desde las alturas.
Aquel mediodía las caras largas almorzaron intercambiándose guiños y codazos imperceptibles. Pocos días después el loro se volvió a asomar y, para mi regocijo y frente a la concurrencia de la familia entera, hizo lo mismo que la primera vez. La alarma cundió de una punta a otra de la casa. Yo me deshice entre carcajadas en la terraza, desde donde podía verse el armazón de maderas del futuro edificio. Hubo nuevas quejas ante la vecina que resultaron tan ineficaces como la primera. Así que pasando el tiempo. A aquel loro le debo los mejores momentos de mi vida y mi abuelo una úlcera y mi abuela sus ataques al hígado. Y mi tía una cantidad mayor de arrugas en su cara de escupida.
De entre el montón de hechos rutilantes que la presencia del loro provocó, algunos son dignos de mencionarse: una vez una visita, al ver al loro de repente, de puro susto nomás, dio un grito y quedó afónica tres meses. Otra vez mi abuela se enfureció. Apenas vio al loro trató de pegarle con la escoba, pero no hubo caso. La distancia era mayor que el largo de la madera percudida. Mi abuela, a pesar de comprobar lo inútil de su esfuerzo, siguió intentándolo. Después no fue necesario porque el loro se murió y después, resucitado, ya era al divino botón. La cuestión es que mi abuela se quedó con las ganas de hacerlo morir de nuevo. Afortunadamente las apariciones del loro con sus posteriores muertes y resurrecciones mantuvieron bastante regularidad. En otros momentos, al verme montones de días alzando los brazos y doblándolos sobre mi vientre para lanzar carcajadas, los albañiles que construían el edificio de enfrente se rieron de mí.
Como era de esperarse, nada habían podido hacer mi abuela ni mi abuelo ni mi desdichada tía contra aquel loro. En más de una ocasión se me dio por pensar que aquel loro se burlaba de la muerte y eso le causaba a mi familia mucha contrariedad. Para ellos la muerte era un evento demasiado serio. No para mí. En otras oportunidades pensé que el loro padecía cierto trastorno que podía catalogarse como un complejo de Jesucristo, lo que no dejaba de ser absolutamente insultante para nuestro enquistado catolicismo. Llegó un momento en que el loro hizo crecer la infelicidad de todos y multiplicó mis escapadas a la terraza, donde pude crear por un espacio auténticamente celestial.
El edificio de enfrente fue terminado sin alharaca; cubrieron su fachada con mármoles color arena y bebieron sidra en el hall de entrada. Limpiaron los vidrios y después aparecieron cortinas de distintos colores con sus frunces, sus volados y sus firuletes. Justo en la ventana que estaba a la altura de nuestra terraza, vino a vivir una familia con una muchacha que tendría más o menos mi edad. Sólo que ella era rubia y a cada rato su cara de escupida bastante parecida a la de mi tía, se asomaba en la ventana
Desde el primer día la muchacha se puso a espiarme. Claro que ella lo único que conocía de mí era mis carcajadas limpias y el movimiento continuo con que abrazaba mi vientre. Creo que, a juzgar por su cara, no le debía imaginar que la causa de mis tentaciones de risa era un simple loro. Un loro chamuscado con las alas cortadas y el pico averiado de tanto darse contra el suelo. Es preciso agregar que el loro, luego de resucitar, se iba por el fondo y volvía a su casa atravesando una pared más bajita que había y que, lógicamente, mi familia estaba enojada con los vecinos.
La terraza era un rectángulo imperfecto, sin una sola maceta, con paredes despintadas, baldosas color ladrillo y junturas grises. De esta manera podía describirla cualquier persona y sin duda, también, la muchacha del edificio; aunque yo, secretamente, sabía que la terraza se desbocaba hacia el cielo, porque era el sitio desde donde se le volaban los sesos a la casa.
Una tarde, casi al principio de la noche, después de reírme hasta no dar más, me confesé que si no hubiera sido por el loro me hubiera ido directamente a vivir a la terraza. De pronto, en la ventana del edificio de enfrente, se asomó la muchacha con cara de escupida y ahí se quedó, redonda y chata, del otro lado del vidrio. Inmóvil y con los ojos muy abiertos, contemplé su cara, largo y tendido, hasta muy entrada la noche. Poco a poco las otras ventanas del edificio se fueron oscureciendo. Dejé de oír el ruido de la escoba de mi abuela, que allá abajo desgastaba los mosaicos y me pareció que ascendía un olor a flores viejas, descompuestas, desde los jarrones llenos de agua de color verdoso. Creí también que las chancletas de mi tía iban haciendo un ruido después de otro sobre el pórtland de la escalera. Pero me equivoqué. La terraza estaba tranquila cuando, demasiado rápido, las dos hojas de la ventana de enfrente se abrieron. Por un instante la cara de la muchacha flotó en el aire y su cuerpo dio una vuelta carnero extremadamente veloz, pero muy suave, también en el aire. Y después quedó sólo el aire hasta que se escucharon las sirenas de la policía y un poderoso murmullo de fondo y pasos y gritos.
La noche siguió avanzando. Yo no bajé a dormir; me senté en el centro de la terraza, tensa, con los ojos agrandados, muy seria, como esperando el segundo acto. Cuando la noche le abrió paso al otro día, me animé por fin a pensar que en este caso ya no habría resurrección. Titubeando me acerqué a la baranda de la terraza. Tendido sobre los adoquines estaba el cuerpo de la muchacha. Su cara no se veía, una sombra o la melena la tapaba.
Por un momento llegué a creer que aquel loro había terminado por demostrar que la vida y la muerte describían un círculo sin principio ni fin. Con esta creencia, después de aquella noche, desaparecieron muchas otras. En lo demás no hubo grandes cambios, salvo que mi familia miró al loro con menos furia y más esperanza. Mi tía, con una sonrisita sarcástica, solía comentar:
-No hay nada seguro en estos tiempos.
Mientras tanto la escoba siguió arrastrando a mi abuela de aquí para allá, de allá para aquí. Mi abuelo, al verme subir la escalera hacia la terraza, me miraba de costado, con bastante compasión, como quien espía a alguien que va en busca de su premio consuelo.
Lo cierto es que yo seguía yendo a la terraza a esperar que algo sucediera en aquella habitación. Esperé mucho tiempo hasta que por fin se encendió la luz. Una mano se asomó y colgó una jaula con un canario amarillo. Me quedé mucho tiempo con el cuello largo, ansiosa de que el canario revoloteara. Pero permaneció quieto. Sin embargo en seguida empezó a cantar. Me acerqué un poco más. El canario cantaba siempre el mismo sonido con una perfección que espantaba. Y volvía a empezar otra vez. Y otra vez. Y otra vez más. Me acerqué cuanto pude: Vi que tenía las plumas brillantes, de nylon, y el ojito inmóvil de piedra azul y las patitas de alambre. Cantó incesantemente una y otra vez la misma melodía, sin equivocarse y sin cansarse, como si estuviera vivo.

PÁGINA 14 – Narrativa

BLAV (Azulada)

Por Patricia Suárez (Rosario/Santa Fe/Argentina)

El corazón, si pudiese pensar, se pararía.
Fernando Pessoa

Rosa le avisó que el Viejo había muerto; cuando lo encontraron estaba tirado de bruces junto al hornillo, se había roto la crisma quién sabe cuánto tiempo atrás, explicó, una semana o quince días tal vez, ahora había un médico forense encargado de averiguar eso, más por amor a la ciencia que por el Viejo; a ella la habían llamado del pueblo e inmediatamente el bebé de ocho meses en su barriga se revolvió y dio una vuelta completa y ella tuvo que apoyarse contra la pared para oír la noticia por entero y no caerse de espaldas. La casa estaba sellada, le dijeron, nadie había tocado nada del interior, y Rosa se había comprometido a telefonear a sus hermanos, a ella (Llúcia), y al Oso (llamó a Eladi "el Oso" como cuando eran niñas); pero eran ellas dos, la conminó, las mujeres, las que debían marchar a la casa inmediatamente, e inmediatamente significaba, sobre todo, antes de enterar a Eladi (dado que era de una mezquindad proverbial y nada repartiría con ellas), y rebuscar la hucha o la bolsa adonde el Viejo venía metiendo los ahorros más o menos desde que enviudó o bien desde que el mundo era mundo, las pesetas o el oro debían estar entre los enseres y en lo que pudiera haber de hueco en las paredes, porque el Viejo era muy capaz de haberlo tapiado, nada más que para dejarlos a ellos tres rabiando y echando espuma por la boca: nunca los había querido.
Ante su silencio Rosa acabó por preguntarle: ¿Qué? ¿Te condueles?, y luego: ¿Qué, Llúcia? ¿Te alegras?
Cogieron el autocar de las ocho, las campanas del Ayuntamiento estaban sonando cuando subieron: con un poco de suerte para el camino llegarían a Barcelona pasada la medianoche y luego rentarían un coche para llegarse hasta Sant Celoni o directamente hasta Arbúcies. Si mal no recordaba Rosa, había en el pueblo dos hostales: uno muy bonito, y el otro para pasajeros como ellas, de una sola noche y por una sola cosa: podrían dormir allí muy tranquilamente. Rosa prefirió el asiento del lado de la ventanilla, para ver paisaje y distraerse, pero luego se arrepintió y lo cambió a su hermana; el niño, explicó, la tenía a mal traer y había estado enferma todo el embarazo: sólo por acabar con las indisposiciones habría deseado ella parir de una buena vez, lástima que tuviera tanto miedo del parto. Llegada la víspera del parto, daría las nueve vueltas en torno a la Virgen de la Cadira, tal como se estilaba y como, según ella sabía, las había dado la madre. Afuera, el sol se había metido hacía apenas una media hora, y ambas hermanas lamentaron entonces que no podrían ver la transición que hacía el paisaje: la brillantez de Valencia, extendiéndose quizá hasta el Ebro o hasta Peñíscola, y luego el verde, ese verde que ambas denominaban catalán. Entonces vendrían los chopos agrupados como milicianos dirigiéndose a una juerga, o como bandidos enfilados para asaltar el Banco, uno tras otro, uno tras otro, sin pausa ni cuento... Rosa la interrumpió y dijo, sin dejar de masajearse la barriga en redondo en el sentido contrario a las agujas del reloj, para que si el bebé era niño se arrepintiera y naciera niña: estaban las piedras también, ¿recuerdas las piedras, Llúcia? Fuera, habían salido cuatro estrellas, como cuatro velas, y titilaban. El anillo de bodas de nuestra madre y su dije de esmeralda y la cadena...
El Viejo adornó a la madre con la esmeralda el día de la boda; la madre tenía un cuello muy largo y blanco, de garza, y la piedra colgaba en el inicio entre los dos pechos y se balanceaba allí, le hacía tomar a la madre un poco el aire de un reloj de péndulo que bate la hora, balanceándose siempre entre dos causas: la soledad o la compañía y el Viejo o los hijos. El anillo se lo colocó el Viejo en el servicio religioso: los dedos de la madre eran delicados y muy finos: se le habían estrechado así, decía ella, de tanto bordar con bolillo. Dentro del anillo había una inscripción con sus nombres ligados: Ambrós y Socors, la letra ese del final del nombre del Viejo era la misma que daba inicio al nombre de la madre; a ella, a Llúcia, este escrito le pareció casi una aberración. Rosa, en cambio, chupó y mordió el anillo, que le supo a oro y dijo por lo bajo que no era capaz de creer que ese Viejo ridículo y mezquino fuera a regalar algo costoso y bueno. Los hijos mayores no le perdonaban a la madre su deseo de volver a casarse: aun estaba caliente el padre en su tumba, tanto que parecía que lo habían enterrado vivo, decía Rosa no sin cierta afición por lo macabro. No soportaban tampoco la mudanza, pasar de Mataró a la casa en las lindes de Arbúcies era para ellos como beber un vino hecho con alacranes exprimidos. El Viejo había regalado para la boda también a la madre unos zapatos de ante (aunque ella clamaba feliz que era como calzar pétalos de rosa), con hebillas doradas, cuyos tacones crujían al andar y daban la sensación de que ella caminaba de un lado a otro aplastando serpientes y demás alimañas. Las mataba, por así decir, y luego se las servía en un caldo a los hijos. El Viejo explicaba que si no fuera por la clase de besos insensatos que la madre le daba, no hubiera sido necesario hacer el viaje de novios en los vagones-dormitorio y gastar tanto dinero, y Eladi para sus adentros deseaba que le tocara al Viejo la litera superior, así, al revolverse en el sueño caía y se partía el pescuezo: no sospechaba el inocente Eladi que la madre y el Viejo podrían dormirse abrazados toda la noche, esta clase de cosas sólo comenzó a pasar por su mente cuando los compañeros del colegio pintaban dibujos obscenos en las paredes, de mujeres con las piernas muy abiertas y un cartel encima de mayúsculas mal entrazadas: "la viuda Parrufat mil veces casada", "la viuda alegre" o bien "la madre de Eladi Parrufat". Cuando regresaron del viaje de novios, la madre trajo en recuerdo unos cuantos presentes para todos, presentes que fueron inmediatamente a parar a la letrina, como signo de desprecio. El Viejo llamó aparte a Llúcia esa vez, era de noche y le entregó un regalo que había comprado, así dijo, especialmente pensando en ella: un abanico de encaje negro para uso de niñas como ella, de siete años. Estaban bajo los chopos, y ella miraba hacia el lado donde el día anterior había visto andar a unas perdices y de las que esperaba hacerse amiga, mientras el Viejo la miraba clavando en ella sus ojos de duende, un poco verdes y un poco amarillentos. Ella agradeció en silencio -ella un poco lo temía- y él mostró cómo en la varilla de ébano había hecho grabar su nombre y el del Viejo unidos ambos por la letra a; luego el Viejo le pidió que se abanicara, como haría una muchacha grande, muy maja, de esas que se enredan el cabello en una sola trenza larga, muy larga y muy negra. Los días en la casa se trasuntaban en cuidar de las ovejas, de la cerda y en vigilar unos modestos viñedos que al cabo de un tiempo se empestaron de mildiu y hubo que ponerles fuego. El Viejo había tratado por todos los medios que los niños no se encariñaran con los animales, pero el Eladi le había tomado afecto a los cochinillos y cuando llegó el veraz momento de venderlos o degollarlos la casa se volvió una guerra constante. El niño enflaquecía a ojos vista, y se deshacía en sollozos durante la noche; la madre envuelta en una bata de falsa seda acudía al cuarto para consolarlo y para preguntarle por qué se obstinaba en malograrle el matrimonio y le quitaba a sus noches el sueño; a lo que Eladi -ya entonces tan crecido a pesar de sus diez años que habían comenzado a llamarlo el Oso- le respondió que era ella la que le quitaba el sueño al hijo, con todos los ruidos y las indecencias que ocurrían durante la noche en el cuarto con el Viejo, que parecía que la estuvieran matando. La madre, con pesadumbre o sin ella, con vergüenza o sin ella, envió al niño a un internado en Madrid, a un colegio de curas comprensivos que aconsejó y pagó el Viejo, dado que la madre había abandonado toda religión desde la muerte de su primer marido, y quizá por eso se había venido un poco como una diablesa. El Oso volvía entonces a la casa una vez por año, para las Navidades, ceniciento y ahusado, como consumido por un solo pensamiento o alimentado exclusivamente con madroños; renegaba del catalán y ya no hablaba una sola palabra en la lengua materna, igual que si hubiera sufrido una operación en algún lóbulo del cerebro; durante la cena de Nochebuena jamás probaba sidra ni vino, como si hubiera sido un hombre santo, luego se marchaba sin decir adiós (adeu) y ni siquiera para las vacaciones daba señales de su existencia, sino que pasaba los julios en la finca que un señorito rico tenía en el sur, un muchachito sevillano con quien había entrado en amistades. Hubo que obligar al Oso a asistir al entierro de la madre, cuando ella falleció cuatro años después, fregando los retoños de una nueva viña con un fermento y le falló el corazón. Compró el Viejo ropas negras para luto riguroso de las niñas (los vestidos, los zapatos, la chaqueta, las medias, las enaguas y los visos), de modo que en los veranos siguientes las niñas tenían prácticamente la piel entintada de tanto vestir ropa negra. Él mismo usó brazalete de duelo el resto de sus días, a tal punto que parecía formar parte ya de su propio cuerpo, un miembro más o una señal, como la mancha en forma de haba que tenía en la mejilla derecha o la cicatriz que le atravesaba la muñeca izquierda y que era para Llúcia el signo de un misterio, de una oscuridad en el lejano pasado del Viejo. Él enterró a la madre con sus joyas, o al menos eso anunció que haría y así la velaron, la madre engalanada como aquel día de sus segundas nupcias; pero antes de clavar el ataúd pidió él unos segundos para quedarse a solas con la muerta a fin de despedirse y entonces fue, según Rosa, cuando él sustrajo las joyas de la madre para guardarlas en el arcón de su avaricia, un arcón donde toda rendija estaba cubierta con trapo, para que por allí no pudiera jamás colarse una sola gota de misericordia...
...el anillo y el dije con la esmeralda y la cadena...
De a ratos, acercándose a Castellón, veían retazos de mar; era un mar cuyas aguas se veían la mayoría de las veces, verde; al refrescar, azuladas, y de cuando en cuando, violáceas. Ahora, sin embargo, estaban negras. Una luna llena como el rostro de un niño o mejor aún, como el rostro de un muerto esperando a reencarnar en un niño, daba de lleno sobre el campo, iluminando el vellón de algunas ovejas solitarias que vaya uno a saber por qué andaban a esas horas pastando como unas huérfanas. Rosa le preguntó: ¿Dormirás?, y ella negó; entonces aprovechó la ocasión para consultarle qué creía Llúcia que iría a parir ella dado que en las pruebas que le habían hecho el bebé aparecía con el cordón umbilical entre las piernas, de manera que no podía verse el sexo, si era niño o niña, y esta era una duda que de verdad la preocupaba. Le habían dicho que para hacer una niña debía hacer el amor repetidas veces cada noche, entonces los espermatozoides se debilitaban y únicamente podían fecundar niñas y no varones; también, que no probara alubias rojas si quería parir hembras: se trataban ambas, a todas luces, de unas supercherías cualesquiera. Llúcia se sintió tentada de repetirle aquellas palabras -para ella misteriosas- que una vez le escuchara al Viejo: Tú, Rosa, parirás potrillos, pero calló. Me gustaría, continuó Rosa, que fuera niña y que tuviera tus ojos, pero que fuera más habladora que tú, (¿había hecho Rosa este viaje con ella con la esperanza de hablarle sobre algo? ¿o es que era ella demasiado silenciosa? A veces, pasaba por trances en que no podía pronunciar una palabra, la lengua se le pegaba al paladar, y otras veces, en cambio, estos silencios la tomaban de súbito, como si un rayo la atravesara, y ella dejaba caer en ese instante lo que tenía en las manos, tal como le había sucedido cuando la Rosa le avisó de la muerte del Viejo, que las pelucas que en aquel momento estaba peinando se le cayeron de las manos y quedaron en los suelos, esparcidas como medusas que un mar rabioso arrojara a la playa; a pesar de su silencio, ella también había deseado viajar en autocar junto a la hermana mayor; eran dos cosas las que así se saboreaban: la cercanía de Rosa y la de la tierra). Llúcia tuvo ganas de decirle: Venga, Rosa: te sostendré la mano sobre el vientre hasta que empiece a dar patadas; pero tal intimidad con su hermana la incomodaba, de manera que sólo por el placer de provocarla murmuró: Yo apuesto a que será niño, ¿por qué no quieres un niño, Rosa? Darías gusto a tu marido. Tal vez los bebés cuando nacen no saben nada, pero traen tres señales inconfundibles, solía decir el Viejo: nacen llorando, porque saben que vienen a una vivienda adonde siempre han de vivir con pesar y dolor; nacen temblando, puesto que saben que vienen a morada adonde han de vivir siempre entre temores y espantos; y nacen con las manos cerradas, queriendo significar que vienen a sitio adonde han de vivir siempre codiciando más de lo que se pueda tener, y que nunca se podrá tener allí ningún abasto acabado. ¡Un niño, un niño!, gimió la otra, qué desgracia. El marido estaba más celoso de ella desde que estaba en estado que si hubiera tenido uno o media docena de amantes zumbándole atrás. ¿Además conocía Llúcia un solo bebé varón que fuera agradable y no estuviera marcado por la locura? Si hasta el Niño Jesús era un bebé loco, ¿o qué se creía ella? ¿que era un niño cuerdo? Si hubiera sido Jesús un bebé normal, Simeón y Ana nunca hubieran sabido que era el Salvador de Jerusalén, sino que como Jesús tenía encima la marca y los bríos de la locura, sacó de quicio de tal forma a Simeón y a la anciana Ana que acabaron diciendo que ese bebé extrañísimo sería la absoluta salvación o bien la perdición de Israel. Llúcia preguntó: ¿Eso lo has leído en el Evangelio?; a lo que su hermana contestó, masajeándose con más denuedo la barriga: No sé; no estoy muy segura. El autocar se detuvo al cruzar el Ebro; ellas pensaron que había sucedido algún accidente o que la policía los había parado... A los pocos minutos volvió a arrancar, y entonces, tanto Rosa como Llúcia supusieron que el chófer había parado nada más que para admirar la apostura del río, tan semejante a una sirena tendida de espaldas y de quien uno sabe que está viva porque ve sus omóplatos subir y bajar en una respiración tranquila.
De pronto Rosa preguntó: ¿Tú le llamabas "padre"?
...él la llamaba Blava, azulada, porque sus ojos eran azules, la única cosa verdaderamente bonita de su cuerpo, eran del color del lapizlázuli, ése con el que los pintores de antiguo hacían el vestido de la Dolorosa en el momento de descolgar de la cruz al Cristo. Era la única que tenía ojos así en la familia, aparte de su madre; de allí que cuando la Rosa a los diecinueve años, más díscola que nunca, se fue de la casa en un arrebato de ira tras un episodio con el Viejo que ella no pudo descifrar, el Viejo le dijo a Llúcia que él tenía luz mientras ella estuviera en la casa, que ella era su luz, la verdadera: una luz azul, incandescente. Ella quedó sola con el Viejo a la edad de doce años, pero no recordaba haberse aburrido con él en ningún momento; el primer verano que pasaron solos él la enseñó a cazar, usando un viejo rifle belga que tenía, apuntaban a los patos salvajes que cruzaban el Montsenny con aire sombrío y a veces derribaban alguno, luego el perro los iba a buscar, un lebrel hosco y del color de la bruma al que el Viejo había entrenado cuidadosamente para que no mordiera la presa al llevarla al amo: se trataba de un perro harto respetuoso, en eso era semejante a una persona. En el invierno, él inventaba mil juegos misteriosos, y se quedaban hasta muy tarde, obligando a la lámpara a quemar petróleo, ella leyendo una y otra vez los romances del Conde Niño, de la Amiga de Bernal Francés o el de Gerineldo y la Infanta, que era el único libro que había en la casa; el Bernal Francés estampado como el Caballo de Oros de la baraja y su amiga cubierta con un sayo y una mantilla que apenas dejaba ver sus ojos, con una flor en la mano derecha, descansándola sobre un vientre hinchado. Durante esas noches, el Viejo escribía en un cuaderno que ella no podría afirmar si se trataba de un diario íntimo o de un libro de la contabilidad de la casa; se esmeraba, explicaba él, en escribir en una lengua que todos dicen que se muere: luego que pasó aquello de la mula el Viejo quemó el cuaderno y se contentaba durante el apretón del frío del invierno en contemplar la nieve, cuando la había, y en imaginar cómo los copos de nieve iban deslizándose, más allá, en la Fortaleza de Hostalric o en la Torre de Arará: él decía que la nieve no caía sino que se desmayaba. Cuando ella mediaba los quince años, el Viejo sacó del arcón un librillo llamado el Oráculo de los Preguntones, que había pertenecido a un pariente y que les permitió divertirse un tiempo. El juego consistía en hacer alguna de las veinticuatro preguntas que estaban pautadas allí y luego echar un dado de doce puntos: según el número aparecido se calculaba la respuesta. El Viejo solía preguntar: ¿Llegaré yo a ser rico?, y la respuesta siempre caía sobre el mismo punto, como si hubiera realmente algo de cierto en el azar, el siete de Saturno decía: Tu codicia disparata;/ has nacido para pobre,/ y te quedarás en cobre,/ sin llegar jamás a plata. Entonces el Viejo o reía o se lamentaba y ella le hacía coro, porque el Viejo le había dicho que eran muy pobres los dos y que todo el dinero que había en la casa se iba en pagarle al Oso el colegio mayor. Fue entonces que a ella se le ocurrió ayudarlo de alguna manera mejor que privándose de galas y gastos, y comenzó a acudir a los mercadillos vendiendo queso de oveja y conejo enfrascado, montaba ella en una mula azul (blava) que tenía fama de mansa; las mujeres en el mercado la ayudaban luego y la aconsejaban que debía ella buscarse otro sitio adonde vivir que no era de buen ver la casa del Viejo avaro, que la tenía vestida con andrajos negros no se sabía bien si por puro tacaño que era o para entreverle la esplendidez de las carnes; pero ella respondía que se sentía a gusto con él, al fin y al cabo él era su padre (pero ella dentro de la casa lo llamaba Ambrós; él así se lo había pedido), entonces las mujeres la miraban con recelo. No era mucho lo que ganaba con esta tarea pero al tiempo al Viejo dejó de gustarle lo que ella hacía, y le armaba escándalos como los que ella había visto que le hacía a Rosa en su tiempo. De manera que la última vez que ella se dirigió al mercadillo, cuando montó la mula, él la azuzó rabioso con una caña y la mula (la Blava) se paró en dos patas como nunca lo había hecho y como jamás pensaron que pudiera hacerlo y la lanzó de lleno contra unos arbustos. Ella cayó desmayada (como la nieve) y sin sentido, el Viejo sucumbió a la desesperación por unos instantes pero después se puso a reanimarla: la resucitó, decía ella, como Santo Domingo hizo con el joven Napoleón Orsini caído de su caballo. Él la friccionó con alcohol (y con lágrimas), le desabrochó el vestido de medio luto (porque en esto seguía siendo inflexible: luto entero en invierno por la Socors y medio luto en verano) y la llevó a la cama, adonde él mismo se tendió y permaneció junto a ella sin moverse de allí un ápice hasta que ella estuvo repuesta, viva (blava) como él la quería. Le prohibió, alegando el enorme susto que le había dado, que volviera al mercado o a montar, ni siquiera que saliera de la casa o que se asomara a la ventana si él no estaba con ella; ella le gritaba que la había hecho su prisionera y él gemía que ella lo había convertido en su esclavo. ¿Era esta su nueva vida? Acababa de cumplir diecisiete años, ¿era esta la vida que él le daría? El Viejo le había prometido que en cuanto fuera rico o al menos en cuanto tuviera una poca más de pasta, la haría viajar por toda la España: ahora caía ella en la cuenta que él se había referido a que él viajaría junto ella, ¿y en calidad de qué (de blava) lo haría?: ella estaría allí con él más celada que con un moro: se hubiera deshecho en llanto de desespero si en ese instante no la hubiera anulado el silencio. Varias noches después soñó que sus harapos negros eran en realidad vestidos de seda blanca, y que en su cuello destacaba el dije con la esmeralda y la cadena, el anillo en su anular y un hedor como de tierra húmeda alrededor suyo la asediaba... El Viejo, a su lado, se removía dormido: no oyó los pasos de Llúcia cuando se marchó de la casa y ella fue incapaz de despertarlo para decirle adiós (adeu, Ambrós; adeu, pare).
Una vez le había preguntado por qué se había casado siendo ya un hombre viejo, y él le respondió que había sido porque no se está bien en mesa donde no hay por lo menos cuatro personas; pero ella recordó que en el pueblo se decía que el Viejo había vuelto a casar porque necesitaba carne fresca... Y ella trataba ahora de imaginar qué había hecho él después que ella se fue cuatro años atrás: le parecía verlo aun abriendo el Oráculo de los Preguntones, haciendo la pregunta número veintidós bajo el signo Sur: ¿Hallaré lo que he perdido? y luego echando a rodar los dados para escuchar del Destino la respuesta diez de Escorpión: Hijo mío, tururú/ dá tu pérdida al olvido,/ porque está lo que has perdido/ tan perdido como tú.
Me duele el vientre, protestó Rosa, ¿será la hora? El médico dijo... Esperemos que no, contestó Llúcia utilizando una primera persona que, en el caso que la hora fuera cumplida, atañería solo a su hermana. Mira, dijo Rosa, ¡los árboles! ¿Seguirán estando los mismos chopos a la puerta de la casa? Eran bonitos... Eran como seres que habitaban el humo; gráciles, como señoritas envejecidas esperando a que los mozos las inviten a salir, en un baile. Ella se sentaba bajo esa escuálida sombra, a veces leía, a veces parecía que pensaba. Rosa, comenzó, haciendo visibles esfuerzos para hablar, yo no entraré en la casa. Esperaré fuera mientras tú buscas las cosas... las joyas, las piedras y... Yo me quedaré entre los chopos. Rosa se movió en el asiento, incómoda y como sin aire. Vale, Llúcia, que a este paso yo acabaré con un niño en Barcelona... Suspiró con esfuerzo, jadeó: Llúcia: ¿él te tocaba? La hermana cayó en su silencio (blaus silens), aunque algo aullaba, era como un reloj detenido, de esos que nunca dan la hora y sólo sirven de adorno y de pronto, gime la madera, las agujas se yerguen y suena la campana. Oh, a ti también el Viejo te tocaba, afirmó Rosa, luego llevó la mano al centro de la barriga y dolorida sollozó: Ay, Llúcia. Haz que pronto acabe este camino.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Si termina el amor
el agua es más espesa en los estanques
y un ángel de cristal se muerde el labio;
puede darse un revuelo de gaviotas
mar adentro
y en el pecho la daga de una ausencia infinita
se abre paso cual proa entre las olas
y el consuelo del sueño nunca llega.
Nunca, el sueño nunca, nunca llega.
Si termina el amor
nubes negras se apoderan de los cielos
lanzándose a una loca carrera delirante
cuyo único destino es la certeza
de lo perdido, sí, de lo perdido.
Si termina el amor se llena el alba
de funestos ladridos sin consuelo
y un ruiseñor cansado se asesina
contra el pétalo fugaz de una amapola.
Si termina el amor lloran los parques
y una estrella fenece en cualquier parte,
y repican las fúnebres campanas
un coro de gemidos germinados,
una salva de gritos apagados
que hacia adentro resuenan y resuenan.
Si el amor se termina...
Los porches que solían cobijarnos,
la estación del ayer que nos prestaba
sus callados andenes de férrea complacencia;
la quietud temerosa de los templos,
el generoso amparo de las calles...
¿A qué otra causa ha de servir? Decidme.
Y la noche... la noche, la noche protectora
si el amor se termina...
¿de qué sirve la noche si el amor se termina?

Sergio Borao Llop (Zaragoza/España)

Ese hermoso recuerdo

¿Te acuerdas de mi voz lejana y vibrante?
¿De mi viaje a Leningrado?
¿De tu paso a Paris?
¿De nuestra envidia rara de llorar?

¡No sé cómo acabamos ahí!

Entre chico cartaginés
Y chica bogotana,
Una gota de caramelo:
Un volcán

Los niños que vimos ayer en Moscú
¿Qué ha sido de ellos?
Una vez más
Se pusieron a correr como locos
Hacia ellos mismos
¡Qué sensatez!

Youssef Rzouga (Ksour Essef /Túnez)

La mano de mi madre

Me baño en la quieta luz de una gota
y recuerdo cómo llegué a ser:
Un lapicero puesto en la mano,
la fresca mano de mi madre sobre la mía, cálida.
- Y así nos pusimos a escribir
entrando y saliendo de corales,
un alfabeto submarino de arcos y puntas,
de caracoles espirales, de estrellas marinas,
de blandientes tentáculos de pulpos,
de grutas y formaciones rocosas.
Letras que con sus cilios se abrían paso
vertiginosamente entre lo blanco.
Palabras como lenguados aleteando
y enterrándose en la arena
o anémonas oscilantes con sus cientos de hilos
en un quieto y único movimiento.
Frases como cardúmenes
que se hicieron de aletas y ascendían
y también de alas que en compás se agitaban,
palpitando como mi sangre que a tientas
golpeaba estrellas contra el cielo nocturno del corazón;
fue cuando vi que su mano había soltado la mía,
que yo hacía mucho, escribiendo, me había desasido de ella.

Pía Tafdrup (Dinamarca)
Traducción de Thomas Boberg y Renato Sandoval.


Infartodiario


Es cuando arremete de golpe
como un toro enloquecido
o una aplanadora
sobre tu pecho.
Es como un ciclón que golpea,
una filosa daga que secciona,
un calambre maldito que presiona
con la fuerza de un mortero.
Es un rayo cargado de electricidad
que te apuñala la garganta
por dentro
de abajo-arriba,
el lado izquierdo.
Es un sudor frío
que te invade la frente
el pecho
y la espalda.
Es todo esto
y mucho más
y crees que te morís
o algo así
y sentís que no querés,
que aún no te llego la hora.
A las ocho y media de la noche
puntualmente
el infartodiario te anuncia
que ha llegado
y vos con tus cuarenta años
de linyera-poeta-laburante
te quedas casi paralizado
sin saber si morirte
o sonreírle.

Jose Pivín (Haifa/Israel)

Un otoño

un otoño espeso,
una tormenta de alcanfor,
los profetas con manchas remueven sus espejos,
secretos últimos de la pérdida,
ratones negros roen baúles viejos,
los gatos devoran a sus padres,
mientras mi madre
aprieta su mano sobre la llave de la patria.
Y tú, niña mía,
cómo arrastras las trenzas de tu cabello?
sola estás en la plaza
entre los cuervos y la corrosión de cobre!
¿cómo buscas champiñones?
¿mariposas?
el anillo de salmón estaba en la boca del viejo
cuervo.
Hija de mirto,
basta ya de lágrimas de limón.
Detrás del viento,
corceles cuyos cabellos son columnas de humo.
¿Quién ha de enterrar la fuente del alcanfor?
¿Quién hará estallar la tensión
mantenida de la libido del diamante?
¿Del resplandor de la menta-poleo?
He hecho duelo alabando al viento,
he removido un millón de palmas,
con ónix cubrí a mis muertos.
He entrado en las selvas de las lamentaciones.
¿Quién ha de mostrarme los bolívares?
¿Llenos con el millón de fetos de humo?
¿Vientos que desatan de unas bocas de
corrosión?
¿Un relámpago desatado de
estómagos calcinados?
¿Han de escenificar los corceles
un baile gitano en las costas del mar?
¿Quién ha de bailar con el arrullar del que
saquea?
¿Quién ha de recoger mi sombra desde mi
alienación?
¿Quién puede sacar la patria de mis flacos
bolsillos?
Madre mía…,
quién te enseñó a caminar sobre
fragmentos de vidrio…

Ahmad Yacoub (Siria/Palestina)

PÁGINA 16 – Artículo ensayístico

La palabra

Por Ernesto Fernando Iancilevich

1.

En poesía, el decir es un hacer. El decir del poema es el hacer de la palabra, movimiento centrípeto, actividad contemplativa que reconoce en la propia vida del poeta el material y la fragua, el atanor y la llama. Vivir que se expresa en el decir. Decir que es experiencia de vida. El decir, hacer de la palabra viva, expresa, en lo abierto del poema, lo abierto de la experiencia poética.
Palabra: esencia de la letra. Sentido: estructura del signo. Desde el punto de vista profano, la poesía es un género literario. Desde la perspectiva sagrada, la literatura es una especie de poesía. Versión externa de lo múltiple y visión interna de lo único. Los desplazamientos semánticos corresponden a itinerarios espirituales: transgresión lingüística y transmutación poética.

2.

Aun cuando apreciaciones metafísicas nos acerquen, espiritualmente, a su sentido, no menos cierto resulta admitir que la construcción de un poema exige el conocimiento y la práctica de nociones técnicas, el dominio de la gramática y sintaxis, los cánones de versificación, el adecuado manejo de recursos estilísticos y la asimilación de un legado común, que permite al poeta de cada época el reconocimiento de un linaje tradicional en el cual, más que de paternidades e influencias, debiera hablarse de hermandades y confluencias. Desconocer esta realidad significaría bogar por la mera espontaneidad, tan apartada del metódico cultivo como la efusión emocional lo está del recogimiento interior. En el arte y en la vida, el sentimiento estimula, y el sentimentalismo sofoca; lo sabe el poeta que burila, en los macizos del sí, cada palabra, y medita, en los huecos del no, cada pausa.
Con diferencias sutiles, no siempre claras ni distintas, la experiencia poética se emparenta con la mística. Por su expresión, la metáfora acerca, en lo visible, lo invisible, en esta orilla, la otra. De tal modo, se aprende en la palabra la enseñanza del silencio. Ambos, místico y poeta, avanzan y regresan, sin saber, comprenden. Ninguno de ellos clausura el habla: la intima; y, en esa intimidad de lo abierto hacia adentro, palabra y silencio conversan. Conciencia divina y ciencia espiritual ponen al poeta y al místico en contacto con lo supraindividual, indeterminado y mistérico, merced a una intuición intelectual que, necesaria y recursivamente, se vale de imágenes sensoriales, del erotismo verbal, para sugerir las formas sagradas del éxtasis. Acaso en el poeta, esas formas asuman la figura de la palabra originaria; en el místico, dibujan la plenitud de vacío que habita el silencio. Como hermanos de un mismo padre, en un punto se separan. En el recuerdo de las palabras de Hölderlin, imaginamos su reencuentro: Die Linien des Lebens sind verschieden,/Wie Wege sind, und wie der Berge Grenzen./ Was hier wir sind, kann dort ein Gott ergänzen/ Mit Harmonien und ewigem Lohn und Frieden.
(Las líneas de la vida son diversas, /como caminos son, como los límites/
que separan montañas. Lo que somos/ aquí tal vez un Dios allá lo integre/
con armonía y paz y eterno premio.)

3.

La intensidad de la palabra, en el decir concentrado, nos remite al centro; también nos hace traspasar la periferia del lenguaje (y del mundo).
La poesía llama a un decir concentrado, porque hace centro en la palabra: decir concentrado en la palabra esencial. Más allá de las circunstancias históricas por las que ha atravesado su manifestación, epifanía de la palabra. Porque nadie escribe un poema, nadie puede adueñarse de él. La poesía escribe el poema, el poeta lo traduce, lo transmite. Apenas cincela lo que sobra, desnuda lo necesario. O lo intenta, y, en todo caso, lo demás no es su asunto.
En ese camino de regreso, aun en aquellos malabares lingüísticos donde resulta arduo desbrozar el ornamento de la estructura, íntimamente respira esa búsqueda profunda de la palabra que dice.
Por inconmensurable, no sabemos qué es la poesía, aunque la tentación de definirla sobrevuele nuestras cabezas. Pero tenemos poemas y hay poetas. En los momentos de privilegio, unos y otros se conjugan, se entregan a lo inconmensurable. En esos instantes de santidad, la luz de un dios ilumina la oscuridad de la noche.
El poema nos enseña un camino. Su decir es un ir de camino. En nuestra época, y en el final de un ciclo, el poeta se esfuerza por enseñar el camino del habla, bajo los modos vitales del salto, la fuga o la entrega.
En los extremos de la palabra, donde se palpa el silencio, habla el pensar. Por fuera, en la periferia de sus bordes, todo es un conjunto de grados del olvido.
El poema es playa verbal, huella sustancial, palabra del viento. En él, ser y no-ser se contemplan; nada hay en su cruce que no sea mirada. Una mirada en la mirada, que funda presencia, allí, donde todo es ausencia.
Poema de la poesía, avatar en el decir concentrado. Experiencia y expresión fundidas en la palabra intensa del decir concentrado. Sonido del sentido, pensar y hablar se identifican, saber y sentir se penetran, decir y hacer se transparentan. En los momentos más intensos del lenguaje, el pensar habla y la palabra piensa.

4.

El poema busca la palabra necesaria. Un artificio hecho de otras palabras circunstanciales y lábiles sostiene esa arquitectura esencial única e insustituible. De otro modo, el poema se ahondaría en una verticalidad sin forma ni figura, y no habría texto. La redacción de un poema, su artíficis, sitúa al poeta en el balanceo de lo posible y lo imposible. El soporte material de la palabra necesaria lo constituye todo ese conjunto de técnicas recursivas con las que hilvana, traduce y transmite, en principio, a sí mismo, luego, a otros, una experiencia no comprendida del todo, una vívida percepción de lo real que no puede explicar: percibir lo invisible para decir lo inefable. Lo imposible adentra y desborda lo posible; en su incompletitud, el texto se abre a lo no determinado.
Pero un texto se redacta con palabras humanas, epígonos de la palabra esencial, reminiscencias, anamnesis de imágenes especulares, señas que muestran, así como ocultan, el camino a lo abierto, cerrado en la secreta guarda de lo pleno.
El poema, además de artificio, habilita una contemplación de la verdad. Si algo de auténtico valor se descubre en él no es sino el de la escucha poética en la voz que el poeta le presta, como sostén que la referencia. Sin este andamiaje material, no habría poema. Ello acontece en el arte, y lo sabe el artista. El lenguaje verbal, de entre todos los que habita el hombre, es el que más austeramente lo habilita para sentar la costumbre o transgredirla, rotular límites o roturarlos, conservar o crear, cerrar o abrirse.
Sin devaluarse en lo nuevo, la palabra que ilumina anuncia lo antiguo: el habla es el demiurgo de la noche.

5.

Los primeros pensadores de Occidente nos sumergen en la tradición de una sabiduría supraindividual, anterior en grado sumo, perenne en grado absoluto. Si el no-ser sostiene el ser, en los macizos de la manifestación de lo griego podemos vislumbrar aquello que le excede, aquello que no es Occidente, pero que, de manera gestante, provoca lo griego y el pensar de Occidente. En los huecos del no-ser, en la otra orilla de la manifestación, el pensar alcanza su origen, también su destino. El círculo –forma sagrada por excelencia- se patentiza en una línea que avanza cuando regresa. Los ritos circulares, siempre cerrados a los ojos profanos, se abren hacia adentro. En la guarda de lo cerrado, hay lo abierto. En intimidad con lo abierto, la ausencia transustancia presencia.
En poesía, a falta de cualquier definición válida, su comprensión íntima nos viene de una experiencia de lo abierto. Reconocemos la palabra como cáliz de silencio, presencia de lo que está ausente. Y percibimos el habla como metáfora de realidad. Lejos de pretender constituirse otredad, la palabra poética ensimisma el habla en su naturaleza metafórica. Por ello, no resultaría erróneo afirmar que la metáfora baña en sus aguas tanto a la palabra como al pensar. Por su gracia, la palabra poética y la poética del pensar se contemplan. Poetizar y pensar dicen, en cuanto se contemplan.
El giro ontológico de un pensador vuelto a la poesía no desmiente el pensar, lo confirma. Antes de Heidegger, lo supo Nietzsche.

Hölderlin, Johann Christian Friedrich. Himnos tardíos y otros poemas /
Selección, traducción y prólogo de Norberto Silvetti Paz. – Buenos Aires : Sudamericana, 1972. – 205 p. – (Colección Obras Maestras Fondo Nacional de las Artes)



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Año I - Nº 1

Año I - Nº 1

GACETA LITERARIA Nº 1 – ENERO de 2007

Homenaje a la obra del fotógrafo Raúl Cottone (Santa Fe - Argentina)

PÁGINA EDITORIAL

Acerca de la cultura.

Si la cultura forma parte de la realidad histórica y social; si la cultura forma parte de la herencia cultural de una nación donde el 95% de su intelectualidad debe sobrevivir ganándose el sustento ejerciendo oficios alejados de su verdadera vocación, sometido a circunstancias que le impiden desarrollar permanente, profunda y efectivamente una mirada capaz de ayudar a los otros a mirar, no debe sorprendernos que el contexto actual nos diga que el 52% de la población no leyó ningún libro en el último año. Una estadística vergonzosa que estaría representando nuestra media intelectual.
Pero quien más nos expone a los ojos del mundo a través de sus programas de mayor audiencia es la televisión. Se constituye en el testimonio real de la ignorancia y la chatura por donde desanda sus cotidianidades la mayoría de la población argentina. Aunque no nos guste, somos lo que vemos a través de la pantalla de nuestros televisores. Somos esa especie de monstruo conformado por respectivas dosis de impertinencia, desconcierto, ignorancia, descuido, improvisación, oportunismo, inmoralidad, piratería e indiscreciones mediáticas.
En cuanto a la literatura, nos hemos acostumbrado a ser cómplices de miradas totalmente arbitrarias sobre lo que hacen algunos escritores, en un territorio donde los espacios geográficos son tan amplios, como mezquinos, escasos, reducidos, limitados, los culturales. Y ni hablar del futuro.
Porque cuando estas cuestiones de escudriñamiento, de manipulaciones exploratorias se manejan con la despreocupación o la negligencia a la que estamos tan acostumbrados, la injusta distribución de los escaparates intelectuales no es más que el resultante de actitudes profundamente humanas; y las oportunidades de acceder a ellos a través de los organismos oficiales disminuyen hasta terminar convirtiéndose en sectores protegidos, áreas consagradas donde se prioriza, como nivel de admisión, la consubstanciación ideológica de determinados autores con ciertas instituciones y la pertenencia de los mismos al círculo más íntimo del conocimiento o, al menos, de las vinculaciones amigables establecidas, en ocasiones, ni siquiera con los ocasionales funcionarios sino con algunos empleados de las secretarías acreditadas.
Como consecuencia, los escritores argentinos terminamos ignorando quiénes somos, dónde estamos y qué hacemos. Porque son muy pocos quienes llegan a compartir su pensamiento a través de publicaciones predestinadas a extinguirse, por falta de circulación. Y porque, además, no todo lo publicado en las exiguas tiradas costeadas por sus autores ha llegado a esa instancia como reconocimiento a ciertos imprescindibles méritos intelectuales que legitiman el patrimonio entrañable de una ciudad, de una provincia o de una nación.
Creo que la historia nos está reclamando una nueva actitud, nos está presentando un nuevo desafío, nos está obligando a analizar, a imaginar, a soñar. Nos está exigiendo que levantemos la frente de entre las ruinas, que afrontemos la adversidad con entereza.
Porque ante esta cruda realidad, ante esta especie de anarquía cultural, donde el Estado demuestra desconocer cómo canalizar tanta energía creadora, no resulta extraño que los hacedores proliferen como los hongos después de la lluvia, se multipliquen empecinadamente, autofinancien sus publicaciones, editen en forma artesanal, promocionen el pensamiento a través del obsequio de hojas o cuadernillos o revistas subvencionadas por particulares, acondicionen propiedades que ofician como centros de exposición, como puntos de encuentro, como lugares de reunión alejados de los círculos académicos y los entornos oficiales, en un intento vano por superar tanta negligencia, tanta postergación, tanta despreocupación ociosa. Y eso no es heroísmo sino, simplemente, una postura de resistencia a la desesperanza.
De allí que, con la tenacidad que nos caracteriza, demos hoy comienzo a una nueva etapa en este afán por hacer saber al mundo quienes somos, qué pensamos y cuál es el singular discurso de los escritores santafesinos, argentinos e iberoamericanos contemporáneos.

PÁGINA 2 – POETAS SANTAFESINOS

Beso a la imagen

Enciendo mi computadora,
es muy temprano,
tengo las manos frías,
delante de mi rostro corren
signos fugaces, definiciones
que no entiendo,
la imagen definitiva se abre:
beso a mi hijo,
el está aquí y está tan lejos,
necesito de ese gesto,
me lo pide todo esta estructura endeble,
tan opuesta al mecanismo eléctrico que pulsa
ante mi rostro amargo,
me lo pide este triperío humeante que soy,
y ese beso,
ninguna idolatría,
nadie sabe mejor que yo
que él no está allí,
que está lejos sufriendo
su dolencia junto a su madre,
pero nadie mejor que yo para saber
cuánto pasa por esta boca contraída,
que ese cristal no es cristal,
si campo
donde rebotan fuerzas que hacen
de lo humano algo digno,
algo que se resiste y se eleva
dentro de su misma perversidad
hacia una altura que quién carajo me dirá
que no es divina.

Roberto Malatesta (Santa Fe-Argentina)

Alegoría

En el centro
de la antigua biblioteca,
carbonizada por la penumbra
y el silencio
una silla, cuyo material
no diviso plenamente,
aunque sospecho que no es real.

Y en ella, inmovilizado
por un tiempo insubstancial
el fantasma de Borges,
repetido hasta el infinito
por un espejo circular
en la breve
esfera del Aleph.

Sergio Bartés (Santa Fe-Argentina)

Decisión

Se desprendió del tedio y del cansancio
emergió desafiante desde la piel gastada
arrojó lejos el miedo a no poder.
Y se irguió decidido.
Reaprendió la firmeza de sus pasos,
la persuasiva voz.
Se revistió con galas de esperanza,
soñó proyectos, ensayó la risa
y decidió estar vivo
hasta el exacto día
y el momento
preciso
de morir.

María Amelia Schaller (Santa Fe-Argentina)

El paisaje es la gente

quisiera salir esta tarde
de sol o de lluvia
hacia el oeste de mi vieja calle
a escalar la más alta montaña
en la magia cambiante de sus colores;
entre nubes y llamas
aguiluchos y cóndores iría
pero al oeste de mi simple pueblo
que es liso y llano
no hay ninguna montaña o montañita

quisiera jugar con la nieve
independiente en el parque junto al lago
o esquiar entre verdes pinares
pero en mi pueblo hace años que no nieva
y nunca he visto en trineo a los niños
entre lobos y perros
o amasando muñecos con copos
radiantes

salir por mi calle hacia el este quisiera
hasta dar con la orilla marina
y trepar a los altos barcos anclados
al viejo puerto de ultramar de Juan Ortiz
pero mi pueblo nunca ha dado al mar

el paisaje más lindo -dijo mi padre-

es la cara de los viejos amigos
y casi todos mis viejos amigos

siguen viviendo aquí
sin ir más lejos

Rubén Vedovaldi (Santa Fe-Argentina)

XII

La memoria tiene páginas no leídas.
Tiene guardadas
las anécdotas que nos unen,
algunos juegos, el río una noche,
todo metido en un recodo
de ese manuscrito.

Hay
una ceremonia personal,
invulnerable.
Hay una memoria propia
negando la lectura de esas páginas
que la memoria hostiga.

Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe-Argentina)

Deshecho de esencia

El tiempo aniquila rotundamente
todos los anhelos cósmicos
de un ser que busca
su misma esencia
en la introspección profunda,
y al no llegar fuerte
a su memoria primera
queda detenido en una espera de cielo
con un reloj en la mano izquierda
y su propio espejo en la derecha.

Ahí, en el lugar que la especie le confirió
la sabiduría,
los pájaros caminan por la terraza
y los buitres comen de su mano derecha.

Más abajo, haciendo esfuerzos
las angustias navegan
en un río de semen
que se desperdicia
en el sexo del mundo.

Guillermo Ibáñez (Santa Fe-Argentina)

PÁGINA 3 - Narrativa

Centroamérica

Por Sonia Catela (Santa Fe-Argentina)

Que se sentara, que qué tal, que qué honor encontrarse por fin puesto que, por lo visto, sus itinerarios jamás coincidían, pese a tratarse de una isla tan reducida; lo convidó con un habano, le palmeó el hombro, sirvió tragos y mientras el general esperaba con recelo la causa de que se lo convocara, el otro anunció: -Me comunicaron que ustedes han decidido dar por terminada su presencia en la zona y su colaboración con nosotros, eso dice en mi propia cara el hijo de puta, que decidimos irnos, con tanta caradurez que por un momento llego a dudar y preguntarme "¿pero quién putas dio la orden de partir?" y dado que yo mismo doy las órdenes, es que él, Mackinley nos echa, y sonríe y digo "todavía no está resuelto, señor, apenas nos hallamos evaluándolo", como si nos pudieran descartar como a un tacho de basura, y Mackinley sigue con que nuestra colaboración es invalorable, pero que de ninguna manera van a retenernos un minuto más allá de nuestras decisiones y puesto que ya hemos decidido irnos, según le informamos..., nos echa, porque quién mierda se lo va a comunicar si yo estoy a cargo de eso, y Mackinley se tragó el whisky de saque, y apretó un botón y se puso a hablar en su puto inglés vaya a saber con quién, y me tenía ahí de valet, esperando, y cuando se le ocurrió terminar, miró mi vaso, y chapurreó en español un "veo que todavía no se tomó su whisky", y me planté: "creo que vamos a quedarnos un mes más, Mackinley", y él que eso no sería muy apropiado, como ya les habíamos notificado que nos retirábamos él había diseñado otra estrategia con otra gente, con chilenos, y nosotros no habíamos notificado una mierda porque yo soy el que notifica, y apunté "pero Mackinley, podemos entrenar a los chilenos" y él me agradecía y sostenía que eso no era posible, que en realidad ya estaban preparando los aviones para transportarnos de vuelta, que no querían interferir en nuestros propios planes, ¿qué planes?, puteaba yo para mis adentros, y ahí sacó que había temas pendientes, como la devolución de las "x" toneladas de pertrechos, que él no acreditaba ninguno de los rumores sobre que gran parte de ese material había sido vendido en el mercado negro: con esa novedad se despachó Mackinley; "los argentinos no nos rebajamos a esas raterías", lo rebatí yo, pensando cómo putas saldría del berenjenal que se abría ahí, de improviso, ¿qué me estaba pidiendo? me estaba pidiendo hasta la última baliza, inventario en mano, acá está lo que debe rendirme, Varela, dijo, y me tiró una lista, y que si faltaba una pieza, entonces él por obligación, debía iniciar un sumario y habría un juicio, pero nada de eso ocurriría, vaticinó y miró mi vaso vacío pero no me sirvió más whisky, porque eran puros rumores ya que los argentinos no se guardan vueltos ni entran de noche a los depósitos a arrear pertrechos que no les pertenecen para hacerlos plata en el mercado negro, dijo, porque si eso fuera así, él no denunciaría porque a un aliado no se lo denuncia, pero nos pondría en el primer avión de regreso a la Argentina. Pero se iba a demostrar que todo estaba en orden y yo pensaba cómo explicarle que el 90% de esa lista de pertrechos se había evaporado y se lo digo, y Macklinley se sonríe y me palmea, lástima que hayan decidido abandonarnos, general, dice, pero la colaboración de ustedes contra las fuerzas irregulares aquí en Centroamérica ha sido realmente invalorable, y por eso, sigue, (y saca una caja del Pentágono u otra mierdosa de sus reparticiones), esta condecoración, señala, y la deja sobre el escritorio y la empuja con el lápiz como si alejara una mosca muerta, recuerde preparar a su gente que a primera hora sale el avión para Buenos Aires, dice, y yo espero que me coloque la condecoración pero él no me la pone, concluye: "hasta siempre amigo", en español y disca y empieza a hablar en su puto inglés dando por finalizada la conversación y alzo la mugrosa caja, la abro, me prendo la cruz al mérito y salgo, pecho en alto, taconeando, izado al tope el honor

PÁGINA 4 – Narrativa

Olvido

Por Orlando Van Bredam (Formosa-Argentina)

Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro. En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas.
Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted.
Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos le señalan el olvido. Nadie parece advertirlo. Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera la cara perdida.

PÁGINA 5 – FRANCISCO MADARIAGA - 1927/2002 - (Corrientes-Argentina)

Cementerio amarillo al borde del agua

Mientras cantas con la trompeta ronca de las
inemociones cargadas de las lágrimas del paisaje
desenvuelto por los trenes de los reyes guiados por
los ríos, aquí el velo de sangre duerme sobre los
arenales seguros de encantar a un cuerpo joven y
caliente junto al rumoreo nocturno de los caballos y
las fiestas cercanas a la orilla de la luna caída entre
las humillaciones más populares cercando el
camposanto de los hombres del hambre donde se
recomponen las más raídas y coléricas apariciones
-sin espacio- a ras de luna de ras y de agua detenida
en el milagro del terror -sin amor- todo todo roído
como antes de andrajos desafíos ojos hambrientos
amarillos de asesinatos no modernos no
contemporáneos a ras, a ras de agua podrida en su
pureza.
Sin embargo, yo estoy dormido como un indio que no ha
perdido el desierto.
¿Estoy moderno?
¿Estoy por irme adónde?
¿O por abandonar la comarca e internarme en el mar?
¿O sólo al borde del mar?

Una reza

Reza por la reza de las apariciones ronca por la ronca de
las enterraciones y vuelve los ojos al paisaje metido
dentro de la carne y del fuego del movimiento
humano más real el de pasitos de hombres en el
espacio humillado por sus elegantes desnutriciones,
oh país límpido, intercambiado con tartamudos y
despanzurrados y afeitados por el llano y
asesinadores engendrados en las negras copulaciones
entre ramos y entre santos de ojeras casi naturales
yo exclamo que duermo sobre la arena caída en la
desventaja de mis maduraciones que sollozan todo el
poder del fuego.
Yo, que tengo el alimento más moderno, estoy rastreando
el invierno y las pudriciones de estos llanos.

Tembladerales de oro

In memoriam Alfredo Martínez Howard

El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro del oro que
arde contra el oro el oro de los ocultos tembladerales
que largan el aire de oro hacia los rojos destinos
pulmonares con el acuerdo de los fantasmas de oro
coronados por los juncos de oro bebiendo los
caballos de oro los troperos de oro envueltos en los
ponchos de oro -a veces negro a veces colorado
celeste verde- y el caballero que repasa las lagunas de
los oros naturalmente populares el que se embarca
en las balsas de oro con todos los excesos de
pasajeros de oro que manejan los caballos de oro con
los rebenques de oro bebiendo en la limetilla de oro
del barro de oro de los sueños de los frescos del
oro entre la majestad de las palmeras de oro y de los
ajusticiados y degollados en las isletas de oro bajo de
yacarés de oro del oro del Amor.

Madrugada clara

Pero confieso todo quiero cantar e irme durmiendo con
mi ojo de infierno a ras a ras del rezo entre los
espartillos del invierno y del verano sin epílogo
histórico sin capítulo cerrando al estilo del buen
cuento jurídico y civil quiero descubrir por qué
estas aguas se pudren en su belleza por transfusión
de sangre y pobres bocas muertas sonriéndole
al espacio del ras.

El canto no popular

Yo, el rastreador, que ha dormido en los atrasos de
la luna en los atajos peninsulares, y ahora siento
el canto del desahogo, a través del orgulloso coraje,
oh mis pequeños seres del desamparo, canto
mi canto con un lenguaje no popular, pero cercano
a vuestros vestidos miserables.
El vestido las telas livianas de las mejillas despintadas
el olor de los motines talados de la miseria siempre
en la flor del fuego del pensamiento destruido
sin nacimiento en las coloridas y espléndidas
organizaciones de las albas lujosas de todos los días
de todos los montones de días ligeros y azucarados
por las cañas dulces solares irredentas
ininterrumpidas feroces vivientes de la irrectitud
siempre anárquica del espacio siempre moderno
y siempre solidario con los cantos de las invisibles
deidades y de los otros personajes reales asombrados
de la miseria de los sucios paisanos que encienden
el clavel del esperma nocturno sifilizado y demente
y excitado por los cerdos.
Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas conteniendo
el aliento del dormido rencor en la palidez del alba.
Oh, gente sin viajes, que no puede fumar en el
fuego del universo su tabaco de miel arrollada por
el invierno, su comida de humo bañando el ligerísimo
mosquitero de rabia del color el color que no trajina
por las camas y que sólo saluda a la sombra con
sombrero del Ave María en el altar de los santos
ensordecidos por los fétidos besos.
Oh, mí, el rastreador que ha dormido tirado entre
los yuyos, entre la ferocidad joyal de las palmeras
en el borde del agua, y de una cocina sucia llena
de lechos sucios y de tarros con jazmines
calentados del ex-alba.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Hijo de hombre: primera visión de un espejismo.

Por Alejandro Bovino Maciel (Corrientes-Argentina)

Augusto Roa Bastos inició con el libro de relatos “El trueno entre las hojas” un lento proceso de reconstrucción interna de la ruinosa visión de un Paraguay que lo había expulsado de su paraíso, como el Adán castigado por el deseo de saber antes de terminar la tarea de nombrar el mundo. El árbol de la ciencia del bien y del mal ha sido la sociedad. En el marco de un sistema autocrático y canalla, como el de las distintas dictaduras que fustigaron la fe en el progreso de Latinoamérica a partir de la década del 30’ del pasado siglo, cualquier indagación en las profundidades resulta sospechosa, herética, malsana y peligrosa.
La dictadura del general Higinio Morínigo se instaló en Paraguay en el año 1940 como gobierno provisional, tras la muerte accidental del presidente, el general José Félix Estigarribia. El militar Higinio Morínigo tuvo como ministro “en sombras” y asesor ideológico a Natalicio González, autor de un libro de fuerte tonalidad nacionalista/fascista que apareció en 1938 con el título de “Proceso y formación de la cultura paraguaya”. Roa Bastos detectó el germen de un ‘fascismo criollo’ en dicha obra y esta crítica más su constante cuestionamiento al militarismo y las revoluciones domésticas entre los distintos mandos castrenses le mereció el primer exilio bajo el gobierno de Higinio Morínigo, en 1947.
Comprender el Paraguay significa sumergirse en un mundo absolutamente cerrado a los demás, con un fuerte sentido de unidad y recelo hacia todo lo que implique cambio o alternativas. Esta “isla rodeada de tierra” como la llamó Rafael Barret está condenada por dos factores fundamentales: la mediterraneidad territorial y la ignorancia atávica de una cultura oral que no puede terminar de adaptarse a un mundo donde la letra domina el campo del conocimiento. Hay permanentemente dos fuerzas antagónicas en el país. El guaraní, idioma alítero y puramente oral frente al castellano con morfología, sintaxis, semántica y pragmática absolutamente diferente a la raíz de las lenguas guaraníes. Digo lenguas guaraníes porque si bien existiría una especie de tronco común, el habla guaraní tiene distintas formas idiomáticas y dialectales dentro del mismo territorio paraguayo. Para decirlo en forma más simple: la comunicación entre un mbyá y un ayoreo (dos parcialidades étnicas distribuidas por la Región Oriental) es casi tan difícil como la conversación entre un francés y un español.
La misma sociedad paraguaya vive en una suerte de división de clases, entre el campesinado (de economía agrícola minifundista) que se expresa íntegramente en guaraní desconociendo los elementos básicos del español, segundo idioma del país; otro subgrupo es el de los aborígenes, abandonados y expropiados, mendicantes y marginales; una tercera población arraigada y con tradición ciudadana, conformada por funcionarios, empleados públicos, comerciantes y pequeños industriales que –dicho en términos del siglo XIX- conformarían la “burguesía urbanizada” y por último una gran mayoría de desarraigados que migraron desde sus pequeños asentamientos agrícolas del campo a los márgenes de las grandes ciudades: Asunción, Ciudad del Este, Encarnación y Villarrica. Esta masa creciente de analfabetos estructurales y funcionales, sin formación habilitante de ningún tipo, sin acceso a la información mínima, totalmente desinsertados del cuerpo social se agrupan en guetos cerrados, mantienen tradiciones rurales y al mismo tiempo adquieren algunos hábitos urbanos reinterpretados a través de esa forma especial de subcultura híbrida, que se expresa casi íntegramente en guaraní o jopará pero recibe información de la CNN. Vivir en Paraguay significa respirar continuamente los fuertes contrastes y tensiones entre lo antiguo y lo nuevo, entre formas sociales ritualizadas desde la colonia y posmodernas aspiraciones al título de Miss Paraguay para el Certamen de Miss Universo del próximo año, máxima aspiración de las adolescentes en ascenso social. Todas las ex Mis Paraguay se han casado con empresarios. Hasta la actual Primera Dama ha sido Miss Paraguay.
La crisis fundamental pasa por la educación en todos sus niveles. Todavía sigue vigente la observación que hiciera en el año 1868 el entonces cónsul británico, sir Richard Francis Burton cuando dijo que “Paraguay ilustra el axioma de que se puede aprender a leer, a escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir y, sin embargo, no saber nada”, en otro apartado comenta: “la educación es totalmente estéril. Los únicos libros permitidos por la religión estatal, son ingenuas vidas de santos, algunos relatos autorizados por el gobierno y horrendas litografías, probablemente grabadas en piedra de Asunción”. Si comparamos estas pinceladas hechas al paso por un ojo extranjero con los resultados de la reciente encuesta de Rendimiento Académico publicadas por el Ministerio de Educación del Paraguay, año 2000, sobre 7871 estudiantes censados en todo el país en el tercer curso (fin del ciclo básico) vemos que el rendimiento en Lengua es del 46% , en Matemática del 44% y en Estudios Sociales (que involucra nociones de Geografía, Historia y Fundamentos Cívicos) sólo el 50% aprobó el mínimo establecido de conocimientos. No hay grandes diferencias en el rendimiento entre la enseñanza pública y la privada.
El horizonte socioeconómico se ve ensombrecido por la crisis regional de la que el Paraguay es una de las víctimas inexorables. Con pobre industrialización, una producción agropecuaria en retracción constante y grandes desniveles en la distribución de las rentas, el Paraguay, que depende en gran medida de suministros externos, sufre las consecuencias de los derrumbes de Argentina y los tambaleos del Brasil. El modelo impuesto en la región en la pasada década de los 80’ (llamada “década perdida”) de apertura y liberalización produjo fuertes impactos en la estabilidad laboral, privatizaciones de grandes empresas con despidos masivos que la magra competitividad y expansión del sector privado no pudo absorber. Este quiebre económico regional restringió o cerró los escasos mercados que tenía el Paraguay en el vecindario. Con este sombrío y pesimista panorama la sombra de los mesías políticos y dictadores militares vuelve a entusiasmar a una población desinformada, poco participativa y escéptica en materia política por la denigración de la clase dirigente después de escándalos de corrupción del manejo público, demagogia, mentiras y fraudes sistematizados.
Este árido papel de escritura tuvo que tomar Roa Bastos para escribir sobre él una novela absolutamente original y precursora. El desafío del bilingüismo (pensar en guaraní y hablar en español) lo plantea él mismo:
“Este discurso, este texto no escrito subyace en el universo lingüístico hispano-guaraní, escindido entre la escritura y la oralidad. Es un texto en que el escritor no piensa, pero que lo piensa a él. Esta presencia lingüística del guaraní en la escritura de la novela se impone desde la interioridad misma del mundo afectivo de los paraguayos. Plasma su expresión coloquial cotidiana, así como la expresión simbólica de su noción del mundo, de sus mitos sociales, de sus experiencias de vida individuales y colectivas”.
Roa ha dicho que HDH ha sido una tentativa de reflejar estos dos mundos coexistentes, el guaraní y el hispánico-europeo, primero por el camino de la aglutinación semántica pero que, no satisfecho, tuvo que rehacer la novela veinte años más tarde.
“Corregir y variar un libro ya publicado me pareció una aventura estimulante, porque el texto no cristaliza de una vez para siempre ni vegeta el sueño de las plantas. Un texto, si es vivo, crece y se modifica. Lo varía y reinventa el lector en cada lectura. Si hay creación, ésta es su ética” dice Roa en la Nota de Autor agregada en la edición de HDH de Editorial Alfaguara, en 1997.
Y después nos agrega una pista: el anciano Macario bajo la obsesiva fijeza de sus relatos, varía constantemente las voces y los sueños de la memoria colectiva, encarnados en ese diminuto cuerpo esquelético que puede caber, cuando lo entierran, en un ataúd infantil.
Vamos a tratar de acompañarnos en este recorrido por el mundo de HDH. La historia se inicia con la aparición fantasmal de Macario en medio de la siesta de verano, también fantasmal. El que nos la cuenta dice “Han pasado muchos años, pero de eso me acuerdo”. Resulta extraña esta historia que empieza recordando fantasmas. Es que todo Paraguay se había convertido en un fantasma polvoriento detrás de la dictadura de Gaspar Francia. Un país desconocido, cerrado como un puño, con apariencias de república, apariencias de organizaciones, remedos de instituciones. Solamente las vidas insignificantes de los pueblos mantenían sus automatismos, como Itapé, sus ritmos solares y lunares, interrumpidos de cuando en cuando por el paso del tren. Lo demás es pasado. Itapé es un espejismo del pasado. Todo remite al pasado; y es un pasado doloroso, ominoso, lleno de heridas sin restañar porque sin la justicia, las heridas de cualquier sociedad permanecen abiertas y dolorosas. Esa agonía de años se había ritualizado, había terminado convirtiéndose en una liturgia de Viernes Santos, día de la pasión del Señor. Los itapeños volcaron en el Via Crucis de hace veinte siglos los dolores que arrastraron ayer. En esta nueva pasión hay un Cristo de madera, una víctima llamada Gaspar Mora, un artista leproso que acaba transformándose en su propia obra, una prostituta llamada María Rosa, que ama sin pedir nada a cambio como la Magdalena y un evangelista, Macario. Evangelista que termina siendo discípulo de esa fe profana junto con otros hombres del pueblo que había visto brillar la verdad en el corazón del muerto. Con Macario, la realidad retrocede hasta encontrarse con el prodigio de el astro que anuncia la desgracia. El cometa consigue trastornar los ciclos, la pesada carga del autoritarismo en la tierra encuentra un eco en el cielo: sobrevienen sequías, escasez, muerte. El artista muere abandonado pero deja un signo de redención en la talla del Cristo que encuentran en su choza. Deciden llevar la imagen al pueblo para instalarla en la parroquia pero el sacerdote y las autoridades se oponen. Cada cual usa su propio juicio: de Caifás a Pilatos todos repudian al Cristo sospechoso tallado por un impío que ni siquiera escuchaba misa. Se debate tres días con sus noches en las que se gestiona la traición mientras los discípulos velan en la plaza.
Por último, Macario sueña que la cima del cerro de Itapé es el monte calvario para el Cristo y allá lo llevan mientras uno de los traidores se ahorca como Judas. Desde ese momento el Cristo es de todos. Desde cualquier sitio de Itapé se lo puede ver allá en lo alto, como un Dios que ha sido demasiado humano para merecer la gloria. Como un hijo de hombre.
Hay dos tiempos que corren paralelos: el tiempo del mito, de la pasión y muerte del Cristo nazareno y el tiempo de otro pasado, menos real, que sobrevive en el relato de Macario, el de la dictadura perpetua que recuerda demasiado dolorosamente la dictadura bajo la que escribe Roa Bastos esta magnífica y prodigiosa resurrección de la esperanza en medio de la miseria humana.

PÁGINA 7 – POETAS ARGENTINOS

Poema 4

No vengo de páramos surcados por vientos afilados
e incandescentes huecos.
Caminaba desde la orilla del mar
y como las alas,
seguía la ruta del polen,
la primavera servida.
No pertenezco a piedra volcánica
ni llevo encima tanta arena caliente,
ni sed rajando piel como tierra muerta.
Podría alcanzar con estirar mi brazo
la uva de su risa,
el zumo de su arremolinada vocación oceánica.
Ocurre que a destiempo salto desde el hombre que fui
a esta altura de fósil no revelado y entre las horas
que ruedan y se quiebran pasa un solo camino
que aún no encuentro.

Gabriel Impaglione (Buenos Aires-Argentina)

Después de los 50

Mi cuello sigue ágil
Imagino que será
de mirar al horizonte,
de contemplar la vida
atravesando mis huesos,
decir sí y no,
pedir disculpas,
confirmarme
Y tanto más...
Las manos no se traban,
Nadan, escriben, quieren,
se afirman.
Y los párpados siguen
encendidos con el sol.
Extraño el mar.
Por eso bailo...
y el agua está.
De la boca degusto
los manjares cotidianos,
los de la mesa servida,
los de la mirada sabia
de mí, de manu,
del mundo en que ando
como puedo, peleándola.
Quizás,
la flor redonda
ya esté conmigo.

María Silvia Pérsico (Buenos Aires-Argentina)

Brindis

Brindo por la imprudencia de haberte conocido
por tus palabras, también por tus silencios.
por la afectuosa transparencia,
por lo arriesgado, lo ganado y lo perdido.
Brindo por los poetas olvidados,
por el ángel solitario, el distraído
y por los sobrevivientes
de los tiros, las bombas, los naufragios.
Brindo por la amistad que aviva el vino
por el fuego que acosa nuestras almas,
por el temblor de una gota de rocío,
por las cenizas de cada madrugada.

Esteban González (Chaco-Argentina)

Reyes magos

Cortamos un manojo de pasto verde
llenamos una lata con agua
y colocamos todo cerca de la puerta/
después nos sentamos a escribir la carta:
- ¿que le vas a pedir a los reyes?-
- justicia papá - me dijo
- no, pero eso es muy difícil -
- cómo, ¿no son magos? -
- sí, pero... -
- no me dijiste que pasan por el ojo de la cerradura
porque es más fácil eso/ a que un rico entre al reino de los cielos -
- tenés razón Manu, le pediremos justicia -
y cerré la carta con un "que así sea".

A la mañana siguiente
el padre de Carlitos
consiguió trabajo en la fábrica de papel.

Aldo Novelli (Neuquén-Argentina)

Para mi

(a Ángela Da Silva)

Entré con dientes pero no con todo
me quedé afuera un poco
Yo nunca fui a la escuela
yo
realmente
nunca vendí diarios
Cuando yo medio no existía
yo era demasiado yo
para mí solo.

Rolando Revagliatti (Buenos Aires-Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Las cosas ajenas

Por Pilar Romano (Corrientes-Argentina)

Por suerte, había llegado a esa casa casi a la hora de dormir.
Nunca se había sentido cómoda hablando con extraños y menos esa noche.
Aquellas personas, aunque amigables, aún eran extraños para ella.
Dijo que sí, que estaba de acuerdo con todo, buscando la tranquilidad de quedarse sola en una habitación. En realidad, tampoco se sintió cómoda allí, ya que en el silencio se caían una a una las barreras que se había propuesto interponer entre ella y la visión de su marido en aquel “dormitorio ajeno”, como le había dicho, entre tantos reproches. Ajeno y de su hermana, para colmo.
Este nuevo cuarto olía a agua de lavandina. La puerta daba a un patio y la ventana a una calle de tan sólo una cuadra, por la que casi nadie transitaba.
La cama, aunque mínima, sin respaldo siquiera, la asustó como si fuera un animal desconocido. Pero se acostó, con absurda precaución. Miró a su alrededor y se detuvo en el único cuadro que colgaba de una de las paredes; le pareció que se proyectaba desde el revés la mirada del santo que la observaba desde la lámina. Buscó con los ojos el interruptor de la luz y vio que estaba a la derecha, bastante alejado de la cama; debería levantarse para apagarlo y caminar luego cuatro o cinco pasos en la oscuridad, ésa y todas las noches. Lo hizo, volvió a acostarse y empezó con el acostumbrado rito nocturno de retorcer con dos dedos un mechón del pelo, pero enseguida un impulso desconocido la llevó a esconder la mano debajo de la sábana y quedarse quieta, tratando de ahuyentar las lágrimas porfiadas. Si al menos supiera qué buscaba; si el dónde, el qué y el cuándo pudieran confluir en ese momento... pero todo era orfandad y desamparo.
Aunque nunca había visto el mar, sintió deseos de ser ola, una gran ola y desclavar la luna del cielo, para que no se vea el horizonte, o para que quede más allá. La idea del horizonte la asustaba; la asustaba porque sabía que había dibujado ella misma un trazo poco atractivo. En especial por lo que había hecho últimamente. Estaba preparada para encontrar en la ciudad un modo de vida con ciertas ambiciones más altas que la de una empleada doméstica, había estudiado “secretariado comercial” en el pueblo, pero más fuerte que esa posibilidad fue el deseo de encontrar de inmediato un lugar en el que refugiarse, tener techo y comida sin otro requisito que limpiar una casa, aunque no le perteneciera, aunque los cabellos enredados en el desagüe de la ducha fueran de otros, quién sabe de quién. Esa urgencia había hecho que decidiera ofrecerse ella misma cuando el comisionista del pueblo la encontró cerca del hospital y le preguntó si conocía a alguien que quisiera “emplearse” en una casa de la capital, entregándole el papelito con la dirección.
No conseguía dormir y no le servía aferrarse al recuerdo de imágenes cotidianas, porque al rato nomás la llevaban al dormitorio de su hermana.
Debería salir del ámbito de la casa que había dejado y pensar en el estanque con los patos, aunque lo recordara medio barroso, o andar con el pensamiento por las calles del pueblo e imaginar que le llega el aroma de las flores que en primavera lo invadía todo. Ya estarán marchitándose, pensó. Recordó los paraísos ¡cómo olían por las noches los paraísos florecidos! Su madrina le había enseñado a preparar un veneno con las frutitas verdes de paraíso y nunca olvidó la receta. Los azahares ya estarán formando naranjitas y no comeré ninguna, pensó y le pareció de pronto que la cama sin respaldo estaba apoyada sobre una de las calles arenosas del pueblo y ella allí, tendida, sin poder desclavar la luna. Pero la imagen desapareció enseguida, porque éste era un silencio distinto al de las calles del pueblo; ni siquiera era en verdad silencio: una gota reiterada segundo a segundo desde algún grifo le contaba que sabía ser implacable. Debe venir de la pileta en la que mañana tendré que lavar, pensó. Era inútil buscar alguna presencia mágica entre lo evidente.
Un beso, deseó, de pronto. Toda primera noche merece un beso. Era su primera noche allí, pero solamente la rozaba el eco de lo dicho con indignación y de lo no dicho, de secretos urdidos a deshora. No, un beso le parecería en esos momentos el que recibe en la frente un moribundo.
Había declarado que se llamaba Gabriela, cuando su nombre era en verdad Antonia; y dio el apellido de su madre, Aldavez, que sonaba mejor que el Miño que heredara de su padre. Era para ella un pequeño lujo poder hacer que la llamaran Gabriela; solamente por eso esperaba el día siguiente, para oír que le decían ¡Gabrieelaa! Podría imaginar que era una modelo, o una jugadora de tenis, o una alumna universitaria. “Gabriela Aldavez”, tenía una prima que se llamaba así y que había estudiado Profesorado Historia en la ciudad; eran parecidas. Siempre le había envidiado el nombre. Por suerte, se le había ocurrido traer el carnet de socia de un club que la prima aquella había olvidado en la casa del pueblo y lo mostró a los patrones, diciendo que había perdido su documento de identidad.
No debe faltar mucho para que amanezca, calculó. Esta vez no vería el sol madrugador reflejándose en las pupilas redondas del gallo, que se le adelantaba siempre para recibirlo. ¿Cantaría algún gallo en la ciudad? Debe ser tristísimo que amanezca sin el canto de un gallo. Sería como si en lugar de cielo hubiera tan sólo un agujero, imaginó.
Solamente la queja destemplada de una campana le anunció el amanecer.
Hasta la muerte debe ser distinta en la ciudad, se dijo al oír el repique, pero ahuyentó enseguida la idea de la muerte.
Ya preparada para empezar su trabajo, tendió la cama y se sentó en ella, porque le parecía que nadie se había levantado aún en la casa. A los pocos minutos, escuchó el sonido del depósito de agua del baño principal - debe ser la señora- y enseguida, el timbre de la puerta de entrada.
-No, Griselda Aldavez no, señora. A Antonia Miño la busco. Creí que estaría aquí-
Se había acercado todo lo que pudo a la puerta sin dejarse ver y reconoció enseguida la voz del comisionista.
-Y bueno... solamente iba a decirle que la hermana parece que se salvó del veneno que tomó o que alguien le dio y ya puede hablar-
Se preguntó casi con desesperación cómo haría para seguir siendo indefinidamente Gabriela Aldavez.

PÁGINA 9 – RESEÑA DE LIBROS

Una meditación sobre la experiencia amorosa. Tu voz, mi voz, de Luis María Sobrón. Buenos Aires: Vinciguerra, 2006.

En poesía, las palabras y su sentido no son dos entidades, sino una sola. Lo que un poema quiere decir, sólo es posible decirlo así, y no de otro modo equivalente. De ser ése el caso, se trataría de una poesía ornamental, aditiva, y no sustantiva, como es, justamente, la de Sobrón. ¿Cuál es la actitud de la que emerge esta poesía? ¿Cuál es su estatuto ontológico? Como ya dije y ahora repito, Sobrón piensa la poesía como modo de conocimiento. Pero no se trata de saberes, ni de destrezas, en otros términos, de datos que pudieran iluminar o acrecentar cualquier índole de conocimiento, sea éste intelectual, científico, profesional, o el que se quiera; sino se trata del ser, del objeto primero de la filosofía, accesible por la revelación o más precisamente, por la epifanía, es decir la emergencia súbita del destello del Ser, ante el cual, la palabra poética deviene meditación. Es en este cruce de poesía y filosofía donde se mueve la búsqueda poética de Sobrón, desde el momento en que filosofía, religión y poesía (al menos, esta clase de poesía) tienden a realizar esa posibilidad del ser que somos; así, la experiencia poética es cambiar de naturaleza; un cambio paradójico pues intenta un regreso a nuestra naturaleza original para recobrar una perdida unidad con el ser, con el mundo. Pero, mientras lo divino concentra en sí la plenitud del ser, el "humano, demasiado humano" de Nietzsche está en eterna falta, podríamos decir, filosóficamente, porque nuestro pecado original es la incompletud, la falta de ser. Según la poética de Sobrón, en este lugar de la falta se sitúa la Palabra no para denegar, sino para sostener el dolor de la ausencia, en la persistencia tenaz por lo unitario de esa palabra jamás encontrada en plenitud. La poesía se obstina, así, en el laberíntico viaje en procura del poder mágico que transforma lo negativo en ser, mientras constata la inapresabilidad de su objeto.
Pero Sobrón, es sin duda, un poeta moderno, con lo cual no quiero decir actual, sino señalo que sería imposible no serlo, pues se trata de un contemporáneo, alguien nacido luego de la modernidad cultural, literaria y filosófica; al respecto, les recuerdo una de las irónicas frases de Borges al referirse a una novela histórica de Flaubert “no hay escritor que no sea de su tiempo”, por más que escriba sobre una época distante. Decir moderno justifica, creo, referirme brevemente al filósofo que mejor pensó la poesía luego de la modernidad, es decir, a Heidegger. Cuando Heidegger se pregunta el por qué de la poesía en un “tiempo indigente”, la respuesta le cuesta una buena parte de sus escritos, pero podríamos decir –resumiendo groseramente- que adjudica a la poesía el privilegiado lugar que antes tenía la filosofía. ¿Por qué? Porque, si la misión de la filosofía desde la antigüedad fue preguntarse por el Ser, ahora, en la modernidad, el tiempo indigente, según el filósofo, no puede hacerlo. Nueva pregunta: ¿por qué ya no puede hacerlo? Porque la modernidad ha desarrollado con el capitalismo, la ciencia y la tecnología, reduciendo el mundo a lo instrumental, al reinado del ente, no del ser. Por tanto, es el poeta el único que, aunque no encuentre la trascendencia, pues los dioses se han ido, sigue esgrimiendo “la palabra inocente”, ésa que se ubica como contemplación del mundo. Imagínense, con el tiempo que hace ya desde la muerte de Heidegger, lo que diría ahora.
Ahora bien, desde sus comienzos, a lo largo de sus libros, la poesía de Sobrón respondía muy claramente a estas condiciones, y lo hacía de una manera muy particular, como siempre ocurre con el modo singular de articular el discurso que conforma eso que llamamos “un estilo propio”; en su caso, con un lenguaje reconocible, al que podríamos calificar como una catarata de metáforas encadenadas, a veces sorpresivas, por la distancia existente entre los términos de referencia donde la imagen enlazaba, tensando sus vínculos. En este libro, sucede otra cosa, mejor dicho, suceden dos cosas en disyunción; no hablo de una contradicción, sino de la convivencia de una polaridad: es el mismo Sobrón ¿cómo podría no serlo? pero también es otro Sobrón, un poeta diferente.
Es el mismo Sobrón porque, en algunos momentos, reconocemos la voz del poeta en la índole de sus imágenes. Por ejemplo, en el poma numerado IV del canto III, apartado que se titula “Ceremonias”, leemos lo siguiente: “Cuando las aguas/ de tu laminado mar-océano/ no escriban más tu historia, / y el río lúcido no pierda la mirada/ del pájaro en la fronda/ y árboles extraños/ no conjuren el vívido secreto/ no habrá más respuesta/ para conocer que el tiempo amado/se extravió en la hojarasca/sellada por el beso”(p. 50). Pero, como modesta comentadora, digo que es la voz reconocible porque allí tenemos un poema estructurado con una única imagen resultante de un girar del lenguaje por varias metáforas encadenadas. El mismo Sobrón. ¿Otro Sobrón? Sí, creo que sí porque todo este libro es una indagación sobre la relación entre poesía y experiencia, no cualquier experiencia, sino precisamente la experiencia amorosa. Si el origen de algo es precisamente su esencia, un poeta se percibe por su obra, pero a la vez es la obra la que hace al poeta, la que permite y nos autoriza a saber que estamos ante un poeta. Por lo tanto, esta experiencia amorosa dista enormemente de ser anecdótica, intimista, confesional, no tiene nada que ver con el biografismo romántico, por eso mismo la he calificado de meditación.
Lo que ha cambiado entonces, es el objeto de la indagación, no la índole de la misma. Se trata de un volumen de poemas no solamente de amor, sino sobre el amor, sobre esta experiencia que, aunque en primera instancia parezca lo más común que existe, es, sin embargo una rara avis; la banal demostración de este contundente hecho se ofrece a cualquiera, si miramos cómo anda el mundo. El título mismo lo indica: Tu voz. Mi voz, quiere decir algo muy simple, a la vez que muy complejo: quiere decir esto que habla en el poema es una voz en común, aunque la escriba yo solo; quiere decir sin tu voz mi voz no existiría, no diría nada de esto o quizá, sería una voz muda.
El libro se divide en cuatro cantos: l “Vigilia”; II, “Voces”; III, “Ceremonias” y IV, “Evocación”. Leído desde la perspectiva que propongo, son cuatro momentos o actitudes posibles ante esta meditación sobre el amor. No quiere decir cuatro tiempos en continuidad cronológica, entiendo que estos momentos coinciden, pues se dan permanentemente en la continuidad de la experiencia. Si es evidente que el amor transcurre en el tiempo a nivel de la historia personal, es decir: ha habido un encuentro, un nacimiento, un transcurso, en lo que corresponde a esa meditación sobre la experiencia constituida en el poema, es un devenir continuo y móvil, sobre el que se detiene el pensamiento poético, así, hay desencuentro en el encuentro, hay dolor en la alegría, hay duda en el deslumbramiento o en el conocimiento y hay temor ante la seguridad de la muerte y la distancia definitiva, aunque haya fe quizá en la trascendencia y en la infinitud del sentimiento. Como estas condiciones son posibles de encontrar en lo que ha vivido cualquier persona, nada tienen que ver con lo biográfico personal, que es a lo que yo me refería hace un momento: se trata de un tratamiento ontológico, universal, de las cuestiones implicadas en la experiencia del amor tematizadas por este nuevo libro.
Por ejemplo, escuchemos cómo el primer poema del volumen describe un antes inconcebible, porque se trata del “antes” del amor, ese tiempo que uno no puede encontrar en la memoria porque también, como todos experimentamos, no podemos ya saber quién o cómo era uno antes del amado/amada: no hay ese tiempo, el otro parece haber estado siempre allí, desde el comienzo del mundo. Por eso mismo, el poema describe perfectamente esta situación: “Había otro lado del mundo;/ en ese otro lado del mundo,/ el primitivo, el primero,/ reconocimos la metáfora de la mariposa/que inscribió en su vuelo/ la luz de la poesía” (p.23) Se pueden observar en tan breve pasaje cómo se relacionan desde el comienzo poesía y experiencia amorosa, cómo el lenguaje menciona de modo tan simple como eficaz ese antes impensable, llamándolo “otro lado del mundo” y por otra parte, la pericia del poeta en haber situado al comienzo un poema que expone la síntesis del tema general.
El segundo apartado se llama voces y de alguna manera ubica a la amada como tal, está centrado más en el tú del binomio yo-tu; posiciona en imágenes con términos más concretos, referencias a objetos, a elementos naturales, el contexto donde se recorta la figura de la amada. Por ejemplo: “tu nacimiento, /cristal de áreo linaje” (p. 36), dice el poema II o a veces, nos permite mirar como en una pose de fotografía, la figura: “En la tertulia del crepúsculo/ la noche/ recibió la mirada/ de tu alma en sombra.” (p. 37) dice otro poema donde las manos de la amada arreglan flores en un jarrón de peltre. Es interesante ver que el verbo cincelar, en el verso final “cincelaron tu imagen” es un desplazamiento metafórico típico de Sobrón porque, a la vez que alude al jarrón que bien puede estar labrado, exhibe una escena fragmentaria para recortar una imagen que súbitamente renace; misteriosamente, algo en las manos o en su movimiento, hace que resplandezca de nuevo, prístino, el descubrimiento de la amada, superpuesto a la imagen habitual, desgastada por la costumbre o la convivencia; así el poema celebra la capacidad renovadora del amor.
El apartado III, Ceremonias, sin abandonar nunca la experiencia del yo/tú en común, se centra más en los efectos del amor en el yo, en sus consecuencias no sólo anímicas, sino intelectuales y creativas, desde el momento en que el sentimiento no está destinado meramente a satisfacer una necesidad personal con el paliativo a la soledad, sino implica un darse que involucra las capacidades de la mente, del espíritu y el acontecer total de la vida: no sólo lo que se comparte, sino también el universo de lo más íntimo y propio, que nadie puede conocer. El poema VIII lo explica mucho mejor, por eso menciona lo vivido como el jardín, pero también como el infierno. Leemos: “Para descubrir /el origen de mis pasos/buceo el pensamiento;/rescato del jardín y del infierno/ todo lo vivido./Descubro entonces,/que la palabra/ se enamoró de la memoria,/ y la memoria/se enamoró del pensamiento./ En ese universo/ de amor confeso, vivo/ con este amor confeso estoy.” (p. 54) Poema del que me encanta su difícil sencillez.
Por último, el apartado IV, Evocación, tiene algunos de los poemas más herméticos en lo que hace a las imágenes, más próximas a las que ya conocemos en el poeta, porque en la cosmovisión de Sobrón, (y recordamos otros libros donde sucede esto mismo) la dimensión erótica del amor tiene mucho que ver –tal como califica Freud al goce- con la intuición de la muerte. Un ejemplo de la convivencia de tiempos distintos, que yo caracterizaba como dominante en estos poemas, y que tal vez explican el por qué de llamar a este apartado, evocación, es una hermosísima imagen del poema l, que abre el apartado, donde a la experiencia “actual” o permanente de la atracción erótica, se superpone en la memoria, una imagen interior, donde la amada es ella misma, la de ahora, pero también la del pasado, que puebla el ensueño-memoria del poema: ¿Quién es esta muchacha/ inventada por el miedo/ que duerme en mi costado abierto,/ camina sueños,/ respira siglos/ y detiene/ el tiempo de mis ojos,/ que indagan mi destino,/ que indagan dentro? (p. 59). Sólo resta decir que el lenguaje, más despojado que en otros libros del poeta, explora con densa profundidad la simplicidad de una de las más misteriosas experiencias de todo ser humano.

Lic. Elisa Calabrese (Buenos Aires-Argentina)

PÁGINA 10- GRACIELA GELLER – 1945/2002 (Entre Ríos-Argentina)

Tres cintas.

Dame
un cajón ordinario de manzanas verdes y una soga esponjada y un nudo de marinero.

Dame
una botella de alcohol ardiendo y ese olor a cebollas con nódulos y serpientes.

Dame tierra colorada y pedazos de mar con su espuma y medio kilo de sal.

Dame espinas,
dame dientes.
Recién después los cuerpos de los hombres
las tres almas
las tres historias
los gusanos los tiburones la soga
y el fuego y el nicho
y un ramo de adioses para el florero adjunto
y un mármol negro
y tres cintas de luto / cosidas / en la manga de mi pulóver quieto.

Carta a la otra.

Estimada señora:
No crea que este paquete contiene una bomba de tiempo
Ni un kilo de trufas de licor
Ni la edición en cuero de Rusia de El Quijote de la Mancha
Ni siquiera un vestido de la serie Cristian Dior
Estimada señora:
Adjunto una colección de monedas desvalorizadas
O si prefiere
Adjunto una medallita que suponíamos de oro
O tal vez
Unas motas del sueño compartido

Muy señora mía:
Por correo certificado y en su exacto domicilio, recibirá mi encomienda perfectamente embalada y para su uso exclusivo.

Señora:
Le devuelvo a su marido.

Media lágrima

Media lágrima al oeste de tu cobardía.
Hombrecito de cartón prensado.

Me robaste todas las golondrinas.
La navidad de tu sonrisa.
Los ecos de mi única pluma volando hacia tus aires.
El abrazo que sellaste en irrompible.
Las ganas de mirarte de ojo a ojo, entonces, cuando no tenía que inclinarme para verte.
Cuando no eras un recorte de orín aferrado al miedo de los bordes.
Cuando tu espuma no caía oxidada en la Caja de Pandora.

Hombrecito de cartón mojado.
Puré de orquídeas falsas.
Hecho añicos, sin escarapela, sin filo de tigre, sin lengua de estrellas.

Adán de brea.

Media lágrima solamente.
Apenas cuatro sollozos trenzados.
Alguna que otra fibra cardíaca paralizada
Y un puñado de recuerdos de los buenos, para el álbum.

Todo eso
-hombrecito sin rubíes-
antes de doblar tu página.

La familia bien gracias.

sigue sus huella
s huele su olor por las veredas
contrata ojos suplementarios
pacta con dios y con el diablo

gasta su antorcha en extramuros
nada ahorra para sus profundas entretelas

espejo dieta vestidos
pinta sus lágrimas con el exacto color de esta temporada
y aguarda aguarda a que él le diga
pero él no dice

¡es que está tan ocupado!
en sus trabajos en sus dineros en su automóvil
y en apuntar las brújulas hacia su propio ombligo
por sobre todo
por sobre ella
por sobre todas

¿y la familia?

ay mujer
que grita su orgasmo de rutina
muy cuidadosa ya que sus niños pared por medio
eso sí: no tan seguido
salteando meses
cuando Rutina manda que sea usada como una esposa

ah mujer
devota y enemiga
tan feliz cuando en el pino de diciembre él le cuelga esa mirada
como cuando lo descubre en falta
porque sólo así puede
porque así se impone y exige y quiebra
y le confía a las amigas
que por fin lo ha apresado de los testículos (en lunfardo)

-bien gracias-

así las cosas espera el clímax
y en medio del loco instante
le pregunta si aún la quiere
y él que sí claro
que como el primer día

Estos son los amores que le contaba.
Amores de los dientes para afuera.
Amores para toda la vida

PÁGINA 11 - Artículo ensayístico

El orangután es solitario

Por Carlos Penelas (Buenos Aires-Argentina)

Hoy no evocaremos a Rabelais. Ni a Góngora ni a Mallarmé o Bradbury. No hablaremos de El vizconde demediado de Italo Calvino o de Ellis Island de George Perec. No citaremos algunos cuentos inolvidables de Jean Ray o de Saki. Tampoco leeremos poemas de Nicanor Parra o de François Villon. No retrocederemos para comprender un clásico como Aristófanes. No bucearemos en el mundo maravilloso de Lewis Carroll o de Carlo Collodi para introducirnos luego en un anarquismo hedonista. Tampoco indagaremos en las claves del mito helénico de Dioniso, que tanto nos enseña sobre los sueños del hombre. Intentaremos dialogar, contracturado lector, sobre eso que se dio en llamar mentiras verdaderas. Antes que nada debo advertirle que no provengo de una familia menonita pero descreo, entre otras cosas, de la telefonía celular.
Nadie ignora, y usted menos que nadie, que vivimos en una sociedad donde la banalidad y la superficialidad voluntaria da pánico. Y dentro de esa sociedad la familia va reproduciendo sus cosas. Se vive el matrimonio como una pesadilla, es una suerte de enfermedad. Tanto el marido como la esposa, al tiempo de contraer enlace para toda la eternidad y un poco más, comienzan con secuencias difíciles de comprender. Ribetes trágicos y contradictorios, ambiguos y desesperados. La obstinación en la hembra es proverbial. Y una temática de discusión, de mecanismo de discusión, que escapa a toda lógica. Sistemáticamente aparecen temas recurrentes, fechas, cierta sensación de tristeza, de infortunios, de celos, de mitos infantiles, de princesas sin coronas. Y la culpa, lo reiterado del Apocalipsis, de la neurosis, los seres invisibles, la humanidad como una mercancía. Y las canciones de Gilbert Becaud, Jacques Brel o Vinicius de Moraes tampoco pueden hacer absolutamente nada.
Un tema interesante es la reconstrucción de las teocracias, buscar un orden ético despojado de toda alusión a una trascendencia. No leemos con el placer necesario, con la libertad y el gusto del ocio que nos proporciona un buen libro, un buen artículo o un poema. El mundo lleva un propósito racionalmente instrumentado sin dejar de tener rasgos de insensatez. Tal vez todo comenzó con Adán y su prohibición. Sospecho que la prohibición consistió en algo simple: dios le rebeló a Adán que comer de ese árbol causaba la muerte. Quizá por eso – genética al margen – hay tantas viudas tomando el té con compañeras del secundario o concurriendo a las clases de yoga. “Están verdes”, dijo la zorra. El mundo no es lo que pensamos. Además, algunos árboles sólo fructifican cada veinticinco años.
No hablaremos de Karl Huysmanns ni de los irmandiños. Si hoy se publicara un libro como Edipo no vendería más de doscientos ejemplares. La industria, el marketing cultural y la imbecilidad avanzan a tambor batiente. Los padres no leen y los hijos tampoco. Y lo que leen, por lo general, reproducen lo peor de la sensiblería, de lo chabacano. Luego las madres van a los colegios y exigen que los docentes cambien las reglas por las limitaciones de su hijo en vez de ver los límites de éste. ¿Qué podemos esperar? La reveladora ignorancia de nuestros educadores es para sacarse el sombrero. Bautizaron con una palabra híbrida una suerte de pedagogía – criticable por otro lado -, un nivel de la escuela: el polimodal. Poli, del griego, modal, del latín. Así se van dando las cosas. Para qué seguir hablando de algo que nace mal en cráneos descerebrados. El mundo no es lo que pensamos. Como aquel carnicero de barrio que se le ocurrió llamar a su comercio con el nombre de Res non verba, creyendo que tenía relación con la vaca. Y no es un chiste, existió. El hombre que repartía carnaza y chinchulines pensaba que estaba en lo cierto. En fin, cosas veredes…
He firmado un documento con otros intelectuales argentinos en contra del genocidio al pueblo palestino. He enviado además una breve esquela en la que manifiesto que como poeta, como libertario, estoy en contra de la guerra, de la discriminación, del autoritarismo. Que todo pensamiento único lleva a la muerte, a la falta de libertad, a una visión solidaria y bella de la vida. Israel posee el sexto ejército mejor dotado del mundo. Posee tres mil quinientos aviones de reacción contra el Líbano que no tiene uno. Mi homenaje, una vez más, a un hombre a quien día a día respeto más, admiro más. Por su talento, por su valor, por su coherencia: David Barenboim.

PÁGINA 12 - POETAS AMERICANOS

Vacío

No sé qué me sucede
ciertas veces.
Quedo
sin pensamientos,
ecos,
voces;
parece que estoy muerta.

Ni mis ojos alcanzan.

No puedo ni moverme;
no hay sentimiento,
no hay dolor,
no hay tiempo.

Nada.

Leticia Ricárdez (México)

Danza de amor

ví muchas muertes juntas
elegí la mía
: la saqué a bailar

una danza de amor
bajo la luna

en los pliegues de la sombra
caían
mis años

reía su perfil
en la pared.

Alvaro Miranda (Uruguay)

Nos aguarda el lago

Titicaca
tu azul
se empoza
en mi canto

fluye
tu caudal
y crece
una flor
en la distancia.

Gloria Mendoza Borda (Perú)

Tango

Valiente y hermoso
no pudo la muerte malgastarte.

Mis labios
te hacen inmortal:
te he amado mucho.

Sin falta recuerdo
el fulgor de tus ojos
la magnolia de tu piel
tu sonrisa de malevo
tu rítmico andar
y esa manera de engañar
que sólo en ti perdono.

No volverás,
ya lo sé.
Tampoco soy el mismo
que amaste.
El daño y las penas
han hecho de mi un despojo
y de mi alma
una errante sustancia.

Y entonces
de repente
en un café
de Alvear con Uriburu
apareces.

Te veo llegar,
me buscas
y como si nunca hubieses partido
me saludas
y sonríes desde esa eternidad
donde te amo.

Vana es la muerte
para quien sobrevive
y sigue amando.

Vana también la vida.

Harold Alvarado Tenorio (Colombia)

La gran huelga

A Mercedes Gordillo

Creí
conocer Managua.
A veces, la maldije
por fea y cochina,

pero en esos días
brotaron
rasgos vivos
en sucios solares.

Se sublevó Managua,
se convirtió de pronto
en la beldad
amarga,

vestida de tinieblas
estrelladas,
de sangre,
el rocío.

Las llantas humeando,
disparos desde lejos,
la noche al asecho.

En todos los semáforos
gritó
el trazo áspero
de fieras barricadas.

La capital enorme
gastándose en polvo
sin parques ni palacios;

el rostro de Managua
es la bravía
rabia
de negarse a sí misma.

1990

Helena Ramos (Nicaragua)

PÁGINA 13 - Narrativa

Ese animalejo oscuro

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe-Argentina)

El intenso calor de enero produce delirios, desvaríos, genera extrañas criaturas y vuelve líquido el asfalto colocándolo, imitando lomas, como si fuera un agua seca, en sus márgenes, y dando la sensación de que parte de ese ablandamiento, más el agua acumulada, más la suciedad acumulada, caerán como una lluvia ácida, despiadada, sobre las personas que aguardan los colectivos con estoicismo, con las caras alteradas, mojadas por el sudor, con cansancio, con malhumor.
Contrariamente a todos ellos, el hombre (es un conocido empresario de la pequeña, no tan pequeña, ciudad) maneja con cuidado, lentamente, con la tranquilidad que, presuntamente, le otorga el aire acondicionado que cubre la totalidad del interior del auto, que le permite distenderse y hasta reducir la marcada coloratura de su rostro, que devela los ríos de tinto (caro) con los que suele acompañar sus comidas y más aún la alta presión arterial que le ha traído discusiones con su familia, con amigos, con su médico, con los escasos fieles que se preocupan por su salud. No deberían preocuparse tanto porque este mismo hombre será muerto de cinco balazos antes de que pasen diez minutos. Aquí, en el centro de la ciudad.
Nada sabe de lo que le espera y menos de la criatura extraña que avanza dando tarascones. A su lado, como una especie de sirviente fiel, callado, confidente, se adormece el viejo portafolios que no ha querido cambiar pese a las insistencias de Mary, pero si él le llevara el apunte a Mary debería haber dejado a Juliana, debería no hablar con José Luis, debería internar a Pamelita, debería, debería, un deber ser grande como el mundo. Mary está para otras cosas, especialmente para mantener cerrada la boca. Duerme el portafolios satisfecho con los cuarenta mil, verdes, flamantes, engordados, que termina de engullir en el banco, en el despacho de Graciani, que es el gerente, que le sonreía, que le decía a ver cuándo nos vamos a ver, que lo invitaba al club para jugar un poquercito y así olvidarse de todo, aunque él, el empresario, estaba sabiendo en ese momento que de ninguna manera desea invitarlo a ninguna parte, que Graciani lo despreciaba, pero que simultáneamente no se encontraba en condiciones de ignorar a quien había retirado los cuarenta mil con la misma indiferencia, el mismo desinterés, del chico que tiene sólo figuritas repetidas que no sirven para el álbum.
Pero no ha sido desinterés lo que su cara reflejó, su cara abotargada que, sin embargo, parecía ajena a los fajos de billetes que el gerente, sin perder la sonrisa, le fue entregando obsequioso, uno a uno, nuevos, crocantes como pan caliente. Es una máscara, hubiera debido explicar, dobla por la calle que lo conducirá al lugar donde, tranquila, tan tranquila, lo espera la muerte, es una indiferencia aparente que le ha permitido sobrevivir y que, desea, confía, también le permitirá pasar por el reclamo de Maidana: Ahora mismo, los ochenta. Son cosas, le advirtió Pignero, que a lo mejor Maidana no puede o no quiere perdonar.
Avanza ese animalejo oscuro.
El empresario debió hacer maniobras diversas para encontrarse con el dinero y, la verdad, es que generó nuevos agujeros negros. Pero, cree (cree como pobre criatura humana que todo lo está concedido; pura ilusión), que tiene tiempo para subsanar esos nuevos problemas, desarrollar estrategias que permitan solucionarlos, especialmente con Aitino, porque Aitino es un hueso duro de roer, quizás tan duro como él mismo, o más, pero él ha aprendido de la vida, sí, esta misma vida que vive ahora con aire acondicionado pero por la que ha sabido, ha debido, aprender a base de eso que suele repetir: golpes, luchas, de esfuerzos, que son palabras un tanto excesivas, pero que también resultan ser lo que debió aguantar y afrontar para llegar al propio aire acondicionado pero que ni la Mary, ni menos José Luis, ni menos Pamelita, ni menos que menos Juliana, podrían comprender.
No te pueden entender, murmura acercándose peligrosamente al estacionamiento donde dos hombres jóvenes, actuaron a cara descubierta se leerá en el diario, lo están esperando. No ve el animal, no percibe su fuerte aliento.
El sol, de pronto, le da de lleno haciéndole entrecerrar los ojos y el cielo, el cielo sin nubes, se le modifica de súbito, se carga de nubes extrañas que no estaban hasta un segundo antes y que en realidad no se encuentran en parte alguna salvo en la cerrazón de sus ojos sensibles, de su mente que ha visto sacudida, sorprendida, por la novedad. Y la nube, al disiparse, se volvió la cara imposible de Maidana negándose a aceptarle sus explicaciones.
Sobre la demora que tuvo para reintegrarle el dinero y, menos, eso sí que menos, sobre las causas que lo han llevado a juntar menos. Efectivo, dijo y él, el conocido empresario, se tuvo que rebajar ante el negrito, porque la negritud y las carencias de Maidana quedaban develadas al escucharle hablar, al verlo moverse, al equivocarse cuando intentaba emplear palabras que no terminaba de dominar, y explicarle que en momentos de crisis como los de hoy, momentos que van a dejar de importarle para siempre de aquí a tres minutos exactos, conseguir ochenta verdes, porque así los llamaba Maidana, aunque eran ochenta mil, le era imposible. Sencillamente, le dijo, entonces transpiraba y ahora, pese al aire acondicionado, por carácter transitivo podría decirse vuelve a sudar copiosamente.
Sencillamente imposible, le dijo.
Creo que con los cuarenta va a andar todo bien. Pignero hizo un gesto vago, de esos que no le gustaban, no lo vas a contentar, quiere los ochenta, todos juntos. Pignero tiene ese problema, el de decir lo inconveniente en el momento en que uno no quiere escuchar comentarios de ninguna clase. Ni de ninguna otra, como con lo de la Mary, la tenés que dejar, la tenés que dejar, le sugiere Pignero a cada rato, parece una tía vieja enojada porque uno no va todos los domingos a misa. No se puede ir todos los domingos a misa, Pignero, murmura, mientras disminuye la marcha porque un auto se le ha interpuesto. Ya ve el estacionamiento. El auto retrasa casi un minuto, cincuenta y un segundos exactos, el momento de su muerte.
Momento que Maidana no ordenó, aunque qué otra cosa, si lo ha mandado al Nito. Uno no manda coronas a un cumpleaños de quince. No se puede ir todos los domingos, no se puede contentar a todo el mundo, es imposible. Que Maidana se dé por satisfecho con los cuarenta, bastante que me costó conseguirlos, a partir de ahora tengo que enfrentar a Aitino, mirá que regalito.
Avanza, avanza. Come, destruye, no deja nada tras de sí.
Nada. Maidana no quiere saber nada, nada, dice, traza con su dedo romo una suerte de raya sobre el vidrio que preserva la pulcritud del escritorio. Quiere pagar, le aclara Ramos, por lo menos una gran parte. Maidana entrecierra los ojos como si el sol que veinte horas más tarde molestará al empresario también se estuviera metiendo con su persona y con ese leve movimiento de los párpados da por zanjada cualquier intervención a favor del deudor al que quiere sólo asustar, y robar, pero a quien sin saberlo termina de condenar.
Movimiento de párpados que pone en marcha otros movimientos, como el de Ramos que se retira tratando de hacer el menor ruido posible para acercarse a Coliche, decirle vení, quiero hablarte, en voz tan baja que el grandote, porque es enorme, siente el líquido del temor vertiéndose sobre su ánimo y, ablandado, lo sigue como si fuera el perrito amaestrado de algún otro cuento.
Coliche se mostró incómodo con el encargo pero no dijo nada, no le contó que en sus pensamientos negros se encontró en medio de un enfrentamiento feroz, que se vio -tan de golpe que se sorprendió por la idea, por haberse generado una idea así, tan salvaje- tirado, triturado, atravesado como vaca por una cuchilla repugnante. Maidana quería que uno de los dos que esperaran al empresario fuera él, das seguridad, dijo Ramos, y esa fue la única explicación que le ofreció. El otro, agregó, tiene que ser de mucha confianza. Puede ser el Nito. Lo de "puede" estaba de más, para el Coliche fue una orden en toda su regla.
El Nito era un arrebatado y por eso peligroso. Con el Nito se sabía que iba a haber mucho miedo en derredor (el animal oscuro da tarascones, se mueve ligero por el aire pesado de un ambiente recargado de electricidad) pero de antemano era imposible saber qué más. Qué más acarrearía, porque como burro siempre traía su carga adicional. Peligrosa también. Siempre peligroso. De eso Coliche tenía conciencia, pero nada dijo porque era inútil dado que terminaba de recibir dos órdenes claritas y cerradas: Que debían asustar, "asustar", remarcó Ramos, al empresario y que debían sacarle la plata, que no podían equivocarse. Y que tenían que ser los dos: Coliche, el Nito. Nadie más.
Por eso se limitó a responder que estaba bien y que las instrucciones, las istrusione, dijo, se las voy a dar de a poco al Nito, para que no se le haga un bocho en el mate. Para que no se me confunda y termine agujereando a todo el mundo. Para que no provoque el Apocalipsis.
Que se embrome, pensaba Maidana, que se dé cuenta de que conmigo no se juega, aunque el tipo tenga título y yo sea un reventado que empecé desde abajo de las baldosas, que se preocupe el doble, que siga buscando los ochenta que me debe, porque me los debe, bien que se puso la casa que se puso por la venta de los paquetitos que consiguió gracias a mí, sólo a mí, que cambió de auto, que mantiene a la Mary, todo eso, y que a partir de ahora además deba buscar de nuevo los cuarenta con los que me quiere adobar. Maidana se entusiasmaba con la idea hasta veinte minutos más tarde de la muerte del empresario cuando, de un golpe, rompió el vidrio de su pulcro, ya no pulcro, escritorio.
Porque el empresario llega al fin a la playa de estacionamiento, al lugar tranquilo donde suele colocar su cero kilómetro, donde es bien atendido porque es generoso al momento de repartir propinas, ¿de qué otra manera me lo van a cuidar?, si no doy seguro que el autito termina en Paraguay. No tan autito, es un modelo que se corresponde con la grandilocuencia del dueño que sonríe buscando al chico que habitualmente le recibe el coche para acomodarlo en un lugar oscuro y confortable, donde quede protegido del sol, de alguna lluvia posible, de alguna mirada obscena y envidiosa.
Y Maidana rompe el vidrio porque es de aquéllos que suelen comprender antes que los otros, es de los que tiene visión de conjunto, como se dice, y esa visión de conjunto le hace saber que las cuentas han comenzado a salirle mal, que el imbécil del Coliche se abatató cuando no debía hacerlo, que quedó encerrado entre los policías, y que el Nito, que no vale un centavo, que no tiene la menor importancia, fue el que logró escapar. Aparte de hacer el zafarrancho que hizo, de abrirle definitivamente la puerta a ese animalejo oscuro.
Que vuela, que sobrevuela, en el aire cargado de la mañana.
Se lo dije muy claro, Ramos no podía evitar las lágrimas, no lograba que su voz se normalizara, que su cuerpo se le quedara quieto, actuaba así por puro reflejo, porque los enojos de Maidana eran terribles y solían tomarlo a él como el muñeco que debía recibir los pelotazos. No sabía si esta vez no terminaría en un zanjón, sin metáfora, porque la mirada severa de Maidana lo estaba haciendo responsable de todo cuanto pasó y -peor aún- de lo que iba a pasar, lo estaba haciendo responsable de haber mandado al Nito a resolver una situación para la que no estaba preparado. El nombre de Nito lo dijo por primera vez Maidana, pero nunca lo iba a admitir.
El chico de la playa no estaba y en realidad no parecía haber nadie en el lugar. El empresario tocó la bocina y cuando advirtió que era un desconocido el que se le acercaba pensó de una manera brumosa que debía tratarse de un empleado nuevo, aunque algo, algo indefinido, le impidió, en el escasísimo tiempo que le fue dado para articular su pensamiento, aceptarlo como parte de ese lugar oscuro donde el animalejo había comenzado a desperezarse y a moverse, en el que de pronto se sintió inseguro, como el extranjero que visita por primera vez una tierra desconocida en la que nada siente como propio.
Y los pensamientos, como si fueran pétalos de una flor que de pronto se dispersara, una rosa intensamente roja que se disgrega, se le atomizaron en pequeñas cápsulas: el recuerdo de la madre, intenso, la inútil cara del gerente, la cara de Maidana, la poceada cara de Aitino, que se iba a transformar en el verdadero enemigo de no estar pasándole lo que le pasa, y un caballo que atraviesa el puente, imagen que de manera increible llega a él de un pasado pretérito, de la juventud, porque ya no hay más caballos en el puente porque al puente se lo comió el agua, quizás estuvieran corporizándosele otras figuras más, entre ellas a lo mejor y por qué no el primer auto que pudo comprar con sacrificios incontables, pero que no pueden ser porque el tiempo se le terminó, porque cada pétalo del pensamiento va cayendo a medida que el Nito, confundido, creyendo que el empresario buscaba un arma, le va disparando un tiro, otro tiro y otro tiro más, hasta llegar -rotundo- a cinco.
Y el animalejo oscuro, rotundo, se lo engulle.
Los disparos sonaron raros y dramáticos en esa mañana de bochorno. Fueron seguidos, rápidos, destruyeron al hombre que no terminaba nunca de caer del coche con la puerta abierta, hicieron gritar a mujeres, a hombres, sorprendidos por la fiereza del acontecimiento, sorprendidos porque la calma de la calle, la calma a la que todos debían sumarse para soportar la inclemencia del verano, se hizo trizas en un instante, y hubo corridas y hubo llantos y hubo desesperación mientras alguien llamaba urgente al comando y, como estaban en la zona céntrica, en cercanía de los bancos, de los despachos de las autoridades, de los despachos de los que importan, los uniformados se corporizaron tan abruptamente que no dieron tiempo ni a Coliche ni a Nito para tomar el dinero, subirse a la moto, desaparecer como le había dicho, ordenado, Ramos.
Rodeado, rodeado al lado del muerto porque el empresario al recibir el quinto tiro dejó de ser, también abruptamente, mientras que el Nito, el mismísimo Nito que rompía cuanto tocaba, logró escabullirse al entreverarse con la gente, alejándose a paso cansino, así no se puede vivir, iba diciendo, pidió permiso a uno de los policías para superar el vallado, tomó un colectivo, se fue casi sin dejar rastros.
Coliche tiene el arma en la mano pero no se da cuenta, no termina de entender que alguien le está gritando, que los gritos que escucha, los insultos que percibe de una manera confusa le están dirigidos porque se ha quedado como congelado en un tiempo anterior, en el momento en que dijo ahí viene, al reconocerle el coche, al entreverlo detrás del parabrisas, en un momento en que se aprestaba a cumplir a pleno las indicaciones de Ramos: Ni me lo toqués, le apuntás pero nada más, le sacás la plata, no le decís ni una palabra, lo asustás si querés pero con gestos, controlalo al Nito, la responsabilidad es tuya. Era de él, iba comprendiendo con lentitud, levantaba las manos, tiraba el arma, se arrodillaba de una manera innoble, no le importaba nada de lo que le decían, se limitaba a obedecer, hubiera sido mejor estar muerto, se dijo, pensando en el odio de Maidana.
En la manera en que Maidana se vengará. Maidana lo perseguirá, se volverá un animalejo oscuro que por el menor intersticio que se le presente penetrará y comerá y cobrará lo que tenga que cobrar.
Ese animalejo oscuro, esa pez extendida en el asfalto curtido, esa tormenta que no existe pero que está, y cómo, sobre la ciudad, esa mirada de sorpresa, de intensa sorpresa, del empresario que entiende que esta vez le toca, que comprende en el momento de morirse que le está pasando eso, precisamente eso, su propia extinción, que ha sido el cuento del ruido absurdo producido por el loco ante la indiferencia absoluta del universo; que entiende la pusilanimidad de sus esfuerzos, que entiende la traición, el engaño, que sabe que es él, este poderoso que hasta recién ha sido, vuelto nada por la impericia del muchacho que con un arma se transforma porque se siente otro, duro, Stallone, tenso, una fotografía a todo color para mujeres extasiadas, soy un héroe, salgo en la tele, me admiran. Y dispara, y dispara, y dispara, y el hombre atacado abre la boca y un tiro (¿esto no se dijo antes?) se vuelve el animalejo inmundo que va y penetra en el corazón pequeño del pequeño chico que estaba cerca como simple espectador. Y penetra. Y lo rompe.
El pequeño animalejo, ese ser que sobrevuela en la mañana del bochorno extremo, que se detiene en el ánimo asustado de Coliche, se para sobre su angustia y se lanza en la búsqueda de Nito, que ha empezado a preguntarse en la soledad de una vivienda precaria en la que buscó precario refugio por su presente, por su futuro, para darse ánimo se bajó dos o tres botellas y ahora que la resaca se le fue se pregunta qué hice, se pregunta qué haré y siente, comienza a sentir, el frío del arma silenciosa que le cortará el cuello y el calor del animal del color de la pez que ha empezado a rodearlo.
Y Maidana que se siente chiquito y breve como Nito, porque ha dejado de pronto de ser montaña ante el odio que, seguro, ha comenzado a acumular Aitino, y Ramos, que comprende que ha perdido todo, y Pignero que se vuelve ahora una cosa leve, gaseosa, un dibujo reducido y obsceno de sí mismo, debiéndose hacer cargo de la destrucción que ha supuesto la muerte del empresario, sobre sus hombros trepa, sobre sus hombros se balancea y toma impulso y salta, salta sobre cada cosa y todas las cosas de la ciudad que se derrite, que se pregunta qué pasó, porque lo ocurrido ha pasado de boca en boca, y empieza la gente, la que está esperando el colectivo y la escondida en sus casas baratas, y las que no entran en los negocios donde nada se vende, a preguntar, a decir tenemos que saber, a transmitirse el estado de excitación y de preguntas que corren por la calle torcida, por la sordidez del agua acumulada, del asfalto encendido y ablandado.
Preguntas que van y se multiplican y penetran en edificios distintos, en casas de departamentos, en viviendas particulares, en los comercios pequeños, en los medianos, en los edificios públicos, en las miradas de quienes se comunican o no se comunican hasta detenerse en otros lugares, donde el sol y el calor no penetran, donde todo se detiene, donde todo es congelado por las sonrisas sardónicas de quienes saben, y pueden, y nada dicen.
Callan y con eso intentan bajar persianas, cerrar ventanas y puertas. Acá se terminó, dicen, se dicen, quizás no lo dicen pero hay que así interpretarlo. Pero el animalejo oscuro ha sido lanzado y es imparable, no deja de moverse por las calles ladeadas, por el asfalto poceado, por el calor interminable, mancilla y contagia de lluvia ácida cada ánimo, cada acción, cada inacción. Toca y enferma y contagia. Toca, enferma, contagia, una peste que se te pega en la piel y que enferma todo, no dejará de enfermar ese animalejo oscuro, vivo y reptante, que ha despertado el intenso calor de enero, que produce delirios, desvaríos, genera extrañas criaturas y vuelve líquido el asfalto, el calor mezcla ese lodo que terminará cayendo como una lluvia ácida, despiadada, interminable, sobre las personas que aguardan los colectivos, que esperan, que mientras reciben la lluvia y la desdicha no hacen más que esperar.

PÁGINA 14 – Narrativa

La inmortalidad de Teresa

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe-Argentina)

Sabe que Teresa es inmortal. Gira por el cuarto en sombras viendo las baldosas negras y blancas bajo sus pies y se convence: es inmortal.
Cada momento estalla en la oscuridad de la pieza solo interrumpido por el crujido de la persiana ablandada al sol. Ella intuye que afuera las tropas del General Villafañe esperan el almuerzo: choclos, carne de cerdo, hierbas, todo formando sancocho en la profundidad de la olla que el fuego ennegrece.
-Simona, la capa-repite sin que la negra, sorda desde hace años, la escuche. Lo curioso es comprobar que no hay capa. Hace tiempo que se la llevaron junto con otros objetos de valor en otros saqueos que la ley ampara. No obstante, igual que cada día, pide la capa imaginando que la negra, tras la puerta cerrada, la oye.
Está asustada. Como todos en la estancia. Tenerlo a Villafañe cerca es un castigo. Esos hombres desdentados que eructan al hablar y pasan preñando chinitas como animales. Claro está que a ella no la tocaron, no la tocarían de hecho, no se atreverían con la hija del Corregidor. Sabe que está asustada y sin embargo, la costumbre le arranca ese pedido constante, ese ruego que por años no se le ha quitado de la boca.
-La de alamares, Simona. Rápido.
Hay un dejo familiar en esa soledad de claustro que le macera el alma. No puede explicarlo. Siente como si la presencia de su padre en el retrato español la siguiera con los ojos. No puede ser. “Teresa es inmortal” quiere repetir pero las palabras le dejan un gusto amargo en los labios. Y recuerda el día aquel que vio por última vez a su padre. Fue en la Catedral, abajo. Tenía los ojos amoratados por los golpes. Le habían arrancado las uñas.
El mediodía acompasa la risa de los soldados haciendo de esa mezcolanza agria de sudor y saliva el único perfume que arrastra el aire.
Uno de ellos, de uniforme, la casaca desprendida, el cabello ligeramente peinado, mira la casa con curiosidad.
-Poca gente en casa-ha dicho el General ni bien llegaron. Apenas una negra sorda, la señora loca y una cuantas sirvientas mirándolo con rencor.-Descansen que el viaje es largo-agregó al desmontar.
A esas alturas ya no quedan habitación ni cuerpo de mujer sin tocar. Ni oscuridades ni frescuras desconocidas.
El soldado apura la jarra de vino y mientras los otros se distraen jugando al monte o esperando la comida, él se acerca a la puerta que nadie ha abierto, esa que el mismo Villafañe ordenó que no fuera volteada cuando la negra, los brazos en cruz, se puso delante para que no lo hicieran.
No se explicaron porqué su jefe con esa voz galopante, atiborradas de tabacos y llanuras ordenó que esa puerta siguiera así, “que nadie tocara esa puerta”. Siendo tan fácil, pensó el soldado, una patada en el medio, un golpe con la culata del rifle. Pensó, “siendo tan fácil”.
La curiosidad toda la noche hizo estragos en las tentaciones del cadete. ¿Y si el oro estaba?, ¿y si la plata?, ¿y si las piedras preciosas y las monedas que tan morosa aunque implacablemente el Corregidor Agustino Tancredo de las Marras y sus secuaces le habían ido robando a su pueblo con un esmero opaco durante su gobierno?. ¿Y si su secreto, ese que no lograron sacarle durante semanas de tortura referido al dinero tuviera su respuesta en ese cuarto?. Un golpe. Sería tan fácil.
Mientras avanza escondiéndose en las columnas de la galería, las hojas de la parra recortan el sol a su tamaño, ocultándole el rostro de verde.
-La de alamares no. La de paño turquesa- pide mirándose el espejo pegoteado de tierra imaginando que la negra la escucha desde su sordera.
Después piensa “es mejor no escuchar”. Ella que conserva intacto ese sentido ha oído el griterío afuera, el ladrido de los perros, el peso de los caballos encima del pasto.
Después de todo no puede hablar mal de Villafañe. Cuando mataron a su padre él mismo lo trajo hasta la estancia para que lo enterraran. Ella recibió el cuerpo sin quererlo ver.
Con eso quedaba saldada la deuda con el General. Quería la muerte de su padre y la tuvo. Así como había tenido la muerte de Teresa. Dos personas. Dos tumbas en la vida de aquel muchacho con mirada triste que había llegado a dirigir un ejercito. Ese mismo que años atrás iba a la casa del Corregidor para dialogar con la muchacha rara, ausente que era Teresa y de la que todos hablaban. Y ese baile en el teatro de la Unión, donde lució por primera vez su capa de piel traída de Europa. Quedaba bien salir con la hija de un gobernante. Y esa relación fugaz entre madreselvas y convulsiones de fiebre que la agotaban y que se hicieron frecuentes cada vez que Villafañe se iba por meses. Ese amor en definitiva que las ambiciones del hombre despojaron de toda importancia.
Pero tanta memoria le ha hecho olvidar su vestimenta. Abre el ropero. Una niebla de polillas le sobrevuela el cabello suelto. En el espejo, la imagen en camisón de la muchacha que ya no es imita al retrato de su padre en la pared de al lado. “Mejor no llorar”, insiste.
La puerta sede ante la presión del hombro. “No estaba cerrada después de todo”, balbucea el muchacho al entrar. Que poco cuidado con los tesoros, que poco cuidado con la intimidad.
-La de astracán, Simona-se escucha en el fondo como el murmullo del agua en el interior de un aljibe.-Esa con el cuello de visón.
Sus ojos se tratan de acostumbrar a la oscuridad. Pronto reconocen un cuadro, unas mesitas con lámparas, un arcón de cuero. Allí estaría la fortuna del Corregidor cree sin darle importancia a la voz que ya no se oye, esa palpitación de viento en el interior de la alcoba.
Una mosca, en la cocina distrae las labores de la sirvienta. Mosca zumbona que no oye, viejas moscas de estancia revoloteando encima de la comida como un minúsculo punto de ruido.
Se rasca la crencha motosa, el pañuelo absorbe el sudor de la frente. Supone que al cocido le falta agua, y echa líquido en la olla sintiendo con una sonrisa glotona el olor del refrito. En eso levanta los ojos y ve abierta la puerta donde está encerrada su ama. Lo que no escuchó ahora se le insinúa como una visón de muerte. ¿Y si salió?¿y si entraron esos brutos para aprovecharse de la señora? ¿y si la mataron?. Pero Villafañe prometió no abrir la puerta. Pero Villafañe.
La negra deja la cuchara junto a la olla y sale.
En ese momento el General que ha estado escribiendo junto al pozo de agua, ve el revuelo de faldas en la claridad de la galería y se incorpora.
La inmortalidad de Teresa empezó con ese amorío corto. Ella se propuso no morir hasta no volver a enamorarse. ¿Pero enamorada de quien si está más sola que nadie, más abandonada y perdida que la casa misma?.
En eso escucha el ruido del arcón. Casi un roce, el desliz de la tapa. Se va acercando al ver la luz que entra por la puerta entornada. Ve el cuerpo inclinado de un joven hurgar en el cajón. Siente que ha llegado su hora. Él no la ha visto. Ella tampoco se dejaría ver.- Se conduce con cuidado hasta pasar detrás del hombre que revuelve el traperío como buscando quien sabe que cosas entre los andrajos de sus recuerdos. Al llegar a la puerta vuelve a cerrarla con pudor.
El joven comprueba que no hay luz para ver mejor las chucherías de las que pronto se cree dueño. No siente miedo hasta que comienza a caminar tanteando, chocándose con cosas, con formas duras que lo lastiman. Saca un cuchillo del cinto. Hay rumores de que quedan gentes fieles al Corregidor en lugares perdidos como ese. No sabe bien porque pero comienza a cortar el aire con el arma.
La negra golpea la puerta y una mano de hombre la detiene. Se miran un momento hasta que sobreviene el grito desde el interior. Entonces el General rompe la puerta.
-Nadie ha visto mi capa de astracán?
El soldado ve a la mujer más de cerca. Unos ojos enloquecidos lo hacen retroceder. Siente el líquido caliente entre los dedos, el pegote espeso y seguramente rojo. Por eso se asusta y grita.
Cuando la puerta cae la luz contornea la forma de una mujer que se desangra lentamente.
Lo hace mientas el soldado huye con las manos sucias rodeado de polvo y telarañas. mientras la negra se cubre la cara con un trapo, mientras los otros hombres de la tropa beben y juegan bajo los árboles, mientras el retrato del Corregidor cae encima del espejo y la estancia se cubre con la modorra de la siesta.
Sigue desangrándose cuando Villafañe le levanta la cabeza apenas caída sobre el hombro y le besa la frente pronunciando su nombre con el más dulce de los amores.
Recién termina de morir, terminará de morir solamente cuando vea ese reflejo en los ojos del hombre que la tiene en brazos, esa claridad de lágrima como una mueca triste en la mirada. Y se convenza de que es inmortal a pesar de todo.

PÁGINA 15 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Poema Nº 11

No recuerda como eran sus ojos
ni su sonrisa.

Siente, de la muerte,
las patadas.
De la vida,
el mal aliento...

No recuerda
ni sus manos
ni su cara.

Mil hormigas le recorren la piel
como si nada.

No recuerda, no.
Está a oscuras su memoria.

Una mujer sin rostro
grita en medio de la noche,
es su madre.

Y no sabe su nombre.

Silvia Delgado Fuentes (Bilbao/España)

Rara avis in terris

Los suspiros
son besos de la memoria

La memoria
una ola de recuerdos

Los recuerdos
son vida en los silencios

Los silencios
palabras que hablan a la luna

La luna
es consejera de poetas

Los poetas
son los rara avis in terris

Los rara avis in terris
son los que besan con la memoria.

Luis del Río Donoso (Francia)

El Combatiente

¡Anda, pueblo! Grita!
despliega tus banderas
quizá vuelvan los héroes a escucharte,
tal vez la patria sea nuevamente tuya,
tal vez los domingos te vestirás de fiesta
y habrán bailes y cantos en las plazas.
¡anda, pueblo! Grita,
hasta que tu propia voz sea una bandera
y salgan los héroes a defender la patria!

Paul Disnard (Yugoslavia)

Magdalena

No me hables.

No me hables porque
las palabras, asesinas,
callan las emociones.

Palabras verdugos,
testigos de la muerte del tiempo,
palabras que nos echan en cara
nuestro límite de criaturas mortales.

Hastío de las palabras,
sonidos ridículos
que tartamudeo para decirte lo que siento
que no tiene forma y
no se puede escribir sino
con fría espuma de ola
sobre arena caliente de sol,
y no se puede escribir sino
con mi boca lamiendo tu piel
y no se puede escribir sino
con lluvia que cae
sobre nuestro patio,
el patio que conoció tus besos y mi cuello.

Palabras inútiles,
escritas en libros amarillentos,
hojas manchadas
por un lapicero seco y sin tinta ya,
ideas pintadas en el aire
por algún pintor que, gracias a Dios,
olvidó el alfabeto.

Palabras frustrantes
que se gastan como cigarrillos
y el humo escribe en el aire tu ausencia y
la falta que le haces a mis ojos
que extrañan tu sonrisa,
a mis brazos que extrañan tu calor,
a mis piernas que extrañan tus manos,
a mi alma que extraña tu infierno,
el infierno que me inyectaste y que
llevo dentro por la maldición
de haberte amado.

Al encontrarte mis estigmas empezaron a sangrar.
Mis pasos escriben chorreando
tu nombre en el camino.
¿Logrará el viento borrar
la sangre seca de mi historia?
¿Podrán estas palabras vacías devolverme
el icono de nuestro mutuo martirio o
será el silencio la cruz que merezco
y que asumo como mi única maleta en este viaje
entre la maldita culpa del sacrificio?

Y sin embargo estas siguen siendo palabras
que no son gritos
y no son canto
y que no te comunican
las espinas que siento,
clavadas en mis sienes,
clavadas en mis sueños,
hartos ya de la pesadilla de tu traición,
la misma traición pura de las palabras
que no sirven no sirven no sirven
porque no hay milagro
sino caricias guardadas por demasiado tiempo en
una mano que se hizo puño,
no hay milagro
sino heridas entreabiertas en el costado que
ya no sangran bajo el suplicio de tu olvido,
no hay milagro
sino pies sucios del largo camino que llevo,
y que tendrás que limpiarme con tu pelo,
Magdalena.

Silvia Favaretto (Italia)

Diáspora de los cuerpos

Un hilo de carne rota
va
de la calle a mi garganta.

Todo desfila
bajo la luz analfabeta

Los días de fruición
Las tardes claras
Los sueños esquivos


Antes de esta sorpresa beterem et* todo desfila en esta increible distracción de las plegarias I did it my way oh yeah my way por qué el camino es tan corto y de pronto todo lo que importa es mirar qué se salva y todo aparenta seguir como si nada como si nada todo seguirá mis pensamientos me devuelven un silencio de tumba y nada se mueve yo tampoco yo tampoco me muevo pero si nunca me moví si nunca nadie se movió el universo está aquí mañana sera día y noche habrá cenizas

El humo es suave
El cnn no nos toca

La pantalla
va borrando
the green green grass of home.


Busco en los hiatos esperando no encontrar ningún nombre ninguna fecha ninguna cita íntima el anonimato me resguarda pero y si conociera a la víctima y si conociera los sueños de ese cuerpo trizado si hubiera compartido un beso con los restos de esa humanidad reventados contra el pavimento de esa ruta nowhere

Todos hemos caido
al hueco que separa
nuestros nombres
nuestras células.

• beterem et: en hebreo, antes de tiempo

Edith Goel (Israel)

PÁGINA 16 - Artículo ensayístico

Oliverio Girondo: la transgresión perpetua.

Por Jorge Ariel Madrazo

El poeta argentino Oliverio Girondo (1891-1967), cobra día a día el perfil de un clásico y a la vez, paradójicamente, el de un constante maestro de rebeldías; sobre todo, a partir de su difusión en Latinoamérica. Girondo supo, en efecto, hallar nuevos y desafiantes rumbos para expresar esa experiencia poética en cuyo seno el mundo parece suceder por primera vez. Una experiencia epifánica que, aunque instrumento de conocimiento, se roza con el mito; y que no puede sino subvertir un lenguaje de estructuras pre-establecidas, fosilizadas.
Sobre tal epifanía apuntó, mucho mejor, el propio Girondo: "El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones, ¿no justificaría que pasáramos los días aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar para sentir esos ímpetus de prosternación ante cualquier cosa; ante las estatuas ecuestres, ante los tachos de basura...?". Pero, atención: nada hay en común entre este alborozado descubrimiento de lo único e intransferible, esta extrañeza emocionada ante el ser y el estar, y su polo opuesto: la aceptación de lo dado; la alienación conformista.
En 1922, un Jorge Luis Borges todavía entusiasmado por la novedad del llamado ultraísmo editaba en Buenos Aires la revista Proa, antecedente del núcleo "Martín Fierro", cuyo manifiesto inicial publicado en el Nº 4 de la revista homónima del 15 de mayo de 1924, redactó el mismo Girando y André Breton rompía con Tristan Tzara y echaba las bases del surrealismo, mientras Vicente Huidobro reiteraba (con algún mesianismo): "El poeta crea, fuera del mundo que existe, el que debiera existir...". Es decir, poesía como realidad-Otra. No más, ya, como mera representación o adorno de un "tema" previo, sino como la elaboración a posteriori de la experiencia poética, que irá retraduciéndose mediante la puesta en acto de un lenguaje brotando de sí mismo. Es entonces cuando aparece en Buenos Aires —no por azar— Veinte poemas para ser leídos en el tranvía: "En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana...". Era el Girondo que desde adolescente había residido en Europa, y que habría de publicar un único texto narrativo (Interlunio, 1937) y seis poemarios fundamentales: los Veinte poemas... ,1922; Calcomanías, 1925; Espantapájaros, 1932; Persuasión de los días, 1942; Campo nuestro, 1946, y en 1954, irrumpe como un torbellino En la masmédula, que dejó estupefactos a sus propios amigos y aún hoy continúa asombrando.
Si en Calcomanías Girondo insiste con las imágenes de cuño entre modernista y cubista, Espantapájaros se abre con un caligrama en homenaje formal a Apollinaire y su refrescante humor se condensa, de pronto, en un poema que figura en todas las antologías, el número 12: "Se miran, se presienten, se desean, / se acarician, se besan, se desnudan, / se respiran, se acuestan, se olfatean, / se penetran, se chupan, se demudan, / se adormecen, despiertan, se iluminan, / se codician, se palpan, se fascinan, / se mastican, se gustan, se babean (...) / Se derriten, se sueldan, se calcinan, / se desgarran, se muerden, se asesinan, / resucitan, se buscan, se refriegan, / se rehuyen, se evaden y se entregan".
Es que en Espantapájaros Girondo creaba ya una obra lírica netamente diferenciada de la poesía de su tiempo: cobijaba muchos textos en seudo-prosa que desdeñando la matriz lineal del verso abrían las puertas a una imaginación admirada por Gómez de la Serna; y en él están también los grandes anhelos que impregnan cada línea suya: el panteísmo, el afán de elevación simbolizado en las innumerables alusiones al vuelo. Por eso, su alabanza de una supuesta amante no se limitaba allí a un credo erótico; era un ansia espiritual disfrazada por el humor: "No me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida, ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— ¡no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar!".
Con Persuasión de los días se inaugura el segundo Girondo, el interior, grave y hasta trágico e imprecatorio. Un registro muy notable en poemas como "Ejecutoria del miasma", "Derrumbe", "Invitación al vómito", "Expiación", "Hay que compadecerlos". Rotundos desde sus títulos. Sobresalía allí una impronta dialogal, desgarrada, en la que descuella la fiereza del poema "Es la baba". Línea que alternaba, pero no contradecía, a la del poeta aún impregnado de comunión pánica con el todo, aunque tal lazo fuera deteriorándose bajo el hacha del tiempo y de un mundo erróneo desde sus cimientos.
En esa línea de fusión vital, de despersonalización e identificación con lo-Otro, sobresale su famoso poema "Gratitud": "Gracias aroma / azul, / fogata / encelo. // Gracias pelo / caballo / mandarino. // Gracias pudor / turquesa / embrujo / vela, / llamarada / quietud / azar / delirio // (...) Gracias a lo que nace, / a lo que muere, / a las uñas / las alas / las hormigas, / los reflejos / el viento / la rompiente, / el olvido / los granos / la locura. // Muchas gracias gusano. / Gracias huevo. / Gracias fango, / sonido. / Gracias piedra. / Muchas gracias por todo. / Muchas gracias // Oliverio Girondo, / agradecido".
También en Persuasión de los días se anticipa una total Rebelión de vocablos, título del poema que se inicia: "De pronto, sin motivo: / graznido, palaciego, / cejijunto, microbio, / padrenuestro, dicterio; / seguidos de: incoloro, / bisiesto, tegumento, / ecuestre, Marco Polo, / patizambo, complejo; / en pos de: somormujo, / padrillo, reincidente, / herbívoro, profuso, / ambidiestro, relieve...". Y ello sin olvidar el lirismo, el sentimiento, la vida dando sentido al todo, de "A pleno llanto": "Lloremos por las uñas, / por los pies, por los dientes, / lacios chorros tranquilos / de lágrimas salobres (...)".
Con En la masmédula se ahondan el vértigo a menudo apocalíptico, la denuncia de la vacuidad; se desata un huracán destructivo aunque rigurosamente organizado. Girondo enhiesta allí sus púas como el conmovedor erizo que Derrida equipara al poema, ese erizo que "se ciega erizado de espinas, vulnerable y peligroso, calculador e inadaptado". Tanto el sentido como el ritmo, las asociaciones fonéticas, la entonación, se descargan en un impacto único.
Aun en la injusticia del inevitable fragmentarismo, permítase transcribir un tramo emblemático de este último libro girondiano de sustancia en el fondo trágica; unas líneas de un poema de amor cuya sintaxis anticipó el glíclico de Cortázar: "Mi lu / mi lubidulia / mi golocidalove / mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma / y descentratelura / y venusafrodea / y me nirvana el suyo la crucis los desalmes / con sus melimeleos / sus eropsiquisedas / sus decúbitos lianas dermiferios limbos y / gormullos / mi lu / miluar / mi mito / demonoave dea rosa / mi pez hada / mi luvisita nimia / mi lubísnea / mi lu más lar / más lampo / mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio / mi lubella lusola / mi total lu plevida / mi toda lu / lumía".
Claro está: Girondo creía que en poesía la unidad o ladrillo esencial no es sólo la palabra sino también la sílaba, y aun la letra; de allí esos quiebres, distorsiones, descapsulamientos, o al revés: agregados y embolsillamientos sonoros. Revolución de la sintaxis no como experimento sino como imposición de la necesidad poética. Por ello fue capaz de coaligar un lenguaje de neto sello castizo con un lujurioso regodeo de aliteraciones, de palabras vigentes por sus valencias y no por su significado literal, de imágenes deslumbrantes o furiosas, y todo esto sustentado en un impulso de cuestionamiento vital. Las cosas y los seres exhiben ahora su incompletud —y de allí la abundancia de las partículas lexicales sub o ex: "subánimas", "subcero", "exotro", "exnúbiles", "exellas", "exóvulo"—; un menos, que es más.
Como brama el poema titulado justamente "La mezcla": "No sólo / el fofo fondo / los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos / y sus líquenes / no sólo el solicroo / las prefugas / (...) sino la viva mezcla / la total mezcla plena / la pura impura mezcla que me merma los machimbres el / almamasa tensa las tercas hembras tuercas / la mezcla / sí / la mezcla con que adherí mis puentes".
Los puentes de la poesía total. Es el Girondo a cuya muerte Neruda consagró un intenso poema, que concluye: "De todos los muertos que amé / eres el único viviente. // No me dedico a las cenizas: te sigo nombrando y creyendo / en tu razón extravagante / cerca de aquí, lejos de aquí, / entre una esquina y una ola / adentro de un día redondo / en un planeta desangrado, / o en el origen de una lágrima". 

 

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede  a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural  interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos. 

 

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